Capítulo 8: El Mudo Lenguaje Del Amor

Unos buscando amor, otros encontrándolo, otros perdiéndolo y otros más evitándolo.

 

DAMIÁN

Ariel me miró con tal asombro que por un momento creí que quizá había ido demasiado lejos con todo esto. ¿Acaso no había sido yo quien le dijo que jamás esperara recibir flores de mí? Bien, pues acababa no solo de ponerme en evidencia, sino que también había cortado flores para él.

– Yo… no sé qué decir… – Habló de manera entrecortada, ahora mismo sus ojos estaban clavados en las flores que sostenía en la palma de su mano. Pero al ser su piel tan blanca, podía notar ese enrojecimiento que se había apoderado de su rostro.

– Entonces no digas nada…

– Pero quiero hacerlo…

– No tienes que… – Agregué completamente incómodo.

 Era una situación por demás embarazosa y quise desviar la atención, pero en ese momento Ariel se puso en pie y antes de que pudiera moverme o siquiera reaccionar, se acercó y me dejo un suave beso en la mejilla. – ¡Gracias!  – Dijo.

– ¡De… nada! – Fue lo único que alcancé a contestar.

A estas alturas de mi vida y con todo lo que he vivido, no esperaba reaccionar de esa manera, que un simple beso lograra contraer cada musculo de mi ser y me produjera tantas sensaciones que nunca antes había experimentado, fue algo que en verdad me inquietó. Instintivamente me llevé la mano hacía donde él me había besado, la sensación aún estaba fresca en mi mente y quería que así continuara.

Busqué su mirada y la encontré clavada en el piso, si cuando le di las flores se puso nervioso, ahora estaba totalmente avergonzado. Era una imagen linda de ver.

– ¿Sabes porque en gran parte de Europa se acostumbra besar en ambas mejillas?

– ¿Qué? – Preguntó distraído o como si no comprendiera lo que le estaba diciendo.

– Dicen que si solo besas una… la otra se pone celosa. – Era el pretexto más absurdo que había utilizado en mi vida, pero fue lo único que se me ocurrió. – Los occidentales somos muy tradicionalistas…

– Creí que ibas a decir que son muy celosos…

– Sí, eso también. Pero sobre todo, nos gusta seguir las reglas que dicta de la buena cortesía. – Aja, sobre todo eso… – Así que formalmente me debes otro beso.

No dijo nada, únicamente me miraba. Pero su respiración estaba un poco acelerada, y sus latidos habían aumentado su ritmo, incluso su olor se había intensificado. Era curiosa la manera en la que, aunque sus labios callaran, su cuerpo hablaba por él.

– Creí que la costumbre transilvana es que los hombres se den la mano…

– Te sorprendería lo muy a menudo que nos damos la mano. – Ariel sonrió pero no sabría decir a ciencia cierta si comprendió que lo había dicho en doble sentido. – ¿Y mi beso? – Insistí con eso de nuevo, Ariel no dejaba de sonreírme pero casi quería aventarse de la piedra al suelo con tal de alejarse de mí. – Voy a mostrarte como se hace…

Intentó huir, por supuesto que lo hizo, pero ni loco para dejarlo ir. Una de mis manos recorrió su mejilla hasta su oreja y la punta de mis dedos rozó sus cabellos. Era curioso como su rostro era tan pequeño en comparación con la palma de mi mano, que casi lo cubría por completo. Mi otra mano sujetó su mentón para elevarlo un poco e intentar que me mirara y después descendió hasta colocarse sobre su cuello. Estábamos muy cerca el uno del otro, su rostro frente al mío me invitaba a besarlo todo y no solo sus mejillas sonrosadas. – Dicen que los transilvanos no tenemos respeto por el espacio vital de los demás… ¿qué opinas? – Su respiración me acariciaba el rostro y sus ojos azules me miraban intensamente.

– Lo siento, pero nadie sabe respetar menos el espacio vital de las personas, que los Arizonianos… – Sonó a presunción, pero no pude responder, tampoco es como si tuviera algo que decir.

Y mucho menos cuando lo vi inclinarse ligeramente hacia mí. Y entonces fue el turno de que sus pequeñas manos se deslizaran por mi cuello, acariciándome muy suavemente con sus pulgares. Lo vi tomar aire antes de que sus labios buscaran los míos. Fue todo como en cámara lenta, estaba tan cerca y continuaba reduciendo la distancia entre nosotros. Su mirada estaba fija sobre la mía y sentí que me invadía. – ¡Me gustan tus ojos! – Declaró y estúpidamente sonreí. – Es como si pudiera mirar directamente al sol… – Él imitó mi gesto y desviando ligeramente su mirada de mis ojos la posó en mis labios y casi los delineó con pestañas largas y rizadas, para después volver a sostenerme la mirada.

Aun no uníamos nuestros labios pero me hacía sentir que en su mente, él ya estaba besándome. ¿Y porque no puede reaccionar? ¿Por qué no me atreví a terminar con esa ridícula distancia y aferrarme a él? Simple, me había seducido, me conquistó a tal punto que mis sentidos quedaron nublados.

Jadeé cuando pude respirar su tibio aliento, y me quedé perplejo cuando lo sentí desviarse hacia mi mejilla derecha y después hacía la izquierda. Y en ese último contacto sus labios presionaron con esmero sobre mi mejilla y casi provocaron un ruidito, él no se separó, al menos, no en un primer momento. Acaba de timarme, lo sé. Pero aun así me dejé llevar y sentí que mi corazón iba a salirse de mi pecho. Sus labios cálidos y suaves me rozaron con ternura y sentí ligeros escalofríos de pánico y placer. Traté de aferrarme a los detalles, pero sentí que se me escurrían de los dedos, mientras él se separaba de mí y sus manos dejaban de sostenerme. Entonces me sentí débil, burlado por aquel falso acercamiento.

– No es justo… – Me quejé.

– La vida no es justa…– Respondió.

HAN

Entre tropezones, empujones y besos ligeros llegamos a su habitación. Todo le dolía y todo me dolía, pero habían dolido más estos días en los que estuvimos separados. Lo sé, porque aunque por momentos se quejaba cuando le tocaba o incluso cuando lo besaba, en ningún momento me apartó.

– ¡Te amo! – Le dije mientras aprisionaba su labio inferior y lo mordía con ternura. Deviant casi temblaba entre mis brazos y la única mano que podía utilizar, parecía no serle suficiente para recorrerme. Estaba intranquilo, asustado y al mismo tiempo impaciente, como cada vez que hacíamos el amor, que ha decir verdad, no habían sido tantas veces como hubiera querido.

– ¡Estoy amándote! – Respondió mientras clavaba ese par de orbes castañas en mi rostro, y entonces miraba mis labios y después mis ojos, para seguidamente volver a mis labios. – ¿Tienes miedo? – Me preguntó de la nada.

– ¿Miedo a que? – Me detuve en lo que hacía y le di toda mi atención, Deviant no era de los que decía las cosas solo porque sí. Él me sostuvo la mirada un largo rato y después intento besarme, pero no se lo permití.  – ¿Miedo a que? – Insistí sin dejar de abrazarlo. – Ya lo empezaste y no lo voy a dejar pasar… – Le aseguré. – Puedes decirme lo que sea Deviant, te voy a escuchar y sobre todo voy a esforzarme por comprenderlo.

– Lo sé…

– ¿Entonces?

