Capítulo 11: No somos tan distintos

HASTA AL MEJOR PASTOR EL LOBO LE ROBA UNA OVEJA

 

Desconozco lo que nos espera, pero si te quedas, prometo contarte el final de esta historia el último día de mi vida.

 

ARIEL

 

– Tú eres… – Dije haciendo audibles mis pensamientos. Damián volvió a abrir los ojos y me miró desde abajo. Mis manos seguían paseándose lentamente entre sus cabellos negros, y era increíble lo sedosos que eran, los cortes irregulares eran peinados sin que se encontrara el menor enredo. Con una mirada me disculpe, apenas estaba comenzado a dormirse, y mi voz lo había sacado de su aletargamiento. Elevó una de sus manos hasta mi rostro y me acarició con suavidad.

– ¿Qué soy…? – Preguntó y casi sonreía.

Yo sí me reí… entre otras cosas, porque en el fondo me había dado gusto que lo escuchara. Tomé su mano y entrelacé sus dedos con los míos, él se dejó y observó nuestras manos unidas, tal y como en un primer momento lo hacía yo. Para justo después volver a clavar sus ojos en mi rostro y llevó mi mano hasta sus labios para besarla sin que nos soltáramos.  Sus acciones, estos gestos que me halagaban, me hacían sentir que mis palabras y pensamientos eran acertados. Era él, lo sé… Lo supe desde hace muchas coincidencias, incluso desde antes que nos encontráramos. En mi mente, su rostro y su cuerpo no tenían forma, pero ahora está convencido de que no hubiera deseado que su apariencia fuese distinta.

Y me sentía dichoso porque entre un mundo de gente pude reconocerlo. Aun si al principio me pareció tan lejano, completamente ajeno a mí, ahora estaba a mi lado, y sus ojos no solo aceleraban mi respiración sino que también sostenían mi corazón. Así de intenso, así de pronto, que importa si apenas estábamos conociéndonos, en mi interior, hacía muchos años que lo esperaba, que lo quería, que lo soñaba y lo necesitaba.

Observó con detenimiento la mano que sostenía y me avergonzó, porque estaba herida y tenía mal aspecto. Quise retirarla, pero Damián me lo impidió. Entonces, en un movimiento rápido, se puso de rodillas en el colchón, y se colocó justo enfrente de mí. Sujetándome por ambas manos, las acarició y sin apartar su vista de ellas fue besando uno a uno mis dedos. La tibieza y la ligera humedad de sus labios me obligaron a contener el aliento. ¿Por qué lo hacía? ¿Por qué se comportaba de esta manera conmigo? ¿Por qué le gustaba avergonzarme y hacerme sentir que el corazón se me saldría del pecho en cualquier momento? ¿De dónde alguien tan rudo y terco podía destilar tanta ternura? Quizá, tal y como me lo había imaginado, era una simple apariencia. Y el verdadero Damián se escondía en algún recóndito espacio en su interior.

Sus labios siguieron abajando por mis palmas, besaba de manera alternativa mis manos, y continuó de esta manera por mis brazos, subiendo las mangas anchas de mi suéter, fue besando cada una de las raspaduras que hasta ese momento no sabía que estaban ahí, pero que él reconocía como si las hubiera puesto a placer sobre mi cuerpo. La punta de su nariz acarició mi cuello y pude sentir como inhalaba profundamente y al exhalar, su respiración tibia me hizo estremecer. Sus manos aumentaron la fuerza de su agarré sobre mí y sus labios se posaron entre la unión de mi cuello del lado izquierdo de mi hombro. Primero fue un simple rose, una leve presión, sus labios contra la piel de mi cuello, pero justo después, lo sentí morderme.

No solo me estremecí, sino que me sacudí asustado e instintivamente mis manos se cerraron con fuerza entorno de sus brazos, de la misma manera en la que él me sujetaba. Damián presionó con un poco más de fuerza y lejos de apartarlo busqué refugió resguardándome en su pecho. No es que me estuviera lastimando, pero si me dolía.

Una sensación extraña me fue invadiendo, no solo era el leve dolor punzante de sus dientes sobre mi piel, sino que, parecía que absorbía todo lo que soy. Y para cuando se apartó me sentí sin fuerzas.  Damián me sostuvo y casi podía decir que miraba con agrado la marca que muy seguramente me había dejado.

– ¿De qué ha ido eso? – Le pregunté en voz baja, las cosas habían cambiado de un momento a otro y ahora era yo quien parecía estar a punto de quedarse dormido.

– Ahora me perteneces… – Agregó con presunción, realmente parecía orgulloso y de nuevo clavo su mirada en donde me había mordido.

– Pero…

– ¡No! – Me interrumpió poniendo frente a mí, su dedo índice. – Esta vez no te dejaré reñirme. ¡Esta hecho! Tienes mi marca, así que eres mío. – Aclaró con seriedad – Es irrevocable… Eres mío. – Selló sus palabras con un beso en mi frente y aunque lo dijo con suavidad, me sonó a amenaza.

– Y si en la efímera posibilidad de que acepté pertenecerte… ¿A quién le perteneces tú? – Damián me miró distraído.

– ¿También quieres marcarme? – Preguntó mientras se jalaba la casaca negra y dejaba al descubierto la piel canela de su cuello. Casi como si me lo estuviera ofreciendo.

Dudé sobre sí el significado era el mismo, él lo había hecho a voluntad, y en mi caso, fue por simple curiosidad, no porque necesitara escuchar que él también me pertenecía. En primera, no suelo ir por la vida mordiendo a la gente y segundo, me gusta su libertad, y jamás se la arrebataría.  Una de mis manos subió y acarició esa piel desnuda, su cuerpo estaba caliente, como si tuviera fiebre. Para bastaba verlo para saber que se encontraba perfectamente sano.

A mis manos le siguieron mis labios. Cerrados presionaron con suavidad contra su cuello y después hubo uno más que dejé en su quijada. Tuve que arrodillarme para alcanzarlo y también bese sus mejillas. Damián se tensó al momento y sus manos se cerraron con fuerza sobre mi cadera, pude sentir como intentaba alejarme pero no se lo permití. Sujeté con firmeza sus manos y busqué su mirada, su rostro estaba tan rígido como todo su cuerpo.  Su mirada calculadora y el oro de sus ojos que se deshacía me distrajeron.

Mi instinto hizo que me alarmara, pero no comprendía porque de la nada sentí miedo, toda la habitación comenzó a hacerse pequeña y me asfixiaba, contuve el aliento. Era como si necesitara recordar algo que nunca paso. Y de nuevo estaba esos “ojos”…

– ¿Ariel? – Lo escuché llamarme y me limité a soltarlo. – ¿Qué sucede? – Preguntó con cierta alarma en la voz. No le preste tanta atención, solo volví a sentarme sobre el colchón, cada nuevo latido de mi corazón hacía que todo en mi retumbara, una de mis manos, descansó sobre el edredón y mis ojos se clavaron en todas esa heridas que habían aparecido de la nada. O tal vez no fue aparecieron solo así… – ¡Ariel! – Tal vez eso que había olvidado era lo que realmente había pasado. – ¡Ariel…! – ¿Pero que era? ¿Por qué no podía recordarlo?

 

DAMIÁN

 

De alguna manera tenía que sacarme esa espina, mi lobo se inquietaba ante el aroma de su cuerpo, a ambos nos gustaba, ambos lo deseábamos aunque de manera muy distinta. Yo necesitaba conservarlo, pero la bestia solo quería destruirlo.

Aprovechando su cercanía y lo dócil que estaba, mi rostro siguió el camino de su cuello, inhalé profundamente como deseando absorber todo su olor, embriagarme, casi hasta el punto de delirar, entonces al sentir mí aliento y la tibieza de mi respiración, se estremeció. Sus manos se cerraron con fuerza entorno a mis muñecas, cuando sintió que mis labios se posaron entre la unión de su cuello y hombro. Esperé por su reacción, tal vez querría apartarme. Al no haber respuesta, abrí la boca y lo mordí.

Ariel se asustó, pero no me apartó. De nuevo volví a esperar, hubo apenas un quejido con aire de gemido, a decir verdad, no sé exactamente que fue. Ejercí un poco más de presión y él se dejó caer sobre mí, escondiendo su rostro entre mi hombro y pecho, dejándome al descubierto, más de esa piel en la que mis colmillos deseaban enterrarse.

Cuando le solté, él se desvaneció por completo. Mi lobo aulló complacido. La respuesta había sido la esperada, Ariel estaba débil y sumiso contra mi pecho.

Lo sujeté con verdadero cuidado y admiré la marca roja que destacaba en medio de la blancura de su piel. Mi lobo hubiera dejado una herida abierta que tardaría mucho en sanar, pero yo no le haría algo así.

– ¿De qué ha ido eso? – Preguntó y los ojos casi se le cerraban.

Le dije que era una marca de propiedad, Ariel no se lo tomó a bien, pero sus palabras siguieron siendo suaves, el efecto en su cuerpo, aun no pasaba del todo. Y sin embargo, estaba casi listo para reñirme.

Me molestaba tanto que la gente no hiciera lo que les ordenaba y sin embargo, que él me peleara por cada cosa que digo, no solo me divertía, sino que realmente me gustaba.

Preguntó que a quien le pertenecía yo, y comprendí que podíamos enredarnos, que me dejaba besarlo y tocarlo, que incluso era tierno y coqueteaba conmigo, pero aun así, no se fiaba de mí, ni de mis palabras. La razón era simple, una estúpida frase que dije en medio de mi enojo la segunda vez que hablamos.

Le había dicho que rechazaba ese tipo de sentimiento, que me desagradaban y que no necesitaba sentirlos. Y ¿ahora como lo convencía de lo contrario? Una idea loca cruzó por mi cabeza. – ¿También quieres marcarme? – Y dejé al descubierto mi cuello. Porque más que una preguntá fue una seria invitación, la idea de que me mordiera no me desagradaba para nada, al contrario. Y ese fue otro duro golpe para mi vanidad, jamás antes había permitido que alguno de mis amantes ocasionales dejara rasguños o marcas y ahora, yo mismo me ofrecía en bandeja de plata.

Ariel me miró con cara de “yo no acostumbro ir por la vida mordiendo a las personas”. Pero lejos de incomodarme, me descubrí un poco más, pero cuidando de no dejar al descubierto lo que se encontraba más abajo.  Y lo vi dudar, pero casi al mismo tiempo una de sus manos me soltó y subió acariciando mi piel, sus dedos apenas y si rosaban la parte expuesta de mi cuello.

Fue incomodo porque su roce me hacía sentir endeble. Me tocaba como si fuera una figura de ceniza y que en algún momento podría desmoronarse ante él y realmente sentí que me derrumbaría, cuando sus dígitos fueron sustituidos por sus labios suaves y húmedos, porque antes de besarme el cuello se los había lamido.

Desde el más largo de mis cabellos hasta la uña más pequeña de mis pies se encrespó ante ese gesto. Con los labios cerrados presionó contra mi cuello para después dejar otro beso al borde de mi mandíbula. Nadie, en mis veintiséis años de vida, me había tocado de esa manera, me desarmó y me asustó, porque me agarró con la guardia baja, me sentí vulnerable y expuesto. Instintivamente mis manos se cerraron sobre su cadera y por lo que dura un pensamiento, estuve dispuesto a aventarlo lejos de mí cuando se arrodilló para estar a mí misma altura. Entonces él, como si pudiera leer mis pensamientos, colocó sus manos sobre las mías y se aferró a ellas.

