Capítulo 1: Los Hilos Se Cruzan Por Primera Vez

Empezar de nuevo…

 

Hace cientos de años atrás, en una tierra de nadie, vivió un lobo gris de patas blancas y ojos claros y brillantes. Su manada era conocida entre los de su especie, como la más grande y prospera, pues el lobo, consciente de su responsabilidad, cuidaba con esmero de cada uno de sus miembros.

Al caer el sol, su alma libre y jovial lo llevaba a recorrer toda la extensión de su territorio. Lo hacía cada día sin falta. El lobo disfrutaba de la sensación de sus patas sobre la nieve y el viento que al correr despeinaba su pelaje.

 

Una noche, cuando las primeras estrellas comenzaron a brillar en el cielo, un aullido particular proveniente de uno de los suyos, le hizo volverse con desesperación. Su manada estaba en peligro, le necesitaban.

Corrió con tal velocidad que parecía como si una luz surcara el frío territorio boscoso. Y aun así, cuando llegó hasta la entrada de su madriguera, tal dolor le envolvió al ver a todos los suyos muertos. La nieve, ahora de un color rojo espeso, contaba la lucha cruel tras la que cada uno había perecido, para justo después, despojarlos de su piel. Les habían cerrado el paso, incendiando ambas entradas para que no pudieran escapar.

El lobo sintió su vida entera desquebrajarse a pedazos. Lloró y aulló sobre los cuerpos inertes de los que amaba. Pero en medio de todo ese dolor, que bien podría hacerle perder la cordura. El odio y resentimiento lo fue alcanzando.

Solo había un enemigo capaz de semejante barbarie.

Enardecido de coraje y con el dolor recorriendo sus venas, juró que vengaría a cada uno de los suyos. Diez hombres por cada uno de mis hermanos Prometió.

Esa noche lloró su pena como no lo hacía desde que era un lobezno. La luna, enternecida por su lamentable situación, posó su luz sobre él y lo cubrió.

El lobo sabiendo que ella era lo único que le quedaba, rogó que le ayudara a vengarse.

La luna como madre piadosa comprendió su dolor y le concedió su deseo. Lo ayudó fortaleciéndolo… aumentó su tamaño hasta transformarlo en un animal colosal, mucho más fuerte y veloz. Cambió su jaez gris por una espesa masa de pelos negros y quitó el brillo de sus ojos claros, tornándolos de rojo intenso y siniestro.

Pero le dio una advertencia, pues si bien, el astro comprendía la aflicción del animal, no podía tomar partido por él y tampoco por los hombres. Ella le dijo que únicamente debería tomar la vida de quienes habían asesinado a los suyos, ninguna más. Debía obedecer o pagaría las consecuencias.

El lobo aceptando la única condición fue en la búsqueda de los asesinos, bastaba con seguir los rastros de sangre y las pisadas para dar con ellos. Llegó hasta el poblado más próximo, un asentimiento creciente a un par de kilómetros a las fueras de su territorio. Esa noche, todo el poblado pereció.

La luna, decepcionada de su desobediencia le dijo que lo transformaría en lo que más odiaba. Un humano. Y que el animal y el hombre habitarían en un mismo cuerpo, en una constante lucha por devorarse mutuamente. También se rehusó a devolverle su forma original, confinándolo a una vida de soledad, por su aterradora apariencia.

Dicho castigo ha persistido tras el paso de los años, y se dice que aún existe ese híbrido sobrenatural, el que cada noche aúlla a luna implorando su perdón, deseando que ella nuevamente pose su luz sobre él y lo separé del hombre, sobre el cual no puede tener control. Y quien lo debilita lentamente, amenazando su existencia y su cordura.

 

Cerré el libro sintiéndome afligido por el lobo, era injusto lo que le había sucedido y también el castigo de la luna. Ella debió saber desde el principio que el lobo no sabría cuando detenerse, que el dolor y la ira lo segaría. Era precisamente por esta razón que no me gustaban este tipo de leyendas. Siempre hay desventuras y tragedias. Miré el título del libro: Historias sobre el origen de los hombres lobo. Volví a la contra portada y releí la dedicatoria.

Es mi libro favorito así que leelo hasta el final.

Platicaremos sobre lo genial que es… cuando te visite en las vacaciones de fin de año. Hasta entonces, cuidate mucho y abrigate bien.

¡Feliz viaje Ariel!

Con cariño: William xoxo.

— ¿XOXO? — Me pregunté mentalmente mientras mis dedos recorrían ese extraño simbolismo. Este tipo de afecciones empezaron a formar parte de su vida, desde que se hizo novio de esa chica de tercer grado al segundo día de conocerla y de eso ya había pasado con hoy, cuatro largos y eternos días.  Él era así… un loco enamorado que creía que los hombres lobo realmente existían y que eran una raza superior a la nuestra.

Will es alguien muy preciado en mi vida, mi mejor amigo… mi único amigo para ser exacto. Y pese a que tenía gustos literarios bastante peculiares, lamentaba el que tuviéramos que habernos separado.

Su ausencia dejaba un vacío en mi interior, al igual que dejar la ciudad en la que había crecido y todo lo que implicaba cambiarse de residencia.

Pues tratando de ser honesto y sin importar todo lo malo que había ocurrido… había sido feliz Atlanta. Pero al mismo tiempo, estaba contento de poder ver de nuevo a mis abuelos, aunque hubiera preferido que los motivos hayan sido otros.

Estaba terriblemente avergonzado con ellos, aún si no había sido culpa mía que mi madre nos abandonara a mi padre y a mí para irse con alguien más. De todos modos, me sentía mal. Como si hubiera sido mi responsabilidad evitarlo. Y no que fui el último en enterarme. Cuando ya no había nada que hacer.

