Capítulo 12: Ojalá supiera como dejarte

OJALÁ SUPIERA CÓMO DEJARTE

 

“Tengo miedo de todo. Tengo miedo de lo que vi, de lo que hice y de lo que soy, y de lo que más miedo tengo es de salir de esta habitación y nunca más sentir en mi vida lo que siento cuando estoy contigo…

 

DAMIÁN

 

Lo fui internando entre los angostos callejones de adobe. A ratos iba de mi mano, en otras ocasiones corría y él trataba de alcanzarme o al revés, lo único que seguía siendo igual era que cada cierto tiempo lo empujaba contra alguna pared o árbol y lo besaba, él se dejaba hacer, y podía presumir que tras cada vez, me recibía con mayor emoción.

Esporádicamente alguien se cruzaba en nuestro camino, pero la oscuridad apenas y si dejaba ver nuestras siluetas. A simple vista debíamos parecer una pareja que buscaba devorarse mutuamente, que siendo avariciosos seseaba obtener el máximo del otro. ¿En eso nos estábamos convirtiendo? ¿Amantes? ¡No, definitivamente eso no! ¿Pareja? ¿Realmente deseaba que Ariel se volviera “mi” pareja?

– ¿Qué sucede…? – Me preguntó bajito y es que resultó que me le había quedado mirando, con apenas unos centímetros de distancia entre nuestros rostros.

– No lo sé… – Respondí y fui sincero en mis palabras, no lo sabía.

No comprendía que sucedía. Es solo que ahora que lo tenía entre mis brazos, me parecía algo tan valioso, tan frágil que mi instinto se agudizaba y buscaba protegerlo y al mismo tiempo, cuando lo veía actuar, cuando sentía su seguridad, y caía en la cuenta de que era independiente y que Ariel no me necesitaba, que en el mundo aparente “normal” en que todos creían vivir, él tenía el valor y la endereza suficiente para salir bien librado de cada adversidad que se le atravesara. Me aguijoneaba el pecho.

Porque yo en cambio, no estaba seguro de poderlo dejar ir, de querer hacerlo.

– No te preocupes por lo que pase después… – Agregó como pudiendo leer mis pensamientos. – Aun si afuera llueve, entre nosotros no sopla el viento. – Intentaba tranquilizarme, pero no pude entender lo que esa frase que dijo significaba. Su mano derecha subió hasta mi hombro y tuvo que ponerse de puntas para alcanzar mi cuello con la izquierda. – ¡No puedo hacerlo solo! – Dijo batido, pero rápidamente sonrió. – ¿Me levantas?

Lo hice, lo tomé justo como cuando estábamos en la cocina, y sonreí por lo bajo porque parecía que le gustaba. Lo levanté un poco más de manera que tuviera que ser yo quien elevara la mirada para poder mirar su rostro.

Sus manos viajaron a mi rostro y lo acariciaron con ternura.

Terminé recargando su espalda contra la parte amurallada de la ciudad, también necesitaba tocarlo. Pero justo cuando iba a hacerlo, Ariel se inclinó hacía el frente y obligándome a cerrar los ojos, beso mis parpados. Y me sentí temblar en medio de esa inocente caricia.

– ¿Tienes frio? – Me preguntó mientras se abrazaba a mí.

– Un poco… – Mentí, no quería reconocer que cuando él me trataba con tanto cuidado, me hacía sentir débil, quebradizo. – ¿Y tú? ¿Tienes frio?

– ¡No, yo me siento muy cómodo! – Su rostro pequeño estaba acomodado sobre mi hombro de tal manera que podía su cálida respiración contra mi cuello.

– ¿Te gusta que te bese? – Solté de golpe. Y lo obligué a que me mirara. – ¿Te gusta?

– ¡Sí! – Respondió apenado.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué…? – Repitió mi pregunta como si él mismo se la estuviera haciendo y se mostró dubitativo unos instantes.

– Sí… ¿Por qué te gusta?

– ¿No debería gustarme? – Preguntó cohibido.

– No es lo que dije, pero responde…

– Me gusta, pues… porque eres tú… quien lo hace. – Cada palabra que decía se le fue haciendo más difícil de pronunciar. – Por eso…

– ¿Quieres que te bese ahora? – Ariel se estremeció entre mis brazos y después de asentir, bajo la mirada. – Ya te dije que no hagas eso… – Le regañé y sujetándolo por la barbilla con suavidad, lo obligué a mirarme de nuevo.

– Es que me da vergüenza…

– Si bajas la mirada te vuelves vulnerable… siempre mira al frente o hacía arriba. Así podrás reconocer cualquier posible ataqué y evadirlo antes de que suceda.

– ¿Quién querría atacarme?

– No lo sé… Cualquiera, tal vez yo. – Me reí insinuante. – Sobre todo yo…

– ¿Enserio?

– ¡Sí! – Respondí con malicia – Imagina que un lobo fuerte y erótico como yo, un día sale a pasear al bosque, la tarde va cayendo y el bosque se cubre de una neblina nacarada. Al lobo le da sed y baja hasta una afluente de rio, entonces, mientras bebe de esa agua de deshielo, de la nada, detrás de unos sotos bajitos logra divisar a una ovejita chiquita, blanca y pachona como una nube. Esta sola, como pidiendo ser devorada… – La seriedad con la que miraba me dejaba en claro que se iba imaginando toda la escena. – Entonces el lobo se agazapa… No lo tenía planeado, de hecho acaba de iniciar una dieta a base de verduras, pero este bocadillo no puede perdérselo. La ovejita mansa y descuidada, pasta de las hojitas más verdes que encuentra y que aún no han sido cubiertas por la nieve. Lentamente el lobo se va acercando, y resulta que no solo es deliciosamente atractivo, también es astuto, ágil y silencioso en su andar… Se detiene cuando está a unos pocos metros de ella y espera… El lobo es paciente y sabe que la ovejita no tiene escapatoria. Se la va a cenar… – El azul de sus ojos se contrajo en un claro gesto de preocupación, se angustiaba por esa oveja. – Entonces, mientras la ovejita mantiene su cabeza baja, completamente ajena al lobo, este salta sobre ella… – Ariel contuvo el aliento y se echó para atrás, hasta que su espalda se recargó por completo sobre la muralla. – ¿Qué crees que paso después?

– Se la comió… – Respondió abatido.

– ¡No, no lo hizo!

– ¿Por qué no?

– ¿Acaso querías que se la comiera? – El negó de inmediato – Lo que sucedió es que cuando el lobo se aventó sobre ella, logró derribarla… La ovejita asustada y en un intento de escapar, dejo descubierto su cuello, el lobo lo tomó como un reto, así que bajando hasta él, primero lo olisqueó…– Mi rostro que ya estaba contra su cuello me dejó absorbe su olor. – ¡Delicioso! – Declaré. – Pero cuando iba a morderla… – Seguí relatante mientras mis labios rozaban su cuello, logrando que mi oveja se estremeciera. – Ella lloró y resultó que el lobo guapo se perdió en esa mirada azul… Y supo, que no podría comérselo. – Lo último lo dije mirándolo directamente a los ojos.

– ¿Y qué paso después?

– El lobo conservo a la oveja y cada noche le contaba cada pelito de su lanita blanca y le hacía muchas cosas sucias pero ricas… – Me reí y él terminó imitándome – Pero esa es otra historia… que te contaré más adelante.

– Entonces el lobo no era tan malo…

– Sigue siendo un lobo Ariel… Siempre va a serlo. – Le dije con dureza – Hasta el mismísimo día que muera… Seguirá siendo un cruel y despiadado lobo…– De la nada, la realidad me había golpeado, sacándome de ese mundo en el que creía que podíamos estar juntos, que iluso. Lo dejé sobre el suelo para después darle la espalda. – Los lobos y las ovejas no hacen pareja…

– ¡Que suerte! – Dijo él y su tal cosa, me hizo girarme para buscar su mirada y pedir una explicación. – Los lobos y las ovejas no hacen pareja, pero aun si tú pretendes ser el lobo, yo no soy una oveja… – Lo dijo con tal seriedad, casi con frialdad, en ningún momento dejo de sonreírme. Zanjó con la distancia que nos separaba y sujetó mi mano. – Yo puede ser muchas cosas, pero si decides lastimarme… buscaré la peor manera de hacértelo pagar.

– ¿Me estas amenazando? – Le pregunté mientras volvía a sujetar su rostro.

– ¡Sí! – Respondió con seguridad mientras me ofrecía sus labios.

Por supuesto, los recibí con gusto, disfrutando de su suavidad, de la humedad de su boca de niño y de cada uno de esos ruiditos que hacía. Los míos aprisionaban sus labios que llevaban un ritmo más lento, era así como los prefería, como si pretendiera disfrutar de cada roce, como si tuviera eternidades para besarme de esta manera. Y cuando menos lo esperaba, de nuevo me había dejado atrapar por su ternura, por cada roce frágil, pero firme. Que me hacía pensar que la única oveja revestida de piel de lobo era yo.

 

GUIANMARCO

 

Se había quedado dormido justo después de que terminamos de amarnos. Ni siquiera aguantó a que lo limpiara, pero estaba feliz, ambos lo estábamos.

Así que después de limpiarlo y cambiarlo, lo arropé entre los edredones. Estaba recogiendo todo el tiradero que dejamos para después recostarme a su lado, cuando mi teléfono vibro en el velador. Era un mensaje de linda, lo supe en cuando encendí la pantalla y vi su fotografía en grande, ella no nos interrumpiría a menos que sea algo importante. El mensaje decía – Marcame… – Tomé el teléfono y me fui al baño, tras cerrar la puerta marque su número.

– ¿Qué sucede? – Pregunté en cuanto tomó mi llamada.

– Hay un problema aquí abajo… en tu sala para ser exacta. Ven a solucionarlo o yo lo terminaré sacando a patadas… – Escuché una risa sarcástica y seguidamente ella bufó fastidiada.

– ¡Ya voy! – Fue ella la que finalizó la llamada. Realmente debía estar muy enojada como para hacer algo así.

Aun llevaba puesto los pantalones, pero no encontraba mi camisa, así que apenas y si me metí la bata del pijama.

Caminé rápido por el pasillo hasta que pude verlo de espalda. Ha decir verdad, no espera que vinera aquí. O era osado o demasiado sínico. En cuanto me vio bajar por las escaleras se puso en pie, reconocía esa postura y el mal genio parecía ser de familia.

– ¿Qué quieres? – Le dije sin más. Él sonrió sardónico, mientras me miraba con todo el desprecio que me tenía, y tal parecía que era mucho. – Disculpa si no te ofrezco algo de tomar, pero ya que no es una visita de cortesía no tengo porque ser amable contigo… “Niño”.

– ¡En efecto! – Respondió – No es una visita de cortesía… – Sus ojos me recorrieron de arriba hacia abajo y de regreso – Tienes algo que es mío… Y lo quiero de vuelta… “Anciano”. – Utilizó la misma sátira que yo había usado para llamarlo niño.

– ¿Algo tuyo? No tengo la menor idea de a que te refieres… – Le dije con toda la calma del mundo.

– Vine por Samko… – Soltó de golpe y sentí que estaba dispuesto a arrebatarme lo que amo, pero no iba a permitírselo.

– ¿Quieres eres tú para sentirte superior sobre él y decir que es tuyo? – Le cuestioné molesto – Él no te pertenece James…

– ¡Me ama! – Agregó con seguridad.

– ¡A mí también! – Le debatí y él no dudo en mostrarse ofendido.

– ¿Qué…? – Se rio, como si lo que dije hubiera sido algo gracioso. – ¿Te ama? ¿A ti? – Preguntó sarcástico y volvió a reírse, pero era de coraje, le ardía porque sabía que lo que había dicho era verdad. – Al hombre que podría ser su padre…

– Pero no lo soy…

– Aun así… le doblas la edad. – Exclamó furioso.

– No es una cuestión de edad… – Respondí a secas. – Se trata de quien de los dos lo a echo más feliz. Quien ha dado más por él, quien lo a cuidado, protegido, quien de los dos… si tu o yo lo ha hecho sentirse más hombre, amado, querido, valorado, respetado… Yo se lo he dado todo… todo. ¿Acaso tú puedes decir lo mismo?

– ¡Sí! – Me gritó – Yo también… También le he dado todo eso y más, mucho más… tú le abras dado tus ratos libres, yo he dedicado mi vida a verlo crecer, me he afanado a él, a cuidarlo, a ser un buen ejemplo que pueda seguir mientras va creciendo. Ha llegado a mí, cada día desde que nació, lleva cinco años viviendo conmigo… Lo sé todo de él, sus secretos, sus problemas, sus ambiciones. Se incluso hasta lo que le disgusta de ti… – Eso último no me lo esperaba y me desarmo, me dejó sin palabras. – Y cambio de todo lo que le he dado, no he tenido que ponerle una sola mano encima. – Dijo con despreció.

– Salvo para golpearlo…

– Eso estuvo mal… pero de sobra sabes que no me refiero a eso. Y ya que lo mencionas, tú tienes tanta culpa en esto como la tengo yo. – Declaró.

– ¿Qué? ¿Mi culpa?

– Alentaste esos sentimientos en él por mí y ninguno de los dos se preocupó por si yo los quería…

– ¡Entonces ya está solucionado! – Le dije – Yo si los quiero, a mí si me interesan mis sentimientos… Así que largate de aquí y deja que yo me ocupe de él.

– Vine por él y me lo voy a llevar…

– ¡Eres un maldito egoísta! ¡Un cobarde! – Lo acusé.

– Siéntate a esperar que me importe lo que piensas de mí.

– Te interesa pero no eres capaz de aceptarlo… ¡Vas a casarte! ¿Para qué lo quieres de vuelta?

– Para que no esté contigo…

 

DAMIÁN.

 

Así fue como entre besos y caricias llegamos hasta el Pasaje de las Escaleras.

– ¿Sabes que sitio es este? – Le pregunté.

