Capítulo 3: El Hombre Es Un Lobo Para El Hombre

Dicen que el hombre es un animal de costumbres, más bien de costumbre, el hombre es un animal.

TERCERA PERSONA

 

Eran casi las dos de la tarde, el clima se había descompuesto a tal punto que ahora no solo estaba helando, sino que también llovía. Era una mala combinación teniendo en cuenta que era una mujer un tanto torpe, pero su apariencia siempre la disculpaba. Mirándose al espejo, desenredó con los dedos sus largos cabellos rubios y se hizo una coleta alta, misma que anudó con un lazo blanco dándole la apariencia de un moño corto, a ella le gustaba de esa manera, sentía que la hacía lucir más joven y dulce.

Entró a uno de los cubículos del baño y se quitó el uniforme, mismo que cambió por una camisa de mangas largas de color gris claro, que acomodó por dentro de los pantalones entubados que simulaban mezclilla. Colocó un cinturón blanco sobre su delgada cadera y cambió los zapatos de piso por unas zapatillas igualmente blancas. Rápidamente retocó su maquillaje y salió con prisa del baño mientras se dirigía a su casillero para guardar sus cosas.

Se fue despidiendo de algunos conocidos con los que se topaba mientras bajaba las escaleras con rumbo a la salida. El suelo de losa estaba mojado en la plantaba baja debido al ir y venir de sus demás compañeros, además, había llegado el material que se había solicitado para la redecoración de la oficinas, así que también había lodo y cajas por todos lados, que dificultaban su trayecto.

Casi se va de bruces cuando sus zapatillas patinaron sobre el piso, algunas de las personas que estaban alrededor, rieron ante su desventura, pero unos jóvenes trataron de ayudarla y ella les sonrió ampliamente haciendo que todos olvidaran el incidente, era una mujer hermosa, lo sabía y también lo aprovechaba cada que podía. No solo en estos casos, sino también para conseguir su acensó y el aumento de sueldo el mes anterior. Era una mujer sola, que vivía la vida según le pareciera, sin prejuicios limitantes y sin familiares que la juzgaran.

Les agradeció a los jóvenes con más emoción de la necesaria, pero de una vaga coquetería no iba a pasar, al menos, no por el momento. Pues ella recientemente tenía algo nuevo sobre lo cual podía presumir. Y es que tenía novio, aun sí todavía no era formal, estaba segura que ese ardiente hombre de piel canela que ahora le esperaba afuera de las oficinas, pronto se lo iba a pedir. Ella se decía más que enamorada y es que todavía no daba crédito a su buena suerte.

Damián había pasado a recogerla a su trabajo tal y como desde que empezaron a salir, hace exactamente veintidós días. Los mejores de su vida. Decir que estaba loca por él era poco, el chico era conocido por esos rumbos y aunque la mala fama le seguía de cerca, ella decía que solo eran habladurías de la gente envidiosa. En su opinión, el moreno no podría ser más perfecto que si lo hubiera mandado a hacer.

Aún si él no mostraba el mismo entusiasmo con respecto a la “relación”.

– ¡Hola! – Se apresuró a saludar – ¿Te hice esperar mucho? – Poco le importó salir a mojarse cuando cruzó al otro lado de la calle para llegar hasta donde él la esperaba, recargado en un auto negro. E intentó no sentirse mal ante la descortesía de Damián por no dejar que lo besara. – ¿Por qué estas molesto? – A estas alturas, no debería de sorprenderle. Él siempre está de mal humor.

– ¡Vamos! – Dijo él mientras le indicaba con una seña que se subiera al auto. Su tono era neutro, pero su extremada seriedad la obligó a no insistir – Se hace tarde… – Ella le obedeció al entender que no pensaba responder a sus cuestionamientos.

Una vez dentro del auto, emprendieron la marcha. E inmediatamente comenzó a hablar sobre cosas que él no le había preguntado, le contó sobre el incidente que tuvo en su trabajo cuando recién llegó, sobre lo fastidioso que era su jefe, etc. Sin embargo, todo lo que decía rebotaba en él, justo antes de que la escuchara. Aún si ella le preguntaba cada cierto tiempo si la comprendía o le pedía propiamente su opinión, Damián no respondía. Entre otras cosas, porque no la estaba escuchando y porque no le importaba.

– ¿A dónde vamos? – Se aventuró a preguntar, nuevamente no obtuvo respuesta.

La llevó a un restaurant del centro en la conocida Plaza Mayor. Aun cuando ella lo pretendía, Damián se rehusó a llevarla de la mano, cuando entraron al restaurant y les indicaron su mesa, él no se tomó la molestia de acomodarle la silla aunque ella espero a un lado a que lo hiciera. – ¡Siéntate! – Le ordenó con brusquedad y a ella no le quedó más remedio que obedecer. Él tampoco quiso sentarse en la silla contigua. Si no que tomó su distancia y se sentó de frente a ella mientras ordenaba lo que hoy le iba a dejar comer. Había sido así desde que comenzaron a salir, ella no podía elegir por sí misma la mayoría de las cosas, era él quien le decía que y cuando hacerlo.

Le incomodaba un poco, pero no se atrevía a contradecirlo. Aunque extrañaba al chico que solía ser, cuando recién comenzó a pretenderla. Alguien apuesto, brillante y carismático. Pero según ella, lo amaba y estaba dispuesta a todo con tal de conservarlo.

Por otra parte, Damián ya estaba cansado del jueguito. Ella era muy ruidosa y la consideraba tonta. Le desagradaba en sobremanera, su constante coquetería y tal comportamiento le parecía vulgar. Era vanidosa y el hecho de que creyera que su apariencia le disculpaba su poco intelecto, le parecía ridículo. Porque en su opinión, ni siquiera era hermosa, o al menos, no era para tanto.

Pero tenía sus motivos para soportarla. Este era un juego donde él era el pescador y ella el pez que había mordido el anzuelo, ahora solo bastaba mantenerla enganchada mientras la necesitase. Porque para Damián ella no existía, no importaba. Por eso no la veía, ni la escuchaba, era simplemente alguien “útil”. En su lógica, no existía la noción de respeto, ni mucho menos, algún tipo de sentimiento romántico hacía ella. Nunca lo hubo, ni lo iba a haber.

Después de que llegó la comida, apenas y si la dejó probarla. Ella comenzó a reaccionar ante la rudeza de él y se negó a marcharse cuando él así se lo ordenó.

Damián inspiró profusamente y la dejó continuar, incluso le brindo una que otra caricia para contentarla. Cosa que no tardo en lograr, sobre todo cuando ella exigió ser besada y nuevamente busco sus labios. Esta vez, obteniendo lo que quería. Pero para él, aquel beso no significo nada y tampoco le produjo ningún sentimiento ni afectividad. Así funcionaba, jamás comprometía los sentimientos. Ante todo, para evitar sorpresas. Ella gimió en su boca y le susurró que lo amaba un par de veces, aun sobre sus labios unidos. Él rompió el contacto con cierta brusquedad y desvió la mirada con indolencia, estaba aburrido y no dudó en hacérselo saber. Ella insistió con el “te amo” un par de veces más, como si con eso pudiera mejorar la tensa situación.

Como era de esperarse, él no respondió. A Damián no le interesaba ese tipo de relaciones complejas. Era, por decirlo de alguna manera, impermeable a ella y por eso se mostraba indiferente. Negaba por completo su identidad y estaba empeñado en que sus actos y sus pensamientos tendrían que amoldarse a la imagen que él tenía del mundo.

Después de que ella comiera, volvieron al auto y reemprendió la marcha. Pasaron varios minutos en silencio y ella comenzó a ponerse ansiosa. El lugar no le parecía conocido. Sabía que era la zona baja de la ciudad, la parte industrial.  Pero no entendía por qué su futuro novio la llevaba de paseo a un lugar como este, uno al que ella nunca antes había venido desde que se mudó a Sibiu hace ya poco más de tres años.

Se adentraron entre las callejas solitarias, después de muchas vueltas aparecieron frente a un parque abandonado. Ella observó con detenimiento el lugar, estaba descuidado y las calles lucían deplorables. Se abrazó a sí misma, este lugar no le gustaba. Estaba acostumbrada a ciertos lujos, y esto era muy poco para ella.

