Capítulo 37: El Lado Triste de la Felicidad

Y es que tú, has llegado a ser todo en mi vida, el único que ha logrado romper el hielo de todas mis fantasías. Dime si no es verdad, que cada beso que nos damos es de amor infinito, que no es lo mismo que sentíamos con otros… que lo nuestro es un amor para la historia.

Y que… aunque en el mundo existen pruebas, lo de nosotros es bonito, es para siempre.

***

Puede ser, no lo sé… antes de ti dependía de la muerte que se disfrazaba de vida. Me escondía entre muros que había hecho míos. Pero tú, un guerrero de lunas dormidas, viniste a ahuyentar mis miedos, me obligaste a hablar y encarar mis heridas.

Ahora vivo de ti, dependo de la forma de tus besos, de hablarte, mirarte y me entrego a tu magia que con solo desearlo, haces que el techo del cuarto sea un ciego. Y me enamoras de tus sueños despiertos, de tus promesas calladas que me gritas al alma lo que se llevas por dentro. Puede ser, no lo sé…

 

  • HAN

 

EL AMOR ES COMPLICADO.

Hay muchos obstáculos que pueden poner en jaque una relación.

 

Eran casi la una del mediodía, el cielo se había cerrado por una masa de nubes negras y el viento anunciaba que pronto llovería.

—Deviant… ¿colgaste la ropa…? — Pregunté desde la cocina.

—No cariño, decidí perdonarle la vida… — Respondió desde la sala, mientras reía.

Mentalmente me dije que no debía enojarme, que era mi culpa por pedirle que me ayudara aunque sea a hacer algo muy simple, como lo era tender “nuestra” ropa.

Pero la verdad es que estaba un poco harto de todo esto. De ser siempre yo, el que intentaba mantener digna esta casa.

— ¿Y planeas hacerlo algún día? — Cuestioné sarcástico y sin poder o querer ocultar mi descontento.

—Ahora mismo estoy ocupado…

— Pues yo no estoy en un lecho rosas, Deviant. — Le interrumpí, levantando la voz, un poco más de lo necesario.

Por fin se dignó a mirarme, nuestra cocina había sido diseñada bajo un concepto abierto, él odiaba las separaciones y yo había querido complacerle… como siempre. Así que podíamos vernos de cuerpo entero e incluso en HD. — ¿Es tan difícil el que cuelgues la ropa para que termine de secarse? Ni siquiera te estoy pidiendo que la laves o que después de que este seca, la dobles y la acomodes en los cajones…

— ¡Lo haré! — Contestó levantando las manos en mi dirección, mientras me hablaba y me miraba como si estuviera exagerando las cosas.

— ¿Cuándo te desocupes…? ¿Mañana…? ¿Nunca…?

— Han… ¡calmate!

— ¡No! ¡No me digas que me calme! — Rebatí, mientras me quitaba el estúpido “mandil” figurado y avanzaba hacia él. — ¡Estoy harto! — Solté, mientras extendía ambas manos como si aventara algo. — ¿Si, sabes que no soy tu sirvienta…?

— ¡Vale! Nunca he dicho que eres…

—Pues deja de tratarme como si lo fuera. — Recriminé.

— ¿Pero qué fue lo que hice ahora?

En cuanto me vio ir a su lado, se puso de pie, me miraba como si el que estuviera mal, fuera yo. Hablaba en un tono conciliatorio que me aguijoneaba el mal genio.  — ¡NADA! — Grité. — Ese es el problema… que nunca haces nada.

—Eres muy injusto… — Me acusó — ¿Te diste cuenta de a qué hora llegamos? ¡He tenido mucho trabajo!

— ¿Tú tienes trabajo? — Pregunté irónico.

—Pues aunque lo digas de ese modo… — Respondió con aire resentido.

— Administras un casino… te la pasas dándonos ordenes, firmando papeles y contando dinero.

— ¿Y ESO NO ES UN TRABAJO? — Gritó.

—DÍMELO TÚ… — Vociferé incluso más fuerte de lo que él lo había hecho. — Cuatro días a la semana hago guardias en la mañana, después vengo y te preparo el desayuno, limpio el departamento a como mejor puedo, compro las cosas para la comida y la preparo. Lavo la ropa… la tuya y la mía. —Sentí la necesidad de hacer la aclaración. — La tiendo, la bajo, la plancho, y la que no, la doblo y acomodo en los cajones. En la tarde nos vamos al casino… aun si mi turno empieza mucho después, solo porque tú… “tienes cosas que hacer”. Preparo bebidas y limpio mesas casi todas las noches. Aun así, saco tiempo para nosotros, me preparo para mi doctorado y estoy batallando con una estúpida tesis que no logró terminar. La hago de psicológico contigo, soy el abogado de James, el psiquiatra de Samko, y un saco de arena al cual Damián golpea cuando quiere.

Estoy para cualquier cosa que ustedes necesitan, soy desde el chofer hasta al que pueden ignorar cuando se les da la gana. Casi no puedo ver a mi familia porque la tuya me absorbe por completo. Hago todo… cumplo cada uno de tus caprichos y tú… no puedes dejar de hacer lo que sea que estés haciendo, por diez minutos y levantarte para tender la ropa…

— ¡No puedo creer que me eches en cara lo de mis hermanos!

— Y yo no puedo creer que solo escuches lo que te conviene…

— ¡Lo escuche todo! — Aseguró. — Pero… ¿Es enserio lo de tu familia? ¿Qué han hecho ellos por ti? — Espetó. Así que yo no podía decir nada de su familia, pero él si podía criticar a la mía. — Han, solo te llaman para pedirte dinero…— Me lo hecho en cara, como si fuese un tema cualquiera.

— Pues no es tu dinero…— Le aclaré, mientras lo empujaba.

Él me miró sorprendido y yo sabía que no debía tratarlo de ese modo, que era mejor que me alejara antes de que las cosas se pusieran peor, pero al mismo tiempo, era casi liberador hacerle saber que ya estaba cansado de la mala y desorganizada vida que estábamos llevando. Que todo este tiempo me esforzado como nadie para que nuestra relación funcione, que he intentado y hecho todo lo humanamente posible y que solo pido de él un poco de consideración.

— Sabes que no lo digo por eso… — Agregó de nuevo con ese tono bajo que me desquiciaba, quizá ya me había acostumbrado a que era él quien siempre gritaba por todo. — Pero ellos…

— ¡Mejor callate! — Le advertí — No tienes ningún derecho a hablar de mi familia, porque la tuya no es mejor.

— ¡NO LOS PUEDES COMPARAR! — Grito. Si hay algo que Deviant no soportaba, es que se metieran con sus hermanos. — Tus hermanos son unos delincuentes…— Acusó. Y lo que dijo no era verdad, al menos, no del todo.

— Y los tuyos son unos retrasados… caprichosos y maleducados.

Me calló de una bofetada, misma que sin realmente pretenderlo, le devolví. — Mirá como está el departamento… si te gusta vivir entre la basura, bien, adelante… pero te vas de aquí. Porque yo no soporto vivir así. Así que recoge tus cosas y te vuelves a tu departamento.

Deviant mantuvo la mirada baja desde que le había golpeado y llegó un punto en el que no pude soportarlo más. Pese a que le dije que se fuera, fui yo quien tomé mi abrigo y me dirigí a la puerta, con la clara intención de huir.

—Voy a llamarte después… — Dijo mientras me seguía.

—No lo hagas… No voy a contestar. — Respondí.

—Entonces te mandaré un mensaje —. En la voz se le notaba la ansiedad. Y puedo asegurar que ambos estábamos demasiado asustados por lo que había sucedido.

— ¡Ya te dije que no! — Grité de nuevo, mientras me giraba para enfrentarlo, Deviant me seguía tan de cerca que al frenar de golpe y girarme, terminó chocando conmigo. — No me llames, ni me mandes mensajes… ¡No quiero que lo hagas!

— Pero nos veremos para comer… ¿no?

—Dame la oportunidad de extrañarte… — Respondí con ironía. — Si todo el tiempo estamos juntos no puedo hacerlo. No me busques, si quiero estar contigo, seré yo quien te encuentre…

— Cenaremos juntos…— Insistió pero en esta ocasión fue una orden sin fuerza. Vi el temblor en sus manos y lo mucho que se estaba esforzando en retener las lágrimas que se agolpaban en sus ojos.

Me sentí terrible, me dolía verlo así, pero no comprendo porque el hecho de verlo tan expuesto, no me detuvo.

— ¿Qué parte de que no quiero estar contigo, no entiendes?

— Han… yo… — Quiso tocarme, pero aparté sus manos impidiéndoselo. — Colgaré la ropa ahora, pero no te vayas…

— ¿Ahora si tienes tiempo…? — Espeté sardónico.

— ¡Han, por favor!

— ¡Solo dejame en paz! — Le dije y me volví hacia la puerta.

No pensé en lo que dejé atrás, me fui sin asegurarme si Deviant estaría bien.

Peor aún, me fui a sabiendas que él no desayunaba si yo no estaba presente, que no resistía el que estuviéramos distanciados, ni él ni yo… simplemente no lo soportábamos. Me fui apagando el celular mientras bajaba por el elevador, aun cuando era consciente de que Deviant no conciliaba el sueño si no se abrazaba a mí o en su defecto, sin beberse por lo menos, dos botellas de vino.

Ignoré todo, incluso que mi vida entera era él, y que si no estaba conmigo, no importaba hacia donde caminara, yo no iba a ninguna parte.

 

***

 

Volví al departamento, ya muy por la noche. Ese día era mi descanso en al casino, así que pensé que podría ocupar mi tiempo en limpiar el departamento. Pero el alma se fue al piso cuando al abrir mi puerta y encender la luz, lo encontré todo… lo que le sigue de reluciente. Incluso por un momento pensé que ese no era mi departamento.

Todo estaba tan pulcro y ordenado, que de inmediato supe que no lo había hecho él, y el pensamiento me asustó aún más, prácticamente corrí hasta nuestra habitación, abrí el closet e incluso hasta esto estaba en orden. Hice un reguero buscando su ropa, ansioso por la idea de que me hubiera tomado la palabra y se las hubiera llevado.

Encontré algunas, pero la gran mayoría, ya no estaban.

Busqué mi celular en mi abrigó y lo encendí. No había llamadas ni mensajes suyos. Fue en este punto en el que me di cuenta de lo que había hecho. Todas las palabras que había proferido en su contra se agolparon en mi cabeza. Y me sentí culpable.

En la mesa de centro encontré dos tarjetas de la empresa que había contratado para que limpiaran. En la cocina encontré la comida terminada y colocada en los refractarios correspondientes, solo para que se caliente.

Pero lejos de esas cuantas ropas, nada suyo había quedado en mi departamento.

No me sentí capaz de buscarlo y decidí esperar por él.

 

Y en mi espera, ya habían pasado ya… nueve días.

Días en los que Deviant, no llamaba, ni mandaba mensajes. Tampoco desayunábamos, comíamos o cenábamos juntos.

Al día siguiente a nuestra discusión, lo vi en el casino. Tal y como era su costumbre, salió para hablar con todos los que trabajábamos ahí, lo hacía poco antes de que el lugar se abriera. Bromeó y nos pidió que estuviéramos atentos a los clientes.

Actuaba tan normal que nadie notó que estaba fingiendo. Pero yo sí que lo hice, sus ojos estaban irritados y parecía cansado.

Lucio, uno de sus socios, llegó en ese momento y se encerraron en la oficina.

Durante los siguientes ocho días, había sido igual. En ningún momento nos pudimos quedar a solas, él no me miraba molesto, sino que me trataba con la misma amabilidad con la que trataba a todos los demás. Aunque de cierta forma, si no tenía que tratar conmigo, me evitaba.

Las cosas se complicaron para él, la remodelación y la posible expansión del casino lo envolvieron en un mar de cotizaciones y reuniones con medio mundo. Constantemente lo veía discutir con las personas que estaban trabajando en el proyecto. Parecía que con el único que lograba entenderse, era con Samko, quien resiente se había integrado al trabajo. Desconozco los motivos.

Por otras personas, me enteré que Deviant había vuelto al club y que estaba haciendo ejercicio. Él odiaba todas esas cosas, sobre todo el club. Pero según me dijeron que ahora iba todos los días y se estaba algunas horas. Incluso que había participado en una reunión en la que todos sus compañeros de universidad se reencontraron.

También empezó a beber más, veía desfilar las botellas hasta su oficina, una tras otra. Y si hacia eso en el trabajo, no quería pensar como estaba bebiendo cuando estaba a solas.

Durante esos días sus hermanos lo visitaron en algunas ocasiones. Ellos parecían evitarme, es decir, si nos topábamos de frente no saludábamos y cuando les preguntaba cómo estaban, ellos simplemente decían “bien” y se alejaban de mí. Nadie me confrontó por lo que paso. Ni siquiera Damián, quien parecía estarse tomando más enserio su trabajo y cada noche estaba en su bodega sin falta y puntual. Su mal humor parecía ir en aumento ahora que Ariel, haciendo caso omiso de su petición, había entrado a trabajar, sin embargo; se hacía un espacio para estar al pendiente de Deviant.

Y era durante ese tiempo en el que Damian estaba a su lado, que los demás aceptaban cualquier cosa que dijera, porque nadie se atrevería a llevarle la contraria estando Damián presente.

Me sorprendió que ningún momento hiciera un drama como los que acostumbraba. Sino que lo había tomado con una madurez irreprochable y parecía haberse resignado a mis palabras. Algo que me dolía. No es que quisiera que anduviera detrás de mí, rogándome. Eso jamás…

Conforme pasaban los días me sentí peor, cada vez más lejos de él y de su familia. Ahí comprobé que en efecto, pese a todos sus errores, que por cierto, eran muchos… no podía comparar a los Katzel con mi gente. Los extrañaba hasta el punto de llegar a las lágrimas. Pero entre todos, la ausencia de Deviant era una agonía para mí.

Fue por eso que hoy, saliendo del casino, vine a su departamento. Estaba decidido a solucionar y remediar mi error.

Pero llevó casi media hora aquí y aun no me atrevo a tocar el timbre, mucho menos a simplemente abrir y entrar. Mi mente me acusa llamándome “cobarde” una y otra vez. Y aunque finjo no escucharla, sé que tiene razón.

En menos de lo que doy cuenta, ya voy en el elevador… sintiéndome estúpido y realmente cobarde por no haberme atrevido a tocar. Siento las lágrimas bajar por mi rostro y me las limpio de mala gana y con más fuerza de la necesaria.

Cuando la puerta se abre, casi corro hasta mi auto. Las manos me tiemblan de coraje, de frustración y dolor, después de varios intentos, por fin logro abrir y busco refugió en el interior. Golpeo el volante un par de veces, sintiéndome miserable e impotente ante mi propia cobardía. Y justo cuando estoy por girar la llave y encender el automóvil, la luz de los reflectores del auto que va entrando, me ciegan temporalmente.

Se estaciona como cinco autos del mío, y lo reconozco de inmediato.

Es él…

Miro mi reloj de mano y veo que son casi las cinco de la mañana y Deviant había dejado el casino como a eso de las dos y media. Lo observo bajar con extremada lentitud.

Se ve diferente.

Luce más delgado y casi arrastra los pies al caminar. No paro de decirme mentalmente, que se encuentra en ese estado por mi culpa. Lo voy siguiendo con la mirada hasta que se pierde en el interior del elevador. Entonces me quedó en blanco.

Para cuando reacciono y vuelvo a mirar mí reloj, me doy cuenta que ya ha pasado más de media hora. Sé que él no está bien, yo mismo no lo estoy. Con eso en mente vuelvo a bajar del auto y corro al elevador, apretó con desesperación el botón de llamado una vez tras otra, como si con eso pudiera hacerlo bajar más rápido.

Al final, tengo que esperar.

Va haciendo paradas en cada una de los pisos, solo son ocho pero el recorrido se me hace eterno.

Cuando la puerta se abre, los vecinos de Deviant salen en grupo, ya es de día, muchos comienzan sus actividades desde temprano, otros simplemente van al trabajo. Debo verme lamentable, pero aun así, la mayoría me saluda. Deviant recientemente se mudó a este condominio, pero ya todos le conocen, y por ende a mí. Cuando llego a su piso, caminó lento por el pasillo, y a cada nuevo paso mi valor mengua alarmantemente.

Cuando llegó a su puerta, ya soy el mismo cobarde que se fue de aquí sin tocar.

Escuchó unos pasos que se acercan desde el interior de la casa, en ese momento dejo de respirar. Pero después oigo como se van ajustando los seguros de la puerta.

Él ya no los ponía, pero era un viejo vicio que retomaba cuando su fortaleza flaqueaba, se encerraba de tal manera que casi era imposible derribar la puerta. Pero lo peor no era eso. Si Deviant ponía tantos cerrojos a la puerta, era solo porque ya había asegurado los de su corazón.

Escuché el interruptor de la luz bajarse y sus pasos alejarse de la puerta.

Era ahora o nunca…

Toco la puerta en serie de a tres. A la cuarta, la luz vuelve a encenderse.

— ¿Sí?

— Deviant… Soy Han. — Digo sin mucho ímpetu.

Por los siguientes segundos, no se escucha nada del otro lado de la puerta, pero justo cuando estaba por rendirme, el ruido de los seguros en la puerta al quitarse, se escucha. Es un movimiento muy lento pero sin pausa.

La puerta se abre y él aparece del otro lado. Aun vestido y con nuestro gato-hijo abrazado. No parece sorprendido, pero tampoco como si me estuviera esperando. Me quedo de piedra sin saber que decir.

— ¿Qué sucede Han? — Es él quien rompe el silencio, su voz es suave, mucho más suave de lo usual.

Quiero abrazarlo, o echarme a sus brazos, sé que a estas alturas no estoy para poner condiciones. Lo que veo me destroza.

No había tenido la oportunidad de mirarlo tan fijamente, se ve descuidado, abatido. Mi mirada lo recorre de pies a cabeza y sin pretenderlo, lo incómodo. Él se hace chiquito sobre su cuerpo. Orión me mira fijamente, es como si ya no me reconociera. — Ha sido un día muy largo… — Se disculpa, mientras deja ir al gatito, para componerse un poco la ropa. Algo así no era necesario, si tan solo hubiera tenido el valor de decirle y hacerle saber que para mí, él sigue siendo igual de precioso, y que lo amo con la misma intensidad, tanto cuando va de gala como cuando está desnudo. Pero mi voz me abandona y me limito a guardar silencio. — ¿Quieres pasar?

Asiento y él se hace un lado para dejarme entrar.

Contrario a lo que esperaba, su departamento ahora está más limpio que el mío. Cruzó el pasillo hasta la sala, con él siguiéndome detrás. Alcanzó a ver una botella de vino tinto muy por debajo de la mitad y una copa aún medio llena en la mesita de centro junto al sillón amplio. La música se escucha a un volumen muy bajo. Aun lado, en el mismo sillón, están dos almohadas y varios edredones.

Mi mano acaricia rápidamente las sabanas y me volteo como cuestionándole porqué están aquí y no en su habitación, él se encoge de hombros y mira hacia otro lado. Mantiene cierta distancia de mí.

— ¿Pasa algo malo, Han?

Demasiadas cosas malas han pasado desde que se fue, pienso rápidamente en cada una de ellas, y me vuelvo a lamentar. Quiero hablarle, decirle que tan miserable me he sentido los últimos días… decirle que he recordado que lo amo como a nadie en mi vida.

— Quería verte… — Me limitó a decir. Deviant asiente con lentitud y se muestra herido. Pero es algo que dura una fracción de segundos, y después vuelve a mirarme como si nada.

— ¿Quieres tomar algo? — Me preguntá mientras me da la espalda y se encamina a la cocina.

Odio todo esto, el cómo estamos ahora. No respondo, pero él tampoco se detiene. Es más su necesidad de alejarse mí.

— Te amo Deviant… — Suelto de la nada.

No me importa desentonar con nuestra absurda conversación. Lo amo y necesito decírselo. Él se queda a mitad de la estancia. Voy a su lado y lo repito. — ¡Te amo!

No me responde, pero en cuanto menos me doy cuenta, nos estamos besando.

Miento…

Soy yo quien lo besa, él solo se deja hacer. Lo rodeo con los brazos apegándolo a mi cuerpo, Deviant no pone una verdadera resistencia, pero lo siento sujetarse con fuerza a su cazadora con una inseguridad y timidez que me duele.

Su boca sabe tanto a vino que siento que puedo embriagarme con tan solo besarlo. Sus labios están resecos y un poco rasposos, pero no por ello son menos deliciosos. Los lamo y mimo abrazándolos con los míos, con toda la ternura que solo él puede provocarme.

Mi pequeña bestia sexual no está hoy, en su lugar, hay solo un hombre que tiene su total empeño en no dejarse caer a pedazos, que tiembla en mis manos mientras contiene su llanto. Mi mente dice que debo separarme y hablarle, pero mis manos ya le recorren el cuerpo, abriéndose paso por debajo de su camisa.

Lo voy trayendo de regreso sin dejar de besarlo y lo conduzco a su habitación. Su ropa caé antes de lo previsto, es por mí, él sigue tan ensimismado que por momentos olvida por completo lo que estamos haciendo.

No objetó nada cuando lo recosté sobre el colchón. Pero la idea tampoco parece entusiasmarle demasiado. Cuando no me tiene sobre su rostro, besándolo o acariciándolo. Su mirada se clavaba en algún punto del techo. Sus manos recaen como sin vida a sus costados, solo su respiración errática y su erección que crece con lentitud en mi boca, es la señal de que si me siente.

No doy por sentado nada, toco cada espacio de su cuerpo, besándolo, acariciándolo hasta el punto de casi adorarlo. Después de semejante empeño, las mejillas comienzan a dolerme de tanto crear vacíos, pero lo ignoro, no me detengo, lamo su hombría empapándolo y engulléndolo por completo cada cierto tiempo. Y pese a su resistencia, logro que se venga segundos después, bebo todo lo suyo, no quiero desperdiciar nada.

Deviant se vuelve un mar de respiraciones entrecortadas. Cuando le pregunto por los condones, no me responde. Pero vuelve a mostrame esa expresión herida y casi puedo comprender a qué se debe. No voy a negar que mi intensión al venir, era intimar con él, pero tampoco de esta manera. Sin embargo, no me detengo, lo necesito ahora, lo necesito ya. Busco con algo de torpeza en el cajón donde sé que siempre los guarda. Cuando doy con la caja, me desespero y la rompo para obtener uno.

De nuevo no rebate nada, ni siquiera cuando comienzo a prepararlo. Aunque al sentir mis dedos invadirlo, se tensa y una que otra queja de dolor se le escapa de los labios que ahora se muerde de esa manera que tanto me gusta. Pero la mayor parte, la soportó en silencio.

Lo acomodo lo mejor que puedo, continuó besándolo y acariciándolo para relajarlo. Intento de todo con tal de lograr que me mire. Pero sigue rehusándose, ni siquiera cuando me fui abriendo paso en su interior y casi se lo supliqué, consiente mirarme.

Lo tomo con sumo cuidado. Dándole tiempo a que se acostumbre a mi invasión, a pesar de que muero de ganas por enterrarme en sus entrañas, por llenarme de él y de su calor que tanta falta me ha hecho. Me obligo a frenarme porque lo que menos deseo es lastimarlo más.

Cuando comienzo a moverme, Deviant cierra los ojos con fuerza y aferra sus manos a la sabana. Lo busco tras cada embestida, me muevo como sé que le gusta, pero él continúa con esa expresión de sufrimiento y como si deseara que todo termine pronto. Pese a eso, mi cuerpo reacciona ante su desnudez. Lo había deseado con locura, su interior me apretá de una forma deliciosa y delicada que me hace gemir. Cuando me doy cuenta, sus piernas están en mi hombro y salgo por completo de él para justo después volver a enterrarme. Está llorando, pero en ningún momento me pide que me detenga y tampoco lo hago. Su cuerpo se tensa y los músculos de sus muslos se contraen segundos previos a su liberación, un grito que quiso ser ocultado, desgarra su garganta y sale más como un gruñido casi animal. No se da cuenta, pero me está reteniendo, y lo espero para no lastimarlo. No tarda mucho, hasta que toda la tensión que segundos atrás mantenía, desaparece y su cuerpo caé lapso sobre el colchón. Sin embargo, es paciente conmigo y me permite seguir penetrándolo hasta que pude terminar.

Y como si algo se opusiese a que habláramos, el cansancio de estos nueve días me aplastó. Sin salir de él, me dejé caer en su pecho.

No recuerdo mucho más que el vago sonido de nuestras respiraciones y el ritmo frenético de su corazón hasta que todo se volvió un silencio denso que me atrapo.

 

***

 

Sí logré dormir un par de horas, fue mucho decir. Hacia frio y pese a que estaba envuelto en los edredones, no me era suficiente. Me giré buscando a Deviant, pero su espacio a mi lado estaba vacío. Fue eso lo que me hizo despertar y que mi mente se despejara.

En un principio, la sensación de vacío que me estuvo lastimando los días pasados, me volvió a invadir, se estaba volviendo costumbre que despertara a mitad de la noche, buscándolo desesperado a mi lado. Fue hasta que pude abrir los ojos y reconocer con claridad que no estaba en mi departamento, sino en el suyo, que sentí que podía respirar con normalidad.

La luz en la habitación estaba apagada, y la puerta apenas entre abierta. Su lugar a mi lado, estaba frio.

Llegué a la conclusión de que no se quedó conmigo después de que me dormí. Por no decir… después de haber estado juntos. Hacer el amor con Deviant, era lo más placentero para mí, de cualquiera de las dos formas. Para nada me importaba estar debajo de él, aunque amaba poseerlo. Pero eso no quitaba que lo que tuvimos en la madrugada se ganara el título de la “peor vez”. Su cuerpo fue mío, pero no su corazón y esa era la peor derrota a la que un hombre enamorado se podía enfrentar.

Cuidando de no hacer ruido salí de la habitación, me acomodé la ropa lo mejor que pude en medio de mi prisa. Fue nuestro gato-hijo quien reveló en donde se escondía su otro padre. Jugueteaba con uno de los edredones sobre los cuales reposaba el cuerpo entumecido de Deviant. Corría de un lado a otro, para después aruñar las sábanas. También él había cambiado en los últimos días, parecía más alto y un poco más gordito.

Me asomé por encima del mueble y lo primero que llamó mi atención fue que la botella que había visto cuando llegué aquí, estaba vacía y una segunda le acompañaba, ya casi a la mitad. Sobre la mesa estaban también, las pastillas que tomaba para mitigar el dolor. Pese a que siempre era cuidadoso, Deviant parecía soportarlo mucho menos de lo que lo hacía yo.

Tendido en el piso, se encontraba él. La copa estaba a su lado. Y pesé a que en cuanto me sintió quiso ocultarlo, estaba llorando. Vi su cuerpo sacudirse ligeramente debido a su llanto.

— Devi… ¿Qué sucede? — Pregunté alarmado, mientras me sentaba junto a él.

— Nada —. Se limitó a responder.

Como pude, me las arregle para abrazarlo con fuerza, estrechándolo contra mi cuerpo. Los “nada” de Deviant siempre significaban que estaban pasando demasiadas cosas, pero que no hablaría de ellas. Y que para que él volviera a contarme algo, por muy pequeño o insignificante que sea, iba a pasar tiempo, así era cada vez que yo cometía una estupidez y que él como consecuencia de mis actos, cerraba su corazón.

Terminé recostándolo de nuevo en el piso y me acomodé a su lado, de frente a él. Orión jugueteaba encantando de no tener ya solo uno compañero para morder, sino ahora, también conmigo.

Lo dejé hacer lo suyo, y únicamente me limite a abrazar y dejar besos por el rostro y la frente de Deviant, hasta que se quedó dormido. No fue difícil, estaba muy tomado por no decir, que completamente ebrio. El cansancio y la bebida lo hicieron sucumbir rápidamente.

Si tan solo hubiera reaccionado como siempre, aceptaría que me gritara y reprochara lo que quisiera, pero si me trataba como si nada, me dejaba como un equilibrista sin red.

 

  • TERCERA PERSONA

 

 

CUANDO TODO PARECE AMENAZAR AL AMOR, ES NORMAL SENTIR VÉRTIGO.

Mi miedo es mi sustancia, y probablemente lo mejor de mí mismo.

 

— ¿Cómo es que Han tiene tu número? — Ariel se removió con pereza entre los edredones, sin querer despertar aun. Damián llevaba poco más de diez minutos insistiendo con eso y el asunto comenzaba a volverse molesto. — ¿Y bien? ¿Desde cuándo intercambian mensajes? ¿Cuánto tiempo más piensas seguir ignorándome?

— ¡No lo sé…!

— ¿No sabes si vas a seguir ignorándome?

— No sé cómo es que tiene mi número… — Respondió entre palabras, Damián no parecía muy convencido con ese argumento.

Las cosas se habían dado, a su parecer, de manera muy confusa. Es decir, ellos aún estaban durmiendo cuando el tono de mensaje seguido de la luz de la pantalla del celular al encenderse, despertó al mayor. Pero cuando quiso estirarse y tomar el móvil, Ariel se le adelantó, aunque se supone que dormía y lo ocultó de él, sin dejarle mirar lo que decía el mensaje.

Tecleó rápido y justo después de volver a activar la contraseña, dejó el móvil en la mesita de noche, mientras avisaba que Han llamaría en unos minutos.

Damián se crispó ante el comentario.

Sucede que en los últimos días, sus celos incontrolables iban en aumento, llegando a tal punto que ni él mismo se soportaba. El detonante aún lo mantenía enfadado, y es que Ariel había ignorado todas y cada una de sus objeciones, sus berrinches infantiles e incluso le dio por su lado, cuando como último recurso y producto de la desesperación, se portó un poco rudo con él. Algo de lo cual, se arrepentía desde lo más profundo de su corazón, aunque no lo dijera. Ariel no era alguien que disfrutara de verlo disculparse, aun si debía hacerlo.

Pero todo empeoró, cuando se enteró que el menor ya había firmado contrato y que comenzaría a trabajar con o sin su aprobación.

Lo que más le molestaba no era específicamente que Ariel trabajara, aunque lo consideraba innecesario y aún estaba un poco resentido con él, por no haber aceptado el dinero que necesita y que Damián le ofrecía, sin ningún mal interés. Si no simplemente una buena acción para la persona que quiere.

Pero lo que realmente le ardía, era con quien trabajaba su “bosque nevado”. Y es que Sedyey parecía mirar lascivamente a Ariel, con la clara intención de hacerlo rabiar, algo que conseguía con suma facilidad. Además de que aprovechaba cualquier oportunidad, razonable o no, para tocar a su Erdely.

Y Damián había llegado a lógica conclusión, de que sí eso era lo que hacía cuando estaba en “su” delante… que no le haría a Ariel, cuando él no estaba para refrenarlo, aunque sea con la mirada.

En los seis días que el menor llevando trabajando, no había faltado una discusión entre ellos. Y es que a Damián no se le iba una… que si Ariel iba demasiado arreglado como para un simple día de trabajo, que sí porque usaba ropa que era tan fácil de quitar. También le molestaba que se mandaran mensajes o que Sedyey llamara fuera del horario de trabajo, aun cuando pasaba toda la tarde con Ariel.

