Capítulo 6: No Se Debe Ir Por Carne A la Casa Del Lobo

La experiencia le dice al lobo que los rebaños no se mueven al azar. Por eso siempre se le ve seguir las mismas rutas, de algún modo debe proteger lo que es suyo.

 

ARIEL

 

Le tomó un poco de tiempo contestar, durante algunos segundos que a mi parecer fueron eternos, se limitó a mirarme ansiosamente y a sonreír. Que puedo decir, su sonrisa era perfecta, la mejor que he visto en toda mi vida y lo digo sin exagerar.

– Ah, bueno… – Comenzó sin realmente tener algo claro o coherente que decir. – Lo que has dicho, me parece algún tipo de sugerente insinuación que me está resultando imposible de rechazar, o ignorar… – Se movía con gracia y sus ojos como de oro fundido no se apartaban de mi rostro ni un solo instante, su mirada me quemaba y acrecentaba mi nerviosismo, pero las palabras seguían brotando de mis labios y los suyos y cada vez íbamos cayendo más y más en palabrerías por demás comprometedoras y peligrosas.

– Entonces no lo hagas… – Fue más como una súplica aunque intenté que sonara como sugerencia. Él dejó de sonreír, pero continuó mirándome.

En mi interior miles de cosas se suscitaban, por fin habíamos hablado, aun si sentía que ya no podía seguir el hilo de esa conservación. Estábamos aquí los dos, frente a frente, diciéndonos cosas sin sentido, pero que al mismo tiempo significaban más de lo que quizá estuviéramos dispuestos a aceptar. Entonces sonrió de nuevo y los ojos se le iluminaron mientras sus labios se contraían el uno sobre el otro en un movimiento lento que me resulto sensual. – Esta es la parte en la que te avientas a mis brazos y me besas desenfrenadamente mientras yo encuentro la manera de sacarte de este lugar y buscar algo más de privacidad para tener sexo salvaje… – Habló tan rápido que incluso arrastraba las palabras mientras las pronunciaba y a pesar de que no quería comprender lo que había dicho, lo había escuchado fuerte y claro. Y lo peor de todo, fue que lejos de asustarme, mostrar sorpresa o indignación, le sostuve la mirada y me reí. No podía creerlo, me reí.

– No, nosotros no tendremos sexo… salvaje. – Aclaré y él no se tomó la molestia de ocultar su decepción.

– ¿Ah, no?

– No por ahora… – Expliqué. ¿Qué se supone que significaba eso? Mi cabeza no estaba funcionando bien y la guerra interna que peleaban mi dignidad y sensatez contra mi osadía y estupidez, provocó que se me revolviera el estómago.  Estaba dispuesto a morderme los labios con tal de no seguir diciendo barbaridades, pero alguien más que no era yo, me obligó a continuar – Primero hemos de vivir juntos y tú vas a tener que comprometerte seriamente a que dejaras de ir por la vida ofreciendo “sexo salvaje” a las personas con las que hables de primera vez.

– ¡Me parece un trato justo! – Respondió con la seriedad propia de quien está acostumbrado a hacer este tipo negocios. – ¿Dónde tengo que firmar?

Se estiró y quitándome de las manos el bolígrafo con el que jugaba para disimular mi nerviosismo, lo sostuvo en alto a la espera de mi respuesta. Como no fui capaz de responder de inmediato, tomó una de las servilletas y hasta abajo garabateo algo que después dijo que era su firma y seguidamente me la ofreció para que hiciera lo mismo.

– ¿No deberías… leer las clausulas antes de firmar? – Pregunté demasiado perturbado por intentar creer que realmente estábamos haciendo esto. –Algo podría estar mal…

– Tendré sexo contigo… ¿Qué puede estar mal? – Lo dijo como si fuera la gran cosa, y por la forma en la que habló tan segura y propia, acabo y enterró mi valor. – Todo está claro para mí.

Bien, nunca nadie antes se había emocionado tanto por tener algo conmigo, mucho menos sexo. Y sin embargo, a pesar de que yo había provocado de alguna manera esta situación, me sentí triste y decepcionado. William decía que para algunas personas, eso era lo único que importaba, un momento de placer y después tan extraños como siempre. Es decir, si ni quiera nos habíamos presentado. Yo no quería algo así, y menos para una primera vez. – ¿No vas a firmarlo?

– No… bueno, yo… no. – Hablé torpemente – ¡No! ¡Lo siento! – Intenté salvar lo poco que quedaba de mi dignidad. Pero estaba demasiado abrumado por el rumbo que había tomado nuestra conversación. Son temas que no me suelo tomar a la ligera, para mí representan algo más importante. Tomé mi mochila y los libros e intenté irme. Pero él empujó la mesa con suavidad de manera que no pudiera salir.

– ¿Por qué te disculpas? – Me preguntó secamente. – ¿Acaso no es una propuesta interesante?

– Quizá no lo suficiente, no… – Noté que me temblaba de voz y al pararme de golpe todo me dio vueltas. Me llevé una mano a la cabeza, pero tuve que volver a sentarme.

– ¿Tienes miedo? – Se burlaba, la forma en la que lo preguntó me hizo entenderlo y me sentí agredido, no me gustaba esto y no quería continuar.

– ¿Acaso tu no? – Respondí de inmediato.  Él negó con la cabeza y continuó mirándome con altanería, yo ya no podía mirarlo. Era incómodo y me hacía sentir invadido. Volvió a reírse y eso me enojo.  – Nunca me han importado las consecuencias de las decisiones que he tomado, aun si no han sido las mejores. Desde el momento en que te conocí he anhelado temerariamente poder hablar contigo una vez más… – Quizá no era el discurso más coherente pero lo dije tal cual lo sentía. – Pero no para esto. No soy el tipo de persona que busca sexo ocasional, no tendrás eso de mí.  Pero si quisieras, podríamos…

– No me interesa… – Me interrumpió abruptamente. Y aunque me dolió que lo hiciera, internamente se lo agradecí. No comprendía que era lo que me pasaba, quizá fue el medicamento o el té que me tomé, o quizá solo era yo, siendo yo mismo por primera vez. – ¿Qué vas a ofrecerme? ¿Una relación sería? – Soltó una risilla irónica. – ¿Vas a quererme a mí más de lo que nunca has querido nada?

– ¿Es malo ofrecer algo así? – Solté con la indagación a flor de piel. Me asustó mi tono de voz tan desaprobatorio. – ¿Es obsceno desear algo superior con alguien pero está bien si solo queremos tener sexo? – Fue un poco extraño el verme y escucharme a mí mismo diciendo esas cosas.  Por lo general, cuando alguien tiene un punto de vista tan simple y vacío suelo no perder mi tiempo dando explicaciones, pero ¿Por qué insistía con él? ¿Por qué quería que no se burlara? ¿Por qué sentía que necesitaba que creyera que podía quererlo a él más de lo que nunca he querido nada?

– ¿Me ofreces… amor?

– ¡Amistad! – Le re corregí de inmediato. – Jamás hablé de amor… Y ya me quedó claro que no es un tema del que se deba hablar contigo… – Podía sentir el coraje recorrer mis venas y aun sin pretenderlo, no pude evitar hablarle con despreció. – Pero igual, si un día de estos se me da por rebajarme al nivel de un “cualquiera” que no se valora ni se respeta, tal vez te busque para tener sexo salvaje… – De nuevo me puse en pie y tomando mis cosas empuje la mesa para salir.

– Jamás hablaste de amor pero si te digo que quiero sexo, entonces, tú pides la exclusividad de mis insinuaciones y vivir juntos… – De nuevo me cerró el paso con la mesa y sostuvo con sus manos para que no pudiera apartarla.

– Era un juego… – Intenté defenderme.

– Yo no estaba jugando…

– ¿No estabas jugando? – Fue mi turno de reírme. – ¡Estás muy perturbado! ¿Qué te hace pensar que querría acostarme con un completo desconocido y ególatra desquiciado? – Entrecerró los ojos y casi pude oler su enojo, fue entonces que se puso en pie y pude recordar con quien estaba hablando, y lo insultante que resultaba su altura en comparación con mi tamaño.

– ¿A dónde quedó toda la dulzura que desparramabas mientras me mirabas y me sonreías? – Él lograba que me sintiera avergonzado de mis acciones. – Todo ese “inocente” coqueteo… ha quedado atrás ahora que has sacado las garras. ¿Siempre eres tan agresivo? – Me preguntó iracundo. Y por lo que dura un pensamiento creí que debía disculparme, pero salvo defenderme no había hecho nada malo, aún si él intentaba hacerme sentir lo contrario.

– ¡No! – Respondí con suavidad e intenté dejar pasar el hecho de que para sostenerle la mirada tenía que mirar hacia arriba.  – Pero aun si intento controlarlo, reacciono de esa manera cuando alguien pretende pisarme el cuello.

– Si tuviera que, lo último que pondría en tu cuello seria mi pie…

– No sé qué debo responder a eso… – Confesé. Y ante mis palabras su rostro se relajó, bien por él, porque yo seguía igual de molesto.

– ¿Te estas rindiendo blanquito? – ¿Blanquito? ¿Debía sentirme alagado o insultado?

– Si todos fuéramos morenos… no tendrías la oportunidad de presumir tú encantadora piel canela. – Lo dije sin pensar, fue en medio de un arranque de impulsividad. Y me arrepentí en cuanto pronuncie esas palabras. La sorpresa que se instauró en su rostro hizo que deseara que la tierra se abriera y me tragara.

– Si me dejas llevarte a un lugar más privado te mostraré otras cosas igual de atractivas…

– ¿Acaso no me escuchaste? He dicho que no…

– Es que no se si no te estas escuchando pero te contradices mucho…

– ¡Dejame salir! – Ordené.

DAMIÁN

– ¡Cobarde! – Lo acusé.

