Capítulo 10: Da A Guardar Las Ovejas Al Lobo

Sin duda soy un bosque y una noche de árboles oscuros; sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrara también taludes de rosas debajo de mis cipreses.

 

DAMIÁN

La luna a su espalda le daba cierto brillo especial a su piel, como si resplandeciera entre mis brazos. Ariel había cerrado los ojos sin oponerse a que mis labios aprisionaran los suyos, dejándome degustar más de su sabor dulce. Y se había entregado completamente a mis caricias, necesitado, delicado y completamente sumiso. Sus brazos en torno a mi cuello, me sujetaban con fuerza. Por mi parte, mis brazos lo aferraban a mi cuerpo envolviéndolo por la cadera, y sentado sobre mis piernas, su peso me resultó ligero, tan frágil que por un momento, temí lastimarlo.

– ¡Vamos a tu habitación! – Le susurré, aun sobre sus labios húmedos y enrojecidos por nuestra constante fricción. Sentía como el calor que emanaba de su cuerpo me golpeaba el rostro, avanzaba por mi cuello, bajaba por el torso y se perdía en mi entrepierna. Encendiendo cada centímetro de mi cuerpo. Deseándolo, mis ganas exigiéndolo, necesitando cada vez más del roce de su piel, de su aliento, de su mirada, de su cuerpo cubierto de ese olor que me embriagaba, que me estimulaba. Y entonces su respuesta.

– ¡No! – Y se separó solo un poco para dejarme ver como se acomodaba el cabello, mientras fingía que yo no estaba ahí y que él no estaba sobre mis piernas.

Era hasta el momento, el acto más sutil pero eficaz, que alguien había utilizado para seducirme. Reí y él por lo bajo intentó ocultar su sonrisa. Entonces, volvió sus ojos azules a mi rostro, para de inmediato, apartarlos de nuevo, como una ola irresoluta o como el viento mismo que va y viene, que se aleja despeinando sus cabellos pero nunca se va del todo.

Poco a poco fue ganando valor y sus manos recorrieron mi pecho, por encima de camisa y con lentitud bajaron por mi vientre. No sé si era producto de mi loca imaginación, pero su olor comenzaba a intensificarse, el aire mismo olía a él y mi cuerpo estaba reaccionando por sí solo.

Lo que antes había sido solo calor recorriéndome, ahora eran llamaradas que me quemaban, incluso sentía como mi lobo se alteraba, respondiendo dispuesto, tal y como lo haría ante su hembra en celo.

Ariel se había recargado completamente sobre mi pecho, de tal forma que nuestros estómagos se unían y lo levantaba ligeramente cada vez que respiraba. Y ante esto, él solo sonreía.

– ¡Vamos! – Insistí.

– Si de todos modos vas a hacer tu voluntad… no me pidas permiso.

Habrá dicho eso, pero lo que yo entendí, fue que estaba deseoso de que yo tomara las riendas, y lo hice, sin quitármelo de encima, me las arreglé para ponerme en pie y con prisa lo llevé hasta su habitación. Le quité la ropa como si estuviera cubierta en llamas, primero los zapatos, que salieron volando hacía alguna parte de la habitación. Después, sin la menor de las delicadezas, lo dejé caer sobre la cama y le saqué el suéter y los pantalones. La blancura y suavidad de su piel, me dejó sin palabras. Era tal y como lo recordaba de la vez que lo espié en el baño, no, en esta ocasión era mucho mejor, porque podía tocarlo.

Él me miraba desde abajo con una seriedad aplastante, había un ligero temblor en su cuerpo, pero se mostraba seguro y sereno. Por lo menos, fue así hasta que comencé a desvestirme frente a sus ojos que no se apartaron mi rostro ni un solo instante. Entonces, su respiración se agito y fue un duro golpe para mi orgulloso el que solo sucediera eso. Lo que veía en mí, no le impresionaba, pero ya me encargaría de hacerlo cambiar de opinión.

– No deberíamos hacer esto… – Intentó apartarse cuando hice gesto de acercarme a él.

– Pero lo deseamos…

– ¿Vas a obligarme? – Preguntó y en esta ocasión alcancé a distinguir un poco de miedo.

– Solo si de esa manera te gusta más.

– ¿Por qué…?

– Cualquiera es una buena razón, si al final me dejaras tenerte…

Me senté a su lado y con ambas manos acaricié sus hombros, Ariel se las arregló para arrodillarse sobre la cama y sus manos anduvieron libres por mi cuello mientras sus labios asaltaban los míos. – No quiero hacerlo… – Susurró con complicidad y sus brazos volvieron a enredarse por mi cuello. Su respiración agitada y la leve capa de sudor que comenzaba a perlar su frente, me mostraban una realidad muy distinta a la de sus palabras. Él estaba tan excitado como yo, tanto fue así, que su necesidad superó su voluntad.

– Yo tampoco… – Respondí. – Pero me gustas tanto. – Confesé, mientras lamía toda la extensión de su cuello, Ariel dejó escapar un gemido, del cual terminó sintiéndose terriblemente avergonzado. Incluso intentó apartarme de nuevo, pero en vez de soltarlo, lo giré hasta recostarlo sobre su cama, al contacto de su cuerpo con él mío, abandonó por completo la timidez y de nuevo volvió a sorprenderme.

Por el mismo se acomodó, dejándome entre sus piernas, y con cada nueva fricción de nuestros cuerpos desnudos, por más pequeña que fuera, gemía y se retorcía en espasmos de placer.

Mis labios se abrieron y el filo de mis dientes repasó su fina garganta, en esta ocasión no solo gemidos se les caparon de los labios, si un verdadero alarido de placer. Mis manos aun lo mantenían sujeto de los hombros sobre el colchón, pero a estas alturas creía que ya no debía preocuparme el que intentara escapar, pues cada vez que mi cuerpo se movía solido sobre el suyo, él me recibía con apremio.

Aun con tan poco y sin poderlo controlar, comencé a jadear como el animal que era, mi corazón latía desbocado sobre mi pecho, martillándome los oídos. Quería esto, como nunca antes había deseado nada en la vida, lo quería a él, lo necesitaba con toda la fuerza de mi ser. Mi razón nublada, mi mente adormecida y mi lobo aullando en mi interior.

– ¿Qué me has hecho que te deseo tanto? – Pregunté, en medio de balbuceos y mis propios gemidos, Ariel no me respondió con palabras pero me miró suplicante, como dándome a entender, que sea lo fuera que planeara hacerle, lo hiciera de una vez por todas. Su cuerpo me pedía a gritos silencios que lo devorada enteró.

Solté sus brazos y le acaricie los labios con mis dedos, casi sintiéndolos rebosar entre mis manos, su desesperación me atrapó y la sufrí con él, verlo en ese estado me cautivaba por completo. Mirándolo a los aojos, volví a sus labios. La pasión y el ardor del momento disminuyo notablemente, mi boca aprisionaba la suya con ternura, tal y como la primera vez. Me dedique a degustarlo, a disfrutar de la humedad y el sabor de sus labios bonitos.

Sin dejar de besarlo, comencé a acariciarlo, a recorrer su cuerpo y grabar una a una su extensión en mi memoria. El sudor de su cuerpo me mojaba, su piel me quemaba y yo moría de deseos por llenarlo de mí, marcarlo de tal manera que al ver el símbolo de nuestra unión, recordara que cada parte de su cuerpo a partir de ahora, me pertenecía. Y que cada célula de su ser, fuera marcada con mi nombre, con mi olor y con mi esencia.

Cortando el paraíso de placer al que me había llevado con su cuerpo y sus gemidos, me empujó con fuerza hacía al costado derecho de la cama, me había tomado desprevenido y tambaleante rodé sobre la cama con él encima de mí. Con tal gracia lo vi saltar sobre mi cuerpo y se montó sobre mi entrepierna. Entonces comprendí que Ariel, no solo era rudo y directo para reñirme, sino que también lo era a la hora de hacer el amor.

Me sonrió con una maldad revestida de pureza y mi corazón se derritió ante ese gesto. Su mano buscó mi hombría y la rodeó con la palma, mientras que el resto de sus dedos descendía desquiciadamente lento. Y me avergoncé porque en este momento yo era como una vela, que se derretía al mínimo contacto de sus manos, mientras me ahoga en gemidos por sus atenciones.

Mis manos se aferraron a sus caderas y lo levanté ligeramente para dirigirlo a mi miembro más que erguido. El volvió a enrollarse en mi cuello y su frente descansó contra la mía, tenía sus hermosos ojos cerrados y se estremeció cuando mis manos, cada una sobre su trasero, que debo confesar que me moría por tocar, fue separado para darle cabida a la punta de mi hombría, que se deshacía por penetrarlo. Mi cuerpo caliente y mi mente entumecida no tenía cabida para arrepentimientos, quería poseerlo duro, embestirlo con fuerza y justó cuando estaba listo para entrar de un solo golpe en él, desperté.

TERCERA PERSONA

Era la una cuarenta y siete de la madruga y Damián iba y venía de un lado a otro por la pequeña cabaña. Por momentos salía al corredor y llegaba hasta el riachuelo que cruzaba por su patio y se remojaba en el agua helada, entonces, presuroso, volvía a la casa y cerraba de un portazo la frágil puerta de madera, que parecía que no resistiría mucho tiempo más, la ansiedad del joven.

Pesé a que intentaba con todas sus fuerzas olvidarse del más tortuoso, ilusorio y pueril de sus sueños, estaba fresco y claro en su memoria. Damián se dejó caer sobre la cama improvisada y tal como en las ocasiones anteriores, por momentos se golpeaba el pecho a la altura del corazón. Estaba histérico, había tocado las mismísimas nubes con las manos y de la nada fue arrebatado y arrojado a este infierno.

Ese sentimiento como si sus pies no tocaran el piso, el latido frenético de su corazón, el frio que le calaba las manos y pies y la sensación de vacío de su estómago, como si tuviera un hambre feroz. Sin mencionar la imagen de Ariel que parecía estar en todas partes a donde mirara, y aun si cerraba los ojos para no verlo, era como si el menor estuviera también en su mente, a tal punto, que no podía quitárselo de la cabeza.

Sus azules ojos, el cabello revuelto a causa del viento. El suéter blanco que se ceñía con elegancia a sus formas, sus manos tiernas y esos jodidos labios dulces… De solo recordarlo, se incorporó de golpe y con frustración comenzó a aventar todo lo que encontró a su paso. Al escuchar el escándalo que había dentro de la casa, la manada decidió que lo mejor era alejarse, Damián estaba en medio de un berrinche y eso nunca terminaba bien.

Para cuando la puerta volvió a abrirse de manera estrepitosa, un lobo de pelaje negro y espeso, más alto e imponente que incluso un oso, salió de la casa, que resultó ser muy pequeña en comparación con semejante bestia. Las orejas en punta, la mirada fiera y las fauces al descubierto que permitían apreciar esa doble hilera de feroces dientes y colmillos, eran una advertencia de que la amenaza era un asunto que no debía tomarse a la ligera, porque el lobo estaba listo para atacar.

Un aullido bronco y estruendoso salió de lo más profundo del animal. El humano no sabía cómo manejar su actual situación y la bestia veía como una amenaza a quien provocaba tal desajuste, así que su instinto le decía que lo más lógico, era deshacerse del causante de tantas molestias. Más aullidos comenzaron a brotar de la espesura del bosque y cada vez se escuchaban más cerca, eran la respuesta fiel de que ningún otro lobo se interpondría en su cazaría, esa presa era suya y de nadie más.

Abandonando la guarida, se echó a correr por entre las interminables filas de árboles con troncos delgados y altos. Debido a la hora, la oscuridad era densa, pero los ojos del lobo brillaban como lámparas que le permitían ver con claridad y correr con rapidez entre la espesura del bosque.

El hombre luchaba por frenar al animal y volver a su forma humana, pero el miedo que lo invadió al comprender el peligro que corría Ariel, solo logró enfurecer más a la bestia, que entre gruñidos y como si ya tuviera en frente a su presa, afianzó el agarré de sus patas sobre la nieve y corrió a mayor velocidad.

Eso tampoco era normal, la licantropía de Damián era autentica, es decir; era un rasgo genético que había heredado. A diferencia de sus antecesores, Damián podía transmutarse de humano a bestia con forma de lobo, sin pasar por la de hibrido. Es decir, podía transformarse en un lobo sin ningún rasgo humano. Sin embargo, su mente y pensamiento seguía siendo la de un hombre.

Desde niño había logrado un control absoluto sobre su cuerpo, podía cambiar de forma a voluntad y las fases de la luna o de la oscuridad no tenían ningún tipo de afectación sobre él. Por eso, el que ahora su lobo no le permitiera volver a su forma humana, acrecentaba su miedo de que la bestia dominara sobre él y que terminará destruyendo aquello que comenzaba a volverse importante en su vida.

Podía sentir como la agresividad y maldad del animal, lo reducía. Y la imagen tierna de Ariel, comenzaba a desvanecerse lentamente en su mente. Sus sentidos comenzaban a agudizarse, y lo que antes era un bosque silencioso, ahora era un torrente de interminables sonidos, podía escuchar desde el ruido que provocaban las gotas de roció al caer sobre las hojas y la maleza, hasta el mismísimo sonido ululante del viento. Los animales pequeños que se escondían al escucharlo acercarse y el aleteo de las aves nocturnas.

Su olfato comenzó a reconocer el lugar en cuanto estuvo cerca de la casa, y poco a poco fue disminuyendo la velocidad de su andar, mientras sus ojos vivaces recorrían con detenimiento todo a su alrededor.

Al igual que el humano, el lobo sufría de cambios bruscos de manera inconsciente, esa fue la razón por la que en cuanto llegó al jardín trasero de la casa, comenzó a aullar bajito, como si lloriqueara. Era Damián el responsable, quien desde el interior, intentaba ganar un poco del terreno perdido, Ariel era bueno para ambos, y el moreno trataba de convencer a su lobo de ello.

La bestia por muy fuerte y ruda que fuera, tenía las mismas necesidades afectivas que el hombre, la manada había dejado de ser suficiente para ambos, el lobo necesitaba algo que fuera de su propiedad, que le perteneciera, una familia de la cual cuidar y alimentar. Su naturaleza se lo exigía, pero a diferencia del humano, el animal no veía en Ariel, alguien que fuese lo suficientemente adecuado.

Era algo que el lobo no podía tomarse a la ligera, debido a la licantropía, lo sentimientos del animal era más fuertes de lo normal, a quien decidiera amar, se entregaría incondicional y perdidamente. Era un amor de una sola vez y hasta la muerte.

