Capítulo 7: La Belleza De Una Flor

El amor es la poesía del hombre que no hace versos, la idea del hombre que no piensa y la novela del hombre que no escribe.

 

DEVIANT

Todos estaban muy inquietos por la manera tan brutal e irracional en la que Damián se había comportado, inclusive yo estaba alterado, temeroso de que en cualquier momento se trasformara a la vista de todos. León le miraba aterrado desde el recibidor del departamento y parecía como demasiado afectado para reaccionar, Lucio le habló en repetidas ocasiones pero él no parecía escucharle.

Damián se mantenía aferrado a mí con los ojos cerrados, los espasmos de su cuerpo comenzaban a disminuir y su respiración también estaba regulándose.

– ¿Estas bien? – Me preguntó en un susurró y finalmente me soltó.

– ¡Estoy bien! – Cuando le respondí noté que aún mantenía los ojos cerrados y las manos las había empuñado. En verdad estaba luchando por controlarse.

– ¿James está bien? – Su voz sonó densa, extraña, como si no fuera su voz.

– Va a estarlo… – Respondió Lucio quien ya lo estaba revisando. – Pero sigue inconsciente. Han tiene muy mala pinta. – Intenté no mirar, se pondría bien, quería pensar de esa manera. No iba a olvidar que se había metido para defenderme y por eso resultó tan herido.

La mano de mi hermano caminó por mi costado derecho hasta que se situó sobre mi herida y presionó con suavidad, siseé debido al ardor y levanté la vista para encararlo. Sus ojos tenían un brilló extraño. Eran anormales de ver, poco humanos. Él debió notarlo porque volvió a cerrarlos y se los talló con la mano. – No me mires… – Me dijo como avergonzado, e inmediatamente desvié la mirada de él. – Los llevaré al hospital, deben revisarlos…

Sin darme tiempo a rebatirle algo me aprisionó con uno de sus brazos y caminó arrastrándome hasta donde estaba James, iba a echárselo al hombro pero Lucio se ofreció a bajarlo, no le dijo nada, simplemente se en incorporó y volvió a arrastrarme.

León seguía tan perdido como desde que comenzó todo, pero cuando Damián pasó junto a él, contuvo el aliento.

– ¡Tú! – Le habló Damián – Más vale que no te vayas a perder, aun no terminó de aclarar asuntos contigo… – León era apenas un año mayor que James y quizá por eso se intimidaba tan rápido.

– ¿Que asuntos? – Intervino Lucio – Ya te dije que no fuimos nosotros…

– Lo hablaremos después.

– Pero…

– Dije que después… – Nadie fue capaz de contradecirlo.

Cruzamos el estacionamiento en silencio, Damián me llevó hasta el asiento del copiloto, Lucio metió a James atrás, y León venía luchando con Han quien ya estaba en sí, pero parecía que no podía sostenerse de pie por el mismo. En un primer momento creí que Damián no lo esperaría, pero no fue así.

– ¿Qué paso con él? – Preguntó sin mirarme.

– ¡Nada!

– ¿Tengo que preguntarle? – Me presionó – Puedo hacerlo ahora…

– ¡Terminamos! – Respondí a secas, cuando él hizo el gesto de irse a preguntarle.

– ¿Terminaron o te terminó? – Quiso saber. Para mí era exactamente lo mismo, ya no estábamos juntos, eso era lo único que tenía relevancia.

– ¿Cuál es la diferencia?

– Que si simplemente terminaron, como ya no es familia, no tengo porque esperarlo. Pero si él te terminó… alimentaré a la manada con su carne. – Me reí pero fue de nerviosismo, conociéndolo, sabía que era capaz, aunque lo haya dicho riendo de esa manera tan siniestra.

– ¡Terminamos! – Aseguré.

Como ellos se acercaban Damián ya no dijo nada más y tampoco era como si yo quisiera seguir con esa conversación.

ARIEL

Unos golpes suaves sobre la puerta me hicieron despertar, toda mi habitación estaba a oscuras y en un primer momento me sentí demasiado aturdido para moverme.

– ¿Puedo pasar? – Preguntó desde afuera una voz que no reconocí. Pero casi al mismo tiempo se adentró en la habitación. – ¿Dónde se enciende la luz?

– ¿Axel? – Cuestioné distraído.

Tanteó sobre la pared hasta que encontró el interruptor y encendió la luz. Realmente era él, en cuanto me vio, me dedicó una enorme sonrisa que me fue imposible no corresponder. Traía una tasa en las manos, con lo que después supe que era más té.

– ¿Cómo te sientes? – Preguntó mientras terminaba de llegar a mi lado y se sentó en la orilla de la cama.

– ¡Un poco mejor! – Respondí con voz apagada.

No es que fuera una mala persona, en verdad agradecía sus atenciones, pero era incomodo que no quisiera apartarse de mi ni un solo instante.

– ¿Qué es eso que tienes en la mano? – Señaló mi mano izquierda y en cuanto lo dijo se lanzó para quitarme lo que tenía. – ¿Es un helecho…?

Observé la ramita entre sus manos, había soñado con eso, aunque ahora no lo recordaba con exactitud. Me perdí en mis pensamientos e instintivamente mi vista se centró en la puerta corrediza que da a la calle. En mis sueños alguien había venido a obsequiarme esa planta, el sentimiento tan cálido que me produjo ese vago recuerdo me hizo suspirar.  Ojala pudiera recordarlo más tarde.

– ¿Qué sucede? ¿De dónde has sacado esto? – Preguntó Axel mientras me la devolvía. Sujeté la ramita como si fuera algo demasiado valioso para mí, en mi sueño, me había sido obsequiada con afecto, era mía, había sido elegida para mí.

– No lo sé… No había notado que la tenía. – Le dije mientras con la punta de mi dedo la recorría con suavidad. – A lo mejor soy sonámbulo y bajé a recogerla de afuera… O quizá alguien entró y la dejó en mi mano.

– Ninguna de las opciones me gusta… – Respondió con cierta alarma. – Aunque si tuviera que, creo que elegiría la primera. – Me reí por las expresiones que hacía, si yo tuviera que elegir, escogería la segunda. De nuevo la miré, no era el tipo de vegetación que tenemos cerca, lo sé, he pasado demasiado tiempo en el bosque y en efecto, no me resultaba conocida.

– ¿Qué sucede? – Me preguntó y he de confesar que a ratos me olvida que él estaba ahí. – Pareces distraído…

– Tuve un sueño, pero no puedo recordarlo…

– ¿Fue un buen sueño? – Me preguntó interesado, mientras acariciaba mi cabello.

– Lo fue… – Con amabilidad sujeté su mano y la retiré de mi cabello, iba a soltarlo, pero él unió nuestras manos.

– ¿Cómo sabes que fue un buen sueño si no puedes recordarlo? – Y llevando ambas hasta su rostro, beso la mía. Su acción me descolocó por completo. La forma en la que me miraba me hacía sentir calidez y al mismo tiempo sentía que me presionaba. Descontrolaban mis sentidos y me confundía.

– Solo lo sé… – Me volvió a sonreír y nuevamente lo imité, era un gesto natural en Axel.

– ¡Ari, gracias! – Me dijo mientras afianzaba el agarré de nuestras manos. – Todo esto que me haces sentir… yo, no lo sé… es magnífico. No tengo palabras… – Su voz se escuchaba tan suave y delicada que por un momento sentí que no quería dejar de escucharlo. Él lograba que mi determinación flaqueara y por momentos sentía que quería dejarme llevar, entregarme a todo eso que parecía estar deseoso de darme.  – Hoy me he dado cuenta de que ya te quiero, me asuste tanto por ti, si él te lastimara, si cualquiera lo intentara… yo no sé que soy capaz de hacerle esa persona.

