Capítulo 10

Capítulo X

Choque de posiciones (Martín wants to be up too)

1

Si hay algo peor que un lunes en la mañana, es un lunes en la mañana en el que hay que lidiar con una chica loca. Y si hay algo peor que lidiar con una chica loca, es lidiar con una chica loca que además esté enfadada y que no pueda controlar el llanto.

—Tengo esto, Martín —después de insultarlo y amenazarlo, Georgina sacó una hoja de papel de su bonito bolso de diseñador poco práctico para ir a estudiar—. ¿Lo ves? Eres tú. Tú, chantajista de porquería.

En efecto, aquella hoja de papel exhibía una fotografía suya, acompañada de un extenso y bastante detallado repertorio acerca de lo supuestamente dadivoso, desmedido y moralmente pobre que era con su cuerpo, y que además sus habilidades estaban al servicio de todo aquel que quisiera gozar de sus bondades. Martín estiró el brazo, tomó aquel detallado documento y lo leyó con exagerada paciencia. Mientras lo hizo, no pudo evitar que una que otra risa se le escapara; más que nada por lo imaginativa que había resultado ser Georgina.

Cada risa que él dejaba escapar, era inversamente proporcional al aumento de volumen del lloriqueo de la chica.

—¿En serio hago eso? ¿Y con tres a la vez? Wow, entonces mis habilidades son muchas más de las que creí tener. Esto de aquí… Sí, definitivamente es algo que tendré en mente. Nunca me he atrevido, pero a lo mejor me gusta. En este mundo fantasioso en el que soy prácticamente un animal hambriento de sexo ¿cobro al menos? Porque toda esta maravilla de a gratis… —el punto siete sí que lo sorprendió—. ¿En serio? ¿Toda una pieza de Salame? Y todo escrito en primera persona, que bonito. Oh, vaya, esto es… Enfermo. Desde el ropero y de cabeza. El salto del… —ella le arrancó la hoja de un manotazo.

—Si no me das el chip con la fotografía, juro por Dios que voy a empapelar el instituto con esto. En cada casillero habrá una copia. Tú decides cómo va a ser.

Estaban en el estacionamiento del instituto, ella apenas lo había dejado bajar del auto. Él la miró directo a los ojos, con cansancio y con un mohín de fastidio adornándole el rostro.

—Dime algo, Georgy. ¿De qué mala película sacaste esta estúpida idea? A pesar de tu… florido lenguaje y tus pocos escrúpulos, esto está tan mal planeado que lo único que lograrías con ello sería convertirme en una víctima. ¿Lo entiendes? No crees que esto habría funcionado mejor si la fotografía que acompaña toda esta basura al menos hubiese sido comprometedora; no sé, yo haciendo algo sucio y pervertido. Si quieres conseguir algo de mí, y que me ponga de tu lado, te aseguro que esta no es la manera —Martín se apartó el cabello de la cara y suspiró— Voy a decirte algo para que te tranquilices y para que le bajes a tu nivel de drama y de ansiedad. Aunque no lo creas, esto no tiene nada que ver contigo.

—¡Estoy en la puta fotografía! ¡¿Cómo es que no tiene que ver conmigo?! —gritó Georgina, haciendo que varios de los que estaban alrededor miraran en dirección a ellos. Martín los tranquilizó con un gesto de la mano. Georgina bajó el tono de la voz pero aun así exhumaba rabia—. Si te metes conmigo, Martín, te juro por lo que más quieras que te desarmare. No pienso permitir que lo dañes a él o a mí. No te metas en mi relación con él —luego suavizó un poco el tono—. Por favor.

Martín sintió algo bastante parecido a la lástima… por Ricardo. Ser el objeto de devoción de aquella chica ya parecía ser suficiente para estar jodido.

—Dime, tú… ¿Siempre fuiste así de loca? Te conozco hace años y tenía mis dudas, pero ahora creo que están todas confirmadas. En fin, sostén esto —Martín le tendió la hoja. Ella la recibió y se quedó inmóvil y perpleja al ver que él se la había entregado con el lado sin impresión mirando hacia a ella.

