Capítulo 16

¡Por favor! Solo llámalo sexo, Mimí (Sweet Dreams)

1

El timbre que daba por concluida la hora de clases sonó, interrumpiendo el recordatorio que daba a sus alumnos acerca de que la investigación que había pedido para la siguiente clase debía estar escrita a mano y no en ordenador, ganándose con ello el sonoro quejido de muchos. También dio paso al acostumbrado sonido de arrastre de pupitres, a las charlas animadas de los alumnos al verse libres de las clases por un rato y a los pasos apresurados de algunos saliendo del salón de clases a toda prisa para ir a hacer la cola en la cafetería. No importaba a qué estrato social pertenecieran los alumnos de un instituto, la prisa de algunos por llegar antes que los demás —a donde fuese— era algo que unificaba al estudiantado en general, cosa que posiblemente jamás cambiaría.

Mientras los estudiantes abandonaban el salón, Ricardo se aseguró de no apartar la vista de la superficie del escritorio, donde un considerable montón de sus notas mágicamente eclipsó su atención. Sólo cambió su forzado ensimismamiento en los documentos, cuando sintió al silencio instalarse dentro de aquel recinto.

Cuando se aseguró de que el salón de clases estuvo vacío, Ricardo se dejó caer en su silla de un solo sentón. Se acodó en el escritorio, ocultando el rostro entre sus palmas ahuecadas y dejó escapar un gran cúmulo de aire de manera sonora y cansina. Había acabado de dictar su clase en un estado de tal tención que si no fuese exagerado o físicamente imposible, podría haber jurado que había estado conteniendo el aire en sus pulmones desde que puso un pie allí adentro.

No sabía que esforzarse por no mirar a alguien podía llegar a ser tan agotador y estresante. Así como tampoco sabía que podía llegar a sentir tal vergüenza por algo que hacía su alter ego en sueños, en momentos en los que no tenía el más mínimo control de los sucesos. Pero ahí estaba él, acusándose a sí mismo y autoimponiéndose un castigo extraño e incómodo que no sabía si le serviría para enmendarse.

Los sueños son algo poderoso. Tanto que mientras se está inmerso en ellos se tiene la plena convicción de que todo es real… tanto que las pulsaciones, la temperatura e incluso la libido, si llegara a verse inmiscuida, ceden ante el peso de situaciones oníricas que envuelven el subconsciente y lo enfebrecen llevándolo a otro nivel.

Tanto poder en algo intangible, que al despertar de una ensoñación intensa, puede sentirse desde alivio al escapar de manos de una pesadilla y saber que lo que quería devorarnos no era real, o decepción al ver cuán efímero e irreal fue algo que nos colmó en el mundo onírico. Tal como estaba ocurriendo con sus sueños. Tal como en varias de las últimas noches mientras soñaba, se había convencido de que el cuerpo entre sus brazos y su deseo por él eran reales.

Era decepción y no otra cosa, lo que sentía instalarse en sus huesos cuando despertaba acalorado y agitado, catapultado lejos de sus sueños por su consciencia, y se veía solo en la cama. Decepción y no otra cosa, cuando en la oscuridad trataba de contemplar sus manos a contraluz y aún guardaba vestigios de haber estado acunando en ellas, contra sí, un cuerpo cálido que se apegaba a él… Y se había desvanecido.

Algunas veces, cuando sus sueños eran más intensos y detallados, era capaz de distinguir con toda perfección los rasgos de su acompañante de ensueño, pero cuando eso no ocurría, cuando el rostro no era tal sino una presencia brumosa que seguía meciéndose sugerente frente a él, Ricardo sabía que era él, que era Martín y no otro u otra que lo acompañaba.

Y aunque lo más notorio, y quizá lo que más le había sorprendido de aquellos sueños, era la connotación sexual que los rodeaba, pero lo que en realidad afectaba a Ricardo era la sensación de calidez y compañía que lo embargaban en los momentos de sus sueños que el sexo no había hecho acto de presencia y también era justo esto lo que más le dolía perder cuando abría los ojos y se encontraba con los brazos vacíos, cuando en aquel efímero y confuso momento no estaba seguro de haber dejado de soñar.

