Capítulo 4

Capítulo IV

El castillo de naipes no es estable. Es de papel, después de todo (Fall Down)

Entrada No. 2 – Diario de Martín.

Para: persona desconocida que deberá nacer por lo menos dentro de tres años.

He pensado seriamente en llamarte de alguna manera. Darte algún nombre que me haga más fácil el dirigirme a ti, porque esto de escribirle al vacío es incómodo, y si lo pienso bien, también es inquietante. Es como si estuviera escribiendo para un fantasma. Un fantasma a la inversa. Alguien terrorífico que no está muerto, pero que no ha nacido aún.

Hoy no estoy de un humor especialmente bueno. No tenía la más mínima intención de continuar consignando nada en este cuaderno, dada la cantidad de problemas que tuve por su causa. Luego decidí que eso sería dejarme vencer, darle gusto a los demás y sentirme derrotado.

Quizá este ejercicio me sirva como algún tipo de terapia, dado que me han llamado egocéntrico crónico con demasiada frecuencia estos días  y todo parece indicar que la necesito. En este justo instante estoy brutalmente aburrido. ¿Importa eso? ¿Te importa a ti? ¿Quién eres? O debo decir: ¿Quién serás?

Debes tener la certeza de que todo cuanto consigne aquí será sincero. Atesorarás en tus manos la esencia de quién soy ahora. Quizá más adelante en el tiempo yo relea estas líneas y piense que era sólo alguien estúpido y egocéntrico, con demasiada confianza en mí mismo, o alguien espectacular e inenarrablemente centrado, pero cómo te escribo es como me siento ahora y decir que no me siento la octava maravilla del mundo la mayoría de las veces sería mentir. Así me siento aunque quizá, sólo quizá, no lo sea… Estoy bromeando, por supuesto. Pero apuesto a que es así como algunos piensan que me siento. Es lo que me llega en palabras sueltas que escapan de los susurros en los pasillos del instituto cuando creen que no los escucho y debo forzarme a ignorarlos.

Creo que exageré con ciertas cosas la primera vez que escribí. Y cuando digo exagerar, no me refiero en absoluto a mentir; me refiero a que fui demasiado sincero. Definitivamente hay cosas que debe uno guardarse para sí.

Quizá me estoy tomando este escrito de manera demasiado festiva; quizá simplemente pretendo ser superficial y mostrar una caricatura de cómo percibo mi vida en estos momentos. Quizá no todo es tan perfecto… A lo mejor no todo me importa tan poco… De pronto las cosas me afectan más de lo que me atrevo a aceptar abiertamente.

Partiendo de la presunción de que soy un simple ser humano, aunque de seguro ligeramente superior a los demás —o por lo menos mucho más guapo, eso es un hecho— aceptaré que como todos tengo algunos dramas y quebraderos de cabeza.

Por ejemplo…

…No he podido hacer un solo movimiento inteligente para acercarme a él… Por primera vez me siento torpe y vulnerable porque, verás, aquello de conquistar cuando me lo propongo suele dárseme bastante bien. No sé qué decir cuando él está cerca para hacer que me note,  me note de verdad y deje de verme como el hijito de su amiga. Pero no sé cómo… Ya encontraré la manera… Yo siempre encuentro la manera.

Estoy dando serios indicios de obsesión, puesto que pocos son los espacios de tiempo en los que pienso en algo diferente a él. Podría pasarme horas sólo escuchándolo hablar de cualquier cosa, incluso si no es conmigo.

Quiero… Necesito que él se fije en mí 

Espero que no tengas en el rostro una mirada de prejuicio cuando leas esto. ¿Qué culpa tengo sí mi atención lo reclama? ¿Qué culpa tengo sí mis hormonas tienen tantas ganas de testosterona estos días?

1

Martín dejó el cuaderno a un lado, pues en realidad no estaba de humor para aquello. Quizá habiendo dicho mucho la primera vez que escribió, ahora ya no tenía nada para agregar… O a lo mejor ahora que sabía que nadie lo leería hasta dentro de mucho tiempo ya no le interesaba tanto aquello, porque a él le gustaba ver resultados inmediatos.

Quería explicar en el diario qué era lo que lo enloquecía de Joaquín hasta el punto de soñarlo sin descanso, pero no habría sabido exactamente cómo hacerlo. Era todo y era tan poco. Apenas lo había visto, por lo tanto lo conocía muy vagamente. Decir que le hacía sentir que Joaquín era alguien que podría protegerlo de todo y de todos no tenía sentido, porque él no era precisamente alguien que necesitara protección, pero así era, quería sentirse rodeado por los musculosos brazos de Joaquín y sentir que éste lo consideraba su tesoro, como algo preciado que no querría que le arrebataran jamás. Soñaba con ser importante para él.

Después de dos semanas Martín seguía sin perdonar del todo a Carolina. No le hizo falta mucha suspicacia o poner en práctica sus dotes detectivescas para descubrir que ella estaba detrás de la patética y poco efectiva declaración amorosa —aunque cabría más decir «ruinosa»— de Gonzalo. No la odiaba para nada y tampoco pensaba alejarla de su vida para siempre, pero sí debía sentar un precedente. Por ello se había mantenido alejado de ella de la manera en la que más duele a las personas hoy en día: no contestándole el móvil, ni los mails, también había ignorado sus comentarios en todas las redes sociales en las cuales la tenía agregada. Desprecio cibernético.

«Mis circuitos, avatares y nicknames no quieren saber nada de ti, nena».

Martín miró el reloj de reojo y, como si dos semanas no fuesen nada o se hubiese pasado los 16 días anteriores plantado al lado del aparato, decidió que ya había sido castigo suficiente. ¿Para qué miró la hora? Quizá por la manía de pensar siempre que las cosas se hacían en el momento exacto en el que él las quería. Además, lo verdaderamente cierto era que la vida con Carolina era mucho más divertida y aunque jamás lo reconocería de manera abierta, empezaba a extrañarla.