Sus ojos azules se encontraron con los míos que lo miraban perplejo. Me sentía estúpido por no poder reaccionar, pero únicamente lo miré, estaba pasmado, nuevamente me sentí un niño asustado.

En esta ocasión no había golpes ni insultos, pero su bondad y ternura me lastimaron casi tanto como cuando mi padre me golpeaba. El lobo gruño en mi interior, y fiero y salvaje quiso liberarse, pero Ariel se tensó en ese momento. Su cuerpo frágil, pareció hacerse más pequeño entre mis manos. Por un momento me olvide de mí mismo. Él contuvo el aliento y bajó la mirada, le llamé por su nombre y como si algo le repeliera de mí, me soltó. – ¿Qué sucede? – Le pregunté y se dejó caer sobre el colchón, estaba ahí, y al mismo tiempo parecía completamente ajeno.

Algo en mi cabeza retumbó con tal fuerza que me sentí mareado e instintivamente cerré los ojos. Fue como un lamparazo, mi mente estaba en su penumbra natural y de la nada una luz fuerte me segó, pero justo antes de que volviera a apagarse, sus manos heridas aparecieron frente a mí, y no solo eso, yo podía observarlo mientras él se miraba las manos, apreté con más fuerza los ojos y otra sacudida me destanteó.

La imagen de Ariel despertando sobresaltado tras haber caído de la cama. Las imágenes aparecían por fracciones de segundo. – ¡Ariel! – Le nombré al tiempo que abría los ojos e intenté sujetarlo cuando se bajó de la cama. – ¡Ariel…! – Quise seguirlo y de nuevo la luz en mi cabeza me segó. Como si de una película se tratara lo vi caminar con miedo hasta la puerta. Cuando logré aclarar mis ideas, vi como también el Ariel de la realidad, caminaba turbado hacía la puerta.  Entonces lo comprendí todo, estaba intentando recordar, él no podía verlo, pero lo sentía y cada nuevo sentimiento que evocaba me obligaba a mí, a revivir ese momento.

Para cuando llegué a la puerta él ya iba escaleras abajo, estaba como en un estado catatónico, un trance que le forzaba a ir tras esos sentimientos sin explicación para él, pero que a mí me estaban poniendo los pelos de punta.

Podía verlo, y mi cuerpo reaccionaba ante mis visiones como si fueran reales, sentía el miedo y los golpes de adrenalina que me recorrían todo el cuerpo. Cada vez que me esforzaba por alcanzarlo, se me escurría de entre las manos y así cruzamos la sala, el comedor y llegamos hasta el pasillo de la cocina que daba al patio trasero. – Ariel… ¡No abras la puerta! – Alcancé a decirle, al tiempo que él, giraba la perilla y mi cuerpo se estremeció de la misma manera en la que lo hizo él Ariel de mi mente, cuando el viento frio lo golpeó. Lo vi salir a la terraza y sentía tanto miedo que mis pies casi se quedaron pegados al piso, pero él camino a zancadas grandes hasta que sus pies tocaron el pasto, se detuvo un momento y otro recuerdo evocado me obligó a llevarme las manos a la cabeza, ¿Qué era esto que estaba pasando? ¿Por qué sentía que la cabeza me estallaría en cualquier momento? Cuando mi ceguera se aclaró él ya iba a internarse en el bosque.

El lobo volvió a gruñir en mi interior, sentía la amenaza tan clara como la sentía yo, aun si ambos sabíamos que lo que estaba afuera, éramos nosotros, y únicamente estábamos viendo a través de los ojos de Ariel. Mi instinto me decía que ahí afuera había un rival, uno tan peligroso como yo. Así que tomando fuerzas de quien sabe dónde, centré mi atención en el niño y casi corrí hasta a él, pasándole un brazo por la cadera, lo levante y sin el menor cuidado me lo eché al hombro, entonces, girando sobre mis talones, me apresuré a volver dentro de la caza y al pasar, aseguré la puerta con el pestillo.

Ariel se quejó por el movimiento tan brusco, pero por la forma en la que miró cuando lo dejé caer en la cama. Me dio la impresión de que acababa de despertar. – ¿Qué fue todo eso? – Preguntó pero no parecía ser un cuestionamiento dirigido a mí. – ¡Damián! – Me nombro asustado y aunque me tenía frente a mí, parecía que no me había visto, era como si yo hubiera acabado de llegar. Y mi presencia le hubiera tomado por sorpresa.

– ¿Qué sucede? – Respondí intentando sonar calmado, pero se quedó en eso, en un pueril intento. Él me miró extrañado por lo sofocada que había salido mi voz, y aunque intenté aclararla, mi mente estaba turbada y me sentía mareado.

– Últimamente están pasado cosas extrañas… – Agregó y su voz volvió a escucharse trémula. Al sentir que no podría sostenerme de pie por mucho tiempo más, me dejé caer sentado sobre el piso y mis manos se cerraron alrededor de mis rodillas. Aunque quería levantarme e ir a su lado, no pude hacerlo.

– ¿Qué tipo de cosas?

– Algo pasó anoche… algo muy feo. Que provocó todo esto… – Se arremangó al suéter y dejó al descubierto todas sus heridas. – Y mis manos… pero, aunque intentó recordarlo, no puedo… – Su angustia me hizo sentir una culpa aplastante y me enojó sentirme tan débil. Quise gritarle, ofenderlo, cualquier cosa que alejase estos sentimientos de mí, pero tampoco pude hacerlo, no si él me miraba de esa manera, como si yo fuera el único que pudiera calmar su miedo.

– Una pesadilla… – Sugerí. Él negó de inmediato, pero yo ya no quería seguir con este tema. Con mucho esfuerzo me puse de pie y llegué hasta la cama, a su lado. – Nada malo pasa, fue solo un sueño y esto te lo hiciste tú mientras dormías… ¿está claro? – Dije y no me importó que mi voz sonara tan fría.

– Pero…

– Sin peros… – Le regañé en tono bajo – ¿Ayudaría si hoy me quedó aquí? – Mi propuesta le tomó por sorpresa y me sentí incomodo por su reacción. – Vigilaré si en verdad hay algo raro, pero estoy seguro de que no. Así que no te preocupes… – Con la misma, volví a acomodar mi cabeza sobre su pierna, solo quería estar tranquilo, necesitaba descansar. – Sin más cerré los ojos y no paso mucho tiempo cuando sentí que Ariel de nuevo acariciaba mis cabellos, realmente era relajante y me hacía sentir cómodo, pero también deseaba que él lo estuviera. – Sabes… no dejaría que nadie te dañara. – Confesé mientras mi miraba buscaba la suya, basta decir que no tarde en centrarme con esos ojos de cielo. Pase mi brazos por su cuello atrayéndolo a mí, fue un poco incómodo, pero no lo solté hasta que mis labios rozaron muy ligeramente los suyos, fue más una caricia que un beso, pero me gustaba de esa manera. – No te preocupes, eres mío… ¿recuerdas? – Aclaré – Nadie es tan tonto como para meterse con lo que es mío. Yo te voy a cuidar.

 

TERCERA PERSONA

 

James volvió a su departamento buscando un poco de soledad. Deviant había insistido que se quedara, pero la vergüenza lo había obligado a marcharse, se sentía culpable cada que miraba esa mancha roja en la mejilla del mayor. Y por si haber causado una discusión de esa magnitud entre sus hermanos no fuera suficiente, Han también se había marchado molesto. Deviant estaba muy alterado y James se odiaba aún más por no ser útil para él en este momento.

Pero había demasiadas cosas en su cabeza, tantas cosas en las que pensar y muchas más que lamentar.

Cuando abrió la puerta del departamento, deseó qué él estuviera ahí, tal vez, haciendo su desastre en la cocina o con todos los libros de la universidad regados por el suelo y la mesita de centro de la sala. Incluso no le molestaría si ya hubiera inundado el baño o que se haya puesto algunas de sus camisas. Solo quería que estuviera ahí, y que al verlo llegar, lo recibiera como cada vez que se ausentaba, aunque solo fuese por unos minutos.

Que se abrazara a él y que no dejara de hablar durante la siguiente hora, mientras le contaba cómo había ido la escuela, todo lo que comió, la ropa nueva, libro, o cualquier otra cosa que hubiera comprado mientras volvía a casa, porque no podía pasar un día sin que Samko no comprara algo que no necesitaba. Era como una necesidad imperiosa el malgastar su dinero.

Pero lo único que le recibió al entrar, fue la oscuridad y el silencio. Sam no estaba ahí y quien sabe cuándo volvería, porque él iba a volver ¿cierto? Sería cuestión de días quizá un par de semanas, pero después volvería, Samko jamás lo dejaría. Porque habían crecido juntos, porque Sam es consciente de que él no sabe cocinar, y que solo su comida echa con tanto esmero, es la única que le fascina comer. Y porque la serie que empezaría en menos de una hora, era la favorita de ambos y acostumbraban mirarla juntos en el sillón amplio de la sala. Y entonces James lo abrazaría y lo acomodaría contra su cuerpo tal y como Sam le gustaba. Y jugaría con sus dedos o tal vez, se limitaría a acariciar sus cabellos.

Lo que hiciera falta, él estaba dispuesto a hacer lo que el menor quisiera con tal de tenerlo de vuelta a su lado, porque lo aun si no se lo decía con frecuencia, lo llevaba en su corazón y aun si Damián era el favorito de Samko, él era su favorito, su pequeño caprichoso. – Vas a volver… – Susurró.

Intentaba convencerse de que en efecto, el menor volvería a casa, después de todo, de sus propios labios había salido que “él era su casa”. Que no podría ir a otro lugar, porque lo quería a él. Pero cada estaba por creérselo. El recuerdo de ese hombre que lo tomaba de la mano y al que Sam había mirado de esa manera en la que a él nunca, hacían añicos sus esperanzas. Después de todo ¿Por qué volvería? ¿A qué? Él no tenía nada para ofrecerle y en cambio Gianmarco tenía hasta de sobra para alimentar la insaciable vanidad del menor.

En un arranque de furia aventó el celular contra la pared haciéndolo pedazos. La frustración de reconocerse celoso, de que le ardía saber que Sam estaba con alguien más, con otro hombre, en vez de con él. Y se aterró de él mismo por estar pensando de esa manera. – Es mi hermano… ¡Maldita sea! ¡Es Mi hermano! – Repetía una y otra vez mientras escondía el rostro entre sus manos. – Yo no…, no está bien, no es correcto… ¡Solo estoy confundido! Yo no… ¡No! ¡No!

 

BIANCA

 

– ¿En dónde estabas? – Me preguntó en cuanto me vio entrar a mi habitación. Era increíble que aun siguiera en la cama. Caminé hasta la orilla y le observé algo preocupada, tenía muy mal aspecto y aunque fuera un maldito, también era lo único que me quedaba. – Te hice una pregunta…

– Fui a caminar… – Respondí – También he hecho nuestro pedido de lápices, y tus hojas especiales, también los protectores… – Axel bajo un poco la guardia y volvió a acomodarse entre mis almohadas. – ¿Quieres que te pida algo de comer?

