Capítulo 12

Capítulo XII

Traicionera Realidad (Sometimes life sucks)

1

Martín conducía alejándose del estudio en compañía de la que ahora sabía se llamaba Irina, lo hizo con la mirada clavada en el parabrisas, forzándose a mirar hacia la carretera y no hacia la persona que tenía al lado. Con la vista periférica pudo percibir como ella, quizá al verlo completamente centrado en el camino, lo estaba examinando con descarado detenimiento; seguro pensando que estaba en todo su derecho para hacer aquello, para medirlo, para pesarlo, para desmenuzarlo… Quizá tratando de determinar qué tan grande era la amenaza que él representaba. Eso era lo que habría hecho él si no hubiese estado tan concentrado en tratar de ignorarla, aparentando tan estoicamente como podía que ella no lo intimidaba.

—En el café de aquella esquina está bien —dijo Irina, señalando hacia uno de los locales con mesas bajo un toldo en el exterior. —Estamos lo suficientemente lejos. Allí podremos hablar con tranquilidad.

Martín obedeció, aparcando a unos cuantos metros de la entrada sin decir una sola palabra. Ambos se apearon del auto y se dirigieron hacia el local, dispuestos a tomar asiento en una de las mesas exteriores que estaban casi del todo vacías, de seguro por lo cercana que estaba la noche y el frío que solía acompañarla. Estuvo tentado de apartar la silla para ella, pero pateó lejos la idea. Aquella situación parecía irreal y era terriblemente incómoda, no había necesidad de hacerla aún más bizarra esmerándose por comportarse como un caballero con alguien a quien inconscientemente ya había catalogado como al enemigo.

Aquella era una, hasta el momento bastante silenciosa, confrontación entre amantes. Una lucha de poderes en la que Martín no estaba dispuesto a ceder. Nada le aseguraba que aquella mujer no fuese en la vida de Joaquín algo similar a lo que era él en aquel momento: sexo sin ataduras emocionales. Él la había llamado una constante, pero eso no la convertía necesariamente en el objeto de sus afectos. No tenía por qué pensar  que aquello que los unía era algo profundo. Si Irina y él estaban en igualdad de condiciones, quizá tuviera una oportunidad de ser el vencedor al final y hacerse con el corazón del pintor. La falta de certeza acerca de lo que compartía con Joaquín nunca antes le había pesado tanto como lo hizo en aquel momento, pero por nada del mundo estaba dispuesto a ceder. Martín se aferraba con uñas y dientes a lo que podía, aunque fuese poco.

Hasta el momento aquella mujer se había mostrado calmada y educada. ¿Por qué no podía haberse comportado como una bruja hija de puta y así facilitarle a él las cosas? Y encima era guapa y, para desagrado de Martín, absurdamente exótica. Además era mayor y era… Mujer.

—Este affaire en el que están involucrados Joaquín y tú es un juego peligroso —con esta aseveración, Martín pudo comprobar que ella estaba enterada de cuanto ocurría entre Joaquín y él. Durante el trayecto en auto llegó a pensar que quizá ella sólo tenía sospechas que quería comprobar o desmentir. No había caso en tratar de negarlo, además no estaba particularmente interesado en hacerlo tampoco. Si había mantenido la boca cerrada al respecto era únicamente porque así lo quiso Joaquín y porque le gustaba proteger su intimidad y su tranquilidad. Pero si alguien tocaba el tema tan abiertamente no tenía por qué esconderse.

—¿Quién está jugando? ¿Y es eso una amenaza?

—Por supuesto que no. ¿Qué necesidad podría tener yo de amenazar a un niño?

Uno de los meseros se acercó ofreciéndoles la carta, Martín pidió dos cafés deshaciéndose del hombre en el acto.

—No soy un niño. Por lo menos puedo asegurar, con conocimiento de causa, que no es esa la manera en la que me ve Joaquín. Y… Por favor, no me menosprecie —Martín miró alrededor—. Puede que sea cierto que no me esté amenazando, pero usted definitivamente me considera como una amenaza. De no ser ese el caso no estaríamos aquí, teniendo este… intento de conversación. ¿Me equivoco?