La aparición de un personaje recurrente y constante en sus sueños sólo logró hacerlo sentirse más solo que nunca… Más patético y más solo que nunca. Y todo era culpa de Ámbrizh. Sí, todo era su culpa y de aquel maldito —o bendito— beso. Su subconsciente estaba tratando de rebelarse contra algo que a todas luces fue incorrecto e inconveniente, sólo que… no lo estaba haciendo de la manera en la que Ricardo hubiese esperado.

¿Por qué no podía estar teniendo pesadillas? A decir verdad, las habría preferido.

Mirar en  dirección a Martín le hacía sentirse como un depravado, por lo tanto se las había arreglado para ignorarlo, para no hacer contacto visual, para olvidarse de sus rasgos en la medida de lo posible. ¿Por qué? Por algo bastante simple en realidad… porque aunque le costaba reconocerlo, disfrutaba de aquellos sueños… demasiado. Porque cuando despertaba agitado y empalmado no se rendía ante el deseo de tocarse porque no podía evitar que su mente lo evocara a él… Al él de sus sueños. Un él que era inconveniente, porque no era alguien producto de su imaginación… Era un él  al cual dictaba clases y se cruzaba en los pasillos de lunes a viernes.

Mierda.

Era un él

Justo él.

Liberó su rostro de la prisión de sus propias manos y negó con la cabeza… negándole quizá al aire, negándole al tiempo, negándose a sí mismo. Comenzó a guardar su laptop, sus apuntes y demás dentro del portafolio. Se sacó los anteojos y se masajeó el puente de la nariz mientras caminaba a paso lento y cansino fuera del salón de clases.

En aquel justo momento, no estaba siendo nada divertido ser él… No señor.

2

Mimí: Paso a recogerte al instituto, espérame. Besitos.

Mimí no lo recogía al término de clases desde hace por lo menos siete años, y aquel repentino brote maternal lo único que consiguió fue ponerle los pelos de punta; sobre todo cuando, tras cada intento, su llamada era transferida al buzón de voz y no le respondía los mensajes.

Se apoyó en el capó de su auto, viendo cómo todo signo de vida estudiantil desaparecía del panorama de manera rápida, resignado a esperar por ella para saber qué era lo que había pasado. Pero su resignación, por supuesto no evitó que su imaginación creara escenarios, cada uno más descabellado que el anterior, haciéndolo llenarse de preocupación.

Treinta y cinco minutos de espera después, vio aparecer el auto de Mimí y a su dueña haciéndole señas desde la ventanilla, en la entrada del parqueadero del instituto. Hubiese querido correr hasta ella y saciar su curiosidad lo más rápido posible, pero tenía los huesos de las piernas recubiertos de cansancio. Odiaba con toda su alma las clases de educación física y su poca resistencia —interés— al deporte.

Martín alcanzó el auto y luego de derretirse en el asiento del copiloto ni bien se hubo dejado caer en él, puso la mano derecha en el hombro de su madre y la miró con cara de circunstancia.

—¿Te pasó algo? ¿Estás bien?

—¿Yo? Estoy bien, Martín.

—La abuela… ¿Le pasó algo a ella?

—No.

—¿Lola? ¿Julius? ¿Se quemó la casa? ¿Tienes cáncer? ¿Nos quedamos en la ruina?

 «¿Descubriste que llevo un par de meses tirándome a Joaquín?».

¿Acaso no puedo venir hasta aquí sin que el mundo esté por acabarse, Martín? ¿Tanto te sorprende que haya venido a recogerte?

—¿Qué si me sorprende? ¿Acaso bromeas? Por supuesto lo hace.

—Bueno, supongo que eso es justo. Hace mucho no hacía esto; pero te aseguro que nada malo ha ocurrido. Sólo… quiero pasar un rato contigo e invitarte a almorzar. Siento que últimamente nos hemos distanciado, el trabajo me tiene absorbida y no te he dedicado el tiempo suficiente. Te extraño —Mimí puso el auto en marcha mientras Martín arrojaba su morral al asiento trasero, luego se abrochó el cinturón de seguridad—. No quiero perderme de tus momentos importantes sólo porque has crecido —continuó—, debo aprovecharte, antes de que aparezca alguien que te robe de mi lado.

—¿Alguien que me robe de tu lado? —Martín no pudo evitar la sonrisa socarrona—. ¿A ti qué bicho te picó? Perdóname si me equivoco, pero esto más bien parece una encerrona para algún tipo de interrogatorio.