El aviso de que todos nos abrocharamos los cinturones de seguridad porque íbamos a aterrizar, me hizo olvidarme de mis conflictos internos. Retiré la cortina y miré por la ventana. La última vez que estuve en Rumanía tenía cinco años. Papá me había traído para que mis abuelos me conocieran y ahora que estaba de vuelta, era para quedarme, por lo menos, hasta concluir la carrera.

 

“Pasajeros del vuelo 214 Bienvenidos a Alba Lúlia, la capital de Transilvania.

¡Que disfruten de su estadía! ”

 

El parlante volvió a escucharse mientras nos ofrecía la más calurosa de las bienvenidas, teniendo en cuenta que hacía un frío insoportable. Incluso la pista estaba cubierta de una ligera capa de nieve. Aun con todo, estaba feliz de haber llegado.

Sobre todo, después de casi diecinueve horas de vuelo en las que mis piernas terminaron atrofiadas por la cansada posición en la que tuve que viajar, ya que mis pies no alcanzaban a tocar el piso. Es el problema de las y los bajitos, pero yo aún conserva altas exceptivas de que lograría crecer un poco más antes de llegar a los veinte.

 

***

 

Después de recoger mi equipaje y de que el transporte me trajera hasta el hotel, pude hablar con mi padre. Lamentablemente las noticias fueron malas.

Su cambio de sucursal no se autorizaría pronto, pero dijo que dentro de cinco meses a más tardar, estaría aquí. Por momentos me daba la vaga impresión de que pretendían deshacerse de mí. Pero papá sonaba afligido y preocupado, así que quizá no debería pensar de esa manera.

Nunca antes nos habíamos separado tanto tiempo y cinco meses me resultaba más de lo que esperaba tener que soportar. Pero pronto estaríamos juntos de nuevo y él lograría su tan esperado ascenso como catador de vinos. Entonces seriamos felices de nuevo, eso era lo más deseaba, entre otras cosas, porque estaba seguro de que si él era feliz, entonces, yo también podría volver a serlo.

Me había dejado caer sobre la amplia cama de mi habitación, no me había molestado ni siquiera, de cambiarme. Está muy cansado… terriblemente casando.

Mi celular vibro en mi bolsillo, cuando tuve la pantalla frente a mí no puede evitar sonreír. — ¡William! — Le nombre con cierta emoción, sabía que llamaría, pero no esperaba que lo hiciera tan pronto. — Oye… no te rías en mi oído. — Me quejé.

— ¿Qué tal estuvo el viaje? ¡Lindo no! — Bromeó. — De seguro no querrás volver a sentarte durante toda la siguiente semana…

— Algo así… — Respondí. Hubo un silencio largo, hasta que lo escuché resoplar.

— ¡No, Ariel!… No hagas esto de nuevo. — Me regañó. — Prometiste que no entristecerías…

— No estoy triste… — Me adelanté a responder.

— ¡Mentiroso! – Reprochó. Bien, quizá lo estaba un poco, pero solo un poco. — También prometiste que serías más sociable. Que te esforzarías para hacer nuevos amigos.

— Acabo de llegar Will, ya podré hacer eso mañana.

— ¡Que mala actitud! — Me regañó. — No seas tan retraído y tímido o terminaras aferrándote al primer desquiciado que te dirija la palabra, tal y como pasó conmigo. — Me reí ante su comentario. William tenía gustos y manías peculiares, pero a mi parecer no era una mala persona. — En vez de estar lamentándote por tu miserable vida, sal a conocer la ciudad… ve a un bar y conoce a una linda chica rumana… o chico. — Ladeé los ojos ante el comentario y el énfasis de la última palabra. — Lo que quieras, pero entretente con algo.

Pese a que el tema indiscutiblemente le incomodaba, insistía en tocarlo. Will era un don juan indomable y siempre andaba tras una nueva conquista, contrario a mí, que lo seguía y observaba a una corta y segura distancia.

— ¿De nuevo con eso? Ya te explique no sé cuántas veces, que fue un accidente… — Agregué mostrándome fingidamente agredido. — ¡No me gustan los hombres!

— ¡Sí, lo que tú digas Ar! — Dijo para zafarse, como decimos los jóvenes “dándome el avionazo”. — La interminable fila de novias que dejaste aquí, tan devastadas… Dicen lo contrario. — Se burló.

Y aunque no me veía, me encogí de hombros. Soy demasiado tímido para entablar ese tipo de relaciones. Además, las chicas hablan de muchas cosas a la vez y no puedo seguirles el ritmo de la conversación. Me ponen muy nervioso cuando me sonríen por todo o sacuden sus rubios cabellos frente a mí como si esperaran algún halago de mi parte y lo peor de todo es que nunca sé que decir. — Sabes que no me importaría… ¿Cierto? — La voz de Will, tan calmada pero segura, me sacó de mi ensimismamiento.

— Si… — Respondí. — Sé que no importaría, aunque tampoco es el caso.

— No tienes nada de qué avergonzarte conmigo… — Aseguró. — Así que sal y ten sexo con el primer rumano erótico que encuentres… Solo se es joven y bello una vez, así que aprovecha tu oportunidad… ¿Lo harás?

— Si ya estoy saliendo para ver a quien encuentro… — Respondí sarcástico. — ¿El botones también cuenta?

— Hermano… Hasta el de la limpieza si quieres, o ambos, solo ten sexo… Te urge deshacerte de esa virginidad que te limita. — Eso último lo soltó en un susurro, como si fuera algo malo. — Lo dijo enserio, no sirve de nada que la conserves. Las mujeres en estos tiempos no lo valoran y quizá el tipo con el que te acuestes se sienta honrado de estrenarte…

No podía creer que realmente estaba diciendo todas esas cosas vergonzosas y descaradas. Pero según él, los amigos hablan de esto y nosotros nos teníamos confianza. Seguí escuchando sus excentricidades un momento más. Quizá mañana le haría caso en eso de salir a conocer la ciudad, pero por ahora, me sentía cansado y prefería quedarme en la cama.