Damián se detuvo un momento, como si buscara algo o tratara de ubicarse. Ella aprovechó que él había dejado descansando su mano derecha a un lado del freno de mano y la tomó, entrelazando sus dedos. Él miró las manos unidas y con la misma volvió a perder su mirada en algún punto de la calle. – ¿Por qué venimos aquí? – Preguntó con voz aniñada. Quería que él la abrazara, o de perdida, que la acariciara como consuelo ante su fingido sobresalto. Pero Damián no era ese tipo de persona espontanea, ni siquiera durante el sexo. Aunque no se quejaba, el sexo con él era escandaloso y violento, pero jamás antes lo había disfrutado tanto, a pesar de que había tenido tantas parejas, él era una notoria excepción.

Damián quiso deshacer el contacto una vez que reiniciaron la marcha, pero ella se rehusó. Entonces tuvo que arreglárselas para conducir con una sola mano, no es que cediera ante sus caprichos, sino porque nuevamente, así convenía a sus intereses. Después de todo, faltaba poco para que se deshiciera de ella. Un par de cuadras más adelante, orilló el auto frente a un edificio de tres pisos, era menos lamentable que todo lo demás que había visto, sin embargo, seguía sin gustarle.

– ¡Estas demasiado vestida! – Declaró Damián sin mirarla. – Quítate el abrigo y suéltate el cabello…

Quizá fue el tono riguroso que utilizo para hablar, pero ella se descubrió obedeciéndole con cierto apuro. El frio le calaba los huesos, pero no se quejó. Damián la recorrió con la mirada, su expresión siguió tan carente de toda emoción mientras esos ojos fieros la escaneaban, su actitud la estaba poniendo nerviosa.

Entonces lo vio acercar su mano al cuello de su camisa gris, y la desabrochó con cierta finura y una habilidad que la dejó sin palabras. – No te muevas… – Le ordenó y ella solo asintió. Por un momento pensó que él quería acariciarle los senos, pues era algo que solía hacer durante el sexo, pero Damián solo palpó el tirante y sin saber exactamente como, desprendió las tiras de elástico de los ganchos y le sacó el sostén. Para justo después, volver a abrochar su camisa. Ahora, debajo de la ropa ella tenía los senos libres y desnudos. Los pezones erectos por el frio, eran imposibles de disimular, pero si él así la quería ver, ella no le negaría el gusto. Sobre todo si esto le valía una noche de sexo.

– Escucha – Le dijo – Vas a bajar del coche y llamaras a la puerta. En cuanto alguien se asome, quien sea, le entregaras esto… – Le dio una Quina de Picas, una baraja de póker, que ella no supo en que momento había sacado ni de dónde. – Y le dirás que has venido de mi parte. Seguirás a la persona que abra, no hables. Si te preguntan cualquier cosa, tú no sabes nada. – Y no era mentira, ella no estaba enterada de absolutamente nada. – Sí, sí, yo esperare aquí. – Agregó como adivinando los pensamientos de ella – Ahora vete.

La chica bajó con inseguridad del auto, que era todo aquel misterio. La lluvia había cesado y no había notado cuando había sucedido, pero se vio subiendo los escalones con rumbo a la entrada.

Un hombre casi tan alto como Damián fue el que abrió la puerta. La recorrió sin recato con la mirada, pero ella intentó no tomarle importancia.  – ¡Vengo de parte de Damián! – Dijo y le extendió la baraja, el sujeto la tomó y susurró algunas cosas que ella no entendió.

La dejó pasar y la condujo por un pasillo amplio. Solo la fachada del lugar era lamentable, por dentro era otra cosa, todo el camino estaba alfombrado y de las paredes colgaban cuadros de paisajes que le parecieron hermosos, todo el lugar estaba perfectamente iluminado, pasaron por lo menos tres puertas, hasta que el hombre se detuvo.

De nuevo volvió la vista a ella y después de desnudarla con la mirada, le dijo que esperará en la pequeña salita.

Una mujer que estaba tras algo parecido a un recibidor, le ofreció un poco de café caliente y ella no dudó en aceptarlo. No pasaron ni cinco minutos cuando sintió como los ojos se le cerraban. Era como si un sueño aplastante la estuviera llevando a la inconciencia. La tasa se le resbaló de las manos sin que pudiera impedirlo, el ruido del cristal al romperse, fue lo último que escuchó.

En cuanto ella estuvo dentro del edificio, alguien más, un hombre claro de color y joven, salió del edificio y se subió al auto junto a Damián. Quien de inmediato reemprendió la marcha y rodeó el edificio hasta llegar al estacionamiento que se encontraba debajo del mismo.

– Es linda, creí que la conservarías más tiempo… – Comentó el hombre. Damián apagó el motor y se acomodó mejor en el asiento. – Aquí está el dinero – Saco un sobre amarillo y se lo entregó. –La trasladaran junto con las demás el…

– No me interesa saber. – Le interrumpió a secas. – Mi trabajo era captarla y traerla, lo que pase con ella después de hoy, me tiene sin cuidado.

El hombre lo miró con cierta molestia. Lo conocía desde hacía un par de años y sabía que la fuerza de Damián estribaba en su insensibilidad. Era alguien sin escrúpulos que no le importa ningún orden moral. Él no sufre. Al menos, esa es la apariencia que daba, sin embargo, atacaba con absoluta impunidad. Desde que lo conocía, nunca lo había sabido apasionado por alguien o algo, ni siquiera de manera superficial, así que mirándolo ahora, le parecía alguien siniestro y vacío.

– Él jefe dio esto… – Después de unos segundos, rompió el silencio y le mostró un Rey de Diamantes, otra baraja de Póker.  – Está ofreciendo un diez por ciento más. ¿Lo aceptas?

– ¡No! – Respondió de inmediato Damián. – Y menos por esa cantidad. Dile que si en verdad quiere que le consiga esa carta debe hacerme una buena oferta.

Cada baraja tenía un valor, siendo las Quinas y los Reyes los estándares más altos, es decir, quienes fueran a sustituir dichas cartas, eran personas con una apariencia indiscutible. Después estaban las barajas de los Jack y los Aces, que valían solo la mitad y de los cuales su apariencia no importaba tanto. Era un negoció redituable, pues sin importar la categoría, cada carta tenía un periodo aproximado de vida de diez años. Claro, si no había algún incidente lamentable. Y por ende, era necesario estar cambiando las barajas constantemente.

Sin embargo, los Reyes no eran fáciles de conseguir, y ni hablar, en el remoto caso de encontrar uno que valga la pena, lo difícil que era captarlo, pues implicaba un trato distinto, más tiempo y por lo mismo, más posibilidades de cometer errores.

– ¿Cuánto pides?

– Teniendo en cuenta que no me dedico a esto, quiero el doble…

– ¡Es demasiado!

– Entonces busca a alguien más para que encuentre tu baraja. – Fue directo y cortante a tal punto que el otro ya no insistió.

Pasada casi media hora, el ruido del celular menguó el silencio entre los dos. Era el aviso, todo había terminado. Damián volvió a encender el auto y condujo hasta otra entrada, al costado derecho del edificio y al poco rato dos hombres salieron, uno de ellos sostenía a la mujer en brazos y el otro lo ayudó a colocarla en la parte trasera del auto. Ninguno se atrevió a dirigirle la palabra y él tampoco se mostró interesado.

– Piénsalo… – Agregó el que le había estado haciendo compañía. – El doble es mucho, pero que tal un cincuenta por ciento más. – Dejó la baraja en la guantera y salió del auto. – Lo demás dependerá de su físico. Ya has visto algunos de los gustos del jefe, tráele uno así y pagara lo que quieras por él.

Si bien, no acepto, tampoco aseguró que no lo haría. Sibiu no era propiamente una de las ciudades en donde la trata de personas fuera algo que amenazara la seguridad de sus casi ciento sesenta mil habitantes, pero Alba Lulia y Braşov si eran un “trampolín” o el cruce para la transportación de diferentes tipos de mercancía, a saber; armas, drogas y esporádicamente personas.

Todo estaba controlado desde Bucarest. Deviant, Lucio y este hombre al que llaman, “el jefe” recibían una remuneración por su silencio y su disposición para el paso libre y sin retrasos de la mercancía.