—¿Qué puedo decir? Yo no crie a un tonto ¿eh? —Mimí sonrió, mientras daba vuelta en una esquina—. Tienes razón, bebé. Yo no lo llamaría una encerrona, aunque sí hay algo acerca de lo que me gustaría que habláramos, pero hagámoslo durante el almuerzo. Estoy famélica ¿de qué tienes ganas?

A Martín a veces le parecía casi milagrosa la manera en la que el malestar se evaporaba de su cuerpo en cuanto se llevaba comida a la boca. Una porción y media de lasagna después, estaba listo para escuchar a su madre y para tratar de defenderse de ella lo mejor que pudiera, porque un interrogatorio, no importaba con cuanto amor se desenvolviera, era algo con lo que había que tener cuidado. Cualquier cosa que hubiese logrado poner en alerta a Mimí era algo con lo que él tendría que lidiar.

—¿Y bien? Dispara, Micaela ¿Qué es lo que quieres saber?

—No me digas Micaela, sabes que no me gusta.

—Pues no hagas planes para sacarme información… Sabes que no me gusta. Con ello sólo estás perdiendo puntos. ¿Sabías que la ausencia de este tipo de situaciones, es lo que te convierte en una mamá excepcional? Teniendo en cuenta esto —Martín señaló la mesa y a ellos dos sentados allí, a punto de tener una conversación que muy posiblemente sería incómoda, al menos para él—, voy a tener que reconsiderarlo. Y además me engatusas con comida, debiste intentar con algo mejor. No sé… aumentarme el cupo de la tarjeta de crédito te habría asegurado un buen resultado. Eso me aflojaría la lengua así —Martín chasqueó los dedos.

—Insolente —Ella sonrió, dirigiendo la mirada hacia la mesa y sacudiendo del mantel unas migajas inexistentes, luego levantó la vista posando los ojos en él de manera intensa; de aquella manera particular en la que ella evidenciaba lo que él estuviera a punto de decir tenía que tomarlo en serio—. Hoy… estuve visitando a Joaquín —El corazón de Martín se disparó, trabajando de manera demasiado diligente. De pronto la lasagna en su plato, a la cual seguía dando ocasionales probadas, ya no le supo tan bien. Lo primero que se le vino a la mente fue su madre viendo boquiabierta cierto retrato al desnudo. Uno que ella seguramente desecharía por completo la palabra «Retrato» y se centraría en lo de «Desnudo»—. Hablamos de todo un poco. En medio de la conversación surgió el tema de tus clases de dibujo, le pregunté cómo iban con eso y ¿sabes qué me dijo?

Mierda, le dolió el estómago.

«¿Te dijo que nos quedamos atascados en la parte del estudio de las proporciones del cuerpo humano? ¿Qué nuestras clases suelen parecer más de anatomía que de… no sé, el correcto uso del tiralíneas?».

—N-no sé qué te dijo, pero supongo vas a decírmelo —En cuanto terminara con Mimí, iba a ir directo con Joaquín y le iba a patear las bolas hasta que se le cayeran, eso era seguro.

—Me dijo que hace cerca de una semana no las tomas y él supone que eso se debe a que estás demasiado ocupado con… digamos… no sé… uhm, ¿tu novio? —Cuando Micaela dijo las últimas dos palabras, lo hizo levantando un tanto la ceja izquierda, gesto que traducía básicamente que ella quería toda la información al respecto, y que la quería en aquel justo momento. Aunque trató de suavizar el gesto, llevándose la pajita del jugo a la boca.

—¿Mi qué?  

¿Su qué?

—Tu… La persona con la que estás saliendo, Martín. No te hagas el tonto conmigo. Puedes decírmelo. Podemos hablar al respecto, si quieres. Últimamente has pasado  demasiado tiempo fuera de la casa, has dormido fuera seguido y estaba empezando a preocuparme por eso. Ahora que Joaquín me ha dicho el por qué, supongo que las piezas encajan —Mimí se ahuecó el cabello sobre el hombro. ¿Era buen momento para decirle que la mayoría de esas noches había estado durmiendo con Carolina tan castamente que parecían hermanos?—. No fue agradable el darme cuenta de que Joaquín sabía al respecto, que estaba al tanto de algo tan importante y yo no. Me sentí… me dieron celos, Martín y me sentí absolutamente ridícula por ello —Mimí suspiró, como si se sintiera derrotada de alguna forma—. Sé que quizá no es cómodo hablar de estos temas conmigo, porque soy tu mamá. Yo siempre he respetado tu privacidad, te he instado a que seas independiente y he mostrado una confianza ciega en ti, pero mi intención con eso era que hubiera reciprocidad, que tú supieras que al igual que yo contigo, tú también puedes confiar en mí, que puedes hablarme de cualquier cosa.

