Capítulo 5

Capítulo V

Aceleración arrítmica (You play my heart beat.)

—Niño… Niño. Martincito —Lola lo sacudió suavemente, pero con insistencia. Martín gimió y se cubrió la cabeza con las cobijas. Ella levantó una ceja y  apoyó los puños cerrados sobre las caderas. Ladeándose levemente hacia el costado derecho—. Unh, qué se está creyendo usted, ¿Ah? Pereceando entre las sábanas cuando es día de colegio —tiró de las mantas y descubrió completamente a Martín—. Se le está haciendo tarde, levántese ya. Su mami  lo está esperando en el comedor.

Martín se las había visto color de hormiga la noche anterior para poder dormir con tranquilidad. Las primeras horas de la madrugada lo pillaron despabilado. Parecía un niño pequeño en víspera de navidad. La excitación ante su próximo encuentro con Joaquín era tal, que para poder finalmente rendirse ante el sueño, debió ver casi completo un documental acerca de la vida marina en el océano pacífico, transmitido por Natury Channel.

—¿Cuántas veces te he dicho que no me llames Martincito?

No tenía las más mínimas ganas de ir a estudiar, porque el sueño había sido esquivo, pero una vez que lo tuvo en sus garras parecía no querer soltarlo, además su cita con Joaquín para la primera sesión de posar para él era hasta la tarde, y él no creía poder esperar todas aquellas horas en paz. El tiempo pasaría más deprisa si estaba ocupado. Así que decidió abandonar el cálido capullo que había formado con su ropa de cama y enfrentar el nuevo día sumiéndose en la rutina a la cual estaba acostumbrado.

—Gracias, Lola. Dile a Micaela que ya bajo.

En cualquier otro momento Martín habría reaccionado con un poco más de agresividad al ser arrancado del mundo onírico con tan poca delicadeza; pero en cuanto abrió los ojos, lo primero en lo que había pensado fue precisamente lo último en lo que había pensado antes de dormirse: Joaquín. Y eso lo había puesto de muy buen humor de manera inmediata.

Lola parecía una máquina de hacer los quehaceres. Martín no creía que ella siquiera lo hiciera de manera consciente, parecía estar inscrito en su información genética, por supuesto se regañó a sí mismo por pensar en semejante estereotipo que, de exponer en voz alta, podría incluso llegar a meterlo en problemas. Ella, mientras recogía la ropa del depósito de ropa sucia, devolvía los ganchos de colgar la ropa a su lugar, reacomodaba los almohadones en los dos sillones al otro extremo de la habitación y descorría las cortinas,  hablaba con él.

—Bueno, Martín, a mí siempre me pareció rara esa costumbre suya de no decirle mamá a su mami. Tuve que acostumbrarme a ese tema de que la llamara Mimí. Así que como yo soy tan anticuada y pegada a lo mío, tuve que decirme a mí misma, que usted le decía mamá pero con «i», engañando a mi cabeza para no volverme loca. Porque si yo le hubiese dicho a mi santa mamacita, alma bendita —Lola se persignó—, Asunción tal cosa, Asunción tal otra, ella me habría cruzado la cara de un bofete. Pero ya hace unos días que oigo que usted con su mamita ahora ya ni eso. Ahora usted la llama por su nombre de pila, como si fuera cualquier persona, ¿cómo está eso, mi niño? ¿Acaso se han disgustado?

Y Lola, a quién era difícil tomarle muchas cosas en serio dado su carácter risueño, esta vez parecía estar hablando completamente en serio.

—Dime algo, Lola —dijo Martín, mientras rebuscaba en el ropero—. ¿Te ha pedido ella que me dijeras algo de esto?