Por esta noche no habría sexo. Contrario a eso, platicamos hasta que me quede dormido.

 

  • DAMIAN

 

El aire frío azotaba con cierta violencia mientras creaba un sonido ululante, era una perfecta noche de luna en cuarto creciente, la luz que desprendía iluminaba lo suficiente como para que no perdiera de vista a mi objetivo, quién iba poco más de setenta metros delante de mí.

Pese a la distancia, podía escuchar claramente sus pasos torpes sobre el camino empedrado. Hoy estaba mucho más bebido que desde que comencé a seguirlo, hace poco menos de una semana.

Se iba recargando en las bardas de las casas o en los pretiles que protegían a los árboles que recientemente habían sido sembrados en los andadores. A pesar de su embriaguez, podía sentirme, lo sé… porque cada cierto tiempo volteaba a mirar. Pero con tanto alcohol en la sangre, seguramente no me distinguía con claridad, entonces y después de unos segundos, volvía la vista al frente y continuaba su andar, pero de manera mucho más precavida que la anterior.

Pasaban de las once y media de la noche, descendíamos lentamente por entre los callejones pequeños y estrechos de la Piata Mica. Siguiendo el rumbo hacía la calle Ocnei.

Salvo por él, la calle está desierta de toda presencia humana. Nuevamente se detuvo… Le imité, pero esta vez me quedé en medio del callejón, no tenía problema con que supiera que lo seguía.

El viento trajo su aroma de vuelta y pude sentir su miedo, mi sola presencia, aunque borrosa, lo desquiciaba y me resultaba entretenido hacerle perder la cordura. Se dio media vuelta y siguió caminando, contrario a lo esperado se desvió del camino, adentrándose por entre otro callejón. Ya no podía verlo pero lo seguí escuchando. El latir frenético de su corazón, los temblores que seguro lo sacudían. Prácticamente podía sentir el sabor de su sudor en mi paladar.

Ellos me rodeaban manteniéndose cerca… sigilosos y perfectamente camuflados con la noche, tres venían detrás, dos más iban sobre los techos más bajo, saltando ágilmente por entre las casas, y sus tejas. Más adelante, casi al final del camino, dos más aguardaban por nosotros, al acecho entre los montes altos.

Nosotros conocíamos su secreto, y si no le habíamos delatado era solo porque pensábamos que un juicio más privado era lo mejor. Contrario a los dos que le miraban desde arriba en las terrazas y que se perdieron por el mismo camino por donde él se había metido.

Decidí no seguirlo.

Iba a la ciudad baja y el acceso principal a esta, era la calle que seguíamos y que pasaba por debajo del puente de los mentirosos, así que fue precisamente ahí a donde me dirigí. Teníamos toda la noche, no había necesidad de prontitudes.

Llegué hasta el puente y esperé porque se asomaran.

No pasaron ni diez minutos cuando el hombre apareció primero, corrió asustado hasta los escalones mojados y resbalosos por la nieve, que finalmente le llevarían a la parte baja de la estructura metálica. Los cinco, ahora juntos le seguían de cerca formando una especia de “C” amplia de la que el infortunado no podría escapar. De nuevo comencé a seguirlos, pronto todo habría terminado y podríamos volver a casa. Poco a poco me despoje de mis prendas y pude comenzar a sentir el cambio en mi cuerpo.

No precipité.

Le llevaron hasta una fábrica abandonada, la más cercana. Ese era su lugar favorito para cenar. Una vez en el interior de la que años atrás, fuera una procesadora de vinos, los gritos de terror y dolor comenzaron a escucharse. Los últimos dos, le habían cerrado el paso impidiendo que escapara y ahora le tenían contra el piso, salvo una que otra herida o rasguños, el hombre aún estaba enteró.

Lo que pasó después, no es cosa de cuentos, uno más entró a la fábrica, sumándose a los siete. Sin embargo, se distinguía y diferenciaba de los demás por su tamaño, mucho más grande y de un espeso pelaje negro. Sus ojos de color cambiante refulgían en medio de la oscuridad. El hombre contuvo el aliento mientras la temible bestia, le miraba imponente desde arriba y le mostraba las fauces. Esa doble fila de dientes filosos y colmillos capaces de trozar por la mitad la carne de ese cuello palpitante y bañado de sudor que aún le pertenecía.

Instintivamente el hombre tanteó el suelo y encontrando una vara metálica, intentó golpear con ella a la bestia. Todo quedó en eso, en un simple y pueril intento. Las fauces del animal se cerraron entorno a su hombro izquierdo, lugar que quedó al descubierto tras aquel fallido y erróneo movimiento.

Los alaridos de dolor y los sollozos, pronto dejaron de escucharse. El único ruido que se apreció por los siguientes minutos, era el que hacían los ocho mientras devoraban al hombre.

En Sibiu se corría cierto rumor entre los habitantes, los más antiguos contaban que en las noches de Luna Llena una criatura demoníaca, deambulaba por la ciudad y sus alrededores, devorando humanos enteros. Nada más estúpido y fuera de la realidad. Después de todo, no puedes devorarlos enteros, es de mala educación no masticar.

Y el hambre no depende de la Luna, si no del cuerpo.