– ¡No! – Dijo y al mismo tiempo me miró dolido – Le he llamado y él no ha contestado… – Era como un niño chiquito que acusaba a su mejor amigo de no haberle querido prestar uno de sus juguetes. Así me lo pareció cuando saco el teléfono de entre la sabanas y me mostró la pantalla, en efecto, le había llamado en repetidas ocasiones, la última había sido hace menos de cinco minutos.

– ¡Tal vez… este ocupado!

– Tal vez este con ese imbécil… – Respondió con dureza. – No puedo creer que lo haya preferido, ¿lo has visto? Tiene cara de delincuente… ¿A caso está bien que alguien como Ariel, este con personas de ese tipo? – Ya había escuchado antes, cosas parecidas, el caso es que Axel se encargaría de encontrarle defectos hasta el más perfecto de los chicos, si está en juego una posible derrota para él.

– ¡Tal vez no! Pero si Ariel lo ha elegido…

– ¡No Bianca! – Refutó y el berrinche empezó de nuevo – Ariel no puede hacerme esto…

La obstinación de mi primo no tenía limites, claro que me sentía mal por verlo en ese estado, aun si muy en el fondo creía que se lo merecía, tampoco era fácil o divertido verlo sufrir. Pero ojala comprendiera que no siempre se puede ganar. Que su rival no es alguien a quien vencer, vaya a ser fácil.

Aun no podía creer que las cosas entre Damián y Ari hayan cambiado tanto, y es que hace apenas unos días mi amigo le evitaba por completo y hoy simplemente, Damián había aparecido en su habitación reclamándolo como suyo y Ari completamente molesto, riñéndole. De solo recordarlos, ambos con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándose de manera amenazante, no pude evitar sonreír. Me dieron la impresión de una pareja tras veinte años de casados que discuten sobre a quién le toca lavar los platos después de la cena.

– No lo voy a perder… – Agregó con el semblante herido y esa mirada ausente. – Te juro por mi vida que si no es para mí, tampoco lo va a ser para ese.

Esto también lo había visto antes y me asusto un poco, porque sé perfectamente de lo que Axel es capaz. Daria batalla y no iba a medirse en sus ataques. Pero en esta ocasión no iba a quedarme de brazos cruzados viendo como arruina la vida de las personas y menos la de Ari, que es alguien a quien aprecio mucho. Además; me agrada Damián y creo que él y Ariel hacen una buena pareja, y les advertiría de todo lo que Axel pretendiera hacer. Esto iba a ser un golpe muy duro para mi primo, pero bueno, las cosas son como son.

 

DAMIÁN

 

Me removí incomodo sobre la cama y entre abrí los ojos, lo primero que vi, fue esa carita ladeada, iba a despedirlo, mira que tener la osadía de quedarse dormido mientras me hacía “cariñitos”, era una falta gravísima que no pensaba dejarle pasar.

Una de sus manos había quedado sobre mi pecho y la otra rodeaba mi rostro, sosteniéndolo. Si yo estaba incomodo en esta posición, él, que estaba sentado, debería estarlo aún más y le dolería el cuello al despertar. Intentando hacer el menor ruido posible, me arrodillé sobre el colchón y le quité las almohadas que tenía detrás de la de la espalda y lo recosté sobre el colchón.

Su aspecto inocente y tierno, me incitaba a contemplarlo dormir y lo hice durante algunos minutos. Como es que alguien tan chico y fragil, podía dormir tan tranquilamente a mi lado. Y sonreí porque también quería saber que me había hecho, porque esta era la primera vez que me limitaba a usar la cama para lo que fue diseñada… dormir.

Lo arropé y quitándome la casaca me recosté a su lado. Cerca, muy cerca de él, necesitaba de su calor, de su piel suave. En muchas maneras me sentía completo cuando estaba en su compañía. En todos los sentidos me sentía vacío cuando tenía que separarme de sus ojos.

El cansancio de todo el ajetreó de la madrugada y parte de la mañana me obligaron a cerrar los ojos de nuevo, estaba durmiéndome cuando lo sentí moverse. Apenas y atiné a entreabrir los ojos, Ariel se había recostado de lado, con su carita hacía mí, una de sus manos la usaba para descansar su cabeza y con la otra había sujetado mi camiseta. Imitando su postura, me coloque de frente a él, y lo atraje hacía mí, le acomodé de tal manera que su cabeza descansara contra mi brazo y que quedara a mí misma altura. Con mi mano libre, lo acaricié. Su rostro, su cabello, sus mejillas suavecitas y esos labios que me tentaban.

Sentía que tenía entre mis brazos algo de un valor incalculable, y por primera vez, experimente lo que es sentirse realmente dichoso, afortunado. Mi corazón se aceleraba ante su cercanía y mis manos añoraban tenerlo, justo como ahora, pero para siempre.

Dejé un beso casto en su frente y me dejé ir, disfrutando al máximo de este momento, después de todo, esta era la primera vez que dormíamos juntos.

 

ARIEL

 

La primera vez que desperté, me encontré envuelto en los brazos protectores de Damián, el sentimiento que me inundo, fue de total alegría. Jamás antes había dormido abrazo a alguien y que fuera él, lo hacía aún mejor. Su rostro sereno y su cabello que caía sobre el mío, su olor tan masculino y la manera tan posesiva en la que me sujetaba, todo, absolutamente todo, me invitaba a seguir soñando y así lo hice.

Pero para cuando volví a despertar, él ya no estaba a mi lado. Por un momento creí que en verdad había sido solo un sueño, pero la forma de su cuerpo se había marcado en el lado desecho de mi cama. Y la puerta entre abierta de mi habitación me dejó escuchar risas que provenían de la sala, o tal vez de la cocina porque olía muy bien y mi estómago rugió porque ya casi iban a dar las cuatro de la tarde y yo aún no había probado bocado.

Saliendo de la cama, me asomé un poco por las escaleras y alcancé a mirar a mi abuelo en la sala, mirando televisión, bueno, escuchándola. Y mi abuela en la cocina, luciéndose con algo que olía realmente bien, y casi caigo de tanto estirarme, pero en eso escuché su voz y suspire dichoso, no había sido un sueño, Damián realmente estaba aquí.

Volví corriendo a mi habitación y saqué unos pantalones de mezclilla y una camisa blanca, elegí una sudadera de color azul claro y me metí a la ducha. Hice todo muy rápido, y salí ya vestido, llevaba la toalla en la cabeza y como no veía mi camino, terminé estrellándome contra él y de inmediato terminé en el suelo.

Damián se acuclilló a mi lado y me jaló la toalla de la cabeza. – ¡Cachorro… eres un verdadero peligro para tu subsistencia!

– ¡Lo siento! – Me disculpé con un poquito de vergüenza, era de esperarse, acababan de llamarme tonto. – Es que no te vi…

– Como vas a verme con esto en la cabeza… – Sin más se acercó y rodeándome con uno de sus brazos me levanto y me llevó hasta la cama. Esto era algo un tanto humillante, no era justo que él pudiera arrastrarme de aquí para allá, como si fuera un simple muñeco de felpa y que yo no pudiera hacerlo retroceder ni medio centímetro. – Vine a despertarte, porque la comida ya casi va a estar. Susan ha preparado algo realmente delicioso. ¿Y a que no sabes quien la ayudo? – Me reí porque estaba presumiéndome y también porque me hacía feliz verlo cómodo y saber que ellos se llevaban bien.

– ¡Tú! – Le dije después de poner cara de que estaba considerando las opciones.

– ¡Que listo eres! – Me apremió, mientras iba hasta mi armario y comenzaba a revisarlo. – ¿Cómo lo supiste?

– Simple Intuición masculina…– Respondí – ¿Qué es lo que buscas?

– Los abrigos… – Me dijo mientras se asomaba para mirarme. – En la otra puerta en el cajón de abajo. – Sin más se dirigió a donde le había señalado y rebuscó entre mis abrigos. Eligió una sudadera negra y era de las más viejitas. Ese solo la usaba para dormir. Volvió hacía mi, con la prenda entre las manos. – ¿Tienes algo bajo? – Me preguntó mientras levantaba la orilla del abrigo que tenía puesto.

– ¡Si…!

– ¡Levanta! – Me pidió y ya me estaba sacando la ropa. Hice lo que me pidió y levanté los brazos, Damián me sacó el abrigó y de inmediato me puso el otro.

– ¿No te gusta? – Le dije mientras abrazaba mi abrigó azul, a mí me gustaba mucho.

– ¡Me encanta! – Dijo mientras me sonreía y me sorprendió tanto que no me opuse cuando me lo quitó de las manos y lo dobló. – Pero después de comer, Susan me permitió que te llevará a donde te prometí, y te vas a ensuciar, así que la ropa oscura estará bien. – Lo observé mientras guardaba mi abrigó y volvía a abrir la puerta en la que estaba revisando primero, entonces saco un par de calcetines y mis botas cafés, además de una bufanda del mismo color de los zapatos y se la enrolló en el cuello.

– Lo haré yo… – Le interrumpí cuando noté que pensaba terminar de vestirme, pero él me lo impidió y jalando una silla hasta dejarla frente a mí, se sentó y seco mis pies y luego me puso los calcetines.

– Usas el mismo estilo de botas que yo… – Dijo mientras desataba las cintas. – Solo que tus pies son mucho más pequeños que los míos… – Claramente se estaba burlando, pero si no me enoje fue solo porque estaba muy avergonzado con todas sus atenciones.

Después de que me hubo puesto y anudado las botas, se quitó la bufanda y me la acomodó alrededor de cuello.

– No te la quites delante de tu abuela…

– ¿Por qué?

– Porque de seguro, tú, de la misma manera que yo… no quieres explicar cómo es que tienes esa marca en tu cuello… – Señaló el lado izquierdo de mi hombro y instintivamente me llevé una mano al sitio que señalaba. De nuevo me sonrió y sentándose a mi lado en la cama, comenzó a secar mi cabello. – El estilo despeinado te luce bien, dejalo así… – Y sin darme tiempo a refutarle nada, me tomó de la mano y se dirigió a la puerta.

Ya íbamos por las escaleras cuando me detuve. – ¡Damián! – Lo llamé y él se volteó para mirarme. – ¡Gracias! – Solté de golpe – Por todo… – Lo observé volverse y sus manos rodearon mi rostro mientras me besaba. Me asustó y creía que jamás terminaría de acostumbrarme a esto. Pero me gusta la sensación de sus labios contra los míos.

– Erdely…– Dijo aun sobre mis labios y cuando menos lo deseaba, se separó. – ¡De nada!

Volvió a sujetarme de la mano y me llevó hasta la cocina.

 

TERCERA PERSONA

 

En menos de una hora tanto Damián como Ariel, estaban más que listos para marcharse. Susan había invitado al moreno a cenar, así que habían prometido volver a tiempo para estar presentables cuando la hora llegara.

– Y… ¿A dónde vamos? – Preguntó Ariel sin poderse contener, y es que había tratado de no lucir ansioso o desesperado y sin embargo, era justamente como se veía ahora. Damián lo miró divertido, porque a decir verdad, ya se esperaba una pregunta como esa por parte del menor.

– Es una sorpresa… – Se limitó a responder, mientras le dedicaba una última mirada a Ariel, para ver si no se le escapaba nada. Tal vez otro abrigo sería una buena opción, porque estaba haciendo mucho frio.

