Capítulo 4: Huargo

Se es la suma de todo lo que se ha vivido.

 

 

LA BESTIA DE GÉVAUDAN

Sur de Francia 30 de junio de 1764.

Jeanne Boulet de catorce años, muere en Hubacs después de ser víctima del ataque de la que más tarde se conocería como la bestia de Gévaudan. Una criatura con forma de lobo pero tan grande como un caballo.

Ese mismo verano cobró la vida de cinco personas más, dos niñas, dos niños y una mujer de 32 años. Sin embargo, para el invierno el número de víctimas se incrementó de manera alarmante, pues la bestia llegó a matar hasta dos veces por semana.

Aunque el misterioso animal atacaba tanto a hombres como a mujeres, parecía que tenía preferencia por las mujeres y los niños. Estos últimos, eran las presas más vulnerables, debido a que se encargaban del cuidado de los rebaños en los pastizales y solían estar solos cuando desempeñaban tales tareas.

El lóbrego devorador de hombres aterrorizó a la población de Gévaudan y Aveyron en el siglo XVIII, poniendo en entre dicho la autoridad del Rey Luis XV y la habilidad para darle caza, de su guardia real. Convirtiendo su amenazante presencia en un asunto de Estado.

Cazadores de toda Francia, Transilvania y sus alrededores, vinieron a Gévaudan atraídos por las cuantiosas recompensas que la corona ofrecía a quien le trajera la piel de la bestia. Pese a todas las declaraciones de las personas que habían sido atacadas y los restos de las más de 26 víctimas y sumando, nadie sabía con exactitud a que se enfrentaban. La mayoría intuía que se podía tratar de un lobo de enorme tamaño y un poder devastador e inimaginable.

Todos los esfuerzos realizados hasta ese momento habían sido en vano, el sin número de cazadores que le tendían emboscadas, solo lograban confundir sus pistas con otras falsas. Los más experimentados decían que el comportamiento de la bestia no se asemejaba al de un lobo común. Pues en muchos sentidos, resultaba ser más astuta y precavida.

Se decía que de un solo bocado podía arrancar la cabeza de sus víctimas. Debido a su fuerza, su tamaño y su peso aproximado de más de 100 kg, había cobrado la vida de 64 personas tan solo en ese año.

Muchos lobos, decenas de ellos, fueron abatidos pero las víctimas no cesaban. La gente se sentía muy asustada, pues ni siquiera la participación del Rey había conseguido aplacar a la temible y despiadada bestia.

El 17 de febrero de 1765 Denneval y cinco tropas de los “dragones”. Miembros selectos de la guardia real, se establecieron en Gévaudan exigiendo que la cacería fuera exclusiva para ellos, debido a esto, los Duhamel que eran el primer grupo que había sido enviado por el Rey, se vieron obligados a abandonar el país y partieron hacia Pont-Saint-Esprit. El 21 de abril los Denneval organizaron una cacería para atraer a la bestia hacía una zona despejada. Y pese a que lo lograron, el animal pudo escapar sin que lograran dispararle.

Durante todo ese mes, la historia de la bestia se extendió por toda Europa. Los británicos se burlaban del hecho de que no se pudiera matar a un solo animal.

El 1 de mayo, la bestia fue herida en dos ocasiones y había caído, sin embargo, cuando los cazadores intentaron acercarse, se puso en pie y aunque herida, logró escapar. Denneval y los que participaron en esa casería pensaron que la bestia había sido herida de muerte, pero al anuncio de que una mujer había sido asesinada por la tarde, los desengaño.

Los lugareños creían que se trataba de un demonio cambia formas, o en su defecto se trataba de dos criaturas, algunos describían a la bestia con un pelaje rojillo con una mancha grande de color gris en el lomo. Otros decían que era moteado, entre negro y blanco y una cola larga, fuerte y extraordinariamente móvil. Sus fauces las describían como desmesuradas. Pero todos coincidían en que la bestia era tan grande como un caballo pero infinitamente más rápida y ágil.  Su piel no podía ser traspasada por las balas, razón por la que hasta ese momento no había podido ser abatida.

Ante los constantes fracasos por atrapar a la bestia, el Rey decide mandar al cazador real Antoine quien en una de sus caserías logra matar a un gran lobo, el cual, varios testigos declararon que era la bestia. El lobo fue llevado al pueblo para ser disecado y posteriormente se trasladó a Paris para ser presentado al Rey.

Oficialmente la bestia estaba muerta, aun si los ataques siguieron sucediendo. Para la corona y el gobierno de Francia, estaba muerta. En ese mismo año, los ataques recrudecen, pues muchas de las victimas comenzaban a presentar signos evidentes de haber sufrido abuso sexual antes o después de su muerte.

La gente aterrorizada se aferraba a su fe, entre los aldeanos comenzaba a correrse los rumores de que la bestia era un hombre lobo o un hechicero que podía transmutar convirtiéndose en un monstruoso depredador que se alimentaba únicamente de carne humana. Pues no había informes de animales domésticos muertos, ni del propio ganado.

Incluso se llegó a pensar que se trataba de un asesino en serie que aprovechándose de la situación mataba y violaba a las víctimas y después abandonaba los restos en lugares en que serían fáciles de localizar y devorar por animales de carroña y que tales muertes podrían ser atribuidas a la bestia.

El 19 de junio de 1967 un noble de la localidad, Jean Chastel hizo bendecir tres balas de plata y organizó una cacería a la que asistieron 3oo personas. Se cuenta que cuando la bestia apareció, Chastel le disparó las tres balas de plata y la bestia murió.

Las balas fueron recuperadas y se fundieron para crear tres medallas que se cosieron al sombrero de la virgen María. Luego de su fusilamiento, nunca más se volvió a escuchar de la Bestia.

– ¡Es interesante! ¿No crees? – Agregó Deviant mientras finalmente apartaba la mirada del artículo que había estado leyendo en voz alta y dejaba el periódico sobre la mesa de centro.

– ¿Qué es interesante? – Le preguntó su hermano con cara de pocos amigos.

Desde hace poco más de una semana, Damián llegaba al departamento de Deviant después de la una de la tarde y se quedaba un par de horas haciendo nada. En esta ocasión, el mayor había insistido en leerle una nota del periódico, mientras ambos descasaban en la sala.

– Lo que dice el artículo… ¿Te lo imaginas?

– ¡No, no me lo imagino! – Le interrumpió tajante, pero no logró quitarle el buen ánimo al mayor.

– ¿Qué fue lo que realmente paso?

– ¡Yo que sé!

– ¡Vamos Damián! Lo sabes… – Le acusó. Damián lo miró con cierta impaciencia y sin más volvió a lo que hacía… Nada.  – El artículo menciona a los Chastel.

