Capítulo 2

Capítulo II

 

Un mal día para Martín (A fuckin´ bad day)

1

Ricardo Azcarate llegó al salón de clases cargando una caja de cartón con 32 cuadernos en su interior; lamentándose por no haber pedido a sus alumnos que los escritos se los entregaran en hojas sueltas y no el cuaderno entero. Descargó su carga sobre el escritorio a un lado del tablero de acrílico y notó como el silencio se hizo de inmediato, como producido por un interruptor. Era la actitud acostumbrada cuando entraba al salón de clases y le gustaba que su autoridad produjera aquella reacción; de hecho, era de las pocas cosas que disfrutaba y que le producían cierto sentimiento de satisfacción en su trabajo.

El hombre se acomodó los anteojos, que solían resbalar por el puente de su nariz, con un movimiento reflejo que ya ni siquiera pensaba para realizar y que se le había convertido en una especie de tic que aumentaba su frecuencia cuando se sentía nervioso o molesto por algún motivo.

Hacía mucho tiempo que había dejado de disfrutar con la docencia. Por muchos años su pasión más marcada había sido la enseñanza, en algún momento fue un idealista que soñó con cambiar el mundo influenciando a la juventud con sus conceptos y su guía, pero últimamente ya no se sentía igual de motivado; por ello se había convertido en un profesor repetitivo, poco dinámico, se había quedado estancado en el pasado, atorado en sus ideas… todo en lo que siempre juró que jamás se convertiría.

Sus alumnos eran una constante decepción, muchos eran perezosos, otros ni siquiera lo tomaban en serio, otros se burlaban de él y los pocos que eran notablemente brillantes en cierta medida, tenían una actitud que echaba por los suelos las cosas positivas que muy seguramente eran capaces de aportar; y él por supuesto no se quedaba atrás en cuanto se trataba a equiparar las cosas. En vista de esto tenía que conformarse con el hecho de que aún lo escucharan y que hicieran silencio en cuanto notaban su presencia dentro del salón de clases.

Miró el panorama, el mismo de cada día: una manada de niños ricos que creían que el mundo debía rendirles pleitesía. Dio la vuelta y se situó delante de su escritorio, se recostó contra él y cruzó los brazos, mientras negaba con la cabeza.

—Yo no soy profesor de lenguas, pero sólo hace falta sentido común. Ustedes no tienen la más mínima idea de lo que corresponde en casos de narración en primera persona, además… ¡Por amor a Dios! Es mucho pedir que no insulten tan aberrantemente a la ortografía. Es un diario, se trata de ustedes mismos, es algo fácil. Pensé que podrían con eso. Ha sido idea de ustedes, por eso pensé que se esforzarían un poco más, pero en fin… Menuda sorpresa que se llevarán los pobres diablos que tengan que desenterrar la susodicha cápsula.

Se dio vuelta y le dio un pequeño golpecito a la caja que descansaba sobre el escritorio. Vio el cuaderno que coronaba el montón dentro de ella, lo había dejado encima a propósito, para tener fácil acceso a él. Forrado en color morado, el color de la soberbia, el color que utilizaba únicamente la realeza en la antigüedad. Sobre el forro, en letras de color dorado, reposaba grabado en elaborada caligrafía el nombre de Martín Ámbrizh.

—Pero no todo está perdido… aquí hay algo digno de leer.

Desde que leyera el escrito de Martín, se había sentido… extraño, ofendido, porque adivinó que aquello era una afrenta contra él, aunque él chico no hubiera elegido un ataque frontal, sino indirecto. Martín era, según su criterio, uno de aquellos alumnos que entraba en la categoría de los que tenían un gran potencial, pero que se desperdiciaba gracias a su actitud —por lo menos así era en su clase—. Sabía que Martín disfrutaba en gran medida encontrar cosas que lo dejaban a él en ridículo, exponiéndolo delante de los demás como alguien aburrido, falto de imaginación y sobre todo, como alguien de mentalidad cerrada y limitada que no aceptaba cosas nuevas y diferentes. Si hasta era ya de su conocimiento que era gracias a Martín que los alumnos lo llamaban a sus espaldas “Richie, el Eticoncito de mente estrecha“. En cuanto leyó la introducción de su diario, supo que de alguna manera Martín lo estaba retando, y él respondería a su reto, pero no de la manera en que el jovencito estaba esperando. Prefirió darle vuelta a la situación.

—Aunque sea difícil de creer, aquí hay un gran ejemplo de un escrito claro y diciente, lleno de retórica y no por ello recargado. Con cuotas de humor y buena narrativa. Lo he disfrutado; he disfrutado sobre todo la sinceridad del escrito, porque se dice aquí mucho, sin importar lo que los demás puedan pensar, pasando por alto la posible crítica y poniendo el concepto de sí mismo por encima de la percepción del resto del mundo. Demostrando que el amor propio jamás es demasiado. Si tuviera yo que escoger un ganador, sería sin duda éste —levantó el cuaderno morado—. Enhorabuena, señor Ámbrizh.

Martín dio un respingo en cuanto escuchó su nombre, en definitiva no se esperaba aquello. Una luz roja interna le anunció un peligro inminente, sintió las miradas de sus contemporáneos clavadas sin piedad sobre él, así que sonrió mientras las cosas se aclaraban y veía de qué iba todo, era mejor mantener la compostura y seguirle el juego, porque aquello no podía tratarse más que de una broma. ¿Eticoncito resaltando algo que él hubiese hecho? ¡Pamplinas! Era más factible que comenzaran a llover sapos.

—Así que… para que sepan cómo deben hacerse las cosas, leeré para ustedes algunos apartes del escrito de Martín.

Martín pudo ver sus intenciones tan claras como el agua. Quería exponerlo ante todos. Atreverse a negarse significaría ponerse en evidencia y llamar más la atención en él. El muy cabrón de Eticoncito ni siquiera había puesto su acostumbrada cara de constipado, muy por el contrario se veía más sonriente que de costumbre.

—¿Acaso pretende leer algo de carácter tan personal delante de todos? —dijo.  Su instinto de conservación obligándolo a protestar; se atrevió a ello aun a sabiendas de que era algo contraproducente.

—Pues… teniendo en cuenta que este texto es un ensayo que ha escrito para mi clase y a petición mía… Entonces sí, es justo eso lo que pretendo. Usted, señor Ámbrizh, se ha ganado ese derecho. ¿Acaso le da vergüenza que lo lea? ¿Hay algo aquí que no quiere que los demás escuchen? Si no le incomodó la idea de que yo lo leyera, no entiendo entonces por qué habría problema en que sus compañeros sean partícipes. El suyo no será el único que lea, así que más adelante habrá oportunidad de que se emparejen las cosas… Aunque como ya dije el suyo es el más interesante.