– ¡Sí! – Respondió un tanto agitado, pues nuestras sesiones de besos se iban volviendo un poco más intensas. Disfrutaba de verlo así, sonrojado y con apariencia fatiga y más me gustaba saber que era yo el causante de su creciente cansancio. – Es el Pasaje de las Escaleras…esta hecho de piedra y ladrillo y conecta la Ciudad Alta con la Ciudad Baja… fue construido en el siglo…

– Si, ya… – Lo interrumpí, poniéndole mi mano sobre sus labios para hacerlo callar. – Me queda claro que sabes qué lugar es… pero, ¿A que no te imaginas porque es un pasaje famoso? – Él se limitó a negar y yo estuve a punto de responderle pero de nuevo ese aroma, era muy tenue y desaparecía con la misma rapidez con la que se hacía presente, pero aun así me distraía y me disgustaba.

– ¿Qué sucede? – Preguntó.

– ¡Nada! – Me apuré a responder. – Es solo que me pareció escuchar algo… – Ariel miró alrededor y en efecto, ahí no parecía haber nada, el bullicio se encontraba más abajo y del otro lado de la calle.

– ¿Quieres que volvamos?

– Iremos por aquí… – Le dije señalando el camino angosto que teníamos frente a nosotros. – Sabias que también se le conoce como el camino de los arcos… – Le conté mientras lo halaba para que nos adentráramos en dicho pasaje. Ariel volvió a negar y se mostró renuente a bajar, como que no le animaba mucho pasar por un lugar, que a las horas que eran, estaba solitario y a oscuras. – No te voy a hacer nada… – Me burlé. – ¡Es seguro!

– Habla por ti… – Me dijo – Yo no puedo asegurarte que no te haga nada. – Me reí a carcajadas, estoy completamente seguro que finalmente estaba sucumbiendo ante esa copa de licor, su actitud había cambiado de un momento para otro, primero se vengaría de cualquier cosa que le haga y ahora pretendía asaltarme

– ¿Vas a atacarme? – Pregunté divertido.

– Justamente estaba pensando en eso… – Respondió con sorna, pero se apegó más a mí brazo, porque mientras más bajamos más oscuro se volvía. – Aquí… nadie te va a escuchar si gritas.

– ¡Lo mismo digo!

– Fue mi idea… – Se quejó – Algunas veces debería poder ser yo quien decida que se hace… ¿no crees?

– Definitivamente no…

– Pero…

– Sin peros… – Le rebatí – ¿Quién es el mayor?

– ¡Tú! – Dijo de mala gana – Aun así…

– ¿Quién fue el que tomó la iniciativa de acercarse?

– ¡Tú! – Repitió – Sin embargo…

– ¿Quién es el que conoce mejor la ciudad?

– ¡Tú! – Dijo con impotencia. – Lo que quiero…

– ¡Nada! – Volví a interrumpirlo. – Yo soy el adulto y tú el cachorro… Yo dirijo a la manada y tú me sigues… ¿Entendido? – Pregunté autoritario, tonto de mí, si creí que convencerlo sería así de fácil. Era el más terco de entre los tercos. – ¿Entendido? – Insistí al ver su expresión de “que flojera me das”.

– Cada quién se engaña con la mentira que más le guste… – Dijo y soltándose de mí, bajó unos cuantos escalones por su cuenta y se detuvo de nuevo. Su mirada recorrió todo el lugar, entonces se volvió hacía mí. – ¿Ya lo notaste… cierto?

– ¿El qué?

– Alguien nos ha estado siguiendo desde que dejamos la cafetería… – Comentó con seriedad.

– ¡Lo sé!

– ¿Debería preocuparme?

– ¡No! – Le dije y lentamente llegué hasta él. – No tienes porque… – Reafirmé y le pasé el brazo por los hombros en señal de protección. Por supuesto que no debería preocuparse, pero aun así, lo único que me interesaba saber era como lo había notado. – ¡Vámonos! – Le insté y le ofrecí mi mano libre para que la tomara, de tal manera que quedara delante de mí. Mi mano derecha lo abrazaba por el cuello mientras que con la izquierda entrelazábamos nuestros dedos.

– Sobre lo que dijiste… Mi respuesta es definitivamente… ¡No! – Dijo mientras sonreía.

– ¿No? ¿No que…?

– No voy a seguirte como un cachorro a su madre… No soy ese tipo de persona. – Explicó mientras se apegaba más a mí. Y era divertido verlo contradecirse. – Puedo ir a tu lado, pero jamás detrás de ti. – De la nada se detuvo y sin soltarme miró detrás de mí, después de unos segundos, continuó su parloteo.  – No soy tuyo ni soy de nadie… Me pertenezco.

Sus palabras eran como un desafío para mí y aunque en mi interior, me gustaba que se tuviera tanto respeto, no pude evitar desear verlo convertido en lo opuesto a todo eso que decía.

– ¿Eres libre?

– ¡Si! – Se limitó a responder.

– Lo entiendo… pero no estoy de acuerdo. – Susurré y atrayéndolo a mí, lo giré para dejarlo de frente a mí y lo abracé para después hacerlo retroceder hasta una de las paredes. – Veras, Ariel… La libertad… es como ser mujer. Si tienes que decir que lo eres, entonces no lo eres. – Mis manos bajaron por su espalda, hasta llegar a sus muslos, y tal como lo hicimos en la cocina, lo levanté para que sus piernas se abrazaran a mi cadera. – ¿Acaso no has escuchado que la libertad y el amor son incompatibles? Y si no es amor lo que estás buscando de mí… ¿Entonces que pretendes ofreciéndome tus labios? – Mi boca aprisionó la suya con suavidad, casi con reverencia. Sabía perfectamente que si me ponía agresivo él reaccionaria mal y se entercaría a un más. Contrario a cruzar sus brazos por mi cuello, como generalmente lo hacía, sus manos se hundieron en mi cabello y se pasearon por mi cuello y mi quijada. Me correspondía con arrogancia, dejándome claro en cada roce, que no estaba de acuerdo con mis nociones, y al mismo tiempo, lo hacía con una dulzura que me dejaba sin aliento. Su falta de experiencia lo llevaba a besarme con torpeza, pero podía sentir su esfuerzo y el esmero que le ponía. – Un amante es siempre un esclavo… – Le dije entre besos.

– Tampoco soy tu amante…

– Por ahora…

– No estoy de acuerdo con lo que dices, pero pelearía con tal de que tuvieras el derecho de decirlo… – Agregó mientras se separaba de mí.  Un corto espacio, porque en ningún momento me soltó, sino que más bien, resguardándose en mi pecho se abrazó a mí. – Me siento feliz cuando estás conmigo, me siento cómodo haciendo esto, aun si tal vez no debería… – Su mirada buscó la mía y sus ojos y labios sonrieron para mí. – ¿Te gustaría que hiciéramos una promesa? Porque yo quiero prometerte algo…

– No soy bueno con esas cosas… – Confesé incomodó y despacio lo volví a dejar sobre el suelo. Él sonrió ante mi patrón de comportamiento que ya había aprendido a reconocerme. Todo estaba genial mientras no involucrara demasiado de mí.

– ¿Te gustaría intentarlo? – Mis palabras no hicieron mella en el él, seguía igual de firme y decidido, así que no pude negarme y asentí. – Esta noche cuando volvamos a casa me gustaría que escribas algo para mí y yo escribiré algo para ti.

– ¿Algo como qué?

– Cuando pasemos por un mal momento y sintamos que ya hemos tenido suficiente el uno del otro, tomaremos todos esos papelitos que nos escribiremos y cada uno, a solas, los leerá… Tú leerás los que yo te escribiré. Podemos dejárnoslos en lugares visibles, para que cada uno los conservemos en un lugar especial.

– ¡No lo entiendo! – Contesté reacio, no me gustaba hacer ese tipo de cosas y me sentía presionado si era el quien me lo pedía. – ¿Cuál es el sentido de hacer algo así?

– Quiero que no olvides las razones que te trajeron a mí, cuando quieras irte y dejarme…

– ¿Dejarte…? ¿Por qué habría de hacerlo? – Una de mis manos, acarició su mejilla, él solo me sonrió.

– No tienes que hacerlo si no quieres… – Explicó – Pero te prometo que te escribiré por si en algún momento olvido agradecerte por lo feliz que me haces sentir.

Emprendió de nuevo la marcha y me jaló para que lo siguiera, recorrimos el resto del pasaje en silencio. No había nada que decir, pero tampoco era un silencio un cómodo, en lo personal, disfrutaba de observar nuestras manos unidas y él como siempre, se distraía hasta con el más mínimo tabique.  Unos minutos después llegamos al otro extremo de la cafetería, podíamos ver a los abuelos de lejos como a unos sesenta o setenta metros.

Por la parte en que salimos, había mucha gente y uno que otro vendedor ambulante. Nos encaminamos hacía la fuente de los deseos, era muy famosa por sus supuestos milagros amorosos, debíamos rodearla para finalmente cruzar la avenida y llegar hasta la cafetería.

– ¿Quieres tirar una moneda a cambio de un deseo? – Le pregunté.

Ariel volvió a sonreírme con ternura y negó. Tal vez no creía en esas cosas…

– Todo lo que deseo respecto a este tipo de cosas, va de mi mano… – Agregó sin mirarme.

No me esperaba una declaración de ese tipo y algo en mi pecho pareció ensancharse, el caso es que me sentí alagado y tontamente sonreí.

 

JAMES

 

Tal vez no era la mejor de respuestas, pero era lo que sentía. No quería que Samko estuviera con él, porque Gianmarco era el único que podría apartarlo definitivamente de mí. Y yo aún necesitaba un poco más de tiempo.

– Si está contigo no es por amor… – Solté, por el simple placer de hacerlo enfadar.

– No tienes ni idea de lo que dices…

– Si está contigo es por dolor. – Aseguré. – Él ha pretendido ver en ti, una falsa salida. Creé que te ama, cuando solo está agradecido porque has estado en los momentos en los que se ha sentido perdido. Confundido…

– ¡Eso no es verdad! – Vociferó claramente ofendido, se mostraba seguro de sus palabras como si tuviera con que respaldarlas. – Sí Samko está conmigo es “por amor”… tal vez he estado en los momentos en los que él se ha sentido confundido, pero yo supe devolverle su sonrisa y hacerlo feliz. Y hoy… por mucho que a ti te cueste reconocerlo, él solo es mío.

– ¿Por qué no mejor se lo preguntas directamente a él? – Lo reté. – Que por su propia boca te diga que yo sé el dueño de su amor. Aunque no quieras… Aunque te duela.

Samko me quería a mí, y yo… Yo había descubierto, que… las cosas entre nosotros, los sentimientos…Yo lo quería. Y ahora mismo mi mente era un caos total, pero de una cosa estaba plenamente convencido, lo quería de vuelta.

– Es a mí a quien ha ofrecido sus besos, su cuerpo… es a “mi” lado, en “mi cama” en la que él ha probado placeres que tú jamás sabrás darle. – Mi sangre hirvió al escucharlo decir esto, mi niño… ¡Se había atrevido a tocar a mi Samko! – Lo he llenado, me ha sentido y estoy en sus pensamientos. – Cuando cualquier otro le hace un desprecio, sabe a dónde venir, donde buscar refugió… o satisfacción por igual. Conozco cada una de sus emociones, los lunares de su cuerpo, se exactamente como le gusta que lo amen… Y si bien, hasta ahora, siempre le espero con los brazos abiertos, en esta ocasión es distinto… ¡Sobre mi cadáver te lo vas a llevar!

– Eso se puede arreglar…

 

ARIEL

 

Damián entrelazó nuestros dedos y pretendió acercarme a él, pero alguien que pasaba, me empujó con el hombro con tal fuerza que casi caigo al suelo.

– Pero que lindos… – Dijo y al levantar la mirada, pude ver a un hombre joven, alto, y de buena apariencia que vestía de blanco.

– ¿Qué diablos crees que haces? ¡Imbécil! – Le gritó Damián y me asustó ver lo furioso que estaba. Hacía unos segundos me sonreía y ahora estaba este otro hombre que no podía reconocer y que gracias a que no me soltó, no llegué al piso, pero había ejercido más presión sobre nuestras manos unidas y me lastimaba.

– ¿Quién es? – Preguntó el hombre para nada intimidado – ¿Tu amante en turno? ¿Ahora te da por cogerte niños?

– ¡Largate! – Gruñó Damián y lo empujo por el hombro.

– Esta bien… pero antes, tengo algo para tú “amorcito”… – Agregó mirándome directamente a los ojos. No comprendía que era lo que pasaba, ese hombre me miraba con tal desprecio y yo jamás antes le había visto.

– Él no necesita nada de ti…

– Será rápido… – Insistió.

Lo vi rebuscar algo en la mochila que cargaba y después todo paso muy rápido. El hombre prácticamente se me fue encima y me jaló con tal brusquedad que logró deshacer el agarré de Damián sobre mi mano, fue entonces que puso frente a mí algo como alfileres muy grandes.

Eran de un brillante color dorado y él las bajó a tal velocidad contra mi brazo que no fui capaz de moverme, Damián intervino en ese momento y me empujó, aventándome con fuerza hacía atrás. Todo esto me había tomado por sorpresa, así que trastabillé y terminé en el piso.

Las ajugas terminaron ensartadas en el brazo derecho de Damián.

Me quedé inmóvil en el tiempo. Y cuando pude reaccionar, me cubrí la boca con ambas manos cuando vi cómo se jalaba los alfileres para sacárselos, como si no le produjeran el menor dolor, el otro tipo estaba tan atónito como yo, pero su miedo se acrecentó cuando de un puñetazo en el rostro, terminó en el piso, casi de frente a mí.

Damián lo patio en el pecho para obligarlo a que recostara la espalda contra el piso y estirando el brazo izquierdo del hombre, se acuclilló a su lado. Me paré como rayo cuando entendí sus intenciones. Iba a enterrarle las agujas hasta que traspasaran la palma de su mano y quedarán fijadas al adobe.