– Esta bien… – Agregó resignado, pero sin poder ocultar lo emocionado que estaba, tanto así que daba pequeños saltitos y parecía querer echarse a correr entre los árboles. – Antes, ¿puedo llevarte a un lugar que es especial para mí?

– ¿Un lugar especial?

– Esta cerca, por ahí… – Explicó mientras señalaba una angosta brecha que también se internaba en el bosque. No esperó una respuesta por parte de Damián, pues mientras señalaba el camino, ya había tomado la mano del mayor y le jalaba para que avanzara junto con él.

Damián conocía a la perfección el lugar, pero por supuesto, eso el menor no lo sabía. Así que fingió sorpresa, en parte, cuando Ariel señalaba las lonas plásticas amarradas a los árboles, pero si fue nuevo para él, la reciente decoración interior. Había algo como una camita improvisada que tenía como base una madera lo suficientemente ancha y larga y sobre ella varios edredones ligeramente desgastados, pero que olían a limpio. También había una silla y una mesita de patas bajas. En la que reposaba un frasco repleto de lápices de dibujo y un blog de hojas blancas.

– ¡Me gusta! – Dijo Damián, después de admirar la pequeña cuevita como esos que estudian detenidamente una pintura para después dar su veredicto. – Se ve acogedora… – Ariel sonrió complacido y sentándose en la camita improvisada, invitó con un gesto a que el mayor entrara y se sentara a su lado. – ¿Por qué quisiste mostrarme este lugar? ¿No se supone que las guaridas son personales? – Cuestionó sentándose a su lado.

– ¡Lo son! – Respondió el menor – Pero las guaridas también son para esconderse, y yo no siento que deba esconderme de ti.

– ¿Ah, no?

– Soy solo yo… – Dijo Ariel, levantando las manos a la altura de sus hombros, con las palmas hacía arriba, como si fuera poca cosa. – No tengo nada que esconder. – Agregó y Damián deseo con fervor, algún día poder decirle lo mismo. – Si vengo aquí es solo porque hay ocasiones en las que necesito escapar de todo y de todos. No es porque las cosas vayan mal, es solo que, necesito tiempo conmigo mismo, para pensar…

– Y si yo vengo aquí… ¿no crees que puedo interrumpirte?

– ¡No! – Respondió de inmediato – Ya te lo dije… A ti no tengo nada que esconderte.

– ¿A los demás les escondes cosas?

– Casi todo el tiempo… – Confesó con cierta tristeza, logrando captar la completa atención del mayor. – Pero eso no importa ahora, ven cuando quieras, enserio me va a dar gusto recibirte. – Aseguró, recobrando la emoción que solía caracterizarlo.

– ¿Qué tipo de cosas les escondes? – Insistió Damián, no queriendo dejar de lado el tema. Ariel negó con la cabeza y se puso en pie para salir, ya había dicho que no hablaría de eso y no lo haría. – Creí que a mí no me escondías cosas… – Dijo el mayor haciendo que Ariel frenase su andar. Había utilizado las propias palabras del menor en su contra.

– Yo puedo ser muchas cosas Damián, pero no un mentiroso… – Aclaró mientras se volvía para mirar al moreno, quien aun permanecía sentando en la camita y le observaba con dureza. Envolver al niño, no era un problema para el mayor, quien estaba mal acostumbrado a obtener todo aquello que quería.

– Entonces, respondeme… ¿Qué tipo de cosas les escondes? – El tono retador de Damián, menguó un poco los ánimos de Ariel.  Quien ahora estaba frente a una disyuntiva, decirle al moreno todas esas cosas que por no preocupar a los demás escondía o callar y quedar como un mentiroso ante Damián.

– No me gusta darle molestias a la gente… – Soltó con dureza y al mismo tiempo que hablaba desvió la mirada de Damián – Si sonríes siempre, la gente suele pensar que nada malo pasa con tu vida… Eres feliz y divertido. Las personas aman a los que son así.

Damián quedo un poco sorprendido por esa declaración. Era muy similar a su situación, aunque de forma distinta. Él se había hecho un mal nombre ante la gente, todos sabían que tenía un carácter del asco, que era una amedrentador, violento, que no escuchaba explicaciones ni le interesaban, que no duda en agarrarse a golpes con quien fuera, también se le conocía como un tipo pesado, grosero, incluso huraño y antisocial. Y aunque había mucho de todo esto en su carácter natural, también muchas cosas habían sido puestas por protección, por soledad, incluso por miedo. Al final, él se había aislado porque muchos habían dicho e internamente él también creía, que no merecía la compañía de nadie. Entonces, cuando todo el mundo era demasiado, simplemente bastaba con que se internara de vuelta en el bosque, que se alejara del mundo y encontrara tranquilidad entre los árboles y el bullicio silencioso de la naturaleza. Tal como lo hacía Ariel, solo que el menor prefería mostrarse feliz y vivir internamente todos sus problemas, y cuando ya no eran soportables, huía y se refugiaba en este lugar, para apartarse de todos y escapar de la realidad.

Sin saber exactamente lo que hacía, Damián alcanzó la mano del niño y tiró de ella con algo más que rudeza, halándolo hacía él, de tal manera que Ariel tambaleante cayó entre esos brazos que protectores lo envolvieron de inmediato. Y sentándolo sobre sus piernas y con los mulos del menor aprisionando su cadera, sostuvo su rostro y lo beso con ternura. Leves presiones sobre esos labios que se dejaban hacer. – Nunca finjas conmigo… Si tu día ha sido terrible, házmelo saber. – Ordenó con suavidad, una vez que se hubo separado del menor. – Todo, yo quiero saber absolutamente todo lo que te pase.

– Contigo no tengo que fingir… – Confesó Ariel, un poco avergonzado por la posición desfavorable en la que estaba y también por ese beso repentino que lo había dejado con ganas de unos cuantos más. – Cada que estas a mi lado, mi vida misma se torna de colores.

 

SAMKO

 

– ¿Estas completamente seguro de que no quieres ir al cine? – Preguntó mientras apoyaba su mentón en mi hombro. Tal vez le preocupaba que a media noche le dijera que siempre si quería ir.

La verdad, prefería quedarme en casa, enrollado entre sus brazos, justo como estábamos ahora. Mi humor no era precisamente optimista, por el contrario, sentía un nudo en la garganta que no me dejaba pronunciar palabra. – ¿Sam? – Insistió y debido a la posición en la que estaba, Lusso tuvo que estirarse un poco para poder mirar mi rostro. – ¿Es un mal momento para preguntas…? – Me gustaba cuando mi espalda descansaba contra su pecho y la manera en la que me abrazaba con los brazos y piernas. Me hacía sentir seguro y querido. – ¡Disculpa! Supongo que ya iremos en otra ocasión. – Agregó y me abrazó contra él.

Estaba por decirle que nos quedáramos, pero ¿porque iba a amargarme la vida…? Muy en el fondo comprendía que no necesariamente tenía que agradarles a todos, aun si el hecho de que le desagradara a mi propia familia, dolía mucho más.

– Sí quiero ir… – Le dije y salí de mi cómoda posición para mirarlo. – Pero me vas a comprar todo lo que se me antoje. – Lusso fingió preocupación pero finalmente sonrió.

– ¡Lo que quieras, mi vida! – Aseguró mientras me apretaba con mucha más fuerza contra su cuerpo. Hacía mucho que no me abrazaba de esa manera, supongo que desde los quince.

– ¡Ah, duele! – Me quejé, pero no le importó y me apretó aún más, haciéndome sentir niño de nuevo, en ese entonces, me cargaba y me aplastaba contra él hasta que me resultaba imposible respirar.

– Moría por hacerlo de nuevo… – Confesó mientras se reía, sé que muy en el fondo intentaba animarme… ¡Pero hombre! No tenía que estrujarme de esta manera.

– ¡Eres un bruto! – Le dije cuando finalmente me soltó, y tuve que tallarme los brazos, porque en verdad me dolían. Él me miraba con su deslumbrante y sensual sonrisa, que tras mi queja se volvió una carcajada que inundo toda la habitación. Su risa me resultó contagiosa, pero preferí fingir molestia. – Solo para que te enteres… ¡Ya no soy un niño para que me apretujes de esa manera!

– Para mí siempre vas a ser un niño… – Me rebatió y la manera en la que lo vi ponerse el saco, me distrajo momentáneamente de la discusión. Lusso lo notó y volvió a sonreír, en ese momento quise apartar mis ojos de su cuerpo y mostrarme indignado, pero se me antojaba demasiado como para perderme semejante vista. – Mi niño… mi Samko… – Cantó y sus palabras de caramelo hacían que me las quisiera comer.

– ¡Me gustas demasiado! – Inconscientemente hice audibles mis pensamientos, y el tremendo vanidoso que estaba frente a mí volvió a reír a todo pulmón. Quise enojarme, quería decirle un par de cosas, pues por su culpa estaba quedando en ridículo. Pero incluso su risa me gustaba.

– ¿Debería tomar esto como una confesión? – Preguntó y con todo el garbo del mundo, caminó hasta llegar a la orilla de la cama, entonces, sin el menor de los cuidados, me haló del cuello de mi camisa hacía él, dejándome apenas a unos centímetros de su rostro. – ¿O es acaso que me estas provocando? – ¿Quién puede resistirse a un Lusso dominante y rudo? Yo no…

Me sujeté de sus brazos y quise acabar con la ridícula distancia entre nosotros para poder besarlo, pero no me lo permitió y me soltó de tal manera que caí de nuevo sobre la cama. Lo confieso, eso sí que no me lo esperaba. Y me dolió un poquito el rechazo. Pero no tuve tiempo de pensar en ello, pues sus brazos a mis costados me sacaron de la cama, y me sostuvieron hasta que mis pies tocaron el piso. Actuaba de esa manera cuando la cercanía entre nosotros, resultaba un problema para él.

Solamente me había dejado ahí y sin más, me dio la espalda. No iba a hacerle un escándalo por esto, él ya me había explicado antes, sus motivos, así que solo me dirigí a su guarda ropa, en el espacio que había dejado para mí y me cambien rápido.

– También me gustas… – Agregó mientras me miraba desde el marco de la puerta. Se había recargado ligeramente sobre la pared y escondía las manos en los bolsillos de su pantalón. De nuevo estaba esa expresión de aprensión en su rostro, que tanto me desagradaba. Ese gesto significaba que estábamos por cruzar uno de sus límites, que por cierto, cada vez comprendía menos. Los parámetros estaban mal definidos para mí, y si en algún momento estuvieron claros, hoy ya no.

– No tenemos que hablar de esto si no quieres… – Le dije, pero quien no quería tocar el tema era yo. Odiaba que cada vez que esto pasaba él, indirectamente me obligara a recordar que mi sitio a su lado era igual de irresoluto que los parámetros de sus límites. El gesto se remarcó en su rostro y eso me irritó bastante. Digamos que estaba muy sensible por lo sucedido en los últimos días, y no pude contenerme. – ¡Ya lo sé, Gianmarco!  – Grité – Deja de mirarme de esa manera… Lo sé y te juro que no me importa. – Mentí. – Tú lo amas a él y yo… yo…– De repente, simplemente no podía decirlo. Que solo amaba a James, no, esa sería la peor de mis mentiras. Apreté los ojos con fuerza y traté de calmarme. – Yo no quiero hablar de esto ahora…– Y mientras hablaba me encaminé a la salida, dispuesto a irme solo si él no quería seguirme, pero no continuaría con esto. Porque él bien podía decirme en las mañanas sin prejuicios, que yo le gustaba, que le encantaba estar sobre mí y que me amaba y en las tardes sentir que le estaba faltando a Dylan, si decía las mismas cosas. Y odiaba eso, porque me hacía creer que solo las decía al calor del memento, para que yo escuchara lo que ambos sabíamos perfectamente que necesitaba oír.