ARIEL

 

Cuando por fin pude escabullirme de esa platica que parecía que no terminaría nunca, y aprovechando que Axel había bajado temporalmente la guardia. Volví a casa, mis abuelos no estaban, pero dejaron una nota diciendo que habían ido a hacer algunas compras al centro de la ciudad.

Subí a mi habitación para intentar dormir, pero curiosamente, en cuanto puse un pie en la casa, todo mi cansancio se desvaneció. No era un chico al que se pudiera mantener quieto mirando televisión o navegando por internet, en cambio, todo lo que había afuera me atraía como con la fuerza de un imán. Estaba ansioso por volver a salir y pasear por entre los árboles.  Había dejado de llover y mi necesidad por meterme en problemas me impedía quedarme en casa.

Solo que esta vez, iría preparado. Vacíe mi mochila sobre la cama y puse dentro una linterna de mano. Otro abrigo, mis señuelos para no perderme, mi libreta de dibujo, lápices y bajé corriendo hasta la cocina. Esperaba que la abuela no se enojara si casualmente desaparecían algunos filetes de su refrigerador. Pero serian útiles si de casualidad veía a uno de esos lobos. Aunque no estaba seguro de si comían carne congelada.

También agarré un cuchillo pequeño que guarde en la bolsa trasera de mi pantalón y el atizador de la chimenea. Dejé una nota pegada al refrigerador donde avisaba que había salido a caminar. En esta ocasión iría al fondo de los límites del terreno. Cruzando el pasillo, salí al patio trasero, no había barda ni cerca que lo delimitara, pero la abuela había dicho que la propiedad se extendía varios metros por delante. Y que un pequeño riachuelo quedaba dentro de nuestro terreno. Era justo ahí, a donde quería llegar.

Debí suponer que el camino estaría enlodado, aun con las botas era difícil caminar entre las piedras resbalosas y las ramas secas que crujían debajo de mis pies. Sin embargo, todo cuanto veía terminaba gustándome más que lo anterior. Amaba este tipo de paisaje, arboles inmensamente largos y delgados que sobresalían en todas direcciones, también había hojas que despuntaban de la ligera capa nieve que comenzaba a cubrir el bosque. La escasa luz que podía filtrarse le daba la apariencia de niebla. Era cautivador.

Fui amarrando mis hilos rojos entre los árboles, aunque según mis cálculos, no debía de haber caminado más de trecientos metros. Sin embargo, ya no podía ver la casa tras de mí. Pase varios arroyitos, el primero, que supuse, era al que se refería mi abuela. Lo había dejado atrás desde hace varios minutos. Pero no quise detenerme, hasta que llegué a un claro, era una especie de semicírculo que estaba rodeado de muchos árboles un poco más bajos que los anteriores y el centro estaba completamente despejado. Frete a mí, había una afluente, el agua corría mansa entre las piedras grises. Y de esta salía una especie de humito a causa del frio.

El agua que iba desbordándose creaba pequeñas lagunitas o pantanos. La humedad de la zona daba paso a una vegetación abundante, tupida y variada. En la ribera de la afluente había agrupaciones de sarandíes negros, ceibos y otras plantas con penachos blancos que no reconocí. También predominaban los juncos de tallos delgados y sobre el agua flotaban los camalotes con sus flores en color lila.

El lugar era tan hermoso que decidí que era el sitio perfecto para hacer mi escondite. No estaba tan lejos de la casa y la tranquilidad que me producía era indescriptible. Colgué mi mochila en una de las ramas del árbol más próximo que tuve y comencé a limpiar, quizá podría acondicionarlo para cubrirme de la lluvia o de la nieve. La idea me emocionaba, me quité los guantes y empecé a baldear, corté algunas ramas y retiré el exceso de hojas secas.

Quizá mañana podría pasar a comprar una lona plástica y algunas sogas, para hacer una especie de techo. Claro todo sería después de clase y propiamente, después de que volviera a visitar ese lugar, no lo sé, quizá lo que Bianca había dicho era verdad y él estaría ahí, puntual a las doce.

DEVIANT

 

Nuevamente llegó temprano, y no es que estuviera mal pero tampoco era normal en él. Además, no había venido solo. Desde la ventana lo miré despedirse con cierta apatía, el chico me resulto conocido pero no pude distinguirlo con claridad. Damián no solía durar mucho con sus “parejas” pero digamos que no era de los que paseaba por la ciudad con “hombres”, esos peculiares gustos suyos no se los había notado, aunque me habían llegado ciertos rumores. Que en su momento, decidí ignorar.

Parecía que discutían, él detestaba esas situaciones. Sin más, lo abandono ahí y entró al casino. Lo seguí con la mirada, estaba tenso, siempre, pero ahora se veía distinto.

Él y yo sufríamos de un mal muy parecido, la soledad. Aunque por razones muy distintas, habíamos llegado aún punto en que evitamos en cariñarnos con alguien, quien sea, porque al final sabemos que tarde o temprano esa persona se ira de nuestra vida.

Era mi hermano menor, estar preocupado era lo normal. Y conocerlo era mi responsabilidad, aunque no era una tarea sencilla. Más bien, descifrarlo había sido mi más grande proeza hasta ahora y me había tomado casi veinte años lograrlo.

Aunque seguía sin comprenderlo, sabía que su naturaleza es antisocial, un cascarrabias de lo peor, quizá era por las pulgas.

Damián siente un profundo desprecio por los derechos de los demás y en la medida de lo posible busca violarlos. Es agresivo y tiene la mala costumbre de destruir todo lo que este a su alcance. Es hábil en el arte del hurto, sin embargo, hasta donde tengo entendido, rara vez hace uso de esa destreza.

Es temperamental e impulsivo, a tal punto, que no valora los pro y contra de sus actos. Es irritable, irresponsable, superficial y frio, no es para nada empático, es el ser más insensible que he conocido en mi vida, desprecia y menosprecia los sentimientos de los demás. No se ve abrumado por la ansiedad, fobias, obsesiones y se muestra aplomado y cómodo ante muchas situaciones en las cualquier otra persona se vería tensa o temerosa.  Es sínico.

No posee la capacidad de planificar el futuro. Es engreído, arrogante, egocéntrico y excesivamente terco. Sufre de hedonismo. No conoce lo que es el remordimiento, la culpa, ni la vergüenza y su única motivación en la vida es controlarlo todo. Es un embaucador, sabe venderse así mismo, está dispuesto a todo con tal de hacer prevalecer sus deseos. Explota cuando alguien se atreve a llevarle la contraria. Tiene sus propios principios y una forma muy particular de ver las cosas. Por no decir que es errada.

Y después de toda esta lista de encantos suyos, viene la parte mala, lo que no me gusta de él.

Lo podría resumir en una sola palabra “CHANTAGISTA”. Pero tal cosa implica mucho más de lo que a simple a vista pudiera parecer.

Damián es muy exigente, pero no siempre se expresa con claridad, si no que trata de hacer que el otro adivine lo que quiere, algo por demás, imposible. Y se enoja de manera exacerbada si la persona no atina a darle lo que quiere. Quien lo haya tratado un poco sabe que él está decidido a obtener lo que quiere y no piensa discutir el tema y mucho menos cambiar de idea.

No hace el menor intento por entender los sentimientos ajenos, por el contrario, presiona para que las personas cambien de opinión y vean las cosas como él quiere. Aun si al principio parece estar dispuesto a consensuar, la plática se termina volviendo un monologo con tono de sermón. No sé cómo lo hace pero transforma cualquier cosa que se le diga, en una clara falta nuestra, las vuelve fallas. Entonces plantea de manera consistente sus deseos como algo sumamente positivo. A este punto, la gente suele ceder. Pero por si de casualidad alguien no lo hiciera, comienzan las amenazas veladas, Damián detesta ver que sus deseos chocan contra la pared. Después vienen las amenazas serias que van cargadas de ira y violencia física.

Con sus parejas también es así. Aun si al principio se muestra como una persona carismática y amable, es solo mientras recaba información acerca de la persona, observa las cosas a las que huye o que les pone nerviosos. Apuesta especial cuidado en fijarse cómo reaccionan ante las cosas que sienten físicamente. Entonces toda esa información se convierte en una herramienta con la que crea un trato alimentado por el miedo de sus parejas. Cada una de las condiciones que pone está hechas a la medida de la persona. Frases tales como: “Te abandonaré”, “Dejaré de amarte”, “Te gritaré” o “Te haré sufrir” forman parte de su vocabulario cotidiano. Lo único que le importa es él mismo, focaliza toda su atención en sus propias necesidades y la forma en que sus presiones afectan a los demás no le importa en lo mínimo. Es parte de él dañar, humillar y vejar a los demás, y disfruta a lo grande cuando su víctima se siente sometida y temerosa, esa sensación de triunfo, dominación y superioridad lo alimentan y él lo saborea.