Detestaba que siempre tuviera que pasar a recogerlo a donde sea que estuvieran, como si él no fuera lo suficientemente capaz como para llevarlo. Y por encima de todo, odiaba que Ariel pareciera tenerle mucho afecto a ese tipo. Pues no estaba dispuesto a compartir el corazón de su cachorro con nadie y eso aplicaba incluso para Han.

Ariel por su parte, estaba siendo muy paciente con él, entre otras cosas, porque no podía negar que Damián se estaba esforzando mucho. Independientemente de sus berrinches que la mayor parte del tiempo le causan mucha gracia, porque él no sentía que estuviera dando motivos para que su moreno celoso se estuviera haciendo castillos en el aire, con cosas que estaban muy lejos de ser reales.

Él solo se reía ante las cosas que Damian decía, le besaba tras cada escena de celos y no perdía detalle de cada berrinche que hacía para justo después aplaudirle y abrazarlo. Le agradaba ver que Damian se mostraba con él, tal cual era, y se había descubierto necesitándolo, apreciando cada cosa que hacía por él, y todos los cuidados y mimos que le regalaba en cada oportunidad, o cuando compartían su cama y entonces Damian lo abrazaba como si fuese a escapársele mientras duerme, con sus atenciones le hacía sentir querido y valorado, que pertenecía a alguien, y que ese alguien era capaz de derribar muros por él

Y es que desde el día en que su papá se había ido de la casa dejando esa nota en la que decía que a partir de ese momento, Ariel ya no era más su hijo, que se avergonzaba de él y que no le pasaría un solo centavo. Damián se había vuelto un escape a todos esos sentimientos negativos, se refugiaba en él y aunque supuestamente molesto, el mayor no le había negado sus atenciones, su protección y todos los cuidados exagerados que eso conllevaba.

Sin falta lo llevaba a la universidad y se hacía tiempo para que almorzaran juntos en la fondita de siempre. Mientras estaban justos, todo era casi perfecto. Bromeaban o charlaban sobre cualquier cosa mientras esperaban que les trajeran la comida. Damian no perdía la oportunidad de acariciarlo, ya sea sujetando su mano por debajo de la mesa, cuando el lugar estaba lleno. O besándolo y abrazándolo libremente cuando no había gente o cuando según él, nadie los veía.

Aunque el asunto se había regado como pólvora y la gente hablaba incesantemente sobre el tema. Ariel se enteraba solo de algunas cosas que gente malintencionada le hacía saber. Y a Damián, no podía importarle menos lo que dijeran sobre ellos. Eso sí, siempre y cuando no rebajaran a su cachorro. Porque entonces le salía lo bestia y hacía todo tipo de destrozos.

A más de uno, ya le había hecho ver su suerte, por burlarse o molestar al menor. Y es que lejos de Ariel, Damian y su actitud hostil y prepotente, estaban llegando a límites nunca antes pensados. Pero cuando estaba con su “Erdely” era un conjunto de risas, mimos y ternura. Cambios tan radicales que de verlos daba risa.

Por lo menos, era así hasta que llegaba la hora de ir al trabajo. Que era cuando Damián explotaba y le hacia todo tipo de escena de celos. Incluso se había enfrentado a Sedyey en un par de ocasiones y Ariel había tenido que intervenir, cosa que le molestaba aún más.

Pero de ahí en fuera, Ariel se sentía agradecido de tener a Damian en su vida. Aunque debido a las actividades de ambos, no habían podido volver a “intimar”, eso tampoco parecía ser “vital” para ninguno de los dos. Les bastaba con consentirse mutuamente.

— ¿Por qué le pusiste contraseña? ¿Qué es lo que estas ocultando de mí?

— Como si pudiera esconder algo de ti… — Agregó vencido el menor, un poco molesto pero resignado, al comprender que Damian no le dejaría dormir más.

— Eso quiere decir que lo has intentado…

Ariel se desperezo, estirándose a sus anchas para finalmente, mirarle divertido.

No iba a negar ni tantito que le fascina tener la completa atención del moreno, aunque definitivamente le hubiera gustado dormir un poco más, era sábado y el trabajo comenzaba hasta las dos de la tarde.

Pero cuando Damián se empeña en algo, no hay quien pueda contra él. Ariel era tantito que peor, por eso, en un gesto por demás infantil, levantó ambos brazos en dirección a él, pidiendo de manera indirecta que le abrazara.  — Intentas distraerme de nuestra conversación… — Acusó receloso el mayor. Ariel se rio de manera escandalosa y abanicó con sus dedos exigiendo su abrazo.

A lo largo de su vida, Damián había podido pelear saliendo vencedor tras cada vez, se había enfrentado a tipos que le superaban en edad y tamaño. En una lucha cuerpo a cuerpo, su inteligencia y defensa eran irreprochables. Pero cuando el menor le golpea con su ternura, él simplemente se dejaba ganar, se declaraba perdedor inclusive antes de comenzar. Y es que era demasiado fácil e incluso tentador, perderse entre los senderos de su bosque personal.

Suspiró resignado, ya había perdido la cuenta de todas las veces que se había dejado llevar por esos pozos azules, que aunque se le asemejaban a un panorama frio, calentaban su alma. Hizo a un lado su orgullo y sin más fue por el niño y lo rodeó con sus brazos levantándolo de la cama. Ariel se abrazó con sus piernas a la cintura de Damián, mientras se dejaba llevar hasta el mueble amplio.

Le acomodó sobre sus piernas y aunque ahora mismo alisaba los mechones rebeldes de Ariel con sus manos, le fingía cierta molestia cargada de un aire de profundo resentimiento.  Mientras tanto, el menor le repasaba el rostro con ese gesto travieso, cualquiera que le viera no tendría la menor duda que estaba disfrutando mucho de los celos del moreno.

— ¿Por qué tiene tu numero? — Insistió con eso. Ariel se hundió de hombros y negó lentamente. — No pudo simplemente conseguirlo… ¿Por qué lo haría?

— Tal vez… Samko se le dio. — Comentó.

— ¿Por qué Samko tiene tú número?

— Porque Deviant se lo dio… — Respondió Ariel. — Eso me dijo…

— ¿Y que es lo que Han quería?

— Hablar contigo… — Ariel se aventuró por un beso, pero Damián giró el rostro y sus labios terminaron en la mejilla de quien le abrazaba.

— ¿Qué soy para ti? — Preguntó, aun con ese semblante adusto.

— Eres Damián… — Dijo Ariel, un poco sorprendido por la acción del mayor.

— ¡Ya! Pues que observador…—Dijo irónico. Causando una risa nerviosa por parte de Ariel. — No me refiero a eso. — Poco a poco fue cambiando su gesto de fingida molestia, por otro de total y cortante seriedad. — ¿Te acuerdas de la última noche en el bosque? — Fue el turno del menor de ponerse serio. — Después de que hicimos… “aquello”. — Dijo eso último, apartando la mirada de Ariel y como si “aquello” hubiera sido algo ilegal, por lo cual apenas y debía susurrarse, para que nadie más pudiera escucharlo.

Aunque lejos de ellos dos, no había nadie más en la casa.

Fue inusual esa forma tan pudorosa de hablar y actuar que últimamente se estaba volviendo parte de Dimían. Como si prejuicios demasiados humanos para su verdadera naturaleza, se estuvieran adhiriendo a él, a tal punto que habían logrado cambiar su opinión sobre ciertas cosas. — Cuando te dije que eres precioso… tú me miraste durante algunos instantes y después dijiste “y yo a ti” —. Ariel intentó alejarse de él, pero Damian no se lo permitió. — ¿A qué te referías?

— ¿Dije eso…? — Intentó hacerse el desentendido, pero no le funcionó. — La verdad… estaba muy sorprendido por lo que paso, dije cosas que ahora… no, pues… no recuerdo.

— Mientes… — Le acusó. Mientras le apretaba más contra su cuerpo. — ¿Por qué no aceptas lo que sientes por mí? ¿Es tan difícil que digas que me quieres?

— ¿Por qué no lo dices tú…? — Le rebatió Ariel.

— ¿De eso se trata? — Inquirió. — ¿No lo dirás si yo no lo digo antes?

Ariel le miró con seriedad, no se trataba de eso, él podía aceptarlo porque lo que sentía era real. Pero exactamente conque fin debía hacerlo. No quería ser él quien lo dijera primero y eso tenía que reconocerlo… ¿Cuánto tiempo había pasado desde que estaban juntos? ¿Poco más de un mes? No era una cuestión de tiempo, pero relativamente también era poco.

Se conocían de meses atrás, pero… ¿eso contaba?

Hacían cosas que “los amigos” no hacen. Eran tanto como pareja, pero… ¿podía considerarse su pareja? Era su… ¿Qué…?

¿Novio? No, definitivamente no era su novio porque Damian no se lo había pedido. Pero el que lo explicara de esa manera… ¿Significaba que quería que se lo pidiera? Tal vez sí, pero Damian no parecía ser ese tipo de persona. — Entonces… — Eran… ¿Amantes?

No… tampoco eran eso. Definitivamente eso no… Pero no porque él no quisiera, aunque tampoco significaba que estaba desesperado. Sin embargo, en las oportunidades en las que habían podido ir más allá y dar el siguiente paso en su relación, Damian simplemente se detenía. Le decía que quería hacer las cosas bien con él, pero eso que era exactamente lo que significaba.

Damian bien podía hacerlo sentir seguro en muchos sentidos, protegido y apreciado. Pero en cuestiones de “la relación que ambos sostenían” Ariel no se sentía seguro y no creía que decirle que lo quería seria lo correcto. Él se tomaba muy enserio esas palabras y hasta cierto punto les temía.

Por su parte, Damian había estado esperando que Ariel se confesara… pero no lo había hecho. Y constantemente pensaba en los motivos. No quería preguntarlo directamente, y aunque sentía que en efecto, Ariel lo quería y que se lo demostraba en la mayoría de sus acciones, requería de esa confesión que se le negaba.

Sobre lo que él sentía… sí, bueno… lo quería.

Lo había descubierto días atrás, y estaba más o menos bien con eso. Le inquietaba porque lejos de sus hermanos, nunca había querido a nadie más. Era un dolor de cabeza el tener que estar al pendiente de todos los que osaban poner la vista en Ariel. Aun si, él parecía no notarlo o simplemente no le importaba. Para Damian todos eran competencia y quería deshacerse de ellos cuanto antes.

Sabía que estaba mal el que quisiera poner a Ariel en una burbuja de cristal que solo el pudiera tocar y admirar. Entendía que quizá, su comportamiento pudiera cansar al menor. Pero a sus ojos era tan frágil y tan “bonito” — Una palabra que comenzaba a reinar en su vocabulario — que no quería arriesgarse a que alguien más lo descubriera e intentara robárselo. No mentía cuando decía que era “su bosque nevado”. En Ariel encontraba todo lo que nunca imaginó, paz, serenidad, cariño, compañía, ternura, un poco de cordura, valor y miedo. Era su todo y su nada. Lo quería, se lo decía así mismo cada cierto tiempo y sonreía por ello, porque ahora, él era feliz.

Lo comenzó a ser, desde que Ariel vino a acabar con su oscuridad. Sus risas escandalosas que alejan todo lo malo, su mirada que alumbra su penumbra, sus manos que le tocan con ternura, sus labios que le provocan vacíos en el estómago y después revoloteos incesantes, su candor y su honestidad que le han llevado a conocer un mundo distinto. Y en muchos sentidos… mejor.

 Sin embargo, ninguno de los dos parecía estar dispuesto a aceptar lo obvio. El menor sonrió con cierta amargura y Damián no entendió el motivo. — ¿No me quieres? — Impulsivamente le dio voz a su duda, aun cuando no había sido su intensión preguntarlo tan directamente.

El silencio de Ariel hirió a Damián.

Pero el miedo del menor, Damian no pudo sentirlo. Y lejos de pensar que Ariel estaba demasiado avergonzado por la situación. Dio por sentado que no era apreciado.

La sola idea le enojó lo suficiente como para desear vengarse. Pero en ese sentido Damián era mil veces más cruel de lo que Ariel podría llegar a ser algún día.

— La verdad es que yo tampoco te quiero… — Soltó tan de repente. Y empujó al menor con más fuerza de la necesaria, quitándoselo de encima y aventándolo contra el sillón. El celular sonó en ese momento y Damián fue por el al velador de la cama. Pretendiendo saber de quien se trataba atendió la llamada sin mirar la pantalla. Y en efecto, era de Han.

 

  • GIANMARCO

 

ÉL YA NO ES UN NIÑO

Durante años le di todas las respuestas a todas las preguntas, puse en sus manos las soluciones y aparté los problemas. Me necesitaba y yo era feliz por serle útil. Ahora él hace todo por mí y yo simplemente no sé qué hacer, me siento perdido…

 

—…Por último, tienes un cena con el dignatario de Francia, confirmó su asistencia desde ayer. — Anunció Linda, después de la leer toda la agenda que teníamos para hoy.

Demasiado apretada para mí gusto. Era sábado y prefería mil veces estar con Sam, que cenando con gente adicta a la opulencia. Como si mi secretaria pudiera leer mis pensamientos, me miró con cierta dureza. El dignatario de Francia era importante para mis negocios, molesto, pero indispensable. Pero quizá lo demás, no era tan vital y pudiéramos cancelarlo.

Necesitaba un respiro, salir de estas cuatro paredes que estaban ahogándome.

— Voy a escaparme… — Anuncié. — En algún momento te vas a descuidar y entonces huiré de aquí. — La amenaza le hizo gracia y es que esta mujer parecía traer añadido un sensor que delatada cualquiera de mis movimientos.

— Hazlo, pero entonces… tendrás que venir a trabajar mañana.

— ¿Quién trabaja en domingo?

— Los que se escapan los sábados… — Respondió de inmediato. — Estas advertido, Etel anda rondando tu oficina desde hace rato, así que ambos estarán en problemas si deciden complicarme la vida.

La miré con fingida molestia pero no pareció afectarle. Así que regrese mi vista hacía lo que había del otro lado de la ventana, la panorámica era inigualable con esa escasa lluvia de nieve que empapaba los cristales. Quería salir a mojarme, quizá solo quería salir… hacer cualquier otra cosa.

— ¿Tan mal están las cosas…? — Preguntó Linda, sacándome de mi ensimismamiento, no la miré. Pero la escuché jalar la silla y acomodarse.

— No… — Respondí. — Pero lo extraño.

— ¿Lo han hablado?

— Todos los días…

— Gianmarco…

Estábamos en esto cuando alguien más se nos sumó.

— Ya están listos todos los documentos. Deberíamos llevarlos. — Dijo mientras entraba a mi oficina y se sentaba en la silla frente a mi escritorio, que estaba desocupada. — En caso de que la respuesta sea positiva, no desaproveches la oportunidad de cerrar el trato de una vez.

Me molestaba que entrara sin tocar, que no se anunciara como si pretendiera obligarme a apartar la vista del paisaje para poder verlo. Pero lo emocionado y ansioso que se escuchaba ante lo que decía, terminó por distraerme. Aunque igualmente, no miré.

— No lo sé Luca, no quiero parecer anhelante… — Advertí, mientras sujetaba por el asa mi taza de té. El olor de la manzanilla, mezclada con la flor de anís me golpeó con fuerza cuando tuve el borde de la cristalería sobre mis labios. Apenas y si pude dar un sorbo, aún estaba muy caliente y me quemé al contacto.  Así que volví a dejarla sobre el platito, que reposaba en el tablero frente a mí. — No me fio de ese sujeto. — Continué. — He llegado a la conclusión de que es mejor esperarnos hasta que el permiso formal llegue.

— ¿Y atrasar más la exportación? — El tono poco conciliatorio por parte de Luca, me obligó a apartar la vista del ventanal y mirarlo. — Has escuchado ese dicho de que los chinos no esperan… No deberías arriesgarte demasiado, perder esta oportunidad sería un terrible golpe para la economía de la compañía. Ya han demostrado demasiada paciencia para contigo. — Cierto, a última hora las cosas se habían complicado, pero era un riesgo que no quería tomar. — Hablé con tu hermano y él está de acuerdo con que lo hagamos de esta manera. — Eso último me molesto.

Disimuladamente miré a Linda… Eran asuntos privados los que Luca andaba divulgando por ahí, y tal falta de discreción no me era bien recibida. Si bien, no planeaba ocultarle nada a mi hermano, no por eso ellos debían hablar sobre decisiones que son mías. Ella que poco tenía que ver en el asunto, era como la voz de mi conciencia y al mirarla, de cierta forma busqué su apoyo. Yo también necesitaba una aleada y ella era siempre un camino seguro.

Ambos estaban sentados del otro lado del escritorio, alado el uno del otro y pese a lo juntos que estaban, eran terriblemente opuestos. Luca era mi publirrelacionista y pese a que suele ser impulsivo y sus métodos son en algunas ocasiones, demasiado cuestionables, era eficiente y jamás lo habían descubierto. Incluso nos había ahorrado mucho dinero a cambio de saltarse algunos procesos.

Linda por otra parte, era honesta hasta en lo más mínimo, en la medida de lo posible trataba de economizar gastos y también le había ahorrado dinero a la empresa, aunque en menor cantidad que Luca. Lo que sí, es que todos los procedimientos los seguía al pie de la letra. Y sus negocios siempre eran legales.

En esta ocasión, había una fuerte suma de dinero en juego y no era únicamente mía. Había gente más arriba a las cuales tendría que rendir cuentas si esto llegaba a salir mal. Ella negó muy sutilmente y casi volví a mí postura inicial.

— Pueden darme unos minutos… — Pedí.

— Gianmarco… ¡Por favor! — Insistió Luca. — Hombre, no hay más tiempo que perder. Podemos enviar ese embarque hoy mismo.

— Ya esperaste cuatro días, dame diez minutos más…— Repuse en tono cortante.

 No dijo nada, simplemente se levantó y salió de mi oficina con todo el dramatismo posible. Linda terminaba de recoger los papeles que habían quedado regados sobre el escritorio. La observé mientras los agrupaba y los metía en las folders.

Era una mujer imperturbable, sin importar las circunstancias confiaba en sus decisiones y en ese sentido, la admiraba.

— Creo que mejor tomaré café… — Susurré. — Puedes pedir que me traigan uno.

— ¡Lo siento, Gianmarco! — Se disculpó mientras negaba con la cabeza. Tomó todas las carpetas y se las acomodó en el brazo, dispuesta a salir. — Samko dejó dicho que nada café para ti y menos en las mañanas. Mencionó algo de que te alteraba y que era malo para tus achaques.

— ¿Achaques? — Repetí. — ¿Acaso estoy tan viejo como para tener “achaques”? — Cuestioné un poco resentido por la expresión tan burda que el objeto de mi amor había usado en mi contra y que fue repetida por mi adorable secretaria.

— No lo sé, arreglate con él… — Agregó cuando ya iba por el pasillo.

Chasqueé la lengua de mala gana. Ahora es que todo mundo comenzaba a verme los defectos. Terminé con los brazos cruzados a la altura del pecho y un gesto de total indignación. Pero nadie ovacionó mi berrinche, ni siquiera, tuve testigos al hacerlo.

Me sentía enojado, muy molesto y no por el comentario. Pues no me voy a hacerme el digno y negar que en los últimos días me han estado aquejando ciertos dolores de cabeza y de espalda. Pero es lo normal en un hombre de mi edad que trabaja con tanta presión, y no algo de lo que deba preocuparme.

Además, el tema de si yo era muy mayor y él muy joven, había pasado a las historia en nuestras vidas, por no decir, que nunca tuvo verdadera importancia. Nuestra diferencia de edades era algo de lo que ambos estábamos conscientes y no representaba un obstáculo. Me sentía halagado de tenerlo como mi pareja y a él parecía agradarle la idea de presumirme ante sus amistades.

Así que no teníamos verdaderos problemas, pero mi molestia seguía aquí, instaurada en todo mí ser, fresca y latiente. Estaba disgustado con él y conmigo.

Sobre todo conmigo por ceder ante cada cosa que me dice. Aunque había puesto principal empeño en explicarme el porqué de sus decisiones, seguía sin poderlas comprender y más que nada, me resultaban innecesarias.

Todo empezó al día siguiente de que habíamos formalizado. Cuando volvimos de ver a Deviant y justo después del incidente que tuvieron como familia, dijo que tenía algo importante de lo cual hablar conmigo y sin más, me soltó que no viviría en mi casa. Por un momento creí que me diría que seguiría viviendo con James, porque después de la pelea, ellos se habían apartado para hablar y posteriormente me había salido con esto.

Pero resultó que la cosa tampoco iba por ahí. Me pidió que le acompañara a ver algunos departamentos y aunque al principio me negué, terminé cediendo. Los cuatro que vimos estaban en el centro y eran, en mi opinión, demasiado pequeños y sencillos. Así que, sin pensarlo demasiado a todos les dije “NO”. Sin embargo, Samko eligió uno que estaba cerca del casino, y ahí me soltó la bomba de que también trabajaría.

Le discutí sobre ello y sobre los departamentos también.  Y digo le “discutí”… porque sin importar que le dijera, se mantuvo sereno y fue paciente conmigo. Me dijo que estaba haciendo todo esto por nosotros. Y que debía confiar en él.

Claro que confió en él, pero no entiendo que tiene que ver una cosa con la otra.

Aun si ahora me avergüenza reconocerlo. Le hice un mega-berrinche ahí mismo, sin importar quien me viera. Después recordé que un amigo estaba dando en arredramiento su piso y le dije que fuéramos a verlo. No estaba muy lejos de ahí, pero se ubicaba en una zona residencial muy bonita. Y aunque en un principio si le intereso, en cuanto supo el preció lo rechazó de inmediato.

Dijo que no podía pagarlo. Y cuando le ofrecí que yo cubriría la cuenta, de nuevo me rechazó. Dijo que no era necesario, que el que había elegido era suficiente para él. Le dije que entonces, le amueblaría la casa y de nuevo obtuve un rotundo NO.

Así que en este momento vivía limitado, porque aún no cobraba su primera quincena y el dinero que tiene dispuesto mensualmente, se había agotado antes de lo esperado. Demás está decir que tampoco aceptó mi ayuda en ese sentido. James también había dejado el departamento en el que vivían, así que cuando se mudó, repartieron sus pertenencias. Esos fueron los pocos muebles de los que Samko se pudo hacer.

— Alguien está muy distraído últimamente… — El ruido de las patas de la silla al arrastrarse, me devolvió a la realidad. Me giré sobre mis pies y casi sonreí. — Traje algo de contrabando —. Dijo con cierta gracia por su travesura. — Si tu secretaria nos pilla estaremos en problemas… Anda, toma. — Agregó, mientras me ofrecía una de las tazas. — Con canela y dos de azúcar para ti.

— ¿Cómo sabías que quería un café? — Etel me miró divertido, mientras se acomodaba en la silla.

— Escuché por ahí, que el “chulito” te tiene marcando el paso… — Se burló y me reí el por el comentario.

— Algo así…— Acepté, mientras me llevaba la taza a los labios. De inmediato me dejé seducir por el intenso olor de café, mesclado con la canela. Me encantaba.

— ¿Qué sucede? ¡No me digas que ya empezaron las discusiones! — Negué y le imité, acomodándome en mi silla. Llevaba días sin poder tomarme un simple café, así que este lo disfrutaría a lo grande. — Estamos tan ocupados que no hemos tenido tiempo ni siquiera de pelear.

Etel me había venido como caído del cielo. Me desahogue contándole mis inquietudes y él llegó a la misma extraña conclusión que Linda. Me hizo sentir como si yo fuera el único que no conocía realmente a Samko. Y no era así…

— ¿Por qué ahora que ya nada nos impide estar juntos, no quiere vivir conmigo?

— No se trata de eso, creo que lo hace para ganarse un lugar en tu familia. — Sugirió — Mira que ponerse a trabajar, es algo que no le veía hacer por lo menos hasta que terminara la carrera… y es que si lo piensas, con todo el dinero que tienen y siendo el menor, pues digamos que no tiene necesidad. Pero intenta hacerse un buen nombre para ti, deberías valorar su esfuerzo.

— ¡Lo valoro! — Aseguré de inmediato. — Pero quiero que este conmigo, que vivamos juntos. Me ha dicho que puedo ir a su departamento las veces que yo quiera, tengo incluso una copia de la llave, pero él no quiero ir a mi casa y si va, solo es de visita. Se está un rato en la sala y después pide irse.

— Estas haciendo un drama innecesario, pareces un crio… — Me regañó. — El chico te está tomando enserio. Sabe lo que eres… que tu trabajo te exige ser alguien muy preparado y visionario. Él solo quiere tener la posibilidad de también tener algo que ofrecerte.

— Pero si no quiero que me ofrezca nada… Con lo que tengo basta y sobra para que vivamos bien.

— ¡Estas encaprichado! — Acusó, mientras se bebía de golpe lo que quedaba de su café. – Yo de relación entre hombres no sé nada… Pero tú serias perfecto para mi esposa, ella si quiere que la mantengan sin que tenga que hacer nada. Samko… no es una chica o uno de los tíos interesados con los que acostumbrabas salir.  Así que vete haciendo a la idea de que no va aquedarse en casa mientras tú trabajas.

— No lo entiendo…

— Pues yo sí… — Dijo y de la nada se empezó a reír.

— ¿Qué es tan gracioso?

— Fue él quien te pidió que fueran pareja… ¿no?

— ¡Sí! — Respondí mientras me reía como estúpido. No me importaba, cada que lo recordaba me sentía muy feliz.

— Sabías que antes de ese día, habló con Linda, solicitándole su consentimiento para… “salir formalmente contigo”.

— Me enteré después pero sí, lo sé… ¿Y que tiene eso de gracioso?

— Vale, pues no mucho… — Su gesto burlesco comenzaba a fastidiarme. — Hagamos un recuento… No va a vivir contigo, buscó un trabajo y de seguro ya no permite que cubras sus gastos…– Dedujo. — Es más formal y menos consentido, todo lo contrario… se muestra compresivo contigo y te complace casi en todo, salvo en aquellas cosas que lo hacen verse dependiente de ti.

—Sí, así es…— Etel casi se carcajeaba y vaya que no le veía una pizca de gracia a la situación. — ¿Qué con eso?

— Mi querido Gianmarco, es más que obvio.

— ¿Qué es obvio? — Cuestioné ya sin una pizca de paciencia.

— ¡Sam te ve como si fueras “su” chica! — Anunció como si estuviera develando la placa de oro de algún famoso.

— ¡Jodete! — Bramé mientras lo fulminaba con la mirada.

— Solo piénsalo…— Sugirió mientras se ponía de pie y me quitaba de entre las manos, la tasa de café. — Y ten cuidado… no vaya a ser que un día de estos, termines debajo de él. — En cuanto escupió su veneno, hizo su ruidosa salida, mientras se carcajeaba.

¿Yo? ¿Su chica? Eso no era posible…

 

  • JAMES

 

PUNTO FINAL

Tener o no un final feliz depende de dónde decidas detener la historia

 

Odiaba ver a Deviant tan abatido. Últimamente estaba así y me sentía impotente por no poderlo ayudar, en parte, porque estoy casi tan mal como él, pero también tenía que ver con que su problema tuviera nombre y apellido.

Crecí a su lado, alado de ambos en realidad. Y aunque hasta el momento no había querido entrar en detalles con respecto a lo que sucedió. Intuía que estaba directamente relacionado con el hecho de que últimamente, ellos estuvieron separados.  ¿Qué los había orillado a finalmente poner cierta distancia? ¿Por qué Han lo había aceptado? Y por sobre todas las cosas… ¿Por qué Deviant se miraba tan resignado? Él no era así, a las horas ya hubiera hecho un mega-drama que todo Sibiu y sus colindantes ya se hubieran enterado. Llevaban casi dos semanas distanciadas, tiempo durante el cual, mi hermano había sufrido una dolorosa transformación, pasando del hombre que salía ser a una especie de muerto viviente que se arrastraba por la vida cansado y sin verdaderos ánimos de nada.

— Entonces… ¿solo vino por sexo y después se fue? — Indagué y sé que quizá no lo hice de la mejor manera, pero no mentía cuando decía que me desesperaba verlo en ese estado de sopor. — ¿Así sin más? — Pregunté sin mirarlo. Tenía a Orión sobre la mesa y le estaba alimentado, dándole de una en una sus croquetas. Mientras que Deviant, sentado frente a mí y a medio vestir, sostenía su taza de café entre las manos y mantenía la vista fija sobre el gatito. — No podía negarlo, cuando llegué lo encontré en el piso, en las mismas fachas en las que ahora estaba, solo que a su lado estaba Han.

Devi distraerme cuando mucho unos cinco minutos mientras bajaba por el resto de las bolsas con las cosas que había comprado y cuando volví, él ya no estaba y Deviant ya se encontraba en el mismo lugar que ahora.

— Algo así… — Susurró como si nada.

— ¿Y si quiera te pagó? O dejaste que te lo hiciera de a gratis… — Le dije molesto. Me miró un largo rato y después se limitó a negar con la cabeza.

— Quería estar con él, James… — Confesó y en su expresión pude ver su abatimiento.

Deviant era de lo más importante que había en mi vida. Y entre mis hermanos, era también por el que más amor sentía. Hablando en sentido fraternal.

Mi inclinación estaba sobre él hasta el punto de ser dependiente. De alguna manera, ambos lo éramos. Así que cuando algo malo sucedía, no dudábamos en ir corriendo con el otro para resguardarnos. — Le extrañaba tanto… que de haber sido necesario, le hubiera pagado yo porque me lo hiciera. — Agregó.

— No digas tragedias…

— Es enserio —. Aclaró — Todo esto me duele mucho.

Le miré por unos instantes y después volví la vista hacia el gatito. Al parecer, era peor de lo que creía. Y yo que había sido tan duro con él, preguntándole de esa manera.

— ¿Quieres que hable con él? — Sugerí.

— ¡No! — Se apresuró a decir. — Mis asuntos con él, a partir de ahora los resolveremos solo nosotros dos. Y si ustedes llegan a tener algún problema, deben decírmelo solo a mí. No vamos a involucrarlo, Han ya tienes suficientes cosas que atender.

— ¿Tantas como para dejarte de lado? —Reproché.

— Nos estamos dando un tiempo, para pensar las cosas y…

— Y tener sexo sin ataduras… — Le interrumpí. — Vendrá cuando quiera, te usara y después se ira como si nada.  — Deviant inclinó la mirada y ese gesto tan honesto hizo a mi orgullo arder. Ver a un Katzel hacer eso, era por demás humillante. — ¡Levanta la mirada! — Le exigí, mientras me levantaba de golpe y le sujetaba por el mentón obligándole a que me mirara. — No vuelvas a hacerlo… si Damián te viera hacer esto… te molería a golpes o que se yo.

— Pero por suerte Damián no está aquí… — Objetó mientras retiraba mi mano de su rostro de mala gana. — Y quiero por una vez en mi vida… dejar atrás las apariencias y mostrarme tan lamentable como realmente me siento… ¿Acaso tú no te cansas de ser siempre fuerte? Acabas de perder a quien demasiado tarde, te diste cuenta que si amas. Y yo estoy a punto de caer en lo mismo… tengo miedo James… — Dijo eso último casi gritándomelo a la cara. — Estoy… estoy aterrado, no quiero que me deje… no quiero estar sin él y se supone que tú deberías entenderme

— Samko tomó su decisión, no hay más que pueda hacer al respecto… — Respondí tajante — Quizá yo mismo le orillé a elegirlo a él. Pero el mundo no se acaba… — Lo dije con total tranquilidad.

