Capítulo 9: Lluvia de Estrellas

Y cuando sonríe… ¡Demonios! Le hace un favor al mundo…

 

TERCERA PERSONA

La tarde y la nieve caían a una velocidad vertiginosa, era como si el tiempo acelerando su curso, jugara en su contra, como deseando separarlos. El sol escondido entre las nubes, se despedía de ese día, dándole paso a la oscuridad de lo que debería ser una estupenda puesta de sol. –…Pero tal vez quisieras tener una cita conmigo… – Había dicho Damián y ambos se mostraron demasiado sorprendidos ante la propuesta.

Era la primera vez que alguien le hacía un ofrecimiento de ese tipo al menor, y también era la primera vez que Damián invitaba a alguien a algo de este tipo. Eso y sin mencionar que ambos eran chicos. Una cosa era un coqueteo informal que no pasara de eso y otra cosa muy distinta, era que sostuvieran una cita.

Damián repaso mentalmente todo lo que sabía sobre citas y resultó que en esencia, no sabía mucho al respecto, por no decir que no sabía nada. Lo que él había tenido con las personas de su pasado no había tenido tiempo de llegar a las citas, por lo general era algo que se saltaban y de un intercambio de palabras simples se iban a tener sexo a cualquier lugar apartado o cercano, para de ser posible, jamás volverse a ver.

Ariel por su parte no tuvo que pensar en nada, nunca había tenido una cita pero había asistido a muchas, William era lo que vulgarmente se conoce como un “Don Juan”, un casanova con título que iba por la vida ligándose a chicas descuidadas.  Pero estaba demasiado sorprendido por la invitación, porque quien se lo había ofrecido era nada más y nada menos que Damián. El moreno exótico que no dejaba de rondar su mente desde la primera vez que lo vio.

Ambos se sostuvieron la mirada por algunos instantes que resultaron eternos para ambos. El menor esperaba que el otro o terminara de hacer su invitación y Damián esperaba a que Ariel aceptara.

– Leí que mañana lloverán estrellas… – Agregó Ariel, ante el silencio del moreno. – Tal vez deberíamos verlas caer… alguna vez. – Había usado la misma ambigüedad del moreno a la hora de hablar, pero cuidando de lo que decía, y sobre todo intentando lograr que Damián se comprometiera con su “invitación”.

– ¿Mañana…? – Preguntó con ironía el moreno, después de todo, Ariel había dicho que llovería estrellas mañana.

– Ya que insistes… – De nuevo le respondió copiando su tono, conocía del sarcasmo del moreno y lo atrapo por ahí. Entonces, lo había dicho como si estuviera haciéndole un favor al aceptar su invitación.

Damián río al saberse burlado. – ¡Eres un cachorro muy listo! – Apremió y Ariel aceptó el alago. Él ya se lo había dicho antes, a invitaciones hipotéticas; respuestas hipotéticas.

Esa parte no la terminaba de comprender, porque si él moreno quería invitarlo a salir, simplemente no lo hacía. ¿Porque tenía que sugerirlo cómo si realmente no quisiera hacerlo? – Entonces mañana a las nueve… – Agregó Damián tomando el control de la situación. Después de todo, prefería que las cosas se hicieran a su modo, sin embargo; no contaba con que Ariel no era de los que va por la vida siguiendo a la multitud.

– ¡No! – Le detuvo con seriedad. – A las nueve no puedo… que sea a las nueve y media. – Al menor le desagradaba que no se tomara en cuenta su opinión en asuntos que le incumbían.

– Solo por curiosidad… ¿Qué vas a estar haciendo a las nueve como para que te desocupes hasta las nueve y media?

– Me voy a estar a listando para que nos veamos a las nueve y media… – Respondió con la misma seriedad de antes.

– ¡Qué amable! – Reconoció el moreno – Pero… es mi invitación – Puntualizó – ¡Alistate antes! – Y resultó que lo último que dijo había salido como una orden que el menor se rehusó a acatar desde que la escuchó.

– En realidad es la invitación de ambos. – Le corrigió. Damián lo miró con aprensión, ¿Quién era este adorable cachorrito berrinchudo y obstinado?

– Pero fue mi idea… – Insistió el moreno con un tono más severo mientras se cruzaba de brazos, como si con eso pudiera disuadir al niño. Ariel suspiro y Damián pensó que finalmente se rendía.

– ¡A las nueve y media! – Reafirmó, para nada intimidado – Vivo en la última casa del camino… Tomalo o dejalo. – Agregó decidido el menor, mientras también se cruzaba de brazos. Eso último el moreno no se lo esperaba, su semblante seguía siendo suave, pero sus palabras habían sido inflexibles. La forma en la que había fruncido el ceño le dejó claro a Damián, que en esta ocasión, no iba a salirse con la suya.

– Y si digo que no lo tomaré… – Quiso saber. No fue porque no pretendiera aceptar las condiciones del menor, sino simplemente por morbosa curiosidad sobre la respuesta que Ariel le daría.

– Igualmente veré la lluvia de estrellas.

– ¿A las nueve y media? – Preguntó con tono burlón.

– ¡Sí! – Respondió Ariel con severidad. – Damián resopló con aire derrotista, y es que el niño podía ser muy terco, al parecer, incluso más que él.

– Dicen que cuanto más oscura es la noche más brillan las estrellas, así que creo que a las nueve y media es mejor que a las nueve… – Agregó el mayor riendo. Ariel le correspondió el gesto y Damián alcanzó su mano y las resguardo entre las suyas. – Quién diría que eres tan terco…

– Sí… quien.

Damián volvió a sentarse y elevó la mano de Ariel con la palma hacía arriba y después de aspirar su olor, la llevó hasta su rostro, de manera que la piel suave del niño le tocara. Oscurecía pero él podía notar como esos intensos ojos azules, brillaban resplandecientes, como si tuvieran luz propia. Y le gustaban, le encantaban a tal grado que sentía que podía mirarlos por el resto de su vida.

La mano suave descansó sobre la mejilla del moreno y Ariel tuvo que acercarse un poco más con tal de no romper ese contacto. Sentía que su corazón dolía de nuevo y casi lo escuchaba latir frenético en sus oídos y se avergonzaba, estaba realmente abochornado porque la sonrisa amplia de Damián parecía gritarle a la cara que él también los escuchaba. – ¡Respira! – Le susurró el moreno y hasta ese momento Ariel se dio cuenta de que había contenido el aliento. – Es bueno para el cuerpo hacerlo seguido… – Damián estaba disfrutando de tener al menor todo avergonzado. Y le resultaba encantador que con tan solo tener su mano sobre su mejilla, el corazón del niño estuviera a punto de salirse de su pecho, y aunque no quería provocarles arritmias cardiacas, la melodía del el irregular palpitar, le fascinaba.

Y cuando Ariel creyó que ya no podría avergonzarse más, pues su cuerpo enteró ya ardía a causa de la pena, Damián beso la palma de su mano y después cada uno de los cinco dígitos. Lo había hecho, mientras le sostenía la mirada al menor y Ariel jadeó al sentir que era absorbido por el oro líquido de sus ojos.

– ¡Por favor! – Dijo el menor con estertor.

– ¿Por favor, qué? – Cuestionó el moreno sin apartar la vista de quien más necesitado que antes, suplicaba con la mirada que le soltara.

– No sigas…

– ¿Tienes miedo?

– ¡Sí!

– ¿De lo que pueda pasar? – Aun sujetándolo de la mano lo atrajo hacía él, con el afán de tenerlo más cerca. Lejos del latir frenético de Ariel, Damián ya no podía escuchar más. Todo lo abarcaba, todo lo absorbía.

– De lo que pueda llegar a sentir…

– Sentir es bueno. – Aseguró.

El sutil cambió que hubo en el niño, no pasó desapercibido para Damián. La tristeza y la felicidad eran cosas que en Ariel no podían ocultarse, aun si él intentara hacerlo. Damián intuía que el niño no había olvidado la conversación que tuvieron en la cafetería y por eso se mostraba tan esquivo con respecto a hablar de sentimientos. Y es que el niño le rehuía como si la cercanía entre ambos, le doliera. – ¿Cuántos corazones has roto en el pasado? – Preguntó realmente asustado, quizá por la respuesta que recibiría.

– Demasiados… – Respondió con dureza el moreno. – Nunca llevé la cuenta, pero sé que sobrepasan mis años. – No había sido alarde pero aun así, sonó tan pretencioso. – Pero lo que sí sé, es que frente a mí tengo uno al que no deseo herir. – Habló con cierta fidelidad y es que en su interior, esos sentimientos comenzaban a llenarlo. – ¿Y qué hay de ti? – Preguntó, sin realmente, querer saber de los antiguos amores del menor.

– Sí, yo también se dé un corazón que no quiere ser herido… – Damián le sonrió con cierta ternura, porque la ingenuidad de ese niño, no podía ser acogida de otra manera. Su candor era exquisito.

SAMKO

Los golpes me ardían en el cuerpo, me quemaban la piel y mientras más pasaban los minutos, el dolor se hacía más intenso, aunque el frio del piso me ayudaba a menguarlo un poco. Debía de verme tan lamentable como me sentía. Con mucha dificultad logré ponerme en pie y me esforcé por llegar al baño.

Cuando llegué hasta el lavabo, la imagen que el espejo me devolvió cuando me reflejé, me obligó a reconsiderar lo que me estaba haciendo, ese de ahí no era yo. Había sangre seca por mi rostro y mi ojo izquierdo estaba cerrado casi por completo. El parpado hinchado me latía y el escozor me hacía lagrimar. Miré detenidamente a esa persona frente a mí y no pude evitar pensar en mi hermano.

Cada vez que tocaba el tema de James, Damián insistía en que debía tener cuidado con mis demostraciones de afecto hacía él. – No debe haber amor más grande en ti, que el amor propio. No olvides que la medida en la que te ames a ti mismo, será proporcional al amor que los demás deberán tenerte. O por lo menos, no vas a aceptar menos de lo que sabes que mereces… – Esas habían sido palabras. Y aunque siempre las guarde en mi corazón como cada uno de sus consejos, hasta ahora comprendía a lo que realmente se refería y lo que aquello significaba. Viéndome ahora, parecía que más que amarme, me odiaba, y lloré de coraje, de dolor y de frustración. Fui un imbécil por haberle permitido hacer conmigo lo que quiso.

Casi seis años de mi vida y durante todo ese tiempo le di tanta importancia a algo que pese a sentirlo yo, no existía en él. Y ahora que la realidad y él me habían golpeado con fuerza, sentía que la vida se me iba rompiendo a trozos.

Pero no había tiempo para lamentaciones, Damián podría llegar en cualquier momento y entonces, esto en verdad iba a ponerse feo.

Como pude me deshice de la ropa y me metí a la ducha, que aunque fue rápida, el agua fría me entumió lo suficiente el cuerpo como para deshacerme con facilidad de todo rastro de sangre. Me vestí sin secarme y limpié lo mejor que pude el desastre que habíamos hecho. También recogí todas mis cosas y las acomodé en mi maleta, para posteriormente abandonar la habitación, no sin antes, pedir que mandaran a alguien para que terminara de acomodar todo y dejarle una nota a mi hermano, donde le avisa que volvía a casa y que pasaría el resto de la tarde con James, así que no nos podríamos ver hoy mismo. Detestaba mentirle pero sabiendo que estoy con James, no me buscaría y para la siguiente vez que nos veamos ya habría pasado el tiempo suficiente para que mis moretones no se notaran.

Por supuesto, no iba a volver a casa, aunque si fui a dejar algunas cosas y a sacar más ropa y algunos libros de la universidad. Por suerte, él no estaba cuando llegué. Tomé todo lo que necesita y algo del dinero de mis ahorros, para después escabullirme por entre los pasillos del condominio.

Durante más de una hora caminé sin rumbo fijo. No lo estaba, pero me sentía perdido, estaba asustado y tenía unas inmensas ganas de llorar. Y si no me echaba y me hacía bolita sobre la banqueta para darme el gusto, era solo porque aun quería salvar el poquito orgullo que me quedaba. Era un Katzel, mejor aún, era un hombre y los hombres no deben llorar.

GIANMARCO

Estábamos en medio de otra fútil discusión sobre mi futuro incierto y lo irresponsable que estaba siendo con el del negocio familiar, cuando Linda, mi secretaria, anunció su entrada a mi oficina con unos suaves golpes sobre la puerta.

En cuanto la vio, Travis olvido los sermones que estaba dándome y le dio su completa atención. No lo culpo, mi asistente era muy hermosa. Y bueno, también era su esposa, pero tenía la dicha de presumir que primero había sido mi secretaria y él infamemente se había valido de que era mi hermano para acercarse a ella.

– Señor… Le buscan. – Anunció con demasiada formalidad y me quejé porque ya le había dicho infinidad de veces que me llamara por mi nombre, y lo hacía, pero nunca cuando había otras personas.

– Estamos ocupados… – Se me adelantó mi abogado. – Gianmarco no está disponible en este momento.

– ¿Quién me busca? – Pregunté mientras con un gesto le decía a mi hermano y verdugo que me dejara atender mis asuntos personalmente.

Linda terminó de llegar a mi lado e inclinándose ligeramente hacía mí, me dijo de manera confidencial de quien se trataba. ¡Por fin, buenas noticias! No me lo esperaba, pero me alegraba que hubiera venido.  – ¿Dónde está? – Le pregunté, mientras le entregaba los papeles que había estado revisando. Linda me dijo que mi visita me esperaba en la biblioteca y haciendo caso omiso de las protestas de Travis, abandoné la habitación.

En cuanto llegué a la biblioteca le encontré frente a uno de los libreros. Hacía poco más de un mes que no le veía y no podía creer que hubiera crecido tanto, estaba de espaldas a mí y sus dedos repasaban los lomos de algunos libros, mientras leía sus nombres. Me recargué en el marco de la puerta y le observé detenidamente un par de minutos, parecía ausente y no se había percatado de mi presencia. Despacio, caminé hasta llegar a su lado.

– ¿Qué es lo que buscas? – Pregunté con voz melosa, basta decir que le asustó escucharme hablarle tan de repente y no pudo evitar dar un brinquito cuando mis brazos le rodearon.

– ¡Lusso! – Dijo mientras se volteaba para quedar frente a mí.

