Capítulo 2: Cada Loco Con Su Tema y Cada Lobo Por Su Senda

Hay que tomar a las personas como son,no existen otras.

ARIEL

– Que sepas que prefiero ser un demente… estar loco pero feliz y no ser normal y un amargado como tú… – Yo podía permitir muchas cosas, incluso reconocía que por mi culpa estaba herido, pero no iba a tolerarle ese tonito. Sobre todo porque ya le había ofrecido mis disculpas.

– ¿Qué fue lo que dijiste chiquillo estúpido?

Sabía que no era que no me hubiera escuchado, si no que en su infinita misericordia me estaba dando la posibilidad de retractarme. Lo entendí cuando lo vi acercarse a una velocidad impactante, hasta que estuvo justo enfrente de mí, de tal manera que tuve que mirar hacia arriba para poder ver su rostro. Las palmas de sus manos estaban empuñadas, listas para golpearme. Su presencia era impositiva y todo su ser destilaba rudeza y hostilidad.

Por dentro me decía – ¡Calmate, Ariel! No le respondas… ¡Respira, inspira, ignora y vive! – Incluso me quise convencer de que no me había llamado “chiquillo estúpido” para ofenderme. Ponerme al tú por tú con alguien de su tamaño sería lo más insensato que podría hacer en mi vida.

– ¿Se te acabo el valor imbécil? – Sus palabras desdeñosas vinieron acompañadas de un empujón que casi me hace caer de espaldas, no solo por la fuerza, sino porque también me resulto inesperado.

– Dije que espero no convertirme en un adulto majadero y prepotente como tú… – Mis labios se movieron como si tuvieran vida propia y pronunciaron aquellas palabras con cierto desdén, logrando que el de enfrente levantara el puño contra mí.

No me moví, tampoco era como si pudiera enfrentarlo a golpes o salir corriendo, pues él no solo me sobrepasaba en corpulencia, si no que su altura resultaba ofensiva ante mi tamaño. Sea lo que sea que fuera a pasar, quería que terminara pronto. Únicamente ladeé la cabeza un poco a la izquierda y cerré con fuerza los ojos, mientras mis manos se aferraban a mi abrigó. Que me golpeara si quería, pero que lo hiciera rápido.

El tiempo se detuvo para mí, no soportaba el dolor, la sola idea de saber que me dolería ya me tenía temblando de pies a cabeza. Pero fue el ruido del motor al encender, lo que me hizo abrir los ojos. Él ya estaba sobre su motocicleta y me miraba con cierto despreció, sus ojos fríos me recorrieron airosos y salvajes. No como lo haría un humano normal, podría jurar que los suyos se habían tornado mucho más claros. Y sí, ya sé que tal cosa es imposible, quizá todo era producto de mi nerviosismo, pero me resultaron intimidantes, demasiado fieros, malignos y siniestros. A tal punto, que tuve que desviar mi mirada de la suya. Al menos, hasta que el rugido de la motocicleta se escuchó lo suficientemente lejos.

Extrañamente él había dejado una sensación anómala en mi interior. Algo opresivo, como si de un presentimiento se tratase, una advertencia silenciosa que agritos internos me decía que en la medida de lo posible, no debía volver a ponerme frente a ese sujeto. Algo en él no terminaba de encajar, pese a que no soy alguien que guste de estar especulando sobre los demás, y más si son desconocidos. La primera impresión había sido por demás negativa, y si mi instinto me había mantenido vivo hasta ahora, no iba a empezar a ponerlo en duda.

Intenté dejar de pensar en lo sucedido, después de todo, ahora mismo tenía otro problema que requería de toda mi atención, y era el hecho de que no sabía en donde me encontraba, ni mucho menos, como volver a casa. Aun si lo más lógico era seguir la carretera, había corrido sin rumbo fijo, así que no sabía si seguir hacia arriba o tomar el camino hacia el sur, tal y como lo había hecho él.

Sin pensarlo mucho comencé a caminar hacia el sur, iba lamentándome por mis cosas, al final también había soltado mi cuaderno de dibujo. Pero ni loco volvía a internarme en el bosque. No importaba que él lo hubiera negado, yo sé lo que vi. Y esos animales que me habían intentado dar caza eran lobos.

Un par de lobos pardos, lo más grandes que había visto en mi vida y que esperaba jamás tener que volver a ver.

Después de hora y media de camino, por fin vi algo a lo lejos que me resulto conocido. Era un sauce llorón blanco, que no encajaba con el resto de la vegetación y que sobre salía entre los demás arboles por su forma peculiar y obviamente, por su color. El árbol quedaba un poco cerca de la casa, lo sé, porque también lo había dibujado y había amarrado un hilo rojo en una de sus ramas, como seña para no perderme, cuando recién empezaba la excursión.

 

DAMIÁN

De nada me había servido levantarme temprano, de todos modos, terminé llegando tarde y para variar, lastimado. Aunque ya casi no la sentía, salvo por el escozor que se produce cuando va cerrando la herida. Lucio me siguió con la mirada impaciente desde que puse un pie dentro del casino. No estaba de humor para sermones, y la forma en la que azoté la puerta, esperaba que fuera suficiente para dejárselo claro. No me tomé la molestia de saludar y mucho menos me disculparía, contrario a eso, ignoré todo y me fui directo a uno de los lavabos. La sangre que había escurrido, ahora estaba seca sobre mi rostro, incluso en mi cuello y en mi ropa.

– ¿Qué te ocurrió?

– Deviant, debiste decirme que él estaría a aquí… – Me quejé irritado.

– Te pedí que llegaras a las nueve y llegaste casi a las diez, Damián si te decía que Lucio iba a venir, no hubieras llegado nunca… – Lo que me faltaba, que él comenzara con sus reproches.

– Sabes que no lo soporto. – Espeté.

– Quiere hablar contigo…

– ¡Olvidalo! – Le interrumpí.

– ¿Te importaría escuchar hasta el final?

– No lo haré, no quiero nada de ese imbécil, y mucho menos hablar con él, así que por mí, ambos se pueden ir al infierno.  – Le arrebaté la toalla que llevaba en las manos y comencé a secarme el rostro mientras le daba la espalda y me alejaba con rumbo a su oficina.