Irina se cruzó de brazos y miró a Martín directo a los ojos, sin ni siquiera un ápice de nerviosismo o de duda.

—Creo que en realidad te considero más una molestia que una amenaza. Escucha, Martín. Sólo quise entrevistarme contigo porque ¿qué habrías hecho tú en mi lugar? ¿No habrías confrontado acaso a la persona que se interpone en tu relación con la persona a la que amas? —Amor. Ese fue un golpe bajo. Martín hubiese querido gritarle, decirle mil cosas y herirla e insultarla, pero simplemente no le salieron las palabras.  Irina se acodó en la mesa, proyectando su cuerpo un poco hacia adelante para hablarle más de cerca—. Estoy apelando a tu buen juicio. Mirándote soy capaz de entender lo que Joaquín vio en ti, comprendo ante cuales de sus instintos cedió, sin embargo algo entre él y alguien como tú no tiene ningún futuro. Si sigues adelante, aferrándote a él, únicamente conseguirás salir lastimado. Ahórrate el mal trago y… ahórramelo a mí. Aléjate.

—¿Alguien como yo? —Martín soltó aquella pregunta de manera retórica, porque por supuesto sabía que ella se estaba refiriendo al evidente hecho de que era un hombre. La atacaría con la única arma con la que contaba para defenderse. Si de algo le servía que la acusación de ser un niño fuese cierta, era el hecho de que podía ser inmaduro y no pensar en la felicidad o la tranquilidad de nadie más sino en la propia y que podía, sin mucho miedo, soltar una barbaridad tras otra—. ¿Acaso está refiriéndose a alguien como yo que lo complace en la cama? ¿Alguien encima y debajo de quien se deshace en jadeos? ¿Alguien como yo que le hace y le da lo que obviamente buscaba y no tenía? Claro, soy un completo error en su vida —dijo con sarcasmo.

Irina tragó en seco. Se mantuvo en silencio mientras el mesero dejaba sobre la mesa las bebidas que habían pedido.

—Todo eso que mencionas no es más que emoción por la novedad —los ojos de Irina estaban sospechosamente brillantes—. ¿Eres capaz de entenderlo? ¡Así es Joaquín! Su mente es más abierta que su corazón. Él jamás se ha cortado a la hora de experimentar el placer y aunque debo reconocerte el mérito por haber logrado meterte en los pantalones de alguien que es empedernidamente mujeriego, debes saber, mon petit, que al final del día él siempre volverá a mí.

Martín se entretuvo en verter el contenido de los sobrecitos de azúcar en la taza para calmar sus emociones. Siguió ignorando la vibración del teléfono en su bolsillo, sabía que era Mimí y se encargaría de eso después. Respiró profundo y rogó al cielo que su voz no se escuchara rota.

—¿Por qué estamos teniendo esta conversación si tan segura se siente? Si usted tiene tanta certeza al respecto, si está tan segura de que Joaquín sólo me quiere a su lado mientras sacia su curiosidad y que al final la escogerá a usted, hágase a un lado entonces y espere paciente, ya veremos si tiene la razón.

—Por una simple razón… Porque no me gusta que se interpongan en mi camino; tampoco me gusta que toquen lo que es mío y sobre todo porque no quiero a Joaquín metido en líos. ¿No habías pensado en eso cierto? ¿En su reputación? ¿En su carrera? Él es lo suficientemente idiota como para que no le importe todo lo que está poniendo en riesgo, pero el mundo se le vendría abajo si alguien, en especial tu madre, supiera el absurdo que está ocurriendo entre ustedes dos —Irina hizo un evidente esfuerzo por calmarse. Tomó entre sus manos una de las de Martín—. Escucha, si me he… Si me he acercado a ti de este modo es porque él me lo ha pedido. Me lo ha contado todo. No quiere herirte, pero él no sabía cómo terminar esto.

Martín retiró la mano del agarre de Irina con brusquedad. Endureció la mirada y aun así elevó sutilmente una de las esquinas de su boca en una mueca de sonrisa.