– ¡Samko Katzel! – Le nombre mientras sujetaba su rostro y lo besaba. Un quejido se le escapó de los labios, mientras se los acariciaba con los míos y tuve que alejarme un poco para poder mirarlo y saber qué era lo pasaba. – ¡Lo siento! – Se disculpó al momento por el aparente rechazo, pero eso no me importó.

Llevaba una sudadera blanca con capucha que escondía su rostro de mí, tuve un mal presentimiento, pero aun así, con cuidado la retiré para poder mirarlo. Él no me lo impidió, pero su mirada continuó fija en algún punto del piso. Sus cabellos cayeron a los lados un poco despeinados y con todo el afecto que le tenía, los acomodé. Los mechones húmedos cedieron casi al momento.

Él no era así, jamás ibas a ver a Samko desalineado o tímido, y no es que la ropa le quedara mal, aunque si lo hacía lucir mucho más joven y eso nunca le había gustado, por eso usaba ropa más formal.

– ¿Qué es lo que sucede? – Le pregunté mientras buscaba su mirada. Tenía al chico frente a mí, pero parecía que no era él, la coquetería de siempre, la sensualidad que va desbordando por la vida, todo eso que Sam es, hoy no estaba. Con cuidado, sujeté su mentón y lo obligué a que levantara hacía mí su rostro.

Al instante pude sentir como cada fibra de ser se contraía. – ¿Quién fue? – Alcancé a preguntar y mi mente ya estaba pensando en la manera más cruel de acabar con quien se había atrevido a tocarlo. Sam, negó muy lento con la cabeza y pude notar como luchaba por no llorar.

Él era muy distinto a los otros tres, no había punto de comparación. Samko era muy sensible y no lo digo yo, nació con ese “DON” por decirlo de esa manera, y si bien, el pasar tanto tiempo a lado de Damián le había ayudado a fortalecerse un poco, existía alguien que era inmune a todas esas enseñanzas… James Katzel.

– ¿Qué es lo que quieres hacer con él?

– Vine, porque necesito que me hagas un favor… – Susurró mientras limpiaba con las mangas de su ropa, ese par de lágrimas que se le escaparon. Lo detuve y con las yemas de mis dedos sequé su llanto.

– Lo que desees… pídemelo y dalo por hecho.

– ¿Podría quedarme un par de días? – Preguntó cohibido – Es que no puedo quedarme en un hotel, Damián se enteraría y…

– No tienes que darme explicaciones… – Le aseguré – Puedes quedarte el resto de tu vida si quieres, yo y todo esto. – Expliqué mientras con las manos intentaba abarcar todo lo que nos rodeaba – Somos tu casa.

Sam solía hablar de esa manera, para él, un hogar o una casa no eran departamentos o residencias, sino personas. Damián era su hogar y James su casa. Sabía que jamás podría competir contra eso, pero no por ello, no iba a intentarlo. Tras mis palabras él ya no intentó contenerse, se echó a mis brazos y lloró como el niño que aún era.

Conocía a los Katzel desde que Gerard y Lucí apenas eran novios. Vi crecer a esa familia, primero con la llegada de Deviant, después Damián, James y por último el pequeño Samko. Viví con ellos la inesperada muerte de Lucí, tras el nacimiento de Sam y hace apenas poco más de cuatro años, la muerte de Gerard. Y aunque mi familia ha sido muy unida a ellos, con el único con el que mejor me he entendido es con el menor.

Él me recuerda a alguien de mi juventud a quien ame con locura y que aun tras su fallecimiento, aun amo con devoción. Mi relación con Samko ha sido desde el principio tema de inconformidad para muchos, pero nosotros sabemos lo que tenemos, y ni él permite que su familia interfiera, ni yo dejó que la mía le cause molestia. Lo quiero y lo respeto de una manera muy especial, y estoy convencido que el sentimiento es reciprocó.

– ¿Por qué no puede quererme? – Me preguntó entre sollozos – ¿Acaso hay algo malo conmigo? ¿Por qué? ¿Por qué Lusso? – Quise estrecharlo entre mis brazos, pero hubo otro quejido y de nuevo se apartó de mí.

Con cuidado subí la sucederá para poder su torso, él se dejó hacer y miré con frustración esas manchas rojas que no iban a tardar en cambiar de color. Lo había maltratado tanto y me molestaba que él se lo hubiera permitido.

Tuve que apartarme de él para no decirle un par de verdades, porque aunque se las merecía, ya había tenido suficiente con todo esto. Saqué mi teléfono y llamé a Linda para que viniera, ella justo estaba entrando cuando le marqué.

– Llamá a mi doctor para que lo revisé. – Ella caminó hasta Samko, quien seguía con la sudadera enrollada que dejaba al descubierto su estómago y con cuidado examinó cada uno de los hematomas. – También encargate de que lleven sus cosas a una habitación.

– Todas las habitaciones están ocupadas, recuerda que tu familia es muy desordenada y no se llevan bien, así que cada uno requirió de una habitación propia. – Respondió sin mirarme. – ¿Te duele mucho? – Le preguntó y Samko se limitó a asentir. – Gianmarco, las bombillas le pueden ayudar. Igual y se van a formar, pero no le van a doler.

– Es verdad… entonces, que lleven sus cosas a mi habitación y encargate de preparar todo para que se las ponga, aunque igual llama al doctor.

– Siéntate cariño… – Le dijo mientras desenrollaba su ropa y le ofrecía unos pañuelos.

– ¿Se va a quedar contigo? ¿En tu habitación? – Quiso asegurar, mientras poniéndose frente a mí, me preguntaba lo que ella ya de por sí, sabía.

– Si no es posible… – Intervino Sam.

– ¡Sí! – Le interrumpí. – Se va a quedar en mi habitación. – Hablé con seguridad. Y ya no preguntó nada más. Y es que no era que ella estuviera inconforme, todo esto era por Travis, a él no le parecía y seguro estoy que haría todo un escándalo cuando se enterara. Cuando se retiró de la habitación, volví a acercarme a Samko y me senté a su lado. – Todo va a estar bien… – Le dije mientras acariciaba la parte su rostro que no estaba tan lastimada.

– Lamento mucho todas las molestias que…

– Ni que lo digas Sam… Tu no me das molestias, y aunque me hubiera gustado que el motivo fuera otro, estoy más que complacido de tenerte de nuevo conmigo.

– ¡Lusso! – Susurró y despacio se acercó a mí, sabía lo que quería y tal y con cada uno de sus deseos, se lo concedí. Besé sus labios con suavidad, buscando en cada nuevo roce, brindarle un poco de consuelo y ternura.

JAMES

Creo que ni todo el licor del mundo iba a poder apaciguar el dolor en mi interior. Era un maldito, la persona más vil sobre la tierra, y quería morirme, sí, eso es lo que más deseaba en este momento.

Nada me justificaba del daño que le había causado, y aun si la idea me desagradaba, Sam estaba en todo su derecho si no quería volverme a dirigir la palabra en su vida. Además; también estaba en serios problemas. Cuando Damián se entere de lo que hice, la palabra “enfurecer”, no iba a ser suficiente para describirlo. Pero no importaba, estaba dispuesto a enfrentar las consecuencias de mis actos. Se supone que yo debía cuidarlo, debía de protegerlo de los patanes que intentaran hacerle lo que yo sí.

Pero me había enojado tanto, y después él había hecho eso, que aunque intento no pensar en ello, continua tan fresco en mi memoria, como si acabara de suceder. Sus labios húmedos que habían tocado los míos, nadie nunca me había besado de esa manera y por tratarse de un hombre y por encima de todo, de mí propio hermano, no se supone que debería haberme gustado.

– James… ya vámonos, has bebido demasiado. – No dejaba de repetirlo y si no mal recuerdo, ya le había dicho que si quería podía irse. Porque yo iba a parar hasta que me diera una congestión alcohólica. – ¿Por qué haces esto?

– ¿Te acuestas con mis amigos? – Solté de golpe.

– ¿Qué? – Preguntó como si no me hubiera escuchado.

– Escuché que te has acostado con mis amigos… ¿es verdad? – Ella me miró asustada pero casi de inmediato relajo su postura y bebió de golpe el contenido de su vaso.

– Es por Samko… ¿cierto? – Le nombró con despreció, esta era la primera vez que la escuchaba referirse a él de esa manera, por lo general, le hablaba con mucha dulzura, o por lo menos, así lo hacía frente a mí. – ¿De él lo escuchaste? No puedo creer que permitas que nos haga esto… es más que obvio que está “celoso” porque sabe que nos vamos a casar.

– ¿Cómo que lo sabe? Yo no se lo dije… – Ella volvió a guardar silencio y desvió la mirada de mí. Por supuesto, por eso él había actuado tan raro últimamente – ¿Cuándo se lo dijiste? O mejor aún… ¿Por qué lo hiciste? Te dije que yo se lo iba a explicar…

– ¿Cuándo? ¿Un día antes de la boda…? – Me cuestionó molesta – Lo decidimos hace tres meses, y tu familia ni siquiera sabe que existo…

– ¿James? – Por un segundo abandoné la discusión que estábamos sosteniendo para voltearme a mirar a quien me había hablado, y no, lamentablemente no se trataba de Sam.

– ¿Han? ¿Qué sucede?

– Me llamó Ness… dijo que viniera por ti porque estabas muy tomado.

– ¿Quién es él? – Preguntó Lizet, de mala manera.

– Es mi cuñado…

– ¿Tu qué? Pero si tú no tienes…

– Soy Han… un amigo de la familia.  – Intervino y en medio de mi borrachera vi cómo le extendía la mano y ella le saludaba muy a su pesar, había sido así desde siempre, esa era la razón por la que aún no la presentaba a la familia. Damián no la iba a soportar.

– Mi nombre es Lizet y soy la…

– No es necesario… – La interrumpí, pero ella dignada me dedico la peor de las miradas antes de continuar.

– Soy la prometida de James.

– ¿La qué…? – La sorpresa en el rostro de Han pronto se volvió indignación. – James… ¿lo que dice es verdad? – Sin mirarlo únicamente asentí – ¿Samko lo sabe?

– ¿Por qué a todo mundo le preocupa ese chiquillo?

– Ese chiquillo… Es el hermano menor de tu “prometido” – La reprendió Han – Recuerda eso la próxima vez que se te ocurra hablar de él. – Lizet guardo silencio, muy a su pesar. A veces me costaba trabajo creer que realmente me había enamorado de ella, y sin embargo, la idea formar una familia y tener hijos, me emocionaba. – Y tú… no sería mala idea si aprendes a elegir mejor a la persona con la que piensas pasar el resto de tu vida… – Me reprochó.

– ¿Disculpa? – Saltó ofendida.

– No, no te disculpo… – Respondió con sarcasmo y sin más fui prácticamente arrastrado hasta el estacionamiento. Me reí porque Han había sido de ese modo desde que lo conozco. Nos había cuidado desde que éramos niños y nos defendía de quien sea. Hasta de una mujer enfurecida. – Haber si te sigues riendo cuando Deviant te vea en este estado… ¿Qué diablos pasa con ustedes? De Samko lo entiendo, tiene la mala influencia de Damián. Pero tú… Deviant no te educo de esta manera.

La sola mención de su nombre hizo que la aflicción me aplastara de nuevo y abrazándome a Han, dejé de contener el torrente que se guardaba detrás de mis ojos. Han no me apartó, por el contrario, fue paciente conmigo hasta que logré controlarme. – ¿Qué fue lo que hiciste James? – Preguntó notoriamente preocupado.

– ¡Lo siento mucho! – Alcancé a decir, mientras haciendo un poco de espacio entre nosotros, bajaba el cierre de mi casaca y le mostraba mi camisa que estaba manchada de sangre. Sobra decir que los colores se le fueron y me miró furioso. – En verdad, lo lamento… – Sentía un nudo en la garganta que no solo me impedía hablar, sino también respirar. – No quise lastimarlo, pero estaba tan enojado y Sam…

– ¿Sam? ¿Dónde está? – Me preguntó con dureza.

– Lo dejé en el Hotel donde se está quedando con Damián.

Han comenzó a ir y venir por el estacionamiento, tal y como lo haría un león enjaulado. Estaba preocupado, pero estaba mucho más furioso.

– ¡Lo lamento!  – Repetí, no sabía que más decir.

– No… aun no lo lamentas. – Me dijo en tono amenazante. – Pero vas a comenzar a hacerlo cuando Damián se enteré, si no es que ya lo sabe… que de ser así, debe estar buscándote y no para charlar.

Después de algunos minutos me aventó a la parte trasera del auto y emprendió la marcha, alcancé a escuchar que le llamaba a Deviant y le preguntaba si Damián estaba ahí. Al parecer no, pues Han le dijo que iba en camino y que le explicaba todo cuando llegara.

ARIEL

– Es aquí… – Le dije mientras señalaba la casa.

Damián miró detenidamente la casa y después a mí, algo había cambiado en él, nuevamente se había puesto muy serio y sujetó mi mano con fuerza.

– ¿Esperabas visitas? – Preguntó con acidez.

– No…

– Pues han venido a verte y llevan rato esperando.

Todo el buen ánimo que había mostrado mientras me traía a casa, se esfumó de su rostro. Había buscado tantos pretextos para que continuáramos juntos un momento más y ahora parecía tener prisa por alejarse de mí.

– ¿Cómo lo sabes? – Pregunté un poco confundido pero al mismo tiempo, otra voz se escuchó desde dentro de la casa.

– ¡Ariel! – Me nombró con dureza. – ¿Se puede saber dónde estabas? Dijiste que irías a dar un paseo… ¿Qué paseo dura más de tres horas?

– Un paseo largo… – Lancé irritado.

Era Axel, y se acercaba gritando, o por lo menos fue así hasta que vio a quien estaba a mi lado. ¿Por qué estaba aquí? ¿Acaso era necesario que le dijera con todas las palabras que no pensaba seguir con esto?

– ¿Por qué estas con él?

– ¿Por qué crees que tienes derecho a cuestionarme sobre mis actos? – Le rebatí con dureza.

Hasta ese momento había olvidado que Damián sujetaba mi mano, pero cuando Axel lo notó, se enojó muchísimo. Y sujetándome de mi brazo libre, me jaló hacía él. Damián no me soltó y Axel volvió a intentarlo.