– No quiero volver a escucharte decir que se acabó… – Confesó y cierto aire de melancolía lo invadió. – Me dolió mucho y los días que pasaron después, me dolieron a un más, no sé cómo hacerlo… simplemente, aunque lo intenté, no pude continuar… – De nuevo volvió a sostenerme la mirada y resulto que la tenía inundada de esas lágrimas que pugnaban por salir. – Casi no podía dormir y cuando finalmente lo lograba, no era un sueño reparador, y en las mañanas era tormentoso despertar y saber que no ibas a estar aquí. – Con mis manos fue limpiando las lágrimas que hacían surcos en sus mejillas, si por mí hubiera sido, las bebería, cualquier cosa con tal de no verlo llorar. – No esperaba que fuera así, pero ahora sé que te amo demasiado, así que por favor… ¡Por favor! – Suplicó – No me dejes…

– ¡Jamás pensé con seriedad en hacerlo! – Le expliqué – Ni un solo día he dejado de quererte, así que no, no voy dejarte… – Prometí y para sellar mis palabras busqué con fervor sus labios.

Fueron años, tantos que tal vez he perdido la cuenta, y por fin le escuchaba decir estas palabras y ahora sentía que todo el dolor de no haber sido correspondido durante ese tiempo, se compensaba. Ahora que por fin decía que me amaba. – Después de hoy, no habrá más palabras disimuladas ni citas a escondidas… – Le aseguré – Lo que siento por ti, ya no habrá nada ni nadie que lo impida, salvo tú. Tu eres mi limité. Te amo y si tú también lo sientes, entonces nada más me importa. Eres mío y yo soy de ti.

Con cuidado lo fui empujando hasta que llegamos a la orilla de la cama, por supuesto, me moría de ganas por enredarme en su cuerpo. Sin soltarlo del todo, me las arreglé para acomodarlo con suavidad sobre el colchón. Deviant en ningún momento soltó mis labios. Ni siquiera, cuando estando encima de él, intenté separarme para quitarle la camisola que llevaba puesta.

– ¿Se va a poder? – Le pregunté en el breve espacio que me había dado para poder respirar.

– Sabes que sí… – Se limitó a responder, mientras de nuevo atacaba mis labios. Y por primera vez desde que comenzamos a intimar, fue él quien tomó la iniciativa.

Se las arregló para consentirme y sin dejar de besarme, comenzó a desabrochar mi camisa. Estaba más que nervioso y cada cierto tiempo dudaba, pero en ningún momento se detuvo. No me gustaba exigirle o presionarlo, porque al final reconocía que era de sus primeras veces con un hombre. A pesar de que por mucho tiempo estuvo prendado a Damián, al no ser correspondido, jamás puso los ojos en algún otro. Sus parejas habían sido todas mujeres y bueno, los cuerpos son distintos.

Estando ambos arrodillados sobre el colchón, la camisa aun colgaba de mis hombros, pero dejaba al descubierto mi cuerpo, Deviant se dedicó a recorrer con la punta de sus dedos, cada uno de mis moretones. – ¿Te duelen mucho? – Me preguntó preocupado.

– Solo un poco… – Respondí y en ese momento, cambió sus dedos por sus labios, beso cada uno, lamió mis heridas y dejó otras marcas que no dolían, sobre mi pecho desnudo y mi cuello mientras succionaba o me mordía.

No me importaba, al contrario, me gustaba que lo hiciera. Y que al día siguiente mientras me duchaba o me vestía, pudiera ver las marcas que simbolizan su pasión y el ardor con el que nos habíamos entregado.

– Sabes que odio tu cinturón… – Dijo un tanto molesto, ya llevaba un par de minutos intentando desabrocharlo y no lo había conseguido.

– ¿Necesitas ayuda?

– ¿Te parece que necesito ayuda? – Me respondió iracundo y el gesto que hizo me causo risa.

– No, por supuesto que no… – Me retracté de mi ofrecimiento. – Sé que tú puedes arreglártelas solo. – Mis manos descasaban sobre sus hombros como una manera de asegurar nuestra cercanía.

– ¡Callate y besame! – Ordenó. Amaba ese cambió tan drástico en su personalidad, el cómo podía llorar y mostrarse vulnerable ahora y a los pocos segundos ya estaba siendo posesivo y mandón. Dominante y exigente.

Por supuesto, obedecí. Deviant me besaba con ferocidad, sus labios parecían amasarse contra los míos, se estaba desesperando y el bendito cinturón seguía sin ceder, lo sentía mucho por mí, al final se iba a desquitar conmigo. Mis manos recorrían hambrientas su espalda y sus costados, y sentía me estorbaba toda esa ropa que llevaba puesta.

Finalmente el seguro se abrió y desabrochándolo no se molestó en quitarlo por completo. Su mano se coló por debajo del pantalón y tomándome por sorpresa rodeo mi miembro y presionó con rudeza. – Ahora sí… ¡Eres mío! – Amenazó.

Jadeé debido a la caricia tan descortés, pero la sensación de sentirme dominado por él, fue grandiosa. Su lengua recorrió con avidez mi cuello haciendo surcos con su saliva que me causaban estremecimientos deliciosos, mientras que abajo, su mano se movía a un ritmo endiabladamente lento, haciendo que casi le suplicará porque lo hiciera más rápido.

Era una tarde especial, porque él estaba haciendo todo esto por mí, cuando generalmente soy yo quien se lo hace. Cuando sus labios volvieron a los míos, su lengua entró como posesa en mi boca, seduciéndome, embriagándome, haciéndome delirar.

– ¡Deviant! – Gemí en su boca, sus dedos acariciaban la punta de mi hombría y la sensación era más que placentera, y solo de saber que era él quien lo hacía, lograba que mi cuerpo sucumbiera por completo a ese deseo que se desbordaba de sus ojos. – Deviant… ¡Oh, sí! ¡Por favor! – Él no apartaba sus ojos de mi rostro y poco a poco sus mejillas se iban tornando cada vez más rojas, pero no era de vergüenza, era el calor que se le estaba subiendo, su sangre que hervía dentro de sus venas y que quemaba mi cuerpo debido a la manera en la que nos frotábamos el uno contra el otro. – ¡Mi amor!

– ¿Soy tu amor?

– Si, lo eres… Y voy a amarte más si lo haces un poco más rápido.

– Mi amor… “paciencia”. – Genial, ahora estaba jugando con mi necesidad. Sonreía, lo estaba gozando a lo grande, mientras yo me deshacía en sudor y en mis desbordantes ganas de terminar.

– Sabías que hay personas que les niegan a sus parejas el derecho de terminar… – No era un comentario espontaneó y algo me decía que el camino que estábamos llevando no me iba a gustar. – Escuché sobre eso recientemente.

– ¿Quién… quien es capaz de… de semejante vileza? – Estaba a punto de lograr mi amado orgasmo, podía sentirlo, los muslos de mis piernas temblaban y cientos de hormigueos cruzaban como corrientes eléctricas por mi cuerpo y Deviant lo notó, fue por eso que se detuvo tan de golpe. – ¡No, no lo hagas! – En este preciso momento lo que menos me importaba era rogar. – ¡Por favor, Deviant! ¡Duele si no me tocas! – Él me sonreía con la maldad disfrazada de ternura. – ¡Deviant! Deviant…

JAMES

Lo pensé mucho antes de ir a buscarlo, no porque Sam no se lo mereciera, más bien, fue porque sentía que era yo quien no lo merecía a él. Pero aunque lo intentaba, no podía terminar de sentirme cómodo ante su compañía, había algo que me robaba la tranquilidad y me hacía enojar. Y no era precisamente su carácter tan empalagoso o irreverente, porque ya estaba acostumbrado a su forma de ser. Era algo más, algo que no sabía cómo explicar.

Después de todo, él y yo éramos muy distintos.