– Sam… – Me detuvo cuando pase a su lado para salir, y aunque quise deshacerme de su agarré sobre mi brazo, no me lo permitió.  Contrario a eso, se puso enfrente de mí e intentó abrazarme. Este no era un buen momento para eso, me considero una persona muy dulce, pero cuando me enojo soy tan bestia como cualquiera de mis hermanos. Y solo pensar en ellos hizo que me enojara aún más. – ¡Sam!

– ¡Vete al diablo, Gianmarco!

– ¡Mi vida! – Me molestaba tanto y me odiaba a mí mismo por no poderlo odiar a él, aunque sea un poquito. Y cada vez que decía que me enojaba con él, en realidad, me enojaba conmigo mismo por ser tan débil ante él, porque cada cosa que decía, por pequeña o insignificante que fuera, permeaba en mi interior, con la misma fuerza que las palabras de James. – Mi vida… ¡te amo! – Era un maldito descarado. – ¡Me gustas! – Aseguró y no le creí ni media palabra –Tú forma de ser, todo tú… – Dijo y sus brazos rodearon mi rostro, se iba acercando y me miraba con tanta dulzura que me daban unas tremendas ganas de golpearlo por jugar conmigo de esta manera. – Mi vida…

– No te creo ni una puta palabra… – Le interrumpí y aparté sus manos de mi rostro, con más fuerza de la necesaria. Él me miró con molestia y eso me caló hasta lo más hondo. ¿Lusso enojado conmigo? Eso era tanto como imposible y sin embargo, su rostro completamente serio y esa mirada siempre tierna que ahora me miraba con desaprobación.

Alejándose de mí, me dio la espalda y se apresuró a salir.

– Se cancela todo… no te llevaré a ningún lugar. – Estaba regañándome, y no creí que estuviera hablando enserio, ya me había vestido, él no sería capaz de dejarme así – ¡No te lo mereces, no mereces nada de lo que te doy! – Esas palabras y el cómo las había pronunciado, terminaron por aplastarme. Gianmarco, terminó de salir de la habitación y tan pronto estuvo afuera, volvió a entrar. – Únicamente piensas en ti… – Me acusó y ya no podía verlo con claridad, porque los ojos se me habían llenado de lágrimas. – ¿Cómo puedes decirme que te gusto, si a quien amas es James? ¿Acaso crees que puedes jugar conmigo de esa manera?

– N-no estaba jugando cuando lo dije… – Intenté defenderme.

– Hace mucho que dejé de ser un niño… Así que no me vengas con que ahora resulta, que nos amas a los dos. – Estaba gritándome, furioso, a tal punto que no podía reconocerlo. – Me puede Samko, me arde ser el “mientras todo se arregla con James”. Porque tú ahora nos tienes a los dos y yo detesto la idea de tener que compartirte con alguien más. ¡La detesto! – Repitió y dando un portazo, salió de la habitación dejándome solo.

 

DAMIÁN

 

El incidente de la guarida, había quedado olvidado. Ariel miraba todo lo que nos rodeaba, lo que le sigue de emocionado, y debo confesar que no sabía si era porque él iba conmigo, de mi mano, pero nunca antes había disfrutado tanto de un simple paseo.

Me descubrí hablándole de cada uno de los árboles, de las flores de la estación, de los animales que tanto parecían atraerle. También de las historias propias de la región y creo que jamás en mi vida había hablado tanto, pero él me miraba con tanta emoción que me incitaba a seguirle contando. Sus ojos azules se abrían presa de la sorpresa, o se entrecerraban cuando se reía o le contaba de alguna de mis heridas sufridas mientras exploraba estos montes.  Y yo estaba completamente fascinado por él.

Realmente le gustaba mi mundo, valoraba cada detalle por pequeño que fuese. Y ese hecho, a mi lobo y a mí, nos complacía.

Llegamos al lugar que quería mostrarle en casi una hora.

– ¿Es aquí? – Preguntó una vez que me vio dejar nuestras cosas, sobre una piedra plana. Tal y como en su guarida, era un claro perfectamente circulado y completamente despejado, el prado estaba rodeado de árboles que sobrepasan los cinco metros de altura y de follaje muy espeso, que daban la ilusión de ser una pared verde que no permitía ver lo que había del otro lado.

– Casi… ¡Ven! – Le dije mientras le ofrecía mi mano para que la tomara. Las ramas espesas de los pinos que se encimaban unas sobre otras, impedían la visibilidad. – Esta detrás de estos árboles… – Con cuidado fui abriendo una brecha por la que pudiéramos pasar, pero basta decir, que en cuanto se asomó, él avanzó por su propia cuenta y bastó que se agachara para cruzar sin mayor problema, evitando las ramas. Supongo que esa era una de las ventajas de ser pequeño.

– ¡NO LO PUEDO CREER! – Exclamó y para cuando llegué a su lado, sus ojitos parecían dos estrellitas resplandecientes. – ¿Cómo es que algo así es posible? – Intentó asomarse por la pendiente, pero no era seguro, el hielo goteaba y la tierra debía estar demasiado húmeda y blanda como para soportar su peso, así que casi lo arrastré hasta unas rocas de donde sí podría asomarse. – ¿Me tomas? – Dijo y ya se estaba subiendo a las piedras pero estiraba su mano para que la sujetara.

– ¿Aquí? ¿No te preocupa que alguien pueda vernos? – Le dije sonriéndole maliciosamente al haber cambiado el sentido de sus palabras. Él se detuvo en seco y se giró para mirarme, durante algunos segundos se dedicó a observarme, como si no me hubiera comprendido, y después, su rostro fue adquiriendo un tono cada vez más rojo. Hasta que sus mejillas quedaron completamente coloradas.

– Yo no… – Intentó explicarse y su expresión era realmente encantadora y graciosa. Para cuando cayó en la cuenta de que lo había dicho a propósito, frunció el ceño pero también sonrió. – ¿Sujetas mi mano para que pueda asomarme…? – Lo dijo fuerte, claro y con todas las palabras para evitar malentendidos.

Lo hice, tomé su mano y él pudo mirar. Estaba realmente alto pero no parecía inmutarle, al contrario, cada vez se iba acercando más a la orilla. – ¡Es precioso…! ¿Y se puede bajar? – Debía estar loco si creería que íbamos a bajar por aquí.

Lo tuve que halar para atraerlo a mí, porque los nervios comenzaban a crisparme de verlo tan inclinado y con sus pies sobre la orilla, la verdad, la altura no es mi fuerte y sentía que en cualquier momento su mano escaparía de la mía y podría caer. Y ninguno de los dos quería eso. – ¿Puedo mirar un momento más?

– ¡Puedes! – Aseguré – Pero es más seguro que lo hagas desde aquí. – Agregué mientras lo dejaba a mi lado.

Inmediatamente lo vi sentarse en el suelo y de entre su abrigo sacó algo como una tarjeta cuadrada y mucho más gruesa que una hoja normal. Además de un lápiz de esos que usaba mucho y de los cuales tenia cientos de ellos.

– ¿Qué es eso?

– Es una hoja de Opalina… – Dijo y continué igual de perdido – Las huso para hacer bocetos, dibujarlo me tomaría quizá un poco más de un par de horas, con esto trazaré la forma y las sombras lo demás lo haré en casa.

Garabateó por la hoja y debo de confesar que no le vi forma a su “boceto”. – ¿Por qué no mejor le tomas una foto?

– La tengo aquí… – Dijo sin despegar los ojos de lo que hacía, pero se detuvo a señalar su cabeza y con la misma continuó.  – ¿Qué lugar es este?

– Sibiu está situada sobre la meseta de Tărnave, este es su límite noreste. El arroyo que se alcanza a ver alla abajo, es un afluente del rio Cibin y todo lo demás, es parte del Valle que llevaba el mismo nombre. Lo que se supone que estas dibujando es la colina de Guşteriţa. – Expliqué mientras señalaba la loma recubierta de arboleadas que se alzaba frente a nosotros.  – Ariel no dejaba de sonreír, y un por momento deseé que me mirara a mí en vez de a ese trozo de papel.

– Admiró lo mucho que sabes de tu ciudad… – Me apremió.

– No nací aquí… – Confesé y como premio, Ariel apartó la mirada de sus trazos y me miró con fijeza. De nuevo tenía toda su atención y eso me encantaba. – Nací en Judet, en el distrito de Covasna.

– Covasna… ¿Sigue siendo Transilvania?

– Es más Rumanía que Transilvania, aunque sí, sigue siéndolo… – Le expliqué y acuclillándome, limpié un poco la tierra mojada para trazar con mi dedo índice el corrido hasta mi distrito. – Imagina que esta piedra es Sibiu… Covasna esta al oeste a ciento ochenta y tres kilómetros de aquí. Sigues la carretera que pasa por tu casa, ese es el camino más corto hasta Braşov, pero en vez de entrar a la Ciudad, te desvías y solo ladeas una parte para subir hasta Judet. Y de ahí a veintisiete kilómetros esta Covasna.

– Damián… – Por primera vez lo vi dudar y de manera infantil mordió la el lápiz con el que dibujaba.

– ¿Qué sucede? – Sus ojos estaban fijos en el trazó que había hecho en el piso.

– ¿Lo visitas con frecuencia?

– No… – Era un lugar que me traía muy malos recuerdos y desde que fui rescatado por el padre de Deviant, no había vuelto. – ¿Por qué lo preguntas?

– ¿Crees que podríamos ir alguna vez? – En cuanto lo preguntó sentí mis barreras levantarse, pero al mismo tiempo sentí la calidez de su mano sobre la mía y esos ojos que me miraban emocionados y a los cuales sentía que no podría negarles nada.

– ¿Quieres que los gitanos de la región te lean la mano? – Bromeé.

– ¿Gitanos? – Y aunque pareciera imposible, se mostró mucho más emocionado.

– Yo también puedo hacerlo y sin necesidad de un viaje de poco más de tres horas. – Sujeté su mano que descansaba sobre la mía y la giré para mirar su palma – Aprendí de los mejores, así que puedes confiar plenamente en mis predicciones… – Ariel volvió a sonreír y no perdió detalle de cada una de las cosas que hacía. – ¡Dejame ver! ¡Oh, sí! Aquí puedo ver que tu nombre es Ariel. – Dije como todo un profesional.

– Eso ya lo sabías…

– No me presiones…

– ¡De acuerdo!

– Tienes un hermano que se llama William y vendrá en Navidad para que comenten el libro sobre hombres lobo que te regalo y del cual no has leído ni la mitad. – Eso sí que lo asombró y sus ojitos se abrieron presa de la más pura de las sorpresas.

– ¿Mi mano dice eso? – Preguntó y se inclinó hacia adelante para mirarla con detenimiento, era tan inocente. – ¿Dice que no he leído ni la mitad del libro?