– ¡Suéltalo! – Ordenó – Te dije que no volvieras a acercártele…

– ¿Quién te crees que eres para darme ordenes? ¡Imbécil! – Gruñó Damián, mientras avanzaba hacia él de manera amenazante. Ambos afianzaron su agarré sobre mí, Damián sobre mi mano y Axel sobre mi brazo.

Sin importarles que me hubieran dejado en medio, comenzaron a hacerse de palabras. Axel era casi tan alto como Damián, aunque un poco más delgado, pero eso no parecía importarle, estaba muy molesto y se enfrentaba a él sin el menor de los temores. Por otra parte, Damián estaba colérico, la fuerza con la que me sujetaba, hacía que mi mano doliera. Y por si eso fuera poco, les tenía ambos prácticamente encima de mí, aplastándome con sus estómagos cada vez que se insultaban y se retaban, pues estaban tan cerca el uno del otro que lo único que les separaba era tenerme en medio.

 Axel le decía todo tipo de amenazas, sin embargo; el que golpeo primero fue Damián. Pero lejos de sorprenderme, me intrigaba por qué no lo había hecho desde el principio, no es que quisiera que lo golpeara, sino que me extrañaba que hubiera caído en ese juego en el que respondía con un insulto peor que el que Axel le había dicho, y resulto que ambos tenían un lenguaje bastante perjudicial. Fue obvió que Damián lo estaba provocando, pues el golpe había sido una simple bofetada, aunque por como enrojeció Axel, debió de dolerle mucho.

– ¡Ya basta! – Les grité mientras intentaba hacerme un poco de espació entre ellos. – ¡Cálmense!

Hasta cierto punto, lo entendía, Axel había sido herido en su orgullo y segado por el coraje se le fue encima a Damián, intenté impedirlo pero adelantándose a mí, me empujo con tal fuerza que si no hubiera sido porque Damián aún me sostenía de la mano, hubiera caído entre la maleza. Por supuesto la distracción fue bien utilizada por Axel y dándole un puñetazo en el rostro, logró que Damián retrocediera un par de pasos, hasta que su espalda dio contra uno de los árboles. Obligándolo a que finalmente me soltara.

La vileza de su acción provocó que la sangre me hirviera, Axel se acercó a mí e intentó jalonearme para alejarme de Damián, pero más le hubiera valido no tocarme. Cuando estiró la mano para alcanzarme, la empujé con mi antebrazo y embrollándola con la palma de mi mano, lo sujeté por la muñeca, al mismo tiempo que le pateaba la corva de la rodilla. Logrando que al instante perdiera el equilibrio y cayera de rodillas sobre el pasto. Aproveché que en su nueva posición ya podía alcanzarlo, y que aún mantenía sujetada su muñeca y doble su brazo contra su espalda, empujándolo hacia arriba en dirección a su cuello.  Axel se quejó cuando sintió que se forzaba la articulación de su hombro. Conocía de su eficacia, la había practicado muchas veces con Will y él me había dicho que dolía lo suficiente como para incapacitar cualquier otro tipo de respuesta por parte del oponente. – ¡Te dije que ya basta! – Le regañé. La inmovilización la había hecho con mucho cuidado y la híper-flexión a la que estaba sometiendo su brazo estaba controlada, solo quería que se calmara, no lastimarlo o causarle algún tipo de lesión.

– ¡Ariel! ¡Me estas lastimando! – Volvió a quejarse y en esta ocasión su voz sonó trémula. – ¡Suéltame! – Ordenó y se sacudió con violencia.

Lo hice, le solté y me aparté. Axel se puso en pie un tanto tambaleante y comenzó a sobarse la muñeca y el hombro. Me miraba de manera acusadora, su rostro perplejo, reflejaba incredulidad y decepción por lo que le había hecho.

– ¿Por qué haces esto? – Me gritó mientras me miraba como poseso.

– Yo solo…

– Todo esto es por ese… – Espetó con el mayor desprecio.

Debo confesar que me resultó intimidante la manera en la que se acercó a mí, que incluso retrocedí unos cuantos pasos hasta que choqué con algo, y cuando intenté mirar, resultó que era Damián. Quien me rodeó por la cintura y se las arregló para dejarme detrás de él.

Creí que aquello iba a ser el inicio de una batalla campal de la que ninguno de los tres iba a salir ileso, pero justo cuando iban a echarse mano de nuevo, mi abuela apareció por entre los arbustos.

– ¿Qué es lo que sucede aquí? – Preguntó con una seriedad que jamás antes le había visto. Nos miró de arriba abajo a cada uno y después centró su atención en mí y me miró con tal displicencia que me hice chiquito detrás de Damián. – Pasen a la terraza, los tres… – Ordenó con acritud.

– Abuela…

– He dicho, que los tres pasen a la terraza. – Me forzó a callar. – No me obliguen a repetirlo… – Ella era pese a sus años, una mujer cuya presencia resultaba impositiva. No solo por su templanza, sino también por su belleza y la frialdad con la que sus encantadores ojos grises podían llegar a mirar. – ¡Ahora! – Exigió sin mirarnos y sin más dirigió la marcha.

Para mi sorpresa, Damián fue el primero en seguirla. Axel les hizo segunda y hasta atrás fui yo, con las orejas caídas y la cola entre las patas.

Había unos muebles de madera frente a donde encendíamos la fogata y ella los señalo para que se sentaran. Solo había dos, así que me resigne a quedarme parado, ella nos dejó ahí y se encaminó hacia el interior de la casa.

Damián me hizo un espacio a su lado y con un gesto me ofreció que me sentara, por supuesto que acepté. Estaba muy apenado con él por todo esto.

– ¿Y qué va a hacernos? ¿Nos va a pegar? – Me susurró fingidamente asustado. Me reí e internamente agradecí que no estuviera molesto. – Frunces el ceño igual que ella, cuando estás enojado. – Agregó e instintivamente me llevé la mano a la frente y me toqué como queriendo comprobar si en verdad tenía el ceño fruncido.

En ese momento la puerta volvió a abrirse y al mismo tiempo Damián se puso en pie y caminó hacia ella. No sabía cómo es que podía adelantarse a las cosas antes que sucedieran, lo había hecho cuando llegamos y supo que Axel estaba aquí, antes de que este hiciera acto de presencia y ahora había ido al encuentro de mi abuela y quitándole la charola de las manos, la trajo hasta nosotros por ella.

Me bastó mirar cómo le sonreía, para saber que ella estaba complacida con él. Y me sentí feliz por eso. Porque desde que vio a Axel por primera vez, me había comentado que no le agradaba mucho.

TERCERA PERSONA

La mujer había presenciado toda la escena desde el portal de la casa. Y veía con desaprobación lo sucedido. Sin embargo; comprendía la situación por la que su nieto estaba pasando, y ella que aun recordaba lo que era ser madre, a pesar de que el único hijo que había criado, hacía más de veintisiete años que los había abandonado. Se preocupaba sinceramente por él, y sabía que había cosas que no podía ignorar, y aunque Ariel no era su hijo, ella lo quería como tal y su instinto le decía que el menor podía estar en peligro.

– Sepan que “todos” los amigos de mi nieto son bienvenidos en esta casa, pero el tipo de comportamiento tan lamentable que tuve que presenciar, no es aceptable. – Les dijo en tono enérgico, aunque por dentro, casi reía de ver a los tres jóvenes con la mirada clavada en el piso. – Las cosas se resuelven hablando como gente civilizada… No a gritos ni puñetazos. Y si exijo esto de tus amistades, cuanto más de ti… – Se dirigió a Ariel y él se limitó a hacerse chiquito en el sillón y a mirarla con el semblante triste. Susan no pudo evitar notar lo mucho que el niño se parecía a su padre y sintió que su corazón se comprimía de verlo tan afligido y solo quería abrazarlo y mimarlo hasta que volviera a reír. Después de todo, era una abuela consentidora.

– Lamento mucho todo esto señora… – Hablo Damián, mientras le ofrecía el asiento a la mujer, quien de inmediato acepto. – No volverá a suceder.

– Llámame Susan… – Respondió mientras le palmeaba el hombro. En su opinión Damián era un chico en verdad encantador, a diferencia del otro que aplastado contra el mueble mantenía ese aire indignado y mosqueado. – A ti no te había visto, es un gusto…

– El gusto es mío, Susan.  – Declaró y le regalo la mejor de sus sonrisas. – Mi nombre es Damián y por cierto, tiene una casa muy hermosa.

– Y tienes que verla por dentro… – Respondió claramente orgullosa, no por algo era la casa que siempre había deseado tener. Indudablemente, Damián sabía cómo llegarle a la gente y ahora mismo derrochaba encanto con la clara intención de ganársela. Era la abuela de Ariel, y veía en ella una aliada en potencia. – Deberías de venir otro día para que te dé un recorrido… Ya veraz como la casa no es lo único hermoso que hay aquí… – Agregó y disimuladamente miró a mi nieto, quien avergonzado se escondió entre el las almohadillas. Logrando que tanto Susan como Damián se rieran por la reacción del menor.

– No lo dudo… – Respondió el chico con cierta complicidad, dejándole en claro que había comprendido lo que Susan le había dicho.

Fue entonces que el otro chico se puso en pie y tras una leve asentimiento y un frio – Con su permiso, señora. – Se retiró de la casa. Susan ni siquiera se tomó la molestia de responderle, en primera porque estaba completamente entretenida con Damián y en segunda, porque ese chico no le agradaba, ni él, ni la forma en la que intentaba manejar a su nieto.

La conversación entre Susan y Damián continuó un poco más, y es que parecía que la química entre ellos se había dado desde el principio. Susan revelaba detalles importantes sobre Ariel y Damián parecía tomar nota de cada uno de ellos, mientras que al menor se le iban y venían los colores y en más de una ocasión deseó que la tierra se lo tragara completito al sentir que ya no podía avergonzarse más.

Pero al mismo tiempo, el sentimiento era muy cálido. Se supone que las madres en algún momento de sus vidas deben avergonzar a sus hijos frente a sus “amigos”, y sin embargo, su mamá nunca lo había hecho. Ni mucho menos, se había tomado el tiempo de conocer a sus amistades, así que, el que su abuela lo hiciera, hasta cierto punto le agradaba.

DAMIAN

Cuando finalmente me despedí de Susan, Ariel me llevó hasta la entrada de la casa. Había estado callado desde que comencé a platicar con su abuela, y a estas alturas comenzaba a creer que todo esto estaba yendo demasiado rápido para él. Pues evitaba mirarme y lucía un tanto incómodo.

– Tu abuela es muy amable… – Le apremié.

– Sí… ella es genial. – Respondió en tono bajo.

– ¿Te molesta que me haya dicho todas esas cosas? – Le cuestioné y por fin volvió a mirarme, me sostuvo la mirada unos instantes y después sonrió.

– No… – Aseguró – Aun si no por mí mismo no te las hubiera dicho, no por eso deja de ser verdad.

– ¿Cuánto tiempo me hubiera tomado descubrirlo por mí mismo? – Le pregunté, sin realmente esperar que me respondiera. Ariel negó lentamente con la cabeza mientras me sonreía. – No es por alardear… pero creo que le he agrado. – Presumí – Debe de ser porque soy un buen chico, carismático, inteligente, un excelente prospecto… sin olvidar que también son muy educado y aunque lo que se ve no se juzga, tengo el donde de gente y soy muy sensual, entre otras cosas…

– ¿Alardear? ¿Tú? Para nada…

– Bueno, solo intento venderme bien… – Agregué y hubo mucho de verdad en lo que dije, aun si quise hacerlo parecer una broma. – ¿Cómo podrías interesarte si no sabes lo genial que puedo llegar a ser?

Su risa obligó a que los grillitos guardaran silencio. El cachorro era toda una monería, menudo, pequeño, pero tenía un carácter de temer, aunque la mayor parte del tiempo es una verdadera ternura. Y cuando sonríe… ¡Demonios! Le hace un favor al mundo.

– ¿Qué hay de tu abuelo? ¿Él también es como Susan?

– ¡Oh, sí! – Aseguró de inmediato – Él es muy divertido, y se sabe muchas historias…

– Tal vez mañana pueda conocerlo.

– Sobre eso… quería disculparme por lo que sucedió.

– No fue tu culpa…

– Aun así… lamento mucho el golpe. – Dijo mientras señalaba el lugar en mi rostro donde el imbécil de su amigo me había pegado.

– Valió la pena con tal de ver tu súper llave inmovilizadora… –Me reí, y es que en verdad me había sorprendido mucho, porque es tan pequeño y sin embargo, se había movido con mucha agilidad y lo había sometido con verdadera destreza. –A partir de ahora tendré más cuidado contigo, sobre todo ahora que sé que no solo apuñalas con lápices de dibujo sino que también haces diabólicas palancas desgarra músculos.

– Fue solo porque no me gusto lo que hizo…– Se defendió avergonzado.

– Aunque me gusta que te sepas defender, sin duda prefiero tu parte dulce… cachorro. – Mientras le hablaba me fui acercando hasta que dejé un beso suave en su mejilla. Cuando me retiré, noté que Ariel había cerrado los ojos y se sostenía de mis brazos. Era encantadoramente dulce.

– No querrás que la otra se ponga celosa ¿verdad? – Agregó sin abrir los ojos, no había olvidado la tontería que dije y me reí porque había resultado muy útil.

– No por supuesto que no… – Respondí mientras besaba su otra mejilla. – Hasta mañana, Ariel.  – Le hablé y lo tenía tan cerca, pero aun así, no me atreví a hacer lo que en verdad quería.

– Hasta mañana… – Se despidió mientras me soltaba y él no pudo esconder mejor que yo, lo mucho que mencionar esa frase nos había emocionado.

Me alejé de su lado sin realmente querer hacerlo.

No, francamente no esperaba que las cosas se suscitaran de esta manera. Para mí, era muy extraño sentir este calorcito en mi pecho, la familiaridad con la que podía estar a su lado y lo cómodo que él parecía estar junto a mí.

Las cosas que le decía que no sabía de donde salían, pero que representaban lo que realmente sentía.  “Sentir”, la sola idea me perturbaba. En mi solo había odio, coraje, apatía, enojo, esos eran mis sentimientos primarios y estaba cómodo con ellos, pero el sentir ternura, aprecio, el ser ecuánime y empático, era nuevo para mí.