Deviant era casi como un hermano para mí, es tres años mayor y también es mi único amigo. Su padre me había recogido y prácticamente me adopto, cuido de mi cuando era pequeño, me alimento, me vistió y también me mando a la escuela. Me obligó a tener una profesión y por darle gusto, aunque no me gustaba, me titule y la ejercí durante cuatro años. Fue precisamente aquí en el casino, el único en Sibiu y uno de los de mejor reputación en transilvana. Mi trabajo en un principio consistía en llevar la contabilidad del lugar, después me dejó administrarlo bajo su supervisión y los últimos dos años estuve a cargo por completo. Posteriormente el enfermo, y siete meses después murió.

Deviant tomó el frente del negocio después de su fallecimiento, y formamos una especie de sociedad.  Esto, las apuestas, las peleas clandestinas y esporádicamente las carreras de motocicleta forman parte de mis inagotables fuentes de ingreso.

Antes de entrar a la oficina pude mirar de reojo como Deviant se sentaba frente a Lucio, le daba cientos de excusas que él otro escuchaba con fastidio. No me importaba, nada me importaba. Solía quería largarme de ahí y no verles más las caras.

Me sentía impaciente e encrespado, sé que no se trataba de mí. Si bien, Lucio jamás me ha agradado. Era la bestia la que estaba inquieta, sus garras filosas me traspasan la piel internamente, desgarrando mis entrañas y trastornando mis sentidos. El acuerdo al que habíamos llegado sobre el encierro de las mañanas era algo a lo que aún no se resignaba, pero tampoco me causaba mayor molestia. Sin embargo, ahora mismo, casi podía sentir el cambio en mi cuerpo y me aferraba porque no sucediera.

La lucha ha sido así desde el principio, el animal y el hombre, no se toleran y viven en la perpetua lucha de dominar sobre el otro. Al hombre le corresponde el día, a la bestia la noche. Vivo de tal manera que puedo asumir lo que soy, pero tampoco hago mal a placer, a menos que se lo merezcan. Quien pugna por salir de mi interior esta sediento de la sangre del que dejamos en el camino.

El recuerdo trajo sus ojos azules a mi mente, tan azules como un cielo despejado de esos que ya casi nunca se ven en Sibiu. Era una lástima, pronto esa luz se extinguiría. Intenté despejar mi mente, después de todo, su destino era inevitable. El lobo le había elegido y no descansaría hasta tenerlo.

En lo que Deviant se desocupaba, me cubrí el rostro con la toalla en un intento de menguar la claridad y me acomodé en uno de los muebles. Había elegido un lugar apartado y aun así podía escucharlos hablar.

Sucede con más frecuencia de la que quisiera, cuando uno de mis sentidos reposa, los otros suelen intensificarse, justo como ahora, que podía escuchar claramente sobre la pelea que Lucio había arreglado y en la que quería que yo participara, ofrecía la mitad de las ganancias, y a mi socio le parecía una buena idea. Eso era lo que detestaba de él, nunca se atrevía a decirle que no a ese imbécil, a imponerse. Por el contrario, siempre se defiende diciendo que es mejor el cincuenta por ciento de algo que el cien de nada.

Mi sangre estaba volviéndose a calentar de tal manera que  tuve que descartar la idea de dormir un rato, y sentándome, tomé una de las revistas que descansaban sobre el escritorio, hubiera sido entretenido si el ruido que la suela del zapato de Lucio hacía al chocar en repetidas ocasiones en el piso no me estuviera volviendo loco. Le había jurado que si no lograba controlar ese tic, terminaría arrancándole las piernas.

Era Algo que podía pasar desapercibido para los demás, pero que a mí me estaba martillando justo como si lo estuviera haciendo a un lado de mis oídos. Y lo peor de todo, era que sabía que lo hacía apropósito.  Quería obligarme a estar ahí, imponerme su repulsiva presencia. Y siempre lograba salirse con la suya.

No vi el momento en que abandone la comodidad de la oficina y avancé hacía la sala principal, lugar en el que estaba ellos. Lo siguiente de lo que fui consciente es que había sacado la navaja que escondía en mi bota y desfundándola me dispuse a cortarle lo primero que tuviera a mi alcance. El hombre me miró con altanería, como no creyendo de que en realidad fuera capaz. Él creía que podía mirarme de esa manera, a mí. Él… que no es nada respecto a lo que soy yo. Lo odio.

– Vas a dejar de hacer ese molesto ruido… – Amenacé. Deviant fue el primero en intervenir cuando se dio cuenta de que iba enserio. Después tres de los idiotas que supuestamente le cuidaban, ninguno de ellos representaba un problema para mí, ni siquiera juntos. Y salvo el primero, los otros tres terminaron en el piso y sin posibilidades de levantarse. Mi mirada busco a Lucio, lo encontré a una distancia prudente, avancé hacía él con la navaja en las manos.

– ¡Basta Damián! – Gritó Deviant mientras se ponía en el medio. – ¡Sal de aquí! – Ordenó molesto. – Te llamaré más tarde… – Las manos nuevamente me temblaban y podía sentir mi respiración irregular. – ¡Vete, ahora! – Fue la alarma que note en sus ojos y mi reflejo en ellos lo que me hizo ceder.

El contrato que debíamos firmar para la dichosa pelea, entre todo el alboroto había quedado sobre el piso. Lo recogí y frente a Lucio rasgué las hojas por la mitad para después aventárselas a la cara. – No pelearé para ti… Y hazle como quieras. – Aseguré antes de finalmente alejarme de ahí.

Deambulé por la plaza mayor durante casi dos horas, intentaba perderme entre los caminos estrechos y empedrados pero no dio resultado, reconocía ese terreno en el que había crecido y que ahora formaba parte de mi territorio. No había un solo local que no conociera, la gente, los animales, incluso la vegetación, todo estaba enumerado y descrito a detalle en mi mente. Y pasado ese tiempo, terminé el recorrido, justo donde lo había iniciado. En la entrada del casino.

Inspiré profundamente antes de entrar, salvo el olor que dejó en el sillón en el que había estado sentado, no quedaba rastro de su molesta presencia. Entré en silencio, Deviant estaba en el pequeño bar, no podía verlo por los cristales que recientemente había mandado a cambiar, pero podía sentirlo y sobre todo, olerlo. En mi opinión, era muy temprano para un wiski seco, pero él seguramente no estaría de acuerdo.

