Capítulo 7

Capítulo VII

 

Cama con dosel de color malva (Your body is a wonderland)

 

Entrada No. 4 – Diario de Martín.

Si yo hubiese juzgado el sexo basándome en mi primera experiencia, seguro me habría decidido por seguir una vida regida por el celibato; porque he de decir que aquello fue frustrante, doloroso y decepcionantemente rápido.

A los trece, yo debí concentrarme en sacarme un Master en pajearme, y nada más, pues a esa edad yo estaba lleno de un montón de expectativas frente al sexo que quedaron enterradas bajo un gran montón de cruda realidad.

 Aquella primera vez no la planee, sólo pasó.

Yo solamente quería que me desvirgaran los labios. Estaba obsesionado con la cursi idea del primer beso, y ya había escogido al afortunado que me daría lo que yo quería. Me basé para ello en lo menos importante, pero lo primero que saltaba a la vista.

 Ahora sé que era absurdo pensarlo, pero en aquel momento sentía que habiendo decidido tan temprano lo que me gustaba, y habiéndome siempre caracterizado por ser un pequeñajo descarado que se lo dijo a su familia sin más, creí firmemente en la idea de que estaba demasiado mayor para no haber besado a nadie aún.

Viéndolo ahora, desde la distancia del tiempo, sé que de descarado yo no tenía mucho, más que una gran bocota y un montón de términos en mi léxico que en ocasiones me hacían sonar como alguien maduro para su edad. Oh, y por supuesto también cargaba conmigo una gran cantidad de hormonas hiperactivas y dispuestas, por si se ofrecía.

Éramos los dos muy jóvenes. Raúl era sólo dos años mayor que yo. Él no tenía ningún interés en los hombres —yo lo suponía así y no me importaba—, pero con quince años cualquier parte donde «meterla» estaba bien. Bien  pudo haber sido una muñeca hinchable, un panal de avispas o, como terminó siendo, otro chico, este servidor. Él había notado mi interés porque, para mi deleite, no me sacaba los ojos de encima; aunque esto muy posiblemente se debía a que yo tampoco apartaba mis ojos de él y eso puede llegar a mosquear a cualquiera.

Con excusas fútiles logré llevarlo de la escuela a mi casa… Del salón de mi casa a mi habitación… Y una vez dentro de esta última, cometí la imprudencia de hacerlo sentarse en mi cama. A mí solo me pareció que sería el lugar más cómodo para disponerme a recibir mi primer beso.

¡Jah! Aunque… ¿A quién quiero engañar? Yo no «logré» llevarlo conmigo, él se dejó llevar, demasiado fácil, demasiado obediente, contaba con ello de seguro. Yo no era el cazador que pensaba, fui la presa.

Quería que alguien con ojos como los suyos, con un rostro como el suyo, con unas manos como las suyas y a quien yo doté en mi mente de gallardía y amabilidad, fuera quien me besara en los labios por primera vez. No le di ningún tipo de explicación o dije en voz alta lo que quería, porque habiéndose dejado llevar por mí sin poner mucha resistencia, aceptando mis tontas excusas y sin preguntar mucho al respecto, supuse que era obvio  para él que en realidad no íbamos a utilizar la consola de video juegos.

Raúl era un chico muy lindo, era un buen chico —no es el malo de la historia, si es lo que piensas que voy a contarte… Por lo menos no del todo—, hormonalmente lleno de curiosidad y sin demasiadas oportunidades para saciarla. Para ser justos, fui yo quien se atravesó en su camino, poniéndole todo en bandeja de plata.

Recuerdo que me miró con ojos cómplices y su sonrisa,  estratégicamente tímida, estuvo tan bien ejecutada que yo, en mi inexperiencia, la creí y la admiré de cabo a rabo. Fui yo quien hizo el primer movimiento. ¿Cómo iba a ser de otro modo cuando en este asunto me autoproclamé el más idiota de todos? Reclamé mi beso, después de todo eso era lo que yo quería y por lo que había «trabajado». Me sentí extraño el estar saboreando su boca. Él cerró los ojos, así que yo hice lo mismo.