—Para nada —se indignó ella—. Yo a su mami la obedezco en todo lo que me manda, pero sólo en lo qué hay que hacer. A mí nadie me manda en lo que digo. Pueden obligarme a callarme y a no decir lo que no conviene, pero nadie jamás puede obligarme a decir algo que yo no quiera… Aunque a veces puedo decir algo que me insinúen o me sugieran… ¡Ay! Ya me enredé. El caso es que no, su mamita  no me ha dicho, o insinuado o sugerido nada de esto. Es sólo que yo me doy cuenta de todo —Lola se interrumpió de golpe y disimuladamente blanqueó los ojos, porque con lo último que había dicho no había más que afirmado que era una chismosa empedernida. Martín también se dio cuenta de ello, y sonrió, negando con la cabeza.

—Bueno. No estamos disgustados. Es solamente que… —Martín no sabía realmente qué decir, porque era cierto, ellos no estaban disgustados, pero él tampoco sentía que las cosas estuvieran exactamente iguales que siempre—. Es su nombre. ¿De qué otra manera podría llamarla?

—Pues «Mamá» es así como podría llamarla. Es así cómo debería decirle. ¿Es que acaso no me ha escuchado todos estos años? Y sin ir más lejos, ¿no ha escuchado lo que hace un ratico le acabo de decir?

2

—¿Vas a ir con Joaquín hoy? —preguntó Mimí como si cualquier cosa, levantando vagamente la vista de su plato de frutas picadas. Gesto que solamente  ratificó que, aunque quisiera disimularlo, lo que estaba preguntando era de su completo interés.

—Sip —contestó Martín. Poco dispuesto a decir mucho más.

—Pero hoy es la entrevista con la revista, ¿lo recuerdas? Es algo importante, estoy muy feliz por ello. Creo que deberías estar aquí conmigo —Martín resopló muy bajito luego de escuchar esto. Cuando se había dicho a sí mismo que nada le impediría estar en casa de Joaquín, puntual a las 3:30 de la tarde, así se callera el mundo a pedazos, jamás pensó que algo menos catastrófico, como la petición de su madre, se interpondría.

—Yo también estoy muy feliz por ello, Micaela, créeme. El que sepan reconocer tu talento y emprendimiento me llena de orgullo; pero es una revista de finanzas. Van a pedirte que hables de economía, de tu talento para hacer dinero, de tu buena mano que logra vender lo que se te atraviese. No creo que yo cuadre bien allí —Martín mordisqueó su tostada sin ganas—. Quieren ver tu entorno financiero, no tu entorno familiar.

—¿Cómo dices eso? —Respondió ella—. Por qué sino vienen a entrevistarme aquí en la casa. Vienen a ver cómo vivo, y si es así, cómo no vas a estar tú presente. Tú habitas mi mundo. Mi mundo personal, mi mundo sentimental e incluso mi mundo financiero, sino crees esto último, fíjate entonces en cómo gastas dinero —Mimí dijo lo último acompañado de una pequeña sonrisa, pero ni un solo músculo de la cara de Martín quiso acompañarla.

—No lo sé, Micaela… —Esta vez fue evidente que ella resintió que él la llamara así, dada la manera en la que ella endureció la mirada. Por supuesto, esto fue algo que Martín disfrutó—. Las personas de esa revista son gente seria y quién sabe… quizá se me escape y diga que soy gay. Apuesto a que eso no se vería muy bien y que tú lo odiarías.

Micaela alisó la servilleta en su regazo con demasiada lentitud, desdoblando con excesivo cuidado cada pliegue, signo inequívoco de cuan molesta estaba. Levantó sus chispeantes irises materno-azules y los clavó directo en los ojos de su hijo.

—¿Y por qué habría de escapársete algo como eso? A menos, claro, que lo hicieras completamente a propósito, únicamente para hacerme rabiar. ¿Sabes, Martín? Tu condición sexual no es algo que debas andar pregonando a los cuatro vientos, así sin más; sin venir a cuento.

—¿Y por qué no? —cuestionó él con un tono entre altanero y risueño, apoyando la barbilla en la mano y el codo en la mesa.

—Porque… Porque… si te comieras las uñas, no sería algo que tendrías que decirle a cada persona que conocieras. ¿O sí?

Hasta la misma Micaela supo que su comparación sonaba ridícula.

