Capítulo 5: El Lobo Y La Oveja Nunca Harán Pareja

– Si juegas con fuego te puedes quemar…

– Pero si no juego con fuego me moriré de frío…

 

 

TERCERA PERSONA

 

Ariel se removió inquieto sobre la cama, su sueño era liviano y sin embargo, se sentía demasiado cansado como para despertarse. Ese día en lo particular, no había sido uno de los mejores que había tenido, varios incidentes durante el mediodía y después, también por la tarde, fueron apagando su vitalidad. Entre otras cosas; su padre había anunciado que su ausencia se prolongaría un poco más, Ariel intuía que algo malo estaba pasando y que su padre se lo estaba intentando ocultar, por otra parte, su madre también había llamado. Después de casi mes y medio de no tener noticias de ella, escuchar su voz había sido en un primer momento, motivo de alegría. Pero la conversación se fue tornando demasiado formal hasta que se terminó volviendo un mar de reclamos, que se sintió obligado a escuchar en silencio. Su madre lo culpaba a él y a su padre por sus recién adquiridas desdichas. Ariel se sentía muy afectado con la situación de su familia, y aunque ella nunca había sido muy cariñosa ni comprometida con él, la extrañaba, al igual que a su padre.

Sumando a lo anterior, la escuela se estaba tornando un verdadero martirio. Las clases iban bien y en el taller de dibujo se había ganado una buena acogida por parte de los miembros, quienes continuamente alababan sus dibujos. Sin embargo, el ser popular era algo nuevo para él, además de ser desgastante e incomodó, le resultaba absurdo estar rodeado de tanta gente desconocida que a su vez parecían saber demasiado sobre su persona. Todas estas cosas le tenían más que abrumado, y por si lo anterior no fuera suficiente, parecía que el clima por fin le cobraba sus largas horas en el bosque.

Damián miraba a detalle cada uno de los gestos sutiles que hacía el menor y la forma en la que cada cierto tiempo fruncía el ceño, haciéndolo lucir abatido y cansado. En un afán por acomodarse mejor, Ariel se giró quedando con la espalda sobre el colchón y sin el calor que le brindaban los edredones.

La mirada inquisidora del moreno recorrió a detalle a quien tenía de frente. En su opinión, casi parecía que el menor lo había hecho apropósito y con cierta malicia. ¿Quién con este clima duerme con esa ropa tan ligera? Y para variar, desabrigado, sin embargo, ahora que podía observar con mayor libertad su rostro dormido, notó que estaba ligeramente perlado de sudor. Impulsivamente llevó su mano hasta la frente del chiquillo y la rozó. Estaba caliente, en el mejor de los sentidos. Es decir, tenía fiebre.

Ariel resopló necesitado, como si se estuviera ahogando. Entonces se relamió los labios y sus manos finalmente descansaron libres a sus costados. Sentándose a su lado, Damián acercó con sigiló su rostro al del menor, dejando apenas unos cuantos milímetros de distancia entre ellos. La respiración tibia de Ariel acarició con finura al más alto, quien cerrando los ojos por un momento, se entregó al suave aroma que despedía el menor, ese olor a bosque, a viento y a vida que se estaba volviendo necesario para él. La esencia a la que había quedado prendado y que se había vuelto como una droga, hasta el punto de tal vez, querer perderse en ese cuerpo pequeño.

Centímetro a centímetro admiró la perfecta piel blanca de su rostro, su apariencia sencilla y frágil. Al mirarlo en su pecho surgía un sentimiento de ternura y ¿qué sabía Damián sobre la ternura? Absolutamente nada, sin embargo, si ahora tuviera que explicarlo, bastaría con mencionar un nombre o en su defecto, describir la imagen del chico cuando duerme.

Ariel volvió a removerse inquieto, pero en esta ocasión, la intranquilidad parecía ser una respuesta inconsciente hacía su visitante. Ariel parecía comenzar a reaccionar ante su presencia. No solo por su respiración que ahora parecía más agitada, sino también por la forma en la que se estremecía por momentos, Damián llevó su mano hasta la palma del menor y con dos dedos la roso con suavidad. La respuesta fue casi inmediata, Ariel cerró la mano intentando aprisionar esos dedos que ya se le habían escapado. Y que ahora se paseaban libres por su antebrazo, para después volver a su rostro.

Orgulloso por las reacciones del menor, el moreno sonrió al ver como cada parte de la piel que tocaba, se erizaba ante su tacto. Otra cosa que era nueva para él, su rostro parco jamás demostraba tipo alguno de felicidad, su expresión más apacible era la de apatía o sarcasmo. Y sin embargo, ahora sonreí libremente debido a su travesura.

Con un poco más de confianza, dejó que sus dedos se movieran como si tuvieran vida propia y caminaron rozando muy levemente las mejillas del chico. Para justo después dirigirse al puente de su pequeña nariz respingada, hasta alcanzar sus labios y volvió a rosarlos un par de veces más y aún sentía que no era suficiente, todavía estaban ligeramente húmedos y al tacto resultaron demasiado suaves. Estando sutilmente entreabiertos, era como una invitación carnal para que fueran besados.

Bajó por el pecho hasta que se topó con ese estomago descubierto. Fue una sorpresa que esa parte de su cuerpo no fuera de niño, sino más bien, sólida y firme. Aunque la piel seguía siendo suave y delicada. Ante ese toque grácil, Ariel se removió de nuevo, pero esta vez, con un poco más de ansia.

Lejos de detenerse, Damián continuó bajado por sus piernas, pasando de largo por la piel que cubría el short corto, pero ensañándose con las partes desnudas. Era como un cachorro coqueto que sin recato se ponía panza para arriba mostrándole toda su vulnerabilidad, su exquisitez.

Aun en la inconciencia de sus sueños, Ariel desbordaba una dulzura a la que nadie, ni siquiera él podía resistirse. Entonces, y de manera espontánea dejó escapar un suspiro cargado. No se reconocía así mismo haciendo esto, y sin embargo y aunque no lo aceptara, en su interior estaba preocupado por el menor. Porque era joven y sin embargo, su futuro era incierto, y también porque ahora mismo parecía vulnerable, demasiado inexperto y crédulo en medio de este mundo perdido y llenó de una maldad que Ariel ni siquiera imaginaba y que él encabezaba.

 

DAMIÁN

 

Pero a mí que rayos me importaba si se corrompía, él no era mi problema. Jamás iba a serlo. En un afán por aclarar mis ideas, me puse en pie y nuevamente recorrí la habitación.

Afuera el cielo comenzaba a aclarar, ya no debía de estar aquí, pero tampoco quería irme, era un hecho, a su lado encontraba algo muy parecido a la paz, a su lado me sentía cómodo, en mi territorio, era tanto como estar en mi bosque.

Volví la mirada hacía la cama cuando lo escuche moverse, se había envuelto entre los edredones y de nuevo estaba boca abajo, sin realmente pretenderlo, volví a su lado y lo observé desde el borde de la cama. Su cabello ligeramente largo estaba más que revuelto, era el resultado de dormir con tanto descuido como lo hace él, sin embargo, algunos mechones ondulados caían sobre su rostro cubriendo su frente y otros más su mejilla y sus ojos, casi confundiéndose con esas largas y tupidas pestañas negras que enmarcaban y resaltaban su azulada mirada. Sus manos pequeñas se aferraban a la almohada que estada debajo de él y la abrazaba como si se le fuera a escapar. Había muchas, la mayoría ahora estaban regadas por el piso, sin embargo, algo debajo de una de las que descansaba a su lado llamó mi atención. Con cuidado, tomé lo que resultó ser un libro demasiado pequeño comparándolo con su grosor, el titulo despertó a mi casi extinta curiosidad: “Historias sobre el origen de los hombres lobos”. ¿En verdad se escribían cosas como estas? Volví la vista hacía el chico mientras curioseaba el libro, parecía alguien listo, pero sus gustos literarios eran cuestionables.  Fue entonces que en la contraportada encontré una dedicatoria escrita a mano y con un tipo de letra fea y desaliñada.