—¿Esto para qué?

Él sacó el teléfono celular de su bolsillo, hizo que ella levantara un poco las manos, enseñándole el texto y retrocediendo un paso, amplió la sonrisa

— ¿Adivina qué? ¡Sonríe, Georgy! —le tomó una fotografía.

—Pero… pero… ¿Martín?

—Georgina, este aparato tiene una cámara con suficientes mega-pixeles como para obtener imágenes en las que se te puedan contar las pestañas, de manera que el texto en esa hoja y tu cara acompañándolo se ven perfectamente. Si llego a ver una sola copia de esa infamia rodando por los pasillos, llevaré esto a la dirección —Martín sacudió el celular—. ¡Diablos! Lo llevaré al ministerio de educación si hace falta y contaré una señora historia que acompañe mi queja. ¿Sabías que el Bullying ya es severamente castigado por las autoridades académicas? Tú decides cómo va a ser, muñeca —se masajeó la barbilla, en la caricaturesca pose de estar analizando algo seriamente—. Quizá, cuando entregue esta fotografía, de paso también entregue la otra. Te juro que eso llamaría más la atención que la información pornográfica que te has inventado. Yo no me he acercado a ti a fastidiarte para nada, aunque pude haberlo hecho. ¿Por qué no pudiste simplemente hacer lo mismo? —le dio la espalda a Georgina para emprender la marcha, mientras se enviaba la fotografía a su cuenta de correo—. Piensa en el planeta antes de imprimir todas esas hojas. Si yo fuese a mostrar tu fotografía con Eticoncito, definitivamente lo haría en las redes sociales. ¿Por qué habría de ponerme a imprimir y a empapelar todo? —se alejó un par de metros y luego, desde esa distancia se volteó para hablarle a grandes voces, aunque sin llegar a gritar, mientras continuaba alejándose de espaldas—. Oh, y mi culo no se humedece en cuanto tiene cerca una polla… porque en general, los traseros no tienen lubricación, so tonta.

—Otra fotografía… ¿Dos veces lo mismo? ¿En serio, Martín? ¡¿EN SERIO?! —Georgina se quedó taconeando furiosa en medio del estacionamiento.

Esa tarde, al término de las clases, Martín encontró su auto con dos de las cuatro llantas pinchadas.

2

Irina, Irina, Irina… jodido problema. Definitivamente él no estaba preparado para nada de aquello, la paternidad y él de ninguna manera eran la combinación para una fórmula ganadora. Joaquín apenas y sentía que tenía control sobre su propia vida, cómo iba entonces a ser responsable de alguien frágil y diminuto que dependiera de él.

No tenía nada de aquello contemplado en su poco estable e incompleto plan, ni tener un bebé, ni jugar a la casita, ni atarse a una persona, así que había reaccionado de la manera desesperada en la que suelen hacerlo muchos hombres cuando se ven en una situación similar. Cuando recuperó el habla después de la sorpresa, primero le preguntó a Irina si estaba completamente segura de que él era el responsable de su estado de preñez y por supuesto lo que se ganó por aquello fue lo que él mismo sintió que merecía, una sonora bofetada y una maldición en el idioma natal de la mujer. Ella le devolvió la ofensa al cuestionarle si acaso se sentía tan poco hombre que se creía incapacitado para preñar a una hembra con la que copulaba bastante seguido.

El desesperado plan B… no sabía si plantearlo. Pedirle que abortara era… era algo inhumano y egoísta, pero de que era una solución, lo era. No sabía cómo exactamente sentirse al respecto y mucho menos sabía cómo se lo tomaría ella. Aún no conocía la posición de Irina frente a aquello que Joaquín percibía como un enorme peñasco a punto de caer sobre su cabeza y matarle la tranquilidad.

—¡Merde, Joaquín! Puedo ver tu cara aterrada… ¿Crees que esto es fácil para mí, que tú eres el único en estado de shock? Tengo 30 años, he tratado de planificar cada suceso importante en mi vida… Yo no buscaba esto tampoco —las lágrimas brillándole en las mejillas.