Él era un niño bien, venía de una cuna noble y su familia siempre había tenido mucho dinero y reconocimiento en Sibiu. Se les respetaba y no todos podían pisar el mismo suelo, al mismo tiempo que lo hacía alguno de los Katzel. Y yo, era solo un hijo de quien sabe quién, que prácticamente creció en las calles, hasta que Damián me saco de ahí. Mi vida sería miserable si él no hubiera hecho eso por mí, y sé que de haber sido de ese modo, Samko, ni siquiera se tomaría la molestia de voltearme a ver. No me llamaría “hermano” ni se interesaría en mis asuntos, mucho menos se entrometería en mi vida como lo hace ahora.

Crecí siendo rechazado y no me victimizó, pero la vida me hizo alguien duro y cuando me enfrento a personas como Sam, aunque él es como de mi familia, prefiero marcar mis límites y rechazar yo, antes que ser rechazado.

Aun así, debo aceptar que Samko, por muy enojado que en algún momento haya estado conmigo, jamás me ha echado en cara mi pasado o de dónde vengo.

El caso es que, cuando las cosas entre Han y Deviant comenzaron a calentarse, preferí abandonar el departamento. Era raro ver a mi hermano mayor y a su mejor amigo, también amigo mío, besarse y acariciarse tal y como lo haría una pareja normal. No digo que ellos no lo sean, en realidad, no sé qué pensar sobre eso…

Es decir, sabía de algunos amigos que había salido antes con chicos, incluso Damián lo había hecho, pero eran simples salidas, Damián jamás se enamoraría de otro hombre, como Han decía estarlo de Deviant y viceversa. No lo sé, no me siento cómodo con ese tema. Pero después de manejar hasta el centro, entré al estacionamiento del hotel.

Preguntar por él y subir hasta la habitación no me tomó mucho tiempo, las mucamas estaban locas por el par de solteros extravagantes que se estaban hospedando en el quinto piso, habitación ochenta y seis.

Cuando entré, todo estaba a oscuras y las cortinas perfectamente cerradas, era algo típico cuando Sam sufría de sus episodios depresivos. Y me sentí culpable por desestabilizarlo de este modo. La habitación estaba fría y casi no podía ver nada, pero los edredones blancos me permitieron divisar el bulto que se escondía debajo de ellos.

Lentamente caminé hasta la orilla de la cama y me senté a su lado. – ¡Sam! ¿Podemos hablar? – Le pedí.

Inmediatamente se descubrió y se sentó de golpe sobre la cama, mientras encendía la luz de la lámpara que descansaba sobre el velador.

– ¿Qué haces aquí? – Preguntó un tanto contrariado.

Estaba hecho un completo lio. El cabello revuelto y el rostro húmedo por el llanto, además de otros tipos de secreciones, a saber, baba y quizá mocos. Pero aunque era algo sucio, no puedo negar que se veía adorable.

Me recordó al niño que corría a mis brazos cuando su padre o Deviant lo regañaban por alguna travesura que hubiera hecho, o simplemente porque era grosero. Por supuesto que yo no era su primera opción, ni mucho menos, pero si en medio de su llanto dramático no encontraba a Damián, entonces venía conmigo y sentándose sobre mi regazo, lloraba hasta que no le quedaba una sola lágrima por derramar.

– ¿Podemos hablar? – Volví a preguntarle mientras que con las yemas de mis dedos recogía sus lágrimas. – ¡Por favor!

– ¿Sobre qué?

– Sobre lo que dije cuando…

– ¡No! – Me interrumpió cortante y volviéndose a cubrir con los edredones, se hizo bolita sobre el colchón.

– Sam… es importante, dejame explicarte.

– ¡Ya lo entendí James! – Me dijo y cuando quise quitarle las sabanas, afianzo su agarré sobre ellas. – De siempre lo he sabido, porque buscas la menor oportunidad para decírmelo. Ya sé que no soy nada para ti. – Su voz había salido rota y herida. Casi podía verlo ahora, llorando de nuevo. – Nunca has querido ser mi hermano… solo soy alguien a quien te ordenaron cuidar. – Me exasperaba, porque aunque en efecto lo dije y la mayor parte del tiempo realmente sentía que era de ese modo, él me importaba.

– Tus “nunca”, “siempre” y tus “jamás” me dan dolor de cabeza. – Le dije molesto – ¿Podemos hablar de esto como dos adultos? No quiero hablar mirándote la espalda. Aclaremos esto de una vez, porque te juro que no estoy para tus berrinches de niño histérico.

A veces desearía tener más control sobre lo que digo o lo que hago. Porque había venido a hacer las paces con él y no para empeorar todo, y ahora estaba aquí, echándole más leña al fuego y arrebatándole las sabanas paras obligarlo a que me mirara.

– ¡Ya basta, Sam! – Le grité mientras lo jaloneaba y lo obligaba a salir de la cama. – ¿Acaso crees que soy uno de esos tantos idiotas a los que puedes traer como perros con cadena? A mí no me vas a chantajear con tus cursis lagrimitas. – No dijo nada, simplemente se quedó ahí parado, mirándome con seriedad. – En verdad estoy harto, de ti, de todo esto… – Espeté mientras nos señalaba a ambos, últimamente discutíamos mucho y ya no quería continuar de esa manera. – No es que no me importes, es solo que no te soporto. No quiero que te metas en mi vida, estoy con Lizet y aunque a ti ella no te agrade, la amo.

– Ella no te quiere… – Prácticamente me lo escupió a la cara. – ¿Qué no te das cuenta que se mete con tus amigos? – No lo vi venir, y me arrepentí en cuanto lo hice, pero para mí, él solo lo decía para herirme. Lo golpeé, no fue nada del otro mundo, solamente lo abofeteé, pero nunca antes lo había hecho y Sam se deshizo en lágrimas justo en ese momento.

Me llevé las manos a la cabeza, estaba alterado y no dejaba de repetirme que no había venido a esto.

– Es tu culpa… – Lo acusé, en un vano intento de sentirme menos miserable. – No te metas en mis asuntos. Y deja que Damián viva en paz, sabes que él no se queda en la ciudad y ha tenido que hacerlo solo porque a ti se te dio por hacer…

– ¡Vete! – Alcanzó a decir. – No voy a olvidar lo que acabas de hacer conmigo.

– ¡De nuevo estas exagerándolo todo!

– ¿Por qué me tratas de este modo? No lo merezco, yo te he querido desde que llegaste con nosotros, y me he preocupado por ti…

– Pues yo no te lo pedí…

– ¿Por qué James? ¿Qué no ves que te quiero?  – No sé porque no dejaba de decir eso, pero solo lograba enojarme más, no quería escucharlo, no quería que dijera que me quería.

– Pues yo no te quiero… Nunca te he querido y creo que jamás te voy a querer. Y detesto que digas que me quieres. – Se lo grité a la cara y él contuvo el aliento por un momento y después me dio la espalda.

SAMKO

– ¡Se acabó! – Gritó. Y aun si creía que nada más podía romperse en mí interior, mi corazón se asustó por esa palabra.

– No digas eso… – Le dije mientras me volvía para mirarlo. James estaba tan molesto y yo tan herido que sin duda nada bueno iba resultar de esta mala combinación.

– Se acabó… – Repitió – Buscate un lugar donde vivir, porque no quiero que vuelvas a casa.

– ¿A dónde voy a irme, si tú eres mi casa?

– ¡Estás loco! – Grito furioso – Solo dices estupideces y ya no quiero escucharte… – Me hablaba con despreció y con la mirada cargada de desaprobación. No quería pensar como me trataría si le dijera que lo amaba.

– Mandas a la mierda a la única persona que puede sacarte de ahí… – No iba a rendirme, no quería hacerlo. Y si iba a golpearme de nuevo o destruirme, que lo hiciera de una vez, que fuera un solo golpe, pero que sea tan certero para que no pueda volver a levantarme.

– Yo jamás te he necesitado… Al contrario, eres tú quien ha vivido pegado a mí, sin importarte si me estorbabas. – Él era muy bueno hiriendo.