Un ruido desde el interior de la casa hizo que Damián se desesperada y luchara con todas sus fuerzas para volver a su forma humana, confundido, el lobo retrocedió un poco y se escondió entre la maleza. Fue entonces que la puerta se abrió y Ariel salió al patio, el terror se apodero Damián y la ferocidad volvió al animal, mientras el menor avanzaba hacia el frente. Todo lucha fue en vano, el hombre había sido reducido y el animal se agazapo listo para aventarse sobre su presa.

ARIEL

La temperatura había descendido notablemente, pero en mi interior un calor constante se mantenía en mi pecho. Su aroma había quedado en mi ropa y en mi memoria. Estaba convencido que si tuviera una lista de mis noches favoritas, está la entabacaría. Me sentía tan emocionado que la felicidad no me cabía en el pecho.

Por primera vez desde que llegué a Sibiu, no pasaría la noche solo, sino que alguien compartiría conmigo mi cama y mis sabanas. Antes de acostarme, acomodé a “Dam” a mi lado y lo cubrí con los edredones para que no tuviera frio. Era un osito tan bonito y me encantaba su bufanda azul. Me recordaba una que tenía y que perdí el día que los lobos me corretearon por el bosque. Ya era muy tarde y moría de sueño, pero mi abuela quería todos los detalles de lo que había sucedido, porque Damián se había ido un poco tarde y ella nos había encontrado abrazados, pero disimuladamente se hizo a la desentendida y volvió abajo.

De haber subido antes, nos hubiera encontrado en una situación mucho más comprometedora, pues después de aquel beso, vinieron muchos más. Damián me había mantenido sobre él y me abrazaba y besaba como si yo fuera algo demasiado valioso para él. Suspiré, porque el recuerdo de sus labios húmedos y suaves, trajeron a mi mente todo ese torrente de sentimientos que al parecer, solo él podía provocarme.

Mis manos extrañaban la sensación de cerrarse sobre su cuello, de aferrarlo y acariciarlo. Me gustaba, me gustaba tanto que mi alma se volvía loca de solo pensar en él, y creía que me hacía falta sangre en la venas para poder aguantar todo esto que sentía. Todo parecía ir demasiado rápido, pero no hubiera querido que fuera de otra manera.

Aun después de acostarme, solo daba vueltas sobre el colchón. Estaba intranquilo, o mejor dicho, emocionado.  Él había dicho que quería verme al atardecer para que camináramos por el bosque y que me mostraría un lugar que le gustaba mucho. Aun no amanecía y yo ya quería que ese momento llegara.

En una de mis vueltas me hizo falta cama y terminé en el suelo. El golpe fue duro y tuve que quedarme quieto un momento porque se me había salido el aire. Fue entonces que escuché un ruido que provenía de afuera. Instintivamente miré hacía la puerta corrediza, pero ahí no había nada.

El ruido volvió a escucharse y en esta ocasión no me quedó duda de que provenía del patio trasero. Sobresaltado, volví a la cama y me escondí debajo de las sabanas. Era muy infantil, pero también era la primera vez que escuchaba algo similar, era como el ruido que hacían los caballos al respirar y como gruñidos. Mientras me escondía encontré el libro de Will y me juré que dejaría de leer esas cosas. Al principio todo había estado normal, simples lobitos enamorados de la luna y esas cosas, pero las últimas páginas que había leído, eran terroríficas y no había podido dejar de pensar en ellas.

– ¡Cobarde! – Me regañé mentalmente y sacando valor de quien sabe dónde, salí de mi escondite y me encaminé hacía la puerta. Sin importarme que iba descalzo, bajé las escaleras y sin encender las luces, cruce la sala, el comedor y a tientas llegué hasta la cocina. Me detuve un momento para ver si escuchaba algo más, pero no hubo nada. Avancé hasta la puerta y con cuidado retiré el seguro. Fue el ruido del crujir de madera al romperse, lo que me obligó a detenerme, ya tenía la mano sobre la perilla pero no me atreví a girarla.

Entonces, algo como pisadas suaves sobre la maleza se fueron escuchando cada vez más lejos. Giré la perilla y salí a la terraza, sea lo que fuese, quería verlo. Inmediatamente el viento helado me golpeó el cuerpo de frente, haciéndome tiritar. En cuando mucho cinco pasos grandes, mis pies tocaron el poco pasto que no estaba cubierto por la nieve.

Todo era penumbra y cuando seguí avanzando tropecé para varias veces. Mi instinto me decía que me detuviera, que diera marcha atrás y volviera a la seguridad de la casa. Ahí, en alguna parte, algo me observaba, podía sentirlo y el sentimiento que me producía era familiar y al mismo tiempo me asustaba.

Los primeros días que llegué, lo había sentido a mi alrededor, como si alguien me siguiera y aun estando entre mucha gente, parecía que se escondía entre ellos para que no pudiera reconocerle. Y después, simplemente desapareció. Pero ahora estaba aquí, lo sabía, lo sentía. Me miraba y estaba consiente que no debía seguir adentrándome en el bosque, pero mis pies se movían por sí mismos, como si algo los atrajera, como si estuvieran respondiendo a un llamado silencio.

Algo paso detrás y mi ser entero se estremeció. Para cuando logré voltear, a penas y si alcancé a ver una sombra grande desaparecer por entre los árboles. De nuevo corrió y ahora si puede seguirlo con la mirada, aterrado vi la inmensidad de esa cosa, que no sabía que era pero que claramente estaba rodeándome, se movía con tal rapidez que después de tres vueltas, intentando no perderlo de vista, terminé mareándome. El golpeteó de sus patas ceso y entonces un gruñido tenebroso se escuchó. Me eché a correr, pero estaba desorientado, no sabía si estaba volviendo a casa o seguía internándome en el bosque. Lo que fuese que me estuviera correteando, me seguía a una corta distancia, pero cada vez que estaba por alcanzarme, se detenía. Lo supe, porque su peso al caer sobre el piso lo hacía temblar detrás de mí y después, simplemente desaparecía. Fue entonces que de la nada apareció frente a mí, no pude frenar y terminé estrellándome contra su pecho. Fue tanto como darse contra una roca, solo que enorme y peluda.  Reboté y terminé en el piso, me golpeé la frente al estrellarme contra él y la parte trasera de mi cabeza, al caer. Todo comenzó a darme vuelta. Los arboles parecía que danzaban a mi alrededor, no me moví, no podía hacerlo.

Fue entonces que apareció sobre mí, le vi tantas formas y a la vez ninguna, era negro como la noche, incorpóreo y al mismo tiempo sólido y aterrador. Las hileras de dientes y colmillos se destacaron y resultaron estar demasiado cerca de mi rostro. Me gruñía pero no como lo haría un perro, todo en “eso” era sobrenatural, casi diabólico.

Su cercanía me resultó sofocante, su aliento me quemaba el rostro y al mismo tiempo formaba figuras que revoloteaban a nuestro alrededor. El olor húmedo de su pelaje me recordaba al de un perro mojado, pero también olía al bosque. Volvió a gruñirme y lo hizo tan alto que me ensordeció, entonces, avanzó un poco hacía adelante y una de sus patas me aplasto el brazo. Grité, su peso parecía que me lo partiría por la mitad. Gimoteé y entre sollozos le grité que me dolía, que me lastimaba.

Para mi sorpresa, retiró su pata y desapareció de mi vista.

Lo escuché lloriquear detrás de mí. Tal y como lo haría un cachorro desesperado, pero no me quedé a mirar, como pude, me puse en pie y volví a correr, en mi interior sentía que era en vano, no sabía dónde estaba y pronto lo sentí seguirme de nuevo. Paso tan rápido a mi lado que terminó empujándome con tal fuerza que de nuevo caí al piso y rodeé varios metros. Las lágrimas no me dejaban ver con claridad, pero algo parecía sucederle, no es como si me importara, pero cuando paso a mi lado se estrelló contra un árbol y terminó quebrándolo, y ahora gruñía y se sacudía como si estuviera luchando contra alguien más, incluso se tiraba sobre el suelo y se revolcaba entre lamentos.

Como pude me levanté y traté de alejarme, pero aun en medió de su ataque, me sujetó por el pantalón y me arrastró hasta que de nuevo quedé debajo de él. Quise gritar pero la voz no me salió, pude haber luchado… pero no lo hice. Solo me quedé ahí y dejé que pasara. Sus ojos amarillos me miraron fijamente y no pude evitar pensar que esa mirada la había visto antes. Y me resultaron cálidos, así que me aferré a ellos, la ferocidad de hace un momento ya no estaba, ya no me amenazaba ni me gruñía en la cara. Solo me olisqueaba y lo sentí poner su nariz fría sobre mi mejilla, le escuché lloriquear de nuevo y sentí como mis ojos se cerraban, mientras me hundía en medio de una densa penumbra.

DAMIÁN

Aterrado vi como perdía el conocimiento. Ariel estaba cubierto de lodo y hojas secas, sangraba del rostro y su cuerpo entero estaba lleno de raspaduras. Las palmas de sus manos también sangraban y me arrepentí de haberlo arrastrado, pero a menos de un metro el camino se acababa y una pendiente inclinada daba hacía un rio que la surcaba varios metros abajo. Él no pudo verlo, pero yo sí y por eso busqué la manera de detenerlo.

Su sangre fue dejando un leve rastro sobre la nieve, manchándola y al mezclarse con su olor cálido me hacía sufrir. Entonces pensé que todo esto pudo haber sido muy diferente, que él no estaría tan herido si yo no me le hubiera cruzado por el camino, si jamás lo hubiera seguido hasta obsesionarme con él. O peor aún, pudo ser fatal. Había estado a punto de morderlo, sentí el pulso frenético de corazón en su cuello y estuve a nada de desgarrarlo.

Me odie, y sin embargo, el hambre; esa maldita hambre que quemaba mis entrañas y era insaciable, estaba trastornándome al sentir el olor de su sangre. A pesar de que él era ahora, solo una imagen desoladora, aún estaba en mí, el deseo de matarlo. Era tan pequeño debajo de este bosque que me pertenecía y a pesar de todo me había sostenido la mirada. Mis ojos en sus ojos… Ariel era un pequeño ángel en la nieve y estuve a punto de destruirlo. Y ahora sentía como me iba cayendo a pedazos, desgarrándome por dentro y por fuera. Pero su vida, mi vida… sentía que eran justamente lo mismo y cuando mi lobo intentó desafiarme, le gruñí desde el interior, le amenacé. No iba a dejarle que le tocara de nuevo, y estaba dispuesto a cumplirlo aunque la vida se me fuera en ello.

La disociación se dio a los pocos segundos y la transmutación me devolvió mi piel de hombre. Entonces pude sostenerlo en brazos, sabía a donde debía llevarlo.

TERCERA PERSONA

Siglos atrás, Europa vivió una época en la que el miedo a la brujería condujo a la caza de brujas, en el que decenas de miles de personas murieron y millones más sufrieron torturas, arrestos, interrogatorios, odios, vergüenza y terror.

En el más estricto de los sentidos se les trato de exterminar, pero la mayor parte de sus enseñanzas se conservaron a través del Neopaganismo y Henoteísmo, con el paso de los años dichas enseñanzas se fueron puliendo y se creó el Duoteísmo que se basa en la creencia de dos fuerzas, una masculina y otra fémina que aunque tienen muchas facetas, representan una misma fuerza. El misterio que los envuelve había sido enseñado a Damián por una Wicca, ella había sido una vieja amiga de su madre y le había seguido, porque sabía lo que el muchacho era.

Damián no confiaba en ella pero si en sus rituales y misticismo. Así que la buscó, como lo había hecho tantos años atrás.

No había un lugar fijo para buscarla, pero sabía que la encontraría. Así había sido siempre. Corrió aproximadamente media hora con Ariel en brazos, lo mantenía pegado a su pecho para calentarlo. El menor continuaba inconsciente pero había dejado de sangrar.

Fue cuando pasaban la ladera norte que la reconoció, en medio de una pequeña afluente, la mujer estaba ahí, de rodillas y con una cogulla negra y roída.

– ¡Te vi venir!  – Le dijo sin levantar la cabeza cuando Damián terminó de llegar a su lado. – Y te escuché llamarme…

– Ayudalo… ¡Por favor!

– Violaste el Thelema… otra vez. – Lo acusó – El demonio que hay en ti esta fuera de control, te maneja a su antojo y te ha reducido a un simple recipiente. Ya no te preocupes por él… – Le dijo, mientras por fin lo miraba y señalaba al niño que protegía tan recelosamente, entre sus brazos. – Lo he visto… al final vas a matarlo. No es su destino el que esté juntos.

– Yo creo mi propio destino… ¡Ayudalo! – Volvió a suplicar y los ojos viejos de la mujer se entrecerraron haciendo de sus arrugas, surcos más profundos. No era propio de ese hombre mostrar tanta preocupación por un humano. – Él no debe recordar nada de esto, cura sus heridas y…

– Él otro… ¿murió? ¿Volviste a atacarlo? – Preguntó – Dejé de verlo en cuanto lo até a ti.

– James está bien…  Y no fui yo quien lo atacó, solo lo liberé de quienes querían dañarlo. Él no recuerda nada y necesito que hagas lo mismo con él. – Explicó mientras ponía a Ariel en el piso, frente a ella.

– Si lo ató a ti, te seguirá como un cachorro a su madre… ¿es eso lo que realmente quieres? – Damián negó de inmediato, James se sometía a él de manera inconsciente, porque estaban unidos, la Wicca lo había atado a él para que no muriera, mediate una runa dibujada con la sangre de ambos en un bloque de hierro y mientras el sello de sangre se mantuviera, el alma de James seguiría perteneciéndole a Damián. – Un intercambio equivalente… quizás… – Ofreció la mujer y le sonrió con cierta malicia, Damián sopesó sus posibilidades, solo había algo que ella podría pedirle y que por supuesto, él no accedería a darle. Sin embargo, tampoco estaba en posición para ponerse exigente. – “No puedes ganar algo sin perder otra cosa a cambió”. – Le aclaró, pues en eso consistía un intercambio equivalente.

– ¿Qué pides?

– Rompe el sello de sangre que une al otro a ti…

Damián sintió que algo en su interior se alteraba, no quería hacer eso, James había estado unido a él desde su niñez, podía sentir la energía de su vida y su fuerza. Sentía cuando se encontraba en peligro y podía encontrarlo a donde quiera que el menor estuviera, eso y sin mencionar que James haría cualquier cosa que él le pidiera. Pero no era por los “beneficios” que la unión le daba, por lo que no deseaba romper sus lazos, sino porque lo quería y no deseaba perderlo.