Tenía clara la teoría, decidí llevarla a la práctica moviendo los labios. Utilicé la lengua de manera tímida y explorativa, porque no quería parecer inexperto o mojigato. Quería que aquello fuese grato e inolvidable para ambos… Y vaya que lo logré, aunque mis intenciones eran más inocentes de lo que resultó.

Recuerdo que en ese momento pensé que un beso sabía y se sentía bastante diferente de lo que había imaginado. Inocente de mí, era eso de lo que estaba pendiente… De a qué sabía un beso. No me supo a dulce ni a lollipop, por lo tanto no te diré lo decepcionado que estuve la primera vez que di una mamada, o cuanto tardé en agarrarle el gusto.

Quizá me quedé demasiado tiempo anclado en sus labios, tratando de sacarle todo el jugo a aquello, como con un chicle de frutilla, que no se escupe hasta que ha perdido todo el color y todo el sabor. Quizá hubiese sido conveniente dejar de besarlo cinco segundos antes de lo que lo hice, porque sin pensarlo siquiera, se desencadenó el carrusel de la locura.

Él comenzó a abrazarme, pegándome mucho a él, y yo no se lo impedí. Metió las manos, frías y algo sudadas, debajo de mi camiseta, y yo no se lo impedí. Me dijo, mirándome a los ojos, que yo era un chico muy guapo. Halagó mis ojos, mi boca… Y yo no se lo impedí. Todo fue a más, en cuestión de segundos.

No tuve tiempo de asimilar y flotar maravillado ante el hecho de finalmente haber sido besado en los labios. No tuve tiempo de maravillarme ante el primer cuerpo masculino desnudo que veía y que no era el mío. A penas y tuve tiempo de sorprenderme ante su pronta y adolescente erección. Apenas  tuve tiempo de mirar en dirección hacia mi puerta, para asegurarme de que le había puesto el seguro.

¿Preservativos? Sí, mi madre solía tener una caja entera a mi alcance, una que reemplazaba sin falta cuando la fecha de caducidad llegaba a su límite, temiendo que yo no estuviera debidamente preparado para una situación como aquella, pero en aquel momento toda su prevención fue en vano pues no pensé en ellos. ¿Lubricante? Habría sido buena idea, sin duda; pero a él no le importó porque simplemente asumió que yo sería el pasivo, y ambos éramos por completo inexpertos en el asunto, aunque yo hubiese leído al respecto y de seguro él también tenía alguna información.

La ropa de la parte inferior de mi cuerpo desapareció en algún momento indefinido. No me besó más… No me acarició más… Estaba tan nervioso como yo, así que el juego previo se nos olvidó a ambos. Los dos estábamos más preocupados de que no nos escucharan o nos descubrieran, que de hacer las cosas bien.

Mi erección, que había florecido sin que nadie pusiera especial cuidado en ella,  se fue al garete en cuanto Raúl comenzó a batallar con mi cuerpo para que le abriera paso, permitiéndole entrar. Descubrió  que aquello no era tan fácil como había supuesto, que necesitaba de cierto ángulo, cierta técnica, algo de destreza,  y por supuesto de mi colaboración.

Sin siquiera mirarlo a los ojos, y con la única idea en mi mente de no querer decepcionarlo, yo contribuí abriendo las piernas todo cuanto pude. Aun si quería salir corriendo yo respiraba profundo tratando de obligarme a mí mismo a relajarme, pero mi cuerpo instintivamente rechazaba la intromisión, tensándose… Cerrándose… Contrayéndose.

Como una lucha, así percibí todo aquello… Raúl contra mi cuerpo, yo mismo contra mi cuerpo que se revelaba; tratando de convencerlo de que se rindiera y se dejara hacer. Habiéndolo dejado llegar tan lejos, no quería parecer un imbécil diciéndole que no a esas alturas. Y ya entrado en gastos… Yo también quería saber qué se sentía llegar hasta el final. Así que sostuve mis nalgas separadas para él, aceptándolo… Ayudándolo.

Mi cuerpo, después de tan encarnizada lucha llena de suspiros fuertes, de quejidos contenidos y de lloriqueos que yo aguanté cuanto pude, finalmente cedió… Sentí alivio cuando la intromisión se facilitó al final. Me dolían las pantorrillas de haber sostenido la parte inferior de mi cuerpo en vilo, mientras la superior seguía recostada en el colchón para facilitarle las cosas a él.