La gente suele ser así después de todo. Temen todo aquello que desconocen, no comprenden o es superior a ellos. Consideran su vida simplista y frágil, como lo más valioso que poseen. Pero hay tanto que ignoran, se creen los dueños de todo. Pero esta no es solamente tierra de hombres. La que llaman la tierra de nadie, es también la tierra de todos. Mi nombre es Damián y Sibiu es mi territorio.

 

  • ARIEL

 

Amaneció temprano para mí. Pese a que papá había dicho que podía tomarme un par de días aquí, en la capital. La verdad era que estaba ansioso por irme a Sibiu. Quería ver a mis abuelos e instalarme en la que sería mi nueva habitación, además de comenzar los trámites para mi ingreso a la Lucian Blaga. La universidad pública de Sibiu.

Era la primera vez que estudiaría en una escuela pública, pero esa parte no importaba mucho, lo que si me preocupaba, era que sucediera lo mismo que en mis otras escuelas. En las que un chico como yo, nunca termina de encajar.

Sé que se lo había prometido a William, incluso a mí mismo. Que intentaría ser más abierto y no la persona invisible que pasa desapercibida hasta que acabe el ciclo escolar. Pero no era tan fácil, no sabía qué hacer y cuando alguien me habla, suelo ponerme tan nervioso que terminó diciendo estupideces sin sentido alguno.

Esperaba y sobre todo, deseaba con el alma que los cibinenses fueran pacientes conmigo.

Hasta ahora todo iba más que mejor, había mandado mis bocetos desde hace mes y medio y a los quince días llegó mi resolución. La escuela aquí es muy distinta a lo que tenemos en Atlanta. La Lucian Blaga, pese a ser una universidad pública, era la que contaba con más carreras en distintas áreas y también la que mejor plan estudiantil ofrecía. Entrar no era sencillo y yo había corrido con la suerte de que me hubieran aceptado.

Mis dibujos habían generado una gran impresión en los jueces o al menos, eso decía la carta que me enviaron. Y me habían ofrecido una beca completa, si aceptaba que la escuela los exhibiera con el sello de la misma.

Me explicaron que obviamente seguiría siendo el dueño, pero ellos me darían un tipo de patrocinio. Mi padre dijo que no era necesario aceptar, pues actualmente disfrutamos de cierta estabilidad financiera, pero aún no había decidido nada.

Después de desayunar e intentar fallidamente que mi cabello luzca de manera decente y presentable, salí a recorrer la ciudad. Solo había un lugar al que quería ir. La nombraban la Ciudadela histórica y era el principal sitio de interés de Alba Lulia. La Catatea, como también se le conoce, tardó diecinueve años en ser construida y fue hecha en honor de Carlos VI de Habsburgo.

Dentro de esa fortaleza se encuentra: La catedral de San Miguel, El Palacio Episcopal, La Sala de la Unión, la Biblioteca Batthyaneum y el sitio que más me interesa: La Catedral de la Reunificación. En esta había sido coronado Fernando I como rey de Rumania en 1922. Un hermoso edificio en color blanco y plateado, con un diseño único y su campanario de cincuenta y ocho metros de alto. En caso de que aceptara la beca, debía de presentar un dibujo de este edificio, así que estaba intentado sacar la mayor cantidad de fotos para trabajar en esto cuando estuviera en Sibiu.

Incluso los detalles más pequeños en los adornos de la catedral, intentaría reproducirlos. Después de todo, era un honor que siendo un extranjero recién llegado me pidieran que reprodujera a escala la más antigua de las iglesias ortodoxas de Rumanía.

Dejé la capital al atardecer, como a eso de las tres y media de la tarde. El viaje hasta Sibiu era de aproximadamente tres horas y media en taxi. Debo confesar que la panorámica es inigualable, pero algo tétrica. Se suponía que el sol aún no descendía, aunque era imposible verlo entre los espesos nubarrones negros.

Estábamos a menos nueve grados y nevaba muy ligeramente, el camino estaba casi desierto de otros vehículos, pero mi cochero me explicó que era normal en estas fechas.  Era de mi principal interés las interminables filas de árboles sin hojas con sus ramas desnudas apuntaban hacia todas direcciones.

El conductor me miraba divertido desde el retrovisor, debía verme como un niño que cada vez se asombra ante cada cosa que pasa frente a él, pero no podía evitarlo. La costumbre era ver edificios de todos tamaños y no los Cárpatos Meridionales que rodean toda la región como una pared. Los blanqueados y escarpados picos eran simplemente impresionantes.

— ¿Qué ha sido eso? — Pregunté despegándome del cristal de la pequeña ventana del automóvil, por primera vez desde que comenzamos el viaje. – ¿Lo ha escuchado? – El hombre negó de inmediato. Sin embargo, le bajo a la música. – ¡Eso! ¿Lo escuchó? – Volví a preguntar. – ¿Son lobos? – Había un aullido estridente que se escuchaba en intervalos desde las profundidades del bosque.

– No hay lobos en Transilvania… – Respondió con mucha seguridad mientras volvía a subir el volumen de la música. – Los exterminaron hace años, se les persiguió hasta que prácticamente se extinguieron y los pocos que quedaron escaparon a las colinas.

– ¿Y no pudieron haber vuelto? – Pregunté sin pensar.

– Son animales tontos y cobardes, no te preocupes. Si llegas a ver uno, llama al guardabosques y lo buscaran, lo matarán y te regalaran su cabeza para que la cuelgues en tu sala.

– ¿Por qué habría de querer en mi sala algo así?

Él ya no respondió. Esperaba que no hubiera malinterpretado mi pregunta, aunque de hecho, jamás pondría en mi sala ni en ningún otro lugar de mi casa, a un animalito muerto.

