Capítulo 13: Would you still love me the same?

WOULD YOU STILL LOVE ME THE SAME?

 

Si te mostrara todos mis defectos y ya no pudiera ser más fuerte para protegerte, que un semblante duro, si ya no pudiera complacer tus caprichos y no tuviera nada.  ¿Te quedarías conmigo? ¿Serias esa persona en la que podría confiar? ¿O solo dirías a adiós?

 

TERCERA PERSONA

 

Tan pronto pusieron un pie en el departamento, Han aventó a Deviant contra la pared, acorralándolo entre los cimientos y su cuerpo. Le había sujetado por el cuello de la camisa, y su pierna derecha se coló por entre sus muslos.

Deviant no pudo reaccionar con ligereza y para cuando cayó en la cuenta de lo que estaba pasando, Han ya se había apoderado de su boca. Mordía y chupaba sin cuidado sus labios. Era una caricia triste, arrebatada y feroz.

Como si pretendiera borrar el ligero sabor a licor y pecado que aun conservaban.

– ¡Han! – Le llamó con dureza, como si al regañarlo pretendiera menguar sus ansias. Mientras que con su antebrazo en el pecho del de cabello negro y ansias locas, intentaba inútilmente salvar algo de espacio entre sus bocas. – Han… – Repitió, aunque ya no con el mismo ímpetu de la primera vez.

– ¡Silencio! – Respondió el aludido, mientras apartaba el brazo de Deviant y volvía a amasar sus labios contra los ajenos, que se le negaban fríamente.

La respuesta tan punzante de Han, no fue bien aceptaba por el mayor de los Katzel, ni mucho menos, el cómo lo estaba tratando, entre jaloneos y mordidas que comenzaban a doler.

El problema residía en que Deviant estaba mal acostumbrado a ser él, quien dirigía la relación. Sin importar que, si él decía que era negro, entonces lo era. Y era algo en lo que Han había decidido ceder, sin importarle si eso le hacía perecer sumiso o alguien sin convicción. Él había estado dispuesto a ceder respecto a muchas cosas para que Deviant no sintiera presionado.

Le consideraba porque todo esto era nuevo para él, pero ese derecho que con tanto esmero le había entregado. Deviant lo había perdido esta misma noche en el momento en el que le había visto besándose con su hermano.

Y se lo haría saber a como diera lugar.

– ¡Suéltame…! – Ordenó Deviant, después de que de mala manera mordiera con fuerza el labio inferior de Han, hasta hacerlo sangrar.  – No me gusta de esta manera… ¡No vuelvas a hacerlo! – La molestia se le notaba hasta en la forma agitada en la que respiraba, de por sí, ya casi se sentía ahogarse por el poco aire que Han y sus besos violentos le dejaban respirar.

Esperó ver algún tipo de arrepentimiento o vergüenza en él, pero lejos de eso, el moreno le sonrió retador y limpiándose la delgada línea de sangre que escurría por su barbilla se fue sobre él y le mordió de la misma manera en la Deviant le había hecho.

La respuesta no se hizo esperar, el quejido de dolor y la manera con la que se removió con violencia intentando alejarse, fue el inicio de una voz que se quebraba suplicante para que se le liberara.

Y lo hizo, apartó sus dientes de sus labios y le soltó por completo. Deviant tenía la mirada cristalina y en cuanto se sintió libre, se llevó ambas manos a la boca, para tocarse la parte herida. Han le observaba detenidamente, conmovido por su reacción, pero sabiendo esconderlo bien. Deviant asustado, se limitó a rehuir esa mirada inquisidora.

– ¡Ve a la habitación y quitate la ropa! – Ordenó Han con aspereza y sin más se apartó de él. Pero sin quitarle del todo, la vista de encima. – Te alcanzaré en unos minutos.

Deviant se sintió en medio de una película de terror. De esas en donde la persona que te ha enamorado y te bajó el cielo con todas sus estrellas, resultó ser un maniático abusador. Que muy seguramente iba a encadenarlo en el sótano de su casa para tenerlo como un esclavo sexual. Y se arrepintió de haber aceptado ir al departamento de Han, en vez de al suyo, que era donde dormían siempre.

– ¡Han…! – Susurró mientras contenía el aliento.

– No me obligues a llevarte personalmente hasta el cuarto y que te desnude… – Amenazó con voz pastosa y monocorde. – Hoy en día no tengo ganas de ser paciente contigo.

– Han… – Sollozó. – ¡No quiero! ¡Por favor!

– ¿Acaso te pregunte qué era lo querías? – Le cuestionó casi gritándole, mientras lo sujetaba del brazo con la clara intención de arrastrarlo hasta la habitación. Deviant alcanzó a sujetarse de la esfera de la puerta, y se aferró a ella como si su vida dependiera de ello.

– Me iré a mi casa… – Lloró, y cuando Han regresó en sus pasos para obligarlo a soltarse, Deviant intentó golpearlo.

Pero lejos de su cometido, el moreno se adelantó a sus movimientos y de nuevo lo estampó contra la puerta, “aparentemente”, sin el menor de los cuidados. La sacudida le tomó por sorpresa, y el poco aire que conservaban sus pulmones, se le escapó tras el golpe. Tuvo que soltarse para sopesar su caída cuando sus piernas dejaron de sostenerlo.

¿Violencia? ¡Tal vez! Solo un poco… No era que Han estuviera lastimándolo realmente, era más la falta de costumbre, Deviant estaba perturbado y sentía miedo. Los nervios le traicionaron en cuanto sintió la rudeza de ese hombre que siempre se había desecho en atenciones por él.

– ¡No estoy jugado, Deviant! – Aclaró Han, acuclillándose frete a él, para quedar a su altura. Quien desde el piso, escondía el rostro entre sus manos, en un vano intento de ocultar sus lágrimas. Mismas que casi conmueven al moreno y lo hacen desistir. Pero los Katzel eran muy dramáticos y exageraban todo, eso el mundo entero lo sabía. – Ahora… ¿O vas por tu propio pie, o te llevó yo? – Deviant masculló algo ininteligible y Han lo presionó por ese lado. – No balbucees… y responde de una vez. – Mientras al otro se le iba el resuello, impidiéndole responder, Han decidió tomar su silencio como una negativa.

Sujetándolo de nuevo por el brazo, tiró de el con más fuerza de la necesaria, obligándolo a que se incorporara y avanzara a zancadas grandes hasta la recamara.

– ¡Me estas lastimando! – Gimoteó el rubio con tristeza.

– Y te lastimaré aún más si no te apuras… – Pero Han no dio su brazo a torcer. Aun si sabía que quizá se estaba excediendo en esto. Y que las consecuencias podrían ser desastrosas.

Deviant cedió y avanzó en silencio hasta que Han le metió en la habitación a empujones y cerró la puerta tras de él.

Al saberse solo, por fin pudo dar rienda suelta a su llanto. Nada de esto podía ser verdad. Esta persona tan pasada y bruta, no podía ser su Han, ¿Por qué le hablaba de esa manera? ¿Por qué le había tratado con tal falta de cariño? No le gustaba, nada de esto representaba al hombre que amaba.

Y refugiándose en la cama se abrazó a la primera almohada que encontró, mientras lloraba con desconsuelo. Pero tras unos segundos, cayó en la cuenta de que la cama no era el mejor sitio para estar en estos momentos. Así que incorporándose rápido, y sin soltar su almohada, se pasó al sillón de la salita y ahí se hizo bolita. Quería que todo esto terminara, quería irse de este lugar, deseaba que Han viniera a él y lo abrazara, pero no el psicópata que quien sabe qué hacía haya a fuera, sino el Han amable y tierno que le llenaba de besos el rostro y el alma misma.

Fue entonces que recordó el teléfono. Pediría ayuda, diría que lo tenían secuestrado y no pasaría mucho tiempo hasta que Damián le encontrara.

Soltándose de su almohada, comenzó a rebuscar entre sus ropas, el mismo celular que Han apagaba en ese momento y dejaba sobre la mesita de centro.

Le conocía de años, y a estas alturas del partido, podía adelantarse a cualquier movimiento de Deviant. El rubio se había vuelto predecible para él, podía leerlo casi como a la palma de su mano. Era por eso que loa amaba tanto.

No iba a lastimarlo, esa nunca había sido la intensión. Solo pretendía asustarlo. Dejarle en claro que él bien podría llevar las riendas de la relación y ponerlo en su lugar, si así lo deseaba. Demostrarle que no era un ingenuo o peor aún, su pendejo.

Ya lo había sido en demasiá en estos últimos meses, pero eso se había acabado.

Se deshizo de la levita y la dejó sobre el respaldo del sillón. Seguidamente se sirvió un poco de Wiski y lo bebió de un solo golpe. Sintió el licor quemarle la garganta, pues aunque trabaja como bar tender, no era muy dado a beber.

Suspiró con pesadez, y se volvió a revistarse de dureza.

Ya lo empezaste… no puedes retractarte ahora. – Se dijo así mismo. – Deviant debe respetarte… – Agregó.

El problema era que los Katzel no respetaban a nadie, incluso se lo faltaban entre ellos mismos.

 

DEVIANT

 

Esta persona era irreconocible para mí. Era el mismo rostro que tanto había observado con anterioridad, y sin embargo me resultaba ajeno, eran los mismos labios que me habían besado hasta el cansancio, pero tenían un sabor extraño, eran los mismos ojos que me miraban con ternura y amabilidad, pero ahora solo había fiereza y hostilidad.

En mi interior, sabía que se trataba del mismo Han que había crecido conmigo, el que me había cuidado y protegido desde entonces, y sin embargo; ahora estaba asustado de esta persona.

La puerta se abrió de pronto y él sin detenerse, entró y la cerró de nuevo tras de sí. Sus ojos me buscaron de inmediato y lamentablemente, no fui difícil de encontrar.

Estaba serio y avanzó hasta donde yo me encontraba y se detuvo justo enfrente de mí.

– Creo haberte dicho que te desnudaras… – Mi corazón saltó desesperado tras esas palabras. Todos y cada uno de nuestros encuentros, habían sido dulces y memorables. No quería que eso cambiara ahora.

– Han… ¡Hablemos…! – Le pedí casi suplicando. Pero él de nuevo se mostró indiferente.  – ¡Por favor!