Por supuesto, estaba mintiendo, aunque no literalmente. Porque el mundo no se acababa solo porque Samko se hubiera ido y ahora el departamento se me hiciera inmenso, ni porque había perdido el apetito y casi no podía dormir. Tampoco porque me sentía miserable y me ahogaba en la melancolía cada que miro los programas que solíamos ver juntos. Ni porque me sienta irremediablemente triste y solo.

El mundo no se acaba… aunque el mío se estuviera cayendo a pedazos.

— ¡Pobre hermano mío! — Dijo él, mientras me mira con una extraña mezcla de culpa y dolor. — No importa cuanto lo intenté… no pude alejarte lo suficiente de la mala influencia de Damián. Te engañas de la misma manera en la que lo hace él.

¿Qué significaba eso?

— Por lo menos, él no sufre por nadie…

— Salvo por él mismo. — Me rebatió — Y eso es peor, es tan egoísta y cruel consigo mismo. Ha estado en completa soledad por tanto tiempo, que como un animal salvaje… Es solo cuestión de tiempo para que arruine su relación con Ariel. El miedo va consumirlo y se desquitara con lo primero que tenga enfrente, tal y como es su costumbre… ¡Adivina quién será el desafortunado!

 — ¿Ese niño? ¿Qué pudo ver Damián en él?

— No seas hipócrita James, él vio lo mismo que tú has visto en Ariel. Lo que todos vemos… — Me acusó — Pero aun no entiendo porque les cuesta tanto reconocerlo. Atrevete a decir que no te gusta… — Me retó.

— ¡No me gusta! — Intenté negarlo, pero Deviant me traspasó con la mirada que tuve que apartar la mía.  – Pero tengo algo de curiosidad por él…

El tema de Ariel era “desagradable” para mí. Sentir que debía pelear por un espacio en la vida de Damián, no era algo que me agradara. Hasta ahora, nuestro lazo había sido único y pese a que él ha tenido infinidad de “parejas”, esta era la primera vez, que realmente me sentía en peligro.

Cuando están juntos, no significo lo mismo para mi hermano. Es como si él ya no pudiera sentirme. Y es desagradable saber que un simple chiquillo puede desplazarme de tal manera.

Es lo único que me molesta. Aunque hay otra cosa que me incomoda y por eso me esfuerzo con ahínco en evitarlo o tratarlo mal cada que Damián lo traé con a casa. Porque he notado que… de alguna manera y hasta cierto punto, es posible que tal vez me agrade más de lo que debería. No sé cómo explicarlo, simplemente sucedió. Y tampoco es que piense en él o lo deseé, no eso jamás. Simplemente me atraé, me resulta “tierno” y eso ya es mucho decir. Tiene algo que no sé qué es, pero no puedo resistirme.

— ¡Mentiroso! — Me acusó, pero medio sonreía y me dio gusto verlo un poco más animado, aun si era Ariel y no mi presencia, lo que le ponía feliz. — No deberías de sentirte mal… — Aseguró. — La verdad es que a todos nos gusta… Es un chico bonito y además, es muy amable. Es muy tierno, no habla mucho pero cuando lo hace dice cosa graciosas y que te enternecen. Además, es muy valiente y tiene convicción. — Hablaba de él como si le conociera de años y peor aún, como si le profesara igual o incluso más afecto del que mi hermano le tenía.

— No creo que a Damián le agrade escucharte hablar así de él.

— Es su problema… — Respondió mientras se encogía de hombros y bebía de su tasa. — A mi parecer, le queda bien el apellido Katzel y si Damián lo pierde por estúpido, tú no deberías hacerlo. Harían una bonita pareja.

— ¡Estás loco! — Le dije entre asustado y divertido. Solo a él se le ocurrían esas cosas.

Creo que poner los ojos en Ariel sería tanto como cometer suicidio. Damián no lo permitiría y tampoco es como si estuviera sopesando la posibilidad. Simplemente era imposible.

— Solo piénsalo… creo que tu corazón estaría seguro en sus manos.

— No quiero hablar de eso… es una tontería. — Él sonrió y vino a mi lado para abrazarme.

Se lo permití, incluso le hice un espacio a mi lado.

— ¿Y qué tal el nuevo departamento? — Su voz cansada revoleteó a mi lado, lo sentí recargar la cabeza contra mi hombro y decidí cobijarlo. Despacio rodeé su cuerpo con mi brazo y lo apegué a mi pecho.

— Aun no me acostumbro… — Reconocí. Había elegido uno que me quedaba muy cerca de la universidad, era una zona tranquila y mis vecinos eran todos muy amables y “divertidos”. La mayoría eran estudiantes también, así que el alboroto no faltaba. Por otra parte, después de todas las remodelaciones, había logrado un lugar acogedor, pero me hacía falta Sam. Aunque hemos intentado llevarnos bien, incluso se habían dado ocasiones en las que nos topamos en la escuela y desayunamos juntos. Pero las cosas entre nosotros, ya no eran igual. — Pero es cuestión de tiempo. — Agregué como una respuesta audible a mis pensamientos. — Creo que adoptaré una mascota, he pensado en un pez…

— ¿Un pez? — Preguntó sarcástico — ¿Para que puedas comértelo cuando te aburras de él? — Me reí por el comentario. No había pensado en eso, pero era una posibilidad viable. — ¿Por qué no mejor un perrito?

— ¿Un cachorro? — No me veía cuidando de un cachorro. A Orión lo alimentaba y jugaba con él, solo porque no lo veía todos los días.

— No lo sé…

— Si te decides por un perrito, te acompañaré a elegirlo. – Su voz sonó aletargada y débil, pero aún se podía distinguir un resquicio de entusiasmo.

— ¿Tienes sueño?

— ¡Sí! — Alcanzó a decir, mientras se acomodaba mejor contra mi cuerpo.

— ¿Quieres que te lleve a la cama? — Negó de inmediato y me reí bajito, creo que yo tampoco quería ir a esa cama en este momento, por obvias razones. — ¿Al sillón…? — Sugerí. — ¿Quieres que te lleve al sillón?

— Pero solo si te vas a quedar conmigo… — Lo sentí aferrarse a mi abrigo y me dedico ese gesto de cachorro triste que me hizo reír mientras asentía. Pese a su edad era demasiado chantajista y caprichoso.

— Sí… me voy a quedarme todo el tiempo que necesites.

 

  • DAMIÁN

 

PUNTO DE QUIEBRE

Alguien debió explicarme que es arrogante creer que como yo interpretaba las cosas reflejaba exactamente lo que él quiso decir. Y lo que dijo.

 

Durante años me había servido de la copa grande de la soberbia, mi ego era tan inmenso como mi soledad. Incluso más.

Cada que mi hambre de lo que fuese me tiraba, era mi orgullo y el regodeo demostrarme jamás perdedor, lo que me levantaba. Mantenía a una distancia segura a mis hermanos, pero cuando pude comprender lo frágiles que son en su humanidad, comencé a en esmerarme por no lastimarlos.

 Y que el hecho de que lo soy, no les afectara tanto. Que no se volviera una sombra que los cubriera y opacara lo que cada uno es. Tampoco que llegase a ser algo de lo cual debieran preocuparse o temer.

Deviant era el único que lo sabía y me había visto de ambas forma, James me ha temido desde que era un niño, pero no reconoce la razón y tampoco se atreve a confesarlo. Samko por su parte, me obligó a su presencia y lo intuye, pero lo he negado tras cada vez.

Lejos de ellos jamás había compartido tanto tiempo con una persona. Hasta que Ariel llegó a mi vida y bueno, no es necesario hablar sobre lo obvio, la puso cabeza. Tampoco era que estuviera muy ordenada. Sin embargo, si la volvió un poco mejor, me siento más humano cuando estoy en su compañía. Hay sensaciones y sí… también hay sentimientos que creía inexistentes en mí y que solo salen a flote cuando estoy con él. Que los propicia como la primavera a las flores, es natural en él… sentir, ver al mundo desde la ventana perfectamente pulida de sus ojos y descubrir que no todo es gris, que hay colores y belleza en cada cosa.

Que las personas no son tan malas como creías, que los lunes pueden ser divertidos y los domingos tranquilos y lentos. Que hay algo romántico en los atardeceres y que las noches pueden ser intensas. Que trabajar no es tan malo si ya sabes con quien quieres gastar ese dinero. Que esperar no es molesto, si como pago recibes una deslumbrante sonrisa tímida seguida de un “lamento la demora”. Que solo dormir a su lado, puede volverse la más grande intimidad. Que un beso puede llevarme al orgasmo si en vez de querer tener el control, le dejo hacerle amor a mis labios. Que no necesito de un cuerpo lleno de curvas y formas voluptuosas o en su defecto, un cuerpo viril y musculoso debajo de mí. Porque he descubierto que lo prefiero bajito, flaco y sin mucho chiste. Que prefiero sus cabellos blondos y revueltos. Que los Jeans ajustados y las sudaderas con capucha y bolsas al frente tienen sus encantos. Que los shorts cortos para dormir pueden ser muy sensuales y un verdadero suplicio si no puedes tocarlos. Que no es tan malo escribir cartas y confesiones, que incluso es liberador. Que sentir celos es terrible pero que el miedo de perder a ese pedazo de ser humano lo es aún más. Que en general… eso que llaman “enamorarse” es la mejor droga que en mi vida he probado y que el “amor” jamás pareció tan viable como ahora.

Y sin embargo, pese a que él me da tantas razones y tantos motivos… esa parte mala sigue pugnando por salir, por destruir lo que hemos construido hasta ahora. Hoy he querido herirlo, lo he hecho con mala leche. Y lastimosamente lo he conseguido.

Porque Ariel no necesita golpes, ni que se le grite.

Bastan palabras simples y un tono moderado para orillarlo a que se encierre en el baño a llorar, mientras finge ducharse.

Y me duele… quiero entrar y disculparme con él. Decirle que no es verdad lo que dije, pero… Qué se yo de esas cosas…

— Apurate con lo que sea que estés haciendo… — Le nuncio, mientras dejo unos toques fuertes sobre la puerta del baño. — Vamos a salir.

No responde y tampoco espero que lo haga, me basta con que me haya escuchado… ¿A quién quiero engañar? No, no me basta. Quiero arreglarlo, porque últimamente le digo cosas de ese tipo y él suele entristecer, pero no me reprocha por ello.

No me doy cuenta pero empiezo a caminar en círculos. En parte porque no estoy convencido de que lo estoy por hacer sea lo correcto. Es de las primeras veces que me veo obligado a detenerme a analizar los pros y contras de mis acciones. Ahora debo pensar y tener conciencia de que mis acciones pueden dañarlo. Y aunque una parte de mí desea hacerlo, esta esta otra que se contrae y se apesadumbra de saber que llora.

Pero hay algo más que me obliga a mantener dando vueltas como león enjaulado. El vapor denso que hay en el interior del baño… ha usado la ducha más caliente que como de costumbre y el agua al recorrer su cuerpo va robando su olor que se mezcla con el vaho que ha comenzado a escapar por la ranura de la puerta. Y simplemente no puedo ni quiero dejar de respirarlo, quiere llenarme de este olor, que se impregne en cada poro de piel, para que cuando se vaya a trabajar, pueda seguir oliéndolo y sintiéndolo cerca.

Desde la primera vez que le vi, su olor tuvo ese efecto sobre mí. Y ahora con ese tinte melancólico se vuelto irresistible para mí. Me seduce, me excita. Mi lobo lo desea con desesperación, tiene necesidad de su cuerpo, de glotonearse de su esencia y disfrutar de lo que últimamente se nos había negado.

Esa opción había quedado descartada desde que me excedí al morderlo y le hice daño. Y aunque él no se quejó, me di cuenta de que comienzo a perder el control cuando intimamos. — ¡Apurate! — Le presiono, pero de nuevo no obtengo respuesta.

Tal vez se ha enojado… Aunque él aseguraba, que si bien en ocasiones se molestaba, aun no le había visto furioso. Para mí las palabras molestia, enojo, coraje o furia eran exactamente lo mismo y venían con la misma intensidad. — ¡Ariel! —Casi lo grité. Mientras golpeaba de nuevo la puerta, si me hacía esperar un momento más, terminaría derribándola.

Estaba preocupado, quería… necesitaba saber si se encontraba bien.

Iba a hacer otra serie de golpeteos en la puerta, pero él abrió en ese momento.

— ¿Cuál es tu prisa? — Preguntó de mala manera. Y por la forma en la que me miró me atrevo a decir, que no esperaba una respuesta de mi parte.

— ¿Qué tanto hacías? – Reclamé. — Ni que tuvieras tanto cuerpo que lavar como para que tardes siglos.

— Es problema mío con cuanta intensidad o lentitud me baño… — Me enfrentó. En definitiva, molesto no estaba, pero si un poco ofendido, aun con todo, me hablaba con serenidad. Cosa que por lo general, suele desquiciarme. — No recuerdo haberte pedido que sostuvieras el agua por mí o que me tomaras el tiempo.

— Escuchame muy bien, mocoso…— Espeté fingidamente molesto. Quería pelear con él, sacarlo de quicio y hacerle perder el control. Estaba harto de que fuera solo yo quien termina siempre gritando y él tan fresco y propio. Cierto es que mis caprichosos son mera estupidez, pero en mis ratos libres me gusta tentar a mi suerte, es por ocio. Aunque por lo general olvido que él no es como las demás personas que se intimidan ante mí. Y reconozco que el que no logre someterlo, hace que mi orgullo arda, casi tanto como el suyo lo hace en este momento al escucharme llamarlo “mocoso”.  Aunque trate de disimularlo. — ¡No tengo tú tiempo! — Le dije — Ni mucho menos estoy de humor…

— Nunca estas de humor… — Rebatió. —Y si tanta prisa tienes… no soy yo quien te retiene aquí. Por la puerta en la que entraste, esa misma conduce a la salida. — Sin decir más, me dio la espalda y caminó hasta su closet. — Chico desplante de orgullo el suyo.

Lo observé mientras el fingía buscar algo entre la ropa… ¿Qué más necesitaba si ya estaba completamente vestido?

Pero conmigo topaba con piedra si creería que le dejaría ignorarme.

— ¿Crees que estoy aquí por ti…?— Solté, mientras por él. Y pesé al tono de pregunta desdeñosa que utilice, era una afirmación. Por quien más sino por él. — ¿Crees que si quiera me importa un poco…?

— Sabes que Damián… — Me interrumpió, mientras se giraba para enfrentarme de nuevo, en sus manos llevaba otro abrigo de un color más claro que el que ya vestía, aunque era también de color azul. — ¡Vete a escupir tu veneno en otra parte! — Soltó mientras señalaba la puerta que daba a la terraza. Avanzó hacía mí con paso firme, casi prepotente. El entrecejo fruncido y su molestia mezclada con cierto aire de tristeza, le daban una apariencia amenazante. — No sé qué pasa contigo, tampoco comprendo este cambio tan repentino… Y a las horas, creo que tampoco me interesa… ¡No necesito esto! Así que mejor vete…

— ¿Correrme…? ¿Crees que puedes…?

— Tal vez de la casa no… — Me interrumpió de nuevo, impidiéndome terminar mi frase. — Porque no es mía y se perfectamente que mi abuela te pidió que te quedaras mientras ellos volvían de su viaje, pero esta… — Dijo abriendo ambas manos como queriendo abarcar todo lo que nos rodeaban. — es formalmente “mi” habitación. Y aquí no te quiero…

De nuevo esa palabra… “no te quiero”. Pero lo que antes fue un mensaje mudo, al ahora escucharlo de sus labios hizo aún más fuerte ese dolor punzante que me traspasaba. Ariel… airado y con la mirada severa estaba echándome de su lado, como si yo fuese cualquier cosa.

Mi mente a veces me juga malas pasadas. Esta fue una de esas ocasiones… lo sujeté por ambos brazos y lo levanté hasta que sus pies dejaron de tocar el suelo. Él se quejó y forcejeó para que lo soltara… no fue mucho, en realidad, solo lo sostuve para aventarlo a la cama. Si acaso unos cuantos segundos, pero pude darme cuenta de dos cosas; la primera: él está siempre a la defensiva, pendiente de mis movimientos y listo para defenderse. La segunda… no es era la primera vez que alguien lo trata de esta manera. Sabes cómo actuar, que decir y ocultar sus sentimientos.

— Te prohíbo que vuelvas a hacer esto…— Me ordenó determinante y con extremada seriedad, mientras con la mano contraria se tocaba la parte del brazo por donde le había sostenido. Seguro le quedarían marcas, pero aun no me alcanzaba para arrepentirme.

— ¿Me prohíbes? ¿Tú…?  ¡Qué estupidez! — Me burlé.

Estábamos en esto cuando su celular volvió a sonar. Él lo alcanzó primero pero se lo arrebaté de las manos. Intenté sonar normal cuando respondí a la llamada, para que Susan no notara nada. Ella era una abuela muy intuitiva y estaba convencido que no había llamado simplemente para saludar.

– ¡Sí, a mí también! Claro… ahora te comunico… Vale, sí… hasta entonces…

Fui sorteando sus palabras y sin más le entregué el teléfono a él. Pero no quiso tomarlo de primer momento y también se mostró reacio a querer hablar. Poco después entendí el motivo.

— ¡Hola! — Dijo en tono bajo y se hizo chiquito, bueno, aún más chiquito, escondiéndose entre sus hombros y clavando la mirada en los edredones que alisaba con su mano libre. — Sí, estoy bien… — Le faltó convicción al decirlo y pude sentir la misma alarma que Susan, quien de inmediato intento indagar en el tema. — No, abuela… — La sola mención del nombre hizo que su voz se quebrara, pero respiró profundo y luchó por aclararla. — Estoy bien… ¿el trabajo? Sí, lo niños van regularmente. — La pregunta no podía faltar, y la reacción de Ariel me hizo sentir un poco culpable. Solo un poco. Ella quería saber si entre nosotros las cosas marchaban normal. Él contuvo el aliento unos segundos y después se limpió con rudeza las lágrimas delatoras que bajaban por su mejilla. — Me cuida bien… — Alcanzó a decir. — No, no se preocupen.

Intentó convencerla, pero su tono se iba haciendo cada vez más bajo. A estas alturas se cubría el rostro con el antebrazo pero aun así podía ver que lloraba. Era una mezcla de tristeza y decepción.  Susan le preguntó directamente si estaba llorando y él se limitó a decir que era porque los extrañaba. No se tomó la molestia en negarlo y es hacerlo iba a resultar igual de inútil. Susan intentó animarlo diciéndole que lo quería mucho, que había comprado varios regalos para él y para mí y que volverían el lunes en la madrugada. Casi amaneciendo martes. No se dio por vencida hasta que lo escuchó reír y después se despidieron.

— Era tu oportunidad… — Le ataqué de nuevo en cuanto dejó el teléfono sobre el colchón. — ¿Por qué no le dijiste la verdad?

— ¡No te atrevas a llamarme mentiroso! — Me reprendió mientras me miraba, más que nada, dolido. — Ellos no tiene la culpa de tus cambios de humor y el único responsable por pretender soportarte, soy yo…

Bien, eso también me dolió.

— Termina de vestirte, se nos hace tarde. — Le ordené intentando hacer de menos sus palabras, porque no tenía con que contestar a eso.

— No iré contigo a ningún lado.

Una vez dicho esto, se metió entre sus edredones y me dio la espalda.

Fue difícil arrebatarlo de la cama donde yo mismo le había puesto. Volvimos a discutir por la ropa, porque no quería ponerse la que a última hora le había elegido. Le advertí que si seguía con esta actitud, no le dejaría ir a trabajar y le encerraría de ser necesario.

Solo por eso cedió.

 Lo vi cambiarse la ropa con extremada lentitud y después vaciar su mochila, solo para volverla a llenar con cosas de esas que usaba para dibujar. Le cuestioné por qué las llevaba, pero, por supuesto… me ignoró.

Peleamos otra vez, porque no quería salir de su habitación y después porque se rehusaba a subirse a la moto. Creo que le amenacé un par de veces más, quizá más. Y fue así como llegamos casi cuarenta minutos después de la hora en la que había quedado. Lo regañé en el estacionamiento… solo porque sí, porque en realidad, él no había hecho nada malo. Y aunque bien puede parecer estúpido. La verdad es que me gusta pelear con él. Que me miré como si quisiera asesinarme, me resulta gracioso.

— Haber si te apuras a caminar… — Presioné, mientras caminábamos a la entrada del restaurante.

Ariel me tomó la palabra y se adelantó a mis pasos. Pero en la entrada se topó con un tipo, quien le saludo con demasiada confianza para mi gusto. Cuando llegué a su lado, le rodeé por la cintura con mi brazo de manera posesiva. Era mío y todos en esta ciudad deberían de considerarlo antes de acercársele solo así.

El tipo miró mi agarre entorno a su cintura y después a él. Ariel intentaba apartar mi mano de su cuerpo, por eso no lo notó.

— Ariel… — Agregó él, esperando algún tipo de presentación. Pero mi bosque nevado parecía estar de pésimo humor como para presentaciones amables.

 — Damián… Joss — Dijo de manera alternativa, mientras nos señalaba.

— Mucho gusto… —Respondió él, un poco incómodo por la ligera presentación pero extendiendo su mano para que la estrechara en un saludo, que por supuesto, no iba a darle.

Adelantándose a mi apatía, Ariel la tomó y con la misma se despidió con un rápido y frio “adiós”, para después terminar de adentrarse en el restaurante. Le seguí y alcancé a tomar su mano. Bajé un poco más y entrelacé nuestros dedos. Pero él se negó a mi caricia.

— ¡Quedate quieto! — Ordené a volumen bajo.

— No soy tu perro para que me des órdenes… — Respondió de mala manera, mientras se jalaba de mí, para deshacer el contacto. Sin importarle la gente que nos miraba y no es como si a mí sí me importara.

Parecía dispuesto a iniciar una guerra y estaba en mí impedírselo. Porque el restaurante estaba lleno y curiosamente, hoy no me apetecía dar de que hablar. Y menos que todos vieran como esta fierecita se me revela.

Lo volví a intentar, me acerqué y quise sujetarlo del brazo pero de nuevo se rehusó. Mi paciencia tenía un límite y por mucho que disfrutara de verlo molesto, no me agradaba ser rechazado.

— ¡Ya basta Ariel! — Susurré molesto y lo atrapé del brazo, sujetándolo con más fuerza de la necesaria.

— ¡Suéltame! — Se quejó, pero sonó seguro. — No quieras comprobar por tu mismo tu baja popularidad en este lugar.

— ¿De qué hablas?

— No eres el único que puede hacer escodalos y adivina a quien le van a creer… — Inconscientemente le solté.

No podía creer que me estuviera amenazando y me arrepentí de haberlo soltado y dejarlo avanzar por su cuenta, con esto sin duda, me restaría puntos frente a sus ojos.

  • SEDYEY

MARIPOSA DE PRADERA

Necesitas quitarte la idea de que los chicos como él quieren a los tipos buenos como tú.

— Solo intento explicar mis razones… — Me defendí, pero papá me ignoró. Taylor me seguía tan de cerca que sentía que si perdía el ritmo de mis pasos, me pisaría los talones. — Si tan solo quisieras escucharme… — Íbamos en un tipo de fila india, que había iniciado desde que comencé a seguir a mi padre en el pórtico de la casa hasta su despacho. Y sin entender realmente porque, mi hermano me seguía a mí.

— ¡Ya dije que no! – Agregó mi padre justo antes de cerrar la puerta casi en mi rostro, sino fuera porque Taylor logró hacerme retroceder, de lo contario hubiera visto estrellas de colores por el portazo.

— ¡Maldita sea! — Espeté.

—No se dicen maldiciones en esta casa Sedyey… — Respondió mi padre desde dentro.

— Eso sí que lo escuchas… — Murmuré y me alejé a pasos veloces con rumbo a ninguna parte. Taylor me seguía con la misma prisa del principio, sin respetar mi espacio o el hecho de que en este momento prefería estar solo. Era incomodo tenerlo justo detrás de mí. – ¿A dónde vas? – Frené de golpe y me giré para enfrentarlo. Tal y como esperaba, se estampo contra mí.

— ¿A dónde vas tú? — Preguntó con la boca llena. Llevaba un sándwich en la mano izquierda, el de la derecha ya iba por debajo de la mitad. Era lo único que sabía hacer bien, comer.

— A ningún lado…— Respondí con impaciencia.

— ¡Voy contigo!

— ¿Por qué? — Insistí.

— No lo sé, se supone que eso hacen los hermanos… — Dijo y me ofreció el sándwich que iba a la mitad. — Pero me negué a tomarlo.

— Si vas a darme algo, entonces quiero el otro… no ese que ya baboseaste.

— No te lo di para que te lo comieras, solo para que lo sostengas. — Aclaró. Reviré los ojos con fastidio, pero no perdí detalle cuando lo vi rebuscar en una de las bolsas de la bata de su pijama. Sacó un libro pequeño y me lo entregó, mientras recuperaba su sándwich.

El titulo decía “LA GUIA DEL BUEN HERMANO MAYOR”. Era un libro para niños, con más imágenes que letras. Taylor y la lectura, eran tanto como incompatibles, pero el esfuerzo que estaba haciendo, logró distraerme de mis frustraciones.

— ¿Por qué? — Quise saber, mientras se lo devolvía.

— Creo… que te he descuidado…

— No hables con la boca llena. – Le regañé y él levantó el dedo índice a la altura de mi rostro, como pidiéndome un segundo. Lo observe masticar rápido y tragar. — Es asqueroso, sabes…

— También te quiero. — Dijo irónico. — Contestando a tu pregunta… llegué a la conclusión de que esta etapa de rebeldía tuya, se debe a que te sientes solo. Es tu manera de llamar la atención. — Dijo con convencimiento.

Lo miré cansado, a veces me entraban unas inmensas ganas de golpearlo.

— Taylor, tengo veinticuatro años no quince. — Le recordé. — ¿Cuál etapa de rebeldía?

— Esta bien, estas confundido… — Explicó con ese mismo aire imperturbable. — Nunca antes habías tenido veinticuatro, es normal que no sepas manejarlo. — Luché por hacer uso de toda mi paciencia.

— De ellos quizá lo entiendo… pero tú. — Le reproché. — Creí que me apoyarías. No que intentarías buscarle una explicación a algo que está más que claro. Papá me odia ahora, solo falta que tú también termines aborreciéndome.

Regresé sobre mis pasos y reemprendí la marcha, ahora con rumbo a mi habitación, no quería seguir hablando de esto y cuando noté que mi hermano aun me seguía, casi corrí por el pasillo, las escaleras y cerré la puerta con seguro tras de mí.

Cuando escuché que sus pasos se alejaban, me dejé caer en mi cama.

Estaba molesto con todos, pero sobre todo con mi padre, que no quisiera siquiera escucharme, era imperdonable. Buscando distraerme saqué mi teléfono y teclee rápido un mensaje para Ariel, solo le saludaba y le confirmaba que pasaría por él para ir al trabajo.

Estaba en eso cuando el seguro de mi puerta cedió, mi hermano desfilo con dos Sándwiches más en la mano. La llave que dejó sobre el cerrojo, era la que se supone que yo había perdido semanas atrás, pero ahora ya sabía quien la había robado.

—Taylor no estoy de humor…

—Te traje un antidepresivo con doble jamón y aderezo de ese que te gusta. — Anunció, mientras se acomodaba a mi lado y me ofrecía el emparedado.

Lo acepté, aun cuando la comida no tenía ese efecto tranquilizador en mí. Con él, parecía que todos sus problemas se solucionaban comiendo. — Entiendo que estés molesto, pero intenta comprender… — Insistió.

— ¿Qué es lo que debo comprender? — Objeté molesto.

— ¡Oye! El viejo es muy compresivo y lo sabes… — Aseguró. — Pero por más. Eres el único hombre en la familia…

— ¿Y tú que eres? — Cuestioné irónico.

— Soy una bellísima mariposa libre de la pradera que no debe ser tocada ni con el petalo de una rosa.  — Pese a mi coraje, era imposible no reírme con sus estupideces. Taylor parecía todo, menos una bellísima mariposa de la pradera.

– ¡Idiota!

— No fue fácil para mí el decírselo… — Explicó Taylor — Tal vez no lo recuerdas porque eras muy pequeño. Tampoco fue sencillo para él aceptarlo, sobre todo porque yo solo tenía siete años y se supone que a esa edad te gusta el chocolate sin importar si es blanco o amargo. — Todas sus ilustraciones tenían que ver con comida, siempre… Y eso me distraía del verdadero significado de sus palabras. — Papá creía que todo era culpa del divorcio con mi madre y el que ella se fuera con otro sujeto dejándome solo frente al mundo. Pero tu madre me apoyó y me cobijo, eso es algo con lo que le estaré eternamente agradecido. Porque en ese tiempo las personas eran crueles y sin embargo, no le importó abandonar a sus amistades, ella siempre me defendió y mejor aún, me enseñó a aceptarme y sentirme orgulloso de la forma en la que había decidido vivir mi vida. Me dio el hogar que mi madre jamás me ofreció y me dio un hermanito “bonito”. — Al decir ese mote, me pasó la mano por el cabello despeinándome aún más.

— ¿Y porque conmigo no puede ser igual? ¿Acaso tienes que ser tú el único gay en la familia? —Taylor resopló cansado.

— Sedyey… no porque una mujer te haya puesto el cuerno quiere decir que ahora debes recorrer los oscuros y placenteros caminos de la homosexualidad.

— ¿Qué sabes tú de mujeres? — Espeté.

— Sé que son seres peligrosos, que no todas son iguales… que hay unas que son peores. Son oscuras y traicioneras. Peligrosas y manipuladoras expertas. Que son despiadadas y pueden hacerte besar el piso con una simple mirada, que su sonrisa posee cierta magia que hechiza y que sus lágrimas son como puñales que se te clavan en lo profundo de la piel. – Explicó. Le miré detenidamente, bien, quizá si sabía… un poco. – En resumen, no es igual tener sexo con una mujer a tenerlo con un hombre. — Finalizo.

— ¿Te has acostado con mujeres? — Pregunté incrédulo y al mismo tiempo con sorpresa.

Mi hermano, se mostró incomodo a tal punto, que incluso, dejó de comer.

— Papá no lo aceptó tan fácil… en ocasiones iba a mi recamara cuando volvía de trabajar, se suponía que yo debía estar perdidamente dormido y no escuchar… se suponía. — Recalcó. — Rezaba a los pies de mi cama para que abandonara mis “tendencias” y volviera al “buen camino”. Decía que quería nietos y que si yo seguía así, no podría dárselos. Hablaba de mí como si estuviera enfermo. Y parecía sufrir por mis decisiones… — Sonrió con cierta amargura e inclinó la mirada. — Jamás quise hacerle daño, ni mucho menos decepcionarlo… A sí que lo intenté varias veces, tuve sexo con muchas mujeres. No voy a decir que estuvo mal… — Era inusual verlo a avergonzarse, por lo general era muy cínico. Pero ahora, incluso se abanicaba como si tuviera calor. — Pero fue aterrador. Y después de que todo terminaba y las llevaba a sus casas, corría a los brazos del primer tipo que se me cruzara en el camino… más o menos. Solo entonces me sentía completo. Pero lo seguí intentando, por él sobre todo. Hasta que una vez, llorando le dije que no podía, que me había esforzado y que no me sentía bien. Le pedí que no me odiara por lo que era, porque yo le amaba… ¿Sabes que hizo él? — Por primera vez desde que comenzó a hablar, me miró.