Mimí acarició su mano por encima de la mesa, como dándole ánimos para que le abriera su corazón y le contara hasta su último secreto… Como la escena cursi de una película que a él muy seguramente le habría fastidiado ver.

Hablar. Eso se escuchaba fácil, pero no lo era tanto. ¿Qué pretendía Joaquín al haberle dicho algo semejante a Mimí? ¿Meterlo en líos? ¿Utilizar la estrategia de esconder algo a plena luz para que nadie lo descubriera? ¿Estaba aquel estúpido consiente del hecho de que si en aquel momento de su vida había alguien parecido a un novio, era justamente él?

Joaquín era un imbécil.

¿Y Mimí? ¿Por qué se comportaba así de repente?

Ella era una de esas madres que invertía la mayoría de su tiempo en trabajar. Era una mujer independiente y libre. No era una de esas madres que estaba en casa cuando él regresaba de estudiar y se pasaba la tarde horneando galletas… ¡Dios! Incluso creía nunca haber probado algo cocinado por ella y cuya preparación necesitara más que meter un paquete al horno de microondas pero, ¡Sorpresa! Eso era lo que más le gustaba de ella, algo que él agradecía y que la convertía en alguien sorprendente. ¿Quién quiere tener a su madre respirándole en la nuca todo el tiempo? Nadie.

No había manera de que él extrañara algo que nunca había tenido. Sería ilógico.

Le gustaba su Mimí práctica. La Mimí que sabía intervenir o retirarse en el momento justo. La Mimí que jamás husmeaba pero que parecía estar al tanto de todo lo necesario, con la que nunca sentía vergüenza, la que siempre lo apoyaba o defendía sin importar qué. Todas esas cualidades eran justamente las que siempre habían hecho que él no sintiera la necesidad de ocultarle nada, por el simple hecho de que ella nunca exigía saber nada, y le dejaba decidir a él de qué quería enterarla y de qué no. Claro estaba que él deliberadamente había decidido jamás decirle nada que lo incluyera a él y a la palabra sexo en la misma oración.

A pesar de todo, aunque esta vez ella estuviese comportándose de una manera un poco más intensa, aquella era una situación que ya conocía y sabía cómo manejar.

—Dime qué fue exactamente lo que te dijo Joaquín —«Y qué tan malo fue, para que estemos teniendo esta conversación ahora».

—Pues… —Mimí se recargó de lleno en la silla, relajándose de manera evidente al ver que todo parecía indicar que él estaba dispuesto a hablar con ella—. Me dijo que lo había conocido en la funeraria, que él estaba contigo allí. Y ante esto por supuesto no pude evitar preguntarme por qué, si yo también estuve allí, no tuve el placer de conocerlo —Mimí puso su sonrisa más profesional, esa que persuadía a muchos de invertir en sus proyectos. Quería hacerlo hablar sí o sí.

La funeraria. Oh, Eticoncitoestaban hablando de él. Martín se relajó. Cierto que para Joaquín, Richie y él estaban envueltos en una relación pero ¿por qué ponerlo en evidencia con Mimí?

«Idiota».

Martín barajó las piezas de información con las que contaba sobre la mesa de manera rápida, y llegó a una simple conclusión: mientras Mimí creyera que el supuesto novio existía realmente, también lo seguiría creyendo Joaquín. Y dado el extraño, repentino y evidente interés de Joaquín en esa supuesta relación, seguirla manteniendo era una buena manera para fastidiarlo.

Martín suspiró y se cruzó de brazos, dispuesto a decir únicamente lo que le conviniera.