—Pues que suerte para ti que no me como las uñas, ¿no te parece?  Mica, estás hablando como si lo de ser homosexual fuese algo sin importancia en mi vida. Una fea costumbre que puede ocultarse y que nadie notará sino hablo de ella, pero no es algo que pueda dejar en mi habitación cuando salgo o cuando conozco gente. Y aunque es algo que no me define de manera absoluta, es parte de quién soy, y dicta en gran medida la manera en la que me relaciono con las personas —Martín se levantó de su silla y rodeó la mesa. Su molestia se había comenzado a convertir, de golpe, en una espinita clavada en alguna parte incómoda de su interior. Odiaba estar en aquellos términos con su madre, pero si ella quería que aquello mejorara, ella tendría que explicarse en ese mismo momento. Se acuclilló a su lado y posó la  mano derecha sobre su brazo—. Siempre creí que era algo que no te molestaba, que aceptabas y entendías, ¿tanto así me engañé? Tú nunca mostraste ningún tipo de… «Síntoma» de rechazo por cómo soy.

—Martín…

Ella quiso interrumpir lo que él estaba tratando de decir, pero él no se lo permitió, negando tristemente con la cabeza.

—¿Qué es lo que pasa? Dímelo de una vez o de lo contrario voy a tomarme la libertad de imaginarme lo que quiera y tú bien sabes que si dejas que mi imaginación ande a rienda suelta puedo llegar a ser bastante fatalista. No puedo evitar notar que todo esto parece haber coincidido con la aparición de Joaquín. Antes de que él apareciera, nunca me habías hecho sentir mal, y menos frente a alguien. ¿Es él la causa de que te estés comportando así?

Micaela bajó la mirada, como una niña regañada y descubierta luego de haber hecho algo malo. Asintió con la cabeza. Martín se puso en pie nuevamente, cruzó los brazos, mirando a su madre desde las alturas.

—En parte, Martín. No me malentiendas, no me avergüenzo de ti. Te amo demasiado… Te acepto y amo tal cual eres; lo que ocurre es que… no soportaría que alguien te rechace y te lastime. Conozco demasiado a Joaquín y es mucho más fácil defenderte de las personas que no son tan cercanas a mí.

—Pero yo no necesito que me defiendas, Micaela, porque aunque veo que te cuesta captarlo, yo soy perfectamente capaz de cuidarme solo. ¿Acaso estás tratando de decirme que Joaquín es una mala persona y que debería dejar de tratarlo?

 Con esto, Martín estaba, inconscientemente, dándole a su madre una oportunidad para hacerlo desistir de lo que se había propuesto. Si ella no decía las cosas claras de una vez por todas, había más posibilidades de darle reversa a la marcha de un avión, de que él se echara para atrás.

Ella meditó, con sus ojos clavados en los de él. Finalmente pareció no haber encontrado nada de verdadero peso para decirle en contra de Joaquín.

—No. Perdí contacto con Joaquín durante mucho tiempo, pero imagino que en esencia sigue siendo la misma persona que conocí hace tanto tiempo. No creo que él sea una mala persona y, sobre todo, no creo para nada que sea alguien con la mente estrecha y que vaya a juzgarte; sin embargo voy a ser muy directa contigo Martín, su familia, sus padres para ser más precisos, son personas muy tradicionales, muy pegados a… a la moral. Ahora que Joaquín está en nuestras vidas, lo más probable es que en alguna ocasión nos crucemos con ellos, y no quiero que tengan un concepto errado de ti. Entiéndeme, amor, no quiero que nadie te lastime.

Esto parecía preocupar mucho a Micaela, preocuparla de una manera que  Martín, a pesar de haberlo tratado, no llegaba a comprender. En su opinión, ella estaba exagerando.