– ¡No! – Intenté detenerlo, sujetándolo por el brazo, pero él se deshizo de mi agarré con demasiada facilidad y volvió a aventarme de manera que terminé en el suelo por segunda vez. – No lo hagas…

La gente se empezaba a acercarse presas de la curiosidad pero nadie pareció estar dispuesto a intervenir, mientras ellos forcejeaban, el hombre le hablaba en un idioma que no comprendía, pero Damián estaba fuera de sí como para escucharlo. Así como caí volví a levantarme.

– No lo hagas… ¡Por favor! – Le pedí y en esta ocasión me coloqué frente a él. – No lo vale… ¡Detente! – Los ojos de Damián me miraron feroces, pero entendí que no era conmigo, sin embargo, en ese momento, me parecieron tan poco humanos, el ambarino de sus ojos se había intensificado y parecía fundirse entre esos iris dilatados, oro líquido, solo así puedo describirlos. Él debió de notar mi miedo. Y a pesar del trabajo que le dio contenerse, desistió. Y doblando las agujas por la mitad las aventó lejos.

– No te atrevas a volver siquiera a cruzarte en su camino… – Le amenazó tomándolo por el cuello y levantándolo. Pero le dio otro golpe en el rostro, y el tipo volvió a caer.

Y sin embargo, se empezó a reír. Francamente yo no le veía nada de gracioso.

– ¿Quién lo diría? ¡Damián tiene a alguien especial! – Dijo con sorna – Cómo si tuvieras derecho a tal cosa…

– ¿Por qué no habría de tenerlo? – Intervine.

– Niño… – Me habló – No sabes en lo que te estás metiendo… – Me miró desde el suelo y se limpió la sangre que salía de su labio partido. – Te va a destruir… es experto en eso…– Damián me tomó de la mano y quiso alejarme, pero él volvió a hablar y yo quise escuchar. – Déjalo… tiene derecho a saberlo.

– ¿Saber que…? – Le pregunté.

– Te estas metiendo en la boca del lobo… – Respondió. Que vacío y tampoco original argumento había elegido.

 

DAMIÁN

 

Pese a lo que Jonathan había dicho, Ariel no pareció inmutarse, al contrario. Lo veía más firme y resulto que nunca. Le miraba fijamente con desaprobación y con cierta decepción, como si hubiera esperado un mejor argumento. Entonces le sonrió con ironía y entrelazó nuestros dedos como una forma de dejarle en claro que él me tenía confianza.

– El lobo siempre será el malo si es caperucita quien cuenta la historia… – Le respondió.

Jonathan le miró con desdén, dolido por no haber sido tomado enserio. Pero aun si Ariel no lo había hecho, yo sí que le escuché, no me interesaba, él no me importaba, pero por un momento mi mente viajo hacía un futuro que esperaba nunca llegara y me llené de temor de solo imaginar esta misma escena, pero siendo mi cachorro el que se lo advertía a alguien más. Eso no era lo quería.

– ¡Que chico tan valiente! – Se burló Jonathan y a decir verdad, ya me estaba cansando de esto. – ¿Realmente puede complacerte como lo hago yo? – Me preguntó y decidí que no iba a tentar a mi suerte, nada de lo que este idiota pudiera decir, sería bueno, tras darle un leva apretón a su mano, atraje la atención de Ariel y lo atraje hacía mí. – No me importa en lo absoluto… Igual puedes cogerme cuando quieras.

Ariel se tensó y el agarré que tenía sobre mi mano se intensifico, estaba enojado, nada de lo anterior le había hecho sentirse ofendido, hasta ahora. Él que tan indiferente se había mostrado ante el tema que Jonathan sacaba a relucir, ahora se alebrestaba por una vil provocación.

– ¡Vámonos! – Le dije, pero Ariel no se movió a pesar de que ya le había dado la espalda.

– ¿Cuándo te canses de jugar a los “noviecitos” con ese niño, ve a mi departamento para que te demuestre que es ser un hombre de verdad?

– ¡Ja! – La pequeña fiera a mi lado, se rio mordaz y soltándose de mí lo volvió a encarar. – ¡Me das pena! – Le escupió cada palabra y vi una frialdad y desprecio que no creí que poseyera. Él era siempre tan risueño y amable que esta actitud tan frívola, sentía que no le iba. – ¿Realmente te acostaste con alguien tan vulgar? – Me preguntó sin mirarme. – Sabía que tenías malos ratos, pero no malos gustos…

– ¡Lo mismo digo!  Se defendió Jonathan quien intentó incorporarse. – Pero por lo menos conmigo ya tuvo sexo… tantas veces que he perdido la cuenta.  Y te apuesto mi vida que a ti no te ha tocado. – Los ojos de Ariel se abrieron presas de la más pura furia. – Pero… ¿Cómo culparlo? – Continuó. – ¿Acaso ya te viste en un espejo? ¿Cuántos años tienes? ¿12? – Ariel temblaba y no era de miedo, estaba cabreado. Sus ojitos siempre tiernos eran hielo y escarcha, y si alguien me hubiera dicho que era mirada podía llegar a ser tan letal, me hubiera reído en su cara, porque ese azul intenso venía mezclado con un fuego que consumía y también parecía estar listo para enseñar sus garritas si ese se atrevía a seguir hablando. – ¿Con quién crees que va a volver cuando se aburra de ti, cuando te deje? – Esa pregunta lo dejó fuera de combate, era por esa palabra “dejarlo”, él la había mencionado antes, con la misma tristeza con la que ahora le miraba.

– ¡Eso no va a suceder! – Le dije en un susurro pero lo suficientemente alto para que ambos lo escucharan. – Él solo fue un error en mi vida… sexo por el que no tenía que pagar… ¡Vámonos! – Repetí y en esta ocasión le pase la mano por la cintura e intentamos alejarnos.

– ¡Te aré saber cuándo vuelva a buscarme! – Arremetió Jonathan y cabe decir que solo había una razón para que no le arrancara la cabeza en ese mismo momento y es que Ariel estaba a mi lado. Y ya había quedado suficientemente mal delante de él, como para montar una escenita sangrienta, pero esto se lo haría pagar. – Le daré el mejor sexo de su vida en tu honor… – Agregó y no vi en que momento escapó de mi abrazo, pero antes de que pudiera detenerlo, ya estaba sobre Jonathan, golpeándolo y el asunto era enserio. Nada de bofetadas ni jaladas de cabello, arañazos o revolcarse por el suelo. Ni por casualidad. Los golpes eran a puño cerrado.

– ¡Esta conmigo! – Gritó Ariel – Y ni de broma te quiero cerca.

¡Lo que me faltaba!

Algunas personas nos habían rodeado y parecían disfrutar de lo que sucedía.

– ¡Suéltame! – Exigió Jonathan quien pese a ser más alto y mayor, solo podía intentar cubrirse de los golpes seguidos de Ariel.

– Voy a sacarte los ojos si tan solo vuelves a mirarlo… – Dijo Ariel desde arriba y como esa amenaza se escuchó peligrosa y antes de que los tres termináramos en la delegación, o en el hospital. Caminé hacía ellos y abracé a la pequeña bestia que no dejaba de golpear al mayor.

– ¡Ya calmate! – Le regañé y sujetándolo con ambas manos por la cintura, lo levanté y logré apartarlo de Jonathan. – ¡Ariel, basta!

– No deberías sacarlo a pasear sin cadena…

– ¡Callate! – Respondí furioso – O voy a soltarlo y dejaré que te haga pedazos.

No quería continuar con esto, así que centré mi atención en lo que tenía entre mis brazos y nos alejamos de ahí.

– ¡Suéltame! – Me dijo con seriedad, cuando estábamos casi enfrente de la cafetería, que en realidad, era más como un pequeño bar.

– Ariel…

– ¡No voy a volver, solo suéltame! – Se jaló con tanta fuerza que lo solté para que no se lastimara.

– ¿Y yo que te hice?

– Nacer… eso fue lo que me hiciste. – Acomodándose la ropa, cruzó la calle sin esperarme.

 

ARIEL

 

No era su culpa y me lo repetía mentalmente vez tras vez. Pero mi enojo estaba más allá de cualquier lógica. Tampoco me sorprendía, por supuesto que él tenía un pasado, ¿acaso no todos lo tenemos? Pero hubiera deseado jamás toparme tan de frente con ese pasado.

Que había tenido sexo con él… ¿Y eso que? ¡Felicidades! También nosotros lo tendríamos algún día… Solo que más adelante… ¿no?

Estábamos empezando, esas cosas llevan su tiempo… Ha decir verdad, no era algo en lo que hubiera meditado. Pero el que Damián no lo hubiera mencionado, no significaba… que no quería.

– ¿Por qué no dejas de torturarte mentalmente y mejor hablas conmigo? – Me detuvo, poniéndose en mi camino, pero estábamos en la entrada de la cabaña, mi abuela ya nos había visto y a decir verdad, no quería hablar de esto. – Ariel…

– ¡No! – Me limité a responder y rodeándolo me adentré en la cabaña y me senté lo más cerca que pude de mi abuela.

Tal vez todo esto era un error… ¿Estaba actuando como un niño? ¿Mi actitud podría llegar a cansarlo? ¿En verdad se va a aburrir de mí? Tenía tantas dudas, y cada una me dolía más que la anterior. ¿En verdad, era yo poca cosa para alguien como él? ¿No hemos tenido sexo porque no le gusto lo suficiente? ¿Si quiera le gusto?

Así como me senté me volví a levantar, Damián acaba de acomodarse detrás de mí y aunque me preocupo que pensara que estaba huyendo de él, me encaminé hacía el baño. Si no fuera porque tal vez, alguien más, podría necesitar usarlo, le hubiera puesto seguro.

Me arrastré hasta el lavabo y me mojé el rostro, el agua fría me despejo un poco, pero la imagen tan lamentable que me devolvió el espejo, destruyo mis ánimos. ¿Doce años? – ¡En verdad! – Aun espero crecer un poco más, quizá con unos cuantos centímetros aparente mayor edad. ¿Debería cambiar mi apariencia? Suelo decir que pese a ser alguien sensible no me hago pedazos por nadie. Que no dejó que las opiniones de los demás me afecten, y sin embargo, ahora me sentía tan poca cosa…

Esto no era bueno, no ahora… Y sin embargo no pude evitar que esa tonta lágrima bajara y me escondí en uno de los cubículos cuando las demás también siguieron cayendo.

Había tenido miedo desde el principio. Por él, por mí… o tal vez, porque en su momento había escuchado a mi madre, decir infinidad de veces, que tanta felicidad era un mal presagio, y llegué a creerlo. Pero William solía decirme que las personas no deben tener miedo de ser felices.

– ¿Miedo a ser feliz? – Me pregunté a mi mismo en voz alta. No… yo no tengo miedo a ser feliz, tengo miedo de que se vaya… y sé que tarde o temprano sucederá y ante esa verdad, desearía poder estar preparado, desearía que nada de esto hubiera pasado.

Necesite unos cuantos minutos más para torturarme, había pasado dos días extraordinarios a su lado, pero porque tenía que haber salido con esas personas de apariencia deslumbrante. Bianca ya me lo había dicho, que siempre se le veía con hombres o mujeres de muy buena apariencia. Gente con la que quizá yo no podría competir.

Mientras me victimizaba y desvalorizaba a placer, una idea loca cruzó por mi cabeza y me hizo salir corriendo de mi cubículo. Un miedo irracional se apoderó de mí, tan solo imaginarme que al llegar hasta donde se encontraba mi familia, Damián ya no estuviera ahí… que se hubiera marchado sin decir a donde o si quiera si iba a volver.

Prácticamente corrí hasta la puerta y salí con tal rapidez, que me fue imposible detenerme y terminé chocando de frente con alguien que entraba y que alcanzó a sostenerme para que no me diera contra el suelo.

– ¿Estas bien? – Me preguntó y cuando levanté la mirada vi que era un chico como de mi edad, quizá un par de años de mayor. Su rostro se me hizo conocido pero no pude recordarlo.

– ¡Lo lamento! – Me disculpe. – Me distraje y…

– ¿Dime por qué lloras? – Me interrumpió y sus manos secaron lo que hubiera quedado de mis lágrimas. Su actitud me descolocó y me sentí intimidado a tal punto que intenté retroceder, pero no me lo permitió. – Este bien… ¡No me tengas miedo! – Susurró en tono cálido y me sonrió con amabilidad.

– ¡No te temo! – Respondí con dureza y aparte sus manos de mí. ¿Qué diablos pasaba conmigo? Primero le caía a golpes a un tipo que en mi vida había visto y ahora me comportaba de manera huraña con alguien que tal vez conocía y que solo estaba siendo amable.

– Eso es bueno… – Agregó y de nuevo me sonrió, como si no le importara lo grosero que estaba siendo con él. – Me alegra escucharlo…

– Me tengo que ir… – Le dije y traté de rodearlo para irme, pero estiró el brazo y me cerró el paso. – ¿Qué quieres? ¡Dejame pasar! – Ordené.

– ¡Tranquilo! – Intentó calmarme y su sonrisa tan cordial me hizo enfurecer aún más, no quería hablar con nadie, solo necesita saber si Damián seguía afuera. – ¿Por qué llorabas?

– ¡NO TE IMPORTA! – Respondí con desdén y me asuste de lo que dije, yo no era así, ¿Por qué entonces le hablaba de esa manera? – Yo solo… ¡Dejame ir!

– ¡Me importa! – Aseguró – Ahora dime porque llorabas, Ariel. – Sus manos volvieron a colocarse alrededor de mis hombros y me distrajo el que mencionara mi nombre.

– ¿Por qué sabes mi nombre?

– No evadas mi pregunta…

– ¡De felicidad! – Respondí con sarcasmo – Lloraba de felicidad.

– Por tus dibujos… – Dijo y debo confesar que estaba más que perdido, no entendía cuál era el hilo de esta conversación. – He visto algunos en la Universidad…

– ¡Ah! – Fue lo único que alcancé a decir.