Martín lo pensó. Vergüenza… Ésa sí que era una mala palabra y tenía que reconocer que si sentía un poco. Obviamente había logrado su objetivo: molestar a Eticoncito, pero ¿a qué precio? No era que se avergonzara de su forma de ser, se avergonzaba más bien de la manera en la que lo había expresado en aquel escrito. Escrito que ahora se disponían a leer delante de tres decenas de adolescentes que seguramente estarían más que dispuestos a acabar con él con todas sus estúpidas burlas. Pero… ¿No era acaso eso lo que él había pretendido desde el principio? ¿No había acaso pensado en la palabra «controversia» con una ligereza casi desesperada? Pues ahí tenía el resultado y quizá lo que más detestaba de la situación era que no podía culpar a nadie más que a sí mismo. ¿Por qué no le había hecho caso a Carolina? Ahora sólo le quedaba enfrentar las consecuencias de la forma más estoica posible. Si no puedes contra el enemigo… Se mordisqueó brevemente el labio inferior, luego sonrió fingiéndose relajado.

—Por mí adelante —hizo un gesto con la mano, como todo un lord que confiere su beneplácito—, dese gusto, después de todo es una tarea que he realizado para usted, no puedo negarme a que la exponga si dice que ha sido la mejor.

El gesto de Ricardo evidenció que él tampoco se esperaba aquello; así que su seguridad disminuyó un grado, pero se recuperó casi de inmediato y carraspeó.

—Muy bien, entonces… empecemos por… aquí. —El profesor Azcarate sonrió complacido, aunque la verdad había esperado que Martín se negara con más energía, ante lo cual él quizá habría cedido. Mientras se acomodaba para empezar a leer, volvió a ajustarse los anteojos.

Leyó las frases del diario que consideró más «jugosas». Muchas de ellas, sin la compañía del resto del escrito, eran sacadas de contexto y hacían aparecer a Martín como una suerte de payaso vanidoso. Leyó con un disfrute demasiado evidente del que por momentos se sintió culpable. Se notó como gozó cada vez que leía una parte y los demás alumnos reían, mientras Martín permanecía con las manos entrelazadas  aparentemente tranquilas reposando sobre su pupitre, con la vista clavada en ellas y ocasionalmente en el pizarrón, pero nunca en Ricardo.

Muchos de los presentes vieron una oportunidad de oro y se reían solamente porque no querían ser menos o quedarse atrás de alguna manera; pero  más de uno —chicos y chicas casi por igual— en realidad se sentían atraídos hacia Martín. Más que hacia él en sí mismo, hacia lo que representaba para ellos: ese descaro en ocasiones desmedido, la libertad de la que parecía gozar y esa brutal manera en la que ignoraba a todos los demás. Martín lo sabía y ellos lo sabían, pero nadie diría nada jamás. En cierta manera lo admiraban, pero aun así se rieron de él, porque aquel lugar era lo más parecido a un estanque lleno de cocodrilos que él hubiese tenido el disgusto de experimentar a sus cortos 17 años.

El profesor terminó la lectura y despegó la vista del cuaderno.

—Y… ¿qué les pareció? Muy bien narrado  ¿no es así? —Ricardo se paseó ante la primera hilera de pupitres—. ¿Alguien tiene algo que decir?

Martín se puso tenso, alerta, deseó que nadie tuviera nada para decir. Pero su deseo no fue escuchado. El tercer alumno de la primera hilera de asientos dio vuelta y miró hacia él, que siempre se sentaba hasta atrás junto a la ventana que daba a las canchas de tenis.

—¿Quiere todo esto decir que debemos tener más cuidado contigo en las duchas de ahora en adelante? —El chico no se preocupó en lo absoluto por disimular el tono de burla y por supuesto obtuvo el resultado que buscaba en todos, excepto en Martín. Porque mientras los demás le rieron el chiste, Martín no se mostró avergonzado o incómodo, aun si por dentro estaba a punto de estallar. En su lugar mostró una de sus matadoras sonrisas de medio lado, lo miró a los ojos desde el otro lado del salón de clases y se cruzó de piernas tanto como se lo permitió el pupitre. Antes de hablar, Martín se relamió los labios con esa lengua afilada que estaba a punto de poner a funcionar.

—Vaya… Debe ser genial para alguien como tú tener por fin un poco de atención, aunque sea a costillas de alguien más. Voy a dejar de lado la mezquindad y voy a dejarte disfrutar de ella dignándome a darte una respuesta, ya que se te ve tan complacido.

— ¿Por qué mejor no te callas? Eres tan…

 —Si es que fuese necesario tener cuidado conmigo en las duchas —Martín continuó como si no hubiese sido interrumpido, sólo elevó un poco el tono de voz—, no es de ahora en adelante, debería haber sido siempre así, porque no me han empezado a gustar los hombres desde el momento en que el profesor tuvo la amabilidad de ponerlos a todos al corriente de mi vida. —Le regaló una mirada tan cargada de inquina a su profesor que éste apartó momentáneamente la mirada—. Yo siempre he sido así y no tengo ninguna intención de justificarme o de disculparme. Dejaré algo claro: todos aquí, en especial tú, pueden considerarse a salvo. No hay nadie en este salón de clases, ni  en este instituto, que me interese en lo más mínimo. Tengo expectativas altas  y de lo que hay aquí… no se saca mucho. Lo siento si te decepciono, pero no tienes ninguna posibilidad conmigo… Ni siquiera si te convirtieras en todo un espectáculo en la ducha.

La actuación de Martín hubiera sido perfecta si su sonrisa —en apariencia imperturbable— no se hubiera visto constantemente enturbiada por pequeños temblores que delataban su molestia, pero para que alguien lo notara debería haber estado muy cerca de él.

—¿Por qué no lo has dicho antes?—contraatacó otro.

—Porque jamás me lo habían preguntado, tampoco soy un telediario. En todo caso no tengo la obligación de poner a nadie al corriente de mis asuntos.

—Vaya, pero mira nada más. ¿De manera que te consideras mucho para nosotros, el resto del pobre pueblo? —Esta vez era una voz diferente. Martín ni siquiera se molestó en mirar en su dirección, pues reconoció esa voz de inmediato. Ismael, una especie de bully mal construido que en lugar de intimidarlo con golpes, lo hacía poniendo de manifiesto una homofobia por completo fuera de lugar, ya que eso no cuadraba con el hecho de que una vez hubiera intentado besarlo por la fuerza, con nefastos resultados para su entrepierna, en donde Martín encestó un certero rodillazo.

—Pensé que lo que iba a producir era rechazo, no reclamos. Si lo que buscas es atención lo lamento, pero yo no estoy en el campo de la rehabilitación… Ni emocional ni física, tú no encajas en mi campo de acción o siquiera en la pobre vida social que podría tener aquí si buscara una. No lo has podido decir mejor: no eres más que mero pueblo para mí.

—Bah —Ismael acompañó la expresión con una sonrisa de desprecio que hizo a Martín preguntarse qué era eso tan malo que había hecho… ¿Todo por una simple patada en la entrepierna y el haberle machacado el ego?—. Pensar que no eres más que un hijo bastardo y siempre te comportas como si fueras parte de la maldita realeza.