—¿Acaso cree que soy alguna especie de idiota? No creo que Joaquín le hubiese pedido que me dijera nada. Si así hubiera sido, si él hubiese tenido la intención de terminar lo que hay entre nosotros, por lo menos creo que habría tenido la prudencia de no tener sexo conmigo esta tarde o simplemente me lo habría dicho él mismo porque, tal como usted ha asegurado, él es un idiota y no se corta a la hora de decir las cosas —Martín bufó. El cielo se había ennegrecido por completo en los últimos diez minutos y ahora los iluminaban las farolas del alumbrado público—. Él nunca la mencionó ¿sabe? No hasta que yo descubrí su existencia y lo confronté, ni siquiera así le dio mucha importancia y no me alejó de él. ¿Qué cree que la hace a usted más valiosa que yo cómo para que sienta que pueda sentarse aquí conmigo, juzgar lo que siento y decirme que debo alejarme de él?  Y no me salga con la estupidez de que es porque es mujer. Enfurézcase más porque eso no hace menos válidos mis sentimientos hacia él. No pienso hacerme a un lado. No puedo.

—Cometiste un gran error, uno lamentable y que ahora veo. Te enamoraste de él —Irina lo miraba con lástima más que con rencor—. Por el bien de los tres te lo pido, no te entrometas más. Yo lo amo.

—También yo. Esto que siento es real y es más fuerte que yo. No puedo traicionarme a mí mismo, no puedo rendirme tan fácilmente.

—Si lo harás, Martín. Darás un inteligente y prudente paso atrás.

—¿Qué le hace estar tan segura?

—El simple hecho de que confío en que debes tener una conciencia, porque no vas a hacerlo por mí, sino por el bienestar del bebé de Joaquín que crece dentro de mí.

2

Cuan amargo fue el llanto orgullosamente contenido hasta que se alejó lo suficiente y cuan duro le fue a Martín saber con certeza cuánto podía llegar a doler un corazón. No sabía que tal cosa fuese realmente posible, eso de sentirse vacío y quedarse sin aliento a causa de la decepción, la derrota y el sentimiento de traición. Su mundo, que por supuesto abarcaba aspectos más allá de Joaquín pero que en aquel momento parecía trágicamente reducido a él, parecía a punto de derrumbarse y él no se sentía con energías para quitarse de en medio y huir de los escombros.

¿Cómo había podido ser tan malditamente estúpido como para llegar a enamorarse así? ¿Cómo se arrancaba aquello de adentro sin matar a su corazón? ¿Qué absurda magia había hecho Joaquín en él, como para que a pesar de todo sintiera que lo quería cerca?

Quien más sufre no es quien más ama… Pero vaya que lo amaba, y vaya si estaba sufriendo en aquel momento. Esos dos conceptos no deberían estar ligados, simplemente no deberían. Los  sentimientos bullían dentro de él con ferocidad y no todos ellos eran nobles. 

Martín se dejó arrastrar por la congoja. Su pelea estaba perdida aún antes de que hubiese tenido la oportunidad de darla. Ni siquiera se le había permitido expresar todo aquello que guardaba dentro de sí.

Aunque carecía de un I.D. que lo acreditara como legalmente capacitado para consumir alcohol el dinero suficiente fue perfectamente capaz de conseguírselo. Quien haya dicho que el alcohol ayuda a olvidar  fue un completo mentiroso porque cada ardoroso trago que bajó por su garganta lo hizo dolorosamente consciente de en nombre de quien lo estaba consumiendo.

—¡A tu salud, Joaquín!

La rabia en su interior no se calmó, con cada minuto que pasaba y con cada milímetro más de alcohol que invadía su sangre se enardecía más. Su ebriedad le hacía proclamarle al aire, a grandes voces, que era justo hacer pagar al culpable de su dolor. El estúpido maldito que había pisoteado su corazón no tenía por qué salir impune de aquella masacre.

Joaquín tomaba lo que deseaba de él e ignoraba todo lo demás, pero Martín lo sabía… Él se lo había dicho, así que había sido ciego por voluntad.

Y una mierda que aquello no iba a quedarse así.

«Tengo el alma rota…» Y de verdad le sorprendía que hubiese pasado en tan poco tiempo.