Se miró las uñas en un gesto distraído, como si le importara poco el hecho de llamarla o no. Cogió su móvil y picó sobre su nombre en el menú.

— ¿Tiny? ¿Eres tú o te han robado el móvil y están jorobando con él? Debe ser lo último, porque el Martín que yo conozco es incapaz de escuchar y perdonar.

Falsa  indignación la de Carolina, porque de haber sido cierta ella habría cortado la comunicación inmediatamente después de terminar de hacer su declaración, pero en cambio podía escucharla respirar al otro lado de la línea de manera tan ansiosa que Martín estuvo seguro de que ella temía que fuese él quien cortara la comunicación. Chica tonta, ¿acaso no sabía cuánto la quería?

Martín suspiró antes de contestar. Puso en evidencia la exasperación que estaba lejos de sentir,  pero que era su obligación mostrar para justificar el haberla ignorado de manera deliberada durante tanto tiempo. Su enfurruñamiento se había evaporado como a los cinco días, cuando empezó a extrañarla en serio, no obstante se empujó a sí mismo a mantener su indignación un poco más.

—No estás en posición de reclamar nada, Carolina Ignacia. —Martín escuchó con algo muy cercano al placer cómo al otro lado de la línea se produjo un indignado gritito ahogado.

—¡Martín, Por Dios! Sabes que esa es información prácticamente clasificada. ¿Cómo te atreves a utilizarla contra mí? Eso es un movimiento cruel. Cruel incluso para tratarse de ti.

—Vamos, no seas tan exagerada, Carolina. Es sólo un segundo nombre horroroso. Tampoco es como si te hubiese azuzado encima al peor de tus pretendientes ¿No es así? —dijo un medianamente risueño Martín.

—Está bien, está bien, me lo merezco —concedió Carolina—. Supongo que no tengo ningún derecho a rechistar. Lo siento mucho, Martín. La verdad es que no pensé que te fuese a molestar tanto. No, por lo menos, hasta el punto de abandonarme como lo hiciste, pero es que Gonzalo insistió tanto… Y yo… pensé que a lo mejor algo entre él y tú podría llegar a funcionar. Bien sabes que no soporto ver a mis amigos sufrir             —Carolina guardó silencio por algunos segundos—. Ya que me has llamado, ¿puedo considerarme perdonada?

Martín chasqueó la lengua.

—Bueno… digamos que sí, Ignacia. Yo también soy tu amigo y vaya si me has hecho sufrir. ¿O te parece poco haberme echado encima semejante terror? Aun así considérate perdonada. ¿Te vienes a mi casa? —lo último sonó un poco desesperado, así que se apresuró a componerlo  un poco—. La abuela está aquí, en casa. Regresó hace dos días de Miami y como te ha traído obsequios ha estado preguntándome por ti—.

A Martín en ocasiones le costaba el simple hecho de hacer saber que como cualquier otro ser humano, necesitaba de los demás.

—Ay Tiny. ¿No es más fácil que simplemente me digas que me extrañas?

Como era de real el hecho de que Martín era un orgulloso, lo era el hecho de que nadie lo conocía mejor que ella.

***

Mientras Martín la observaba con una media sonrisa colgada en los labios, una emocionada Carolina daba vueltas sobre su eje con un modelito puesto sobre su ropa, encaramada sobre unos preciosos zapatos de taco alto Jimmy Choo.

—¡Ay, Martín, me veo de ataque con esto! Dile a tu familia que me adopte. Te juro que tu abuela es la mujer con mejor gusto y más dadivosa que conozco.

Martín le dio una concienzuda mirada a la chica que parecía demasiado complacida con su reflejo.

—Sí, te ves estupenda. Pensé, como última manera de castigarte, en privarte de ello, aunque sólo fui capaz de hacerlo por un par de días. Ya ves que no soy tan malo después de todo —dicho ésto Martín se acodó sobre el colchón de su enorme y mullida cama y dibujó en su rostro una sonrisa picarona que le hizo brillar los ojos.

Carolina dejó su vestido nuevo sobre uno de los sillones y caminó hasta Martín, se tendió a su lado, se estiró, haciendo traquear algunas partes de su pequeño cuerpecillo de  muñeca.  Luego se desembarazó de sus zapatos, cuidando tanto de ellos que los dejó sobre la cama de Martín y luego de dedicarles una mirada tan amorosa como la que usaría una madre con su vástago más querido, se dignó a mirarlo a él.

—¿Lo estás haciendo a propósito? —Martín continuaba sonriendo.

—¿El qué? —Carolina frunció los labios, intentó contener la risa, pero terminó por rendirse—. ¿Qué pasa Martín? ¿Qué te traes entre manos? Te conozco. Anda, dímelo de una vez.

—Ah, vamos, Carolina —no había más que diversión en la voz de Martín—, no te jactes tanto de conocerme. No tengo la menor intención de ocultarte información, así que no has descubierto nada nuevo y tu mérito no es tal. Estaba esperando a que dejaras de maravillarte con tu reflejo para que me prestaras atención.

Carolina rio. Bien sabía Martín cuanto le encantaba a ella la manera que tenía él de nunca querer perder una. Era cierto. Siempre  quería tener la última palabra; no obstante sí había alguien con las bragas suficientes para refutarle, era precisamente ella.

—A eso me refiero, Martín, sé que te mueres por decirme algo —hizo una corta pausa, pero al no obtener respuesta continuó—. ¿Y? Suéltalo ya.

—Pues… ¿Recuerdas a Joaquín?

—Sí.

—¿Y recuerdas qué te dije que es pintor?

—Por supuesto. Recuerdo bastante bien toda la historia de sus manos extraordinarias y sus miles de maravillas más, ¿qué hay con eso?

—Pues cómo te parece que resulta ser que lo que más deseo en estos días son clases particulares de dibujo… Y un retrato de mí. Uno de dimensiones épicas; de esos que ya nadie encarga desde el siglo pasado. Eso asegura Joaquín, pero yo creo que ésto obedece a que la gente es idiota, porque ¿qué hay mejor que los óleos esparcidos sobre la tela mientras se tiene la oportunidad de pasarse horas posando inmóvil frente a un semental de facciones estéticamente calientes? Un retrato de esos que se tardan mucho, mucho, mucho tiempo en terminar.