– ¡William! – Leí el nombre con indignación. ¿Quién era este tal William y porque le había regalado esta basura?

La alarma sonó en ese momento, el ruido tan fuerte y repentino hizo que los oídos me dolieran y me ofuscara, en medio de todo, el libro se me salió de las manos y calló al piso logrando que finalmente Ariel se despertara con cierto sobre salto. Apenas y si alcancé a ocultarme detrás de una dormilona que estaba frente a su cama. El sonido estridente del despertador estaba martillándome a pesar de que tenía cubierto los oídos con las manos. No lo soportaba, era demasiado agudo para mí. ¿Acaso pretendía despertar a todo el mundo con ese escándalo?

Desde donde me encontraba, podía ver su reflejo a través del brillo de sus lustrosas paredes recubiertas de madera. Y aunque ahora estaba sentado sobre la cama y con los ojos abiertos, seguía igual o más dormido que antes. Tenía puesta la mirada sobre la nada y tras unos segundos en esa misma posición, se desplomo de nuevo sobre la cama.

Pero con la misma rapidez con la que se dejó caer, también se puso de pie. Tres cosas importantes aprendí de esto: la primera era que se despertaba muy temprano, es muy ruidoso y actúa raro por las mañanas.

El despertador siguió sonando y a diferencia de mí, él parecía no escuchar la desesperante alarma. Con pereza se asomó hacía el frente, que era justamente donde yo había estado hacía apenas unos segundos y donde imprudentemente había dejado caer el libro, el cual,  recogió sin bajarse y apenas y si alcance a ver como fruncía el entrecejo y con cierta reserva volvía la vista hacía la almohada de donde lo había sacado y la pateo.  Sacudió el libro y lo colocó sobre el velador.

Inmediatamente se puso en pie y se fue directo al baño. Este era el momento indicado para huir o nada bueno iba a resultar de esto.

Para mí mala suerte, aun cuando en un primer momento creí que sería fácil escabullirme, Ariel no dejaba de ir y venir por toda la habitación, y lo peor de todo era que no estaba haciendo nada, solo iba hasta al closet, lo habría, se asomaba y sin sacar nada volvía a cerrarlo, y lo repitió en más de dos ocasiones hasta que finalmente se metió al baño. Pero en un inocente intentó por asegurarme de que no me vería, me asomé con dirección hacía donde se había ido, justo en el momento en que Ariel se despojaba de su ropa de dormir. Lo primero que vi, fue su espalda desnuda. Ahora solo lucía ese pequeño short en color negro y que contrastaba a la perfección con su piel pálida y joven, no medí mis acciones, su desnudez y el que se mostrara tan distraído despertaba mi hambre. Quería tocarlo, comérmelo tanto en sentido literal como depravadamente hablando.

Cuidando de no hacer ruido, salí de mi incomodo escondite y caminé hacía él, me detuve, apenas un par de pasos detrás del marco de la puerta. Desde donde me encontraba podía observarlo perfectamente y al mismo tiempo, resguardarme de su mirada por si llegaba a voltear.

Se estiraba para alcanzar las perillas de la regadera, abriendo ambas llaves preparaba con cierto esmero su baño. Poco a poco el agua caliente fue llenando la tina y el vapor se hizo denso. Debido al calor, su olor se intensificó a tal punto que me resultaba embriagador, entumía mi cuerpo, mi razón y mis sentidos. Y al mismo tiempo acrecentaba mi necesidad por él, me aturdía.

Mi lobo seguía ausente, y eso me perturbaba aún más, de no ser así, podría echarle la culpa a la bestia que llevo dentro, pero con esa otra parte de mi dormida, la realidad me golpeo con fuerza hasta casi dejarme sin aliento. No era solo su cuerpo y el deseo de poseerlo, pues de ser así, ya lo hubiera tenido. Era él, su olor, todo su ser y todo lo que representaba. Tal vez esto era solo la consecuencia por haberlo estado siguiendo por tantos días, nunca antes me había obsesionado tanto con alguien que finalmente terminaría siendo mi comida y ahora, de cierta manera me había acostumbrado a su presencia, a su olor, a sus ojos y a su risa.

Pero no era para tanto, podía controlarlo. Este pensamiento me lo repetí mentalmente tantas veces como las creía necesarias, debía convencerme de que era así, él no era importante, distinto sí, pero no era especial. Y sin embargo, aunque él no era único, quería que me mirara, reflejarme en sus ojos, quería que me quisiera y que se me ofreciera, quería poder controlarlo y no sentirme como ahora, alguien invisible para él. No quería verlo como un imposible, saberlo ajeno, lejano, quería que fuera mío a voluntad.  Mío, mío y de nadie más.

Por un momento pude olvidarme del ruido de la alarma que seguía sonando, mi cabeza estaba hecha un lio, y mis sentidos parecían atrofiados y todo fue aun peor cuando se deshizo de esa última prenda. Entonces mi mente quedó en blanco.

Con una elegancia antinatural se inclinó para sacarse por completo la prenda, dándome una de las mejores vistas que a mis veintiséis años había podido admirar, casi me vi aventándome sobre él para corroborar que fuera real y no solo un delicioso producto de mi mente trastornada y cansada por no haber dormido nada en toda la noche.  Pero mis pies estaban clavados al piso, nada, salvo mi corazón que parecía querer salirse de mi pecho debido a su frenético latir, se movía.  Solo podía verlo de espalda, pero trague saliva cuando se metió a la tina y su olor fue diluido y mezclado con el del jabón ¿de dónde este chiquillo había sacado tanta sensualidad?

Mi sexo le deseaba, los estremecimientos que me recorrían provocados por la vestidura de su desnudes, corroboraban mis palabras. Quería ese cuerpo pequeño debajo de mí, gimiendo y retorciéndose, sintiéndome centímetro a centímetro y aun si me es preciso negarlo, por mí, por orgullo… también quería sentirlo a él, saber lo que era estar aprisionado en su interior, entre sus piernas delgadas y delicadas. Disfrutar de sus reacciones, ¿Sería tímido? O ¿Acaso me mostraría el mismo valor que cuando nos enfrentamos en el camino?

La sola idea la estaba disfrutando y a lo grande. Pero mis impúdicos pensamientos fueron forzados a detenerse cuando un gesto de total incredulidad y sorpresa se marcó en su rostro. ¿Qué cómo fue que noté, si él estaba de espaldas? Fácil, hasta ese momento no me percate del enorme espejo empotrado sobre la pared.

Ariel volteó hacía mi dirección al mismo tiempo que yo cruzaba a la velocidad de la luz con rumbo a la puerta de enfrente, pasando a lado de su velador apagué la alarma. Lo último que escuché fueron sus pasos al salir de la ducha, pero ya era tarde, ya no estaba en la casa.

 

TERCERA PERSONA

 

Para cuando Ariel entró a la habitación, Damián ya se había alejado lo suficiente de la casa como para no poder ser visto. Envuelto en una bata de baño, caminó presuroso hasta la salida, la puerta de cristal estaba ligeramente corrida, y el aire frio movía las cortinas blancas con suavidad.