Aquella mierda me dolió. Me dolió lo suficiente como para haberme hecho saltar las lágrimas… Pero esos son los inconvenientes de transgredir las funciones anatómicamente correctas de las partes del cuerpo humano

…Cuando finalmente estuvo completamente dentro, recuerdo que pensé que con todo ese trabajo, más valía que lo que siguiera fuera algo de verdad impresionante.

Ambos sudábamos copiosamente después de la tarea, que en aquellos momentos me pareció maratónica y difícil, que significó la penetración. Vencimos el obstáculo y casi me provocó ponerme a vitorear. Antes de empezar a moverse, él me preguntó si me sentía bien, un buen detalle, pero seguro lo hizo al ver mis lagrimones. Le dije que estaba bien con un asentimiento de cabeza; aunque la verdad era que me sentía incómodo. Tenía, después de todo, un pedazo del cuerpo de otra persona dentro de mí. Más que mi cuerpo, era mi cabeza la que tenía que asimilar aquello… Si se piensa bien eso es extraño, tanto como el hecho de que una persona crezca dentro de otra.

Raúl se movía demasiado rápido contra mi trasero, así que a veces se salía y volvía a buscarme con afán; me respiraba en el oído como lo haría una persona a punto de morir a causa de un ataque de asma. Es así como lo recuerdo, como si él se hubiera hecho una paja con mi trasero, pero esto a causa de la inexperiencia, porque como he dicho, él era buen chico. Sólo…  fuimos demasiado lejos, demasiado pronto.

Instintivamente hubo un momento en el que mi cuerpo comenzó a reaccionar ante la estimulación y, justo cuando comencé a pensar que aquello prometía, cuando mi respiración comenzó a volverse superficial y mi pipí comenzaba a llenarse de nuevo, Raúl gruñó en mi oído y yo sentí como me llenaba el trasero de humedad. Él se sacudió con pequeños espasmos que yo envidié.

No tuve un orgasmo. Solamente me dieron un beso y me dejaron ardiendo el trasero. Caminé raro durante días e ir al baño fue un verdadero suplicio. El chico en cuestión, unos cuantos días después, me dijo que para él aquello no contaba como sexo real, porque había sido conmigo, un hombre… Pero que yo era el chico más lindo con el que se había cruzado jamás y  que siempre tuviera eso presente. Me lo dijo como una especie de premio de consolación, como si yo necesitara que él me dijera aquello para saberlo. Después de esto huyo de mí como se huye de una patada en la entrepierna, como si cupiera la posibilidad de que yo estuviera tan loco como para querer repetir la experiencia con él.

 Yo sólo quería un maldito beso y lo obtuve. Fin.

No soy un bloque de hielo. A los trece no se es tan frívolo, no hay una marcada diferencia entre alguien que nos gusta y un simple «affaire», y aunque yo no quería de él más que un beso y jamás soñé con que fuese mi primer amor, me atraía un poco, por supuesto. Su estúpido rechazo post-coital me dolió, y lo hizo precisamente porque él no me interesaba. Yo hubiese querido decir aquello primero y herirlo «Esto no contó». Y algo bastante parecido a la rabia a la que no se le puede dar rienda suelta me invadió. Estuve unos cuantos días como una peonza, girando en estados de ánimo que fluctuaban entre la rabia, la tristeza y la culpa; todo dependiendo de con quién y dónde estuviera.

Ponerme a gritar en el patio del instituto que él era un eyaculador precoz, únicamente para vengarme, me habría convertido a mí en una puta de manera instantánea. Así que me obligué a tragarme mis sentimientos y solamente lo dejé pasar. Hice lo mismo que él, eché aquello en el saco del olvido… Lo hice a su debido tiempo.

Ni siquiera éramos amigos.

Me sentí estafado.

Tenía trece.

