Capitulo 1

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Prólogo

Presentando a Martín (Introducing Martín)

Entrada No. 1 – Diario de Martín

Sé que, sin lugar a dudas, muchos me odian. Me aborrecen por razones que no puedo controlar porque ¿Qué culpa tengo yo de tener la buena fortuna de ser bien parecido, inteligente, talentoso y que la providencia hubiese decidido que el dinero no sea un problema para mí? Tengo buen gusto, tengo el glamour, la suspicacia y la simpatía necesarias para sobrevivir en este mundo.

Soy el único hijo de una de las más talentosas “divas de la publicidad”; mujer que vive y desvive por mí. No ve si no es a través de mis ojos, cumple todos y cada uno de mis caprichos y por esto prácticamente tengo el mundo a mis pies. Me sigue la corriente en absolutamente todo; tanto así que se tomó de manera completamente festiva y sin ápice de rechazo o vergüenza, el hecho de que el día de mi cumpleaños número once le dijera de la manera más abierta posible que estaba por completo convencido del hecho de ser gay. Si la memoria no me falla, mis palabras exactas fueron las siguientes:

 

— ¿Te digo algo, Mimí? Entre las posibilidades de tener un encuentro sexual fortuito con Justin o con Lara, definitivamente lo escogería a él.

 

Es cierto que no mencioné la palabra «gay», pero creí que con semejante afirmación ya no era necesario. Además debo aceptar el hecho de que a pesar de haber tenido sólo once años cuando le dije aquello, ya tenía una mente bastante pervertida y por sobre todas las cosas, precoz. Era un pre-puberto con aires de grandeza, ahora… soy casi un adulto que conserva los mismos aires de grandeza. ¿Qué le voy a hacer? Contra la realidad hay muy poco que sirva. En  aquel tiempo era algo medianamente aceptable el que me gustara el ídolo pop del momento, hoy en día es sólo un tema bastante bochornoso que jamás, jamás, volveré a mencionar.

También recuerdo que después de este pequeño, pero importante suceso, mi abuela     —presente en aquel mágico y decisivo momento—  pasó un tiempo considerable sin hablarle a mi madre porque Mimí, con sus aires revolucionarios, descomplicados y modernos de madre soltera y mujer por completo liberal, después de darme como obsequio una consola de video juegos que en aquellos momentos era la más reciente, desapareció momentáneamente. A la vuelta me sentó en sus piernas, me miró a los ojos con los suyos cargados de sentimentalismo y me puso en las manos una caja entera de preservativos. Me dijo que yo era libre de manejar mi sexualidad de la manera en la que mis ganas y mi corazón me dictaran, pero que hasta la locura debe darse en condiciones que alejen el riesgo en la medida de lo posible. En otras palabras me dijo: «Acuéstate con quien quieras, cuando quieras, pero por favor ten el cuidado y la decencia de ponerte siempre un caucho.» o por lo menos así lo tradujo mi, en aquellos momentos infantil y bastante creativa, mente. He de decir que entendí el mensaje y todavía hoy continúo siendo un amante responsable.

Mi abuela, tras llamar a mi madre alcahueta y poner el grito en el cielo en nombre del decoro y la decencia, condenó la reacción de mi progenitora como un gran exabrupto, se alejó taconeando rabiosamente y de inmediato amenazó con sacarla de su testamento —y de paso a mí, ¿por qué no?— en cuanto tuviera la oportunidad. No me gritó directamente a mí porque, cosas de la vida, ella también es una de las personas en este planeta que muere por mis huesos. Digamos que soy algo así como su adoración. Sin embargo
me resentí horrores con ella porque, aunque de manera indirecta, pude sentir su rechazo y no hay nada más difícil que ganarse mi cariño de nuevo una vez  me han ofendido. Así que pronto tuve a la matriarca de mi familia de rodillas detrás de mí, casi implorando por mi perdón, haciéndome cariñitos y pantomimas cada dos por tres. Me hice el duro cuanto pude y ella trataba desesperadamente de volver a ganarse mi cariño con infinidad de obsequios que superaban con creces las expectativas que un niño de once años pudiera tener. Recuerdo como se entristecía la pobre mujer cuando veía que no funcionaban sus intentos. Y yo, en el colmo del chantaje emocional, esperaba a que ella viniera a casa para arrastrarme llorando y gimoteando por los rincones, poniendo ojos de borrego a punto de ser llevado al matadero, haciéndome el mártir, porque de lo contrario yo era la persona más feliz del planeta.

Resistí en la lucha todo lo que pude. Quería que mi abuela se sintiera culpable y sufriera por no haber aplaudido y aceptado de inmediato mi… ¿Filosofía de vida, podríamos llamarlo? Mi objetivo era que la abuela no sólo me aceptara si no que se sintiera feliz y ¿por qué no? También orgullosa de la manera en que yo había decidido ser y vivir. Ella siempre me había dicho que yo no había venido a este mundo para ser como los demás. ¿De qué se quejaba entonces? Sé que no soy el único gay sobre el planeta, pero definitivamente somos un grupo minoritario y eso nos hace especiales, en el buen o mal sentido de la palabra. Sólo hay que escoger.

Toda batalla tiene su final. Y me gustara o no, llegó el momento en el que finalmente me rendí y me vendí; bueno, no tanto así, más bien me dejé comprar  —que se oye mucho mejor—. Ella encontró mi punto débil, un punto débil que yo ignoraba que tenía.  Aunque pienso que sólo fue suerte. Una tarde ella llegó con un pequeño bulto en sus brazos. Debía ser algo valioso ya que estaba envuelto en uno de sus costosos chales. Y vaya que era una carga valiosa. Un cachorro de inmensos y redondos ojos adormilados que batió su cola ante mí y me dejó desarmado. Aún lo conservo, se llama Julius Jones III aunque jamás hayan existido un Julius Jones I o II. Está justo a mi lado en este momento mientras escribo. Él es mi compañero y mi amigo, jamás me lleva la contraria, siempre está cuando lo necesito y el hecho de que mi madre no lo soporta —y que además le tenga una leve alergia— lo convierte en un tesoro invaluable para mí.