Aún con todo, no puedo decir que mi hermano sea una mala persona, aunque lo es.

 

DAMIÁN

 

 – Aun estamos en cuarto creciente, ¿Por qué tanta seriedad? – Sabía que terminaría viniendo pero no esperaba que lo hiciera tan pronto, por lo general Deviant no suele ser tan obvio.

– ¿Qué? Ahora el problema es que estoy demasiado tranquilo… ¿Vas a correrme, cuando por fin entendí como hacer esto? – Se limitó sonreír con amplitud mientras terminaba de llegar a mi lado. – ¿Viniste ayudarme? Acaba de llegar tu pedido y hay mucho que acomodar.

– Creo que nunca antes había estado tan ordenada la bodega… Hice bien al traerte aquí. – Se encomió así mismo, grandísimo patán. – Quien diría que tu trastorno obsesivo-compulsivo-perfeccionista sería útil.

– ¡Vete al diablo! – Respondí. Él solo me observaba sin dejar de sonreír.

– ¡Has estado llegando muy temprano! – Podía sentir su indecisión al hablar, estaba tanteando mi humor para saber si debería decirme o no.

– ¡No planeo regalarte un día más de mi sueldo! Que ya de por sí solo es miserable… – Los primeros dos días me costó un poco de trabajo eso de la puntualidad, pero cuando me di cuenta de que hablaba enserio cuando dijo que me descontaría el día, dejé de hacerlo. – ¡Quiero un aumento!

– ¡Estás loco! – No tardó en mostrarse ofendido, sabía que al final no podría negármelo. – Ni siquiera has cobrado tu primera quincena y ya quieres un aumento… – Excusas, solo era cuestión de presionar un poco más. Pero con Deviant las cosas deben ir lentas, y en la medida de lo posible, no hay que presionarlo, entonces cederá. – ¡Olvídalo! – Contestó con fingida determinación. – ¿Quién es el chico? – El cambió tan repentino de conversación me confundió un poco. Hoy había visto a dos. – ¿Por qué estaba contigo? – Pero esa última pregunta me hizo comprender que se refería al de hace un momento. Y no en al que había visto en el restaurante al medio día. Que curiosamente, fue el primero en quien pensé.

– No te importa…

– ¿Sales con él? – La incomodidad por la pregunta lo obligó a desviar la mirada, no era quien, yo le sabía algunas cosas parecidas.

– Deja de cuestionarme como si fuéramos un matrimonio. Y yo te estuviera engañando.

– Soy tu relación más larga, así que tengo todo el derecho de preguntar quién es él.

Dejé de acomodar las botellas y lo miré detenidamente un memento, la mayor parte del tiempo no comprendo cómo funciona la mente de Deviant, a veces parece alguien muy maduro y centrado y otras tantas como esta, es solo un idiota.

Le di la espalda y continúe con lo que hacía, lo escuché caminar hacía el otro extremo de la bodega y se sentó frente al ventanal.

– Es muy pronto para que elijas al siguiente, ni siquiera ha pasado una semana. – Así que eso era lo que le preocupaba, que no cumpliera nuestro acuerdo de solo cazar una vez al mes.

– No te atormentes con eso… Si de todos modos va a suceder, lo que menos importa es cuando lo elija. ¿No crees?

– No, no lo creo… – Su respuesta fue casi un susurro que se perdió entre sus pensamientos.

Desde la primera vez que Deviant vio lo que soy, cierto terror hacía mí se instauró en su mente. A él más que a su padre, le ha costado trabajo asumirme. Ha insistido en diversos acuerdos pero ninguno termina de convencerle y los cambia cada tanto. Con el ultimo había fingido tomarlo con humor y dijo que durante la Luna llena. Pero lo que en realidad quería, era saber exactamente cuándo sucedería. Y hacer hasta lo imposible por evitarlo.

De eso ya ha pasado casi un año y él continua siguiendo el calendario lunar, como si yo dependiera de esto. Aunque sabe también como yo, que me trasformo a voluntad. Sin embargo, conforme pasan los días, ese miedo se intensifica. Sé que también se preocupa por mí, y en efecto, él es mi relación más larga y en verdad le tengo estima. Lo protejo y me importa, aun si nunca se lo digo.

No debería de tener porque hacerlo. He intentado vez tras vez de convencerlo que no lo lastimaría. Que puedo controlarlo y que estoy consciente durante todo el proceso, pero se preocupa demasiado por todo.

– ¡No lo hagas! – Pidió. – Una vez dijiste que no era necesario.

– Ya lo hemos hablado muchas veces Deviant… – Agregué molesto. Intentaba tenerle paciencia pero mi ración para él, solía acabarse pronto.

– Es que es muy joven… – Insistió, aunque no con la misma convicción.

– ¿Por qué te importa? – Grité.

– No lo sé… solo… – Se puso en pie y camino con lentitud hacía la puerta, aun cuando paso a mi lado, no me miró. – He pensado que si fueras tú el que estuviera en su lugar, me dolería perderte. – Cerró la puerta tras de sí, justo después. Dejándome ahí, molesto.

Claro que entendía a lo que se refería e internamente, quizá se lo agradecía, pero no podía sentirme mal por lo que hacía, solo no me importaba, nada me importaba lo suficiente como para dejar de hacerlo. Tal vez podría, tal vez no, el caso era que no me interesaba averiguarlo.

Porque debía preocuparme u ocuparme de alguien que no es nada de mí, no tenía sentido.

Una vez que terminé de acomodar las botellas, el resto de mi turno me la pase haciendo nada. Por lo menos, era un lugar tranquilo y nadie me molestaba. Además de que entresemana el trabajo era menos. Cuando se requería alguna botella me hacían llegar el pedido por computadora. Después de los primeros incidentes que tuve con algunos de sus trabajadores cuando se atrevieron a desordenar mi bodega, Deviant había decidido que fuera de esta manera.

Ese era otro problema, sus trabajadores estaban intimidados con mi presencia en el casino. Y él a su vez, estaba preocupado por ellos. Para mí era normal, supongo que tiene que ver con que todo lo que toco, “muere o se rompe”.

Los animales me rehúyen y las personas, aunque no entienden el motivo, se incomodan y me evaden. Había crecido y estas cosas me habían acompañado desde el principio, así que sí en algún momento me incomodó, ahora no.

TERCERA PERSONA

Fue el ruido de un nuevo pedido en el computador, lo que hizo que Damián abandonara la cama improvisada en la que descansaba y se pusiera en pie. No era propiamente un pedido, más bien era un aviso: Arriba alguien había pedido hablar con él y le esperaba en el bar. Miró la hora, su turno estaba por terminar.

Se colocó la chaqueta y subió sin prisa. No esperaba a nadie, por lo que no debía ser nada importante. Después de todo él mantenía sus “asuntos” fuera de la vista de Deviant.

Le resulto molesto saber de quien se trataba. Llegando a su lado, lo sujetó por el brazo y lo arrastró hacía un lugar apartado.

– ¿Qué diablos crees que estás haciendo? ¿Qué no fui claro al decir que no puedes venir aquí? – Cuestionó con la furia destilándole por el cuerpo.

– Yo, solo…

– ¡Cállate! – Gritó. – Quiero que te largues de aquí… – Poco le importó que la gente que estaba cerca los mirada con más atención de la necesaria.

– ¿Qué sucede, Damián? – Deviant apareció detrás de ellos, intentando mediar la situación. La mirada de este fue certera, no quería escenitas de ese tipo en el casino. – Sera mejor que te vayas… – Le dijo al chico, justo después de que le mirará con detenimiento. Era más joven que ellos, quizá unos veintitrés, alto y delgado, de piel blanca y cabello castaño. Sus ojos negros miraban con preocupación a su hermano. – Este no es un buen momento… – Insistió.

– ¡Lo lamento! – Agregó el chico antes de retirarse del lugar.