– Pensé que ya no volverías… – Dejé de caminar con sigiló y me apresuré a llegar a su lado. Estaba un tanto sorprendido. – ¿Qué? – Me preguntó en cuanto estuve frente a él.

– ¿Cómo es que me escuchaste?

– No lo hice… – Respondió de inmediato y señalo unas vitrinas de cristal. – Vi tu reflejo a través de eso.

Estaba preocupado, aun si trataba de ocultármelo, el cambio en su olor lo delataba. Eso y su negativa a sostenerme la mirada.

– ¿Qué sucede?

– Eso es lo que quisiera saber… ¿Qué sucede Damián? – Bebió de golpe el contenido de vaso y volvió a servirse. – Dijiste que podías controlarlo… Que no debía preocuparme, porque tú estarías bien. Y hoy llegaste sangrando y casi intentas cercenarle la pierna a uno de nuestros más importantes proveedores.

– Fue su culpa… – Intenté contradecirlo.

– Eso no te exime… Te estas volviendo muy violento y perdoname, pero yo no soy mi padre… – Fue bajando la voz hasta que casi solo fue un susurro. – No sé cómo lidiar con esto…

– ¡Habla claro! – Le exigí molesto.

– Es a esto a lo que me refiero…– Dejó caer un sobre mediano en color amarillo sobre la barra. Eran fotografías de una rencilla que tuve hace dos días. – Te conozco desde hace veinte años, hemos vivido como hermanos desde entonces, intentó comprenderte y no entrometerme en tus asuntos. Pero piensa un poco en mí, necesito que me ayudes con todo esto. – Levantando ambas como queriendo abarcar todo lo que nos rodeaba. – Es lo único que tenemos, y tú te la pasas haciendo el vago y no me ayudas, te metes en problemas todo el tiempo… ¿Ahora con quien te peleaste? Si tú quedaste así, no quiero ni pensar como quedó el otro imbécil. Te advierto que ya no seguiré pagando más sepelios por tu causa.

– Estas exagerando las cosas…

– ¡No, no estoy exagerando nada! ¿Quién fue esta vez?

Fue mi turno de mostrarme evasivo.

– ¿Todo esto es por la dichosa pelea? – Le cambié de tema – Si lo que quieres es que la acepta, de acuerdo… La voy a pelear.

– ¡No! – Contestó de inmediato – Ya no va a haber más peleas para ti… Cuando éramos adolecentes fue divertido Damián, peleas y cuando el tipo tocaba el piso la pelea terminaba. Pero esto… – Tomó una de las fotos y la puso frente a mí. – Esto ya se te salió de las manos. ¡No quiero un muerto más! – Ordenó. – Debería ser más que suficiente con lo otro…

– ¿Lo otro? – Pregunté despectivo – Te refieres…

– ¡Sí! – Me interrumpió y casi gritaba mientras hablaba – Sabes perfectamente que me refiero a eso. No lo acepto, pero está bien, no es algo que hagas a voluntad, no puedes controlarlo… – Lo decía como si tratara de convencerse a si mismo de sus palabras, como si el no poderlo controlar me hiciera menos culpable.

Pero Deviant sabía tan bien como yo, que nada me justificaba. Había sucedido que una noche antes él bebía un trago con algún cliente y al día siguiente esa persona ya no existía. Conocidos y esporádicamente algún turista despistado. Él me conocía, podía reconocer cuando el cambio comenzaba a darse, cuando el momento de la caza se acercaba y también cuando comenzaba a seguirlos, una vez que la presa ha sido elegida. Y le afectaba, porque a diferencia de mí, él suele tener remordimientos.

¡Escúchame! – Por primera vez desde que comenzamos esa conversación, me miró con detenimiento. – La vida no es la fiesta que queríamos ¿no? Pero ya estamos aquí, así que bailemos. ¡Lo lamento, Damián! – Se levantó y me dio la espalda. – A veces el miedo me hace perder la cordura.

– No te dañaría… – Aseguré.

– Lo sé… no es eso lo que me preocupa. – Nuevamente se puso frente a mí, aunque no me miró. – Lucio está sospechando, dice que hay algo que no es normal en ti…

– Pues lo mató y ya está…

– Me desquicia que hables de vida y muerte tan a la ligera… – Nuevamente estaba molesto, la vena en su frente latía frenética. – No vas a matar a nadie. Lo que sí es que ahora vas a hacer cosas más normales… Cosas que los simples mortales tenemos que hacer todos los días.

– ¿Cosas normales? ¿Qué tipo de cosas?

– ¡Trabajar por ejemplo! – No podía estar hablando enserio. ¿Trabajar? – A partir de ahora tendrás un turno en el casino…

– ¿Qué? ¿Perdiste la razón? – Me negaba rotundamente – Tengo otras cosas que hacer… estás loco si crees que me vas a tener entre tus faldas.

– Es eso o dile a dios el dinero que recibes y a esa motocicleta… – Esta era la primera vez que veía a Deviant tan decidido. – Tu horario será de seis a una de la madrugada. Solo por ser mí hermano y porque sé que eres impuntual te daré diez minutos de tolerancia…

– ¿Qué? ¿Diez minutos? Pero si los demás tienen quince… – No es que estuviera aceptando, era solo que quería resaltar ese punto.

– Pero tú tienes que dar el ejemplo… – Sus motivos rayaban en lo estúpido. – Si llegas más de diez minutos tarde, te quedaras a trabajar pero no recibirás el pago de ese día y si te vas, te suspendo otro más y te quedas sin derecho a cobrar el bono quincenal. – Parecía que ya lo tenía todo planeado, o repentinamente se había vuelto muy hábil para joderme la vida.

– ¿Y de pura casualidad no quieres que también me suba a bailar a las mesas y me acueste con los clientes? – Bramé histérico.

– Lo pensaré…– ¿acaso no había comprendido que era sarcasmo? – Por el momento te vas a encargar de reabastecer y estarás en la caja.

– ¿Me vas a dejar cobrar? – Por fin una buena noticia.

– En la caja de afuera, hermanito… Recibirás mercancías.

– ¡Que gracioso! Ni te creas que vaya a aceptar esto…

– Ya lo acepte por ti, así que empiezas la próxima semana. – ¿Era enserio? ¿Me haría trabajar? – Aquí está tu parte de lo semana pasada. – Saco otro sobre y me lo entregó. – ¿No vas a contarlo?