Por un tiempo estuve convencido de que mi madre leería en mi rostro lo que había pasado y se sentiría decepcionada… Creo incluso que en el fondo yo lo deseaba un poco. que me preguntara, que me regañara. Me sentía culpable cuando ella me achuchaba entre sus brazos y consentía mi frente, mi nariz y mis mejillas, besando al niño que yo ya no era. Si ella llegó a saberlo o lo sospechó, nunca me dijo nada. Yo tampoco lo hice.

Superé todo y no me traumé. A mi favor debo decir que después de eso, afiné mi «target».

Hacía mucho que no pensaba en ese idiota… Me gusta pensar que fue mi primer y único idiota.

¿Qué si hubiese querido esperar? Tal vez. ¿Qué si hubiese querido que hubiese pasado con alguien diferente? No lo sé, después de todo ese pendejo era muy simpático. Lo cierto es que esa experiencia me hizo tomar la sabia decisión de no volver a soltar «mi tesorito» tan fácilmente y que, aunque suene egoísta, supiera que la primera persona a la que debo complacer, es a mí. Las expectativas que debo cumplir son las  mías. Por supuesto también espero que la persona que esté conmigo tenga el suficiente amor propio como para querer cumplir con los mismos parámetros, y que yo cumpla al cien por ciento dentro de sus expectativas.

La Internet me dio lo que necesité en aquel momento para dar un paso al frente: una cantidad casi inacabable de relatos anónimos de otros que, como yo, habían tenido una primera experiencia no muy grata, además de la certeza de que únicamente volvería a dejarme tocar de alguien que supiera exactamente cómo deben hacerse las cosas, que me guiara, que me enseñara… Alguien con experiencia, alguien mayor. Alguien que con el tiempo —no mucho— apareció.

La primera vez es torpe, insegura, rápida. A lo más que llega es a ser algo tierno, si es que hay amor presente, pero ese no fue mi caso.

Supe que aquello de orgasmos simultáneos —con la sincronización de un reloj suizo—, quedarse dormidos inmediatamente después —como si no hubiera que asearse—, decir «Te Amo» en el momento cumbre y preciso,  existe exclusivamente en los malos escritos idealistas, y que quien describe su primera vez así, era un completo mentiroso.

Todo, absolutamente todo, sólo mejora con la práctica.

  1. A.

 

1

Martín le quitaba el aire.

Joaquín nunca antes había puesto sus manos en las carnes de otro hombre. Nunca se le había pasado por la cabeza el siquiera intentar tal cosa,  pero su renuencia y la culpa que pudiera llegar a sentir habían sido rápidamente sepultadas bajo el peso del deseo y la lujuria que aquella piel blanca, joven y prohibida le clavaba en los sentidos.

Había tenido sexo de aquel modo con una considerable cantidad de mujeres pero aquello, aquel muchachito que de manera experta se ondulaba sentado a horcajadas sobre sus caderas, era completamente diferente. En una misteriosa manera, simplemente lo era.

Benditos aquellos que se pasearon por el cuerpo de Martín antes que él y lo habían versado en el arte del sexo. Ese chico era como una máscara de ángel con cuernillos coronándola… No había mucho de inocente en él, pese a su cara de no romper un plato, y Joaquín contaba con llegar a descubrir hasta dónde llegaban sus alcances. De momento tenía la certeza de que se movía de manera precisa, que tenía a su disposición todo un arsenal de erotismo que utilizaba sin darle tregua y que su boca estaba dotada de una destreza deliciosa que lo enloquecía por completo.

Las últimas dos semanas habían sido un completo frenesí… Un lapso de tiempo coloreado del color rojo de los labios de Martín siendo incesantemente envueltos con los suyos. Las paredes de aquel estudio se habían convertido en sinónimo de erotismo, pues no se sentían capaces de estar allí sin tocarse y sin terminar teniendo sexo de manera desenfrenada.

En cuanto Martín atravesaba su puerta quería desnudarlo y enroscárselo alrededor del cuerpo… Olerlo, bronco aspirarlo, apachurrarlo contra él hasta que se le abriera el pecho y pudiera ver dónde era que estaba oculta su musicalidad; porque debía sin duda ser música lo que llevaba por dentro para que se moviera con aquella gracilidad. Su sexualidad era musical… Música de tambores africanos, que se mete en las venas y enloquece.