— ¿Qué hizo?

— Me abrazó… — Respondió y sonreía de nuevo. — Me dijo que sin importar nada… yo sería siempre su hijo y me amaría hasta el mismo día que muriera, tal vez incluso después. Me pidió que me cuidara. Que fuera recatado y no me comportara con la bellísima mariposa de pradera que soy. — Pesé a que con eso último reía, me dejó ver un poco de su dolor. Ahora comprendía todo. Taylor no era amanerado ni hablaba raro, era excesivamente masculino, incluso un poco tosco. Popular tanto con mujeres como con hombres, y si por el mismo no te dice que es homosexual, no habría forma de saberlo. — Si decidieras vivir de esta manera, no solo te apoyaría, también cuidaría de ti. — Aseguró. — Nada entre nosotros va a cambiar. Pero piénsalo bien, no lo hagas solo por curiosidad… Por querer probar que se siente, porque si al final te das cuenta que esto no era lo que querías, las imágenes de lo que hiciste, te perseguirán para siempre. Sentirás el peso de la peor de las traiciones… el haberte traicionado a ti mismo.

Después de decir esto, volvió a ser el maldito de siempre. Me uso como almohada, mientras encendía mi televisor. Pasamos la mañana en mi habitación, él mirando caricaturas y yo pensando en lo que dijo e intercambiando mensajes con Ari. Hasta que llegó la hora de ir por él, a un restaurante en el centro.

  • TERCERA PERSONA

 

DE ESO SE TRATA

A veces uno sabe que se va a estrellar y acelera.

 

Han había relatado todo, justo como sucedió.

Damián parecía excluido de la conversación, como si las palabras rebotaran en él justo antes de que llegara a escuchalas. Sin embargo, había oído todo, de principio a fin. Y estaba molesto con Han, pero no le odiaba.

Es decir, había olvidado que Han también tenía una familia, quizá había sido porqué Deviant los detestaba y los omite en la medida de lo posible. Pero bueno, el que sean unos convenencieros, malagradecidos y unos “hijos de puta”, según los pensamientos de Damián, no quitaban que fueran la familia de Han.

La “familia” era un vínculo importante para los Katzel y ni qué decir del moreno, quien más que importantes, los consideraba partes de sí mismo. Su única conexión con la realidad. Y sin embargo, de cierta manera, ellos habían arrebatado a Han y le habían llenado de tantas cosas por hacer, que casi le impedían fortalecer los lazos con los suyos.

Después estaba el hecho de que mantener contento a Deviant no era un trabajo sencillo. Que requería demasiado tiempo y dedicación.  Infinita paciencia, sobre todo.

El que aún no hubiera terminado su tesis, fue una sorpresa… ¿Cuánto tiempo llevaba con eso? Damián no lo recordaba con exactitud, porque entre otras cosas, no solía prestarle tanta atención a Han, pero debía de haber pasado ya un año desde que escuchó el rumor de que estaba haciendo una tesina. Peor aún, se enteró de que estudiaba medicina, cuando ya había terminado la carrera y Deviant había hecho una cena en su honor.

Tampoco sabía qué hacía guardias, ni de ninguno de esos otros “negocios” en los que estaba involucrado y de los cuales Deviant se beneficiaba, así como de todo lo demás.

— ¿Y que se supone que quieres que haga? — Preguntó a secas, después de un largo silencio en el que Han sentía, que podía ser cortado con un cuchillo.

A petición suya, Ariel también había escuchado todo y cada cierto tiempo, Han le miraba como suplicando que si las cosas se ponían feas con Damián, intentara defenderlo, aunque sea un poquito.

Tras esa pregunta, Han volvió a mirar a Ariel, quien mantenía la vista fija en Damián.

— Solo quiero saber qué debo hacer… para solucionar esto.

— ¿Por qué me preguntas a mí? Eres tú su pareja… ¿no deberías preguntárselo a él?

—Pero es tu hermano, y en muchos sentidos le conoces mejor. – Insistió Han, ganándose una mirada molesta por parte de Damián.

Sobre todo cuando Ariel mostró cierto disgusto tras el comentario y volcó su atención en el desayuno intacto que reposaba frente a él. — Es decir… ustedes, pues se cuentan sus cosas, porque son hermanos… — Intentó corregir al darse cuenta de que quizá había hablado de más.

No había sido su intensión. El tener que reconocer que Damián conocía más y mejor a Deviant, que él, era algo que le pesaba en lo profundo de su ser. Pero las cosas habían sido de esta manera, la intimidad entre ellos no era un secreto para nadie. Han mismo los había visto en muchas ocasiones. Deviant no hacia reparos en sus demostraciones de “cariño” hacia Damian, quien las aceptaba así sin más. — ¡Lo siento! No pretendía decir que…

— ¡Lo estas empeorando! — Regañó Damián y Han mejor cerró la boca. — No suele reaccionar de ese modo… — Decidió mejor, por intentar responder a la pregunta. — Si lo hizo es porque lo heriste y no te perdonara fácilmente o puede que sí. Es algo que con el paso de los días se le irá olvidando… o puede que no.

La respuesta no había sido para nada útil, pero Han entendía que Damián ya no se sentía cómodo, sobre todo si tenía que tocar el tema en presencia de Ariel. Después de todo, como iba a decir todo lo que Han debía hacer, sin comprometerse más en la extraña relación que había sostenido con Deviant y de la cual, se supone que Ariel era casi completamente ajeno.

— ¿Qué se supone que significa eso? — Atajó Ariel, devolviendo su mirada sobre Damián. — ¿Estás diciendo que en vez de aclarar las cosas, como se espera que haga, Han debería esperar a que a Deviant simplemente se le pase? ¿Si sabes que no es gripa lo que tiene?

— Sé que no es gripa, pero no conoces a Deviant… — Atacó Damián, usando el mismo tono de sarcasmo que Ariel había usado. Ariel le reviró los ojos y volvió a su desayuno, mientras negaba con la cabeza.

— Es tu hermano, de todas formas… — Susurró, pero lo suficiente alto como para que los otros dos en la mesa lo escucharan. Era su manera de decir que a él poco le importaba lo que estaba sucediendo, aunque no era de ese modo. Deviant le agradaba y se sentía preocupado por él, ahora que sabía que la estaba pasando mal.

— ¿Y qué propones? — Le preguntó Han. Ariel le miró sin levantar el rostro, para después devolverla a su plato. — ¡Estoy muy preocupado! — Presionó al ver que el menor no parecía tener intensiones de responder. — Deviant es muy alegre, si lo vieras ahora… — Esa última frase, permeó en su interior. — ¡Por favor Ariel! No soporto verlo así… — Estiró la mano sobre la mesa hasta que la poso sobre la de Ariel.

Fue apenas un leve roce, porque Damián intervino y le obligó a separar su mano de la del menor, reclamándola como suya, tomó su mano e incluso entrelazó los dedos con los de Ariel.

Quien por cierto… observó todo en silencio. Y se quedó mirando como la sola palma de Damián envolvía por completo el puño de la suya. Porque le rehuyó a eso de mantener los dedos entrelazados. Sin embargo, el contraste entre sus colores, le atrapó.  La piel canela de Damián era preciosa a la vista de Ariel, contraria a la suya que era demasiado blanca. A él le encantaban los contrastes dorados en el antebrazo del moreno y el calor intenso que emanaba de su cuerpo.

Ni a Han, mucho menos a Damián les paso desadvertida la melancolía que parecía haberle invadido. No fue algo como en las veces anteriores en las que Ariel simplemente se echaba a llorar. En esta ocasión, era distinto. Y por alguna razón, la sensación resultó contagiosa.

Damián presionó ligeramente y con gentileza, la mano que protegía, obligando a que Ariel desempuñara y extendiera los dedos sobre la mesa, cuando lo hizo, Damián entrelazó los suyos por encima, como una forma de hacerle saber que pese a todo él estaba ahí y que no tenía por qué sentirse de esa manera.

— El problema no es lo que dijiste cuando discutían… o el que le reprocharas y le echaras en cara todo lo que haces por ellos. — Dijo en tono bajo el menor, sin apartar la vista de sus manos unidas. — Sino el que te fueras. — Agregó. — Le dolió que le dijeras que no comerían juntos y que le impidieras llamarte, pero le dolió a un más que no lo buscaras ese mismo día, ni al siguiente, ni al siguiente… cuando de seguro, él ya te extrañaba desde mucho antes que te fueras. — En algún momento, Ariel levantó la mirada, pero lejos de llevarla hacia Han, la posó detenidamente sobre Damián, quien también le observaba. — No lo buscaste…

— Si lo hice, pero él estaba muy ocupado…

— ¡No! – Negó Ariel. — Esas son solo excusas… no lo buscaste, no con determinación. Tenías miedo, estabas asustado. — Era cierto, Han había estado muy asustado esos días. Pero no podía evitar pensar que la conversación ya no era con él, sino con Damián.

Ariel hablaba por ambos, por Deviant y por él. — No pensaste en que él también tenía miedo. Saliste por esa puerta sin decir que lo querías…– Reprochó.

— Deviant tampoco lo dijo… — Se defendió Damián. — Y todo fue por él, porque no valoró el esfuerzo que Han estado haciendo porque su relación funcionara.

En ese momento, Han comprendió que eso ya muy poco tenía que ver con él, porque en que mundo de yupi, Damian le apoyaría.

— ¿En qué consiste que para ustedes sea distinto si los cuatro somos hombres? — Sin proponérselo hizo audibles sus pensamientos. — ¿Por qué solo puedes ver lo que tú has hecho por esa relación? — Por primera vez desde que comenzó a hablar miró a Han. — Te dio una alternativa, que ni siquiera iba a costarte a ti… pero si las cosas no son como tu deseas, entonces no están bien. — Dijo mientras volvía su mirada a Damián.

— Le complace en todo lo demás, que le costaba ceder en esto…

— ¿Realmente le complace en todo lo demás? O es solo otra… de sus suposiciones. — De nuevo el reproche se hizo presente.

— Me costa que nada le hace falta… — Se adelantó a decir Damián.

— Que equivocados están… — Respondió con amargura. — Te fuiste diez días, y “todo lo demás en lo que le has complacido” se quedó con él… ¿Por qué será que nada de eso fue suficiente para Deviant pudiera vivir bien? ¡Cierto! A Deviant solo le importa Han, desayunar con él, comer con él, “dormir con él” aunque sea solo dormir… pero eso Han no lo entiende. Él lo que quiere es que Deviant tienda la ropa y ayude a mantener limpio el departamento.

Como no lo hizo, entonces Han lo deja… ¡Que injusto! — Damián entendió el significado de esas palabras y como si algo le repeliera de Ariel, le soltó y apartó la mirada de él.

Ariel se limitó a sonreír con reserva y a estas alturas Han se sentía como un maldito.

—No lo vi de esa manera… — Susurró, atrayendo la atención de los otros dos.

— Ve y dale la seguridad de que estas con él. No lo lleves a la cama, caminen justos, hablen mucho… miralo Han, pero hazlo con detalle. Hay demasiadas cosas que no se dicen con palabras, pero no por eso no se sienten. Ya verás cómo Deviant te quiere incluso más de lo que él mismo cree.

— Ariel… — Una voz se escuchó a una corta distancia. Los tres giraron para encontrarse con Sedyey parado casi junto a ellos. — ¡Buenas tardes! — Saludo a los tres de manera general, pero con la vista fija en el menor.

El desagrado en Damián casi burbujeó desde lo más profundo de su ser.

— Aun no son las tres… ¿Qué hace él aquí? — Le cuestionó al menor, como si Sedyey no estuviera frente a ellos, escuchándolos.

—Te dije que hoy entraría temprano…

— No, no lo hiciste…

— Cuando veníamos te lo dije.

— ¡No lo hiciste! – Repitió con dureza.

— Pues te lo digo ahora… entraré temprano. — Respondió sin dejarse intimidar. Y poniéndose de pie, junto sus cosas.

— ¡Termina de desayunar! — Ordenó Damián, halándolo del brazo para que volviera a sentarse.

— Ya no tengo hambre…

— No te estoy preguntando si tienes hambre o no. — Refutó — ¡Te sientas y no te vas hasta que te comas todo eso!

— No tengo hambre… Y si tanto te importa, pues cometelo tú. — Rebatió tajante.

No es que Ariel, se estuviera valiendo de los dos testigos que observaban todo en silencio para desafiar a Damián. Pero los constantes ataques por parte del mayor y el tono tan punzante que usaba al decirlos, le ofendía.

Y él no estaba dispuesto a ser sobajado por nadie… y en ese “nadie” estaba incluido Damián. — No lo hagamos más grande, ¿sí? — Pidió al ver la expresión irritada del moreno. Una cosa era su mal humor cotidiano y otra muy distinta, que realmente se enojara. — Ya no tengo hambre, pero gracias… Me tengo que ir, ahora. Nos vemos más tarde. — Se acercó a Damián y llevó sus labios a la mejilla del moreno, quien en cuanto lo sintió acercarse, giró el rostro, negándose a su caricia.

Ariel se detuvo estupefacto… algo así, no se lo esperaba.

No solo había sido rechazado públicamente, sino que Damián había faltado a una promesa que habían hecho a los pocos días que sucediera el pleito con el padre de Ariel.

El hombre había dejado una nota en la que decía que a partir de ese momento, Ariel podía considerarse “solo”… porque él ya no le reconocía como hijo. Frases tales como “me avergüenzo de ti” y “ya no recibieras un solo centavo de mi parte” también venían incluidas. El golpe resultó muy fuerte para el menor, pues se considera muy apegado a su padre y que ahora se expresara de esa manera, le dolía en el alma.

Los primeros días que le siguieron a ese, habían sido difíciles. Ariel estaba tan distraído que casi sufre un accidente al cruzar la calle. Fue una verdadera suerte que el hombre que conducía logró frenar de golpe.  Y todo terminó en un susto y una buena reprimenda para el menor.

Damián había presenciado todo varios metros adelantes y sintió que el corazón se le saldría del pecho cuando escuchó, más fuerte que cualquiera, el ruido de las llantas al quemar contra el pavimento.

En ese momento, ambos se habían dado cuenta lo efímera que es la vida y que a veces, los accidentes pasan. Ya se producto de una distracción, tal y como en el caso de Ariel o bien, por alguna enfermedad. Así que una vez pasado el susto, habían prometido que no importaba si acababan de discutir o estaban enojados. Si alguno de los dos tenía que irse, se despedirían bien.

Con eso en mente, Ariel volvió a intentarlo, pero Damián de nuevo se negó.

Así que el menor, besó la punta de los dedos de su mano derecha y los llevó hasta tocar la mano del mayor. — Cuidate… — Susurró, pero el moreno se hizo de oídos sordos.

— Damián… — Intervino Han. — Te está hablando…

— No importan Han… — Agregó Ariel, al ver como también él era ignorado por Damián.

— Si él no quiere tus besos, dámelos a mí…

Sedyey… quien hasta ese momento había sido un simple observador, decidió intervenir y decir aquello que sorprendió a los otros tres. Un comentario que no fue a bien tomado, no porque a Ariel le molestara, sino porque en todos los sentidos representaba un desafío para Damián.

No recordaban cuando ni porque empezó, pero ambas familias mantenían una rivalidad mordaz que podía percibirse cada que les tocaba mencionar al contrario.

Prominentes y de un exquisito nivel económico, tanto los Katzel como los Fosket eran muy conocidos en Sibiu, aunque por razones muy distintas.

— Repítelo —. Vociferó Damián.

Ya tenía pendientes con Sedyey y sabía que no habría mejor oportunidad que esta para saldar esas cuentas. Pero… si bien, podían medirse a fuerzas, pues ambos tenían conque. Sedyey era menos temperamental que Damián. No por ello, más inteligente, pues retarlo de esa manera, no solo era imprudente, sino también temerario. Pero era hábil con las palabras, cosa que Damián, no tanto.

— Ari…— Dijo Sedyey, pronunciando con cariño el mote. — Si hasta ahora has podido valorar tanto a la persona “equivocada”… — Remarco esa última palabra, mientras miraba a Damián. — Imagina cuanto podrás amar a la correcta… Deberías dejarme internarlo.

Ambos se movieron casi al mismo tiempo, por milésimas de segundos fue Ariel quien se adelantó, con el tiempo justo para colocarse entre su amigo y Damián. Dejando tras de su espaldas a Sedyey, enfrentó al moreno.

— No ágamos esto…

— ¡Apartate! — Ordenó Damián, pero aunque Ariel retrocedió medio paso, no se alejó. — ¿Qué es de ti para que lo defiendas?

— Damián…

— No te metas Han. — Ordenó. — Responde Ariel…

— ¿Qué más te da a ti lo que Ariel y yo seamos? — Provocarlo hasta hacerlo perder los estribos, esa era su intensión. O dicho en otras palabras, dejarlo mal delante de los ojos de todos ahí, pero sobre todo de Ariel. — Hasta donde tengo entendido, ustedes dos no son nada en “especial”.

En ese momento Damián comprobó que los peores celos eran aquellos por los que no se tenía derecho a reclamar. Pero tampoco los necesitaba, aun si entre ellos no había título, el menor le pertenecía. Y él a su vez, había aceptado ser de Ariel.

— ¡Cierto! — Reconoció, usando un tonito monocorde. — No es nadie en especial ni mucho menos es irremplazable… — Agregó apartando la mirada de Sedyey para posarla en la azul de Ariel. — Por el contrario, cualquier otro estaría mejor en su lugar, incluyéndote… — Dijo eso último, levantando la mirada. — Pero me divierte… Aunque no dudo que tu podrías hacerlo mejor.

Sedyey se ofendió por lo dicho y abrió la boca para responder pero casi al mismo tiempo, volvió a cerrarla. Ariel por otra parte, necesito algunos segundos para sopesar esas palabras.

No era “especial” en la vida de Damián. “Cualquier otro” sería mejor que él.

En ese momento, no importó cuantas veces en el pasado Damián le había dicho que él era único, que era importante. Todo se puso en duda y la herida que provocó en su interior, fue mayor a lo que estaba preparado.

— Que bueno que lo dices ahora… Así no me hago ilusiones. — Dicho esto, casi rodeó a Sedyey y salió a paso rápido del restaurante, necesitaba estar lejos cuando las lágrimas fueran imposibles de contener.

“No era especial, cualquier otro sería mejor que él”. Esas palabras se repetían en su mente una y otra vez. Fue seguido por su amigo, quien estuvo a su lado mucho antes de lo esperado. Le condujo hasta su automóvil y le abrió la puerta del copiloto, para que Ariel pudiera subirse.

En cualquier otro momento, le hubiera dado las gracias. Pero ahora, estaba más ocupado en dejar salir su llanto, que en ser respetuoso.

Dentro, en el restaurante. Damián y Han observaban la escena desde los ventanales.

— Sé que no soy quien para dar consejos, pero por lo menos… mirate en mi espejo. – Sugirió Han. — Es solo un niño y estas poniendo demasiada carga y dolor sobre sus hombros.

—Tienes razón… — Agregó Damián — No eres quien para dar consejos.

 

  • ARIEL

PROMESAS Y DECEPCIONES

Si alguien te hace volar, asegúrate de caer de pie cuando te suelte… Porque te soltará.

 

— ¿Estas bien?

— Sí… — Respondí.

Sedyey se había orillado casi a mitad del camino del centro comunitario. Su mirada sobre mí me incomodaba un poco, pero no dije nada, habíamos estado un buen rato en silencio hasta que ya no pudo soportarlo.

— ¿Ante quien finges? — Cuestionó irónico. Para ser sincero, no entendía porque me preguntaba, si él ya tenía su “respuesta” que nada tenía que ver con lo que le dijera. — No tienes que hacerlo ente mí. Puedes hablar conmigo, sabes…

Llevábamos menos de un mes de conocernos, pero nos habíamos unido mucho. Él es una persona muy cálida, algo entrometido, pero es leal y muy divertido. Su nobleza hacia los demás, en ocasiones me ha deja pasmado. Siempre está rodeado de amigos y es muy risueño. Vive sin prisas y como si su futuro ya estuviera resuelto, aunque de cierta forma lo está.

Me trata muy bien, se esfuerza por hacerme sentir parte del grupo y en muchas ocasiones me derrite con ese trato casi preferencial que me ofrece. Siento que con el puedo hablar de casi cualquier tema y digo casi, porque de lo único que no conversamos es de Damián y sus hermanos.

No sé a qué se deba y tampoco quiero inmiscuirme en asuntos que no son míos. Lo único que puedo decir, es que el sentimiento parece ser mutuo. Se detestan y es debido a esto que evito el tema.

— Sedyi, estoy bien… Lo digo enserio. — Aseguré.

Me dedicó esa mirada incrédula que desde hacía poco menos de una semana, tenía especialmente reservada para mí. Digamos que Damián no es muy discreto, yo soy malo para mentir y Sedyey es muy listo y observador.

— Ari… — Me nombró y fue a sujetar mi mano.

— ¿Qué sucede?

— ¿Quieres caminar un momento?

Miré alrededor y resultó que estábamos a mitad de la nada. Es decir, no había gente alrededor, pero solo porque estábamos a espaldas de un vergel, ya que del otro lado de la carretera, había algunas expendedurías sencillas.

En Sibiu, los vergeles eran más como jardines, que parques. La gente los adornaba con todo tipo de plantas y había bancas de madera alrededor para que se pudiera pasar el rato cómodamente.

Cuando volví la vista a mi amigo, él me miraba fijamente como estudiando mis reacciones. Algo común en él.

— Vale, pero no me mires como si fuera tu ratón de laboratorio… — Bromeé.

Él sonrió y salió del auto. Lo imité, pero aun así, se apresuró a abrirme la puerta. Y me ayudó a bajar. — No sé qué pensar sobre esto…— Agregué, mientras aceptaba su mano y le permitía guiarme. — Sin embargo, ahora entiendo porque casi todas las chicas en el trabajo están que se mueren por ti.

— Ellas no me interesan… — Dijo en tono serio. — Ninguna de ellas.

— Pues es una pena, la mayoría son muy bonitas. — Me lamente. Y es que era verdad, las rumanas son esplendidas. Tienen un carácter grácil y las que trabajan con nosotros son hermosas y me consienten mucho.

— ¿Qué…?

— ¿No te lo parecen? — Quise saber, mientras avanzábamos por entre el caminito de loza.

— ¿Te gustan las mujeres? — La pregunta tan directa me ofendió. Además de que me produjo cierto malestar. Ya había pasado por esto antes y tanto Damián como él lo habían preguntado como si no fuera obvio. — Es decir… — Intentó corregirse. — ¿Te atraen… físicamente? — Y volvió a arruinarlo. Pero lejos de molestar más, me reí.

—Me gustan –. Aseguré – Físicamente y en todos los demás sentidos. Soy un hombre como tú o como cualquier otro, así que nací con la capacidad de que las mujeres me atraigan.

— ¡Lo siento! No quise incomodarte. — Se apresuró a decir, mientras me ofrecía un espacio en una de las bancas. Me senté y él lo hizo después de mí. — Es solo que… bueno, creí que…

— No me gustan los hombres… — Declaré, solo para confundirlo más. Era divertido. — Pero con las mujeres es distinto, me gustan casi todas.

— Pero… ¿Y Damián?

— Bueno, él sí me gusta. — Aclaré con total soltura. — Pero no significa que vaya por la vida enamorándome de cuanto hombre se me cruza en el camino. Aunque parezca lo contrario… — Rematé mirando acusadoramente a Sedyey, quien solo se encogió de hombros.

— Y entonces… ¿Axel y los otros dos chicos?

— No tuve nada que ver con eso… — Era una larga historia, de la que ahora no me apetecía hablar.

— ¡Ya, bueno! ¿Y por qué Damián? — Sonreí mientras negaba con la cabeza, él me imitó.

— Sedyi ya te lo dije… no voy a hablar contigo de Damián.

Me miró con reserva pero aun así volvió a sostener mi mano. Hacía mucho frio, yo llevaba guantes pero él no, me estremecí cuando sentí sus dedos colarse por debajo de la tela y envolver los míos. — ¡Estas helado! — Susurré.

— ¿Por qué Damián? — Repitió. Y se colocó de tal manera que casi quedó de frente a mí. Le rehuí la mirada, no porque sintiera vergüenza de mis motivos, al contrario. Pero de alguna manera, hablar de Damián en estos momentos, me ponía sensible. — Quiero entenderlo… ¿Por qué de entre todos los que pudiste elegir, tuvo que ser precisamente él?

— ¿Por qué tú y él creen que tengo mucho de donde elegir? — Pregunté bajito, como si fuera confidencial. — ¿Quiénes “todos”? Salvo Axel, que por cierto, él no cuenta porque algo anda mal en su cabeza, nadie más se ha acercado y me ha pedido que salga con él o me ha confesado interés de ningún tipo. No hay nadie Sedyi…

— Eres un poco distraído…— Susurró de la misma manera. —Pero no evadas mi pregunta… ¿Por qué él?

— Porque no puede ser nadie más. — Solté de golpe.

Sedyey me miró contrariado y casi molesto. Se tomó su tiempo para agregar algo más y por varios segundos su mirada se perdió a mitad de la nada. Sin embargo, la fuerza de su agarré sobre mis dedos, se incrementó.

No me lastimaba, pero me resultó imposible no notarlo.

— Se supone que nadie puede decirte que una persona no es buena para ti, porque nadie sabe cómo es cuando está a solas contigo y cómo te sientes tú de bien… —Dijo — Pero hoy comprobé que te trata mal. Por eso me atrevo a decir que no es una buena persona para ti. Porque te hace llorar y no le importa humillarte ante los demás. — Volvió la vista y me miró de esa manera que tanto me desagrada… con lastima. — La gente que hace mal, no merece tener cosas buenas en su vida.

Me di tiempo que comprender sus palabras, que me echara en cara lo sucedido en el restaurante, me dolía. No porque me avergonzara ante él, aunque sí, tal vez un poco. Pero era algo demasiado resiente, palabras que me habían dolido por todo lo que significan y porque fue Damian quien las dijo.

— No sé si Damián merezca o no cosas buenas. No soy quien para juzgarlo… y en muchos sentidos, tampoco soy mejor que él.

— No hay puto de comparación… tú no eres como él. — Aseguró.

— ¿Cómo lo sabes? — Le pregunté mientras negaba. — Hay tanta… tanta maldad en mí que simplemente no soy capaz de demostrarla a los demás y por eso la escondo.

— Él intenta convencerte de que es así, de otra manera no pondrían estar juntos… pero no es verdad.

— No es culpa suya el que yo lo quiera en vida… No es su culpa el que no esté dispuesto a dejarlo marcharse. No lo es…

— Ariel… te hace daño.

— Todo el que le permito hacerme… — Aseguré y él me miró con impaciencia.

— ¿Qué tiene de especial como para que lo defiendas de esa manera?

— Lo quiero, Sedyey… Eso lo vuelve especial, al menos para mí. — Él negó con la cabeza al tiempo que murmuraba algo que no pude entender. — No te preocupes, cuando me rompa el corazón… — Me mordí la lengua al mencionar eso. — No voy a negar que todos me lo advirtieron y que fui terco y quise que me destruyera en persona.

— No lo digas ni de broma… — Me regañó. Y puedo presumir que por primera vez vi a Sedyi enojado. — Con su indiferencia te hace sentir invisible y ausente. Te humilla y rechaza para hacerse más importante, no es detallista, no te hace sentir que eres especial y único, te reprime a su lado, te reduce… Es suficiente para mí, lo que menos deseo es verte con el corazón roto.

— ¡Gracias por verme como el chico bueno! — Susurré. — Pero no pierdas la objetividad. Damián no me bajó o robó de algún cielo. Estoy muy lejos de ser algún tipo de ángel alado… — Confesé. — Mi abuelo suele decir que cada decisión tiene su precio y su placer. Elegí a Damian, y al precio que sea lo conservaré.

— ¿Qué? — Preguntó sorprendido.

— Que mi apariencia no debería engañarte… — Le aclaré. — es cierto que Damian tiene por costumbre decir cosas para las que no estoy preparado y me causa dolor, incluso me hace llorar. Pero es solo porque esta tan asustado como lo estoy yo. – Declaré. – Posee esa mezcla autodestructiva de agresividad y soledad. Sin embargo, es muy frágil. Tal y como el invierno…

— ¿El invierno…?

— Sí, solo piénsalo… lo destruye y rompe todo a su paso. Es violento y despiadado, pero porque está desesperado, triste y solo.

— No será que solo lo estas justificando.

No respondí, Sedyey era uno de los mejores conversadores que había conocido en mi vida. Pero tratándose de Damián, se negaba rotundamente a todo tipo de razonamiento. Para él, una persona con las características de Damian es y siempre sería malo. Así volviera a nacer.

Sin embargo, en su momento también debí cuestionármelo. De hecho, aun me lo hago. Con Damián nunca se sabe. Pero sé que hay algo entre nosotros, una luz en mi interior me dice que los días que hemos pasado no han sido falsos. Aunque él se esfuerce por hacerme creer lo contrario.

En ningún momento he pretendido que lo nuestro sea idílico y mucho menos perfecto. Soy consciente que en él hay muchas fallas tal y como las hay en mí, que su impulsividad y su temperamento lo superan en todo momento. Pero sin importar que haga o diga, no puedo dejar de verlo como un simple cachorro asustado, igual que yo. Tan temeroso de todo y de todos como lo estoy yo.

— Sé que mis palabras quizá desentonen con mis acciones. Ponerme a llorar porque he sido rechazado… — Dejé las palabras al aire. — Significa más que eso para mí. Mis labios dicen que yo no quiero esto, por eso peleo y le llevó la contraria. Aun cuando bien podría ceder a todas y cada una de sus peticiones. No me cuesta mucho y lo tendría contento, porque él así… demasiado fácil cuando quiere. Le basta creer que tiene el control. Pero al igual que él, yo también lo quiero a mi manera… ¡Que estúpido! ¿No crees? — Sedyi me dedicó una mirada confusa y arisca. Era mi amigo, claro que su opinión me importaba, pero hasta ahí. No cambiaria en nada mi resolución. — Llamame caprichoso o que me hace falta dignidad. En lo personal, me gusta verme como una moneda con dos caras. Esta no tengo problema en mostrarla al mundo, pero esa otra, la que siempre quiero esconder por vergüenza o que se yo, es así de todos… excepto de él.

Damián ha sido mi único testigo. — No pude evitar mencionar aquello con cierta esperanza, pese a la mirada severa de Sedyey. — No engaño a nadie, salvo a mí mismo. Estoy en esto por decisión propia. Porque no solo lo quiero, lo necesito con todas las fuerzas de mí ser. Él sabe nublar mi razón. Adormece mi mente. Me quita todas las responsabilidades con las que generalmente debo cargar y deja mi cuerpo a su mando. No sé cómo lo hace, pero desde que lo conozco, solo quiero retozar a su lado. Estoy dispuesto a lo que haga falta con tal liberarme de esta ansiedad que me hace sufrir cuando no lo tengo a mi lado… ¿Cuántas veces una persona te ha hecho sentir de esta manera? En mi vida él es el primero y si dependiera únicamente de mí, también sería el único. La forma en la que me toca… Hace las cosas bien, con el alma y con pasión.