– ¿Te quitas la ropa tú… o te la quito yo? – Preguntó con displicencia y me miró con impaciencia. – Te doy mi palabra de que no lo preguntaré de nuevo. – No me moví, no pude hacerlo. Y es que en el fondo no lo creí capaz de obligarme. No, Han no era ese tipo de persona. – ¡Como quieras! – Dijo.

Y más rápido de lo que hubiera esperado, me sujetó de los pies, y me jaló de los tobillos, obligándome a recostar la espalda contra el mueblé, mientras mis piernas quedaban al aire. Mismas que soltó, mientras se aventuraba por mis muslos hasta llegar a mi cadera y sin más, sujetó el pantalón y el cinturón y tiró de ellos hacía abajo para sacármelos.

La ropa cedió casi el al momento. Pero me dejó el ardor del quemón de la ropa, al friccionar contra mi piel. Los pantalones descendieron hasta mis rodillas y se fue contra mi ropa interior. Intenté meter las manos y cubrirme, pero de un manotazo me obligó a que las apartara.

– ¡Tuviste la oportunidad de hacerlo a tu modo! – Me regañó. – Sí la desaprovechaste, ese no es problema.

Mi vista se nubló de nuevo, y no me importó sollozar ante sus ojos.

– No me gusta esto… – Le lloré. Mientras de nuevo intentaba cubrirme, en esta ocasión usando la almohada que hacía unos instantes atrás, abrazaba. – No lo quiero así…

En vez de hacer lo que tenía pensado, me olvide de mi escasa ropa y fue mi rostro el que cubrí con la almohada. Era infantil, pero casi me deshice en llanto, me sentía triste y humillado.

Fue entonces que lo sentí acomodarse sobre mí y seguidamente su lengua húmeda repasó mi garganta, desde la base hasta mi quijada y sin quitarme la almohada, se las arregló para llegar hasta mis labios. Los que apenas y si probó, para justo después, seguir atormentándome.

Tomó mi camisa por el cuello y tiró de ella, como si tuviera demasiada prisa como para desabrochar uno a uno los botones. Después de que la tela se rasgará, la deslizó por mis hombros. Mientras me dejaba sentir como sus labios se abrían contra mi clavícula y la besaba. Bajando lentamente hasta mi pecho y de ahí de nuevo subió por mi cuello.

Miedo y placer, una extraña combinación comenzó a inundarme. Me dolía como me trataba pero al mismo tiempo, mi cuerpo comenzaba a reaccionar ante sus ásperas caricias. Su barba de un día me raspaba y al mismo tiempo me erizaba la piel.

Ahora lo sentía como nunca antes. El peso de su cuerpo sobre el mío, el calor que emanaba de su piel y que quemaba la mía. Su olor que de siempre me había parecido tan masculino y que ahora se intensificaba hasta embriagarme. Su aliento, su respiración casi tan errática como la mía. Era él, pero sin su ternura, sin la miel de sus palabras.

Y lloré aún más por ello. Porque si me enamoré de Han fue precisamente por estas cosas.

Por esas manos que pese a su masculinidad, me tocaban con suavidad, con la fragilidad impropia en un hombre. Por sus labios, que me saboreaban con devoción, por sus ojos que siempre parecían sonreírme, por su cuerpo que me satisfacía y al mismo tiempo, era mi escondite favorito. Y porque abrazado a él, sentía que nada ni nadie en el mundo podrían arrebatarme mi felicidad. Porque jamás, nunca nadie, me había tratado con la ternura con la que él lo hacía.

Y esta nueva realidad, me hería, porque en cada rocé me dejaba claro cuan molesto y decepcionado estaba de mí. Y eso dolía con una intensidad que no mengua. Que no da tregua.

 

HAN

 

Estuve tentado a detenerme en más de una ocasión, aun con mis labios recorriendo ese cuerpo que adoraba, estuve dispuesto a desistir con tal de que dejara de llorar. Era mi Deviant, mi vida. No soportaba verlo tan afectado.

Pero aún si mi mente dictaba una cosa, mi cuerpo se aferraba a esa piel que anhelaba poseer. Fui dejando besos cortos por su pecho, su estómago, me esmeré al llegar a su ombligo y degusté de cada centímetro de su vientre bajo.

La almohada con la que se cubría poco a poco se fue haciendo a un lado, hasta que finalmente cayó a uno de los costados. Deviant había cruzado sus brazos sobre su rostro, cubriéndoselo. Pero mientras sentía mi lengua y mis labios, chupando y dejando suaves mordiscos en esa piel de blanca de nube, arqueaba la espalda y se sacudía en espasmos ligeros.

La resistencia ahora era cosa del olvido.

No quise bajar la guardia y sin displicencias me deshice de su ropa interior. Y de paso terminé de sacarle el pantalón. Entonces, pude admirar y disfrutar de esa desnudez que me nublaba la razón.

De manera para nada cordial, abrí sus piernas y subí la derecha sobre mi hombro mientras besaba la parte interna de sus muslos. Deviant lloraba y gemía casi con la misma intensidad. Mordí su entrepierna y debió ser un dolor placentero, porque aunque se mordía los labios, me nombró mientras un gemido ronco y masculino se le escapaba de lo más hondo.

– ¡Detente! – Ordenó al siguiente segundo.

Y resultó que sus palabras desentonaban con sus acciones, su boca intentaba recuperar el control, pero su cuerpo me buscaba con insistencia, deseando sentirme cada vez más cerca. Prueba de ello, era la manera tan sugerente con la que se removía debajo de mí. Su necesidad superaba su voluntad.

Me acomodé entre sus piernas y me incliné hacía él para alcanzar sus labios. Los devoré con la misma ansia con la que mi cuerpo se movía sobre el suyo. Podía sentir su sexo duró contra el mío y deseé como nunca estar tan desnudo como lo estaba él. Pero debía tomármelo con calma.

El aroma de la fragancia que usaba se mezcló con el de su sudor, dándole cierto aire afrodisiaco, irresistible para mis sentidos. Pegué mí frente a la suya, ahora perlada de gruesas gotas de sudor que empapan los rubios mechones de su cabello.

La fricción entre nuestras partes más íntimas, se estaba volviendo un baile escandaloso y frenético. Nuestros hombrías se retaban, siempre deseando un poco más, embestidas un poco más profundas, un poco más de fuerza, un poco más de calor, un poco más de fundirme en  su piel… solo un poco más.

Deviant ahora solo jadeaba, mi corazón desbocado se aceleraba al ritmo de sus gemidos. Él era mi cronómetro, y cada uno de sus espasmos eran los segunderos que me marcaba el tiempo que le llevaría terminar. ¿Cuantos besos más? ¿Cuántas embestidas? ¿Cuántas caricias? ¿Cuántas miradas suplicantes de parte de la persona que más amo?

Solo una.

Bastó que se diera todo, solo una vez más, y tuve frente a mí, una de las imágenes más eróticas de mi vida. Mi hombre se corrió duro sobre nuestros estómagos.

Se sacudió con tal violencia, que incluso, casi termino aplastándolo, cuando me hizo perder el equilibrio. Gimió o más bien, gruñó de placer, deleitándome con esos ruiditos sensuales que hacía.

Hubiera querido disfrutar más de esa escena, pero mis propias ansias me volvieron insolente. Y se parándome de él, lo jalé del brazo, mientras lo obligaba a ponerse boca abajo.

Deviant estaba demasiado aturdido como para resistirse, su mente aún seguía borrascosa con los últimos asaltos de espasmos chiquitos de placer. Deslicé lo que quedaba de la camisa por sus hombros, pero sin llegar a sacársela por completo. Después lamentaríamos la perdida, pues era de sus favoritas y a mí también me gustaba como le quedaba y la forma tan adorable con la que resaltaba el color de sus ojos.

El mueble era pequeño para nosotros, así que primeramente anudé por detrás de su espalda, sus brazos a la altura de sus muñecas. Y después, tomándolo por la cadera, le obligué a levantarse y casi lo arrastré hasta la cama.

Pero el velo en su mente empezó a desaparecer y frenando sus pasos se resistió a continuar.

– ¡Ya basta! ¡Suéltame, Han! ¡Ahora! – Ordenó exacerbado de coraje, mientras intentaba zafarse las manos de mi nudo. – Su cuerpo rígido, sus ojos fríos mirándome amenazantes y sus labios ligeramente fruncidos, mientras se remarcaba su entrecejo contraído.

¡Adorable! Solo así podía describirlo.

Por supuesto que no esperaba que rindiera tan fácilmente, y esto era lo más deseaba. Que se resistiera, que me diera batalla. Si quería tenerme debajo de nuevo, tendría que ganarse ese derecho. Tendría que reducirme y doblegarme, de la misma manera en la que yo intentaba hacerlo con él. – ¿Qué esperas? – Bramó, mientras aumentaba la fiereza en esos ojos hermosos. – ¡Suéltame! Ni sueñes con que obtendrás más de lo que ya has tenido… – Soberbió y revestido de orgullo, intentaba intimidarme. Como si no supiéramos ambos, quien llevaba las de perder aquí, como si tras toda esa aparente molestia y hostilidad, pudiera ocultar su excitación.

– ¡Ya veremos! – Le respondí, mientras con fuerza lo empujaba hacía la cama. No iba a batallar con él. Y menos nos reduciría a palabras sin sentido. – Ya veremos…

Cayó boca abajo sobre el colchón. Y de inmediato, intentó alejarse gateando sobre la cama, pero con las manos atadas le fue casi imposible y contrario a lo que pretendía, le resultó contraproducente. Porque aproveché su posición, para sujetarlo con ambas manos por los muslos y lo arrastré de vuelta a la orilla de la cama. El tirón le obligó a recargar el pecho contra el colchón.

Deviant soltó un par de insultos que hacía mucho que no le escuchaba decir, era más que claro que no estaba para nada ajusto con esta situación. Y casi reí nervioso de pensar en lo mal que me iría cuando todo esto terminara y él no tuviera las manos atadas.

Pero deseché esos pensamientos, casi en cuanto cruzaron mi mente. Hoy… en esta cama, no había lugar para arrepentimientos de ningún tipo.

 

TERCERA PERSONA

 

Apenas y si logró acomodarse en un espacio pequeñito al borde de la cama, Han sentía como oleadas de calor lo invadían una y otra vez. Había esperado años por esto, y ahora que la oportunidad se presentaba ante sus ojos de la manera más tentadora. Las ansias y la excitación lo hacían mostrarse un poco indeciso sobre el cómo empezar.