El chico cerró los ojos con fuerza durante unos segundos y respiró profundo. Era divertido de ver, quien diría que alguien tan chiquito podía tener un mal genio tan grande. Ahora mismo parecía que en verdad se estaba esforzando por no asesinarme. – Ya lo he dicho antes… – Agregué y estiré la mano hasta que sostuve su mentón y lo obligué a mirarme – Eres un niño estúpido… – Cada palabra salió cargada de un despreció que no tenía fundamento. Ariel entrecerró los ojos y todo su cuerpo se tensó. Oficialmente lo había ofendido.

– ¡Suéltame!  – Me exigió con voz trémula. Sudaba y su rostro estaba rojo y caliente, pero no era por nuestra conversación, sino que seguía enfermo.

Tal vez, aun si era divertido, no debería estarlo molestando tanto, después de todo, me había quedado claro que sus intenciones eran buenas. Y no voy a negar que sus palabras me hubieran provocado cierta opresión en el pecho. ¿No iba a hablar de amor conmigo?

 – ¡Suéltame! – Volvió a exigir.

La gente comenzaba a prestar atención a nuestra discusión, pero nadie se atrevía a intervenir y lejos de hacerle caso, lo sujeté con más fuerza. A tal punto que apretó los ojos con fuerza, mientras que con ambas manos envolvía la mía. Los latidos de su corazón se dispararon y casi pude escucharlos en mis oídos.

– ¿Y que si no lo hago? – Lo reté.

– Sera mejor que me sueltes… – Susurró.  Volvió a mirarme y pude ver determinación en sus ojos, incluso logro calmar sus latidos, pero contrario a lo que hubiera esperado, desistió de su agarré sobre mi brazo. – ¡Suéltame! No voy a repetirlo… – Advirtió.

Iba a reírme y quise afianzar mi agarré sobre su quijada, pero tan pronto como lo intenté, lo solté. No vi el momento en que había tomado el bolígrafo de la mesa, pero sin la más mínima contemplación lo clavo con fuerza sobre la piel desnuda de mi brazo haciéndola sangrar.

Mi casi extinta parte racional quedó bloqueada y la impulsividad de la bestia domino. Me enojé, estaba colérico y en medio de un arrebato, volqué la mesa. Todo el lugar quedó en silencio cuando los platos de cristal se rompieron en pedazos contra el piso.

Iba a golpearlo, en verdad planeaba hacerlo, pero cuando estaba por hacerlo, otro imbécil se puso frente a mí, no lo conocía, jamás le había visto ni de casualidad. Y tampoco supe de donde salió, pero se había puesto entre él y yo y lo cubría con su cuerpo.

– ¡Que ni se te ocurra! – Gritó – No te le vuelvas a acercar ni muchos menos intentes ponerle de nuevo la mano encima… – Estaba amenazándome, pero no fue eso lo que me obligó a detenerme, sino la forma en la que Ariel me miraba. Miedo y decepción fue lo que pude ver hasta que cerró los ojos y se aferró a la espalda del otro. Entonces todo mi cuerpo se puso rígido, el frio de su mirada me congelo por completo.

No pude reaccionar al momento. Y tan solo pude ver como después de dejarle varios billetes a la mesara por los daños y las molestias ocasionadas. Ese tipo sostuvo las cosas y al propio Ariel y lo sacó de ahí.

Pese a lo paradójico del asunto un sentimiento de vacío me llenó. Era un agobiante y frio sentimiento de pérdida, y el recuerdo de su última mirada, a mí que tanto me gustan sus ojos y ahora los recordaría de mala manera, esta vez no hubo sonrisas amables y algo me decía que quizá no iba a volver a verla, al menos, ya no para mí.

AXEL

Lo conduje hasta la salida del establecimiento, Ariel me seguía dócil, nuestras manos seguían unidas y él se aferraba a la mía con fuerza, su rostro estaba contra mi espalda y podía sentirlo temblar. Si alguien me hubiera dicho que lograría deshacerme con facilidad de ese tipo, quizá no le hubiera creído, pero ahora todo era distinto. Acaba de comprobar como un simple error puede llevar a un hombre a perder lo que otro tanto desea.

Hasta hace unas horas, él era importante para Ariel, pero después de esto, yo personalmente me encargaría de desacreditarlo frente a sus ojos.

– ¡Ari! ¡Ari! – Bianca se acercó presurosa a él, ambos habíamos presenciado desde una de las ventanas lo que había sucedido, pero le había pedido que ella esperara a afuera. – ¿Te lastimo? ¿Qué fue lo que sucedido? – Ariel seguía escondido detrás de mí, y pese a que creí que se aventaría a sus brazos, tal y como suele hacer cada vez que la ve, continuó a mi lado. – Ari… – Le insistió buscándolo detrás de mí, pero Ariel estaba en otro mundo y parecía no escucharla. – ¡Dios mío, estas sangrando!

Inmediatamente me volteé para comprobar con horror que era verdad, Ariel se miraba las manos, ambas manchadas de sangre, la parte de mi camisa de la que se había sujetado también estaba manchada, al igual que su ropa, no era tanto, si es que unas cuantas manchas, pero el parecía demasiado perturbado mientras con las palmas extendidas se miraba y temblaba.  – Ari… – Mi prima se adelantó y le quitó un bolígrafo de las manos y lo aventó al piso, y comenzó a limpiarlo, y a buscar alguna herida en sus manos. No había nada porque la sangre no era de él.

– Dejalo Bianca… – Le exigí y entregándole las cosas de Ariel a ella, me las arregle para abrazarlo. – ¡Esta bien, ya paso todo! – Le susurré mientras lo apretaba con más fuerza contra mí.

Cuando intenté soltarlo él pareció reaccionar y anticipándose a mi movimiento se aferró a mi camisa por sobre mi pecho, con ambas manos. No tuvo que esperar mucho, pues lo envolví con mis brazos de nuevo. El tipo salió casi al mismo tiempo que nosotros, justo para ver como acomodaba a Ariel contra mi cuerpo y le brindaba la protección que él no podría darle. – Y de una vez te advierto que no quiero que sigas encomiándolo para que se acerque a ese delincuente. – Le advertí a mi prima mientras con la mirada señalaba al tipo que se había quedado mirándonos.

– Ella no me dijo nada… – La voz le temblaba al igual que todo su cuerpo, pero tomó valor y soltándose de mí, salió en defensa de mi prima. – Fui yo… yo quería…pero… – La forma en la que hablaba y la expresión de su rostro daba la impresión que en cualquier momento se echaría a llorar.

– No quiero verte de nuevo junto a él… ¿comprendes lo que te digo? – Agregué mientras envolvía su rostro con mis manos. – ¿Lo comprendes? – Insistí. Ariel se limitó a asentir y sin más me siguió en silencio cuando nuevamente lo sujeté de la mano y lo llevé hasta el estacionamiento.

– No tienes derecho a prohibirle nada… – Me reprochó mi prima mientras nos seguía. – ¿Escuchaste lo que te dije? No tienes…

– ¡Tengo todo el derecho del mundo, Bianca! – Le aclaré, mientras me volteaba y la encaraba – Porque primero que nada, lo estoy haciendo por su bien. Pudo lastimarlo. Y segundo; Ariel me gusta y quiero que sea mi novio, mi deber es protegerlo tal y como lo haría una pareja, y sé que el comprende que no hay punto de comparación, soy yo quien más le conviene y esa es la razón por la que no volverá acercársele a ese tipo ¿cierto? – Los dos me miraban con asombro aunque Bianca me miraba más con repudio, mientras que Ariel lo hacía con vergüenza. – Sé que eres un chico listo… Si él vuelve a intentar dañarte nos vamos a meter en problemas porque no lo voy a permitir, no me hagas esto Ariel… – Volví a sujetar su rostro y sin medir mis actos me acerque a sus labios y lo bese.

No soy de lo que suele actuar impulsivamente, contrario a eso reconozco que la vida misma y este tipo de relaciones, son similares a un juego de ajedrez, y me pienso mucho antes de hacer un movimiento en falso. Pero estaba desesperado, me gustaba, me gustaba mucho y sentía que ya comenzaba a quererlo, iba a jugármela por él, haría lo que sea necesario con tal de conservarlo para mí. Sabía que no iba a ser fácil y que Ariel aun pudiendo hacerlo, tampoco me dejaría simplemente llegar a su corazón, el que sellara sus labios con fuerza y me apartara casi al mismo momento en que lo toque, me hizo comprenderlo.

– ¡No! – Dijo enérgico, mientras que con el antebrazo derecho se cubría los labios y con su mano libre hacía distancia entre nosotros. – Ya te lo dije… Yo no…

– No hablemos de eso ahora. – Le interrumpí y lo terminé de conducir hasta mi auto. A Bianca le abrí en la parte de atrás y a él lo llevé hasta el asiento del copiloto. No iba a aceptar un “no”, seria mío y nadie iba a poder evitarlo, ni siquiera el propio Ariel.

TERCERA PERSONA

No era muy dado al darle vueltas a las cosas, actuaba impulsivamente y sin embargo, jamás se arrepentía de sus acciones. Fue así hasta hoy. Ya que aun si por fuera, para quien no le conociera, se veía tan sereno y dueño de si, tal y como era costumbre, por dentro estaba quemándose, se consumía por el recuerdo de esa mirada decepcionada.

Deviant no le había querido cuestionar sobre el motivo por el que había vuelto tan pronto, pero no le quitaba la mirada de encima y Damián fingía no notarlo. Sin embargo, al mayor no podía engañarlo tan fácilmente, algo le ocurría, últimamente estaba actuando raro y a la hora que era ya era para que estuviera preparándose para volver a salir, pero contrario a su recién adquirida rutina, se había dejado caer en el sillón más grande de la sala y simulaba que miraba la televisión, pero esporádicamente elevaba la mirada hacía el reloj que colgaba de la pared, para justo después volver a posarla sobre el televisor.

– ¿Quieres algo del establecimiento? – Le preguntó más para obtener su atención que por en realidad querer comprarle algo – Iré a comprar cigarros…

– No iras… – Se limitó a contestar con cierta apatía el menor.