– ¿Qué con eso?

– Son tus antepasados… Eres un Chastel, deberías de saber cuál es la verdadera historia sobre la bestia de Gévaudan. ¿En verdad era un lobo?

– ¿Por qué insiste en averiguar una verdad que no soportas? – Regañó furioso. – Vete a contar tu dinero o que se yo… ¡Solo dejame en paz!

– Si me lo cuentas rápido te dejaré tranquilo… – Prometió.

– ¡Largo!

– ¡Es mi casa! – Se defendió el mayor – Largate tú con tus mugrosos secretos. Lo averiguaré por mi cuenta Damián Chastel.

Harto de la situación y propiamente de su hermano, tomó su cazadora y salió a toda prisa del departamento. A estas alturas, Deviant ya debía tener en claro que a él no le gustaba tocar esos temas. En parte porque la mayoría de sus recuerdos habían sido nublados, y poco a poco los había ido olvidando y en segundo, porque lo poco que recordaba no era bueno.

– ¿Qué podría contarle? – Se preguntó a sí mismo en voz alta, mientras bajaba las escaleras con rumbo al estacionamiento.

Y hasta cierto punto el cuestionamiento era válido. Deviant conocía la mayoría de los detalles, no por Damián, pero los conocía. Para el moreno la historia turbia de sus antecesores no era algo sobre lo cual presumir, y los detalles de su nacimiento tampoco lo eran.

En efecto, era un Chastel, pero la dinastía había comenzado mucho antes de Jean y los extraños motivos que lo orillaron a dar muerte a su propio hijo y proteger a su nieto quien había sido en realidad, el responsable de todas esas muertes y la verdadera bestia de Gévaudan. Su linaje se remontaban a los años 2941 de la Tercera Edad, en ese entonces, grandes manadas de Huargos eran comunes.

Para Damián, todos ellos eran una estirpe portadora de un gen maldito que lo habían alcanzado y al que finalmente había tenido que sucumbir. Siete generaciones después de Jean, todos siendo hijos únicos, varones y con la habilidad de transmutar en licántropos, pero solo Jean, su nieto Pierrot y el propio Damián, en lobos. Siendo este último el segundo Huargo de pelaje negro desde el origen de su raza y del cual solo se sabía que era el más inhumano y perverso entre los de su raza. Nada que Damián no supiera por sí solo.

Las leyendas de su estirpe no hablaban mucho sobre aquel primer Huargo negro, lo único que Damián sabía era que su poder lo había desquiciado, que la bestia había vencido sobre el humano, socavándolo hasta convertirlo en un mero instrumento al que manejaba a voluntad. Obligándolo a cometer los más viles y vergonzosos actos.  Hasta que finalmente, tras deambular por varios días a como lobo, no pudo volver a su forma humana.

En secreto, ese era el más profundo miedo de Damián.

Y en cuanto a su nacimiento, tristemente lo recordaba absolutamente todo. Su madre era una nativa de Macó, una mujer de piel canela como la suya y poseedora de una belleza casi sobre natural. De carácter recio y sangre pura. Deán Chastel su padre, en su paso por Hungría, la conoció y al poco tiempo la volvió su esposa. El romance les duro poco, ella quedó preñada y ocho meses después murió. No pudo sobrevivir al parto, el niño era demasiado grande y la mujer se desangro por completo.

Esa fue la primera muerte que Damián llevaba en su conciencia. Su padre desapareció de su vida el mismo día que sepultaron a su madre. El pequeño niño fue abandonado con los oriundos de la localidad. Llegando a ser de todos y de nadie, casi al mismo tiempo.

Muchas cosas terribles le sucedieron en ese tiempo, había pasado hambre y frio. Pese a ser un niño, era violento e introvertido. Siempre solo, siempre furioso y a la defensiva.

Niños e incluso adultos se sentían intimidados ante la presencia del chico, su fuerza, su violencia y ese extraño par de orbes de color cambiante, le daban una apariencia anormal. También era mucho más alto que un niño promedio a su edad, era ágil y rápido para moverse y trepar árboles. Y pasaba días enteros internado en las profundidades de los bosques.

Fue hasta que Damián cumplió siete años, que su padre volvió. Había una razón para su ausencia, y es que en cuanto sintió su olor y aun sin conocerlo. Logró su transmutación por primera vez mostrando su verdadera naturaleza. Aquel primer cambio lo recordaba como el dolor más grande que había tenido que sufrir en toda su vida. Siendo su padre portador de un gen infectado de licantropía, sintió la amenaza en cada fibra de su ser y la bestia que albergaba en su interior, despertó colérica e irascible.

Se recordaba así mismo retorciéndose de dolor, aterrado al ver como su piel se partía y sus huesos se deformaban y como si eso no fuera poco, todo su ser cambió hasta que en un movimiento violento se incorporó y casi al mismo tiempo, cayó de cuatro patas.

Damián cortó el recuerdo. No se dio cuenta en que momento había llegado al estacionamiento, pero ahora estaba sentado sobre su motocicleta, sus manos se aferraban con fuerza a las manivelas. Y de nuevo estaba ahí, ese dolor punzante que esporádicamente lo hería. Casi nunca le dejaba espació, evitaba a la medida de lo posible no dejarse controlar por ningún otro sentimiento que no sea el de odio y coraje. Pero el recuerdo de ese día, aun lo volvía vulnerable y se odiaba por eso.

Podía recordarse como si fuera un simple observador.  Aquel Huargo negro de menos de un metro de altura, un lobato asustado que aullaba y con la cola entre las patas y las orejas caídas temblaba de miedo. También tenía fresco el recuerdo de su mente perturbada de humano, que no podía dar crédito a lo que sucedía. Y la sonrisa sátira del hombre frente a él que lo miraba con mofa y quizá, solo quizá, con cierto orgullo.

Nadie nunca antes lo había mirado de esa manera y en su joven corazón roto sintió que podía llegar a acostumbrarse a sentirse de la manera en la que en ese momento aquel hombre lo hacía sentir. No solo al mirarlo, sino también cuando intentando calmarlo lo había llamado en tres ocasiones “hijo”.

Esa prostituida palabra que Damián había escuchado en tantas ocasiones, dicha a tantas personas, pero que nunca tuvo para él, hasta ese preciso momento. Entonces, también sintió que podría acostumbrarse a ser llamado de esa manera y a su vez llamar “padre” a quien tenía frente a él.