Y sin embargo, cuando sus ojos negros se clavaron desbordantes de lujuria, en las preciosas y torneadas nalgas blancas y suaves de Deviant, una sonrisa indeleble se le dibujó en los labios. Todo rastro de indecisión desapareció. Y de forma indecorosa, le obligó a separar un poco más las piernas, para obtener una vista directa a esa parte tan íntima.

– ¡Detente ahora! – Ordenó Deviant y resultó que nuevamente estaba llorando.

Pero Han, escuchó algo muy distinto, y envolviendo con ambas manos esa piel de tentación, comenzó a masajearlas. Había cierta perversión, erotismo y sensualidad en esos toques, en la forma en la que las separaba y volvía unir, estrujándolas entre sus dedos.

Al tiempo que ambos se llenaban de sentimientos duales y contradictorios.

Han dejó temporalmente lo que hacía, para acariciar todo lo que tuviera a su alcance, de ese cuerpo que adoraba.  Entregándose totalmente, para darle amor y placer por igual. En cada nuevo roce o fricción buscaba cultivar en él su amor, excitando todo su cuerpo, sensibilizándolo. Buscando necesitadamente conectarse sexual y emocionalmente con él.

Hubiera querido hacerle saber que su intención no era tener relaciones sexuales con él, no, si Deviant no lo quería. Si no que únicamente pretendía amarlo. Verlo retorcerse, gemir y correrse. Sentir esa corriente de energía sexual recorriéndolos a ambos y unirse más allá del cuerpo.

Subió hasta su espalda, recargándose muy ligeramente sobre él y fue dejando un camino de besos por su cuello, su nuca y bajó hasta su espalda, siguiendo la línea de la columna vertebral. Deviant, temblaba de placer y coraje, pero el lenguaje de su cuerpo decía que lo estaba disfrutando más de lo que en su vida estaría dispuesto a aceptar.

La humedad de la lengua sobre su espalda baja, seguido de un leve mordisco, lo hicieron gemir. Han continuó descendiendo hasta el coxis y presionando con sus labios, besó, chupó y succionó sus nalgas.

Sus manos se habían apoderado posesivamente de los muslos de su amante, mientras ponía especial atención en estimular todas las terminaciones nerviosas de esa parte de su cuerpo. Caricias suaves, uno que otro pellizquito, lametones, y mordiscos no faltaron en esas preliminares que comenzaban a alargarse más de lo que Deviant necesitaba.

Porque sin importar lo que sus labios y su razón dijeran, él estaba más que nervioso e impaciente, con ganas locas de que Han lo masturbara. Pero contrario a lo que añoraba, este se alejó temporalmente de su cuerpo, no sin antes palmear con fuerza una de sus nalgas, dejando la marca de sus dedos sobre esta, y cogiéndolo por el cabello con más fuerza de la necesaria, levantó su rostro y se apoderó de sus labios.

Hubo un quejido de dolor y otra más de inconformidad ante el maltrato, mismo que terminó ahogado entre la batalla de saliva que sus lenguas sostuvieron desde el primer momento que se rozaron. Deviant demostró su molestia, prácticamente, comiéndose la boca de Han, pero este, recordándole quien mandaba en ese momento, volvió a tirar de sus cabellos, haciendo que echará su cabeza hacía atrás, y atacó su cuello, bajando por su mandíbula y de ahí hasta la base.

En esta nueva posición, Deviant había quedado de rodillas sobre el colchón, con sus manos atadas, no podía defenderse de las abusadoras que lo recorrían a placer, mientras esa lengua ajena recorría todas y cada una de las zonas sensibles de su torso desnudo. Mostrándose dominante y avasallándolo con esa personalidad desconocida hasta ahora.

Otro jadeo cargado, avergonzó terriblemente a Deviant, cuando Han cogió uno de sus pezones con suavidad, sin llegar a pellizcar, jugando con él. Lo había tomado con sus labios y evitando por completo sus dientes, lo apretó, succionó y giró, tocando la punta con su lengua e hizo lo mismo con el otro. Mientras Deviant se mordía los labios y las ganas para no gemir como quería.

Han se percató de esa altanería e intentando bajarlo a la realidad, envolvió el miembro erecto de su amor orgulloso, y comenzó a masajearlo con movimientos envolventes, de arriba hacia abajo y de regreso. Golpeando suavemente en la parte interna de sus muslos, le ordenó que se abriera de piernas.

Deviant se resistió a esa orden y como consecuencia, las caricias que tanto necesitaba, se detuvieron. Lloró de coraje y un juego de miradas severas se dio entre ellos. El rubio tuvo que comprender que Han realmente no continuaría si no le obedecía, así que con el rostro rojo hasta las orejas y una mirada avergonzada, se abrió un poco más.

Han siguió con sus movimientos envolventes, mientras que su otra mano se colaba por ese reducido espacio entre las piernas de Deviant y comenzó a masajear sus testículos y el perineo. Hacía pequeños círculos en esta zona, masajeando ese espacio sagrado, y enviando múltiples sensaciones que parecían querer llevar al límite al rubio. Que tal y como una vela encendida se fundía y chorreante se deshacía entre esas manos expertas.

– Es demasiado pronto… – Dijo Han, y anillando la base de su pene, le cortó lo que inminente se anunciaba.

– Eres un maldito… idiota. – Masculló Deviant y Han se limitó a sonreírle con cinismo. Mientras sujetándolo por la nuca, le obligaba a quedar boca debajo de nuevo.

Hubo otra palmeada fuerte sobre su trasero y luego otra más y el rubio sintió como se le entumían las nalgas y la piel le ardía. Amenazó con vengarse, pero cualquier cosa que dijera ahora, carecía de sentido.

Y sin embargo, el mutismo lo atrapó cuando Han colocó sus dedos alrededor, separándolas y acercando su rostro, le lamió con irrefrenable lujuria haciendo movimientos circulares. Mientras Deviant se deshacía de placer.

Bajando un poco más, su lengua humedeció el perineo, mientras una de sus manos, volvía a masturbar su hombría. Lamía y chupaba a placer, mientras su rubio se frotaba contra los edredones, ahora no solo su pecho, sino también su estómago estaba sobre el colchón. Pero mantenía las caderas en alto, permitiéndole a su amante que lo jugara como quisiera. Mientras que sin pudor, casi gritaba de placer, poseído por una extraña fiebre se apoderaba de todo su cuerpo.

Y de nuevo esa dualidad de emociones y sentimientos encontrados. Por un lado era excitante saber que Han le estaba trabajando el ano, que su lengua acariciaba, ensalivaba y lamia esa zona por demás intima. Por otra parte, también sentía que su pareja se rebajaba al hacerle esto, que estaba dejando de lado todos sus escrúpulos con tal de hacerle sentir un placer diferente. Pero al mismo tiempo se sentía débil, casi lo tenía a cuatro patas, obligándole a ofrecerle lo más oculto y hasta ahora prohibido que poseía. Exponiéndolo, dejándolo a merced de ser explorado en una postura en la que se sentía dominado.

Han no se contuvo en chupárselo, se lo mamaba y besaba como si tratara del más frágil tesoro. Lengüetazos largos desde sus testículos, el perineo, hasta llegar al coxis. Poniendo especial empeño en cada pliegue de ese punto llenó de terminaciones nerviosas, que estaban haciendo temblar a Deviant, quien balbuceaba cosas sin sentido mientras jadeaba contra el colchón.

Cuando estuvo satisfecho con la dilatación, cambió su lengua por su dedo índice y con la palma de la mano hacia arriba comenzó a dibujar círculos en un sentido y después al otro, siempre alrededor.

Deviant sabía perfectamente lo que estaba por suceder y en acto reflejo, cada fibra de su ser volvió a tensarse.

– ¡Por favor, Han! –Suplicó – No lo hagas… – Sollozó.

Pero el aludido no respondió, sino que con paciencia siguió masajeándolo y masturbándolo, hasta que su rubio volvió revolverse en espasmos suaves. Los movimientos circulares comenzaron a ir acompañados de leves presiones que aumentaron la excitación de Deviant, Han estaba al tanto de cada movimiento, por pequeño que fuese. Hubiese deseado poder mirar su rostro, pero se tendría que conformar con esto. Su rubio respiraba profundamente y su erección crecía al compás de esa mano bordeando su hombría. Han aprovechó esto y del primer cajón del velador sacó un frasco pequeño de lubricante, con el que se empapó los dedos y la entrada de Deviant.

Era todo un cliché, pero… ¿Acaso había un lugar mejor para guardar lubricantes y condones que el primer cajón del velador?

El primer dedo se abrió paso sin problemas aparentes, Deviant lo retuvo, mientras se quejaba, pero Han fue tras ese punto especial, aunque seguía haciendo movimientos circulares y entraba y salía con mucho cuidado, pronto un segundo dedo se le unió.

El moreno le tocaba de tal manera que socavó todo rastro de rebeldía en Deviant. Quien ahora parecía estar completamente a su merced.

Ya con tres dedos adentro, Han buscó una mayor profundidad. Curvándolos hacia arriba, como buscando su abdomen, no se detuvo hasta rozar ese punto que hizo gritar a Deviant, un bramido ronco y exquisitamente masculino.

– ¡H-han…! – Balbuceó y la siguiente frase dejó al moreno rendido ante su rubio. – ¡Así! ¡No los saques! ¡Hazlo así! – Alguien estaba reconociendo que esto le gustaba. – Desátame… – Pidió.

– ¡No!

– ¡Por favor! – Los dedos seguían entrando y saliendo con sumo cuidado, y Deviant cada vez más necesitado, buscaba a un ritmo más acelerado, clavarse esos dedos por el mismo si era necesario. – Házmelo… – Soltó de golpe.

Y Han se detuvo.

– ¿Qué has dicho?

– ¡Házmelo! – Repitió avergonzado pero seguro de sus palabras. – Si no me lo haces tú, te juro que saldré a la calle y me le ofreceré al primer idiota que se me crucé en el camino. – Amenazó tras ver la indecisión marcada en el rostro de quien hasta ese momento, se había comportado como el maldito más grande de todos los tiempos, y él jamás reconocería abiertamente, lo mucho que le ponía ver a su hombre tan dominante. – ¡Hazme el amor! – Repitió y Han deshizo el nudo que mantenía sus manos atadas, si esto era una bruma, quería que terminara de una buena vez.

Pero Deviant, apenas y si buscó ponerse boca arriba y tras tallarse tantito las muñecas, se acomodó por el mismo con las piernas abiertas, abrazando la cadera de Han.