Deviant ignoró lo que dijo y despacio avanzó hacia la puerta. Se decía así mismo que él no tenía la culpa del malhumor del menor, y como no soportaba tanto silencio, prefería salir a vagar aunque sea a los jardines antes que continuar con ese ambiente tan tenso del departamento. Pero para su mala fortuna, pronto comprobó que la puerta tenía llave y la copia de la suya no estaba donde siempre la dejaba.

– ¡Dame la lleve! – Gritó desde el recibidor, pero no obtuvo respuesta. – ¡Damián! – De nuevo, el silencio fue la única respuesta.

Molesto, regresó hasta la sala y ahí encontró a la razón de todos sus problemas tan fresco y quitado de la pena.

– ¿Acaso no me escuchaste? – Le interrogó con los brazos a los costados, estaba molesto así que era mejor que no le colmara la paciencia. – Dame la llave… – Ofendido al saberse ignorado avanzó hacía el tomacorriente y desconecto el cable de la televisión. El cual sostuvo en la mano como ofreciendo un intercambio justo.

Damián le miró airado y molesto pero no se movió de su lugar.

– ¡Dame la llave! – Volvió a gritar, sabía lo sensible que Damián era de los oídos y por eso levantaba la voz. Había habido ocasiones en las que incluso lo había derribado o lograba disuadirlo, si hacía el suficiente escándalo. Entonces y con tal de que se callara, el menor lo sacaba con su gusto. – ¡Dame las malditas llaves!

– ¡Cállate! – Gruñó entre dientes y sin más le dio la espalda.

Pero si creyó que con eso lograría intimidar a su hermano, se equivocó. Deviant fue hasta él y comenzó a sacudirlo con algo más que solo fuerza. Ambos se tenían asuntos pendientes y este sería el momento de arreglarlos si Damián no le entregaba la llave.

– ¡Alejate, Deviant! – El moreno lo empujó con suavidad, cuidando de no lastimarlo más. Pero el mayor, comenzó a buscar por entre su ropa la llave, sin importarle la molestia de su hermano. – ¡Estoy hablando enserio! ¡Dejame en paz!

– Dame la puta llave y después puedes irte al diablo…

Exacerbado porque todos creyeran que pueden hablarle como se les venga en gana, Damián lo tomó del cuello de la camisa y con nada del cuidado inicial que le había mostrado, lo atrajo con fuerza, hasta dejarlo de espaldas sobre el mueble. – Te he dicho infinidad de veces que odio que me hables de esa manera… – Y colocándose sobre él, gateo hasta que sus rostros quedaron de frente.

– ¡Quitate! – Ordenó el mayor, tratando de utilizar su única mano buena para hacer algo de espacio entre ellos. Pero Damián lo miraba cual presa que había sido acorralada mientras pastaba, incluso el movimiento que hizo con los hombros cuando los hecho para atrás, resulto poco humano. – ¡Quitate! – Volvió a exigir aunque ya no con él mismo ímpetu del principio. – Pesas, me estas lastimando… Quitate, quitate, quitate, quitate, quitate… – Damián tomó la actitud tan infantil de su hermano como una amenaza, si él no se quitaba, Deviant no tenía intenciones de callarse.

– ¡Eres tan irritante! – Espetó mientras le cubría la boca con una de sus manos. – Te juro que la mayor parte del tiempo no te soporto… – La queja del menor, causó que Deviant quien lo observaba desde abajo con cierto asombro, se entristeciera ante las palabras serenas y dolorosamente sinceras de su hermano.

– Hazte a un lado… – Lo dijo Deviant después de quitarse de la boca la mano de su hermano.

– ¿Por qué? ¿A qué se debe tanto nerviosismo? – Le habló casi sobre los labios y Deviant buscó la manera de esquivarlo.

– No estoy jugando… ¡Quitate!

– ¿Quién está jugando? – Preguntó con una seriedad y fiereza abrumadora.

Lo tenía apresado entre el sillón y sus brazos, Deviant no tenía la agilidad ni la fuerza para apartarlo por él mismo, sus heridas eran resientes y su cuerpo aun dolía por el accidente. Y sin embargo, se las estaba arreglando para mantenerlo a una distancia casi prudente. Y aun así, el menor le olisqueaba el rostro y el cuello con la clara intención de reducir la distancia entre ellos.

– ¡Deviant, Deviant! – Cantó el moreno y sujetando la mano de su hermano que los separaba, la sostuvo por encima de su cabeza. – ¿Puedes sentir lo que me provocas? – Le preguntó mientras se frotaba el torso contra él.

– ¡Ya basta Damián! – Gruño el mayor desde abajo. – ¡Es suficiente!

– No, a partir de aquí seré yo quien diga cuando va a ser suficiente… ¡Grandísimo mentiroso de mierda! – Amenazó y sujetándolo con violencia por el cuello lo obligó a recostarse por completo sobre el mueble. – Estoy tan enojado contigo… ¡Furioso! – Confesó y por la manera en la que lo mantenía apresado, Deviant no pudo hacer nada más que cerrar los ojos cuando Damián unió sus labios. Fue un simple rose y sin embargo, con ese toque tan hostil le dejó en claro que no mentía. El moreno traspiraba furia. – ¿Desde cuándo me ocultas cosas? Me mientes en la cara y finges demencia ante asuntos que nos incuben a los dos… ¿Acaso tienes una puta idea de lo mucho que me preocupaste? ¿Lo sabes? – Gruñó.

– ¡Suéltame!

– ¿Crees que en verdad le importas más a “ese” que a tu parecer es más perfecto que yo, de lo que me importas a mí?

– No te desquites conmigo por las cosas que te están saliendo mal… – Respondió Deviant, resentido y por primera vez desde que iniciaron esa incomoda conservación, se atrevió a enfrentarlo con la mirada. – Se llama vida, no todo puede salir como quieres… ¡Aceptalo!

– ¡Que frialdad! – Se burló el moreno. – ¿Desquitarme contigo? – Le preguntó sobre los labios, su aliento tibio adormecía a su hermano quien nuevamente luchaba por apartarlo.

– No juegues conmigo de esta manera…

– Pero si te gustaba… ¿No me digas que ya lo olvidaste?

– ¡Éramos unos niños! – Se defendió incómodo.

– Ni tanto… Ese imbécil ya estaba detrás de ti la última vez que sucedió. ¿Cuántos años tenías? ¿Diecisiete, quizá dieciocho? En ese entonces no parabas de decir que me querías…

– Y tú no parabas de rechazarme… – Comentó herido.

– ¡Jamás te rechace! – Rebatió Damián. – Pero no iba a llevarte flores cada mes por nuestro siguiente aniversario, no soy de ese tipo y tú me lo exigías indirectamente.

– Jamás te pedí nada…

– Te gustan las cursilerías. Sabía que las necesitabas.

– Como sea, dijiste que no me querías… Por eso…

– ¿Por eso creíste que yo iba a permitir y sobre todo que no iba sentir nada al saber que andabas en amores con él? – Le interrumpió, Deviant se quedó callado e inconscientemente agachó la mirada.

Esa aparente rendición no significo nada para Damián. Él estaba consiente de todo lo que estaba sucediendo, conocía a Deviant mejor de lo que se conocía a sí mismo y estaba más que enterado de que el lugar que ocupaba en el corazón de su hermano, ya no era el mismo que presumió en su niñez ni mucho menos, en los últimos años de la adolescencia del mayor. Y eso, aun si no quería reconocerlo y no lo haría, le dolía.

– Quiero a Han…Lo quiero. – Soltó tímido el mayor, sin mirar a su hermano.

– Como quieres James y casi de la misma forma en la que quieres a Sam.

– ¡No! ¡Es distinto! – Hablaba y negaba con la cabeza al mismo tiempo, como aferrándose a lo que necesitaba creer. – No me digas lo que siento, porque yo lo sé mejor que nadie.

– ¡No te creo!

– ¿Por qué me haces esto? – Preguntó con dolor.

– Porque me estas mintiendo. Y te estas mintiendo a ti mismo. – Aseguró y obstinado busco la mirada castaña de Deviant, misma que le fue negada en repetidas ocasiones hasta que llevó una de sus manos hasta el rostro de su hermano y lo acarició casi con ternura.  Fue entonces que sin poderse resistir a ese gesto, Deviant se dejó encontrar.

Damián atrapó esos ojos y sin que su mano dejara de caminar por el rostro de Deviant, roso con suavidad sus labios. Era una petición hacía un permiso que esperaba recibir y que no pediría a voces. Porque era muy orgulloso para hacerlo y porque tal cosa le dejaría ver al mayor, lo celoso que estaba de Han y lo mucho que lo odiaba por quizá ya haber poseído ese cuerpo que debajo suyo había dejado de pelear y que siempre había deseado y se le había negado.

– Debí aprovechar cuando te me ofreciste, así ahora podría chantajearte con eso… – Una media sonrisa dolorosa se le formo en los labios mientras hablaba, pero prefirió disimularla mientras se acercaba de nuevo y atacaba esos labios que entreabiertos le aceptaban un tanto confundidos.

– Eso jamás sucedió…

Si para Damián las cosas no eran sencillas, para Deviant lo eran mucho menos. Había querido al moreno desde que ambos eran niños y desde entonces había sido rechazado, creció con eso y sin embargo, jamás hizo nada para intentar tener una relación seria con nadie, hasta ahora. Y no era que simplemente una mañana se hubiera despertado deseando no continuar con ese amor no correspondido, si no que cada vez que Damián lo rechazaba, Han estaba ahí para colmarlo de su cariño y sus atenciones, casi por la misma cantidad de años, y se mentía así mismo diciendo que solo era amistad, pero en el fondo sabía que era algo más, le preocupaba como lo iba a tomar Damián, por ese motivo se negaba al sentimiento. Pero ya no era así.

El beso poco a poco se fue haciendo más hambriento, Damián era pasional en cada movimiento, exigente y aunque lo hacía muy bien, no podían compararse a los que había compartido con Han. Besos llenos de un sentimiento reciproco que los llenaba y colmaba a ambos. En cambio, los labios de Damián tenían un delicioso pero tormentoso sabor a soledad y desesperación.