  Si por lo general terminaban arrastrándose hasta la cama, era únicamente porque los ventanales desnudos los obligaban a ello; de lo contrario no le habría importado tomarlo contra la columna en el centro del estudio. Tenían entonces sexo entre las sábanas revueltas de su cama, rodeados del espeso cortinaje a modo de dosel que los acaloraba y los hacía sudar.

Joaquín se llenaba las manos con él. Con su cuerpo elástico y sorprendente, con sus apretadas carnes magras. En ocasiones hubiese querido tener manos más grandes, o ser sólo manos y falo, para poder tocar más de su piel con una sola caricia, para poder llegar más profundo… Para sentir más de aquel estremecimiento que se apoderaba del muchacho cuando lo tocaba, cuando lo apretujaba contra él, obligándolo a respirarlo en lugar de al aire… Quería ser únicamente cuerpo y dejar su mente de lado… Su mente que, envidiosa de sus terminaciones nerviosas que se daban un banquete, insistía en empezar a analizar lo que estaba haciendo y lo enfrentaba a la realidad. Una realidad que le gritaba a la cara que aquello no podía, ni debía durar.

«Eres sexo Martín… Tú eres sexo» pensaba perdido en aquel cuerpo recién descubierto; porque en ocasiones incluso su mente caía bajo el embrujo y se olvidaba de tratar de amargarlo por lo que estaba haciendo.

Le contaba los lunares depositando besos sobre ellos. Un lunar sobre el riñón derecho, otro sobre la parte trasera del hombro izquierdo, uno más en la parte alta del cuello… Posaba la mirada en la cicatriz de la vacuna contra la tuberculosis en la parte superior de su brazo izquierdo, luego le estampaba un beso encima, a veces muy sonoro, otras veces casi mudo… Miraba con un hambre inconveniente, que contenía, su virilidad joven y briosa… El mapa de su cuerpo… Un mapa que estaba inmortalizando en lienzo y grabando a fuego contra su piel y su memoria.

Aquella tarde hizo lo que no había hecho ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez… O la veinteava… Había perdido la cuenta de cuántas veces tuvieron sexo en los días pasados. Venció sus reparos y llevó la mano a la hombría de Martín, y rodeándola impetuoso le dio la atención que el muchacho solía prodigarse a sí mismo… Una caricia bendita y caliente. Lo masturbó sólo para verlo revolverse enloquecido sobre su entrepierna. Martín proyectaba en Joaquín el placer que sentía ante su toque potente, moviéndose y contrayéndose sobre la erección que lo tenía preso, dándole un increíble placer a ambos.

Sus gemidos llenaron cada rincón de aquella estancia, instalándose en el baño, detrás de los cuadros, entre los pinceles, llegaron hasta el techo e hicieron eco. Martín gimió… Joaquín bramó… Ambos balaron, cualquier adjetivo sonoro humano o animal, era poco para tan ronca pasión. Martín respiraba fuerte, muy fuerte… Como si el aíre no le fuera suficiente para llenarse los pulmones.

A Joaquín le sorprendió verlo emocionarse así por tan poca cosa, tan sólo porque él finalmente hubiera decidido acariciar su intimidad. Aquella era una de las últimas barreras que quedaban entre ellos, quizá inconscientemente y de manera estúpida Joaquín se había resistido a ello, aferrado como estaba a la renuencia de ver su heterosexualidad irse por el drenaje. Viendo en aquellos momentos como había reaccionado Martín por aquello tan simple, y que él también estaba disfrutando, hubiese querido haberlo hecho antes. Y Martín, su Martín, no le exigía, solamente se entregaba, dejándole las opciones abiertas, enseñándole, desvirgando su mente en cuanto a las artes amatorias entre hombres.

 Sintió las piernas del chaval temblar contra las suyas… Niño tan bonito… Niño tan entregado… Su cuerpo jadeante bañado del color malva que los envolvía, producto de la luz del sol chocando abundantemente contra el dosel.  Como le habría gustado a Joaquín dibujarlo justo así, perdido como estaba en lo más alto del pico del éxtasis. Cómo le habría gustado a Joaquín cogérselo contra aquel vidrio, a plena luz del día, y dibujar después la mancha lechosa que quedaría pringando aquel ventanal.  