– ¡No! – Respondió – No lo haré…

– Tu Alma Gemela a cambio de tu Llama Gemela… Es un trato justo. – Lo era, pero al romper el sello James dejaría de reconocerlo y la relación que tenían se perdería.

– No… Creale un Dharma y usa tu Reiki para sanar sus heridas.  – Pidió. – Dale un Tótem Espiritual. No me queda mucho tiempo, debo devolverlo a donde pertenece…

GIANMARCO

Pasaban de las seis de la mañana cuando desperté, Samko dormía plácidamente entre mis brazos, mientras que los suyos se aferraban uno a mi cintura y el otro se había colado por debajo del pijama y ahora reposaba contra mi pecho. Acaricié sus cabellos con ternura y durante algunos minutos me dediqué a observarlo, su rostro atractivo y los gestos que hacía cada cierto tiempo, la manera en que contraía los labios… absolutamente todo en él era adorable.

Aun me sorprendía lo mucho que había crecido, si para mí, apenas ayer era un niño de cuatro años que me pedía que lo llevara en los hombros, al parque, al cine, al zoológico o a comprar cosas que no necesitaba. Y ahora era hombre de diecinueve años. Suspiré con nostalgia, de seguir este mismo rumbo, sería cuestión de meses para que se olvidara por completo de este viejo y se fuera a vivir sus propias aventuras. Y sé que me iba a doler tanto perderlo.

Mi celular vibró en alguna parte de la cama, esa era su maña, dejar las cosas por todos lados menos en su lugar. Lo encontré debajo de las almohadas y resulto que era Travis, avisaba que la reunión se había adelantado y que pasaría por mí en dos horas.

Me levanté de mala gana, pero cuidando de no despertarlo. – ¿Quién demonios tiene una reunión a las ocho de la mañana en domingo? – Me quejé, mientras me dirigía al baño.

Por lo menos la ducha me ayudó a terminar de despertar, hacía un frio como pocas veces, con apenas una toalla anudada a mi cintura, sentía que me congelaría, pero había olvidado meter mi ropa.

Me estaba afeitando cuando Sam se asomó. – ¡Buenos días! – Cantó mientras se recargaba en el marco de la puerta. Aunque podía verlo por el espejo que tenía frente a mí, me giré para observarlo en todo su esplendor matutino. Mentalmente saqué mi Checklist: Cabello revuelto, ojos somnolientos, pijama desalineada: a saber, desabrochada y enrollada, presumiendo ese recién adquirido vientre plano y marcado. Pantalón a la cadera y casi por caerse, descalzó y con un solo calcetín porque el otro fue extraviado mientras me pateaba anoche cuando dormía. En resumen, Samko era exquisito y sensual incluso cuando acababa de levantarse.

Le estiré mi mano para que la tomara y se acercara, mientras le devolvía el saludo. Aceptó de inmediato y terminó colocándose frente a mí, entre la barra del lavabo y mi cuerpo.

– ¡Buenos días! – Volvió a decir y se estiró para besarme. Poco o nada le importó que tuviera el rostro llenó de crema para afeitar y que aun estuviera goteando. Y sin más unió sus labios tibios a los míos. Apenas y si fue una leve presión y volvió a repetirlo – ¡Buenos días! – Me dijo sobre la boca y su aliento me resultó embriagador, era dulce debido al medicamento que tomaba apenas se despertaba.

– ¡Buenos días… mi vida! – Le respondí y lo escuché reír mientras me cruzaba sus brazos por el cuello y volvía a atacar mis labios. Era capaz de repetirlo durante todo el día si no le decía “mi vida”. A ese nivel llegaba su osadía. Su lengua intrépida entró sin previo aviso por mi boca y la recorrió con avidez, su sabor era delicioso, en cada beso, succión, en cada mordida y jadeó involuntario, en cada nuevo roce por diminuto que fuese, me robaba un poco de razón. Mis manos se cerraron entorno a esa cintura delicada y lo pegué más a mi cuerpo. Su tibieza contra mi frio, no, en verdad no había nada más consolador. Mis manos necesitadas le caminaban por la espalda y sus costados, mientras que él me dejaba sin aliento.

Fue triste cuando se separó, pero por lo menos, no se apartó de mis brazos. Su rostro había quedado llenó de crema para afeitar y a su edad, él no la necesitaba, su cuerpo carecía de todo rastro de vellosidad, lo sé porque lo he visto. Se trataba de algo que habían llamado: Adolescencia tardía.

– De todos los trajes que te he visto lucir, sin duda… este es mi favorito.  – Agregó lujuriosamente, mientras con su dedo índice recorría el borde de la toalla sobre mi piel. – Sin embargo… no sé si me gustaría que los demás te vean así. – Agregó, como si en verdad estuviera angustiado por la situación.

– Libidinoso… – Le dije y él se mostró falsamente ofendido.

– ¿Puedo echar un vistazo? – Preguntó, mientras deshacía el nudo de la toalla. Por supuesto, se lo impedí y a pesar de su molestia, volví a anudarla y ahora con más fuerza.

– Tu humor mañanero es muy exquisito…

– Mi humor no es lo único exquisito… – Rebatió, mientras me miraba lascivamente, sus ojos me recorrían y sus manos no se quedaron a atrás. Internamente agradecía que estuviera mucho mejor que ayer, este si era el Samko que conocía y aunque era un poco incómodo, sin duda prefería estar cuidándome de no ser asaltado por él, a verlo deprimido.

– No lo dudo.

– ¿Por qué mejor no lo compruebas? – Su dedo índice comenzó a hacer círculos sobre mi pecho y sonreía con tal cinismo, mientras me miraba desde abajo con cara de gatito sin dueño. Era despiadado en sus ataques y no voy a negar ni tantito, que me encantaba que fuera de ese modo. – ¡Pruébame, Gianmarco! – Ofreció y el que me llamara tan lascivamente por mi nombre, me incitaba. De nuevo se abrazó a mí y de manera muy sutil, comenzó a restregarse. No sé si él creía que yo venía de algún extraño mundo en el que semejante comportamiento no me levantaba la libido. Pero en este preciso momento tenía unas intensas ganas de subirlo a la barrá y no solo para probarlo, deseaba comérmelo enterito.  Y justo cuando más lo estaba disfrutando, simplemente se detuvo. – ¿Y nuestra charla mañanera? – Me preguntó fingidamente resentido. – Te levantaste solo así y me dejaste olvidado… – Se cruzó de brazos y con todo el dramatismo posible me reviró el rostro y cerró los ojos dejando en claro que estaba muy, pero en verdad, muy molesto. Me reí con frustración, ya sabía que sus cambios de humor eran drásticos, pero aunque actuaba de una manera tan graciosa, hubiera preferido que continuara con lo que hacía. – ¿Te estas burlando de mí? – Cuestionó irritado y frunció el ceño.

 – ¡Jamás haría algo como eso! – Le dije con caballerosidad, es decir; con la palma sobre el pecho y el corazón en la mano. – Es solo que cuando te portas de esta manera y te enojas… me dan ganas de comerte a besos…

– ¡Adelante! – Me animó – No te contengas… – Otro cambio brusco, ¿acaso no estaba molesto?

Fue culpa mía por hablar de más. Si ya sé cómo es, para que digo, ese tipo de cosas peligrosas. Él venía con todo y tuve que frenarlo con un casto beso en la frente. – Tengo una reunión importante en una hora. – Samko me miró con fastidió y en esta ocasión, si se enojó de verdad. Si algo le irritaba más que el que lo hagan esperar, era que a su parecer “lo rechacen” o lo hagan sentir de esa manera.

– ¡Como quieras! – Dijo y sin más me empujó para que le dejara irse. – Vete a tu aburrida e “importantísima” reunión de trabajo. – No me gustaba que se enojara, pero mantenerlo feliz, por lo general era un trabajo 24/7 y en este momento no me era posible.

Pero fui ingenuo al creer que me daría tregua. Que como aún era temprano y mejor aún, era domingo, volvería a la cama a dormir o a mirar televisión como lo hacían todos los demás niños. Intenté ignorarlo y volví a lo que había estado haciendo antes de que él apareciera para torturarme. Intenté concentrarme lo más que pude en que mi barba cerrada quedara perfecta, para no desviar los ojos y mirar cómo se desvestía a mis espaldas, sin importarle que el tremendo espejo de casi el tamaño de mi pared, lo reflejara a cuerpo completo.

Pero sin duda alguna, se necesitaba no ser un humano para perderse la grandiosa vista que me estaba ofreciendo. Primero esa fina espalda que me invitaba a recorrerla con mis labios, después, con una gracia hilarante se deshizo del pantalón de franela. Sus piernas largas y torneadas me dejaron embelesado. Y por último, la manera tan sugerente en la que deslizó por entre sus pies, la única ropa que hasta hace unos segundos lo cubría. Miento, aún le quedaba puesto un calcetín y es ahí donde entraba de nuevo mi humilde participación. Apenas y si se cubrió con la camisa antes de voltearse. Samko era alto y usaba ropa un tanto ajustada para dormir, ¿Qué podía cubrirse con ese pedazo de tela? Nada.

– ¿Me ayudas a quitarlo? – Me pidió con fingida inocencia mientras levantaba ligeramente el pie que tenía el calcetín.

– ¡Quítatelo tú! – Le dije mirándolo por el espejo. – ¿Acaso no estabas molesto?

– ¡Lo estoy! – Aclaró – Pero aún me duelen… – Explicó mientras señalaba uno de sus moretones y me dedico su mirada más triste, y no es como si no comprendiera que estaba chantajeándome, pero simplemente no podía resistirme a él, no quería poder hacerlo.

Terminé de enjuagarme el rostro y fui hacía él, acuclillándome de frente, tomé su pie por el talón y le deslicé el calcetín, fue en eso que dejó caer la camisa. Trucos… siempre los había cuando se trataba de él. También la tomé del suelo y desviando la mirada hacía la puerta, me puse en pie para después mirarlo directamente a esos ojos castaños que me observaban con una seriedad aplastante.

– Se te cayó… – Le dije mientras se la ofrecía junto con el calcetín para que la tomará.

– Puedes quedártela… ya no la voy a usar. – Respondió cortante y dándome la espalda se metió a la ducha, cerrando la puerta de cristal tras de sí. No sin antes, arrebatarme su calcetín. Y si me la quede, tenía su olor así que la guardaría por ahí.

– ¡Te amo! – Le dije mientras me disponía a salir del baño para cambiarme, pero me regresé cuando lo escuché estornudar. – ¡Salud! – Le dije.

– ¡Gracias! Es que soy alérgico a tus mentiras…

Me reí, pero internamente tenía unas enormes ganas de estrangular a Damián por haberle enseñado ese tipo de cosas a mi niño. Porque eran tan efectivas, después de todo, no podía irme dejando que Samko creyera que mis palabras eran mentiras.

Con eso en mente, me volví y entré a la ducha, Sam estaba metido bajo la regadera y el agua tibia creaba una especie de vapor sofocante. Sus manos estaban con las palmas abiertas contra la pared y mantenía los ojos cerrados. Lo supe cuando acercándome a él me abracé a su cuerpo. No le sorprendió ni tantito y eso causó que mi orgullo doliera un poco, él sabía que terminaría haciendo lo que quería.

– Estas acostumbrado a hacer cumplir tus caprichosos… – Lo acusé, mientras lo pegaba más a mí, con algo de rudeza.

– ¡No! – Me rebatió, mientras se deshacía de mi agarré y se ponía de frente. – Estoy acostumbrado a que me cumplas todos mis caprichos.

– ¡Que insolente…! – Le regañé y ataqué sus labios mientras lo aferraba a mis brazos de manera posesiva. Pero Sam, no me permitió besarlo, por más que lo intenté me rehuía. – ¿Quieres jugar? – Reclamé un tanto desesperado. Él solo me sonreía con coquetería, mientras el agua seguía empapándonos.

– Creo que ya no quiero esto… – Respondió y sin contemplaciones volvió a rechazarme. Así era él. – ¿Enserio no se te hace tarde para irte a trabajar?

– Es muy tarde… pero para que te eches atrás.

Lo empujé contra la pared y le comí la boca, besé y mordí sus labios a placer, y aun si Samko intentaba apartarme o hacer un poco de espacio entre nosotros poniendo sus manos sobre mí pecho, necesitaría estar muerto para dejarlo ir y creo que ni a sí lo hubiera hecho. Mis manos lo recorrieron embriagándose con su desnudez, reconociendo poco a poco cada milímetro de esa piel que en otras ocasiones había sido acariciada pero por mis labios. Y aun si no era la posición más cómoda para ninguno de los dos, lo subí de manera que sus piernas se enredaran en mis caderas y continuamos con lo que habíamos dejado pendiente.

La ultimá vez había sido hace poco más de un mes. Y desde entonces, le había necesitado tanto. Amaba sentirlo tan de cerca, casi fundiéndome en él. Para cuando le di un poco de espacio para respirar pude notar como sus labios habían enrojecido y los deseé aún más, jamás me cansaría de besarlos, eran adictivos para mí y puedo asegurar que ninguna boca antes me había hecho regresar tantas veces por un beso.

– Lusso… – Se sentía inseguro, todo estaba mojado y él, así como el agua, se me estaba escurriendo entre las manos. – No me dejes caer…

– ¡Jamás! – Y a mis palabras les siguió el bajarlo y ponerlo de frente a la pared, entonces me le pegué y comencé a restregarme contra su trasero.

Había reglas, era necesario. Y cuando el intentó jalarme la toalla para desanudarla, tuve que impedírselo. Subí sus manos sobre su cabeza y lo aprisioné entre la pared y mi cuerpo. Él no era de los que se rendía sin prestar batalla y en esta ocasión no fue la acepción, pronto llevaba un ritmo contrario al mío y juro por mi vida que me estaba haciendo delirar. – ¡Tócame! – Suplicó y mi razón me decía que no lo hiciera. Que no estaba bien y que sobre todo, dadas nuestras condiciones, era peligroso. – ¡Por favor! – Insistió. – Solo un poco, te prometo que no voy a meter las manos.

– ¡No, Sam!

– Lusso… – Escapó de mí agarré y sus ojos me miraron necesitados. Después de este tiempo juntos sabía reconocer cuando era un vil chantaje y cuando hablaba muy enserio, ahora estaba hablando enserio y acercándose a mí, buscó mis labios. La diferencia radicaba en que abandonaba por completo la pasión y la lujuria, entonces, se volvía tierno y dócil. – ¡Por favor! Agregó y sus ojitos claros me atraparon. Si no podía negarme ante el diablillo descarado mucho menos iba a hacerlo ante este angelito dulce y frágil.