– No me obligues a repetirlo de nuevo… – Dijo avergonzado y le desvió la mirada.

– ¿Estás seguro… de estar listo?

– Jamás voy a estar listo… ¡Me muero de miedo solo de pensarlo! – Aclaró. – Pero algún día iba a pasar… ¿Por qué no ahora? Hoy que has sido el más bruto e imbécil de todos… – Intentó mantener su seguridad, pero la verdad es que esta, ya se le había derrumbado.

Han se enterneció en sobre manera, que incluso olvidó por qué estaban haciendo todo esto. Y buscando sus labios, se dedicó a acariciarlos como prefería, con suavidad y tomándose todo el tiempo del mundo.

 

HAN

 

Mi mundo entero se reducía a este momento. ¿Cuánto tiempo esperé para tener a Deviant, justo como lo tenía ahora? Años…Casi dos décadas. El amigo de toda mi vida que había amado desde siempre. ¿Cuántas parejas tuve que soportarle? Perdí la cuenta después de la quinceava, aun si cambiaba de mujer como de ropa interior, me dolía verlo con la de “en turno”.

– ¿Qué sucede?

– ¡No lo sé! – Respondí, mientras me dedicaba a observarlo. – Supongo que lo imaginé de otra manera…

– ¿Nos imaginabas haciendo el amor? – Preguntó con fingido desprecio. – ¡Eres un pervertido! – Se burló, mientras una de sus manos subía hasta donde se suponía debía haber una barba, que él me obligaba a afeitar cada mañana, y empezó a hacer círculos con sus dedos. – ¿Lo imaginaste con champaña y velas rojas repartidas por la casa? – Quiso saber, pero aun reía, realmente, estaba interesado en el tema.

– Champaña, no… – Respondí en un hilo de voz, cuando sus manos empezaron a desabrochar mi camisa. Fue ágil en desabrocharla y bajarla por mis hombros.

– ¿Champaña no? ¡Eres tan tacaño…! – La ropa ya había caído en alguna parte del piso y ahora tomaba la camiseta por el dobladillo y me la subía para sacármela por el cuello. Mis ojos seguían fijos sobre los suyos, como hipnotizados por ese extraño brillo que desprendían.

– ¡Te amo, Deviant! – Solté y él dejó sus jugueteos para darme toda su atención. – Te he amado desde…

– ¡Lo sé! – Dijo mientras atrapaba mis labios y me besaba como solo él sabía hacerlo. En la justa medida entre el deseo y la ternura, con pasión e irreverente fanatismo.

Lo demás fue lo segundo mejor que me ha pasado.

Deviant se las arregló para sacarme los pantalones y por él mismo comenzó a frotarse contra mí. Su cuerpo previamente dilatado y excitado, me buscaba con desesperación.

Lo arrinconé en una contra esquina de la cama y me arrodille de tal forma que sus muslos quedaran contra los míos, mi peso contra el suyo le aplastaba y al mismo tiempo, le obligaba a separar más la piernas para mí, para permitirme un mayor acercamiento. Mis manos sobre el colchón intentaban hacer contrapeso y darnos cierta estabilidad. La izquierda me sostenía, la derecha un poco menos al haber entrelazado nuestros dedos.

Me dediqué a besarlo, a recorrer su cuerpo con mi lengua, mientras él se frotaba descaradamente contra mi sexo. Deviant gemía con voz a cuello y se removía insinuante, al tiempo que nuestros sudores se mezclaban. Cuerpo contra cuerpo.

– ¡Hazlo! ¡Te necesito adentro! – Dijo con una voz ronca, casi como un bramido. Su rostro sonrojado y la forma en la que se mordía los labios, me hizo sonreír.

Tuve que soltar temporalmente nuestras manos unidas y hubo un reproche por ello, pero ¡Vamos! ¿Lo quieres o no lo quieres?

Volví a su boca y él me recibió con apremió. Pude entretenerlo con eso, mientras con mi mano libre, dirigía mi virilidad a su entrada. Con movimientos circulares, sentí electricidad recorriéndome, pero fue Deviant quien gimió. Era placentero para ambos, él por todas esas terminaciones nerviosas, que con tanto esmero había despertado, y yo porque al estar tan húmedo debido al lubricante, sentía como si me estuviera masturbando el glande. Me movía despacio y cada cierto tiempo presionaba con suavidad. Pero Deviant se contraía y me impedía una entrada limpia.

– ¡Relajate! – Le pedí y presioné de nuevo, pero contrario a lo que pedí, se puso más rígido. – ¡Deviant, relajate!

– ¡Carajo, estoy relajado! – Me gritó.

Me reí. Y lamí su cuello, desde su hombro hasta su mejilla y de regreso.

Lo intenté una vez más y en esta ocasión, casi me deja entrar, pero terminó por hacerse hacia atrás, como intentando salvar algo de distancia entre nosotros.

– Deviant…

– ¡No te atrevas a volverme a decir que me relaje! – Amenazó. – ¿Me va a doler mucho? – Preguntó mientras buscaba mi mirada. Dudé sobre que responder y él se impaciento por ello. – ¡HAN! – Gritó.

– ¡Ya te escuché! – Me quejé – Si te digo no vas a querer seguir… – Esa fue mi estúpida respuesta. Deviant literalmente palideció. Y contuvo el aliento.

– ¿No pudiste mentirme? – Me reprochó. – ¿Qué te costaba decirme que no me va a doler?

– No te va a doler…

– ¡No te creo! – Ladeé los ojos, era imposible complacerlo.

– No me hagas ojos de huevo cocido… – Se quejó e hizo una expresión que me dio mucha gracia.

– ¡Devi, amor! – Le susurré mientras le dejaba un beso suave sobre su nariz. – No tengas miedo, voy a cuidar de ti. Voy a amarte bonito. Y no va a doler tanto si realmente te relajas.

– No necesito tus sermones… ¿Sabes?

– Eres imposible… – Se necesitaba de excesiva paciencia para estar con Deviant y yo no la tenía en este momento. Aprovechando que me reñía, entre de una sola estocada.

– Y tú eres… ¡AH! – Por supuesto que no iba a quedarme sin algún tipo de sanción. Deviant no dudo en clavarme las uñas en los brazos. – ¡MALDITO, IMBECIL!

– ¡Que romántico mi amor! – Le susurré al odio, mientras le lamia la oreja. Quería comenzar a embestirlo, pero no lo lograría sin lastimarlo. Cada musculo de su cuerpo se había tensado y la forma en la que su interior me envolvía, era asfixiante y deliciosa. – Romeo y Julieta se quedan pendejos a tu lado. – Me reí pero él no parecía estar de buen humor. Su rostro seguía contraído en una mueca de dolor y la forma en la que sus manos apretaban las mías, comenzaba a lastimarme. Quise acomodarme, pero él no me dejó.

– Te juro que si te mueves, aunque sea medio milímetro… ¡Te mato!

– Pues matame entonces… pero ya no voy a esperar.

 

DEVIANT

 

Inclinándose hacía mí, comenzó a moverse lentamente en mi interior. Mientras ladeaba un poco la cabeza, para besarme. Se lo permití, porque lo necesitaba. Porque esto dolía como el demonio y sobre todo porque me estaba gustando más de lo que debería.

Podía insultarle y decirle toda sarta de mentiras, así nos llevábamos, pero esto, superaba cualquier expectativa. Su lengua fue empujando contra la mía y ambas se batieron en una pelea por dominar la situación. Sabía que estaba tratando de distraerme de lo que sucedía abajo, pero sentirme dominado por Han, era más que excitante. Así que lo dejé guiarme.

Sobra decir que fue un proceso elaborado que realizó con exquisita ternura. Me estaba haciendo el amor de una manera que nunca había conocido, las emociones, sentimientos encontrados que me hacían derramar lágrimas y no sabía si eran de placer o dolor, porque lograba sentir ambas cosas al mismo nivel.

Por unos instantes, dejó mi boca y fue dejando toques suaves con sus labios por mi piel. Comenzaba a embestirme con más rapidez y al mismo tiempo me acariciaba de tal manera que anulaba mis fuerzas. Me tenía completamente a su merced.

No podía hacer ni pensar nada. Me enloquecía la forma en la que me chupaba y mordía el cuello, sabía que me dejaría marcas y lejos de molestarme, me excitaba aún más.

Nada de todo lo pasado se podía comparar con lo que Han me estaba dando. Y creo que puedo decir, que todo comenzó con él. Aquí mismo, en sus brazos, mientras me tomaba, pude sentir lo que es el verdadero sexo, esa sensación de entrega total.

La sumisión total, la confesión de todos los secretos de mi cuerpo hacía él. Mi hombre. La delicia de su sexo en mis entrañas.

Han iba alternando ritmos, a ratos me penetraba fuerte hasta casi hacerme explotar y justo antes de que sucediera, los hacía más suaves que aunque deliciosos, me alejaban de mi paraíso personal. Por momentos se movía en círculos y otras veces solo entraba y salía, en embestidas profundas o muy superficiales.

Me encendía a tal punto que podía escuchar el “Ting, Tong” de la campanas. Su calor me quemaba el alma, su sudor me empapaba casi como lo hacía su sexo en mis paredes internas. Él era como un cerrillo encendido, que se frotaba en el material inflamable que era mi cuerpo.

– ¡H-han! ¡Te odio! ¡Dame más! ¡Así! – Quizá debía de reconsiderar lo que le estaba pidiendo. Pero ya tendría tiempo para arrepentirme, ahora mismo solo lo quería todo de él, que nos compenetráramos hasta hacernos un solo cuerpo. Unirme a él de todas las maneras humanamente posibles. – No lo saques… ¡Mételo más! – Han jadeá como un animal salvaje, con su frente sobre la mía y su mirada en mis ojos, colocó sus manos delante de mis hombros y con sus piernas me empujó hacia arriba. De manera que quedara aprisionado entre sus brazos y su sexo.

– ¡Te amo! – Me susurró. – Te amo con mi vida…

– Y-y yo… también… también te amo.

Las embestidas cambiaron, en su nueva posición él tenía completo control de la situación. Lo sentí salir de mi interior, para justo después, entrar de golpe y hasta el fondo, de tal manera que nuestros vientres chocaron, lo repitió hasta que casi perdí la razón y tras cada impacto las sensaciones se intensificaban, mientras mi mente se nublaba.