– Cerré la puerta antes de irme a dormir… – Se dijo así mismo. Y con cierto temor, recorrió más la puerta y salió a la terraza. El cielo comenzaba a aclarar, pero todo estaba en silenció, a su vista, salvo las hojas de los árboles, nada más se movía. – ¡Me estoy volviendo loco! – Se reprendió a si mismo mientras se abrazaba a sí mismo. – Podría jurar que era él… – El frio le calaba los huesos y sin poderlo soportar más, volvió dentro. Estaba por regresar a la ducha cuando otra cosa le resulto inusual. La alarma estaba apagada y él no lo había hecho… Le gustaba el ruido que hacía porque lo ayudaba a terminar de despertar, y normalmente la apagaba hasta que concluía su baño, y era entonces, que ya completamente despierto y con la mente despejada, ponía algo de música.

Observó de lejos el aparató y aunque se sintió tentado a tocarlo, se contuvo porque estaba mojado y prefirió no darle importancia al asunto, su baño se enfriaba. Así que sin más regreso y dejando caer la bata al piso, se metió de nuevo a la tina.

El día apenas y comenzaba y él se sentía más que agotado. Su sueño no había sido reparador, la garganta aun le dolía y al parecer las pastillas para la fiebre no habían hecho mucho por su malestar. El agua caliente le relajaba y acomodándose lo mejor posible se dejó ir, cerró los ojos e intentó descansar un poco, lástima que su mente insistiera en recordarle a cierto personaje que casi era sorprendido espiándolo. Solo de imaginarlo, Ariel suspiró con cierto anhelo.

Aquel chico había resultado ser todo un casanova, la gente hablaba mucho de él y quien no lo hacía, de todos modos en alguna ocasión le había visto. Sin duda, era alguien popular, y Ariel sentía que la brecha entre ellos era inmensa, aun si parecía que habían creado una especie de rutina en la que almorzaban y volvían a casa juntos. La verdad era que Damián, como recientemente se había enterado que se llamaba, nunca le había hablado, aún si se miraban por periodos cada vez más largos y atrevidos, el chico no parecía tener intensiones de dirigirle la palabra. Y tampoco respondía a las sonrisas que el menor le dedicaba.

Ariel podía llegar a ser muy insistente, su determinación incluso podría confundirse fácilmente con obstinación o terquedad. Tenía cierto interés en Damián y no planeaba quedarse con las manos cruzadas, esperando algo que quizá, si dependiera del moreno, jamás iba a pasar.

Cuando lo habló con William, este le había dado, según Ariel, el peor de los consejos. Pues le había dicho que quizá al tipo en cuestión no le gustaban los hombres. Pero que era algo que debía confirmar por él mismo. Y cuando Ariel le cuestionó sobre el cómo podía confirmarlo, este le había dicho que se le acercará y lo hiciera rodar por el piso, mientras lo besaba apasionadamente, si no le correspondía debía salir corriendo, huir lejos de ahí y olvidarse de él, además de evitar volver a cruzarse en su camino, pero si le correspondía, obtendría la información que quería. Dicho de esa manera, parecía simple…

– ¡Es absurdo! – Espetó en voz alta, pero en realidad, era más absurdo que él estuviera considerando la posibilidad de hacer algo como eso. – ¿Cómo se suponé que lograré hacerlo rodar por el piso? – Agregó contrariado y con cierta frustración se hundió en el agua, haciendo que se derramara por el piso.

Sé quedo ahí hasta que respirar le resulto necesario. Necesitado trago aire a bocanadas, y entonces, en cuanto abrió los ojos, Damián estaba ahí, frente a él y lo miraba con la misma hostilidad de siempre y que en secreto, había comenzado a gustarle. Le hacía gracia el que el moreno siempre estuviera enfurruñado o diera la apariencia de estar de mal humor.  La gente se intimidaba ante su imponente altura y el garbo de amedrentador y de chico rudo, pero Ariel no se lo creía. Y si había llegado a desarrollar cierto interés por el moreno era, por encima de todo, porque en el fondo comprendía que Damián estaba igual de perdido y asustado que él.

– ¿No te gustaría que fuéramos amigos? – Le preguntó a la imagen que su mente proyectaba. – A mí sí… amigos o tal vez, algo más. – La idea loca que cruzó por su cabeza le hizo reír. En su interior, creía que no tendría tanta suerte, pero no por eso no iba a intentarlo. Su sonrisa lo dijo todo. Al final de cuentas, el “no” ya lo tenía, ahora iría por el “sí”. Uno nunca sabe y Ariel creía firmemente en sus convicciones, la intensión era buena, así que no habría razón para que no funcionara.

Al otro lado de la ciudad, Damián había encontrado con quien calmar su ansiedad, no era Ariel, aunque igualmente tenía ojos azules y era de estatura baja y complexión delgada, pero no se lo comparaba. Jamás nadie lograría igualarlo, de eso estaba convencido. Pero no podía ponerse tan exigente, sobre todo cuando aquel chico se le había ofrecido tan atrevidamente.

Le era menor, se le notaba en el rostro, pero nada de eso importaba mientras se lo desayunaba.  Se lo había topado mientras cruzaba el campo deportivo, cuando iba con dirección al departamento de su hermano. Unas cuantas miradas y que se acomodara la cazadora con galanteo, había sido más que suficiente.

Desde que llegaron al pórtico de la pequeña casa habían comenzado a besarse, se devoraban los labios el uno al otro en una lucha lujuriosa y húmeda que hacía correr saliva por la comisura de sus labios. Desde la fría opinión del mayor, el chico había resultado ser “toda una cualquiera” y eso le produjo un cierto sinsabor. Estaba convencido de que Ariel no sería así, que tener sexo con él sería distinto a estar con cualquier otra persona.

– ¿Qué sucede? – Preguntó el menor al notar su distracción y su cada vez más creciente desinterés por el asunto. – ¡Vamos, jodeme! – Casi fue una súplica, y esa rendición era la que anhelaba el moreno, pero no de este chico.

Con rudeza lo apartó de entre sus manos y aventándolo contra la pared, lo arrinconó, aprisionándolo entre su cuerpo y la pared. Damián comenzó a recorrer con sus manos ese cuerpo ligero que se le ofrecía y que de manera vulgar buscaba restregarse contra el suyo. El sexo y comida eran cosas que le resultaban demasiado fácil de conseguir, estaba harto de que fuera de esa manera, no le veía sentido, no había emociones ni sensaciones que fueran honestamente placenteras, era solo fogosidad, desenfreno y lujuria.

– ¡Entremos! – Pidió el menor, pues Damián ya casi lo tenía completamente desnudo. Y el aire frio lo estaba haciendo sufrir.

A tropezones y sin importarles que chocaran con las cosas que había en la sala, llegaron hasta la habitación, pese a que Damián nunca había estado en ese lugar, fue el quien dejándose guiar por su olfato, dirigió al menor hasta su recamara. Y una vez dentro lo empujó sin la menor contemplación sobre la cama.

El chico jadeaba exaltado, la rudeza de Damián le resultaba intimidante, pero ante ese miedo que cada vez le resultaba más difícil de esconder, solo recibió más dureza. Su amante lo miraba fijamente mientras que sin el más mínimo pudor se desvestía frente a él, pero no le hablaba.

No había ni un poco de modestia en ese sujeto, en cuanto estuvo desnudo se acercó al pie de la cama y comenzó a masturbarse dejándole ver al menor lo que pronto tendría dentro, el mismo lo había pedido, así que el que ahora se mostrara sorprendido estaba de más. La mirada azul fue descendiendo por el torso desnudo del moreno hasta situarse en aquel miembro que comenzaba a despertar y que sin embargo, era grande e imponente, tal y como su dueño. El menor estaba atónito, nunca había estado con alguien de la talla del moreno y aunque aún no le había puesto la mano encima ya le dolía hasta el alma.