Pero todas sus esperanzas se rompieron cuando en repetidas ocasiones fue golpeado por aquel que exigía que se controlara y que lo obligaba a mantenerse en su forma de animal para hacerlo pelear a cambió de unas cuantas monedas. Aquel que lo trataba peor que a un perro, que lo mataba de hambre y sed. Y que disfrutaba de aterrarlo cada vez que se transmutaba en un animal extraño que Damián nunca supo reconocer.

En una de esas peleas había conocido al padre de Deviant, quien sin realmente proponérselo, los había descubierto cuando Deán limpiaba las heridas de un niño que lloraba y se abrazaba a si mismo desnudo sobre el piso.

Pero todo llega a su fin, Deán perdió el control de su hijo convertido en Huargo y murió entre sus fauces. Cuando el terror que lo invadió por lo que había hecho, cedió. Damián no se lamentó más, estaba hecho y a decir verdad, no se arrepentía. Todo lo demás que debía aprender sobre su condición, lo hizo por su cuenta, cometiendo error tras error. Y pagando las consecuencias de los mismos.

Hizo cosas de las que si tuviera que meditar en ellas, no sentiría orgulloso. Pero como culparlo, solo era un chiquillo asustado, un cachorro sin manada. Al menos, lo fue hasta que la familia de Deviant llegó. Entonces tuvo un padre y un hermano mayor.

La vida había cambiado para él, muchas cosas y momentos gratos comenzaron a llenar su vida. Pero Damián sentía que ya todo estaba perdido, que llegó tarde a ellos, su corazón se había cerrado, había olvidado sentir, reír y creer.

– Adonde sea que últimamente vas, estas llegando tarde Damián Chastel… – La voz de su hermano lo devolvió al presente. Y pese a que no escuchó todo lo que le había dicho, alcanzó a ver ese movimiento en el que Deviant señalaba su reloj.

Deviant no se detuvo, le habló mientras pasaba a su lado, pero siguió el camino hasta su automóvil.

– ¿A dónde vas? – Preguntó Damián.

– ¿Qué te importa?

– ¡Imbécil! – Gruñó el menor.

– No eres el único que puede tener secretos, Damián Chastel.

– Deja de llamarme por ese apellido… Te recuerdo que fui adoptado, así que soy un Katzel, como tú. – Deviant cruzando los brazos sobre el pecho se giró para mirar a Damián y se hecho la carcajada.

– Ya quisieras ser tan genial…

El menor reviró los ojos con el fastidio y la apatía que le caracterizaba. Deviant no dejaba de reír, para él, no había mejor pasatiempo que hacer enojar a su hermano menor, cosa que ha decir verdad, no era muy difícil de conseguir. Sin embargo, se valía de que Damián no le haría nada, tal y como había prometido, para ofuscarlo hasta que el otro terminara huyendo.

– ¡Voy a quitarte esa risita estúpida a golpes! – Amenazó el menor. – Es una ironía que tú seas un hijo de puta y tu madre una señora tan decente.

– ¡Sí, sí! ¡Lo que digas adoptado!

El rechinar estridente de las llantas sobre el asfalto le dio a Deviant su más reciente victoria. Damián hervía en su bilis, y al mirarlo con fijeza lo constató, su rostro estaba rojo y la vena de la frente le pulsaba notablemente.  Iba a reírse de nuevo, pero Damián pasó tan cerca de él que por un momento creyó que lo arrastraría.  Pero ni siquiera rozaron, sin embargo, sé quedo inmóvil hasta que a toda velocidad, el menor abandonó el estacionamiento.

DAMIÁN

Me irritaba, en lograrlo tenía una habilidad especial. Sin embargo, en este momento él era lo único que tenía y no podía ponerme exigente.

Sabía perfectamente que la fuerza del lobo reside en la manada. Carsei tenía a Nymeria, Káiser tenía a Invierno, incluso el pequeño joker tenía Niebla y a Akira. Y a su vez, todos se tenían así mismos y a los demás. Pero yo no tenía a nadie, salvo a Deviant, quien por mi culpa cada vez se alejaba más. No es que deseara que lo hiciera, pero cada que estamos juntos solo sabemos discutir.

Sin embargo, aun si la mayor parte del tiempo estoy bien de este modo, hay veces en las que la soledad me resultaba insoportable, inaguantable. Y me ardía mirar a mi lado y saber que no había nadie para mí, y que tal vez, jamás iba a haberlo. Sabía que yo mismo había desterrado esos sentimientos, pero pasan los años y ya estoy cansándome de no sentir.

Todo quedó olvidado cuando llegué a esa parte del camino. Las cosas no habían salido como originalmente las había planeado, pero tampoco puedo negar que me gustaba el rumbo que han tomado. Y es que él tenía algo que ante mis ojos lo hacía diferente a todos los demás.

Ahora, el medio día ya no era aburrido para mí, desde hace diez días que había comenzado a seguirlo, la mayor parte del tiempo me ocultaba, pero había ocasiones en las que me dejaba ver y él parecía sentirse mucho más cómodo.

Era como un tipo de complicidad, algo entre los dos. Durante estos días habíamos seguido la misma rutina. Nos encontrábamos a las doce del mediodía en el restaurate. En tres ocasiones habíamos coincidido en la entrada, entonces, me hacía a un lado para dejarle pasar, aunque por lo general, llegaba primero y esperaba por él. Aun no habíamos hablado, y no estaba seguro de cuando me decidiría a hacerlo, por el momento me sentía cómodo con lo que teníamos. Me bastaba con que me mirara de esa manera tan dócil y disfrutar del infinito pedazo de cielo de sus ojos.  Solo eso, nos mirábamos y de cierta manera, estábamos juntos.

Los lunes, los miércoles como hoy y los viernes, él volvía a la universidad por tres horas, entonces, le esperaba en el casino o iba a la casa de Deviant. Pasado ese tiempo nos encontrábamos en este cruce del camino. El autobús le dejaba aquí, que era el límite de la ciudad, de este punto en adelante comenzaba la zona de residencias, casas con patios enormes. La suya era la última, curiosamente pasaba por ahí casi todos los días, pero hasta ahora le ponía atención.

Ariel parecía disfrutar mucho de caminar, contrario a mí, que lo detestaba y sin embargo, aquí estábamos cubriéndonos de nieve y de la humedad que últimamente se hacía más molesta. Los primeros días él caminaba adelante, con varios metros de distancia, aunque últimamente ese espacio se iba reduciendo notablemente. Parecía no importarle que fueran casi doce kilómetros hasta su casa, se distraía con cada cosa que veía, una simple hoja o el movimiento de los arboles por el viento, incluso la nieve que pisaba.