– ¡Por supuesto que lo dice!  ¿De qué otra manera podría haberme enterado? – Aseguré. Omitiendo, que eso lo había averiguado por mi propia cuenta cuando entre a su habitación. – Lo dice justo aquí…

– ¿Qué más dice?

– Dice… que esta mala racha pasará. – Él aparto su mirada de su mano y me miró con la misma seriedad con la que yo lo hacía. – Que tu padre va a llamar pronto… – Agregué y lo sentí tensarse e instintivamente quiso retirar su mano, pero no se lo permití. – y que tu mamá no volverá a reprocharte por nada, porque en realidad no es culpa tuya. ¡No es tu culpa! – Repetí y mi alma dolió al ver esa mirada vidriosa. – Ha sí que dejá de sentirte mal por lo que paso… – Ha decir verdad, no sabía leer la mano, pero tenía una aliada de nombre Susan que me había contado de estas cosas mientras cocinábamos. Ariel de nuevo intentó retirar su mano, pero volví a retenerla. – ¡Espera! Veo algo más… Hay un hombre… – Él volvió a bajar la mirada y un par de frías lagrimas bajaron por sus mejillas, mismas que recogí sin dudarlo y continué con mi “supuesta predicción”. – En realidad hay más de uno, pero solo este importa… – Recalqué, mientras señalaba un punto en su mano.

– ¿Por qué solo él importa?

– Pues porque lo dice tu mano… y si lo dice aquí, debes hacerle caso.

– ¡De acuerdo!

– Sigamos entonces… Dice que ese hombre es alto, guapo… Muy guapo, realmente atractivo, como ninguno más en todo Sibiu, Transilvania y el mundo entero.

– ¡Entonces si es muy guapo! – Mi cachorro sonreía de nuevo y por conservar esa sonrisa en su rostro, yo era capaz de decir las más grandes estupideces.

– Lo es… Dice que tiene un estilo increíble, es carismático y su cabello cae de forma muy sensual sobre su rostro. – Y mientras lo decía, sacudí mi erótica melena peinándomela con los dedos de mi mano libre. Ariel ensanchó su sonrisa y quise dejarme de tonterías y besarlo, pero eso no sería para nada profesional. –   Tiene un cuerpo de envidia y una sonrisa que hace que tu corazón se aceleré. Es el más deseado y cotizado entre los hombres. ¿Y sabes que es lo más genial de todo?

– ¿Qué?

– Que ha ese hombre tan guapo que parecé irreal, le importas… – De nuevo hubo seriedad en su rostro pero fue más por la sorpresa, porque ambos sabíamos que ese tipo sumamente guapo era yo, nadie más podría cubrir ese perfil. – Se preocupa por ti y le encanta besarte… – Finalmente solté su mano y un silencio tortuoso se hizo entre los dos.

– Y a mí… – Dijo él, con cierta timidez – A mí me encanta que tú me beses. – Confesó –¿Podrías… hacerlo ahora?

No tuvo que repetirlo, primero repartí besos cortos por todo su rostro, y después jugué con su autocontrol, besando sus comisuras, su barbilla y la punta de su nariz. Tras cada acercamiento le seguía una tremenda huida que comenzaba a molestarle. Pero continué jugando un poco más, hasta que hartó, se abrazó a mi cuello y me plantó tremendo beso.

En cada nuevo roce se le notaba la inexperiencia, pero no por eso era menos demandante. Y en lo personal, me gustaban ambas partes de su personalidad. Tanto cuando era dulce, frágil y se avergonzaba de todo, pero también cuando era directo, riguroso y se armaba del suficiente valor como para pretender someterme y querer dominar la situación. Y lo hacía muy bien, a tal punto en que comenzaba a darme curiosidad hasta donde sería capaz de llegar.

– Deberíamos volver a casa… – Le dije, sin realmente querer separarme de sus brazos y sus labios, pero estábamos solos, lejos de cualquiera que pudiera prestarle ayuda y ante todo, me conocía y sé que no soy fiar, él me atraé mucho y no debería de jugar con fuego, sobre todo cuando no quiero quemarme.

Ariel no dijo nada, simplemente se levantó de entre mi regazo, cosa que me resultó extraño pues no supe en qué momento se había sentado sobre mis piernas, ni si yo lo había colocado o él se había subido por voluntad propia.

Me siguió mansito y muy de cerca, ninguno de los dos parecía tener algo que decir y sin embargo, no era incómodo. Aprovechando su aparente distracción alcancé su mano y la entrelacé con la mía. – ¿Estás cansado?

– Un poco, pero ha valido mucho la pena.

– ¿De verdad te gusto?

– Es lo mejor que he visto desde que llegué. – Aseguró.

– ¿Y yo? – Me quejé – Si esto es lo mejor que has visto… ¿Qué hay de mí? – Me gustaba bromear así con él, porque su sonrisa se volvía amplia y al mismo tiempo me miraba con vergüenza.

– Es lo segundo mejor que visto, desde que llegué… – Se corrigió.

– ¡Me encanta como lo dices!

– ¿No es así como se dice?

– Es así, pero aunque comprendes el idioma no tienes el acento. – Aclaré – Hablas muy lento y bajo para ser rumano. Sin mencionar que remarcas mucho la última silaba y le das la entonación de tu país.

– Es difícil de pronunciar…

– ¿Cómo fue que lo aprendiste si nunca viviste aquí…? Además, si no me equivoco la otra vez te escuche hablarle a uno de tus compañeros de universidad en Báltico.

– Bueno… cuando tenía como seis años, mis abuelos me hablaron para felicitarme por mi cumpleaños y aunque me alegró escucharlos, no entendí ni una sola cosa de la que dijeron.  Así que mi abuelo decidió que me pagaría un curso para que aprendiera a hablar su idioma.

– ¿Rumano?

– No, ellos hablan Húngaro, pero el rumano les va muy bien también. Después conforme fui creciendo, a mi padre no le gustaba que los escuchara discutir, entonces, cuando peleaban cada uno lo hacía en su lengua materna, por supuesto, quiero creer que ellos se comprendían. Y había cosas que sonaban realmente terribles, pero no sabía que significaban, entonces, decidí investigar por internet. Y obtuve una beca para estudiar alemán, que es el idioma de mi madre, y mi papá me enseño Báltico, que es el idioma que aprendió en la universidad. Aprendí muy poco, he de confesar que soy un pésimo alumno en eso de los idiomas.

– ¿Y el rumano?

– Will me enseño… Habíamos planeado venir para navidad. Así que ambos nos metimos a un curso intensivo, pero mi viaje se adelantó y la verdad es que aún tengo serios problemas con el idioma.

– Creó que vas bien… – Le apremié y era cierto, no se equivocaba en la pronunciación de las palabras aunque si en la fonética, es decir, le daba un énfasis incorrecto. – Transilvania es un lugar con una gran diversidad étnica, y por lo tanto, de idiomas. Encontraras personas que hablan Rumano, Húngaro, Alemán, Eslavo, Báltico, incluso Latín. Pero en Sibiu predominan solo los primeros tres. Así que pronto lo hablaras como todo un profesional.

– ¿Cuáles hablas tú?

– De los seis, domino cinco… –Presumí – El latín no se me da, pero lo comprendo, solo que no puedo leerlo, pronunciarlo y mucho menos escribirlo.

– ¿Enserio? – Preguntó sorprendido – ¿Podrías enseñarme?

– Aunque no acostumbro dar clases particulares, podría hacer una excepción por tratarse de ti, solo que “el costo aumenta”… ¡Ya sabes!

– ¿Cuánto vas a cobrarme?

– No es dinero lo que quiero como pago…

 

GIANMARCO

 

– ¿Acaso no sabías que el amor puede doler así de bien? Deja este lugar y esa postura triste y ve y dile lo que en realidad sientes… En el fondo sabes que tus esperanzas son altas, ¿Por qué entonces intentas mantenerlas bajas? – Toda mi vida he buscado a alguien que me comprenda, para que después me explique porque soy de esta manera, y cuando conocí a Linda, supe que jamás encontraría tal cosa, ella no ha parado de decirme que todas las respuestas a todas mis preguntas están dentro de mí, pero yo no las encuentro. – Te intentas resistir, pero él te gano, y se metió hasta lo más hondo de tu ser… – Pero aun así, tiene la mala costumbre de echarme mis verdades a la cara de la forma más cruel que alguien pueda imaginar. – ¿Quién lo conoce mejor que tú? ¿Quién te conoce mejor que él? Sé que no quieres hacerlo llorar, ¿Por qué no solo vas a consolarlo? ¡Gianmarco! ¿Estas escuchándome? – La escuchaba fuerte y claro, pero este no era el mejor momento para mí, había lastimado a una de las personas que más me importan, sabía que él estaba llorando en mi habitación en este preciso momento, no… no podía sentirme bien, ni escuchar nada más que sus sollozos. – Haz estado buscando… ¿Has encontrado muchas cosas? Todo lo que nunca le dices es… que estás enamorado de él y todo lo que él nunca sabrá es que lo amas.

– Él sabe que lo amo… – Alcancé a decir – Lo sabe…

– Quizá lo sabe porque tú se lo has dicho… ¿pero le has hecho sentir que puede fiarse de tus palabras? – ¿Cuánto tiempo llevaba torturándome? ¿Una hora? Como sea, seguía justo detrás de mí, presionándome y de repente, parecía que lo que hacíamos, ella regañarme, mientras yo me lamentaba, era lo único que teníamos que hacer.

– Me siento atrapado en una telaraña… solo quiero culparme y sentirme basura por todas las cosas estúpidas que le dije.

– ¡Esta bien! ¡Estoy harta de eso! – Gritó furiosa – Haz lo que se te dé la gana, solo espero que no me des la oportunidad de decirte… “te lo dije”. Porqué de una vez te advierto que no dejaré pasar la oportunidad de restregártelo a la cara. – A pasos acelerados caminó hasta la puerta de la salida y escuché el ruido de la puerta al abrirse, pero se detuvo. Se iba a jugar su última carta. – Ya una vez se te escapó de las manos la felicidad… Pero en esta ocasión, eres tú quien la está rechazando. Ese chico está ahí, arriba… Llorando. Sé que si no le importaras se hubiera ido, no le falta con quien estar. Pero sigue ahí, esperándote. No hagas que se canse…

Cuando se fue, me tomó medio segundo reconocer que a pesar de todos los errores que he cometido, y aunque no fue mi intención hacerle daño. Efectivamente, él estaba aquí…Y no porque no pudiera volver con James, aunque tal vez, pero el punto era que estaba aquí.

Cuando salí de mi oficina, no me extraño ver a Linda, aun en la puerta. – ¡Mas te vale! – Amenazó – Ya iba a entrar por ti…

Apenas y si alcancé a dejarle un beso en la mejilla y sin más me dirigí a las escaleras. Travis no quería apoyarme en este sentido, pero Linda era sin duda, la mejor de las cuñadas. Subí y mientras lo hacía me preparé para escucharlo gritar y reprocharme por cada una de las cosas que dije, estaba bien, me lo merecía.

Pero cuando abrí la puerta y lo vi hecho bolita aun lado de la cama, con el rostro cubierto con una almohada a la que sus manos se aferraban con fuerzas, y esos temblores que provocaba su llanto descontrolado. Las fuerzas y el ímpetu inicial se me desvanecieron por completo. Al ruido de mis pasos fingió que dormía.