2

Joaquín le quitaba el aire.

De todas las maneras posibles… Le arrancaba el aire.

—Me estás matando, Joaquín… Me estás matando —declaró con los ojos cerrados, respirando duro, pletórico ante la caricia abrazadora de la mano de Joaquín sobre su sexo. Su hombre se había hecho diestro en eso… En tocarlo así, masturbándolo… Tratando de arrancarle el alma, rompiendo los paradigmas de su heterosexualidad y llevándolo con ello al cielo.

Se estaba quemando, lo estaba haciendo… Y la cuestión estaba lejos de ser puramente metafórica. El calor era demasiado y el oxígeno escaso. Martín estiró una de las piernas hasta el cortinaje y lo apartó con brusquedad. La luz exterior inundó el lecho a través de la brecha. Sintió la luz solar de las últimas horas de la tarde calentarle medio cuerpo.

Sabía que si abría los ojos y veía la mano de Joaquín aferrada a su sexo, iba a dejarse ir de inmediato y no quería… No aún.  Así que al abrir los ojos clavó la mirada directamente en los orbes de Joaquín, e hizo lo que no había hecho ni la primera, ni la segunda, ni la tercera vez… O la veinteava, ya quien sabía cuántas veces habían hecho el amor en los días pasados; apresó su rostro barbado entre las manos, dibujando sus pómulos con los pulgares mientras seguía meciéndose y juntó sus frentes. Depositó entonces un suave beso en la punta de su nariz. Sólo… Se le escapó aquello. Esperó que ojalá tamaña tontería pasara desapercibida, tal cual como nadie se sienta a charlar, por ejemplo, acerca de las palabrotas que se sueltan durante el coito algunas veces.

Joaquín sonrió, dejó su pene en paz, rodeó en cambio su cintura con una fuerte llave, pegó del todo sus torsos y empujándolo hacia abajo, removiéndose para llegarle más adentro, dejó su pene preso entre ambos cuerpos… Arrancándole un gran gemido.

—Eres un crío —declaró—. Eso es de críos, Martín. Hay partes de mí más interesantes que puedes  «besar» cuando quieras.

Joaquín apretó más el agarre. Sus abrazos siempre eran así, apretados e impetuosos. Martín rodeó su cuello, con la frente aún apoyada en la ajena. Comenzó a moverse duro, sin tregua, frenético y exigente… Hacia adelante y hacia atrás, sin que nada se le escapara de adentro.

Hizo que Joaquín se tragara sus suspiros, sus gemidos y sus gritos, lanzándoselos directo al rostro.

Se comieron, se lamieron y se besaron, con el sol del final de la tarde sobre la mitad izquierda de sus cuerpos… Como si el mañana, o los vecinos impresionables y fisgones, no existieran.

3

Martín se dejó caer de lado en la cama, desmontando a Joaquín. Una mano sobre el pecho, su respiración demasiado rápida, el corazón retumbándole en las costillas. Una sonrisa satisfecha y casi incrédula en los labios, y la boca de Joaquín que rio contra su vientre.

—¡Joder, Martín! Menuda cabalgata —dijo en tono agitado y burlón el pintor—. Mirad nada más cómo te he dejado. Tan agitado y acalorado que hasta das pena, chaval. ¿Qué tal te encuentras? —Joaquín apoyó un codo en la cama y alejándose de su vientre ladeó el cuerpo para quitarse el preservativo. Le hizo un nudo en el extremo y lo dejó sobre la única mesa de luz que había.

Martín rio fuerte, llevándose la otra mano al puente de la nariz y negando con la cabeza. Joaquín siempre le preguntaba lo mismo al terminar. No sabía si aquello se debía a que en serio temiera lastimarlo, que lo creyera tan delicado como para que llegara a desarmarse o como una manera indirecta de decir que se sabía tan bueno en la cama, que su brío sexual pudiera llegar a dañarlo.

—Pues… Estoy mareado y creo que me has sumido una costilla.

Joaquín elevó las cejas.

— Creo que voy a tomarme eso como un cumplido —el pintor se sentó en la cama y se dio una palmada en las rodillas—. ¿Tienes hambre? ¿Quieres que te arregle algo para comer?