Deviant le siguió con la mirada hasta que abandonó el casino, cierta pesadumbre había caído sobre él y ahora le resultaba aplastante. Estaba preocupado por el joven, porque de una u otra manera, ahora se sentía cómplice por lo que le sucediera al estar en manos de su hermano.

No sé tomó la molestia de pedirle a Damián que volviera a la bodega, en realidad, en ese momento, no quería verle, ni hablar con él. Sin embargo, cuando reemprendió la marcha para irse a su oficina, Damián le siguió. Estuvo dispuesto a cerrarle la puerta en la cara, pero el más alto no se lo permitió y forcejearon, uno para poder pasar y el otro para impedírselo. El mayor fue el primero en ceder y Damián adentrándose en la oficina, lo obligó a retroceder.

Deviant no pudo evitar sentirse intimidado ante la forma en la que su hermano estaba actuando. Y más cuando lo terminó acorralando entre la pared y su cuerpo.  Con el antebrazo sobre su cuello, apretando más de lo necesario.

– ¡Alejate! – Le ordenó, pero Damián no se cedió.

– ¿Por qué estas evadiéndome? – Le preguntó molesto.

– No quiero que sigas burlándote de mí, no los traigas, no quiero verlos ni saber quiénes son…

– No sabía que iba a venir… – Agregó intentando defenderse.

Deviant lo empujó logrando apartarlo y se alejó lo más que pudo de su hermano. A Damián le desagradaba cuando Deviant lo evadía o lo ignoraba. Aunque sea casi imperceptible, pero le provocaba cierto malestar. Lo mismo sucedía cuando el mayor se enojaba con él.

– Solo es una baraja, Deviant… – Explicó mientras sacaba la carta y la ponía sobre el escritorio. Porque prefería que su hermano se enojara, a que se mostrara esquivo, tal y como lo estaba haciendo ahora.

El mayor paso de la preocupación al coraje a una velocidad sorprendente. Damián se preparó para el sermón, pero contrario a lo que esperaba. Su hermano tomó la carta y la rompió por la mitad.

– ¡Sal de mi vista! – Ordenó molesto.

– Deviant…

– ¡No! – Le interrumpió. – Ya no Damián, ya te soporte demasiado. Haz lo que quieras con tu vida a partir de ahora… Esto no es lo que yo te enseñé.

– No aseguré nada…

– Me basta con que lo hayas empezado… En algún momento, alguien te hará ver tu realidad, las personas no somos objetos que puedes usar a voluntad. No son mercancías, sienten… Ese chico… – Se tragó sus palabras para sí, sabía que no tenía caso hablar, ¿sentimientos? Damián no sabía de eso.  – ¡Vete! Se acabó el trabajo por hoy…

No insistió, comprendía que Deviant no lo quería ahí. Salió azotando la puerta y los trabajadores le fueron abriendo paso mientras avanzaba presuroso hasta la bodega para tomar sus cosas.

Aun si solo quería largarse de ahí, tuvo que quedarse un momento más, debía tranquilizarse o terminaría haciendo alguna estupidez.

Para Deviant la situación era no solo angustiosa, había llegado a un punto en el que ya no sabía qué hacer con Damián. En su opinión, una cosa era hacerse de la vista gorda y dejar que las cosas sigan su curso con respecto a los cargamentos que llegaban de Bucarest y otra muy distinta, participar directamente en ello. Saber que su hermano, era parte de ese tipo de comercialización, le provocaba que el estómago se le revolviera.

Ellos habían presenciado en el pasado, cuando ambos eran niños, como los trasportaban en esas cajas tan pequeñas, como si fueran menos que nada, y toda esa gente pasaba de sufrir mucho a un infierno aún mayor. Del que lamentablemente no salían con vida. Pensar en que ese chico terminara en un lugar así, le resultaba insoportable.

Pero por otra parte, para Damián las cosas eran menos dramáticas. Humanos había muchos, eran fáciles de reemplazar. Para él, la vida era un negocio, y el mejor negocio es el que deja más dinero. Pero como todo en esta vida, tiene sus reglas que deben cumplirse y cuando alguien las desobedece, debe ser castigado. Tal y como la pequeña mariposa que estaba a punto de ser clavada de sus alitas a su caja entomológica.

Saliendo del casino fue directo a recoger sus juguetes. Los había mandado pedir justo a su medida y recientemente le habían avisado que ya estaban listas.  Eran agujas de acero inoxidable de cabeza dorada. Estaban esterilizadas y listas para usarse. Hubiera querido usar propiamente las entomológicas, pero no había encontrado unas que se le ajustaran al tamaño de las manos del castaño. Sin embargo, están le eran muy parecidas e igualmente útiles. Y había pedido que les hicieran una ligera modificación.

Fue directo al departamento del joven. Él ya estaba ahí, y aparentemente dormía. Pues todas las luces estaban apagadas. El cerrojo de la puerta cedió ante el pequeño alambre y la habilidad de Damián y este entró sin hacer el menor ruido.  Fue directo a la habitación, sabía dónde buscar porque ya había estado ahí antes. Se colocó al pie de la cama y lo observo dormir, estaba apacible, pero eso no iba a continuar por mucho tiempo más. Retiro con cierta brusquedad el edredón que cubría el cuerpo del castaño y sin más se colocó sobre él.

El cuerpo tibio lo invitaba a poseerlo. Tal y como lo había hecho ya, en repetidas ocasiones. Pero simplemente no podía hartarse de él. El sexo con el castaño era placentero, por lo general, podía soportarle su rudeza y no ponía reparos en todo lo que Damián quisiera hacerle.

Una mano se coló por debajo de la camisa de franela, mientras que Damián buscaba sus labios y los besaba con apetencia, al tacto, el castaño despertó con cierto sobresalto, pero casi al momento intentó relajarse. Solo había alguien capaz de tocarlo de esa manera.

– ¡Damián! – Lo nombro sin interrumpir el beso.

– Voy a darte lo que fuiste a buscar… – Declaró el moreno con cierta agresividad. El chico tembló ante la amenaza oculta debajo de esas incitantes palabras.

No hubo necesidad de más preámbulos y declaraciones. El más bajo podía sentir las ganas del moreno como las suyas propias. Damián estaba impaciente y colocando ambas manos sobre el cuello de la camisa del castaño, jaló con tal fuerza que los botones cedieron y la frágil tela se rasgó.

– Recuerdo como desnudarme… – Se quejó. De seguir así, Damián iba a dejarlo sin ropa con la cual vestirse.

– Prefiero hacerlo yo mismo.

Era terco y necio. Pero también era un buen amante, él mejor que había tenido hasta ahora, aunque en secreto odiaba que Damián siempre pareciera tener prisa. El pantalón no fue un problema, el elástico que se ceñía ligeramente a su cintura, se resbalo por su piel y ante su desnudez el frio le hizo estremecerse.

Damián contempló aquel cuerpo desnudo que se le ofrecía voluntariamente, las marcas de su último encuentro aún estaban visibles. Y verlas le gustaba, pues ante cualquier otro, están eran las huellas que agritos callados dirían que aquel tenía dueño.

Se colocó entre las piernas del castaño, ni siquiera se tomó la molestia de prepararlo.  Y sin la más mínima contemplación entró en él de una sola estocada. El gritó que profirió su amante fue acallado por una de las manos Damián sobre su boca. El dolor era insoportable, aquel era demasiado grande para él, y ahora todo su ser estaba rígido, lo que imposibilitaba una entrada limpia.

– ¡Relajate! – Ordenó Damián. Como si tal cosa, pudiera ser posible.

Pero el castaño estaba perdido en su mundo de dolor, sabía que suplicar no le iba a servir de nada, pero ahora mismo sentía que ese hombre sobre él iba a partirlo por la mitad.

– Es-espera… – No lo hizo, por el contrario. Se volvió más violento.

Nunca pudo mandarlo al diablo, aun si en algunas ocasiones lo pensó, pero eso ya era cosa del pasado. Porque ahora, prefería morderse los labios para no gritar y aguantarse como el hombre que era, que parecer débil y ceder ante su dolor y como consecuencia, perderlo.

Porque finalmente había reconocido que le quería, aun si para Damián, él solo significaba un polvo, alguien siempre disponible para lo que se le antojara. Y había algo a su favor, después de casi siete meses de este tipo de tratos violentos, su cuerpo se acostumbraba pronto, entonces el dolor se convertía en gemidos casi igual de ruidosos.