– Axel…

– No, no digas nada… Sé que no sientes lo mismo, pero para mí, en mi corazón… – Dijo con cierta devoción. – Tú eres las ganas más bonitas e intensas que he tenido de amar a alguien.

– Yo…

– ¡Ya lo sé! – Me interrumpió y un dolor profundo apareció en sus ojos. No podía ser verdad, él no podía quererme tanto, solo así, no tenía lógica ni sentido. – Lo sé, lo sé… – Dijo con desesperación y su voz sonó frustrada – Pero a mi corazón como se lo hago entender… ¿Cómo le explico? ¿Qué no ves que mi corazón no entiende de razones? Mis ojos solo pueden verte a ti, solo quiero y necesito sentirte a ti… Si tan solo me dieras la oportunidad, yo podría llegar a amarte tanto.

¿En qué momento paso? ¿Cómo sucedió? No lo sé, de lo único que fui consciente, fue que no quise alejarlo. Sus brazos me atrajeron hacía su cuerpo y sus labios acariciaron mis mejillas, mi frente y la punta de mi nariz en repetidas ocasiones. Podía sentir lo solido de su cuerpo y me sentí cómodo con esa cercanía. Con cada una de sus atenciones y con todas las palabras cálidas que me susurraba. Me volví egoísta y quise más de eso, de él y de todo lo que me hacía sentir.

– Se mi novio… – Pidió y al tenerlo tan de cerca su aliento me acaricio el rostro. – Se mi novio… – Esta vez lo dijo sobre mis labios, sus manos recorrían mi espalda y erizaban mi piel.

– ¡Esta bien! – Le respondí y fui yo quien busco sus labios. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué él tenía ese efecto sobre mí?

Susurró mi nombre mientras me besaba y en mi mente muchas cosas pasaron hasta el momento que sin delicadeza lo aparte. – ¡Lo siento! – Me disculpé mientras ponía distancia entre nosotros. – Yo no sé qué me pasa contigo… pero lo que dije…

– No te resistas… Puedo sentir como te pones cuando te acaricio. Podría ser así siempre…

– ¡No! ¡No! – Dije con firmeza mientras negaba con la cabeza.

– Porque no solo lo intentas… – Sugirió ligeramente molesto, estaba en su derecho yo no debí decirle que sí, sobre todo cuando no tengo esos sentimientos hacía él. – Tú lo has dicho, te confundo… No sabes que te pasa conmigo y te gusto. – Insistió.

– Axel, por favor… No hagas esto.

– Me besaste… – Reprochó y sí, eso no podía negarlo ni aunque quisiera. – Sé que sientes algo por mí.

– Por supuesto que siento algo por ti, pero no esto…

– Dame de aquí a la fiesta de la Universidad. Si no funciona, entonces voy a rendirme. – Sus manos habían aprisionado mi rostro y casi lo tenía encima de mí, me hacía sentir culpable el verlo tan desesperado y abatido. – Pero dejame intentarlo, no me niegues la posibilidad de ganarme un sitio a tu lado y en tu corazón. Si en verdad sientes algo por mí, lo que sea… dame estos días.

TERCERA PERSONA

Cinco días habían pasado desde aquel incidente, James fue dado de alto esa misma noche, pero Han y Deviant tuvieron que quedarse hasta el día siguiente. Damián había insistido en que su hermano mayor se mudara y el departamento había sido puesto en venta.

Lucio se había encargado personalmente de asegurar los cadáveres y que no quedara rastro de lo que había sucedido ahí. Era parte del negocio y estaba acostumbrado a este tipo de cosas. También había hecho limpieza en la residencia Ragnor y se había descubierto que había un grupo de personas que pasaban información importante a los socios de Bucarest y a John, quien desde el accidente en el que Deviant había salido herido, se había convertido en el enemigo número uno de Damián.

La enemistad entre John y Damián empezó cuando el primero era un simple tirador de droga, Gerard Katzel estaba mejor posicionado en el negocio y su territorio creció en pocos meses, en ese tiempo era Damián el que estaba al frente del Casino, aunque bajo la supervisión del padre de Deviant. El hombre le había confiado la mayoría de los negocios a su hijo adoptivo, y este había logrado controlar la zona alta de Sibiu. Al que le dicen el “Jefe” controlaba la parte industrial y el centro de la zona baja. Ambas partes hicieron acuerdos y formaron una alianza que terminó dejando en el exilió a John y su pequeño grupo proveniente de Alba Lula.

Damián había deducido que quizá John pensó que él ya no estaba con Deviant y por eso había querido atacarlo, pues su intensión seguía siendo quedarse con la Zona Alta de la ciudad. Además, Lucio estaba moviendo a su gente hacía la capital, y todos sabían de la alianza que Deviant y Lucio habían hecho para extenderse hasta Alba Lula.

El caso era que Damián quería encontrarlo y no se iba a detener hasta que finalmente lo apartara del caminó de Deviant y en general, de cualquiera de sus hermanos.

Sin embargo, aunque se esforzaba para que su familia estuviera bien, todo se estaba complicando. Las cosas entre Han y su hermano seguían sin arreglarse y Deviant poco a poco se estaba viniendo abajo. Además, Sam y James habían vuelto a discutir y desde hace tres días que el menor de los Katzel le seguía como cachorro de compañía. Y casi lo obligaba a escuchar lo infeliz que era desde que James tan enérgicamente lo había echado de la casa que compartían.

Por otra parte, Ariel no había vuelto al restaurant para el almuerzo y tampoco regresaba a casa caminando. Con Sam a su lado todo el día, no había podido ir a verlo.

– Llamalo y dile que quieres volver… – Dijo Damián un tanto arto de su hermano menor.

– No puedo hacer eso… fue él quien me hecho. – Aclaró y dejó en claro lo mucho que esta situación le indignaba. – Debe llamarme y disculparse ¿no crees?

– ¡Sam! – Le nombró con fastidió – Estas hablando de James, no se va a disculpar… Si tanto te mueres por estar con él, entonces, solo díselo… – Pareció sopesar sus palabras y supo que aquel había sido un mal consejo – Lo hemos hablado muchas veces, él no…

– No siente lo mismo… – Le interrumpió el menor, terminando la frase por él. Su expresión había cambiado y el abatimiento típico que lo invadía cada vez que hablaba de “ese tema”, reapareció y se instauró en su rostro.

Damián resopló cansado y dejó el tenedor sobre la mesa. Había ido a ese lugar no solo para comer, sino porque en el fondo guardaba la esperanza de que Ariel llegara, cosa que parecía que no sucedería. Así que intentaba olvidarse de su drama personal y no enredarse en el de sus hermanos. Sin embargo, Sam era el vivo y nítido retrato de Deviant a sus encantadores diecinueve años, y se sentía con la responsabilidad de apoyarlo de todas las maneras en la que no lo había hecho con el mayor. Eso y sin olvidar que Sam era completamente dependiente de Damián. Permisos, consejos y regaños solamente eran aceptados si provenían del moreno, además, de que también era al único al que le obedecía, para desgracia de Deviant y James que solían batallar mucho con él.

– ¡Escucha! – Le habló intentando obtener la atención del menor que parecía haberse hundido en su mundo de rechazo y desolación. – Voy a hablar con él y haré que te deje volver. Pero debes comprender algo… James te ve solo como un hermano. – Lo soltó de golpe y sin miramientos, pero intentando sonar amable. O por lo menos, lo más amable posible que alguien como él podía escucharse, Sam era distinto a los otros dos. Pese a su edad, aún era un niño y para Damián, ese chico era su única parte sensible. – No te hagas esto, no puedes forzarlo a que te quiera. Él ya está con alguien y…

– Pero ella no lo quiere… – Rebatió esquivo.