Estaba resentido con Joaquín. Por esto y por aquello, por cada cosa que le había hecho y dicho, por cada ocasión que lo había hecho llorar, por cada pequeño tajo que le practicaba a su corazón y a su ego y que, quizá algún día, serían suficientes como para hacerlo desangrarse, pero lo cierto era que también conservaba, fuertemente clavado en su subconsciente, el recuerdo del momento en el que todo con él parecía ir perfecto y cómo esa sensación de calidez y seguridad lo hicieron enamorarse de él. Así que, de manera consciente o inconsciente, en el fondo seguía guardando esperanzas. Seguía soñando con que en algún momento las piezas se acomodaran a su favor y quizá aquel complicado hombre tuviera la amabilidad de corresponder sus sentimientos.

En tres segundos Martín se decidió. Iba a formalizar ante su madre su No-Relación con Eticoncito, pero lo haría de la manera más vaga posible. No iba a jugarse todo de una sola vez. Evadiría el dar detalles, dejaría información para soltar más adelante, cuando lo necesitara. Iba a jugarse su carta «Ricardo» y lo haría por tres simples y muy convenientes razones:

  • Ricardo Azcarate era un hombre.
  • Ricardo Azcarate seguramente tenía casi el doble de su edad
  • Ricardo Azcarate era su profesor. Alguien a todas luces por completo inconveniente para mantener una relación con él.

Cada uno de estos aspectos en Ricardo era algo en común con Joaquín; y si Mimí era capaz de asimilarlo saliendo con Richie, quizá eventualmente ella también sería capaz de aceptar sin problemas que quisiera estar con Joaquín. Además ya no tenía otra opción que hablar de Ricardo. No podía negarlo o utilizar a alguien más, porque era a él a quien Joaquín había visto.

Sólo esperaba que la fotografía en su poder tuviese suficiente peso, como para ayudarlo a convencer a su profesor para que le siguiera la corriente en aquello. Esperaba poder manejar las cosas de tal forma que Mimí y Ricardo jamás tuvieran que cruzarse, aunque Ricardo le caía como una patada en el estómago, tampoco era cuestión de meterlo en líos gruesos. Se rio en su fuero interno, iba a ofrecerle a Ricardo una salida de un problema planteándole meterse en otro que, aunque similar, era aún peor.

Miró entonces a su madre, y volvió a centrarse en ella y en la situación que estaban compartiendo aquella tarde. En algún momento de su adolescencia temprana, Mimí se había asegurado de tener la correspondiente charla acerca de sexo con él después de haber aceptado sin tapujos que a su niño parecían gustarle otros niños, además se había asegurado de abastecerlo de preservativos, pero si hacía memoria Martín estaba seguro de que nunca se habían sentado a hablar explícitamente de sexualidad, de su sexualidad, de qué era exactamente lo que a él le gustaba y lo que física y sexualmente buscaba en las personas. Aunque su madre no había mencionado la palabra SEXO, Martín sabía que en el fondo era eso lo que a ella le preocupaba, como a todos los padres cuando hablan acerca de relaciones de pareja con sus hijos.

Sexo, sexo, sexo… Quizá sólo debía espantarla confesándole algunas de sus perversiones para que ella no se atreviera a volver a preguntar.

—Bien, Mimí. Antes de responder a cualquiera de tus preguntas, dime algo ¿te decepciona de alguna manera el hecho de que la persona con la que estoy… saliendo, sea un hombre? —Era la primera vez que le preguntaba aquello. Siempre dio por sentado que a ella no le importaba pero ¿Y si no era así? Además estaba allanando el camino para Joaquín. Necesitaba saber, era la primera vez que creía estar yendo en serio—. Quizá el hecho de que te haya dicho que también me gustan las mujeres te haya creado algún tipo de expectativa, como pasa con la abuela —se acodó en la mesa y clavó los ojos en los de ella—. Sé concisa y sobre todo, por favor, siéntete en la libertad de ser completamente sincera.

Mimí sonrió e imitó su gesto de acodarse en la mesa, proyectó el cuerpo hacia adelante, manteniendo de esta forma la conversación mucho más íntima.

—Eso me es completamente irrelevante, siempre y cuando tú estés cómodo y feliz, no me importa el género de la persona que elijas.