– ¿Qué esperas? – Gruñó Damián con voz ronca – Ya sabes lo que tienes que hacer…

Sí, lo sabía y no obstante, esa no era la manera de pedir las cosas, pero tampoco iba a ponerse a discutir el asunto en este momento. Así que con cierta timidez gateó sobre la cama, hasta que llegó a su lado y arrodillándose sobre el colchón, tomó el miembro con una de sus manos y comenzó a lamerlo. Lo humedecía con habilidad, con la experiencia que solo la práctica puede dar. Y Damián le reconoció que por lo menos se lo sabía mamar bien.

Cubrir todo esa extensión era difícil, pero con ambas manos lo masturbaba mientras besaba y succionaba la punta, Damián comenzaba a agitarse y con un movimiento brusco, obligó al chico a que se dejara de juegos y se lo tragara completo, la intromisión tan sorpresiva causo que el chico se atragantara e intentó alejarse, pero el moreno se lo impidió y sin miramientos comenzó a violar su boca, entrando y saliendo de él, simulando envestidas que le provocaban arcadas y lo ahogan. Las lágrimas ya no pudieron contenerse y las dejó escurrir por sus mejillas, para Damián esa fue la cereza del pastel. Y no es que el chico se la estuviera pasando mal, aunque no estaba acostumbrado a tan poco pacto, por no decir, bestialidad. Sin embargo, el efecto de sentirse completamente dominado le gustaba. Después de unas cuantas más de esas envestidas, Damián terminó en lo boca del menor, quien pesé a que trato de tragarlo todo, resulto ser demasiado y terminó por escurrírsele de entre los labios.

El moreno retiró el exceso de semen de los labios del chico con los dedos, su tacto fue recio y muy distinto a lo que el menor esperaba recibir. Pero pronto entendió que ese chico rudo no le daría ningún premio a pesar de su sobresaliente desempeño, y lo corroboró cuando Damián lo sujetó de las piernas y lo obligó a que se recostara con la espalda sobre el colchón, liberando una, llevó su mano hasta detenerlo frente el rostro del más bajo, no dijo nada y sin embargo, este obedeció la orden silenciosa y comenzó a humedecerle los dedos con su lengua. Cuando estuvo conforme llevó los dedos hasta su entrada e introdujo dos de una sola vez. El menor se quejó en un grito ahogado que lo hizo sacudirse con violencia sobre el colchón. Damián aumento su agarré sobre el cuerpo pequeño para impedir que se moviera con libertad, al final era por su bien, si volvía a moverse como lo había hecho podría lastimarse y él lo necesitaba consiente para lo que estaba por venir. En menos de lo que hubiera deseado un tercer dedo se introdujo en su interior, aún no había logrado acostumbrarse a los primeros, así que volvió a quejarse, pero esta vez, para nada pudo moverse.

Damián le miraba fijamente y en ese rostro parco, el menor no pudo encontrar la menor emoción, su rastro escueto y frio se asemejaba a ver una pintura sobre la pared. Tampoco hubo besos ni caricias que menguaran su dolor, todo era incomodidad y dolor, al menos, hasta que el moreno encontró ese punto que mando corrientes eléctricas por su cuerpo.  Y la cosa no quedó ahí, un cuarto dedo entró en él, causándole placer y dolor con la misma intensidad y al mismo tiempo.

Pero el verdadero dolor vino cuando los dedos fueron sustituidos por algo más, Damián se tomó la molestia de apresar al chico entre su cuerpo, estando estomago sobre estómago, el menor podía sentir el calor tan intenso que emanaba del cuerpo del moreno. Quien sin la menor contemplación intentó entrar de una sola embestida, por supuesto, algo así no fue posible, un grito desgarrador se escuchó desde lo más profundo del menor, pero lejos de detenerse, Damián apenas y si le dedico una mirada ausente, a él lo único que le preocupaba era su satisfacción y para nada, el daño que pudiera causarle a ese chiquillo. Los lloriqueos y quejidos dolorosos del menor lo irritaban, y sin mayores contemplaciones los acalló colocando una de sus manos sobre su boca.

El menor sentía que ya no podría soportarlo por más tiempo, pero justo cuando iba a rendirse, algo en el moreno cambió. Quizá fue aquel gemido que se le escapó de entre los labios, o las interminables lágrimas que se desbordaban de sus ojos, pero Damián le sostuvo la mirada. Lo miró como si no pudiera creer que fuera él, incluso noto como entrecerraba los ojos para que justo después, su rostro se relajara notablemente y para su sorpresa lo beso suave y lentamente, incluso recogió sus lágrimas con sus labios, bebiéndolas. También la bestialidad de las envestidas disminuyo, Damián comenzó a mostrar una suavidad y dulzura que dejó fuera de sí al menor.

Los besos “tiernos”, tanto como alguien como Damián podía darlos, no cesaron mientras que lo llenaba, hasta que estuvo por completo dentro del menor. En ningún momento se retiró de su interior, sino por el contrario, cada nueva embestida era un intento de adentrarse más, igualmente una de sus manos se coló por entre sus cuerpos y tomando el miembro del chico comenzó a atenderlo, fue un intercambio que empezó mal, continuó peor, pero que casi el final había tomado un rumbo por demás distinto, era placentero y ambos gemían, jadeaban y se estremecían. El chiquillo fue el primero en terminar, Damián necesito un poco más de ese cuerpo, pero terminó en un segundo esplendoroso orgasmo.

Hubo un par de besos más, hasta que Damián se dejó caer exhausto alado del menor, las horas de desvelo le estaban cobrando su excesivo ejercicio, después de todo, también era humano. El sueño le venció casi de inmediato, mientras en su mente, aún estaba fijada la imagen del chiquillo con el que él había tenido sexo y que nada tenía que ver con el otro que también se había quedado dormido a su lado.

ARIEL

– ¡Tranquila! Si te quiere volverá… – Le dijo Bianca, tratando de consolar a la chica. – ¿Cierto? – Nos preguntó. Axel únicamente se hundió de hombros y yo solamente me limite a mirarla. No era muy partidario de esos puntos de vista, pero mi realismo no siempre recibía tan buena acogida. – ¿Chicos? – Insistió mi nueva amiga, en un afán de conseguir un poco de apoyo. Ariana nos miró de manera alternativa con los ojos rebosantes de lágrimas, mientras que detrás de ella, Bianca resoplaba cansada.

Llevaba poco más de media de hora tratando de consolarla y hasta el momento podría decirse que no había conseguido un gran avance.

– ¿En verdad quieres saber mi opinión? – Le pregunté con cierta reserva, mientras que con mi pañuelo limpiaba sus lágrimas.

– ¡Sí! – Fue la simple respuesta. Una vez que su rostro estuvo limpió de todo rastro de lágrimas, busque las palabras más acertadas para decirlo.

Era difícil, William me lo había explicado en varias ocasiones, personalmente nunca lo había experimentado ni deseaba hacerlo, pero él decía que las separaciones siempre duelen y que el primero en enamorarse es también el primero en perder.

– Si te quisiera ¿crees que se hubiera ido? – Ariana me miró con tal sorpresa que inclusive contuvo el aliento por un momento, para justo después, echarse a llorar desconsoladamente, Bianca escondió el rostro entre sus manos, pero antes me dedico una mirada severa que me dejó en claro que en la primera oportunidad que tuviera, me asesinaría por lo que dije. Si no fuera porque en ese preciso momento, Axel me había pasado el brazo por los hombros a manera de protección contra su prima, sé que lo hubiera hecho de una vez.

– Nos amábamos…– Agregó herida la chica.