Caminé un poco más lento y me senté a sus pies. – ¡Perdón! – Le susurré, pero Sam no se movió. – Mi vida… lo que dije, sobre que no te merecías lo que te daba, no es verdad. Perdí el control y… ¡Por favor! Habla conmigo… – Esperé y en verdad deseé que gritara, que me insultara, pero que no se quedara callado, porque el hacerlo significaba que lo había herido demasiado y eso no podría perdonármelo jamás. – ¿Sam? – Con cuidado retiré la almohada de su rostro, cuando me escuchó avanzar la había dejado de sujetar, así que no tuve problema con hacerla a un lado, pero él había cerrado los ojos, aun si sus mejillas y sus pestañas seguían húmedas y se le notaba lo mucho que estaba esforzándose por no llorar. – Habla conmigo… No pretendí gritarte… ¡Te amo, Sam! ¡En verdad te amo!

Esas palabras terminaron por desmoronarlo y se abrazó a sí mismo, mientras volvía a llorar. Mi alma entera se estremeció al verlo así de frágil y supongo que debí pensármelo un poco más, pero en medio de mi impulsividad, solo pude irme sobre él y acorralar sus labios contra los míos. Tampoco iba a obligarlo, si él no quería esto y me alejaba, lo aceptaría. Pero no lo hizo, aunque tampoco me acepto. Con cuidado los acaricié, besándolos de manera alternativa con toda esa ternura que me provocaba. – Tengo tanto miedo de quererte, pero aquí estoy, queriéndote de todas formas. – Y mientras lo decía, ya lo había acomodado debajo mío, con su rostro preso entre mis manos y volví a tocar sus labios con los míos. Sollozó en mi boca y aferró sus manos a mi camisa. – Mi amor, por favor… ¡Perdoname!

La forma en la que se negaba a mí, me dolía en lo más hondo. Jamás se rehusaba a mis besos, sino que más bien, se aferraba a ellos con ferocidad, quemando mi piel en cada roce. Entonces recordé lo que había sucedido ocho años atrás y me llené de nostalgia, porque la mayor parte del tiempo soy muy estúpido y aunque Sam había estado para mí siempre, me había querido desde entonces, y yo, por mi cobardía, no me atrevía a decirle, que también lo amaba “de esa forma especial”.

No pude atraparlas antes de que cayeran sobre su rostro, pero cuando sintió la humedad, abrió los ojos y pude ver en los suyos el llanto de los míos. – Te acuerdas… cuando tenías once años, recién los habías cumplido y me pediste que te llevara de fin semana a Mureş.

– Lusso… – Intentó limpiar mi llanto pero no se lo permití.

– En la última noche que pasamos en el hotel… ¿Recuerdas lo que me dijiste? – Sam, solo me miró con tristeza y eso me dolió aún más, porque mi niño estaba nostálgico y era por mi culpa. – Cuando salí de la ducha, estabas en mi cama y me mirabas con timidez, pero cuando me acerqué y te pregunté qué pasaba, te armaste de valor y me dijiste…“Te quiero”. Te respondí que yo también te quería, entonces tú dijiste… “Te amo”. Eras solo un chiquillo y por mucho tiempo dudé de si realmente sabias lo que esas palabras significaban. Pero en ese momento, solo pude probar lo salado de tus lágrimas cuando las sequé con mis labios, y te dije que eras alguien muy especial, pero que aún eras un niño, que no tenías la edad, pero que ya llegaría tu momento. Y te regale un beso, besé tu boquita por primera vez, porque llorabas.

– Ya no soy ese chiquillo, ahora si tengo la edad para decirte que te quiero, que ese sentimiento de tantos años, no lo he podido olvidar.  – Y tras esas palabras, volví a probar el sabor salado de sus lágrimas, porque de nuevo lloraba y le regalé otro beso como cuando era un chiquillo.

Lo envolví con mis brazos y fui repartiendo besos por su rostro y su cabello, él parecía estar un poco más tranquilo, pero aún se mantenía distante y entendía la razón, Sam tenía dudas y necesitaba resolverlas, al igual que las tenía yo. Pero desde tan pequeño, él estaba convencido de cada cosa que decía sentir, yo en cambio siento tanto y a la vez nada…Solo puedo ser feliz cuando él está conmigo.

– Yo nunca lo preguntaría… – Susurró y sin soltarlo del todo, hice un poco de espacio entre nosotros, para poder mirarlo. – Porque en el fondo estoy seguro de lo que dirás.

– ¿Decir qué?

– Dirás: “Lo siento, te amo, pero no de ese modo”… Y no lo puedo soportar, no puedo enfrentar esa verdad. – Confesó y se aferraba a mi ropa con fuerza, mientras me dedicaba esa mirada dolida. – Porque odio decir que te amo, y que cada que lo hago me dejes en claro que tú no me amas a mí… No quiero que me regales otro primer beso, como en aquella ocasión, solo porque estoy llorando. Soy un hombre y quiero que me ames como lo hacen los hombres.

 

JAMES

 

Me había arrastrado hasta el sillón amplió de la sala y según intenté mirar la serie pero no supe en que momento comenzó ni mucho menos cuando terminó, mi mente parecía estar en otra parte, hasta que un golpeteó fuerte sobre mi puerta, me sacó de mi ensimismamiento.

En un primer momento creí que se trataba de Sam y la idea me emocionó demasiado, pero al abrir, vi a alguien idéntico a la persona que deseaba, pero unos cuantos años mayor.

– ¡James! – Exclamó angustiado y después de recorrerme con la mirada, casi se aventó a mis brazos y me abrazó. – ¡Oh, no sabes lo preocupado que estaba! Te llamé tantas veces y no respondías, y pensé que tal vez… – Se detuvo y volvió a recorrerme con la mirada – ¡Me alegra saber que estas bien!

Busqué de nuevo su abrazó y me aferré a su cuerpo. Estaba triste, dolido y no quería estar solo en este departamento.

– Deviant… – Sollocé.

– ¡Tranquilo! ¡Ya estoy aquí! – Intentó darme ánimos. – Lo vamos a resolver, te lo prometo.

– ¡Quiero que vuelva! – Confesé sin vergüenza, yo confiaba plenamente en Deviant y sabía que él intentaría comprenderme. – No quiero que este con ese tipo… ¡Ayudame! ¡Quítaselo! Hazlo volver…

– Lo haré… Si eso es realmente lo que quieres, pero antes, quiero saber porque. – Exigió – ¿Entiendes lo que Samko quiere de ti? – Eso lo tenía claro, lo que me angustiaba era lo que quizá yo quería de él.

– ¿Vez ese refrigerador repleto de imanes? – Le dije mientras señalaba hacía la parte abierta de la cocina. – Hemos discutido en tantas ocasiones porque me costó muy caro y no lo compre para verlo como árbol de navidad repleto de esferas. Pero a él le gustan los imanes, y entristecía cada vez que le decía que me avergonzaba ver mi refrigerador de ese modo. Dile que si vuelve, no volveré a reñirle por eso, dile que puede ponerle todos los que deseé… pero que vuelva.

– Eso no responde mí me pregunta…

– Sabré lo que quiero con él en cuanto lo vuelva a tener en mis brazos. – Tal vez estaba siendo muy egoísta, tal vez debía intentar pensar con la cabeza fría, pero estaba asustado, sentía que lo perdía, que él podría no volver. Y algo así, no quiero soportarlo.

– Han me dijo que vas a casarte… – Comentó con dureza.  – ¿Es eso verdad? – Sentí que me echaron un balde de agua fría. Lo había olvidado, decía sentir que lo estaba perdiendo, pero yo mismo lo había alejado. – Supongo que lo es… – Agregó con resentimiento. – Hubiera preferido enterarme antes y por ti.

– ¡Lo siento, Deviant! – Me disculpe – Por ahora, mi mente solo puede pensar en Samko, nada más importa. Solo ustedes… solo mi familia a la que tanto daño le hecho con mis estupideces.

– No digas eso…

– ¡Es la verdad! – Dije llenó de culpa – Tu lo golpeaste y él te lastimo… – Agregué y llevé mi mano hasta su rostro en la parte donde aún se veía esa mancha roja, aunque ya no tanto. – Sé cuánto lo quieres…Lo especial que Damián es para ti.

– Sí, él es muy importante para mí… – Dijo mientras dejaba salir un suspiro pesado. – Pero también te quiero a ti, y no me arrepiento de haberlo hecho. – Aseguró y posó una de sus manos sobre la mía. – Han tiene razón, pero es más culpa mía que de Damián, yo soy el mayor y debí esforzarme por mantenerlos unidos, y en vez de eso, me refugié y apoderé de ti, porque nos entendemos y ambos sabemos cuándo ya hemos dicho suficiente, Samko no conoce esos límites y a Damián no le importan. Ellos son muy similares… de la misma manera en la que tú y yo lo somos.

– Pero no lo odias… A Sam… ¿verdad?

– ¡No, por supuesto que no! – Respondió de inmediato – Pero quizás es nuestra distancia, no lo sé… es solo que no me siento cómodo en su compañía. Él suele mirarme con frialdad y aunque sus palabras intenten sonar amables, sé que no lo son. – El semblante de Deviant decayó bastante y no era para menos, podía reconocer la culpa en su mirada, él estaba realmente arrepentido por sus palabras. – Solo quiero que ustedes tres sean felices y si Samko es tu felicidad por mi está bien, porque aún me rehusaba a creerlo, comienzo a creer que tú eres la felicidad de él. Solo quiero asegurarme de que lo estas eligiendo por las razones correctas…

– ¿Cuáles son esas razones? – Quise saber, porque para mí no había razón lo suficientemente válida para hacer lo que estaba pensando, no era normal, Samko es mi hermano.

– Lo principal, antes que todo… Deja de pensar que es tu hermano, porque no lo es. – Lo dijo tal y como si estuviera leyendo mis pensamientos. – Elígelo porque lo amas y no porque no deseas estar solo o en el peor de los casos, porque no quieres verlo con alguien más. Y lo segundo, no lo idealices. Samko enfurece casi tan rápido como Damián, tiene muy malos hábitos, creencias absurdas y te va a contradecir en todo, por simple placer. Su vida entera es un caos, es caprichoso, vanidoso, egocéntrico, chantajista, celoso, impulsivo, entrometido…

– Olvidemos que crecimos juntos, he vivido los últimos cuatro años con él, sé perfectamente todo lo que Samko es… Sé que es una cajita de Pandora llena de defectos y con la tremenda habilidad de acabar con mi paciencia y desquiciarme si así lo quiere, estoy consciente de que es un ser oscuro y despiadado. He visto como trata a la mayoría de la gente, lo presuntuoso y prepotente que puede ser… pero también sus excepciones. – Por supuesto que lo sabía, pero también había otra parte en él, una que solo mostraba ante personas muy específicas. Samko también es tierno, intenta comprenderme, es atento, me procura y me consiente. Me abraza y puede hacerme sentir que soy su mundo, me hace sentir fuerte cuando se refugia en mí, aun si no soy ajeno a que él tiene la habilidad de enfrentarse a cualquier situación y salir bien librado sin siquiera despeinarse. Aun si la mayor parte del tiempo, no lo soporto, tampoco sé cómo seguir sin él.