Arrojó la botella que sostenía desde lo alto del mirador, a donde había huido para desfogar su tristeza y su ira. La  vio caer y la escuchó hacerse añicos. Tomó el celular de su bolsillo, sabiendo que tenía suficientes llamadas perdidas de su madre como para estar en problemas al regresar a casa, ya fuese porque encontrara a Mimí furiosa o con la preocupación suficiente como para que hubiese hecho que la policía emitiera un boletín de búsqueda. Tecleó a toda prisa, con dedos torpes.

Martín: Lo siwento… Eatoy con Carolina, eella tuvo problemas. No te preocuprs.

Una vez que pulsó en el ícono de “enviar” apagó el teléfono, volvió al auto y emprendió el camino.

— ¡Voy a romperte la cara, Joaquín!

Porque la providencia así lo quiso, Martín llegó de una pieza y sin haber herido a nadie en el camino, hasta el estudio de Joaquín.

3

Mientras se fumaba un cigarrillo, en un intento poco efectivo por invitar al esquivo sueño, Joaquín estaba perdido en la mirada oleosa que le devolvía el hombre joven en el cuadro. Hacia cerca de media hora que había dado las últimas pinceladas, dando aquella obra por concluida. A pesar de ser el autor de aquello y de conocer cada rincón plasmado en la tela, no pudo evitar el quedarse embelesado observando.

También conozco cada rincón de tu carne y tampoco puedo, ni quiero, dejar de mirarte y de tocarte. ¿Qué voy a hacer contigo Martín? ¿Qué voy a hacer contigo? —llevó los dedos de la mano derecha hasta los tentadores labios de Martín dibujados sobre el lienzo.

La pelea consigo mismo era encarnizada. Le había sido imposible seguir ignorando lo evidente. No ver su mirada  y el anhelo en ella sólo habría sido posible si fuese ciego o estúpido, aunque ciertamente había sido un tonto al no darse cuenta antes… La forma en la que Martín lo tocaba, la manera en la que lo besaba… Martín evidentemente le estaba poniendo corazón a algo que, por el bien de ambos, debió haber sido exclusivamente carne. Él jamás podría corresponderle de la misma manera, puesto que el deseo de su corazón y el deseo de su cuerpo no estaban necesariamente ligados.

—Muchachito estúpido —lo dijo como un susurro casi tierno, dirigido al inmortalizado Martín de la tela, seguido de un suspiro posteriormente acompañados por un largo trago a pico de botella, del wiskey más barato que había podido encontrar.

Quería a Martín, por supuesto, pero lo hacía a su manera. Estaba enamorado de lo primero que se notaba de él: su estampa. Luego, cuando tuvo la oportunidad de tenerlo entre sus manos, por supuesto se enamoró de su cuerpo y de lo maravilloso de su sexo. Su corazón que no le era algo indiferente y la lógica y el sentido común le gritaban que no debía lastimarlo, no lo deseaba con fines románticos. No había tenido la fuerza o la voluntad para alejarlo. Sabía que eso era lo correcto y quizá lo más justo, pero se sentía incapaz de imaginarse sin su piel… Sin la suave dermis que envolvía a aquella hermosa criatura.

No necesitaba de su corazón, porque el suyo estaba atrofiado y era incapaz de responder, pero anhelaba su carne.

Martín, hermosa criatura hecha de la carne y la sangre más tentadora que pudiera existir… hermosa criatura que protagonizaba sus fantasías y alimentaba con exuberancia su pincel y sus telas. Martín era una más de sus adicciones, una que aún no estaba preparado para superar.

Irina… ella era otro asunto. Uno en el que, de momento, no quería pensar.

El silencio de la madrugada se vio interrumpido por el sonido del timbre de su teléfono celular. Encontró el aparato dentro del cajón de los pinceles. Arrugo el entrecejo y se apresuró a contestar cuando vio en la pantalla de quién se trataba.

—¿Martín? ¿Te ha pasado algo? —se inquietó.

—No puedo abrir el portal, está con candado… O yo estoy muy torpe… Ábreme tú, ¿Quieres?la voz al otro lado del teléfono pronunciaba las letras «R» con un evidente arrastre de la lengua y alargaba innecesariamente las vocales.

—¿Has tomado? ¿Dónde estás, chaval?