— No te reconozco… diciendo todas estas cosas… no sé qué pensar.

— Es mi decisión…

— Una muy estúpida decisión… ¿Cuánto dolor vas a soportarle?

— ¡No le tengo miedo al dolor! — Respondí — Y tampoco tengo el valor para ser cobarde.

Me soltó y se puso de pie para alejarse de mí. Sentí la ausencia de su mano sobre la mía y de cierto modo la extrañé. Algo en mi interior me decía que lo había decepcionado. Pero no me arrepentía. Porque yo quería a Damián y por ese cariño estaba dispuesto a renunciar a todo lo que fuese necesario.

Pero esto tampoco significaba que sedería ante él, no iba a seguirlo como un cachorro a su madre. Mi meta es que é lograra verme como su igual y no como a alguien que puede y quiere dominar.

Quizá aún hay cosas que no logró comprender respecto a él y sobre todo, respecto a mí mismo.  Es posible que lo que Sedyey había dicho fuera verdad, que solo lo estuviera justificando porque mi realidad es mucho peor que sus malos tratos.

Ha decir verdad, no sé qué pasa. Hay ocasiones en las que yo mismo me he sentido perdido.

Tampoco sé que es lo que nos deparan los días por venir. Y la incertidumbre es agobiante y lastimosa. Pero ese mundo en el que nos envolvemos cuando cerramos la puerta y solo existimos él y yo, es un pedazo de paraíso del que estoy dispuesto aferrarme, así deba recorrer el mismísimo infierno para conseguirlo.

— Deberíamos irnos ya… — Sugerí. Sedyi volvió a mi lado y negó lentamente con la cabeza.

— ¿Qué tal un poco de chocolate caliente? — Ofreció y volvió a ser el de siempre. — Cerca de aquí venden uno que esta delicioso…

— Eso estaría genial.

— Entonces vamos…

 

  • SAMKO

 

INFIEL

Tengo atorado un “te amo”, loco, fuerte, tibio, no sé, quizá, tal vez hasta inmoral.

 

— ¡Hola! ¿Por qué tan solo?

— Espero a alguien… — Respondí a secas.

— ¿Tu novio tal vez?

— Mi pareja, en realidad… — Recorrí todo el lugar con la mirada, era mediodía y el restaurante estaba casi lleno.

Era un lugar pequeño pero elegante que recientemente fue inaugurado, las instalaciones era bastante cómodas y brindaba cierto aire confidencial a sus clientes. Mi cita se había retrasado y fue así como terminé siendo interrogado por este sujeto en la barra de bar.

— ¿Me permites que invite un trago?

— No lo creo…

— ¿Por qué no?

— Ya te lo dije… estoy esperando a alguien. — Expliqué de mala manera.

Ignorando me actitud hostil se acercó más. Lo vi sentarse a mi lado y por si eso no fuera suficiente, de frente a mí.

— ¡Me gustas! — Soltó de golpe.

Bebí rápido el contenido de mi copa y la dejé vacía sobre la mesa. Con un gesto de mano, él sujeto a mi lado ordenó que la llenaran de nuevo.

Me sorprendió como el camarero dejó de atender a otro cliente que estaba sentado en contra esquina a nosotros y vino a servirme. — Lo mismo para mí… — Dijo y de inmediato le entregaron su copa. — ¿En que estábamos? A sí… te decía que me gustas.

No respondí, simplemente me dediqué a observar el tono rojizo de mi bebida. — Si salieras conmigo, yo no te dejaría esperando… Ha decir verdad, creo que ni siquiera te dejaría salir de la cama. — Su tono lascivo y su mano que ahora resbala por mi rodilla, me hicieron mirarlo preocupado. — ¿Te gustarían los detalles?

— La verdad es que no… — Intenté decir con convicción, pero sus dedos en mi muslo, me distraían de mis palabras. Estábamos en un lugar público, debería comportarse y yo no debería estar reaccionando ante sus caricias.

— ¿Preferirías que te lo demostrara? — Me miraba y en sus ojos profundos sentí que podía perderme.

— E-espero a mi pareja… — Su mano se deslizó hasta un sitio que no se suponía que debiera tocar, dadas nuestras condiciones de extraños.

— Creo que ya esperaste demasiado. — Agregó y de un salto estuvo de pie aún más cerca de mí. Tan cerca que su respiración me hacía cosquillas en el rostro. Por un momento, creí que me besaría, pues se relamió los labios con tal cadencia que incluso me dio sed. — Voy a llevarte a un lugar más privado…

No fue una petición, mucho menos una orden. Aunque definitivamente tampoco una sugerencia. El caso es que me noté siguiéndolo por el pasillo, nadie dijo nada, aun cuando nos fuimos sin pagar. Tampoco cuando nos metimos a la cocina, aunque en la puerta había un letrero que advertía que solo personal autorizado podía estar ahí.

Salimos por la parte trasera del restaurante y me condujo por otra puerta que no sabía que estaba ahí, pero que nos llevó hasta el estacionamiento.

En cuanto dimos un paso en ese lugar, se aventó a mis labios.

No pude reaccionar, me besaba con hambre, con una ferocidad que me intimidaba. Él dirigía, me había puesto frente a él y de espaldas al estacionamiento. El único que veía claramente el camino y que sabía adonde íbamos, era él. Aunque supuse que me llevaba a su carro.

Sus manos se abrieron paso por entre mis ropas con maestría y una agilidad que me dejó pasmado. En menos de lo esperado, me empujo contra un auto. Sin la menor delicadeza se hizo un espacio entre mis piernas. Sus labios ahora atacaban mi cuello y sus manos estrujaban mi trasero.

Yo había quedado reducido a un cumulo de jadeos y respiraciones agitadas.

Sus manos bajaron aún más y en un movimiento rápido, me levantó. Instintivamente me aferré a su cuello, mientras echaba mi cabeza hacia atrás, dándole más espacio para que su lengua me humedeciera.

Mis piernas se enredaron en su cadera, y me apreté contra él, me sentía inseguro y temía que me dejara caer. Aunque nada en él, me dio a entender que pretendiera hacerlo.

Lo siguiente que escuché fue la alarma del auto que se apagaba y que a decir verdad, no sabía en qué momento había comenzado a sonar. El ruido de la puerta al abrirse y un jadeo involuntario, producto de la sorpresa que me embargo cuando me aventó sobre él asiento trasero, terminaron avergonzándome.

Quise quejarme, reprocharle la falta de delicadeza.

Pero tan pronto sentí el asiento de piel contra mi espalda y de nuevo estuvo a mi lado, para ser exacto, sobre mí. No hizo el intento de sacarme el abrigo, le bastó con desabrocharlo junto con el saco, el chaleco y la camisa. Con mi pañoleta ató mis manos y con el sobrante hizo un nuevo nudo, ahora en el descansa brazos de la puerta que estaba contra mi cabeza.

Me dejó inmovilizado.

Su cuerpo comenzó a moverse solido sobre el mío de forma carnal, casi vulgar. Sus dedos repasaban el zíper de mis pantalones, jugueteando y provocándome. Gemí y él sonrió complacido.

Sus manos tentaron algo más y apretaron con rudeza. Esta vez no fue solo un gemido lo que escapó de mi boca, fue un alarido de puro placer. Su sonrisa se ensanchó hasta casi deformar su rostro, o quizá era yo, que con la vista nublada por el deseo, ya no podía mirar con claridad.

Se deshizo de mi pantalón, pero no me lo quitó, sino que lo bajó hasta la altura de mis rodillas. Y casi podía jurar que el muy maldito seguía tan vestido como cuando se me acercó.

Me regaló un último beso, que fue más una mordida que una caricia y después se separó para darme la vuelta de manera que mis manos quedaran cruzadas y yo de rodillas y con el estómago contra el asiento. Era una pose un poco denigrante dadas las circunstancias en las que había terminado de esta manera.

Tal y como había hecho cuando estuvo sobre mí, se restregaba con fuerza pero ahora sobre mi trasero, como si intentara perforarme con su sexo duro la última de mis prendas y así poderme penetrar. Intenté zafarme, recuperar un poco de todo lo perdido. Pero fue inútil.

Bajó la ropa interior y su hombría se abrió paso entre mis nalgas. Frotándose contra mi piel, mientras me cubría con su cuerpo y una de sus manos llegaba hasta mi palpitante y doliente hombría. Porque una cosa es que su trato me resultara denigrante y otra muy distinta, que no me gustara. Empezó a batirse al mismo ritmo, me sobaba y se restregaba contra mí, sin descanso. La fricción era deliciosa, mi trasero cada vez más húmedo buscaba apegarse más a él. No me importaba que tan vulgar podría verme en este momento, porque su mano experta estaba a punto de hacerme rebozar.

Más que un ser humano, me sentía un animal en celo, así de caliente estaba y así de bien me ponía este hombre. Mi corazón desbocado me cansaba aún más, eso y sostener su peso para que pudiera tocarme a placer.

Su voz ronca llegó a mi oído seguida de una risita socarrona. — Eres tan “fácil” que estas apunto de venirte…— Palabras sucias, solo un aliciente más a mi innegable excitación. — Te pone hacerlo en un estacionamiento…

— Hazlo ya… — Gruñí en medio de mi frustración al sentir como el movimiento de su mano se detenía. Dolía si no me tocaba. — ¿Quieres que te ruegue? Porque te juró que en este momento soy capaz de todo…

— ¿Lo quieres?

— Por mi vida que te quiero hasta el fondo, pero hazlo pronto…

— Vulgar… — Maldito… Lo odie por decirme la verdad, pero estaba demasiado ocupado con mi necesidad, como para que en este momento le riñera por ello.

 — Soy vulgar y me pone hacerlo en un estacionamiento, soy fácil y quiero que dejes de hablar y comiences a moverte, párteme a la mitad si quieres, hazlo sin cuidado, no me importa…   solo hazlo.

No debía quejarme pues fui yo quien le dio permiso, pero no pude acallar el grito de dolor cuando me penetro. Sin la menor preparación y en esa posición tan incómoda, mi cuerpo entero se contrajo. Había entrado profundo y aunque ahora me sentía lleno, también dolía como el demonio. Soy alguien demasiado sensible, que necesita su tiempo para esto y para todo lo demás.

Como si pudiera leerme, se detuvo y sentí sus manos acariciar mi cadera, para después ir dejando besos por mi columna. Mientras su otra mano, volvía a mi hombría y le daba la atención que tanto necesitaba.

El caso era que ya no estaba tan excitado, por ambos lados lo único que sentía era dolor, un dolor vil que incluso me hacía temblar. Fue imposible contener las lágrimas, de por sí que lloro por todo, no es que me sienta orgullo de ello, pero uno tampoco debería negar lo que es.

Y el juego casi estuvo a punto de terminar, sentí su alarma y su completa atención sobre mí.

Empujé un poco, mi lado masoquista salió al asecho y sin importarme el dolor comencé a moverme. Él en cambio se mantuvo quieto, pero permitiendo que me moviera a mí gusto. Los movientes de sus manos me alentaban inconscientemente a no detenerme.

Fue cuestión de tiempo para que mis sentidos se turbaran, llegué a un punto en el que sentía dolor y placer con la misma intensidad. Dolía, pero era un dolor delicioso, o quizá yo estaba demasiado perturbado. El amarre en mis manos se estaba volviendo un problema, me cortaban la circulación y las sentía entumidas.

Tuve que recostarme un poco más, apoyándome con los antebrazos y los codos para quitarle presión a mis muñecas.

— ¿Qué me hiciste para desearte tanto? — Preguntó detrás de mí, al tiempo que se estiraba sobre mi cuerpo y deshacía el nudo del descansabrazos de la puerta.

Por fin… No me iba a quejar, pero no era de los que gusta ser atados, me resulta muy intimidante. Sobo mis manos casi con ternura, aunque el hormigueó en mis manos fue una palomita más en mi lista de dolores.

Creí que me liberaría totalmente, pero solo colocó sus brazos delante de mis hombros, como para aprisionarme entre sus muslos y brazos. Y comenzó a moverse, sin pudor, ni el menor de los cuidados. El dolor volvió a ser intenso, pero lo fue aún más el desenfreno de mi deseo.

Pronto estuve gimiendo de nuevo, por lo general me arrepentía después y siempre me prometía ser más recato la próxima vez. Pero jamás cumplía.

Literalmente estaba mordiendo la piel que forraba el asiento y de todos modos se escuchaban mis gritos, ahora mezclados con sus sonidos, más moderados y excitantemente masculinos.

Sentía que si se hundía medio centímetro más en mí, perdería la razón y me descubrí luchando por zafarme de esa deliciosa prisión de placer que más tarde me cobraría un alto precio. Él bajó la guardia por unos instantes y yo aproveché esto para huir.

Pero a penas y si pude arrodillarme dignamente, cuando de nuevo me empujó pero ahora contra el respaldo del asiento, sin mi consentimiento se hizo espació entre mis piernas, le retenía en mi interior porque en mi nueva posición estaba en desventaja, pero se las arregló para acomodarme sobre él y volvió a hundirse con tal fuerza, que incluso me levantó. Grité ante su ferocidad. Sentía el fuego de su pasión y del dolor que estaba dejando al embestirme con tanta fuerza.

Volvió a hacerlo, salió por completo para enfundarse en mí con violencia. Y fue suficiente… me corrí entre mi abdomen y el respaldo del auto. Creo que esa mancha le iba a contar sacarla y me reí para mis adentros por ello. Toda fuerza me abandonó después, pero me retuvo en esa posición unas cuantas estocadas más. Con la última se abrazó a mí, buscó mi rostro y me beso, se lo permití, de alguna manera también yo lo necesitaba, sobre todo cuando lo sentí llenarme en otro sentido.

Estuvimos un par de segundos luchando con determinación para no olvidar como respirar. Mi mente estaba completamente en blanco y en algún punto comencé a imitar el ritmo de sus inhalaciones. Sin embargo, sin importar cuanto aire luchara por tragar, seguía siendo insuficiente. Su hombría abandonó lentamente mi interior dejándome una sensación de estar incompleto. Algo más salió… lo sentí entre mis nalgas bajando hasta la parte interna de mis muslos.

Él me soltó, solo para acomodarme sobre el asiento, mi cuerpo lapso se dejó manejar. Lo vi acomodarse a mi lado y casi me aplastaba.

— A ver si te compras un estúpido auto más chico la próxima vez… — Me quejé.

— ¡Lo siento! — Se disculpó y me abrazó. — ¿Estas bien? ¡Me asuste cuando gritaste!

— Exactamente… ¿con cuál de mis gritos? — Decidió ignorar mi sarcasmo y una de sus manos se coló por entre mis piernas. Lo dejé continuar, su tacto me gustaba.

Buscó mi entrada y la acarició con la punta de sus dedos. Hice algo poco púdico, pero no iba a arrepentirme ahora. Separé más las piernas dándole mayor libertad para moverse.

— Creo que esto es mío… — Dijo, mientras me mostraba sus dedos mojados en semen.

— Salió de mí… ¿no? — Asintió de inmediato. — Pues entonces es mío.

Sonrió y volvió a lo suyo. Sus dedos me causaban espasmos placenteros cuando simulaban penetrarme. Era un juego delicioso y relajante y no voy a negar, que se esmeró en consentirme y la reacción no se hizo esperar.

Mi erección creció frente a nuestros ojos y no hice el menor intento por cubrirla. Entonces abandonó lo que hacía, solo para masturbarme.

— Aceptaste muy rápido… — Me reprochó en un susurró.

— Es que fuiste muy convincente mi amor… — Me reí. — Además, es a ti al que le gusta hacerme pasar por un “fácil”.

— Dime que a ti te resulta difícil desarrollar tu papel… — Se burló.

—Es que te he extrañado… — Confesé — últimamente no tienes mucho tiempo para mí…

— Lo tendría si quisieras venir a vivir conmigo.

— Ya te lo explique…

— Es que es ridículo que si me amas no estés conmigo…

— No discutamos lo mismo otra vez. — Le pedí. Sus dedos acariciaban mis muslos con suavidad. Su mirada me atrapaba y me hacía suspirar. — ¡Te amo, Gianmarco! — Anuncié mirándolo fijamente.

— Ahora no soy Gianmarco, soy un tipo “X” que conociste en el bar de un restaurante y con el que me estas siendo infiel. — Me reí y él me imitó. La picardía con la que me miraba me resultaba contagiosa.

— Eres un maldito pervertido… — Le acusé.

— Bueno, y hablando de pervertidos no fui yo quien dijo “Soy vulgar… me pone hacerlo en un estacionamiento”.

— No recuerdo haber dicho tal cosa…

 

  • DEVIANT

 

SOLO UN HOMBRE

Un hombre no necesita ser perfecto para hacer feliz a su pareja. Todo lo que necesita es ser el hombre que dijo que iba a ser cuando le conoció.

Volvió al departamento después del mediodía, cuando entró se fue directo a la habitación y tras unos minutos se apareció por la cocina, nosotros estábamos preparando pasta, a decir verdad, era James quien la preparaba. Yo solo observaba a su lado mientras le robaba pedacitos de queso que compartía con Orión.

Lo seguí con la mirada mientras avanzaba hasta la entrada de la cocina, la pared frontal era de vidrios espejo, así que podía observarlo sin que él lo notara. Al llegar al umbral de lo que debería ser una puerta que pese a haber comprado, nunca puse. Respiró profundo y se acomodó la ropa. Gesto que hacía cada vez que los nervios le traicionaban.

Me asusté, porque esto representaba que me pediría que habláramos. Y dadas nuestras resientes circunstancias, era o muy bueno o terriblemente malo.

Entró a la cocina con la incomodidad impropia de alguien que ha vivido aquí los últimos meses como mi pareja y saludó con un frio e informal “hola” que mi hermano no se dignó a contestar.

— Le falta sal… — Dijo James, ignorándolo y hablándome para obtener mi atención, al mismo tiempo que me acercaba el cucharon para que probara la mezcla que sazonaba. — Acercame en bote, por favor…

— ¡Hola! — Alcancé a responder mientras probaba el guisado y le acercaba la sal a James.

— Podamos hablar un momento… — Pidió.

— Tal vez con un poco de Laurel hará que el sabor se asiente. — Intervino James. — No te vayas, quiero tu opinión.

— Solo será un momento James… — Aclaró Han.

— ¿Deberíamos dejar que la carne se consuma un poco más? — Tenía toda la intención de aplicare la ley del hielo. James poseía ese modito puntiagudo de Damián, no en vano lo había aprendido de él. Si alguien le desagradaba, no hacia reparos en ocultarlo. — ¡Ha decir verdad, no recuerdo muy bien cómo se hacia este platillo!

— ¡Volveré en un momento! — Anuncié, quitándome el mandil.

Pero cuando pase a su lado para salir, me rodeó con el brazo impidiéndome avanzar y me devolvió a su lado para justo después entregarme el mandil. Incluso Orión regreso a su sitio en espera de más pedacitos de queso.

— Estamos ocupados… ¿recuerdas? — Me regañó. — Creo que se me ha pasado de sal… ya vez, no debes distraerme.

— ¡No hables como si yo no estuviera aquí! — Reclamó Han y terminando con la distancia que nos separaba y yendo a su lado le arrebató el cucharon de la mano para obligarlo a que le mirara. — Te vi crecer crio, así que tampoco actúes como si no me conocieras. — Llevó la cuchara hasta lo que hervía en la estufa y lo probó.

Con la misma habilidad con la repara lo que cocino, cada vez que lo intento. Lo vi destapar condimentos y dejarlos caer en la comida, para justo después volver a probarlo y entregarle el cucharón a James.  — Necesito hablar con él, así que disculpa que me lo lleve.

Me tomó de la mano e intentó sacarme de la cocina, pero James de nuevo se lo impidió.

— No lo jalonees… — Ordenó. — Un caballero no trata así a su pareja.

Han suspiró rendido mientras asentía. Esa enseñanza él se la había dado a James desde que solo era un niño. Cada que lo corregía, le decía que un caballero no hacía o decía tal o cual cosa. Y que él se lo recordara ahora, fue hasta cierto punto curioso. Pero Han no era como Damian o incluso como yo. Él es noble y no tiene problemas en aceptar y corregir sus errores una vez que le han sido puestos en evidencia.

— Tienes razón… ¡Por favor, disculpame! — Le dijo. — Ambos discúlpenme.

James cedió en su agarré y sin más volvió a lo suyo.

Han se hizo un lado para dejarme salir, y avancé en silencio. En mi interior los nervios me iban traicionando tras cada paso. Sí Han me decía que quería terminar, no se lo negaría. Aunque por nada del mundo era lo que deseaba, la sola idea me causaba gran consternación. Pero si en cambio, me deba a otra oportunidad, iba a esforzarme por corregir todas y cada una de mis equivocaciones. Y esto incluía mantener a mi familia al margen con respecto a nosotros.

Pronto me dio alcancé hasta que terminé siendo guiado a la terraza. Así mucho frio, pero estar a la intemperie me hacía bien, sobre todo si debía discutir temas trascendentes.

— ¿Qué sucede? — Pregunté mientras me recargaba contra el barandal. Han aún se tomó su tiempo para cerrar la puerta tras de sí y después se acomodó a mi lado.

— Últimamente, me sucede de todo… — Dijo y bajó la mirada. Por acto-reflejo lo imité. — ¿Aun tienes dolor? — Susurró bajito, casi con culpa.

— ¡No! — Negué de inmediato. —Es solo justo después…

— Pero ya no sucedía…

— Habían pasado varios días desde la última vez. — Fue mi turno de susurrar y debo decir que el peso de esa realidad termino por aplastarme. No lo extrañaba por el sexo, pero innegablemente había resentido su ausencia.

— ¡Lo lamento!

— Esta bien…

Un incómodo silencio. Más largo del que hubiera querido y más agobiante de lo que esperaba, nos atrapó. Fue lastimero porque había tantas cosas que quería decirle y sin embargo, preferí callar, aunque eran cosas buenas, como que le había extrañado y que lo quería.

— No, no está bien… — Dijo de la nada. — Ari tiene razón… soy de lo peor. — La mención del nombre me llamó la atención… ¿Se refería a nuestro Ari?

— ¿Ariel…? — Indagué.

— Bueno… necesitaba hablar con alguien… — Confesó avergonzado. — A veces es bueno escuchar a las personas que tienen más cerebro.

— ¿Ari dijo que eres de lo peor…? — Pregunté un poco incrédulo.

— No, bueno… se lo dijo a Damian.

— ¿Le dijo a Damian que eres de lo peor? — Han mantenía la mirada baja, así que no me dejaba ver sus gestos, pero en su voz se escuchaba lo avergonzado que estaba.

— No…

— ¿Entonces…?

— Le conté a Damian lo que paso… — Dijo y francamente me sorprendí por ello, tanto que aunque quise interrumpirlo y preguntarle porque lo había hecho, terminé quedándome callado. — Ari estaba con él… Damian dijo que lo dejara pasar hasta que lo olvidaras. Ariel en cambio, dijo que debía venir y hablar contigo. Me abrió los ojos… respecto a todo lo que he hecho mal. Que no fui considerado contigo, y que no me detuve a pensar a que todo este tiempo, yo no era el único que tuvo miedo… que se sintió triste y solo.

— ¿Te dijo eso…?

— Al parecer… Damian y él han estado discutiendo últimamente. — Explicó. — Me lo decía a mí, pero también a él. No voy a ser tan ciego como lo es Damian, no quiero herirte como él lo hizo con Ariel. — Creo que en la madrugada no lo dije y ese día que salí de casa tampoco, pero… ¡Te amo! — Agachó más la mirada y en ese momento supe que lloraba. Mi corazón dolió de verlo así, Han muy rara vez se quiebra, contrario a mí, que aunque en soledad, tengo que derramar mi dosis cada dos o tres días, sin importar si es llanto porque algo me abruma o porque soy muy feliz. Mi padre decía que era herencia de mi madre. — Estos días han sido terribles para mí, porque no sabía cómo volver, sobre todo después de todo lo que te dije. — Confesó. —Pensé que llamarías, que me mandarías mensajes o te acercarías, pero eso no sucedió…

— Dijiste que no lo hiciera. — Le interrumpí.

— Lo sé amor… lo sé y no sabes cuánto lamento haber dicho esa estupidez. — Por primera vez desde que comenzamos a hablar, me miró. Colocándose de frente a mí y pude ver sus lágrimas manchando su rostro, algunas caían hasta el piso y otras rodaban por su cuello y se perdían en su camisa. No era un llanto histérico de ese en el que te convulsionas sobre ti mismo, sino uno de esos en los que el rio de tus ojos se desborda y simplemente no puedes contenerlo. — Eres lo único que tengo en esta vida, nadie en el mundo me quiere más que tú y nadie en este mundo te ama más que yo.

Se cubrió el rostro con ambas manos y quiso alejarse, pero no se lo permití. A estas alturas ambos llorábamos, pero era Han quien más descontrolado se encontraba. No porque yo lo sintiera menos, sino que quizá, ya había llorado demasiados y mi depósito de lágrimas estaba en sus niveles más bajos.

Avancé hacía él y lo abracé.

En cualquier otro momento hubiera hecho un drama, le hubiera gritado y echado en cara mi dolor hasta hacerlo sentirse todavía más culpable. Hoy no, porque lo amaba.

Y porque pese a lo que pudiera parecer, no era un hombre que necesitara de muchas explicaciones, su “te amo” fue suficiente desde el principio. Han era mi complemento, de eso estaba convencido. Nos amábamos, pero no estábamos exentos de malos entendidos y discusiones.

Él se aferró a mí y resguardó su rostro entre mi cuello, aunque su llanto me mojaba y con ello sentía más frio, no lo aparte. Le permití ser su pañuelo de lágrimas como tantas veces lo había sido él de mí.

— ¡Perdoname amor! — Pidió y yo… ya casi había olvidado todos estos días sin él.

— Con una condición… — Respondí con seriedad y lo separé un poco pero con delicadeza. Han me miró entre preocupado y asustado, acaricié su rostro para calmarlo. — Se mío esta noche. — Aunque se suponía que era una exigencia, realmente se lo estaba pidiendo.

No lo dudo… bueno, no mucho.

Pero al final acepto. Y frente a mí, se convirtió en el hombre de nuestros primeros días de relación, sus labios buscaron los míos, pero se detuvo justo antes de tocarme. Era su manera de demostrarme que estaba resuelto a cumplir cualquiera de mis disposiciones. Se me ofrecía y tal cosa era difícil… imposible de rechazar.

Nuestros labios se abrazaron en un beso íntimo y profundo. En el que yo le contaba lo triste y solo que me había sentido sin él y Han a su vez, me reconfortaba lamiendo y abrazando con ardor mi boca en la suya. También sus labios contaban una historia de desconsuelo y la bebí de su boca como si no hubiera un mañana.

 

  • ELIAS

 

EL HEREDERO

Pequeñas heridas de grandes cicatrices…

 

— ¡Ya tienes un hijo muerto! — Grité, al ya no poderlo soportar más. Las palmas de mis manos se azotaron contra la mesa de cristal con tal fuerza que creí que la rompería. — Si no quieres enterrar a otro… dejame en paz.

En ese momento no me importó que hubiera más personas a nuestro alrededor, ni mucho menos, pensé en las consecuencias que lo que había dicho me traería con mi padre. Porque él… definitivamente no iba a dejarlo pasar.

Pero había rebasado mi límite y exploté.

Los comensales siguieron mi dramática salida y también pude sentir la pesada mirada de mi padre a mis espaldas. Pero era ahora o nunca.

Todo este tiempo había vivido callando y asintiendo. No importa cuán en desacuerdo estuviera, debía hacerlo por el simple hecho de que él lo hubiera ordenado. Y ya estaba cansado y arto de todo esto. Estaba molesto conmigo por no tener el valor de tirar del gatillo de la pistola que tantas veces me había puesto en la sien.

No lo hacía porque era un cobarde. Esa era la verdad…

Aun si Janelle intentaba convencerme de que no lo hacía porque realmente no quería morir. Que en el fondo entendía que esto no sería para siempre.

Pero vivir junto a mi padre, era tanto como no estarlo.

Con él no había lugar hacía dónde poder escapar, ya lo había intentado antes y siempre terminaba encontrándome, lastimándome. Manteniéndome a raya con sus incesantes amenazas, subyugando mi voluntad y desacreditando ante el mundo.

Tanto era así, que al llegar a la puerta ya me esperaba su comitiva. Tres hombres a cada lado y su auto aparcado a la orilla de la acera con la puerta trasera abierta. Uno más a la espera de que no saliera corriendo… otra vez.

Por lo menos… podía presumir que les había dado verdaderos dolores de cabeza, a tal punto, que si por ellos fuera, me disiparían y vaciarían sus pistolas agujerándome aquí mismo. Pero no podían tocarme, porque pese a todo, era el “heredero”.

Inmunidad que había traído tantas ventajas como desdichas a mi vida. Si bien, podía regodearme de privilegios, pero no tenía libertad. No la tendría mientras él viviera y casi estoy seguro que antes de morir, ya se las habrá ingeniado para mantenerme sometido aunque sea a su recuerdo.

— No empeores las cosas… — Dijo Andrés, parado justo detrás de mí. Me asusto porque no lo había escuchado seguirme. — ¡Esta furioso! — Él era el hombre de confianza de mi padre. Me sujetó por el brazo y me condujo al auto.

No me resistí. Todo lo contrario, con el orgullo herido hice lo que me ordenó.

Terminé encerrado en el auto y con la herida abierta. Una vez más, había sido vencido mucho antes de siquiera poder dar el primer golpe.

Mi padre salió a los pocos minutos. Detrás de mí, una limusina se estacionó casi al mismo tiempo.  La puerta del copiloto se abrió y un hombre alto caminó hacia él. Los vi intercambiar palabras y después señaló en mi dirección, disimuladamente el hombre volteó.

Aparté la mirada de la ventana y la clave en el piso. Podía sentirlo… Nada bueno iba a resultar de esto. Mi chofer chofer bajo del auto y le entregó la llave al que de la limusina. Quien de inmediato ocupó su lugar.

Estaba tan pendiente del intercambio de choferes que no me di cuenta del momento en que mi padre y toda su comitiva, se fueron en el auto de atrás, todos a excepción de Andrés. Quien seguía resguardando mi puerta, como desde que me ordenó que entrara al auto.

El sujeto que había hablado con mi padre, hizo señas de querer entrar a donde yo me encontraba, pero Andrés no se lo permitió. No le quedó de otra que irse al asiento del copiloto.

Fue entonces que Andrés entró y se sentó frente a mí.

— ¿Qué sucede? — Le pregunté alarmado, odiaba este miedo de no saber qué sería de mi suerte.

— ¡Lo siento, Elías! — Esa fue su única respuesta.

Y no necesite más. Solo en dos ocasiones había sido condescendiente conmigo, tal y como hoy, era debido a los castigos que mi padre me imponía. Y son situaciones que jamás voy a olvidar.

Ya sé que no soy un niño, pero no pude evitar llorar en todo el camino, las puertas se aseguraron desde el control de adelante, y fueron la prueba de que todo era real.