De aquella caja de condones nunca hice uso más que para jugar, ¡Tenía once años por Dios! Era precoz, cierto, pero no tanto así. Los inflé, los estiré hasta donde más pude, uno que otro intenté probármelo siguiendo las instrucciones del folleto dentro de la caja, pasando por alto el «pequeño» detalle de la excitación. Finalmente les encontré un uso más divertido, los llené de agua y los estallé en la cabeza de mi perro mientras él correteaba feliz detrás de mí. No recuerdo con exactitud cuántas unidades tenía aquel dispensador, pero lo cierto es que mi madre es una exagerada y la abuela tenía algo de razón, también una alcahueta de lo peor.

Mi padre

No tengo mucho que decir acerca de él, pero aquí va la declaración más sincera y acertada que puedo hacer en cuanto a este tema se refiere. El hombre fue un personaje fugaz en nuestras vidas y a la fecha de hoy, un completo misterio para mí.

Todo lo que sé acerca de él es que era, o quizá continua siendo, un actor de medio pelo que pasó por la vida de mi madre sólo para dejar su cuota de ADN y luego, como el mejor de los magos, interpretar el acto de desaparición más largo del que se tenga registro en la historia, hasta ahora van poco más de 17 años y contando. Creo que al menos puedo agradecerle al tipo que fuese bien parecido.  ¿Cómo tengo la certeza de ello? Pues fácil, sólo basta con mirarme a mí para llegar a esa conclusión, aunque bien podría culpar a mi abuela y a mi madre ya que ambas tienen un físico bastante envidiable que hace que las miradas les lluevan. Me parezco poco o nada a ellas, así que supongo que es a él a quien debo gran parte de los dones recibidos.

Yo no me aflijo por la ausencia paterna. Me río en la cara de aquellos que conociéndome lo suficiente culpan a este hecho como causa de mi ambigüedad sexual, porque creo que yo sería igual aunque me hubiera criado al lado de cualquier súper macho. No crecí con un padre, pero aun así tengo todo lo que se supone que un hombre debe tener, y a pesar del hecho de que biológicamente está más que acreditado que tengo un pene y me recorre la testosterona, me gusta el sexo con hombres. ¿Qué hubiera podido hacer la presencia de un padre en contra de mi naturaleza? Por supuesto, absolutamente nada y el sólo mencionarlo es ridículo. Aun si mi padre hubiese sostenido mi mano mientras yo aprendía a andar, yo continuaría siendo el pecado ambulante y el sodomita irresistible que soy.

El hecho de que mi padre sea un personaje desconocido sólo le da una cuota de exquisito misterio a mi vida. Puedo decirles a todos que mi padre es desde el conde de algún lejano país que, hastiado de su recalcitrante y hostigador mundo de la realeza, tuvo un amorío fugaz y clandestino con una plebeya, o  un actor de cine francés que tuvo que volver a su mundo de fama dejándonos, muy a su pesar, a mi madre y a mi atrás pues la conoció a ella demasiado tarde, cuando ya se había casado con alguien más en su país, pero que mi madre fue y siempre será su verdadero amor, que aún suspira por ella desde la distancia, que de mi existencia nunca se enteró porque Mimí así lo quiso, pues de lo contrario jamás se habría ido de nuestro lado… Sí, quizá podría decirles algo como eso a todos, el único problema es que nadie me lo creería jamás. Primero porque ya he escrito aquí su «verdadera» procedencia y porque eso, si fuera verdad, con una cuota de drama tan notorio haría mi vida mucho más perfecta de lo que ya por defecto es. El drama en ocasiones suele darle a todo un tinte de sufrimiento que te convierte automáticamente en alguien «adorable». En definitiva el drama suele tornar el panorama en algo mucho más interesante. Hay pocos como yo, en quien las lágrimas lucen tan bien como las alhajas. Aunque lloro únicamente a solas y en muy contadas ocasiones.

Sé que leyendo esto se puede llegar a pensar que soy total y completamente vanidoso y quizás tengas razón, pero si siempre nos instan a reconocer nuestros defectos, ¿por qué no reconocer también nuestras virtudes? Yo lo hago de la manera más abierta posible y no me da ninguna vergüenza.


Mimí y de dónde vengo.


Sé que Mimí —como suelo llamar a mi madre para no hacerla sentir vieja, manteniéndola en la ilusión de que a pesar de tener un hijo de diecisiete ella jamás pasó de los veinticinco— vivió un amor con una historia de fondo bastante romántica y extraña. Un amor adolescente y rabioso que mi santa madre jamás ha querido revelarme del todo. Por ello, ante las preguntas de los demás con respecto a mi procedencia, ella siempre ha afirmado con orgullo y con fervor que yo soy sólo suyo y de nadie más, su mayor logro y su producto de mejor calidad; también que soy una extensión de ella y que un día sólo me deseó tanto que sus ansias se hicieron carne y aparecí yo. Lo más gracioso de todo es que me creí ese cuento casi hasta los seis años de edad, creí en serio que una noche de luna llena, de la nada, mi madre pidió un bebé y de inmediato le crecí yo en la panza. Claro está que esta historia perdió validez en el momento mismo en el que me enteré de cómo se fabrican los bebés y supe que la Luna, aparte de servir de cobijo a los amantes en caso de que decidan «hacerlo» al aire libre, poco tiene que ver con ello.