Mi cuerpo temblaba bajo el suyo, mis muslos se tensaron y algo bajó por mi columna vertebral, obligándome a contraerme y arquear la espalda mientras Han se abrazaba a mí. Él profundizó aún más la penetración y mi placer se disparó incontenido. También me abracé a él, pasándole los brazos por el cuello y mis piernas alrededor de su cadera. Mientras gemía en su oído, preso de la más exquisita de las sensaciones.

Me contraje aprisionándolo en mi interior y Han terminó e un clímax prolongado y profundo que lo dejó completamente rendido sobre mí.

Fue extraña la sensación de sentirme llenó de él. Y aunque quiso retirarse de inmediato, se lo impedí.

– Solo un poco más… – Le pedí y me descubrí llorando de nuevo. Pero juró por mi vida que eran lágrimas de felicidad.

Han me abrazó y me acunó en su pecho como si fuese un niño. Me dejó sentir su calor y su amor. Para mí, esto había sido una experiencia fuerte a nivel emocional, y no sabía que deseaba más, si romper a carcajadas o en lágrimas. Él parecía entenderlo y fue mucho más dulce conmigo que como comúnmente lo es.

– ¡Ya todo está bien, Devi! – Dijo con dulzura, mientras me besaba la frente. – Intenta dormir, cariño. – Como por arte de magia los ojos se me comenzaron a cerrar, pesé a mi objeción, se retiró de mi interior y le escuché susurrar algo de que “cuando yo quisiera me lo volvía a meter”. Quise decirle que jamás, pero ya no pude y me dejé ir en sus brazos. El último arrullo fue su risa contra mi oreja y sus besos sobreprotectores.

 

GIANMARCO

 

Desperté con sus brazos y piernas en torno a mi cuerpo. Aferrado a mis prendas, buscaba la mejor manera de tenerme cerca. De sentirme.

En cuanto abrí los ojos, su rostro de niño apareció frente a mí. Mantenía los ojos cerrados pero esa sonrisa coqueta que tanto amaba verle, decoraba sus labios. No era de extrañar. Por lo general, siempre se despierta temprano, sobre todos los lunes.

Desde que era un chiquillo le emocionaban estos días, contrario a mí que casi los aborrecía. Samko en cambio, hacía un alboroto por la semana que empezaba. Tiene esa extraña creencia de que había que empezarla con optimismo, para que los siguientes días fueran buenos. O de lo contrario, una terrible maldición de negatividad, te atormentaría, como si una nube gris personal lloviera únicamente sobre ti.

– ¡Buenos días, mi vida! – Le saludé, mientras le dejaba un beso rápido en los labios.

– Buenos días, Lusso… – Canturreó mientras casi se avienta sobre mí. Lo que sí hizo, fue sentarse en mi estómago, y con los antebrazos sobre mi pecho, se inclinó hacia adelante para besarme.

Se lo permití, yo mismo también deseaba besarlo.

Sus labios tibios me acariciaban con mucho cuidado, por momentos, eran simples roces, iba dejando un camino de besos sobre mi boca, en otras las caricias se hacían profundas, y podía sentir su lengua intentando abrirse camino, pero se retiraba justo después.

– ¿Dormiste bien? – Le pregunté aun estando en su boca.

– Contigo siempre duermo bien… – Respondió sin dejar de besarme.

Sentí como lentamente resbalaba por mi abdomen y seguía descendiendo hasta que quedó sentado sobre mi hombría.

Cualquier otro día le hubiera detenido, hoy no.

Le dejaría el camino libre y no voy a negar, que me moría de ganas de ver hasta donde es capaz de llegar.

– ¡Eres adorable en las mañanas! – Le dije mientras lo sentía moverse sobre mí, en cadenciosos meneos circulares.

– ¡Nací siendo adorable! – Dijo sin una pisca de modestia. – ¿Qué puedo hacer? Uno tiene que aprender a vivir con estas cosas… – Agregó con parsimonia.

– Se nota que te cuesta tanto… – Ambos reímos, aunque por razones muy distintas. Él por mi sarcasmo, yo por su inexistente humildad, pero al final, reímos juntos.

Poco a poco fue incorporándose, hasta que las palmas de sus manos quedaron sobre mi pecho, me iba dejando sentir su peso y hacía de nuestras fricciones, movimientos pausados y profundos. Sentía mi respiración agitarse poco a poco. La excitación crecía debajo de mi ropa de dormir y aun si intentaba mostrarme sereno, tenía unas ganas locas de tirarlo debajo de mí y comérmelo completito. Mis manos en su cadera, comenzaban a buscar su piel debajo del pijama, mientras él se mordía los labios, desbordante de sensualidad. El cabello le caía en mechones rubios sobre el rostro y se movían al compás de sus vaivenes.

Samko no buscaba un mañanero. Únicamente jugaba conmigo, quería terminar de despertarme, y traerme durante todo el día, muerto de ganas por enrollarme en su cuerpo. Y a decir verdad, lo estaba consiguiendo con demasiada facilidad.

– ¡Quítatela! – Ordené y él obediente se sacó la camisa de franela. La piel blanca de su torso desnudo, me resultaba tentadora. Los músculos que se le marcaban a la altura del abdomen, eran por demás exquisitos y me deshacía por volver a remarcarlos con mi lengua.

No pudiendo soportarlo más, me estiré para alcanzar su rostro y dirigí sus labios a los míos. Samko se entregaba con delicadeza, repitiendo cada uno de mis movimientos, coqueteando con mi lengua y humedeciendo mis labios con los suyos.

– A las horas… estas muy pasional. – Le susurré y él solo buscó abrazarse a mí, acomodándose entre mis brazos. – ¿Qué sucede? – Estuve tentado a quejarme porque dejó de moverse, pero confiaba en que alguna buena razón tenía. – ¿Sam?

– ¿Te gusto lo de anoche? – Preguntó mientras recargaba su frente entre mi cuello. Lo sentí aspirar mi olor y dejarme un beso rápido que me erizó la piel.

– ¡Me encantó! – Confirmé.

– ¿De verdad?

– ¡Si! – Respondí. – ¿A ti no te gusto? – Quise saber.

– Me asustó un poco, pero fue mucho mejor de lo que imaginaba…

– ¡Lamento eso! – Le dije mientras besaba sus muñecas de manera alternativa, en efecto, ahí habían quedado las marcas rojas de la corbata. – La próxima vez… lo haré mejor. – Aseguré. – Por supuesto, solo si tú quieres…

– ¿Lusso…?

– Dime… – Dudaba y eso no era común en él, por lo general es de lo que dicen que más vale pedir perdón que pedir permiso. – Sabes que puedes hablar conmigo de cualquier cosa.

– ¿Hasta de nosotros?

– ¿Nosotros? – Pregunté confundido, pero tras un breve silencio de su parte fui atando cavos y sonreí, porque quizá ya sabía a qué se refería y porque le costaba tanto sacar a colación el tema.

– Sí… De nosotros también.

– Somos amigos… ¿no?

– ¡Sí! – Me limité a responder. Pensaba hacerlo sufrir tantito.

– ¿Buenos amigos?

– Sí, muy buenos…

– ¿Solo eso?

– ¿A qué te refieres?

– Si solo somos buenos amigos… ¿Está bien que hagamos cosas como las de anoche?

– Si ambos estamos de acuerdo, supongo que sí…

Estaba desesperándose, pero tampoco se animaba a tocar el tema directamente.

– ¿Los amigos normalmente hacen ese tipo de cosas?

– Eres el primer amigo con el que las hago.

– ¿Puedo ser el único?

– ¡Sí, si puedes!

– No eres bueno sacando conclusiones… – Se quejó y se deshizo de mi abrazó. – Iré a ducharme, se hace tarde para la escuela.

– ¿Has pensado que no es que no sepa “sacar conclusiones”, sino que más bien, me estoy haciendo el difícil? – Le pregunté mientras lo observaba levantarse, por supuesto, si él hubiera querido voltear, hubiera visto mi deslumbrante sonrisa, pero su paciencia no daba para tanto. – Tal vez, solo estoy esperando a que me hagas una proposición que sea lo suficientemente buena, como para renunciar a esta soltería que me atormenta… – Lo dije como fingido pesar y casi me carcajeaba. No me lo imaginaba pidiéndome que fuera su “novio”.

– Pensaré en ello… – Dijo mientras me mandaba un beso volado.

– Solo no lo pienses demasiado… No soy alguien, generalmente paciente.

Estábamos en esto, cuando Linda entró sin anunciar.

No era propio de ella, y al vernos en esa situación se incomodó muchísimo. Samko, apenas y si la saludo y sin más, se metió al baño, cerrando la puerta tras de sí.

– ¿Qué sucede? – Alcancé a preguntar.

Y lo que sucedía, era que Travis se estaba esforzando demasiado por arruinar mi felicidad.

Había hecho un alborotó, amenazando que si ella no venía por mí, entonces, él subiría y entraría sin importarle nada. Le pedí a Linda, que le dijera que me esperara en la oficina.

Apenas y si alcancé a darme una ducha rápida en el cuarto de invitados, y me vestí con lo primero que tuve a mi alcance. Cuando bajé, mi secretaría me esperaba al final de las esclareas, su expresión lo decía todo y resultó que no me animaba demasiado.

– ¿Y ahora que paso? – Le pregunté molesto. Ella me dedicó una mirada seria y frunció los labios, negándose a pronunciar eso que pensaba. De una cosa estaba plenamente convencido. Linda me apoyaba al cien por ciento.

– Vino anoche y subió para darte una noticia “importante”… – Explicó, y no se contuvo en mostrar su molestia. – Pero les escuchó… bueno, dejémoslo en que no estabas disponible. Y eso le molestó, no quiere al chico cerca.

– No es su decisión. – Recalqué. Mientras nos encaminábamos a la oficina. – Si Samko baja, encargate de que no escuche nada, lo llevaré personalmente a la Universidad. – Ella rápidamente asintió y no dudé de que lo cumpliría. – ¡Ah, también hay otra cosa! – Regresé sobre mis pasos, para volver a quedar frente a ella. – ¿Es mejor que yo escoja el anillo o que reservé la joyería solo para nosotros, para que él pueda escoger el que más le guste?

La pregunta era real, quería saber su opinión, pero ella se rio un poco incrédula.

– ¿Es enserio?

– Es él, Linda… Mi corazón me dice que es él.

Nunca la había visto descomponerse hasta ese grado, ni siquiera cuando se casó, o cuando mis dos sobrinos nacieron, que en realidad, para esas fechas, ella se veía siempre furiosa, aunque no duda que internamente fuera feliz.