Era hábil para hacerme sentir basura o algo peor que eso. Y es que entre más lo quería, él menos me quería, era un amor así, inversamente proporcional, directamente doloroso. Y el dolor a veces te nubla la vista y te lleva a hacer cosas que en tus cinco sentidos, jamás harías. Como besar a quien tanto te ha humillado.

Él estaba histérico y a mí el dolor me estaba hundiendo. Para cuando pude pensar, ya estaba sobre él, besándolo. Sintiendo la suavidad de esos labios que había anhelado por tantos años. Pero poco me duró el gusto. Y lo que siguió después, fue solo dolor, puro y punzante dolor. Y aun a sabiendas que podía defenderme, porque Damián me había enseñado a pelear, no metí ni una sola mano, yo no lo lastimaría, preferiría morir antes que dañarlo con un golpe. Se detuvo hasta que se cansó, y por suerte yo dejé de sentirlo casi a la mitad.

Lo vi salir de la habitación y ni siquiera se tomó la molestia de voltear a verme, me dejó ahí, sobre el frio piso. Era de familia, cuando hacíamos algo, lo hacíamos a lo grande. Incluso cuando nos equivocamos, lo arruinábamos a lo grande.

Si era dolor lo que había buscado, en verdad que lo conseguí. A estas alturas pensaba que me había engañado creyendo que él me tenía por lo menos, un poco de afecto. Y aun con todo no me arrepentía de nada. Habíamos tenido muy buenos momentos cuando éramos niños, aun si ahora, con todas esas hirientes palabras yo había resultado ser tan poquito para él. Me quedaba tranquilo, porque de mí le había dado todo, había amado sus cosas buenas y las malas también las perdone. Al menos, había sido de ese modo hasta hoy.

Por incluso alguien como yo podía comprender que hay cosas que no están destinadas a ser, y sí de su boca había salido el dejarme y echarme de su lado, entonces, aceptaba mi derrota. Y solo podía desearle que fuera feliz. Y aun si el alma se me destrozaba de dolor, ahora solo iba a darle lo único que yo había recibido de él… NADA.

TERCERA PERSONA

Deviant se sentó sobre sus rodillas apartándose de Han. Le sonreía de medio lado y este último le reprochaba con la mirada la infamia a la cual el castaño le había sometido. Era una pequeña venganza por haberlo hecho sufrir tanto. Eso pensaba Deviant.

– No es gracioso… – Le dijo amenazante Han.

Deviant iba a contestarle pero Han casi se aventó sobre él, haciendo que el brazo del castaño doliera cuando se dio con violencia contra el colchón. Sin perder más tiempo retiró todas las almohadas y los edredones. Dejando al castaño recostado por completo sobre el colchón.

– ¿Han?

– ¡Silencio! – Ordenó el de ojos negros. Estaba molesto e iba a cobrarle y con creces, la osadía del castaño.

Con una de las fundas de las almohadas, ató a Deviant de su brazo bueno a la luneta de la cama. Y sujetando la camisola que debía sacársela por el cuello, la tomó por la base y la desgarró con fuerza, mientras lo aprisionaba entre sus piernas.

Se detuvo solo un momento, el torso de Deviant también estaba herido, grandes manchas moradas contrastaban contra su piel blanca. Y del lado izquierdo, justo debajo de sus costillas, había una gaza blanca sostenida con cinta médica. Lentamente subió la mirada hasta encontrarse con la del castaño que le miraba con seriedad.

– No pases tu vida con quien puedas vivir… – Susurró Han.

– Pasa tu vida con la persona sin la que no puedes vivir… – Respondió Deviant mientras le sonreía.

Entonces, deslizándose con cuidado por sobre el cuerpo del castaño, Han llegó hasta sus labios y los beso con cuidado, con una mano intentaba sostenerse para no cansarlo y con la otra subió hasta la mano atada de Deviant y entrelazó sus dedos.

Deviant sintió que esos espacios entre sus dedos no había sido hechos para ser compartidos con nadie más que con Han. Se unían a la perfección y el vínculo entre ellos se estrechaba.

Los besos continuaron suaves, pero sus cuerpos se rozaban y entrelazaban con una sed voraz de caricias que les provocaban suspiros que se ahogan en sus bocas. Más besos apasionados y palabras dulces, vinieron acompañadas de gemidos cortos y algunos un poco más largos que ninguno de los dos se preocupaba por controlar o esconder.

El agarré sobre esa mano unida y esos dedos entrelazados, se intensificaba a medida que Han se movía con frenética violencia contra la hombría de Deviant, desesperándolo, encendiéndolo, sacudiéndolo, cautivándolo, seduciéndolo.

Sin el estorbo de la ropa, fue bajando lentamente por su cuello, repartiendo besos y mordiéndolo con suavidad, no le dejaría marcas, al menos, no en donde fueran visibles y Damián pudiera reclamarle por ello. Siguió por su pecho y las clavículas de sus hombros. En camino recto, llegó sin detenerse hasta su ombligo, no planeaba dejar un solo espacio de ese hermoso cuerpo, sin besar ni acariciar. Cada cosa en su lugar, coda musculo perfectamente tonificado, era tanto como tener debajo de sí, a una escultura que había sido tallada a voluntad, delineada y perfeccionada, no había una sola cosa en ese cuerpo, que no le gustara.

Deviant se removía ansioso debajo de él. Intentaba liberar su mano para poder detener a Han, ya sabía a qué iba todo eso y no lo quería de esa manera, o por lo menos, eso era lo que le gustaba decir. Han siguió por su vientre lamiendo y besando de manera alternativa, mientras se deshacía de los pantalones del castaño.

– ¡Han! – Le nombró y Deviant había sonado tan necesitado que el aludido levantó la mirada encontrándose prontamente con los ojos de quien amaba.

Así que de esto se trata hacer el amor, ver lo hermoso que es el hombre al que amas, compartir este momento íntegramente con él, ver en sus ojos el inmenso amor que siente por ti, y todo ese torrente de placer que tus atenciones le producen, sentir su frenética respiración y los cambios que tiene su cuerpo. De esto se trata hacer el amor. Han no podía dejar de pensar en estas cosas mientras se perdía en esos ojos cafés.

– Tranquilo… todo va estar bien. – Con la promesa recién hecha, subió a sus labios y se las arregló para desatarlo y acomodarle un par de almohadas por detrás de la espalda, entonces acomodándose a su lado, volvió a repartir besos por el pecho desnudo de Deviant y atrapando uno de sus pezones, comenzó a estimularlo con sus labios, y después el otro. Los besaba y lamia con una devoción irreverente y el castaño gemía y apretaba con fuerza los ojos, pero abrazándose como pudo a Han, se dejaba hacer.

El de ojos negros parecía querer fundirse en el cuerpo de su amante, pues a cada segundo buscaba la manera de acercarme más a él, que importaba si ya estaban piel contra piel, Han lo quería, lo necesitaba aún más cerca. Abrazándose a las piernas del castaño, comenzó frotar su cadera contra los muslos de Deviant, mientras volvía a atacar sus labios.

Su mano fue bajando lentamente por el abdomen del castaño hasta que se situó sobre su hombría y comenzó a sobarla aun sobre la tela.

– ¡Súbete! – Pidió Deviant y Han obediente se sentó sobre él de manera que sus miembros se rozaran, y comenzó ese vaivén delicioso que le arranco suspiros y gemidos roncos al castaño. Han parecía cabalgarlo, o más bien, su ritmo era como el de las olas del mar, venía y se alejaba de orilla, coqueteando con la arena, mientras sus labios se exigían besos más pasionales y profundos.

Han pensaba que Deviant no podía ser más masculino y al mismo tiempo un ser tan tierno y sensible que sin importar que, no dejaba de suspirar.