Deviant fue el primero en apartarse, con el peso del menor sobre él sentía que se ahogaba. Los ojos de Damián parecía fuego destellante, cargados de desenfreno carnal. Las manos le temblaban sobre la cintura de Deviant, quería despojarlo de todo cuanto vestía y llenarse de él para acabar con ese vació que le estaba haciendo sufrir, quería olvidar ese mirada azul llena de desilusión y miedo, quería volver el tiempo atrás y hacer las cosas de manera diferente y el no poderlo hacer lo estaba enloqueciendo de pura y total frustración.

– Deviant… – Por lo que dura un pensamiento se sintió tentado a pedirle que tuvieran sexo, pero su hermano que también lo conocía, fue más rápido y antes que, si quiera lo pronunciara, ya negaba con la cabeza.

– ¡No! – Dijo con seguridad – Sé que ese es el terreno en el que mejor te mueves, pero no todo se soluciona teniendo sexo. Además, tú y yo siempre seremos hermanos, ese va a ser el vínculo más fuerte que nos va unir.

Ya no insistió, sabía que eso era lo mejor. Pero tampoco se apartó, sino que como un chiquillo, se resguardo en el pecho del mayor y se abrazó a él.

– ¿Qué fue lo que te hizo? – Preguntó preocupado el mayor, mientras intentaba corresponder al abrazo. – Me dejó para irse con otro… eso me hizo. – Pensó Damián.

Deviant comenzó a acariciarle los cabellos tal y como lo hacía su madre con él cuando estaba pequeño. – O tal vez debería de preguntar ¿Qué fue lo que le hiciste? – Damián resopló cansado y se dejó caer por completo sobre Deviant. A veces era desesperante que todo el mundo creyera que si algo malo había sucedido, él era el responsable. Aunque por lo general, lo era.

No respondió, siempre era así, sus problemas e inquietudes se las guardaba para sí mismo y eso le dolía a Deviant, porque él si le comentaba sus problemas, pero Damián no le tenía la misma confianza.

– ¿Qué te paso en el brazo? – Le pregunté al ver la cicatriz de una herida que comenzaba a cerrar. – Fue profunda… – Sostenía la mano de Damián en alto para poder observarla con fijeza. – ¿Cómo te hiciste esto?

– En mis ratos libres me gusta clavarme bolígrafos… – Contestó el moreno con sarcasmo, estaba durmiéndose, pero sabía que si no contestaba Deviant iba a seguir preguntando.

– Tienes mucho tiempo libre… ¿debería preocuparme?

– ¡Solo cállate, Deviant! – Susurró con voz pesada.

– El que tu poder de auto-sanción sea eficaz, no significa…

– ¿Poder de auto-sanación? ¡Estás loco!

– No deberías… – Realmente me preocupaba.

– ¡Cállate o volveré a besarte!

DAMIAN

Sonreí para mis adentros cuando finalmente guardo silencio. A veces era muy fácil de controlar, pero la mayor parte del tiempo, representa un verdadero problema para mí y un desafío total tenerle paciencia.

A pesar de todo, era mi hermano y sentía que lo necesitaba.

Durante mucho tiempo deseé con fervor que Deviant fuera suficiente para mí, lo era en muchos sentidos. Su valía, siempre la he tenido presente y era yo quien en su momento, no se sintió digno de él, eso y la amenaza de su padre de que si lo dañaba me destazaría en cientos de pedazos. Y aun si tuve muchas oportunidades con él, algo faltaba. Y no sabía cómo explicarlo pero aún si lo tenía, continuaba insatisfecho.

Cuando éramos adolecentes y aunque me duela aceptarlo hace ya unos cuantos años de eso. Deviant me decía que primero eran los dulces, los peluches y las flores, luego las cartas de disculpa y por ultimo las interminables horas de discusiones. Jamás pude seguir ese orden, de hecho, lo hice al revés y ni siquiera llegué a las cartas de disculpa. Sé que desde el principio lo arruiné con él, y lo hice descender fácilmente a mi infierno, solo por egoísmo, lo sé, no es bonito ni optimista. Pero es la realidad.

Me lo había ofrecido todo, su corazón y su cuerpo en bandeja de plata y sé que después de él, nadie me ha querido tanto. Y tal vez nadie nunca lo haga y saber que lo he perdido, que alguien miserable y sin nada para ofrecerle me lo ha quitado, que lo ha apartado de mí, me arde. Me hiere.

Lo peor de todo es que a pesar de que deseo deshacerme del maldito, solo me basta mirar a Deviant entre mis brazos con su rostro sereno y por fin quieto, para darme cuenta que no sería capaz de causarle ese daño. Se ha atrevido a decirme que lo quiere, ¿Quién soy yo para hacerlo sufrir?

Con eso en mente, me dejé ir. Estaba agotado y después de mucho tiempo, era placentero poder dormir abrazado de nuevo a él, como cuando éramos niños.

Poco me duró el gusto, Deviant era así y por eso me irritaba tanto. No podía estarse quieto por mucho tiempo, había sido de este modo desde que lo conozco y al parecer empeora con los años. Con cuidado de según él, no despertarme, busco zafarse de mi agarré y levantarse. Fingí dormir y no tardó mucho hasta que lo sentí que de nuevo revisaba mi ropa.

Había una razón poderosa para no dejarlo salir. Hoy le daban de alta a su “noviecito” y mi determinación estaba en no permitir que fuera a buscarlo. Una cosa era que los dejara seguir y otra muy distinta que quisiera verlos de empalagosos.

– ¡Mas te vale que dejes de estar molestando y te largues a tu cama! – Lo amenacé sin moverme y aunque mantenía los ojos cerrados, pude percibir su exaltación. – Si no quieres que yo te llevé y te canse lo suficiente con todo lo que te voy a hacer, como para que no salgas de tu habitación en días.

Ni siquiera intentó rebatir nada, y casi pude verlo todo avergonzando huyendo ante mis palabras, que por cierto, no las había pronunciado en vano.

En cuanto lo escuché cerrar la puerta de su habitación, me acomodé sobre el sillón que había resultado ser demasiado pequeño para dos hombres de nuestra talla y abriendo los ojos dejé salir ese resuello que me oprimía el pecho.

No importa cuánto descansara, seguía sintiéndome igual o más cansado. Tenía hambre y el dolor de cabeza me estaba matando, pero decidí quedarme un rato más hasta que la respiración de mi hermano se escuchó más densa. – Deviant… Deviant – Su nombre no dejaba de darme vueltas en la cabeza. Y seguí pensando en él hasta que unos golpeteos suaves sobre la puerta me devolvieron a la realidad.

Era James, su olor a comida lo delataba a metros de distancia. Con pereza me levanté y abandoné la sala. Caminé rápido por el pasillo y le abrí la puerta del recibidor ya que de no hacerlo, parecía estar dispuesto a derrumbarla con tantos golpes.

– ¡Odio las flores! – Le dije parcamente, en cuanto lo vi con su llamativo ramo entre las manos. – Pero ya que te esforzaste tanto…

– ¡Callate y ayudame!

– ¿A quién crees que le estás hablando imbécil? – Le gruñí molesto, pero cuidando de no hablar muy alto.

– ¡Lo siento, me alteré! – Respondió intimidado. Traía varias bolsas y el ostentoso ramo multicolor. – Además, las flores no son para ti. – Agregó mientras me entregaba el arreglo. – Son para tu hermano, a él le gustan…

– ¿Y por qué tienes que comprarle rosas a mi hermano?

– ¿Eres siempre tan sobreprotector? – Me cuestionó mientras huía a la cocina para dejar las bolsas. – Compre todo lo que me pediste… Deviant tendrá suficiente comida como para sobrevivir a la segunda era glacial.

– ¿Ya lo tuteas? – Le parecé en seco. Primero le daba flores, lo tuteaba y solo faltaría que después, Deviant, Han y él terminaran haciendo un trio.

– Es de cariño…

– ¿Quién te dijo que tienes derecho a tenerle cariño?

– Sé que es tu estado natural… – Empezó su catedra, pero dejando de sacar las cosas de las bolsas se recargó en la barra y me sostuvo la mirada. – Pero… ¿Por qué estás tan molesto? Fuiste tú quien me trajo, terminé de creer con ustedes, más con Deviant, quien por cierto, siempre me ha tratado muy bien. Si lo piensas un poco. Es normal que le tenga cariño, ustedes son mi familia y él es como un hermano mayor para mí. Y tú… Bueno, tú eres el jefe manipulador, intimidante y majadero que nadie quiere tener. – Ya iba a golpearlo pero metió las manos. – Y sin embargo, también te apreció…

– Deja tus declaraciones amorosas para después y termina con eso que estabas haciendo de una buena vez… – Le regañé mientras señalaba todo el desastre que tenía sobre la barra.

– Y… ¿cómo esta Deviant?

– ¿Acaso traigo puesta una bata blanca y un gafete que diga que soy médico? – Odiaba las pláticas casuales y que James no pudiera quedarse callado. A sus veintidós años era una mala copia de Deviant. Molestoso, hablador, inquieto y cursi.

– ¡Que genio!

– Deja de murmurar… No entiendo ni una puta palabra de lo que dices.

– Dije que si me quiere ayudar… – Bastó que lo mirara irascible para que no volviera a mencionarlo.

– ¿Averiguaste lo que te pedí?

– ¿Eso fue una petición? – Se burló – Irme a sacar a las tres de la mañana de mi cama a golpes y zarandeos para mandarme a investigar quien daño a nuestro Deviant – Alcancé a agarrar una de las latas de jugo y se lo aventé a la cara, para mi mala fortuna logró esquivarla. – ¡Ya! ¡Lo siento! – Se corrigió mientras se escondía tras de la alacena. – Tu Deviant, es tuyo… solo tuyo.