— ¡Ayudame! v Supliqué, pero Andrés negó lentamente. — ¡Por favor!

— Sabes que no puedo hacerlo… Será mejor que no te resistas. Y no les dejes verte así, terminara más rápido de lo que crees.

 

No… no fue rápido. Pero si muy doloroso… de principio a fin.

Andrés lo observó todo sin intervenir. Al menos, eso creo. En algún punto, cuando el dolor fue insoportable, simplemente me dejé ir.

Cuando desperté, estaba en el hospital. Ningún hueso roto y hasta cierto punto eso era novedad. Podía escuchar a mi padre contarles a los doctores sobre mi “asalto” y que los sujetos al darse cuenta de que no llevaba gran cosa, me golpearon a tal punto que terminé ahí. También dijo que ya había interpuesto la demanda y que esperaba que pronto se me hiciera justicia.

Y muy en el fondo, yo también lo esperaba.

Las enfermeras fueron las primeras en notar que estaba despierto y se acercaron para revisarme, movían los tubos a los que estaba conectado, me tocaban y no podía quejarme. Pero incluso respirar me dolía, sin embargo; nada se comparaba con el dolor que llevaba dentro, por muy dramático que se escuchara.

Todo fue peor cuando me dejaron a solas con mi padre. La forma altanera en la que se acercó a mí y la frialdad de su mirada, me hizo estremecer.

— Sé que este arrepentido de lo que dijiste cuando estábamos en el restaurante… me aseguré que así fuera. — Dijo casi con burla. — También sé que no vas a volver a desafiarme… ¿cierto?

No podía hablar… coraje, impotencia, dolor, frustración, mi cuerpo lastimado, quizá la suma de todo, pero me fue imposible articular palabra, aun así, él esperaba. No me quedó más remedio que asentir.

— ¡Bien! — Me apremió. — Y que no se te vaya ocurrir de nuevo eso de ir con la policía y decirle… “mentiras”, recuerda que es tu palabra contra la mía. Y si lo haces… los que te hicieron esto, visitaran a ese amigo tuyo… ¿Cómo es que se llama? — Supe desde el primer momento que no se trataba de que no lo recordara, solo intentaba hacérmelo más difícil. – ¡Ah, sí! Janelle…

La sola mención de su nombre me llevó al borde de las lágrimas, mismas que no pude contener… ¿Por qué tenía que ser así?

— ¡No! — Alcancé a decir.

— ¡Esta bien, tranquilo! — Fingió querer calmarme. — Si te portas bien yo también lo haré… Incluso puedes quedarte en su casa los siguientes días, porque no vas a llegar a la nuestra en esas fachas. Después de todo, no debemos preocupar a tu madre…

De nuevo asentí y por suerte, su “visita” no duró mucho tiempo más. Se despidió de mí como si yo no estuviera en esta situación por disposición suya…

— Ah, por cierto, Elías… — Dijo mientras abría la puerta, pero se detuvo y se giró para mirarme. — Ya enterré a un hijo… no me importaría enterrar a otro, si también te vuelves contra mí.

Lo odiaba… No soportaba verle. Y por encima de todas las cosas, jamás, realmente jamás, le iba a perdonar lo miserable que había vuelto mi vida.

 

  • JAMES

 

UNA PAREJA DE TRES

Bienaventurados los que olvidan, aunque vuelvan a tropezar con la misma piedra.

 

No es necesario ser muy inteligente para saber cuándo estas de más en un lugar. Y al parecer, esos dos pensaban tomarse ahí mismo en la terraza… aunque se congelaran en el proceso.

Observé la escena con la incomodidad propia de quien sabe que uno de los actores de la obra es “su hermano”, pero feliz de verlos juntos de nuevo. Aunque por lo general son empalagosos, cursis y siempre están, literalmente, uno encima del otro. Es preferible a verlos sufrir a solas.

Bueno, no sería yo si no les arruinara el momento.

Con eso en mente fui hasta la puerta corrediza y la abrí de forma ruidosa, obligándolos a separarse. Los miré fríamente… como si les reprochara su actuar.

— Esta lista la comida. — Dije a secas. — Los dos, a la mesa… ¡ahora! — Sin decir más, volví a la cocina.

Escuché como Han le preguntaba a Deviant, si yo le iba disculpar. A lo que mi hermano le respondió que ya le había invitado a comer y que si compartía mi comida con él, es porque ya no le odiaba tanto.  Y era verdad, jamás compartiría mi comida con alguien a quien detesto.

Me reí a mis adentros. Siendo honesto, no es como si mi opinión importara tanto o por lo menos, eso creía. Cuando volví, ellos ya habían ocupado sus lugares en la mesa. Puse la pasta en el centro y volví por la carne y el pan con mantequilla.

Serví tres platos, y los repartí. Porque obviamente me quedaría a estorbar hasta que la comida finalizara. Ya la había preparado, lo mínimo que merecía, era poder comerla.

Pero decidí que aun los haría sentirse incomodos, por un momento más. Con eso en mente, les obligué a comer en silencio. En los años que llevo de conocerlo, si hay algo que Han no soporta, es precisamente eso.

— ¡Lo siento! — Soltó de la nada, cuando ya no puso soportarlo más.

— Más te vale que así sea… — Respondí cortante. — Deviant es lo más importante en mi vida y también en la de mis hermanos. Y si de algo valoras la tuya, será mejor que no te metas con nosotros. — Él asintió y realmente lo vi arrepentido. Mi buen ojo de hermano me lo dijo. — En todo caso, yo también lo siento… — Agregué sin mirarlo. — Sé que últimamente te he dado muchos problemas y me disculpo por ello, pero que quede claro, que eso no te da derecho a desquitarte con Deviant. — Fue como una especie de disculpa-regaño. Y era lo máximo que estaba dispuesto a ofrecer.

Entonces, volvimos a quedarnos en silencio. Pero en esta ocasión fue incómodo para mí, porque había querido decirle algo… pero ahora, ya no me atrevía.

— ¿Qué sucede…? — Me preguntó, como si hubiera notado que mentalmente me debatía por hablar. — Si hay algo más que quieras decirme, lo escucharé hasta el final. — Aseguró — Sabes que tu opinión siempre me ha importado y a Deviant también. Porque eres parte de nosotros…

Esas palabras fueron más que un aliciente para mí, me gustaba escucharlas porque tenían un significado especial y sabía que Han no las decía solo porque sí. En muchas ocasiones deseé que Damian fuera como él, que me bridara esa misma atención y cuidado que Han no hacía reparos y que pese a también querer a Samko, tampoco le daba, al menos, no de la misma manera que a mí.

— Bueno… sucede que el lunes… — Dudé de nuevo y aparté la mirada de él, no la bajé, nunca lo haría, pero decidí mirar a la ventana.

— ¿Qué hay con el lunes? — Me instó a continuar.

— Habrá… una… exposición de fotografías en la universidad. Por si quieres ir… es a las doce del mediodía. — Fui bajando la voz mientras hablaba hasta que terminé casi susurrándolo.

— Iré… — Aseguró. Y por alguna razón me sentí más tranquilo.

— ¡Bien! Entonces ya me voy… — Dije incómodo, mientras recogía mi plato.

Deviant reía y Han… bueno, él parecía tan avergonzado como lo estaba yo.

De alguna forma, ellos dos eran una familia sustituta para mí. Desde que Damián me trajo con los Katzel, me apegué a Deviant y nunca le solté. Han ya estaba y no pareció importarle el “niño pequeño” que lloraba y pataleaba cada vez que querían alejarlo de “su hermano-madre” Deviant. Me adoptaron como tal y me llevan con ellos a todos lados.

Aun ahora que yo ya era un adulto. Si hay un viaje o algo importante por hacer, me incluían. También aplica para idas al cine y a comer.

— Nuestro hijo va a tener una exposición de fotografías… — Susurró mi hermano y de reojo alcancé a ver a Han asentir mientras le sonreía.

Ese era el gran secreto, la razón por la que Han se sentía tan comprometido conmigo y por la que yo, aun si lo disimulaba, le quería.

  • TERCERA PERSONA

 

UN BESO

Necesito no caer en el remoto riesgo de necesitarte

 

Tras recibir una llamada de parte de una de las chicas del trabajo, avisando que el padre de Sedyey visitaría el centro comunitario en la noche y que necesitaban las cosas que habían quedado en llevar para la decoración de los salones de juego. El chocolate tuvo que ser para llevar.

Llegaron quince minutos después. Detrás de ellos la camioneta de Taylor también se aparcó.

— ¿Dónde estabas? — Atacó, en cuanto bajó del auto. — Tu padre me está volviendo loco… — Sedyey se escondió de hombros ante la molestia de Taylor sin saber que decir. Ariel bajó en ese momento, con una caja repleta de adornos. — Ah, ya entiendo… perdías el tiempo con “esta cosa”. — Mal miró a Ariel, quien por hacer malabares con la caja, no lo notó. Pero si vio como el hermano mayor de su amigo, entraba al edificio con total dramatismo.

— ¿De qué “cosa” hablaba? — Preguntó Ariel, cuando Sedyey le quitó la caja.

— No le hagas caso…

Estaban en esto cuando una fila de niños entre cinco y siete años apareció por la puerta, encabezada por Taylor. En orden bajaron los escalones y siguieron al mayor hasta la cajuela de su camioneta. Eran aproximadamente unos quince niñitos, que vestían sus uniformes del centro comunitario.

— ¡Taylor! — Le regañó Sedyey al ver cómo le entregaba cajas pequeñas o bolsas a cada uno de los niños, mientras ellos rodeaban su auto y volvían al edificio. — No se supone que los debas hacer trabajar. Tu deber es cuidar de ellos…

— No están trabajando… porque por ningún motivo repartiré el mísero sueldo que me das, con ellos. — Aclaró. — Esta “fiesta es por ellos”… ¿no?

— ¿Qué con eso? — Evadió la pregunta Sedyey.

— Que no les cuesta nada dejar de mirar televisión y ayudar un poco.  — Sedyey reviró los ojos mientras negaba con la cabeza. Su hermano apartó la mirada de él y la devolvió a los niños. — ¿Y ustedes que…? ¡Apúrense que todavía van a limpiar el tiradero de juguetes que dejaron regados!

Una vez que la cajuela quedó vaciá, Taylor la cerró y fresco como una lechuga se dispuso a entrar de nuevo.

— ¿Y qué vas a cargar tú? – Atacó de nuevo Sedyey, no es que él estuviera haciendo mucho, pues se había quedado mirando mientras Ariel ya daba la tercera vuelta acarreando adornos.

— ¡Nada! — Contestó como si fuera obvio. — Para eso están los enanos…

— ¡Pues lleva esto! — Ordenó y de mala forma le entregó la caja de adornos que minutos antes cargaba Ariel. — Y deja de llamarlos enanos… son niños.

— Sí papá…

Sedyey traspasó a su hermano con la mirada. Quien le ignoró desde el primer momento. Ariel sonreía, pero guardaba cierta distancia de Taylor.  Él ya se había acostumbrado a verlos discutir por todo y le hacía mucha gracia que aunque Sedyey fuera el menor, tuviera que estar siempre corrigiendo a Taylor.

Su relación con el mayor de los Fosket no era buena, pero Ariel siempre le daba por su lado. No podía decir que le desagradara, por muy extraño que resultara, había algo en él que le gustaba. Y es que en general, Taylor, a quien secretamente Ariel llamaba por su segundo nombre, era muy divertido y le gustaba como podía decir babosadas con total seriedad. Aunque a Sedyey le molestaba el que fuera tan juguetón, para Ariel, era tanto como ver otro niño, solo que mucho más grande y particularmente… guapo. Pero ese era un secreto que el menor cuidaba con recelo.

— No entiendo porque mi padre insiste en mantenerlo aquí…

— Quizá sus métodos son un poco cuestionables… — Intervino Ariel — Pero no puedes negar que sus resultados son excelentes. Sus niños son muy inteligentes y ya todos saben leer.

— Tus niños son felices, te aman… y también saben leer. Teniendo en cuenta que son menores que los suyos, no le daré ningún crédito a él.

El centro comunitario estaba formado por cuatro áreas. Dos de las cuales eran exclusivamente para niños. Sedyey era el segundo en orden jerárquico y él responsable del buen funcionamiento del lugar.

Contaban con tres “profesores-cuidadores” fijos, que se encargaban de enseñar cosas básicas, como leer, diferenciar colores, escribir y matemáticas muy simples. Cada profesor estaba a cargo de un grupo mixto de niños, Taylor tenía uno de los grupos más grandes con diecisiete niños, que bajo su asesoría, parecían más pequeños soldados. Y Ariel estaba a cargo de quince niños, los más pequeños. Sus edades iban desde los tres hasta los cinco años.

Sedyey también tenía un grupo, de tan solo ocho niños que cuando no había ocupaciones que requirieran de su atención, cuidaba y enseñaba. Pero que cuando no le era posible, intentaba repartir en los demás grupos, excepto en el de su hermano.

Y es que Taylor tenía esa apariencia que asusta, pero era muy maldoso y los que cuidaba por igual. Sus niños eran bien portados con él pero traviesos con los demás. Habían sido entrenados para ser territoriales y exigentes, se cuidaban entre ellos y se cubrían si le hacían maldades a algún otro niño que no perteneciera a su grupo. La maestra que estaba a cargo del tercer grupo, los llamaba pequeños maleantes, vándalos que eran dirigidos por Taylor quien observaba todo desde su trono de príncipe y sonreía.

— Tus niños también te quieren… — Agregó Ariel. — Incluso los míos se ponen contestos cuando vienes a visitarnos. Todos te queremos mucho.

Ariel hizo el comentario para alentarlo, pero Sedyey no lo tomó de esa manera. No quiso tomarlo como un simple cumplido y cuando Ariel volteó para bajar las demás cosas, Sedyey atrapó su rostro envolviéndolo con sus manos y lo beso.

Taylor observó toda la escena desde la ventana. Pero no fue el único. Algunas de las chicas que colgaban los adornos, también los vieron.

 

  • SEDYEY

 

CASTILLOS EN EL AIRE

Si cortas el hilo se deshace el tejido.

 

Durante los últimos días estuve balanceándome entre ambos extremos de la marcada línea que él había trazado entre nosotros. Haciendo malabares por mantenerme firme y no cometer algún error que lo llevara a perderme la confianza.

Pero los límites comenzaron a hacerse cada vez más borrosos. Sus constantes problemas con Damian lo habían vuelto mucho más distraído, más sensible y por ende, mucho más tolerante.

De su “lado derecho” mi título era el de un amigo, pretendiendo presumir, quizá podría decir que uno de sus mejores amigos. De su “lado izquierdo”… ese con el que últimamente me ha dejado coquetear a mis anchas, era un hombre que podía pretender muchas cosas, a saber, hacerlo reír hasta que se sujetara el estómago y a suplicas pidiera auxilio porque su ataque de risotadas incesantes, no le permitían respirar. Me dejaba ser  galante en aspectos como abrirle la puerta del auto, acomodar su silla, acercarle cualquier cosa que necesitase, aun sí a mí me quedaba más lejos de lo que a él. Hasta presentarlo y presumirlo con mis amistades.

Se había tomado tanta confianza que Incluso había accedido a dejarme cortejarlo.  Era consciente de que él no lo era… que no entendía a cabalidad a donde quería ir con todo esto, y que únicamente accedía para que dejara de presionarlo. Y lo acepto, me he valido de esto y de que últimamente esta triste y desanimado, para obtener un poco más de él.

No me arrepiento y sé que Ariel tampoco lo hace, pues aunque al principio se muestra incomodo o inconforme, es cuestión de tiempo para que se acostumbre y actué como si nada. Cuando nos quedábamos a solas, se vuelve muy atento y amable conmigo, me sostiene la miraba con fijeza para después sonreírme coquetamente. Come de mi plato y bebe de mi vaso, me permite tocarlo, aun cuando ambos somos conscientes de que no hay necesidad de hacerlo. Es paciente si lo abrazo, cosa que hago a menudo. Y ante las murmuraciones de nuestros compañeros de trabajo con respecto a “nuestra relación” él no acepta ni niega nada.

Todo esto me hace pensar que no le soy tan indiferente. Sin embargo, tratando de embrollarlo, el que se confundió fui yo.

Las cosas se me salieron de control y me di cuenta que no lograba apartarlo de mi mente. Que me sentía ansioso cuando no lo tenía a la vista y que de cierta forma, el que lo llamaran “mi favorito” o dijeran que parecíamos un par de “tortolos enamorados”, no me molestaba en absoluto.

Aun si lo que implicaba, representaba un cambio trascendente para mí. Sentía que si lograba tenerlo a él, entonces podría tenerlo todo. No es que lo que quisiera como una especie de trofeo, no, eso jamás. Ariel realmente me importa, me gusta y le tengo un cariño sincero que está dispuesto a crecer y convertirse en algo más, si tan solo me diera la oportunidad.

Ya no quiero ser un simple observador, mientras alguien más lo hiere. Me dolía la esperanza que él había puesto en Damián, porque estoy plenamente convenido que ese tipo no se lo merece. No merece nada de lo que Ariel pueda ofrecer.

Después de nuestra conversación en el bedel, me sentí perdido y en cuanto vi la oportunidad, me olvidé de los límites y presuroso fui al encuentro de lo que anhelo.

En algún momento mi mente dijo que estaba poniendo en juego mucho, pero no pude ni quise detenerme. Era ahora o nunca, el todo o el nada.

Su sorpresa no se hizo esperar, y sus manos rodearon las mías, pero no me apartó y al ser consiente de mi convicción él solo cerró los ojos y se dejó hacer. Que se abra la tierra y me trague entero si eso no significaba que él también lo deseaba.

“Dulzura en unos labios rosa pálido”.

Suaves, tersos y ligeramente húmedos, debido a su vicio de lamerlos. La adrenalina recorriéndome las venas y la sensación de que mis pies abandonan el piso. Un calor intenso que me subía por el cuerpo, consumiéndome.

Él suspiró y juro por mi vida que mientras lo besaba, el motivo de su suspiro era lo de menos.

Presioné con fuerza y como respuesta Ariel se encogió, mientras un gemidito abandonaba su boca. Fue ahí el final de mi cordura. Realmente estaba sucediendo, y a mi mente vino el recuerdo de todo este tiempo que he tenido para observarlo, sonreí sin soltarlo y volví a presionar, en esta ocasión, mordiendo sus labios con suavidad. Fueron apenas segundos, pero casi suficientes para mí.

Separándome muy ligeramente, lamí la parte que había sostenido entre mis dientes. Fue mi turno de suspirar… y es que de sus labios una seña particular me atraía con fuerza.

Su boca es de tamaño pequeño, pero sus labios son ligeramente gruesos, sobre todo el inferior. Y una línea natural lo divide justo por la mitad, dándole esa apariencia tan apetecible. Atrapé entre los míos, las dos pequeñas columnas que sostienen su arco de cupido. La delicada protuberancia que sobresalía de su labio superior y descansaba sobre el inferior, fue mi punto de referencia para dividir su boca en cuatro deliciosas y provocativas partes.

Besé sus comisuras y volví al centro, quería profundizar pero él seguía sin corresponder.

Y tristemente, no importa cuánto detalle pueda poner en la descripción de esta caricia tan sublime. Ni si podría llenar hojas enteras detallando todo lo que algo tan inocente como un beso, causo en mí. Porque en realidad… fue efímero.

Y cuando comprendí que realmente estaba besándolo, nuestro momento ya había terminado. Y Ariel aun con sus ojos cerrados, se mostró aliviado de que así fuese. Hecho que innegablemente me dolió.

Besé la punta de su nariz, sus parpados y dejé uno último en su frente. Quizá era una forma ingenua de redimirme ante él, muy posiblemente, solo una excusa para seguir besándolo.

— Es justo que sepas que él no es tú única opción. — Susurré.

— Sedyey… — Susurró con cansancio.

— Es que… Tal parece que si no te lo digo con todas las palabras, no vas a notarlo por ti mismo. — Le reproché con dulzura. — Como tú le quieres a él yo te quiero a ti… es probable que incluso en este momento ya te esté queriendo más. Y si tú quisieras elegirme, no me alcanzaría este mundo para hacerte feliz. Sé que puedo hacerlo… ¡Por favor! ¡Dame una oportunidad! — Mis esperanzas estaban puestas en su respuesta.

Pero él de inmediato negó con la cabeza. Y alejándose de mí, se apresuró a entrar.

 

  • TERCERA PERSONA

 

DESTRUYENDO CASTILLOS

Mi corazón tiene esa mala costumbre de gustarle lo prohibido.

 

Ariel trastabillo un par de veces, pero alcanzo a entrar al edificio sin caerse. Se sintió avergonzado cuando se dio cuenta de que les habían visto. Había entrado tan de repente que no les dio tiempo de que cada uno de sus espectadores, fingiera que no estaban amontonados en las ventanas, observando. Fue la primera vez que Ariel paso de largo sin saludar y también la primera en que la se encerraba en el baño.

Tras cada segundo que pasaba su vergüenza se iba convirtiendo en culpabilidad. Se había besado con otro hombre, la noticia era muy mala… se había atrevido a manchar los recuerdos de los besos que hasta ahora, había compartido con Damian, al permitirlo. Al no impedirlo y sobre todo, al no rechazar a Sedyey.

Lo que había hecho lo convertía en una mala persona, al menos, eso era lo que él creía. Instintivamente se cubrió la boca con la mano derecha. Sin importar la situación tan triste en la que ahora estaba con Damián, el besarse con otro hombre significaba algo terrible.

— Fui infiel…

Lo dijo con dolor, como si hubiese hecho algo verdaderamente terrible, irremediable. Con la manga de su abrigo se tallo los labios con fuerza sin importarle si se hacía daño. — Damian no me lo va a perdonar… — La sola mención del nombre, le hizo estremecerse.

Con la espalda contra la puerta, se dejó caer al piso. Escondió su rostro entre las manos y dejó que la culpabilidad lo venciera. Y aun si cualquier otro pudiera creer que un beso no era para hacer tanto alboroto… porque en sí, no lo era. Para Ariel… esto lo convertía en el peor de los hombres que en algún momento hubieran pisado la tierra.

Porque él no era así… él no se besaba con nadie más que no fuera la persona que quería, su moreno de ojos color ámbar. Quien muy seguramente se decepcionaría de él en cuanto lo supiera. Porque tampoco iba a ocultárselo. Ariel sabía que debía confesarle lo que había hecho, comprendía que si lo dejaba pasar Damián tarde que temprano se enteraría y todo sería mucho peor.

Pero también sentía miedo de la reacción del mayor y de lo que le diría. No quería volver a escuchar palabras hirientes de su parte, no quería que siguieran peleando.

— ¿Ariel…? — Sedyey le nombró del otro lado de la puerta. E instintivamente se cubrió la boca. No quería verlo en este momento, a él menos que a nadie. — Ari… sé que estas adentro, por favor… dejame pasar. — Pidió. — Necesitamos hablar de esto.

Otra voz se escuchó cerca, en un principio no pudo reconocerla pero después no lo quedó duda de quien se trataba.

— Es un poco tarde para que se arrepienta… ¿no? —Dijo Taylor, con el sarcasmo a flor de piel.

— No es asunto tuyo… — Le recordó Sedyey de forma cortante.

— Solo decía… es que, no tiene caso que haga esto cuando ya todos lo vieron. — Agregó. — ¿Cuánto crees que tarde en regarse la noticia?

Como de rayo, Ariel se puso de pie y abrió la puerta. Salió para enfrentar a Taylor, dejarle en claro que no iba a permitir habladurías, pero al salir ya no lo encontró. Solo había venido a soltar palabras al aire y con la misma se retiró.

— ¿Ari…? — Le nombró Sedyey intentado obtener su atención.

— Ahora no… — Respondió e intentó rodearlo para alejarse, pero Sedyey lo atrapó y poniéndose por delante de él, le obligó a detenerse.

— No pensé que reaccionarias de esta manera. — Se defendió. — No fue mi intensión.

— No te estoy culpando de nada…

— Pero me estas evadiendo… — Reparó Sedyey. — Y ese no es el punto.

— El punto es… que estuvo mal. — Explicó Ariel, mientras bajaba la mirada. — Y no debe volver a suceder.

— ¿Por qué estuvo mal? ¿Crees que él no lo hace? — Lo dijo por resentimiento, porque no tenía pruebas que lo confirmaran, pero deseaba como nunca poseerlas y así quitarle la venda de los ojos al menor. — Le tienes tanta fe… que raya en lo absurdo. No quieres reconocerlo, pero a él no le importas. No de la forma en la que me importas a mí. — Había levantado la voz más de lo necesario y ahora, los que estaban a su alrededor, de nuevo les miraban.

— No tiene nada que ver contigo…

— ¿Qué no tiene que ver conmigo…? — Le interrumpió el mayor.

— Lo que Damian haga o deje de hacer y si soy absurdo o no… es solo cosa nuestra. — Ariel intentaba sonar medido, pero la verdad es que estaba a punto de perder los modales.

— ¿Por qué Ariel? — Sedyey le devolvió una mirada herida que hizo que el menor se sintiera desarmado. — Después de todo lo que me has hecho sentir por ti.

— No te di motivos…

— ¿Qué no me los diste? — Cuestionó con incredulidad. — ¡Por supuesto que lo hiciste! — Aseguró ante la mirada incrédula de Ariel. — Me coqueteabas y cuando estábamos a solas, me permitías tocarte. — Sedyey se lo echó a la cara, sin importarle quien los escuchaba. — En ese momento era conveniente para ti el tenerme a tu lado, porque estabas en líos con él… pero no importa cuánto quieras negarlo ahora, sé que no te soy indiferente. — Ariel desvió la mirada. No esperaba tener que enfrentarse a esto, justo en este momento. Ya era suficiente haberse besado con él, como para encima de todo reconocer que Sedyey no le era del todo ajeno. — Estas confundido con respecto a lo que sientes y es solo porque también te gusto… ¡Atrevete a negarlo! Mirame a los ojos y di que no sientes nada por mí.

Lo hizo, levantó la mirada y la centró en la castaña.

Sedyey contuvo el aliento, temiendo lo peor. Pero Ariel volvió a inclinarla. Fue apenas unos segundos y después la devolvió hacia el mayor.

 — Me gusta más él… ¡Lo quiero a él! — Dijo con serenidad. — No importa lo que yo pueda sentir por ti o por cualquier otro, jamás va a compararse con lo que siento por Damian. Y si por esto debo perderte, pues lo aceptaré. Estoy dispuesto a renunciar a todo… menos a él.

— Ariel…

— ¡Lo lamento, Sedyey! — Se disculpó. — Me duele decirlo, porque te he tomado mucho cariño. Pero si no puedes mirarme únicamente como a un amigo… como lo que realmente somos. Será mejor que dejemos esto por la paz. — El mayor entrecerró los ojos como si no creyera lo que escuchaba. — No voy a imponerte mi presencia. Me iré ahora mismo si así, lo deseas. Aunque preferiría quedarme hoy… ya mañana podrás buscar a algún nuevo cuidador para los niños.

— ¿Estás hablando enserio?

— Jamás he hablado tan enserio. Quiero a los niños y a ti, pero…

— Lo quieres más a él… — Terminó la oración por él y Ariel asintió. – A sí que amigos… ¿Es eso…? — Ariel le miraba con reserva, como temiendo que al igual que Damián, en algún momento se pusiera a gritarle. — Dejame preguntarte algo… — Agregó el mayor.  Ariel asintió. — ¿Me crees cuando te digo que te quiero? ¿Qué me gustas como hombre? — El menor dudó sobre lo que debía responder y Sedyey lo notó. — Solo dime la verdad… ¿Me crees… sí o no?

— ¡No, no lo creo…!

— ¿Por qué?

— Porque no me quieres de esa manera… aun si te empeñas en creer lo contrario. — Respondió de inmediato. — Esto no es lo tuyo y lo siento… pero tampoco se me hace gusto que quieras experimentar conmigo.

— ¿Experimentar…? — Repitió. — ¿Cuántos hombres te han gustado antes de Damián?

— Ninguno… — Dijo Ariel. — Pero después de él me han gustado cuatro más. – Agregó adelantándose a las intenciones de Sedyey. Pues al no tener experiencia previa, de seguro le diría que lo que sentía por Damian tampoco era real. — Su hermano, su cuñado, tú… — El mayor entrecerró los ojos intentando disimular su descontento.

— ¿Samko?  — Ariel negó lentamente. — ¿Deviant…?

— James… — Aclaró. — Y Gianmarco también. — Sedyey asintió. No conocía mucho al primero, pero hasta donde sabía, era el más reservado de los Katzel. Y a Gianmarco, bueno, le consideraba demasiado “mayor” para Ariel.

— ¿Quién es el cuarto?

— No voy a decírtelo…

— ¿Debo suponer que Damián no lo sabe?

— Lo intuye… por eso intenta mantenerme lejos de todos ustedes. — Aseguró. — Puedo asumir lo que soy… pero ¿y tú? ¿Puedes aceptar ante el mundo que te gusto? ¿Vas a llevarme de la mano por las calles y también me besaras en las fiestas de sociedad en las que te reúnes con todos tus amigos, tu padre y sus socios? — Sedyey inclinó la mirada y dio un paso hacia atrás, como una respuesta muda ante los cuestionamientos de Ariel. — Me estas ofreciendo mucho menos de lo que crees… una relación clandestina en la que debo permanecer en el anonimato. — No le reprochaba nada, no se sentía con el derecho de hacerlo, pero si estaba haciéndole ver la realidad. — A Damian no le importa en lo absoluto el que yo sea un hombre… pero para ti, es una cuestión de géneros y el que sea un chico es un obstáculo… ¿no?

— Eres muy astuto… — Apremió Sedyey. — Tengo que irme… pero de una vez te digo que no te voy a dejar renunciar.

— No quiero hacerlo…

 

  • SEDYEY

 

SI LA VIDA DICE NO ES… NO

Ilusiones con señales que ni siquiera existen.

 

— ¿Qué cuantos hombres me han gustado en el pasado…? — Ahora resulta que no era lo suficiente homosexual para él.

 ¿Me gustaba? ¿Realmente sentía por él todo lo que decía? La respuesta era sencilla… ¡Sí!

Aun si a él, mi padre y mi hermano consideraban lo contrario. No lo estaba haciendo solo porque mis relaciones pasadas habían terminado todas mal. Tampoco tenía que ver con la resiente infidelidad de mi última novia.

Era mi decisión, la convicción de que lo que sentía cuando estaba con él, era un sentimiento superior y que me brindaba paz y amparo. Lo haría… si tan solo me diera tiempo, nuestra relación no sería algo que debiéramos esconder siempre. Podría asumirlo…

— ¿Y? — Salió de la nada por entre los pasillos y terminó asustándome. No estaba de humor, no para él.

— ¿No tienes un grupo que atender? — Le cuestioné irritado.

— Solo quería saber cómo estabas… — Se defendió. — Lo digo enserio.

No parecía que mintiera, y por mucho que me molestara el que no me diera mi espacio, no podía negar que había demostrado una honesta preocupación por mí. Suspiré con resignación. Y él en respuesta me dio un apretón de hombro en señal de apoyo.

— No puedo hablar ahora… hay asuntos que debo atender.

— ¿Cenamos esta noche? — Sugirió mientras me abrazaba. — Yo invito.

— Sí, eso estaría bien. — Correspondí a su abrazo y con la misma me despedí.