– Ese no es tu problema. – Le regañó. – Dejalo vivir su vida y sería una muy buena idea que tú te buscaras una propia. Un día de estos vas a hartarlo de verdad y… – Se detuvo en seco, lo había sentido incluso antes de que entrara al restaurant y sonrió para sus adentros. A los pocos segundos, Ariel abrió la puerta y entró. El olor del niño fue como un aliciente para el moreno, quien cerró los ojos por unos segundos y se centró en la esencia fresca que desprecia ese cuerpo pequeño.

James seguía a la espera de que su hermano continuara regañándolo pero no tardo en caer en cuenta que Damián se había distraído con algo, olvidándose por completo de su presencia. Lo cual lo deprimió aún más, pues ya no solo James y Deviant lo ignoraban, sino también su querido hermano mayor.

Ariel y los miembros del club de dibujo avanzaron hasta su mesa del fondo, la de siempre, es decir, la que quedaba de frente a la de Damián.

– ¿Hermano? – Le nombro James, pero Damián pareció no escucharlo.

Por otra parte, Ariel no pudo evitar sentir cierto malestar cuando se dio cuenta de que Damián estaba ahí, aun le asustaba recordar lo que había sucedido la última vez y se sentí culpable por haberlo herido. Pero todo fue peor cuando se percató del joven acompañante que frente a Damián, miraba al moreno con esmero.

Cada miembro ocupó su lugar en la mesa, por supuesto, Axel se sentó junto Ariel. Quien por cierto, cada vez se arrepentía más de no haber tenido el valor de negarse ante ese chico al que únicamente miraba como un amigo. No habían vuelto a besarse, por supuesto, no era gracias a Axel, sino que cada vez que este lo intentaba, Ariel ponía algún tipo de excusa o de plano era sincero y le decía que no quería hacerlo.

– ¿Quién es él? – Preguntó Sam, mientras miraba con recelo a su hermano.

– ¿Quién es quién? – Respondió Damián distraído.

– Esa persona a la que le pones tanta atención… – El reproche vino acompañado de una seña poco moderada.

– No sé de qué hablas… – Por supuesto que iba a negarlo, pero eso no quería decir, ni mucho menos, que Sam le iba a creer. Disimuladamente volteó a ver hacía atrás, pues debido a su posición, los chicos que habían entrado y a los cuales ahora les estaban tomando su orden, le quedaban de espaldas. – Come Sam, se hace tarde… – Le apuró el mayor al darse cuenta de lo que su hermano hacía.

Pero Sam se había encontrado con ese par de ojos azules que por primera vez en su vida, miraban a alguien como un rival. Y habían iniciado una confrontación a la que ninguno de los dos quería ceder. Sam lo miraba con despreció y Ariel había entrecerrado los ojos muy levemente y con la ceja en punta le prestaba batalla, haciéndole entender que no iba a lograr intimidarlo con eso.

Si bien, de mirarlos era entretenido, era a un más interesante lo que internamente cada uno estaba pensando. Para Sam era extraño que su hermano se fijara en alguien como ese chiquillo de semblante dulce y que parecía tener un letrero en la frente que decía: “Amame, son lindo”. Alguien como él representaba una verdadera amenaza y no quería tener que estar peleando todo el tiempo por las atenciones de su hermano y mucho menos, compartirlas con alguien más. Damián sujetó su mano y Sam al instante rompió el contacto con Ariel y se centró en el moreno.

Las cosas para Ariel, no eran muy distintas. Ahora mismo podía observar, como Damián miraba tan detenidamente a su acompañante, que no solamente era joven, casi tan joven como lo era él o por lo menos, eso aparentaba. Si no que esa persona era de muy buen ver, era alto, casi tanto como Damián, varonil y con un cuerpo demasiado distinto al suyo. De espalda ancha y cintura angosta, se movía con aire seductor y también sujetaba la mano de Damián. Le sonreía y el moreno casi le correspondía y por momentos le miraba como si no comprendiera una sola palabra de lo que ese chico le decía. Era como si esa persona fuera alguien especial para el de ojos dorados y tal cosa no le estaba agradando a Ariel.

– Si te interesa mi opinión… – Le susurró Bianca al oído aprovechando la aparente distracción de Axel. – Tú eres mucho más lindo que él… – Ariel le sonrió con amabilidad pero no estaba muy convencido de que su amiga tuviera razón. Ese chico reflejaba la masculinidad de la que él sentía que carecía. Era de apreciar su rudeza y la personalidad cínica de quien se siente seguro y cómodo con su apariencia.

– ¿Por qué te interesa? No parece ser tu tipo…

– ¿Qué sabes tú de lo que a mí me gusta? – Espetó Damián.

– ¡Solo miralo! – Sam estaba resuelto a desacreditar a Ariel frente a los ojos del moreno. – Es el tipo de persona que combina cada una de los accesorios que usa. Tu detestas eso…Camina y se sienta derechito, nada que ver con tu postura ligera. Por su apariencia debe ser hijo de gente con dinero, de esos que colocan su servilleta sobre la pierna para comer, y ni que decir de que está acostumbrado a tener todo lo que quiere y que la gente sea amable con él, solo porque es adorable. Tú no eres amable con nadie, salvo conmigo y esporádicamente con Deviant, y espero que continúe de esa manera.

– ¡Quién diría que Samko Katzel es tan celoso! – Se burló Damián. – ¿Estás seguro de que no te describiste a ti mismo? ¡Chico adorable!

El menor le miró con aire resentido, pero tampoco lo negó. Sam se preocupaba mucho por su apariencia y aunque tenía una personalidad alegre y espontánea, era un ser un tanto vil y engreído porque también estaba acostumbrado a tener todo lo que quiere. Y siendo el moreno su sobreprotector hermano mayor, nadie se atrevía a negarle nada.

Por lo que Damián había escuchado de la propia boca de Sam, era lo mucho que este le quería y en su momento le había obligado a prometerle que siempre, siempre y sin importar si tenía pareja o no, Sam debía seguir siendo su consentido. Fue una promesa que Damián se había tomado a la ligera, y había dicho que sí, solo para quitarse de encima al menor. Pero ahora entendía que en aquella ocasión, el menor había hablado muy enserio.

– ¿Qué? – Le cuestionó incomodo Damián, pues Sam no le quitaba la mirada de encima. Lo mira con tal escrutinio que parecía que podía leerle los pensamientos.

– ¡Demonios! – Exclamó entre sorprendido y molesto. – ¡Te gusta! – Lo acusó.

– No grites… Y no, no me gusta. – Le había rehuido la mirada y fingía tener mucha hambre pues comenzó a comer con prisa. Sam nada convencido, intentaba encontrar la verdad y por experiencia Damián sabía lo terco e impulsivo que podía llegar a ser, era mejor despejar sus dudas antes de que hiciera alguna tontería. – Tuve un problema con él… ¿contento?

– ¿Qué tipo de problema? – Preguntó de inmediato, incluso antes de que Damián terminara de pronunciar la oración.

– Fue un malentendido y nos hicimos de palabras…

– ¿Él te insultó? – Y para cuando lo dijo ya estaba de pie dispuesto a buscar pelea.

Axel le había pasado el brazo por el hombro y se había recargado ligeramente sobre él, Ariel sabía que aunque pareciera simple camarería, lo estaba haciendo para obtener su atención. Y sin embargo, no pudo desviar la mirada de aquel par y sintió una opresión en el pecho, cuando primeramente vio como ese joven se había puesto de pie tan repentinamente y volteándose hacía donde ellos, hizo el gesto de querer acercarse, pero justo en ese momento Damián lo había sujetado de la mano y le había dicho algo casi al odio, de tal manera que el chico relajó su postura y sujetándose del brazo del moreno se encaminó con él hasta la puerta de la salida. No sin antes voltear y afianzando el agarré sobre el brazo del moreno, le dio a entender que aquel que sujetaba, le pertenecía. O por lo menos, eso fue lo que Ariel entendió.