También yo me entretenía, pero no por el paisaje, era un sentir extraño al que aún no le podía poner nombre. La mayor parte del tiempo, su espontaneidad lograba hacerme olvidar lo que al final sucedería. Y que a propósito, he querido posterga.

Por ninguna razón en particular. Es solo que no había conocido antes a alguien que disfrutara tanto de mi mundo. Y la verdad es que había descubierto muchas cosas interesantes en él. Por ejemplo, tenía una especie de guarida cerca de una afluente, en el patio trasero de su casa, aun si al principio eran solo lonas plásticas atadas a los árboles, poco a poco, le había hecho algunas innovaciones, y ahora resultaba un espacio acogedor y con muy buena vista.

Cuando caía la tarde y él se iba, me acercaba y revisaba los nudos que hacía o las tablas que acomodaba y las aseguraba. Eran muy pocas las cosas que tenía que remendar, aun si se tomaba su tiempo para hacer cada cosa, el resultado era bueno. Pasaba varias horas en ese lugar, y yo con él, aunque a una distancia prudente para que no pudiera verme.

La ingenuidad que despedía era casi tan cautivadora como lo era su olor. Había cierta paz que me invadía cuando estaba en su compañía, una paz que venía de él y que llevaba su nombre. La frustración y la fiereza de al principio, había cedido casi por completo.

Cada vez que caminaba tras de él, tal y como lo hacía ahora, volvía a mi mente aquella primera vez, hace varios días atrás. Cuando había comenzado a seguirle los pasos, después de que salimos del restaurante. Me recordaba escondiéndome entre las sombras para evitar ser descubierto. Era la primera vez que desde el principio me veía obligado a ser muy cuidadoso y tanto esmero y escrupulosidad me irritaba.

Sin embargo, esa también, era la parte de mi rutina que más me entretenía y sobre todo, la que más requería de mi completa atención. Pero me placía hacerlo, quizá porque salvo en ocasiones como estas, ambas partes de mí, lograban unirse de tal manera que cada uno de mis sentidos se centraba en la presa.

Por lo menos, así había sido hasta antes de conocerlo, el chico había demostrado una destreza brutal para perturbarme. Como si se tratase de algo místico, su sola presencia hacía que la bestia frenética se sacudiera con violencia dentro de mi cuerpo, casi lastimándome.

Ese primer día pude sentir claramente el sutil temblor de mis manos, y la sed en la garganta que me quemaba casi de la misma manera con la que el hambre me torturaba. Pero el lobo tenía sed de sangre no de agua y no deseaba comida, sino más bien, atiborrarse con la carne joven del muchacho.

Y después estaba mi lado humano, igual de perturbado, enojado por el desequilibrio que no sabía cómo explicar. Deseoso de poseer ese cuerpo y despedazarlo. Borrar con mis palabras y acciones la sonrisa franca y cálida que me había dedicado cuando nuestras miradas se cruzaron. ¿Por qué me sonreía? En ese primer momento, odié su supuesta amabilidad, estaba seguro que no había olvidado aquel primer encuentro. Yo mismo no lo había hecho.

Y sin embargo, él me había sonreído incluso con los ojos. Y seguía asiéndolo como despedida cada que abandonaba el restaurante, aún si vez tras vez, yo fingía ignorarlo.

Solo de rememorar esa sonrisa y sus ojos color cielo, hacía que todo lo demás careciera de esencia, de belleza. Entonces yo dejaba ser lo que soy y me convertía en alguien común que camina detrás del que le proporciona algo parecido a la felicidad. Siguiendo manso su pasos… su rastro sobre la nieve.

FLASH-BACK EN TERCERA PERSONA

 Esa misma tarde en la que Damián había decidido seguirlo, comenzó la cacería. A una corta distancia lo observaba con detenimiento. El chico le había parecido un tanto distraído, descuidado hasta el punto de considerarlo torpe, sin embargo, resulto ser mucho más perceptivo.

Mientras Ariel avanzaba por las calles ya de por si angostas de la Plaza Mayor y al ser mediodía, también abarrotadas de personas que hacían sus compras, había podido sentirlo. Una fría mirada sobre su espalda, con cuidado miró hacia atrás, era una tontería, había demasiada gente y sin embargo estaba seguro de que lo seguían.  Después de recorrer rápidamente su alrededor, volvió la vista al frente y continuó su camino.

 Damián se sacudía ligeramente, era una sensación extraña. El humano se sentía acechado más que al asecho. El chico lo estaba cazando, lo buscaba porque estaba seguro de su presencia.  Por otra parte la bestia quería dominar, salir y guiarse instintivamente por lo que a simple vista era más que evidente. Ariel era bajo de estatura y menudo. Quizá podría correr, pero jamás superaría la velocidad de la bestia a cuatro patas. Y aun si lo intentara, el animal estaba convencido que un zarpazo bastaría para desgarrarlo y herirlo de muerte. Pero el hombre era un poco más sensato y se dejaba guiar por sus hábitos infalibles. Así que, luchando contra ese instinto animal, se aferró a su forma humana y específicamente, se concentró en buscar las debilidades de su objetivo.

Buscaba algún tipo de lesión resiente en los pies o propiamente en el pecho, espalda o tobillos, cualquier cosa que pudiera quebrantar como primera opción para someterlo o debilitarlo.

En su experiencia nunca se debía subestimar el potencial de una presa. De sobra sabía que el que fuera joven y pequeño, no necesariamente lo volvía vulnerable. En un aumento de adrenalina, todo puede pasar. Él no iba a arriesgarse a perder su botín, odiaba las sorpresas, así que prefería no dejar cavos sueltos.

Sus ojos pardos escanearon con escrupulosidad el cuerpo del joven y para su mala fortuna, aparentemente no había nada de que valerse. Si bien, caminaba desesperantemente lento, pero su paso era firme y seguro. Era ligero en su andar, en el sentido de que se movía con gracia y una armonía que parecía irreal. Su postura erguida y los hombros ligeramente echados hacia atrás, lo hacían lucir algo rígido pero sin perder su fluidez. Era una postura aprendida, para nada espontánea.

Ahora el que estaba a su lado tenía más soltura pero igualmente conservaba los hombros tensos. Ariel desvió momentáneamente la vista de su interlocutor y la fijo sobre Damián, quien ahora estaba a solo unos cuantos metros.

Aun si solo podía verlo de espalda, hubo algunos detalles que aunque lo intentó, no pudo ignorar.  Y es que ante sus ojos y por mucho que se lo negara, Ariel poseía ciertos encantos. Eso sí, no era su tipo, ni en esta vida ni en ninguna otra lo sería. Él prefería cuerpos un tanto más desarrollados, hombre o mujeres, no importaba. Pero nunca niños.