Mientras preguntaba, Joaquín alcanzó su ropa interior y se la colocó, oculto tras el cortinaje de la cama.

—No —Martín sentía que su corazón se negaba a aminorar el trote y seguía bailoteándole frenético en el pecho. Respiró profundo tratando de serenarlo, las manos y las piernas aún le temblaban. El ímpetu sexual de Joaquín estuvo particularmente duro aquella tarde, estaba contento por haber vendido dos de sus cuadros en una exposición en la que, justamente, había presentado sólo esos dos. Su nombre comenzaba a ser reconocido gracias a las manos mágicas de Micaela—. Estoy muerto de hambre, pero debo irme ya. Tengo una cita.

Martín normalmente solía aguantar cualquier tipo de voltaje, por exigente que este fuera; pero después de esta última faena, estaba realmente agotado. Solamenteg quería remolonear en la cama y disfrutar de la confianza y la familiaridad que había nacido entre ellos y que cada vez se afianzaba más.

«He creado un monstruo» pensó, divertido.

 Se encogió sobre la cama sin apartar los ojos de Joaquín, de su cuerpo dorado, musculoso y velludo, del cabello suelto y alborotado del que se había asido para cabalgarlo. El hombre se estaba fumando un cigarro frente al ventanal. Parecía pensativo mirando el horizonte. Quiso sacarlo de su ensimismamiento.

—¿Fumar después del sexo? Eres todo un cliché, señor pintor.

Joaquín se alejó el pitillo de los labios y lo miró divertido, con una ceja elevada en lo alto de su frente.

—¿Te atreves a encasillarme? ¿Tú? Niñito rico de mamá. Tú, con tu ropita cara, tu auto de lujo y ninguna preocupación en la vida. No me hagas reír. ¿Vale?

Martín sonrió a su vez, sentándose en la cama y mirándolo embelesado, se dispuso a contestarle. Joaquín le soltaba aquellas cosas con un tono petulante y la sonrisa retorcida, eso era una verdadera novedad para él. Por lo general Martín solía recibir solamente halagos por parte de los hombres, porque las chicas eran otro asunto bien distinto.

 El sol había descendido rápidamente y una tenue sombra envolvía a Joaquín, volviéndolo uno con la habitación. Las luces del estudio estaban apagadas, así que ya sin temor de que pudieran verlo desde afuera, abandonó la cama, y desnudo como estaba se encaminó en su dirección. Osado se recostó de frente contra el vidrio frío del ventanal.

—¿Por qué me dices algo cómo eso? ¿Qué hay de común en mí? Y… tú  y yo no somos tan diferentes en realidad. También perteneces a una familia con dinero —se recargó sobre un pie, levemente mareado—. Lo que pasa contigo es que la etapa de rebeldía contra la vida que suelen vivir algunos,  no la has dejado ir aún. Estás apegado a tu bohemia, pero lo estás haciendo bajo el amparo del dinero de tu familia —se  dio la vuelta, mirando el paisaje urbano y regalándole a Joaquín su desnudez en los tonos sepia de la hora límite entre el atardecer y la noche, al escuchar que el otro se disponía a protestar—. Vamos, Joaquín. ¿De quién es este edificio acaso? Tienes un estudio inmenso en este edificio vacío. Cuentas con todas las comodidades del mundo… Este lugar solamente puede ser de tu familia. Tienes este lugar impresionante y lo mantienes como una pocilga únicamente para sentir que te estás revelando y que en realidad no estás sólo viviendo en una extensión del nido. No eres tan complejo, ¿o sí?

Joaquín cerró los ojos y negó con la cabeza mientras sonreía con ligereza, como si estuviera llenándose de paciencia para hablar con alguien necio o demasiado pagado de sí mismo.