Damián ni siquiera se había tomado la molestia de mirarlo, y sin embargo, él si los siguió con la mirada hasta que abandonaron el establecimiento, otra opresión en el pecho le molesto cuando tan amablemente, el moreno le había abierto la puerta a su acompañante y la había sostenido hasta que este salió, con toda la lentitud del mundo.

– ¿Te importaría devolverme mi brazo? – Comentó Damián con sarcasmo, una vez que estuvieron fuera del estacionamiento.

– Aun no… Todavía nos mira. – Respondió Sam y se recargó aún más sobre él. Damián iba a premiarse personalmente por la paciencia que le estaba teniendo al menor. – Hermano… me extraña de ti… – Se quejó – ¿Acaso no sabes del poder de los celos? Una persona celosa es capaz de todo…

– ¿Te parece que soy alguien que con mi apariencia necesite valerse de algo así?

– Buen punto… – Dijo como si en verdad tuviera lógica lo que el mayor había dicho. – Aun así, no estaría mal saber un poco del fino arte de los celos. Uno nunca sabe…

– Pues parece que tú sabes mucho sobre eso… – Se burló. Ya habían llegado al estacionamiento y el menor finalmente lo había lo soltado. Damián se recargó sobre su motocicleta a la espera de esas finas enseñanzas que su hermano quería compartirle.

– Se más de lo que me gustaría… pero no te creas que es por mí. – Reconoció un poco avergonzado. – James es muy bueno pasándome a sus parejas por el frente. Conozco lo que se siente y he vivido en carne viva lo que alguien celoso puedo hacer… Nada realmente bueno, a decir verdad. – Confesó con aire derrotista.

– No me interesa ponerlo celoso… – Espetó Damián con apatía. – No necesito hacer tal cosa.

– Pues esa sí que es una verdadera lástima, porque al parecer ya lo está… – Sin más se acercó a su hermano y pasándole el brazo por el cuello se abrazó a él. – Damián se incomodó ante la repentina cercanía del menor.  – Que tal si pones tu brazo sobre mí y me haces sentir menos vulgar… – Susurró molesto ante la falta de caballerosidad de Damián.

Sin saber realmente porque, lo hizo. Paso una de sus manos sobre la cadera de su hermano y cuando miro su rostro lo vio sonreír pero no le miraba a él. – Por supuesto que espero tus agradecimientos… – Agregó el menor y Damián no comprendió ni una sola palabra de lo que había dicho. Ya estaba cansándose de ese jueguito y justo cuando estaba por deshacerse del agarré de su hermano, este se lanzó de nuevo a la pelea.

– ¿Qué miras? – Cuestionó con un tono ácido y cargado de desprecio. – ¿Acaso no me escuchaste? – Insistió.

– ¡Calla! – Le respondió Ariel con una seriedad aplastante, mientras reafirmaba sus palabras mostrándole la palma de su mano.

DAMIÁN

Estaba resuelto a no volver a desconfiar de las palabras de Sam. Ariel estaba frente a nosotros y no parecía tener el mejor de los humores.

– ¿Disculpa…? – Cuestionó Sam incrédulo y claramente ofendido. – ¿Quién diablos te crees para hablarme de esa manera? – Y ahí iba de nuevo, en verdad, nada bueno le había enseñado a mi hermano, ¿acaso no podía ser un poco más razonable? Ni siquiera yo era tan impulsivo, bueno, tal vez sí.

Soltándose de mí, hizo el gesto de querer írsele encima, por supuesto, tendría que pasar por sobre mi cadáver antes de tocarlo. Algo que está de más decir, Sam siempre me ha respetado. Lo que llamó mi atención era la fijeza y fiereza con la  que Ariel le miraba. No parecía para nada intimidado.

– ¡Sam! – Lo detuve – Controlate… – Lo hice retroceder hasta dejarlo detrás de mí, fue entonces que le sostuve la mirada a Ariel.

– ¡Hola! – Me saludó con timidez.

– Hola…

– ¿Por qué le respondes? – Interrumpió Sam. – ¿Quién es ese?

– No pretendo causarte problemas con tu… “acompañante”. – Interrumpió Ariel y no pude evitar notar la manera en la que había pronunciado esa última palabra.

– Entonces largate… ¿Qué no ves que nos estas interrumpiendo?

– ¡Sam! – Le regañé – Dejalo hablar…

– No quiero escuchar lo que sea que vaya a decir…

– ¡Entonces vete! – Espetó Ariel y me sorprendió el que levantara la voz tan de repente. Y al parecer no fui el único sorprendido, pues Sam se quedó callado detrás de mí. – Solo quería saber cómo iba tu herida… – Le miré como si no comprendiera a que se refería. – Bueno, en realidad, quería disculparme por haberte lastimado…

– ¿Qué? ¿Qué te hizo? ¿Con que derecho te atreves a…? – Pasándole el brazo por el hombro me las arreglé para cubrirle la boca a mi hermano e impedir que nos siga interrumpiendo.

– Continúa… – Le encomié.

Sam se removió debajo de mi agarré hasta que se liberó, lo dejé ir pero con una mirada furiosa le dejé en claro que si volvía a interrumpir Deviant tendría que dirigir un funeral esta misma tarde.

– Bueno… Estaba preocupado. – Dijo Ariel.

– ¿Por mí? – En cuanto hice la pregunta me arrepentí, pero Ariel asintió de inmediato y por estúpido que pareciera no pude contener cierta emoción. Al parecer no todo había quedado arruinado.

– Perdí el control, pero te doy mi palabra que no quise lastimarte. ¿Cómo está tu herida?

– ¡Esta bien! – Respondí – Ya se ha curado y no quedó cicatriz. – Me sentí estúpido mientras como un niño orgulloso me recorría la manga de la casaca y le mostraba mi brazo desnudo.

– ¡Vaya! ¡Realmente se ha curado! – Exclamó Ariel con cierta sorpresa, pero se mostró mucho más tranquilo. – Ha sido tan rápido…

– Bueno, no eres el único que tiene sus encantos… Yo también tengo mi magia. – No quise sonar pretencioso, sino simplemente decir algo que atenuara el aire tan tenso que nos rodeaba.

– Así parece… – Me sonrió nervioso. Después de tantos días, volvía a sonreírme. – Tu magia es…

– ¿Mágica? – Le interrumpí. El volvió a sonreír y en ese momento sentía que podría seguir diciendo tonterías con tal de conservar esa sonrisa en su rostro. – Estoy listo para la próxima vez que quieras jugar al tiro al blanco con tus bolígrafos… – Fue mi turno reír y él me imitó mientras negaba lentamente.

– Me gusta eso de la “próxima vez”, pero te prometo que no voy a volver a herirte. – Fue una promesa algo curiosa, pero en ese momento no pude ver la magnitud de esas palabras. Sin embargo, algo en mi interior me decía que las iba a cumplir.

– Sigo aquí he… – Se quejó Sam. – Por si les interesa en eso de que están quedando en verse la “próxima vez”…

– Cuento con eso… – Respondí, ignorando lo que dijo Sam.

– También yo…

– ¡Hay que cursis! – Interrumpió de nuevo y no fui el único que volvió a mirarlo amenazante.

– Bueno… tengo que volver. – Agregó Ariel mientras escondía sus manos en las bolsas de su abrigo.

No le dije nada, simplemente lo observé marcharse hasta que desapareció de mi vista. Nuevamente estaba en mí ese sentimiento, esa paz, su calidez y el aroma de su cuerpo que aun podía sentir en el aire.

– ¡Por favor! – Dijo Sam, mientras se paraba frente a mí con los brazos cruzados sobre el pecho, y la expresión de fastidio instaurada en su rostro. – Dime que no me veo así de lamentable cada que veo James…

– Te ves peor… – Me burlé. – ¿Escuchaste eso? Estaba preocupado por mí… – Presumí, mientras me subía a la moto.