Mimí me ha inventado miles de historias al respecto; con personajes confusos, tiempos que no coinciden… Tantas cosas que hace un par de años yo me cansé de preguntar. Un día ella encontró la historia perfecta: Inseminación Artificial, pero yo no lo considero factible por el simple hecho de que de ser cierto me lo habría dicho desde el principio, y hay que reconocer que sería una buena explicación, algo que me habría dejado satisfecho de habérsele ocurrido a tiempo, o si no hubieran muchos detalles que se contradicen, como el hecho de que en una ocasión me confesara que sus padres no se enteraron de su estado hasta transcurridos casi cinco meses de gestación. En otras palabras, se ha negado en redondo a exponer la verdadera identidad de mi progenitor.

¿Por qué tanto misterio? ¿Acaso en realidad le cuesta tanto reconocer el hecho de que su juventud le nubló la razón y se dejó embarazar? De todas formas, si es vergüenza lo que siente es demasiado tarde ya que yo ya estoy aquí, hace años, y no hay prueba más innegable de su error que yo. No pido ir a conocer a mi padre porque no lo necesito absolutamente para nada; sólo quiero saber y creo que tengo el derecho. Sé que es —o fue— un actor porque es lo único que he logrado sacarle a mi abuela después de tanto preguntar, y ella no suele mentir. Pero todo apunta a que las mujeres de mi vida conspiraron para no soltarme prenda jamás.

…Que ellas sigan con sus secretos, que yo también me guardaré los míos…

Mimí —Mi Micaela, nombre que escucho completo sólo de labios de la abuela cuando se dispone a discutir con ella— fue orgullosamente madre a escasos 19 años.  ¿Quién en sus cinco sentidos se practicaría una inseminación a esa edad? Cada fotografía que he observado y que inmortalizan su gestación me muestra a una jovencita sonriente y nada avergonzada ante el hecho de estar embarazada sin estar casada. Una mujer que muestra su abundante abdomen con ojos de amor puro y orgullo, rodeada de los amigos de su época universitaria.

Mi madre siempre me dijo que aunque los primeros meses de embarazo le representaron una tortura, por tener que ocultar su estado a sus padres, nunca, pero nunca se le pasó por la cabeza el interrumpir su embarazo o deshacerse de mí (por suerte, si no el mundo se habría perdido de semejante espectáculo que soy).
De la presencia de mi abuelo sólo gocé los primeros dos años de vida, así que con pesar debo decir que no me acuerdo de él. Habría sido genial tenerlo ahora conmigo, pero así es la vida y al parecer cualquier figura masculina que pude haber tenido se las arregló para huir de mí.

¿Género?

Espero que no se me malentienda, nada de lo anteriormente dicho quiere decir que ande por el mundo derramando miel, recogiendo flores y vistiendo arco iris. No, para nada, ante todo está la elegancia y el amor propio. A  nadie le gusta ser percibido como un payaso, aunque haya cada caso. Tengo un sentido del ridículo muy bien desarrollado y en cierta forma tengo los pies bien plantados sobre la tierra. Jamás se me oirá hablar con voz aflautada imitando el trinar de un ave, o vistiendo prendas de dudosa clasificación de género. ¡No! ¡Jamás! Que soy gay —gay en ocasiones, sólo cuando estoy de ánimo… O me conviene— las personas lo saben sólo porque yo se los digo, sin miramientos y sólo si viene al caso. De  lo contrario, a los ojos del mundo, no hay macho más macho que yo. Tampoco es cuestión de ir con una letra escarlata cocida en el pecho para que todos sepan que soy un pecador… (“G” de gay, no “A” de adúltera como en la película “La letra escarlata”, aunque la “A” me iría bien también, “A” de ambiguo.)

Soy un machote hasta donde mi físico me lo permite, porque bien se sabe que detrás de la vulgar definición de macho se esconde un ser osco, con poco interés por la apariencia y de proporciones sólo comparables a las de un titán y dicho de esta forma no hay nada más contrario a mí. Aunque he logrado sobrepasar la estatura promedio soy de contextura delgada, no me gustan las puntas de mi cabello pegadas a mi cabeza así que lo mantengo lo suficientemente largo, me gusta de esa manera y me sienta bien. Mis ojos grises son mi arma más poderosa y mis manos se niegan rotundamente a realizar tareas en donde estén remotamente presentes ciertos elementos como grasa, polvo o mugre de cualquier tipo. A pesar de que bien podría llegar a catalogárseme como «delicado» yo lo considero un error, prefiero pensar en mí mismo como alguien… grácil. Jamás se me ha pasado por la cabeza el dedicarme algún día a alguna ridiculez como la peluquería o el diseño de modas, porque ese es el estereotipo más ridículo de todos y además el más trillado, como si en el mundo todos los maricas debieran dedicarse a lo mismo —aun cuando considero el término «marica» ofensivo, lo utilizo por ser bastante común. Pero el que se atreva a llamarme así frente a mi cara, corre el riesgo de que yo le haga el favor de dejarlo listo para la reconstrucción facial—. Lo mío son el arte y las letras, ahí si no me importa ensuciarme un poco, la pintura hace que tenga ganas de mancharme las manos o el tizne de un buen lápiz carboncillo y con un buen libro me conquistan fácilmente… Pero eso es mucho decir, porque soy alguien difícil de complacer.