—Pues gracias por lo de inmoral. Bueno, por cómo te he escuchado a ti y a la abuela hablar de Joaquín, dudo bastante que su familia lo tenga a él mismo en buena estima y en el mejor de los conceptos. Si mal no escuché ustedes dos utilizaron incluso la palabra «inmaduro» para referirse a él; con lo cual, por cierto, no estoy nada de acuerdo —rebatió él mirando su reloj, notando que comenzaba a hacérsele tarde para irse a estudiar—, en segundo término, y creo que en esto estarás de acuerdo conmigo, hay aspectos de mí que son mucho más notorios e interesantes que mi homosexualidad. Y por último, si es que llegara a darse el caso de que me cruzara con la familia de Joaquín, ¿en qué podría afectarme a mí, o a ti, lo que ellos pudieran llegar a pensar?

3

Apagó el motor de su auto en cuanto terminó de estacionarse, extrañamente el tránsito no había constituido una prueba maratónica y llegó mucho antes de lo que había planeado. Tomó el morral del asiento trasero y se dispuso a ir directo al salón de clases; nada de quedarse dando vueltas en los pasillos hasta que fuese la hora de entrada. Esa mañana no tenía ganas de sortear miradas, ni de desfilar por los pasillos fingiendo que estaba recubierto por alguna especie de barrera que hacía que nada le afectara.

Para su molestia, cuando llevaba apenas unos cuantos metros de su recorrido, vio a Eticoncito bajarse de la carroza fúnebre que tenía como transporte. En cuanto él se dispuso a abandonar el auto, inclinó su cabeza fuera de éste y sus espantosos anteojos resbalaron. Lo siguiente que se escuchó fue el crujido de los vidrios de los espejuelos haciéndose añicos bajo el torpe pie de su dueño.

Martín negó con la cabeza, riendo con disimulo. Esas eran de las cosas que hacían que valiera la pena madrugar algunas veces.

Tan claro como la luz del día, era el hecho de que lo correcto habría sido ir a prestarle su ayuda, o por lo menos acercarse fingiendo que sus desgracias le interesaban en alguna medida; eso habría estado bien si a Martín le hubiese sido posible acercarse al otro sin partirse de risa. En vista de ello, lo más humano fue pasar derecho y tratar de ignorarlo.

Él era completamente capaz de esperar, y de  pelear sus batallas con clase. Aquello, atacarlo en aquel momento, habría sido demasiado fácil y demasiado obvio.

En su camino, Martín sorteó a la gente con la que se topaba todos los días. Adonde mirara, sin falta, había estudiantes clamando por ser clasificados. Los deportistas, los poetas, los oscuros góticos, las princesitas que despreciaban a todo mundo, incluso una nueva rama que aún le sorprendía que existiera: los pequeños empresarios de la clase especial de economía… tanto idiota proclamando una individualidad inexistente. Realmente estaba rogando porque concluyera el año y salir corriendo de allí. Debía haber algo mucho mejor afuera.

Aquel mundillo era tan pequeño y asfixiante. Tenían todo un sistema de jerarquías organizado que no les serviría absolutamente para nada una vez que salieran de allí y tuvieran que enfrentarse al mundo real. Lo único que les prometía un futuro brillante, era el hecho de que la mayoría, por no decir todos, provenían de familias con dinero.

Inconvenientemente, él no podía separarse completamente del resto, estaba en igualdad de condiciones. Lo único que consideraba tener a su favor, más que los demás, era el hecho de ser sin dudas mucho más encantador y más inteligente que la mayoría. Y si al pequeño sistema de jerarquías se refería, él estaba muy por encima del resto, de eso no tenía ninguna duda; así que por ello se conformaba con el hecho de no tener amigos dentro de aquellos muros del saber básico. Siempre le había sido difícil llevarse bien con personas de su edad; congeniaba a la perfección con personas mayores.

Se sentó en el mismo asiento de siempre y esperó pacientemente hasta que el salón de clases se llenó y empezó a bullir con la actividad habitual… Las voces con los chismorreos, las personas que lo miraban con disimulo, las que lo miraban descaradamente y por supuesto, aquellos que intentaban ignorarlo sin tener mucho éxito.