– Tú lo amabas… – Respondió el Axel. Ya lo había notado, pero ante una situación como esta esperaba que él tuviera un poco más de tacto. Ariana era miembro del taller de dibujo, y sus obras se expondrían en la fiesta escolar a beneficio de nuestro club, tal vez eso, le hacía merecedora de un poco más de empatía por parte de nuestro presidente. Pero él, como adivinando mis pensamientos, me miró con seriedad y después negó con la cabeza, mientras volvía la mirada sobre ella. – Para los hombres las cosas no son iguales que para las mujeres, si ya no te quiere debes continuar… ¿crees que él está llorando en alguna esquina como tú?

– ¡AXEL! – Le reprendimos al mismo tiempo su Bianca y yo. Pero no pareció importarle, por lo general era muy amable pero ahora me daba cuenta que también podía ser muy hiriente al hablar.

– No le mentí… – Se defendió.

– Pero hay maneras para decir las cosas – Le rebatió su prima con cierta indignación. – ¿Cierto, Ariel? – Para ser sincero, no me gustaba quedar en medio de ellos dos, ambos me agradaban y tomar partido por uno me hacía sentir que traicionaba al otro.

– Bueno… es verdad que es mejor hablar claro que bonito. – Dije dándole la mitad de la razón a Axel. Quien ahora estaba cruzado de brazos y me miraba con reserva. – Pero también es verdad que has sido un poco descortés. Con respecto a ti… – Me dirigí a Ariana quien nos observaba discutir sin dejar de llorar. – Todo en esta vida es cuestión de tiempo… – Agregué mientras sostenía sus manos – No sé si va a volver, tal vez lo haga cuando se dé cuenta de la mujer que está dejando ir y será tu turno de mandarlo lejos por no saberte valorar. O puede que no vuelva y tú, simplemente debas aceptarlo… No digo que ahora, o mañana. Pero no continúes de esta manera, eres linda y muy talentosa, quien no pueda ver tu valía no merece estar a tu lado…

– Ari, tiene razón… – Comentó Bianca y sentándose a su lado la abrazó.

– No sé si la tengo o no, pero en mi humilde opinión todo pasa por algo, y a veces, también hay que agradecerle el viento por lo que se llevó. Tal vez ese chico no era bueno para ti.

– Esta más que claro, tal vez en el pasado lo de ustedes fue bueno y reciprocó, pero ya no es más así… – Agregó Axel y en esta ocasión todos pudimos notar que estaba hablado enserio y de corazón. – Lo que Ariel dijo es verdad… – Mientras hablaba me sujetó del brazo y me atrajo a su lado, apartándome de Ariana lo sentí recargarse ligeramente sobre mi hombro y entrelazó nuestras manos.

Últimamente lo hacía con frecuencia, pero era la primera vez con público, Bianca fue la primera en notarlo y su mirada calculadora busco la mía. ¿Cómo iba a explicar esto? Rápidamente intenté romper el contacto, pero Axel no me lo permitió, lejos de eso, afianzó el agarré y me sonrió con gracia. No quise negarme a eso y le devolví el gesto.

– Dejemos que las chicas hablen de sus cosas… – Me dijo – Y nosotros arreglemos las nuestras… – Sin soltarme, prácticamente me arrastró sin siquiera permitir que me despidiera.

Aunque lo intentó, Bianca no pudo hacer nada, ella ya me había advertido con respecto a Axel, sin embargo, no le había visto nada malo, contrario a eso, él me agradaba. En mi opinión, era un chico muy interesante, inteligente y talentoso. Además, teníamos demasiadas cosas en común, desde puntos de vista hasta las cosas más simples.

Nos habíamos convertido en el tipo de persona que suele terminar las frases que el otro empieza, éramos similares y en ese sentido me sentía dichoso. Esa fue la verdadera razón por la que lo seguí tan mansamente. Caminábamos por entre los jardines del patio trasero de la universidad, nuestras manos seguían unidas y debido a la ligereza con la que caminaba, solo podía ver su espalda ancha y sus cabellos castaños que se encimaban uno sobre otro creando mechones rollizos. Mi vista estaba fija en nuestras manos entrelazadas, la fuerza de su agarre me hacía sentir que se imponía sobre mí, como sometiéndome y al mismo tiempo, haciéndome sentir seguro, protegido. Era como sentirse parte de algo, de alguien. Y el sentimiento me resulto reconfortante, cálido.

Me llevó hasta una de las bancas más alejadas y cuando finalmente me soltó, se sentó y con un gesto me invitó a que lo imitara.

– Hoy no te ves como siempre… – Comentó mientras se colocaba frente a mí y acariciaba mi cabello.

– ¿A qué te refieres? – Le cuestioné mientras me acomodaba a su lado.

– ¡Luces cansado! – Su tono de voz preocupado me hizo reír. – ¿A qué se debe esa risa coqueta? – Sus brazos me rodearon obligándome a que me recargara contra él. Su trato y el que me consienta tanto me gustaba.

– Te preocupas demasiado… ¡estoy bien! – Le aseguré – Nadie antes ha muerto de una simple gripa y algo me dice que no voy a ser el primero.

– No puedo evitar preocuparme por ti…– Sus manos apresaron mi rostro obligándome a que le sostuviera la mirada – Has estado muy tranquilo ¿Dónde está el adorable niño frenético e imperativo que sueles ser? ¿Dónde está? – Repitió la pregunta, mientras que con la punta de su dedo tocaba mi nariz.

– ¡Es enserio! ¿Vas a tratarme como si fuera un chiquillo? – Le cuestioné fingidamente ofendido – ¡Soy casi un adulto y puedo ser muy rudo si me lo propongo!

– ¡Claro! ¡Claro! ¡Muy rudo! – Mantenía ambos manos en señal de rendición. Pero sonreía divertido. – Lo sé… puedo notarlo. – Sus ojos negros me miraron de tal manera que me hicieron sentir chiquito. – Un casi adulto… muy atractivo. – Una de sus manos recorrió mi quijada hasta detenerse debajo de mi mentón y me obligó a mirarlo de nuevo. Axel era dominante a cada toque, en cada sugerencia que escondía una orden. Pero todo de una manera tan sutil y delicada, que ahora no podía más que sentirme invadido, desarmado ante él. – ¿Qué has pensado sobre lo que te pregunte el día que te presente a los chicos del taller? – Siempre exacto en sus cuestionamientos, constante en sus ataques e implacable en su coquetería, tuve que contener el aliento cuando sus dedos rosaron muy livianamente mis labios y cientos de escalofríos me recorrieron el cuerpo, uno tras otro hasta que fue imposible ocultarlo.

Él sonrió pretencioso y yo me sentí incomodó ante su excesiva seguridad.

– ¿Sobre los protectores plásticos? Sí, bueno…– Jugueteé con mis manos y apropósito me separé de él. – Lo sigo considerando…

– ¡De acuerdo! – Agregó con paciencia – Consideralo todo lo que necesites, pero me refería a la otra pregunta.

– ¿Otra pregunta? – Cuestioné nervioso – ¡Ah, claro! Esa pregunta… – Hablé como si realmente no hubiera sabido desde el principio a que se refería. – ¿Qué es lo que no me dejá dormir? No, no es que no pueda dormir, de hecho tengo el sueño bastante pesado…

– Ariel… – No se la creía y no lo culpo, soy pésimo mintiendo.

Era eso y el que buscará tan recelosamente mi mirada que le escondía y el que sin saber realmente porque, evitara a toda costa que me tocara.

– Enserio, duermo mucho. Y me gusta…

– Tampoco me refería a esa pregunta.

– Es que has preguntado muchas cosas…

– ¿Por qué te has puesto tan nervioso? – De nuevo reía, lástima que yo ya no le viera la gracia. Nuevamente intentó tocarme pero esquivé su caricia, sin embargo, terminó apresando mi mano y casi me forzó a que me sentara a su lado. – La fiesta escolar será en dos semanas, y quiero que vengas conmigo… como mi pareja. – ¿Qué había dicho? ¿Pareja? ¿Yo? ¿De él? Pero si solo tengo dieciocho años. – Voy a encargarme de que puedas exponer algunos de tus cuadros.