Martín ignoró aquel comentario, se lo merecía por haberse dedicado con tanto ahincó a exponer sus intimidades. Lo ignoró con un sabor agridulce en la boca del estómago, lo de su padre era un tema extraño que aún no definía hasta qué punto le afectaba realmente.

***

Por más tiempo del que hubiera preferido, Martín debió hacerse el duro. Respondiendo  preguntas estúpidas y esquivando dardos venenosos fingiéndose tranquilo, como si todo aquello no le importara nada, como si no tuviera un ego, sentido de la vergüenza, o sentimientos que los demás estaban pisoteando.

Al otro lado del salón Ricardo miró el panorama y al ver a Martín siendo atacado por sus compañeros, sintió algo de remordimiento corroyéndolo. Se había comportado con completa inmadurez. Martín había iniciado aquel juego, sí, pero él era el adulto y su deber era haberle puesto fin y no seguirlo. Sus alumnos ni siquiera permitieron que se discutiera acerca de algún otro diario, aduciendo que Martín nunca compartía con ellos.

El salón de clases fue desocupado en cuestión de segundos tras sonar la campana. No quedó nadie a excepción de Ricardo y de Martín, que había esperado pacientemente a que todos sus compañeros se marcharan. En los ojos de Martín había un extraño brillo; el brillo de la humillación y del resentimiento. Sus ojos rabiosos se clavaron en los de su profesor de manera tan insistente que muy a su pesar, Ricardo debió apartar la mirada una vez más; luego lo sintió acercarse.

—Ya ha sonado la campana, señor Ámbrizh. Puede retirarse.

De pie detrás del escritorio, Ricardo recogía las carpetas encima de éste y las metía dentro de su portafolio, fingiendo estar muy ocupado en ello como para ponerle atención al rezagado chico. Aunque no lo estaba mirando, Ricardo sentía a Martín como una presencia inamovible al frente suyo… Una presencia a la cual pensaba seguir ignorando porque de verdad no estaba de ánimos para lo que fuese que Martín pretendiera, así que esperaba firmemente que su alumno no abriera la boca, era suficiente con el auto reproche. Las carpetas estuvieron todas guardadas en menos tiempo del conveniente y con ellas se acabaron sus excusas para no enfrentar a su alumno. Miró la caja en la que había llevado los diarios con la esperanza de haber encontrado en qué ocuparse un poco más de tiempo, así que echó mano del único cuaderno que no había sido devuelto a su dueño, porque había sido el único bajo escrutinio.

La mirada furiosa de Martín se clavó en el diario que Ricardo mantuvo en el aire, sin saber qué hacer con él.

—¿Sabe algo, profesor Azcarate? —la voz de Martín era calmada, medida; demasiado como para que sabiendo lo que había pasado un rato atrás, no se adivinara que dentro de su pecho debía haber un torbellino—, dudo mucho que la ética que usted tanto pregona, defiende y se supone que ejerce, apoye el poderío en el que usted se ha regodeado hoy. Dudo además que en alguna parte de los múltiples libros que debe usted tener y que hablen acerca de los valores humanos o simplemente de la docencia, apoyen la forma tan mezquina en la que usted me ha expuesto. ¿Dónde queda la tolerancia entonces… El respeto, la libertad de elegir, el desarrollo individual del que nos ha hablado? Debo reconocer que hoy ha sido usted quien se ha anotado un punto. Veo también que ha descubierto usted mis cartas. —La mano de Martín estaba fuertemente aferrada al borde del escritorio y el color había huido de sus nudillos—. Supongo que ahora es totalmente claro que yo no lo soporto, ni usted a mí; no hace falta disimular más. Es usted dueño de gran parte de mi odio. No me pregunte por qué y yo tampoco le preguntaré a usted cuál es el motivo exacto de haberme ganado su antipatía, sólo es así y punto. Como en la vida animal… Creo que somos enemigos naturales —Martín se irguió cuanto pudo, a pesar de ello el profesor le sacaba cerca de media cabeza y debió mirar hacia arriba para mirarlo a los ojos—, ha sido usted quien ha declarado la guerra, no espere que yo deje pasar esto por alto… yo jamás permito que nadie me haga quedar en ridículo.

Martín le arrebató el cuaderno morado de las manos y salió con paso seguro, sin dar un portazo cuando cerró la puerta detrás de él. Ricardo se dejó caer en la silla.

—Que apasionado, señor Ámbrizh.

2

Para cuando finalizó la jornada escolar, Martín había hecho uso de toda su  fuerza de voluntad y de toda su paciencia para mantenerse en control; para seguir fingiéndose impasible y no tirarse al suelo a llorar desvergonzadamente su mala suerte. De camino a su auto mantuvo los dientes y los puños apretados.

Había sufrido una serie de ataques y desventuras a lo largo del día; cada uno más infantil que el anterior, pero no por ello inefectivos sino todo lo contrario… Directos a la yugular. En algún momento había tenido que retirar de la puerta de su casillero una docena de condones inflados cuan ramillete de globos. En la clase de informática más de una vez habían aparecido en su monitor imágenes de pornografía gay. En más de una ocasión pasaron silbando malintencionadamente a su lado y se habían atrevido a  llamarlo con aquella odiosa palabra con la letra “M”. Nunca antes en su vida había tenido que sufrir tan encarnizadamente esa clase de ambiente de crítica y rechazo, así que se sintió desconcertado e incómodo. Una vez más, como casi siempre, él era el centro de atención, pero esta vez fue por las razones menos convenientes. Aquel chisme se había regado más rápido que el abolla. Oficialmente había salido del closet en el instituto. Nunca lo había negado, pero tampoco era vox pópuli.

El problema no fue que se enteraran de que él era bisexual, el asunto  fue que muchos habían aprovechado el mar revuelto para poder poner al expuesto lo mal que les caía, porque por vanidoso que pueda sonar, las personas más afortunadas, populares y agraciadas son las más propensas a ganarse la admiración y el odio casi por igual.

Cuando pensó que su día escolar ya no podía ir peor, llegó la cereza del pastel. En su bolsa de deporte aparecieron un corpiño y una bombacha a juego, ambas prensas en fino encaje de color azul claro, efímero y diminuto. Esto último bastante desesperanzador, porque aunque hay mucho encanto en una bombacha pequeña, el tamaño del corpiño sólo indicaba la descorazonadora ausencia de un par de tetas que valieran la pena. Martín se preguntó de dónde pudieron haberlas sacado con tanta rapidez. Se preguntó si no habría para aquellos momentos alguna chica andando por los pasillos sin ropa interior, sólo por el placer de jugarle aquella estúpida broma de mal gusto a él. Por lo menos en este último intento de broma descubrió rápidamente quién era el culpable. Lo vio espiándolo desde el otro lado de los vestidores, tratando de ver cuál sería su reacción.