Pero en esta ocasión, olvidó los formalismos que siempre había tenido para conmigo y me abrazó tal y como lo haría una madre amorosa, lo cual fue un poco extraño porque casi teníamos la misma edad.

En ningún momento me felicito ni me alentó a decir nada más. Eso era lo que más me gustaba de ella, ambos sabíamos cuando habíamos dicho suficiente. Simplemente me apretujó contra su cuerpo menudo y sin más me soltó, me acomodó la ropa y después me dio la espalda y volvió al pie de las escaleras. No sin antes decirme que era mejor que lo escogiera yo.

Travis era muy afortunado de tenerla, era una lástima que por dedicarse más de lo necesario al trabajo, descuidara a una mujer tan hermosa y pasional como ella.

En cuanto puse un pie en la oficina, mi hermano saltó a atacarme.

– ¿Te divertiste anoche? – El tonito hilarante me sacó de quicio. Me recordó a mi padre y sus constantes juicios para nada acertados, con respecto a mi sexualidad.

– Buenos días, también para ti… – Le respondí con sarcasmo y pasando de él, caminé hasta la silla detrás de mi escritorio y me acomodé. – Y contestando a tu pregunta, sí… Fue una noche increíble.

Su expresión de hastió me dolió un poco. Pero a estas alturas de mi vida, me repuse casi al siguiente instante.

– Tu cinismo es despreciable…

– Lo mismo que tu mal humor en las mañanas… – Respondí. – ¿Qué es eso tan importante que tienes que decir, que no puede esperar hasta el horario de oficina? – Él solo me sostuvo la mirada y por un segundo, realmente, sentí desprecio por él. – ¡Vamos, Travis! No tengo todo el día…

– Supongo que no… tu puta te espera. – Tras esas palabras, mi silla terminó estrellándose contra la pared de atrás, algunas cosas se regaron sobre el escritorio y otras más se rompieron al caer al piso, pero lo más importante, fue que mis manos quedaron entorno al cuello de mi hermano, a quien casi tenía contra el sillón.

Mi hermano, un hombre cabal y de conducta irreprochable, a quien  siempre había obedecido aunque sea a regañadientes y a quien ahora me atrevía a desafiar, con tal de que no le faltara a Samko.

– No vuelvas a llamarlo de esa manera… – Le dije, y contrario a lo que la situación dictaba, lo expresé en completa tranquilidad. – No me interesa tu opinión al respecto, no quiero que lo aceptes, pero sí que evites inmiscuirte. Jamás, escuchalo muy bien… ¡Jamás, vuelvas a intentar dañarlo! – Él me miró con los ojos muy abiertos, presa de la sorpresa. – ¿Te sorprende? ¿Acaso creíste que no me enteraría de la razón por la que Samko se fue, sin intenciones de volver?

Le había dicho que era una molestia para mí y que yo no sabía cómo deshacerme de él. Le echó otras tantas mentiras, y Samko ingenuamente le creyó. Por eso había tomado sus cosas y simplemente se fue.

Cuando le exigí una explicación del motivo tan precipitado de su partida, se negó a dármelo e incluso dejó de atenderme las llamadas. Le busqué en la escuela y me rehuía. Yo estaba completamente desesperado y sin saber qué hacer. Esos fueron malos días para mí.

Fue entonces que Linda lo averiguo todo y me pidió que le diera tiempo a Samko y que no le presionara. Que él debía meditar sobre estas cosas y reconocer que yo jamás diría algo como eso.

– ¡Suéltame, Gianmarco! – Pidió y se lo concedí, porque nada de esto tenía sentido. – Al final, no importa que haga. Él siempre vuelve… – Espetó de mala gana.

– Hago de tu conocimiento que formalizaré mi relación con Samko. – Travis casi palideció. Al parecer, la noticia no le emocionaba ni tantito. – Así que será mejor que cuides tus palabras para con él, si no quieres obligarme a hacer que te las tragues.

– ¿Formalizar? ¿Estás loco? – De nuevo la sátira en su voz. – Es un Katzel…

– Te apuesto mi vida a que te puede más el que sea un hombre… – Le dije molesto, mientras me alejaba de él. De quedarme cerca, realmente terminaría golpeándolo.

– Es un hombre y es un Katzel…

– ¿Qué con eso?

– Ya se te murió uno… ¿Acaso quieres…?

– ¡Callate! – Grité. – ¿Cómo te atreves a echármelo encara? No fue mi culpa que muriera. Yo jamás quise que esto pasara… y me he lamentado durante veinte años, como puedes seguir culpándome por eso. – La desesperación se había apoderado de mí, no lo soportaba, hubiera dado mi vida para que él no sufriera, pero no pude y Travis lo sabía, todos lo sabían. – Pero no voy a cometer ese mismo error, esta vez… ni tú, ni esta maldita empresa, va a quitarme a quien amo. Antes lo perdería todo, me quedaría en la calle… Pero no voy a dejar que lastimes a Samko…

– Lo que digas… pero primero resuelve esto…

Sacó un sobre blanco con azul y me lo aventó. No hice el menor intento por tomarlo. Era un mal presagió, hechos que se repetían ordenadamente y que desencadenarían un final desastroso. Lo intuí y casi podía sentirlo.

Mi menté se bloqueó. Y volví a mis diecinueve años, el dolor reapareció con fuerza, como si todos estos años, hubiera estado contenido en algún lugar de mí cuerpo y ahora se abrieran de par en par esas puertas, soltándolo todo de golpe. Tuve que recargarme sobre el escritorio, y Travis quiso sujetarme, pero me rehusé a su tacto. Todo me dio vueltas y sentí mi sangre abandonar mis venas.

– ¿Gianmarco? ¿Qué sucede? – Su voz alarmada me distraía del mareo y después de unos segundos, me sentí mejor.

No me gustaba revivir estos eventos, porque estaban cargados de dolor y de una culpa que los demás pusieron sobre mis hombros y de la cual terminé haciéndome responsable.

Su familia tenía mucho dinero, mucho más que nosotros. Mi padre era un socio minoritario del consorcio de la prominente familia Teese.

Era la tarde del diecinueve de mayo de 1996. Una fecha oscura que jamás olvidare, por el dolor que me produjo, que nos produjo a ambos. El sobre amarillo venía dirigido a mí, y al reverso, escrito a mano, el señor Teese había colocado mi dirección y nombre con todo y apellidos. Información que obtuvo de mala forma, del menor de sus hijos, Dylan Teese.

Lo que había dentro, cambió mi vida por completo, mi familia lo perdería todo, absolutamente todo, si yo me rehusaba a terminar mi relación con su hijo. Que era un año y seis meses menor que yo. Y sí, también era menor de edad.

Toda la información de los negocios de mi padre, venían ahí, y también un boleto de avión para volver a Francia esa misma noche. Era un viaje sin retorno, ese hombre no me quería ahí, y se aseguró que de una vez saliendo de Rumania, no pudiera volver, por lo menos, en los siguientes dos años.

Ese chico era lo que yo más amaba en la vida, nuestra relación, pese a ser jóvenes, sobrepasaba los seis años. Ambos éramos inquietos y testarudos. Nos conocimos en la escuela elemental. Le quise desde la primera vez lo que vi, y él me odiaba desde entonces, porque yo era el chico de mejores calificaciones en la escuela, pero terminé convenciéndole de que quererme era mejor que odiarme. ¡Que grave error! Tan grave que a él le costó la muerte y a mi casi veinte años de infierno y desolación.

Crecimos juntos, mantuvimos la relación en secreto y todo era perfecto, en año y medio, cuando Dylan cumpliera la mayoría de edad, nos íbamos a fugar. Empezaríamos por nuestra cuenta, alejados de nuestras familias. Teníamos los ahorros de seis años, nos amábamos. Era el plan perfecto, nada podía salir mal.

Fue estúpido pensar que sería así de fácil.

Me obligaron a terminar con él, debía hacerle creer que no lo amaba, que estaba a su lado por diversión. Herirlo lo suficiente para que no le quedaran ganas de buscarme. Esa parte fue muy sencilla, y eso aún me duele, porque pese a mis intentos, él jamás estuvo convencido de mi amor.

Lo cité en el lugar de siempre, era nuestro escondite secreto.

Como de costumbre, llegó tarde, traía galletas de las que nos gustaban y me sonreía con amabilidad, él siempre tenía una sonrisa para mí. Mientras más cerca lo tenía, sentía que mi convicción flaqueaba, no quería hacer esto, mi intención jamás fue dañarlo.

Un “ya no te amo” se me escapó de los labios y todo su buen humor se desvaneció en ese momento. Al instante los ojos se le llenaron de lágrimas y me preguntó si había hecho algo que me hiciera enojar. – ¡Ya no te amo! – Repetí.

Dylan asintió. No importaban todas las veces que yo le había dicho que le amaba durante esos seis años. No importaron nuestras estregas ni las horas y horas en las que nos amamos sin descanso. Bastó que dos veces le dijera que ya no lo amaba, para que olvidara todo y se creyera la mentira más grande de mi vida.

Nuestros padres escuchaban todo desde donde estaban escondidos, cerciorándose de que cumpliera con lo exigido. Ese día ya no pude volver a casa, me llevaron directo al aeropuerto de Alba Lula y me mandaron de regreso a Francia.

Dylan murió una semana después.

La noticia acabó conmigo, con mis sueños y la idea de recuperarlo algún día y finalmente huir muy lejos. Me dijeron que se suicidó, y viví con eso durante dos años. Culpándome y sufriendo cada día. Intenté alcanzarlo en seis ocasiones, pero parecía ser que la muerte no me quería. No importaba que hiciera, vez tras vez, terminé en el hospital. Y la última ocasión, llegué directo a psiquiatría.

Pasados mis dos años, volví a Sibiu. Fui a su tumba y lo intenté una vez más, sobra decir, que no lo conseguí.

Dylan no se suicidó, fue solo algo que quisieron hacerme creer para amargarme la vida y vaya que lo consiguieron. Él murió en un accidente de tráfico mientras intentaba huir de su casa, propiamente, de su padre. Si alguien lo mató, fue su padre, no yo.

– ¿Sabes lo que contiene ese sobre? – Habló mi hermano, sacándome de ensimismamiento. Miré el sobre y vi que era de un laboratorio. La vida podía ser muy injusta conmigo cuando quería.