Aunque me encanta hablar de mi físico, porque estoy bastante conforme con él, no es sólo la vanidad la que me lleva a ello —razones para ser vanidoso me sobran—, es un poco la curiosidad también. Cuando me veo al espejo me pregunto si quizá soy un retrato calcado de mi padre… Debo parecerme a él, porque mientras mi madre y mi abuela, la única familia que conozco, son rubias como el mismísimo sol y tienen un par de ojazos azules y una piel hermosamente acanelada, sin que los bronceadores artificiales tengan nada que ver, yo soy todo lo opuesto; tengo el cabello negro, oscuro como la más remota cueva, la piel muy blanca, quizá demasiado… Y ni qué decir del color de ojos. En ocasiones Mimí me llama su «retrato en escala de grises», y de hecho es cierto, parezco un retrato en tonalidades del blanco y del negro, pero bueno, no hay ningún otro paliducho tan guapetón como yo. La vida está hecha de contrastes, mis labios no me fallan y aportan su cuota de intenso color. Mi boca es absolutamente besable. Por suerte mis colores combinan a mi favor y he comprobado más de una vez que de hecho parecen ser una combinación irresistible.

Nimiedades

No suelo ser alguien sentimental. No soy ningún marica llorón. Tengo mis momentos, como todo el mundo, pero esos momentos son únicamente míos, no me gusta ir por el mundo arrastrando el ala. No…  Al mundo procuro mostrarle mi mejor faceta, pero soy humano y débil en ocasiones. Por amores no había llorado hasta hace muy poco, sin embargo eso es algo acerca de lo que no quiero escribir, quizá más adelante. No creo que este escrito en particular lo amerite. Antes de eso solamente una mujer me había hecho llorar, pero fue una muy particular, una que tiene al mundo a sus pies y al universo entero cautivado con su enigmática sonrisa. El día que tuve la oportunidad de ir al Museo del Louvre y tuve frente a mí a la Mona Lisa con su paisaje nebuloso y su horizonte discorde, lloré como un idiota. Tanto así que la mayoría de los presentes se alejaron de mi lado mirándome raro; no los culpo, pero hubo más de uno que me acompañó en el sentimiento; los que se sintieron tan anonadados como yo, los que realmente sienten el arte y lo ven, más que con los ojos, con el corazón mismo.

Debo decir que lo de ser gay es relativo. Digamos más bien que soy amante del placer, esto significa que ocasionalmente tuve sexo con mujeres… Y pese a mi aprensión al respecto, lo disfruté. Ellas son divinas tentaciones que se pasean por el mundo y ante las cuales más de una vez me he rendido.  Hubo un par de ocasiones en las que juré por Dios que había encontrado a la mujer de mi vida y muy someramente paladeé la palabra amor; dejándome llevar un poco por el traicionero sentimiento de estar haciendo lo correcto, lo que se esperaba de mí, pero por supuesto eso terminó como una pastilla efervescente que se disuelve en agua… Estos fueron los momentos más felices de la vida de mi abuela, una felicidad bastante fugaz a decir verdad. Se puede pensar que al hacer esta afirmación significa que soy inconstante, pero no estoy de acuerdo. Para mí eso significa que no le pongo barreras, ni nombres, ni etiquetas al placer; que considero que son más importantes las mentes que los cuerpos, y en más de una ocasión encontré mentes que valían la pena y simplemente no quise dejarlas escapar y experimenté su brillantez a través de sus cuerpos, no obstante en realidad le hacía el amor a algo mucho más trascendental que al género que ostentaban en medio de las piernas. Es lo que prefiero pensar. Es más, soy tan desinhibido que con tal de no privarme de ningún matiz del placer no he dudado en buscarlo con personas de mí mismo sexo, como ya tanto he mencionado. En esta vida hay tantas cosas. ¿Por qué habría de perdérmelas? Hay que explorar, sino cómo podríamos decidir que una cosa o la otra nos gustan más que las demás. Además, es del dominio público el hecho de que varios de los puntos de placer en un hombre están en el ano, si no quería Diosito lindo que usáramos el trasero para fornicar,  ¿Para qué los ha puesto ahí entonces? Es anatomía básica… Incluso religión.

No estoy diciendo tampoco que sea un libertino, porque lo cierto es que tener acceso a mí es bastante complicado, algo difícil. Soy alguien exigente, bastante excéntrico y en exceso mañoso, porque o las cosas se hacen a mi modo o simplemente no van. Como dijo algún personaje famoso, no sé quién fue, quizá fui yo mismo en algún momento de mi vida “Aquellos que no hagan mi voluntad, caerán”


Martín Ámbrizh 

 

Capítulo 1

Julius Jones III permanecía echado a un lado de la piscina, con la lengua afuera y moviendo alegremente la cola. Martín releía sus palabras con el ceño apretado y le acariciaba la peluda cabeza mientras pensaba en todos los detalles acerca de sí mismo que había omitido. Cosas sin mucha importancia, pero que eran parte de él, como cuando estaba ansioso o concentrado  y se mordía el labio inferior; que comía dulces en cantidades industrialmente peligrosas, aprovechándose al extremo de su diagnosticada tendencia a la hipoglucemia; que no soportaba que le dijeran «Martincito»; que la época navideña más bien solía causarle cierta depresión y una nostalgia bastante incómodas; que aunque sonara cursi él disfrutaba de los días lluviosos, incluso si eso significaba que se viera confinado dentro de su casa; que su madre mostraba tal devoción por él la mayoría del tiempo que cuando ella no tenía más remedio que reñirlo, lo dejaba con un “mal sabor de boca” que tardaba días en desaparecer, o por ejemplo,  para ser alguien tan chic como aseguraba, odiaba con cierta intensidad que lo estuvieran llamando a su teléfono celular porque consideraba que  era un aparato impersonal y por completo fastidioso que lo convertía en alguien completamente localizable. En otras palabras, había omitido lo que consideraba como pequeñas debilidades, además carentes de importancia  ya que no había nada de escandaloso en ello, y él lo que quería era causar controversia —sólo en cierta medida—. Quizá en aquel escrito se estaba mostrando un poco más frívolo de lo que era en realidad y quizá, sólo quizá, estaba yendo un poco demasiado lejos en su empeño de hacerle pasar un mal rato a Él, pero imaginar su cara de malestar mientras leía bien valía la pena.