 

 

 

DAMIÁN

 

Después de discutir mis honorarios, y de que Ariel insistiera que en que cobrarle ciento cincuenta Rones por clase es demasiado, quedamos en que mejor se conseguiría un maestro que cobrara menos, pero que yo tenía que darle mi aprobación. Definitivamente no sería una mujer y el hombre que le diera clases tendría que ser viejo y feo. No me iba a arriesgar… Así que fui despedido incluso antes de que terminara de contratarme.

– Aun estamos en tiempo… vamos por este camino. – Señalé un angosto trecho entre los árboles.

– ¿También vas a cobrarme por el servicio de Guia de Turistas? – Bromeó.

– No… tampoco quiero que pienses que soy avaricioso, así que esto será casi gratis. – Aseguré. – Es como un servicio a la comunidad.

– ¡Que generoso!

– Hago lo que se puede…

Por estar riñéndome no se fijó en donde caminaba y terminó en el piso, cayendo de sentón entre hojas secas y lodo. Pero lejos de lo que se supone que hace la gente común al caerse, Ariel se deshizo entre risas y me hizo pasar de estar asustado pensando que quizá pudo haberse lastimado, a mirarlo con preocupación, el chico era todo un caso. Una verdadera lindura, pero también era un poco extraño.

– ¿Estas bien?

– ¡Mejor que nunca! – Respondió y aún seguía riéndose. – ¿Por qué tan serio? – Quizá tanto frio no le estaba haciendo bien, después de todo el viene de un lugar más cálido. Con cuidado se puso de pie y se limpió las manos en la ropa, un gesto por demás infantil, pero había sido un acierto ponerla esa ropa oscura.

– ¿Seguro que estas bien?

– Sí, estoy muy bien. – Aseguró mientras se sacudía la ropa. Algo que estaba de más, toda su ropa estaba llena de lodo y nieve sucia. – Me caigo todo el tiempo… Por cierto, ¿adónde vamos?

– Esta cerca… – Me limité a responder, intentando no darle tanta importancia al orgullo con el que había dicho que se caía todo el tiempo.

Y continuamos el recorrido en silencio, aunque cada cierto tiempo tenía que apresurarlo porque se distraía hasta con el más mínimo de los objetos. Pero en menos de quince minutos llegamos hasta el lugar donde todo había ocurrido. La nieve se había encargado de cubrir todas las huellas y los rastros de sangre, pero aun podía olerla, su aroma era tenue tras haberse diluido con la nieve.

Ariel lo observó todo y de la nada se aferró a mi brazo.

– No me gusta este lugar. – Dijo en voz baja.

– ¿Por qué?

– Solo no me gusta…

– Quiero darte algo. – Le interrumpí mientras sacaba de la bolsa de mi pantalón, el pequeño dije que había mandado a hacer para él y que había colgado de un hilo grueso de seda rojo. La mujer había dicho que debía ser de esta manera, sustituir el mal recuerdo con uno más grato y positivo. Además, de que al portar el dije, él no recordaría lo que sucedió, ni tendría esos trances como el de la mañana.

– ¿De qué se trata? – Puse el dije frente a él y Ariel lo colocó en la palma de su mano. – ¡Es muy bonito! ¿Qué significa?

– Solo es un obsequió que tiene un valor especial para mí.

– Si es tan importante… ¿Por qué me lo das?

– ¿Por qué haces tantas preguntas? – Me quejé fingidamente cansado. Pero a decir verdad, no sabía que responder. Él no tardo en mostrarse ofendido, pero el coraje se le esfumo cuando le quité el dije de la mano y me coloqué a su espalda para ponérselo. Mientras lo ataba, le dejé un beso ruidoso en la oreja. – Solo quiero que lleves algo de mí… para que no me olvides. – Sonrió de nuevo y me sorprendió lo fácil que era hacerlo feliz. Ariel era una persona única, conservaba la mente, inocencia y el cuerpo de un niño, pese a que ya no lo era. Y ahora, con este dije sobre su cuello, acaba de sellar un trato con él, en su interior, una parte de mí había sido ocultada y con ella la posibilidad de perder mi humanidad.

– Olvidarme de ti, sería tan imposible como tratar de recordar a alguien que no conozco. – Dijo mientras se ponía de frente a mí y me obligaba a perderme en el azul de su mirada, logrando que volviera a sentirme seguro.

 

ARIEL

 

Cuando volvimos a la casa, la cena ya casi estaba lista. En cuanto mi abuela nos vio, nos mandó a cada uno a darnos una ducha. A Damián le ofreció la ropa deportiva de mi abuelo, algunas prendas que nunca uso y que quizá podrían quedarle. Y lo escoltó hasta la habitación contigua a la mía.

– Todo lo que necesites puedes tomarlo de los anaqueles o del estante, y hay toallas limpias en la repisa. – Explicó y después con una seña me indicó que saliera de la habitación, así que sin más, la seguí dejando a Damián solo.

Ella por supuesto que se fue a encerrar a mi habitación y quiso todos los detalles del paseo. La sonrisa que surcaba su rostro me hacía sentir en confianza y reafirmaba lo mucho que Damián le agradaba.

Después de que estuvo satisfecha con toda la información que le di, me dio un poco de espacio para que también pudiera ducharme y de nuevo todo fue muy rápido. En cuanto salí de la ducha, terminé de vestirme y de inmediato empecé a preparar mi lienzo para pintar el paisaje que había visto. Pintar al óleo, era mi segunda mayor afición. Lo sujeté lo mejor que pude al soporte y comencé a mezclar las pinturas. Apenas y si tenía los tres colores primarios, pero conocía algunas técnicas para obtener con solo estos, todo el circulo cromático. También tenía el blanco titanio y el color tierra sombra natural, esperaba que fuera suficiente.

Estaba por comenzar a mezclar cuando Damián entró a la habitación.

– ¿Qué tal luzco? – Preguntó incomodo. Definitivamente la ropa de algodón no era su estilo, pero se veía muy bien. Aunque el pantalón le quedaba ligeramente corto y solo llevaba una camiseta sin mangas, pero el abrigó lo traía en la mano.

– Te vez muy bien…

– Esto no me queda… – Agregó mientras estiraba el abrigo.

Pero hizo un movimiento que me dejó ver algo que resaltaba en la parte baja de su hombro. Y parándome en la cama, le pedí que se acercara. Damián accedió mientras seguía quejándose por la ropa, y aproveché su distracción para ver, lo que resultó ser una herida grande que tenía toda la piel de alrededor amoratada.

– ¿Qué fue lo que te paso? – Le pregunté claramente preocupado, mientras señalaba su herida.

– Choqué… contra un árbol… – Susurró. – Pero no te preocupes, no me duele.

– Te pondré un poco de…

– ¡Esta bien! – Me detuvo – No es necesario…

– ¿Cómo qué no? Puede infectarse… – Insistí y deshaciéndome de su agarre, volví al baño y saqué el botiquín. – ¡Quitate la ropa!

– No puedo… – Dijo con seriedad.

– ¿Por qué no?

– Es que soy tímido… – Se burló. Pero al mirar mi semblante serio, accedió y se deshizo de la camisa.

Me terminé llevando una mano a la boca por la sorpresa, había muchas cicatrices que surcaban su piel en diferentes partes de su cuerpo. Damián me miró incomodo e intentó cubrirse, pero no lo dejé y acercándome a él, pase mi mano por su pecho y con la punta de mis dedos acaricié al azar algunas cicatrices.

– ¿Qué paso? – Le pregunté y no pude evitar que mi voz sonara triste, cada marca debía haberle dolido mucho y de solo pensar todo lo que había sufrido, me angustiaba.

– Son heridas de guerra.

– ¿Contra quién luchabas? – Cuestioné mientras seguía recorriéndolas.

– Muchas veces, contra mí mismo…

– ¿Tú te las hiciste? – No pude evitar preguntarlo, pero es que eran tantas, la mayoría en sus costados, la ropa las cubría a la perfección.

– Mi imprudencia… – Confesó y agachó la mirada. – La mayoría son de mi niñez. Supongo que mi vida ha sido muy distinta a la tuya… – Esa declaración me sonó a reproche, pero no quise darle importancia. – ¿Alguna vez has pensado que puedo ser una mala persona? Después de todo… ¿Qué es lo que realmente sabes de mí? ¿Qué tal si solo te estoy usando…? Un simple pasatiempo… – Cada palabra me dolió, pero no las creí, aun si la idea era perturbadora, sabía que no eran reales, que él estaba herido, pero si le importaba, lo sentía, él mismo me lo había hecho sentir.

– Desde que llegué he estado solo, sin ánimos de presumir, en la universidad muchas personas me pretenden. – Dije con frialdad – Hombres y mujeres… Si realmente quisiera podría tenerlos, a quien yo quiera, quizá a todos al mismo tiempo si así lo deseo, pero cualquiera de ellos es accesible para mí… Demasiado fácil y eso lo vuelve aburrido. Tal vez, por eso estoy aquí, contigo… hablando de esto. ¿Has pensado que puedes ser solo un capricho mío? ¿Compañía que aminore mi soledad? – Tras esa pregunta Damián me miró incrédulo – Eres el chico del que todos hablan, tu fama te precede… Sin duda, eres un lujo al que pocos podrían resistirse… Además, no olvidemos que también eres tan distinto a mí, que el pensar que entre nosotros pudiera existir algo, es casi absurdo.

– ¿Por qué dices eso? – Cuestionó al tiempo que se ponía en pie como a la espera de que en algún momento fuera a atacarlo y por ende debía colocarse en una postura defensiva.

– ¿No lo has pensado? – Insistí – ¿No has pensado que solo has visto de mí lo que yo quiero mostrarte? Ternura, ingenuidad, torpeza… Pero la verdad es que tú sabes tanto de mí como yo de ti…

– Creó en lo que he visto… Sé cómo eres, sé que te gusto y que sientes algo por mí. – Pese a la rudeza de su hablar, me sentí feliz de su seguridad, efectivamente, me gustaba y creo que estaba comenzando a quererlo. – Lo sé… – De nuevo volví al botiquín y saqué un tubo de un ungüento que mi abuela me había comprado para cicatrizar más rápido las heridas. Y me dispuse a ponérselo, al principio se negó, pero al final se dejó hacer y volvió a sentarse en la orilla de la cama. – No vuelvas a decir eso… – Susurró. – Si en algún momento planeas deshacerte de mí, solo hazlo, no me lo hagas saber.

– ¿A quién queremos engañar? – Le pregunté bajito y mi dedo rozo cuan suavidad sobre la parte más lastimada, pero Damián no se inmutó, tal vez, como había dicho, no le dolía. – Creo que está más claro quién va terminar dejando a quien… – No necesitaba que me lo dijera, era consiente de cual era mi sitio y mi desventaja ante él. – Pero ahora no quiero pensar en eso, quiero creer que ambos podemos construir día un… “Para Siempre Juntos”.

– ¡Lo lamento! – Se disculpó, mientras se giraba para quedar de frente a mí, tal vez lo había hecho porque escuchó lo lamentables que habían sonado mis últimas palabras. – No debí decir eso… Sobre todo porque no es verdad. – Aseguró y una de sus manos acaricio mi rostro –Tú me importas y mucho y aunque desconozco lo que nos espera en el futuro, pero si decides quedarte conmigo, prometo contarte el final de esta historia el último día de mi vida.

 

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