– ¡Huy sí, que genial! ¿Nos podemos ir ya?

– ¡Que genio!

– Me pregunto de quien lo habré aprendido…

ARIEL

Axel me esperaba en la puerta de la entrada, su expresión lo decía todo y a decir verdad, este jueguito comenzaba a cansarme.

– Creí que teníamos un trato… – Me reprochó en cuanto me vio entrar.

– Lo tenemos… – Aseguré – Y te recuerdo que te quedan diez días.

– ¡Ariel! ¡Dijiste que ibas a intentarlo!

– Y lo estoy intentado, pero necesito un poco de espacio…

– ¿Para irte con ese? – No me gustaba que me hablara de esa manera, ni mucho menos que se creyera con el derecho de regañarme o de decidir por mí. – ¿Acaso no viste por ti mismo lo fácil que es para él sustituir tú compañía?

– ¿Por eso querías que viniéramos aquí? ¿Para que vea que esta con alguien más? – Lo acusé. – Te habías resistido tanto a venir y de repente hoy, simplemente quisiste hacerlo.

– ¿Qué representas realmente para él si ahora se pasea delante de ti con otro? Y aun así, lo sigues y te expones a que te falten al respeto…

– No me faltó al respeto…

– Pues si lo hubiera hecho, quizá lo merecías…

Lo miré incrédulo, sus palabras sí que me habían ofendido y mucho. Pasé de largo frente a él y junté mis cosas. Cuando estaba dispuesto a irme me detuvo.

– ¡Lo lamento! No puedo controlarme cuando se trata de ti… Es que no quiero perderte. – Excusas… eso era una lo único que podía escucharle, excusas baratas para esconder su desesperación.

Los chicos del club nos observaban en silencio y casi podía asegurar que Axel lo había hecho apropósito. Bianca me lo había contado todo, lo que él le había hecho y como había manipulado a ese chico para que la dejara. Aun cuando sabía que Bianca lo quería demasiado, y que ellos habían tenido una relación desde que ambos eran niños, simplemente se lo quitó por mero egoísmo y lo volvió nada, y aun después se mantuvo a lado de ella. La economía de los padres de mi amiga no era estable, por esa razón ella había tenido que mudarse con sus tíos, los padres de Axel. Y lo único que ella poseía, le fue cruel y vilmente arrebatado.

– Este no es el momento… – Le susurré incómodo.

– No Ariel, entiende… te quiero tanto que… si tú me terminaras, entonces yo…

– ¡Ya basta! – Grité – Detente, por favor…

Me deshice de su agarré y me fui sin siquiera despedirme de los chicos del Club. Lo sentía mucho por él, en verdad, lo lamentaba. Pero no podía seguir engañándome ni engañándolo. No debía ni podía inventarme sentimientos que no tengo, no para él.

DAMIÁN

Cuando llegamos al estacionamiento, James también estaba llegando. Había ido a comprar comida y algunas cosas que Deviant necesitaba.

Sam estaba furioso porque casi lo había obligado amenazándolo con que lo dejaría solo si no iba a visitar a su hermano, y bueno, no había sido al único que había tenido que amenazar, pero ese era tema para más tarde.

– Para esto querías que viniera… – Me reprochó Sam, sin querer bajarse de la moto.

– No sabía que iba a estar aquí… – Mentí, bueno, más o menos mentí. Aunque en teoría intuía que estaría James, tampoco estaba plenamente convencido de que así iba a ser. – Bien ya estamos aquí, bajate e intenta ser un poco amable… Y no lo digo solo por Deviant.

– ¡Hermano! – Me saludó James mientras esperaba que llegáramos a donde él e impedía que la puerta de ascensor se cerrara. – Sam… – Nombró al menor con cierta reserva. Llegué a su lado y le palmeé el hombro en forma de saludo. – No sabía que iban a venir, quizá no compre suficiente comida, pero puedo ir por más…

– ¡Esta bien, ya comimos! – Aun si codeé a Sam para que saludara o siquiera dijera algo, cualquier cosa, este nos dio la espalda.

– Que bueno que vinieron… Deviant no ha estado muy bien. – Comentó preocupado.

– ¿Qué sucede con él?

– Pues ya sabes… “Han” – Dijo molesto – Te juró que comienzo a detestarlo. Como es que ha sido tan vil como para no tomarse la molestia de llamarlo, aunque sea para saber cómo esta. Es tan insensible…

– Lo es… – Le dije con sarcasmo. Creo que James no era quien para decir esas cosas, después de todo, él tampoco había llamado a Sam.

– Deviant la ha pasado tan mal…

– Me lo imagino. – Más bien, lo sabía. Había tenido que escuchar los lamentos de Sam de día y de noche estos últimos tres días.

– Nadie tiene derecho de hacerle ese tipo de cosas a otra persona.

– No, no lo tiene… – Reafirmé – Menos si es tu familia a quien se lo haces, ¿no crees? – James me miró con reserva.

– Entiendo perfectamente a que te refieres… pero te aseguro que es… “distinto”.

– ¿Por qué es distinto? – Insistí.

– Han y Deviant son pareja. Y para mí, él… – Dijo mientras señalaba a Sam – solo es alguien a quien tú me has ordenado cuidar. Es molesto, siempre se mete en problemas, quiere saber salto y seña de mí y me harta.

– Ya entendí…

– No Damián, en verdad estoy cansado de él.

– ¡Ya basta James…!

– Es que tú no tienes que vivir con él, no lo soporto. Es un crio malcriado y pretencioso. Como tú le cumples todos sus caprichosos, creé que todos tenemos que hacerlo. Si por mí fuera, jamás le dirigiría la palabra de nuevo en mi vida.

 – ¡Ya basta! – Le grité mientras con algo de fuerza lo empujaba contra una de las paredes del elevador. Por suerte llegamos al piso y la puerta se abrió en ese preciso momento. – No le hables de esa manera a tu hermano.

– ¡No! – Me contradijo mientras se deshacía de mi agarré furioso, no se lo impedí – Que le quede claro que él para mí no es nada… – Sin darme tiempo de responder, salió del elevador y caminó rápido por el pasillo, casi corriendo y solo había una razón para que lo hiciera. Y era que sabía que lo había herido y no era capaz de darle la cara o decirle lo mismo de frente.

– ¡Sam! – Le nombre, pero él había agachado la mirada y casi se abrazaba a sí mismo. Su olor había cambiado y casi podía sentir su dolor. – No sé qué decir, yo…

– ¡Esta bien! Es mejor así… – Me dijo mientras pasaba a mi lado. – Es mejor saber… Ahora vayamos a lo que venimos y por favor, disculpa si no me quedo mucho tiempo, acabo de recordar que tengo que entregar un trabajo mañana.

No le dije nada, creo que ya había arruinado demasiado las cosas. Caminando a mi lado, dudo un poco antes de abrir la puerta.

– Si prefieres irte, te disculparé con Deviant.

– ¿Por qué habría de hacerlo? Él siempre me dice ese tipo de cosas. – Me dijo con semblante duro, nuevamente se hacía el fuerte. – Tú me lo decías cuando era niño… ¿lo recuerdas?

– Eres muy frágil pero no debes quebrarte por nadie…

– ¡Exacto! – Intentó reír – No voy a darles ese gusto, terminemos con esto de una buena vez, porque no pretendo volver pronto.

Se adentró en el departamento y cruzando el recibidor pasó frente a James sin mirarlo y llegó hasta la sala, Deviant estaba ahí.

– ¡Sam! – El mayor de los Katzel no pudo esconder su felicidad al ver a Sam, había pasado casi un mes desde la última vez que se habían visto y es que las cosas entre ellos estaban realmente mal, pero no era por Deviant. – ¡Me alegra tanto que hayas venido!

Sam se arrodilló a su lado y dejó que Deviant lo abrazará. Apenas y si correspondió el gesto, eso realmente no lo comprendía. Conmigo era tan distinto, cariñoso hasta el punto de resultar empalagoso. Y con Deviant era tan parco y distante.