Alguien le dijo algo acerca de que sus pantalones estaban demasiado ajustados y él hizo algo que odiaba, respondió con una pregunta. Cuestionó a la susodicha acerca de cómo había podido imaginar que tan ajustados estaban realmente sus pantalones, si los llevaba cubiertos con una gabardina que valía más que todo el espantoso guardarropa que ella pudiera poseer.

—¿De qué exactamente hablas, Martín? ¿Qué importancia puede tener el precio de tu ropa? No vas a impresionarme con eso. ¿Acaso eres el único aquí con dinero? Mi familia y yo también tenemos mucho.

—Querida mía, ¿hace eso acaso que automáticamente tengas buen gusto? ¿Cierto que no es así? Es exactamente de eso de lo que estoy hablando, y si tienes dudas, solamente mírate a un espejo —miró por la ventana—. Ah, y sin ir más lejos, si te disgusta lo que acabo de decirte, entonces la próxima vez que sientas la necesidad de criticar lo que tengo puesto, o de hablarme siquiera, simplemente no lo hagas.

Suspiró exasperado luego de que la chica se diera vuelta. ¿Cuándo se había convertido en blanco para los matones? Aquello era ridículo. ¿Y por qué el maldito reloj no se movía más a prisa? ¿Estaría demasiado mal si se fingía enfermo para salir huyendo de allí? Debió quedarse en casa.

Todos guardaron silencio cuando el profesor de Ética finalmente entró al salón de clases. Martín levantó la vista del pupitre y miró hacia el frente con fastidio. Eticoncito estaba frente a ellos, mirándolos con esfuerzo, entornando los ojos gracias a la ausencia de sus anteojos.

—Buenos días a todos —saludó con cierta efusividad y en lugar de tomar asiento tras el escritorio, lo hizo sobre éste. Dejó la pierna derecha apoyada en el suelo y miró hacia el frente con cara de afectación. Mientras Ricardo no abriera la boca, Martín no estaría seguro de si esto último era porque no veía bien o porque quería transmitirles algún tipo de mensaje—. No saquen sus útiles, hoy… Tendremos una clase sin apuntes. En todo caso, faltan escasos seis meses para que su último año escolar concluya, y no va a ser algo que yo diga lo que mágicamente va a hacer que tomen buenas decisiones. No hay un tema estipulado o una teoría válida que los lleve a algo más que no sea obtener una buena nota en mi clase. Así que…—Eticoncito se frotó las manos, bajó del escritorio y se dirigió hacia el tablero, tomando el marcador de la repisa y escribiendo en grandes letras la palabra «YO». —¿Qué es lo que esperan de la vida? ¿Cómo se imaginan su futuro? ¿Qué desean? ¿Con qué sueñan? ¿Quiénes son?

Por supuesto Martín no fue el único en removerse quisquilloso sobre su asiento. Todos miraban con detenimiento a su profesor, esperando encontrar la trampa en aquello, esperando el momento en que se descubriera la broma y Ricardo Azcarate volviera a ser el mismo tipo aburrido y monótono de siempre.

Martín blanqueó los ojos. ¿Qué era aquello? Había miles de cosas que hacer afuera si lo que quería era aburrirse y perder el tiempo. Podía por ejemplo simplemente ponerse a perseguir aves, o contar los autos que pasaban frente al instituto, pero contarle estupideces a su maestro de Ética y Valores Humanos no era una de ellas.

Lo cierto era que si miraba con detenimiento a su profesor, parecía haber algo diferente en él, aparte del obvio hecho de que no tenía puestos los anteojos y que esto revelaba unos grandes ojos de color café. Había un cambio a un nivel micro-orgánico. Ricardo ya había intentado hacer aquello mismo con anterioridad, pero nunca antes le había funcionado… Esta vez, por algún motivo, parecía más convincente.