SAMKO

Se fue acercando lentamente hacía mí, sus manos rodearon mi rostro y con cuidado me hizo retroceder hasta que tuve la espalda contra la pared. Fue entonces que unimos nuestros labios, me tocaba con ternura, con una bondad que me dejaba sin palabras. Apenas eran simples roces, y esporádicamente atrapaba con sus labios los míos, de resto todo era un juego, me mimaba y aun si me daba pequeños mordiscos, ninguno llegaba a lastimarme.

Me estremecí cuando sentí que la toalla había caído, quise mirar pero él no me dejó, nunca me lo permitía. Y tampoco cedía con frecuencia esto, a si yo se lo pidiera de todas las maneras posibles, pero creía que si esta vez me lo había concedido, era porque también lo deseaba y eso me hacía feliz. El hecho de saber que yo podía llegar a provocarle algo tan similar a lo mucho que él me excitaba, me llenaba de orgullo. Pero también me asusté cuando lo noté indeciso. Para Lusso, esto estaba más que mal. Y aun si habíamos hecho muchas otras cosas, estar desnudos no era algo con lo que suela sentirse cómodo. – ¡Esta bien… confió en ti! – Le susurré despacio y sujetando su mano, la llevé hasta mi abdomen. Para después seguirla bajando lentamente. Amaba verlo tan indeciso, como asustado. Sus ojos claros me miraban con intensidad, como suplicantes para que desistiera de esto, pero no iba a hacerlo. En mi interior, no sentía que fuera algo malo. Yo lo quería, incluso más que eso. Toda la gente tiene encuentros amorosos y yo quería tenerlos con él y ese hecho no interfería en lo más mínimo con respecto a mis sentimientos por James, porque lo que tenía con Gianmarco, era distinto y en muchos sentidos, también era mejor, porque era real.

– Te vas a portar bien… ¿cierto?

– Lo juro… – Le respondí y él me miró con cierto recelo, no sé porque no le gustaba que jurará y aunque creo que ya me lo había explicado, supongo que no le puse atención cuando lo hizo. – Bueno, entonces, lo prometo.

Nada más fue necesario, él le daba crédito a mi palabra. Y yo me iba a esforzar por cumplir con lo que dije, Gianmarco se acercó hasta que pude sentir su hombría contra la mía. De inmediato cerré los ojos, sabía que no era para tanto, pero a pesar de la aparente simplicidad, me derretía y hacía que me sacudiera en espasmos repetidos. Y me avergonzaba hasta lo más hondo, porque sabía que estaba mirándome, que esa altura que me sacaba de ventaja hacía imposible que me escondiera de él.

Lusso empezó a moverse despacio, muy lento, pero cuidando que no dejáramos de rosarnos. Sus manos me acorralaban a los lados a la altura de mi cabeza. Iba a pedirle que se acercara un poco más, pero un ruido proveniente de la recamara, se alzó mucho más alto que mi voz. Lusso no se detuvo, sino que al contrario, intensifico la fricción.

– ¡Alguien entro! – Le dije y él solo me sostuvo la mirada. Sus ojos castaños estaban impregnados de todas esas cosas que parecía sentir y que por alguna razón no me decía. Escuché los pasos acercarse, seguido de alguien que lo llamaba por su nombre, pero no pude distinguir su voz – Gianmarco, van a descubrirnos… – Le susurré asustado e intenté separarlo de mí, hasta que por fin se detuvo.

– ¿Crees que me importa en lo más mínimo? – Me preguntó mientras rodeaba mi rostro con sus manos. – Mi vida… ¿Acaso crees que me importa algo que no seas tú?

No supe que responder a eso, era su familia, sentía que yo no podría competir contra eso, y sin embargo, él logró que me olvidara de todo y volvió a besarme mientras unía nuestras hombrías y las masturba al mismo tiempo, primero con ambas manos, y después basto solo una, mientras que la otra recorría todo mi cuerpo.

Al parecer la persona se detuvo en la puerta del baño, no lo sé. De lo único que me di cuenta es que en menos de lo que me esperaba, ambos estábamos sobre la bañera y Lusso me tenía sentado sobre sus piernas de frente a él. Seguíamos frotándonos mientras sus labios me andaban por el cuello y por el pecho. En menos de lo que esperaba, me dejo debajo y de nuevo volvió a usar sus manos sobre nosotros, yo ya no podía respirar, el peso de Lusso sobre mí, me sofocaba.  Todo me daba vueltas y el cuerpo entero me temblaba, sobre todo los muslos de las piernas. Estaba cerca, podía sentirlo.

– Amo estar encima de ti… – Susurró con la voz entre cortada, mientras pegaba su frente a la mía, yo era un mar de jadeos y balbuceos sin sentido y odiaba verlo a él tan propio, excitado, sí, y mucho, pero yo estaba a punto de ponerme a gritar y el en cambio mostraba tal seguridad. De la nada aparto sus manos y se las arregló para que mis piernas se abrazaran a su cadera, estábamos demasiado cerca, a tal punto que la humedad de su parte baja escurría sobre la mía, era deliciosa la sensación, provocativa, tentadora y me invitaba a pecar. – Hueles tan bien… Me excitas Samko, haces que te desee cada vez más…

Deseaba poder decirle que él también me provocaba, que lo querían y que era muy importante para mí estar de esta manera con él. Pero de mi boca solo lograban salir ruidosos gemidos que por más que me mordía los labios para acallarlos, no dejaron de escucharse hasta que en medio de esos vaivenes, terminé sobre nuestros estómagos. Entonces sí, aunque me avergüence decirlo, el sonido que proferí cuando grité, no fue para nada masculino. Pero no me sentí mal, sabía que Lusso no me juzgaría por ello. Él necesito un poco más de tiempo, y me dediqué con esmero a la tarea de besarlo, acariciarlo y consentirlo hasta que terminó en un gemido esplendorosamente masculino. Él era tan hombre, tan recio y garboso, pero al mismo tiempo era dulce y delicado, o por lo menos, lo era conmigo.

Con cuidado se dejó caer a mi lado y la bañara resultó ser demasiado pequeña para dos hombres de nuestra talla, pero así era mejor, ahora mismo deseaba estar lo más cerca posible de él. Y agradecí cuando, como adivinando mis pensamientos, me abrazó y me cobijó entre su pecho.

– ¿Estas bien? – Me llenaba de besos el rostro y el cabello y todas esas atenciones me hacían suspirar. Era tan amable y caballeroso. – ¿Mi vida?

– ¡Estoy muy bien! – Respondí jadeando, aun me estaba costando trabajo calmar mi agitación. – Y tú… ¿estás bien?

– ¡De maravilla! – Con ternura, me ayudó a levantarme y lavo mi cuerpo. También me envolvió en una bata de baño y me llevó hasta la cama, para que después de que me acostara, me arropara entre los edredones. – Odio tener que dejarte justo ahora…

– Ya te dije que estoy bien.

– Volveré pronto mi vida, prometeme que seguirás estando bien por lo menos hasta que regrese. – No se contuvo en mostrarme su preocupación y a estas alturas, me arrepentía de haber llorado tras cada vez que estábamos juntos de esta manera, pero las emociones me ganaban y en esas ocasiones me sentía tan feliz que solo podía llorar. – Terminando la reunión me vendré de inmediato…

– ¡Ah, no! – Le dije fingiendo molestia – Tu solo te puedes venir conmigo, así que deja de andar de caliente con tus socios…

Lusso me puso ojos de huevo cocido y tras dejarme un beso sobre la frente se fue hasta su Closet. Esa era otra de las cosas que amaba de él, su guardarropa. Su gusto era muy refinado, pero era pésimo para combinarse. Lo observé sacar un traje negro, su ropa estaba colgada por conjunto, es decir; Saco, chaleco, camisa, pantalón y cinturón. Todo juntito.

– ¿Tu reunión va a ser en un velorio? O ¿Acaso vas a servirles cómo mesero? – Me burlé.

– ¡Duérmete! – Ordenó y por supuesto que lo ignoré. Saliendo de la cama, fui abriendo todas las puertas del closet que ocupaba todo el largo de la habitación.

– Tienes el cuerpo, el físico y sobre todo el porte… que no te de miedo experimentar con tu atuendo, te aseguro que sin importar lo que elijas, te seguirás viendo sexy, aun si te vistes como pingüino… – Le dije mientras le quitaba de las manos el atuendo que había elegido.

– Pero… ¿Qué tiene de malo? Lo compre tal cual se veía en el maniquí.

– Lo sé, y justamente vas a verte como un maniquí, sin chiste y sin vida… – Lo regañé – Siéntate, voy a elegir algo bueno para ti.

Tenía casi toda la colección Tailored de Hugo Boss, porque entonces elegía uno sin chiste.

– Ya te lo había dicho, básicamente existen tres tipos de traje, de los que puede variar el ajuste, las solapas, los bolsillos e incluso el número de cortes en la espalda. – Lusso me miraba como si estuviera hablándole en otro idioma. Me limité a negar con la cabeza y a seguir con lo que hacía. – Todo esto es independiente del color, tela, patrones o número de botones. Cada uno tiene sus peculiaridades y se utiliza para vestir elegante en diferentes estilos.

– Solo necesito algo que ponerme…

– Presta atención…

– ¡De acuerdo!

Le elegí una combinación del estilo Slim fit con un Corte Italiano. En mi modesta opinión, era el que mejor resaltaba la forma de su cuerpo. Pues estaba bien estructurado de los hombros y era de mangas estrechas, con solapas anchas, ajustado en el pecho pero no en el resto del cuerpo, salvo un poco en la cintura, bolsillos sin solapas, y sin cortes en la parte inferior. También elegí un pantalón de cintura baja, ajustado en los muslos.  Ideal para el estilo que esperaba formarle.

– ¿Qué tal este? – Le pregunté, mientras ponía el traje con mis modificaciones, frente a él. Lusso mantenía los brazos cruzados sobre el pecho y lo miró detenidamente unos instantes. No estaba convencido. Pero era aquí donde entraba mi innegable capacidad de negociación. – Es un estilo atrevido, al tener los hombros anchos y la cintura estrecha, va a remarcar tus atributos, y crear esa forma de triángulo invertido que la mayoría busca, al igual que los bolsillos sin solapa que moldean tu figura, este tipo de solapa ancha en el pecho te luciría mejor con una corbata de corte tradicional. El color Cian, resalta el tono de tu piel, además de que es un traje de Lana Virgen y Cashmere, sin mencionar que es SUPER 150, lo que significa que es un traje delicado y con mejor caída de tela. Este atuendo revela “poder” con un gran sentido de moda.

– Yo solo veo un traje azul…

– Es color Cian…– Refuté molesto.

– De acuerdo… “Cian” o “Azul” me pondré él que tú quieras.

– ¡No lo puedo creer!

– Mi vida… para mí solo es ropa, no le veo el mayor sentido a todo esto…

– Pues deberías, vas a ponerte encima aproximadamente mil novecientos treinta Euros solo en ese traje, vístelos con orgullo.

– Sí, sí, no te enojes… y a razón de esto ¿Qué es Cashmere?

– También se le conoce como Cachemir y es una de las Lanas de cabra más escasas y extrañas del mundo, sin olvidar que es una de las más valoras, por lo que usarla es muestra de clase, lujo y distinción. – Expliqué con orgullo. – Por cierto, no olvides los zapatos del mismo color, usa los bostonianos.

Como volvió a mirarme con cara de no haber comprendido, se los busqué y le dejé tanto los calcetines, la camisa blanca de algodón, los gemelos con cristal, agregué una bufanda de seda blanca, él las usaba con frecuencia y la corbata, todo a mano para que pudiera vestirse.

– Si sabes dónde va cada cosa… ¿cierto?

– ¡Sí! – Respondió mientras se ponía en pie – ¿Pero a dónde vas?

– Tengo hambre…

La verdad es que bajé a reunir a las chicas que se encargaban de la casa, también estaba Linda y el chofer, que aunque no lo invité, se metió al relajo. Pusimos sillas y esperamos a verlo bajar. No paso mucho tiempo, Lusso venía distraído mirando algo en su teléfono y con la mano izquierda en la bolsa del pantalón. El murmullo se alzó desde que apareció y él, sorprendido y después avergonzado, terminó de llegar hasta donde nosotros.

Las atrevidas mujeres lo rodearon de inmediato, incluida Linda. Le alababan el atuendo y lo bien que se veía. Lusso parecía demasiado incomodo con tantas atenciones, pero si las chicas lo aprueban, los hombres lo envidian, esa es una ley de vida.

– Se ve muy guapo… – Encomió Linda, y todas estuvieron de acuerdo. – ¿Qué opinas Samko? – Fue incómodo cuando todas centraron su atención en mí, ahora comprendía la presión que suelen ejercer las mujeres hacía nosotros. Incluso Lusso espero por mi respuesta.

– Puedo describirlo en tres palabras: Encantador y Cazador…

Ellas se rieron y él se acercó para besarme, por supuesto que se lo permití, se veía como un modelito y por suerte, hasta cierto punto, era mío. Cuando me abrazó vi su reloj, es verdad, lo había olvidado, Lusso era fanático de los relojes. – ¡Estas usando a Roli! – Le dije mientras sujetaba su muñeca.

– Había olvidado que le has puesto nombre a todos mis relojes… este me gusta mucho, fue mi primer lujito.

– Claro… solo tú te compras un Rolex de oro blanco como lujito…

– ¿Enserio se ve bien? – Preguntó mientras se acomodaba el saco.

– Te veo y agradezco que estés soltero y yo sin compromiso… – Respondí, mientras le enderezaba el nudo de su corbata – ¿Es curioso no crees?

– ¿Qué es curioso?

– Que yo sea tan perfeccionista y tú seas tan perfecto…

No vi el momento en que nos dejaron a solas, pero disfruté de estar unos minutos abrazado a él, de darnos besos tiernos y que Lusso me acariciara con esmero.

DAMIÁN

– Un día leí por ahí que cuando conoces a la persona indicada, no sientes todo ese alboroto y manojo de nervios y demás, sino que sientes simplemente paz, porque con la persona correcta te sientes seguro del todo y en todos sus sentidos… ¡Damián! ¿Estas escuchándome?

– ¡Sí! – Respondí sin mirarlo – Pero no tengo la menor idea de porque me dices todo esto… ¿Es acaso una queja?

– ¿Una queja?