– No sé si podré asistir a la fiesta, mi padre quiere que vaya al Distrito de Mures a recoger unas cosas que me va a enviar, así que estaré fuera de la ciudad para esas fechas…

– ¡No huyas! – Me acusó. – No voy a hacerte nada malo. Recuerda que prometí que te iba a cuidar.

– ¿Cuidarme? ¿Te parece que soy alguien que necesita ser cuidado?

– ¡Sí! – Fue su simplista y brutal respuesta. Ahora en verdad me sentí ofendido, puedo defenderme solo.

– Esto que ves… – Le expliqué con indignación mientras me señalaba a mí mismo. – Es solo apariencia, no soy un desvalido que no pueda hacerse respetar.

– ¡Calmate! No quise herir tu orgullo… – Intentó abrazarme, pero aunque disfrutaba de sus atenciones, ahora que sabía la opinión que tenia de mí, ya no iba a permitírselo – ¿Qué tengo que hacer para que comprendas lo mucho que me importas? Ariel… Me gustas.

– ¡También me gustas! – Reconocí sin mirarlo.

– ¿Pero…?

– Sin peros… ¡Me gustas! Somos amigos ¿no?

– Creo que no me estas comprendiendo… Me gustas físicamente. – Explicó.

– ¡Oh! – Me limité a responder.

– ¡Sí! ¡Oh! – Sonrió con desgané y se apartó de mí. – ¿No puedo ser yo? ¿Es que acaso hay alguien más? – Lo miré detenidamente durante unos segundos, siendo franco, no entendía cuál era su prisa, porque tenía que forzar las cosas. – Tú y yo juntos podríamos lograr muchas cosas. – Ahora mismo sentía que me estaba invitando a formar parte de una secta, a vender droga o a casarme con él. Y ninguna de las tres cosas me agradaba.

Físicamente, Axel puede catalogarse como un chico atractivo. Misterioso y un tanto obsesivo, pero encantador.  Es alto y tiene una buena figura. No precisamente es un atleta pero su cuerpo está muy bien definido y es ágil y fuerte. Además, últimamente me había acostumbrado a su compañía, y también a su trato, él cuida mucho de mí y me consiente.

Salvo William, nadie antes me había tratado con tanto esmero como lo hace Axel, pero de nuevo estaba esa pregunta en mi cabeza ¿realmente me gusta? William había dicho que solo era mí soledad.

– ¿Qué pero podrías poner? Somos tan idénticos, pensamos y ambicionamos casi las mismas cosas, creo que somos ideales, el uno para el otro. – No, no lo éramos, me gustaba, sí, pero él no era el ideal para mí. Lo sé porque mi corazón me lo decía. – ¿No dices nada? – Insistió.

– No soy de los que gasta más de la mitad de su vida buscando a alguien que se le parezca para emprender una aventura sentimental. No soy la gran cosa ¿por qué entonces habría de buscar a alguien como yo? – Axel me miró como si no pudiera comprender una sola de las palabras que había dicho pero a decir verdad, me bastaba con tenerlo claro yo. – No pretendo cometer ese error. Si tú y yo fuéramos “pareja” nuestra vida se convertiría en algo tan perfecto, tan maravilloso y tan organizado que me bastarían quizá un par de semanas para aburrirme completamente y quizá te pase a ti también. – Él negó de inmediato y quiso interrumpirme pero no se lo permití – Sucederá, vas a enojarte cuando veas que soy un caos cuando me despierto, que mi armario esta desorganizado y que mi sentido de la moda, contrario al tuyo, es un asco. Y yo arderé de coraje cuando me regañes por no hacer mis dibujos perfectos, también cada vez que me exijas usar los protectores plásticos y cuando quieras controlar cada aspecto de mi vida y yo no te lo permita.

– Pero Ariel…

– ¡No! Axel no hay peros… Seamos realistas, para ser amigos es indispensable que seamos bastante parecidos, afines o iguales si es posible. Pero para ser pareja y amarse no hay nada mejor que ser distintos.

– ¿Es por ese tipo al que vas a ver al restaurant? – Por primera vez desde que lo conozco me mostró su molestia, su vos fue tosca y me acusaba con la mirada.

– ¡No me estas escuchando!

– Te escucho fuerte y claro y no puedo creer que prefieras a alguien como ese… – Se puso en pie y empezó a caminar de ida y vuelta como león enjaulado. – ¿Qué sabes de él? Es un ordinario, su mala fama le procede.

– Pues tal vez no le caiga bien al mundo pero no finge ser alguien que no es…

– ¿Ahora vas a defenderlo? ¿Qué puede ofrecerte él si es un don nadie?

– El que tengas una buena opinión de ti mismo no te da derecho a tener una mala de los demás…– Si algo me irrita, era escuchar a alguien hablar mal de otra persona que para empezar, no está presente para poder defenderse. Tal acción me parece cobarde. – Y no, no sé si puede ofrecerme algo o si quiera, si desea hacerlo. Pero yo si tengo mucho que darle, quiero hacerlo y esa es la diferencia entre ustedes dos…

– Pero dijiste que yo te gustaba…

– Pero él me gusta más.

Creo que ambos nos sorprendimos de lo que dije, pero sin duda, el que resulto más afectado fui yo, ¿qué era lo que acaba de decir? Mi sinceridad suele ser total cuando me enojo, y acaba de reconocer que ese chico me gustaba.

Axel me dio la espalda y comenzó a alejarse, me dejó solo en medio de esa lucha contra mis demonios. Me sentí mal por él, porque me había tratado muy bien y le tenía afecto. Pero solo eso, en cambio, ahora podía comprender porque aquel otro chico me rondaba la cabeza todo el tiempo… Me gustaba.

DAMIÁN

 

Me removí en la cama sin querer despertarme, todavía me sentía cansado pero estaba incomodó. Había una claridad molesta que me daba justo en el rostro. Sentí algo moverse a mi lado y me giré para mirarlo.

– ¿Quién eres y que haces mi cama? – Exigí atontado.

– Eres tú el que está en mi cama… – Con fastidió comprobé que lo que decía era verdad, mi cuerpo se sentía pesado y con somnolencia me incorporé hasta quedar sentado sobre el colchón. – Sobre quien soy…

– No importa… – Lo interrumpí – De todos modos no voy a recordarlo cuando salga de aquí. – Le di la espalda y comencé a buscar mi ropa. Pero mi mirada se centró en una fotografía familiar que descansaba sobre el velador. Dándome la vuelta busqué el rostro de aquel chico, él me miraba desde la cama, estaban tan desnudo como yo pero tampoco se preocupó por cubrirse. En un primer momento me sorprendió el parecido entre ambos. Pero mientras más lo miraba, más distinto me resultaba, empezando por su olor y terminando por el tono que aunque azul, eres menos intenso que el de los ojos que a mí me gustaban.

– ¿Puedo preguntar algo? – Agregó mientras levantaba la mano.

– ¡No! – Respondí y sin más me metí a la ducha.

Era estúpido lo que estaba haciendo, había buscado en alguien más a esa persona. No estaba bien, no podía continuar de esta manera. La ducha fue rápida y el agua fría me ayudo a terminar de despertar. Cuando salí, él ya estaba vestido, pero aguardaba por mí, sentado en la orilla de la cama.

– Igual quiero saberlo… – Lo observé con cierta curiosidad, no por lo que quiera preguntarme, pero recordaba que el sexo había sido bueno, y ahora que lo pensaba, no era mala idea conservarlo.