Sin embargo, quizá era la armonía de sus latidos, el calor que emanaba de su cuerpo o su propia vitalidad. Tal vez, solo era ese pantalón entubado en color azul que se ceñía perfectamente a su cuerpo dejando ver unas pantorrillas firmes o ese par de muslos con sus dulces movimientos simulando fronteras sin dueño, separadas por un efímero espacio entre cada uno de sus pasos.

Centrando su mirada un poco más arriba otro delicado detalle. Aquel trasero coqueto, pequeño, sí. Pero también perfectamente redondeado y firme. Casi podía sentirlo entre sus manos. La cadera y cintura remarcadas, aunque su espalda aún era de niño, los hombros estrechos y brazos delgados, apoyaban lo anterior. Aclara luz del día e incluso en las sombras, el cuerpo del chico reflejaba delicadeza pero también lo masculino que en un futuro podría llegar a ser.

Ariel se detuvo de nuevo, y por tercera ocasión miro hacia atrás. Lo hizo con cierto disimulo permitiendo que Damián se perdiera entre el gentío. Los ojos pardos siguieron la mirada azul que lentamente pero sin pausa, recorría los establecimientos y a las personas.

Ariel volvió la mirada por el mismo camino que había recorrido. Estaba ahí, aunque no lo distinguía podía sentirlo. En su interior sabía que no era producto de su imaginación sobrevalorada. Alguien le seguía. Y su intuición le decía que sea lo que sea, no era bueno. La sola idea le hizo estremecerse, su cuerpo tiritó un par de veces y a modo de consuelo se abrazó a sí mismo.

– ¡Qué perceptivo! – Pensó Damián.

Por supuesto, él no había perdido el más mínimo detalle de esa reacción.  Pero sus pensamientos se desdibujaron cuando esa mirada azul se posó sobre la suya, o por lo menos, eso fue lo que Damián sintió en un primer momento. Pero Ariel no le miraba a él, sino a quien estaba delante.

Se reconoció a si mismo conteniendo el aliento.  ¿Qué era esto que le estaba sucediendo? ¿Por qué le preocupaba las excusas que tendría que dar si llegara a ser descubierto? Mejor aún, ¿Por qué tendría que excusarse? Ariel deshizo el contacto con un pestañeo y volviendo la vista al frente, llegó hasta un establecimiento de plásticos.

FLASH-BACK / PRESENTE: DAMIÁN.

Una sonrisa de medio lado me sorprendió tras ese recuerdo. Lo tenía todo tan nítido en mi mente, como si acabara de suceder. Aun si la ansiedad no me abandonó en ningún momento, continué siguiéndolo. Después de que comprara varias cosas, se dirigió a su casa. Resulto estar a las afueras del poblado, la última de todas las residencias de esa zona. La propiedad abarcaba un terreno espacioso, el lujo rezumaba hasta en el más insignificante macetero.

Eso explicaba la galantería y la formalidad que Ariel había demostrado al comer, la forma en la que se sentaba e incluso la tenuidad con la que hablaba.

Sin embargo, la forma presurosa en la que lo observé bajar del taxi, el griterío que hizo cuando aviso que ya estaba en casa y sus ruidosos pasos mientras corría escaleras arriba, no encajaban en ese fino equilibrio. Apenas y si me dio tiempo de esconder la moto entre los arbustos, cuando él ya estaba bajando presuroso y a voz fuerte avisaba que saldría de nuevo.  Tanta vitalidad de su parte me resulto exasperante. Pero ahora, he comenzado a acostumbrarme. Él es así, tiene prisa por vivir.

Lo escuché ir y venir por el patio trasero, no había bardas, así que no fue difícil acercarme y poder observarlo a una distancia prudente. Entraba y salía de una bodega pequeña mientras juntaba algunas herramientas, después, lo que pudo lo guardo en su mochila y lo demás lo ato con una de las sogas que había comprado.

Entonces, abandonó su mundo internándose en el mío. Y debo confesar que fue exquisita la emoción que proyectaba, lo cómodo que parecía de estar en un lugar como ese, tan lleno de peligros que desconoce o que poco le importaban.

El viento frio le alborotaba sus cabellos ligeramente largos, trayéndome su aroma. No importaba si estaba mezclado con la humedad o el propio aroma del bosque, el suyo era distinto, mi olfato lo reconocía porque su esencia había quedado grabada en mi memoria. Su olor y sus ojos.

Era tan pequeño en comparación con ese bosque que me pertenecía y sin embargo, el presumía pertenencia. Lo reconozco, desde esa primera tarde en la que lo vi mezclado con la floresta, deseé conservarlo. Y fue así, como poco a poco, la cacería se había vuelto almorzar juntos y de postre sus miradas y sonrisas juguetonas. Asegurarme de que llegue bien a casa y paseos al atardecer por el bosque.

Sentí algo vibrar en mi cazadora, y volví a centrarme en el presente. Era un obsequió de Deviant que había insistido en que conservara, la misma cantidad de veces en las que se lo había devuelto. Debió ponerlo mientras estaba en su casa, rápidamente volví la vista al frente, el chico continuaba caminando haciendo más grande la distancia entre nosotros. El teléfono volvió a vibrar y tuve que despegar la vista del frente, en la pantalla el nombre de mi hermano junto con una foto de ambos, que por cierto, no sabía en qué momento nos la había sacado, se podía observar. Apreté el botón para contestar pero aguardarme en silencio para que fuera él quien hablara primero.

– ¿Damián? – Esa voz lamentable no era de Deviant.

– ¿Han? – Pregunté distraído, Ariel se había detenido a mitad de la carretera y observaba con detenimiento algo entre los arbusto de enfrente.

– Sí, soy yo… – Sonaba como si estuviera desinflándose.

– ¿Se puede saber qué diablos haces con el teléfono de mi hermano? – Pregunté colérico. Detestaba a Han, lo aborrecía porque estaba tras de Deviant y si aún no lo había matado es porque mi hermano no lo soportaría, prácticamente habíamos crecido los tres juntos.

– Damián… nos sacaron de la carretera, Deviant está herido… – Por breves segundos, mi mundo entero se detuvo ¿Deviant herido? ¿Los habían sacado de la carretera?

– ¿Dónde? – Fue lo único que atiné a preguntar y a decir verdad, ya estaba corriendo de vuelta al centro, aunque no sabía exactamente a donde.

– En el kilómetro doce… Rumbo a la capital.

Eso estaba a casi una hora de donde me encontraba, y no sentía que la situación estuviera a mi favor como para ir como humano por la motocicleta hasta el departamento. Tampoco tuve que pensarlo mucho, incluso ni siquiera lo medite y para cuando fui consiente ya corría entre los arboles mientras me desvestía.