—Estoy frente a tu portal y hace mucho frío aquí afuera. Baja a abrirme, por favor. Necesito… Necesito que aclaremos un par de cosas tú y yo.

Soltó el aparato y abandonó el salón para tomar el ascensor hasta la primera planta. Cuando destrabó el portal y lo abrió, Joaquín esperaba encontrarse con un festivo adolescente alcoholizado, pero en su lugar se estrelló con un rostro serio, conteniendo a un gran par de ojos que se las arreglaban para verse furiosos a pesar de estar enrojecidos y cubiertos con una película acuosa.

Subieron hasta el estudio sin decir una sola palabra. Mientras viajaron en el ascensor, Martín se limitó a recargarse en la pared del fondo, con las manos metidas en los bolsillos y la vista clavada inclementemente en su rostro.

—¿Tu mujer embarazada está durmiendo contigo hoy? De verdad no quisiera importunarla ocupándote en su horario designado. O quién sabe, quizá esté de humor para un trío —Martín rio de manera forzada y sarcástica—, aunque técnicamente seriamos cuatro —estiró cuatro dedos, hasta posarlos justo frente a los ojos de Joaquín.

El pintor suspiró y cerró los ojos por unos segundos. No hubiese querido que Martín se enterara de aquello. Claro que el chaval estaría molesto por ello…  ¡Mierda! Incluso él mismo estaba molesto por ello, y era el que menos derecho tendría para estarlo.

—¿Tú cómo…?

—Oh, ella fue muy amable e informativa. Se aseguró de hacérmelo saber —por cada palabra que decía, Martín clavaba el dedo índice en el pecho del pintor—. ¿No consideraste prudente decírmelo? ¡¿No se te ocurrió que me habría gustado enterarme por tu boca y no porque ella me confrontara?!

Joaquín se alejó de Martín, se cruzó de brazos y recargó la cadera contra la pesada mesa donde tenía los pinceles y los tubos de óleo.

—Yo no tenía por qué haberte dicho nada simplemente porque… Yo no te debo ningún tipo de explicación acerca de mi vida privada ¿vale? Creí que eso ya estaba claro entre nosotros. Sin ataduras —comenzó a enumerar con los dedos—, sin dramas, sin emociones, y sobre todo, sin ridículas escenas de celos. Mi vida ya es lo suficientemente complicada sin que tú le agregues este tipo de situaciones, Martín. Tú y yo nos reducimos a una sola y concreta cosa, así que si no estás aquí para que te folle o para que te pinte, bien puedes regresarte por donde viniste —señaló la salida. El alcohol amablemente ayudándolo con tan elocuentes palabras. Sabía que estaba siendo un cabrón con todas las letras y por algún motivo en aquel momento no le importaba. Ser crudo era quizá la única manera que tenía a mano para obtener dos cosas realmente importantes. La primera: que Martín no siguiera encaprichándose con él y la segunda: la claridad que quizá permitiera que las cosas siguieran justo como estaban. Así funcionaba su lógica en aquellos momentos.  Era como retirar la bandita de una herida… Era mejor de un solo tirón.

Martín se tambaleó en su puesto y Joaquín supuso que a causa del alcohol en su sistema. Lo vio apartarse el cabello de la cara y acomodárselo detrás de la oreja derecha, algo que sus sentidos borrachos catalogaron de inmediato como un gesto sumamente sensual e invitador. Martín dio tres inestables pasos en su dirección.

—¿Y eso es todo? ¿Así de fácil? —boqueó como si no supiera exactamente qué decir a continuación o que sabiéndolo no estuviera seguro de si era conveniente soltarlo—. Sí que eres… Ridículamente simple y básico, Joaquín. Hablas como si las personas, las emocionalmente estables, —se señaló el pecho— no tuviéramos más de una faceta, como si todo fuese solamente blanco o negro, sin ningún tipo de matices. ¡Hablas como un estúpido! ¿Acaso crees que tengo un conveniente botón on-off? ¿Crees que apago todo cuando vengo a acostarme contigo y que quedo programado en modo sexo y ya está? —Martín puso una mueca en su rostro que Joaquín pensó tenía la intención de ser una sonrisa, pero que se quedó sólo en el intento—. Definitivamente hubo un mal cálculo en todo esto ¿sabes? Creo que ninguno de los dos contó con que yo sería tan estúpido como para enamorarme de ti.