Le gustaba el olor de aquel cuaderno… Cuerina, goma, papel y ahora se sumaba el aroma de la tinta. Le alegraba que hubiera que escribirlo a mano porque Martín consideraba que la tecnología estaba acabando con el hermoso arte de la caligrafía. Un diario… Nunca antes había tenido uno porque la verdad era que lo consideraba una reverenda estupidez, pero aquel proyecto de curso lo instaba a llevar uno hasta final de año para que él y sus compañeros de curso dejaran estos valiosos objetos donde abrirían sus corazones —o como en el caso particular de Martín mostraran sin miramiento alguno el nivel de descaro que manejaban—, en una cápsula del tiempo que algún día desenterrarían generaciones futuras. Así que ante el consenso general, él no pudo negarse.

La cuestión con aquel primer escrito era que, obedeciendo a la manía de los profesores de querer convertirlo todo en algo cualificable, tendría calificación; visto en cuestiones de redacción, comprensión y composición, lo tomarían a modo de ensayo. Pasaría por las manos del profesor, por consiguiente Martín no se había inhibido y se había mostrado tan mordaz y sincero como le había sido posible; buscó incluso verse como un descarado porque odiaba con gran parte de sus fuerzas a aquel profesor en particular por ser tan beato y extrañamente moral, chapado a la antigua, de mente cerrada y prejuicios a flor de piel. Sabía que leería cada palabra hasta el final, tal como sabía que aparte de rabiar no iba a poder hacer nada en contra de él porque la libertad de expresión es sagrada.

Aquel escrito, aunque sencillo, mostraba todo aquello que podía ser reprochable a ojos de alguien como su profesor de ética: Embarazo sin matrimonio, madres alcahuetas, padres ausentes, homosexualidad… Un plato suculento para la crítica y el rechazo. Todo escrito bajo una falsa candidez, porque aunque mostraba tal descaro de lo único que podría llegar a acusarlo sería quizá de un exceso de sinceridad. Lo mejor de todo era que Martín se sabía intocable porque Mimí jamás permitiría que lo juzgaran o lo expusieran como alguien negativo por el simple hecho de ser diferente y no ocultarlo. Martín adoraba el saberse, en cierta medida, diferente.

Tras haber releído su escrito autobiográfico e introductorio para un futuro desconocido, abandonó la poltrona plegable en la que había estado escribiendo y apoyado en la orilla de la piscina trató por todos los medios de sumergir la cabeza de Carolina en el agua, pues la chica estaba empeñada en no mojarse el cabello ya que aseguraba que el cloro se lo dejaba hecho un asco.

— ¡Para ya, Martín o juro que te vas a arrepentir! ¡Déjame! —Ella luchó aunque sabía a la perfección que tenía la pelea perdida y que si no había sido sumergida de inmediato era solo porque Martín no había querido. Él podía con ella como con una muñeca de trapo ya que ella era pequeña y él tenía esos brazos largos que siempre conseguían lo que querían.

— ¿Cómo pretendes estar en una piscina y no mojarte la cabeza? Es absurdo, inconcebible, casi como tener sexo sin quitarse los calcetines. —Mientras jugueteaba con ella, Martín mostraba la imagen de la tranquilidad y la felicidad. La imagen de alguien que lo tiene todo y que jamás ha debido preocuparse por mucho; alguien cuyos problemas son en realidad trivialidades.

Carolina y él eran amigos desde hace un par de años. Se conocieron como lo hace media humanidad hoy en día: en la Internet. La única diferencia entre media humanidad y ellos dos era que su amistad si había dado verdaderos frutos; había prevalecido más allá del primer encuentro y a pesar de los dos años de edad que se llevaban de diferencia y del hecho mismo de que Carolina ya era una universitaria con cuatro semestres de Mercadeo encima y Martín aún estaba cursando su último año escolar. Pero resultaba ser que Martín, a sus escasos 17 años tenía más mundo del que cualquiera pudiera suponer. O él era muy maduro, o ella una completa inmadura. La cuestión es que la edad mental de ambos era deliciosamente similar.

Se conocieron de la manera más peculiar. Martín fingió ser una mujer con un perfil falso y Carolina, si bien había conservado su nombre y sus datos, había hecho un poco de lo mismo y también aseguraba que estaba harta de los hombres. Ambos habían entrado a un Chat-room, Carolina lo hizo con cierto descaro, fingiéndose una tigresa devoradora de chicas con una larga trayectoria en las artes amatorias lésbicas y Martín, en contra de lo que había profesado siempre, por asares de la vida decidió ver quién caía en su trampa si se mostraba como una cándida jovencita y sobretodo, quería saber qué cara ponía su víctima cuando descubriera que era en realidad un chico. Si media humanidad lo hacía de aquel modo ¿por qué él no? Además estaba mortalmente aburrido ese día en particular.