El pintor se sintió culpable, inadecuado, insuficiente para manejar aquello. Caminó hasta ella y la tomó entre sus brazos, acunándola para calmarla, ella no lo rechazó, aunque Joaquín pensó que lo haría.

—Ya… Ya veremos qué hacer, perdóname por ser tan insensible y por decir una estupidez tras otra. ¿Quieres pasar la noche aquí?

Para su sorpresa, ella negó con la cabeza.

—Tengo mucho en lo que pensar y creo que será mejor sí lo hago en mi propio espacio. Te llamaré.

Ella abandonó sus brazos y recogió su cartera de encima de la cama. Se calzó los zapatos en la entrada y luego, de manera completamente silenciosa, se marchó.

Si aquella conversación había sido algún tipo de prueba en la que Irina lo mediría, Joaquín había fracasado en ella estrepitosamente.

Pasados quince minutos desde la partida de Irina, la inquietud y la ansiedad se habían instalado cómodamente en el pecho de Joaquín. Todo aquello estaba mal. Se paseó intranquilo a lo largo y ancho del estudio, se mesó los cabellos, fumó, despotricó contra el aire, contra su suerte y contra sí mismo, hasta que finalmente montó sobre el caballete el cuadro sin terminar en el que estaba trabajando.

Martín en el centro de la tela blanca, su apacible príncipe, su pequeño amante diestro. Aquel con el que se podía desfogar, el que no le exigía, el que solamente se entregaba sin importarle ningún tipo de atadura. A él podía simplemente tenerlo cerca o alejarlo cuando quisiera, porque lo que los unía era simple y básico. Sin complicaciones, él le llenaba la imaginación… A ninguno de los dos les importaba obtener algo extra del otro. Él era perfecto… Él lo calmaba.

La angustia no se marchaba de su pecho, necesitaba apagarla… Necesitaba ahogarla. Se necesitaba tan poco para desestabilizarlo, que aquello había sido suficiente. Sintió su garganta arder con la conocida necesidad.

Cuando, aquella noche, regresó al estudio con una considerable carga alcohólica, decidió retomar el retrato de Martín, desfogar su frustración en la tela, empuñando su arma favorita. El  fondo aún estaba en blanco, así reclamaría su derecho de crear… Le gustaban los altos contrastes y Martín se veía tan apacible que tras intercalar cientos de veces una pincelada y un trago, las llamas infernales y rabiosas y rojas que nacieron del pincel comenzaron a lamer sus carnes blancas y a llenar casi por completo toda la extensión de la tela.

3

La lengua húmeda de Martín se paseaba desinhibida y golosa en la sensible zona límite entre el final de su sexo y la apretada e inexplorada entrada al cuerpo de Joaquín. Esta vez pudo darse el gusto de probar y recorrer con la lengua aquellos confines porque, sumido como estaba en la excesiva festividad alcohólica en la que lo había encontrado aquella tarde, Joaquín le había pedido que lo depilara.

«Déjame tan liso como tú» le había dicho. Sin duda una petición extraña, pero quizá el pintor no se había hecho el de la vista gorda ante su queja de la semana anterior cuando, entre juguetón y serio, Martín le había dicho que a veces sentía que se la estaba mamando a una peluca.

¿Cómo habría podido negarse a aquello con todo y lo extraño que era? ¿De dónde hubiera podido sacar la voluntad para negarse a cualquier cosa que Joaquín le pidiera? Sintió, además, que no quería desaprovechar la oportunidad de tocarlo, de examinarlo y de sentir su peso y su textura entre las manos. Aquello, el pasarle el rastrillo mientras lo tocaba, se le antojó como algo íntimo, algo que no se comparte con cualquiera —excepto, por supuesto, cuando pagas por ello en un spa— y Martín sintió su corazón entibiarse y acelerarse de manera estúpida cuando se lo pidió. Sin pensarlo siquiera, puso de lado el propósito de su visita.