Damián recostó su cuerpo contra el suyo, era para que no se moviera, aunque no pensaba hacerlo, pero al mayor le gustaba tener el control total. Era él quien decidiría cuanto placer podía sentir el castaño y el ritmo del asunto.

Las embestidas no disminuyeron en intensidad, paradójicamente, se estaba volviendo más violento, casi bestial, entraba y salía por completo sin importarle en lo más mínimo su brutalidad. El más bajo, sentía su cuerpo y su mente entumida, el placer y el dolor le llegaban en igual magnitud.

Mentira, el dolor era más fuerte. Damián aprovecho el aturdimiento de su amante y sin dejar de penetrarlo busco a su lado las agujas. Era momento de castigarlo.

Cada aguja tenía veinticinco centímetros de largo y el ancho de un alfiler normal. La cabeza dorada era plana y de casi un centímetro de circunferencia, al girarla, de la punta salían dos ganchos que servían como seguros. Sujetó la mano izquierda del castaño y la colocó a la altura de su cabeza. Tuve que recostarse completamente sobre él para que no se moviera. Con la palma hacía arriba le atravesó la aguja justo en el centro y la hundió hasta que la cabeza dorada quedó sobre la piel, para después girarla. El chico gritó y el llanto no se hizo esperar. Pero eso no lo detuvo ni mucho menos lo conmovió. Hizo lo mismo con la mano derecha, ambas agujas habían traspasado no solo la piel, sino también el colchón. De tal manera que había quedado figado a este.

Damián volvió a lo suyo y después de unas cuantas embestidas más el castaño se vino, manchándose así mismo. Damián se demoró un poco más, aunque la excitación por ver al castaño de esa manera tan indefensa era mucha, tanto así que terminó dentro de él. Algo que generalmente no solía hacer, pero que más daba una humillación más, si ahora mismo, se sentía como uno de los tantos animales que disecaba en el laboratorio.

Damián salió de dentro de él y se acomodó la ropa. Ternura o si quiera, un poco de consideración por parte del moreno. Ni pensarlo.

Y sin embargo, ahora tenía su completa atención. No dejaba de mirarlo, mientras que el otro no podía hacer otra cosa más que sollozar, era obvio lo que el más alto quería.

– Ahora sabes cómo se siente cada una de esas mariposas que tanto te gusta coleccionar… – Susurró mientras se sentaba a su lado. – Agradecé que yo no use éter o te metí a un congelador para que murieras y después fijarte a una caja de madera con tapa de cristal. – Damián le hablaba como si él otro no estuviera llorando y quejándose por el dolor que las agujas le producían. Era casi tan inhumano verlo actuar así con el chico, como también lo era, ver al castaño sacrificar a placer a todos esos animales. – Tú vas a tener la oportunidad que ellas no tuvieron, si en verdad quieres soltarte… solo tienes que aletear.

WILLIAM

– La escuela va muy bien, estoy en un taller de dibujo y todos son muy amables conmigo. – Se escuchaba emocionado y eso me hacía sentir cierta tranquilidad. – También mis compañeros de clase y los profesores…

– ¿En serio? – Le pregunté entusiasmado. – Eso es genial Ari… me alegra tanto saber que ya tienes nuevos amigos.

– Bueno, aun no son mis amigos. – Sabía que tarde o temprano comenzaría a poner sus barreras. – Me agradan, pero…

– ¡Dales tiempo! – sugerí.

Desde que lo conozco es así, a veces se excede en eso de ser introvertido, entiendo que disfrute de estar solo o con muy poca gente, pero no el que rehúya de las personas. Mi mayor preocupación es que le den uno de esos ataques en los cuales comienza a sentirse fuera de lugar y que vuelva a aislarse como si eso fuera su única alternativa. Como una necesidad.

– Hay una chica… Ella es muy parecida a ti. – Intentó cambiarme en el tema.

– Alejate de ella entonces, ya suficientes cosas malas has aprendido de mí. – Ariel se carcajeó y aunque no lo tenía frente a mí, podía imaginármelo riendo con los labios, pero con ese semblante melancólico.

– ¡Exageras! – Me contradijo – Nosotros nos la pasábamos bien… ¿no? A mí me gustaba estar contigo.

– A mí también Ari, sabes que eres mi hermano favorito…

– ¡Soy tu único hermano! – Respondió y nuevamente reía.

– ¡Cierto! Ya va siendo hora que comprendas lo privilegiado que eres.

Introvertido, sí, pero también es muy cariñoso y que conste que eso no significa que vaya por la vida abrazando a todo el mundo. Más bien, tiene que ver con su inclinación a expresar sentimientos de amor y afecto a sus personas más cercanas. A pesar de que no creció en una familia donde fueran de esta cualidad, al menos, no su madre ni los padres de esta, pero su papá sí. Creo que Ari lo heredo de él y también tiene que ver con su nobleza. No me pasó desapercibido que se fue volviendo más tierno cuando entró en la adolescencia. Comencé a cuidarlo más desde entonces.

Porque él se esfuerza mucho por ser una persona feliz, como si en algún momento lo hubiera decidido y se aferraba con todas sus fuerzas a ello. Sin embargo; es un tanto inflexible y rígido, tanto en sus tareas diarias como en su forma de pensar. El que sea severo en su autocritica, provoca que su estima zigzaguee, es decir, él no se tomá muy bien las críticas de los demás y casi cualquier comentario de este tipo, lo considera como un atentado hacía su intimidad.

Al interiorizar tanto sus sentimientos, los regaños severos o habladurías negativas sobre su persona le hace sufrir enormemente, sobre todo si son de personas cercanas a él, y lamentablemente hay ocasiones en las que les da demasiada importancia.  Sin embargo, de él no se escuchara una mala palabra, ante estas situaciones que le perjudican, él se siente incapaz de expresar sus sentimientos y prefiere retirarse antes que decir algo que pueda dañar o menospreciar, así sea, que se trate de la misma persona que lo hirió.

Pero también tiene sus días en los que su estabilidad es total, por suerte, es así la mayor parte del tiempo. Mostrándose reflexivo, es alguien que piensa antes de actuar, sabe con claridad lo que quiere, contrario a mí, que ya no sé qué hacer con mi vida. Pero nos parecemos en eso de que no planeamos las cosas por anticipado, a Ari no le gusta anticiparse o tenerlo todo pensado, aunque si es muy organizado y tiene un profundo sentido de la responsabilidad y es muy laborioso, todo lo hace con seriedad y es algo perfeccionista, también es constante en las actividades que realiza. Pero aun disfruta de las sorpresas y los planes de último momento.

Me gusta que ante todo él siga siendo alguien con criterio propio y no se dejé llevar por las opiniones que los demás tienen con respecto a lo que sucede a su alrededor. Por lo general, es una persona con ideas maduras, que reflexiona mucho sobre sus convicciones y creencias y por lo tanto no tiene que estar sujeto a la opinión de los demás.

– ¡Te has quedado callado! ¿Estas ocupado?

– No, no es eso… – Respondí de inmediato. – Estaba pensando en que también me haces falta, te extraño. Ya nadie quiere jugar Xbox conmigo. – Su risa llenó el silencio y me resulto contagiosa. – Ya no he encontrado ningún digno rival.

– Compraré uno y jugaremos en línea… ¿te parece?

– Eso sería genial, aunque la diferencia de horarios será un problema.

También era muy considerado conmigo y me consentía mucho. Nuestra amistad había sido así desde el principio, lográbamos sentirnos cómodos con nuestra cercanía y con el paso del tiempo la intimidad se volvió nuestra base, no había algo que me sucediera que él no se enterara y viceversa.

Soy el hijo único del segundo matrimonio de mi padre, tengo cuatro medios hermanos, obviamente son mayores que yo, aun cuando en algún momento intenté acercarme a ellos, pues mi madre ya no pudo tener más hijos y yo quería un hermano. Ellos jamás me aceptaron, por el contrario, me despreciaban y de ellos solo recibí malos tratos y humillaciones. Entonces, un día lo conocí. Había aprovechado que mis padres no estaban en casa y me escapé al parque que estaba a un par de cuadras. Ari estaba ahí, sentado en los columpios, solo y observando a los otros niños. Lo adopté como hermano desde entonces.  Y de él había aprendido mucho, entre otras cosas, a llevar una vida un poco ordenada, obviamente no como lo hace él, que es tan tranquilo y le molesta que alguien intervenga en sus cosas o en su forma de organizarse, pero hago el intento.