– ¿En verdad me vas a poner a trabajar? – No era necesario contarlo, sabía que él no era tan estúpido como para intentar robarme. – Como que no estoy hecho para este tipo de trabajo… – Ladeó los ojos con impaciencia. – ¿Qué tal si un cliente me hace enojar y se me da por comérmelo? No lo sé, igual y deberías reconsiderarlo…

– Estarás en la bodega, y si una botella te hace enojar, despreocupate, te la puedes tomar…

 

ARIEL

Era una noche helada, había arboles por doquier, enormes cipreses, pinos y de otros tipos que no reconocí. Sabía que no eran propios de la región, por lo que en un primer momento pensé que aquel bosque no pertenecía a Sibiu.  Sus raíces sobresalían por sobre la superficie de la tierra. Quizá era la reciente temporada que anunciaba su llegada, pero las hojas ya no eran verdes, tal y como esperaba, a como las había visto justo ayer, ahora estaban amarillentas y se desprecian con facilidad debido a la fiereza con la que el viento las azotaba.

No recordaba cómo había llegado hasta ahí, pero lo que si sabía, era que corría por entre los arboles con rumbo a la casa. Nuevamente estaba esa extraña intuición en mi pecho que me atormento durante todo el día, como si de un mal presentimiento se tratara. Y que me hacía intentar correr aún más rápido. Porque en mi interior, algo me gritaba que mis abuelos estaban en peligro.

Mi parte racional me decía que no tenía fundamentos para tal sentir, ellos estaban bien, hace poco más de cuatro horas que había hablado con la abuela por teléfono y había encontrado todo en orden. Y aun así, el miedo no desaparecía.

Tropecé en varias ocasiones, las ramas me habían arañado el rostro y los brazos, era como si el bosque quisiera retenerme en él, como si su intensión fuera que dejará de correr. No me detuve, las heridas ardían y mis rodillas raspadas también, pero seguí corriendo hasta que frente a mí, estuvo la casa.

Sentía que el corazón me iba a estallar debido al esfuerzo, y aunque jadeando, avancé hasta la puerta principal, todo estaba en silencio, las luces apagadas, incluso las del corredor. Una vez que estuve dentro, tanteé con mis dedos sobre la pared hasta que encontré el interruptor y encendí la luz. En apariencia, todo parecía normal. Pero se respiraba un aire extraño, quizá todo era producto de mi alteración, quizá no. Caminé hasta la sala, sentía que me ahogaba y mis latidos seguían disparados, no solo por haber corrido tanto, sino porque algo en la casa me ponía los nervios de punta.

En la sala no había nadie. Tampoco en el comedor.

– ¡Abuela! – Mi voz se escuchó asustada y traté de corregirla – Abuela, estoy en casa… – No hubo respuesta.

Un ruido repentino proveniente de la cocina me hizo contener el aliento. Me quedaba de espaldas, así que lentamente me giré y avancé hacia la cocina de manera sigilosa, cuidando en exceso que mis pies al tocar el piso no hicieran el menor ruido.

La puerta estaba entreabierta y las luces apagadas. Lamenté el hecho de que mi abuelo le pusiera puertas a cada sitio importante en esta casa.

Metí la mano por el espacio que había entre la pared y la puerta y busque con desesperación el interruptor, pero la luz se encendió justo antes de que yo lo tocara. El ruidito del botón al cambiar de posición me resonó fuerte. Yo no lo había apretado. Como si una corriente eléctrica me recorriera, retiré mi mano, sentí mi cuerpo erizarse, esto era tanto como una película de suspenso. Solo que en esta ocasión yo era protagonista y he de confesar, que estaba asustado. Aseche sin decidirme del todo a abrir esa puerta, pero no podía distinguir casi nada.

Mi mano derecha viajo hasta la perilla y la sostuvo, se escuchó un ruido más ligero desde a dentro. – ¿Abuela? – Pregunté en tono bajo, nuevamente, no hubo respuesta.

Finalmente abrí la puerta y me aventuré dentro. Ella estaba ahí, sobre el piso, podía ver su cabeza cubierta de una espeso cabello blanco que sobresalía de la barra enlosada. La rodeé y tras un breve espacio de vacilación la miré a la cara.

– ¿Abuela? – Mi voz se escuchó rara que tuve miedo de volver a hablar.

Me arrodillé a su lado, ella estaba pálida, con los ojos abiertos de par en par y esa mirada desenfocada, como viendo hacia ninguna parte. Llevaba la ropa con la que la había visto esta mañana, y su rosario en la mano. – ¿Abuela? – Intenté moverla y su cuerpo resulto demasiado frio a mi tacto. No había el menor rastro de violencia o sangre en su cuerpo, pero aun así, supe que estaba muerta.

Por un momento el tiempo se detuvo para mí y mi corazón con él. Esto no podía ser verdad. Mi mundo entero se sacudió con violencia hasta hacerme tambalear. ¿Qué iba a decirle a mi padre? ¿Y al abuelo? Todo comenzó a darme vueltas a una velocidad abrumadora. Sentimientos encontrados me hacían sufrir, no podía creerlo, no podía ser real.

– ¡Abuela! ¡Abuela! Por favor abuela… ¡Levantate abuela! ¡Despierta! ¡No me hagas esto! ¡Tú no puedes abandonarme también! ¡Abuela! ¡Por dios! – Nunca he sido muy creyente, contrario a ellos que depositaban fielmente su fe en esculturas de barro y yeso, no los juzgaba, jamás lo haría, menos ahora que necesitaba creer que alguien, quien fuera, podría ayudarme.

Mi voz se quebró en interminables sollozos de desconsuelo y terror. Me abracé a ella y lloré no exactamente por cuanto tiempo, aunque no debió ser mucho, entonces, un pensamiento vino a mi mente, busque con desesperación mi celular en mi abrigo, llamaría a la ambulancia, quizá ellos sí podrían despertarla, o sabrían que hacer para devolvérmela.

No lo encontré, pero recordé que en la sala había uno, me levanté lo más rápido que pude y corrí de nuevo hacia ahí. Con impotencia miré el cable a donde debería estar conectado el teléfono, ¿Por qué no estaba?