– Mi nombre es Sedyey… – Dijo y me ofreció su mano para que la tomara en señal de un saludo. – Tercer grado de Derecho Penal. – Este no era momento para presentaciones, pero aun así tomé su mano y la estreché con fuerza. Era lo menos que le debía ante mi mala actitud.

– ¡Que gusto! – Comenté – Tengo que irme…

– ¡Ariel! – De nuevo me lo impidió y volvió a sujetarme…

– ¡Ya basta! – Le dije y de nuevo estaba alterado – ¡Suéltame!

– ¡Espera…!

– ¡Te dijo que lo soltaras! – Me hizo segunda y empujándolo con fuerza, Damián le obligo que me soltara. – ¿Acaso eres sordo?

– ¡Calmate! – Le pidió el chico para nada intimidado. – No le estaba haciendo daño, solo quería saber porque lloraba… – La sola mención de la palabra, hizo que Damián me mirara furioso. – Le conozco de la universidad… solo pretendía ayudarlo.

Damián alcanzó mi brazo y me intentó sacar arrastras de ahí.

– Ariel… – Me nombró Sedyey y me sujetó de mi brazo libre, impidiendo que siguiéramos avanzando.

– ¡Suéltalo! – Exigió Damián.

– No tienes que irte con él si no quieres… puedo llevarte a tu casa…

– ¿Qué parte de que lo sueltes no entiendes? – Damián se le fue encima. Y el chico se mostró listo para hacerle frente, eran casi igual de altos y con de anatomías parecidas. Así que sin problemas lo empujó con su mano libre, haciéndolo volver a su lugar.

Ninguno de los dos me había soltado y me jalaban cada uno hacía a su lado, sin que yo pudiera evitarlo. La gente volteaba a vernos, al igual que algunos meseros. No quería ser parte de esto, pero no podía evitar sentirme culpable, así que cuando me puse en medio de ambos, temí que terminaran aplastándome, estaba convencido que era mejor intervenir.

– ¡Basta! – Les regañé a ambos. – Hay familias cenando. Me iré con él…– Agregué mirando a Sedyey.

– ¿Vas a estar bien?

– ¡Estoy bien! – Aseguré. – Ahora si no les importa, devuélvanme mis manos… – Ambos me soltaron y salí por mi propia cuenta.

Damián me dio alcancé rápido y resultó que mis abuelos ya nos esperaban en la entrada.

– ¿Por qué tardaron tanto chicos? – Preguntó mi abuela cuando llegué a su lado y como ella había bebido demasiado, me entregó las llaves del auto, para que condujera de vuelta a casa. Pero así como las tomé, me fueron arrebatadas de entre las manos, cuando ella se dio la vuelta para meterse en la parte trasera del auto.

Damián me las quitó y por la brusquedad con que lo hizo, me dejo en claro cuando molesto estaba. Eso y la forma tan presurosa, con la que me obligó a meterme en el asiento del copiloto, además de la excesiva fuerza con la que azotó la puerta.

Todo lo que duro el recorrido lo realizamos en silencio, él mantenía la vista fija en el frente y aunque le nombré un par de veces, no me miró. Solo mis abuelos parecían mantener el buen humor. Incluso cuando intenté tomar su mano sobre la palanca de las velocidades, la había apartado.

Y aunque trate de evitar pensar en ello, el contraste tan marcado de como habíamos venido a como estábamos ahora, me dolió. Todo se había arruinado y tal vez era por mi culpa.

 

DAMIÁN

 

Siempre se ha dicho que los celos son malos consejeros, pero la situación no estaba para menos, era una odiosa casualidad que tan pronto entre nosotros surge una diferencia y él comienza a evitarme, salga alguien a intentar quitármelo. ¿Quién se creía ese imbécil que era, para evitarle irse, y encima de todo, para tocarlo?

Lo había visto todo desde afuera y en cuanto “ese”, se atrevió a tocar sus mejillas, sentí algo arder en mi interior. Y lo que más me enojo, fue que Ariel se lo permitiera… ¿Ya se conocían? ¿Qué tipo de relación tienen si él puede llegar tan así y tocarlo? ¿Ese era el tipo de personas que le gustaban? Así debía de ser, pues al igual que el tal Axel, este era otro riquillo de rasgos finos, lleno de cualidades, de esos que caminan derechito.

Me sentí decepcionado por él, y quise reprocharle, pero en cuanto me giré para hacerlo y sin importarme en lo absoluto que sus abuelos vinieran atrás… Su mirada triste y vidriosa, que se reflejaba en la ventanilla mientras él miraba en algún punto de afuera, me hizo desistir.

Cuando llegamos a la casa, él ayudó a bajar a Susan y yo me encargué del abuelo. Los dejamos a ambos en la habitación y sin más me salí con rumbo a la calle. Avancé más rápido cuando sentí a Ariel seguirme y fingí no escucharlo las dos veces que me nombro.

Pero me dio alcancé y sujetó mi mano.

– ¡Damián! ¡Espera! – Me pidió y lo digo enserio, el peor sonido que puede existir es el quebranto en la voz de la persona que más te importa, cuando está a punto de llorar.

Sabía que debía controlarme, mi interior me lo gritaba, pero saberlo tan débil hizo resurgir en mi esos insanos deseos de hacerlo pedazos.

– ¿Qué quieres? – Le respondí cortante y sacudí mi brazo con fuerza para obligarlo a que me soltara. Ariel me miró sorprendido, pero sobre todo asustado. Titubeó en lo que iba a decirme y finalmente se quedó callado e inclinó la mirada. Lo había hecho de nuevo, él bajo la guardia y esta vez en lobo no se contuvo de herir a la oveja. – ¿Ahora si quieres hablar? – Grité – Pues ya no me interesa hablar contigo… – Esas palabras tan duras lo obligaron a mirarme.

– ¿P-por qué…? – Intentó volver a sujetarse a mí, pero lo empujé haciéndolo retroceder varios pasos.

– Largate a esconderte en el baño… – Lo interrumpí – o buscate a algunos de los idiotas que están detrás de ti para que te sequen las lágrimas. Después de todo ese hijo de ricos si está a tu nivel.

– Pero si yo no lo conozco…

– ¡NO ME IMPORTA!

– ¡Damián…! – Sollozó y cuando intentó tocarme lo volví a empujar, esta vez con más fuerza y casi se caé, pero alcanzó a mantener el equilibrio.

– ¡Que equivocado estaba contigo! – Le reproché – Y no solo lo digo por tu amiguito… también preferiste ignorarme en vez de hablar las cosas conmigo. Pero estas muy equivocado si crees que te voy a rogar. ¡SE ACABO!

– ¿Qué?

– Lo que escuchaste… saliendo de aquí voy a olvidar que todo esto paso. Para mí tú ya no existes…

A zancadas grandes abandoné el jardín delantero de la casa, dejándolo ahí, a la mitad del patio. Y cuando estuve fuera de su vista, corrí, lo hice con todas mis fuerzas, y aun así, lo que tanto evité escuchar, llegó a mis oídos. Ese momento en el que dejó de contener su llanto y se deshizo en lágrimas…

 

TERCERA PERSONA

 

La vida es como una montaña donde hay subidas y bajadas. Es un laberinto de decisiones a media luz, a veces acertamos otras veces nos equivocamos y en esos momentos podemos herir los sentimientos de las personas que más nos importan.

El miedo, los sentimientos inestables pero no por eso menos reales, pueden confundirnos y empañarnos la razón. Damián, realmente se lamentó tanto después de haber dicho todas esas palabras hirientes. Después de saber que Ariel se había quedado ahí, a mitad de su patio, llorando a causa de él, por él… porque no sabe callar, cuando debería de hacerlo.

Y en medio de su arrepentimiento y su culpa lo único que fue capaz de hacer, fue correr como el grandísimo cobarde que era. Sí, pávido se alejaba de aquel que con gracia y una habilidad desmedida le demostraba lo especial que era, a pesar de sus defectos, de sus manías, a pesar de todo. Ariel no dudaba en manifestarle constantemente lo único y valioso que era para él y lo hacía sentir un ser extraordinario, aun si distaba mucho de serlo. Y a eso le temía.

Corrió y corrió sin rumbo fijo entre las arboledas, tropezando a ratos con la raíces de las florestas más antiguas o incluso resbalando en las partes lodosas del suelo. Lo hizo hasta que sintió que los pulmones le estallarían por la falta de aire y aun así se esforzó un poco más… Como humano, su vista era casi tan común como la de los demás, pero obstinadamente se dejaba guiar por sus sentidos que al igual de embrutecidos que él, lo llevaron a estrellarse contra unos setos que a sus espaldas escondían una roca saliente. Y fue tan duro el impacto que se regresó sobre sus pasos y se desplomó de espalda.

Y por si estrellarse no hubiese sido suficiente, el que recibió al caer lo dejó temporalmente fuera de combate. Damián veía como los árboles parecían danzar a su al redor, al mismo tiempo que sus fosas nasales se impregnaban del olor de sangre.

Y entré todo, antes de perderse en la inconciencia, una última imagen vino a su mente, y fue tan clara que parecía real. Un rostro pequeño estaba frente a él, una mirada de azul intenso, como dos luceros lo iluminaron en medio de toda esa oscuridad en la que se encontraba. Y entonces pudo sentir el tacto suave y tibio de la mano que hacía menos de una hora había despreciado. La sintió contra su mejilla, acariciándolo con la ternura que solo ese niño podía darle. – Ariel… – Le nombró y luchó con las fuerzas que no tenía para levantar la mano y tratar de alcanzar esos mechones revueltos que el aire frio mecía a voluntad. – ¡Lo siento! – Susurró y justo cuando estaba por alcanzarlo, sus ojos se cerraron y su mano quedó tendida a su lado.

 

JAMES

 

Cuando las palabras ya no fueron suficientes, también nos dimos un par de golpes, como era de esperarse, fui echado vilmente de su casa y no me dejó ver a Samko. Dijo que haría hasta lo imposible por alejarlo de mí y algo me decía que lo cumpliría.

Los golpes en el rostro me dolían, pero era más fuerte el dolor en mi pecho. ¿Samko estaba bien con él? ¿Realmente habían hecho todo lo que dijo? ¿Acaso iba a perderlo? ¿Mi hermano no iba a volver? En medio de mis cavilaciones, terminé dejándome caer sobre la acera, con la espalda recargada contra una barda.

Todo esto era una mierda.

Mi teléfono no dejaba de sonar y a estas alturas me sorprendía que aun funcionara, después de aventarlo contra la pared, la pantalla se había cuarteado y le hacía falta un pedazo de la esquina izquierda. Pero al sacarlo, aun pude distinguir la imagen distorsionada de Lizet.

No iba a poder responderle con el teléfono en ese estado y la verdad, era que tampoco quería hacerlo.

Antes de que todo esto pasara, le había escuchado decirle a un amigo que él sentía que había llegado a esa edad en la que vas aprendiendo a moverte con la vida, aunque eso signifique dejar atrás a ciertas personas. Y aun sí el proceso era doloroso, dijo que era justo darle a las personas el mismo valor que ellos te dan. ¿Era por eso que no volvía a casa? ¿Acaso planeas dejarme atrás?

Sé que él no me había dejado de querer, tal vez aún seguía molesto, y lo no era para menos. Me quería, pero las ganas y la paciencia se le estaban muriendo y era por culpa de mi indecisión… Mi culpa. No quería darme por vencido, no sin al menos, haberlo intentado, haber comprendido y haber disfrutado de todos esos sentimientos que decía sentir por mí. Y a pesar de que hay muchas trabas en mi cabeza, sé que podría aprender a ser el indicado para él, si tan solo aun lo quisiera.

No vi el momento en que me puse en pie, pero para cuando caí en cuanta, ya estaba parado frente a la puerta de mi departamento, tratando de recordar donde había dejado mis llaves. Estaba en esto, cuando ella apareció y sacó de su bolsa varias llaves que sacudió frente a mí, llegó hasta mi puerta y la abrió sin más.

– ¿Por qué tienes calles de mi casa? – Le pregunté sin poderlo evitar. – Yo no te las di. – Por imposición de Samko, quien siempre me decía que yo no vivía solo en el departamento, así que estaba prohibido dar copia de llaves a cualquiera de mis parejas y lo mismo era para él.

– ¿Tanto drama por unas llaves? – Bufó y sin más me apartó, adentrándose en el departamento. – Te he estado llamando toda la tarde… ¿se puede saber porque no me respondías?

– No es un buen momento Lizet…

– Comienzo a creer que nunca será un buen momento para ti… – Se quejó y sus ojos verdes se me miraron fieros. – Supuse que lo olvidaste pero hoy hay una cena en mi casa, anunciaras nuestro compromiso delante de todos nuestros amigos, así que cambiate… ponte algo que te haga lucir menos lamentable y vámonos…

– ¿Algo más…? ¿Vino? ¿Agua? Quizá un recorrido hasta la salida… – Le dije irónico.

– No hay tiempo…

– ¡Pues inventalo! – Le grité – Ya basta… No creas que puedes venir a mi casa y hablarme de esta manera…

– James…

– ¡Ahora no Lizet! – Repetí luchando por tranquilizarme.

– ¿Es por él? – Cuestionó con desdén. – Por los chismes de tu estúpido hermano…

– ¡Vete!

– Ese niño malcriado…

– ¡FUERA! – Exigí enardecido.

– Mis amigas dicen que te mira como si te fuera a comer… Como si le gustaras. La gente comienza a hablar sobre eso. Y también del mayor, dicen que sale con su cantinero…

Lo que me faltaba, que se creyera con el derecho de venir a hablar mal de mi familia. La miraba y me preguntaba donde había quedado esa chica adorable de la que me había enamorado. La mujer que por primera vez en mi vida, creo en mí, el sentimiento de querer estar el resto de mi vida a su lado. ¿En dónde estaba? Y ¿Quién era esta que llamándose a sí misma “mi prometida” despreciaba a los míos y a mí?

– ¿Y que si es así? – Respondí parco. – ¿A ti y tus amigas que les importa con quien sale Deviant? Y si Samko me mira como se le dé la gana… ¿A ustedes qué? ¿No te has puesto a pensar que muy probablemente a mí también me gusta y por eso vivimos juntos?