Carolina simplemente estaba tratando de rebelarse contra el mundo, había acabado de terminar con su novio de turno y pensó en vengarse de él montándoselo con una chica. Gritando a los cuatro vientos que estaba tan harta de los hombres que se iba a volver lesbiana, aseguró que estaba cansada de que siempre le quisieran ver la cara y le pusieran los cuernos —pese a que ella no fuera precisamente lo que se llama alguien absolutamente fiel—. Pensó que quizá con esta forma de proceder iba a hacer quedar en ridículo a su hombre/tormento, sin contemplar que un par de chicas metiéndose mano es el sueño erótico más recurrente de los hombres. Si Martín hubiese resultado ser una mujer, muy seguramente el exnovio de Carolina habría vuelto de rodillas ante ella, al imaginar una escena tan sexy y queriendo hacer parte del show.

Ambos dudaron en asistir al primer encuentro, pero la curiosidad —y las ganas de reírse un rato que tenía Martín— pudo más que ellos. Así que finalmente después de un par de meses chateando en la red, se dieron cita para su primer encuentro. Ni bien conocerse, Carolina y Martín supieron que estaban destinados a ser eternamente amigos. Eran almas gemelas pero en cuerpos y actitudes equivocados, es decir, la amistad hecha perfección; porque los amigos son perfectos cuando contemplando todo el panorama en perspectiva, se llega a la conclusión de que en circunstancias normales o comunes, serían la pareja ideal. Eran demasiado amigos para enamorarse uno del otro, pero de tener la oportunidad definitivamente lo harían.

Cada vez que recordaban las circunstancias en las que se conocieron, Carolina tenía problemas para contener la pipí a causa de reírse tanto, ya que aseguraba que jamás habría soportado tocar a otra mujer; le gustaban demasiado los hombres y lo que cargaban en medio de las piernas. «Si yo fuera hombre, definitivamente sería gay», aseguraba constantemente.

Las bases de su amistad eran simples: daban la vida uno por el otro, jamás permitían que se hablara mal del otro en presencia suya, y la regla de oro; pasara lo que pasara, fueran cuales fuesen las circunstancias, los novios del otro eran INTOCABLES Y SAGRADOS —porque la confianza es fundamental en cualquier relación que se considere de verdadera amistad—  esta última regla es normalmente adecuada entre amigas, pero tomando en cuenta que ocasionalmente Martín salía con hombres, valía la pena mencionarla.

Con respecto a esto, Carolina se consideraba en constante desventaja, aunque ella era una belleza de pómulos altos, cuerpo hermosamente curvilíneo empaquetado en su pequeña anatomía de piel tersa y aceitunada, de hermosos y redondos ojos negros, Martín conquistaba con mucha más facilidad que ella, incluso a veces sin proponérselo de manera consciente. Solo necesitaba agitar sus largas pestañas y ponerle algo de picardía a sus ojotes grises, y eran muy pocos los que se resistían. Martín tenía tantos pretendientes que siempre era ella la que se moría de envidia. Martincito sólo tenía que agitar un dedo y hasta de debajo de las piedras le surgían galanes y princesas.

«¿Qué pasa con los hombres hoy en día —se quejaba siempre Carolina— que han dejado de mirarme las boobies para mirarle descaradamente el trasero a Martín?»

Pero él pasaba de muchos de ellos y ellas, quizás era por eso mismo que tenía tanto éxito, porque era una pieza exótica, bastante difícil de obtener. Él le encontraba un pero a casi todo y a todos. Quien lo pretendiera debía hacer tantos méritos y gestiones como aquel que pretende visitar al Papa. Aun así había uno que otro que contaba con suerte y lograba conquistar el corazón de Martín, por lo menos hasta que él perdía interés.

A Carolina le encantaba de Martín un detalle en particular, y era su tendencia a lo que ella solía llamar «drama artístico». Nada en su amigo era común o vulgar. Martín hacía las pataletas con más gracia y menos odiosas que pueden existir, podía conseguir ablandar a cualquiera sin un ápice de repelencia o melosería, al igual que era capaz de insultar casi sin que la contraparte se diera cuenta. Además, Martín era capaz de conmoverse ante cosas que los demás quizá pasarían por alto, como un pedazo de papel con un dibujo grabado en él. Aunque constantemente asegurara que él solo se ponía sentimental cada vez que San Juan agachaba el dedo.

— ¡Vamos, Tiny! Cariñito mío, mira que siempre he pensado que eres un caballero, no hagas que cambie ese concepto de ti, sería fatal, me romperías el corazón. —Ella trataba en vano de protegerse la cabeza, rodeándola con sus brazos.

—No creo que divertirme un poco a expensas tuyas me haga menos caballero, pero veo que con tal de convencerme de dejarte en paz serías capaz de recurrir a cualquier artimaña. Desde  adularme hasta hacerme sentir culpable… Bien, tú ganas. —Martín la liberó de su agarre y la dejó ir.

Ella salió de la piscina de inmediato. No fuese Martín a arrepentirse y a reanudar su ataque, ella necesitaba lucir regia aquella noche. Se envolvió en una gran toalla y lo siguió hasta que ambos se tumbaron en el asiento que él había estado ocupando minutos atrás.

— ¡Ah! ¿Has terminado tu relato? ¿Me lo dejas leer? —Martín asintió con la cabeza y le pasó su cuaderno, el texto pulcramente escrito a mano con bonita y elaborada caligrafía. La letra cursiva se inclinaba levemente hacia la derecha y daba la ligera impresión de ser de alguien de finales del siglo XIX, pero ella sabía que era producto de una abuela demasiado al pendiente de sus primeros años de estudio. Carolina volteó varias veces las páginas con curiosidad en los ojos—. Un poco corto para tratarse de tu biografía ¿no crees?

Martín sonrió ligeramente.