El resto del recorrido lo realizamos en silencio. Curiosamente una canción conocida comenzó a escucharse, “Whataya want from me de Adam Lambert y me pregunté si en algún momento, yo también sufriría de uno de esos inesperados encuentros en los cuales mientras menos lo imaginas, te cruzas con el amor de tu vida y entre los dos surge un sentimiento tan fuerte que te hace olvidarte de todo lo que solías ser. Entonces, un día te despiertas agradeciéndole por el amor que tiene, y por llenar tu existencia de un significado especial.

Yo deseaba un amor así, alguien por quien me atreviera a dejar todos mis miedos atrás, alguien a quien nunca dejará escapar. Alguien que me salve de mí mismo. Y no sé, tal vez, ese alguien esté aquí, esperando por mí.

– ¡Es aquí! – Aseguró mi cochero.

La casa era mucho más hermosa de lo que imaginaba. Mi abuelo la había mandado a construir recientemente y después de vender la que se encontraba en el centro de Sibiu, se mudaron a esta que está a las fueras. Según ellos por la tranquilidad y respirar aire puro.

En lo personal, esta me encantaba, era una cabaña de madera con troncos artesanales. Tantos los cimientos como los recubrimientos era de este material y le daban un ambiente acogedor. La casa era de dos pisos ambos independientes y el techo de dos aguas, con ventanales grandes que sobresalen de estos y que simulaban techitos más pequeños. Se podía acceder directamente a cualquiera de las dos habitaciones y la enorme sala de estar del segundo piso por unas escaleras desde fuera. El puente amplio de la escalera servía a su vez como un balcón para todo esa parte. La parte baja estaba compuesta de dos habitaciones, la de mis abuelos y la que ocuparía mi papá, otra sala, comedor, la cocina y una pequeña biblioteca con estudio.

Sobra decir que recibí una de las mejores bienvenidas de mi vida, mi abuela había cocinado todo tipo de delicias para consentirme. Desde Sarmale hasta Ciorba Taraneasca, todo muy típico de la región.

Después de comer y de que se pusieran al tanto de todo lo que hice desde la última vez que nos vimos, mi abuela me llevó a la que sería mi habitación. Lamentablemente el abuelo había perdido la vista hace poco más de cinco años, y no se sentía cómodo subiendo, porque no aún no estaba familiarizado con esa parte de la casa. La abuela explicó que pensaron que me sentiría mejor con la privacidad del segundo nivel.

Mi dormitorio era paradójicamente un sueño, al centro de la habitación había una cama enorme con edredones blancos, repleta de esponjosas almohadas. Un candelabro de cristales en forma de lágrimas colgaba en el techo sobre esta. Había libreros como hechos apropósito sobre las paredes, también alrededor de la cama. Un closet del tamaño de toda la pared frontal estaba a la espera de la ropa que no tenía, pues solo había llevado conmigo un par de maletas y en su mayoría contenían mis dibujos y materiales de dibujo. Había también una alfombra y asientos de descanso a juego con los edredones y las cortinas que cubrían los ventanales. Un escritorio de caoba y un caballete para dibujar.

Mi habitación tenía vista al patio trasero, mismo que a su vez, daba hacia el espeso e imponente bosque a los Montes Cárpatos. Desde aquí podía ver el pico más alto El Moldoveanu con según había escuchado tenía dos mil quinientos cuarenta y tres metros de altura. Hayas y Robles fueron los primeros árboles que pude divisar y que al parecer, predominan en esta parte de la región.

– Abuela… ¿Crees que pueda ir a echar un vistazo ahí? – Pregunté mientras señalaba hacía a afuera.

Ella asintió de inmediato, solo me pidió que lo hiciera durante el día, y que intentara no internarme mucho, porque podría perderme.

 

  • DAMIAN

 

Pasaban de las ocho de la noche cuando abandoné la ciudad con mira al bosque. Estar entre ellos era cada vez más desgastante, el ajetreo de la gente me volvía loco, eran demasiado tontos y ruidosos para mi gusto.

Nada se comparaba con mi vida en el bosque. Recientemente había terminado de construir una cabaña pequeña. Aún faltaban algunos detalles pero lo principal ya estaba listo. Después de que tuviéramos que dejar la última guarida, encontramos este lugar. A simple vista, era solo, una cueva más de las tantas que puedes encontrar en Sibiu, pero había un camino escondido que daba hacia una superficie extensa y plana, cubierta de pasto, rodeada de roca sólida. El sol filtraba sus rayos por la parte descubierta de la cima. Y la luna hacía lo mismo durante la noche, de manera que siempre gozamos de cierta claridad. Era un hermoso lugar, sobre el cual pasaba un ojo de agua que brotaba de las piedras más grandes. Pero ante todo, era seguro.

Los míos jugaban afuera. Yo les observaba desde el ventanal. Se correteaban y mordisqueaban entre ellos como si fueran cachorros. Salvo Carsei y Nimeria que únicamente se limitaban a reposar al pie de la cabaña, mientras observaban a los más jóvenes jugar.

Ella intentó unirse al juego pero Carsei se lo impidió. Era muy estricto con ella, pero también la cuida y protege hasta el punto de hostigarla. Nimeria cedió ante él y se recostó a su lado. El la consiento, acariciándola y después recostó su cabeza sobre el cuello de ella quien no dudó en resguardarse entre su pecho.

Creo que Carsei era muy afortunado en tenerla, ella lo aceptaba tal y como era, con todo y ese mal carácter. Y siempre lo prefería por encima de todo y de todos, incluso, de mí. Los demás aún eran jóvenes como para sentirse interesados en este tipo de temas, pero en lo personal. Había noches como estas, en las que miraba lo poco o mucho que poseía y debía reconocer que yo no tenía con quien compartirlas, como Carsei con Nimeria. Y quizá nunca lo tendría.