De una bofetada me hizo callar y estuve tentado a devolvérsela, pero no suelo ser ese tipo de persona y sin embargo; el mero pensamiento me hizo reír. No podía golpearla a ella pero si lo había hecho con él. Era un cobarde miserable.

– No vuelvas si quiera a pensarlo… Tú eres un hombre y vas a casarte conmigo, así el mundo no esté de acuerdo. – Luchó por controlarse, por restarle importancia a la situación. Pero era un asunto serio, ya lo había dicho y ella no lo olvidaría. Nuestra relación estaba por terminar y no podía alegrarme más por haberme quitado este peso de encima. – Estás cansado, solo es eso… Mañana te sentirás mejor y solucionaremos esto, por ahora, te disculparé con nuestras amistades.

La vi prácticamente huir sin la elegancia y la sensualidad de siempre al caminar, estaba asustada, temía por lo que pusiera pasar con nosotros.

– ¡Lizet! – Le nombre, pero ella solo se apresuró a llegar hasta la puerta. – Lizet…

– ¡Mañana hablamos! – Agregó sin mirarnos.

– ¡Quiero terminar! – Dije y ella frenó de golpe. – No voy a seguir con esto…

– ¡Mañana… hablamos! – Dijo entre quebrantos y sin más abrió la puerta y salió de mi departamento.

Me sentí terrible por lo que le estaba haciendo, pero en el fondo sabía que era lo correcto, que esta relación había terminado desde el momento en el Samko me besó.

 

DAMIÁN

 

No sé cuánto tiempo paso, no debió de ser mucho, el caso fue que desperté sobresaltado y en medio de la densa oscuridad de la madrugada. Estaba en medio de la nada, rodeado de todo aquello con lo que solía estar en paz, y sin embargo; me sentí más vacío que nunca.

Esto no podía estarme pasando, no a mí.

Podía sentir su ausencia a mi lado y como todo mi cuerpo le extrañaba. Estos sentimientos tan poco comunes en mí, me oprimían con la misma fuerza que mi arrepentimiento.

Intenté moverme pero sentí mi cuerpo pesado y ni mencionar que la cabeza aún me dolía. Despacio me llevé una mano al lado izquierdo de mi frente, la sangre aún estaba un poco fresca. En un afán por ubicar en donde estaba, mi mirada se perdió en el poco cielo nocturno que los aboles me permitían ver. Los luceros me lo recordaban, la nieve, los árboles, el viento frio parecía traerme el murmullo de su risa. Su olor, sus grandes ojos, su cuerpo tan liviano y que se amolda tan perfecto sobre el mío. Su obstinación revestida de terquedad, sus indirectas ante mi sarcasmo. Su inocencia contra mi maldad, su optimismo ante cada una de mis negativas, su fe ante mi incredulidad. Su magia blanca contra la mía oscura.

¿A caso podíamos ser más opuestos?

– Rompí el hechizo más no el encanto… – Susurré.

Y por un momento me sentí resuelto a arreglar esta situación. No iba a renunciar a ese pedacito de vida. Despacio me incorporé hasta quedar sentado. La herida me punzaba porque estaba sanándose, pero no tenía tiempo para estas cosas. Eran más mi ganas de estar a su lado, de volverlo a ver, abrazarlo y decirle que nada de lo que había dicho era verdad, que solo lo dije porque estaba enojado, porque era un imbécil que no era capaz de controlar sus impulsos, pero que cualquier dolor que él pudiera estar sintiendo, también lo sentí yo. Porque era así, lastimarlo era tanto como auto flagelarme.

Dejaría de buscarle una lógica a este asunto. Había pasado, y debía aceptarlo de una vez por todas: Lo quería para mí. En el sentido más egoísta tal vez, pero no tenía forma de explicarlo. Mío. Sus atenciones, sus miradas, sus caricias, sus sonrisas, sus besos… su vida misma. Mia.

Tambaleante me puse en pie, no podía enfocar con claridad, pero intenté volver por el camino, era mi deber recoger sus lágrimas.

Me tomó mucho tiempo volver hasta el sendero, y de ahí llegar hasta su casa. Pero en cuanto pisé la pequeña acera, otro tipo de agobio me sacudió.

Había una tenue luz encendida en su habitación y aunque mentalmente me forcé a subir esas escaleras e ir hasta donde él, mis pies no se movieron. Yo que me las daba de ser tan valiente y ahora la incertidumbre y el temor me paralizaban a unos cuantos metros de sus besos.

¿Qué tal si ya no quería verme?

¡Tal vez estaba enojado!

Peor aún… ¿Y si me odiaba?

Esto era un verdadero problema, no, definitivamente no estaba listo para ninguna de estas complicaciones. Y tampoco debería intentar engañarme y a él.

Ariel jamás estaría bien a mi lado. No estaría seguro y sufriría una y mil veces más. En medio de cualquiera de mis arrebatos terminaría desquitándome con él, iba a herirlo y no se lo merecía.

Lo mejor era que para que nada nos separe… que nada nos una.

Me di la vuelta y seguí de largo. Era mejor así, él estaría mejor sin mí. Una voz en mi interior no dejaba de llamarme “cobarde” y pretendiendo ignorarla caminé sin rumbo fijo…

 

DEVIANT

 

– ¿Puedes quedarte hasta el siguiente turno? – Le pregunté, mientras aprovechaba que la barra había quedado temporalmente libre de clientes. – Ness tiene que irse y no hay quien te cubra…

– ¡No puedo! – Me contestó a secas. – Tengo planes…

Desde lo que había pasado en la mañana no volvió al departamento, tampoco respondió a mis llamadas y en las dos ocasiones en las que intenté hablar con él desde que llegó al trabajo, me evadía.

– ¿Puedes quedarte, aunque sea un par horas?

– ¡Ya te dije que no!

– ¡Hola! – Saludo un tipo mientras se sentaba en la barra. Era alto, ligeramente robusto, casi nada y de tez morena, su cabello lucia despeinado pero le iba bien. – ¡Espero no interrumpir! – Su mirada viajo de Han a mí y de regreso.  Fue de mi atención la forma en la que sus ojos negros miraban a mi pareja, quien le sonrió como aquellos que se conocen de antaño. – ¿Nos vamos ya? – Le preguntó y sin más Han me entregó la toallita con la que estaba secando las copas y se deshizo del delantal.

– Ya terminó mi turno… Así que me voy. – Me dijo y tras un gesto de mano él chico le siguió., apenas despidiéndose de mí, con un leve asentimiento.

¿Era enserio? ¿Han realmente creía que tenía el derecho de hacerme algo esto? Lo vi salir sin siquiera voltear atrás, esa fue la respuesta muda a mis cuestionamientos.

Supongo que todo este tiempo había alardeado demasiado. Yo no era lo único que Han tenía en su vida, ni mucho menos. Y aun así, que estuviera de compromisos con otro…eso no me lo esperaba. Pero si creía que me iba a poner llorar como una gatito abandonado por su amo, si… ¡Sí! Lo haría pero jamás en su delante.

– ¿Qué fue eso…? – Preguntó Ness, ya cambiado y listo para irse.

– Que se yo… – Respondí mientras jugaba con la toalla enredándola entre mis dedos.

– Puedo cancelar y quedarme si lo prefieres…

– ¿Cómo crees? ¡Vete! – Le dije – Yo me quedaré en la barra… después de todo ¿Qué tan difícil puede ser servir tragos?

– Sabes que no lo digo por eso…

– No me importa con quien salga… Sigue siendo mi pareja. – Respondí y sin más me acomodé el delantal.

Ness me miró con preocupación y aunque se lo agradecía, eso no me hacía bien en este momento.

No era que disfrutara de torturarme o quisiera victimizarme, pero Han le había dado esa mirada y esa sonrisa que yo ya no recordaba, y es que tal vez, tontamente he pretendido que él asuma que lo amo sin tener que decírselo. Es posible que haya descuidado todos esos pequeños detalles que suele considerar tan importantes o había dejado que mis asuntos familiares perjudicaran nuestra relación. Porque esto indudablemente se estaba nublando, y me niego creer que únicamente se trata de lo que como hermano he hecho mal. Han no es así, salvo que este realmente molesto conmigo, él no me pasaría por el frente con alguien más. Y ahora me asusta pensar que a quien quiero lo puedo perder.

Y así me canse de decirle que no me hace sufrir por mucho que me ignore, la verdad, es que me ha herido el que haya salido por esa puerta sin decir que me quería.

– Deviant…Deviant… ¡Oye! ¿Estás bien? – Tras esa sacudida por los hombros, Paul me regresé a la realidad. La barra nuevamente estaba llena de gente que con molestia esperaba lo que habían ordenado y de lo cual yo no había escuchado ni medio susurro. – ¿Estás seguro que quieres hacer esto? Puedo pedírselo a alguien más…

– Lo haré… – Me limité a responder, entonces lo vi llenar su charola a una velocidad increíble, con diferentes bebidas. – Ya hablaran y se solucionara… – Agregó en un pueril intento de animarme y sin más se la puso en el hombro y se fue. Era un poco incómodo que todos estuvieran tan al tanto de nuestra relación. Pero que se le puede hacer, la mayoría son entrañables amigos suyos y míos.

La gente comenzó a ordenar de nuevo y bueno, no tenía la menor idea de donde estaba cosa, así que lo pedidos estaban saliendo muy lentos. En medio de mi ajetreó tiré un par de copas que hicieron un ruido sordo al estrellarse y romperse contra el piso. De inmediato intenté recoger los cristales, pero alguien me apartó con más fuera de la necesaria, era Han, quien ya sin el uniforme, limpio todo muy rápido.

– No sirves para esto… – Susurró para mí, mientras le pedía a uno de los meseros que se quedara atendiendo la barra. – Mejor vete a contar dinero a tu oficina y no estorbes aquí.

Sus palabras me dejaron helado y él debió sentirse incomodo por mi expresión, pues simplemente me dio la espalda y terminó de servir las ordenes atrasadas. Me sentí mal, terriblemente mal por su actitud.

Paul regreso y Han le pidió que se quedara atendiendo y sin más, tomó su celular que hasta ese momento no había notado que lo dejó conectado al cargador y se volvió a ir.

No me iría a encerrar en la oficina solo porque él lo había dicho, o mejor dicho, no me fui, precisamente porque fue él quien lo dijo. Y soporté las siguientes tres horas, dando tragos que no me pidieron, escuchando quejas, mojado de todo lo que derramé, cansado, con dolor de cabeza y sin un peso de propina.

Pero para cuando dieron las tres de la mañana el lugar estaba solitario, los chicos limpiaban y acomodaban las mesas y sillas, cada quien en su área pero bromeando entre ellos, y procurando dejar todo listo para la noche. Después de lo que había tenido que pasar hoy, pensé seriamente en aumentarles a todos el suelo o compensarlos de alguna manera. Esto era demasiado trabajo y todos lo hacían cada noche sin chistar.

– Por qué no te vas a casa… – Sugirió Paul, quien había sido muy paciente conmigo pese a que estuve demasiado torpe toda la noche. – No ha sido de tus mejores días, deberías de tomarte un descanso.

– Hay algunas cosas que debo revisar en la oficina…

– ¡Deviant! – Me detuvo y poniéndose frente a mí, acarició mi rostro con ternura, pero así como me toco me soltó de nuevo, y para tal actitud de su parte solo podía haber una razón.

Damián había entrado empujando a todo el mundo, claramente furioso. Ni siquiera se tomó la molestia de mirarme, y así como entró tomó rumbo hacía la bodega.

– Iré a mi oficina… No estoy de humor para esto. – Le dije y al instante Paul se apartó para dejarme pasar. – ¿Puedes encargarte de que todo quede listo y que al marcharse dejen las puertas cerradas?

– ¿Vas a quedarte aquí?

– Solo un momento… ¿Puedo encargarte esto? – Le pregunté tratando de abarcar todo el casino con las manos. Paul asintió y tras esto, me fui a encerrar.

Hoy todo, absolutamente todo me había salido mal. Y lo único que quería era que Han estuviera aquí y me envolviera en sus brazos.

– ¡Idiota! – Exclamé más herido que molesto. – Pero me las vas a pagar… Como que me llamo Deviant que esta me la pagas.

 

 

DAMIÁN

En medio de mis cavilaciones, terminé llegando hasta el casino. No era algo que estuviera en mis planes, pero aun así entré y tal y como era costumbre, la gente iba dejándome el camino el libre para que pasara. Y aunque tal vez no lo demostraba, pero ese tipo de cosas me incomodaban.

De reojo alcancé a ver a Deviant, Paul estaba a su lado. Pronto amanecería, no era común encontrarlo aquí a estas horas. Al que no vi fue a Han, y de inmediato intuí lo que había pasado.

Y aunque me preocupe por él, la verdad es que en este momento yo no era una buena compañía, nunca… pero definitivamente ahora no.

Bajé hasta mi bodega, y me fui directo a lavar la cara, me tomó algo de tiempo retirar la sangre seca. Pero después de que me limpié comprobé con agrado que la herida ya casi había cerrado por completo. Era una de las ventajas de ser yo.

Me dejé caer con la espalda recargada contra la pared, la deprimente música de Deviant me llegaba bajito. Y no ayudaba en nada a mis ánimos ya de por sí, decaídos.

Habrá días que no sabré como hacer como hacer que te sientas bien.

Habrá días que no sabrás que pasa…

Habrá noches de no dormir, que no sepa ni que decir…

Para hacerte volver aquí… a la cama.

 

Si vencemos la confusión.

Y cuidamos de esta pasión…

Y abrazamos esta ilusión con el alma.

 

Para siempre… tal vez.

Hacer lo necesario para no perder la fe…

Para siempre, tal vez.

Y amarnos cada día sin mañana y sin ayer…

Para siempre… Tal vez.