– Sí… ¿Han no te hace sentir todo eso? – Me estaba burlando de su relación y era algo que esperaba hacer siempre porque muy en el fondo los envidiaba y si, era envidia de la mala.

– Solo siento nervios antes de verlo, pero me basta un segundo, un simple segundo de verlo parado frente a mí, esperándome, para sentirme aliviado y…

– Y en paz… – Terminé la frase por él y no puede evitar que mi voz sonara tan aprensiva. Y también me sentí culpable porque Deviant estaba siendo honesto conmigo a pesar de mi insolencia.

– ¡Sí! – Respondió con emoción.

– Sí…

También me sentía de ese modo, aunque el nerviosismo me duraba un poco más allá de verlo, pero con el paso de los minutos me iba aclimatando y recobraba la confianza y la serenidad. Entonces mis demonios guardaban silencio y las puertas de mi infierno se cerraban ante ese cielo despejado de su mirada. Él me daba paz y me hacía sentir seguro.

– ¿Qué sucede?

– ¿Por qué lo preguntas?

– Dijiste que querías hablar conmigo… pero desde que salimos del departamento he sido el único que ha hablado.

– Tú siempre hablas demasiado… – Me quejé y él solo me miró con recelo. – ¡Esta bien! Por esta ocasión no me importa cederte el micrófono.

– Eso fue muy cruel…

– Solo quería caminar un poco y que me acompañaras… ¿Acaso tienes tanta prisa de volver con él? – Pregunté resentido.

– Sabes que no… – Aseguró y parándose frente a mí, me obligó a detenerme. – Yo siempre… escuchalo bien, siempre voy a tener tiempo para ti. Es solo que me preocupa que estés tan abatido… ¿Acaso no dio buen resultado la cita?

Por unos segundos le miré sin comprender del todo lo que había dicho, la palabra “cita” seguía dando vueltas en mi cabeza, pero cuando por fin caí en cuenta de que había sido descubierto, simplemente me reí, era listo y yo era un verdadero estúpido por siempre querer subestimarlo. – ¡Mi excusa fue buena! ¿Cómo es entonces que lo has notado?

– ¿Buena? Fue terrible…– Y en esta ocasión fue su turno de burlarse de mí. – la peor que te he escuchado utilizar hasta el momento.

– Pensé que sería creíble… – Confesé mientras lo tomaba de la mano y reemprendíamos la marcha. En realidad, solo quería pretender que no me sentía ofendido por sus palabras tan sinceras. – Él aun es un niño y…

– ¡Samko ya no es un niño Damián! – Me corrigió con cansancio, en muchas otras ocasiones había querido hacérmelo entender, pero yo no tenía prisa en que Sam creciera. – Y te aseguro que ha tenido más citas que tú y yo juntos… Él también es mi hermano y se dé buena fuente que jamás trataría de impresionar a alguien, pues fuiste tú quien le enseñó que debía de ser el mundo quien tratara de impresionarlo a él… Y de la ropa mejor ni hablemos. Siempre que estoy a su lado siento que me veo andrajoso y miserable… Pero ese es otro tema, cuéntame sobre la cita.

Mentalmente me rehusé, sentía que no podía aceptarlo así de fácil frente a él. Y al mismo tiempo, tenía muchas ganas de contarle, de poder desahogarme con alguien, fue esa la razón que me orillo a buscarlo y sacarlo de su departamento.

Después de devolver a Ariel a su casa, deseando sinceramente que sus heridas no dolieran y que tampoco se notaran tanto, pero sobre todo, que no recordara nada de lo sucedido, solo quería ver a Deviant y contarle de lo miserable que me sentía. – No le diré a nadie… te lo prometo, es más, a cambio te contaré algo que últimamente me inquieta mucho.

– ¿Te es infiel?

– No… y mejor no le des ideas. – Agregó de inmediato y no pudo ocultar su preocupación y desagrado por el tema.

– Seria un estúpido si te engañara…

– Estoy de acuerdo, pero después hablaremos de mí. – Señaló una banca y sin soltarme me arrastro hasta ella. Aún era temprano y el parque estaba solitario, así que cedí ante Deviant. Y ambos nos sentamos. – Tienes toda mi atención… – Aseguró y por cómo me miraba no lo dude ni un poquito.

– Estuvo bien… – Confesé y miré para otro lado.

– ¿Bien? – Cuestionó – Bien, más o menos, bien, bien, o bien mal… – Me presionó y su mirada buscaba encontrarse con la mía, cosa que no permití. – ¡Vamos Damián!

– No sé… no me siento cómodo hablando de estas cosas…

– Pero soy tu hermano…

– Precisamente por eso…

– ¿Acaso no me tienes confianza? – Me preguntó indignado.

– ¡No intentes chantajearme con eso! – Le advertí, él cambio su expresión de indignación a la de un dolor profundo, era un maldito manipulador y yo era un estúpido por seguirle el juego – Sí te tengo confianza, pero Igual es vergonzoso…

– ¿Desde cuándo sientes vergüenza? ¿Desde cuándo te sientes nervioso? ¿Desde cuándo caminas tanto? ¿Desde cuándo eres tan puntual? ¿Desde cuándo sonríes de la nada? ¿Desde cuándo buscas impresionar a alguien? ¿Desde cuando tienes citas con niños? – Cada pregunta la fue haciendo en un tono tan suave que casi parecía un susurró, mi hermano me miraba desbordante de ternura y no estaba seguro que quisiera que me viera de ese modo.

– Basta, Deviant… No es tan fácil, no puedo simplemente dejarme llevar. – Rebatí y me enojaba tener que reconocerlo. – Yo no soy como tú, que importa que todo lo que has preguntado haya iniciado cuando le conocí, no soy alguien bueno para él, para nadie… y…

– Sabes… Muy seguramente existan mejores que tú, por montones… cientos de ellos…– Levantaba las manos para reafirmar lo jodido que estaba ante los demás.

– ¡Gracias por lo que me toca! – Me quejé.

– ¡Dejame terminar! – Me regañó – Aunque los haya, pero si él te eligió a ti… ¡Se jodieron los demás! – Su expresión me hizo reír y él me imitó.

– ¿Y cómo sé si me eligió?

– Creo que ya conoces la respuesta a esa pregunta y por eso, estas “tan” molesto… – Sí, tal vez Ariel me hacía sentir que entre nosotros podría haber algo serio, pero aun así. – Por primera vez en tu vida encuentras en alguien lo que siempre has necesitado y casualmente eres correspondido y eso te asusta…

– Es peor de lo que imaginas… – Aseguré con desdicha.

– ¿Acaso no siempre lo es? – Por primera vez en mi vida sentía que Deviant no me comprendía, pero en el fondo sabía que era mi negatividad contra su carácter positivo, solo eso.

– Antes de la media noche… lo besé por primera vez. – Confesé y el recuerdo de sus labios sobre los míos me hizo estremecerme, aun navegaba en los míos el sabor de su boca y resultó que la añoraba de vuelta–…Y en la madrugada estuve a punto de matarlo… por primera vez. – Agregué con amargura.

Deviant se congeló a mi lado, no era de extrañar, mi hermano olvidaba a propósito que mi naturaleza no era humana, al menos, no del todo. Y yo estaba tan preocupado, en mi interior, el odio que me tenía se acrecentaba con fuerza, me detestaba, porque siempre termino hiriendo o matando lo que en su momento me ha importado.

– Te detuviste… – Agregó dubitativo y carente del ímpetu de hace unos minutos atrás. – Eso cuenta…

– ¡No, Deviant! – Grité y en medio de mi desesperación hundí el rostro entre las manos. – Debí detenerme antes… No después de arrastrarlo por el bosque. Quería matarlo, aun quiero hacerlo…– Confesé desesperado y al buscar la mirada de Deviant resulto que sus ojos me observaban con aprensión. – Lo deseo como no tienes idea… Sentí su miedo, pude olerlo, él estaba aterrado, su corazón latía para mí, acelerado, frenético y su sangre… – Tragué saliva porque casi podía sentir el sabor de su sangre en mi boca y de nuevo sentí sed, y un hambre que me desquiciaba. – Sus heridas me incitaban, acrecentaban mi ansia y furia a grado extremo. Por un momento dejé de ser yo, era como si un velo negro cubriera mi razón, entonces solo vi una presa que debía ser cazada… – Y eso me aterraba, me asustaba y odiaba sentirme de esta manera – Voy a irme un tiempo… – Solté de golpe. – Me alejaré de él…

– ¡Si ya lo decidiste! – Habló Deviant y en el tono de su voz descubrí el reproche. – No es la primera vez que desapareces… Internate en el bosque, eso siempre te ha hecho bien, solo que debes irte por un buen tiempo, el suficiente como para que ese chico te olvide y no sabemos… quizás cuando vuelvas sabrás que hiciste lo correcto porque él ya estará con “otro hombre”. – Miré a Deviant con incredulidad y el solo se rio de medio lado. – No me mires así, es solo sentido común Damián, después de todo, él no debería de esperar o guardarse para alguien que después de besarlo lo abandona, lo justo sería que este con otro hombre, uno de verdad… – Estaba dándome donde duele, ¿cómo podía decirme todo eso? ¿Acaso era una especie de venganza por lo mal que me he portado con Han? – Si tú te fijaste en él, tú… que eres más frio que los dos polos juntos, no quiero ni pensar en cuantos “otros” estarían dispuestos a hacer hasta lo imposible para tener a alguien así. Por recibir los besos que tu estas rechazando. Solo piénsalo… se entregará a esa persona y tú solo serás un pasado que negará, él va a enamorarse de nuevo y tú seguirás siendo igual de miserable y solitario.

Sus palabras lejos de ayudarme me habían aplastado aún más… Ariel con otra persona. No, eso era algo que no quería ver. Es tan distraído que no se da cuenta, pero cuando va al restaurante yo sí que he notado como lo miran, tanto hombres como mujeres y pensar ahora en ello, me ardía. No quería que nadie lo tuviera como anoche lo tuve yo.

– Eres un cobarde… – Dijo de tal forma que me saco de mi ensimismamiento.

– Deviant…

– ¡NO! – Gritó – Yo quería conocerlo… y por tu estupidez no va a suceder. – Se quejó y en medio de su rabieta me dio un puñetazo en el hombro.

– ¿Eso es lo único que te importa? – Lo acusé – ¡Que egoísta eres! ¿Acaso escuchaste algo de lo que te dije? Y a ti solo te importa conocerlo…– Desvió la mirada y cruzó los brazos sobre el pecho, el mismo dramatismo y excentricidad de Samko. Realmente eran idénticos.

DEVIANT

Nos quedamos discutiendo como media hora más sobre ese asunto, cuando me aseguré de desdibujarle lo suficiente la idea de irse, me calme. En realidad, no estaba molesto, solo no quería que se fuera y en efecto, tampoco pensaba renunciar a la posibilidad de conocer a ese chico.

Damián intentó desviar la plática en muchas ocasiones, pero exigí saber que fue exactamente lo que había ocurrido. Él me lo relató muy a su pesar y debo decir, que en verdad le había afectado lo sucedido. En algún momento se perdió en sus palabras y describió como se sentía, la batalla interna que estaba peleando contra su otra naturaleza, el miedo y la ansiedad, y al mismo tiempo, la furia descontrolada del animal.

No habían sido muchas veces en las que yo lo había visto en su otra forma, pero me bastaban esas pocas para saber que ese imponente ser de orejas puntiagudas y fauces como de acero, no era mi hermano, era otra cosa, algo sin sentimientos, sin prejuicios, sin piedad ni mucho menos mostraba algo que me hiciera creer que Damián estaba dentro de él, que su mente seguía siendo la de un humano. Yo solo podía ver fiereza y hostilidad, mataba a voluntad, muchas veces lo hizo por mera diversión. Era aterrador.

Y que ahora me dijera que se había detenido, que al calor de ese momento él había querido protegerlo, era algo que me costaba creer, y que sin embargo, sabía que era verdad.

Sobre la Wicca, eso era otra cosa. Él la había buscado en muchas ocasiones, aunque en su mayoría, era ella quien lo encontraba. La conocía de la vez que ayudo a James, y no solo le borró la memoria de cuando Damián mató a las personas que querían dañarlo, sino también, de toda su vida pasada e implantó en su mente una idea. Una historia distinta a la real y que James repitió como si realmente fuera lo que paso. No volví a verla después de esa ocasión, pero basta decir que no la extraño, no me agrada. Ella decía que dentro Damián lo que había era un demonio y que merecía estar solo, porque su aura era oscura. Y sin embargo, ató el alma de James a él y los unió en un rito de sangre. Ha decir verdad, no comprendo bien esas cosas, pero fue algo horripilante de ver.

– ¿Entonces dices que no hizo lo mismo que con James?

– No, solamente borró esa parte de sus recuerdos. Pero para que el efecto dure debo darle esto… – Sacó un pedazo de hoja cuadriculada y en ella estaba dibujado un rectángulo angosto y con símbolos adentro. – Tiene que usarlo…

– ¿Qué es esto? – Le pregunté mientras le devolvía la hoja.

– Es un tótem…

– ¿Cómo el de James?

– El de James es un amuleto que representa nuestra unión. Es como un símbolo de protección… – Me explicó y asentí para que creyera que le había entendido – El de… – Se detuvo. – Esto es un efigie – Se corrigió, mientras sacudía la hoja, y me confundí aún más porque primero había dicho que era un Tótem y ahora resultaba que era otra cosa – Efigie, significa que es una imagen, o una imitación de su verdadero Tótem Animal. – Explicó.

– ¿Y porque va a tener un Tótem?

– Porque no quise disolver mi vínculo con James y como no acepté el intercambio, ella debía poner ese recuerdo en algo…

– ¿Quieres decir que el recuerdo estará en esa cosa?

– Esto es solo temporal…

– No comprendo… ¿temporalmente el recuerdo estará ahí? – Se desesperó y le molestaba que no le comprendiera, pero aun así, intentó explicarme.

– No puedes simplemente meterte en la mente de una persona, extraer un recuerdo y hacer que se desvanezca en la nada… Ella dijo que tarde o temprano lo voy a matar… – De nuevo hablando de muerte, me asustaba cada que mencionaba esa palabra, pero en esta ocasión llamó mi atención la aprensión con la que lo pronuncio, realmente estaba preocupado por ese chico. – Solo hay una forma de que eso no suceda…

– ¿Cómo?

– Mezclar nuestras almas… – Lo dijo como si fuera la cosa más lógica en el mundo.