Había mucha magia en su cuerpo musculoso y varonil, pero una «zona de juegos» debidamente libre de vello era algo que Martín apreciaba —mucho más allá de lo imaginable— y era algo a lo cual haría que Joaquín supiera verle las ventajas.

El olor dulzón de su sexo le intoxicaba los sentidos, aquel sabor que conocía tan bien le bajaba las barreras y no le permitía pensar con claridad. Apartó su lengua y comenzó a tocarlo como nunca antes, con vigor, con ahínco, con exigencia, sin cuidado… tratando de transmitirle a su mano todos sus sentimientos, ya que estaba seguro de que eso sin duda, la haría más diestra. Joaquín estaba rendido ante él, tendido en la cama, desnudo, meciéndose al son de aquel momento erótico, exhumando vapor etílico por los poros.

Completamente a su merced.   

«A mi merced, pero no completamente mío…»

Martín había llegado a pensar que quizá Joaquín era abstemio, pues nunca antes lo había visto tomar siquiera vino, pero en aquel momento había en el suelo más botellas vacías de las que jamás hubiese esperado ver cerca del pintor. No le dio importancia. Su mente estaba plagada de otras cosas… como por ejemplo, de una vehemente acusación de cobardía contra sí mismo. Sabía que estaba evadiendo lo que realmente importaba, aquello que bullía dentro de él, pugnando por exteriorizarse. Estaba evadiéndose del hecho de que se sentía desvalorizado por estar compartiendo a Joaquín, a quien consideraba su hombre, con otra persona. Se suponía que iría allí para enfrentarlo, no para acostarse con él. Pero… Por primera vez en su vida estaba entregado al sentimiento del miedo. El miedo a no ser suficiente, a ser inadecuado y no ser la elección final.

¿Cómo sería aquella mujer? ¿Sabría ella de su existencia así como él estaba amargamente consciente de la suya? ¿La amaría Joaquín? Quería con todas sus fuerzas que la inmadura impresión que tenía de aquella desconocida fuese cierta. Quería que ella fuese una bruja inescrupulosa y cruel, porque así podría odiarla con justa razón. Quería pensar que la entrometida, la intrusa era ella y no al contrario.

Lo escuchó gemir, removiéndose en la cama a causa del placer que su mano diestra le estaba proporcionando. Sonrió lascivo, dejando ir todo una vez más, perdido en sus sonidos roncos, con su cuerpo reaccionando ante el hecho de ver disfrutar a su contraparte.

Volvió a trabajarlo con su lengua. Atreviéndose esta vez a viajar más hacia el sur, sin dejar de darle placer con las manos. Martín no siempre quería ser el pasivo, y aunque disfrutaba sin medidas el hecho y la sensación de tener a Joaquín dentro de él, no quería resistirse a mostrarle… a hacerle lo que sólo un hombre podía hacerle.

Su lengua se posó atrevidamente sobre el apretado anillo de músculos. Martín lo sintió tensarse, al punto de que había dejado de lado los movimientos inquietos que unos segundos atrás había estado haciendo con las caderas. Lo sintió respirar duro, pero luego volvió a apoyar el trasero de vuelta en la cama, relajándose, quizá rindiéndose.

Su lengua trabajó entonces con más ahínco, paseándose de un lado al otro, suavizando, ensalivando de manera superficial, sin excederse. La entrada de Joaquín se contraía en pequeños espasmos involuntarios justo frente a sus ojos. Introdujo un poco su lengua dentro del pintor, no fue mucho, pero se sintió en la gloria, sobre todo al saber que sería el primero de Joaquín… ¿En serio le permitiría aquello? Su sexo dio un tirón ante aquella posibilidad. Lo deseaba, lo deseaba y lo quería tanto… que Joaquín no hubiese dicho nada, que no se hubiese retirado, sonó para Martín como una muda autorización para que continuara.