– ¡Habla! – Le ordené mientras le quitaba la toalla que tenía sobre las piernas y comencé a secar el agua que me escurría.

– ¿Quién es Ariel? – La pregunta hizo que me detuviera en seco.

– ¡Que se yo!

– ¿Enserio? – Insistió y cuando quise darle la espalda no me lo permitió. – En la mañana, mientras teníamos sexo… pronunciaste ese nombre en varias ocasiones. – Me reí, pero fue una risa nerviosa. ¿Qué había dicho? ¿Mencione su nombre? ¡Por supuesto que no! – Incluso cambiaste, no sé cómo explicarlo, fue diferente…

– ¿Y te gusto? – El chico entrecerró los ojos como mirándome con cautela. – Porque si te gusto, solo tienes que agradecérmelo. Igual y otro día te vuelvo a hacer el favor.

– Que vulgar… – Sus palabras me irritaron.

– ¿Vas a decirme que no lo deseas? – Sin previo aviso, lo acorralé de nuevo contra el colchón y mi cuerpo y mis manos anduvieron libres por su cuerpo. – Te vistes de esa manera y me coqueteas, me sostienes la mirada y me sonríes, te desvistes frente a mí y pronuncias mi nombre… esperas que no haga nada al respecto ¿Dime quién es más vulgar?

– ¿De qué hablas? – Me preguntó asustado. – Jamás pronuncié tu nombre…Ni siquiera sé cómo te llamas. – Como si algo me repeliera de su cuerpo, me aparté con tal rapidez que él terminó jadeando. Tuve que cerrar los ojos un momento y luchar por aclarar mis ideas. Nuevamente lo estaba confundiendo. – Ahora esta demás, pero la ropa deportiva no tiene nada de especial y no me desvestí frente a ti, fuiste tú quien me quitó la ropa.

– Ya no digas nada… – Grité.

Me quitó la toalla de las manos y paso a mi lado con rumbo al baño.

– No me importa ¿sabes? – Agregó en el umbral de la puerta – Puedo ser quien tú quieras, así que vuelve cada vez que él te esté haciendo pasarla mal. Hay una llave debajo de la maceta de la entrada.

DEVIANT

Cuando entré a la sala Damián estaba ahí, al principio creí había pasado la noche aquí, pero cuando lo observé a detalle noté que aunque llevaba la misma ropa de anoche, estaba recién bañado.

Me llamó la atención que estuviera tan ensimismado en sus pensamientos, sin ánimos de ofender, mi hermano no suele caracterizarse por ser alguien con tendencia a razonar, en cambio la impulsividad y la bestialidad lo preceden. Y sin embargo, ahora estaba sentado en el mueble largo de la sala, frotándose las manos ansiosamente. Por primera vez desde que llegó a nuestra familia, lo vi preocupado, quizá confundido o peor aún, asustado.

El que aún no me haya sentido, solo lograba asombrarme más. Y si no fuera porque lo conozco, diría que tal vez… No, era imposible.

– Si no vas a ir al restaurante, hay comida en el refrigerador… – Le hablé, pero pareció que no me escuchó. – ¿Damián? – Con un poco de dificultad me acerqué hasta donde estaba y me senté frente a él. – ¿Qué sucede? – Su vista seguía perdida en la nada y fue hasta que sujeté su mano que reaccionó.

– ¿Deviant? ¿Qué haces fuera de la cama? – Preguntó un tanto descolocado.

– ¿Qué te pasa? – Insistí

– Te dijeron reposo absoluto… – Me estaba evadiendo o en verdad no me había escuchado. – No creas que también voy a cubrir tu puesto en el casino si recaes.

– ¡Espera! – Le pedí cuando lo vi ponerse de pie con la clara intención de arrastrarme de nuevo a mi habitación. Él me miró con un fastidió fingido y se cruzó de brazos a la espera de lo que tuviera que decirle. – ¿Tiene mucho que llegaste?

– ¡No! – Fue su simple respuesta.

– Otra cosa… – Apenas y si lo dejé avanzar un paso más – ¿En que estabas pensando hace un momento? – Como una reacción en cadena, primeramente todo su ser se tensó y seguidamente se enojó y me miró con reserva.

– Pensaba en la mejor manera de desaparecer a tu estúpido noviecito. – Prácticamente me lo escupió en la cara y aunque me molesto, sabía que solo intentaba distraerme. – ¿Quieres los detalles?

– ¿Pensabas en Han o en ese chiquillo que te han visto seguir? – Mi pregunta lo tomó por sorpresa y le fue imposible ocultarla. Lo miraba con fijeza y por primera vez, cedió y desvió la mirada.

– ¡No tengo idea qué hablas!

– Es tarde para que lo niegues… – Lo acusé – Lo sé todo, mande a alguien para que los siguiera.

– ¿Qué? ¿Lo mandaste seguir? – Era sorprendente lo rápido que su humor puede cambiar – ¡Maldita sea Deviant! ¡Estás loco! Te advierto que no quiero que te entrometas…– Ya no lo soporte más y me eché a reír, esta vez, engañarlo había sido muy fácil. – ¡En verdad enloqueciste! ¿De qué diablos te ríes?

– Así que si ves a alguien y es un chico… – Su expresión de póker me hacía mucha gracia – Ya no tienes ningún derecho a juzgame Damián Chastel. – Le tomó más de lo que esperaba el darse cuenta que lo había burlado, pero cuando lo comprendió me miro como defeccionado y no supe si de mí o de él mismo.

– Tú… me mentiste ¿cierto? – Escupía indignación en cada letra.

– No fue personal, pero sé que por ti mismo jamás me lo hubieras contado… – Fue mi turno de mostrarme resentido – ¿Y cómo es? ¿Por qué no lo invitas a la casa? Me gustaría conocerlo.

– ¡Jamás! Escuchalo bien… – Grito enardecido – Y largate a tu habitación si no quieres que te rompa a golpes el otro brazo…

– ¡Huy que genio! – Me burlé – Se nota que no te corresponde… – Si, en mis ratos libres me gustaba tentar a mi suerte. – Lo lamento tanto por ti hermano, pero el amor a veces es así…

– Estoy hablando enserio Deviant…– Amenazó. – Si no quieres que te ate a esa puta cama mejor ve y metete de una maldita vez.

– ¡Así, lo olvidaba! – Agregué fingidamente preocupado – Tienes prisa por irte, no te preocupes hermano, ve a verlo y dejale saludos de mi parte a tu “noviecito”. – Utilicé el mismo acrónimo burlesco que él había dicho antes.

Tuve que hacerme a un lado para que no me cerrara la puerta en la cara, pero igual había valido la pena por verlo rabiar de esa manera. Ahora solo debía recuperarme para seguirlo y ver quien era ese chico. Esta era la primera vez que Damián se tomaba la molestia de siquiera considerar la posibilidad de tomar enserio a alguien y yo quería enterarme de todos los detalles. Después de todo, esa era mi responsabilidad de hermano mayor.

DAMIÁN

Todo había salido tan mal y sin embargo, no podía enojarme por ello y eso me irritaba aún más. Era algo difícil de explicar y de entender, por su culpa estuve en aprietos durante casi toda la mañana y sin embargo, estaba aquí, apurado porque ya eran las doce y no había llegado al restaurante y de seguro él ya estaba ahí, y aun si mi mente se aferraba a lo contrario, en mi fuero interno deseaba verlo. No importaba si no hablábamos, bastaba que me mirara como suele hacerlo y entonces estaría de nuevo en esa paz que tanta falta me hace.

Prácticamente corrí hasta que llegué a la puerta y el exceso de gente me distrajo por un momento. Entré y me dirigí hacía mi mesa de siempre y resulto que estaba ocupada, también la mesa donde él suele sentarse y entre todos ellos, no lo pude distinguir.