– Baja la voz, está descansando… Y no me fue nada sencillo que se durmiera. – Le regañe y el me devolvió una mirada confundida. – ¿Lo investigaste sí o no?

Por primera vez desde que llegó lo vi ponerse serio. Eso significaba que nada bueno iba a decirme.

– Sí, lo hice… – Dudo un momento y después saco un sobre amarillo pequeño y lo deslizó por la barra para que llegará junto a mí. – No vayas a… – De nuevo guardo silencio y continuó con lo que hacía. Pero intuí lo que quería pedirme.

– Nadie se mete con lo que es mío y vive para contarlo… Lo sabes.

– Pero si Deviant se entera…

– Tú lo has dicho… – Le Interrumpí – Si se entera.

Saque un par de hojas dobladas y una fotografía del sobre, la imagen que me devolvía hizo que el estómago se me revolviera de puro coraje.

– ¿Estas completamente seguro? – James me miró sombrío – ¿Lucio?

– Comprendo perfectamente lo significa, y bueno, obtuve la información de ya sabes… Tú dijiste que era confiable. Además, por mí mismo sé que a Lucio no le cayó en gracia que hayas rechazado la pelea y mucho menos que lo hayas amenazado frente a todos sus socios.

– ¿Y eso que tiene que ver con Deviant?

– Bueno, la cereza del pastel fue cuando se enteró de lo de Deviant y Han…

– ¿Qué? ¿Estabas enterado de eso y no me habías dicho nada?

– ¿No lo sabías? – El chico me miró atónito – Siempre estas encima de Deviant, en el buen sentido de la palabra. – Aclaró – Como iba a imaginarme que él no te había dicho, sobre todo, cuando Han no dejaba de insistirle que lo hiciera antes de que te enteradas por tu cuenta.  Todos en el casino supusimos que el que últimamente te mantuvieras tan distante de tu hermano y estuvieras de mal humor, era porque ya estabas enterado. – Así que había sido la burla de todos, mi hermano iba por la vida escondiendo cosas. – ¡Vaya! Deviant es genial… – Lo miré iracundo. Como podía mostrarse tan admirado de quien me traicionaba y apuñalaba por la espalda. – Es el único que ha logrado burlarte. Van para el tercer mes… ¿Cuándo te enteraste?

– El día del accidente…

– ¿Por eso lo golpeaste? – Que rápido se regaban los chismes.

– Lucio no lo hizo por él mismo, tuvo que mandar a alguien… – Ya no quería continuar con ese tema, ya me encargaría después del imbécil Han y de mi hermano.

– León… – Aseguró –Según lo que se investigó, él era el que conducía el tráiler que saco el automóvil de la carretera. Pero su intención no era dañar a tu hermano, Lucio no sabía que Deviant iba con Han, el auto era de Han.

– Era un auto deportivo, James… ¿De dónde va a sacar tanto dinero un simple camarero como para comprar un auto de lujo? – Cuestioné sarcástico y con cierto despreció. – El auto es de Deviant, yo lo vi subirse ese día en el estacionamiento.

– Lo estas subestimando mucho… Si Han está en el casino, es solo por Deviant. – Por la manera en que lo dijo, me hizo comprender que le agradaba, valientes hermanos tenía que apoyaban a mis enemigos. – El auto que viste fue un regalo que Han le hizo a Deviant, es azul marino. El del accidente es azul eléctrico, mismo auto, diferente dueño.

Terminó de guardar las cosas en la alacena y fue a sentarse frente a mí. Todo estaba tan confuso, mi mente estaba perturbada y mi enojo no me dejaba pensar con la cabeza fría. No solo por lo de Han, que ahora resultaba que tenía suficiente dinero como para obsequiarle autos deportivos a mi hermano. Si no también, porque a pesar de la diferencia de edades, Lucio y Deviant sostenían una relación casi de amistad y salvo en los negocios, Lucio le complacía cualquier capricho por muy extravagante o costoso que fuera. ¿Por qué entonces le haría algo así? Y si era verdad que no estaba enterado de que Deviant iba en el auto, ¿Por qué quería deshacerse de Han si estaba enojado conmigo por no aceptarla pelea? No tenía sentido.

TERCERA PERSONA

– ¿Qué vas a hacer? – Preguntó James, sin realmente querer saber la respuesta. Damián se había puesto en pie y tomando su cazadora, cruzó la sala con prisa con rumbo hacía el recibidor.

El menor lo siguió temiendo lo peor, sabia de buena tinta que el moreno no hacía reparos ni escuchaba explicaciones cuando se trataba de algo que afectaba o involucraba a Deviant. Conocía al moreno desde hacía más de doce años, y sin poder olvidar aquel primer encuentro, sabía de lo que el más alto era capaz de hacer, lo había visto asesinar en varias ocasiones. Intencionalmente o producto de un accidente, el resultado era el mismo. Y James no era ignorante de que esas manos que tan recelosamente los protegían, porque Damián no solo era así con Deviant, sino también con él y Sam, estaban manchadas de la sangre de muchos.  Reconocía a su hermano como un ser frio y sin escrúpulos, de muy pocos y selectos sentimientos y sin prejuicios. Salvo su familia, sin puntos ciegos, sin debilidad y sobre todo, inmune al miedo.

– ¡Damián! ¡Espera! – Corría detrás de él por el estacionamiento.

– Cuida a Deviant…

– ¡No! – Suplicó consternado– Si él puede engañarte a ti, no quiero ni imaginar que va a hacer conmigo… – No se estaba burlando. Pero la verdad era que el chico prefería que lo mandaran a una misión suicida que cuidar de Deviant. Al final, sabía que Damián le haría sufrir mucho más que cualquier otro si el mayor volvía a salir herido.

– ¡Cuidalo! – Repitió tajante el moreno, y sin más se subió a su motocicleta y abandono el estacionamiento a toda velocidad.

Necesitaba un poco de tranquilidad y la paz suficiente como para decidir qué era lo que iba a hacer, solo por esta ocasión meditaría con cuidado. Entre otras cosas porque León era el hermano menor de Lucio. Matarlo sería casi como iniciar una revuelta, y romper una alianza de muchos años, pero no hacerlo también sería un problema. No quería arriesgarse a que intentaran terminar el trabajo y esta vez sin errores.

En su interior, Damián estaba convencido de que si Han dañaba a su hermano, lo acabaría con sus propias manos, ese derecho era solo de él y nadie por ninguna otra razón, se lo quitaría.

Para encontrar lo que buscaba, sabía exactamente a donde ir. Era extraño, si lo pensaba con metimiento, el último lugar al que debería ir, era a ese. Por esa razón, decidió no rumiar sus pensamientos, simplemente manejó hasta que llegó a la casa y paso de largo para esconder lo moto entre la maleza.

Eran casi las cinco de la tarde, como todos los días, el cielo estaba nublado pero con la diferencia de que ahora el viento soplaba con fuerza. En la planta baja de la casa, todo estaba silencio y a simple vista, parecía que no había nadie. Cuidando de no ser descubierto, subió las escaleras y se dirigió a la habitación del final. El ruido de la televisión se escuchaba desde afuera, pero para alguien con él sentido del oído tan desarrollado como el de Damián, prestar atención a los más pequeños detalles era tarea sencilla.

La respiración de Ariel se escuchaba profunda, eso significaba que estaba dormido. Lentamente y cuidando de no hacer ruido, volvió a forzar la puerta y se adentró en la habitación. En efecto, envuelto entre los edredones, el menor dormía.

Fue de su atención el que hubiera tantas cajas de pastillas sobre el velador. También encontró una receta médica y un resto de té que ahora estaba frio.

– Parecías alguien muy saludable… ¿Qué es lo que sucede contigo ahora? – Susurró tan bajo que por un momento creyó que únicamente lo había pensado.

Después de que revisara los medicamentos e intentara sin mayores logros grabarse algunos nombres para investigarlos más tarde, se acercó hasta la orilla de la cama y se sentó frente al menor.

Ariel dormía con la espalda recargada sobre las mullidas almohadas, sin estar completamente recostado sobre el colchón, sino más bien, ligeramente sentado. Todo parecía indicar que se había dormido mientras miraba la televisión. Lo admiró durante varios minutos, solo así, no necesitaba tocarlo, le bastaba admirar ese rostro sereno y el cabello desalineado. Ahora mismo recordaba la conversación que había tenido con él y su fascinación resurgió, sobre todo, después de haber comprobado por él mismo que su chiquillo era toda una fiera cuando se lo proponía. Y eso le encantaba.

Miró la cicatriz que ya casi esta cerrada por completo y no pudo evitar que una sonrisa adornara su rostro, esta había sido su primera discusión y él había terminado sangrando, de eso también era la primera vez, normalmente quienes lo enfrentan no suelen salir también librados. Pero no se arrepentía, aun si había dolido como el demonio, estaba dispuesto a pasar por esto y más con tal de hacerlo enojar. Porque le gustaba como Ariel se ponía a la defensiva y miraba receloso, entonces toda su dulzura se elevaba a un nivel tal, que a Damián le daban ganas de comérselo a besos.

 Era extraña la sensación que le invadía cada que se encontraba cerca del menor, pero le resultaba imposible resistirse a ella.

– ¿Qué me has hecho? Y mejor aún… ¿con que derecho? – Sus manos subieron lentamente hasta el cabello de Ariel y lo acariciaron. Era suave y muy sedoso. – No puedes simplemente aparecer y desordenar mi vida de esta manera. – Lo que le decía estaba muy lejos de ser una queja, simplemente quería entender el sentimiento que lo embargaba cada que estaba en su compañía, aun en la clandestinidad. – No soy alguien bueno para ti… para nadie, en realidad. – Reconoció. Y con suavidad quitó el control remoto que descansaba entre la mano del menor y de su cazadora saco un pedazo de helecho que había robado del ramo de flores de James y se lo colocó sobre la palma. – No voy a regalarte flores, nunca esperes eso de mí… Pero eso no significa, por ningún motivo, que no busque otras maneras para halagarte. – Le hablaba como si Ariel le escuchara, con la familiaridad propia de quienes se conocen de hace años. – Lamento mucho haberte asustado… – Se disculpó. – Te prometo que voy a reparar mi falta. Y debes saber que sí, yo aceptaría tu amistad.