Apartó la cara y comenzó a trabajarlo con uno de sus dedos, pero únicamente en la superficie, paseándolo circularmente en el exterior. Los círculos que dibujaba con su dedo iban haciéndose cada vez más pequeños, hasta que fueron diminutos y su huella dactilar quedó apoyada en la mismísima entrada de aquella caliente y apretada caverna que Martín quería invadir con su propio cuerpo. Sintió a su hombre soltar un suspiro prolongado y ronco, lo vio llevarse una mano a la frente. Presionó entonces, sólo un poco y con cuidado, hasta que la entrada de Joaquín cedió lo suficiente para que pudiera deslizar dentro cerca de un centímetro de su falange… Y con ello, la magia terminó.

Joaquín lo apartó, poniendo un pie en su hombro y empujándolo hasta que aterrizó de espaldas en el otro extremo de la cama.

—¡¿QUÉ COÑO CREES QUE ESTÁS HACIENDO?!

Martín se encogió sobre sí mismo, quizá a causa de la sorpresa por el repentino empujón y los gritos, pero el lapsus sólo duró un par de segundos. Se recompuso y se arrodilló en la superficie del colchón.

— ¿De verdad quieres que te lo explique, Joaquín? ¿No es acaso lo suficientemente obvio? —trató de imprimirle a su voz una burla y un desapasionamiento que estaba bastante lejos de sentir, ya que aquello lo había tomado fuera de base. Vio el rostro endurecido de Joaquín y, por algún extraño motivo, se sintió culpable—. Sólo… Sólo pretendía que tuviéramos sexo, algo que hemos hecho decenas de veces y de lo que nunca te he escuchado quejarte.

—¿Sexo? ¿De esa manera? Creí que tenías lo suficientemente claro que yo no soy marica.

Muy a su pesar a Martín sus palabras le dolieron. Dejó escapar una pequeña risa sarcástica.

—Eso era algo que quizá podías asegurar con suficiencia y justa causa antes, Joaquín. Ahora, ya no tanto.

No se había desvestido del todo, apenas se había quitado la chaqueta, los zapatos y desabrochado los pantalones, así que se bajó de la cama y empezó a recomponerse con parsimonia. Joaquín se veía tan contrariado, que Martín sintió que debía explicarse.

—Yo sólo… Sólo quería que te sintieras tan bien como lo hago yo cada vez que me haces lo mismo. Quería que compartiéramos eso —levantó su chaqueta del suelo y comenzó a ponérsela—. Y eso de «Yo no soy marica»  ya puedes ir a vendérselo a cualquiera, excepto a mí —canturreó, tratando de restarle seriedad a una aseveración que, de hecho, era bastante seria.  

Joaquín levantó una ceja y curvó una de las comisuras de la boca hacia arriba, en aquella mueca sexy que Martín conocía tan bien y que no denotaba felicidad precisamente.

—Supongo que me merezco eso —recogió su ropa interior y se enfundó en ella. Caminó hasta el pequeño sofá en el que Martín solía recostarse para posar, pilló la cajetilla de cigarrillos y una botella de aguardiente llena a medias. Dio un largo sorbo y encendió un pitillo.

—Nunca me habías hablado así —reclamó Martín, con la voz más apagada de lo que hubiese querido. Se sintió herido y rechazado.

—Pues tú nunca habías intentado meterme el dedo en el culo. Estamos a mano, chaval.

—Entonces bastaba con que me hubieras dicho que no querías, no tenías que empujarme lejos de ti como si te estuviera prendiendo fuego. ¿Dónde quedó tu mentalidad sorprendentemente liberal?

Joaquín echó la cabeza hacia atrás en el sofá y exhaló una abundante bocanada de humo, luego lo miró directo a los ojos, clavándole sin compasión aquellos orbes de color gateado que eran la ventana a todo el gran misterio que era aquel hombre.