– ¡Damián! – Me nombró en cuanto me vio y tuve que acercarme a su lado para evitar que se levantara.

– ¿Cómo te sientes?

– Estoy mucho mejor…

– ¡Me alegra! – Le dije mientras ayudaba a Sam a ponerse de pie. – Bueno, estaré en la otra habitación supongo que tendrán cosas de que hablar…

JAMES

Damián volvió a la cocina y paso a mi lado hasta el despachador de agua. Yo estaba terminando de poner la mesa pero podía sentir su mirada sobre mí.

– Si vas a regañarme hazlo de una vez… – Le dije mientras me volteaba para enfrentarlo, pero para mi sorpresa, me había dado la espalda.

– No tengo nada que decir… – Respondió e inmediatamente cruzó la cocina y salió del departamento. Lo seguí.

– Damián yo…

– ¡No es mi problema! – Se volteó tan rápido que terminé estrellándome contra él. – ¿Quieres cometer tus propios errores? Bien, estás en tu derecho, solo espero que Sam pueda enredarse pronto con alguien que si merezca su cariño. – Me quedé callado, reconocía que había sido muy duro con Sam, pero… – Cuando eso suceda, porque va a pasar, va a parecer alguien menos imbécil que tú que va a saberlo valorar de la manera en la que tú nunca lo hiciste, entonces, solo entonces, no te arrepientas y tampoco le estorbes en su felicidad. Continuá echándolo de tu vida, justo como lo hiciste hace un momento.

– Lo dices como si supieras de lo que hablas… – No fue un reproche, más bien, sus palabras me sonaron tan sinceras, como si a él le hubieran pasado.

– ¡Si! – Respondió como si hubiera leído mis pensamientos – Me pasó, solo hay una pequeña diferencia. Jamás le hablé de esa manera, ni lo eché de mi lado como tú lo has hecho con Sam. Aunque era casi tan agobiante como él, lo mantuve a mi lado y lo protegí. Como su confidente, como su amigo y sobre todo como su hermano.

Me quedé de a tres, en una ocasión lo escuché discutir con Deviant sobre algo de ese tipo, pero en efecto, el único que levantaba la voz era él, extrañamente Damián solamente le miraba y ambos dejaron de discutir cuando me vieron entrar a la habitación.

– ¿Interrumpo? – Dijo Han mientras se acercaba a nosotros.

– Tú siempre has estorbado… – Respondió mi hermano sin siquiera mirarlo.

HAN

– No fue lo que dije… – Le rebatí. – ¿Para que querías que viniera?

– Para empezar, llegas tarde… – Se quejó.

– No dije que vendría…

– Pero viniste porque eres consiente que si no lo hubieras hecho hubiera ido por ti y te habría traído a rastras.  – Nos íbamos a enfrascar en una peligrosa discusión sobre lo que Damián había dicho, pero justo en ese momento Sam salió del departamento. Damián le dio toda su atención y el menor le sonrió coquetamente, como siempre lo hacía. La relación de esos dos, era por demás, extraña.

– Hermano… ¿Sabías que él está saliendo con Deviant? – Lo que me faltaba, uno más que no estaba de acuerdo. – Había escuchado rumores pero no pensé que fuera real…

– Sí, lo sabía. – Respondió Damián. – Apenas me enteré.

Sam caminó hasta quedar frente a mí y me miró de arriba para abajo y de regreso. Nunca nos habíamos llevado muy bien, él era el tipo de niño mimado e irresponsable que es demasiado insolente y desvergonzado como para tener amigos cercanos. – Sabía que mi hermano tenía malos ratos, pero no pensé que también tuviera malos gustos… – Dijo sin desear ocultar un poco su despreció. Y si no le volteé el rostro de una bofetada por su insolencia, fue solo porque Damián estaba justo detrás de él y observaba con cierto orgullo al espectro que había creado. Ese niño sin duda era obra suya. – ¡Vamos! Dilo… no tienes que guardártelo. – Me retó. – Está muy molesto ¿Por qué será? – Se burlaba y mi convicción comenzaba a flaquear.

– No seas insolente… es mayor que tú. – Le regañó James y el chico reviró los ojos con fastidio.

– Voy a hacer de tu vida una pesadilla… – Me amenazó – No te quiero cerca de mi hermano. – Damián parecía estar a punto de aplaudirle tanta insolencia.

– Adelante… – Le dije – Hazlo. Tienes mucha suerte de tenerlo detrás de ti, porque si tuvieras que enfrentarte a solas conmigo.

– Igual te hubiera ganado, así que no alardees. – Me detuvo Damián. – No solo le he ensañado a ser impertinente.

– Pareces orgulloso…

– ¡Lo estoy! Él siempre me da motivos para estar orgulloso… – Aseguré. – Ambos lo hacen. – Se corrigió mientras señalaba a James, quien miraba desinteresado todo este asunto.

– ¿Me pediste que viniera para presumirme a tus joyitas?

– Te dije que vinieras para que arregles el cofre… mis joyitas lo necesitan bien y dado que fuiste tú quien lo arruino, te estoy dando la oportunidad de reparar tu falta. – Le dije, por supuesto, refiriéndome a Deviant.

Sin más se hicieron a un lado para dejarme pasar. Me sentía como un alce cruzando en el medio de tres llenas hambrientas, que cuando menos me lo esperara iban a saltar sobre mí para devorarme, no era exageración, los tres tenían la mirada pesada y a estas alturas me preguntaba si en algún momento iban a dejarnos vivir nuestra relación en paz.

Cuando entré al departamento, me perdí un poco, este era más grande que el anterior y el recibidor tenía pasillos a los lados, me seguí derecho y llegué a la cocina, la música suave se escuchaba desde la otra habitación que resulto ser la sala. Deviant estaba ahí, recargado sobre el ventanal, que por cierto, tenía una vista de impresionante de los Cárpatos. Blanqueados y escarpados picos con sus laderas densamente pobladas de vegetación típica de la temporada se alzaban en todas direcciones. Pero aun entre tanta belleza, la suya no le pedía nada a todo ese panorama.

Aunque hacía mucho que había dejado de ser un niño encantador, su madurez era exquisita. Esa mirada distante y la forma en la que se abrazaba a sí mismo, dándole ese aire desprotegido y frágil, me hacía suspirar. Porque Deviant no era ni se sentía de esa manera, sino todo lo contrario.

Era yo quien se sentía frágil y desprotegido ante cada adversidad que nos aleja y nos separa, para mí; él es como esa melodía que suena en cada invierno, la brisa más fría cuando el sol no aparece. Y si no estoy con él, siento que en mi vida siempre nieva, aunque repose en mi casa, entre el calor de mi cama, mi alma sigue helada, porque él es la leña con la que se enciende mi chimenea y si no está, el frio se agudiza y todo en mí se vuelve soledad.

– ¿Puedo pasar? – Le pregunté más para obtener su atención, porque en teoría ya estaba adentro.

– ¡Han! – Hubo seriedad en su expresión. Nada más pude percibir – Pasa… ¿Qué sucede? – Encaminándose hasta los sillones de la sala, se sentó en el individual y con un gesto me hizo señas de que me sentara frente a él. – ¿Cómo va tu recuperación? Espero que te ya sientas mejor. – Me dolía cuando se comportaba de esa manera, tan educado y propio, tan ajeno a mí y a todo. Me hablaba y me sonreía como si entre nosotros no hubiera ocurrido nada y eso me hacía sentir que no le importaba.