Martín agarró al susodicho por el cuello de la camisa, lo recostó con violencia contra las puertas de los lockers y le plantó un beso como para dejar sin aire a cualquiera, aunque poseyera voluntad de hierro. Se esmeró en ello.

—¿Es esto lo que te causa tanto miedo? —Martín sonrió, lleno de una hilaridad sardónica—. Pues ahora has besado a un hombre, así que eres tan marica como yo —el chico abrió inmensamente los ojos, con las mejillas coloradas boqueó, pero no emitió ni una sola palabra—, seguramente la mariconada es contagiosa y ahora te la he prendido. Ahora  mírame bien pequeño estúpido —lo tomó por la barbilla con fuerza hasta que la boca del chico formó una extraña mueca—, voy a ser lo mejor que hayas probado en tu patética vida y soñarás día y noche con mis labios, de aquí en adelante cada beso que recibas lo compararás con el que te acabo de dar y ninguno te parecerá tan bueno. ¿Y sabes que es lo peor? Que no tienes ni la más mínima esperanza conmigo; vivirás para siempre insatisfecho, soñándome…deseándome… porque jamás en tu vida tendrás a alguien como yo y mucho menos a mí. Ahora ¡a volar de aquí! A hacerle bromitas estúpidas a la tonta de tu madre, que esa muy seguramente tiene la paciencia que yo no, —Soltó al chico, pero el chico no huyó de inmediato. Por escasos segundos se lo quedó mirando con la estupefacción dibujada en el rostro; Martín estaba preparado para la represalia, incluso la esperaba con cierta ansia, pero el chico se retiró lentamente, con la mirada clavada en el piso, avergonzado.

Martín salió al estacionamiento. ¿Quién entiende a la gente? Todos le hacían bromas estúpidas para hacer reír a los demás, pero cuando no tenían a nadie alrededor no le apartaban la mirada. Una mirada que en lugar de burla ostentaba la más grande curiosidad. Varios chicos lo miraban desde sus autos, con cierta vergüenza que se acercaba demasiado a la culpabilidad. Martín sabía que en la mayoría de ellos no había un interés sexual o romántico, aun si lo miraban de esa manera. Lo que ocurría era que, para mal o para bien, la mayoría del tiempo le costaba pasar desapercibido y eso poco o nada tenía que ver con su orientación sexual. Demasiado «bonito» y demasiado sexy para su propio bien… También tenía la autoconfianza del tamaño de un edificio y eso siempre se nota.

Martín se puso las gafas de sol a pesar del hecho de que el cielo estaba encapotado. Una pequeña y estúpida acción para que aquellos que los miraban tan insistentemente entendieran que ellos y lo que pensaran no le importaba. Cuando puso el auto en marcha y perdió de vista el estacionamiento del instituto, se las quitó y las arrojó al asiento trasero.

***

El malestar lo obligó a orillar el auto. Con la rabieta que había tenido había dejado pasar el almuerzo y comenzaba a sentirse tembloroso y atontado… Odiaba esa sensación. Aquella enfermedad era un completo e indeciso fastidio. ¿Cómo era que teniendo el nivel de azúcar tan bajo como decían, tenía prohibido atiborrarse de dulces? —Aunque él de todas maneras lo hacía a escondidas—. ¿No era aquello incongruente acaso? Aun así debía ingerir dulces cuando se sentía como en aquellos momentos ¿Quién entendía aquel embrollo? Su doctor ya había amenazado con empezar a tratarlo con insulina si no se ponía en régimen. La hipoglucemia podía desembocar en diabetes, lo cual consideraba otra enorme contradicción. Martín de ninguna manera permitiría aquello, sólo de imaginarse su níveo abdomen o sus bracitos llenos de piquetes a causa de las dosis de insulina le daba salpullido.

Se comió una barra de chocolate en tres mordidas y siguió su camino.

*** 

Para cuando Martín llegó a su casa el cielo ya estaba desgajado sin ningún tipo de tregua o compasión y el espectáculo acuoso era con truenos y relámpagos incluidos. A pesar de que su auto era prácticamente nuevo, éste intentó dejarlo tirado a medio camino y esto ya le pareció el colmo del ensañamiento cósmico.

En medio de un verdadero diluvio llegó a la entrada y con total desagrado y rabia vio que había una camioneta horrorosa, enorme y de color óxido, que le bloqueaba el paso. Haciendo todas las maniobras y piruetas de las que fue capaz, Martín intentó llegar al interfono sin bajarse del auto, no obstante tal hazaña le fue físicamente imposible, así que debió caminar hasta el aparato. Tocó el pequeño botón de manera repetida, con rabia, con apuro y desespero; pero aquel traste parecía haberse estropeado porque nadie en la casa le respondió. Miró su teléfono celular, sin embargo en algún momento de lo que iba del día el muy maldito se había descargado.

Regresó corriendo al auto.

—¡Lo que faltaba! —explotó, golpeando con fuerza el timón. Tocó el claxon varias veces, pero eso tampoco surtió efecto. La casa estaba demasiado retirada de la entrada y el sonido de su claxon se mezclaba con el de la tormenta y con el proveniente de la avenida, donde el tráfico había formado un atasque de dimensiones catastróficas que hizo que a Martín le tomara más tiempo del necesario para llegar a su destino.

Ni siquiera era martes o viernes 13 y su día era un verdadero desastre. Ni siquiera tenía un simple paraguas. En medio de la lluvia volvió a bajar del auto, se cubrió la cabeza a medias con su chaqueta, sin embargo en escasos segundos quedó completamente empapada y chorreando agua de manera desagradable sobre su cara. A él le encantaba la lluvia, pero para contemplarla a través de la ventana, cubierto, a salvo de ella,  no para calarse de aquella manera los huesos.

Comenzó a pasarse de medio lado en el espacio que había entre la estúpida camioneta y la pared de la entrada. El portal estaba abierto porque la estúpida camioneta estaba atravesada justo en medio. ¿Quién era tan estúpido como para aparcar así?… Estaba tan irritado que nada de raro habría tenido que comenzara a echar espumarajos por la boca.

Con no poco esfuerzo consiguió deslizarse dentro. La mugrienta camioneta le dejó el suéter marcado de tierra a la altura del estómago. Corrió lo más rápido que pudo y terminó empapándose por completo, así que en los últimos metros de su carrera renunció a seguir cubriéndose con la chaqueta y soltando los brazos, se dedicó a correr.

Llegó a la puerta tiritando y con una rabia sin precedentes, o por lo menos como hacía mucho no le embargaba. Él solía mantener sus emociones en control, pero lo único que quería en aquellos instantes era desquitar su rabia con el primer peregrino que se le cruzara por el frente… Estaba harto de contenerse; así que en cuanto metió la llave en la cerradura y dio vuelta para abrir, se lanzó de lleno a atacar al eslabón más débil.