Joaquín cerró los ojos y estuvo a punto de cecear, porque la declaración de Martín sí que había sido arrancar la bandita de un solo tirón. Haber sospechado lo que Martín sentía, haber leído las señales y tener la certeza, eran dos situaciones muy distintas. Quiso quizá consolarlo, algo sin duda estúpido porque ¿cómo hacerle entender que estaba poniendo algo valioso en un recipiente sin corazón como él? Prefería ser cruel, tajante, agresivo de ser el caso, aunque eso significara alejarlo. Su garganta seca clamó por el picante sabor del alcohol.

—Joder… Martín —Joaquín se pasó las manos por el rostro con desespero. No quería herirlo, pero tampoco quería mentirle. Por su mente nunca pasó el decirle un falso «Te quiero» para seguirlo teniendo enredado en su cuerpo. No estaba en su naturaleza ser piadoso. Siempre se caracterizó por decir y tomar justo lo que quería, quizá esa era la razón más grande de muchos de sus problemas, pero en su vida desordenada y llena de defectos y carencias morales de todo tipo, era su sinceridad una de las pocas cosas de las que se sentía orgulloso. Podía por supuesto guardarse cosas, pero una vez que abría la boca, lo único que brotaría de ella sería la verdad, aunque fuese cruel, aunque doliera, aunque no conviniera.

Sus sentimientos hacia Martín no eran del todo clasificables. Lo que sentía por él estaba muy lejos de ser amor, era algo extrañamente parecido al aprecio y… y al hambre; definitivamente lo deseaba con furor. Todo era… complicado, o muy simple, ya no lo sabía con certeza.

—¡Yo jamás te di motivos para semejante estupidez! Eso, decirme que te has enamorado de mí, es infantil y no tiene sentido. Eres alguien inteligente, lo suficiente como para entender que lo que dices es un sinsentido. Deberías saber que poner vuestros sentimientos en una relación de este tipo y en alguien como yo, nunca llegará a ninguna parte… A mí no me interesan los hombres y además eres un crío. Contigo yo sólo quiero…

—Repite esa mierda una vez más —Martín lo interrumpió con las manos cerradas en apretados puños y los ojos anegados en lágrimas de furia—  y te juro, Joaquín, que voy a partirte la cara… ¡Sólo sexo! ¡¿Únicamente sexo?! ¡Nunca antes me sentí tan humillado! —gritaba —. Yo no soy una jodida puta para que cada vez que me veas me repitas la misma pendejada… Yo no necesito estar con alguien sólo por sexo. ¡Eso es algo que puedo obtener de quien quiera, cuando yo quiera! Eso te lo aseguro… ¡Y tú estás menospreciándome! ¡Estás rebajándome! ¡Estás usándome! Y encima tienes a alguien con quien jugar a la casita, así que… que te aproveche, Tú eres un cabrón, Joaquín, porque sólo te preocupaste por ponerle normas a esto —Martín señaló la cama— cuando ya habíamos tirado hasta por las orejas y cuando yo ya estaba… No eres tan bueno en la cama como para que yo me quede contigo solo por eso —Martín dejó escapar una risita sarcástica y borracha, luego se talló los ojos en medio de un nuevo tambaleo que sólo parecía aumentar con el pasar de los minutos—. Esto definitivamente debe ser obra del karma. Si esos eran tus únicos intereses, en definitiva debiste aclararlo desde el principio. Esto no es justo.

Martín se apoyó en los soportes del dosel de la cama y se llevó una mano al pecho agitado, clavó los ojos furiosamente en el cuadro que hasta el momento al parecer le había pasado desapercibido.

En medio de aquello, viéndolo así, allí con él, lo único que Joaquín deseaba eran dos simples cosas. La primera que se quedara inmóvil y poder retratarlo así, furioso y reclamando en medio del sopor del alcohol. La segunda arrancarle la ropa y hacerlo suyo, llenarse los oídos de sus sonidos lascivos y vitorear la manera experta en la que le arrancaba los suyos. No le interesaba… No le interesaba su corazón.