Mi vida estaba confinada a un destierro, a la única y fiel compañía de la soledad. Y era algo que debía comenzar a aceptar.

El hombre estaba listo para amar, pero la bestia solo quiere matar.

 

  • TERCERA PERSONA

 

Ariel despertó cuando el sol aún no salía. Esa mañana, a pesar de que el clima estaba a menos tres grados, no era tan fría como lo habían sido las anteriores. Y la emoción por salir a conocer el lugar, le hizo olvidarse del calorcito que le proporcionaba ese inmenso nido y salir con premura de la cama, el mármol blanco del piso, le resultó demasiado frío aunque llevaba puesto calcetines, razón por la que volvió saltando hasta los tibios edredones. Encendió el candelabro y acostándose sobre el colchón miro debajo de la cama esperando divisar sus zapatos. En efecto, estaban ahí, pero en el otro extremo. Gateo sobre la cama y tomando uno de ellos deslizó su pie dentro y ató los cordones con cierta habilidad. Hizo lo mismo con él otro, para después coger su abrigo y abriendo el ventanal salió a la terraza de enfrente.

El aire golpeó sus mejillas y le hizo tiritar, pero no menguó su entusiasmo. Aún estaba oscuro, pero él era un chico valiente y caminando hacia los escalones, bajo hasta el primer piso. La abuela había sembrado unos arbustos que daban unas flores amarillas muy lindas, pero lo que llamó su atención fue el olor dulce que desprendían. Acercando su rostro hasta el arbusto, olisqueo la flor, suspiro de puro placer, nunca antes había sentido un olor tan exquisito. Después de curiosear un rato más con las plantas, caminó hacia el sendero, por donde el cochero se había estacionado. La carretera en línea recta se extendía inmensa por ambos lados. Ayer no le había prestado mucha atención al asunto, pero todo parecía indicar que no había vecinos cerca. Al menos, no en los siguientes kilómetros.

El hecho no le incomodó ni le entristeció, Ariel era un joven sensible que disfrutaba de estar consigo mismo y de su soledad. Jamás la veía como un tormento o un suplicio, por el contrario, utilizaba esa intimidad para la introspección, para despejar y relajar su mente y sobre todo, para incentivar a su ya de por sí, creciente imaginación.

Esa mañana un par de horas después la abuela seguía dándole indicaciones de que hacer en caso de que se perdiera, le obligó a desayunar y también le preparo algo para el almuerzo, ella decía que ese espíritu aventurero que veía reflejado en el rostro ligeramente impaciente de su nieto, también lo había visto en su esposo y su hijo. Ambos amaban el bosque y se perdían durante horas, recorriendo senderos o cazando presas pequeñas. Ariel no veía bien la caza de animales por diversión. Pero amaba la naturaleza y se sentía muy atraído por el bosque, aunque era la segunda vez en toda su vida que estaba en un lugar como ese.

Por otra parte, en una escondida cabaña entre los Montes Cárpatos, otro joven golpeaba con más fuerza de la necesaria el pequeño despertador. Levantarse resultaba siempre un suplicio para él, sobre todo porque se había quedado despierto hasta muy entrada la madrugada. El lecho sobre el que había dormido y que apenas y si alcanzaba para cubrir poco más de la mitad de su imponente anatomía, estaba resultando difícil de abandonarse, por lo que quedando boca abajo, trató de acomodarse y volverse a dormir.

El chico se mostraba malhumorado la mayor parte del día, pero durante las mañanas, era mucho más huraño, casi al punto de volverse violento sin razón. Si lo sabía ese despertador que después de que osadamente volviera a sonar, terminó siendo estrellado en una de las paredes de madera. Causando un ruido estridente al romperse en varios pedazos que quedaron regados sobre el frío piso de cemento.

Damián movió con pesadez su cuerpo hasta que logró sentarse al borde de esa cama improvisada y para nada cómoda. Miró distraídamente hacia ninguna parte durante algunos instantes. Para después tallarse el rostro con las manos con más fuerza de la necesaria, era un hecho, se había levantado de mal humor.

Apenas y si tomo un baño rápido, para después, sin tomarse la molestia de secarse, ponerse la camiseta sin mangas en color negro y unos pantalones de mezclilla del mismo color aunque un tanto deslavados y rotos en las rodillas. Era la moda, por muy mal que quizá se viera, era parte de su estilo. Su cabello goteaba, pero tampoco se detuvo a secarlo, apenas y si se tomó la molestia de pasar los dedos entre el mismo, para desenredarlo un poco. El corte favorecía a su prisa y falta de delicadeza, pues era prácticamente corto a los lados y la parte de atrás, pero la parte de arriba era un tanto largo, solía acomodarlo hacia atrás, pero ahora que aún estaba mojado se notaba que casi le llegaba hasta quijada. El tono negro le beneficiaba, pero al parecer esos mechones eran tan rebeldes como él. Pues pese a su ligero intento, terminaron cayendo hacia el lado derecho de su rostro, simulando un flequillo irregular, uno que otro mechón llegaba hasta su cuello, dándole una apariencia poco formal pero sensual.

Se metió en sus botas sin calcetines y se ajustó el cinturón. No había necesidad de mirarse en el espejo, que por cierto, no había ninguno en la cabaña. Sabía que se veía bien, a él todo le sentaba de maravilla después de todo. Por lo menos, eso era lo que Damián creía y no dejaría que nadie le dijera lo contrario.

Cuando abrió la puerta de la cabaña, no pudo divisar a ninguno de los suyos, no era de extrañar, ellos le conocían y sabían que era insoportable durante las mañanas, razón por la cual preferían alejarse hasta que él no estuviera. Cerró la puerta y a zancadas largas se acercó hasta su motocicleta. Su MV Augusta F4 era por el momento su único amor, sus ciento setenta y cuatro caballos de fuerza que podían hacerlo correr a doscientos noventa y nueve kilómetros por hora. Eran lo único que lo llenaba.