—Digamos que lo siento. Supongo, entonces, que ha sido mi error el no habértelo dejado claro desde el principio. No sé si a ti te van los juegos de rol y te guste jugar con más de un personaje. A mí no, te lo aseguro. Yo tengo muy claro lo que quiero y cómo me siento cómodo.  Yo soy la polla en esto —Joaquín dibujó con el dedo índice un círculo lateralizado que los encerraba a ambos—. Es lo que hay. Quizá te parezca egoísta… o qué se yo. He ido lejos contigo, Martín, y no puedo decir que me arrepiento porque no es así, pero no pienso cruzar aún más allá. Has obtenido de mí lo que nadie más hasta el momento, pero esa última barrera no la pienso saltar —Joaquín dio otro trago mientras perdía la mirada a través de la ventana.

Martín sonrió amargado. Joaquín definitivamente no veía las cosas como él. Había reducido aquello a algo básico y fisiológico, cuando para él significaba algo por completo diferente. No era el hecho de penetrar o ser penetrado en sí, de dominar o ser dominado, de transgredir parámetros o no, para él era una clara cuestión de confianza, de entrega, de saber dar y recibir; de estar dispuesto a sacrificar y a entregar.

Martín disfrutaba mucho de las oportunidades de ser el dominante y suficientes hombres le habían dado aquel gusto, aunque no iba a decir que había sido algo fácil. Con Joaquín no le había importado el rol que instintivamente adoptaron, jamás se lo cuestionó o lo cuantificó, así que había esperado que intercambiarlos tampoco supusiera un problema. Cuando concretó las cosas con él, simplemente se había sentido lleno y triunfante por finalmente haberlo conquistado, por saberse deseado por alguien que le gustaba lo suficiente.

Equilibrio…

Entrega…

Unión…

… Era sólo eso lo que buscaba con él. Algo que nunca antes, con ningún otro u otra, le había importado tanto como lo hizo en aquel momento con Joaquín.

Quizá era sólo cuestión de medidas de tiempo. A lo mejor se había precipitado en su estúpido e infantil afán de marcar territorio, llevado por el deseo de tenerlo con él en todas las maneras en las que fuese posible, Desestimó lo que acababa de ocurrir como un simple desacuerdo. Era sin duda importante tener pleno conocimiento de lo que le gustaba a Joaquín…  Su amor no era en vano, era fuerte, lo sentía pulsar en cada vena… Sobreviviría.

Si lo había seducido, podía sin dudas llegar más lejos… Algún día, quizá, él llegara a mencionarle la palabra con “A”. A pesar de que no se sentía precisamente feliz en aquel momento, el  corazón adolescente de Martín lo traicionó, brincando como loco al contemplar esta posibilidad. Debió regañarse a sí mismo y centrarse para dejar de soñar y poner su atención en la situación

Era el momento justo ¿no? Buscaría su respuesta. No sabía cómo se tomaría lo que pudiera llegar a decirle Joaquín al respecto, pero necesitaba saber quién era ella y si ella importaba. Los nervios le hicieron perder un poco el control y sus manos comenzaron a temblar como locas. Las ocultó dentro de los bolsillos de la chaqueta, donde las cerró en puños apretados y recorrió el camino desde la cama hasta el sofá.

Su subconsciente comenzó entonces a acribillarlo.

«Cálmate Martín. ¡Contrólate!

No puedo.

«Menos mal que tú sabes cómo manejar las situaciones.

No es cierto, esta me sobrepasa.

«¿Qué es lo que te ocurre? Lo que pueda llegar a decirte él no va a ser el fin del mundo

No sé lo que me pasa. Sólo… no lo sé».

—Bien, ya que estamos diciendo las cosas tan abiertamente por primera vez, déjame preguntarte algo, Joaquín ¿Qué, exactamente, es esto que hay entre nosotros? Y sobre todo, sea cual sea tu respuesta ¿nos permite eso… frecuentarnos con otras personas? Y ya que estamos hablando del tema, apreciaría saber ¿quién es la mujer que deja sus cosas entre tus sábanas?       —preguntó directo aunque quiso haberse mordido la lengua, porque lo último había sonado demasiado a novia celosa.

Joaquín se acodó en las rodillas, entrelazando los dedos de ambas manos bajo el mentón, miró al vacío más allá de Martín.