Había logrado un control casi total en mi trasformación, así que basto dejar libre a mi lobo para que al instante cayera sobre mis cuatro patas. Crucé la zona baja, rodeando la parte de las fábricas abandonadas. Los callejones y pasillos de las avenidas en el centro, eran demasiado angostas para mi tamaño, pero también era demasiado pesado para correr por los techos sin armar un escándalo. Así que mi única opción era tomar lo que estuviera a mi alcance.

Con eso en mente, robé el primer auto que encontré. Y también algo de ropa.

Hice el trayecto en casi un cuarto de hora. Para cuando llegué no pude divisar nada. Se habían ido por un barranco empinado y varios metros abajo el auto ardía en llamas. Estaba frenético y eso me impedía distinguir su olor, miles de cosas pasaban por mi mente y me sentía aturdido.

Porque justo ahora, que la posibilidad de perderlo me amenazaba, era que me daba cuenta lo importa que Deviant era para mí.  Intenté serenarme y cerrando los ojos hice mi mayor esfuerzo por concentrarme, hasta que el olor de la sangre de ambos me llegó mezclado con el olor del humo y el del bosque mismo.

Casi a la mitad de la empinada, a unos diez metros más o menos, sobre una laja de piedra. Fue ahí donde los encontré. Deviant estaba inconsciente y sangraba de la cabeza y tal vez de todas partes, debido a los rapones. Han no estaba mejor, pero él no era mi problema. Con cuidado me eché a Deviant al hombro y comencé a subir.

– Si te atrasas, te dejó…– Amenacé. Han me siguió en silencio, sabía que estaba en problemas, aún tenía que explicarme porque estaba con mi hermano.

El regreso se me hizo eterno, pero cuando finalmente llegamos, ambos fueron internados. Decir que estaba preocupado, era poco. Últimamente lo había hecho enojar demasiado, y en general, de siempre había representado una molestia para él. Supongo que he sido muy duro con él y egoísta al no contarle con mis cosas, pero en verdad, era algo de lo que me costaba mucho hablar.

 Mientras esperaba en una de las salas de “urgencias” la gente me miraba sin discreción y algunos otros con molestia, en cualquier otro momento les hubiera echado pelea, pero el estado de salud de Deviant me tenía angustiado.

– ¡Señor! – Me llamó una enfermera.

– ¿Cómo está mi hermano? – Pregunté de inmediato.

– Aun no tenemos noticias, pero no puede estar así en el hospital. – Fue hasta que me señaló que me di cuenta de que estaba descalzo y sin camisa.

– ¡Es todo lo que tengo! – Aseguré sin tomarle mucha importancia.

La mujer de cuando mucho unos cuarenta años, me dio la espalda y se perdió por uno de los pasillos. A los pocos minutos volvió con una bata blanca y me la ofreció. No iba a aceptarla, pero fue clara al decir que debía usarla o me sacarían de ahí. No era momento para crear problemas, así que accedí.

Después de casi cinco horas, fue que me dejaron verlo. Ya me habían dicho que no había sido nada de gravedad y que de sentirse bien, quizá hoy mismo podría volver a casa, pero tenían que esperar a que reaccionara para hacerle unos estudios y ver si el golpe en la cabeza no había dejado lesiones mayores. Pero aun así, no pude estar tranquilo hasta que lo vi con mis propios ojos. Ya le habían hecho los estudios necesarios, ahora solo esperábamos por los resultados.

– ¡Exijo que me dejen ir! – Dijo en cuanto escuchó la puerta abrirse. Era un imbécil, no estaba en su reino así que no tenía derecho a exigir nada. Llevaba una venda en la cabeza que le cubría parte de los ojos, fue por eso que un primer instante no se dio cuenta de que quien había entrado, era yo.  – ¡Quiero un poco de Wiski! ¡Esto me está matando!

– Esto es un hospital no una cantina… – Le dije mientras llegaba a su lado.

– ¡Doctor! ¡Usted se me hace conocido! – Bromeó al ver mi atuendo. – Se parece al adoptado de mi hermano… – De nuevo con eso, era el mismo idiota de siempre, lo cual significaba de que estaba bien. Y por alguna razón, sentí que nuevamente pude respirar con normalidad.

– ¡Estas hecho retazos! – Intenté bromear con lo de todas esas vendas que lo cubrían.

– ¿Estabas preocupado por mí? ¡Qué lindo!

– Mi única preocupación es que aún no has hecho tu maldito testamento, una vez que hayas puesto todo a mi nombre, yo mismo te voy a matar…

– También me da gusto verte… – Me conocía lo suficiente como para saber que si estaba preocupado, pero también sabía que mi orgullo me impedía decir tales cosas. Ha diferencia de él que era un poco más abierto. – En la última vuelta pensé en ti… – Sus palabras y la forma en la que las había pronunciado me hicieron mirarlo, estaba serio y me miraba justo como solía hacerlo su padre, con ese brillo de ternura como si yo no pudiera cuidarme por mi mismo. – La idea de no volverte a ver parecía esperanzadora… – Bromeó. – Pero… no es lo que quiero. – Desvió la mirada y la poso sobre las sabanas que lo cubrían y si no fuera porque es mi rudo hermano mayor, hubiera jurado que iba a llorar. – ¡Te odio, sabes! Te aborrezco como a nunca a nadie…– Bueno, ya. Los sentimentalismos no me gustaban. Y me hacía sentir mal el hecho de pensar que quizá él necesitaba escuchar que también lo odiaba y lo aborrecía como a nunca a nadie, o lo que fuere que esas palabras significaban de verdad.

– ¿Y qué fue lo que paso? ¿Respiraste y condujiste al mismo tiempo?

Intento reírse, pero al parecer, el cuerpo le dolía demasiado, de modo que la risa se volvió una queja.

– ¡Eres un maldito!

– Desde las orejas hasta la punta de mi peluda colita… – Deviant reía y se quejaba al mismo tiempo, era divertido hacerlo sufrir de esta manera.

– ¡Ya, no me hagas reír! – Ordenó.

– ¿Quién fue, Deviant? – Pregunté con seriedad.

Todo rastro de humor desapareció de su rostro.

– No lo sé… – Mentía, él nunca había sido bueno mintiéndome, a nadie en realidad. – Enserio, no lo sé… No vi a nadie, de repente un tráiler apareció detrás, sabes que soy muy cuidadoso al conducir, pero venía muy rápido y se fue sobre el auto, perdí el control y nos salimos de la carretera.

– Dime un nombre… – Exigí.