Si, Damián era un amante de la velocidad y las emociones fuertes, y este juguetito que recientemente había adquirido, lo tenía fascinado. A tal punto que la cuidaba más que su vida, la cual corría bastante peligro, cuando ese monstruo en color negro con franjas rojas, surcaba las calles despejadas de Sibiu. El motor rugió furioso debajo de él. Bien, aquí iba de nuevo, de vuelta al mundo que odiaba, pero del que se rehusaba a vivir completamente ajeno.

Ariel estaba fascinado por todo lo que había a su alrededor, había llevado su cuaderno pequeño de dibujo y cada nueva cosa que le atraía la plasmaba en el lienzo blanco, era hábil y rápido en lo que hacía, además de que sus dibujos tenían algo que le proyectaba cierta realidad a la imagen. Hacía más de una hora que había dejado de marcar el que sería su camino de regreso a casa, lo había olvidado por completo.

Ahora mismo su atención estaba sobre un par de conejos que aunque habían notado su presencia no se inmutaron y seguían comiendo hojitas a pocos metros de distancia. Lentamente, Ariel se sentó sobre el suelo y comenzó a dibujarlos, uno de ellos era blanco y el otro un poco más pequeño era pinto. Detalló con cuidado su peludo cuerpo y sus orejas largas, para después centrarse en las patitas y el pasto de alrededor. Sin embargo, antes de que pudiera terminar de dibujarlos, ambos animalitos corrieron. Algo parecía haberlos asustado, el chico miró alrededor pero no vio nada. No pudo ocultar su decepción al mirar su dibujo inconcluso, pero los había observado lo suficiente, así que volvió a los suyo, resuelto a terminar el dibujo aun sin ellos.

Hubo otro ruido que se escuchó con más claridad que el anterior. Ariel levantó la vista del cuaderno y volvió a recorrer el lugar con la mirada. Solía distraerse con facilidad, pero era muy observador, habilidad que quizá había desarrollado por su gusto de dibujar. Pudo percibir algo a lo lejos, de tamaño pequeño, o quizá se veía así por la lejanía. Lentamente se puso en pie sin apartar los ojos de aquella figura que le observaba entre los arbustos más altos. Iba a volverse sobre su camino, cuando escuchó otro ruido, parecido a los anteriores pero de más cerca y a su espalda. Tal cosa le hizo contener el aliento y dar un brinquito por el susto. Instintivamente se aferró a su cuaderno, como si intentara protegerse con ello. La mochila con sus cosas estaba a un par de metros detrás de él, lentamente se giró para tomarla mientras observaba detenidamente a su alrededor. Algo corrió de un extremo a otro con tal rapidez que no pudo distinguir de qué se trataba, solo vio que se escondía detrás de uno de los árboles, como a sesenta metros de distancia.

Ariel ya no supo si era su mente la que le estaba jugando una mala pasada o en verdad se escuchaban más de esos extraños ruidos a su alrededor, porque él miraba desesperado hacía todos lados pero ya no podía distinguir nada. Lo más normal en una situación como esta seria sentir un miedo irracional. Ariel no lo sintió, más bien estaba confundido, como ausente, quizá preocupado. Pero no sentía que corriera un verdadero peligro, al menos, no hasta que algo gruñó tan cerca de él que le hizo gritar de puro y mero susto. Si en algún momento tuvo algo valor y serenidad, ahora eso se había extinguido por completo. Y se descubrió corriendo entre la maleza sin saber exactamente hacia dónde se dirigía.

Era ligero pero sus piernas no eran muy largas, así que sentía que no avanzaba. Algo le seguía de cerca y era mucho más rápido que él. Su instinto le obligaba a continuar aun cuando su cuerpo ya estaba cansado, correr en la nieve no es igual que hacerlo a suelo raso, y sus pulmones estaban sufriendo por no recibir el suficiente aire. Ariel escuchaba muchos pasos detrás de él pero no se atrevía a voltear a mirar, ahora mismo luchaba por liberar su mochila que había quedado atorada entre unas ramas, al darse cuenta que no lo lograba prefirió abandonarla, aferrándose únicamente al cuaderno.

Pronto entendió que fuera lo que fuera que le estuviera siguiendo, lo estaba internando más en el bosque y eso no era bueno para él. Dando la vuelta decidió correr hacia abajo, entonces pudo verlos, eran por lo menos dos, quizá tres. Más grandes que perros y con más pelo porque no eran perros, sino lobos lo que seguían. En su mente lo que su cochero dijo se revivió vez tras vez.

Ariel siguió corriendo ya no estaba el ímpetu de al principio, sus pies estaban cansados y se estaba ahogando por no poder respirar con normalidad, él comprendía que los lobos solamente estaban jugando, porque de haberlo querido alcanzar ya lo hubieran hecho desde hace mucho rato. Pero no quería detenerse a averiguar si cambiarían de opinión. Entre tanto encontró un claro, la carretera debía estar próxima, su vida misma dependía de que llegara a ahí, y sacando fuerzas de donde no había, aceleró el paso, pronto tuvo frente a él la carretera, solo que a unos seis metros por debajo de donde él se encontraba. Con cuidado trato de bajar de pie, fue un error, la inclinación era mucha y terminó rodando entre la nieve, colina abajo.

En cuanto estuvo en el suelo, no se tomó la molestia de sacudirse o descansar un momento, poniéndose en pie corrió hasta el centro de la calle. Quizá primero debió fijarse de que no viniera nadie a alta velocidad y menos un chico de mal carácter que al verlo salir tan de repente freno de tal manera que terminó derrapando contra la carretera. La motocicleta avanzó un par de metros más, pero quien la manejaba terminó estrellándose en una de las rocas salientes del camino.