La cercanía que estaba teniendo con él, el que nos coqueteáramos tan abiertamente y al mismo tiempo, que ninguno de los brinque la raya, era exquisito. El saber de su vida, de su familia, el tan solo escucharlo hablar y de la nada verlo sonreír y pensar que algún extraño encanto lo envuelve y lo hace irresistible ante mis ojos. Todo… absolutamente todo, me gustaba.

Seguí pensando en él y rememorando lo que habíamos pasado hoy, hasta que llegué al hotel, y resulto que Sam no estaba en la habitación, pero dejó una nota donde decía que había vuelto a la casa y que ahora estaba con James. Era una pena, me hubiera gustado sacarle uno que otro consejo para mañana. Pues siendo franco, no sabía que hacer o decir, tampoco si debía llevar algo, no sé, algún presente para Susan y otro para él. ¿Pero que podría darles que no tuvieran ya? Cuando la cabeza comenzó a dolerme de tanto pensar, decidí dejar el tema por la paz, pensaría en ello más tarde, ahora debía ir al casino y de ahí, por fin podría volver al bosque. Ya no lo necesitaba, la ciudad siempre me enferma.

DEVIANT

En el casino se había girado la orden de avisarme en cuanto vieran llegar a Damián y todos estábamos muy nerviosos, era un estado natural cuando sabíamos que iba a llegar y muy seguramente de un humor peor al habitual.

Así que en cuanto me confirmaron que estaba en el estacionamiento, salté del asiento y salí a encontrarme con él. Han me miraba desde el bar, pero cuando volteé y quise sostenerle la mirada, él me dio la espalda. Estaba enojado porque a su parecer, estaba siendo muy injusto con Samko, pero mi hermano tenía a Damián y en mi opinión, no podía dejar desprotegido a James. Sobre todo después de lo sucedido. Damián iba a querer cobrarle cada golpe y estaba en mí impedir algo como esto. Porque estoy seguro que James, no iba a atreverse a meter ni un solo dedo para defenderse.

Para la sorpresa de todos, Damián llegó fresco como una lechuga. Cuando entró al casino, el lugar ya estaba a reventar, yo le esperaba en el área del Black Jack, que era de las primeras al entrar. En cuanto me vio, se fue abriendo paso entre la gente hasta llegar a mi lado y me guiño su ojo en señal del más coqueto de sus saludos y sin detenerse, se fue directo a su bodega.

Esto solo podía significar una cosa. Samko no le había dicho nada, y eso implicaba que no se habían visto. Lo cual si me preocupaba, porque le había marcado un par de veces antes de venir al trabajo y su teléfono sonaba sin que él respondiera.

– ¿Eso que tenía en el rostro era un sonrisa? – Preguntó Ness mientras hacía malabares con la charola repleta de bebidas. – No sabía que él pudiera sonreír, es siempre tan amargado…

– Ness… vas a tirar eso. – Le regañé, pero él parecía tenerlo todo bajo control. En efecto, era inusual ver a Damián de tan buen humor. Y sobre todo, verlo sonreír. Y algo me decía que este hermano mío, algo se traía entre manos.

– Creo que Damián no es tu único problema… – Agregó y con un gesto en el rostro, me indicó que mirara hacia el bar. En la barra que atendía Han, había una mujer, joven, de buena apariencia y moral liviana que le sonreía y coqueteaba de manera descarada.

– Solo está siendo amable… ya sabes, el cliente es lo primero. – Dije aparentemente convencido.

Suspiré cansado, esto iba a ser de todos los días y no quería comportarme como un maldito desquiciado, que se iba a poner celoso de cuanta mujer se le acercara. Así que mentalmente intenté controlarme, él solo estaba haciendo su trabajo y yo debía concentrarme en el mío. A demás, estábamos juntos, él me amaba a mí y por esa razón, no tenía que estar aceptando los recaditos que esa zorra le dejaba en el recipiente de las propinas.

– Deviant no… “el cliente es lo primero, recuérdalo”. – Tarde lo dijo Ness, y para cuando fui consciente de lo que hacía ya estaba llegando a la barra. Él sonreía de las cosas que ella le decía y yo sentía que la sangre me hervía del coraje. Era un maldito coqueto de mierda. Pero estaba loco si creía que se lo iba a permitir, iba a mandarlo a la bodega junto a Damián, para que no viera a uno solo de los clientes, mucho menos a mujeres con escotes extravagantes.

En cuanto me vio acercarme tomó la toalla y se puso a secar las copas, eso… trabaja. Es precisamente lo que deberías de estar haciendo en vez de estar de risas con esta “señorita”.

– Señor… ¿Qué se le ofrece? – Me preguntó, claro, ahora era un simple señor, pero que tal en la mañana, ahí si era su amor. Todos son iguales, pero él era peor.

– Un Wiski doble, extra seco, con extra aceitunas y extra rápido… “Señor”… – El muy descarado todavía tenía la desfachatez de reírse. Pero me las iba a pagar, como que llamo Deviant Katzel que me las iba a pagar.

– Limón y sal para el ardor… “Señor”. – Se burlaba, pero estaba loco si creía que a mí me ardía algo. No es que estuviera celoso, ni mucho menos.  Por favor, ¿yo? ¿Celoso?… de una flaca sin chiste como esa.

– ¿Para el ardor? – Repetí con seriedad y pase de mirarlo a él a buscar los ojos castaños de ella. – Solo dos cosas son necesarias… Un buen ungüento y las manos de hermosa mujer para untármelo. – No pensó que la tocaría y basándome en eso, intuyo que esa fue la razón por la que cuando notó que me acercaba con la clara intención de besarla, no se movió. Y en verdad iba a hacerlo, pero justo cuando nuestros rostros estaban por unirse, Han metió entre nosotros una charolita pequeña.

– ¿Botanas? – Ofreció y en su tono de voz entendí lo mucho que mi acción le había ofendido, pero no lejos de importarme la frialdad con la que me miró, fue mi turno de reírme, aun si por dentro me sentía muy por todo esto, él había comenzado.

– Me gustan las botanas… – Dijo ella con nerviosismo, al notar la tensión entre nosotros.

– Pues aquí hay muchas… – Agregó Han y sin importarle si caían sobre la barra, llenó la charolita con cacahuates y papitas.

Estábamos en problemas, él iba a reprocharme en la primera oportunidad que tuviera, así que apenas y hube recibido mi bebida, me desaparecí de ahí. No podía irme a la oficina, porque me seguiría, así que hui a la bodega. De toda la vida le ha tenido cierto miedo a Damián, así que no se atrevería a decirme nada si estaba con él.

Cuando llegué a la parte baja de la bodega, Damián estaba terminando de acomodar las cajas que habían llegado al medio día. Ha decir verdad, desde que él había comenzado a trabajar aquí, la bodega se había vuelto un lugar más cálido y ordenado. Sin hacer el menor ruido, me senté a la mitad de la escalera. Y lo pude observar trabajar por unos minutos, antes que notara mi presencia. Estaba distraído, últimamente lo estaba.

– ¿Estas acosándome o algo por el estilo? – Preguntó, mientras acomodaba las últimas botellas en los estantes. Era rápido y diestro en su trabajo. – Han no es suficiente… por eso vienes a buscarme ¿cierto?

– ¡Sí! – Le dije con la clara intención de seguirle el juego – He pensado que tal vez, tu y yo… ya sabes…

Damián volvió a reírse y hasta cierto punto me sentí celoso de “esa persona”. Mi hermano jamás reía y no es que eso fuera bueno, pero mientras trabaja, de la nada lo vi sonreír un par de veces, de seguro había recordado algo que habían hecho y sonreía por ello. Y ahora estaba de tan buen humor y no era por mí, ni por su familia.

– ¿Estás buscando un amante en turno? – Me preguntó mientras elegía una botella.

– No un amante cualquiera…

– Por supuesto… – Agregó y tras elegir una botella de vino, la apresó por el cuello entre su dedo índice y medio y la meneaba de izquierda a derecha, mientras se acercaba hasta donde me encontraba. – Se de alguien que puede ayudarte con el problemita… – Llegó hasta donde iniciaba la escalera y me ofreció su mano libre para que terminara de bajar. Lo hice, pero justo cuando iba a soltarlo, me empujo con fuerza contra la pared y se colocó frente a mí.

– ¿De quién se trata? – Alcancé a decir y me esforcé por sonar seguro. No me gustaba ser siempre yo el que perdía, cuando se trataba de Damián.

– ¿No lo intuyes? – Agregó y se pegó un poco más a mí. – ¿Vino?

– Si, por favor… – La destapó y bebió directamente de la botella y después me la ofreció. Tomé la botella y me la empiné para beber de ella, Damián aprovechó lo que estaba haciendo para meter una de sus piernas entre las mías y se aferró a mí en un abrazo, pero casi al mismo tiempo me soltó y se alejó un poco. A juzgar por cómo se cubría la nariz, me hizo creer que olía mal. Instintivamente olisqué mi ropa y no sentí ningún mal olor, así que lo miré en busca de respuestas. Damián me miraba con extremada seriedad. – ¿Qué sucede?

– Apestas a él… – Se limitó a decir y me quitó la botella de las manos para volver a beber de ella. – No me gusta su olor y odio que lo tengas encima.

– Yo no huelo nada… – Me defendí incómodo.

– Es porque tuvieron sexo… su olor es más fuerte que el tuyo.

– No quiero hablar de eso. – Agregué de inmediato.

– Tampoco te creas que quiero los detalles. – Me rebatió – Pero si tuviste sexo con él… ¿para qué quieres un amante? – De nuevo volvió la vista a mí y me recorrió lentamente, odiaba cuando hacia eso, la fijeza y fiereza con la que sus ojos me miraban como si pudieran traspasarme la piel, me incomodaba. – ¿En verdad dejó que se la metieras? – Soltó de la nada y comenzó a reírse. – Te juro que pensé que era al revés… no me malinterpretes. – Aclaró como si no quisiera ofenderme, lo cual era aún más insultante, porque sabía que lo estaba haciendo apropósito. – Es solo que eres tan “tú”… que creí que…

– ¿Tan yo? – Le interrumpí molesto – ¿Qué diablos se supone que significa eso?

– ¡Tranquilo, sosiégate! – Hoy todo mundo se creía con el derecho de burlarse de mí – Fue una simple deducción, es que cuando te tocó sueles intimidarte y nunca me pusiste reparos por dejarte debajo de mí, incluso parecía que estabas cómodo en esa posición, así que pensé que tal vez…

– Eres el ser más vil que conozco…

– ¡Gracias! – Aceptó como si fuera un alago. – Pero debo confesarte que estoy muy orgulloso, eres todo un hombre… o “algo así”.

– Ya… burlate. Pero ¿Qué hay de ti y ese niño? Al menos yo, salgo con alguien de mi edad.

– ¿Qué sabes realmente sobre eso Deviant?

– ¿Quieres los detalles? – Respondí con seguridad. La verdad es que no sabía nada, todo había sido puro tanteo – ¡Pervertido!

– Hablando de pervertidos… – Me interrumpió y tomándome de la mano me llevó hasta unas cajas con botellas vacías y me ofreció que me sentara, también me entregó la botella de vino y se sentó frente a mí. – Hay algo que debo decirte sobre Samko. – La sola mención de su nombre hizo que se me pusieran los nervios de punta e instantemente miré hacia la puerta, mentalmente intentaba encontrar la mejor manera de huir de mi hermano si las cosas se ponían feas. – Fijate que va a tener una cita.

– ¿Qué? – Le pregunté aturdido.

– Sí, al principio también reaccioné de esa manera, pero es el menor y creo que debemos ser comprensivos con él. – Explicó y casi me hecho a reír en su cara, Damián no era comprensivo con nadie, no era parte de su naturaleza. – Anoche me hizo algunas preguntas que no supe cómo responderle…

– ¿Qué tipo de preguntas?

– Va a salir con un tipo de la universidad, y bueno, Samko nunca ha tenido una cita, así que no sabía cómo debía comportarse en algo así, o si debía llevar algo, no sé, algún tipo de presente… ni cómo vestirse. Van a estar los papás de su amigo y bueno, quiere dar una buena impresión.

– ¡Samko! – Repetí todavía un tanto incrédulo. Mi hermano creció coqueteando con la vida, siempre ha estado rodeado de tipos y chicas que se han interesado en él y que ahora resultara que no sabía cómo actuar, eso y sin decir, que casi es un gurú de la moda, ¿Cómo es entonces que no sabía que ponerse? – Y ¿Qué le dijiste?

– ¿Qué querías que le dijera? Yo que sé de esas cosas… – Me respondió con molestia. – Le dije que iba a investigar… por eso te pregunto. Han y tú han tenido citas… ¿no?

– Sí, pero él y yo nos conocemos de toda la vida. Es distinto, a una persona con la que apenas comienzas a demostrar interés.

– Y entonces, en esos casos ¿qué se hace?

– ¿Ya conoce a sus papás?

– Solo a su mamá, me dijo que se llevaron muy bien, al parecer él agrada a la señora.

– En ese caso, podría llevarle un canasto de frutas. A las mujeres les encanta, además de que es una buena forma de que se habrá camino con ella. Es algo llamativo y que siempre recibe buena acogida y para él, pues… depende de que cosas que le gusten.

– ¿Qué estudia?

– No estoy seguro…

– Ha de tener algún hobbie… Puede usar eso para sorprenderlo por ese lado. Es algo que demuestra interés por los gustos de esa persona y que a su vez es tomado como un apoyo para que continúe con eso.

– ¿Y sobre cómo debe vestirse…?

– Bueno, su amigo debe saber cómo le gusta vestirse a Sam, y si nunca le ha mencionado nada es porque reconoce su estilo y lo respeta. Lo más importante no es lo que lleve puesto, sino que se sienta cómodo y seguro con su atuendo… – Expliqué. – Y sobre eso de cómo debe comportarse, creo que debe ser el mismo, no fingir… las personas suelen apreciar la sinceridad de un comportamiento genuino, eso sí, debe ser educado y cuidar de no decir groserías.

– Lo tengo… ser el mismo, vestir como se sienta cómodo, canasto de frutas y obsequiarle algo que le guste. Dicho de ese modo no parece tan difícil.

– No es difícil Damián.

DAMIÁN

Tal vez no era difícil para alguien como él, pero sí lo era para mí. Ha decir verdad, jamás se me hubiera ocurrido darle un canasto de frutas a Susan y en cuanto al cachorro, pues podría darle un juego de lápices de dibujo para que me los clavara cuando se le antojara. Aunque también podría darle un blog de dibujo profesional, o un libro mejor que el que su hermano le había dado, o quizá podía darle todo lo anterior.