 

Debía ser una puta broma. Era Un imbécil por torturarse de esta manera y yo lo era un más, por estarla escuchando también y permitir que algo tan cursi y mal escrito, me afectara. Aunque hoy más que nunca deseaba poder tener un mañana más con él y no recordar el ayer.

Seguí escuchando las siguientes y cada vez más deprimentes canciones. Hasta que de repente estar solo ya no se me antojaba, si de todos modos tenía que pasar por este trago amargo, porque hacía lo había decidido. Sin duda, prefería hacerlo en compañía de alguien que iba a comprender perfectamente como me sentía.

Con eso en mente, subí y resultó que ya casi no había nadie. Tal y como supuse, Deviant estaba encerrado en su oficina. Pasé por la barra y jalé la primera botella que encontré, dos vasos y una navaja.

– ¡Damián! – Me nombro Paul, quien se me atravesó con un cesto llenó de toallas y a decir verdad, no sé porque se intimida tanto si a él nunca le he tratado mal. – Disculpa… pasa… – Dijo y se hizo a un lado dejándome el camino libre.

– ¿Qué le pasa a mi hermano?

– ¿Por qué lo preguntas a mí? – Cuestionó como si lo estuviera acusando de un asesinato.

– Porque sabes perfectamente que odio que lo toquen… – Agregué con dureza. – Y cuando llegué… ¿Adivina quién tenía sus manos sobre el rostro de Deviant? – El chico se hizo chiquito en ese momento. Su reacción era más que exagerada, ni que yo fuera un maldito desalmado que vaya por la vida golpeando gente a placer…  Aunque tal vez. – ¡Tu no me desobedecerías! – Afirmé – Si lo tocaste es porque sabes que fue lo que le paso y tratabas de animarlo. Así que, si comprendes que es lo que te conviene, habla de una vez.

– Las cosas con Han no van bien… – Soltó de golpe. – Y cuando terminó su turno, se fue con un tipo que paso por él aquí… Deviant lo vio todo, y Han fue muy duro con él.

– Así que eso fue lo que sucedió… – Bramé y Paul retrocedió un par de pasos. – Tu celular… ¡Dámelo! – El chico lo sacó de inmediato y me lo entregó. – ¿Tienes su número? – Apenas y si asintió y tomó de nuevo su teléfono, lo vi teclear con rapidez y me lo ofreció de nuevo. – ¡Fuera! – Le ordené, mientras sujetaba el teléfono.

Paul se alejó y después de que sonó un par de veces, Han respondió.

– Escuchame muy bien Imbécil… – Ordené de inmediato.

– ¿Damián? – Preguntó.

– Si quieres ver salir el sol de la mañana, más te vale que vengas al casino por mi hermano… ¡AHORA! – Sin más colgué y dejé el celular en la primera mesa que encontré a mi paso.

Cuando entré a la oficina, pensé encontrármelo completamente ebrio y llorando, algo que solo se da el lujo de permitirse cuando el licor le nubla razón. Pero me sorprendió verlo en sus cinco sentidos, la botella de vino reposaba sobre la mesita de centro y su copa estaba sin tocar, él mantenía la vista perdida en quién sabe dónde y su cuerpo relajado descansaba sobre el sillón. Al parecer, era peor de lo que me esperaba.

Me senté a su lado y dejé los vasos sobre la mesa.

– ¿Vino? – Le pregunté con sarcasmo. – Si realmente quieres joderte el hígado toma Tequila. – Llené ambas vasos y aunque la idea no me agradaba mucho, esa era la botella que había agarrado. Deviant me miró en un primer momento sorprendido de verme ahí y después reacio, el Tequila no figuraba en su lista de licores favoritos. Ni en la mía.

– Eso no se toma así… – Supongo que lo dijo porque lo serví en un vaso para Wiski y casi lo llené.

– Es un doscientos años, puro de Agave… – Leí la etiqueta y después dejé la botella sobre la mesa, para ofrecerle el vaso. – Ahora no te pongas princesa y tomátelo…

– ¿Por qué hacemos esto? – Preguntó mientras aceptaba el vaso.

– Por ti, por el imbécil de Han, por mí… cualquier razón es buena con tal de sanar el corazón.

No fue necesario repetírselo. Y sin más se lo bebió de golpe. La sensación de escozor en la garganta, me duró más tiempo del que hubiera deseado. Pero no fue tan malo.

– ¿Otro? – Le ofrecí y él asintió.

Nos tomamos un par más y resulto ser más que suficiente. Deviant se quedó con la cabeza recargada contra el respaldo y los ojos cerrados, y después de casi media hora y de que estaba tan quieto creí que se había quedado dormido, pero cuando sujeté su mano abrió los ojos de golpe.

Lo halé para acercarlo y le dejé un beso rápido en su mejilla derecha, era una disculpa por la bofetada que le había dado en la mañana. El decayó notablemente y su semblante entristeció. Era increíble lo difícil que me resultaba pronunciar una simple oración, pero se lo debía. – ¡Lo lamento Deviant! – Le dije y lo abracé. – Te juro por nuestros hermanos que no lo volveré a hacer.

– Yo también lo siento mucho… – Sollozó y me reí bajito, ya estaba ebrio, y por eso se comportaba tan dulce. – Estaba muy enojado y tenía miedo que lo lastimaras…

– También es mi hermano, no iba a hacerle algo que no pudiera soportar…

– ¿Acaso no sabes cuánto te quiere? Deberías de verlo, esta tan triste…

– ¿Y Samko? ¿Él no está triste? – Le pregunté en tono bajo, Deviant agachó la mirada y se quedó en silencio un momento.

– Te preocupas tanto por él… – No importa cuánto quiso ocultarlo, claramente sonó a reproche.

– Me preocupo por los tres… me importan los tres. – Le aclaré.

– Pero por él más… – Insistió. Suspiré cansado, ya había perdido la cuenta de todas esas veces que hemos hablado sobre lo mismo. – ¿Eso es justo para James? ¿Y para mí…?  – Agregó dolido. – ¿Acaso no te importa lo que yo siento?

– Es precisamente porque pienso en tus sentimientos que se hizo todo este lio. – Le regañé, no podía decir que no he pensado en él, que no lo he considerado. – ¿Qué más tengo que hacer? ¿He? No importa cuántas veces te haya explicado como esta todo, sigues malinterpretando las cosas entre Samko y yo, de la misma manera en la que él malinterpreta la relación que tienes con James…

– ¡Es que siempre estas con él!

– Porque tú nunca le haces compañía… ¡Creció solo! – Y no me importó que se escuchara como que lo estaba culpando, porque si lo estaba haciendo. – Teniéndote a ti que eres su hermano de sangre… – De nuevo se quedó callado – ¿Sabes en donde está ahora? ¡No tienes ni la mínima idea de todo por lo que está pasando! No te hace sentir mal, el saber que esta con un desconocido que ha hecho un mejor papel con él que tú y yo juntos.

– He intentado acercarme y no me deja…

– No esperes que te reciba con los brazos abiertos después de todo este tiempo… Pero si realmente te interesa, explicale que entre James y tú no hay nada inusual, no es lo mismo que lo escuche de mí, a si se lo dices tú.

– ¿Cómo puede pesar algo así?

– De la misma manera en que lo haces tú… – Agregué sarcástico – Es casi un niño, solo a ti se te ocurre pensar que voy a tener ese tipo de intenciones con él.

– ¿Acaso no las tuviste conmigo?

– ¿Qué? ¿Ahora es mi culpa? – Pregunté incrédulo. Deviant me miró acusadoramente y me reí porque hasta donde yo recordaba él fue quien empezó todo esto. – ¿Quién fue el que se confesó? ¿Quién fue el que depravó lo que solía ser una sana y pura relación de hermanos?

– Fue tu culpa hacerme sentir esas cosas… – ¡Válgame! Sin importar que, para cualquiera de mis tres hermanos yo era el culpable de todo. – Y si realmente te desangraba tanto entonces ¿porque me besabas y me tocabas de esa manera?

– ¡Jamás dije que tus sentimientos me desagradaran! – Aclaré y sujetándolo por el cuello, me acerqué a sus labios y los aprisioné con los míos.

En cuanto los rocé, sentí una punzada en el pecho. Pese a que los labios de Deviant siempre me gustaron, besar a alguien más aunque fuese mi hermano, ya no significaba lo mismo para mí. No cuando aún estaba lleno de esos besos tímidos e inexpertos que mi cachorro me había regalado.

Con suavidad traté de alejarlo, mi intención no era hacer sentir mal a Deviant, pero no podía besarlo, ya no podía. Y sin embargo, él se aferraba a los míos con fiereza.

No solía besarme de ese modo y sí que llegué a la ridícula conclusión de que estaba tan ebrio y embrollado, que me estaba confundiendo con el imbécil de Han.

Lo sentí arrodillarse sobre el sofá y en menos de lo que esperaba ya lo tenía sobre mí, sus manos buscaban ansiosas deshacerme de mi ropa y por primera vez me sentí en peligro con él. Como que se había metido demasiado en su papel y si no me ponía listo, esto se complicaría demasiado.

Al ver que no podía con mi ropa, empezó con la suya. Sus labios no me soltaban y yo solo podía pensar en la reacción de Ariel si nos llegara a ver, pero no fue mi cachorro quien abrió la puerta, sino Han.

Quien se paralizó en la entrada de la puerta, y al verlo de reojo entendí cuanto la jadiamos Deviant y yo por hacer estas cosas.

Mi hermano fue arrebatado de mí, por un furioso Han, quien hervía de cólera por haber presenciado tal escena.

 

– ¿Se divierten? – Nos preguntó parco. Y a Deviant se le bajó la embriagues del susto. – ¿Para qué hacerme venir si tú sabes encargarte muy bien de él? – Me cuestionó mirándome como si le hubiera traicionado.

Por primera vez en mi vida, referente a él, me quedé sin poder decir nada. Nos había visto, estaba de más negarlo. Y me maldije por dentro, estaba tan entretenido con Deviant que no lo escuché ni lo sentí llegar.

– ¡Fue mi culpa! – Dije y tal cosa pareció sorprenderlos a ambos. – Fui yo quien lo beso…

– Damián… – Intentó intervenir Deviant pero poniéndome frete a Han, le dejé en claro que se callara. Buscaría la manera de solucionarlo y para ello solo había una forma. Debía culpar a Han por lo que pasó. No era quizá lo más justo, pero no dejaría que la responsabilidad recayera sobre mi hermano, cuando bien podría recaer en Han.

– Mi culpa y la tuya también… – Le dije mientras lo señalaba, Han me miró confundido. – Así que no tienes derecho a reclamarle nada.

– ¿Por qué habría de ser mi culpa? – Cuestionó inseguro.

– ¿Quién fue el bastardo que se paseó por aquí con otro? ¿Quién es el responsable de que mi hermano estuviera tan triste, que me dieran ganas de consolarlo? – Han inclinó la mirada mientras Deviant se agarraba con fuerza de mi brazo. Lo escuché murmurar algo ininteligible, pero no le preste mayor atención. – ¡Es tu culpa!

– ¡No puedo creerlo! – Exclamó irónico, mientras se pasaba las manos por el cabello, estaba exacerbado de coraje y su semblante de frustración le daban un aire quebrado.

– No tienes derecho a reclamarle nada… – Agregué y tras esas palabras, él solamente se hablando.

Han sabía que si se iba a los golpes contra mí, no iba a poder, se sentía humillado por mí y defraudado por Deviant. Y el dolor que fue inundando su rostro hasta que los ojos siempre duros para mí, se le fueron llenando de lágrimas. Me sentí culpable y desvié la mirada de él. No sabía cómo solucionar este tipo de cosas, precisamente había huido y decidí que lo mejor era terminar. ¿Debería hacer lo mismo ahora? ¿Debería dejarlos que ellos arreglen sus cosas y seguir mi vida como si nada?

Deviant salió de detrás de mí, como enseñándome lo que debería hacer. Fue una respuesta silenciosa que me hizo comprender muchas cosas. Caminó hasta él y sujetó su mano, por supuesto, Han lo rechazó y retrocedió, lo hizo ves tras vez, pero Deviant no desistió. Hasta que no hubo más espacio para retroceder y Han quedo atrapado entre la puerta y su cuerpo.

En un primer momento solo se miraron, Han derramaba lagrimas que se secaba con rudeza con la manga de su abrigo. Deviant se mantenía firme y resuelto, aunque por el cambio en su olor, comprendí que ver a su pareja en ese estado, le dolía.

– ¿Aun lo amas? – Fue Han quien acabo con ese incomodo silencio.

– ¡Sí! – Fue la directa respuesta de Deviant. – Lo voy a amar siempre, porque es mi hermano. Pero no lo amo de la misma manera en la que te amo a ti.

– ¿Entonces por qué…? – No pudo terminar la pregunta pero ambos sabíamos a que se refería.

– ¡No deberías pretender juzgarme! – Le regañó y eso no lo entendí. – Aun me atraé y mucho… Me gusta besarlo y compartir ese tipo de intimidad con él. – Respondió con seriedad, y por un momento creí que ese que hablaba no era el mismo Deviant que yo conocía. No había los berrinches de siempre, ni su tono meloso, sino que se mostraba como un hombre maduro y capaz de responder por sus acciones. – ¡No es correcto! Lo sé… Lo supe desde la primera vez que sucedió. Pero me detuve cuando formalicé mi relación contigo e incluso busqué salvar algo de distancia con él, lo hacía enojar a propósito para que se alejara y así evitar este tipo de cosas. Pero no creas que voy a escudar mis acciones… Así que aceptaré la decisión que tomes. – ¿Acaso lo estaba dejando ir? – ¡Te amo, Han! – Confesó y él aludido lo miró especulativo. – Me ha dolido mucho como fuiste hoy conmigo, que ese chico viniera por ti y que te fueras sin siquiera despedirte o presentarme como tu pareja. – Han inclinó la mirada de nuevo y esa sumisión volvió a traer a mi mente, a alguien que hace lo mismo con frecuencia y que, ilusamente, pretendí dejar en el pasado. – Damián vino aquí por sus propios problemas, pero ya sabes lo orgulloso que es para reconocerlo… – ¿Acaso se me notaba tanto? – Algo de lo que dijo es verdad… y es que yo no quería besarlo porque estaba muy triste por ti, pero él me obligó, así que si te vas a enojar con alguien que sea con él y no conmigo… – Este maldito si era el Deviant que yo conocía. Culpándome a mí de su calentura.