Cuidando de no despertarlo, se estiró sobre la cama y dejó un rápido beso sobre la frente de Ariel. – Y tal vez, también tu amor. – Confesó con cierta ilusión que se obligó a esconder. – En cuanto a ese tipo de la cafetería… No hagas que me arrepienta de dejarlo con vida.

Hubiera querido permanecer más tiempo en esa habitación impregnada del olor de Ariel y en la compañía del niño, pero había otras cosas que requerían de su atención. Para él, fue bueno haber venido, el solo ver a Ariel le resultaba suficiente motivo como para no dañar a nadie. En su interior, no quería hacer nada que provocara de nuevo esa mirada de decepción en el rostro adorable del chiquillo. Pero Deviant lo era casi todo para él, protegerlo y sobre todo, dejarle claro al mundo que quien se atreviera a meterse con un Katzel, refiriéndose no solo a Deviant, sino también a James y a Sam, era meterse directamente con él, era prioritario.

No había que ser un genio para saber que si lo que quería era encontrar a León, debía buscarlo en su propia guarida o dicho de otra manera, entre las faldas de Lucio. Y era precisamente ahí a donde iba a ir justo ahora.

TERCERA PERSONA

– Deviant… ¡Por favor! ¡Por favor, te lo suplico!

– ¿No crees que estas exagerando un poco? – Deviant iba y venía por su habitación, mientras presuroso se cambiaba de ropa lo más rápido que sus limitaciones le permitían. James le seguía tan de cerca que incluso le pisaba los talones. – No es sano que le tengas tanto miedo a Damián…

– Me prohibió que te dejara salir, debes quedarte aquí… – Imploró.

– Ya me avisaron que Han sale del hospital a las siete, debó ir a buscarlo. Nada malo me va a pasar.

– ¡Por favor! – Volvió a suplicar el menor. – Espera a que él venga y entonces te vas, si no le obedezco va a enojarse mucho conmigo. Ayudame con esto…

– James… – El chico casi se le ponía de rodillas para convencerlo y Deviant le quería demasiado como para dejarlo continuar con esto, pero seguía creyendo que era una exageración. – No veo a Han desde el accidente y después de lo que mi hermano le hizo tampoco he podido hablar con él… Quiero verlo, lo extraño mucho. – Quien creyera que Deviant no tenía sus encantos estaba muy lejos de tener razón. La mirada tan dolida y abatida que le dedico al menor, hizo que James tambaleara en cuanto a su objetivo. – ¿Lo entiendes?

– No me mires con cara de gatito con hambre… – Se quejó y su expresión de niño mimado provoco que Deviant soltara un par de ricitas. – Él va a matarme si te vas…

– Quizá deberías intentar poner algo de distancia entre ustedes, se te está pegando el dramatismo de Damián… – Sugirió mientras terminaba de ponerse la sayuela de franela. – No voy a tardar, si quieres y para que estés más tranquilo, puedes venir conmigo…

James lo miró taciturno y el que no respondiera hizo que Deviant buscara su mirada y pidiera una explicación ante su repentino silencio.

– ¿Qué sucede ahora? – Le preguntó al menor.

– Pensaba en que haría que Damián se enoje menos… Por un lado puedo decirle que te escapaste, ardera en furia y me dirá hasta de lo que me voy a morir. Pero si te acompaño… ardera en furia y me dirá hasta de lo que me voy a morir, además de que también me va a acusar de alta traición… – Deviant entrecerró los ojos como intentando comprender lo que en verdad significaban las palabras de James.

– ¿Hay algo que deba saber? – El menor trató de sacarle la vuelta diciéndole que iría a preparar el auto, pero Deviant le cerró el paso. – ¿James? ¿Qué sucede?

– ¡Nada! – Respondió de inmediato, pero demasiado nervioso como para que fuera real.

– ¿Te dijo algo sobre Han? ¿Es eso, cierto? – La preocupación de Deviant saltó a la luz y James no queriendo agobiarlo más, negó con la cabeza mientras escondía sus manos en sus bolsillos, como si eso no fuera ya, demasiado sospechoso.

– Lo siento mucho, Deviant… – Fue lo único que obtuvo de él, una simple y mera disculpa. Pero le había dejado cierta incertidumbre.

Aun con todo, cuando llegó hasta el estacionamiento y tal como James le había prometido, el auto estaba listo y él le esperaba recargado sobre una de las puertas. – ¿Vendrás conmigo? – Le preguntó cuándo le vio abrirle la puerta del copiloto.

– Prometeme que esto será rápido… Debes estar en el departamento antes de Damián vuelva. – Había preocupación en cada palabra y Deviant comenzaba a angustiarse por esta situación.

– ¡Te lo prometo!

James no pidió nada más. Lo ayudó a entrar al auto y cerró la puerta en cuanto Deviant se hubo acomodado. El trayecto hasta el hospital lo realizaron en silencio, entre otras cosas, porque el mayor estaba preocupado por su actual situación con Han. Los chicos del Casino le habían comentado que estaba muy molesto porque Damián se había enterado de su relación de una mala manera y había comentado que estaba reconsiderando su decisión de continuar su compromiso.

Para Deviant, el que Han estuviera pensando en poner fin a su relación era un golpe duro de sobrellevar. Aun si por fuera no pareciera que le afectara, era solamente una capa protectora, un escudo que impedía ver como por dentro se deshacía de dolor. Han había sido desde que tiene memoria, no solo su mejor amigo y un compañero leal. También un hombro en el que llorar, y el abrazo justo en los momentos tormentosos. Era su cueva, el lugar en el que sentía más seguro. El inicio de la relación no había sido sencillo, y con el paso de los días todo fue empeorando. Pero se querían y por eso luchaban por sobrellevar las adversidades. Deviant sentían que si iba de la mano de Han, no habría obstáculo que pudiera detenerlos, se sentía orgulloso de lo que el chico se había convertido y también se creía afortunado por tenerlo a su lado.

– ¿Vas a bajar?

– ¿Qué? – Preguntó distraído.

– Si te sientes mal, espera aquí, iré por Han…

– No me siento mal…

– ¿Entonces porque no respondías?

– No te escuché… ¡Lo siento!

– ¡Deviant! – James aprisionó el rostro del mayor entre sus manos y lo obligó a mirarlo. – Si te sientes mal debes decírmelo… – Deviant le sostuvo la mirada sin decir nada. Todo estaba bien, o al menos, eso era lo que esperaba. – Estoy un poco preocupado…

– ¿Por Han?

– ¿Estás seguro de que puedes tocarme? ¿Acaso “tu” hermano no te lo tiene prohibido también? – Se burló mientras con suavidad se deshizo del agarré del menor. Fue solo para eludir el tema, aunque, en efecto, Damián le tenía prohibido tocarlo.

– Ya estoy en esto, aun si hoy no nos descubre, tarde que temprano se va a enterar. Solo intento que valga la pena el castigo que “nuestro hermano” nos va a dar a ambos…

La relación entre Deviant y James había sido buena desde el principio. Aun si no lo decía, Deviant se sentía dichoso de tener hermanos menores, que aunque no compartían su misma sangre, se querían y estaban dispuestos a todo con tal de cuidarse las espaldas entre sí. Nada le gustaría más que llevarse igual de bien con Sam como lo hacía con James, pero no todo se puede tener esta vida. Y la verdad era que Sam, prefería a Damián.

– Dividámonos… – Propuso el mayor. – Ve a la caja y paga la cuenta, yo iré a buscarlo. – Mientras hablaba le dio un fardo de billetes prensados a un sujetapapeles y James jugueteó con ellos. – Es el segundo piso, la habitación…

– Lo sé, Deviant. – Le interrumpió el menor. – Te olvidas que con los del casino es imposible tener secretos. Habitación 62-B – Agregó mientras se dirigía a la caja. Deviant lo observó alejarse en silencio y después se encaminó a la habitación.

Al llegar a la puerta los nervios casi lo traicionan y lo hacen darse la vuelta y volverse. Pero justo cuando estaba por irse, la puerta se abrió y Han se asomó. Llevaba una maleta pequeña debajo del brazo, pero estaba perfectamente vestido. Y también estaba acompañado.

Clarisa, una vieja amiga de ambos, se sostenía de su brazo. A decir verdad, era más amiga de Han que de Deviant, pero era irrelevante en ese momento.

– ¿Qué haces aquí? – Le preguntó la chica en un tono un tanto seco, en cuanto lo vio frente a ellos.

– ¡Qué curioso!

– ¿Qué es curioso? – De nuevo cuestionó ella.

– Que iba a preguntarte justamente lo mismo. – Cada palabra había salido cargada de molestia. Deviant no se iba por las ramas cuando alguien lo hacía enojar, salvo, obviamente, si esa persona era Damián, pero de resto no hacía reparos en demostrar su desagrado y hacerles desplantes a las personas. – Te importaría dejarnos a solas un momento…

– Para ser sincera, si me molesta. – Respondió altanera y se abrazó aún más fuerte a los brazos de quien hasta ahora, se había limitado a mirar a Deviant en silencio. – Han aún no está completamente recuperado, y debe descansar. No hay que olvidar que si se encuentra en este estado es por culpa tuya y de la bestia que tienes por hermano.

– ¡Cuida tu boca, jovencita! – Amenazó en voz alta, a él podía decirle lo que quisiera, pero más le valía no meterse con su hermano.  – Sería una lástima que nunca más pudieras volver a usarla.

Ella busco algo de apoyo en Han, pero este les miró a ambos desinteresado.

– ¡Danos un momento! – Le pidió justo después. La chica ofendida se desprendió de su brazo y a zancadas largas desapareció por el pasillo. Ambos la observaron irse con esa dramática salida y después se volvieron las miradas. – ¿Qué quieres? – La pregunta tan parca y el tono tan frio y hostil con el que Han habló, desarmo por completo a Deviant.