Ariel se cubrió el rostro con las manos, pero entre sus dedos pudo observar todo lo que había sucedido. Horrorizado se acercó con prisa al hombre que inmóvil había quedado junto a la roca de espaldas a él. Se arrodilló a su lado y con extremado cuidado lo intentó girar.

Sus dieciocho años de vida pasaron como una película frente a él. Lo primero que pensó fue que lo había matado, el hombre era casi tan joven como él, aunque algo mayor, su complexión era fuerte y madura pero eso no quitaba que estuviera sangrando de la frente. Los golpes de ese tipo siempre eran mortales. Sin saber realmente qué hacer, colocó la cabeza del hombre sobre sus piernas y con su abrigó comenzó a limpiar herida, llevaba escasos segundos haciendo esto cuando aquel sujeto abrió los ojos y tomándolo por el cuello con violencia lo dejó debajo de él.

Ariel gimió por la sorpresa y también fue de dolor. El movimiento había sido inesperado y su cuerpo se golpeó contra el piso con brusquedad. Ya de por si le estaba costando respirar por todo lo que había corrido, y ahora esas fuertes manos en torno a su cuello realmente lo estaban ahogando.

– ¿Qué demonios sucede contigo? – Bramó el más alto, mientras finalmente le soltaba.

Ariel intentó disculparse pero tosía al mismo tiempo que intentaba hacerle llegar un poco aire a sus pulmones. El hombre intentó ponerse de pie pero le fue imposible. Lentamente se llevó una mano a la cabeza, específicamente al área donde se había herido.

– ¡Lo lamento! – Finalmente alcanzó a decir Ariel, mientras se colocaba frente al mayor.

Dos cosas sucedieron en ese momento. Ariel recordó a los lobos que le seguían y el mayor miró con detenimiento y cierta incredulidad el rostro de ese chico.

– Estaba en el bosque… – Intentó explicar – los conejos estaban ahí y los dibujé, entonces escuché algo y comencé a correr, son lobos… – Habló tal cual lo pensó, y el resultado fue un discurso breve y sin sentido.

Damián le había mirado pasivamente desde el piso, mientras le escuchaba hablar, hasta que mencionó la palabra lobos. Sobre todo porque dicha palabra fue acompañada por unos gruñidos conocidos. Ariel volteó asustado y se encontró con dos imponentes lobos pardos, instintivamente retrocedió sin darles la espalda, Damián tuvo que empujarlo con la mano para que no terminara cayendo encima de él ya había tenido suficiente con ese golpe en la frente. Los lobos inclinados sobre sus patas mostraban sus imponentes colmillos mientras le gruñían única y exclusivamente al menor. Uno de ellos avanzó y Ariel instintivamente se volvió pasando los brazos sobre el cuello del mayor como si intentara cubrirlo con su cuerpo y de esa manera protegerlo.

La acción tomó al mayor por sorpresa. Para empezar, ese cuerpo pequeño no lograría proveerle la más mínima protección, y después estaba el hecho de no comprender, porque un extraño se tomaría la molestia de hacer algo como esto, sobre todo después de como lo había tratado.

Fueron segundos los que el chico se aferró aquel cuerpo que estaba extrañamente caliente, sentirlo a él era como estar al sol a las doce del mediodía en su antigua ciudad. Pero poco le duró el gusto porque el mayor terminó rompiendo el contacto mientras lo empujaba con brusquedad para que se apartara.

No era que el chico le desagradara aunque tampoco era lo contrario, pero al sentir su cuerpo tibio contra el suyo, pudo también, sentir su cambio. Hacía un par de días la bestia se había alimentado, y ahora mismo, la sentía queriendo salir de lo más hondo de sus entrañas para desgarrar y devorar esa piel que él había encontrado suave y tersa sobre la suya. El olor que desprendía el menor no ayudaba mucho. Era un aroma demasiado dulce para ser hombre, y al mismo tiempo era fresco y suave. El chico olía a bosque, pero no porque hubiera estado corriendo de aquí para haya en los árboles, sino que ese, que era el único olor que Damián conocía a la perfección, se desprendía de ese cuerpo pequeño, casi como el de un niño.

Ariel se sintió mal al volver a ser rechazado de esa manera, pero olvidó todo cuando notó que los lobos ya no estaban. Damián por su parte, volvió a perderse en esa mirada azul intenso, y supo lo que el mejor buscaba. Nunca antes había visto unos ojos como aquellos y sintió que quizá podría ver salir el sol en ese cielo de mirada.

– Ya no están… – Susurró el menor, aun estando arrodillado sobre la nieve. – Los lobos se han ido.

– ¿Qué lobos? – Damián sabía lo que sucedería si el chico contara que había visto lobos. Los buscarían y les darían caza hasta matarlos y él no quería eso. – Yo no vi ningún lobo.

– ¿Cómo qué no? Estaban aquí, justo ahora… – Damián lo miró como si estuviera loco, mientras finalmente se ponía de pie y caminaba hasta su moto.

El coraje resurgió en él al ver los rayones que habían quedado sobre esta como producto de la imprudencia del menor.

– Pagaré por ella y por tu herida… – Se adelantó Ariel al notar como el mayor enfurecía, incluso le temblaban un poco las manos. – Pero…

– ¡Solo lárgate de aquí! – Vociferó con voz severa el mayor, acto que extrañamente hirió a Ariel. La gente no solía hablarle de esa manera ni mirarlo con tanto desdén. – El bosque no es para niños estúpidos, cobardes y dementes como tú.

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