– Eres un… – La risa de Han me distrajo de mis malas palabras. Deviant le sonreía de la misma manera en que él lo hacía. ¿Qué diablos?

– ¡Lo siento! – Agregó Deviant encogiéndose de hombros. – Pero sigo pensando que fuiste muy cruel conmigo… – De vuelta el tono de niño malcriado y Han ya sin lágrimas en los ojos se dispuso a abrazarlo. Ante mi completa incredulidad.

– ¡Lo siento! – Se limitó a responder mientras lo envolvía en sus brazos.

– ¿Qué diablos está pasando aquí? – Intervine. – ¿Por qué se ríen y se abrazan? ¿No iban a terminar?

– Jamás insinué siquiera que quería terminar con él… – Dijo Han.

– ¿Pero…? ¿Se besó conmigo?

– ¡Los he visto hacerlo desde que los tres eran preadolescentes, ya no me espanta!

– ¿Y entonces para que las lágrimas?

– Que sepa que no van a llegar a algo más que esto, no significa que me agrade la idea. Sobre todo cuando aún me preocupaba los sentimientos de Deviant hacía ti. Pero ya dijo en tu delante que me ama a mí. – Sonrió triunfal y no dije nada solo porque no terminaba de entender lo que había sucedido.

– Cuando le preguntaste de quien era la culpa de que yo estuviera triste, él agachó la mirada… – Explicó Deviant al ver darse cuenta de mi confusión. – Después dijiste que no él no tenía derecho a reprocharme nada y nuevamente se quedó callado…

– ¿Qué con eso…?

– Él también se besó con ese tipo… por eso no te contradijo. – Agregó Deviant mientras le daba un puñetazo en el hombro a Han, quien se limitó a sonreír culpable. – ¡Eres un cualquiera! – Le reprochó.

– Lo mismo digo…

– Pero yo solo te engaño con Damián y eso no cuenta… – Ambos estaban animosos y jugueteaban entre sí.

– Un polvo es un polvo… – Aclaró Han. ¿Un polvo? ¿Yo era un polvo para Deviant?

– ¡SON UN PAR DE IMBECILES! – Grité furioso, ellos solo se rieron cuando me vieron caminar apurado para salir de la oficina.

– Hermano… – Dijo Deviant, antes de que terminara de salir. – A veces hay que aprender a distinguir cuales son las cosas por las que en verdad vale la pena discutir. Y cuales no…

– Tú te besas con otro, él también… ¿Qué tipo de relación es esa? – Pregunté sin mirarlo.

– Cuando me llamaste… pensé lo peor. – Intervino Han. – Cuando llegué aquí y los vi juntos, Deviant pensó lo peor… Ambos pagamos él mismo día el precio de nuestra osadía. Pero al final, fuimos capaces de reconocer nuestros errores y darnos cuenta que todo es mucho mejor si estamos juntos.

– ¡No lo entiendo! – Dije y sin más salí, pero Deviant volvió a hablar.

– Lo que Han quiso decir con sus dulces palabras, es que culos y hombres hay muchos… por montones. Pero un hombre que en verdad te valore, que te quiera y se quedé contigo a pesar de la mierda qué eres, es muy difícil… Así que piénsatelo mejor y arregla tu situación con él chico. – Lo último me hizo voltear y mirarlo amenazadoramente, ¿acaso se lo había dicho? – ¡Lo siento! – Se disculpó entendiendo mi pregunta muda. – Casi no suelo ocultarle nada… además, necesitaba darle algo con lo que pudiera defenderse contra ti… Piensa que se lo debes por lo mal que lo has tratado.

Han solo sonrió y me dedicó una mirada burlona. Pero después se puso muy serio y me miró con amabilidad.

– ¡Felicidades! – Dijo – Es grandioso tener a alguien a quien no quieras perder… – Le reviré los ojos en señal de fastidio, pero en el fondo, él había tenido mucho más tacto que Deviant, no habló de una relación o le puso nombres absurdos… simplemente me felicitó porque ahora había alguien en mi vida que la hacía diferente y en muchos sentidos… Mejor. – Las oportunidades sólo pasan una vez en la vida… No dejes que se vaya. – Finalizó.

Aun cuando cerré la puerta tras de mí, alcancé a escuchar cuando Deviant le cuestionaba bajito porqué se había ido con ese tipo, y también la disculpa que Han le pidió. Le dijo que había sido una estupidez, pero que él solo podía mirar a mi hermano y que lo amaba como a nadie más en la vida. Que prefería pelear con Deviant cada día por todo, que pasar una sola noche lejos de él.

Esa última declaración me obligó a detenerme, y quise regresar y preguntarle si realmente prefería soportar a Deviant con tal de no perderlo. Pero antes de que lo hiciera ellos continuaron su conversación.

Han le pregunto por qué si tanto le había molestado verlo irse con esa persona, no lo detuvo. Y mi hermano le respondió, que podía soportar que se vaya lejos, con quien el quisiera, pero no que se vaya para siempre. Que esto le había servido para entender que estaba haciendo mal algunas cosas y que las iba a cambiar. Y entre ellas, prometió no volver a besarme.

 

TERCERA PERSONA

 

Gianmarco volvió a la habitación y comprobó con agrado que Samko dormía plácidamente entre los edredones blandos y calientitos. Lo admiró desde el pie de la cama, y le fui imposible contener esa sonrisa ancha. Le gustaba, estaba perdidamente enamorado de ese niño de rostro sereno, con el cabello desordenado y esos gestos ligeros que hacía cada cierto tiempo. Era tanto como ver un angelito tierno y puro.

Nada más alejado de la realidad. Pero Gianmarco amaba a su pequeño demonio triste, a su manipulador titulado en chantajes y pucheros que volvían imposible negarle algo. El chico era para él como una enfermedad sin cura que le carcomía el alma y se iba enterrando en lo más hondo de su ser. Y se había vuelto adicto a esa adrenalina oscura que lo invadía cada que sus labios recorrían el cuerpo desnudo del menor. Lo anhelaba con furia, con desesperación… El chico era su rosa negra y de él amaba incluso sus espinas. Su espíritu poderoso y su alma libre. ¿Cómo renunciar a alguien con semejante magia? No, definitivamente no era posible. Y Gianmarco finalmente comprendía, que nunca antes tuvo que esforzarse demasiado por enamorar al menor, que todo lo había tenido fácil y quizá esa era la razón por la que no luchaba, pero ahora sería distinto.

Su resolución era conservarlo y ni James, Travis o el propio Damián, lograrían apartarlos. Él único que podía finalizar esa relación era el propio Sam y tras esa decisión, Gianmarco rogó porque su “vida” no quisiera abandonarlo.

 

DAMIÁN

 

Las oportunidades sólo pasan una vez en la vida… No dejes que se vaya. Esas habían sido palabras. ¿No dejarlo ir? ¿Tener a alguien a quien no quiera perder? ¿Alguien que me quiera? ¿Alguien a quien yo quiera? ¿Querer? ¿Yo realmente lo quería?

No era tan simple. Era más que querer… lo que sentía por él era tan vivo y feroz como un fuego ardiente. Así de fuerte, intensó a tal punto que me siento jubiloso y en paz cuando puedo sentirlo cerca. Sin embargo, en medio de todas esas emociones que burbujean como lava, también hay algo más, algo muy parecido al miedo. ¿Miedo? ¿Miedo a qué…? ¿A no ser suficientemente merecedor de alguien como él? ¿Miedo a que me rechacé, quizá…? ¿Miedo a herirlo? ¿A matarlo? Miedo, miedo, miedo.

No podía ser ajeno  al futuro incierto que les esperaba, no simplemente ignorar que en algún momento puedo perder el control y dejarle ver lo que en realidad soy, entonces, igualmente terminaría alejándose de mí.

– ¡Que no estemos juntos no era lo que tenía planeado! – Me dije y me vi caminando entre los callejones angostos y oscuros, la luna ya no se veía, nubes espesas y grises habían cubierto su luz.

Hubo un susurró que me dijo: No lo pienses y ve por él… Pero ahí no había nadie. Otro más se escuchó de lejos, menos fuerte, pero igual de claro. Esa voz decía que evitara conocer el dolor y la desesperación que causa el saber que alguien me faltaba y el arrepentimiento de tener que reconocer que aun pudiendo haber hecho todo para tenerle, no lo hice.

En menos de lo que lo esperaba ya estaba merodeando la zona baja de la ciudad, sabía exactamente qué rumbo seguían mis pies y quise detenerme, pero parecían seguir una orden ajena. Otro murmullo ululante se escuchó entre los arboles: –Aviéntate al vacío sin preguntarte si éstas haciendo lo correcto o no. – Decía.

¿Quién decía todas esas cosas?

No lo sé… Tal vez solo eran producto de mi imaginación, de mi mente agitada y cansada.

Pero terminé llegando de nuevo frente a su casa.

La luz seguía encendida. ¿Estaría despierto? Posiblemente no, después de todo, ya estaba por amanecer. Agudicé mis sentidos para escucharlo, pero salvo su respiración ligeramente agitada, no pude percibir nada más.

– ¡El todo por el nada! – Susurré – ¡No preguntarme si estoy haciendo lo correcto o no! ¡Disculparme! – Algo me recorría todo el cuerpo hasta el punto de hacerme tiritar, sentía un vacío en el estómago y ansias locas de salir corriendo lejos de aquí.

No era tan sencillo, y no estaba convencido de que fuera lo correcto. Aun así, caminé despacio hasta las escaleras que daban a la terracita de su habitación. Muy despacio, como no queriendo llegar jamás.

Subí los escalones y cuando llegué a la parte plana, avancé igual de lento. Pasé la habitación de invitados, la pequeña sala y llegué hasta la puerta de su habitación. La cortina estaba ligeramente corrida y al asomarme no pude verlo sobre la cama. Despacio bajé la palanca y empujé con suavidad la puerta de vidrio.

El olor me golpeó de frente y detuve mis pasos con brusquedad, como si mientras trataba de entrar, me hubiera quedado congelado.

Era ese… su aroma que tanto me encantaba y el que aparentemente había extrañado más de lo que hubiera pretendido reconocer, pero estaba mezclado con otros más. Sabores secos y amargos. Dolor y tristeza. Olí su miedo y su desesperación, su desconsuelo y uno más que reconocí a la perfección. Soledad.

Terminé de entrar mucho menos convencido de lo que estaba haciendo, y terriblemente más angustiado.  Efectivamente, Ariel no estaba en su cama, esta seguía casi tan perfectamente tendida como cuando la dejamos, al ir a cenar. Pero lo encontré al pie de la cama, sentado en piso., abrazaba sus piernas con las manos, su cabello caía desalineado sobre su frente y él, miraba algún punto en el piso, estaba hundido en sus pensamientos, ajeno a todo lo demás.

Olía a dulces, y a su alrededor había varios pañuelos de papel hechos bola. En sus pies no estaban los calcetines coloridos que solía usar, de nuevo estaba el pequeño short que se le ajustaba a los muslos, aunque esta vez, era de un color claro y vestía una camiseta de cuello redondo de color blanco. Pese a no chorrear, su cabello estaba húmedo, pero su cuerpo no olía al jabón que solía usar. Con una rodilla en el piso y sosteniéndome con un solo pie, casi me hinqué a su lado.

– ¡Ariel! – Le susurré, pero con el tono justo para que me escuchara. – Ari… – Su rostro se giró hacia mí y aunque mientras venía para acá, me preparé mentalmente para que me gritara, incluso me echara de su lado y dijera cosas terribles… como que me odiaba o que no me quería volver a ver. Nada hubiera podido prepararme para lo que vi.

Sus adorables ojos alegres, estaban rojos por el llanto y ligeramente entrecerrados, sus pestañas sostenían rastros de sus lágrimas que habían quedado apresadas tras su pestañar. Su rostro pequeño se contraía en una mueca de tristeza y sus cejas casi podían juntarse por completo por el fruncir de su frente.

Únicamente me sostuvo la mirada.

Y si por dentro gritaba, por fuera su cuerpo estaba inmóvil. Mil veces hubiera preferido que reaccionara mal, que estuviera enojado y que me odiara, porque su tristeza me golpeó con mucha más fuerza que todo lo anterior.

– ¡Perdoname! – Le dije. – ¡Lo lamento!

Las palabras salieron solas, y cargadas de una melancolía que no me conocía. Estaba arrepentido por mis palabras y por haberlo empujado.

– Realmente soy de lo peor, pero mientras venía para acá, pensaba que no quería perderte.

– ¡No te creo! – Respondió mientras negaba con la cabeza y vi con dolor como los ríos de sus ojos volvían a elevar su cauce, hasta que se desbordaron por sus mejillas. Quise tocarlo, recoger sus lágrimas y estiré las manos hacía él, pero no me atreví siquiera a rosarle la piel, él no se había movido ni medio centímetro pero algo en su cuerpo me repelía.

– ¡Por favor! – Supliqué y no me importó hacerlo, solo deseaba calmar su abatimiento. – Permíteme arreglar esto.

– ¿Arreglar qué? – Me preguntó con la voz rota – Si no hay nada…

– No puede terminar así… – Le dije suplicante.

– ¡Es verdad! – Respondió – No termina… Porque no puede terminar algo que nunca empezó del todo…

No hubo el menor atisbo de resentimiento, molestia siquiera, más bien, cada palabra había salido de sus labios con resignación, como si después de haberlo pensado tanto, se hubiera dado cuenta que todo era una farsa. Un sueño del que acaba de despertar. Ya no me creía, ya no confiaba en mí.

– Ariel…

– Solo te pido que me dejes de estos dos últimos días, los recuerdos que no duelen… Llevate todo lo demás. – Me interrumpió – Y vete… ¡Vete Damián!