—¡Dolores! —gritó, mientras caminaba rápido y se deshacía de la chaqueta mojada y la dejaba tirada en el piso al lado de la puerta. Ni siquiera el recibimiento afectuoso y emocionado de Julius Jones III fue capaz de apaciguar un poco su rabia—. ¡Maldita sea, Dolores!

Una anatomía cadenciosa y morena, de amplias y generosas caderas, apareció contoneándose desde la cocina.

—Ay, señorito Martín. ¿Cuántas veces se lo he dicho? —Anunció la mujer, con su marcado acento cubano, mientras se secaba las manos en el delantal que llevaba sujeto a la cintura… Con esa jodida costumbre de decirle señorito únicamente para molestarlo—. Como la canción niño, como la canción «No me llames Dolores, Llámame Lola» —canturreó, imitando el acento español de la intérprete original de la canción, mezclándolo de manera extraña y un tanto graciosa con su acento natal… Aquel que hacía pensar en atardeceres calurosos y lentos de color naranja y a brisa de mar.

Por lo general a Martín Dolores —de preferencia, Lola— solía causarle mucha gracia y gran simpatía, sobre todo cuando aparecía meneando aquellas caderotas. Ella movía toda aquella carne mientras cantaba o bailoteaba mientras hacía sus deberes… Pero en aquellos momentos él estaba que mataba y comía del muerto y ningún numerito que le montara nadie iba a servir para bajarle la neurosis.

—¿Se mojó, niño? —preguntó Lola estúpidamente ante lo obvio. Martín tuvo que hacer de tripas corazón para no responder a aquella pregunta de la manera en que realmente se merecía.

—¿De quién es ese cacharro inmundo que está atravesado en la entrada y que no me ha dejado avanzar? —preguntó Martín con los dientes apretados—. He tenido que lanzarme a la lluvia sin más, porque tampoco contestaron el maldito Interfono. ¡¿Para qué está allí, entonces?!

Lola se colocó los puños en las caderas y enarcó una ceja.

—¿Acaso me le han dado de comer alacrán en la merienda? —la mujer le dio la espalda, como signo inequívoco de indignación, y se dirigió a la cocina mientras contestaba. Martín la siguió—. El cacharro, como usted le dice, es de un amigo de su mami; aún anda con ella en el estudio, así que si quiere usted bien puede ir a hacerle el reclamo al mismito dueño, no a mí, yo ni siquiera se manejar. En cuanto al aparatito para comunicarse con la casa, todo el día ha funcionado perfectamente, así que no sé qué pudo haberle pasado ahora… A lo mejor ha sido la lluvia que lo ha echado a perder o su mal humor, niño. Quién sabe, todo en esta vida puede pasar y ya ve usted lo que dicen de las malas vibras… Desde aquí mismito siento las suyas. —Lola siguió en lo suyo, meneando el cocido y mientras le daba al cucharón el resto de su cuerpo también seguía el movimiento en una especie de vaivén que daba como resultado lo que ella misma solía llamar «Comidas Bailadas»—. Siga mi consejo y vaya a quitarse esa ropita mojada, niño —se volvió hacia él apuntándole con el cucharón—, se va a constipar y se le va a empeorar el mal humor que trae encima —volvió a darle la espalda.

Martín salió de la cocina como un energúmeno.

—¡Insolente !—le gritó mientras se iba, pero se aseguró de estar lo suficientemente lejos cuando lo hizo. Ella sólo rio divertida.

Martín subió las escaleras a toda prisa, haciendo mucho ruido mientras lo hacía, anunciándole al mundo entero que estaba de malas pulgas. Mientras subía le llegaba el eco de la voz de su madre… Había otra voz, profunda y masculina. Risas. ¡Jah! El mundo se atrevía a reír mientras él había tenido un día de perros. Al pensar esto último miró a Julius Jones III, él no parecía estar mal en lo absoluto y eso que todos sus días eran días de perro. Estaba contento meneando la cola y andando detrás de él, así que aquella expresión sin dudas sobraba.

En el último escalón, coronando aquella cúspide, sus jeans mojados y chorreantes le jugaron una mala pasada. El ruedo se había desprendido en su carrera fuera de la casa, por lo tanto la tela sobresaliente hizo un extraño e inconveniente amasijo con sus cordones sueltos. Y allá fue a parar Martín, de frente al piso, clavando dolorosamente la rodilla izquierda contra el borde del último escalón de la escalera.

Hubiese querido exclamar una liberadora maldición, no obstante bien es de conocimiento popular que los golpes en las rodillas son iguales a los golpes en los codos: dejan sin aire. Aun así él intentó hacer el deber.

—Mierda —Pero solamente se movieron sus labios, la voz no salió en lo absoluto. Fue una expresión hecha de aire. Ya nada podía ir peor.

—¡Mi cuadro! —exclamó la voz masculina.

—¡Mi hijo! —exclamó Mimí.

Ambos, muchacho y cuadro, fueron recogidos del suelo por sus respectivos «dueños». El envoltorio —que ahora sabía Martín era un lienzo en su encuadre de madera— se había ido al suelo junto con él, abandonando la pared contra la que estaba apoyado cuando trató inútilmente de asirse a algo para evitar la caída.

Se levantó apoyándose en una sola pierna. La rodilla de su otra pierna era como gelatina, como una pierna de borracho que no cumplía adecuadamente con la simple función de sostenerlo.

—Pero, Martín. ¿Qué se te ha perdido en el piso, amorcito? —Mimí hizo ademán de reírse, sin embargo la mirada asesina que él le lanzó la detuvo.

—¡No lo hagas, Micaela! —estaba realmente molesto si la había llamado por su nombre de pila— He tenido un día de porquería, no lo empeores. No te atrevas a burlarte de mí. No tú. —se le aguaron los ojos y no fue a causa del mal día, tampoco porque estuviera especialmente sensible, fue simplemente porque le dolía endemoniadamente la rodilla, además del ego; ir a aterrizar en el piso de aquella manera tan poco elegante, como un pendejo torpe y sin gracia era algo verdaderamente bochornoso.

—Ya, corazón. Por supuesto que no pienso reírme de ti, no faltaba más —había más burla en su repentina y fingida seriedad de la que hubiese habido si reía a carcajadas, al menos ella hizo el intento—. ¿Qué fue lo que te pasó? ¿De dónde vienes en esas fachas, Martín? Todo mojado y lleno de barro —ella miró detrás de él y su ceño se frunció de inmediato—. Has dejado el piso hecho un asco.

Martín iba a responderle… Vaya si iba a haberlo. Iba a quejarse como nunca antes lo había hecho… Iba a usar su cara de mártir, iba a poner a Mimí contra el mundo para que saliera en su defensa. Iba a hacer una de esas pataletas cósmicas que tenía reservada exclusivamente para ocasiones excepcionalmente extremas y lo haría en la mejor de las interpretaciones. Iba a reclamarle a su madre por haberse fijado en el insignificante piso sucio tras él… Eso iba a hacer, sí, ésa había sido su intención hasta que se fijó en la persona que estaba con la rodilla hincada en el suelo, inspeccionando meticulosamente que su pintura no hubiera sufrido ningún daño.