Era el aniversario del local y por eso había tanto alboroto, lo escuché mencionar por alguien que detrás de mí, también buscaba algún lugar disponible para sentarse. Fue entonces que lo vi, casi con todo el torso tendido sobre la mesa, dormía con la cabeza sobre el antebrazo derecho y su mano izquierda completamente atravesada sobre el resto del tablero de madera. ¿Era enserio? ¿Quién puede dormir con tanto escándalo? Al parecer solo él.

No lo pensé dos veces y sin más se acerqué y tomé asiento frente a él, su mochila descansaba a su lado, junto con un par de libros sobre programadores de computadoras. En verdad estaba dormido, su respiración apacible y armónica dejaban en claro que su sueño era profundo.

– ¡Vaya, aun se siente mal! – Agregó la mesera, mientras colocaba su platillo a su lado. – Llegó temprano, cuando aún no había mucha gente. Estaba constipado así que la dueña le ofreció un té caliente y al parecer si le hizo efecto. – Era la chica que me tendía siempre, pero a decir verdad, era la primera vez que la escuchaba hablar tanto, normalmente ella ya sabe que traerme y no hablamos más de lo necesario. – Ahora mismo le traigo su orden… – hizo gesto de querer despertarlo pero se lo impedí.

– Será mejor que descanse un rato más… ¿No crees? – Le sugerí con voz melosa, la chica nerviosa asintió de inmediato. Era parte de mis estrategias de seducción, y nuca fallaban.

Sin más se alejó de nosotros y desapareció por uno de los pasillos. Mi mirada recorrió todo el ancho del lugar, la gente hablaba al mismo tiempo haciendo un bullicio molesto. Reían y cada vez levantaban más la voz para hacer oír, el ruido de los cuchillos y tenedores también se destacaba. Detestaba todo esto, pero él estaba aquí y no iba a irme hasta que también Ariel abandonara el lugar.

Con cierta prudencia volví a acariciar su mano y resultó que nuevamente estaba muy caliente. No era normal, incluso podría ser de gravedad. Después de todo, él no estaba acostumbrado al clima de este lugar.

Tal y como prometió, la comida no tardó en llegar. Pero detrás de nosotros un par de escandalosas risas nos tomó por sorpresa y la chica casi deja caer el plato con la comida, apenas y si logré sujetar el vaso con agua, pero los cubiertos cayeron sobre la mesa y el ruido que provocaron hizo que Ariel se despertara sobresaltado. Su mirada confundida pasaba de la chica a mí y volvía a ella pero de repente sus ojos azules me miraron con fijeza.

– ¿También puedes verlo o es solo cosa mía? – Le preguntó a la chica mientras me señalaba.

– Si, puedo verlo… – Fue la simple respuesta. Y sin más, la mujer se retiró.

– ¡Oh!

Se llevó una mano al rostro y con dos dedos se acarició los labios en un gesto por demás de infantil, seguía desorientado y en un afán por aclarar su mente recorrió el lugar con la mirada, para después inclinarse un poco hacía adelante y mirar por encima de mí.

– Mi mesa estaba ocupada… – Le dije en un afán de obtener su atención.

– También la mía… – Agregó con retraimiento. Casi al mismo tiempo bajo la mirada y observo su comida para después, mirar mi plato. Entonces se talló los ojos.

– ¿Mala noche? – Quise saber. Él sonrió y negó con la cabeza.

– Fue una buena noche, aunque un poco intranquila…

– ¿Pesadillas?

– ¡Alucinaciones! – Respondió de inmediato, sus ojos recorrían todo mi rostro y después volvía a sostenerme la mirada.

– ¿Qué viste?

– No puedo decirlo…

– ¿Es secreto?

– No, pero es personal…

– Quizá algo malo… – Insistí. Y como respuesta él dejó escapar una risita divertida.

Acomodándose sobre el asiento, colocó los codos sobre la mesa y se inclinó hacía el frente, no me moví y él tampoco se me acercó demasiado, pero buscaba algo de confidencialidad.

– No solo es algo malo… – Confesó con seriedad y una fingida malicia – ¡Es prohibido! – Era divertido, él y todo lo que hacía y decía me causaba mucha gracia a tal punto que casi me resultaba imposible ocultarlo. Además, algo nuevo apareció, su acento al hablar era muy remarcado, la última silaba de algunas palabra la pronunciaba con un poco más de fuerza, además de que su voz era de un tono suave, haciendo una extraña mezcla de sonidos que me gustaba.

– ¡No me digas! – Agregué siguiéndole el juego y fue mi turno de acercarme. Aunque nuestros rostros quedaron muy cerca él continuó sosteniéndome la mirada sin que la reducida distancia pareciera importarle. – No sé porque no te lo puedo creer… – Ante mis palabras sonrío divertido.

– Igualmente quise intentarlo… – Reconoció y sin más volvió a su lugar. Lo imité.

El silencio se hizo presente pero contrario a lo que hubiera esperado, no fue incomodo, fue más como una sensación de que no era necesario decir nada, porque lo sabíamos todo del otro.

– ¿Entonces no vas a contarme sobre tus alucinaciones?

– Si te contara, tendrías que explicarme porque estaba hoy en la mañana en mi habitación… – Contuve el aliento y el movimiento de mi tenedor sobre el plato también se detuvo. Él no me miraba y sin embargo sonreía. – Oh en mi cabeza… casi todo el tiempo. – Esa última frase me devolvió la tranquilidad y al mismo tiempo me la quitó. La gente no suele hablarme tan directamente, por lo general están más preocupados por impresionarme. Él al contrario, estaba siendo espontaneo, y me estaba permitiendo verlo. Ante semejante honestidad no sabía cómo reaccionar.

– ¿Estas coqueteando conmigo? – Le pregunté divertido. Él nuevamente reía pero me rehuía la mirada.

– ¿Y caminar al filo de ese precipicio fingiendo que voy a saltar? ¡No! – Respondió y sin más se llevó un pedazo de su sándwich a la boca. No voy a negarlo, estaba fascinado por él, por la forma tan propia en la que se movía y hablaba. – Además… – Agregó unos instantes después. – Algo me dice que ese es tu trabajo.

– ¿Estás diciendo que quieres que coqueteé contigo? – De nuevo me miró y si no fuera porque vi mi reflejo en sus ojos, no podría creer que en verdad yo estaba sonriendo.

– ¿Cómo llegaste a esa conclusión? – Me preguntó incrédulo.

– Por tus palabras… Indirectamente me lo has pedido. – Aseguré.

– ¿Enserio? ¿No será que indirectamente tú quieres coquetear conmigo? – Bien, formalmente acaba de perder una batalla verbal por primera vez en mi vida.

– ¿Y qué pasaría si quisiera hacerlo? – Por supuesto iba por la revancha y esta vez no le dejaría ganar.

– Ya sabes lo que dicen… A preguntas hipotéticas respuestas hipotéticas.

– Y eso quiere decir…

– Quiere decir que si en verdad quieres saberlo vas a tener que averiguarlo por ti mismo.

– ¡Así que te gusta jugar! – Él había lanzado el reto y por supuesto que lo iba a aceptar. – No deberías haberme tentado…

– Mejor me retracto… – Agregó con fingido temor, se reía y eso volvía el juego más emocionante.

– Creo que ya es muy tarde para retractarte… – Amenacé.

– Entonces haz que valga la pena… – ¿Dónde había visto antes esto? Así, cuando me enfrentó en el camino, ese mismo valor, su determinación inquebrantable y su osadía al responderme.

– Si juegas con fuego te puedes quemar… – Este era mi último golpe.

– Pero si no juego con fuego me moriré de frío…– Pero el suyo me arrebato mi victoria por segunda vez.

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