– Hablemos cuando estemos en el auto… – Sin dar mayores explicaciones y temiendo que Han no lo siguiera, emprendió la marcha con rumbo al estacionamiento. Ambos caminaban lento y aun así, Han se había quedado varios pasos detrás de Deviant. James los alcanzó cuando salieron del asesor, al primer piso.

Y basto ver el rostro de Deviant para que comprendiera que las cosas entre ellos habían salido mal. James aprovechó la aparente prisa que de pronto había embargado a Deviant y le entregó los papeles del alta, al otro chico. Una vez que ya los tres estuvieron en el estacionamiento, James tomó su lugar como conductor designado y Deviant se adentró en la parte trasera del auto seguido por Han.

– ¿A dónde? – Preguntó el menor tras unos incomodos minutos en completo silencio. Fue entonces que se desató la pelea en la parte de atrás.

– ¿Qué hacía ella contigo? – Soltó Deviant.

– Lo que tú no hiciste… – Si su intención fue ofenderlo, lo había logrado. – ¿Qué quieres Deviant? ¿Acaso Damián te soltó un poco la cadena y te dio permiso de venir? No es difícil deducir que te escapaste… ¿Acaso te parece que necesito que vengas a pagar mi salida del hospital y que tu hermano la haga de mi chofer? – Han no se medía en gritarle todas estas cosas a Deviant y al ser la primera vez que le hablaba de esa manera estaba igual o más sorprendido que James. Quien impotente escuchaba como ese tipo le gritaba a su hermano. – Se acabó Deviant… – En medio de su enojo lo dijo sin pesar, pero el efecto fue tan certero como si lo hubiera dicho de manera consiente.

El gesto de dolor que Deviant le devolvió tras aquellas palabras, lo hicieron callar y quiso retractarse, pero ya estaba dicho.

Herido, Deviant inclinó la mirada y volvió a su postura inicial. Con la espalda recargada sobre el asiento y la mano sobre el recargo de la puerta, poso su mirada en algún punto de afuera.

Algo había de cierto en esto y aún no había sido dicho. Han había llegado solo a su vida y aun si no era lo que Deviant deseaba, tenía derecho a irse cuando así lo decidiera. No iba a impedírselo, incluso si al irse, se llevaba con él, un gran pedazo de su corazón.  Y aunque sabía que no podía rogarle – ¡Por favor, Han! No me hagas esto… – Esa suplica se le escapó de los labios.

– ¿Yo? No, Deviant… Si alguien arruinó las cosas entre nosotros, ese fuiste tú.

Sin más, abrió la puerta y se bajó del auto. El corazón de ambos latía frenético en sus pechos, pero Han también estaba muy herido, habían sido años de ir tras el castaño y cuando por fin creyó que lo alcanzaba, una realidad llamada Damián le había golpeado literalmente de frente. Estaba cansado de vivir en el anonimato, escondiéndose de ese chico problemático y sobreprotector, y de los dos hermanos menores que como espías parecían trabajar para Damián. Y si Deviant no era capaz de defender lo que tenían, el tampoco seguiría esforzándose.

Por otra parte, James estaba convencido de que Damián jamás y bajo ninguna circunstancia, permitiría que nadie la hablara de esa manera al mayor. Y si bien Damián no estaba aquí ahora, él sí.  Con eso en mente, se bajó del auto y se apresuró a alcanzar a Han. Los dos se enfrascaron en una discusión tan entretenida que ninguno notó que Deviant también había bajado del auto, pero con rumbo a la salida.

Él sabía que algo así terminaría por separarlos, hoy, mañana o dentro de un mes, sin importar el tiempo el resultado iba a ser el mismo. Había sido un imposible desde el principio y sin embargo, le dolía en el alma saber que a partir de ahora iba a tener que continuar sin Han a su lado.

Del otro lado de la ciudad, Damián llegaba irrumpiendo con violencia en la residencia de Lucio. En un principio pensó que lo mejor era entrar sin ser visto, pero los resguardos le divisaron y avisaron a Lucio de su pronta llegada.

Damián no era bienvenido en ese lugar, no después de la humillación pública por la que lo había hecho pasar. Además, Lucio ya estaba enterado de lo que le había sucedido a Deviant y de que acusaban a León del accidente.

Adelantándose a la impulsividad del moreno, se habían tomado todas las medidas necesarias para proteger al menor de los Ragnor.

Seis hombres esperaban al moreno detrás de aquel enorme portón de acero y varillas que resguardaba la mansión. Basta decir que trepó del mismo, con una habilidad y ligereza casi felina y en menos de lo que se lo esperaron, los hombres cayeron sobre el piso inconscientes. Fue igual para todos los demás que en mala hora decidieron cruzarse en su camino. Damián estaba furioso y poco o nada de caso ponía a las heridas que le habían sido provocadas mientras peleaba con los resguardas.

Sin más aparentes obstáculos terminó de recorrer el camino de piedra hasta la terraza principal de la casa. Lucio le esperaba ahí, sentado en uno de los muebles de pana negra que adornaban el lugar.

– ¿En dónde está? – Bramó Damián en cuanto estuvo frente al mayor.

– No sé si tienes mucho valor como para venir a gritarme y exigirme respuestas de esa mala manera en mi propia casa o eres demasiado estúpido.

Damián no estaba de humor para charlas convencionales, y sin más se le fue encima, pero justo cuando estaba por alcanzarlo, Lucio saco el arma que escondía entre sus ropas y la colocó sobre la frente del moreno, entre ceja y ceja, obligándolo a detenerse en seco.

– Hijo… Escucha muy bien lo que voy a decirte. – Comentó Lucio –Estoy impresionado por la manera en la que te deshiciste de todos mis hombres, siempre he creído que hay algo anormal en ti. Y a decir verdad, no me agradas.

– Siéntate a esperar que me importe… – El chico era un malcriado, sus aires pretenciosos ya no eran una novedad para nadie.

Lució le llevaba diecinueve años de diferencia al moreno, y le conocía desde que llegó a la familia Katzel, desde entonces le había parecido un joven demasiado violento, casi incivilizado. Apostar al lado bueno o razonable de Damián era más que perder el tiempo. Sin embargo, entre él y Deviant había algo más que una simple alianza y no iba a ponerla en riesgo por un simple malentendido. – No voy a dejar que llegues a León, te mataría antes de que si quiera cruzaras en umbral de mi puerta. – Damián no perdía detalle de cada gesto y movimiento por pequeño que fuera, que hiciera Lucio. Por experiencia sabía que el mayor era hábil con las armas. Y si bien, debido a su condición, unas cuantas balas no le iban a causar la muerte, tampoco debía exponerse y arriesgarse a que se le descubriera.

– Correré el riesgo… – Cada palabra había salido cargada de mofa y sarcasmo.  La sonrisa perniciosa que se curvaba en sus labios tenía la clara intención de distraer a Lucio. Había determinación en la mirada de Damián y el mayor no podría contra eso, al menos, no, si en verdad valoraba su amistad con Deviant.

– Le mintieron a James… No fuimos nosotros. – Soltó de golpe y retiró el arma de la frente de Damián. – Te lo mostraré si tan solo intentas ser un poco comprensivo…

– ¿Por qué habría de creerte?

– Deviant… – Respondió como si fuera más que obvio. – No lo lastimaría, tenemos asuntos importantes en los negocios y lejos de eso somos amigos. Él es como un hijo para mí.

– ¿Acostumbras mandar a matar a tus hijos? – Con un gesto de su parte, Lucio hizo que trajeran frente a Damián a un hombre que condenas en las manos y pies, además de claras señas de tortura, y aun tuvo la osadía de reírse a carcajadas frete a ellos.

Al instante Damián le reconoció, el recuerdo de viejos enemigos y un duro golpe de consternación lo golpearon casi al mismo tiempo, obligándolo a contener el aliento.

– Escuché que le encantaron las flores… me pregunto qué tan rápido puedes correr… – Le dijo el hombre al moreno, mientras le sonreía.

– ¿Qué significa? – Preguntó Lució, un tanto consternado al ver la expresión ensombrecida de Damián.

Damián estaba demasiado aturdido como para interpretar esas palabras, entonces el recuerdo de James con su ramo de flores en el recibidor del departamento volvió a su mente. Todo pasó demasiado rápido después, el arma paso de estar en las manos de Lucio a las de Damián y el hombre que no dejaba de reírse y mirarlos con asco, de pronto había caído al piso con un tiro en la cabeza. Justo después, el moreno había dado marcha atrás y corría de nuevo a la entrada de la mansión de los Ragnor, cuando hubo dejado la casa atrás, cambió de rumbo internándose en el bosque y en un salto largo cambió su forma de tal manera que al tocar tierra lo hizo sobre sus cuatro patas.

Lucio le había perdido la pista mientras lo seguía en el auto, cuando Damián se internó entre los árboles, pero según lo que había intuido, el moreno se dirigía al departamento de su hermano. Y era precisamente a donde él iría, León le acompañaba en la parte trasera del automóvil, después de semejante escena y sobre todo, al ver la ligereza con la que Damián había demostrado que arrebataba vidas, a ellos les convenía arreglar ese malentendido cuanto antes.

Por otra parte, una vez que Deviant llegó al departamento se fue directo a encerrarse a su habitación. Casi tuvo que arrastrarse hasta el baño y con todo y ropa se metió a la regadera.

Él era un chico rudo, y estaba orgullo por eso. Hacia redituables negocios con narcotraficantes que pagaban mucho dinero por su silencio y su disposición. Dirigía uno de los clubes más prestigiados de Sibiu, el casino era prosperó y más de ciento veinte personas estaban bajo su dirección, era un patea culos titulado, y respetado por todos los que se movían en el mismo círculo social que él. No hacía reparos en poner en su lugar al que se la diera de machito y era afortunado en las barajas. Además de que se le reconocía por su refinado gusto por el buen vino y los licores más finos. A pesar de tener una fortuna sólida, era una persona sencilla en todos los aspectos de su vida y de carácter amable, se pavoneaba de estar rodeado de verdaderos amigos y era el único que podía controlar los ímpetus de su problemático hermano menor, sin olvidar que había logrado sobrevivir a dos adolescentes casi igual de problemáticos que Damián.