—Bien. Muy buena respuesta —Martín respiró profundo. La hora que por un momento creyó sería la hora de la verdad, no iba a ser tal. Ya no iba a ser simplemente ocultarle información, ahora iba a enfrentar a su madre con una mentira. Iba a complicar su existencia y la de alguien más por causa de Joaquín y quizá ni siquiera valía la pena, pero lo haría por si las dudas—. ¿Estas consciente de que este no es para nada un tema que quiera hablar contigo?

—Lo estoy, pero de igual forma vamos a hablarlo. Quiero saber.

—Okey —Martín se cruzó de brazos y miró hacia la calle a través de la ventana, dispuesto a hacerse el difícil, aunque ya tuviera planeado desembuchar—. Esto no va a funcionar como un interrogatorio. Puede que responda a tus preguntas, como puede que no. Te daré solamente la información que considere conveniente y con la que me sienta cómodo. No quiero que nada de lo que diga aquí repercuta en la manera en la que nos relacionamos tú y yo, o signifique que sientas que debas estar detrás de mí. No es la primera vez que salgo con alguien, ¿Por qué el interés justo ahora?

—Porque antes siempre supe o tuve sospechas cuando salías con alguien, además tú no me mantenías lejos. El que esta vez hayas querido ser tan clandestino y te hayas mantenido callado al respecto, llegando incluso a enterar a Joaquín, a quien prácticamente acabas de conocer, antes que a mí, sólo hace que un gran signo de interrogación se apodere de mí. Y porque… por alguna razón siento que tú deliberadamente me estás manteniendo apartada.

Martín sonrió. Se rio de ella, para ser más precisos. Mimí había acertado algunas veces, eso era cierto, pero la mayoría de sus ligues le habían pasado completamente desapercibidos. Ella solo se enteraba de las cosas que él quería que se enterara o de aquellas que a él no le interesaba poner mayor interés en ocultarle.

—Haré un paréntesis en este justo momento madre, para decirte que me gusta la relación que llevamos tú y yo, que agradezco la manera en la que respetas mi espacio y sólo por si lo estás pensando, nunca me he sentido abandonado o carente de atención o cualquiera de esas estupideces que las revistas para mujeres o un mal terapeuta puedan llegar a meterte en la cabeza. Te digo esto sólo por si quizá sea esa la razón de que estemos aquí hoy —Martín hizo una pausa, llevándose una mano a la frente—. Oh, muy importante, únicamente haz preguntas de las cuales estés segura de querer escuchar la respuesta, ¿Bien?

—Bien.

—Y esto no se repetirá.

—¿No?

—No —dijo Martín, tajante—. No creo que vuelva a ser necesario. Ya estoy lo suficientemente grande, Mimí. Esta definitivamente será la última vez.

El postré llegó y Martín le propuso a Mimí que se pasaran a las mesas de afuera. No hacía tan mal clima, así que el frío era soportable. Además, quería que el resto de la conversación, que ya sabía más o menos como iría, quedara fuera del radio auditivo del hombre en la mesa contigua, que no apartaba su vista de ellos.

—Okey, Martín —dijo su madre una vez que se hubieron sentado—. Escucho lo que tengas para decirme.

—No soy virgen.

—Si… Eso supuse —dijo su madre en medio de una risita y un blanqueo de ojos—. ¿Desde hace mucho? ¿Tu primera vez fue con un hombre o una mujer? Puedes decirme, encajaré cualquier información.

Bien, quizá aquello no había sido tan buena idea.

—¿De verdad quieres saber?

Ella pareció meditarlo por unos segundos.

—Creo que mejor no —Martín respiró aliviado.

—Estoy saliendo con alguien —le confirmó, y sabía justamente lo que seguía. No había razones para que se saltaran el protocolo. Lo único que había de diferente esta vez, era la intervención de Joaquín y el restaurante. Por lo general era en el comedor de la casa durante el desayuno. Por alguna extraña razón, siempre había comida de por medio.

—Dime algo ¿es serio’

—Quizá, pero es muy pronto para decirlo.

—¿Te trata bien, bebé?

Dudó al responder aquella pregunta. Se suponía que iba a hablarle de Joaquín utilizando la pantalla de Ricardo, así aquello convertía a la pregunta en algo complejo.

—Lo hace. Sí. No supo exactamente si aquello era una mentira.

—Y ustedes dos… Ustedes. ehmm, ya sabes  ¿están teniendo relaciones?

Relaciones.