– ¿En qué piensas? – Me preguntó Deviant.

– En que me estás haciendo perder el tiempo… algunos si queremos trabajar, así que largo de aquí… – Le quité la botella de las manos y a empujones suaves lo dirigí hasta la escalera. – Ah y paga de una vez la botella, porque si no va a hacer falta en mi inventario de la próxima semana.

Me insulto un par de veces, pero igual y se fue. Esa noche terminé antes de que acabara mi turno y pude irme a casa.

Por supuesto, antes de ir a encontrarme con la manada, pase a ver a mi cita. Quien dormía tranquilamente entre los edredones de su cama. Había varias carpetas y libros, pero entre tantas cosas pude distinguir una libreta pequeña. Era una agenda, y para mañana sábado parecía haber muchas actividades programadas:

8:00 am

Ordenar habitación y enviar las evidencias del trabajo de diseño para la clase del martes.

11:30 am

Ir a comprar las cosas para la cena y pagar las cuentas de la casa.

2:00 pm

Limpiar los patios y el techo.  Y empezar con la comida.

6:30 pm

Comenzar a preparar la cena.

9:30 pm

CITA

 

Mayúsculas y remarcado, me reí por esa acción. Ariel era un algo que yo no me esperaba, no imagine hasta qué punto su magia podía hechizarme, pero tampoco me arrepentía. Estaba emocionado por nuestro compromiso de mañana y deseaba con ansias que las horas pasaran rápido para poder estar con él. Y que volviera a sonreír para mí.

GIANMARCO

Pasaban de la una de la madrugada cuando despertó, había estado velando su sueño, pero en algún momento dormité, sin embargo, desperté cuando lo sentí acomodarse junto a mí.

– ¿Cómo te sientes? – Le pregunté mientras lo abrazaba, él se dejó hacer e incluso se acomodó sobre mi pecho.

– Estoy mejor… ¿Te desperté?

– No tenía mucho que había venido a tu lado…

– ¿Trabajaste hasta tarde?

– ¡Sí! – Me limité a responder.

– ¿Travis dijo algo?

– No te preocupes por él, lo voy a solucionar todo. Tu solo debes descansar y estar tranquilo.

– Lusso… ¡Gracias!

– ¿De qué mi niño? Ya sabes que tú cuentas conmigo, para lo que sea…

– ¿Me quieres?

– Con locura… – Lo escuché reír y me causo un cosquilleo porque sus labios estaban muy cerca de mi cuello, pero también reí, pues este si era el Sam que conozco. El vanidoso que disfruta que le digan lo mucho que lo quieren.

– Yo también te quiero… – Aseguró y puso algo de distancia entre nosotros para que pudiera mirarlo. – Lo sabes… ¿cierto? – No respondí con palabras pero acaricie su rostro y lo atraje a mí para poder besarlo. Sus labios siempre me habían parecido exquisitos, su sabor dulce y lo tersa y húmeda de su lengua me hacía suspirar. Él lo sabía, por eso me besaba de esa manera.  – ¿Por qué no pude enamorarme de ti y tu de mí? – Preguntó una vez que se hubo separado. En más de una ocasión me había preguntado lo mismo y sin embargo, ambos sabíamos que no había podido ser de otra manera. – ¿Por qué Lusso?

– Hay muchas razones…

– ¿Cuáles…?

– Para empezar… – Agregué mientras lo abrazaba de nuevo y lo acomodaba entre mis brazos. – Cuando tu apenas era un proyecto para tus padres, yo ya tenía tu edad.

– No me importa que seas un poco mayor que yo…

– ¿Un poco? – Me reí – Tienes diecinueve años, yo tengo treinta y nueve. Como quien dice, yo soy un atardecer y tú eres una linda mañana. Además, tú estás enamorado de James, él te importó desde que tienes uso de razón. Y yo, bueno, ya sabes…

– ¿Aun lo amas?

– Si, pero de una manera muy distinta. Dylan esta en mi corazón, vive ahí y anhelo el día en el que podamos estar juntos de nuevo.

– No digas eso… piensa un poco en mí, yo te necesito…

– No va a ser de esa manera por mucho tiempo más, si acaso un par de años, en los cuales pienso aprovecharte al máximo. – Confesé y lo apreté contra mí.

– Yo siempre te voy a necesitar… y siempre te voy a querer.

La sensación de la calidez de su cuerpo era deliciosa, incluso sentía que podía derretir el hielo de mi corazón. Samko era especial para mí por esto y por muchas otras razones. Lo quería como el hijo que nunca tuve, como mi mejor amigo, como mi confidente, como mi pareja, incluso aunque por obvias razones, no intimábamos, lo quería como mi amante, porque él me había enseñado que se podía amar sin poseer y que el amor no solo era sexo.

– Llamo Deviant… muchas veces. – Le avisé mientras lo veía jugar con mi teléfono.

– ¿Y Damián?

– Él no… Pero un tal Han, sí. También lo hizo muchas veces…

– No quiero hablar con ellos por ahora.

– ¡De acuerdo!

– Pero debes saber que Han y Deviant ahora están juntos… y a Damián le gusta un niño bonito que va en mi universidad.

– ¿En serio? Vaya… a decir verdad, lo de Deviant no me sorprende, era algo que se veía venir. Pero Damián. Eso sí que no me lo esperaba…

– Creo que será algo grande para él, Damián no sabe cómo son las relaciones de ese tipo, y ya comienza a darse de topes en la pared. Es muy gracioso y deberías de ver como lo mira… – Ambos reímos por eso, Damián es tan “bestia” que no me lo imagino metido en un lio amoroso.

– ¿Y cómo es el chico?

– Pues físicamente es muy bonito… es bajito, nos llega casi al hombro, es blanquito, casi pálido y tienes unos enormes ojos azules, redonditos y muy coquetos. Sus pestañas son largas y quebradas y tiene el cabello ondulado, es delgado y tiene un estilo muy peculiar para vestirse, pero se ve muy bien. Eso sí, tiene mal carácter, según me enteré, le clavo sus bolígrafos en la mano a mi hermano y él no le había hecho nada.

– Sam…nadie le clava nada a nadie solo porque sí.

– Como sea… tiene mal carácter, pero a Damián le gusta mucho, lo sé por la forma en la que lo mira y por como habla y se comporta cuando esta con él. Nunca antes lo había visto actuar a si con nadie.

– ¿Te molesta? Él y tú son muy unidos…

– La verdad es que no, creo que es bueno que haya un poco de amor en su vida, me preocupo mucho por él y ese niño no parece ser una mala persona. Aunque me da un poco de celos, pero me digo a mi mismo que no debo ser así. No tendré a la persona que amo, pero sigo sintiéndome dichoso de tenerte en mi vida. Todo lo que sé, desde besar hasta otras cosas, me las enseñaste tú, a pesar de esa diferencia de edades que te encargas de remarcar, me gustas mucho… y sé que yo también te gusto. Por la forma en la que me besas y me tocas. Y sin embargo, valoro mucho el que me respetes.

– Jamás he dicho que no me gustas… tú me fascinas, me encantas. Pero estoy convencido que puedes aspirar a algo mejor que yo, apenas estas empezando a vivir y yo casi voy de salida.

– Te juro que no entiendo… ¿Qué pero te pones? ¿Te has visto en un espejo últimamente? – De nuevo se separó de mí y se sentó en la cama – Alguien por envidia diría que cuando mucho tienes treinta, eres guapo y tienes muy buen cuerpo, me cuidas, me quieres, me consientes, besas de la locura y según sé, tienes una enorme fortuna. ¿Qué más puedo pedirle a vida?

– Eres un descarado… – Le dije y cerré los ojos solo por un instante, pero para cuando fui consiente Samko ya estaba sentado sobre mí y desabrochaba la camisa. – ¿Qué haces?

– Despreocupate… no te voy a violar y ya perdí la esperanza de que tú me lo hagas a mí, solo quiero sacarte esto para que puedes dormir cómodo… – Me reí porque era adorablemente cínico.

TERCERA PERSONA

Nunca en los veintiséis años de Damián ni en los dieciocho de Ariel, las horas habían pasado tan tortuosamente lentas. Las manecillas parecían ir al sentido contrario y ambos estaban desesperándose de que lejos de atardecer, parecía que cada que miraban al reloj era mucho más temprano que la vez anterior.

Damián había salido desde la madrugada y había corrido en su forma de animal, la extensión completa de su territorio. La bestia no soportaba la tensión a la que el hombre estaba enfrentándose en este momento y en un afán de conseguir un poco de tranquilidad y desquitar el encierro de los últimos, se había aferrado a la transmutación hasta conseguirla. Para cuando el sol estuvo en su punto alto, él ya estaba de vuelta, era otra mañana nublada y oscura, pero él podía sentir el calor del sol traspasando por entre las densas nubes.

Káiser e invierno, corrieron hacia él en cuanto lo sintieron acercarse. Ambos cachorros de apenas un año con cinco meses, estaban acostumbrados a verlo en su forma lobuna y no se sentían para nada de intimidados de su tamaño. Damián se dejó caer entre la nieve, apenas ellos se le aventaron encima, fingiendo que había sido derribado por los gemelos quienes de inmediato comenzaron a jugar con él. Niebla y Akira comenzaron a acercarse lentamente, ellas eran un poco más tímidas, sin embargo, no paso mucho tiempo hasta que sintió sus húmedas lengüitas pasearse por su pelaje. El único que observaba desde lejos era el pequeño Joker.

Jugueteó con ellos por unos instantes y con la misma se adentró en la pequeña cabaña. Ese día en particular, su humor a pesar de la ansiedad, era más que radiante. Damián se sentía llenó de vitalidad y positividad.

Por otra parte, Ariel se había despertado mucho antes que la alarma sonara y para la hora que era, su habitación ya estaba perfectamente ordenada, también había enviado las evidencias de su trabajo, se había bañado e incluso acaba de terminar de desayunar y se disponía a ir a pagar las cuentas y comprar todo lo que necesitaría para la cena.

Era una ocasión especial, así que prepararía su mejor platillo.

Sus abuelos se habían percatado de su creciente agitación y mientras Susan se limitaba a sonreír, su abuelo parecía debatirse por encontrar las palabras y el momento adecuado para hablar con el menor. Internamente, Ariel era un manojo de nervios, y aunque después de que le conto a detalle lo sucedido Will, este le había dicho que se tomara las cosas con calma y que sobre todo, intentara disfrutar de la ocasión, Ariel quería salir gritando y esconderse en la espesura del bosque.

No era miedo lo que sentía, estaba aterrado y con justa razón. El moreno sabía hacerle perder la razón y todas sus barreras se desvanecían cuando le sonreía. Su corazón extrañaba el latir frenético que mantenía cuando Damián andaba cerca y su mirada se perdía en los ojos indomables del moreno.

Y las horas siguieron su curso lento y Damián compró un canasto con frutas de la temporada, que fue adornado con papel de colores y un enorme moño rojo y al final se decidió por un pequeño osito blanco que tenía una bufanda de tono azul claro anudada en el cuello y que le recordaba el color de los ojos de su cachorro, en vez de los peligrosos lápices de dibujo. También le mintió a Han con respecto a la “supuesta” cita de Samko y así obtuvo más detalles de cómo debía comportarse en esta ocasión tan especial y que preguntas podría hacerle al niño en caso de que algún silencio incomodo se hiciera presente. También compro ropa nueva y en más de una ocasión se miró al espejo inseguro de si se veía lo suficientemente bien.

Mientras que Ariel preparó la mejor de sus cenas y los patios y el techo jamás antes estuvieron tan pulcros como hoy y tuvo que aceptar que su abuela le comprara ropa nueva para la ocasión y también debió escuchar en silencio cuando su abuelo sugirió que fuera precavido y que no había necesidad de ocultarles nada, porque lo habían notado y lo apoyarían en lo que les fuera posible, pero que ni pensara que lo dejarían a solas con su cita, aunque Susan haya dicho infinidad de veces que Damián era un buen chico.

Y cuando dieron las ocho y media de la noche, Ariel estaba hecho bolita debajo de la regadera, asustado y muerto de los nervios, mientras que su abuela amenazaba con echar abajo la puerta si no salía. Ella quería que su nieto se viera espectacular para esa noche y el niño no estaba cooperando. Pero cuando le mintió diciéndole que pasaban de las nueve y cuarto, Ariel salió apenas envuelto en una toalla y dejó que su abuela lo vistiera como ella deseaba y que secara sus cabellos y se los peinara. Entonces en medio todas esas atenciones, se descubrió llorando porque su mamá jamás hizo algo así por él y porque realmente estaba muy nervioso. Pero bastó un abrazo mimoso y varios besos tiernos para calmarlo y sonrió frente al espejo cuando por fin pudo ver el resultado del todo el esfuerzo de su abuela y se sentido seguro y satisfecho.

Entonces ella, después de dedicarle una mirada llena de orgullo, le dejó a solas en su habitación. Y volvió a la terraza principal, frente al hombre que amaba y que llevaba poco más de una hora esperándola con una copa de vino en las manos.

– Esta noche te ves preciosa… – Le dijo él, en cuanto la tuvo a su lado y ella le dedico esa sonrisa enamorada que tras cuarenta y seis años de casados, aún conservaba en sus labios, ahora llenos de adorables arrugas. Y es que ese hombre al que el otoño le había robado la mayor parte de sus cabellos y que ahora escondía la panza bajo el saco, seguía siendo el hombre de su vida.

Y Ariel los observó desde la puerta corrediza de su habitación y en su corazón deseo algún día un amor tan grande como el que sus abuelos se profesaban y que no había visto en ninguna otra pareja. Los observó bailar en medio del patio, al ritmo de una canción demasiado moderna en comparación con su amor, pero que la letra describía a la perfección lo que sus almas, eternamente jóvenes, aun sentían.

Hasta que una tercera figura se hizo presente, justo cuando el reloj anunciaba las nueve y media de la noche. Un hombre alto, delgado y que hoy parecía lucir desmesuradamente atractivo, llegó hasta ellos y después de saludar, ofreció a Susan una canasta con frutas que ella recibió encantada. Y Ariel tuvo que retroceder para esconderse entre las cortinas cuando la mirada del recién llegado se clavó en la habitación de la izquierda del segundo piso.