Lo levanté del piso y mirando a mi hermano, me acerque hasta la máquina trituradora y lo metí ahí, del otro lado salieron las tiras de lo que antes era un sobre con información que no iba a leer.

– No me importa… – Le dije. – Ya nada me importa. Si debo perderlo todo y acabar con esta familia, lo haré. Pero a Samko, no lo voy a dejar.

 

SAMKO

 

No se necesitaba ser muy listo para saber que algo malo estaba pasando. Cuando bajé, Linda me esperaba para inmediatamente arrastrarme al comedor. Había desconcierto en su rostro y cierta prisa por alejarme del lugar donde se escuchaba el alboroto.

Primero únicamente se escuchaban voces enérgicas, regaños y amenazas esporádicas. Después todo ceso y de la nada, Gianmarco y Travis, porque estoy que se trataba de él, se gritaban e insultaban con voz al cuello.

– ¿Qué sucede? – Le pregunté y ella negó de inmediato.

– Hoy el desayuno será en la terraza… – Ofreció.

– ¡No tengo hambre! – Le dije con firmeza y me detuve en seco, impidiéndole que me siguiera arrastrando. – Te lo he contado todo, te considero una confidente con la que puedo hablar incluso de mis cosas más íntimas, como una amiga… ¿Por qué entonces, intentas ocultarme lo que pasa?

– Samko… – Se detuvo también. – ¡Solo sigo ordenes! – Sujetando de nuevo mi brazo, se dispuso a llevarme hasta la terraza. – Solo no le compliques más las cosas…

– ¿Le complico que…? – Debatí un poco herido por sus palabras. Ella se dio cuenta de lo que había dicho y rendida, se limitó a abrazarme.

– Te conozco desde que eras un niño… no hace muchos ayeres de esto. – Agregó con la ternura que siempre mostraba para mí. – Te quiero mucho, de la misma manera en la que quiero a Lusso, creeme si te digo que ambos te diremos lo que en realidad es necesario que sepas…

– ¿No necesito saber esto?

– ¡No! – Dijo – Pero cuando Gianmarco salga de esa oficina te va a necesitar. ¡Apoyalo!

– Siempre lo he hecho…

– ¡Lo sé! – Asintió y separándose de mí, me dio la espalda. Me mataba todo esto, el que siempre me dejaran al margen de las cosas. – No sé exactamente que sucede, Travis no quiso decírmelo, pero al parecer hay problemas, y él no quiere que estés aquí. – Explicó.

– ¿Gianmarco…?

– ¡No! – Me corrigió en cuanto entendió a lo que me refería. – Gianmarco es feliz de que estés aquí, me refiero a Travis. Él es “muy” como su padre, y ese hombre daño mucho a…

Estábamos en esto cuando la puerta de la oficina se abrió estrellándose con estruendo contra la pared. Ellos venían gritándose, Gianmarco apareció por el pasillo en dirección de nosotros y Travis le pisaba los pasos.

En cuanto Travis me vio, dejó de liarlo a él y se fue contra mí.

Dijo que yo era una desgracia para esa familia, que ojala Gianmarco nunca me hubiera conocido. Que yo era un cualquiera y que todos los Katzel éramos iguales. Y eso último me molesto muchísimo, pero justo cuando iba a hacerle frente, Gianmarco lo empujó contra la pared y le dio un puñetazo en el rostro.

Linda se abrazó a mí y yo me quedé de piedra plantado en el medio del pasillo.

– ¡Te lo advertí! – Gritó Lusso completamente colérico. – Te dije que no te atrevieras a llamarle de nuevo de esa manera… – Jamás le había visto de este modo y me asusté porque se veía casi tan agresivo como Damián, era como si se tratara de otra persona y no del Gianmarco que conocía de toda mi vida.

Travis le devolvió el golpe, y se armó un verdadero problema. Iban chocando con las cosas, tirándolas y rompiendo varias de ellas. Parte de la servidumbre y el chofer, intentaban separarlos, pero esos dos estaban demasiado enfrascados en su batalla como para prestar oídos.

De un golpe seco en el estómago, Travis cayó al piso.

– ¿Cómo te atreves…?

– ¿Cómo te atreves tú, a faltarme el respeto en mi propia casa? – Le interrumpió Lusso, mirándole de forma amenazante.

– No te he faltado a ti… – Rebatió, mientras lentamente se ponía de pie.

– Al tratar de esa manera a Samko me estas faltando a mí. – Agregó. – Es la persona que elegí. Y si no puedes vivir con eso, entonces no vuelvas a poner un pie en mi casa.

– ¿Lo estas prefiriendo a él? – Travis, estaba rojo del coraje y ahora se mostraba ofendido por las palabras de Gianmarco. – Soy tu hermano… y él, solo chulo al que no le importa estar en tu cama hoy, y en la de James o cualquier otro mañana. – Para mi gusto, estaba demasiado enterado de mi vida y eso hasta cierto punto me incomodó.

Lusso intentó írsele encima de nuevo, pero soltando a Linda, me metí entre ellos.

– ¡Ya basta, Gianmarco! – Le dije y señalé a Linda, ella estaba demasiado asustada. – No es bueno que se altere en su condición.

– Cuanto tiempo crees que va a pasar hasta que se encapriche con alguien más y te mande a volar… – Travis perseveraba en sus intentos de ofenderme, pero Gianmarco si me había escuchado.

– ¿Su condición? – Preguntó mientras la miraba.

– No soy yo quien debería decirlo… – Agregué.

Ella lloró y como por arte de magia, a Gianmarco se le bajo el coraje. Él amaba a sus sobrinos y siempre tenía espacio para uno más.

Lusso fue hasta ella y tras disculparse por lo sucedido, la abrazó.

Por supuesto Travis siguió diciendo estupideces, pero de él no me extrañaba y a decir verdad, tampoco me importaba. A pesar de las cosas malas que nos pasaba, la vida siempre nos daba una buena para ser felices, a pesar de la oscuridad.

Por supuesto que me iba a encargar que mi hermano se enterara de esto y entonces sí, Travis se iba a meter en un serio problema. Pero por ahora, decidí que lo mejor era unirme a los que si nos regocijábamos por un nuevo bebe.

Poco a poco se fueron acercando a felicitarla, tanto la servidumbre como el mismo chofer con el que siempre se peleaba. Era hasta cierto punto, muy curioso, pero yo les veía a ellos como de mi familia, a todos, salvo a Travis.

Observé la escena, casi conmovido, fue entonces que lo sentí abrazarme, sus brazos me rodearon y recargó la quijada en mi hombro.

– ¡Te amo! – Dijo y en respuesta busqué sus labios para besarlo. De nuevo era el hombre que reconocía como mío.

En la casa todos se enteraron y rodearon a la futura madre, de atenciones y palabras cariñosas.

Nosotros nos escabullimos porque ya se hacía tarde para que llegara a la Universidad. Obviamos el hecho de que Travis ya no se encontrara en la sala, aunque en el fondo, me molestaba un poco que no le emocionara saber que sería padre.

 

DAMIÁN

 

Su rostro pequeño se mostraba sereno, su respiración acompasada y sus manos que reposaban sobre mi estómago sujetándose muy ligeramente a mi camiseta, le daban un aire cansado y frágil.

Después de lo que pareció ser una eternidad, Ariel finalmente había logrado quedarse dormido. Justo cuando pensé que el episodio de lágrimas había pasado, él me sorprendió llorando de nuevo. Y continuó haciéndolo hasta que no pudo más.

Pesé a todos mis esfuerzos por calmarlo o si quiera distraerlo. No se detuvo hasta que el sueño le venció.

Y sí, me sentía miserable y un malnacido por haberlo tratado con tan poco cuidado. Debí suponer que mi actitud le afectaría en sobre manera. Pues obviamente no está acostumbrado a ser tratado con tan poco tacto.

A estas alturas de la situación, muchas cosas daban vueltas en mi cabeza.

Su seguridad era lo que más me preocupaba. Y el hecho de reconocer que él estaría mejor con cualquier otro, con el tipo de hoy o incluso con el imbécil de Axel, la sola idea me turbaba. Era como una llama de fuego que aplacer se encendía en mi interior, hiriéndome, quemándome, consumiéndome.

Pero también había algo igual de terrible o quizá más. Y me perturbaba en sobremanera, hasta el punto de mantenerme en vela, confundido y con la incertidumbre apoderándose de mis entrañas.

Es como si acabara de despertar y me descubriera en una cama ajena, y sosteniendo entre mis brazos, a alguien que de un día para otro parecía haberse apoderado de mi voluntad. De una paz que nunca existió pero que ahora llevaba su nombre en negritas y subrayado.

Lo observaba y la incredulidad me golpeaba más y más fuerte.

¿Era enserio? ¿Yo, que odio a todo el mundo…? ¿Con un chico? ¿Un niño? Alguien que a leguas se notaba que no solo somos distintos, sino también opuestos. Alguien con un pasado limpio que contrastaba contra el mío ennegrecido, cochambroso y lleno de telarañas.

No era posible… simplemente no podía sucederme, no a mí.

Ariel suspiró y se acomodó en ese momento acercándose más a mí, como escupiéndome a la cara que en efecto, esto estaba sucediendo.

A mí, al ser más testarudo y con medalla de oro al patán, desamoroso y vale madres más grande de todos los tiempos. El que se sentía dueño del mundo y altanero se presumía más libre que el viento. Ahora, un niño que aún esperaba que ciertas partes de su cuerpo terminaran de crecer… me había reducido a un gato gordo y flojo, que le fascinaba que le hiciera cariñitos, y cual domesticado y sumiso evitaba con pereza su naturaleza de cazador de ratas, para ronronear y deshacerse en los brazos de quien le cuidaba con tanto esmero. A la espera de su preciada lata de atún. El niño que sin mi consentimiento, me había atado al cuello un cascabel con una cinta roja, como seña de que a partir de ese instante, yo le pertenecía.

Estúpido… ¿no?

Pero este era el nuevo yo y mi lobo casi se carcajeaba, si pudiera, de mi lamentable situación. Y sin embargo, tal vez era un poco vergonzoso pero la idea no me desagradaba en lo absoluto. Ahora mis ojos le seguían a donde quiera que se moviera, mis brazos anhelaban sentir este cuerpo pequeñito entre ellos y mis sentidos le extrañaban en cuanto su ausencia nos castigaba. Añoraba sus sonrisas y cuando me entregaba su completa atención me sentía dichoso y afortunado.