Basta decir que mi madre lo quiere más a él que a mí. Y siempre se la pasa diciendo que Ari es “tan educado”. No me molesta porque sé que es verdad, él tiene un gran respeto por los demás. Y es muy observador, además, posee una gran sensibilidad, eso le permite darse cuenta de los problemas que tienen quienes lo rodean y de los malos momentos por los cuales pueden estar atravesando, permitiéndole ser comprensivo y respetuoso. Aunque también tiene su lado oscuro, y es que aunque no se enoje con facilidad, es de cuidado cuando se irrita o cuando algo le parece injusto. Entonces se vuelve prácticamente una fiera a la que hay que temer.

– Lo haremos los fines de semana… ¿Te parece?

– ¿No tienes compromisos los fines de semanas? ¿Seguiste mi consejo? – Guardó silencio, no, no lo había seguido. De haberlo hecho tendría cientos de invitaciones y cosas por hacer.

– Aun no he encontrado con quien…

– Te dije que cualquiera estaba bien… Aquí tu “fue un accidente” sigue preguntando por ti, incluso me ha pedido que le dé tu número.

– ¿Se lo diste?

– ¿Debería?

– ¡No, no lo hagas!

– ¿Hay alguien?

– ¡No! – Contestó demasiado rápido. Sí, había alguien.

– ¡Aja!

– Enserio… Nadie. – Ese tono cohibido lo delataba, casi podía verlo sonrojado.

– ¿Cómo es? ¿Chico o chica? – Oh sí, mi curiosidad era grande.

– No, no hay nadie.

– ¿Desde cuándo te volviste tan mentiroso?

– Bueno, tal vez lo haya… – A veces me preguntaba cómo era posible que Ari sea tan predecible, ahora me hablaría de cualquier otra persona, en vez de mencionar a quien realmente le interesa. – Es el presidente de mi taller… – Guardó silencio. ¿Un chico? Algo dentro de mí se estrujó, no es que estuviera mal, no, por supuesto que no, pero hubiera querido estar cerca para poder cuidarlo. – Él es muy atento conmigo y me dijo que le gustaba, que hay muchas cosas de mí que le gustan.

– Y a ti… ¿te gusta?

– ¡Tal vez! – No esperaba esa respuesta, creí que lo negaría como siempre, pero no que en verdad lo estuviera considerando.

Ariel es atractivo, tiene ciertos encantos que lo hacen alguien imposible de ignorar. Incluso a mí que soy su hermano, no me pasaban inadvertidos. Pero es tan distraído y descuidado que no nota lo que provoca en los demás, ahí reside el problema de que aún no haya tenido ninguna relación. Además, de que a pesar de no tener experiencia, aspira a sostener una relación estable con la que pueda sentirse satisfecho. Algo por demás, imposible en estos tiempos.

– Bueno, pues tomátelo con calma… No vayas a hacer castillos en el aire.

– ¿Qué? ¿Acaso no eras tú el que había dicho que me deshiciera de esa virginidad que me limita? – Bromeó. Por lo menos estaba de buen humor.

– Ya… si, lo dije y creo que aún lo sostengo, pero me refería a algo de una noche, quizá, cuando mucho dos. No de una relación formal. – Y menos si no podía estar cerca para traer vigiladito al idiota que se atrevió a poner la mirada en mi hermano. – Deja ese tipo de cosas para el otro, no con este.

– ¿Cuál otro?

– Es solo la cara Ariel, te aseguro que no soy idiota. Intentaré creer que aún no estás seguro y por eso intentas ocultarlo de mí… Solo ten cuidado, no quiero que sufras.

– ¿Ósea que puedo acostarme con quien quiera, pero debo tener cuidado de quien me enamoro? – Si lo preguntaba de esa manera no tenía mucho sentido, incluso parecía que le estaba dando malos consejos.

– Ari, aquello no se gasta y si eres cuidadoso, tampoco se rompe… Pero el corazón, eso es otra cosa. Una vez que se parte, ya nada vuelve a ser igual.

– Confundimos demasiadas cosas con el amor, ¿no es así? Pero no es mi caso Will, yo no estoy enamorado.

– Por ahora…

BIANCA

 

Deberás que era un chico popular y aunque apenas era el tercer día clase él ya traía detrás de sí, todo un sequito de chicas. Pero no era para menos, esos grandes ojos azules son verdaderamente encantadores. Y también tiene una personalidad agradable.

– ¿Qué es lo que miras tan detenidamente? – Axel había llegado a mi lado y se sentó junto a mí.

– Miro a toda tu competencia. – Declaré – Esta vez no vas a tener las cosas fáciles.

Él sonrió mientras se recargaba sobre mi hombro. Se sentía con suerte, pero ese era un grave error, está bien ser alguien seguro de sí mismo, pero ni siquiera lo que es nuestro nos pertenece del todo.

– Es lindo… ¿Verdad? – Ahora ambos lo observábamos desde una mesa alejada de la suya. Ariel parecía incomodo en medio de todas esas chicas coquetas, ellas parloteaban sin parar y él solamente las observaba con timidez.

– Lo es… – Me limité a declarar.

– ¡Me gusta!

– Lo sé…

– Lo quiero para mí. – Mala idea, no estaba segura de que Axel sea la persona indicada para Ariel, eran muy distintos y Axel seguro querría controlar cada aspecto de su vida, lo sé, porque lo conozco. Por algo es mi primo. – Me resulta muy tierno, parece como si estuviera perdido, sin rumbo.

– No todo el que está sin rumbo está perdido. En fin, solo asegurarte de ser paciente y no presionarlo demasiado.

– ¿Presionarlo? – Preguntó como quien no sabe la cosa. – Solo me encargo de que no olvide que estoy aquí para él. Ya sabes, es el típico: Quien no demuestra lo que siente, pierde lo que quiere.

– ¡De acuerdo! Pero si él no siente lo mismo que tu… ¿Lo dejaras tranquilo? ¡Sin rencores!

Nuevamente sonrió. No, no lo dejaría en paz, hasta que lograra lo que quería. No es que Axel fuera una mala persona, pero es hábil volviéndote nada, su presencia puede llegar a ser tan asfixiante y a la vez adictiva. Destructivamente necesaria.

– Hay algo que he querido preguntarte desde hace mucho tiempo… – Sabía que la pregunta no me iba a gustar.

– ¿Me guardas resentimiento por lo de Javier?

– Te eligió a ti, ¿no es así? – Contesté a secas.

– ¡Sí! – Declaró con cierta arrogancia. – Pero me eligió cuando ya estaba contigo.  – Sabía que en algún momento me lo iba a restregar en la cara, ya se había tardado. – ¡Lo siento! – Mentía, prueba de eso, es que aun cuando sabía que Javier y yo estábamos juntos, se aferró a él y nada no lo detuvo.

– No, no lo sientas. – Respondí mientras le sonreía. – Después de todo, tampoco se quedó contigo.

– Pero con Ariel las cosas serán distintas Bianca… Espero que no te interese. Porque a él si voy a retenerlo. – Solo si el chico del restaurante lo permite, pensé, mientras me reía para mis adentros, Axel no podría contra alguien como él, aun así, me moría por verlo intentarlo.

– ¡Buena suerte! – La vas a necesitar.

– ¡Gracias! – Se puso en pie y lo vi dirigirse hacia donde Ariel. Quien por cierto, ya lucía aterrado de todas esas chicas. Pero Axel las aparto, tal y como dije, es hábil en ciertas cosas.

 

ARIEL

 

– ¡ARIEL!  – Gritó justo detrás de mí, provocándome tal sobresalto que brinque del puro susto.

– Bianca… ¡Me asustaste! – Declaré mientras me dejaba caer sobre el piso con la espalda recargada en la pared. Incluso algo caliente me bajo desde la cabeza hasta los pies. Ella no paraba de reír, de tal manera que me resulto contagioso.

– ¡Lo siento! No creí que te ibas a asustar tanto. – Se sentó a mi lado, igualmente en el piso. – ¿Se puede saber de quién te escondes?