—No me digas. ¿Y cómo es que yo nunca supe de este deseo tan intenso de tener un retrato? —dijo Carolina con sarcasmo.

—Pues mira nada más. Yo, que si aprecio las capacidades artísticas, no he podido pensar en algo diferente en las últimas dos semanas. La idea simplemente se me clavó en la mente, así de pronto —Martín chasqueó los dedos—, y da la casualidad de que Mimí tiene un amigo que es pintor, ¿no te parece una gran casualidad? Porque a mí sí que me lo parece. Además esculpe. Creo que se me antoja que me amase un rato… Es decir que amase barro y me haga un bonito cenicero.

Ambos rieron con ganas, abrazados a los almohadones. La chica incluso se permitió golpear repetidamente con los talones la superficie del colchón y armar un pequeño alboroto, como si tuviera doce años y su mejor amiga le hubiera acabado de contar que había dado su primer beso. Por supuesto Martín sabía que Carolina lo estaba jodiendo, porque habiéndole confiado más de una vez algunos detalles de su intimidad, ella solía decir que él se había saltado todo lo cursi, mágico y tímido de los enamoramientos adolescentes. Miró fijamente a Carolina, incluso con los ojos entornados, mientras ella reía con el cabello echado sobre el rostro. Sí que la había extrañado, nunca más la dejaría ir. Sin embargo no había el menor riesgo de que lo reconociera abiertamente.

—Si Martín, qué casualidad —Carolina se puso seria de a pocos, apoyó el codo sobre la superficie y la cabeza sobre la mano—. Crees… ¿Crees que sea buena idea? Digo, el hombre es mucho mayor que tú. Lo estás idealizando y quizá resulte ser alguna clase de fiasco. O peor aún, una persona con muy malas intenciones—.

 Y ahí estaba otra de las cosas que ella hacía siempre: tratar de protegerlo.

—¿Y? —Martín la miró de soslayo, mientras tiraba de uno de los almohadones atrapados en las fauces de Julius Jones III—. En realidad eso espero, porque créeme, yo no tengo nada de buenas intenciones con él. De hecho tengo las más depravadas intenciones. No sé lo qué tiene ese hombre que logra hacerme sentir de manera intensa. Lo he visto muy poco y no puedo dejar de pensar en él —rio bajito y la miró directo a los ojos—. No quiero sonar como el más promiscuo, pero… le tengo unas ganas, que no te imaginas. Ese hombre ha protagonizado más de mis sueños eróticos de los que me conviene reconocer. Además, no pienso echarme para atrás. Me ha costado mucho convencer a Mimí para que le pidiera a Joaquín ser mi maestro. Sobre todo lo que más me ha costado es tratar de parecer natural y hacerla sentir que todo ha sido idea de ella y no dejar ver que lo qué pasa en realidad es que muero de ganas por saltarle encima ni bien verlo.

Carolina blanqueó los ojos.

—Si alguien me dijera que tú, precisamente tú, estás hablando de manera tan apasionada de alguien, me costaría creerlo. Esto es algo que hay que ver en vivo. Cuándo voy a tener el placer de conocer a Mister Maravilla —obvió lo que se le pasó por la mente, porque lo que en realidad pensó fue «Necesito conocerlo, a ver si a mí me pone tanto como a ti. Tanta maravilla no puede ser cierta», y quizá Tiny no se lo tomaría tan bien.

—Esta noche viene a casa a cenar.

—Que gusto, Martín.

Ella trató de no darle demasiada importancia al asunto, aquello era algo que tendría que ir analizando sobre la marcha, pues no tenía más información que el «encandilamiento» de Martín. Dejando aquel asunto de lado —de momento— rodó los ojos hacia un lado y frunció los labios. Aquel era un gesto que Martín conocía demasiado bien.

—Bien, dime de una vez lo que tengas para decirme. Intuyo por tu cara que es algo que no me va a gustar, pero eso no lo sabremos con certeza  hasta que me lo digas, así que suéltalo de una vez.

Carolina se sentó en la cama, con las piernas acomodadas en posición india y lo miró directo a los ojos, poniendo a su vez ojos de cachorro y pestañeando en exceso.

—Tiny, acerca de Gonzalo…

—No. Vamos, Carolina…—la interrumpió Martín. ¿En serio ella pensaba seguir con ese tema cuando era la primera vez que se veían en dos semanas justamente por causa de Gonzalo?

—No seas cruel —lo interrumpió ella a su vez. —Para que lo sepas, hay personas que son felices con muy poco, como Gonzalo.  Él ha estado torturándose desde hace semanas sólo porque tú no le has vuelto a hablar. Por favor Martín, a ti no te cuesta nada y en cambio para él significaría mucho, lo sacarías de su miseria —ella negó tristemente con la cabeza—. Ni siquiera te estoy diciendo ésto porque él me lo haya pedido, lo hago simplemente porque él está en verdad triste y no me gusta ver a ninguno de mis amigos así.

Martín chasqueó la lengua y acompañó este gesto con un suspiro de cansancio.

—Por Dios, Carolina, me tienes más fe incluso que yo mismo. No creo ser tan importante como para ser o no responsable de los estados anímicos de Gonzalo. Sólo falta que me digas que es tan miserable por mi causa que es capaz de volverse hetero si no le presto atención. Estás tentando tu suerte.

Muy a su pesar Carolina sonrió ante la absurda idea de Gonzalo queriendo ser heterosexual. Si eso llegara a ocurrir él sería el hetero más amanerado del planeta… Y seguro empezarían a acusarlo de gay reprimido en algún momento. Dejó de lado la ensoñación en la que se había sumido y recuperó la compostura y, como si le hubiesen movido el switch de la expresión facial, se volvió a poner seria, incluso recuperó su expresión de reproche, con los brazos cruzados sobre el pecho. Martín suspiró y dejó caer los hombros, dándose por vencido.