David, el abuelo de Ariel, ofreció al chico el asiento que quedaba de espaldas a la casa y tuvo la oportunidad de hablar con él sobre lo bonita que estaba la noche y que hacía muchos días que no se tenía un cielo tan despejado en Sibiu, cuando Susan a propósito los dejó para llevar la canasta hasta la cocina. Y el abuelo río internamente ante el nerviosismo del joven que aunque intentaba seguir el hilo de esa conversación, parecía demasiado incómodo para hablar. – Un buen chico – Se dijo mentalmente y complacido reconoció que su esposa no se había equivocado. Y sin embargo, hizo lo que cualquier padre tiene derecho a hacer cuando un extraño intenta acercarse a su querido hijo, porque Ariel, eso era para él, su hijo.

– ¿Y dónde conociste a “mi” nieto? – Preguntó mientras aclaraba cuál era su lugar en todo este asunto. Damián se quedó mudo en el asiento, no iba a decirle que casi lo atropella cuando el niño se atravesó en su camino porque dos de sus lobos lo perseguían para comérselo. Y lo primero que le vino a la mente fue el intenso deseo de que Han estuviera a su lado para decirle que debía contestar a esa pregunta, porque él realmente le había dado muy buenos consejos, aunque odie reconocerlo.

– Fue cuando recién llegué, una tarde… cuando paseaba por el sendero. – Dijo el niño detrás de ellos y Damián se asustó por no haberlo escuchado acercarse. – Fue un encuentro bastante entretenido. – Agregó y se paró frente a ellos.

Damián aseguró su mutismo y aunque su puso de pie y abrió los labios, no pudo decir nada. Internamente era otra cosa muy distinta, sus ojos no podían apartarse de la encantadora imagen del menor, el suéter blanco resaltaba la pálida piel del niño y sus ojos hoy parecían brillar más que todas las estrellas juntas.

Susan llegó a su lado y se sujetó a su brazo, como obligándolo a que regresara a la realidad y dijera algo, cualquier cosa. Pero su nieto consentido no debía quedarse ahí, simplemente parado y mirándole sin recibir ningún tipo de alago.

– Me tomé la libertad de preparar unas palabras… – Alcanzó a decir – Pero… acabas de tirarme el discurso al piso.  – Ariel le miró entre asustado y confundido y no supo si lo que había dicho Damián, era o muy bueno o muy malo. – Es decir, al igual que esa primera vez que nos vimos, apareciste tan de repente que yo… ¡No!  Francamente no me lo esperaba. Y entonces, sonríes de esta manera y siento que no pudo haber sido de otra manera y – Todas las palabras le salían correteadas y encimadas a causa de los nervios, y aunque intentaba improvisar, no lo estaba haciendo bien y le molestaba mucho porque aunque Susan no dejaba de sonreír, Ariel y el abuelo lo miraban con una seriedad aplastante. – Y aunque no tengo la menor idea de lo que estoy diciendo… ¡Te ves muy bien! – Agregó y le entregó la bolsita de regalo. – Siempre te ves bien… – Se corrigió – Yo… necesito sentarme. – Suplicó y las últimas palabras habían salido como un jadeó ahogado. Susan se encargó de ayudarlo a sentarse en la banca que minutos antes estaba ocupando.

Mientras que tanto ella como el abuelo, luchaban incesantemente por no echarse a reír delante de los avergonzados jóvenes.

– ¡Ariel! ¿Qué tienes que decir ante tan elocuente discurso? – Presionó el abuelo y el rostro del niño se tornó de un color rojo encendido. – Estuviste tan ansioso todo el día que quizá tal vez, también preparaste algún discurso… A Damián y a nosotros nos encantaría escucharte.

Susan ya no puso aguantar la risa y Ariel comprendió que lo estaban haciendo apropósito, pero después del ridículo público que había hecho Damián, ahora estaba a la espera de que el niño cumpliera con su parte.

– ¿Puedo decirte lo más importante en privado? – Le preguntó directo a Damián y este asintió de inmediato, también deseaba que esto terminara pronto. – ¡Gracias por venir! Y por el presente… ¡Ah! Y tú también te ves muy bien… – Damián le rehuyó la mirada avergonzado con ese “tú también te ves muy bien” y Ariel sintió que su corazón se deshacía al ver a ese chico rudo, tan cohibido.

Después de invitarlo a pasar, y de que su abuelo amenazara a Damián de muerte si se atrevía a herirlo, a lo cual, el moreno había respondido con un tímido asentimiento. Les pregunto a sus abuelos si los acompañarían a cenar y ellos negaron de inmediato, pues se habían envuelto de nuevo en su propio mundo. Y hasta cierto punto, ambos jóvenes lo agradecieron internamente, aunque también era incomodo ver como esa pareja se besaban sin motivo aparente, como presumiendo lo que ellos aún no se atrevían a hacer.

DAMIÁN

– ¡Lamento mucho lo de haya afuera! – Se disculpó Ariel, mientras le acercaba un vaso con agua al moreno, quien parecía estar un poco más recuperado de su humillación pública. – Ellos son algo intensos…

– Creo que son muy agradables… aunque no me esperaba lo de tu abuelo. Dijiste que él tenía un “don” especial para ver a la gente y bueno…

– ¿Lo dices porque es ciego? – Me preguntó mientras se sentaba en la mesita de centro, frente a mí. Él me distraía de nuestra conversación, pero era algo importante y sabía que debía prestarle atención. – Él ve… pero no como lo hacemos nosotros. La otra noche me dijo que todas las personas emanan de sus cuerpos un aura de color, y es así como nos reconoce, aun si no le hablamos.

– ¿Cuál es el color de tu aura?

– No le pregunte. – Se limitó a responder.

– ¿No te da curiosidad saber?

– Me basta con que pueda distinguirme del resto.

Me costaba un poco de trabajo comprender lo que pasaba por su mente, en lo personal, me daba mucha curiosidad saber cómo era que David nos veía, mi lobo puede reconocer olores y por medio de ello, también personas con la que en algún momento me he topado, y mis ojos en la oscuridad ven sombras, la de los humanos y algunos animales es más clara que la de los árboles o piedras, de esa manera me guio y puedo cazar de noche. ¿Pero auras de colores? Jamás he visto algo como eso.

– ¿De siempre fue ciego?

– No, fue apenas hace cuatro años… por eso es común que les escuches decir cosas como “viste eso” o “mira a la persona de ahí”… ambos las usan mucho y es que mi abuelo no desea ser tratado como un discapacitado.

– ¿Sabes que tienes mucho de Susan…? – Le solté de golpe, era verdad, lo había notado mientras lo escuchaba hablar. – Los gestos que haces cuando hablas y como entrecierras los ojos con frecuencia.

Quizá no era correcto, Han dijo que no debía hacer nada que pudiera intimidarlo, pero no había podido evitar notar esos pequeños detalles que se supone no debería de ver, por ejemplo; la forma en la que sus pestañas se rizaban levemente al final de sus ojos, como enmarcándolos y que sus ojos no eran del tono azul que creí, sino que dependía de la iluminación y la ropa que usara, también vi que constantemente jugaba con sus dedos y hacía muecas con los labios, y quede maravillado porque no era algo que hacía a causa de su nerviosismo, sino más bien, era parte de su forma de ser. Ariel era encantador porque no necesitaba demostrar su sensualidad, pero tampoco se preocupaba por ocultar que la poseía.

– ¿Quieres que cenemos de una vez? – Me preguntó y lejos de parecer incomodo, se mostró alagado y me sonreía de con afinidad.

– No me perdería por nada del mundo algo que fueras tú quien lo preparara… – Esa fue mi primera metida de pata, y es que Ariel que ya se encaminaba a la cocina freno de golpe y se volteó para mirarme detenidamente.

– ¿Cómo sabes que fui yo quien lo preparó? No era algo que hubiera mencionado… – sopesé mis posibilidades y lo mejor que se me ocurrió, fue hacer una extraña combinación de verdad y mentira.

– Anoche, cuando salí del trabajo… vine a verte. – Aseguré con toda la seriedad del mundo, Ariel se recargó contra unos de los muebles y me observó con el semblante serio, como si me estuviera tomando enserio y al mismo tiempo no. – Cuando entré a tu habitación, ya estabas dormido, pero platicamos y entre sueños me dijiste que prepararías algo delicioso para mí… por eso lo sé.

– A parte de anoche… ¿habías entrado antes a mi habitación?

– Tal vez comience a hacerlo ahora… – Intenté distraerlo con eso.

– ¿Y que más dije? – Y finalmente respiré tranquilo, cuando me di cuenta de que lo había logrado.

– Si te lo digo, tal vez no lo creas… – La curiosidad afloró en sus ojos, pero se contuvo de preguntar y continuó el recorrido hacía la cocina.

Lo observé mientras iba y venía desde el comedor hasta la cocina, la comida en verdad olía muy bien, y no dudé en alagarlo por ello, había carne bañada en una especie de salsa y muchas verduras, lo que he de confesar que no me alegraba mucho, pero igual las comería si era estrictamente necesario.

En medio de tanto alboroto, es necesario decir que me gustaba como le quedaba esa ropa, aunque era distinta a su estilo habitual, me dejaba sin habla la manera en que remarcaba sus bordes y contornos. Entonces desbordó sensualidad mientras se recogía las mangas del suéter y comenzaba a servir la comida. Hablaba de algo que no escuché, pues la pasión que le ponía a lo que hacía me tenía atrapado, su absoluta concentración y el cómo se parecía a esos chef de la televisión, que te van relatando los pasos mientras ellos cocinan con toda la habilidad del mundo, y que tú al intentar seguirlos haces un asco en tu cocina. Apenas y si había logrado escuchar algo sobre condimentos y cocinar en su jugo. Pero me bastaba para estar complacido.

– ¡Damián…! – Habló un poco más fuerte y logró sacarme de mi ensimismamiento, parecía que ya me había llamado antes, pero francamente, no lo escuché – ¿Pasa algo? ¿Por qué me miras de esa manera? – Una voz en mi interior me decía que mi corazón era libre y que debía tener el coraje para escucharlo, pero no era tan fácil, quería acercarme a él y abrazarlo, quería sentirlo cerca, lo necesitaba y al mismo tiempo sabía que no debía hacerlo. Porque su corazón era una frágil rosa y el mío una cruel espina, el suyo me acariciaba mientras que el mío terminaría lastimándolo.

– Eres todo lo que nunca espere tener… – Confesé y él no pudo ocultar su sorpresa, no lo culpaba, decir algo como esto, así tan de repente. – No miento cuando digo que a todo de mí le gusta todo de ti.

– Si supieras cuanto pienso en ti… – Confesó tras un breve silencio y bajo la mirada.

– No hagas eso… – Le dije mientras lo sujetaba por el mentón y lo obligaba a que me mirara. – ¡Jamás bajes la mirada ante nadie! Mucho menos ante mí…

– Es que no es algo que debería haber dicho…

– ¿Pero es la verdad? – Él se limitó a asentir y mi corazón recordó lo que es sentirse alagado. – Dejémoslo en que eres un acosador mental y yo soy tu fan. Eso y también tendrás que repetirme esa receta porque por estarte viendo no escuché una sola palabra de lo que dijiste.

ARIEL

La comida terminó sin mayores alteraciones, hablamos de muchas cosas, la mayoría eran temas que no nos incumbían directamente a nosotros dos. Damián era una persona muy inteligente, estaba muy enterado de todo lo que sucedía en Sibiu y otras partes de mundo. También hablamos un poco más sobre mis abuelos, quienes seguían bailando a la mitad del patio y restregándonos en la cara lo bonita que era su relación. Aunque no éramos ajenos a que las copas de vino ya comenzaban a afectarles.

– ¿Siempre son así? – Me preguntó y resultó que su mirada estaba fija sobre ellos, el ventanal amplio del comedor nos permitía verlos de cuerpo entero.

– Ha decir verdad, se están portando bastante bien. – Les reconocí.

– Eso quiere decir que suelen ser peor…

– Son unos abuelos muy modernos – Aclaré mientras me ponía en pie y comenzaba a recoger los platos, Damián me siguió y llevó los que habían quedado, a pesar de que insistí que en no lo hiciera, después de todo, él era mi invitado. Pero insistió en ayudarme, aunque cada cierto tiempo miraba hacia donde ellos. – Los he visto hacer cosas que se supone que los abuelos no hacen…

– ¿Qué tipo de cosas? – Damián se recargó sobre la barra de la cocina y me observó con detenimiento mientras cortaba el pastel de chocolate que había preparado. Serví un pedazo para él y otro para mí. Él lucía tan cómodo y me hablaba con tal familiaridad que realmente pude disfrutar del momento.

– Bueno, la otra noche se fueron a un antro… volvieron hasta casi el amanecer. – Damián sonrió ante mis palabras y de nuevo volvió la vista a ellos. – “Según” intentaron entrar sin hacer ruido pero iban chocando con todo por el pasillo. La verdad, esa noche estaba muy enojado, porque me dijeron que no iban a tardar y conforme pasaron las horas comencé a preocuparme, les llamé muchas veces y no se dignaron a contestarme. Así que me les plante a mitad de la sala, estaba dispuesto a decirles un par de cosas, pero como me les aparecí tan de repente, terminé asustándolos y se echaron a reír.

De solo recordarlo también me reí. Damián imitó mi gesto y sin decir más se acercó hasta pararse justo frente a mí. Era tan alto que para mirarlo a los ojos tuve que levantar el rostro. Su mano izquierda que había estado descansando sobre la barra, se posó sobre la mía y sus ojos dorados recorrieron mi rostro, mientras que con su mano libre me acariciaba.

– ¡Que injustos son al haber hecho que te preocuparas tanto! – La forma en la que su pulgar recorrió la parte baja de mis labios me causo un estremecimiento que me fue imposible ocultar – Si quieres vengarte, cuenta conmigo… También deberíamos preocuparlos un poco.

– Lo pensaré…– Respondí y por más que luchaba por apartar mi mirada de él, me era imposible.

– ¿Y las estrellas? – Preguntó mientras me sonreía.

– En el cielo… – Respondí atontado, y me sentí tan estúpido.

– ¡Que observador! – Se burló.

– ¿El patio trasero o el techo? – Pregunté con seriedad en un vago intento por reivindicarme.