—No, no lo creo. He escrito  sólo lo que considero interesante; es mi vida a grandes rasgos. No quiero aburrir a nadie con el relato de la salida de mis dientes de hueso  o mi primera bicicleta; no quiero pecar de vanidoso, creyendo que mi vida completa es tan interesante como para narrarla paso a paso.

Carolina se encogió de hombros y se dispuso a leer mientras Martín se concentraba en contarle las pecas que resaltaban curiosamente al sol que se colaba tímidamente a través de las láminas que conformaban la cúpula que permitían que la piscina fuese algo soportable en aquella ciudad tan fría. Carolina era la única chica de piel tan oscura que tenía pecas que Martín conocía.

Mientras leía a toda velocidad Carolina reía entre dientes, asentía con la cabeza, negaba y se reía de vuelta. En pocos minutos terminó de leer y miró a Martín directo a los ojos con una pequeña e inamovible sonrisa en los labios.

— ¿Qué?—. Se desesperó Martín ante el silencio de la chica.

—Te encanta la controversia, ¿no es así? —Martín rio complacido, aun así se hizo el desentendido.

— ¿Por qué lo dices?

— ¿Que por qué lo digo? No has escrito más que unas cuantas páginas y has dicho suficiente como para escandalizar a quien lo lea, excepto a mí, claro, no soy fácil de impresionar y no hay mucho de ti que me sorprenda. Dices que has escrito sólo lo que interesa acerca de ti y tal parece que según esto —Carolina agitó el cuaderno—, los hechos más relevantes con respecto a ti son que eres gay y un completo egocéntrico. —Ella apretó los labios y centró la vista en el cuaderno—. Está bien escrito, en serio, es genial, es… Genial.

— ¿Pero…? Era obvio para él que había uno.

— Pero ¿crees que es el documento preciso para presentar ante un salón de clases? —Carolina se apoyó en las palmas de sus manos para poder mirar a Martín de frente y así darle más énfasis a sus palabras—. No lo digo por tus compañeros, ésos posiblemente son más perversos que tú no obstante seguramente se fingirán escandalizados, sino por tus profesores… ¡No importa! La cuestión es que a mí me encanta, eres de lo mejor y además sé que nada te va a persuadir de no entregarlo o de editarlo, lo has hecho así a propósito así que… Sólo me cuentas cómo te va en la oficina de la dirección ¿vale? Sé que caerás, pero sé también que sabrás como salir ileso de ello; eres como un gato que siempre cae de pie. —Carolina se abrazó al torso de Martín y ambos se recostaron en el amplio y cómodo asiento en la orilla—. Oye, no has escrito una sola palabra acerca de mí, ¿Cómo has podido no decir nada de mí, Tiny? Creí que yo era alguien importante en tu vida. —Martín pudo percibir que el reproche era en serio—. Hasta hablaste del perro.

—Tienes razón y lo siento, soy muy egocéntrico. Te prometo que agregaré un apéndice  dedicado exclusivamente a ti y a lo mucho que te quiero, escribiré con detalle como mi vida se llenó de colorido el día que te conocí.

—Eso ya suena a remedio, pero no importa. ¿Cuándo dices que llené de colorido tu vida, te refieres a alegría, felicidad y momentos mágicos? —Carolina preguntó, con un deje de emoción y burla en la voz.

—Más bien me refería a algo literal, hasta aquel momento te juro que no había visto una chaqueta con flores de tantos colores, era horrorosa. ¿En qué pensabas cuando te la pusiste?    —Martín rio ampliamente mientras Carolina ponía cara de indignación, sus chaquetas floreadas de aquella época eran un tema sensible para ella—. Solo bromeo, Caro. Sabes muy bien que lo único que representas para mí es felicidad en su más pura esencia. Eres tan imprescindible que ya no me imagino la vida sin ti.

—Más vale que así sea. Ahora dime algo, Martín. ¿Quién te ha hecho llorar? En tu escrito dices que por amor has empezado a llorar hace muy poco, ¿quién es el infame? ¿Es «El» o «La»?

Martín se apoyó sobre un codo y con uno de sus dedos comenzó a hacer dibujitos sobre la piel mojada de Carolina mientras sonreía un poco de manera culpable.

—Mírame Caro, tú que me conoces mejor que muchos, ¿crees en realidad que yo lloraría por alguien? Eso sólo lo he escrito para darle algo de drama, nada más; por dejar algo en el aire y además me pareció una buena entrada para poder contar que he visto a la Mona Lisa frente a frente. ¿A que ha quedado bien? Así me he ahorrado el “Hubo una vez…”

—Ummh, bueno, siendo así… Creí que por primera vez iba a ser yo quien te consolaría a ti. Sin embargo es cierto, jamás he visto que alguien logre emocionarte hasta ese punto. A veces creo que eres un insensible de lo peor, pero luego recuerdo como hay cosas sencillas que te emocionan. En cambio yo… ¿cuántas veces he llorado en tus brazos por culpa de un hombre?

—Muchas más de las que sería conveniente reconocer. Te entregas con demasiado furor, Carolina. Siempre he pensado que eres de lo más desprendida y relajada, pero cada tanto aparece algún personaje en tu vida que te vuelve un desastre. No quiero que suene mal, pero no hay nada peor que tú creyéndote enamorada en alguna medida. —Martín bajó la mano y comenzó a acariciar enérgicamente la cabeza de Julius Jones III—. Te desesperas, te… entorpeces y sólo vives esos días de desenfrenado desequilibrio en una extraña espiral en la que únicamente respiras en pos de quien supones estar enamorada en esos momentos.

Carolina enarcó las cejas, sorprendida. No estaba del todo molesta, pero si ofendida en cierta medida.