—No voy a tener nada romántico con él. Lo único a lo que voy a comprometerme es a que las cosas sigan como han sido siempre. Mientras él mantenga sus tentáculos y su hambrienta y atrevida boca lejos de mí, todo estará bien y no le partiré la cara. Si le basta con seguir orbitando a mí alrededor, entonces que se sirva cuanto quiera —Martín abrió con violencia un paquete de ositos de goma y comenzó a engullirlos como si no hubiera un mañana—. No pienso darte ni uno solo. No lo mereces.

Una triunfante Carolina sonrió.

2

Jamás en la vida se había visto a un Martín tan atontao.

Carolina veía con incredulidad la manera en que Martín, su Martín, su tozudo, caprichoso y orgulloso Martín,  para aquellos momentos permanecía con los labios ligeramente separados, la respiración levemente agitada, los ojos brillantes y la atención totalmente centrada en la conversación que Mimí sostenía con «el famoso» Joaquín. Tan concentrado estaba en los rasgos del pintor que incluso estaba pasando por alto los duraznos en almíbar que tenía al frente, y eso ya era mucho decir porque además la estaba ignorando a ella por completo.

—Os lo digo, sin ganas de parecer vanidoso, que lo mío con la pintura no es más que instinto, ¿vale? Ya no es como antaño, cuando la corriente artística era tan fácil y obligatoriamente catalogada —argumentaba Joaquín, con tantos bríos que lograba emocionar—.Tal o cual pintaba a lo barroco, aquel otro era impresionista o cubista o simplemente desastroso —hizo una pausa y le dio un sorbo a su soda, ya que había rechazado enérgicamente la copa de vino que le ofrecieron—, y aunque pinto de la manera particular  en la que me siento cada día y plasmo lo que me salga de las narices, definitivamente lo mío no son las manchas de pintura sin forma. Me gusta mirar un cuadro y saber lo qué es. Deforme, inexistente, nuevo en este mundo o en el otro, incluso si es sólo mi versión de las cosas, pero quiero saber lo qué es y sobre todo quiero que los demás sepáis lo qué es. Quiero que vosotros, los espectadores, os sintáis con la seguridad suficiente para decir «Tío, eso es un árbol».

—Vamos, Joaquín, no seas tan radical —dijo Mimí—.  ¿No crees que estás siendo demasiado tajante con el tema? Mira que lo abstracto revolucionó totalmente el concepto de arte y tiene demasiados tintes como para simplificarlo o desestimarlo. Pienso que, de hecho, es de lo menos catalogable que hay. ¿Qué pasa por ejemplo con Picasso? Todo un genio, y su genialidad consistió precisamente en interpretar las cosas de una manera tan particular que es difícil encasillarlo sólo como cubista —Micaela defendía aguerridamente su posición—. ¿Qué pasa entonces con los que dibujan Quimeras, Dragones, Sirenas o cualquier otro tipo de criatura mítica? Yo misma he visto en varias de tus pinturas mucho de eso e incluso he visto cosas… seres que ni siquiera hacen parte de la mítica popular, te los has inventado tú, ¿qué hay con ello entonces? He visto los retratos que dibujas, están llenísimos de detalles como en la corriente barroca.

Joaquín sonrió. Una sonrisa torva, retorcida y muy varonil. Luego soltó una risotada, una carcajada muy diferente a la que hubiese dejado escapar Martín. Fue como un trueno: poderosa y refulgente. En cambio cuando Martín se carcajeaba, era pura musicalidad, como piececitas de metal muy delgadas que chocaran entre sí. «Truenos y campanas, vaya combinación». No sabía por qué, sin embargo Carolina ya estaba catalogando a aquel hombre como inadecuado para Martín. Era guapo, sí. Era sexy, mucho, pero había algo en él… Quizá era sólo su complejo de hermana mayor aflorando.

—Micaela… Yo jamás me atrevería a ser tan prepotente como para atreverme a criticar al maestro Picasso, eso está fuera de discusión; una en la que yo jamás ganaría, pero con él, esa es precisamente la cuestión. Él innovó, dejó su marca, se atrevió a ir mucho más allá de lo convencional… Y aun así, su genialidad fue un movimiento, algo que debió compartir con otros que pintaban de igual manera ¿Ves mi punto? Ahora hay muchísimos malos imitadores de lo que él hizo, puede que muchos sean magistrales, pero también es cierto que muchos otros  no lo son. Han tergiversado el concepto de lo que es pintura, plasman cientos de manchas y pretenden hacerte creer que es un sentimiento, una idea, la vida misma.  —Joaquín negó con la cabeza. La sonrisa había desaparecido—La pintura en sí misma es hermosa, llena de vida y esparcirla sobre la tela blanca es algo que debería requerir cierto tipo de destreza— Joaquín pasó una de sus manos inmensas y de una callosidad sensual por su abundante cabello rubio, atrapando con este gesto los mechones rebeldes que se escapaban de su coleta—. Por otro lado, con el tipo de criaturas que mencionaste, Micaela, tú misma me das la razón. En cuanto las ves en mis cuadros ¿No sabes lo que estás viendo acaso? En cuanto ves un dragón, sabes que es un dragón, no una cantidad de manchas que deben darte la «sensación» de estar frente a uno. Cuando invento algún ser para un cuadro es simple: Quizá verás un bicho sin una forma conocida, pero te aseguro estará hecho con la mejor de las técnicas— Joaquín miró uno a uno de los presentes a los ojos—, y definitivamente jamás os quedaréis con la sensación de que algo se os ha escapado por los lados.

Carolina no tenía demasiado interés o conocimiento en cuanto al tema del arte, por lo menos no más allá de lo que todo el mundo sabe por cultura general, pero podía apostar a que aquel hombre tenía razón, o por lo menos él sabía cómo vender una idea. Pudo incluso haber aplaudido su discurso. En el inmenso comedor reinó momentáneamente el silencio.