– ¡Claro! ¿Por qué no me ocurrió antes…? – Dije intentando no pecar de ignorante. Damián negó con impaciencia pero mentalmente buscaba alguna forma de que yo lo comprendiera y eso solo significaba que el tampoco confiaba en lo que estaba haciendo.

– Él es mi destino…

– ¡Qué lindo!

– Deviant concentrate… – Me regañó – me refiero a que mi destino es matarlo. – Eso ya no tenía nada de lindo. – Debía darle algo a cambio por lo que ella iba a hacer, así que cedí parte de mi alma humana y ella la guardo en él… temporalmente. Y ese recuerdo que le extrajo me lo dio a mí.

Eso sí que lo comprendía. Y me sorprendió mucho que haya aceptado, el principal temor de Damián era que su alma se anulara y que predominara su otra naturaleza, de suceder, él perdería su humanidad y se quedaría para siempre como un temible lobo gigante. Salvaje, feroz y despiadado. – No debiste… Damián…

– Es solo temporal y sé que está segura en él… incluso más que mí. – Esa declaración me sorprendió y no voy a negar que sentí un poco de celos.

– ¿Tanto así cofias en él?

– No dije que confiara en él Deviant… – Aclaró mientras se ponía de pie – Pero lo bueno de mi maldad es que puedo distinguir la pureza, puedo olerla y sé que estaré bien, esa parte de mí estará segura en él… Además, te repito que es temporal. – Aclaró.

– ¿Exactamente cuánto tiempo es “temporal”?

– Hasta que el encuentre a su Tótem Animal, cuando mucho será en un mes… espero que sea en menos tiempo. – Damián buscó entre mi ropa el celular y miró la hora, después me lo entregó. Se veía agotado y tenía los ojos rojos por el desvelo. – ¿Me acompañas a comprarlo? – Preguntó mientras volvía a poner la hoja frente a mí.

En mi interior, tenía muchas preguntas por hacer, pero no quería molestarlo, el caso es que yo no creía en todas esas cosas de las auras y los mantras. En lo de las almas sí, porque lo había visto con mis propios ojos. Y fue un rito por demás terrorífico, contrario a Damián que creció en medio de cosas sobre naturales, él si creé y sabe mucho al respecto.

– ¿Puedo hacer una última pregunta?

– No me pidas permiso… esa actitud no te va, después de todo siempre haces lo que quieres… – De nuevo la agresividad, y ese tonito de reproche, ya sabía por dónde iba.

– Eso no es verdad… siempre consulto tu opinión.

– No recuerdo haberte dado mi consentimiento para que anduvieras con el estúpido que tienes de fondo de pantalla en el celular… es tan cursi.

– Es para que no lo olvide… – Intenté defenderme y tomando mi teléfono vi nuestra foto.

– ¿Cómo vas a olvidarlo si todo el tiempo se la pasan juntos? – Como no me gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación decidí hacer mi pregunta, mientras seguía a Damián.

– Cuando tu novio encuentre a su Tótem Animal…

– No es mi novio… – Aclaró a secas.

– Cuando tu “futuro novio”… – Por supuesto, Damián no era el único que sabía joder y me basto verlo arder de coraje para sentirme satisfecho – encuentre su Tótem Animal ¿Cómo vas a recuperar la parte de tu alma? Y cuando eso suceda… ¿no volverás a querer matarlo? – Mi hermano resopló cansado, sé que había demostrado mucha paciencia conmigo, pero era un tema complicado.

– Escucha Deviant… – Dijo mientras se detenía y se ponía de frente a mí. – Es probable que mi lobo quiera matarlo por el resto de mi vida, no lo sé y tampoco sé si esto va a funcionar. El que será su animal, llegará por si solo a él y será un protector… va a cuidarlo de mí. Cuando lo encuentre, a menos de que me acepte, tendremos que separarnos.

TERCERA PERSONA

Tanto Damián como Deviant, llegaron a una de las joyerías que se encontraba en la plaza mayor del centro, los mejores establecimientos y restaurantes se encontraban en esa zona. Ambos eran conocidos y por lo general, se les daba una atención privilegiada, así que fueron conducidos hasta el interior, por una joven que parecía no poder apartar la mirada de ellos.

Damián hizo su pedido y exigió que se le entregara a la brevedad. Mientras que Deviant curioseaba en los mostradores. Por tratarse de ellos, le dijeron que el pequeño dije estaría listo para el medio día. Después de dejar un motivante adelanto, la joven intento conducirlo a la salida, pero de manera cortante la detuvo, y pasando a lado de Deviant le dijo que ya se iban.

– Comprame eso… – Pidió Deviant, mientras señalaba un anillo de oro blanco. En realidad, había sido una orden indirecta. Sin detenerse ni tomarse la molestia de siguiera mirarlo, Damián negó con la cabeza, causando la molestia del mayor. – ¡Comprámelo! – Repitió en un tono más fuerte.

– ¡Ya te dije que no! – Plantándose frente al mostrador y cruzándose de brazos, Deviant dio a entender que no se movería de ahí hasta que el moreno le comprara el mentado anillo. Y no es que él no pudiera comprárselo, pero era un berrinche que Deviant deseaba que se le cumpliera. Damián se molestó cuando se dio cuenta que no lo seguía, pero aun así camino hasta la puerta y salió.

– ¿Señor? – Le habló la joven que los había estado atendiendo.

– ¡Tranquila! – Respondió Deviant – Si digo que quiero que me lo compre, entonces, lo tendrá que hacer… solo dale tiempo, es un poco orgulloso. – Le dedicó una sonrisa coqueta y ella de inmediato asintió, aunque muy en el fondo tenia serias dudas sobre si el moreno volvería.

Pasaron cinco largos minutos, Deviant seguía en la misma posición, no dudaba en lo más mínimo que Damián volvería, pero odiaba que lo estuviera haciendo esperar tanto, la mayoría de los empleados lo miraban con cierta lastima. Fue entonces, que la puerta de cristal fue abierta con un poco más de la fuerza necesaria. Todos voltearon a ver, menos Deviant, no tenía que hacerlo para saber quién era el que se acercaba molesto y presuroso a su lado.

– ¡Dáselo! – Ordenó furioso a la chica, mientras sacaba más dinero dispuesto a pagar por lo que sea que Deviant haya pedido.

– Ya no lo quiero… – Agregó el mayor y sin más se encaminó a la puerta. Damián sintió unas ganas inmensas de clavarle los colmillos, pero se trataba de Deviant, no podía hacer tal cosa.

– ¡Envuélvelo! – Le dijo al chica, mientras observaba como Deviant hacía su salida de la tienda con esplendoroso dramatismo.

Con la pequeña bolsita en la mano, tuvo que apurarse para alcanzarlo, porque por más que le llamaba, Deviant le ignoraba y seguía caminando. Cuando por fin le dio alcancé lo sujeto por la ropa, para obligarlo a detenerse.

– ¿Se puede saber qué demonios pasa contigo? – Exigió saber el moreno – Primero quieres que te compre esta cosa… – Dijo mientras le mostraba la bolsita – Después ya no lo quieres, te llamo y me ignoras y después que va a ser… ¿te vas a poner a llorar?

– ¿Por qué habría de… hacerlo? – Deviant se distrajo de la discusión, con la imagen de una persona que iba saliendo de unos de los restaurantes – ¿Es Gianmarco? – Le preguntó a su hermano, mientras le quitaba la bolsita de la manos y señalaba al hombre que caminaba junto a otros tres. Dimían se volteó y asintió. Aunque a su parecer, se veía algo diferente.

Como si hubiera sentido el peso de ese par de miradas, Gianmarco desvió la vista hacía ellos, al mismo tiempo que Deviant le saludaba con la mano y avanzaba hacia él. Sin saber a ciencia cierta porque, Damián también caminó hacia él y eso que el francés no le agradaba.

Gianmarco se disculpó con sus socios y dejándolos con Travis, caminó hacía Deviant, pero se frenó cuando vio que Damián venía detrás. Como si fuera a propósito el viento sopló con fuerza y el olor de Samko le llegó al moreno, mezclado con el de Gianmarco. Deviant llegó hasta el mayor y le saludo con efusividad, estaban en eso cuando el moreno terminó de llegar justo a ellos.

– Vas a explicarme porque tienes el olor de mi hermano… –Exigió Damián. Instintivamente Gianmarco retrocedió un par de pasos, mientras se encogía de hombros. Deviant los miró sin comprender lo que sucedía.

– Lo vi… hace un rato. – Intentó decirlo con la mayor serenidad.

Damián no le creyó ni media palabra pues inconscientemente Gianmarco volvió a retroceder. Y avanzando hacia él, lo tomó por las solapas del traje, acercándolo tanto a su cuerpo que no tuvo que estirarse para olisquearle el cuello. El olor de Samko era muy fuerte, aun si el de Gianmarco lo disimulaba mucho, a él no podía engañarlo, esto no había sido un simple abrazo cordial. – ¿Acaso crees que soy un imbécil? – Agregó sin soltarlo. Gianmarco tenía la mirada clavada en Deviant y el moreno lo notó, había algo que intentaban ocultarle.

Soltándolo, apenas y se giró un poco para sujetar a Deviant y lo dejó al igual que a Gianmarco, de frente a él.  – ¡Más les vale que hablen!

– Esta conmigo desde el viernes en la tarde… – Gianmarco fue el primero en confesar. – Llegó solo y me pidió que le dejara quedarse unos días. – Damián miró a Deviant y este simplemente se limitó a sostenerle la mirada.

– ¿Y bien? – Insistió el moreno.

– Pelearon y se hicieron de palabras, Samko se fue del departamento como cada vez que las cosas no hacen como quiere… – Soltó Deviant y Gianmarco le miró con reproche. – Ya sabes cómo es…

– ¿Y según tú cómo es? – Cuestionó con incredulidad ante las palabras de Deviant, era su hermano mayor, de sangre, porque entonces le daba la espalda.

– No compliques las cosas Gianmarco… lo arreglaran después. Solo son cosas de hermanos…

– Pues muchas veces me enoje con mis hermanos pero no por eso los molí a golpes como James hizo con Sam…

– Samko exagera todo… – Rebatió Deviant.

– No fue una exageración, pudo lastimarlo de gravedad.

– ¿Qué James hizo que…? – Preguntó Damián incrédulo ante lo que había escuchado, James podía ser agresivo de muchas maneras con Sam, pero nunca le había golpeado.

– Fue un simple desacuerdo, no tiene importancia… – Aclaró Deviant en un intento de minimizar lo sucedido.

Pero para cuando decía las últimas palabras, Damián ya se había dado vuelta y se alejaba con prisa del lugar. Inmediatamente, Deviant saco su celular y llamó a Han para pedirle que sacara del departamento a James, porque de seguro Damián iba para haya, pero el mediano de los Katzel ya no se encontraba ahí, Han no sabía a donde había ido ni si volvería pronto.

– ¡Es increíble que se lo hayas dicho! – Acusó Deviant histérico.

– ¡Es increíble que tu no se lo hayas dicho! – Rebatió Gianmarco. – Samko es tu hermano menor… ¿Crees que porque le llamaste dos veces y no te contesto, ya no tienes más responsabilidad con él? Desde que puedo recordar, lo has tratado con tanta indiferencia… ¡No es justo!

– ¡No necesito sermones, por mi puedes pensar lo que quieras!

Sin más le dio la espalda y se alejó de ahí en busca de un Taxi, debía llegar pronto al departamento. Por otra parte, Gianmarco se quedó en ese lugar un rato más, para él, Sam era importante y aunque también apreciaba a James, no toleraba ni iba a justiciarle lo que hizo.

Dimían entró al estacionamiento casi quemando llanta, Han lo había visto llegar desde el ventanal y aunque no reconocía el auto, si la forma tan irresponsable de conducir, y creyó que Damián lo había robado como en tantas otras ocasiones, con eso en mente, salió corriendo cuando casi detrás de él, James también entraba al estacionamiento en su auto. A penas y si tuvo tiempo de volverse para tomar su teléfono y corrió hacía el recibidor, pero cuando quiso abrir la puerta, Damián se le adelanto y casi se la estrella en la cara.

No dijo nada, pero la mirada acusadora que le dedico a Han, hizo que este se hiciera a un lado, dejándole pasar. Y tuvo que seguirlo cuando con un movimiento de manos, le dijo que se quitara de la puerta. La razón era, porque Damián, había sentido llegar a Sam y estaba esperando por él. En cuanto el menor puso un pie en el comedor, de un puñetazo le hizo caer al piso, las cosas que James había comprado se regaron a su alrededor. Y aunque en un principio intentó defenderse, al darse cuenta de quien le había atacado, simplemente bajo la mirada y se dejó hacer, Damián prácticamente lo acorraló entre sus piernas y el piso y sujetándolo por su abrigo, volvió a golpearlo un par de veces más. Han sintió que debía intervenir y colocándose entre ellos, intentó que Damián soltara al menor, pero lejos de eso, solo logró que lo golpeara otra y otra vez.

– ¡Ya basta! – Insistió y tratando de hacer contra peso, luchó por alejar al moreno de sobre James, pero era como intentar mover una piedra y a estas alturas Han se preguntaba qué tan normal era todo esto. – Vas a lastimarlo… Las cosas no se arreglan de este modo. – Damián levantó la mirada exhausto y Han se fue para atrás cuando notó como aunque había sido él, quien había golpeado a James, era su rostro el que sangraba. – ¿Qué demonios?

Damián exhausto se dejó caer sentado sobre el piso y acomodó sus manos sobre sus rodillas, él estaba igual o incluso más perturbado que Han. No solo se había cansado de golpearlo, sino que también le dolía cada golpe. De la nariz le escurrían gruesas gotas de sangre, eso era lo que Han había visto. James por su parte, estaba casi inconsciente sobre el piso. Algo en la unión entre ellos se había fracturado, el moreno podía sentirlo en su interior. Un “lo siento” se escuchó salir de los labios del menor, había sido apenas un susurró ahogado. Y Damián sintió ganas de golpearlo de nuevo cuando lo escuchó llorar.

Deviant llegó en ese momento y el verdadero problema estalló. Ninguno de los primeros tres se esperaban que el mayor abofeteara a Damián por lo que había echó. Incluso James que luchaba por aclarar su mente, se quedó boquiabierto, Han se cubrió la boca con ambas manos y el moreno necesito algo de tiempo para asimilar lo que había sucedido.