Pese a todo, y sobre todo a lo que Martín hubiese podido esperar, aquella fue una clase llena de sorpresas. Muchos de sus compañeros terminaron por ceder ante la recién nacida magia y, tímidamente al principio y con más soltura al pasar de los minutos, comenzaron a compartir ideas, planes, sueños y expectativas. Esto ocurrió, por supuesto, luego de que fuera el mismo Ricardo quien contara a sus alumnos la clase de persona que había sido durante su época escolar, y cómo su filosofía de vida lo había acompañado durante un tiempo, para que su verdadera personalidad quedara enterrada bajo la monotonía, las responsabilidades y muchas de las cosas que implica ser un adulto.

Martín analizaba cada palabra y cada movimiento que ejecutaba su profesor. Aquello tenía que ser una broma, todo falso… Se imaginó que quizá sería una manera de echarse al salón de clases entero al bolsillo, pero ¿con qué propósito? Por supuesto siempre pensó que nadie podía ser tan unidimensional y aburrido como su profesor de Ética se mostraba, pero un cambio así… ¿Cuál Ricardo era el verdadero? ¿El mortalmente aburrido o la persona casi humana que se les mostraba ahora? No importaba, se necesitaría mucho, mucho más para que el tipo dejara de caerle de la patada.

De momento, las chicas de la clase lo estaban empezando a mirar con brillantes ojitos de cordero; al parecer notaron que debajo de los anteojos había un hombre joven, dispuesto a escarbar en sus estúpidos terrores adolescentes y que además, Martín debía reconocer, no era tan mal parecido. En algún punto una de las chicas había armado un escándalo melodramático y había confesado a moco tendido lo sola que se sentía, cómo el hecho de tener dinero no le había dado lo que ella más quería, la atención y la compañía de sus padres. Ella aseguró que de hecho el tener dinero era lo que mantenía a su familia alejada.  Por supuesto, esto sólo  le valió para que las personas que estaban sentadas a su alrededor, la miraran raro y pretendieran no conocerla.

—¿Qué piensa de lo que su compañera acaba de decir… —Ricardo miró a su alrededor, buscando a quien lanzarle aquel cuestionamiento— Señor Ámbrizh? ¿Qué es lo que siente al respecto?

¿Por qué él? ¿Por qué Eticoncito no podía dejarlo en paz y solamente ignorarlo pretendiendo que él no existía? Pensó en sólo quedarse callado, pero seguro que eso habría sido peor.

—Sinceramente… Siento lástima; y no por la manera en la que te sientes con respecto a tu familia, sino por tu nulo sentido del ridículo —se acodó en el pupitre proyectando el cuerpo hacia adelante, viéndose intimidante y sumamente atrevido—. Sí tener dinero te hace tan miserable, entonces convence a tu familia para que done todo lo que tiene a algún templo tibetano, o quizá puedan subsidiar la construcción de un orfanato donde una pequeña niñita pelirroja llamada Anita “La Huerfanita” crezca y cante cada cinco minutos sin ninguna razón; de esta manera tú y tu familia seguramente serán una aleación metálica que no se despegue nunca y serán completamente felices. ¿Te parece? Eres todo un cliché, pobre niña rica. Georgy, éste no es el lugar para decir cosas como esas. Ve a terapia.

4

Estaba nervioso. Había cambiado sus pantalones llenos de manchas de pintura por unos jeans limpios de color tabaco. Quería dibujarlo; él no acostumbraba a hacer retratos pero quería dibujarlo porque sus rasgos se le habían instalado en los dedos. Aunque aquello era algo que únicamente su subconsciente reconocía. Extrañamente, de dientes para afuera él pregonaba otra cosa. Joaquín se preguntaba qué era, exactamente, lo que se suponía que debía hacer. Había aceptado aquella situación para complacer a Micaela, pero si debía ser sincero, era un pedido extraño. Le caía bien el chaval, pero por alguna extraña razón, se sentía como un inexperto profesor de guardería al que habían obligado a dedicarse al magisterio.