Aunado a todo lo anterior, se sentía seguro de sí mismo y orgulloso de sus logros personales, familiares y profesionales. Se había afianzado en poco tiempo y sin necesidad de usar su apellido y ahora su nombre era conocido como sinónimo de lealtad, denuedo y perseverancia.

Todo estaba muy bien hasta ahí, su fortaleza parecía casi inquebrantable, pero una sola persona y sin ponerle un solo dedo encima, lo había mandado a la lona y lo había dejado sin ganas de levantarse.

Han era muy importante para él, siempre lo había intuido, pero hasta ahora comprendía cuan valioso era y lo mucho que lo amaba, ahora, precisamente ahora, que ya no estaban juntos.

Permitiéndose ser vulnerable y después de muchos años de negárselo, se dejó caer de rodillas y lloró como un niño pequeño, que perdido, se estaba muriendo de frio. Pero Deviant sabía que no había podido ser de otra manera, que no había podido ser otra persona. Pues no cualquiera llega a tu alma, la embriaga, la desnuda, le hace el amor y se la lleva con él… Tenía que ser Han, y estaba dispuesto a sufrirlo por él, porque lo valía, cada puto beso, cada mirada, cada caricia, cada vez que se unieron en la intimidad, lo valía. Sí y mil veces sí.

Cada lágrima que se desbordaba de sus ojos y se fundía con el agua fría que caía sobre su cuerpo, era una puñalada que traspasaba su corazón. Pero él era un hombre, mejor aún, era un Katzel. Y debía portar con orgullo su apellido, los Katzel no se dejaban dominar por sus emociones, los sentimientos que no sean para su familia eran considerados un estorbo, algo innecesario. Él conocía del dolor del amor, había bebido y se había embriagado de este por años. Sabía que el camino del olvido era largo y pedregoso y que era mejor caminarlo cuanto antes y con un saldo a favor. Al final agradecía haber sido herido antes, ya que sabía por experiencia lo que era abrir los ojos y cerrar el corazón.

Poniéndose en pie, se fue quitando la ropa y se envolvió en la bata de baño. Caminó hasta su armario que cubría la parte frontal y la contra pared de su habitación, como formando una larga “L” y abrió todas las puertas. De una amiga había aprendido que mientras peor te sientas, mejor te debes vestir, seguirás sintiéndote miserable, pero por lo menos, nadie lo va a notar. Buscó entre la ropa nueva que aún no había usado y escogió lo mejor que encontró y se vistió. Ahora mismo se le antojaba una copa de la reserva especial de vino que unos amigos le habían mandado de Francia, y quizá un poco de música que lo distrajera de su drama personal.

Fue hasta el pequeño bar y se sirvió de lo que quiso, volvió a la sala y después de poner música, se sentó en el sillón largo. Estaba tranquilo, en efecto, ya no se sentía tan abatido. Fue el ruido de la perilla de la puerta lo entretuvo de la música, por lo general era distraído, pero con dos adolescentes en casa que buscaban la primera oportunidad para escapar, se había visto obligado a agudizar el sentido.

En un primer momento pensó que se trataba de James o tal vez era Sam, después de todo, el menor aún no había venido a visitarlo. Pero ese ruido, así como se escuchó, así también seso. Deviant lo dejó pasar, hasta que volvió a escucharlo, seguido de un portazo y tres tipos que entraban con violencia al departamento.

La copa cayó al piso cuando tuvo que soltarla para sacar la pistola que guardaba debajo de los cojines. Creció de esta manera y estaba acostumbrado a invasiones de improvisto, al igual que la casa en la que creció, todo el departamento escondía armas, Deviant solo tomó la que tenía más cerca.

Su padre le había enseñado a él y a Damián a ser ambidiestros, aunque solía moverse mejor con la derecha, pero al ser el brazo que ahora tenía lastimado, fue un poco más lento pero no per eso menos eficaz, a uno le dio en el pecho y a otro en una pierna.

James y Han venían entrando al ascensor cuando escucharon los disparos y aun si hubiera sido más práctico, ninguno de los dos espero a que terminara de llegar hasta donde ellos. Ambos corrieron escaleras arriba. El caso es que el departamento de Deviant y el del primer piso eran los únicos que estaban ocupados, los demás estaban en venta o renta. Pero ellos no fueron los únicos en escuchar ese par de disparos, Damián que corría por entre el alcantarillado, también los oyó.

Gruñó feroz cuando sintió que el terror lo invadía, era como una forma de ahuyentarlo. Y en vez de pasmarse, afianzó sus garras sobre el piso enlodado y se obligó a correr más rápido. Comenzó a aturdirse cuando no encontraba la salida, y en más de una ocasión resbalo y se estrelló con fuerza contra las hediondas paredes. Y nada de eso importaba, en su mente solo estaban Deviant, James y su prisa por llegar hasta donde ellos.

Cuando por fin encontró la salida correcta, corrió, ahora en su forma humana hasta la bodega y de ahí saco ropa, Deviant se la dejaba todo el tiempo. Apenas y se fue poniendo los pantalones mientras corría escaleras arriba. En cuanto llegó al tercer piso el olor a sangre le llegó con fuerza. Los siguientes escalones casi los subió sin tocarlos y cuando entró al departamento, vio el desastre que ya se había hecho.

James estaba en el piso, boca abajo y sangraba de la cabeza, pero por sus latidos supo que no era de gravedad. Han estaba de rodillas sobre la losa, sangraba de todas partes y un hombre le gritaba cosas en un idioma que no parecía comprender, mientras le apuntaba con un arma. Dos tipos más estaban sobre el piso, una con un balazo en el pecho, se desangraba y estaba por morir, otro tenía un disparo en la pierna derecha y un puñal atravesado en el cuello, era uno de los juguetes de Deviant, lo reconoció de inmediato, él tipo se había ahogado con su propia sangre, y no tenía mucho que había muerto.  Había dos personas más en el departamento, quizá en la habitación. Su vista recorrió todo el lugar en busca de quien más le preocupaba, lo divisó en la contra esquina del departamento, Deviant también estaba de rodillas con las manos en la cabeza y un hombre le apuntaba en la frente con un arma de calibre pequeño. Dos personas más venían detrás de él, por su olor reconoció que se trataba de Lucio y su hermano.

Se movió rápido. Sin hacer el menor ruido tomó por el cuello al que le gritaba a Han y se lo quebró. El cuerpo del sujetó al caer, alertó a los demás que rebuscaban en la habitación. No le importó y se abalanzó contra el que tenía sometido a su hermano.

Estaba colérico, y le resultaba casi imposible el controlarse para no transformarse. En su mente solo estaba la indignación por la humillación al que habían sometido a Deviant, ponerlo de rodillas y apuntarle con un arma a sabiendas que no podía defenderse, eso era de cobardes.

Cuando el sujetó vio que Damián estaba a punto de llegar, obligó a Deviant a levantarse, Damián se detuvo pero solo por un momento.

– ¡Hey! – Habló Han y en los ojos de su hermano vio de que se trataba, apenas y si retrocedió un poco, Han le aventó el arma y para cuando volvió a estar de frente a ellos ya había disparado. El hombre se desplomó detrás de Deviant, soltándolo finalmente.

– ¡Damián! – Gritó Lucio detrás de ellos, pero fue tarde, uno de los hombres que había salido de la habitación, disparó desde la puerta, atravesándolo por la espalda. Damián apenas y se balanceó un poco, pero en ese movimiento que estuvo acompañado de otro disparó, la bala se desvió y le llegó a Deviant por el costado derecho.

Algo que sin duda jamás debió suceder. Damián perdió la razón, la vista se le nubló, y todo comenzó a verlo rojo. No supo en que momento llego hasta el sujeto que les había disparado, ni la hora en la que el otro había salido. Para cuanto fue consciente ya los tenía por el cuello, los pies de los sujetos, apenas y si rosaban el piso. Y Damián los azotaba contra la pared, vez tras vez, como si fueran simples muñecos de trapo. Todo su cuerpo se convulsionaba en espasmos y comenzaba a gruñir de manera inconsciente. Habían herido a Deviant, eso era lo único que ocupaba su mente.

– ¡Basta, suéltalos! – Como pudo, Deviant se levantó y se acercó a esta él. Han intentó detenerlo al darse cuenta que Damián estaba fuera de sí, y fue él quien intentó detenerlo. Pero a penas lo hubo tocado, cuando el moreno lo aventó sin cuidado.

Lucio estaba estupefacto y ni se diga de León, quien observaba horrorizado como poco a poco la pared se iba tiñendo cada vez más de rojo. Era una escena difícil de ver. Era tanto como ver una bestia, sin escrúpulos, sin piedad y sobre todo sin la capacidad de razonar.

– ¡Damián, es suficiente! – Casi tuvo que aventarse a sus brazos para detenerlo. Era peligroso porque el menor estaba fuera de sí, pero confiaba en que no lo lastimaría. – ¡Basta! ¡Estoy bien! – Se abrazó a él mientras lo decía, casi de inmediato, Damián los soltó.

Su padre le había enseñado a calmarlo de este manera. En varias ocasiones Damián había perdido el control con personas que habían querido dañarlo, entonces él lo abrazaba y al estar cerca, el chico podía sentir su olor y reconocerlo. Entonces lograba calmarse.

Damián sintió a Deviant y como si ese velo de furia roja le hubiese sido arrebatado de los ojos, fue consciente de lo que había pasado. Ambos sujetos estaban muertos, tampoco era que le importaba, sin más los dejó caer y correspondió al abrazo de su hermano. Era su familia, nadie los iba a tocar y vivir para contarlo.

Deja un comentario