—Martín… Martín —Joaquín suspiró exageradamente—, niñato atrevido que cree que se las sabe todas —le dijo con la voz enronquecida; con una sonrisa ladina y lobuna que hizo que Martín se estremeciera de placer… Joaquín se acercó lentamente, viéndose amenazador y letalmente atrayente, con la penumbra a sus espaldas y el brillo eléctrico recién nacido y lejano de la ciudad de frente. Devorándoselo con los ojos. Abriéndole el pecho con esos ojos—. No tienes ni una jodida idea de quién soy… Si yo fuese alguien bueno, lo suficiente como para que mi familia me determinara y me protegiera como tú dices, no te permitiría estar tan cerca de mí —Joaquín lo acorraló con su cuerpo, presionándose sobre él. Sus nalgas quedaron aplastadas contra el frío vidrio y parte del marco de la ventana se le clavó en la cintura—. Y este edificio no es de mi familia… Es de la tuya.

—¿Unh?

Martín no tuvo tiempo de analizar aquella nueva información, pues sus labios quedaron prisioneros en la boca de  Joaquín… Su barba rasposa le arañó el rostro y la sensación le robó el aliento. Posó su mano en el torso ajeno, tratando de contenerlo un poco; quizá queriendo tomar el control… Y sintió sobre este la textura rasposa  de su propio semen ya seco.

El bulto entre las piernas de Joaquín se llenó en cuestión de segundos, presionándose contra su abdomen bajo… Mareándolo de placer y llenándolo de orgullo por ser el causante «Contemplad mi obra». Se engarzó a su cuello, se enganchó en sus caderas… La espalda apoyada contra el ventanal.

Quería decirle mil palabras.

Decirle de manera precisa cuánto y cómo había llegado a quererlo en tan poco.

Explicarle a aquel hombre lo que despertaba en él.

Agradecerle por aquella suerte de nuevo sentimiento…

Sentimiento… Sentimiento… Cursi sentimiento.

Quería repetir aquella palabra hasta que perdiera sentido y así arrancársela de adentro.

Inconveniente sentimiento.

Quería explicarle hasta qué punto sentía que le pertenecía.

«¿Cómo pudo pasarme esto a mí? Esto una tortura».

Pero todo lo que quería decirle se le olvidó… Todo se convirtió en una ensoñación caliente, llena de las brumas del final de la tarde que le nubló los sentidos. Sólo tuvo cabeza para tartamudear un «Por favor» pidiéndole que no prolongara más esa espera tortuosa… Pidiéndole que se apurara, o que detuviera aquello, ya no lo sabía. Sólo un «Por favor».

Joaquín lo penetró fuerte y de una sola vez, sin apartar los ojos de los suyos, haciéndolo gemir fuerte, haciéndolo disfrutar de aquel ardor particular. Por primera vez lo hicieron sin la barrera de látex interponiéndose entre ellos. Joaquín quería que se dejara poseer completamente, que se abandonara en sus manos, y así lo hizo.

Se sintió extasiado, expandido hasta el infinito, invadido hasta los huesos.

La prisa… El placer… Joaquín. Lo quería… Lo quería… Lo quería, Lo… ¿Amaba?… LO AMABA.

LO AMABA.

Dejó de moverse durante una décima de segundo, procesando aquello… Estaba enamorado, como un idiota, lo estaba.

Dejó de importarle el frío del vidrio, la luz de la ciudad y los cerros de fondo… Dejó de importarle el estar desnudo contra una superficie transparente, que no estuviesen dentro del acostumbrado capullo color malva, que el marco detrás de él le estuviera reventando la espalda, que tenía una cita para cenar con su madre y abuela en menos de veinte minutos, o que el hombre preso entre sus piernas y prisionero en sus entrañas había hecho realmente poco para ganarse su cariño y admiración, aparte de simplemente ser él.

¿Era eso el amor? ¿Aquella ebullición naciendo, creciendo y explotando en su interior a una velocidad vertiginosa?… Si era así, entonces lo amaba…

 

Entrada No. 5 – Diario de Martín.

Mi cuerpo jamás tiene suficiente de él… Todo su cuerpo no me basta… He aprendido a desearlo y a quererlo tanto, que lo que quiero, aunque suene mal y terriblemente dependiente, es arroparlo con mi piel, interiorizarlo, absorberlo de ser posible para tenerlo más adentro aún.

Quiero más… Te quiero a ti…   

Estoy perdido. Estoy jodido… Estoy enamorado.

M.A.

 

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