– ¡No vuelvas a tocarlo! – Gritó Deviant y como si le hubieran echado un balde de agua fría, Damián se puso en pie y le devolvió la bofetada al mayor. Y aun en medio de su coraje, en cuanto lo hizo se arrepintió. Sobre todo cuando Deviant le dedicó esa mirada herida. Internamente Deviant ardía de coraje, por james, y porqué Damián se había atrevido a levantarle la mano. Han intentó intervenir, pero Deviant se lo impidió. – ¡Jamás voy a olvidar lo que me has hecho!

– Lo mismo digo…

– ¡No! – Se metió entre ellos James, quien aunque un poco tambaleante, buscó la manera de proteger al mayor de Damián. – La culpa es mía… Soy el responsable, así que aceptaré lo que tú quieras… – Aclaró mientras miraba al moreno. – Pero a Deviant ¡por favor! Dejalo fuera de esto.

– ¡Vamonos! – Se limitó a responder Damián, quizá ya no pensaba golpearlo, pero no iba a dejar las cosas así. James intentó seguirlo pero Deviant no se lo permitió.

– ¡No te lo vas a llevar a ningún lado! – Y la determinación con la que lo dijo, provocó que todos le voltearan a ver. Había dureza y frialdad en esa voz siempre aniñada y suave. – Tu lo trajiste, dijiste que a partir de ese momento debería de verlo como de mi familia… Lo cumplí Damián. Ahora no te voy a permitir que lastimes a mi familia… Sobre mi cadáver te lo vas a llevar.

– ¿Y Samko? ¿Qué hay de él? También es tu hermano… – Le reprochó el moreno. – Tu hermano de sangre…

– Para mí, todos mis hermanos son iguales…

– Eso es mentira… – Rebatió Damián y le molestó la manera tan sobreprotectora con la que Deviant sujetaba a James. – ¿Y a él quien lo defiende? ¿Quién lo protegió después de que este imbécil lo golpeara? Seguramente no fuiste tú…

– Le llamé y no me contestó… no es para tanto, de haberlo sido no estaríamos aquí.

– Maldita sea Deviant, deberás que eres un hijo de puta cuando te lo propones.

– ¡Me odia! – Se defendió – Y si quieres que te sea honesto, también yo lo odio.

Las palabras salieron cargadas de un despreció sin fundamento, pero eso Samko, quien venía entrando al departamento seguido de Gianmarco que le había avisado por teléfono de lo sucedido, no iba a entenderlo. Entró en el peor de los momentos y tras las palabras de su hermano, se quedó como de piedra en el recibidor.

– Sam… – Le nombró Han pero por la expresión en el rostro del menor, supo que había sido tarde, que él había escuchado todo.

A Deviant se le fue el color del rostro cuando alcanzó a mirarlo, James también le miró pero con cierta vergüenza, él único que no volteó fue Damián, entre otras cosas, porque sabía que no le iba a gustar lo que iba a ver.

– No voy a negar que lo intuía… – Habló Sam y lejos de ponerse a llorar como la mayoría esperaba, le miró con un profundo resentimiento, porque Deviant siempre le había mantenido al margen, y en la medida de lo posible prefería no tener que estar cerca de él. – Pero cada vez que esos pensamientos venían a mí, prefería creer que solamente no nos entendíamos, porque pensábamos diferente… que me querías a tu manera, aun si esa manera, era muy distinta a como los querías a ellos. ¡Qué estúpido! ¿No crees? – Gianmarco, quien había escuchado todo, no soportó el seguir manteniéndose al margen, después de todo se trataba de la estabilidad emocional de Samko y lejos de él, nada más le importaba, avanzó hacía él y lo tomó de la mano dispuesto a sacarlo de ahí. – Solo una cosa más, Lusso… – Le pidió con ojos rebosantes y él se limitó a asentir. Sam, volvió la vista a Deviant. – A pesar de que desde que era un niño me rechazabas, estuve dispuesto a acostumbrarme a eso y no, no te odiaba… pero tal vez comience a hacerlo ahora. – Sin decir más, y aferrando su agarré sobre la mano de Gianmarco, salió del departamento.

Han les siguió por el pasillo y dándoles alcancé y sin saber que decir, sujetó la mano libre de Sam y la envolvió con las suya. Tanto con Gianmarco como Sam, se extrañaron por su acción, pero al mismo tiempo, ambos la comprendieron.

– ¡Gracias! – Dijo Samko – A pesar de que “toda mi vida” he sido muy grosero contigo… – Los tres sonrieron por la sinceridad del menor. – Por cierto…basta que llames “una sola vez” y si no alcanzó a contestar, te la devolveré en cuanto pueda, no hay necesidad de que satures mi teléfono con llamadas y mensajes…

– ¡Lo lamento! Pero estaba…

– ¿Estabas preocupado por mí? – Han se limitó a asentir y Samko le sonrió con ternura. – ¡Cuidalo! Y ya nos veremos de nuevo… – Con una mirada le pidió a Han que le devolviera su mano y este, un poco incómodo lo soltó y los observó alejarse.

Los gritos comenzaron de nuevo en el interior del departamento, pero Han no quiso volver, para él, tanto Damián como Deviant, eran culpables por haber tomado partido por uno de los menores. Y en vez de mantenerlos unidos y preocuparse ambos tanto por James como Samko, crearon rivalidades.

Al paso de unos minutos Damián salió azotando la puerta, cuando paso a su lado ni siquiera se tomó la molestia de mirarlo y tampoco era como que a Han le importara, él ya estaba acostumbrado a sus modos.

Por otra parte, en cuanto Sam y Gianmarco estuvieron en el estacionamiento, él menor se le fue encima, buscando con desesperación los labios del mayor. Este tipo de acciones por parte de él, le molestaban un poco. No le parecía correcto que Samko prefiriera ignorar las cosas que le herían y buscara un escape fácil, como lo era entregarse a este tipo de cosas, pero también entendía que solo entre besos y caricias subidas de tono, el menor encontraba un poco de tranquilidad y el afecto que tanto necesitaba. Y que no aceptaba ni se fiaba, si se le intentaba demostrar de otra manera. Así que luchó por llevarlo hasta el auto, Sam no le soltó en ningún momento, ni mucho menos dejó de besarlo, ni siquiera cuando Gianmarco casi pierde el equilibrio y lo deja caer, mientras hacía malabares con él entre sus brazos y la puerta del auto que se negaba a abrirse.

El chofer tuvo que intervenir y esperar a que Samko le diera algo de tregua a Gianmarco para que este pudiera decirle a donde les llevaría. Pero el menor se le había sentado sobre las piernas en cuanto estuvieron dentro del auto. El calor comenzó a llenar ese pequeño espacio y el chofer prefirió desviar la mirada hacia algún punto lejano. Fue entonces que la portezuela fue abierta de nuevo y Samko fue, literalmente arrebatado de entre los brazos de Gianmarco, por un hermano furioso.

Damián estaba incrédulo de ver al niño que había cuidado desde que solo usaba pañales, comportándose de esa manera. Y dispuesto a alejarlo de ese hombre que con un brazo lo mantenía aferrado a su cuerpo y con la otra mano le camina la espalda y sus costados, abrió la puerta del auto y se las arregló para rodearle la cintura con un brazo y lo arrastró afuera.

Samko se quejó ante la brusquedad con la que fue arrebatado de esos labios que tanto le gustaban, pero se asustó cuando vio la manera en la que Damián lo miraba. Gianmarco sintió que si no había muerto por la forma tan voraz en la que el menor lo había besado, ahora si moriría por lo que ese hermano celoso iba a hacerle en este preciso momento.

– ¿Qué es lo que paso con ustedes? – Cuestionó el moreno exacerbado de coraje. – Primero James, después Deviant y ahora también tú…

– Damián… – Le llamó Gianmarco dispuesto a explicar lo que no estaba más que claro. Pero el moreno, no quería hablar y empuñando la mano quiso golpearlo, pero Samko se metió, interponiéndose entre ambos. – ¡Apártate! – Ordenó Damián, quien casi golpea a Sam.

– Fui yo… – Confesó el menor – Yo quise, así que no voy a dejar que…

– ¿No vas a dejar? – Preguntó Damián incrédulo y echando furia por los ojos, su Sam, de quien más se sentía orgulloso, quien siempre le había obedecido y a quien tanto había consentido, ahora le decía que no le iba a dejar poner en su lugar al imbécil que se atrevió a ponerle la mano encima.

– Hermano… ¡Por favor! – Suplicó el menor. – ¡Escuchame!

– ¿Y qué te voy a escuchar? ¿Cómo te besuqueas y te dejas tocar por este, como si fueras…?

– ¡Basta! – Intervino Gianmarco. – No vas a faltarle al respeto, no te lo voy a permitir. – Aclaró y enfrentándose a Damián, dejó a Samko detrás de él.

– ¿Y tú hablas de respetarlo?

– ¡Sí! – Respondió – Yo nunca le he faltado… A pesar de que él me lo complica siempre todo… y realmente me cuesta mucho trabajo resistirme. Lo que viste es lo único que tenemos.

– ¿Y TE PARECE POCO?

– Los tres aquí somos hombres, así que de sobra sabemos que podría ser mucho más… Samko ha estado conmigo desde que era un niño, lo quiero y he cuidado de él cada que me has permitido que me visite o incluso aunque no esté a mi lado. Se ha quedado en mi casa durante varias semanas, si mi intensión con él hubiera sido mala, hace mucho tiempo que hubiera sucedido, pero por respeto a él, a ti… que se cuanto lo quieres, aun si nunca se lo dices, y también por respeto a mí, es que “eso” no ha sucedido. Además de que también creo, que Sam puede y debe aspirar a alguien mejor que yo.

– Procura no olvidarlo… – Damián seguía severo pero en el fondo reconocía que Gianmarco era un hombre de palabra.

– Y tú… – Dijo mirando directamente a Sam – Recoge tus cosas porque en este preciso momento te regresas conmigo.

Samko se sujetó con fuerza a Gianmarco y el mayor comprendió a que iba todo eso.

– ¿A dónde vas a llevarlo? ¿De nuevo a un hotel?

– No te importa…

– ¡Sí, si me importa! – Le rebatió Gianmarco. – Odias la ciudad, no te quedas y si lo haces te la pasas de peor humor y te desquitas con él…

– Jamás me he desquitado con él…

– Pues no nos arriesguemos a que un día lo hagas… Sam aún no está bien, mi médico lo está atendiendo, en mi casa come a sus horas y de manera adecuada, no está en edad de alimentarse en esos lugares en los que acostumbras comer. Tiene un espacio acogedor y…

– Y te tiene a ti, más que dispuesto a meterle mano cada que a él se le antoje…

Samko no aguantó y se echó la carcajada, Damián no le vio gracia al asunto y Gianmarco reviro los ojos con frustración, esa familia tarde o temprano terminaría volviéndolo loco.

– ¡Ojala fuera así de sencillo! – Agregó el menor y salió de su escondite para que de un saltó se abrazara al cuello de Damián. – He puesto en práctica todo lo que me enseñaste y no ha funcionado… – Agregó sin poder ocultar su decepción.

Damián se sintió incomodo ante la repentina cercanía del menor pero lejos de apartarlo, le hizo reflexionar sobre las palabras que Gianmarco había dicho, era cierto, él quería mucho a Sam y se sentía orgulloso de decir que ese niño caprichoso y perverso, había sido obra suya. Le había enseñado a conseguir lo que quisiera valiéndose de su físico, de su inteligencia con los que eran un poco más complicados e inclusive con la fuerza, moliendo a golpes a quien le hiciera frente, pero nunca le enseñó lo que era sentirse querido, en parte porque él tampoco lo que tal cosa era o significaba, pero se preocupó más por protegerlo, y esa carencia, muy a su manera y aunque no estuviera para nada de acuerdo con el “modo”, pero debía reconocer que Gianmarco la había cubierto. – Si no te funciona es porque no lo estás haciendo bien… – Respondió y le pasó el brazo por la espalda, como una manera de corresponder al abrazó de Sam – Nadie se le resiste a un Katzel… Nadie, mucho menos, un Francés pervertido. – Aclaró mientras le giñaba el ojo y Sam no dudó en reír divertido.

– Lo siento hermano… – Dijo, mientras de nuevo se abrazaba a él – No fue mi intención hacerte enojar, ni que te preocuparas por mí… ¿Me perdonas? – Y acompañada de esa pregunta y una voz melosa, se retiró un poco para buscar la mirada de Damián, quien al ver la sonrisa coqueta que le dedicaba el menor, así como esos ojos de cachorro consentido, no se resistió, aun si en el fondo sabía que Samko estaba usando en él, las cosas que le había enseñado. – ¿Puedo quedarme con Lusso? – Hasta ahí acabo la magia en la que Damián se había dejado sumergir, pero sin piedad, Samko dejó un par de besos suaves en su mejilla y para quitárselo de encima, al moreno no le quedó más remedio que concedérselo.

– Sí pero ya suéltame… – Al menor no le fue nada difícil cambiar de brazos y a decir verdad, prefería los de Gianmarco quien siempre lo recibía con ternura, contraria a la indiferencia e incomodidad de Damián.  – Pero de una vez te aviso… – Le habló directamente al mayor – que iré a verlo todos los días, entraré sin pedir permiso y pobre de ti que te encuentre con las manos sobre mi hermano…

Siempre iba, entraba sin permiso y lo amenazaba que no tocara a Sam, así que para Gianmarco no hubo mayor diferencia. Aun así, le dedicó un leve asentimiento de cabeza y sin más volvieron a entrar al auto, ante la mirada seria de Damián quien no dejó de seguirlos, hasta que el auto salió del estacionamiento.

Un pañuelo blanco le fue ofrecido por alguien que había presenciado toda esa escena, Damián no tuvo que voltear a mirarlo para saber que se trataba de Han. – ¡Crecen tan rápido! – Dijo con fingida desolación, mientras terminaba de llegar a lado del moreno, quien ahora tenía fija la mirada en donde hace un momento estaba Sam – ¡Quién lo diría, no! Parece que fue ayer que corría desnudo por el casino, contigo detrás, tratando de alcanzarlo para ponerle algo de ropa y ahora… te deja para irse con otro.

– ¡Vete al diablo!

– ¿Por qué no solo reconoces que te dolió verlo besándose con ese? Acaso me vas a decir que no sentiste celitos… – Damián le dedicó la peor de las miradas y ante el gesto, Han solo sonrió.

– Ni una palabra de esto a Deviant. – Amenazó. Lo último que quería es que fuera de dominio público que un simple abrazó y un par de besos en la mejilla habían bastado para persuadirlo, él tenía, ante todo, una mala reputación que cuidar.