—Y si la pintura por sí misma es tan hermosa, qué merito habría en solo esparcirla sobre la tela, así, sin más ¿No es cierto?—. Dijo Martín, con sus inmensos y brillantes ojos clavados en los del pintor. Este último sonrió complacido.

—Eso mismo. Así es. Se requiere de destreza y talento, sino se corre el riesgo de solo ser percibido como un payaso pretencioso con aires de artista. Yo conozco unos cuantos de esos.

—Y aún si se esfuerzan en hacerlo, en ponerle empeño y técnica, las palabras que puso Mick Davis en boca de Andy García cuando este interpretó a Modigliani y se dirigió a Picasso son ciertas « ¿Cómo le haces el amor a un cubo?».

Carolina tomó de su copa para disimular una sonrisa. Ahí estaba el Martín que ella conocía. Se había demorado en emerger, pero ahí estaba por fin, poniendo en práctica sus sutiles y bastante efectivas tácticas de coqueteo. Traer el tema del sexo a colación, así sin más era algo que él sabía hacer muy bien. Miró a Micaela, preguntándose cómo era que Martín no se cortaba ni un poco estando ella presente. Y es que ella no era solo una mamá, que ya habría sido suficiente motivo para que Carolina no se hubiese atrevido a coquetear con nadie en su presencia, sino que era su mamá; pero Micaela no parecía escandalizada en lo más mínimo. Muy  por el contrario, ella sonreía. Parecía  complacida porque su hijo no fuese alguien tan fácil de impresionar y contara con argumentos para casi todo.

Joaquín miró a Martín directo a los ojos, levantando las cejas. Instándolo con un gesto a que continuara hablando.

—He visto las fotografías de tus cuadros y aunque es obvio que no soy ningún experto creo que, aunque lo detestes tanto, eres catalogable. Tus obras gritan Surrealismo en cada pincelada. — Carolina no se esperaba aquel movimiento. Creía que Martín se dedicaría a darle por su lado para agradarle. Miró al pintor y éste, lejos de parecer molesto por el comentario, parecía intrigado e interesado. Martín se reacomodó en el asiento y puso una sonrisita ladeada que sabía le iba demasiado bien—. Excelente técnica… Una corriente interesante. Es atrevido y meritorio tratar de reinventar el mundo y la realidad —bajó la mirada tímidamente, sin que se le borrara la sonrisa del todo. Carolina levantó una ceja. Se preguntó si aquel pequeño gesto de timidez era reflejo o  si,  por el contrario,  Martín era descaradamente consciente de que eso sólo lo hacía ver encantador—. Y con respecto al cubismo… A pesar de los ángulos y las planicies, aún soy capaz de decir «Tío, eso es un árbol». No es para tanto.

Joaquín sonrió una vez más y miró a Micaela antes de responder. Ella se encogió de hombros; se había metido en aquel lío él solo, así que debía defenderse como pudiera del agudo Martín. Para Carolina fue evidente que Micaela había perdido la sonrisa.

—Creo que me he clavado el cuchillo yo mismo. En alguna categoría hemos de entrar todos, ¿no? —Joaquín restregó sus manos una contra la otra y cambio descaradamente de tema—. Bien, esto se ve exquisito —dijo y comenzó a dar buena cuenta de su postre, mandándose dos cucharadas seguidas que rebosaban de almíbar—. Y vosotros dos, ¿sois novios?

Carolina abrió la boca para contestar, pero a último momento se decidió por no decir nada. Prefirió que fuese Martín quien contestara a esa pregunta como mejor le conviniera  porque esa, aunque sencilla, era una pregunta crucial.

—No— contestó Martín, casi sin inmutarse—. A ella la amo demasiado para convertirla en mi novia. Sin embargo hoy compartiremos la cama.

—Martín, hijo, que atrevido.

A pesar de que Mimí acompaño sus palabras con una media sonrisa, su incomodidad fue demasiado evidente y esta vez para todos los presentes.

—¿Por qué atrevido? Lo que soy es liberal y aunque en ocasiones no me convenga, mi mayor problema no es el atrevimiento, sino la sinceridad.

—Bien, entonces tu sinceridad está siendo excesiva.

Joaquín miró a Micaela en busca de algo parecido a una explicación, porque la verdad era que sentía que algo pasaba allí y que a él se le estaba escapando por los lados. Sabía que había en aquella conversación algo que  todos sabían, pero que él ignoraba, y realmente odió la sensación. No entendía del todo lo que Martín estaba tratando de decir. Micaela se limitó a sonreírle y a negar con la cabeza, como restándole importancia a la situación.

Martín había visto este gesto en su madre, frunció un poco el ceño y ladeó la cabeza, tratando de entender. Su atención abandonó por completo a Joaquín y clavó la mirada de manera insistente en el rostro de su madre, tratando de hacer contacto directo con sus ojos, pero ella esquivó su mirada y trató de cambiar de tema. Él no podía dejar las cosas así.

—¿Qué pasa, es acaso que…? —comenzó a decir, pero se detuvo. No quería hacer una escena.

Algo en la situación no le gustó en lo absoluto a Martín; aunque todo fue bastante sutil —o quizá no lo fue tanto— captó de inmediato el hecho de que su madre no quería que él siguiera hablando. Entornó los ojos comprendiendo por los lados, pero sin llegar a hacerlo del todo… O su instinto de conservación estaba obligándolo a engañarse a sí mismo para convencerse de que no interpretaba al cien por ciento la expresión de su madre. Se negaba a aceptarlo.

Carolina en cambio no tuvo la menor duda de lo que estaba ocurriendo. A todas luces Mimí se sintió apenada cuando era obvio que Martín estaba a punto de decir que era gay. Eso únicamente podía significar que Joaquín aún no sabía nada de la orientación sexual de su amigo, lo cual constituía un verdadero inconveniente, dadas las intenciones de Martín con el pintor.