– No lo sé, Damián…

– ¿Por qué lo ocultas? – Le grité molesto – Si no me lo dices los voy a matar a todos…

– ¡Basta! – Me regañó – No digas esas cosas, tú no vas a hacer nada ¿Entendiste? ¡Es una orden, Damián! – Los aparatos a los que estaba conectado aumentaron el ritmo de sus sonidos que ya de por sí, me estaban trastornando. Aunque yo no necesitaba de esas cosas para saber qué tan alterado estaba. Bastaba que escuchara de mí la palabra de matar para que se perturbara.

– ¿A que ibas a la capital? – Le cambié el tema para que no se siguiera alterando.

– Nada más… quería ir. – Otra mentira.

– ¿Por qué ibas con ese imbécil? – No pudo sostenerme la mirada y la desvió al techo.

– No quería ir solo…

– ¿Y por qué con él? – Insistí.

– Estaba libre… – Intentaba contestar rápido en vez de preocuparse por ser convincente.

– Deja de mentirme, me insultas cada que intentas tratarme como si fuera un imbécil… ¿Qué hay entre ustedes dos?

– Estoy cansado…

– ¡De acuerdo! – Le dije mientras hacía el gesto de salir – Se lo preguntaré a él… “a mi manera” – Amenacé. Es decir, lo golpearía hasta que deseara haber muerto en ese accidente.

– ¡Espera! – Era la primera vez que Deviant se mostraba tan vejado ante mí. – Yo… Bueno… ¡Esto es vergonzoso! – Se quejó. Lo suponía y sin embargo, sentía que le sangre me hervía del coraje. A Deviant le había conocido a muchas parejas, todas mujeres. El único que había estado detrás de él desde hace años, era Han.

– Habla de una puta vez, Deviant… – Gruñí, desde el marco de la puerta.

– Estamos saliendo… – Confesó en voz baja.

– ¿Desde hace cuánto?

– Dos meses… – Tanto tiempo… ¿Cómo habían logrado ocultarme algo como esto por tanto tiempo? – ¡Lo lamento! No hubiera querido que te enteraras de esta manera…

– ¿Te trata bien? – Lo interrumpí.

– ¡Damián!

– ¡Te hice una maldita pregunta! ¿Te trata bien?

– ¡Sí!

Fue todo lo que quería escuchar. Salí, cerrando la puerta tras de mí. No me importaba lo que Deviant eligiera, un hombre o una mujer, me daba igual. Siempre y cuando no fuera Han. No me había hecho nada, pero simplemente lo despreciaba.

Sabía que él estaba a tres habitaciones de la de mi hermano, así que fui a buscarlo. Entre sin tocar, y en efecto, ahí estaba, una enfermera le estaba cambiando las vendas ensangrentadas, él estaba sentado sobre la cama. Y digo estaba, porque de un puñetazo en el rostro lo hice caer al piso.

– ¡Damián! – Intentó hablarme, mientras que la enfermera asustada se alejó de nosotros.

– ¡Callate! – Le ordené, mientras lo sujetaba de los cabellos para que me mirara de frente. – Más te vale que te portes bien con mi hermano… o de lo contrario, enfermeras y hospitales te van a hacer falta para curarte ¿entendiste?

– Me interesa de verdad… – Intentó convencerme.

– ¡Mas te vale! No hagas que se arrepienta, o también te vas a arrepentir tú, pero de haber nacido…

– ¡Ya suéltame! ¿Qué diablos pasa contigo? – Se arrastraba sobre el piso, pero aun así, debía darle el mérito de conservar esa estúpida intrepidez.

– Pasa que no te quiero cerca de mi hermano… – Bramé. Lo pateé haciendo que callera de espaldas y con mi pie sobre su pecho estaba dispuesto a traspasarle los pulmones. – Pasa que nunca debiste poner tus asquerosos ojos sobre él. Anormal. – Lo acusé.

– ¿Qué? No eres quien para llamarme de esa manera… – Intentó levantarse, pero lo aplasté con más fuerza haciendo que de nuevo quedara contra el piso.

– Te llamo como se me venga en gana…

– También sales con hombres… – Me acusó – ¡Lo sé!

– ¡Solo es sexo! – Aclaré. Y entonces, una idea insolente cruzó por mi mente. No pude controlarme, estaba muy enojado – ¿Es eso lo que quieres de mi hermano? – Lo estampé contra la pared. – ¿Es eso?

Se desvaneció entre mis manos. No me importaba, con rudeza lo aventé sobre la camilla. Estaba dispuesto a esperar a que estuviera consiente para seguir golpeándolo.

Deviant volvió esta misma noche a su departamento. Después de lo sucedido con Han, él sí tuvo que quedarse. Les había dejado porque tenía que venir a ver que todo funcionara bien en el casino, pero me llamaron del hospital diciendo que necesitaba firmas una responsiva para sacarlo de ahí, porque estaba haciendo demasiados destrozos y no dejaba descansar a los demás enfermos. En eso nos parecíamos.

Cuando fui por él, resultó que ya se había enterado de lo que había hecho y estaba más que furioso conmigo. No me dirigió la palabra en ningún momento e incluso estuvo dispuesto a rechazar mi ayuda para subir hasta su piso, pero no podía solo, así que no le quedó más remedio.

– ¿Necesitas algo? – Le pregunté desde la puerta de su habitación. Iba a volver al casino, solo me escapé para irlo a buscar e instalarlo en su habitación.

– ¡No!

– ¿Es enserio, Deviant? ¿Vas a reñir “conmigo”, por “ese”? – Me encargué con empeño de dejar bien marcadas las diferencias entre nosotros.

– Yo no me meto en tus asuntos… – Eso fue un reclamo hecho con recelo.

– Cierto, pero yo no “salgo” con patanes…

– Claro… por ese es tu rol en todas tus relaciones. El patán eres tú. – No se lo discutí porque hasta cierto eso era verdad.

– Solo para que lo sepas… Solo quiero tener sexo contigo. – Deviant enrojeció tras mis palabras, pero vamos, los dos ya estamos grandecitos como para reaccionar de esa manera al tocar estos temas. – Cuando lo confronte por eso, se puso tan nervioso que se desmayó…

– Eres un “IDIOTA”… Se desmayó porque lo golpeaste.

– Los detalles son lo de menos…

– ¡Ya callate! No lo conoces, y lo peor es que ni siquiera quieres tomarte la molestia de hacerlo…

– No empieces a hablar como una señorita enamorada.

– Algún día… – Susurró mientras inclinaba la mirada, al parecer, toqué un tema sensible. Pero no creí que el asunto fuera tan serio ¿Qué vio en ese insípido? – Algún día, va a llegar alguien a tu vida y la va a poner de cabeza. Entonces vas a comprender lo que es ser un simple mortal y lo que es sufrir por amor.