ARIEL

Cuando desperté estaba de en el piso, lo curioso es que no sentí en que momento me caí, pero varias almohadas estaban regadas a mi alrededor y un edredón, me estiré y lo jalé para envolverme. Extrañamente me sentía cansado, me dolía la cabeza y todo el cuerpo. Mi teléfono vibró desde la cama y muy a mi pesar, me estiré para sujetarme al colchón y después subí una pierna, como pude me colgué y me las arreglé para subir sin tener que pararme. No quería hacerlo, enserio me sentía cansado.

– ¡Diga! – Mencioné en cuanto atendí la llamada sin siquiera tomarme la molestia de mirar quien me hablaba.

– ¿Ariel? ¿Eres tú? – Su voz me despertó un poco y mire la pantalla ¿Qué tipo de pregunta era esa? Es mi teléfono, claro que soy yo.

– ¡Sí! – Respondí con desgané – ¿Qué sucede Bianca?

– Estoy afuera… ¿puedo entrar? – Me tomó un poco de tiempo comprender lo que decía pero cuando miré hacía la puerta corrediza, ella estaba ahí, con su deslumbrante sonrisa y luciendo realmente encantadora. En cuanto notó que la miraba me saludo con la mano y ensancho la sonrisa.

– ¡Claro, pasa! – Me pasé los dedos entre los cabellos, debía de verme lamentable.

Ella cruzó a zancadas grandes la habitación y casi se aventó sobre mí. Era muy efusiva, siempre, pero ahora si se había excedido… me fue empujando para que le diera más espacio y después de acomodar un par de almohadas se acostó a mi lado.

– Tienes una manera muy particular de subirte a la cama… – Cantó y ante mi innegable vergüenza se río a carcajadas. – Pero te ves desinfladito… ¿Qué te ocurre? – Ya me había acostumbrado a sus palabras graciosas y me gustaba oírlas.

– Me duele el cuerpo…

– ¿Como si hubieras tenido una noche de sexo salvaje? – No importaba que tan buena niña pareciera, era un alma oscura, eso era lo que más me gustaba de ella.

– Creó que me duele más el como si “hubiera”… – Le dije en broma y ella me agarró a almohadazos mientras me regañaba por mi comentario.

– ¿Dónde quedo el niño sanito y puro que conocí?

– Era broma…

– ¿Qué te paso? – Dijo de la nada y se puso muy seria mientras recorría mi cabello y me tocaba la frente. – ¿Te duele? – Presionó con suavidad.

– ¡No! – Respondí – ¿Qué tengo?

– Un moretón… ¿Seguro que no te duele? – Asentí y ella me miró con suspicacia. Me recorrió de pies a cabeza con la mirada escrupulosa – ¡Mira tus manos! Ari, dime la verdad… ¿Que te ocurrió?

– No lo sé… – Le respondí un poco asustado. Mis manos estaban enrojecidas y tenía la piel levantada, como si fueran callosidades rasposas…

– Estas mudando de piel… como las serpientes… – Dijo mientras pasaba sus manos suaves sobre las mías.

– No me gustan las serpientes. – Confesé y miré mis manos con detenimiento, dejando la palma hacia abajo vi que tenía raspones, cortes diminutos y mis uñas estaban al ras de la piel de mis dedos, era raro porque las dejo crecer pues me ayudan a no apoyar la mano cuando dibujo y ahora simplemente no estaban. Y aunque los bordes estaban enrojecidos no me dolían.

Levante la mirada y Bianca me miraba con preocupación, algo debió ver en mis ojos que me paso un brazo por los hombros.

– ¿Seguro que no te duelen?

– ¡No! – Respondí de inmediato. – Pero tampoco puedo explicarlo… anoche cuando me acosté no estaba así.

– ¡Tranquilo! – Intentó calmarme – El golpe de tu frente pudiste hacértelo cuando rodaste en la cama y caíste, ¿no has usado cloro o algo a lo que seas alérgico? Eso podría explicar el que tus manos estén pelándose, y tal vez te rascaste mientras dormías y sin que lo notaras te aruñaste, lo de tus uñas es un poco raro, pero si no te duelen, no importa… volverán a crecer.

– Tienes razón… – Le dije sin estar completamente convencido, pero tampoco quería darle vueltas al asunto.

Cambiamos de tema y volvimos a recostarnos, hacía mucho frio, así que nos cubrimos con los edredones y ella me contó que Axel la estaba pasando muy mal, y que desde el viernes se había ido a meter al cuarto de Bianca, que primero estaba muy enojado y que después se había puesto a llorar y a arrojar cosas por la habitación. Me sentí terrible por todo lo que me decía, mi intención no había sido herirlo.

– Ayer se la paso todo el día en mi cama… no quiso comer ni bañarse, con decirte que lo dejé dormido cuando vine a verte y eso que ya casi son la una del mediodía, él nunca duerme hasta tan tarde… supuse que se habían vuelto a discutir.

– ¡Lo siento mucho! – Me disculpe. – Fue peor que discutir, cuando vino a casa el viernes peleamos. Fue muy feo y creo que lastime su brazo, pero fue solo porque me hizo enojar, no fue a propósito.

– Te creo, pero igual… Él asegura que ustedes dos tienen una relación.

– ¡Es mentira…! – Dijo una tercera voz proveniente desde la puerta corrediza y tanto Bianca como yo, nos asustamos por haberla escuchado tan de repente. – Y es infame lo que alega… – Damián avanzó hasta nosotros y Bianca se hizo chiquita entre las almohadas cuando se sentó a la orilla de su lado de la cama y la miró fijamente – No me importa lo que ese idiota crea, él… – Agregó mientras me señalaba – ¡Esta conmigo! ¿Entendido? – Mi amiga se limitó a asentir. – Y si quieres que sea honesto… no me gusta que te le acerques tanto… ¡sal de la cama! – Ordenó con tal frialdad.

– ¡Damián! – Le regañé – No seas descortés… – Él me miró con dureza pero esa mirada no tenía el mismo efecto en mí, cuando me hacía enojar.  Así que se la sostuve e incluso imité su actitud. – Ella es mi amiga y puede acercarse tanto como quiera…

– Pero…

– ¡Sin peros! – Le interrumpí, mientras me cruzaba de brazos – No te permito que vengas a mi casa y en primera, ni siquiera te tomes la molestia de saludar, dos, que le hables así a mis amistades y que vengas a dar órdenes y tres, ¿ya me preguntaste si quiero estar contigo?

– Si quieres…– Aseguró altivo.

– ¿PERO PRIMERO PREGUNTAME? – No era usual en mí levantar la voz, pero igual me enfurecía que no consultara mi opinión y ni hablar de su falta de tacto. – ¡Disculpate!

– ¡Jamás! – Respondió y también se cruzó de brazos.

– ¡Damián! – Volví a regañarle y entramos en un juego de miradas intensas que ambos nos negamos a perder.

– ¡Oigan chicos! No discutan… – Intervino Bianca y Damián rompió el contacto para mirarla. – Tengo muchas cosas que hacer, así que mejor me voy… Te veo en la Universidad Ari. – Huyó con más prisa de con la que había entrado. Sin que pudiera detenerla.

Cuando volví la vista a Damián, él ya me miraba de manera acusadora.

– ¿Te parece bien que este metida tan cómodamente en tu cama?

– Si tanta es tu desconfianza porque no te quedas a dormir tú…

– ¿Puedo?

– ¡No! – Le respondí molesto.

– ¿Por qué hoy todo mundo quiere pelear conmigo? – Se quejó y de la nada su expresión me resultó agotada. – Primero mis hermanos, después los idiotas con los que salen mis hermanos, el imbécil que casi me atropella cuando venía hacía tu casa y ahora también tú… – Su berrinche me recordó a los niños pequeños que tras no dormir lo suficiente se levantan de mal humor.

– No quiero pelear contigo… – Aseguré y recorriéndome hacía el lugar que hace un momento ocupaba mi amiga, jalé el edredón ofreciéndole el lado izquierdo de mi cama. – ¡Ven! Te voy a hacer cariñitos… – Por la forma depredadora en la que me miró entendí que lo estaba malinterpretando. – Tampoco eches a volar tu imaginación – Le aclaré – solo acariciaré tus cabellos, mi abuela lo hace cuando no puedo dormir o me pasa algo malo y me ayuda a calmarme.

Aunque ya no con la misma emoción, pero de todos modos se acercó hasta el borde del lado de la cama que había destinado para él, pero solo se quedó ahí, mirándome, como si no supiera que hacer. – ¡Ven! – Repetí y le extendí los brazos como si lo fuera abrazar.

– Si me aviento… ¿me vas a atrapar? – Preguntó de manera infantil y fue extraño ver esa otra parte de él. Porque la rudeza y hostilidad que le caracterizaba, no estaba. Solo había un adorable niño grande que necesitaba ser mimado.

– Definitivamente lo intentaría… pero porque no mejor te sientas y recargas tu cabeza sobre mis piernas…

– Porque hablando de piernas, preferiría tenerte sentado sobre las mías como anoche… – Su sonrisa se ensanchó cuando notó mi vergüenza y tal como lo haría un felino, gateó sobre la cama hasta que quedó de frente a mí, demasiado cerca, pero debo confesar que tenerlo prácticamente encima, no me molestaba en lo absoluto. – ¡Dime que no lo olvidaste! – Imploró en un susurró tan bajito que por un momento creí que en realidad sus labios jamás se separaron para pronunciar palabra alguna. – ¿Recuerdas cómo te bese? – Preguntó mientas una de sus manos acariciaba mi rostro y después sus dígitos alcanzaron mis labios y los rozaron con suavidad.

– ¡No! – Respondí – Eso no lo recuerdo… – Agregué con fingida preocupación. – Pero recuerdo como “yo” te bese a ti… – Le dije mientras reía y sujeté su mano que me acariciaba y entrelacé nuestros dedos. – Recuerdo lo mucho que te sorprendiste…

– ¿Sorprendido? ¿Yo? – Me contradecía pero su sonrisa cohibida no combinaba con sus palabras. – ¡Por favor!

– Si, justamente eso dijiste cuando te bese…

– ¿Qué cosa?

– ¡Por favor! – Repetí sus palabras. – Me pediste que por favor… volviera a hacerlo.

– Eso jamás paso… – Me rebatió pero mientras íbamos hablando nuestros rostros se iban acercando cada vez un poco más, sus ojos casi dorados, me atrapaban y hacían que no pudiera dejar de mirarlos… me hipnotizaban.

– ¿Estas… seguro?

– Completamente… – Dijo y estaba tan cerca que su aliento me acariciaba la piel.

– En ese caso… – Agregué mientras a propósito me apartaba de él. – Debí haberlo soñado…

Damián me miró con cierta frustración y al mismo tiempo negaba con la cabeza. – No me harás suplicar por ello… – Me amenazó y sujetándome con fuerza por el cuello de mi pijama, me obligó a recostar completamente la espalda sobre el colchón, dejándome atrapado entre mis almohadas y su cuerpo. – Si quiero besarte lo haré… – Y a pesar de que lo dijo con un tono amenazante, buscaba no aplastarme. – No te rías que estoy hablando muy enserio… No tienes derecho de negarte ante mí.

– ¿Por qué? – Le pregunté bajito y por más que intentaba no reírme, no podía evitarlo.

– ¡Porque no! – Agregó con severidad.

– Esa no es una respuesta aceptable…

– ¡No me importa! – Rebatió – Voy a besarte si quiero hacerlo.

– ¡De acuerdo! – Canté divertido y él terminó recargando el rostro sobre mi pecho.

– Por lo menos… reconoceré que tienes valor.  – Agregó y después lo sentí olisquearme – Me gusta tu aroma… Erdely. – Por un momento creí que me había llamado por el nombre de otra persona, pero casi al mismo momento deseché la idea.

– ¿Qué significa Erdely?

– En mí lengua madre significa “bosque”… Eso representas para mí.

– Un bosque… – Repetí dubitativo.

– ¡No, tontito! – Me corrigió y aunque la palabra sonó bonita de sus labios, no me agrado y no dude en hacérselo saber. – ¡Lo siento! – Se disculpó en cuanto vio mi expresión de molestia, pero no dejaba de sonreír – Libertad, vida, paz… mi hogar. – Pesé a que lo que dijo fue lindo, se mostró asustado por sus palabras. Como si para él, decir tales cosas le hubiera resultado imposible en el pasado, o sin querer ser pretencioso, incluso diría que era como si nunca antes lo hubiera sentido. – ¿Es normal? – Cuestionó impresionado. – ¿Es normal…?

– ¿Qué cosa?

– ¿Quién eres en realidad? Y ¿Qué extraño hechizo te rodea que no me puedo resistirme a ti? No debería estar aquí… – Y en cuanto lo dijo, como si algo lo repeliera de mí se puso en pie. No comprendía que pasaba, ni mucho menos, la razón por la que Damián parecía tan abatido. Hace un momento íbamos a besarnos y ahora… él decía todas estas cosas. Entonces me miró de esa manera, como si estuviera esperando que le echara de aquí.

– No voy a detenerte si lo que realmente quieres es irte… pero no esperes que te facilite las cosas y te pida que te vayas, porque no es lo quiero…

– ¿Qué te paso en el rostro y en tus manos? – Soltó de la nada.

– No lo sé…

– Esa no es una respuesta aceptable…– Respondió con dureza.

– Pero es la única que puedo darte…No lo sé.

– ¿Qué es lo que quieres?

– ¿Qué quiero de que…?

– Dijiste que no querías que me vaya… ¿Qué es entonces lo que quieres? – Su voz había cambiado, nuevamente era suave y lucía un poco más relajado. Hombres… quien los entiende.

– Quiero que tú quieras quedarte. – Respondí y me sentí tonto por lo que dije, pero realmente eso quería. – Quiero mi paseo por el bosque, tal y como prometiste, quiero que me dejes hacerte cariñitos y que recuestes tu cabeza sobre mis piernas… o que me sientes sobre las tuyas como anoche, quiero un beso y quiero que seas que tu quien me lo dé… y entre muchas otras cosas… creo que te quiero a ti. – En cuanto lo dije, escondí mi mirada de la suya… ¿realmente había dicho todo eso? No lo podía creer.

Pero careció de sentido, cuando Damián volvió a la cama y sentándose sobre la orilla se acostó de manera que su cabeza quedara sobre mis piernas, no sin antes robarme un beso que en ningún momento vi venir y que para cuando quise responder ya había finalizado. – ¡Hazme cariñitos! – Pidió – Después iremos a donde te prometí. Pero de una vez te aviso, que va a ser tu culpa si me acostumbro a todo esto…

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