Eligió el techo, así que mientras subíamos le di un recorrido rápido por el segundo piso, apenas señalando cual era mi habitación, para después pasar a la salita y salir por el cuarto de invitados. Entonces llegamos a una pequeña terracita. Debido a que la forma del techo es de dos aguas, era más como un balcón que una terraza.

El cielo estaba despejado y la escasa luz de luna permitía disfrutar de un paisaje por demás encantador. Hoy el bosque estaba silencio y el viento frio movía lentamente las ramas y las hojas de los árboles.

– ¿Puedo…? – Preguntó Damián, mientras señalaba los cojines del único mueblecito que había, asentí y pensé que se refería a que si podía sentarse, pero él los quitó y los acomodó sobre el piso, para después hacer a un lado el mueble, de manera que tuviéramos más espacio.

Sin decirle nada, entré de nuevo a la casa y fui por un par de edredones a mi habitación. Cuando volví, Damián estaba recargado sobre el barandal y mantenía los ojos cerrados. Fue una imagen que grave en mi memoria como si de una fotografía se tratara, él, a la luz de la luna, lucía tan poco humano. Lo sé, tal vez es una tontería mía, pero desde que lo vi por primera vez sentí como si no perteneciera a este mundo, y al mirarlo ahora que estaba tan concentrado, como si escuchara algo que yo no puedo. No importaba que estuviéramos a unos pasos de distancia, lo sentía más lejos de mí como nunca antes.

Después de unos segundos, abrió los ojos de la misma manera en la que lo hace una persona cuando recién despierta y lentamente se volteó para mirarme. Algo en sus ojos había cambiado, no su brillo, pero si la intensidad de su mirada, el dorado de sus ojos se había intensificado y sus ojos resultaron ser hermosos y aterradores al mismo tiempo.

– ¿Qué sucede? – Preguntó y al mismo instante estuvo a mi lado. Instintivamente retrocedí. Cuando mucho fue un par de pasos y noté que abrazaba con fuerza los edredones. – ¿Ariel?

– ¿Estas bien?

– ¿Por qué lo preguntas? – Cuestionó y sus manos se posaron sobre mis hombros.

– Cuando entré y te vi… tuve la impresión de que algo te ocurría. Si hay algo que te preocupe, yo podría escucharte. – Aseguré y di un paso al frete para reafirmar mis palabras y hacerle sentir mi cercanía. – Me esforzaría por comprenderlo todo a lo primera y haría hasta lo imposible por ayudarte a resolverlo, en verdad que sí…

Damián me miró serena y largamente. Por momentos parecía que iba a reírse, pero la mayor parte del tiempo, se mantuvo serio. A lo mejor, él no me contaba sus cosas porque cría que no lo iba a entender. Ayer, mientras hablábamos de nuestra diferencia de edades me había llamado “niño”, pero yo, ya no era un niño y podía entender o por lo menos, quería intentarlo.

– Tengo un grave problema… – Dijo de la nada y su voz se escuchó neutra, casi plana. – Es algo que no sé cómo solucionar y por más que le doy vueltas y vueltas… no encuentro una salida. – Me soltó y me quitó los edredones, uno lo extendió en el piso y después acomodó los cojines, y el otro lo enrolló y lo colocó a un lado. Después de que terminó de acomodar todo, me tomó de la mano y me llevó hasta que ambos estuvimos de pie sobre el edredón y me invitó a sentarme. Supuse que estaba haciendo tiempo para poder aclarar sus ideas, a lo mejor, era un tema delicado. – Hay alguien que creo que me gusta… – Soltó, una vez que ambos estuvimos sentados. Su vista estaba fija en el cielo y descansaba las manos sobre sus rodillas contraídas. – Ariel…no creas que es cualquier persona, siento que es, alguien especial. – Explicó con formalidad y solo cuando mencionó mi nombre me miró, de resto volvió sus ojos al cielo. Por mi parte, ya no quise escuchar más, mi interior se llenó de tristeza, porque creí que yo le interesaba. – Es alguien que tal vez conozcas, y quiero pedirte que por favor, me ayudes con eso y se lo hagas saber… – Su petición me sorprendió muchísimo, no quería hacerlo, pero se lo había prometido, él estaba siendo honesto tal y como se lo pedí. – Pienso que si eres tú quien se lo dice, es posible que lo crea…

– ¿Decirle qué…? – Pregunté y me mordí la lengua como castigo, porque mis palabras habían salido dolidas y casi de mala gana. Yo estaba de frente a su costado, podía mirarlo con la luna y todos esos árboles como fondo y me sentí aún más triste porque él me interesaba.

– Dile que he pasado mucho tiempo solo, a tal punto, que me angustiaba la idea de saber que pertenecía a alguna parte, pero que desde que le conozco, siento que es a su lado a donde pertenezco y solo cuando podemos estar juntos es que logro sentir paz… Que de todas mis opciones, de todas las personas, de todos los lugares, de todo entre todos, algo en mi interior me decía que no podía ser cualquier otra persona si no él. – Sentí que mi corazón se contraía a causa de esas palabras y por la forma tan intensa en la Damián me estaba mirando desde quien sabe en qué momento. Quería que esas palabras fueran para mí, y sin embargo, no era así.

– ¿Y cómo voy a saber a quién debo decirle todo esto?

DAMIÁN

Su rostro se había ensombrecido y parecía que en cualquier momento me aventaría a la cara el cojín que apretaba con tanta fuerza entre sus manos.

– ¿Molesto? – Le pregunté mientras le sonreía.

– ¡No! – Me respondió con dureza.

– Entonces… ¿Decepcionado?

– Tal vez… pero mejor dime cómo voy a saber quien es…

– ¡Es fácil! – Aseguré – Esa persona, siempre suele estar del otro lado de tu espejo…

En mi interior, no fue una confesión hasta que dije lo último, y me avergoncé terriblemente. Me sentía como un adolescente estúpido que se confiesa por primera vez en su vida. Aunque de hecho, era la primera vez que me hacía. Pero aun así, a mis años y después de todo lo que he vivido.

Y por si lo anterior no fuera suficiente, Ariel se había quedado mudo y con los ojos muy abiertos, haciendo que me sintiera mucho más ridículo. Mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho debido al ritmo tan acelerado con el que latía y estaba ahogándome, porque por más que respirara sentía que el oxígeno no era suficiente.

– Demonios, Ariel… di algo… lo que sea… – Casi supliqué y él en respuesta escondió su rostro entre las palmas de sus manos. Toda su cara y hasta la punta de las orejas se le habían puesto coloradas. Y me reí con nerviosismo, pero al mismo tiempo, complacido por su muda respuesta. – ¿No? Aunque un “sí” seria genial… ¿Qué tal un lo voy a pensar?  – Presioné.

Hasta ese momento comprendí que Ariel era pésimo con las palabras, pero nadie como él para las acciones. No pidió permiso, ni siquiera aviso y para cuando pude sentirlo, sus manos se posaban con suavidad sobre mi rostro, al mismo tiempo que sus labios tersos presionaban con suavidad sobre los míos. Estaban húmedos porque se los había lamido antes de besarme. Fue una caricia tímida, casta y tierna, sus labios apenas y si se atrevieron a deslizarse sobre los míos. Y lo hizo con tal delicadeza que no sé cómo describirlo. Después de todo, ¿cómo se puede describir un beso que jamás se ha dado? Un cosquilleó extraño me recorría por el cuerpo como si hubiera sido derramado sobre mí, mientras su cercanía me dejó sentir el calor que emanaba de su cuerpo y la calidez de su respiración me quemó la boca.

Esa acción francamente no me la esperaba y cada fibra de mi ser se tensó, él había cerrado los ojos mientras que yo los había abierto como platos a causa de la sorpresa. Y aun si duró apenas unos segundos, la sensación que me dejó cuando se apartó, fue cálida y dulce. Entonces tuve que atraparlo, porque literalmente, intento huir de mí.

TERCERA PERSONA

Ariel ardía presa de la vergüenza, y cuando intentó correr hasta su habitación para encerrarse y jamás en la vida volver a salir, Damián lo había rodeado por la cintura y lo abrazó de tal forma que el menor no pudo huir.

El niño había quedado sentado con la espalda contra el estómago del moreno y apresado entre las piernas de este, quien no había dudado en sujetarlo como si su vida dependiera de ello. Ambos estaban agitados, sobrecogidos por todas las sensaciones que los golpeaban sin darles tregua. Ariel temblaba entre los brazos Damián y él mayor creyó que el cachorro se soltaría a llorar en cualquier momento, por lo que intentó distraerlo.

– ¡Tranquilo! – Le susurró. – Todo está bien… ¡Mira! – Dijo mientras señalaba hacía el cielo – Han comenzado a caer…

La posición en la que habían quedado no ayudaba en nada para que el niño se calmara, sino que por el contrario, parecía más a asustado que antes. Damián se dio cuenta de esto y se quebró la cabeza mentalmente pensando en alguna manera para tranquilizarlo.

– Prometeme que si te suelto, no voy a tener que corretearte por toda la casa para alcanzarte. – Agregó y Ariel asintió con timidez. No parecía estar en condiciones de hablar, así que el asentimiento fue suficiente para el mayor, quien colocó algunos cojines a su lado de tal manera que cuando el niño se recostara sobre ellos, pudiera estar cómodo. Él mismo, también se recostó y solo a modo de precaución sujetó la mano de Ariel, entrelazándola con la suya y llevó ambas a que reposaran sobre su estómago.

En efecto, las estrellas parecían que literalmente llovían, se iban desprendiendo del manto negro en grupos de muchas y bajaban a una velocidad vertiginosa hasta que caían en quién sabe dónde. Ambos chicos observaron en silencio el bello panorama nocturno que se suscitaba frente a ellos. Ariel estaba mucho más tranquilo y aunque todavía le daba vergüenza pensar en lo sucedido, aunque en su interior, estaba convencido de que había sido lo correcto y no se arrepentía. Por otra parte Damián disfrutaba de la sensación de paz que lo había invadido. Todos sus demonios parecían haberse ido a dormir, y otra parte suya, que no conocía, estaba deseosa de seguir recibiendo las atenciones que el niño en medio de su impulsividad, podía darle.

– Qué te parece si continuamos con las preguntas de ayer… – Sugirió Damián, mientras se recostaba sobre su costado, de manera que pudiera quedar de frente al niño. – He pensado en algunas…

– ¡Esta bien! – Aceptó Ariel y tomó la misma posición que Damián, de manera que ahora podían mirarse directamente a los ojos. – Pero empiezo yo. – El moreno asintió y el niño se mostró un poco indeciso sobre cuál de todas sus preguntas era la más importante. – ¿Cuál es tu posesión más valiosa?  Y ¿Por qué lo es? – Damián no tuvo que pensarlo mucho, después de todo, era una pregunta sencilla.

– ¡Mi familia! – Respondió con convicción. – Deviant porque aunque parece que se entromete en mi vida, la verdad es que se preocupa mucho por mí. James, bueno él… más que un hermano, es como un hijo para mí y me siento responsable por su bienestar. Y Samko porque es el menor y lo vi crecer, además de que es muy apegado a mí, y debo reconocer que lo he malcriado un poco, así que también me siento responsable por eso. También esta Han, de él no te había hablado, pero creció muy apegado a nosotros y ahora se ha “apegado” más a Deviant pero esa es otra historia… – Ariel rio por el gestó que el moreno hizo al referirse a lo mucho que ese tal Han se había “apegado” a Deviant, pero no quiso preguntar, porque había sonado demasiado raro.  – Mi turno… – Anunció – ¿Quiénes son las personas más importantes de tu vida?

– William y mis abuelos…

– ¿Y tus padres?

– Amo a mamá, pero ella es muy desapegada de mí. Y creía que mi padre y yo nos llevábamos muy bien, pero siento que él está rehuyendo de mí y me culpa por su divorcio. – Pesé a que era un tema delicado, Ariel lo habló con toda la serenidad y propiedad se merecía.  – He tenido que reevaluar mis prioridades y el lugar de Will en mi vida, sigue siendo el mismo, pero ahora mis abuelos son lo más importante. – Damián asintió mientras recordaba la imagen de ese par de adultos que abrazados habían estado bailando a mitad del patio. – ¿Qué es lo que más te apasiona?

– El bosque… – Respondió, mientras ensanchaba su sonrisa – Te sorprendería todo lo que puedes encontrar. Animales, vegetación… paisajes realmente increíbles, como sacados de una película de ciencia ficción. – Ariel observó a detalle como los ojos del moreno se iluminaban al describirle todo lo que había visto en el bosque, le habló de los ríos, de las fluentes, de la nieve que cubría las cordilleras de los Cárpatos. También de supuestos tesoros escondidos y de Gigantes que merodeaban los alrededores al caer el sol. Y le maravilla lo desenvuelto que era el mayor y él como su conversación era tan fluida. Mientras que internamente Damián no se reconocía, pero el niño le miraba como si estuviera viendo cada cosa que él de describía y por momentos sus ojos azules se habrían presos de total sorpresa y se llevaba las manos a la boca para cubrírsela cuando contaba acerca de alguna herida que se haya provocado en sus paseos o cuando le relataba sobre las leyendas de la localidad. Y Damián, nunca antes había hablado tanto y sin embargo, la sensación de ser escuchado, le agradaba. – Deberíamos hacer planes para que un fin de semana, acampemos en el bosque y te pueda mostrar algunos lugares cercanos que son muy bonitos y que estoy seguro que te encantaran. – Finalizó y el niño había comenzado a asentir incluso antes de que terminara de hablar, la emoción que le invadía era por partida doble, no solo se adentraría en el bosque, algo que desde que llegó a Sibiu había deseado, sino que también lo haría con Damián. – Mi turno… – Repitió el mayor – ¿De qué es de lo que te sientes más orgulloso? – Ariel pareció sopesar la pregunta e incluso entrecerró un poco los ojos como si con eso lograra ver con claridad, la respuesta a esa pregunta. Entonces, una sonrisa coqueta delato que ya sabía que responder.

– De lo mucho que he mejorado en mis dibujos… Es algo que me gusta mucho y en cuatro años he logrado no solo un estilo propio sino que también al venir aquí, se me ofreció una beca completa si dejaba que la Universidad expusiera mis dibujos. De hecho, en unos días habrá una fiesta y ahí se presentaran algunos de mi propiedad. – Realmente lo decía con mucho orgullo y Damián sintió lo mismo al saber que era un chico que le ponía mucho empeño a todo lo que hacía. – Me encantaría que si te es posible, fueras a verlos…

– ¿A la universidad?