No era que le desagradara del todo aquello, pero era sin duda algo que él jamás habría propiciado. Jamás se había levantado de la cama con la idea en la cabeza de tener a alguien a quien tomar como aprendiz. Con la cercanía de aquel día, su nerviosismo había ido aumentando exponencialmente. Quizá lo más fácil era omitir las dichosas clases y solo pedirle a Martín que se sentara quieto y callado frente a él y dibujarlo. Ponerle voladores en el culo a sus manos —si es que en alguna medida las manos tienen culos— y acabar con aquel pedido lo más rápido posible.

Miró alrededor de manera concienzuda y ladeó el gesto, viendo con detenimiento el desastre reinante. Era completamente vergonzoso. El crio era bastante despierto, quizá lo suficiente como para saber que así, desastroso y coloridamente descoordinado, era cómo se veía el estudio y hogar de un verdadero artista. Esa era, por lo menos, la excusa que se presentaba a sí mismo para justificarse por no haber arreglado ni siquiera lo mínimo para seguir pasando por un ser humano que se interesa un mínimo en la salubridad. Por otro lado, Joaquín estaba seguro de que Martín era un nenito que nunca había estado lejos de su cuna de oro, y quizá lo que se iba a encontrar allí, no le iba a gustar. A lo mejor lo que esperaba era otra cosa y con suerte se desencantaría pronto de aquel asunto. Confiaba en que sus cuadros y pinceles llamaran más su atención que el desorden.

Decidió entonces que las cosas se quedarían tal como estaban, no tenía por qué presentarle al chaval una imagen falsa de él, no tenía por qué cambiar nada en lo absoluto, con lo único que debía impresionarlo, era con sus destrezas y aptitudes para la pintura, y de eso sabía que tenía de sobra. Pero por supuesto no estaba de más arreglar por lo menos los tendidos de la cama y, por Dios, tampoco era necesario que el chico viera cuántos condones había utilizado con Irina la noche anterior. Cogió la caneca de basura del baño y corrió atravesando la extensa estancia a gran velocidad para tirar dentro los preservativos usados. Fue asqueroso. Vació además el contenedor que utilizaba como cenicero y que rebosaba de colillas.

Y… ¿Qué hacía aquello allí? ¿Acaso Irina se había ido sin las braguitas puestas? Ella solía hacer eso, dejarle pequeños recuerdos de su presencia; se suponía que eran olvidos casuales, pero él sabía que eran con toda la intención… Ocasionalmente una media, la solitaria tirita de uno de los lados de su liguero… El prendedor de su cabello… Para ser alguien que aseguraba sólo estar con él sin ningún interés emocional, se estaba tomando demasiadas molestias. Tomó las diminutas bragas y las metió en el canasto de la ropa sucia que, rebelde, se desbordaba dificultándole ponerle la tapa. Se mesó el cabello, no tenía ni un mísero jugo que ofrecerle a Martín. ¿Cerveza podría ser? ni siquiera tenía vasos limpios.

—¡Jo! Debí haberme preparado mejor para esto —caminó hasta el ventanal y abrió la hoja superior izquierda para que el salón, que tenía un fuerte olor a trementina, se aireara.

¿Qué iba a pensar Micaela cuando su hijo le contara las condiciones en las que estaba su estudio? Y más importante aún, por qué después de tantos años seguía importándole lo que ella pudiera llegar a pensar… Eso no tenía sentido, porque ella era una de las personas que lo conocía a conciencia y no lo juzgaba, o por lo menos lo hacía con menos dureza. Qué importaba como se viera su estudio, lo importante era que las obras que salieran de allí fuesen lo suficientemente buenas como para venderse.

Su teléfono celular armó un escándalo en algún lugar que no fue capaz de identificar de inmediato. Se había hecho con uno únicamente porque Micaela lo sugirió, con una leve y tranquila amenaza, que más le valía permanecer localizable para los asuntos de la exposición; ya que de lo contrario Joaquín prefería mantenerse incomunicado e inaccesible en la medida de lo posible. Encontró el aparato en el canasto de la ropa sucia, envuelto entre los tendidos de cama que finalmente había decidido retirar porque desprendían un evidente olor a sexo.