Aquella situación era incómoda. Carolina estaba siendo testigo de algo que ella consideraba prácticamente imposible, Mimí pareciendo avergonzada de la declaración que Martín estaba a punto de hacer y cuya declaración había sido hecha en incontables ocasiones con anterioridad. Muchas, muchísimas de ellas, Mimí estuvo presente y esto nunca había parecido molestarla antes. Carolina no creía que Mimí sintiera vergüenza por cómo era Martín, porque eso se habría notado mucho antes. Quizá tuviera que ver con quién estaba por enterarse. Había escuchado de boca de Martín, e incluso de los labios de la propia Mimí, la narración de la primera vez que Tiny había dado señas de no ir por el camino sexual esperado y siempre había sido una anécdota carente de un sentimiento negativo. Los engranajes de la maquinaria que constituía la mente e imaginación de Carolina se pusieron de inmediato en movimiento. Allí había drama, de eso estaba segura.

Martín acodó los brazos en la superficie de la mesa y entrelazó las manos bajo el mentón, visiblemente contrariado; y aunque Carolina hubiese esperado verlo furioso, lo que vio en sus ojos fue aún peor: incredulidad mezclada con un deje de tristeza. Era tan poco común ver a Martín de aquel talante que eso realmente le pateó justo en el hígado. Mimí estiró el brazo hasta su hijo y en un gesto cariñoso, que confundía aún más, posó la mano en su antebrazo y lo acarició mirándolo a los ojos, como si le agradeciera el que no hubiese seguido hablando y le prometiera que después se explicaría con él. Él pestañeó repetidamente, en parte por la duda y en parte porque, aunque no quisiera, los ojos habían comenzado a enlagunársele.

—Tiny… Estoy que me caigo muerta. Ya sabes, la Universidad. Vámonos a la cama ya, ¿sí? —dijo Carolina, con un bostezo falso muy coquetón y femenino. Se llevó los pulgares a los pasadores de sus jeans y apoyó todo el peso de su cuerpo en la pierna derecha, mirando a Martín con una sonrisita suave y cómplice en los labios.

Martín la miró y silenciosamente le agradeció. No habría podido encontrar él solo una forma de retirarse de la mesa de manera airosa sin que se le escapara algún puchero odiosamente delator  o sin exigir una explicación, aun a sabiendas de que eso no sería una buena idea estando Joaquín presente. Se sintió vulnerable y lo odió. ¿Por qué no había elegido su madre otro momento, frente a cualquier otra persona, para sentirse avergonzada de él? ¿Era vergüenza? ¿Estaba en serio su madre apenada por su causa?

No fue sino hasta ese momento, en el que pensó en la horrible palabra con «V», que aquello se le plantó en frente cuan grave y desagradable era. Cualquier cosa habría esperado en la vida: que llovieran vacas, que los políticos se volvieran todos honestos de golpe, que a él dejaran de interesarle los hombres y se dedicara única y exclusivamente a conquistar mujeres… Todo, excepto que llegara a ver el día en que Micaela, su Mimí, llegara a sentirse avergonzada de él. Algo dentro de él se rompió. No de la manera trágica y dramática en la que se le partiera el corazón y viera a su madre con odio y desprecio, nada de eso. Fue tan simple como que una pieza dentro de él, una muy importante pero pequeña, dejara de funcionar y se rajara. Aquella pieza era la que se encargaba de llevar a su cerebro y a su corazón la información que le daba la certeza de que su madre siempre estaría orgullosa y feliz por él. La pequeña pieza que hacía que confiara ciegamente en Mimí.

Se levantó de la mesa y miró a su madre de manera intensa y directa, pues él raras veces solía andarse por las ramas «Ya verás de lo que estoy hecho» pensó «Me dedicaré con ahínco a conquistar a Joaquín. Voy a hacer que se rinda a mis pies. No voy a descansar hasta que esté envuelto entre las sábanas conmigo enrollado en su cuerpo. Me lo voy a coger en todas las jodidas posiciones del Kamasutra… Te daré verdaderos motivos para sentir vergüenza… O quizá mucho orgullo». Y aunque nadie había escuchado su declaración él igual dio el punto final con un pequeño golpe en la mesa antes de retirarse.

3

La lluvia resbalaba por el cristal de la ventana, formando en su recorrido un millón de pequeños caminos que él insistía en recorrer con el dedo desde el otro lado, mientras mentalmente organizaba competencias para ver cuál llegaba primero al alfeizar. Todo parecía indicar que el cielo se desgajaría la mayor parte del día y el hombre del clima lo había corroborado cuando, al verse impedido para seguir durmiendo, había encendido la televisión en el canal de las noticias.

Por millonésima vez aquella mañana había revisado el contenido del refrigerador y cada vez parecía sentirse decepcionado ante el hecho de que era evidente que nada nuevo había aparecido mágicamente en él desde la última vez que lo reviso.

Tenía una gran inquietud instalada en el pecho. Una especie de hormigueo poco pasivo que lo instaba a querer salir corriendo. Se sentía aprisionado dentro de sí mismo, condenado al más cruel aburrimiento. Se sentía como si tuviera demasiada energía acumulada que necesitaba ser desfogada. Salir a correr habría sido una excelente manera de hacerlo, pero el clima definitivamente no estaba cooperando y ni hablar de salir a hacerlo bajo la lluvia, pues cuando decía que quería desfogar energía no se refería a inundar su vida con las aventuras de los antigripales, la tos y el dolor de huesos.

Abandonó el bow bajo su ventana y comenzó a trotar en el puesto, a estirar los brazos y a dar saltitos en una rutina de ejercicios bastante torpe. Si alguien hubiese observado la escena, seguro que se habría burlado de Ricardo a mandíbula batiente. Verlo así, saltando sobre el pequeño tapete que en lugar de estar a los pies de la cama estaba frente a su ventana, vistiendo un pijama compuesto por una camiseta gigante y un pantalón flojo de lunares, enfundado en unos calcetines de fútbol —único recuerdo que conservaba de aquella mala idea que tuvieron en su trabajo el año anterior, cuando prácticamente obligaron al profesorado a formar parte de un equipo de futbol que enfrentarían a los alumnos—  con el cabello revuelto y los anteojos colgando sobre la punta de la nariz, constituía una escena digna de aquellos programas de videos graciosos.