Lo volvía loco, lo derretía. Pero ansioso por obtener más, volvió a tirarse a su lado y se deshizo de la ropa interior del castaño. Lo que sus ojos veían le gustaba, la erección de Deviant era imponente y de imaginársela en su boca, contuvo el aliento, pero primero comenzó un acercamiento tímido, envolviéndolo con su mano, comenzó a masajearlo.

Deviant se sacudió con fuerza y para cuando quiso atraparlo, Han ya estaba con su miembro erecto frete a su hermoso rostro.

– No lo hagas… – Pidió el castaño avergonzado.

– Por supuesto que lo voy a hacer… – Respondió Han y sin más, lo lamió desde la base hasta la punta, de ida y vuelta, humedeciéndolo y acariciándolo al mismo tiempo. Mientras gemidos roncos y masculinos se dejaban escuchar desde lo más profundo del pecho del castaño.

Han lo besaba y lamía con devoción, o peor aún, como si tratase del más sabroso de los dulces. Con los ojos cerrados y disfrutando de lo que hacía, intentó meterlo completo en su boca, lo envolvía con sus labios, oprimiéndolo con suavidad. Acomodándose frete a su hombría, también beso sus testículos, los lamio y los acaricio con sus labios, estaba comiéndoselo completito, sin desperdiciar absolutamente nada.

– ¡Mirame! – Ordenó Han.  Y Deviant avergonzado, le observó detenidamente mientras lo lamia, veía como esa lengua voraz envolvía su hombría y lo empapaba de saliva. La mirada fiera de Han era no solo sensual, también era sexual y erótica. – Me encanta ver cómo te muerdes los labios…– Y en cuanto lo dijo, Deviant dejó de hacerlo, en realidad, no había notado que lo hacía, pero le avergonzaba que Han se lo dijera. – ¿Estás listo?

– Espera… – Intentó decir Deviant, mientras hacía gesto de querer sentarse, pero Han lo empujó con suavidad para que volviera a recostarse. – Lo siento, todo lo has hecho tú…

– ¡Esta bien! – Le dijo mientras lo detenía – Tú también lo estás haciendo de maravilla.

– Pero…

– No voy a aguantar mucho tiempo más… – Confesó y sin más se dejó caer aun lado de Deviant – Solo prometeme que… – Se detuvo inseguro. – No importa… – Continuó – ¡Ven aquí!

Primero terminó de desvestirse, y después saco un botecito pequeño de su pantalón y subiendo a Deviant sobre sus piernas lo acomodó entre ellas.

– ¿Por qué andas con esas cosas?

– Porque venía a verte… – Confesó Han, mientras destapaba el botecito.

– ¡Desvergonzado!

– Ya vez lo que me provocas… – Le respondió mientras le sonreía y vertía parte del líquido sobre la virilidad de Deviant.

– ¿Estás seguro que no debo hacer eso yo?

– Completamente mi amor… – Le dijo – Ahora deja de hablar y comienza a moverte.

– ¿Es eso lo que quieres? – Preguntó amenazante.

– Solo recuerda lo mucho que me amas mientras lo haces… – Respondió con menor ímpetu, incluso un tanto intimidado. – Eso y que tal vez necesite volver a caminar algún día.

Deviant sonrió divertido, incluso alguien tan valiente como Han podía tener su lado dramático.

El castaño enternecido ante el temor de Han, lo acaricio, lo beso y le prometió tantas veces como las creyó necesarias, que no lo lastimaría, y le regaló cientos de palabras plagadas de ese amor contenido que le profesaba.

Lo sedujo y se tomó su tiempo para cortejarlo, para hacerle sentir lo valioso que era y lo mucho que lo ama. Y solo después, y con el mayor de los cuidados, se fue abriendo camino mientras sentía como Han clavaba sus uñas en su espalda. Deviant lo hacía con tanto cuidado y sin embargo, su amor, había cerrado los ojos con fuerza y se sujetaba a él como si su vida dependiera de ello y a pasar de todo, ahí estaba en ese rostro bonito, aquel gesto del dolor que es imposible de disimular.

– ¿Te estoy haciendo daño? – Preguntó mientras se detenía.

– ¡Estoy bien! – Aseguró de inmediato el de ojos negros, mientras que con un gesto le pedía a Deviant que lo besara.

– ¿Y esa lagrima? – Insistió el castaño preocupado.

– Es de felicidad mi amor… porque nuevamente estamos juntos.

Palabras tiernas que fácilmente podrían confundirse con la simple cursilería, pero ellos se amaban y sus palabras eran sinceras, francas y dulces, como dulce era su amor.

Si tuviera que, Han diría que la penetración fue asombrosa. Que el sentir la piel caliente y resbaladiza de Deviant, mientras se unían en medio de roces y opresiones era lo más placentero que en su vida había experimentado.

– Amo estar dentro de ti… – Soltó el castaño en cuanto estuvo por completo en el interior de su amado. Y Han sintió que no podía sonrojarse. Que su piel ya había llegado al límite del enrojecimiento. – Amo cuando te avergüenzas, y te quedas callado…

– ¡Basta!

– ¡Te amo! – Le dijo y volvió a sus labios, dándole un poco de tiempo para que Han se acostumbrara a la intromisión. Y no dejaron de besarse hasta que este comenzó a moverse lentamente, dejando en claro que estaba listo.

Fue entonces que Deviant colocando su frente sobre la de Han, comenzó a envestirlo mientras sus miradas se unían de la misma manera en la que lo hacían sus cuerpos. Y entonces la habitación se volvió tan pequeña que lo único que podía oírse eran respiraciones agitadas, gemidos y suspiros estruendosos, eso y los ruidito que sus cuerpos hacían cada que se rozaban.

Han por momentos cerraba los ojos pero al sentir la mirada de Deviant, volvía a abrirlos y lo enfrentaba, respondía a todas esas promesas de amor que el castaño le hacía con los ojos. Y en cada nueva embestida se entregaban como si no se pertenecieran.

– ¡Más rápido! – Suplicó Han.

Y Deviant le dio lo que quería. Como si hubiese esperado que se lo pidiese, lo penetró con fiereza, con ansiedad. Y han gimió y forcejeó como si quisiera apartarse, pero Deviant supo cómo retenerlo, porque en el fondo sabía que lo en verdad quería era acercarse, y lo sabía porque él también estaba librando esa batalla.

Los jadeos involuntarios comenzaron a escucharse por parte de ambos, Han ya no parecía en estar en sus cinco sentidos y Deviant continuaba entrando y saliendo por completo de él, cansado y sudado y al mismo tiempo sintiéndose frustrado porque su mano herida no le ayudaba y la que lo sostenía comenzaba a entumirse.

– Deviant – Suplicó con voz ronca. – Deviant… por favor. – Imploró Han y de nuevo intento huir de su amante al no soportar el éxtasis que le estaba provocando.

– Aun no… – Deviant se las arregló para retenerlo debajo de él y en vez de salir de su interior, presionó más hacia adentro hasta hacerlo gruñir. – Todavía no. – Repitió. –Tenemos tiempo y quiero seguir escuchándote gemir.

– No quiero hacerlo…

– Si lo quieres… gimotea y solloza, aunque no quieras, igualmente tendrás que hacerlo. No podrás evitarlo. Quiero acerté suspirar, quiero que sientas que tu corazón está a punto de romperse… – Y mientras hablaba más y más intentaba entrar en su amado. – Grita Han, grita de deseo hasta que estalles en mis brazos, porque solo así sabré que te di placer.