Salí del centro comunitario arrastrando los pies. Las cosas no habían salido como esperaba y ahora mismo, incluso comenzaba a arrepentirme… No, la verdad es que no me arrepentía.

El beso había valido la pena, si y mil veces sí…

Y esa era razón suficiente como para no arrepentirme. Mi pequeña historia con Ariel iba mucho más allá del último mes que hemos compartido. Se remonta a sus primeros días en la universidad, estuve ahí cuando presentó sus dibujos a cambio de la beca. Lo había seguido desde entonces, le buscaba en los pasillos de la universidad y me paseaba sin motivo aparente por su taller, siempre a la espera de encontrármelo solo y así poder acercarme. Pero conforme los días pasaban mis oportunidades se reducían debido al incremento de sus amistades, que casi nunca le dejaban.

No vi el punto exacto en el que me maravillo, pero cuando fui consciente en vez de asustarme y salir corriendo lo más lejos posible de él, por el hecho de que pusiera en duda mi sexualidad. Me sentí sereno y feliz. Conforme pasaban los días me emocionaba y no es para menos. No hay muchas personas en el mundo como él.

Es mucho más que un rostro bonito y una sonrisa sincera. En sus ojos he escuchado mudas elocuencias y en sus pestañas pernoctan mis sueños. Estoy asombrado por la forma en la que va por la vida llenando con su luz a los demás, como si fuese la tibia esencia de un sol mañanero. O mejor aún, como si todo él, fuese un ardiente fogón donde cuece nuestro nuestros deseos, mientras vuelve más tiernos nuestros corazones. Su inteligencia humilde que contrasta tan cruelmente con su ingenuidad, lo hace especial y muy valioso a mis ojos.

Lo que hice hoy es solo el resultado del cúmulo de sentimientos que me embargan cada vez que lo veo. Pero va mucho más allá de robarle un beso a un chico incauto. Sino la respuesta carnal con la cual le lloro mis deseos intangibles. Por Ariel me he sentido confundido. El hecho de haber llegado tarde a su vida, era alguna clase de burla por parte del destino. Pero tampoco ha sido un impedimento, porque sin proponérselo quizá, me ha llenado de motivos para conservar mis sentimientos.

Comencé a quererlo cuando lo vi pintar por primera vez.

Recuerdo a la perfección ese primer encuentro con su arte… los primeros pincelazos y esa forma tan peculiar con la que los sostenía. En ese momento como si se tratase de un remolino que anula todo a su paso, llegó a mi mente ese poema de Rudyard.

Cuando la luz de un sol recién nacido cayó sobre los verdes y oros del Edén, nuestro padre Adán se sentó bajo el Árbol y rasguñó el moho con un palito; y el primer tosco dibujo que viera el mundo fue un gozo para su invencible corazón, hasta que el Diablo susurró oculto entre las hojas: Bonito es, ¿pero será Arte?

Ariel es de los que se expresan con honestidad a través de sus pinturas. Habla de esa realidad poética en la que vive, llamando siempre… exigiendo la presencia de la usencia. De lo que no posee pero que añora.

Es un pintor libre sin mucha escuela, pero de increíble técnica y que aspira a ser personal. Casi como rebelándose a todas las que le antecedieron e intentando formar la suya.

En aquella ocasión, le habían puesto a prueba. Pintaría lo que él quisiese, pero a la vista de tres profesores y dos alumnos. Axel quien aún conserva el título de presidente del club de pintura, y yo… que soy el delegado del área de artes en la universidad.

Eligió un lienzo difícil, pero plasmo con habilidad el calor y un frio que también quemaba. Pinceladas intimas y regodeadas de soledad. Aspiraciones y deseos, temores y desazones.  El cuadro más contradictorio que en mi vida había visto. Y pese a que al finalizar, fue la firma de la institución la que decoró su cabezal. Diría que al igual que su verdadero dueño, a ese cuadro no podría ponérseles jamás, sello de servidumbre.

Ame eso de él, si bien, lo mío se inclina más a la poesía, me fue imposible no poetizar su lienzo, su trazo. Su arte tan incomprendida como la mía, ambos viviendo en un medio hostil, indiferente y sin un público definido a quien dirigirse. Y sin embargo, que conserva su estética y su moralidad.

Es cierto… me proyecté con él. Vi señales donde nos las había.

Mi poesía y su pintura lírica. Ambas llevando en el rostro la señal de nuestro aislamiento, nuestra debilidad y nuestro poder. Y creí que algo así podría pasar con nosotros, que al vernos a los ojos… nos reflejaríamos y entonces no habría necesidad de nada más. Que nos encontraríamos en un mismo plano, él con su fina retórica del dibujo y yo con el paladeo y la delicadeza de un lenguaje de formas precisas. Un poema y un cuadro excelente… soñé que en eso nos convertiríamos.

Pero él se aferra a la soledad y al dolor, que para él visten el cuerpo atractivo de un hombre. Porque no lo voy negar, a cualquiera de los Katzel se les puede acusar de todo, menos de ser mal parecidos. Y los odio un poco más por eso.

Odio que Ariel haya elegido el silencio profundo, su caída horizontal hacia el insomnio, la peor enfermedad de un artista. Damián es un ascensor en la noche que le obligara a mantener los ojos abiertos y cansados. Aunque en voces incoherentes le exija cerrarlos como si durmiera. Le hará olvidar que un verdadero artista debe hallarse siempre, hasta en sueños, completamente despierto.  Lo agotara y lastimara su alma frágil, hasta que Ariel no pueda volver a pintar.

Lo sé, casi puedo verlo suceder, es por eso, que en un rapto de egoísmo, de querer evitar toda esta calamidad, decidí robar de sus labios un poco de esperanza. No diré que fue un acto desinteresado, porque me he descubierto, que lo quiero para mí.

Enseñarlo a hacer más poética su pintura, mientras aprendo de él a hacer más plástica mi poesía. Volvernos románticos que huyen de la realidad. Le daría estabilidad, aun si tuviéramos que vivir en un punto peligroso entre dos abismos. La realidad que nos rodea y la nuestra interior. No sería un interferente para mis sentimientos hacía él.

Con Damián, Ariel solo mira el abismo de afuera, conmigo sé que puede mirar su abismo interior. Pero por su miedo de no resistir el vértigo, ha cerrado los ojos. Se ha aferrado a una mano que tarde que temprano le soltara. Mientras que yo, le ofrezco no solo una mano, le doy mis brazos para que se refugie en ellos.

Pero no eran sentimientos que habían surgido de la noche a la mañana. También sentía respeto por la vida que le había tocado vivir, por el dolor de no tener a su familia consigo, y sin embargo, de su llama que no se apagaba ni con la peor de las tempestades. De su determinación de siempre ver lo bueno de las cosas, aun en donde no debería, o simplemente no lo hay. De su coraje y denuedo, pero sobre todo, de su valor para ser siempre él mismo. Sin importar lo que el mundo diga.

Su fe, la amplitud de su sonrisa. Su ternura y paciencia.

Los niños que están bajo su cuidado lo aman, cada vez que lo ven llegar corren a él y brazos le hacen falta para cargarlos a todos. Incluso las madres constantemente le traen obsequios y le agradecen por cuidar también de sus hijos.

Ariel siempre da más… más cuentos, más juegos, más minutos de lectura, más tiempo para aclarar dudas, más paciencia para escucharnos a cada uno. Más caricias para calmar el llanto de sus niños. Más abrazos, más besos. Incluso más galletas o dulces, aunque tengan que ser costeadas por él. Sonríe con ellos como si su vida fuera perfecta. Como si su corazón no estuviera sangrando.

Y esa se ha vuelto mi preocupación, verlo desprenderse de tanto y saber que a cambio recibe tan poco. Y no me refiero a sus niños, sino a todo lo demás. ¿Cómo no quererlo? ¿Cómo no pensar en él? ¿Cómo no pedir una oportunidad? Aun sí él ha decido rechazarme, no voy a desistir tan fácilmente.

 

  • HYLAN TAYLOR

ADVERTENCIA

Las palabras que hoy te hacen daño, mañana te hacen fuerte.

 

— ¿Te diviertes? — Atajé en cuanto lo vi entrar a la salita y cerré la puerta tras de mí.

Mentiría si dijera que no lo seguí, que no estaba buscando la oportunidad de encontrármelo a solas. Había algunas cosas que debíamos aclarar, y aprovechando que Sedyey no estaba y que su grupo miraba una película, supe que era el momento.

Él había salido a prepararse un poco de té y fue ahí cuando aproveche. — ¿Te hice una pregunta? — Presioné. Por lo general, Ariel solía ignorarme, pasaba de mí sin más. Pero en esta ocasión, no le dejaría huir.

— No es mi película favorita, pero si… es divertida. — Respondió mirando hacia el cuarto de su grupo.

Cada sección estaba dividida por paredes de cristal, que cada quien podía decorar a su gusto. Sobra decir que la suya estaba sobrepoblada de adornos. Pero aun así, podía ver a sus niños, todos tirados en el piso y tapados con mantas.

— Sabes perfectamente que no me refiero a eso… –Le dije. Él hizo el intento de irse, pero me le puse por delante y lo hice retroceder hasta que su espalda dio contra la barrita enladrillada. — ¿Te gusta exhibirte en público con distintos hombres? — Agregué con la clara intención de ofenderle, mientras le arrebata su tasa de té de entre las manos.

— ¿Qué crees que etas haciendo? — Me cuestionó con un nerviosismo que intento ocultar.

— ¿Acaso no eres la mascota de Damián Katzel?

Por primera vez desde que comencé a hostigarlo – poco más de dos semanas – lo vi descomponerse ante mis palabras. Como si la máscara de indiferencia que solía mostrarme, se desmoronada frente a mí.

— Sí, algo así… — Respondió, intentando disimular. — ¿Algún problema con eso?

Debía ser honesto, no tenía nada en su contra.

De hecho, podía aceptar que el Centro Comunitario era mejor y más divertido desde que él había llegado. Un chico tan torpe y despistado que resulta un peligro para su propia existencia, ofrece siempre buenos espectáculos.

Pero él era propiedad de un Katzel y esa era suficiente razón para que le detestara.

— Solo uno… — Aclaré, poniendo frente a él mi dedo índice. — ¡Alejate de mi hermano! No voy a permitir que le hagas daño.

— ¿De qué manera podría causarle daño? — Cuestionó ofendido. — Sedyey es mi amigo, jamás ha sido mi intensión…

— No me interesan tus intensiones… — Le interrumpí. — Tu cadena no es tan larga como crees, si Damián se entera que te andas “besuqueando” con cualquier hombre, habrá problemas. No me malentiendas, a mí no podría importarme menos lo que suceda contigo… solo no involucres a Sedyey en tus asuntos…

— No fui yo quien lo beso…

— Nadie se te hecha encima solo porque sí, debiste darle motivos y siendo tú de alguien más, meterás en problemas a mi hermano. — Aclaré.

— No soy propiedad de nadie…

— Eso ve y díselo a Damián… — Le interrumpí. — Solo alejate de Sedyey o vas tener serios problemas conmigo.

— ¡No me amenaces! — Me desafió y plantándose frente a mí, me miró de una forma que nunca antes le había visto. Como si fuese otra persona y no el niño dulce que todos conocemos. — No me provoques… o comprobaras por ti mismo lo corta que es mi cadena y lo obediente que puede ser Damian si me lo propongo.

— No te tengo miedo… — Aseguré y avancé hacía él hasta el punto que ya no hubo más distancia entre nosotros que la diferencia de nuestras estaturas.

— Ni yo te lo tengo a ti… — Respondió con una neutralidad que me resultó aplastante y aunque tuvo que mirar hacia arriba para poder verme, no se intimidó.

— ¿Quieres líos conmigo…? — Ataqué de nuevo.

— No… — Respondió mientras negaba con la cabeza y todo ese genio alebrestado se desvanecía. Volvió a ser el chico de siempre, pero yo ya no le tenía confianza. — Contigo menos que con nadie… Hylan. — Era el único que me llamaba por mi primer nombre y me disgustaba que él no tuviera otro nombre y fuera simplemente Ariel. — Sé que no te agrado… aunque tú a mi sí. Pero aunque no tengo forma asegurarlo, te doy mi palabra de que no dejaría que Damian le hiciera daño, y mucho menos yo mismo pretendo hacérselo.

— Espero que no tengas la oportunidad de probar que lo dices es verdad. — Dejé la tasa a un lado de la mesa y salí del lugar azotando la puerta tras de mí.

Él podía tomárselo a broma, pero yo no. Sedyey iba a terminar metiéndose en serios problemas con nuestro padre si se viera involucrado en rumores o propiamente una riña. No sería la primera vez que los Katzel manchan el nombre de mi familia y nos ridiculizan. No sería la primera vez que nos ataquen y roben de nosotros.

Pero yo ya no era un niño, protegería a Sedyey con mi propia vida de ser necesario, esta vez, no volverán a lastimarlo.

 

  • DAMIAN

 

LIMITES QUE SE DESVANECEN

La culpa es peor que el arrepentimiento.

 

Casi puedo ver como la línea divisora entre lo que he querido mostrarle y lo que realmente soy, comienza a desvanecerse. No era lo que quería para él, para nosotros… Pero supongo que al final uno no puede ser más de lo que realmente es.

Y pese a que me sonaba a una justificación muy estúpida, no había nada más. Deseé con todas mis fuerzas, creer que podía manejarlo. Una triste mentira que con buena suerte, se hubiese convertido en una esperanzadora verdad. Convencerme a mí mismo y por mis propios méritos, de que incluso algo como lo que soy puede entregarse a sentimientos tan humanos y delicados como lo son querer a otra persona.

Había tenido la fortuna de encontrarme con él. Me permitió acercarme y comprobar de primera mano que era todo lo que nunca llegué, siquiera, a imaginar que existía. Aquello a lo que sin conocer, aspiraba.

Mi humano, mi complemento.

Ahora sé que es él… y que corre peligro a mi lado. Un peligro emocional… que en un alma tan noble y limpia como la suya, podría terminar por derribarlo sin posibilidad de volver a levantarse.

Hay ocasiones en las que deseo decirle que huya, que se escape de mí. Pero aun si Ariel lo intentase, ya le vimos… y le seguiríamos hasta las profundidades del mismísimo infierno de ser necesario.

Atrapado entre mis pensamientos, en algún punto me descubrí caminando en círculos. Estaba en el patio de su casa y lo peor de todo era que no recordaba cómo había llegado hasta aquí, ni el momento exacto en el que me despedí de Han. Solo sabía que cuando estábamos en el restaurante, era medio día y ahora la tarde estaba cayendo serena y fría.

— ¿Qué debo hacer? — Me sentía estúpido preguntándole en voz alta a la nada, pero necesitaba respuestas, no quería tener que ver de suevo esa expresión dolida que por mis palabras, me mostró en el restaurante. — ¿Cómo puedo reparar esta situación y volver a lo que éramos los primeros días?

Estuve tentado en varias ocasiones a correr a donde Deviant y preguntarle, él solía resolver mi vida y tal vez en esta ocasión también podría. Pero si no lo hice fue solo porque muy en el fondo, comprendía que esto era únicamente entre Ariel y yo. Que así como lo arruiné debería ser lo suficientemente capaz de repararlo. Pero… ¿Cómo? ¿Qué se hace en estas situaciones?

Pensando e intentado escribir una lista con mis posibles alternativas… que hasta ahora seguía vaciá. Se me pasó la siguiente hora y media. Debía estar en camino para ir por él a su trabajo y no intentando pensar en cosas que nunca he hecho y peor aún, que ni siquiera se me ocurren.

Internamente me sentía molesto y frustrado, era una verdadera decepción como “pareja” o lo que sea que él y yo seamos. Y creo que esa parte en específico, era la que más me ardía. El no tener claro que éramos.

Durante toda mi vida fui enemigo de los títulos. Los considera algo ridículo e innecesario, pero el no tener uno con Ariel, me estaba causando ansiedad. Porque en algún punto, el llamarlo “mío” ya no resultaba suficiente. E incluso se escuchaba mal.

En medio de mi pesadumbre, una idea genial surco mi mente… Una cena. Lo había visto en esas películas que tanto le gustan a Samko y al final las cosas, siempre resultaban bien. Con eso en mente, entré rápido a la casa. Me seguí de largo hasta la cocina.

Eso era… le preparé de comer y podríamos cenar en el patio o la terraza, hablaríamos, nos besaríamos y todo quedaría solucionado. Empecé a abrir todas las gavetas, había varias cosas para preparar, pero, otro problema saltó a la luz.

— ¡Diablos! — Espeté furioso, mientras golpeaba mis puños contra la barra de cemento.

Jamás había tenido interés y mucho menos, la necesidad de hacerlo. Mi experiencia en la cocina se limitaba a robar lo que los demás ya habían preparado y servido. Solo había ayudado un par de veces a Susan, pero mi colaboración fue más del tipo “acercame la sal” y “pruébalo y dime que tal sabe”… ¿Cómo entonces iba a preparar una cena?

— Bueno, a él le gusta la fruta… y se cortar fruta.  — Me alenté.

Como dicen, lo que importa es la intensión… asalté el nevera y saqué un poco de todo. Hice una especie de ensalada, que corte en formas cuadradas y redonditas. Misma que coloqué en un volta de cristal y puse a enfriar en la nevera.

Puse dos platos en la mesa y los decoré como Susan acostumbra hacerlo.  Bueno, más o menos.

Mientras limpiaba el reguero que hice en la cocina, recordé que no había preparado nada para que tomáramos, tampoco sabía hacerlo, así que le daría agua… El agua es saludable. Ya iba tarde, así que casi salí corriendo de la casa. Y en menos de media hora, llegué al dichoso centro comunitario.

Había mucha gente afuera, como si se hubiera hecho algún tipo de festejo. Niños con sus padres que desfilaban por la puerta de la salida con dulces y regalos, incluso algunos compañeros de Ariel, también se encontraban afuera. Los conocía de vista y porque él me había presentado a algunos.

Pero ni rastros de él y tampoco podía sentirlo. No me desesperé por qué ya había comprendido que cuando discutimos o estamos mal, se cierra a mí y mis sentidos ya no le perciben.

Me bajé de la moto y me recargué contra ella, iba a esperar pacientemente. Aun si odiaba que me dejaran esperando, me mordería la lengua, para no decir estupideces, porque hoy se resolverían nuestros problemas.

 

  • TERCERA PERSONA

 

UN VIDEO, GOLPES Y MUCHAS LÁGRIMAS

Un Hombre resentido es capaz de muchas cosas.

 

Damián estaba resulto a no empeorar las cosas, pero los minutos siguieron pasando y Ariel seguía sin aparecer. Aún quedaban algunos trabajadores dentro, así que optó por preguntar. Quizá le había pasado algo… aunque de tan solo pensarlo, algo en su interior se estrujo.

Caminó lento hasta la entrada y subió con firmeza los escalones. Intentaba disimular su ansiedad, algo que casi lograba a la perfección. La gente no podía leerlo de la misma manera en la que lo hacían sus hermanos o el propio Ariel, así que no había mucho de qué preocuparse.

Lo primero que entró a su campo de visión, fue un grupo de cuatro mujeres que de espaldas a él, parecían muy entretenidas mirando algo que Damián no supo que era, hasta que llegó junto a ellas.

El alma se le fue al piso con lo que vio.

En la pantalla de ese pequeño aparato, su niño se besaba con alguien más. En un principio no pudo ver quien, pues su reflejo se proyectó y las mujeres asustadas se apartaron quedando de frente a él.

— ¿Dónde está? — Se limitó a preguntar, mientras le arrebataba el celular de las manos y lo volvía a reproducir. La conocía, Ariel se la había presentado.

— Damián… — Le nombro un tanto perpleja. Sedyey resultó ser la otra persona en el video, no quiso mirar nada más. Y decir que la sangre le hervía de coraje, era poco. Levantó la mirada posándola con severidad sobre la mujer.

— ¿Dónde…? — La chica dudó sobre si debía decirle, pero cuando lo vio avanzar amenazante hacia ella, cedió de inmediato.

— El Museo Brukenthal… — Soltó de golpe. — En el salón de exposiciones. — Sin dar tiempo a nada, Damián regresó sobre sus pasos y salió a toda prisa. Nadie puedo decir nada, ni siquiera cuando el celular se hizo pedazos al estrellarse contra una de las paredes del frente.

El estruendo alertó a los demás, entre ellos a Taylor, quien terminaba de recoger sus cosas para finalmente, ir casa. Apenas y si alcanzó a ver la silueta de Damián desapareciendo por la puerta de la entrada. Supo entonces que algo andaba mal.

Y casi salió pisándole los talones al moreno, apenas deteniéndose unos segundos para aseverar sus suposiciones.

— ¿Qué paso?

— Se enojó por el video… — Anunció otra de las chicas, porque la dueña del celular, parecía estar demasiado anonada como para poder hablar.

— ¿Qué video? — Preguntó confuso, pero al mismo tiempo, alarmado al escuchar el estruendo de la motocicleta al quemar llanta. — ¿Qué video…? — Presionó al verla vacilar.

— El del beso entre tu hermano y Ariel… — Dijo la tercera.

No se quedó a escuchar más, sabía dónde estaban y supuso que para haya se dirigía Damián. Corrió hasta su camioneta y salió del estacionamiento a toda velocidad.

El museo estaba a casi media hora del centro comunitario. Una distancia relativamente corta.

Con el “manos libres” en la oreja, intentó comunicarse con Sedyey, mientras maniobraba por entre los callejones. Buscaba la ruta más corta que su auto le permitiera tomar.

Al no poder contactar con él, llamó a Ariel… pero ninguno de los dos atendía a su móvil. Habían ido al Museo para ver los últimos detalles de la exposición que se realizaría el lunes en la noche.

Volvió a intentarlo con su hermano y maldijo a gritos mientras se arrancaba el aparato y lo aventaba al asiento del copiloto, al no ser atendida su llamada. Intentó tranquilizarse, al final, lo más importante era llegar.

 

***

 

Dentro del Museo, Sedyey terminaba de explicarle los últimos pormenores a Ariel, se habían retrasado un poco tras su insistencia por invitarle un café y charlar de lo que había sucedido durante la tarde.

Ariel había accedido tras la insistencia del mayor, pero no iba a negar, que ahora se sentía mejor. Las cosas habían quedado claras y ambos parecían más o menos satisfechos con su nueva “situación”.

— Toda esta es tu sección… — Explicó mientras señalaba con su dedo índice, el espacio que Ariel tendría para exponer sus pinturas. — ¿Quieres empotrarlas en la pared o prefieres los caballetes?

— Se verían mejor sobre la pared. — Comentó el menor, mientras la acariciaba con los dígitos de sus dedos. — ¡Me gusta el color! Las hará resaltar.

— Son buenas pinturas, pero son pocas… — Dijo Sedyey, sin apartar la vista del plano de distribuciones. — Es una buena oportunidad para darte a conocer, tu técnica es fresca… y la gente de aquí, no está acostumbrada a ese estilo… ¡Creo que les gustara!

Ariel no supo que decir, por un lado se sentía halagado con las palabras de Sedyey, no solo por ser él quien las dijera, sino, porque sabía que pese a su juventud, su amigo era un gran conocedor y tenía un gusto muy refinado por la pintura al óleo. No por nada, le pedían ser juez en este tipo de eventos.

Un tímido gracias, se escuchó de sus labios como un susurró. Y aunque las palabras salieron casi acariciadas, lograron captar la atención de Sedyey, quien finalmente despejó la mirada de su plano y la posó en Ariel.

Verlo de esa manera le parecía casi una provocación. Y si no fuera porque le conocía, creería que el menor lo hacía apropósito. Como pretendiéndole hacer más difícil el trabajo.

Sin poderlo evitar, estiró la mano y pellizco suavemente la mejilla de Ariel. Le tenía mucho cariño y eso difícilmente se le iba a olvidar.

— Debo volver a casa… — Dijo Ariel, mientras sujetaba la mano del mayor, para retirarla de su rostro. Al parecer, era algo que a Sedyey le gustaba hacer y no le molestaba en lo absoluto, pues sabía que era más una caricia juguetona, que otra cosa. — Se hace tarde…

— Entonces, vamos… ya terminé con todo lo demás.

Ariel le dedicó una última mirada a su pared, antes de encontrarse con la sonrisa de su amigo. Sabía que era su manera de alentarlo y lo valoraba mucho.

Ambos avanzaron en silencio por el pasillo, hasta que salieron del Museo. No había mucho que decir, pero tampoco era un mutismo incómodo. Esta era otra de esas noches nevadas en Sibiu, pero para un recién llegado como Ariel, aun había fascinación por esos copitos cristalinos que al amontonarse dejaban una sábana blanca sobre el suelo.

Lo entretuvieron lo suficiente como para hacerle perder el paso.

— Dejame llevarte a tu casa… — Pidió Sedyey, en cuanto estuvieron en la entrada principal del Museo. Le había estado observando jugar con la nieve y paciente había aguardado por él.

— No es necesario, volveré en Taxi.

— ¡Por favor! — Insistió el mayor, mientras sujetaba la ahora, enguantada mano de Ariel. — Estaré más tranquilo si me permites hacerlo.

Damián observó la escena a varios metros de distancia.

Cuando llegó al Salón de Exposiciones, no les encontró ahí y comenzó a buscarles. Pero hacía tiempo que no visitaba ese lugar y varias cosas habían cambiado. De tal manera que terminó perdiéndose entre los pasillos y las salas.

Ante sus ojos, lo que se representaba era la prueba fehaciente de una traición. Él no permitiría que se le convirtiera en un mero objeto de burla. En su mente, Ariel pretendía ridiculizarlo, no solo se besaba con otro sujeto y se dejaba grabar, también se paseaba de la mano de ese hombre… ¿Dónde le dejaba esto a él? No aceptaba y mucho menos pretendía ser plato de segunda mesa.

Le había conocido antes, tenía más derecho sobre él que cualquiera en la ciudad.

Y por encima de todo, si no era suyo, entonces… no iba a ser de nadie.

Con la furia renovada y como alma que lleva el diablo, se lanzó por el cuello del que osaba tocar a “su” Ariel. Sus pies parecían no rozar el suelo, aun sin proponérselo había un exceso de sigilo en sus movimientos. Algo inusual en un humano, pero completamente normal en el depredador como en el que se convertiría, en tanto ese hombre no soltara a quien considera de su propiedad.

— Te mandaré un texto en cuanto llegue… — Dijo Ariel, mientras se soltaba y escondía sus manos en la bolsa del frente de su abrigo. Ya se dirigía hacia la acera pero caminaba lento porque no quería que su amigo notara la prisa que tenía por dejarlo.

Ariel pensaba que Damián de seguro le esperaba en casa y pese a todo lo que había sucedido durante la mañana, lo había extrañado. Se había dicho a sí mismo, que intentaría hablar con él y esperaba que resolvieran lo que sucedió en la mañana. Pero si su moreno seguía enojado, entonces se rompería la cabeza pensando en cómo contentarlo… no importaba, solo quería verlo.

— No tenemos que empezar con esto desde ya… — Susurró Sedyey con desanimo. — Mañana podemos alejarnos, pero hoy dejame estar contigo.

Las palabras dichas lograron conmoverlo y casi cedió. Había ciertas ocasiones en las que pensaba sobre cómo sería su vida, si en vez de Damián, se hubiera prendado de Sedyey. Aunque esta idea, por ningún motivo significaba que se arrepentía de su decisión, ni mucho menos. Pues a sus ojos… Damián era todo lo que deseaba y eso nadie, salvo el mismo Damian, podrían cambiarlo.

Pero quererlo, no le prohibía tener una opinión con respecto a Sedyey o respecto a cualquier otro hombre. Aun si esta forma de pensar, ya había provocado una que otra discusión con Damián.

A su parecer, Sedyey era de un físico agradable. Le consideraba atractivo, aun si era algo a lo que únicamente le prestaba atención si alguien en el trabajo le pedía, con tintes de exigencia, su opinión al respecto y fuera de ahí, casi nunca. Sin embargo, lo que le atraía de Sedyey… hasta el punto de llegar a considerar su propuesta de una vida con él, era lo amable, sincero y buen benefactor que era. Pese a sus años era extremadamente humanitario y personalmente, lo hacía sentir cómodo y protegido.

Era alguien de muchos planes y grandes metas. Y en cada una, parecía haber un espacio para Ariel, hecho que le hacía sentirse halagado. Y solo en ocasiones muy particulares, esas en las que Damian le hacía sentir mal o le reñía por todo, era que como una oculta venganza se permitía pensar en Sedyey y añoraba estar con él. Disfrutar de la vida que a su lado seria perfecta y llena de felicidad. — ¡Por favor! — Insistió— Me duele que a ti no te importe echarme de tu vida. — El reclamo logró rescatarlo de sus pensamientos y le puso más atención a lo que sucedía a su alrededor.

— No digas eso… No te estoy echando de mi vida. — Aclaró Ariel. — Pero tampoco te haré creer algo que no siento. No sería justo contigo si lo hiciera, tú que me has dado tanto…

Algo pareció distraer de sus palabras a Ariel. En su interior sintió las luces de alarma encenderse y no comprendía la razón. Sin saber realmente porque, detuvo su andar y se giró para mirar hacia atrás.

Su acompañante le imitó.

Ambos lo hicieron en el momento justo en el que Damián llamaba a Sedyey para que le mirara, porque ante todo, él era un hombre y jamás atacaría por la espalda. Pero al ya no ser necesario, simplemente alzo el brazo contra él y le dio un puñetazo en el rostro. Sedyey no pudo si quiera, meter las manos. El impacto fue con tal fuerza que le obligó a voltear la cara, trastabilló y terminó en el piso enterrado entre la nieve.

— ¡DAMIÁN! — Exclamó la Ariel. La sorpresa reino en su rostro y en acto-reflejo, se puso por delante, bloqueándole el paso para que no pudiera llegar hasta Sedyey.

Sabía que no iba a poder retenerlo. Que la sola era ridícula, pero le había hecho una promesa a Taylor y por sobre todas las cosas, pensaba cumplírsela. — ¡Calmate! ¡Por favor! — Le pidió mientras con las manos contra el estómago de Damian, luchaba con todas sus fuerzas por no dejarlo pasar.

Pero Damian estaba fuera de sí, como perro rabioso intentaba tomar por la yugular a una presa que se había rendido tras el primer golpe. O por lo menos, esa era la impresión que daba al mirarlo tirado entre la nieve de la entrada.

— ¿Cómo te atreves a enfrentarme… por él? — Le cuestionó rebosante de ira, con el desprecio en cada una de las letras que tuvo que pronunciar.

— No pretendo desafiarte, pero tampoco puedo permitir que le hagas daño.

En ese momento llegó Taylor, quien pasando de ellos se fue directo a auxiliar a Sedyey. El cual se encontraba demasiado aturdido, y le era imposible ponerse de pie, aun con la ayuda de su hermano.

— ¿No me lo vas a permitir? — Reparó Damian — ¿Y quién te dijo a ti que necesito de tu permiso? — Damian no lo pensó, de haberlo hecho, muy seguramente no se habría atrevido a empujar a Ariel de la manera en la que lo hizo.