A Martín se le hacía sumamente graciosa aquella manera de llamar al sexo, cuando había tantas otras palabras con las cuales referirse a aquello y que se escuchara menos formal y menos… educativo.

Coger… Tirar… Garchar… Enterrar la batata… Culear… Fornicar… Trincar… Metraquear y ¡Oh! Su favorita de un tiempo a la fecha: FOLLAR. Había mucho de dónde escoger, pero para Mimí cuando hablaba del tema con él y estaba desempeñando su papel materno-afectivo era: TENER RELACIONES.

Asintió con la cabeza.

—¿Están teniendo cuidado, hijo?

Todas aquellas vueltas solamente para terminar teniendo la acostumbrada conversación de siempre. Para advertirle que no se pusiera a brochetear sin preservativo.

Martín estaba seguro de que el día que mencionara la palabra Amor o sentimientos, aquella acostumbrada conversación con Mimí sería quizá  mucho más profunda y menos de cuadernillo de «Educación sexual para Dummies», pero él aún no estaba listo para dar ese paso con ella… Quizá nunca lo estaría, por una simple razón: era su mamá y, en su mundo, la palabra amor estaba irremediablemente ligada a la palabra sexo… MUCHO sexo, y definitivamente no iba a hablar al respecto con ella.

—Sí, estamos siendo cuidadosos. Te aseguro que no vamos a quedar preñados.

 

3

Por Dios, Ricky, esto fue tu idea así que relájate y trata de no parecer que tienes un gancho de metal atravesándote el culo —El vocabulario de Silvana, tan colorido como siempre. Ella le gritó en el oído para hacerse escuchar sobre el rugido de la música—. Sí me sorprendió que me pidieras esto.

—Yo no te pedí que vinieras conmigo, Silvie. Te auto invitaste. Yo solamente te dije que quería salir… Y claramente eso fue un error.

—Te estoy guardando la espalda, hermanito. Soy tu wingman —Ella deliberadamente ignoró el comentario de Ricardo, en el que prácticamente le gritaba que era una entrometida. Silvana seguía el ritmo de la música con cortos y repetidos movimientos de cabeza—. Además, tú con intenciones de venir a una discoteca a ligar, era algo que tenía que ver. Si no querías que viniera no me hubieses dicho nada.

Sí, su error. Pero qué otra cosa esperaba cuándo ella le había preguntado explícitamente «¿A dónde vas?» cuando se disponía a marcharse después de visitarla a ella, a su sobrino y a su madre. Y él definitivamente no había mencionado la palabra ligar, le había dicho que tenía intenciones de conocer gente nueva y que un bar le parecía un buen sitio para hacerlo. Haberle dicho a donde iba, automáticamente significó que ella se sintió en la libertad de escoger el lugar. Así había terminado metido con su hermana en una discoteca, en la que las posibilidades de encontrar alguien con quien sentarse a charlar serían casi nulas. Allí dentro apenas podía escuchar sus propios pensamientos.

—Bien. Gracias por la compañía, supongo.

—No hay nada que agradecer, Ricky Ella le palmeó el hombro—. Además, ya era hora de que dejaras de guardarle luto a esa bruja. Ella te dejó botado y no le importó ni siquiera un poquito —.¿Guardar luto? ¿Había hecho él eso? Bueno, aquella era una forma de llamarlo, sin duda—. Mamá y yo hemos estado preguntándonos cuándo, finalmente, ibas a dar un paso al frente e ibas a recuperarte y a retomar tu vida. Te tardaste.

—¿Mamá y tú hablan de eso? ¿De mí?

—Por supuesto. ¿Cómo podríamos no hacerlo? Cambiaste. Te encerraste en ti mismo y cuando emergiste te veías tan triste y tan aburrido que nos preocupaste —¿Triste? ¿Lo percibían como alguien triste?—. Cuando te estabilizaste, no tuvimos más remedio que acostumbrarnos a ese nuevo tú aburrido —Silvana puso una expresión extraña en su cara y se paró frente a él, dándole una concienzuda mirada—.Ven aquí, hermanito.