— ¿Por qué dices en ese tonito «De quién supones estar enamorada»? ¿Dudas que haya sido verdadero amor, acaso?

—Por supuesto que lo dudo —hubo absoluta certeza en las palabras de Martín—  porque no veo a ninguno de ellos a tu lado en estos momentos. Además, pasados un par de meses todo tu delirio amoroso tiende a esfumarse con la misma rapidez con la que apareció, siempre te alejas de su lado jurando odio o fastidio tal, que según tú no guardas ni un solo recuerdo agradable de cada uno de ellos —hizo una corta pausa, al no escuchar réplica por parte de Carolina, continuó—. Deberías, por variar, ser como yo. Yo nunca dejo que nadie se instale lo suficiente en mi vida. Bajar la guardia es perder. Es más sano y más inteligente tener el control, y sé que lo tengo cuando siempre son los demás los que bailan a mi ritmo. ¿O cuándo me has visto a mí haciendo la voluntad de alguien más?

—Nunca, Martín. —Carolina relajó la expresión de manera abrupta y volvió a su jovialidad habitual—. Tus palabras no son muy amables conmigo, pero no puedo enfadarme contigo por ello porque sé que es tu inexperiencia la que habla. —Martín iba a replicar, pero Carolina se lo impidió con un pequeño gesto—.  Sé que vas a decirme que has conquistado más personas de las que otros siquiera soñarían, pero no me refiero a eso, no me refiero a qué tan amplia sea tu trayectoria, me refiero al simple hecho de que tú obviamente jamás te has enamorado.

—Y de ser eso cierto ¿Se supone que debo considerarlo como una desventaja?

—Todo depende desde qué punto de vista lo mires, Martín. Pero si lo que pretendes es tener razón en esta conversación, entonces sí, estás en desventaja.

— ¿Por qué? ¿Por qué nunca he permitido que nadie me haga su juguete y tenga control de mis emociones?

Carolina sonrió un poco, pero no con una sonrisa de burla o condescendencia si no de comprensión al entender que Martín, a pesar de todo, no se las sabía todas.

—Estás en desventaja al hablar tan mal de algo que no conoces. Porque tú, cariñito, no tienes ni la más remota idea de hasta dónde se es capaz de llegar por verdadero amor. Mírate, hablando de inteligencia cuando lo menos inteligente que hay en este mundo es justamente el amor. Obviamente no comprendes que cuando el corazón habla, la razón simplemente pierde la partida y prácticamente desaparece. El sentido del ridículo se vuelve casi nulo… Y lo mejor de todo es que jamás en la vida se sufre con tanto gusto como cuando se está enamorado. Si no ¿Por qué crees que se cae en lo mismo una y otra vez?

—Porque eres una cabeza dura y no aprendes de tus errores, porque la mayoría de la gente no lo hace. —Aunque aún estaba lejos de caer en el enfado, Martín comenzaba a acalorarse. Aquella  discusión era tonta y nunca iban a estar de acuerdo. Él no tenía nada en contra del amor, estaba en contra de lo tonta que podía llegar a ser una persona enamorada—. A nadie le gusta sufrir… Por lo menos a mí no me gusta sufrir, nunca he visto la necesidad o el mérito, o el punto en ello y no veo por qué deba hacerlo por alguien más… ¿Acaso quien más sufre es quién más ama? No creo no haberme enamorado nunca, creo simplemente que he sabido cómo manejarlo. Eres cruel, Carolina, me llamas insensible y además afirmas que jamás me he enamorado. Ahora resulta que por nunca haberme enloquecido tengo la sensibilidad de una taza de baño. —Martín se cruzó de brazos y Carolina sonrió nuevamente, esta vez de manera bastante sonora.

—Ya hablaremos de esto otro día, cariñito. Porque sé que me darás la razón el día en el que llegue alguien a tu vida que te enloquezca realmente. Por tu vida ha paseado todo un verdadero desfile de personas, pero definitivamente no has conocido aún a «la persona» aquella por la que seguramente harás y te sentirás como nunca antes en toda tu vida. Sin embargo a todos nos llega el momento Martín… Aguarda, ya lo verás. Además tú eres inteligente, y seguramente entiendes que hay una diferencia muy grande entre el enamoramiento y el amor… Aguarda, todo llega en su momento.

— ¿Ah, sí? Dime algo ¿Cuántas veces has creído haber conocido a «la persona» hasta ahora?

—Tú sólo espera.

***
Con esta sentencia de la graciosa y alegre Carolina empieza el relato de cómo llegó a la vida de Martín una persona como jamás conoció. ¿Le cambiará los parámetros? O  muy por el contrario ¿pretenderá Martín, como siempre, hacer sólo su voluntad y dejará que el ser malcriado y voluntarioso que lleva dentro hable por él? Quién sabe… Quizás por primera vez le mostrará al mundo que dentro hay mucho más que una persona acostumbrada a hacer siempre lo que le da la gana.

 

2 comentarios en “Capitulo 1

  1. Bosquecito de chocolate!!!

    Te quedo lindisimo… no creí que los cambios se notaran tanto, pero ahí están y puedo señalarlos uno a uno. Quizá tiene que ver con que los primeros capítulos de Perorata son de mis favoritos y estoy muy familiarizada con ellos.

    Leer a Martín es siempre un placer, egocéntrico pero encantador, lo he amado de principio a fin.

    La historia resulta más digerible, incluso se me hizo corto este primer capitulo. Estoy fascinada… Me la leeré de nuevo, porque deberás que ha valido la pena todo el tiempo que le has invertido a la editada.

    Felicidades Angye, eres admirable chula.
    Nos leemos en el siguiente capi… besos bosquecito!!

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