– Sí, será el miércoles veintiuno de este mes.

– ¿Y el intenso de ayer va a estar ahí?

– Bueno, es el presidente del taller, así que…

– No me importa que sea el dueño de la mismísima universidad… mi cita, mi chico. – Aclaró mientras señalaba al niño – Más le vale que se vaya haciendo a la idea. – Ariel le dedico la más amplia de sus sonrisas, y el moreno agradeció el gesto, pasándole mano izquierda sobre la cintura del niño, a manera de abrazo sobreprotector. – ¿Cuál es tu siguiente pregunta?

– ¿Cuál es tu frase favorita? – Fue el turno de Damián para debatirse sobre que responder, había muchas frases que le gustaban, él personalmente se lo había dicho al niño ayer.

– Esa es una pregunta difícil, no tengo una que sea como la preferida… pero supongo que elegiré la de “El que busca, encuentra”.

– ¿Y qué es lo que estás buscando? – Preguntó Ariel de forma juguetona.

– ¡Ya nada! – Respondió el mayor – Porque creo que ya lo encontré todo lo que buscaba y resulto estar en un pequeño y frágil recipiente con forma de niño. – Decir que el corazón de Ariel se derritió al oír esas palabras, es quedarse corto. Y sin embargo; comprendió que Damián estaba buscando que su impulsividad saltara hacía adelante y quizás le robe otro beso, así que reuniendo todas sus fuerzas, se quedó quietecito mirando al moreno. – Tengo una pregunta más… – Anunció tras un breve instante en el que únicamente se hablaron con los ojos. – ¿Cuál es la cosa más imprudente o temeraria que has hecho? – Tal y como si hubiera esperado a que Damián preguntara eso, se hecho la carcajada. – Sea lo que fuese que hayas hecho parece que no te arrepientes… – Agregó el mayor al ver como el niño reía.

Ariel aun sin quererlo del todo, se salió del abrazo protector de Damián y se sentó sobre el edredón con las piernas cruzadas, una sobre otra. El mayor imitó su gesto, solo que se sentó con las piernas contraídas, tal y como había estado al principio. Solo que en esta ocasión buscó una mayor cercanía con el niño.

Jalándose el cuello del suéter, Ariel dejó al descubierto el hombro derecho. Y un tatuaje que iniciaba en la clavícula y subía hasta al el hombro, captó la atención de Damián, quien miró con detenimiento la pluma negra que parecía estar sobrepuesta y contrastaba delicadamente con la pálida piel del niño. La punta de la pluma parecía haberse deshecho y de ella se iban formando avecillas que revoloteaban alrededor y subían sobre la piel de Ariel.

– ¿Cuál es la historia? – Preguntó Damián, mientras rozaba con sus dígitos el contorno de la figura. Ariel se estremeció ante esa caricia que aunque intentó ser delicada, resulto brusca. No había sido a propósito, él niño comprendía que el moreno no podría tocarlo de otra manera.

– ¡Estaba harto…! – Comenzó el niño y la forma en la que lo dijo, hizo que el mayor le diera toda su atención – Durante muchos años intenté ser todo lo que mi madre quería. El hijo de buenas calificaciones, el que era educado con sus amigas, me esforzaba por no ensuciar mi ropa y por caminar y sentarme siempre derecho. Callaba ante sus quejas y reproches, aun si no tenía la culpa de lo que se me acusaba, que por lo general era así. Me resigné a ver el mundo a través de sus ojos y a que mi padre no me defendiera. También a su indiferencia y su falta de cariño para conmigo. Ella veía y se expresaba mal de las personas que tiene tatuajes, le desagradaban tanto que decidí hacerme uno, Will me ayudó a elegirlo y fue conmigo para que me lo hicieran. Me dolió horrores, pero habían dolido mucho más todos esos años de sumisión, de callar y asentir.

– ¿Y qué cambió con que te lo hayas hecho?

– Cambié yo… – Respondió con convicción – Mi manera de ver las cosas y mi vida misma. Aun si mi situación con ella empeoró en cuanto me lo vio y me abofeteó un par de veces, además de llamarme delincuente y tantas otras cosas que no viene al caso mencionar, incluso amenazó con echarme de la casa y desheredarme. Pero no me importó. Yo ya había decidido ser libre… Eso es lo que significa mi tatuaje. Ahora soy todo lo que quiero ser, decido por mí y bueno… ese ha sido mi mayor acto de rebeldía.

Damián luchó contra sus sentimientos encontrados, por un lado, estaba enfurecido con esa mujer que se había atrevido a dañarlo tanto y al mismo tiempo, se sentía enternecido por el niño. Quizá la idea del tatuaje no terminaba de agradarle, porque el moreno tampoco tenía una opinión tan positiva al respecto, pero no podía negarle que en el cuerpo de Ariel se veía muy bien. – Dejame verlo… – Pidió y ya le estaba pasando el brazo izquierdo sobre la cintura y con el derecho lo levantó se lo acomodó sobre la piernas.

Fue un movimiento tan rápido que Ariel no pudo más que dejarse hacer. Damián seguía con las piernas contraídas, así que el menor casi quedó sentado sobre su estómago, con las rodillas sobre el edredón y sus piernas apresando las del moreno.

Sus hábiles manos dejaron al descubierto el hombro del menor y volvió a acariciarlo, la piel al tacto se erizaba ante su calor, y Ariel parecía estar demasiado aturdido para reaccionar, así que valiéndose de eso, Damián sustituyo sus dedos por sus labios y dejó un primer beso en la clavícula del niño, para después ir dejando otros tantos por el mismo camino que llevaba el tatuaje. Al sentir los labios cálidos de Damián, el menor aferró sus manos a la casaca del moreno, quien creyendo que el niño intentaría alejarse, atrapó en un agarré posesivo la cadera de este, mientras que con la otra mano lo sujetaba por la nuca.  Un beso más fue dejado sobre el cuello blanco de Ariel y él se sacudió estrepitosamente ante esa caricia. Más besos fueron dejados en sus mejillas, la punta de su nariz, también sobre sus parpados que se cerraban con fuerza, sobre su frente y su cabello. – ¡Me gusta! – Declaró Damián – Pero a partir de ahora las únicas marcas que quiero ver en tu cuerpo, son las que yo te voy a dejar… – Ariel abrió los ojos a modo de sorpresa tras esa declaración. Damián las había pronunciado con propiedad, como si el niño le perteneciera, y aunque eso le agradaba, tampoco pensaba sucumbir tan rápido frente a él. Si Damián realmente quería someterlo, Ariel estaba dispuesto a ceder un poco, con la condición de que el mayor le convenciera de hacerlo.

– ¿Qué dices…? – Le preguntó mientras que poniendo sus manos sobre el pecho de Damián, busco salvar un poco de espació. – Primero debes preguntarme si quiero que me dejes marcas.

– Sé que si vas querer… – Respondió con tal seguridad, que incluso tuvo la osadía de pegarlo más a él.

– Es posible… pero igualmente, primero debes pedir mi autorización. – Damián sonrió porque de nuevo había fruncido el ceño y su rostro enojado era adorable.

– ¿Alguna vez… simplemente aceptaras lo que digo, sin reñirme nada?

– ¡No, definitivamente no! – Respondió el niño.

– Sí, eso creí…

Ariel levantó la mirada justo cuando una estela de luz surcaba el cielo. – ¡Mira! – Le dijo a Damián mientras señalaba hacía lo alto – ¿Qué es eso? ¿Una estrella Fugaz?

– En realidad… – Agregó el moreno – La otra vez leí en un libro del cual no recuerdo el nombre, que las estrellas fugaces, son en realidad colillas de cigarros que los angeles dejan caer antes que dios los descubriese fumando.  – Ariel creyó que esa era una forma muy original de explicarlo, pues hacía muchos años atrás, él había leído que eran pequeñas partículas que al entrar a gran velocidad a la atmosfera de la tierra se quemaban y por eso formaban ese trazo luminoso.  Sin duda, una explicación para nada divertida en comparación con la de Damián. – Observa el cielo con detenimiento. – Le dijo mientras se lo quitaba de encima y lo dejaba de nuevo sobre el edredón. – Si viste una, aparecerán más. Así que no olvides pedir tu deseo.

Ariel había leído mucho sobre las estrellas pero en la ciudad jamás había tenido la oportunidad de verlas como ahora y mucho menos una estrella fugaz. Así que emocionado, se recostó sobre los cojines y expectante miraba con ansia el cielo. El moreno le imitó, aunque, prefería mirar al niño y toda esa emoción que algo tan simple le provocaba.

Como si la noche y el cielo confabularan a su favor, otra estrella fugaz cruzó frente a ellos. Fue tan rápido que Ariel no tuvo oportunidad de pedir su deseo, pero hace le siguieron una y otra más.

– ¿Qué deseaste? – Preguntó Damián.

– ¿No se supone que si te lo digo no va a cumplirse?

– Al contrario, yo tengo muy buenos contactos en el cielo y sobre todo con las estrellas fugaces así que puedo mover mis influencias para que se te cumpla. – Ariel sonrió por tal declaración, pero no se atrevía a confesarle lo que había deseado. – Si me lo cuentas, te diré que desee.

– Un beso… – Dijo el niño y de inmediato desvió la mirada.

– Y yo que se cumpliera tu deseo…

Cuidando de no aplastarlo, Damián se volteó y se colocó sobre Ariel. Sujetándolo por el mentón, ladeó un poco la cabeza antes de acariciar los labios del niño con los suyos. El moreno destilaba la ternura torpe de quien nunca ha sido amado y necesita improvisar. Y no era para menos, debajo de sí, tenía lo más frágil que jamás antes había poseído, un corazón puro que completamente acelerado, le gritaba en cada nuevo golpeteo que latía por y para él. Ariel llevó sus manos hasta el rostro de Damián y el apasionamiento y el romanticismo propio de las parejas que comienzan a enamorarse se fue haciendo presente. Damián sostenía el rostro del niño quien torpemente intentaba corresponderle, la inexperiencia se le notaba mientras jadeaba sobre sus bocas y en los momentos en los que se olvidaba de corresponder y se entregaba a esos labios que saboreaban los suyos con pasión. Con la necesidad impetuosa de Damián y su deseo de sentirlo más cerca.  A razón de esto, el moreno se las arregló para abrazar al niño por la espalda, y sin romper el contacto, se sentó con Ariel sobre él, y lo aferró a su cuerpo con fuerza. No solo por la cadera, sino también por los ondulados mechones de cabello del niño.

Instintivamente, Ariel pasó sus manos por el cuello de Damián y lo rodeó con fuerza, como deseando fundirse en él. Mientras que el moreno lo levantó con imputó para que fuera Ariel el que estuviera arriba, pues aun sentado sobre sus piernas, el menor seguía siendo más bajo que él. Internamente, al sentir al niño tan entregado, Damián comprendió que la larga espera había concluido, que mientras sus labios se rozaban con devoción, Ariel podía volver el invierno de su duro en corazón, en una calurosa primavera. Y deseo abrigarse en él, porque ese cachorro había llegado cuando su alma ya no creía en nada y trajo su luz, para acabar con la oscuridad de la madrugada en la que el moreno estaba viviendo.

Por parte de Ariel, las cosas no era muy distintas, Damián lograba encender su corazón, lo enloquecía con cada caricia recia, con cada rose sin tregua. Y lograba que a su lado, ya no sintiera miedo, sino que se entregaba en cada latido. Le curaba el pasado y hacía que olvidara que alguna vez había llorado, porque llenaba su vacío.

Y en medio de tantos sentimientos y con los corazones agitados, dilatados, fue necesario que separaran momentáneamente, entonces Damián clavo su mirada de oro en esas orbes azules que entreabiertas, le miraban con ilusión. Todo esto era como un sueño, y los labios del niño como las nubes.

Mostrándose ambicioso, el mayor recorrió con sus dígitos sus bordes, enmarcándolos, definiéndoles. Hasta que la impulsividad de Ariel salió a flote y aun entre jadeos y sin soltarse por completo de Damián, tomó esa mano que lo acariciaba y fue besando uno a uno cada dedo, con delicadeza, completamente concentrado y mostrando tal sumisión que le robo suspiros al moreno. Quien embelesado contemplo la escena sin moverse, hasta que sintió celos de sus dedos y volvió atacar los labios rojos de su niño.

Y Ariel lo agradeció infinitamente, porque si Damián lo miraba lo hacía sentir seguro, pero si lo tacaba, entonces, sabía que era verdadero.

Los labios de Ariel eran dulces, suaves, tiernos, húmedos, tersos y deslizaban con hambre sobre los de Damián, su aliento era tibio y cosquilleaba el rostro del mayor. Damián disfrutaba de los latidos del niño y de su aliento tibio que lo rodeaba de una forma particular, única. Mientras que entre suspiros, jadeos y gemidos, ambos balbuceaban cosas que no podían entenderse. Habían caído en una especie de magia, bajo el hechizo de la noche, la luna, las estrellas fugaces y los labios ajenos.

Pero que más daba lo que sucedería mañana, si esta noche, se besaban a la luz de miles de estrellas. Si esta noche, llovían estrellas para ellos y el bosque observaba en silencio como sus almas se fundían y sus vidas se llenaban de un sabor distinto. El delicioso sabor de un amor que empieza.

SEGUNDA PERSONA

Las personas solemos enamorarnos de formas muy extrañas, a veces, misteriosas. Puede ser por un simple roce de manos, una mirada o mientras nos besamos a la luz de miles de estrellas y es ahí donde las promesas de amor eterno se vuelven proyectos a futuro, metas que se ansían alcanzar y que son verdaderas, porque aunque los cuerpos se desgasten, las almas jamás envejecen. Las sonrisas se graban en la mente y la memoria, entonces, comprendemos que todo esto es parte de un plan, que los encuentros casuales no existen, sino que han sido planeados por las almas, incluso antes de que los cuerpos se hayan visto. Y nos envolvemos en abrazos amorosos y nos besamos a la luz de miles de estrellas y mientras uno pone la cabeza sobre el corazón del otro, ambos nos damos cuenta que encontramos el amor, justo donde estamos.

 

Deja un comentario