– No me estoy encendiendo… Solo evado la situación. – Expliqué, mientras nuevamente espiaba detrás de la puerta.

– ¿Acaso no es eso lo mismo? – Ella era muy lista y también muy agradable, es decir, me hacía sentir cómodo, en confianza.

– En teoría no… – Volví la vista a ella quien por cierto, me miraba como si no creyera ni una sola cosa de lo que estaba diciendo. – Veras, te escondes cuando eres culpable de algún delito, ya sea menor o grave. Yo solo pretendo evitar una situación que podría orillarme a cometer ese delito. – Bianca sonreía mientras negaba con la cabeza.

– Díselo de una vez… – Sugirió y sin importarle si invadía mi espacio personal, se recargó casi por completo sobre mí para espiar justo por donde yo lo había hecho. Fue un poco incómodo tenerla tan cerca, sin embargo, olía muy bien, el aroma de su perfume me gusto. Después de un momento volvió a su posición inicial, justo a mi lado. – Axel puede llegar a ser muy insistente, créeme yo sé lo que te digo, es mejor que le dejes todo claro desde ahora.

– Solo no quiero malinterpretar sus atenciones, a mi parecer, es muy amable…

– ¿Pero? – En verdad es astuta. Dudé sobre qué contestar, después de todo no era correcto que estuviera hablando de Axel, cuando realmente no me ha dado verdaderos motivos. Aunque tampoco me había dado tregua desde que me conoció. Y es que insistía en pasar cada segundo de nuestro tiempo libre, juntos. – ¡Te confunde! ¿Cierto? – Asentí sin mirarla.

Ella me tomó de la mano y ayudándome a ponerme de píe, prácticamente me arrastró hasta una de las bancas del jardín. Por supuesto, eran mucho más cómodas que el piso en el que estuvimos sentados. Ella nuevamente se sentó junto a mí y sin soltar mi mano, se aseguró de que le diera toda mi atención.

– ¡Escúchame muy bien! – Ordenó – Si Axel no es lo que buscas ¡Tú me entiendes! Si no es a lo que aspiras…aunque tenga cosas buenas, y él intente convencerte, no te conformes. – Hablaba con cierto misticismo, y no pude evitar pensar que me estaba ocultando información que quizá era importante. – ¡Prométemelo!

– ¡Sí!

– ¿Si, qué? – Exigió.

– Te lo prometo. – Aseguré. – ¿Él te hizo algo? – No pude evitar preguntarle.

– No propiamente… pero sí. – Respondió – Aunque tampoco pienses que es una mala persona, como líder de taller es insuperable, como amigo es alguien leal y compasivo.  Con respecto a los demás ámbitos, no podría decirte. Es algo que iras descubriendo, si te interesa…

– No me interesa… – Respondí de inmediato y era verdad, él me parecía agradable pero nada más.

– Entonces se directo y díselo. De esa manera no tendrás que andar entre los pasillos “evadiendo situaciones” y saliendo de clases, podremos ir directamente a ver al “sueño de hombre” – Humedeció sus labios con su lengua de manera lasciva para darle énfasis a sus palabras. – que ya casi llega a comer. A las doce en punto ¿recuerdas? – Me preguntó mientras señalaba su reloj de mano.

– Sobre eso, no quisiera que lo mal entiendas…

– ¿Vas a decirme que no te gusta? – Cuestionó con cierta incredulidad.

– Precisamente.

– Pues ayer tus ojos contaban una historia muy distinta. – La observé con detenimiento, mientras ella se ponía en píe, esa sonrisa traviesa que se instauro en su rostro me distraía de sus palabras.  – Y él que… – Se detuvo.  – Nada, mejor olvidalo…

Eso es de las peores cosas que podían hacerme, insinuar algo y dejarlo a la mitad. Soy alguien curioso, mi naturaleza me obligaba a indagar por respuestas.

– ¿Y él? ¿Qué es lo que ibas a decir?

– Tienes demasiada curiosidad por alguien que no te interesa…

– No dije que no me interesara.

Ella comenzó a caminar y me noté siguiéndola, nos dirigíamos hacía la salida de la universidad. Sabía a donde planeaba llevarme y simplemente no la detuve.

– Entonces ¿Si te gusta? – Insistió.

– Tener interés y gustar son cosas diferentes. – Aclaré – ¿Vas a contarme? ¿Qué hay con él?

Aunque lo intenté durante todo el camino, no logré convencerla para que me dijera, contrario a eso, ella me hizo muchas preguntas sobre lo de ayer. En mi opinión, no había sido gran cosa, únicamente nos miramos fijamente por un momento. Internamente puedo reconocer que ya había perdido la esperanza de volvérmelo a topar. Fue una agradable sorpresa volver a coincidir con esos ojos. Y sobre todo, que esta vez no me estuviera gritando.

– ¿Estás pensando en él?

– ¡No! – Mentí. Ella no dejaba de reír, tal y como dije, se parecía mucho a William.

– Si es así… ¿Por qué el sonrojo?

– Es-es por el frio… – Mala excusa. Bianca se echó la carcajada mientras entrabamos al restaurante y algunas de las personas se giraron para mirarnos, a ella pareció no importarle.

 

DAMIÁN

Su olor me llegó de la nada. Mi olfato me permite reconocer sin equivocación, lugares donde he estado y personas que de cierta manera conozco. Cada uno de mis sentidos se agudizó en cuanto lo sentí. Ese suave, casi sutil aroma suyo, estaba mezclado con otros tantos, pero aun así, no fue difícil distinguirlo y tampoco fue necesario voltear a ver, para saber que se trataba de él.

Era sorprendente para mí, el darme cuenta que su simple aroma me ponía tan alerta. Como al asecho. Sentí mis músculos y mi quijada tensarse. Lentamente dejé el tenedor sobre mi plato y cerrando los ojos me concentré en sentirlo a plenitud. El perfume de su acompañante lo escondía ligeramente de mí, ambos pasaron a mi lado y se sentaron en la mesa siguiente a la mía. Justo donde habían estado ayer. De ella podía percibir su ansiedad, pero él, estaba sereno.

El palpitar de su corazón parecía retumbar en mis oídos. La cadencia rítmica de sus latidos dejaba en claro lo saludable y joven que era, y al mismo tiempo, era una música seductora para mis sentidos. En un escenario real, sería una presa difícil de cazar. Pero en el mío, todo era mucho más sencillo y posible.

Abrí los ojos y continué con lo que hacía. Aunque a decir verdad, ya había perdido el apetito, al menos, por lo que había en mi plato.

Después de que les tomaron sus órdenes, ella no dejaba de hablarle de mí y de reír. Pero eran susurros que se perdían entre las conversaciones de los demás comensales. Y no podía entender claramente lo que le decía. Él por su parte, la miraba con una atención incomoda. Y cada cierto tiempo, dirigía su mirada a mí.

En una de esas tantas ocasiones, atrapé su mirada con la mía. Y tal como ayer, me sostuvo el contacto, nada en él delataba a simple vista, una señal de alarma o incomodidad. Incluso su respiración seguía serena, pero el ritmo de sus latidos se intensifico ligeramente.

A estas alturas de la situación, me preguntaba, que era exactamente lo que debería hacer con él. Extraño, por lo general, sé lo que quiero de alguien en cuanto lo veo. Pero esta vez era distinto, había algo místico en él que de cierta manera me atraía. Como una neblina de color que lo envolvía.  Y al mismo tiempo, lo protegía. Y luego estaban ese par de ojos azules, esa mirada penetrante y sagaz que parecía leerme y profundizar en lo más hondo de mi ser. Una mirada azul, en la que no me era difícil perderme.

Era la primera vez que alguien me miraba de la manera en la que él lo hacía y no se intimidaba. En cambio yo, deshice el contacto en cuanto lo vi sonreírme. Un gesto tan sencillo y vano, pero que estuvo cargado de una calidez y amabilidad que me hizo enojar. Entonces lo supe, era un chico bueno, alguien noble.

Iba a disfrutar a lo grande, mancillar su corazón. Usarlo y pisotearlo hasta que nunca más pueda sonreír de esa manera. Me bañaría en sus lagrimás y me alimentaría con su cuerpo. A partir de hoy, cazarlo, sería mi único objetivo.

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