—Está sano y salvo —dijo el hombre desconocido. Acompañó la declaración con un suspiro de alivio y un marcado acento español. Un acento que removió algo en el interior de Martín, y lo que sea que haya removido lo hizo hasta la médula. Esas letras “S” pronunciadas con profunda resonancia fueron como un viento helado que se le coló directo en la columna vertebral. Vocablos, sonetos del habla española europea que le parecieron sumamente atractivos y excitantes.

El hombre lo miró desde el piso. Un par de ojos de un color indefinido… El cabello levemente rubio recogido en una coleta generosa en la nuca y una amplia sonrisa de dientes perfectos. Una barba ligera de sabía Dios cuántos días le coloreaba la quijada inferior. El hombre estaba extrañamente detenido en el tiempo… Por completo atemporal… Bien podía tener 25 o 30 o 40 y cualquiera de esas edades le habrían calzado y le habrían sentado bien.

En la cara de Martín se dibujó una sonrisa estúpida porque ¡Oh! Sorpresas de la vida, su día había acabado de mejorar de golpe. Mimí sonrió, quizá pensando que aquel gesto de Martín iba dirigido a ella.

—A pesar de la entrada poco discreta de mi hijo aún creo que es necesaria una presentación formal. Joaquín, él es mi hijo Martín. Martín, él es Joaquín, un viejo amigo —Mimí miró a Joaquín, que después de carraspear elevó una de sus cejas en una expresión que quizá pretendía ser graciosa, pero que Martín elevó a una categoría superior, y sonrió una vez más—. Quiero decir, alguien a quien conozco desde hace mucho y que al parecer se ha vuelto demasiado sensible con el tema de la edad. Estoy convencida de que te encantará tratar con él, Tiny. A ti te interesa la pintura y es a lo que él se dedica… También esculpe, pero es mucho mejor con los pinceles. Vamos a trabajar juntos.

Como única respuesta, Martín sonrió. Tan complacido como hacía mucho no lo estaba.  

«Joaquín, —pensó— posiblemente el nombre más español que debe existir ¡Que viva España,  joder!». Se mofó en su fuero interno.

Sentó los pies sobre la tierra sólo cuando el otro le extendió la mano. Una mano… Nunca antes algo le había parecido tan sublime y tan prometedor… Una simple mano  se le antojó en ese momento como algo casi etéreo.

«Me acabo de volver idiota de golpe» pensó, casi decepcionado de sí mismo.

—Pero vaya con el chaval —dijo Joaquín—, cuando dijiste que tenías un hijo lo que se me vino a la mente fue un chiquilín de pantalones cortos, pero Martín ya es todo un hombre y debo decirte que más parece tu hermano que tu hijo. Algo escuché del tema, hará cosa de unos cuatro años…Y como nos perdimos por completo la pista pues… pues nada, que menuda sorpresa, tía. —Mientras hablaba. Joaquín agitaba con energía la mano de Martín, quién al parecer había perdido su notorio don de la palabra—. Que gustazo conocerte, chaval.

Mientras estrechaban sus manos en un apretado saludo, Martín pudo sentir a gusto aquella mano de agradable rugosidad, grande y poderosa. Manos de artista fuerte que más que solo plasmar, construye. Bajo sus uñas habían restos remanentes de óleo y sus callosidades y resequedad muy posiblemente se debían a que usaba las manos desnudas para esculpir la arcilla o lo que fuera que usara para crear. Nunca antes unas manos tan descuidadas habían cautivado de aquella manera a Martín.

Sus rodillas se aflojaron, flaqueó, perdió… Su castillo de naipes se derrumbó, derrotado ante un extraño encanto.

2

Abrió los ojos en medio de un paisaje confuso que después de un par de segundos reconoció como su habitación. Dormir de día casi siempre tenía ese tipo de efecto de desubicación espacio-temporal en él. Martín se removió dentro de las cobijas de manera perezosa, se estaba tan bien allí que era una pena abandonar aquel cálido capullo, pero su estómago ya estaba protestando de manera fiera a causa del hambre. Se dio la vuelta con pesadez y se encontró de lleno con los ojos de Carolina, que estaba casi encima de él.

—¡Carolina! ¿Qué haces? —miró por la ventana. La noche estaba demasiado próxima, más de lo que él hubiera calculado.

—Sólo quería saber si seguías con vida, llevo tiempo esperando a que abrieras los ojos ¿hasta qué hora piensas dormir? Son las 6:00 pasadas —ella se sentó a su lado en la cama—. Lolita me dijo que llegaste del instituto como un energúmeno y que por algún motivo te desquitaste con ella. Pobre, con lo linda que es.

—¿Linda? Más bien es una culona chismosa —Martín retiró las cobijas y se mesó los cabellos para acomodárselos un poco y no parecer un perro apaleado, aunque se sintiera como uno—. Tuve un mal día y ella solo estaba en el momento y el lugar equivocados, además haciendo los comentarios más provocadores y estúpidos.

—Ay, pobre Martincito…—Carolina le acarició una mejilla y Martín se preguntó cómo podían una caricia y tres palabras encerrar tanta burla—. ¿Qué te pasó? ¿Nadie te rindió pleitesía y alabó a cada paso que dabas? ¿Se olvidaron de los pétalos de rosas para alfombrar el piso delante de ti en tu sinuoso andar?

Martín la miró directo a  los ojos, con las cejas fruncidas. Suspiró.

—No me digas Martincito, sabes que lo odio. Dime algo, ¿de verdad piensas realmente que soy así de frívolo o lo dices sólo para hacerme sentir mal? Vaya… ahora sí que me deprimí; eso sonó más como si proviniera de alguien que me odia que de una persona que jura a cada instante que me adora. —volvió a cubrirse de pies a cabeza, acentuando con este gesto su falsa indignación.

—Lo siento, lo siento… Sal de allí por favor. Ven y dame un abrazo y dime que me perdonas. —Ella le haló las cobijas y sin esperar por el abrazo que pidió, continuó hablando—. Es viernes, el mejor día de la semana; mañana no hay clases y la ciudad se ofrece dañina y mundanalmente ociosa. Necesito salir y quitarme de encima este olor mohoso de cotidianidad. He estado estudiado tanto que siento la cabeza enorme… Mi vida social se está a poco de irse a pique y no puedo permitir que eso ocurra.  Vamos a salir.

— ¿Salir? ¿Con el frío que hace allí afuera? No quiero.

—Pero…

—Pero nada —señaló hacia las puertas de vidrio que conducían a una pequeña terraza privada—. ¿Ves eso? Aún llueve y yo ya tuve suficiente de caminar bajo la lluvia por el día de hoy… No pienso abandonar mi cama por nada. De verdad, Carolina, sólo quiero que este día se termine.