– ¡Abuelo! ¿Qué hicieron con el teléfono? – Comencé a buscar ente los cajones del mueble, las lágrimas me imposibilitaban la visión y cada cierto tiempo las limpiaba con violencia con la manga de mi abrigo.  – ¡Abuelo, por favor!

Corrí hasta su habitación él debía estar ahí – ¡A-abuelo…!– Me detuve en seco, al final del pasillo había un hombre, alguien que no era a quien yo buscaba, lo miré desconcertado y él me sostuvo la mirada.

Se trataba de un hombre joven, muy alto, quizá uno noventa, su piel era morena y su cabello negro y un poco largo, le caía sobre el lado derecho de su rostro como una especie de mechón rebelde que casi le llegaba a la quijada. Llevaba puesta una especie de túnica negra y desgastada que le llegaba hasta los pies, y que entre entreabierta dejaba ver un poco de su cuerpo corpulento. Lo que captó mi atención de él, fue el color dorado de sus ojos, esa mirada fiera y sebera que parecía destilar luz propia. Y ese iris negro que contrastaban a la perfección. Incluso desde donde me encontraba podía apreciar esos rasgos delicados pero con esa expresión dura y casi arrogante. Él me recordaba a alguien, pero no sabía a quién.

– ¿Q-quién eres? – Le pregunté aun con la voz rota por las lágrimas que no dejaban de salir. – ¿Qué haces en mi casa?

No obtuve respuesta, aquel hombre seguía parado frente a mí sin hacer el más mínimo movimiento, pero algo distrajo mi atención de él. A sus pies, un bulto ligeramente prominente capto mi atención. Basto distinguir el color de la bata que lo cubría para que mi mundo, nuevamente se tambalee, a tal punto que tuve que recargarme en la pared, ese era mi abuelo, que pálido y con el rostro volteado hacía mí, me mostraba la misma expresión ausente que mi abuela en la cocina.

– ¡Abuelo! – Grité y sin importarme esa extraña presencia fui corriendo hasta donde se encontraba, sostuve su rostro entre mis manos y vi en sus ojos grises, ese vacío. Él también estaba muerto.

La sangre se me congelaba en las venas, y mi cuerpo se estremecía en espasmos. Ambos estaban muertos. No podía ser cierto, no podía estar pasando realmente. Lo demás, sucedió todo muy deprisa.

– ¡Ariel! – Me nombró el hombre frente a mí.

La realidad me golpeó de repente y la aceptación llegó en el peor de los momentos dejándome sin aliento y obligándome a que me lanzará hacía atrás cuando él intentó sostener mi mano. Entonces, después de todo lo visto, deducí que ese hombre había sido el responsable de la muerte de la mi familia. El dolor era punzante y me hacía gemir y sollozar sin control.

Pero el miedo que me carcomía se agudizo cuando lo vi acercarse, fue un golpe de adrenalina el que me hizo levantarme y corrí en dirección a la puerta del frente, estaba por llegar cuando la vi cerrarse, nada la había empujado y en mi vaga opinión era poco probable que el viento la haya movido, la madera era pesada. Intenté por las ventanas pero todas se fueron cerrando como por arte de magia, una tras otra. Estaba volviéndome loco, o de otra manera no podría explicar esto. Él no se había movido pero me miraba impaciente, di media vuelta y corrí escaleras arriba, lo escuche seguirme. La puerta de mi habitación también se cerró impidiéndome entrar. Corrí hasta la sala, aún quedaba la corrediza de cristal, no me sorprendió que también estuviera con seguro, pero tomé una de las sillas metálicas por el respaldo y la lancé contra la puerta, el cristal estallo en varios pedazos y pude salir. Corrí por la terraza en dirección a las escaleras. Él apareció detrás de mí casi pisándome los talones.

Debí poner más atención a lo que hacía de esa manera no hubiera resbalado a causa de la humedad, ni hubiera terminado rodando escaleras abajo hasta finalmente enterrarme en la nieve del piso.

– ¡Ariel! – Volvió a llamarme. Su voz era sedosa y cálida, contrario a su apariencia intimidante poco humana.

Intenté alejarme de él, pero el cuerpo me dolía por el golpe tras esa caída, luché por arrastrarme, él no me lo impidió, al contrario, parecía complacerle el que no me rindiera.

– ¡Mira quienes vinieron a hacernos compañía! – Dijo mientras señala delante de mí.  En un primer momento no comprendí a que se refería, pero dándole la espalda los vi, entonces lo recordé, era el hombre del caminó y aquellos que me gruñían eran los lobos pardos que me habían querido dar caza en el bosque.

Cuando volví la vista hacía él hombre, ya no estaba, en su lugar había un lobo mucho más grande que los demás. Su apariencia era distinta, pero eran los mismo ojos siniestros y fríos, la misma mirada letal, los tres avanzaron con sigiló hacía mí, estaba aterrado, horrorizado, este no era el final que había esperado. Me cubrí el rostro con las manos como si con eso, pudiera mejorar la situación. Justo antes de que esas fauces me tocaran, desperté sobresaltado.

Estaba literalmente bañado en sudor. Mi respiración era errática y las manos y piernas me temblaban. Solo un sueño… solamente había sido una pesadilla. Como pude, alcance el interruptor del candelabro y encendí la luz, eran las cuatro cuarenta y ocho de la madrugada del día martes.

Sentándome en la cama, me cubrí el rostro con ambas manos, no podía seguir así. Ya habían pasado casi seis días desde que me perdí en el bosque y vi a los lobos y a ese sujeto. Y no había dejado de soñarlos desde entonces. En diferentes escenarios pero los mismos actores y a mí siempre me iba mal. Nunca antes me había obsesionado tanto con algo, pero todos, este había sido el más real de mis sueños.

No fui consciente de lo que hacía hasta que me vi bajando las escaleras con rumbo a la habitación de mis abuelos. Ni siquiera me tomé la molestia de encender la luz. Con cuidado abrí la puerta de su habitación y entré. Fue reparador para mí el verlos dormir, tranquilos, tan ajenos a mis miedos. Era cierto que no habíamos convido mucho pero en esta última semana, ellos se habían vuelto indispensables para mí. Los quería y sería terrible perderlos.

Volví a mi habitación casi corriendo. Aún estaba algo alterado y me sentía expuesto. Pero todo quedó atrás cuando estuve en la seguridad y comodidad de mi cama. Tomé mi libreta de dibujo y finalmente decidí ceder ante ese fuerte impulso que había rechazado con vehemencia.