– Antes empiezo una dieta a base de verduras, que sentir algo que si quiera se le parezca al amor.

– No va a ser algo que vayas a poder controlar, se va a meter hasta el fondo de tu piel. Te va a mostrar un mundo distinto al que conoces, va a obligarte a mirar todo a través de sus ojos. Y te voy a ver tragarte todo ese maldito orgullo que te sostiene, con tal de no mirar sus lágrimas. – Me reí en su cara, eso solo le pasa a los estúpidos.

– ¿Es así como te hace sentir? Con razón estas todo estúpido por él…

– Burlate… no me importa. Aunque no es así como me hace sentir, él me hace feliz ¿Pero que vas a saber tú de la felicidad? ¡Mi pobre Damián! En tú frio corazón solo hay hielo…

Ya iba por la puerta de la salida, me había quedado hasta el “¿pero qué vas a saber tú de la felicidad?” No me gustaban estos temas, y sin embargo, había alcanzado a escuchar hasta el final. No sucedería, eso a mí, no me iba a pasar.

Corrí. Ha decir verdad, lo hice sin rumbo, olvidé incluso que debía volver al casino. Me adentre entre el bosque y corrí hasta que el humano no podo más, fue entonces que dejé salir a mi lobo. La bestia se movía con destreza entre los arboles tupidos. Era una noche fría y silenciosa. El bosque callaba y la quietud resulto lúgubre.

En mi mente, mis pensamientos eran un caos. Las últimas palabras de Deviant se repetían una vez tras otra. No quería algo así, no lo necesitaba. Y mientras más lo pensaba más me ofuscaba, tomé dirección al este de los Cárpatos. La zona riscosa me obligó a avanzar un poco más lento. Las piedras estaban blandas y resbalosas a causa de la nieve y en más de una ocasión casi resbalo, pero ahora mismo, sentía mis agarras encerrarse sólidamente entre cada roca a mi paso, facilitando mi trayecto. No me detuve hasta que llegué a la cima de las colinas. Incluso hasta perdí la noción del tiempo, pero a juzgar por la oscuridad, pronto iba a amanecer.

Desde donde me encontraba podía mirar a lo lejos la ciudad, las lucecitas de las casas con sus techos cubiertos de nieve. Al igual que todo el camino que había recorrido. El viento removía con cierta violencia mi pelaje que pese a combinar con la oscuridad del cielo, contrastaba con la nieve blanca. Me dejé caer sobre el piso con pesadez.

Estaba exhausto y jadeante. Pero por suerte, mi mente ahora estaba en silencio.

Estaba bien de este modo, no necesitaba de nadie y mucho menos hacer a un lado mi orgullo para secar las lágrimas de nadie. Era solo yo, y no dejaría que nadie me pusiera un collar con una placa que tuviera grabado su nombre. No era ese tipo de persona.

Cerré los ojos, ahora que mi cuerpo estaba quieto, podía sentir el cansancio tras el esfuerzo. Quería, más bien, necesitaba dormir. Pero justo cuando estaba por dejarme ir, unos ojos azules y una sonrisa infantil vinieron a asaltar mi tranquilidad. Ariel, lo había dejado a la mitad del camino. Recordé que se había detenido y miraba algo entre los arbustos.

La inquietud volvió a atacarme y para cuando caí en cuenta de lo que estaba haciendo, ya iba de bajada, corriendo incluso con mucha más rapidez. Tuve que pasar por la ropa que había dejado regada cuando escape. Y para cuando llegué a la entrada de su casa ya estaba completamente vestido y a dos pies.

Las pocas veces que había estado aquí llegaba justo a este punto. No había habido la necesidad de llegar más haya o propiamente, de entrar. Pero después de asegurarme de que todo estuviera en tranquilidad, comencé a subir las escaleras, la habitación de quien buscaba era la de la izquierda.

Abrir la puerta de cristal no fue difícil pero en cuanto di un paso dentro, tuve que regresarme unos cuantos más. Aquel, era un campo minado de su olor. Mi lobo se sacudió en medio de la inconciencia, sin embargo, casi al mismo tiempo volvió a dejarme en paz. Todo el ejercicio de la madrugada lo tenía agotado. Con cautela me adentre en la habitación. Madera recubierta con más madera, si mis cálculos no fallaban era de ocho metros de ancho por diez de largo. Deberás que no se habían detenido en contar gastos para hacer esto y de seguro cada habitación era igual.

En el techo, casi a la mitad de la estancia había una lámpara en forma de candelabro de cristales como gotas. Bastante excéntrico para mí gusto. Libreros los había por todas partes y todos estaban hasta el tope de libros, incluso había un par de filas sobre un escritorio de caoba, muy bonito y fino. La pared izquierda estaba repleta de hojas con dibujos. Pese a la oscuridad, mi visión nocturna era muy buena, curioseé cada uno, había desde árboles, hojas, casas, edificios más complejos, incluso estaban Káiser e Invierno. Me dejó sin aliento lo detallista que había sido al dibujar a mis lobos. Había bastado con que los viera una sola vez y sin embargo, era como si hubiera guardado una fotografía de ellos.  Al otro extremo de la habitación había otro escritorio un poco más grande que el anterior y sobre el descansaban varias hojas, que unidas todas formaban la Catedral de la Reunificación. Y a un lado había varias fotografías del mismo edificio, resguardadas en un protector de hojas transparente.

Pero quien me interesaba estaba en medio de ese mar de almohadas y edredones blancos. Su respiración frágil me llamaba, me incitaba a acercarme. Era un niño en toda la extensión de la palabra, de otra manera no podría explicar cómo es que dormía de esa manera, la camisa de franela enrollada y con el estómago sobre el colchón, su rostro relajado descansaba sobre su mano derecha y con la izquierda abrazaba una almohada.

Pese al frio, estaba destapado. El short que usaba no dejaba nada a la imaginación. Admiré ese par de piernas firmes y esos muslos que a la vista se observaban cálidos y tibios. En más de una ocasión deseé tocarlo, pero estaba inquieto y si lo despertaba sería un verdadero problema. Era extraño, pero el haber comprobado que estaba bien, me daba cierta tranquilidad.

Con sumo cuidado me senté en la orilla de la cama con su pequeño rostro frente a mí. ¿Qué era esto que sentía? ¿Por qué estaba aquí? ¿Por qué quería verlo? Yo lo odiaba, solo era un molesto estúpido, no era importante, no era tan distinto al resto de las personas que conocía. Y por encima de todo, él no era… especial.

 

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