Se detuvo al perder los anteojos, temiendo pisarlos y que el mundo quedara, entonces, oculto tras la bruma de su miopía. Eso ya habría sido el colmo, ya que así ni siquiera sería capaz de huir del aburrimiento aferrándose a la fantasía de los libros.

Se puso a gatas sobre la alfombra y comenzó a buscar sus anteojos a tientas. Metió la mano debajo de la cama y palpó varios elementos de dudosa higiene que sabía Dios cuánto tiempo llevarían allí. Tiró de un cable y al otro extremo estaba su control de la X-box. Le dio alegría encontrar a aquel viejo amigo. Sonrió ampliamente. Pensó seriamente en volver a meter la mano y ver que otros tesoros estaban bajo su cama, pero finalmente desistió. Giró en redondo y encontró lo que originalmente estaba buscando. Miró concienzudamente alrededor luego de ponerse los anteojos de nuevo, había bastante caos a su alrededor. Pensó seriamente en ponerse a ordenar, pero era domingo, así que no había ni el menor riesgo de que hiciera caso a su propia sugerencia. En todo caso, prefería pagarle a alguien.

Se sacudió las manos en el pantalón del pijama y después de darse cuenta de que los había dejado con manchas de polvo, se desprendió de la prenda, al igual que de la parte superior. Quedó en bóxer y en calcetines. Se miró al espejo e hizo lo que hace el 90 % de los hombres cuando estando solos y desocupados se encuentran con cualquier superficie reflectante: tensionó los hombros, cerró los puños y comenzó a hacer poses de fisicoculturismo. Incluso él mismo fue capaz de percibir lo ridículo que se veía y soltó una carcajada. Su cuerpo no estaba trabajado y aunque tenía hombros anchos y buenas piernas, seguía siendo demasiado delgado para que aquellas poses cumplieran con su cometido y le mostraran abultados músculos que le subieran el ego.

Se decidió a darse una ducha. Una con agua fría. Siempre, sin importar cuanto frío hiciera, utilizaba agua fría; siguiendo la extraña idea que le inculcara su madre de niño: la única manera de quedar realmente limpio tras un baño era si éste había sido con agua fría.

Después de veinticinco minutos salió del cuarto de baño con el cabello chorreando agua y pegado a la cabeza, cogió una toalla y comenzó a secárselo vigorosamente, recuperó los anteojos y antes de ponérselos se paró nuevamente frente al espejo, se quedó mirando sus facciones. Sus ojos se veían mucho más grandes sin los lentes puestos, muy grandes y muy castaños. Todo él era miel y avellana. Sus ojos estaban llenos de una chispa que por lo general estaba oculta tras la fachada de alguien aburrido y rígido. Lo que realmente odiaba de que lo percibieran así, era el hecho de que sentía que se había traicionado a sí mismo. Como si lo que enviara a diario fuera de aquel apartamento a trabajar, a pagar las cuentas y a dar la cara al mundo, fuese una especie de caricatura nada graciosa de lo que él era en realidad, o por lo menos de lo que había sido. Siempre se recriminaba lo mismo. Comenzaba a volverse repetitivo y comenzaba a hartarse de lo cansino que estaba siendo, pues nunca hacía nada por cambiar su suerte.

Sabía a la perfección que la parte hippie de su vida había sido solamente cuestión de inmadurez. La época por la que pasa todo ser humano mientras se define como ser social; así como los hay freaks, skaters, idiotas y depresivos, a él se le había dado por «Paz y amor» «Piensa verde» «Voy a cambiar el mundo…». No era eso lo que extrañaba en sí, era la libertad de pensamiento que lo acompañaba en aquel entonces; la forma que tenía hacía unos años de encontrarle el lado positivo a todo. Y un tiempo después cambió, y su cambio le gustó aún más. Aquella brillante época en la que se sintió invadido por  las ganas arrolladoras de llevarse al mundo por delante y vivir cada aspecto de su vida de manera intensa. Quería marcar la diferencia de alguna manera y había sido en ese momento cuando había decidido encaminar su profesión hacia el magisterio y la pedagogía.

Veintinueve años, sólo tenía veintinueve años y todos a su alrededor pensaban en él como alguien amargado. No era justo. Lo realmente alarmante era que a veces, demasiadas veces en realidad, él pensaba acerca de sí mismo de aquella manera.

—Soy yo —le declaró a su reflejo—. Aún soy yo.

Caminó hacia su guitarra y comenzó a rasgar las cuerdas, que seguían siendo igual de familiares para él como lo habían sido siempre… Y así, desnudo  como estaba, comenzó a cantarle a su ventana y al cielo nublado tras ella.

Si en la lucha por mis sueños pierdo pie,

No sueltes, no sueltes mi mano…

Porque mi sueño más grande eres tú,

Te necesito aquí, a mi lado… 

4

El lápiz se deslizó sobre el papel como un susurro. La línea que dejó sobre la hoja era apenas perceptible. Una línea suave que bordeaba el contorno de un rostro que carecía de rasgos aún. Estaba tirado de cualquier manera sobre el único asiento del lugar, con los pies encima del contenedor artesanal donde guardaba la ropa sucia.

Con una mano dibujaba en el cuadernillo apoyado sobre su regazo y con la otra sostenía un cigarrillo. No tenía el cabello sujeto y éste reposaba sobre sus hombros. Varios de los mechones formaban una cortina poco densa sobre sus ojos. Estaba vestido únicamente con unos pantalones de mezclilla que se ajustaban descaradamente alrededor de sus poderosos muslos.

Joaquín tenía los brazos en tensión y los músculos se le marcaban bajo la piel con cada movimiento, pues sostenía el lápiz carboncillo únicamente con los dedos pulgar e índice y no apoyaba el canto de la mano sobre el papel. Era así como dibujaba a lápiz, dejándolo fluir como un halito de viento cuando realizaba el boceto para después atacar con fuerza y pasión cuando colocaba las sombras.