A los lobos ya los había dibujado un par de veces, pero a él, sería la primera vez. Aun sí el encuentro, había sido breve, su recuerdo estaba nítido y más fresco que nunca en mi mente. Me coloque los auriculares que había dejado conectados a mi celular antes de irme a dormir y encendí el aleatorio. Lost in your eyes de Debbie Gibson comenzó a escucharse, no sabía qué hacía esa canción en mi lista de reproducción, digamos que no era de mis favoritas, aunque no voy a negar que quedaba muy bien en este momento.  Salvo por el romanticismo de la letra, que queda descartado, era así como me sentía, perdido ante una mirada que me debilita, perdido en sus ojos.

Había algo ahí, no lo puedo negar y salvo porque desde que lo sueño siempre se empeña en destruir mi vida o propiamente a mí, diría que es atractivo, aunque con bastante mal genio. Pero sobre todo, es alguien en quien no debería pensar, lo que tuvimos fue un encuentro fatídico y creo que ambos recibimos primeras impresiones negativas. ¿Qué posibilidad tendría de reparar mi faltar? Cierto, tal vez ninguna. Y lo único que me quedaría como recuerdo serían los dibujos de su cabello desalineado, de sus cejas pobladas y con esa forma tan peculiar, de su nariz perfilada y esos pómulos definidos que lo hacen lucir tan masculino, de su cuerpo alto y ejercitado, dibujos… un concentrado en papel bond y grafito de todo lo que es.

Dejando mi dibujo sobre la cama me revolví el cabello con cierta brusquedad, ¿Qué me pasaba? No se supone que debería estar pensando de esa manera. Aún era temprano, quizá lo mejor era intentar dormir un rato más. Solo pedía un sueño reparador, en el que no hubiera lobos pardos y sobre todo, sueños en los que él y sus ojos fieros no me perturbaran.

 

SEGUNDA PERSONA

 

Dicen que una mente ocupada no tiene tiempo de recordar, ni mucho menos, de extrañar. ¿Qué hay de falso o de verdad esa frase? No lo sé. Soy de las personas que gustan del fino equilibrio entre el dolor y el gozo.

Pero… ¿Acaso no todos en algún momento tenemos encuentros especiales? Nunca les ha pasado que de repente y por un extraña razón que no pueden comprender, llega alguien que curiosamente no encaja en su inexistente lista perfectamente detallada con los atributos de su persona ideal y sin embargo, se mete hasta lo profundo de su ser y se adueña de una de las recamaras principales de su corazón. ¿Nunca han sentido que el olor de esa persona es embriagador? ¿Que su sonrisa tiene algo místico que la vuelve especial, distinta de otras tantas? ¿Qué sus ojos sus ojos son como un par de estrellitas que brillan en lo alto del firmamento opacando la belleza de luceros más grandes e incluso de la luna?

Y la pregunta del millón.  Que curiosamente no suele ser nunca, una sola pregunta: ¿De que dependen ese tipo de encuentros? ¿Qué tan reales e intensos pueden llegar a ser? Si todo en esta vida tiene una fecha de caducidad ¿Cuánto duran? ¿Qué queda después de esa delgada línea entre no me desilusiones y no me des ilusiones? Y solo por el lujó de hacerlas, agregaré unas más. ¿Es muy pronto para hablar de atracción entre Damián y Ariel? Mejor aún ¿Es posible que dos personas tan distintas puedan llegar a tener una segunda primera impresión? Porque voy a confesar un pequeño secreto: Ariel no es el único que no ha podido olvidar, cierto chico, desde hace cinco días despierta en las madrugadas, algunas veces sobre saltado o tras tantas completamente contrariado. ¿Quieren saber la razón?

 

DAMIÁN

 

Era la tercera vez que pasaba en toda mi vida. No sentir el cambio en mi cuerpo y al despertar ver al animal reposando en donde el humano debería estar. Pero curiosamente no estaba inquieto, la bestia estaba inusualmente en paz. Pero yo no.

Desnudo como estaba, salí de la cabaña, estaba por amanecer. Alrededor de mi puño había enredado la bufanda delgada, el olor ya casi desaparecía, sin embargo, podía sentirlo más intenso que nunca, porque ahora estaba en mi memoria.

Caminé hasta el ojo de agua y dejando la bufanda a un lado para que no se mojara, me dejé caer sobre el agua. Estaba helada y esperaba que eso me ayudara. Me sentía aturdido, no era normal que algo me rondara la cabeza por tanto tiempo y era la primera vez que soñaba con quien posteriormente me serviría de alimento. Pero la verdad era innegable, había algo en él que no había visto en nadie más. Y entre otras cosas, valoraba su arte.

Ese último pensamiento me hizo recordar los dibujos que escondía en el cajón del dinero. Después de que Deviant me amenazará sobre eso de que debía trabajar, volví a casa. El sol estaba por caer y con el cielo ligeramente despejado, se presumía un buen atardecer. Sé que esperar algo así era estúpido, pero al volver por el camino, guardaba cierta esperanza de toparme de nuevo con ese bribón. Que quizá no lo pareciera en ese momento, pero tenía mucho valor, al menos, ahora que ya habían pasado tantos días, podía aceptarlo.

Recuerdo que me detuve en esa parte del sendero y miré alrededor, él ya no estaba pero su olor tenue seguía ahí, no por algo tengo veinte millones de receptores olfativos, lo que implica tener un olfato diez mil veces mejor que el de un humano normal. Me bajé de la moto y caminé alrededor, debía ser algo pequeño, algo de su propiedad que usaba con frecuencia y por eso guardaba su olor. Parado en el medio de la carretera reviví lo sucedido en la mañana. La manera tan improvisada en la que había aparecido frente a mí, fue lo que me sirvió de guia. Miré la prominente bajada por la que supuestamente rodo, era una piedra enorme cubierta de nieve.

Cerré los ojos y me concentré más en el olor, instintivamente me acuclillé frente a donde me encontraba y enterré mis manos en el suelo que también estaba cubierto de nieve. No fue difícil encontrarlo, mis dedos sintieron la superficie sólida y se aferraron a ella. Era un cuaderno que tenía un forro de plástico que simulaba piel, la forma en la que lo envolvía le daba la apariencia de un portafolio. Sin embargo, había pasado demasiado tiempo entre la nieve y las hojas estaban ligeramente húmedas.