—No estarás hablando en serio, Martín. —La incredulidad de Carolina era comprensible, pues no era nada común que Martín se negara a complacerla o a salir un viernes por la noche y menos con la fútil excusa del clima—. No estoy proponiéndote que te pongas impermeable y botas para que salgamos a saltar en los charcos, solamente quiero ir a bailar. Si lo que quieres es que el día acabe rápido eso se soluciona fácil: llegamos al antro a eso de las 10:00 de la noche, en un par de horas el día habrá acabado y habrás empezado el siguiente de la mejor manera posible. —Martín, desanimado por la perspectiva de todo lo que implicaba llegar hasta ese punto, dejó caer los hombros y cerró los ojos—. Por favor, por mí. No puedes negarte; ya le dije a los demás que nos veíamos esta noche y todos dijeron que sí… Sólo faltas tú. No me agües la fiesta, sabes muy bien que si tú no vas los demás empezarán a negarse. Al parecer solo mi encanto no es suficiente para ellos, nos necesitan a los dos, somos la dupla perfecta. He tenido una semana muy aburrida, no me hagas esto por favor, te prometo que…

—¡Ya! No soporto verte rogar y lo sabes ¿Por qué simplemente no me haces caso? —Martín entornó los ojos, escudriñando los orbes de su amiga—. ¿Por qué tan insistente hoy? Algo te traes.

—¿Yooo?

—Sí, tú. —Martín abandonó su búsqueda de segundas intenciones porque sabía que no había caso en ello. Si es que las tuviera, Carolina no iba a decirle nada de manera fácil y él no quería gastar energías en intentar sacarle la verdad—. Sabes que aún no cumplo 18, ¿cierto? No pienso quebrantar la ley. No tengo la más mínima intención de hacerlo.

Carolina puso los brazos en jarra y adornó su rostro con una magistral mueca de extrañeza mezclada con cierto tipo desdén. Ella era buena en eso.

—¿Cuándo te ha detenido eso? No me hagas reír. El antro al que tanto vamos me lo enseñaste tú, así que no seas hipócrita, Martincito. —Ella no iba a detenerse, parecía muy decidida—. Por favor… —imploró, cambiando de táctica de persuasión.

—No.

—Por favor…

—Dije que no.

—Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor…

—¡Basta! Sabes que no soporto cuando haces eso.

—¿Ah no? —pregunto Carolina—, pero si fuiste tú quien me enseñó.

Martín realmente no estaba de ánimos para salir, pero bien sabía que ella podía pasar horas enteras aplicándole la misma terapia y no pararía hasta obtener lo que quería. La tenía malacostumbrada a ceder ante lo que ella le pidiera. Por otra parte, ella quizá tenía razón; salir un rato a lo mejor le alegraba un tanto el panorama. Por lo general todo solía marchar siempre como seda para él, por eso se ponía de mal humor y se le desmoronaba el ánimo cuando las cosas salían algo torcidas.

—Está bien. Pero si digo «Nos vamos» nos vamos ¿okey?

—Lo que tú digas. —La boca de Carolina decía aquello, pero todo su ser gritaba «Ni en tus sueños». Martín salió de la cama y se dirigió hacia su armario en medio de un baile cojo—, Oye, ¿qué te pasa en la pierna?

Entonces Martín se miró la rodilla y después de flexionarla un par de veces en las que se intensificó la punzada de dolor, puso en su rostro una extraña sonrisa que acompañó con una mirada que se perdía en el vacío, recordando… Aquel Joaquín había producido en él una sensación extraña que aunque conocida, fue por completo diferente. Él siempre pensó que comparar el gusto por alguien con una sensación de aleteo de mariposas en el estómago era algo estúpido, cursi e infantil, pero en aquel momento no le parecía que existiera una descripción más adecuada para la forma en que se sentía cuando rememoraba el breve encuentro que había tenido aquella tarde con el pintor. Mariposas en el estómago… Como las mariposas surrealistas que estaban plasmadas en el extraño paisaje de su cuadro.

—Tengo mariposas en la rodilla… O algún otro tipo de bicho con la capacidad de conectarse con mis emociones sólo para revolotear y recordarme que estoy vivo.

—¿De qué estás hablando? —Desde la cama, Carolina dejó de darle vueltas a su cuello con una de las bufandas de Martín que le iba demasiado larga, para mirarlo pidiendo una explicación, así que él regresó cojeando a su lado.

—Esta tarde… Esta tarde he conocido a alguien. No sé qué tiene, no sé qué me hizo, pero difícilmente he podido dejar de pensar en él. Me ha impresionado tanto que aún mientras dormía lo he visto y he pensado en él… He soñado con él.  Me ha cautivado por completo y apenas si me ha dicho unas cuantas palabras y estrechó mi mano. Te digo Carolina, esa mano… ¡Qué mano! Pude haberme quedado anidando en ella para siempre.

—Vaya. Él. Algo habrá de tener de especial el susodicho como para que estés tan emocionado por un simple apretón de manos. Tú, el señor que difícilmente encuentra a alguien lo suficientemente interesante. ¿Quién es?

—Es… es… Joaquín —Martín se lanzó de cualquier manera sobre la cama—. Que sonoro y melodioso es su nombre ¿no te lo parece? A mí me encanta. Tanto, que podría estarlo repitiendo el día entero. No creo que exista un nombre igual… Joaquín —se dio la vuelta y se acostó sobre su estómago—. Y además es pintor. Cómo no voy a estar encantado con él, ¿Cómo no estar encantado con alguien que dedique su vida a plasmar con pintura lo que siente y lo que ve en el mundo?  

—Que estás encantado con él ya me lo has dejado claro; lo que quiero decir es ¿Dónde lo conociste? ¿De dónde salió? Me entiendes ¿Quién es? —Martín tenía la completa atención de la chica. Sus redondos ojos de muñeca bullían de curiosidad y por supuesto él estaba encantado con eso.

—Es amigo de Mimí y ahora su cliente. No sé cómo es que yo no sabía nada acerca de él porque dicen conocerse desde hace años e incluso estudiaron juntos… Aparentemente mi abuela y su madre son muy cercanas también. Me costó contenerme para no acosar a preguntas a Mimí, así que no tengo los detalles pero parece que se perdieron el rastro hace tiempo… La cuestión es que ahora Mimí organizará una exposición de sus obras. ¿No es acaso genial? Voy a poder verlo seguido.

—¿Genial? —pregunto Carolina, levantando una ceja inquisidora—. Pues no lo sé; pero  a mí no me gustaría salir con alguien de la edad de mi madre, por muy joven que ella fuese, eso te lo aseguro.

Martín sonrió y abandonó la cama de nuevo. Caminó hasta el ropero y escogió varias prendas de corte moderno; pero que consideraba lo hacían lucir lo suficientemente mayor para ir al antro de siempre sin problemas. El dueño del local sabía de sobra que él aún era menor, por ello siempre le advirtió que entraba bajo su responsabilidad; es decir si alguien lo descubría, él simplemente se lavaba las manos de las consecuencias y diría que seguramente se había colado sin su conocimiento y consentimiento.