Con esas palabras Han sintió como un torrente subía por sus muslos y le sacudían con fuerza mientras se disparaba como un dardo y cada centímetro de su cuerpo se estremeció. Sus manos cayeron laxas e indefensas sobre el colchón, mientras su espalda se arqueaba, incluso levanto un poco a Deviant. Para desplomarse justo después. No le importó en lo más mínimo los ruidos que había hecho mientras todo esto pasaba, pero la sonrisa de Deviant prometía que había dicho demasiadas incoherencias.

Sentía su sangre palpitar en la palma de sus manos y el movimiento que Deviant continuó haciendo en su interior, resultó una exquisita tortura. Deviant volvía a empujar con todas sus fuerzas, aplastándose contra él. – Así, mi amor… pero esta vez juntos. – Vez tras vez fue contra él con brutal exquisitez, como anclándose en su interior. Y los besos y miradas no se hicieron esperar, hasta que nuevamente gemían ambos.  Fue en menos tiempo, Deviant ya no podía sostenerse más. Un gritó ahogado se le escapó a Han y el que Deviant había emitido se escuchó casi tan indefenso como el suyo.  Y entonces, ambos supieron que se habían dado placer.

ARIEL

Me miraba con tal incredulidad que comencé a sentirme mal. Sus ojos dorados estaban fijos en mi rostro, y la expresión de incertidumbre no se apartaba de su semblante, y aun con todo, esa sonrisa de medio lado, no se había apartado de sus labios.

– ¡Tengo que irme! – Le dije de improvisto, terminando con ese silencio que se había hecho entre nosotros y que ya no soportaba.

Mi ser entero ardía de la vergüenza. ¿Qué pasaba conmigo? O peor aún… ¿Qué me pasaba con él? Había estado a punto de… ¿besarlo? Y lo mejor, o peor, lo había deseado como nunca nadie más. Sus labios me arrebataban de la realidad con la fuerza del magnetismo propio de dos polos que siendo opuestos, se atraen y se complementan. Estaba perdiendo la razón. Y él me asustaba porque mi juicio no funciona cuando estoy en su compañía.

– De ninguna manera… – Respondió y pasándome el brazo por la cintura me obligó a que se sentara de nuevo junto a él. – ¡Aun tengo preguntas! – Explicó – Y hasta donde tengo entendido, también las tienes tú…

– Es que… hace frio…– Terrible excusa, lo sé, pero esto se me estaba saliendo de control, y la manera en la que aferraba su agarré sobre mí, me ponía muy nervioso… terriblemente nervioso.

– Podemos caminar… – Sugirió y por la forma en la que lo dijo pude notar que así como yo buscaba pretextos para irme, él los buscaba para que me quedara. – O si lo prefieres, te puedo abrazar. – Me susurró con cierta confidencialidad y su sonrisa se ensanchó.

Y ante tal hecho me preguntaba quién sería capaz de negarle algo. Porque yo no, simplemente no podría.

– ¡Caminemos! – Respondí y él asintió con cierta decepción. – ¿A dónde quieres ir? – Pregunté de inmediato, no quería pensara que lo había rechazado o algo por el estilo, pero como iba a decirle que también hubiera preferido que me abrazara.

– Todos los caminos llevan a Roma… – Agregó mientras se ponía en pie y colocándose frente a mí, volvió a extenderme su mano para que la tomara. – Para mí tú eres Roma. Cualquier camino está bien para mí, sí me lleva a ti.

Sus palabras daban directo en mi corazón, obligándolo a que latiera mucho más rápido de lo normal, a tal punto que ahora dolía. Me conozco, y me asusta, porque sí él continua diciendo todas esas cosas que me halagan, que anhelo y sobre todo que necesito, entonces tal vez… yo podría necesitar quererlo.

– ¿Soy un montón de arquitectura antigua? – Bromeé en un intento de menguar las voces en mi cabeza. Y sujeté su mano, pero tuve que empujarlo despacito para que pudiera ponerme de pie, pues él estaba justo delante de mí.

– Me refería a que eres como Roma…– Explicó y de nuevo sonreía – La cuna de todo lo bueno, la ciudad eterna, la capital del amor… – Elevé la mirada para encontrarme con la suya cuando dijo esa última frase ¿la capital del amor? ¿Amor? Es estúpido, no debería de emocionarme tanto por esas palabras, él había dicho que no le gustaban esos sentimientos. –La capital de dos Estados… – Continuó pero de la nada se puso muy serio – Y sobre eso… ¿Qué hay entre tú y ese otro estado?

– ¿Qué?

– Tu ¿“amigo”?… El de la cafetería…

– ¿Axel? – Pregunté confundido, ¿acaso no estábamos hablando de Estados? No estaba logrando seguir el ritmo de esta conversación. Damián asistió y con un ademán me invitó a caminar.

Con cuidado, guarde en la cajita las tres flores que me había obsequiado. Y comencé a seguirlo.

– Así que se llama “Axel”…

– ¡Ah, sí! ¡Se llama Axel! – Respondí extrañado. – ¿Qué pasa con él?

– ¡No es justo! – Reprochó y con aire resentido continuó – Yo pregunté primero y no me has respondido – Lo miré aturdido, en verdad no podía seguir el hilo de la plática. Él pareció comprenderlo y revolvió mis cabellos con su mano. – ¿Tú y él…? Ya sabes… – ¿Ya sé? Pero si yo no sé nada… – ¿Es enserio? O solo quieres obligarme a preguntarlo directamente… ¿Por qué me miras como si te estuviera hablando en otro idioma…?

– Lo siento… es que estábamos hablando de Roma y después… de los Estados, entonces tú preguntaste por Axel y… – Todo cobró sentido en mi mente mientras hablaba, fue como si algo me iluminara y al mismo tiempo, me obligará a detenerme un momento. – ¡No! – Solté de inmediato. – No, él y yo no… No.

– ¿No?

– ¡No!

– ¡No…! – Repitió la frase – ¡Me gusta esa respuesta! Pero quizá deba insistir, porque él parece estar muy interesado en ti.

– ¿Axel?

– Viéndote… – Agregó mientras me recorría de los pies a la cabeza – No es que dude de que haya más de uno, pero sí, me refiero a él. – Ahora que caminaba a mi lado parecía más alto de lo que originalmente creí y sentí un poco de envidia por él – Quizá es solo mi imaginación pero me parece que se siente con muchos derechos sobre ti y eso solo puede significar que le has dado motivos para que crea algo así, o el tipo de plano es muy insolente y atrevido.

– Me siento muy mal por eso… Él es un buen amigo, ha sido muy amable conmigo desde que llegué aquí. Desearía haberle dicho que no cuando aún podía hacerlo, nos hubiéramos evitado muchos sinsabores.

DAMIÁN

Entonces Ariel dijo –…Desearía haberle dicho que no cuando aún podía hacerlo… – Y como si mis pies se hubieran pegado sobre la nieve, no pudo moverme. ¿Eso quería decir que ellos estaban juntos? ¿Qué lo que había visto en la cafetería cuando ese tipo le abrazó era porque ellos estaban en una relación? Odie la idea en cuanto la pensé.

Y me enoje porque nadie me quita, ni presto lo que es mío.

Quise gritarle, que se sintiera igual o peor de lo ahora yo me sentía, pero aun estando a mi lado, Ariel jugaba con las hojas de los árboles, pateaba las piedritas del camino o incluso intentaba sostener los copos de nieve que habían comenzado a caer. Era como un cachorro travieso y reflejaba la inocencia de sus palabras.

– Entonces… ¿estas con él o no? – Le pregunté tajante y de inmediato se detuvo y me sostuvo la mirada. No sé qué expresión debió haber visto en mi rostro, que retrocedió un par de pasos cortos. – ¿No vas a responder? – Le presioné.