Le gustaba lo que veía en el papel. Cada creación, aunque fuese suya, debía ganarse el derecho a reclamar su atención; ser lo suficientemente interesante o bella para que él se dignara a terminar y concederle el don de la existencia. Éste era uno de esos casos, en definitiva llevaría aquel dibujo hasta el final.

Por lo general no era muy dado a realizar obras realistas, le interesaba más la distorsión de la realidad, pero era imposible para él negarse a algo que Micaela le hubiese pedido. En primer lugar por el agradecimiento que sentía hacia ella, en segundo lugar por el aprecio que sentía por ella, y en tercer lugar porque le agradaba aquel chico, Martín. Había definitivamente algo en él que atraía. Era como el Tadzio de Thomas Mann, suave como el chaval que había interpretado al personaje en «Muerte en Venecia». Martín lo inspiraba a querer plasmar sus rasgos sobre el papel y sobre la tela. Era hermoso, era mordaz y además, para terminar de reforzar sus encantos, era atrevido y no parecía conocer la palabra vergüenza.  

No había en su opinión de Martín ningún interés de carácter emotivo, era sólo que, como artista que era, jamás se cortaba a la hora de reconocer y apreciar la belleza. Él vivía para la belleza, para buscarla, para adorarla e inmortalizarla… Además, sabía reconocer a la musa inspiradora de algo hermoso y quizá sublime cuando estaba justo frente a él. Ni bien llegar a su piso, luego de la cena en casa de Micaela, había tomado papel y lápiz y había empezado a dibujar.

Amaba que lo atacara aquel tipo de frenesí creativo.

Algo se encendió en su interior en cuanto comenzó a trazar sus rasgos. Una sensación de bienestar, de paz. Quiso captar la frescura de Martin, su suavidad, su alegría. Sabía que había algo diferente en aquel muchacho, una ambigüedad que aunque era común en el mundo, él sin dudas sabía llevarla mucho mejor que cualquiera.  

Joaquín no solía hacer retratos a pedido. No a menos que se encontrara prácticamente en la miseria y le prometieran un pago que valiera la pena. La gente que solicita este servicio no es algo frecuente en la actualidad, por lo menos no de una manera seria ya que cada mujer que conocía y después de decirles a qué se dedicaba, parecían sentirse obligadas a pedirle que las dibujara, enamoradas de la idea de convertirse en sus musas… Pero con el retrato de Martín era diferente. A Joaquín le gustaban las cosas hermosas, la gente hermosa… Y además el chaval quería que le diera clases particulares de dibujo, ahí quizá se las viera color de hormiga porque él conocía su arte, lo sabía, lo sentía y lo vivía pero, ¿cómo transmitirle a otra persona algo que le nacía del alma misma? Debía admitir que se sentía halagado porque se lo hubiesen pedido y daría lo mejor de sí para cumplir.

—Qué dibujas, ¿a mí? —escuchó una voz femenina y soñolienta al otro lado de la habitación. Una pierna larga, tensa, tersa y de hermosa y brillante piel negra asomó entre el cortinaje que estaba alrededor de la cama, haciendo las veces de «paredes» del dormitorio.

Joaquín apartó los ojos del papel y los clavó en las curvas del cuerpo desnudo de Irina. Ella tenía los apretados risos alborotados, formando un halo alrededor de su cabeza.

—No —contestó él, con una sonrisa. Aplastó lo que quedaba de su cigarro en el borde de un recipiente que alguna vez contuvo una planta y que en esos momentos solo tenía  tierra negra y reseca pegada en el fondo. Se palmeó el muslo con la mano recién liberada, indicándole a la mujer que se sentara sobre sus piernas. Ella obedeció sin demora. Se deslizó hasta él con movimientos juguetones y exageradamente felinos.

—¿Quién es? —preguntó Irina, señalando los trazos. Joaquín la miró antes de contestar,  centrando su atención en los gruesos labios que lo tentaban.

—Un encargo —contestó.

—Pues que encargo más bonito. Mira nada más que bonitas pestañas le has puesto. Una sonrisa jugueteaba en los labios morenos.

—No se las he puesto, él las tiene así —Joaquín dejó el boceto a un lado, restándole importancia. Dejando a Martín a un lado, para dedicarse de lleno a Irina y la promesa de un placer inminente comenzó a besar su cuello mientras ella se resistía con demasiada debilidad

—No. Déjame Joaquín. Llueve muy fuerte afuera —dijo ella, con su acento francés haciendo que las letras «R» mutaran.

—¿Qué tiene qué ver la lluvia con que te niegues a mis besos? —dijo él, la voz enronquecida por el deseo y la molestia. Ella plantó las manos abiertas sobre su pecho, para contenerlo y alejarlo un poco.

—Que debo irme ya y tus besos nunca se quedan solamente en eso. Ya es tarde. Aunque él protestó, ella se puso de pie.

—No te vayas… ¿Por qué huyes?

—¿Huir? —Irina rio—. No huyo Joaquín, me protejo, es diferente.

—¿De qué, de mí? —Joaquín se vio realmente perplejo—. Has venido desde tan lejos… Creí que era por mí… Creí que yo te gustaba. Llegué incluso a sentirme alagado.

Aunque él sonreía y pretendía ser sarcástico, en el fondo de sus palabras había un toque de amargura.

—Y lo haces. Me gustas, Joaquín, y ese es precisamente el problema. Yo sé realmente cómo eres. Eres hermoso y atrayente, al igual que un león, pero también al igual que él, eres letal. Si no me voy ahora, si cada vez que estamos juntos no me voy a tiempo, llegará el momento en el que me rendiré y me dejaré convencer de que no eres peligroso.

—Pero en eso te equivocas —dijo Joaquín sonriendo ampliamente, con los ojos relampagueándole, poniéndose en pie y atrayendo a Irina hacia él. Reclamándola con fuerza, pegando sus cuerpos—. Yo jamás he negado que sea peligroso, ne doutez jamais de la façon dont je suis dangereux, mon amour (1)

1 (Nunca dudes de lo peligroso que soy – En francés, en el original)

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