3

Gonzalo miraba a Martín desde la pista de baile, donde movía el esqueleto de manera desganada mientras bailaba con Carolina.

—¿Lo ves? —susurró cerca del oído de la chica, con el tono lastimero de quien acaba de perder a su mascota—, él ni siquiera me mira, es de hielo. Después de aquel beso tan espectacular de la última vez hoy ni siquiera me mira. ¿Qué hago? En realidad me muero por él; pero hoy Martín… Como si yo no existiera.

Si Gonzalo tenía cara de haber perdido a su mascota, Carolina tenía cara de estar a punto de consolarlo por ello y eso no podía ser algo bueno, porque convertía la pérdida en algo definitivo.

—Ay, Gonza… Yo hice todo lo que pude por ti y prácticamente lo arrastré hasta aquí; lo demás está en tus manos porque yo no pienso o debo intervenir más allá de haberlo traído hoy. —La chica se pegó completamente a él y le rodeó el cuello con los brazos; como consecuencia de esto él debió encogerse para facilitarle el abrazo, porque él era un hombretón de poco más de dos metros de altura mientras ella era tamaño petite y los 15 centímetros de tacón no ayudaban demasiado para disminuir la abismal diferencia—.  Yo te advertí que no te encapricharas con él; mi Martin es… es Martín y ya lo conoces. No te quería decir para no aguarte la fiesta, pero hoy me contó que conoció a alguien y por la manera en la que me lo dijo, le entusiasmó bastante. Lo siento.

—No —dijo Gonzalo de manera penosa, como si con ello bastara para evitar que Martín se fijara en alguien que no fuese él.

—Mi único consejo es que uses tu encanto. Él no besa a cualquiera de buenas a primeras y si lo ha hecho contigo ha debido ser por algo, ¿no crees?

—Bueno… Encanto me sobra y sé cómo usarlo. Tienes razón, no es si no cuestión de poner en práctica aquello que tan a menudo me funciona. Iré por ello, lo peor que puede pasar es que me diga que no.

Con renacida esperanza Gonzalo se dispuso a encaminar sus pasos hacia Martín.

—¿Ah? Momento, momento  —Carolina puso su palma hacia el frente, mientras la otra mano reposaba en su diminuta cintura—. Yo cumplí. ¿Y tu parte del trato, qué?

Gonzalo sonrió, mientras se devolvía hacia ella.

—Todo listo, muñeca. Fui muy sutil, pero efectivo; nada a medias como tú        —señaló en dirección al grupo de personas entre los cuales se encontraba Martín—.  ¿Ves a Mauro? No te ha quitado la vista de encima, no he hecho más que hablarle maravillas de ti. —Carolina sonrió de manera hermosa, deslumbrante y amplia… como era cada una de sus sonrisas—. Ahora mira esto… Mira lo que tengo para Martín.

Cuando Carolina vio el reluciente y pequeño objeto en la mano de Gonzalo quiso advertirlo, prevenirlo diciéndole un simple y efectivo «No» pero no hubo tiempo de nada, pues Gonzalo se alejó demasiado rápido.

 ***

Aquel grupo de personas con las que Martín solía compartir sus momentos de ocio eran contemporáneos de Carolina, no de él. Eran todos estudiantes universitarios que habían llegado a su mundo a través de ella. Ellos lo idolatraban, lo idealizaban y consideraban a Martín la persona más encantadora y arrebatadora sobre la faz de la tierra, por ser menor que ellos lo protegían y de un tiempo a la fecha prácticamente no concebían la diversión sin él.  ¿Cómo puede entonces extrañarse alguien de que Martín esperara siempre que el mundo siempre estuviera a sus pies?

Aquella noche todo aquello —el bullicio, la multitud, las risas alcoholizadas y la mucha superficialidad— de repente comenzó a parecerle insulso y poco divertido. De un momento a otro la música perdió ritmo e incluso la bebida le supo mal, pero aún así la siguió tomando, al igual que continuó riendo y moviendo la cabeza al ritmo de la música.

Su mente estaba demasiado ocupada, demasiado llena y no de decenas de ideas, sino de una sola: Él. Alguien a quien apenas había visto por espacio de 20 minutos… 20 miserables minutos que le habían bastado para dejarlo pensando en sus ojos. Unos ojos del extraño color del musgo o del barro, ya no lo sabía. ¿Cuándo con anterioridad le había sido tan difícil determinar un color? Su voz… Una voz robusta, acentuada y profunda y la amanera tan graciosa en que lo había llamado «Chaval».  Chaval… en algún momento de la conversación —la decepcionantemente corta conversación— Joaquín le había dicho que estaba en una edad gloriosa, porque podía considerarse adulto, pero que aún conservaba las bondades y las ventajas de la niñez; que estaba justo en medio aunque más correspondía llamarle chaval… Eso le pareció escuchar, eso fue lo que pudo sacar en claro porque escuchó entre nubes, mecido por un delicioso mareo y con las estúpidas mariposas haciendo fiesta en su estómago.  

Gonzalo aterrizó a su lado, lanzándose con fuerza sobre el mullido cuero del asiento y haciendo equilibrio con un par de copas de Margarita. Le tendió una a Martín.

—Gracias —sonrió de manera ligera al recibir la copa.

Gonzalo carraspeó y, para completa sorpresa de Martín, se arrimó tanto a él que apenas  le dejó el espacio suficiente para maniobrar con la bebida hasta llevársela a los labios sin regarla encima de ambos.

—Hey… Hola. ¿Qué haces?

Ante la pregunta de Gonzalo, Martín miró su copa y la movió un poquito hacia delante mientras levantaba las cejas; el combo de expresiones y movimientos adecuados  para que dada la situación el otro lo interpretara como «¿Acaso no es obvio?»

—Sí, si claro —Gonzalo se removió incómodo en el asiento, con una torpeza que no era habitual en él.

Martín observó a su acompañante con curiosidad, en espera de que lo que fuese que le pasara se esclareciera. Gonzalo le parecía todo un personaje, alguien muy pintoresco; una suerte de remolino colorido de excesiva alegría. Él tenía una forma de hablar amanerada y acentuaba, lo que decía con ademanes de las manos y soltando ocasionalmente una palmadita que solía utilizar como signo de puntuación… “Una loca completa” solía pensar Martín. Justo el tipo de personaje para reírse de él.

Carolina observaba todo lo que ocurría entre ellos dos desde el otro lado del amplio sofá, demasiado preocupada como para disfrutar por completo de la atención que le estaba prodigando Mauro.

«Ay Dios, pobre Gonzalo. ¿Qué es lo que he hecho… A qué lo he expuesto? Martín lo va a destrozar». Carolina sonreía de manera nerviosa, sospechando como terminaría aquello.  

 

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