– No, no estamos juntos… Pero acepté pensarlo, le prometí que lo intentaría, y que el día de la fiesta de la Universidad le daría mi respuesta. Pero… después de lo que paso hoy, espero que le haya quedado claro que no planeó seguir con eso. No estoy con él, ni con nadie…

Lo dijo todo sin apartar la mirada de mí. Me miraba con tal seriedad que por un momento creí que le había molestado mi actitud. Pero cuando dejó de hablar, volvió su vista al frente y continuó caminando. No me espero y tampoco se volteó para ver si lo seguía. Simplemente me dejó ahí. Y supuse que en yo estaba incluido en eso último que dijo.

– Pero basta de mí… ¿Qué hay de ti y ese chico? ¿Cómo se llama…? ¿Sam? – Agregó mientras se volteaba y me ofrecía una hoja que había cortado.

– Estamos viviendo juntos… – Le dije en cuanto sostuve la hoja.

Sus ojos azules se abrieron presas de una sorpresa que aunque quiso disimular, había quedado más que manifiesta.

– Sé nota que te quiere mucho… – Se limitó a decir, y no le importó demostrar que había perdido el completo interés por este asunto. Como si todo lo que yo hubiera hecho y dicho hasta ahora le hubiera decepcionado.

– Lo normal… – Aseguré con suficiencia. Ariel me miró de una manera que no supe descifrar, había levantado un poco la ceja pero sin que llegara a mostrarse molesto o altanero. – Me quiere porque lo consiento y “le doy lo que me pide”… – Quería comprobar por mí mismo si en verdad se pondría celoso. – Es tan ocurrente, pero también es muy complaciente conmigo…

– ¡Que afortunados! – Me interrumpió y se mostró cortante al hablar.

– Tal vez quieras conocerlo… – Me miró con cara de que no, definitivamente no quería conocerlo. Reí para mis adentros, incluso molesto se veía curioso.

– Parece ser un chico muy celoso, quizá no sea lo correcto…

– ¿A caso no todos los hermanos menores lo son? – Me hice el que no sabía nada, él no oculto su desconcierto y me miró suspicaz.

– ¿Tu… hermano?

– ¡Claro! Samko es el menor de mis hermanos… – Se hecho la carcajada y me miró divertido, ha puesto a que ni siquiera se le había cruzado por la mente, tal posibilidad.

– ¿Cuántos son? – Sin poder comprender el porqué, me causó gracia el que le emocionara tanto, en lo personal, no me alegraba tener tantos hermanos, dan mucha lata y son exigentes.

– Son tres… Deviant, James y Sam. – No pensaba decir nada más al respecto. Pero al cachorro pareció serle suficiente – ¿Y tú? ¿Acaso tengo parientes sin conocer? – De nuevo reía y me miraba con el entusiasmo del principio, pero en cuanto quise indagar se mostró reservado, los estaba ocultando de mí de la misma manera en la que yo lo había hecho, lo más probable era que debían ser menores que él.

– Tengo un hermano… Su nombre es William. – Él nombre me resulto familiar, era el mismo nombre que aparecía en la contraportada del libro. También reí, él no había tenido que alardear sobre lo bien que se llevaban y sin embargo, igualmente me había molestado un poco cuando lo leí. – Es mayor que yo.

– ¿Él no vive aquí?

– No, se quedó con su familia en Arizona.

– ¿Con su familia? – Pregunté curioso. Eso solo podía significar una cosa – ¿No son hermanos de sangre…? – Ariel detuvo la exploración que hacía entre la maleza y se giró para mirarme. Llevaba otra hoja en la mano y de nuevo me la ofreció.

– Somos hermanos… – Aseguró mientras me entregaba la hoja – Tuvo un accidente hace ocho meses, y doné de mi sangre para él, de esa manera nos volvimos hermanos también de sangre.

– No creo que funcione de esa manera… pero entiendo el significado. Mis hermanos tampoco lo son de sangre, aunque para mí es como si lo fuesen. – Confesé, de alguna manera era cómodo para mí, el poder hablar de estas cosas con él, porque eran importantes y porque sentía que me comprendía. Entonces, ya no había necesidad de esconderlos.

– No hubiera preferido que sea de otra manera. William me eligió como su hermano, no tuvo que quererme porque había nacido después de él o porque de alguna manera el ser familia nos obligaba. Él me eligió… – Recalcó claramente orgulloso – y yo lo sigo eligiendo a él cada día desde entonces… Es mi hermano, él es mi familia, y nos contamos todo el uno del otro.

– Creo que ambos tienen suerte… Mis hermanos me esconden cosas todo el tiempo, ellos creen que no lo noto, pero puedo distinguir cuando me mienten.

– Es normal tener secretos ¿Acaso tú no les ocultas cosas? – No esperaba que le respondiera, simplemente quería hacérmelo entender – Por alguna razón hay cosas que nos da mucho trabajo decir, quizá porque tememos a la reacción de la otra persona, porque no queremos que se enoje o se decepcione. Pero mi hermano me enseñó que si no le puedes contar la verdad a la gente que más te importa, al final dejas de decirte la verdad a ti mismo.

– ¿Y cómo es que te enseñó eso?

– Es una historia un poco larga… – Fue mi turno de buscar una piedra y limpiarla, entonces me senté y le ofrecí un lugar a mi lado. Ariel accedió y vino a mi lado – ¿Te importa? – Le cuestioné mientras le pasaba mi brazo por el cuello y lo atraía ligeramente contra mí. Al principio se rehusó, pero poco a poco fue cediendo. – Es mejor así… ¿no crees? – Apenas y si medio asintió pero conforme fue relatando su historia también se fue relajando.

– Sucedió cuando debía mudarme… No quise decirle, porque somos muy unidos y en ese momento que estaban sucediendo tantas cosas en mi vida y él en cambio estaba teniendo un periodo de paz, no quería angustiarlo, ni que entristeciera. Pero cuatro días antes, me llegó un correo de la aerolínea donde me avisan de un cambio en el itinerario. Vio que llegó el mail y lo abrió, nos tenemos esa confianza. Obviamente se enojó mucho conmigo, y sin decirme nada, salió de mi casa azotando todo.

Me asuste, porque Will no es así, lo llamé infinidad de veces, incluso fui a su casa y me ignoró durante dos días, al tercero en la mañana, muy tempranito. Ya no lo soporte más y fui a buscarlo. Como de costumbre estaba solo en su casa y aunque toqué el timbre y grité hasta el cansancio él no tenía intención de abrirme la puerta. Así que subí por el enrejado del jardín que da hacía una pequeña terraza del segundo piso. – Conforme hablaba iba haciendo formas con la mano como para que pudiera imaginarme lo que relataba y en verdad funcionó.

Casi podía verlo trepando por entre los rosales amarillos y los muchos rasguños que sufrió debido a las espinas. No podía negarle que era un cachorro con mucha determinación y valor. Incluso cuando casi estando ya por llegar a la terraza y su pie se había enredo con las otras plantas y casi se cae, ni por eso se acobardo. Por fortuna William salió en ese momento ayudarlo, y sujetándolo con fuerza, lo subió y no lo soltó hasta que ambos estuvieron seguros.

– Lloró, me reprochó el que no le hubiera contado… Incluso levantó la mano y creí que me iba a golpear, pero terminó estrellando el puño contra la pared. Verlo de esa manera me dolía, era justamente lo que había querido evitarle. Fue entonces que me dijo esa frase, y me explicó que a las personas que se les quiere no se les tienen secretos. Dijo que de haberle contado hubiéramos hecho cosas distintas y que hubieran sido memorables para ambos, en vez de la rutina de siempre.

– ¿Te arrepientes?

– No, por supuesto que no… Lo medite con mucho cuidado y llegué a la conclusión de que en ese momento la decisión que tomé había sido la correcta. – La convicción y seguridad con la que hablaba iban reforzado mis apreciaciones respecto a él. – Además; me gustaba nuestra rutina… aun si solo jugábamos videojuegos, o él leía y yo dibuja, aunque cada uno en su mundo. En su casa o en la mía, pero estábamos juntos y eso era lo más importante para mí.