Mientras Silvana hablaba a los gritos con él, diciéndole que estaba dispuesta a aprovechar al máximo que aquella noche su madre hubiese accedido a dejarla tener un respiro al hacerse cargo del bebé, le sacó los anteojos, lo obligó a quitarse la chaqueta y  despeinó ligeramente sus cortos rizos. Cuando acabó, se alejó un par de pasos mirándolo de manera concienzuda y elevó los pulgares en señal de aprobación. Cuando se acercó nuevamente a él, le dijo que así parecía mucho menos aburrido, que él era un hombre aceptablemente bien parecido y que debía sacarle provecho a eso.

—¿Crees que soy guapo? —preguntó, burlón.

—Por supuesto. Eres mi hermano y compartimos información genética. Eres parco, pero eso no te quita lo bien parecido. Pero ten en cuenta esto, nosotras las mujeres solemos pasar por alto lo guapo que pueda llegar a ser alguien si nos aburre de muerte, aunque quizá en primera instancia hayamos saltado sobre sus huesos sólo por ser bien parecidos. Y esa, mi querido Ricky, es la respuesta a la pregunta ¿Qué hace esa chica tan guapa con ese hombre tan feo? Él seguramente la saca de la rutina y la hace reír.

Su principal razón para estar allí no era el querer encontrar a alguien que lo hiciera sentirse menos solo, aunque si eso pasaba lo agradecería. Su razón para estar en aquel lugar era intoxicarse la cabeza, llenarse de otras cosas, encontrar a alguien o algo que lo motivara lo suficiente para dejar de soñar con Martín.

Estaba convencido de que su perfectamente estructurada rutina se hubiese visto interrumpida por un ventarrón besucón y chantajista llamado Martín Ámbrizh, era la principal causa para estar soñando con lo que no debía. Porque había tan poco en su vida que aquello había bastado para incidir en el mundo de sus sueños. Porque su subconsciente era cruel e hiperactivo. Así que no veía otra opción que sacudir su mundo con una fuerza equivalente. Tomaría a la primera mujer (MUJER) que le diera la oportunidad, y le comería la boca.

***

La noche no le fue mal a Ricardo, nada mal. Sus rizos alborotados, sus hombros anchos, sus grandes y cachorrescos ojos cafés, brillando con intensidad después de las primeras cinco cervezas y la ausencia de anteojos supieron dar en la vena del gusto de una mujer sensible a aquel tipo de atractivo. Quizá no era un don Juan, no parecía un modelo de revista, no era un foco de atracción, pero si se le daba una segunda mirada se llegaba a la rápida conclusión de que no estaba nada mal y se percibía de inmediato como alguien amable e inteligente.

Silvana desapareció de su lado en el momento conveniente, no sin antes asegurarse de tomar de su bolsillo el dinero suficiente para pagar sus propias consumiciones sin tener que recurrir al uso de sus dotes de seducción y lograr, como en antaño, que algún pobre e impresionable hombre pagara por ella.

De manera que Ricardo se vio prontamente enredado en los brazos de una ansiosa mujer, que se mecía con él al son de la música y pegaba los pechos a su tórax de manera sugerente. Hacía mucho que no salía con alguien. Había perdido un tanto la práctica, pero tenía que dejarse llevar y ser él —él en su mejor versión— y de seguro todo estaría bien.

Dalia. Así le había dicho que se llamaba. Y afortunadamente para él, las doce cervezas y los cuatro chupitos de tequila que llevaba encima cuando bailaron, no habían hecho que olvidara su nombre. Como si fuese posible que osara olvidarse del nombre de la persona que quizá estaba a punto de sacarlo de una abstinencia vergonzosamente larga.

Pensó que quizá estaba siendo demasiado optimista al creer que llegaría a algo con ella, pero la ocasional ansiedad de Dalia y la insistencia con la que reía sus chistes o le tocaba la nuca como si aquel roce fuese casual y no por completo premeditado, le decían que todo apuntaba a que estaba en lo cierto, y el macho dentro de él sonrió intensamente por ello.

Todo iba perfecto. Se estaba divirtiendo. Como  pasaba con montar en  bicicleta, tampoco había olvidado como bailar. Ella era hermosa y divertida, la charla —a gritos— era bastante amena. El problema radicó en que, cuando tuvo la suerte de enredarse con sus labios, descubrió que su cuantificadora cabeza estaba haciendo cálculos y comparaciones —sin su entero consentimiento—, y rápidamente llegó a la conclusión de que el beso que le dio Martín fue, por mucho —mucho, realmente mucho— mejor.

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