—¿Preferirías que te mintiera y te engañara diciéndote que te quiero? ¿Preferirías aferrarte a algo que sería una mentira? ¿Qué hay de injusto en lo que te he dicho, Martín? ¿Qué hay de injusto en esta situación? —se acercó veloz hasta Martín y lo apretó fuerte entre sus brazos donde, por supuesto, su bello mancebo se removió como si se le fuera la vida en ello, así que lo lanzó sobre la cama y se agazapó sobre su cuerpo, inmovilizándolo con su peso. Llevó sus brazos sobre su cabeza y los sujetó allí hasta que consiguió que sus movimientos se convirtieran, en cambio, en una respiración dura y demasiado sonora que hacía que su pecho subiera y bajara con violencia—. Entonces, te amo Martín. Amo tu carne, amo tu sexo, el sabor de tu sudor —su lengua rectó golosa por el cuello de Martín, arrancándole un racimo de pequeños lloriqueos desesperados—. Amo la manera en la que gimes y la sensación de tus nalgas chocando contra mi piel… Y sobre todo, lo que más amo de ti es que no juegues la carta del pequeñajo inocente que se encandila y se encapricha con cualquier cosa ¡así que ahora no vengas a joderme con la estupidez del amor! De eso yo ya probé y me harté. Eso solamente lo complica todo —se lanzó en picado sobre sus labios. Sintió como Martín respondió a su ataque y se adueñó de su labio inferior, dibujando el contorno de éste con la lengua. Se perdió en el sabor de aquel beso hasta que el dolor de los dientes de Martín clavándose en la sensible carne de su labio lo devolvió a la tierra y lo hizo apartarse de él, impulsando su cuerpo hacia atrás con rapidez.

Se llevó los dedos a los labios y cuando los retiró estaban teñidos con su sangre.

— ¡¿Pero qué mierda te está pasando por la cabeza Martín?! ¡Me has mordido!

Martín tenía sangre, su sangre, en el labio inferior y en la barbilla. Se levantó de la cama y se acomodó la ropa.

—Contrata una prostituta. Esas son menos complicadas y siguen órdenes específicas si les pagas lo suficiente —Martín desapareció de su vista, dejando su olor y un labio herido atrás.

4

A pesar de su desajustada economía que para aquellos días cercanos al final del mes se balanceaba peligrosamente en la cuerda floja a causa de la compra de un vestido que no estaba programada en el presupuesto, no le interesó lo costoso que saldría el monto del taxi por atravesar la ciudad en plena madrugada. Habría ido a buscar a Martín hasta el fin del mundo si hubiese hecho falta.

Carolina iba atenta. Las indicaciones de Martín no fueron muy claras, pero ya con anterioridad le había hablado acerca del lugar donde tenían lugar sus encuentros con Joaquín. Quería llegar rápido con él, porque él la había dejado preocupada cuando la había llamado para decirle que fuera por él, que se sentía incapaz de conducir y porque, además, no le gustaba la manera en la que el conductor del taxi, la miraba a través del espejo retrovisor.

—Oh, allí, allí está su auto —dijo con alivio en cuento vio el vehículo rojo—. Puede dejarme aquí, por favor.

—¿Está segura, señorita? Es muy tarde y este lugar parece desolado. Me sentiría muy culpable dejándola aquí sola —dijo el taxista, hablando sobre su hombro. Carolina puso la mano sobre el pestillo de la puerta y casi esperó encontrarla trabada, como en una mala película de terror, así que casi suelta un grito de júbilo cuando no fue el caso.

—No se preocupe buen hombre, y deje la culpa de lado. ¿Ve ese auto rojo que está allá?—el hombre asintió con la cabeza—. Pues mi novio musculoso y de dos metros de altura está esperándome en él —Carolina miró la tarifa que marcaba el taxímetro, sacó los billetes del bolsillo de su chamarra y se los extendió. Ella ni siquiera esperó a que él los tomara antes de soltarlos y bajarse del auto para cruzar corriendo la calle hasta donde se encontraba Martín, o por lo menos su auto.