– ¿No salían? No es que diga que hacer esas cosas sea aburrido…

– Mis primeros siete años de vida los pase en Canadá. Aunque no era tan bonito como Sibiu, teníamos un lago que daba a la parte trasera de la casa y aunque la mayor parte del tiempo estaba congelado, amaba estar ahí. Arizona fue un encierro para mí, una jaula en la que sentía que me ahogaba. Will era paciente conmigo en ese sentido, y si no era realmente indispensable, entonces no salíamos, salvo para ir a la escuela o cuando él tenía alguna cita.

– ¿Te llevaba a sus citas? – Pregunté incrédulo. No podía imaginarme llevar a Sam conmigo a algo así.

– ¡Sí! – Se rio y se abrazó así mismo. La nieve caía con más fuerza, como si fuera lluvia, nos protegía un árbol frondoso que estaba detrás de nosotros, pero aun así, la temperatura comenzaba a descender. – William me llevaba a cualquier lugar que fuera, por supuesto, ir a sus citas era incomodo, y siempre me alejaba de ellos.

– ¿Tu lo llevabas a tus citas? – Levantó el rostro y me miró con cierta preocupación, para después volverla al frente y mirar a la nada.

– No soy alguien muy sociable, así que yo no tuve citas… – No se lo creía, aquí siempre estaba rodeado de gente.

– Pero no lo dices con pesar…

– En ese tiempo no me importaba, no necesitaba ese tipo de sentimientos…

– ¿Y ahora? – Quise saber.

– No lo sé…

– ¿Estás seguro que no lo sabes?

– En este momento… hay mucha soledad en mi vida. – Eso si lo dijo con pesar y fue extraño ver esa otra parte de él, toda su alegría y entusiasmo, incluso su curiosidad, todo se apagó. – Lo que menos deseo es que solo porque hay un vacío en mí, lo pretenda llenar con alguien que no tiene culpa de mis problemas. Por supuesto que quiero sentirme amado, pero creo que primero debo convertirme en alguien que merezca serlo.

– Alguien que merezca ser amado… – Nunca había pensado en eso. – Hay algo raro en ti cachorro. – Aseguré y lo acerqué un poco más en mí. – Eres la primera persona a la que le escucho decir y le veo preocupada por ese tipo de cosas, la mayoría se lanza a la aventura con egoístas pensamientos, imponiendo sus deseos y necesidades. Yo lo hecho toda mi vida. – Confesé – Pero sabes… no creo que debas tan severo contigo, si alguien como tú no merece ser amado, entonces, nadie en el mundo lo merece.

– ¿Quién eres realmente? ¿Por qué me haces sentir de esta manera, este calor en mi pecho? – Apartándose un poco de mí, buscó que nos miráramos. Y sin exagerar puedo presumir que por primera vez en mis veintiséis años había sido completamente honesto con alguien y como recompensa obtuve ese semblante completamente conmovido. Mirar sus ojos era tanto como mirar un cielo despejado, profundo e infinito. – ¿Por qué me siento tan cómodo cuando estoy contigo? – Una de mis manos subió hasta su rostro y lo acarició, ahora mismo tenía ese aire tan frágil, que temía que mis caricias toscas pudieran lastimarlo. Despacio me acerqué a su rostro y bese su frente. Fue el gesto más noble que ha salido de mí. Era como si Ariel pudiera despertar una parte de mí que no sabía que tenía. Él me correspondió y sus manos me tocaron de nuevo y estirándose beso mi mejilla.

Cosas simples, besos que fácilmente pudieran dejar de considerarse besos y sin embargo, jamás había tenido tanta intimidad con alguien. Y por primera vez en mi vida me sentí desnudo, y tuve vergüenza por lo que soy, por mi pasado turbio frente al suyo claramente limpio. Sentí asco de tocarlo con mis manos manchadas de sangre, y de que mis labios le acariciaran después de todas esas personas con las que he tenido sexo.

Lo peor fue ir sintiendo como a poco a poco me llenaba de miedo, este no era yo. Si bien, con otras personas me había mostrado de esta manera, había sido solo para gustarles, pero no por ellos, sino por mí. Porque me alimentaba de los sentimientos que ellos depositaban en mí. Jamás los vi por quienes eran, jamás me importó entenderlos, ni ellos ni ellas me importaron, simplemente estaban ahí para mí. Eran simples piedras en mis zapatos de las que me deshice cuando me aburría de ellos.

Sin sentimientos que pudieran perturbarme, sin obsesiones, jamás había tolerado la incertidumbre que ahora mismo me carcome, sin temores, ni pensar en sentimientos honestos o reales, había vivido de ese modo siempre. Y ahora él estaba entre mis brazos y luchaba porque el animal en mí interior, aun deseaba saciarse con él y el hombre por su parte, deseaba conservarlo.

Sentía algo por él y fingir lo contrario sería una total pérdida de tiempo.

– ¡Damián…! ¿Qué sucede? – Me cuestionó alarmado y hasta ese momento no había notado que contenía el aire y que mi cuerpo entero estaba tenso. Mis brazos se cerraban con fuerza sobre él, como si mientras divagaba en mis pensamientos hubiera temido que se me escapara.

– Estaba pensando en lo que dijiste… – Respondí y suavicé el agarré sobre él, pero sin llegar a soltarlo.

– He dicho demasiadas cosas…

– Lo sé… escuché cada palabra de todo lo que has dicho. – Le aseguré y de nuevo acaricie su rostro. – Pero tal vez quisieras tener una cita conmigo…

SEGUNDA PERSONA – LA OPINIÓN DEL AUTOR.

He escuchado decir a mucha gente que el lenguaje del amor es mudo. Y es debido a eso a que muy pocas personas lo comprenden, y hasta ahora, quizá nadie lo ha hecho a plenitud y sea algo que nunca nadie lograra.

Pero aun en medio de tanta confusión hay algunos que buscan el amor, tal y como seria en el caso de Sam y Ariel, que a pesar de ser jóvenes van por la vida con una idea clara de lo esperan encontrar y luchan con la convicción de no aceptar menos de lo que se sienten merecedores. Están deseos de sentimientos reales y maduros.

Otros más lo están encontrando, a saber; Deviant y Han. Ellos están probando la fuerza de un sentimiento que es reciproco y que se entrega con convencimiento. Ambos llagaron con experiencias desastrosas de sus relaciones pasadas, y aun que Han lo supo desde el principio, espero con paciencia a que Deviant se diera cuenta que todo lo que había estado buscando y lo que necesitaba, él podía dárselo.

Otros, como James, están perdiéndolo, por miedo, por negarse a lo desconocido, por falta de honestidad así mismo. Aunque es cierto, hay sentimientos que simplemente no pueden surgir, a pesar de que vengan de alguien tan importante como lo es Sam para él. Y entonces, peor que perderlo, es el hecho de ser uno mismo quien lo rechace.

Y por último se encuentran los que están evitándolo. Damián por ejemplo, ha vivido de tal manera que simplemente dejarse llevar por los sentimientos que comienzan a aparecer, será la proeza más grande de su vida. Algo que no se dará de la noche a la mañana. Después de todo, se dice que los hábitos aprendidos son los más difíciles de cambiar. La sombra de todo lo que ha sido lo seguirá y lo hará caer, tropezar, y herirse a sí mismo y a quien pudiera llegarlo a amar. Y todo será peor cuando tenga que enfrentarse a esa voluntad de hierro que caracteriza a Ariel, entonces quizá, el niño no solo logre sacar lo mejor de Damián, sino también lo peor.

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