Fue un movimiento carente de sentido, pero con la fuerza necesaria para quitar de enfrente a alguien de la talla del menor. Ariel no lo vio venir y aunque intentó recuperar el equilibrio sobre sus pasos, terminó enredándose con los pies y se fue espaldas contra el piso. Damian no se detuvo a mirar, simplemente lo apartó de su camino y se fue de nuevo contra Sedyey.

Quizá debió considerar que Taylor no iba a permitir que dañara a su hermano. Era algo que se podía deducir incluso por lógica, pero no fue lo que Damian creyó y cuando intentó arrebatárselo. El mayor de los Fosket se interpuso, primero empujándolo con su codo y al ver que no conseguía nada, le aventó un puñetazo que obligó a Damian a retroceder.

— Alejate de él… — Advirtió Taylor.

Damian apenas y si tuvo que regresarse un par de pasos, freno con el talón izquierdo, mientras se llevaba la mano a la parte de su rostro que había sido golpeada, como si intentara comprobar si estaba sangrando o no. Taylor se plantó frente a él, ajustando la pose defensiva. Y Damian casi rio de verlo.

No se burlaba de él, fue más un gesto de sorpresa disimulada y rapapolvo.

Si bien, no había olvidado que tenía un favor pendiente con Taylor, y que esa deuda bien podría pagársela ahora y dejarlos ir… solo así, no se le dio la gana de hacerlo. Y empuñando las manos avanzó hacía él.

Damian estaba listo… si Taylor quería pelear, él nunca le decía “no” a una riña en la que es necesario defender lo que le pertenece. Aun si se trataba de la persona que tenía frente a él y de la cual podría deshacerse con suma facilidad.

Pero así como se acercaron tan de repente el uno al otro, se tuvieron que separar. Ariel se metió por en medio y dejando a Taylor detrás de su espalda, ahora sí, enfrentó a Damian.

— A él definitivamente no… — Le advirtió.

La formalidad y seguridad con la que hablo, sorprendió a los otros tres. Ariel había extendido sus manos a sus costados como intentando crear una barrera protectora que Damian no pudiera traspasar.

— ¿Definitivamente no…? — Replicó Damian casi en murmullo.

Lo entendió y Ariel se maldijo internamente por haberse puesto en evidencia y haber implicado a Taylor. — ¿Acaso crees que puedes burlarte de mí? — La pregunta vino acompañada de las manos de Damian apresándolo por el cuello de su abrigo y lo sacudió como si Ariel fuese una simple hoja de papel.

— Vas a lastimarlo, Damian… — Le recriminó Sedyey desde el piso.

— Ellos te importan tanto… ¿qué tal si los hago pedazos frente a tus ojos? — Casi se lo gritó a la cara, mientras que en la última sacudida le soltó y por el movimiento brusco Ariel termino de panza al piso.

Taylor intento sostenerlo, pero se le escapó de las manos.  Contrario a lo pretendido, le hizo daño con su anillo cuando metió la mano para frenar la caída y Ariel terminó golpeándose y abriéndose el labio inferior.

El menor sintió el sabor de su sangre en la boca y contrajo el labio a modo de frenar el sangrado. Tanto Taylor como Sedyey se sintieron ofendidos por el trato que Damián le estaba dando Ariel. La diferencia de tamaños y sobre todo de fuerza era ridícula. Pero fue el segundo, quien se atrevió a darle una cucharada de su propio chocolate.

Agarrando impulso de quien sabe dónde, se le fue encima a Damián y haciendo contrapeso logró derribarlo. Una vez en el piso y estando sobre él, le devolvió y por partida doble, los golpes que Damian había repartido ya.

— Poco hombre… — Le acusó — Te metes con un chico que no puede defenderse de ti.

Por supuesto, nadie llama poco hombre a un Katzel y menos, si ese hombre es Damián. Le fue sencillo invertir los papeles y Taylor tuvo que dejar en el piso a Ariel, para intentar quitar de encima de Sedyey a un Damian que actuaba como poseso.

Ariel se les unió… pero más tardó en levantarse que en lo que de otro empujón, Damián volvió a mandarlo al piso. Y la lucha se volvió dos contra uno, en la que los hermanos estaban pese a su aparenta ventaja… perdiendo.

Desde su posición en el piso, Ariel alcanzo a ver la culata de la navaja que Damian llevaba escondida en su bota. Le había visto sacarla en varias ocasiones durante sus paseos. Era a simple vista, casi un arma de juguete, pero en el mango había un pequeño seguro que al quitarlo, hacia salir el filo de la hoja metálica.

No quiso pensar en ello, sabía que si se detenía a considerar lo que planeaba a hacer, no se iba a atrever. Por lo que simplemente se arrastró, sacó de un tirón la navaja y para cuando estuvo de pie, ya también el filo estaba sobre el cuello de Damián.

— ¡Ya basta! — Exclamó y pese al temblor de su voz, su mano mantenía el agarre firme. Tal fue el caso que Damian no dudó en detenerse e incluso contuvo el aliento. — No hemos hecho nada malo como para que hagas esto.

— ¿Estás seguro? — Los hermanos Fosket estaban con la espalda contra el piso y Damian se las había arreglado para someterlos ambos. Sin embargo, no esperaba tener que cuidarse también de Ariel. Y la acción del menor, le había llegado a herir de una manera que no estaba dispuesto a aceptar. — ¿No has hecho nada? — Insistió y por mucho que lo intentó, su voz salió herida. — Confiaba en ti… — Aseguró.

Esas últimas palabras fueron para Ariel, peor que todos los golpes que había acumulado durante sus caídas. La decepción estaba marcada en el rostro de Damian y se sintió terriblemente culpable por ello.

Bajó la guardia, inconscientemente disminuyó la fuerza que ejercía sobre la navaja. Y Damian lo aprovechó. Le arrebató la navaja y olvidándose de los hermanos, se puso en pie con la vista clavada en Ariel.

No sentirse intimidado era imposible, Ariel retrocedía un paso en la medida en que Damián daba uno hacia adelante.

— ¡Es mi culpa! — Soltó en voz baja. — Deja que se vayan y arreglemos tú y yo.

Una culpabilidad reconocida no menguo el coraje de Damian, todo lo contrario. Y Ariel se sorprendió cuando fue tomado con violencia por el cuello de su abrigo y azotado contra la pared de la entrada.

— ¿Acaso crees que soy tu juguete? — Le cuestionó a gritos Damian. Ariel soltó un grito ahogado, el aire se le escapó de los pulmones y se sintió aturdido.  El mayor se había movido con tal rapidez que no pudo siquiera oponerse. Su cabeza al dar contra la pared hizo que sus oídos crearan un pitido que lo mareaba. — ¿Qué si quiera te voy a dar la posibilidad de que te burles de mí?

Pero incluso más que el impacto o el hecho de que Damián pensara que él intentaba mofarse. Le dolió ver la mirada herida que le dedicó. Esos ojos color ámbar en los que se había acostumbrado a verse reflejado, le miraron de una manera que nunca antes. El amarillo intenso parecía fundirse sobre esa inusual humedad. Le dolió porque en ese momento comprendió que lo había decepcionado.

— N-no… — Se obligó a responder. Damian aún no le soltaba y sus pies apenas y si tocaban el piso. — J-jamás ha sido esa… mi intensión.

— Entonces… ¿cómo explicas esto? — Exigió saber mientras señalaba a los Fosket. — Tú y él… tomándose de las manos como si fueran… ¿que…? ¿Qué es de ti? — Volvió a sacudirlo con fuerza y por primera vez, Ariel intento defenderse. Luchó por soltarse del agarre de Damian, porque no podía respirar y también porque tenía miedo.

Un miedo irracional, producto de su instinto de supervivencia gritándole en su fuero interno que corría peligro. Que esta persona que le sujetaba no era el Damian que él conocía, y que debía alejarse cuanto antes de esta persona.

— Me estas lastimando… — Sollozó el menor, pero ni siquiera esto logró condolerlo.

Las lágrimas eran el resultado del cúmulo de emociones que lo envergaban, miedo, desconocimiento, la incertidumbre de saberse en peligro, impotencia, coraje, dolor.

Luchar solo le canso más… hecho el cuello hacía atrás, como si con eso pudiera robar un poco más del aire que realmente necesitaba. Su garganta profirió un gruñido rasposo que terminó haciendo eco en sus oídos, apretó con fuerza los ojos y se rindió.

— ¡Maldita sea, Katzel! Es Ariel…— Taylor quiso intervenir, ponerse de pie y quitárselo de entre las manos antes que algo terrible sucediera. Sedyey a su laso, no se movía. — No le hagas daño… No fue su culpa. — Mareado e incluso un poco atontado como estaba, se pudo de pie, pero con su mano libre, Damian le empujó y volvió al piso.

No es que él no entendiera lo que sucedía, aun si a simple vista no lo parecía, estaba tan asustado como ellos… pero simplemente no podía detenerse. No sabía cómo hacerlo. Su cuerpo se movía como si tuviera voluntad propia y su mano cerrada entorno al cuello de Ariel, parecía haber olvidado como soltarle.

La voluntad del menor era más fuerte que su resistencia física y se obligó a sujetar la mano de Damián, que a su vez, lo sujetaba a él. Apenas y si pudo posarla, aunque su determinación estaba en luchar para que lo soltara. Sin embargo, un mareo apagó toda luz en su interior y por unos segundos se dejó ir.

— ¡Suéltalo! — Alguien lo dijo pero no supo quién, fue lo último que escuchó.

Como si la fuerza abandonara su cuerpo, colgó de la mano de Damian, casi sin vida.

— ¡ARIEL!

Otra voz, en esta ocasión, le resultó familiar. Pero no se inquietó, su cuerpo pesaba y él se sintió como al final de un pasillo inmenso, en el que una a una las luces que pendían de los techos se iban apagando. No pensó en nada ni en nadie, solo se dejó embargar por ese vacío hondo que quería tragárselo.

— ¡Suéltalo! — Muy a lo lejos, esa orden le perturbo de su estado de tranquilidad. Era igual a la anterior, quizá no.

— Pon al chico sobre el piso… — Esa se había escuchado más cerca, su corazón fue aumentado el ritmo de sus latidos y las luces se encendieron casi de golpe, la paz fue sustituida por una adrenalina que lo hizo temblar.

— Ponlo sobre el piso…— Cada vez había más ruido… ¿Qué eran? — ¡Ahora! — Ordenó esa voz que en esta ocasión, Ariel pudo escuchar claramente. Los sonidos incesantes eran los de las sirenas que se iban aproximando.

Esto estaba mal… y aunque su vida corría peligro, pensó en su beca.

Un escándalo de este tipo le podría llevar a perderla. No se lo podía permitir ahora que ya no contaba con el apoyo de su padre. Pensó en sus abuelos y en lo decepcionados que estarían, pensó en William y en aquel… Sí, también en él, aunque ahora le hacía daño.

Sabía que eran la misma persona y eso le dolía… ¿La misma persona? ¿Las mismas manos que lo habían acariciado?

¡No!

No era la misma persona, no era su moreno de ojos color de sol que tanto le consentía, su celoso empedernido, su protector. No… no eran la misma persona y él debía volver con ese Damian, el que lo miraba con ternura, el que lo besaba con locura. El que no perdía la más mínima oportunidad de tocarlo.

Sintió la adrenalina llenarlo a tal punto que quedarse quieto le fue imposible y en repentino ataque de fuerza, se debatió como nunca, hasta el punto de clavarle las uñas en la piel desnuda del brazo de Damian. Logrando que este, finalmente le soltara.

Pero no simplemente abrió la mano y lo dejó ir, sino que lo aventó hacía izquierda, haciéndolo caer justo sobre Taylor.

Ese último esfuerzo le agotó aún más. Pero su necesidad de respirar, le obligó a incluso tragar aire por la boca. En medio del alboroto, vio que alguien le apuntaba a Damián. Por el uniforme que vestía lo reconoció como uno de los guardias de seguridad del museo.

— De rodillas al piso… y pon las manos donde pueda verlas.

Damian centró su atención en el arma. Era de calibre bajo y quien la usaba no debía serle mayor en edad o habilidad. Pues pese a la seriedad con la que intentaba manejar el asunto, y a la firmeza con la que sostenía el arma. Damian pudo deducir que quizá era nuevo en el cargo y que muy probablemente jamás antes había tenido la necesidad de disparar una pistola. Eso explicaría porque el seguro aún estaba puesto.

Se movió rápido.

Con la mano derecha se aventuró a tomar el arma, mientras que giraba su cuerpo de manera que su espalda terminó contra el pecho del guardia de seguridad. El joven intento disparar y en efecto, el seguro no había sido quitado. Con su codo derecho, Damian le golpeó en el costado del mismo lado, a la altura de sus costillas.

El guardia soltó el arma, misma que Damian no dejó caer, se puso frente a él y le dio un cachazo en la frente que lo mandó al piso. Entonces fue por Ariel… sin vacilación lo tomó del brazo, pero cuando quiso levantarlo, Sedyey sujetó el brazo libre del menor, impidiéndoselo.

— No te lo vas a llevar.

Taylor palideció cuando Damian soltó a Ariel y como si fuera cosa de todos los días, retiró el seguro del arma y la cargó, haciendo subir una bala a la cámara y le apuntó.

A él… que no había dicho nada.

Aunque tampoco se trataba que hubiera preferido que le apuntara a Sedyey. Pero había escuchado rumores, la gente solía decir que Damian Katzel no se lo pensaba antes de matar a alguien, que no hacia reparos y ni se condolía de nadie. Y que pese a lo terrible de la situación, siempre salía bien librado. Pero lastimosamente, esta era la primera y quizá la única vez en la que él lo comprobaría por sí mismo.

Vio como sus dedos se ciñeron alrededor del gatillo y un miedo como nunca antes había sentido, lo invadió. Y no se sintió mejor cuando pese a lo serio de la situación, Ariel se interpuso, situándose en medio, entre la pistola y Taylor.

— Iré contigo… — Dijo y su voz resultó ser tan calmada y suave, casi mansa. Que Damian no dudó un segundo en que lo haría. Bajó el arma y se encaminó a la parte donde había dejado la motocicleta, convencido de que Ariel le seguiría.

— Ariel no… — Sedyey intentó disuadirlo. Pero con una seña el menor le pidió que guardara silencio. Aun así, intentó alcanzarlo y sujetarlo, pero Taylor se lo impidió.

— Llevátelo Hylan… — Le pidió. — Sacalo de aquí y no dejes que me busque.

— ¿Estás seguro de irte con él? — Le preguntó Taylor, Ariel era el único que le llamaba por su primer nombre y pese a que horas antes le molestaba, ahora había cierta duda en el aire.

— No va amatarme… — Se limitó a responder. Y sin más, se alejó de ellos, siguiendo a Damian.

 

  • ARIEL

 

NO GANO SI ME OBSTINO

Cuando quise decir todo, mi voz me traicionó y la sangre en mis venas de plomo se volvió. En el dolor me olvidaste…

 

No quiso darme el casco y tampoco me permitió ir a casa en Taxi.

Pese a lo que le había dicho a Hylan, la verdad es que ya no estaba seguro de nada. Tenía miedo de decir algo y hacerlo enojar más, si es que algo así era posible. Por lo que me limité a subirme y me abracé con todas mis fuerzas a su espalda, hasta que terminé pasando mis brazos para rodearlo y cerrar el agarre contra su estómago.

No me lo impidió, parecía estar más interesado en poner en peligro nuestras vidas, maniobrando entre los carros en movimiento. La motocicleta se inclinaba peligrosamente hacia la derecha y después hacia la izquierda. Y en las pocas ocasiones que se mantuvo recta, iba tan rápido que el paisaje que solía disfrutar, pasaba a mi lado como una imagen borrosa y sin forma.

En todo el tiempo que llevaba de conocerle y en todas las ocasiones en las que de alguna manera, terminé accediendo a subirme a esta cosa, esta fue la primera vez que realmente me arrepentí. El aire frio me quemaba la nariz, y el viento me hacía sentir que en cualquier momento me soltaría y terminaría volando por los aires a quien sabe dónde. Mis dientes castañeaban pero no sabía si era a causa del frio o del terror que sentía.

Por suerte, aquello no duró mucho más.

Cuando entramos al patio de la casa creí sentirme un poco mejor. Pero tan pronto mis pies tocaron el piso, la fuerza me abandonó y caí sentado. Todo daba vueltas a mí alrededor… La casa parecía que se me caería encima y los arboles danzaban a mi alrededor a tal velocidad que sentí un vacío en el estómago seguido de la sensación de querer vomitar. Y pesé a todo, fui casi arrastrado hasta la casa.

A Damian parecía darle lo mismo llevarme de rodillas que a dos pies. Ignorando que necesitaba un poco de tiempo para que el mareó se me pasara, se limitó a sujetarme del brazo y arrastrarme hasta el pórtico. Avancé a tropezones, aunque el piso estaba limpio y libre de piedritas o casas de ese tipo, mis pies se enredaban el uno con el otro y me volvían más torpe.

Mi mala suerte quedó reflejada en el primer escalón. Ha decir verdad, no sabía si siempre había estado ahí… porque nunca antes lo había visto, pero ni el agarre de Damian pudo evitar que terminara de boca contra el piso de madera.

Me quejé por el impacto… había metido la mano para no darme lleno en el rostro pero al intentar sostener todo mi peso, debí haberla forzado, porque sentí un tirón en todo el brazo que me obligo a retorcerme en mi dolor. De nuevo, no fui auxiliado.

Damian se adelantó para abrir la puerta y solo después regreso por mí. No hubo ningún… “¿Estas bien?”… Aunque en definitiva no, no estaba bien.

Me sostuvo por la espalda de mi abrigo y de nuevo fui arrastrado, solo que ahora la mitad de mi cuerpo estaba suspendido en el aire. Me sentí humillado de que me tratara de esa manera y pataleé, le exigí que me soltara, incluso… pese a lo infantil que debí verme, con mi brazo bueno, me sostuve del marco de la puerta rehusándome a entrar.

Todo… absolutamente todo lo que hice, fue inútil.

Me dejó caer sobre la alfombra del recibidor para que pudiera asegurar la puerta y en ese momento juró por mi vida, que comencé a odiarle… un poco.

Soy el tipo de persona que se toma muy enserio esas palabras. A tal punto que he pasado por alto daños terribles y jamás antes había sentido esto por nadie, ni siquiera contra mi padre o mi madre. Pero con Damian era distinto, lo quería tanto, que me era fácil hacer malabares entre la delgada línea que diferenciá el amor del odio.

Sabía que no tenía tiempo de dar lugar a dudas… necesitaba llegar a mi habitación. Solo ahí iba a estar seguro. Como pude me puse de pie y casi corrí hasta las escaleras que llevan al segundo nivel. Y digo casi… porque fui sorprendido en el acto y frenado de una manera muy vil.

Había logrado subir un par de escalones, iba por el tercero cuando tiró de mi ropa y me hizo volver. Por supuesto, terminé de sentón contra el piso. Quise gritarle, pero se me adelantó y acuclillándose frente a mí, me sujetó con fuerza por el mentón.

— Es suficiente… — Masculló mientras me miraba con severidad. — ¿Entiendes…? — Su voz sonaba tosca, amenazante.

— Me haces daño… — Me atreví a decir.

— Solo lo que te mereces… — Aseguró como si nada. — Pero puede ser mucho peor… así que más te vale que hagas lo que te digo y te calles.

— Damian… — Quise tocarlo, pero me lo impidió. Y puede que este mal, pero más que el dolor físico, me lastimaba la forma en la me trataba. La forma en la que una a una iba reventando con saña mis burbujas, como destrozaba mis recuerdos y como hería mis sentimientos hacía él. Sentí mis ojos y mi vida entera humedecerse. — Damian…

— ¡Cállate! — Gritó y apretó con más fuerte mi quijada. Lo hice, le obedecí… entre otras cosas porque no tenía nada que decir. Asentí y él me soltó. — Ve al comedor… — Me ordenó.

Como pude me levanté y a paso lento avancé.

Cuando entré al comedor y vi la mesa puesta para dos, el alma se me fue al piso y ya no quise contenerlo más, me cubrí el rostro con ambas manos y lloré. Era un estúpido… el más grande de los estúpidos. Damian había preparado esto para nosotros y yo le había decepcionado de la peor de las maneras.

Me asusté cuando lo sentí detrás de mí. Y quise alejarme, pero con su brazo izquierdo me rodeó por la cintura y con el derecho apartó mi mano. La suya volvió a sujetar mi quijada y mi espalda quedó contra su estómago.

— Íbamos a pasarla tan bien… — Dijo contra mi oreja. — Quería arreglarlo… — Aseguró y lo escuché reírse con ironía. — Pero adivina quién lo arruinó… — Sollocé con más fuerza, porque si su intención era hacerme sentir culpable, lo había logrado. — Mientras yo pensaba en ti… tú la hacías de la puta de otros.

— No me hables de esa manera… — Ordené. No sé de donde me salió el valor, ni la fuerza para zafarme de su agarré. Pero me liberé y lo enfrenté. — No te doy el derecho de que me ofendas.

Damian se sulfuró frente a mis ojos.

— ¿Por qué te ofende…? Si eso es lo que eres… — Se burló. — No te basta tener a ese imbécil detrás de ti, también te interesa su hermano… ¿Quién más? ¿Cuántos más…? Porque ya no te creo esa historia de nunca habías estado con nadie. — Me hablaba con desprecio, como si yo fuera lo peor que había tenido frente a sus ojos. — Sabias muy bien lo que hacías cuando estuvimos en Judet. No voy a negar que en un principio, atribuí tu “pasión” al calor del momento, pero ahora ya no pienso lo mismo…

— No digas eso…

— ¿Por qué no…? ¿A qué se debe tu repentina vergüenza? Ya no tienes que ocultarlo, no seas hipócrita. — Me acusó. — Si te tomo ahora… ¿Qué descubriré? ¿Se te a venir abajo todo ese teatro de tu fingida pureza?

No quise escucharle más, porque sus palabras me herían y me avergonzaban. Destruían mis recuerdos más valiosos, momentos que para mí habían sido especiales. Pero no me dejó escapar y como manoteé para soltarme, me tomó por el cabello y me llevó hasta una de las sillas.

Puso el plato frente a mí y después fue a la nevera y saco un volta con fruta. Me sirvió un poco, puso yogurt encima y me ordenó que comiera… ¿Con que ganas? Lo que menos quería en este momento era comer. Las manos me temblaban y no podía dejar de llorar, aun si mi llanto parecía enojarlo más.

— ¡COME! — Gritó y se vio tan amenazante que me obligue a masticar el pedazo de fruta que él había metido a la fuerza en mi boca. — Ah, es verdad… primero debes lavarte las manos. — Rodeó la mesa y tiró de mi ropa cuando pasó a mi lado. Me arrastró hasta el lavabo de la cocina, y con rudeza lavo mis manos. — También deberíamos lavar esa sucia boca tuya…

No creí que realmente lo iba a hacer. Pero me volvió a sujetar por el cabello y me obligó acercar el rostro hasta donde caía el chorro de agua. Tomó la fibra metálica con la que mi abuela lavaba los trastes y talló con fuerza sobre mi boca.

Me lastimo… el ardor me quemaba. El agua fría con la que me enjuago, me entumió durante algunos segundos. Ni siquiera podía tocarme y mi llanto se había vuelto histérico. Pero a él no le importó. A empujones me devolvió al comedor y me obligó a sentarme.

Me ordenó comer. Pero salvo sollozar y llorar… no podía ni quería hacer nada más.

En algún momento, no sé con exactitud cuál… comencé a cuestionarme sobre si realmente merecía esto. Damian había dicho que sí, pero yo no compartía su misma opinión. Es cierto… él había preparado una cena para mí, pero eso no me obligaba a tener que comer si no quería hacerlo. Y sí, él planeaba que arregláramos nuestras cosas… pero también había sido él, quien nos metió en esta situación.

¿Por qué entonces era yo el único en pagar las consecuencias? ¿Por qué tenía que callarme, obedecer y asentir ante cada cosa que él decía? ¿Solo porque otro hombre me beso? Porque sí bien, no lo aparté, en ningún momento le correspondí.

— ¡He dicho que comas! — Volvió a presionarme y resultó que poco faltaba para que me echara encima el plato.

— Y yo he dicho que no quiero… — Respondí.

 

  • DAMIAN

SOLTAR SU MANO

El miedo vuelve cobardes a los de mi especie.

 

Mi intención era golpear la mesa, hacer ruido para asustarlo, no echarle el plato con fruta encima. Así que no tengo forma de explicar cómo sucedió. Pero en un intento por evadirme Ariel terminó en piso al igual que la silla que hace unos segundos ocupaba, parte de la fruta estaba sobre su abrigo y el resto yacía en el piso junto al plato hecho astillas.

Me miró asustado, con los ojos bien abiertos y rebosantes de lágrimas. No lo soportaba, me dolía su expresión y su llanto. Pero no pude frenarme…

Fui a su lado y volví a tirar de su brazo, lo saqué a rastras del comedor hasta las escaleras. Ya no objetó nada, simplemente se dejó hacer y luchó por llevarme el paso y subir a tiempo los veintidós escalones hasta el segundo piso.

Entré a su habitación y no me importó azotar la puerta mientras la abría, a él quise aventarlo a la cama, pero no lo hice con la suficiente fuerza y termino a los pies de la cama, sobre la alfombra. No me detuve a ver si se encontraba bien, simplemente me fui de largo hasta la puerta de cristal, la cual aseguré y descolgué la lleve.

Hice gesto de salir de la habitación pero él hablo primero.

— No siempre va a ser así… — Susurró. — Algún día alguien hará contigo lo que tú me has hecho a mí.

No tuvo el timbre de una amenaza, pero parecía tener fe en que sucedería. Me reí… no de él. Sino del hecho de que justamente estaba pensando en eso. Que la vida da muchas vueltas y algún día sería yo quien estuviera en el piso, llorando y con el corazón destrozado.

Esa era la imagen que Ariel proyectaba en este momento. Y yo quería ir hacía él y abrazarlo. Pedirle perdón y escapar lejos… irnos a un lugar a donde esta otra parte mía no pusiera alcanzarnos. Pero ya no era yo, me sentía pequeño ante este monstro que lastimaba y ofendía a lo más valioso que hay en mi corazón. Y maldije internamente, me llamé basura y cobarde… porque estaba preso en un cuerpo que no me obedecía.

Salí por la puerta con la sonrisa aun surcando mis labios. Pero en cuanto la cerré bajé corriendo y a voluntad me estrellé contra la primera pared que encontré. Su llanto lo llenaba todo.

Lejos de sus sollozos que se intensificaban, no podía escuchar nada más.

Tenía miedo de mí… de lo que le hice, de que me odiara. Estaba aterrado por esas voces que se alzaban en todas direcciones y que no sabía de dónde venían. Que tampoco podía verlas pero que las sentía. Quise culpar a la bestia que llevo dentro, pero sabía… comprendía que se trataba de algo más. Una maldad que no tenía cabida en el mundo de los humanos, cosas terribles, atroces… cosas que solo podían ser adjudicadas a mi sobrenaturalidad. Entonces… con dolor entendí que Ariel ya no estaba seguro a mi lado.

 

4 comentarios en “Capítulo 37: El Lado Triste de la Felicidad

  1. Sabes cuanto tiempo me llevo leer el capitulo completo? mas de 8 horas!!!
    No se ni por donde comenzar (^^) espero no olvidarme de nadie.
    Han se me hizo un bobo tan tierno, como gustan pelear por cualquier cosa no? son una pareja muy melodramatica jaja pero les tengo cariño y afortunadamente ya estan juntos otra vez.
    James casi me conquista con su personaje de Chibi Dam, le sale tan bien ser malo (^^) espero q tenga mas participacion q la de andar detras de Sam, el chico tiene su propio encanto.
    El gusto de ver a Elias de nuevo, se me fue cuando lo mandaron al hospital, sabia q su padre era una mierda pero llegar a tanto? q locura! a estos si q les vendria bien una visita de Damian.
    Eres perversa sabes? (^^) casi muero pensando q el virginal Sam se estaba dejando asi de facil con el Sr.xxx despues de haber probado al mejor macho de la serie!!! Q cabe destacar tiene muy bien logrado el titulo (^^) pero cuando me di cuenta uff! sin palabras!!! Cai como toda una Ariel. Son la mejor pareja hasta ahora.
    Hablando de Ariel, a mi tampoco me gusto la forma en q Damian lo trato, nada puede justificarlo pero estoy conpletamente de acuerdo con el. Odio q Ariel siempre tenga un candidato al lado.
    Desde q le gusto Damian resulta q les gustan todos?! Obvio q a mi tamb me gustan sus candidatos pero no los puede tener a todos juntos.
    Ahora resulta q hasta Hylan le va!
    El Alex version 2.0 q ahora tiene se me hizo muy uke, en eso tamb tiene razon Dam (^^) y lo prefiero a su hermano.
    Te juro q esperaba q de ahora en adelante viviriamos el amor mas tierno y apadionado entre los prota pero se ve q esas cosas no estaran en su menu.
    Muy triste el final pero siempre es asi. No importa todo lo bueno q hayas hecho para ganar el cariño de alguien, con muy poco se puede perder todo. Y Damian esta rebasando los limites por mas q Ariel en mi opinion si se esta equivocando tamb y muy feo.
    Hasta el proximo capi (^^)

    Pd: no vayas a banearme q mi celu siempre quiere copiar palabras pero yo no lo dejo jajaja

    Saludos!

    • Hola Auriel!!

      Que puedo decirte, me tomó casi mes y medio escribirlo.

      – Han y Deviant. Son nuestra pareja más solida. Madura en cuanto a que saben que comente errores y están dispuestos a corregirlos con tal de que la relación funcione. Han es muy entregado, pero también debe saber ponerle limites a Deviant.

      – James tendrá su propio romance, uno en el que pueda y deba ser correspondido.

      – Elias tiene una historia triste que continua en picada. Es alguien influenciable, y su padre lo sabe.

      – Guianmarco y Samko: Ellos son nuestra pareja inmadura. Donde la edad no tiene nada que ver… Guianmarco es genial y guapo… muy apasionado pero debe entender que Sam ya no es un niño.

      Ariel y Damian son la pareja menos honesta. Ambos caprichosos y hasta cierto punto cobardes. No se atreven a aceptar lo obvio y es ahí donde empiezan los problemas.
      Ariel tiene un gusto especial por los que lo tratan mal. Es una conducta aprendida.
      Le gustan los cinco, pero de diferente manera.
      A sedyey puedes descartarlo, Se lo dijo solo por no verse mal plan. Lo de él es amistad. Guianmarco… bueno es Guianmarco… a quien no le gusta? Y lo de James es solo una trasferencia. Producto del vinculo que une a Damian con James y del que ahora él forma parte sin saberlo. Así que solo tiene 3 y entre ellos Damian es su máximo.

      Damian por su parte… comete error tras error. Ese carácter que se manda no le dará nada bueno. Es hiriente en su forma de hablar y Ariel tiene el genio dormido pero no creo que le aguante mucho.

      Habra romance, pero primero tienen que atreverse a reconocer abiertamente lo que sienten.

      Muchas gracias por el comentario y espero seguir leyéndote.
      Saludos!!

  2. Lo olvidaba (^^) Me Encanta cuando Damian pelea!! lastima q siempre tenga q estar Ariel en el medio.
    Gracias por no describir como lastimaban a Elias. Ya tenemos de sobra con Damian.
    Bye Bye!

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