Lejos de eso, no había nada más. Al menos, eso fue lo que inicialmente creí, pero al llegar a la cabaña los gemelos jugaban con algo parecido a una mochila de lona. Y sí, el olor también estaba ahí. Ya estaba toda mordisqueada, pero dentro pude encontrar la bufanda, también había comida y muchos lápices. El resto de la tarde me la había pasado secando las hojas, todos los dibujos eran muy buenos. Había cierto realismo en cada uno y a simple vista se podía observar lo detallista que era. Su nombre estaba escrito en la contraportada con una caligrafía pulcra. – Ariel Sanders West.

El solo nombre me ponía los pelos de punta, con pereza salí del agua y repose en el poco pasto que no estaba cubierto de nieve. Impulsivamente mi mano se aferró de nuevo a ese pedazo de tela y me lo llevé al rostro, inspiré profusamente como queriendo acabar de una vez con el poco aroma a él que quedaba.  No había vuelto a verlo, tampoco esperaba que sucediera hasta el momento adecuado, y aun así, lo soñaba con frecuencia.

La situación no había sido distinta a las anteriores pero en cierta forma, el sueño había sido diferente; en esta ocasión había llegado tarde a la caza. Carsei se había encargado de dirigirlos y ahora tenían a la presa completamente dominada. Pero algo era inusual. Él estaba sobre la nieve, podía sentir como la poca calidez de ese cuerpo pequeño y frágil se congelaba. Estaba rodeado de los siete lobos. Nymeria al igual que Carsei dejaron que los cachorros fueran los primeros en comer, Kaiser e Invierno aguardan por su turno, Niebla y Akira lo mordían y lamian la sangre que iba chorreando mientras despedazaban lentamente su cuerpo, Joker en cambio era un simple observador, al igual que yo y su mirada serena no se apartaba del chico. Tampoco yo dejaba de mirarlo. La nieve blanca brillaba y contrastaba con lo negro de su cabello y al mismo tiempo y de manera progresiva, se iba tornando roja. Él podía haber luchado pero no lo hizo, pude haber gritado pero no se movía ni emitía el menor sonido, su aliento frio hacía figuras de humo que viajaba alrededor de nosotros. Solo estaba ahí, mirando detenidamente el cielo nublado, con esos azules ojos grandes.

Caminé hasta quedar frente a él, mi presencia no lo intimido, aun si yo era distinto a los otros siete, sus ojos se centraron en mí, nos miramos fijamente durante segundos que me parecieron horas, él estaba muriendo, podía sentirlo, los latidos de su casando corazón se hacían lentos y cada vez más azarosos. Lo vi derramar lágrimas, y sentí mi corazón estremecerse en mi pecho, por alguna razón que no compendia, no deseaba que muriera. Él hizo algo inesperado, lentamente levantó su mano que reposaba a mi lado e intentó tocarme. Cuanto desee sentir su tacto, pero justo cuando estaba por acariciarme, su mano se volvió al piso, no lo comprendía ¿Se había arrepentido? Le busque con la mirada y descubrí que sus ojos estaban cerrados, el azul ya no existía, no respiraba ni su corazón latía. Ariel había muerto.

Fueron los aullidos del lobo los que me habían despertado. Pero la sensación de vacío había quedado y aun ahora, permanecía clavada en mi pecho. Era una sensación extraña, pero en mi interior creía que si Ariel moría, el bosque entero estaría de luto.

 

ARIEL

 

– Apenas es el segundo día y ya te ves agotado…

– No, para nada… – Me había encontrado en una de las bancas del patio intentando dormir. Agotado no estaba, pero tenía sueño. – ¡Hola! ¿Qué tal han ido las clases?

– Pues al parecer más entretenidas que las tuyas. – Su tono era amable y revolvió mis cabellos mientras hablaba.

Axel era de segundo grado y también estudiaba Diseño Gráfico, era presidente del club de Dibujo. El director nos había presentado ayer en la primera hora y él amablemente me había dado un recorrido por toda la universidad y el que sería nuestro taller. Pues casi a último momento, había decidido que aceptaría la beca.

Él era en mi opinión, un chico muy agradable. Su técnica de contraste e iluminación era sorprendente. Sus diseños eran casi todos originales, y era muy pulcro y meticuloso en cada uno de los talles.

– ¿Hay algo que te incomoda? Podría encargarme personalmente… – Su preguntá me resulto confusa.

– ¡Estoy bien! – Me limité a responder. – Pero gracias…

– Cuando quieras… – Sonreía mucho y digamos que no tenía mucho respeto del espacio vital de los demás. Aun con eso, me resultaba agradable. – ¿Terminaste el dibujo?

– Si, lo terminé en la tarde. – Busque entre mi mochila mi cuaderno de dibujo y lo saqué, me había pedido que dibujara la parte frontal del edificio de la biblioteca, era como mi pase de entrada al taller. – Busqué entre las hojas y se lo entregué. – Así quedo. ¿Qué opinas?

– No sería mejor si pusieras tus dibujos en plásticos protectores… – Así, también era muy ordenado, yo no sentía la necesidad de ser tan estricto, pero si era cuidadoso con ellos y no dejaba que ni siquiera las puntas de las hojas de doblaran. – Estarían un poco más accesible para ti. – Agregó. Aun sonreía pero no podía dejar se sentir que aquello había sido una orden.

– Lo pensaré… – Respondí restándole importancia al asunto. – ¿Qué opinas del dibujo?

– No lo pienses mucho… Debes ser un poco más ordenado. – Esta vez hablo con mayor seriedad, aun si conservo ese semblante amable. – Esto es solo un requisito… – Agregó mientras observaba mi dibujo. – Sé que eres bueno, por algo te elegí. – Inmediatamente guardo mi dibujo en su carpeta.  – ¿Qué es lo que no te dejá dormir Ariel? Dime… ¿Quién ronda tus sueños?

– Ah, no es nada en particular… – Respondí con cierta incomodidad. Él me miraba de manera aprensiva y nerviosa, desvié mi mirada de la suya mientras acomodaba mis dibujos. – Solo no he podido tener un sueño reparador.

– ¿Quién es? – Preguntó mientras me quitaba las hojas de las manos y rebuscaba entre ellas. – ¿Te gustan los lobos? Tienes muchos dibujos de ellos.