– ¡Estoy mal! – Respondí herido – Y a decir verdad, esperaba que tú también lo estuvieras… – Me miró detenidamente un largo rato, sus ojos castaños se veían cansados y tristes, pero su expresión parecía desinteresada. – Sé lo que significa, te he visto hacerlo antes. – Lo acusé – Abrir los ojos y cerrar el corazón. ¿Cómo va mi recuperación? ¿En verdad crees que estoy aquí para tener una plática cordial? ¿Crees qué me deje humillar por tus hermanos solo porque sí? O porque en mis ratos libres amo que me hagan sentir basura…

– ¡Lo siento! – Se disculpó y desvió la mirada de mí. – Hablaré con ellos para que no te molesten…

– ¡Te amo, Deviant! – Lo solté así sin más, estaba lleno de furia, pero esa era la verdad. El rostro se le desfiguro en una mueca de claro dolor… ¡Pero vamos! Es Deviant, el chico rudo que aparentemente le vale el mundo.

– Tal vez deberías tomarte unas vacaciones… – Cerré los ojos con impotencia, en ocasiones como estas me daban ganas de molerlo a golpes. – Arreglaré todo para…

– ¿Escuchaste lo que dije? – Lo interrumpí, no en vano habíamos crecido juntos. Lo de él no era orgullo, no era ese tipo de persona, sino que se sentía con la obligación de no demostrar debilidad, esa estúpida frase de no dejarse dominar por los sentimientos. – ¡Te amo! Y sé, lo he sentido… también me amas. – Por fin inclinó la mirada rendido, una sola lagrima rodo de su mejilla y cayó en su mano, él la limpió rápido, pero seguía igual o inclusive más afectado. Melancólico. Este era el hombre del que yo me había enamorado, el del alma rota y el corazón inundado de dolor y soledad. – Sé que no me justifica… – Despacio me puse en pie y caminé hasta llegar frente a él y me arrodillé colocando mis brazos sobre su regazo, envolviendo sus manos con las mías, una de ellas estaba envuelta en vendas pero su piel seguía siendo suave. – Aceptaré que estés molesto por lo que dije, no me hables si no quieres, incluso puedes golpearme si lo prefieres… pero no terminemos. Di que un sientes esto que a mí me está matando. Sé que soy un estúpido, pero te juró que te amo con cada gramo de mí estupidez.

TERCERA PERSONA

– Entonces te ama demasiado… – Sé escucho un susurró desde la cocina. Por supuesto, era Damián. Han suspiró vencido, al parecer nunca iba a librarse de él. – El amor de Romeo por Julieta se queda pendejo a lado del que Han tiene por ti.

No paso mucho cuando el menor se asomó a la sala, como un ladrón. Y con toda la confianza del mundo se acercó a ellos.

– Párate… te ves lamentable – Le dijo a Han cuando paso a su lado y le dio una cariñosa patada en los pies.

– Damián… ¡Estamos ocupados! – Reprochó Han – ¡Que imprudente! – Para nada avergonzado Damián se sentó a lado de Deviant, sin importarle si el mueble era demasiado pequeño para ambos, y lo abrazó. Han casi escupía fuego por los ojos, al ver como Damián resguardaba al objeto de su amor entre su pecho.

– Todo va estar bien… – Le susurró a Deviant y sacando una cadenita de su casaca, la dejó sobre la palma de la mano buena del mayor. En cuanto Deviant la vio levantó la mirada un tanto sorprendido, Damián le sonreía. – Todos estamos de acuerdo…– Aseguró – Aunque sea un bastardo, un imbécil, patán descarado, el idiota que se atrevió a poner los ojos sobre nuestro Deviant. También sabemos que te ha querido desde siempre… – Tanto Han como Deviant estaban bastante sorprendidos por lo que muy a su manera, Damián estaba haciendo por ellos. La cadena era la que su padre le había dado a su madre cuando se hicieron novios y era una de las joyas familiares más significativas que poseían, no porque sean costosas, la cadenita era muy sencilla, pero tenía un gran valor sentimental.

Dejándole un beso sobre la mejilla se puso en pie.

– ¡Tú! – Le dijo de manera cortante a Han, poniéndose frente a él. – Deja de hablar y besalo. ¡Idiota!

Los mayores lo observaron abandonar la sala justo después de sus “tan amables” palabras.

En la cocina, james que estaba sentado en el comedor y Sam que se había recargado en la contra pared del recibidor, le sonrieron cuando Damián apareció por entre las cortinas. Sam se despidió con un gesto de mano y Damián apenas y si asintió. James por su parte, intentó acercarse para hablar con el menor de los Katzel pero cuando lo busco, el chico ya había salido del departamento.

James se dejó caer sobre el piso del recibidor, cuando Damián paso a su lado le revolvió el cabello como despedida.

– Puedes decirle que lo siento…

– No, pero puedo darte la dirección del hotel donde nos estamos quedando… – Sin preámbulos saco una cajita de fósforos y se la entregó. – La dirección está por dentro. – James jugó con ella con las manos y después la destapo, en efecto el logo y la dirección del hotel estaban ahí, conocía el lugar, por supuesto que Damián iba a llevarlo al más caro de Sibiu, no por algo era su consentido. – Otra cosa… Y escuchame muy bien. – Incluso se acuclilló frente a James para recalcar el punto – Si lo vuelves a herir o de pura casualidad me entero que lo has hecho llorar… voy a apartarlo de ti de manera definitiva. Ya se lo propuse y por supuesto que acepto, le costearé la carrera que él quiera, siempre y cuando este a miles de kilómetros de ti. Y sabes que no hablo en vano.

Sin decir más, poniéndose en pie y saliendo del departamento, se echó a andar. Sam necesitaría un poco de tiempo a solas, así que él tenía la tarde libre. Y no habría que pensar mucho sobre a qué lugar ir.

Cuando paso por la casa de Ariel, lo buscó en su habitación, pero el niño no estaba. Se dirigió al patio trasero de la residencia y adentrándose en el bosque pensó que lo encontraría en la cuevita que había hecho, pero tampoco estaba ahí. Aquello no le gustaba, hoy había visto a ese tipo de la vez anterior, muy empalagoso con Ariel, incluso le había pasado el brazo por el hombro en un claro intento por obtener su atención.

Muchas cosas comenzaron a pasar por su mente, la idea de que Ariel anduviera de romance con alguien más, no le agradaba para nada y sintió que se enojaba. Enfureció aún más cuando fue consciente que un simple chiquillo de tamaño por debajo del promedio, le estaba trastornado el juicio. Para él, Ariel era un crucigrama viviente, se diferenciaba de cabo a rabo de todas las personas con las que anteriormente había salido y tampoco es que desease salir con el niño, o por lo menos, eso era lo que se intentaba creer.

No era un tema del que Damián quisiera hablar, pero se había convertido en su mayor problema. Ariel comenzaba a estar en portada y en primera plana en sus pensamientos. Ese coqueteo sutil lo estaba enloqueciendo, eso y el que en un primer momento pareciera que el chico lograba entenderlo, para que al siguiente segundo lo estuviese tanteando, siendo dulce y agresivo al mismo tiempo, encendiéndose y coqueteándole para seguidamente desaparecer, evaporarse en medio de la nada. Como contradiciéndole a placer.

Ha juzgar por su edad, Damián sentía que ya no estaba para esos juegos. Quería ir rápido con él, lograr su cometido y “supuestamente” desecharlo como todos los demás.

Pero Ariel no parecía estar interesado en su apariencia, lo cual representaba un verdadero misterio y un duro golpe a la vanidad del moreno. No buscaba impresionarlo, ni parecía querer un protagónico en la historia, sino que era algo en lo que le dejaba el camino libre a Damián y este, no sabía cómo moverse en ese terreno. Sus únicos idiomas eran el sexo y los golpes, de ahí en fuera, no se sentía cómodo siendo el centro de atención de una manera distinta a la que normalmente solía serlo.