—Esas son muchas preguntas, Martín. Lo único que tengo para decir al respecto es… que no tienes por qué sentirte atado a mí, y si lo que te hace sentir inquieto es que al estar conmigo debas dejar de lado a otras personas u otras oportunidades, no lo estés, ya que eres libre para frecuentar a quien quieras, al igual que lo soy yo. Decir que hay un nosotros implicaría demasiado y nada está más lejos de la realidad. No te quiero lejos… simplemente no te quiero lejos, me gustan las cosas justo como están: sin complicaciones, sin amarres y sin dramas. Sólo quiero seguir disfrutando de la atracción que compartimos. Eso es todo ¿vale?

¿Así o más claro? Ahí estaba su respuesta y no le gustaba. Joaquín ni siquiera se había molestado en tratar de negar que tenía a alguien más. El que ni siquiera la mencionara sólo le hizo sentir a Martín que Joaquín, además de no sentir nada emocional por él, tampoco lo consideraba digno de una explicación o de una disculpa… O de lo que fuera.

—¿Esos son tus términos? Es decir que puedo venir aquí para que tengamos sexo cuando se nos venga en gana, pero que no debo esperar nada más. ¿Entendí bien?

—Palabras más, palabras menos, así es. No sé si estoy lastimándote al decirte las cosas así, Martín, pero no vi la necesidad de establecer esto antes. Yo sólo asumí que era igual para ti. No pretendo que te sientas mal o utilizado, porque tú me enloqueces, lo haces por completo y lo sabes, son embargo esto que compartimos… no es de índole sentimental. Quizá lo más sabio sea detenernos y ya está —dijo mientras se frotaba la barba con cansancio. Se veía angustiado, pero a Martín no le importó. Sólo le importaba el hecho de estar escuchando algo confuso. Algo que lo dañaba. Su corazón quiso detenerse ante la posibilidad de que Joaquín pudiera ver a través de él y  notara la desilusión, el miedo y esos sentimientos a los que Joaquín parecía tener alergia—.            Es todo lo que puedo ofrecerte, tú decides. Siento cosas por ti, pero no sé a qué parte de mi ser están ligadas… No quiero que te confundas…

—Detente justo ahí, Joaquín —sus palabras lo estaban lastimando más de lo que hubiese pensado que podrían llegar a hacerlo, pero no pensaba demostrarle aquello de ninguna manera—. Ya te entendí. No te estreses, señor polla. Únicamente quería claridad. ¿Quién está hablando de sentir algo más allá de calentura? No seas vanidoso. Por supuesto que esto es solamente sexo. Fue lo que busqué desde un principio… Y sin duda fui afortunado al encontrarme con que tú estabas más que dispuesto a seguirme la corriente.

Sintió que tenía que salir rápido de allí, antes de que se le saltaran las lágrimas y quedara como el gran mentiroso que estaba siendo. Joaquín era un maldito, pero en realidad no podía culparlo, él solamente estaba siendo sincero y no tenía la culpa de que él se hubiera enamorado como un pendejo. Tuvo que portarse así, tuvo que decir aquello, porque de decirle que lo quería… que los sentimientos recién nacidos eran muchos y profundos, Joaquín simplemente lo habría alejado.

—Ella… —la voz de Joaquín lo sobresaltó, pues no creía que él tuviera aún más para decirle—. Ella es una constante en mi vida. No sé qué tan estructurados seamos como pareja   —Joaquín bufó—. Ni siquiera sé si puedo llamarnos una pareja, pero ella simplemente está ahí, y ahora está más presente que nunca. Tú también estás aquí… ¿Soy una mala persona por querer tenerlos a ambos?

«¡Lo eres, lo eres! ¡Maldita sea, sí lo eres!

«Díselo ahora, Martín. Dile que se vaya a la mierda… Te está degradando a ser su amante, ¿Vas a permitírselo?

Yo no…».