– ¡Algo así!

– No eres un gran conversador… – No era que yo no pudiera hablar, sino que él era algo intimidante. – ¿Quién es él? – Al parecer, finalmente encontró lo que buscaba. Me devolvió los demás dibujos y sostuvo el que había hecho durante la madrugada. En cuanto vi de qué se trataba, intenté quitárselo, se supone que eso era personal y no tenía por qué verlo.

– No es nadie… – Nuevamente intentó arrebatárselo sin éxito. – ¡Dámelo! – Le pedí con cierta molestia, esto pertenecía a mi intimidad y no me agradaba que nadie traspasara mis límites. – Axel, entregame ese dibujo. ¡Por favor!

Lo puso sobre la mesa y me hizo señas de que me acercara. Resalto algunas fallas que había tenido y dijo que esa falta de técnica no debía permitírmela.

– Aun no está terminado, además, es algo que hice para mí. – Me defendí de inmediato.

– ¡Eres muy lindo! – ¿Y ahora a que venía eso? – No me mires de esa manera, no lo he dicho con mala intensión. Solo digo lo que veo, eres bastante lindo, sobre todo cuando te muestras molesto, como hace unos segundos, me gustan los chicos que tienen carácter, como tú.

– Yo… No sé qué decir al respecto.

– Un “gracias” basta. – Nuevamente sonreía y había vuelto a ser carismático y amable.

– Bueno, la verdad es que soy de lo que creé que ningún hombre debería ser descrito como alguien “lindo”. Es poco masculino…

– Ariel… ¿tienes novia? – ¿Qué le importa? Acaso tengo un letrero en la frente que dice “jamás besado”.

– ¡No!

– ¿Quieres tener una? – ¿Él va a conseguírmela?

– ¡No!

– ¿Y novio? ¿No quieres tener un novio, Ariel?

Lo miré con cierto asombró, porqué habría de preguntar algo así, ¿acaso parezco ese tipo de chico? No es que este mal, pero no era algo sobre lo que me hubiera puesto a pensar con detenimiento.

– ¡Entiendo! Necesitas tiempo… Lamento haberte metido en esta situación. – Una de sus manos acarició mi mejilla de manera juguetona, y yo aún no podía seguir el hilo de esa conversación. Dicen que el que calla otorga y no era lo que deseaba hacer, pero tampoco me sentía cómodo tocando el tema. – Solo dejame aclararte dos cosas – Colocó su mano frente a mi rostro mientras me mostraba el símbolo de paz y al mismo tiempo resaltaba lo que había dicho. – Que seas lindo, porque en realidad lo eres, no te hace menos hombre, al contrario. Te vuelve alguien más… atractivo. Y la segunda cosa: Creo que tienes derecho a conocer cuáles son tus posibilidades, en caso de que más a delante te interese una compañía un tanto más especial. ¿Comprendes? – En lo absoluto. Sin embargo me descubrí asistiendo. – ¿Qué te parece si ahora te invito a comer? Hay un lugar cerca de aquí en donde la comida es en verdad, deliciosa. – Intenté disculparme y decirle que quizá en otra ocasión porque ahora solo quería ir a casa y dormir, pero no me lo permitió. – Nos esperan todos los miembros del taller para conocerte, ¿No les vas a hacer el desaire? ¿Cierto?

La verdad era que desde que pise la universidad ayer, no dejaron de hablarme. Mis compañeros eran muy agradables y aunque algunos ya se conocen y yo era el único que venía de afuera, me habían hecho sentir tan bien. Somos un grupo mixto, y las chicas son muy lindas, algunas incluso hasta intercambiaron números conmigo. Me sentía como flotando en una nube, porque aquí parecía no ser invisible como en mi antigua escuela. Incluso si quisiera presumir, podría decir, que era un chico que gozaba con cierta popularidad que iba en aumento. Por supuesto que quería conocer a los miembros de mi taller.

– No los hagamos esperar entonces…

El lugar no quedaba lejos de la universidad, solo a unas cuantas cuadras, era un modesto pero el servicio era muy amable y todo rezumaba limpieza.

Axel me dirigió hacia una zona del fondo, ahí se habían gustado tres mesas para que todos estuviéramos juntos, era también un grupo mixto, veinte conmigo. Axel se sentó a mi lado, ambos pegados a la pared y con la vista del todo el lugar de frente. Los chicos se fueron presentados y al mismo tiempo mostraban el más reciente de sus dibujos. En efecto, todos los llevaban en plásticos protectores. En general, la técnica de todos era muy buena, pero hubo un dibujo que me cautivo, estaba hecho todo a bolígrafo, era de una chica de cabello castaño y grandes ojos negros de nombre Bianca. Dibujar con bolígrafo requiere de una gran habilidad.

Algo me distrajo del parloteo de todos ellos, frente a mí, en una de las mesas del costado derecho, unos ojos castaños claros se cruzaron con los míos. Eran tal y como los recordaba, la mirada fiera y sombría. Era él, el chico del camino.

– ¿Qué opinas Ariel?

Le sostuve la mirada y él hizo lo mismo. Comenzaba a creer que no volvería a verle y sin embargo, ahí estaba frente a mí.

– ¿Ariel? – Sentí las manos de Axel sujetar mi rostro para obtener mi atención, tuve que romper el contacto y me giré para mirarlo, casi al mismo tiempo tuve que hacerme hacía atrás, él estaba demasiado cerca de mí, a tal punto que resultaba incómodo.

– ¿Qué sucede? – Pregunté intentando sonar amable. Mientras con cuidado quitaba sus manos de mi rostro.

– Sobre la galería… ¿Qué te parece si exponemos tus dibujos ahí? – Explicó otro de los chicos.

– ¡Sí! Sería grandioso… – Le sonreí entusiasmado, pero mis ojos volvieron a buscar al que estaba frente a mí. Pero ya no le encontré.

– Se ha ido… – Me susurró Bianca ante la mirada escrupulosa de Axel.

– Viene a comer aquí cada tarde… Tal vez quieras darte una vuelta.

– ¿por qué lo dices?

– Por nada en particular, no me hagas caso. – Me sonrió con cierta picardía que solo logró avergonzarme. – De lunes a viernes, llega puntual a las doce del mediodía. Y siempre se sienta en esa misma mesa… Solo.

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