—¿Si?… ¡Martín! Anda, sube… Hazlo por la puerta lateral, apenas está ajustada… No, no hay nadie en la recepción, lo siento, el edificio está vacío, estoy sólo yo… Te enviaré el ascensor, pero ten cuidado con ese trasto, no te vayas a pillar los dedos con la reja, ¿vale? Éste es un edificio demasiado viejo y temperamental

Un minuto con cuarenta y dos segundos después, las expectativas que Joaquín pudiera tener con respecto a aquel encuentro, ya fuesen nulas, vagas o poco satisfactorias, se fueron al traste en cuanto le abrió la puerta a Martín. Comprendió entonces por qué tenía uno de los cajones del mesón en el que apoyaba los tubos de óleo y los pinceles, lleno de arrugados bocetos de los rasgos que tenía al frente en aquel momento. Aunque su rostro era realmente precioso, Martín no era solamente una cara bonita, era toda una amalgama fresca y sabrosa compuesta por su físico y la actitud que lo acompañaba. Una suerte de genialidad estética y atrayente que le saltó a Joaquín a la cara con el fulgor de una luz de bengala.

Quizá no lo había notado antes, simplemente porque antes no lo habían puesto al alcance de sus manos en aquellos términos; o porque nunca había pensado en él realmente como en su modelo. Quizá simplemente era que los elementos correctos debían converger, para dar paso a la magia. Y únicamente cuando Martín, sus lápices y pinceles, sus lienzos y su piso lleno de manchas de pintura estuvieron juntos, frente a sus ojos y en el familiar ambiente de su estudio, su ser se atrevió a estrechar en fervoroso abrazo el mundo de posibilidades que en aquel momento se desplegaron ante él… Imaginó entonces su rostro, su estéticamente correcto ser, plasmado en carboncillo, sanguina, sepia… Su pincel cargado de óleo acariciando la tela, pasándolo una y otra vez hasta suavizar lo suficiente el trazo…

5

Martín lo miraba directo a los ojos, esperando a que Joaquín lo invitara a pasar. Era difícil fingirse casual y desenfadado cuando él lo estaba mirando de aquella manera tan particular, y sobre todo cuando justamente eso, estaba haciendo que su corazón latiera incómodamente rápido, bombeando demasiada sangre al área de sus mejillas. Normalmente él no era de los que se sonrojaban, odiaba terriblemente verse y sentirse como una colegiala pendeja y virgen. Le estaba costando sostenerle la mirada, pero más le habría costado cortar el contacto visual, cuando había soñado demasiado con que aquel hombre pudiera llegar a mirarlo justo de la manera en la que lo estaba haciendo.  Estaba paralizado, deliciosamente despojado de sus capacidades de movimiento y del habla. Lo único que funcionaba medianamente bien era su razonamiento.

—Oh, pero que tonto soy. Anda, pasa… ponte cómodo y disculpa el desorden… No. Mejor ven, ven y párate aquí, donde te de la luz —le dijo el pintor, con su delicioso acento español, mientras le apoyó las callosas palmas en los hombros y lo hizo caminar hasta el ventanal, donde lo tomó por la barbilla para levantarle levemente el rostro, estudiándolo bajo la luz natural—. Espérame que traigo un taburete… quédate ahí, justo ahí estás perfecto —el hombre fue y volvió con el taburete y durante el corto trayecto para hacerse con el traste no le apartó la mirada, como asegurándose de que Martín, en efecto, no desatendía su instrucción de no moverse—. Déjame hacer unos cuantos bosquejos y mientras, me cuentas qué tienes pensado para el retrato. ¿Vale? Aunque me encantaría que me dieras libertad con eso. Otro día vemos lo de las clases. ¿Te parece?

Maldita sea…

…Cuando escuchó la voz de Joaquín, lo primero en lo que Martín pensó, fue algo inconveniente… En el hecho de que cada maldita película erótica que había visto, y que había sido filmada en el exterior, estaba traducida al español con aquel acento seseante y seductor… Si, la voz de Joaquín se le antojó completamente pornográfica.  

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