 —Sólo… Teniendo en cuenta que somos más de dos, fuimos realmente irresponsables al dejar de lado los preservativos. Habrá que tenerlos en mente en el futuro —soltó aquello, aunque le dolía la garganta por el esfuerzo de contener el llanto.

«¿Pero qué mierda Martín?

Lo siento, pero por el momento tomaré lo que pueda de él. Sólo necesito estar cerca… Sólo eso. Voy a hacer que me ame… Sé que puedo lograrlo.

«Te va a doler».

4

Cada vez que Ricardo llegaba a trabajar, esperaba que alguien lo detuviera en la entrada, lo llamara pervertido y le impidiera el paso a aquel sacrosanto templo de la educación, del cual dependía el cheque que evitaba que tuviera que vivir en casa de su madre; quizá también esperaba que aparte de negarle la entrada, también lo golpearan. En aquella escena en su cabeza, incluso había policías y periodistas; además de miles de dedos acusadores apuntando en su dirección.

Y como cada día, nada ocurría.

Iba a enloquecer.

Aquella mañana estaba acodado en su escritorio, concentrado en una sola cosa. Mientras los alumnos rellenaban un test, él observaba concentrado a Martín, como se le había vuelto costumbre el último par de semanas. Ahora además de pedófilo, podían agregar a su currículo la etiqueta de acosador. La primera era una vil y falsa acusación que podía materializarse en cualquier momento, pero de la segunda no podría escaquearse de ser descubierto porque era completamente cierto. Pero se excusaba ante sí mismo diciéndose constantemente que la mejor manera de ganar una batalla o la guerra, es el pleno conocimiento del enemigo; aunque su campo de estudio se limitaba al instituto, así que en realidad el conocimiento no era tan pleno.

Había esperado encontrar en Martín a un pequeño engendro del mal. Alguien concentrado las 24 horas del día en hacer pagar con sangre a los demás por cada pequeña ofensa recibida, a alguien arisco y por completo petulante. Ámbrizh no era un ángel, eso lo tenía claro, pero tampoco era el cruel desalmado que él habría esperado que fuese.

El chico que ocupaba su campo de visión en aquellos momentos, era una persona que tenía mucha fe y confianza en sí mismo, y ese era quizá su mayor pecado, eso y tener una gran bocota demasiado dispuesta a soltar algo ofensivo si se presentaba la ocasión.

Por elección propia o no, se mantenía solo la mayor parte del tiempo, pero no parecía especialmente afectado por ello. Ni siquiera se juntaba con el festivo y escandaloso grupo de chicos homosexuales que ocupaban la misma mesa todos los días a la hora del almuerzo y con el que él, pegado a los estereotipos como solía ser a veces, lo habría juntado. Si, Ricardo incluso había dejado de almorzar en la sala de profesores por unos cuantos días, sólo para estudiar al enemigo. Algunas veces su vigilancia no había sido tan clandestina como él pretendía y su alumno lo había descubierto. Cuando esto ocurrió y sus miradas se cruzaron, Martín sólo le sonrió de manera ladina para luego continuar ignorándolo. En una ocasión  sacó el celular y le tomó una fotografía desde la distancia.

En su estudio de Martín, Ricardo no pudo evitar notar la forma en la que los demás estudiantes lo seguían con la mirada cuando se creían a salvo de ser descubiertos. ¿Un signo de secreta admiración por él, quizá?

Había sorprendido al señor Higuita, catedrático del área de historia, mirando a Martín con algo parecido al excesivo gusto y encontró esto… interesante, de una forma que no habría sabido explicarse a sí mismo. Incluso se había encontrado fantaseando con el hecho de que aquel hombre cometiera un error con Martín para poder capturarlos en una fotografía y voltear así las cosas… eso era una tontería.

Martín Ámbrizh: alumno suficientemente por encima del promedio. Club de arte. Nulo en deportes. Auto ridículamente costoso. Se concentraba mucho en mirar a través de la ventana del salón de clases si afuera llovía.

Martín Ámbrizh: la razón por la cual en los últimos días no lograba dormir una noche completa por causa de la preocupación.

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