La brisa helada le trajo el aroma del niño mezclado otros tantos más. Damián volvió a la carretera y siguió caminando derecho, fue aproximadamente unos ochenta metros delante de la casa, que pudo divisarlo. Del lado derecho de la carretera estaba de pie y más de la mitad de su cuerpo se escondía entre maleza, como asomándose o rebuscando algo y estaba tan concentrado en lo que hacía que parecía no haberse percatado de la presencia de Damián.

– ¿Qué haces? – Preguntó parándose justo detrás de él y Ariel pego tal brinco que lo hizo retroceder y tropezando con los pies de Damián terminó cayendo de sentón sobre la nieve, también se escuchó un grito ahogado que terminó haciendo reír al más alto.

En un primer momento Ariel estaba tan aturdido y con los últimos embates del tremendo susto que se había llevado, que se limitó a mirar al moreno, quien recargándose en unos de los arboles altos, no dejaba de reír. Unas carcajadas ruidosas y espontaneas que lograron contagiar al menor y ambos terminaron en medio de risas y quejidos de dolor. Damián se sujetaba el estómago, que dolía después de tanto reír y Ariel aunque también se carcajeaba, le dolía el sentón.

– Eso fue muy gracioso… Así de sucia has de tener la conciencia. – Finalmente agregó el moreno cuando logró controlarse. Y extendiéndole la mano, se ofreció para ayudarle a levantarse antes de que se le congelara su coqueto trasero. – Ese grito fue “tan” masculino…

– ¡Gracias! – Respondió Ariel, fingiendo no haber comprendido el sarcasmo del mayor.

– ¿Se puede saber qué hacías ahí metido? ¿Nuevamente estas buscando meterte en problemas? – Pese al cuestionamiento, no le agredía, era genuina curiosidad.

– Estoy buscando una planta… – Agregó Ariel, mientras tomaba la mano del moreno, aceptando su ayuda. – Creí que quizá la encontraría por aquí, pero llevó mucho rato buscándola – Explicó mientras se sacudía la ropa. – ¿Y qué haces por estos rumbos? Aparte de asustar gente…

– ¿Para qué quieres la planta? ¿Es para algún tipo de brujería o algo así? – Bromeó.

Ariel disfrutaba de todo ese misterio que Damián ponía a su alrededor, era cómodo para él si le hablaba de esa manera, pero no le gustaba que no respondiera a sus preguntas.

– Te contaré si me cuentas… ¿Qué dices? – Sugirió y caminando hasta una de las piedras largas que estaban costeadas sobre la carretera la limpió un poco con sus manos, quitándole el exceso de nieve y se sentó, dejando un espacio para Damián.

– ¿Qué es lo que quieres saber? – Cuestionó con reserva el moreno y se mantuvo a distancia, como si el niño pudiera causarle algún mal y fuera mejor prevenirse.

– Más que saciar mi curiosidad, te ofrezco una conversación bilateral. Quiero contarte sobre mi planta y también quiero saber muchas cosas de ti, pero no tienes que responder si no quieres, solo dime porque no quieres hacerlo.

– ¿Sera igual si yo pregunto algo y tú no quieres responder?

– ¡Sí!

Damián caminó hasta llegar junto al niño y se sentó a su lado. La simplicidad del momento lo volvía perfecto para ambos. – ¡De acuerdo! – Aceptó.

– Antes que todo… Mi nombre es Ariel. – Le dijo mientras le extendía la mano en un saludo cordial.

– ¡Lo sé, blanquito! – Respondió y sin apartar la vista de la mano de Ariel, la estrechó con suavidad. – Soy…

– ¡Lo sé! ¡Damián! – Dijo el niño mientras le sonreía. – Damián sintió que ese no era su nombre, que pronunciado por los labios de Ariel se escuchaba distinto, como si fuese un nombre especial.

– ¿Cómo es que lo sabes?

– Te sorprendería lo mucho que la gente habla de ti… – Dijo el niño y ahora fue su turno de mirar su mano que era completamente cubierta por la del moreno. Al tacto, su piel era suave y dura al mismo tiempo y estaba muy caliente, como si tuviera fiebre, pero no lucia enfermo. Ariel no sabía si retirarla y romper el contacto, porque Damián aun no parecía tener intensiones de devolvérsela.

– No creas todo lo que dicen de mí…

– ¡Me parece justo! – Reconoció Ariel. – Y ¿Cómo es que sabes mi nombre?

– Ariel Sanders West… Te sorprendería todo lo que la gente habla de ti. – Agregó imitando el tono que el niño había usado, ambos sonrieron y Ariel sintió que su nombre se escuchaba seguro en los labios del moreno. – ¿Debería dudar de lo que la gente dice de ti?

– ¡No! – Le dijo el niño – Por lo general soy un poco peor de lo que la gente dice…

– Me consta… ¡Eres peligroso! – Bromeó – ¿Y la planta para qué?

Sacando una cajita de madera de entre su abrigó, le mostró la ramita que había aparecido en su habitación. Damián la observó un poco sorprendido y escuchó atentamente todo lo que el niño le explicaba, desde que había aparecido solo así, hasta sus dos teorías.

– Entonces… – Agregó al moreno después de Ariel hubo acabado de contarle toda la historia – ¿Eres sonámbulo? – Preguntó mirándolo como si fuera un bicho raro, no porque le despreciara, sino simplemente jugaba con él.

– ¡Tal vez! – Reconoció el niño – Pero creo que me inclinó más por la otra opción. Alguien entró a mi habitación.

– Eso es terrible… ¿Quién sería capaz de hacer tal cosa? – Habló intentando no sonar sospechoso.

– ¿Quién entra a tu habitación y te deja una ramita en la mano? ¿Quién entra en la habitación de una persona mientras duerme y se queda hasta que amanece? – Damián se quedó de piedra cuando escuchó los cuestionamientos que Ariel hacía, por un momento creyó que había sido descubierto pero cuando busco aquella mirada azul, el niño tenía la vista clavada en su ramita que reposaba en la pequeña cajita. – Tal vez pienses que estoy mal de la cabeza… pero no me molesta. Aunque no sé quién es, me gusta la idea, es bueno que otra persona se interese en ti… ¿no crees?

– En efecto… ¡Estas mal de la cabeza! – Respondió irónicamente, Ariel le sonrió de nuevo – Puede ser cualquier persona, incluso alguien malo.

– No, te equivocas. – Se defendió con amabilidad – No es cualquier persona… es “mi persona”.

– Ariel… – Intentó prevenirlo, pero fue inútil, Ariel estaba convencido que “esa persona” era especial y nadie lo iba a sacar de ahí.

– No Damián, creeme cuando digo que prefiero una ramita cortada para mí de manera espontaneá, que un costoso ramo de flores enviado a mi casa.  – No lo decía solo porque sí, ese día había recibido un ostentoso ramo de flores que Axel le había enviado a modo de disculpa, después de insistir llamándolo y Ariel no le contesto. Ni aun con las flores que para esa hora adornaban el comedor, había querido recibirlo cuando vino a su casa.

Damián sintió que la sencillez y dulzura de esa persona era algo a lo que nadie o muy pocos podrían resistirse y él no se contaba entre ellos.

– ¡Espera aquí! – Le pidió y sin más se puso en pie y se adentró en el bosque. Ariel no comprendía la actitud del más alto, pero sé quedó esperándolo. Y no tuvo que aguardar por mucho tiempo más. Damián volvió con algo entre las manos y tomando la mano del niño, le dejó sobre la palma justo como había hecho con la ramita, tres flores pequeñas. Una era de un tono azul claro y sus petalos eran pequeños, otra era rosa con tonos rojos en los bordes y la última era blanca. Flores silvestres, de esas que crecen por todo el bosque, pero que eran de una belleza similar a la de los ornatos. – Tus ojos… – Le dijo mientras señalaba la flor azul – Tus labios… – Agregó y señalo la flor rosa de contorno rojo – Tu piel – Finalizó refiriéndose a la flor blanca.

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