– ¡Me quieres! – Aseguré. – Lo sé, puedo sentirlo… No voy a despedirme sabiendo que no quiero irme. Y tampoco puedo dejar que te alejes de mí… – Expliqué en voz baja – Me duele solo imaginarlo.

– ¡No…!

– ¡Claro que sí! – Le rebatí molesto y lo atraje hacía mi con violencia, con miedo…Miedo de destruirlo, de destruirme. – ¡Eres mío! – Gruñí, mientras lo envolvía posesivo entre mis brazos, pegándolo a mi cuerpo, necesitándolo, protegiéndolo como si mi vida dependiera de que la suya continuara. – Eres mío… – Repetí – Y yo… De nadie seré, solo de ti.

Busqué sus labios y los abracé con los míos… ¡Un pedazo de cielo! El paraíso en su boca, cada uno de sus besos era como probar el sabor de la vida. Y yo que sentía que me moría, me aferré a ellos y comí de su boca hasta saciarme y aun después. En un principio Ariel me rechazó y el que me negara su boquita me había dolido en el alma, pero ahora simplemente se dejaba hacer, lloraba y sus lágrimas saladas, contrastaban con los sabores dulces de sus labios. Fresa, chocolate, nueces… Su boca estaba tan fría como todo su cuerpo.

Lo levanté del suelo, y sentándome en la orilla de la cama, lo acomodé sobre mí sin dejar de besarlo. Mis manos ansiaban recorrer ese cuerpo pequeño, andarlo centímetro a centímetro. Pero no podía soltarlo, temía que se alejara de mí. Las suyas contra mi pecho se aferraban a mi casaca con fuerza.

Y en medio de ese beso que comenzaba a hacerme perder la razón, tuve un quebranto. Gemí en su boca y sentí la nostalgia subiendo por mi cuerpo hasta llegar a mis ojos. Me avergoncé de haber decidido no intentarlo y abdicar, me dolió la idea de pensar que jamás volvería a tenerlo como ahora, que no iba a poder volver a embriagarme con su aroma y que quizá, después de un tiempo, él conocería a alguien más y me olvidaría.

Que la vida de ambos seguiría, pero que yo jamás estaría preparado para no formar parte de sus planes. Que cada mañana al despertar, vendría esa sensación de vacío que no podría ser llenado con nada ni nadie, salvo con él. Que lo extrañaría hasta que simplemente un día, no me podría mover. Saber que por cobardía y temor, perdí la mayor oportunidad de mi vida y sucumbí ante el fracaso, antes de intentarlo. Las lágrimas picaron mis ojos y tuve que esconder el rostro en su cuello para no dejarlas salir.

– ¡Te odio! – Me dijo mientras pasaba sus brazos por mi cuello y me abrazaba.

– Y yo a ti… – Le respondí y sonreí con amargura. – ¿Me perdonas? – Le pregunté y volví a reírme porque este hombre acababa de pedir perdón por primera vez en su vida, de la forma más mansa y espontaneá.

– ¡No! – Respondió y lo sentí dejarme un beso en la frente. Era tan tierno. – Aun no voy a perdonarte. – Aseguró. – Pero te pondré a prueba unos días. Después decidiré que haré contigo…

– Eso suena tan tentador… – Le dije ya mucho más calmado. Y separándolo un poco de mí, busqué su mirada. Sus ojos francos, seguían mirándome con tristeza. Aun si intento sonreírme, el gesto no se salió. – No pretendo justificame… – Le dije en un afán por darle la explicación que sabía se merecía. – Pero usualmente mi mundo siempre va cuesta abajo y el tiempo y mis circunstancias han hecho de mi alguien desconfiado. No ha habido en mi vida demasiadas personas que verdaderamente me importen, no estoy acostumbrado a esto, es como si yo jamás hubiera podido y apenas estuviese aprendiendo a querer.

Durante todos estos años, me hice amigo de mi soledad, de mi terquedad y del pretender no sentir nada más que odio, coraje y resentimiento. Y cuando finalmente estaba acostumbrado a esto, apareciste tú… con esa mirada azul tan llena de hermosura. Con esa sonrisa franca y mostrándome todo aquello que creí que no existía.

Todo ha cambiado fríamente, ya nada me importa realmente desde esa primera vez que te tuve frente a mí. Desde que me cubriste con tus brazos, buscando protegerme… tú, pretendiendo protegerme a mí. ¿Puedes creerlo? – Me reí con tristeza. Ariel se secó las lágrimas con las manos, pero sus ojos seguían clavados en los míos. ¿Qué hacer? ¿Qué más decir sino la verdad? Una verdad que no me favorece. –No soy alguien bueno… – Comencé y limpié con suavidad el rastro de su llanto que un quedaba. – He hecho muchas cosas de las que no me siento orgulloso, pero tampoco me arrepiento. En su momento, solamente lo hice, actué sin pensar y por egoísmo e dañado a mucha gente, hoy conociste a uno de ellos, y aunque fue molesto, es de los que menos me odian. Mientras él hablaba, pensé que no quería que en algún futuro lejano, tú te expresaras de mí de la misma manera en la que lo hacía él. Temo por eso, Ariel.

Porque soy como una máquina de hacer heridas. Impulsivo en muchas ocasiones, despiadado. Mi mente me hace caer precípitemente, forma ideas que me juegan sucio y distorsionan mi realidad. Y de forma estúpida he culpado al destino de la que creí era mi mala suerte, pero la verdad es que todo lo he labrado yo, con mis propias manos.

Pero estas manos… – Le dije, mientras las extendía frente a él. – Que dañan y obran mal… son también las que desean estrecharte contra mí. Las que te defenderían de cualquiera que quisiera hacerte daño. – Aseguré. – Pero… ¡Lo siento! No puedo protegerte de mí mismo. No quiero me que dejes, pero es justo que sepas la verdad. No quiero dañarte, ni decirte cosas que te hagan sufrir, pero voy a terminar haciéndolo. Cuando me enoje yo…

– Dejame ver si entendí… – Me interrumpió. – Dado a que eres una mala persona, entonces yo… ¿debería dejarte y buscarme a alguien menos malo? – Aguardó por mi respuesta y yo quise decirle que no, que debía quedarse conmigo.

– ¡Sí! – Eso fue lo que salió de mis labios. – Deberías de buscarte a alguien más… –Dolido y avergonzado incliné la mirada. Fue entonces que lo sentí morderme debajo de la quijada, a la altura de yugular. Una mordida sin malicia que más que dolerme, me causo un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo. Después de unos segundos se retiró, no sin antes dejarme un beso en la zona donde me había mordido. – ¿Qué fue eso?

– A algunas ovejas nos gustan los lobitos descuidados que bajan la mirada… – Me sonrió y le devolví el gesto. Cierto, había bajado la guardia y así que, merecía ser atacado. – No quiero a nadie más… – Agregó con seriedad – Y si tuviera que buscarme a alguien más, haría lo que fuese necesario para vez tras vez, volver a encontrarme contigo “lobito bobito”. – “Lobito Bobito” Diablos que bajo he caído, pero me gusto el acrónimo. – Pero escuchame muy bien… – Agregó y se mostró serio – No creas que habrá una segunda vez… – Dijo con acritud. – Así sea un simple berrinche, un capricho tuyo o estés en medio de una rabieta… No me va a importar si estabas muy enojado, no habías comido o pasaste mala noche. Si vuelves de decir que se acabó… Entonces se acabó. – Aseguró. – ¿Lo comprendes?

– ¡Sí! – Le respondí.

– Con respecto a lo demás… cada quien es como es. No te voy a pedir que cambies, así que tú no me lo pidas a mí. Tú tienes mal carácter y yo tengo muy poca paciencia. Asumamos cada uno la responsabilidad de sus acciones. Porque no te voy a hacer dramas, ni lloraré cada vez que me grites… Pero tampoco quiero volver a sentirme como anoche. Si estás enojado es tu problema, no mío. Tengo amistades, hombres y mujeres y no las dejaré por ti, ni siquiera para evitar que sientas celos y si llegas a sentirlos, pues aguantátelos. Que yo haré lo mismo. Si no puedes confiar en mí y yo no puedo fiarme de tú lealtad, entonces, no tenemos nada porque luchar… ¿Esta claro?

– Lo está… Aunque…

– ¡Sin “aunque”…! – Me interrumpió. – ¿Lo tomas o lo dejas? – Ahora estaba molesto, me miraba con el rostro fruncido y la pestaña en punta, se veía adorablemente peligroso. Suspiré vencido, estaba poniéndome un collar que en la placa decía “Ariel”, solo me faltaría la cadena y… ¡Listo! Terminaría convirtiéndome en un perro de compañía.

– ¡Lo tomo! – Susurré.

 

ARIEL

 

De nuevo me estrechó entre sus brazos, haciéndome sentir y un poco menos roto. Está feliz de que hubiera vuelto, pero sus palabras aun me dolían y sabía que eran heridas que tardarían en sanar. Él había creado dudas en mi interior y estas florecían como en tierra fértil, ahora mi corazón tenía miedo.

No de él, aunque ahora había comprobado que tiene una habilidad insólita para ponerme melancólico. Tampoco de que se fuera… Sino de que no volviera.

Damián fue dejando besos por mi rostro y mi cabello, y de nuevo me trataba con la dulzura de antes, me mimaba como si fuera un niño pequeño al que había que consentir. Y yo no podía sentirme mejor con esas atenciones.

– Eres muy bonito… – Soltó.

– Soy un hombre, Damián. – Me quejé un poco avergonzado.

– Eres un casi hombre muy bonito… – Rebatió y dejo un beso rápido en mis labios. Apenas un simple rose. Entonces apartó la vista de mí y se centró en algún punto del piso. – ¿Qué es todo eso?

– ¡Helado! – Respondí mientras también miraba los botes vacíos.

– ¿Te comiste todo eso? – Preguntó incrédulo y sin soltarme del todo, se estiró para alcanzar el bote al que un le quedaba un poco. – ¿Nueces con licor? – Cuestionó con sarcasmo.

– Bueno… estaba triste… – Intenté defenderme.

– ¿Ya no lo estás? – Mientras hablaba se llevó un poco de helado a la boca, saboreándolo. – ¡No! – Dijo con seriedad – Definitivamente me gusto más cuando lo probé en tu boca… ¿Te importaría? – Dijo mientras me ofrecía un poco más.

– Ya me comí dos botes… Me duele estómago.

– ¿Por qué estas vestido así? – Preguntó mientras se llevaba a la boca la cuchara. – ¿No tienes frio?

– ¡Sí! – Me limité a responder.

Damián dejó de nuevo el bote en piso y sus manos acariciaron mi cuerpo, desde los hombros hasta mis muslos.

– Me gusta esto… – Dijo mientras sus dedos bordeaban la bastilla de mi short. Hasta ese momento caí en la cuenta que estaba en ropa interior. – Creo que es realmente encantador… – Sus manos siguieron por encima de la tela y llegaron hasta mi cadera, para después intentar descender.

– Yo que tú no haría eso… – Le amenacé, cuando reconocí sus malas intenciones.

– ¿Por qué…? ¿Acaso no has escuchado esa Ley Sibinense, que autoriza tocar todo lo que anteriormente se ha visto? Es simple reconocimiento del terreno.

– ¡No existe tal cosa! – Aseguré.

– Por supuesto que existe…

– ¿Y cuándo me viste el trasero? – Exigí saber, claramente incómodo y molesto, mientras detenía el recorrido de sus manos.

– No deberías de preguntarme algo que realmente no quieres saber…

– ¿Qué? ¿En verdad, tú…?

– Cuando caminas… – Me interrumpió y se empezó a reír. – Es imposible no mirarlo y…

– Ya… mejor no digas nada. – Le dije y quise quitarme de encima de él, pero lejos de permitírmelo, Damián invirtió los papeles y me arrastró en el colchón. De manera que ambos quedamos acostados, el sobre mis almohadas y yo entre sus brazos.

Me arropó con el edredón y aun así me mantuvo cerca de su cuerpo.

– Ahora que lo pienso… – Dijo – Deberías intentar dormir un rato.

No importaba con cuanta amabilidad lo había dicho, era una orden. Y acunándome mejor lo escuché tararear una melodía, al tiempo que sus dedos seguían el ritmo contra mi brazo, como si se tratase de aquel instrumento que producía esa melodía.

– Me gusta mucho esa canción… – Dijo – Aunque es antigua… Me recuerda a ti. Era muy popular en mis años de niñez, aunque hacía varios antes que había salido. Hoy la recordé…

 

Él tiene una sonrisa que se parece a la mía,
me trae recuerdos de mi niñez,
donde todo era tan limpio como el brillante cielo azul.
Ahora y entonces, cuando veo su cara,
me lleva lejos a ese lugar especial,
y si mantengo la mirada mucho tiempo,
probablemente me derrumbe y llore.

Dulce niño mío,
dulce amor mío.

Tiene los ojos de los cielos más azules,
como si pensasen en lluvia,
odio mirar en esos ojos,
y ver una onza de dolor.
Su pelo me recuerda
a un lugar cálido y seguro,
donde como un niño me escondería,
y rezaría para que el trueno
y la lluvia,
pasaran de largo silenciosamente.

 

– ¿Te gustó? – Preguntó después de que su voz se había dejado de escuchar por unos segundos.  – Le hice algunos arreglos. – Aclaró – Pues originalmente fue escrita para una chica. Pero a mí me gusta para ti.

 

– Es preciosa… Le dije con voz adormilada.

 

– Como tú… – Aseguró y lo sentí dejarme un beso en la frente. – Duerme cachorro, me quedaré hasta que despiertes.

 

– Entonces no despertaré jamás…

 

Lo escuché reír y su risa me sonó tan arrulladora como su canción. También dijo algo como que sí debía despertar, porque aun íbamos a escribirnos nuestras promesas. Y quise responderle, porque al principio se había mostrado muy renuente a hacerlo, pero mis ojos ya estaban cerrados y su calor terminó por perderme.

 

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