Se asomó a la ventanilla, los vidrios estaban empañados por el rocío de la madrugada y la baja temperatura. Hizo visera con ambas manos y dio saltitos en el puesto para entrar en calor. Allí estaba Martín, recargado contra el volante. Algo en su interior, que bien pudo haberse catalogado como instinto materno, se removió al ver cómo se sacudían los hombros de su amigo a causa de lo que, acertadamente, dedujo como llanto. Tocó sobre el vidrio con los nudillos.

Martín le abrió y ella se sentó a su lado, en el asiento del copiloto.

—Tiny… ¿Pero qué fue lo que pasó, cariñito? ¡¿Qué te hizo ese idiota?!—Martín tenía los ojos enrojecidos e hinchados y lo que hizo que el corazón de Carolina se acelerara fue el rastro de sangre en su barbilla—. ¿Acaso se atrevió a pegarte? ¡Voy a matarlo, te juro que voy a matarlo! ¿Esa de allí es su puerta? —Carolina señaló hacia el lugar más cercano y estuvo a punto de bajarse del auto, pero Martín se lo impidió.

—¿De qué hablas? Nadie me ha golpeado… No por lo menos físicamente.

—Pero tienes sangre.

—¿Dónde?

—Allí —Carolina señaló su barbilla y Martín se limpió con el dorso de la mano.

—No es mía, es de Joaquín.

—Entonces… ¿Le pegaste tú?

—Lo  mordí… Pero eso no importa —Martín reanudó el llanto, Algo que a Carolina se le hizo sumamente duro de ver. Si Martín estaba así, si le permitía ver tal grado de vulnerabilidad, era porque lo que fuese que le estuviera pasando debía ser algo muy malo—. El amor está sobre valorado. O quizá esto que siento, esto que me está carcomiendo y me lastima no puede ser amor. Es demasiado terrible y duele mucho para tratarse de algo bueno y algo que la gente persigue, Carolina. Quizá sólo estoy confundido y esto que siento no es realmente amor. ¿Dónde está lo bonito y lo sublime que te vende el mercado? ¿Dónde…? —Martín dejó de hablar y se asió con fuerza al volante antes de mecerse de un lado al otro y de dejar caer todo su peso sobre la ventana—. Estoy mareado. Creo que tomé demasiado.

—¿Tú crees? Cambiemos de lugar —Carolina se bajó del auto y lo rodeó corriendo. Martín abrió la puerta de su lado y se desabrochó el cinturón de seguridad para pasarse al otro asiento, dejándole campo a ella—. ¿Quieres que te lleve a tu casa? —puso el auto en marcha—. Por cierto, tu mamá me llamó hace un rato, pidiéndome que te pusiera al teléfono y yo casi la embarro, porque no le entendía nada, hasta que mi poder de lógica y deducción me hizo entender que le habías mentido y que no tuviste la decencia de avisarme. Pensé rápido y le mentí también. Espero que ella me haya creído.

Martín se talló los ojos con unas manos demasiado temblorosas y se llevó una de ellas al pecho. Cerró los ojos y comenzó a respirar profundo.

—Dios, siento que el corazón va a salírseme del pecho.

—No seas exagerado, Tiny. Nadie se muere de amor. Está científicamente comprobado, aunque algunas veces se piense que no se va a sobrevivir, siempre se sale adelante. Sino, mírame a mí, oficialmente soltera de nuevo y reincidente en el hecho de caminar con el corazón roto.

—No… No estoy hablando de algo metafórico. Tengo taquicardia, Carolina.

—Taquicardia… Eso suena como una gran y seria palabra Martín —apartó la mano de Martín de su pecho y la reemplazó con la suya. En efecto su ritmo cardiaco estaba notablemente acelerado. —¿Qué hago? ¿Te llevo a tu casa? ¿Llamo a tu mamá?

—No. Ya está pasando, debe ser algo emotivo. Me quedo contigo hoy, no estoy de humor para soportar ahora uno de los brotes de maternidad responsable que seguro tendrá Mimí.

Carolina iba a replicar, pero decidió sólo cambiar el rumbo, pensando en que aquel no era un buen momento para llevarle la contraria a Martín.

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