Mi total ambición se había reducido a ese cielo de mirada. A esos labios gruesos y suaves que se habían vuelto mi platillo favorito y por los que, de haber muerto, volvería de la tumba con tal de degustar una vez más. Mi necesidad era ese olor fresco que desprende, ahora ya tan nuestro, que me embriaga y me adormece.

Algo había cambiado y podía sentirlo crecer en mi interior, algo a lo que no quería ponerle título por lo estúpido que se podría llegar a escuchar, pero que comenzaba a sentir con verdadera intensidad y que sin elección de mi parte, se había instaurado en mi pecho y en mis ganas mismas.

Algo que a gritos sordos pronunciaba vez tras vez su nombre solo para mi deleite. Algo que estaba trastornándome, pero que lejos de querer alejarlo o reducirlo, lo anhelaba en secreto aún más, con intensidad, quería llenarme de ese sentimiento, que me sobrepasara y me aplastara. Era como si todo mi ser dijera que era para esto para lo que había nacido, para él, para añorarlo, cuidarlo y tal vez… solo tal vez… para amarlo. Mis pensamientos se agolparon en mi mente tras ese pensamiento.

¿Amar? ¿Yo? ¡Pero por supuesto que sí! ¡Si! Y aunque se escuchara absurdo, no por eso era menos real. Algo en mí quería amarlo, necesitaba hacerlo, aferrarme a él, a su humanidad, como si de esa forma, yo también pudiera conservar la mía.

Su teléfono vibró en algún lugar de la cama, él no podría escucharlo, pero yo sí. Solo que debía estar en el piso o debajo de la cama, porque no podía divisarlo por ningún lado. Miré la hora en reloj que descansaba sobre el velador y del que recordaba haber apagado la alarma, hace más de dos horas.

Eran casi las ocho, la primera clase ya se la había perdido, pero no estaba seguro sobre si debía dejarlo dormir, o despertarlo para que asistiera a las siguientes.

Ha decir verdad, no sabía mucho sobre su carrera, salvo que le fascinaba y que los lunes, miércoles y viernes las materias terminaban hasta las dos de la tarde. Al final, opté por que lo mejor era despertarlo. Y que fuera él quien decidiera que hacer.

Haciendo a un lado los mechones ondulados de su frente, le dejé un beso suave, casi tierno. Y volví a asustarme por mi ahora también, nuevo comportamiento. Él no reaccionó, así que fui dejando un camino de besos por el puente de su nariz, hasta sus labios y me los comí con vehemencia. Mi dignidad podía irse por el tubo del caño, yo quería sus labios, los anhelaba.

Despacio, con un respeto que me dejaba sin aire, repleto de una ternura impropia en un ser como yo, los humedecí y chupé como si mi vida dependiera de ello. Hambriento de ese sabor exquisito de su boquita.  Hasta que entre sueños, Ariel comenzó a responderme.

Pese a mi empeño, él parecía olvidar a ratos lo que estábamos haciendo, y dormitándose de nuevo, dejaba de corresponderme. Entonces, yo me mostraba más fervoroso y exigente, hasta que sentía sus labios moverse contra los míos.

Esto también era nuevo, jamás antes había besado una misma boca, tantas veces, en tan poco tiempo. Ni siquiera a Deviant. Y fue necesario sentirnos más de cerca, al menos para mí… a decir verdad, fui el único en necesitarlo, porque él ahora se mostraba ajeno y poco interesado en mis caricias.

Y pese que no quería asustarle, terminé dejándole debajo, al tiempo que mis manos se colaban por debajo de la camiseta, hambrientas y necesitadas de esa piel de niño que tan recelosamente era resguardada por ese pedazo de tela de algodón. Mis labios en ningún momento abandonaron los suyos y sin embargo, Ariel seguía lapso sobre el colchón, respondiendo a ratos, durmiéndose a otros. Pero lejos de molestarme, me resultaba hondamente seductor, el que sin contemplaciones se mostrara tan descuidado ante mí. Con la guardia baja y permitiéndome tocarlo a placer, sin que exista en él la mayor reacción. Mientras que yo, de un segundo para otro, deseaba fundirme en su cuerpo, llenarlo por completo y deleitarme con la melodía de sus gemidos. Tan solo pensar en ello me ponía necesitado, como animal en celo.

Ariel volvió a suspirar, y en tanto y tanto, mis manos retrocedieron sobre su cuerpo, deseando acariciar esos muslos que ahora recordaba que estaban casi descubiertos. Y debo decir, que todo hubiera sido más fácil, si él no tuviera la costumbre de enrollarse entre los edredones.

Pero igual fui deshaciéndolo y palpando sus piernas que contrario a lo que imaginaba, eran firmes, pero tan suaves como todo su cuerpo. Cada cierto tiempo, las estrujaba como necesitando comprobar que eran reales. Y deseé estar entre ellas, sintiéndolas aferradas a mi cadera.

Quería más de esto, todo lo que fuera posible.

– Damián… – Susurró mi nombre y lo hizo tan bajito que por un momento creí que se trataba de mi imaginación, Ariel supuestamente me besaba, pero también me espiraba en el rostro dejándome sentir su aliento calientito al exhalar.

– ¿Puedo tocarte? – Pregunté y me sentí ridículo pidiéndole permiso, pero también sentía que no podría ser de otra manera. No me sentía capaz de faltarle en ese sentido.

Él aprovechó que había dejado temporalmente su boca, para girar el rostro a la derecha y lo recargo sobre la almohada, mientras sus manos se aferraban suavecito al edredón. – ¿Ariel? – Insistí. Y me fue tentador ver mi marca en su cuello. La forma de mis dientes había dejado un círculo de color rojizo en la piel suave y blanca.

No me resistí y escondí el rostro en esa parte, aspirando su olor a bosque, a flores de invierno y a copos de nieve. Su olor a río y a pinos y cipreses.

Besé mi marca y dejando salir mi lado más instintivo, mi lengua lamio desde la herida hasta su mandíbula. Porque resultaba que mi lobo añoraba tanto acariciarlo, como lo hacía yo. Bajé con un camino de besos, porque mi parte humana no iba a quedarse atrás.

– ¿Puedo quitarte la camisa? – Pregunté ansioso. Ariel tenía los ojos cerrados, pero su respiración era un poco irregular. – Ariel… – Le nombre, mientras dejaba otro beso en su frente.

– ¡Sueño…! – Balbució y comprendí que estaba más dormido que despierto.

Fue un golpe duro para mi orgullo de hombre. ¡Estaba dormido! En vez de estar jadeando y siendo él quien me pidiera que le tocara, rogándome porque lo hiciera, tal y como hacían todos y todas las demás.

Yo no le producía nada, Ariel no me deseaba. Y eso, de alguna forma me hería. Si no era capaz de despertar el deseo en la única persona que me interesaba despertarlo, entonces sí que era un completo perdedor. Un fracaso. Entregaría mi credencial de hombre y viviría en celibato.

– ¿Ariel…?

Ataqué de nuevo su cuello, bese con devoción sus labios, casi me restregué sobre él a tal punto que podía sentir mi olor opacando el suyo, y en cierta medida eso era bueno, el que oliera mí, debía ayudar a que nadie más se le acercara. Pero fue molesto que se negara a reaccionar, y quise enojarme, sentirme ofendido, pero no pude hacer otra cosa que reír. Iba a pagar todas mis culpas con este niño. Ahora lo entendía, mi karma había venido a saldar cuantas conmigo en la forma de un adorable y tierno jovencito.

En venganza, fantaseé con la idea de hacerlo girar por la cama hasta que sin remedio, se cayera al piso. A ver si de este modo, el muy cínico finalmente se despertaba. Pero tampoco me atrevía.

Y con eso mente, le dejé un tercer beso en la frente, pero contrario a los primero, fue ruidoso y húmedo.

No me detuve, hasta que sentí una de sus manos ascender hasta mis mejillas y siguió de largo para enredarse en mí cabello.

– ¡Damián! – Me nombró con suavidad. – ¡Que rico beso! – Comentó y yo me acomodé para mirarlo, por lo extraña que se escuchó su voz. Él me sostuvo la mirada y no importó lo mucho que se esforzó por sonreír, la felicidad no le llegó a los ojos.

El exceso de helado y la poca ropa comenzaban a cobrarle factura.

– Te daré todos los que quieras… si decides despertar. – Ofrecí y él en respuesta se talló los ojos con pereza, no importaba que, mi oferta no le había resultado tentadora. Y de nuevo me sentí mal por eso.

Pero tampoco se trataba de que estuviera molesto conmigo, contrario a eso, parecía vagamente feliz de tenerme aquí con él, pero su rostro denotaba ese aire de tristeza a la que lo había reducido con mi tonto comportamiento de anoche.

– Lamento mucho…

– No te atrevas… – Le interrumpí poniendo uno de mis dedos sobre sus labios. – Esa línea es mía, aquí el único que se tiene que disculpar, soy yo…

– No es así… – Me rebatió sin fuerza. – Yo debí hablar contigo cuando…

De un beso, de esos de los que te empañan la razón y te quitan todas las fuerzas, lo callé. Le di mi intensidad y mi arrepentimiento en esa caricia que empezó en sus labios y terminó de nuevo en su cuello, para regresar sobre el camino previamente trazado y finalizó en su frente.

– ¿Qué tal una ducha para que termines de despabilarte? – Ofrecí.

– Y-yo… estoy… completamente despierto ahora. – Dijo con la voz irregular, en su loco afán de responderme y respirar al mismo tiempo. – Pero si la acepto…

Y si no me burle de su expresión avergonzada y su rostro teñido de rojo, fue porque estaba casi tan agitado como él.

– ¿Caliente o tibia? – Le dije mientras le sonreía. Sus ojos herederos del color del cielo me miraron recelosos.

– ¿Es albur? – Dijo mientras me miraba coquetamente. – ¡Hirviendo, tal vez!

– No empieces algo que quizá no estás en condiciones de terminar… – Advertí. Ariel se limitó a reír y a esconderse debajo de los edredones.

Y sin embargo, sabía que no era que se encontrara de mejor humor. Únicamente intentaba no darle importancia a lo sucedido, aunque a él le importaba y mucho.

 

ARIEL

 

Salió de la cama, con dirección al baño.

A los pocos segundos, escuché el ruido del grifo y el agua que comenzaba a llenar la tina. Por supuesto que agradecí sus atenciones. Había mucha dulzura en él y era agradable después de lo que paso a noche.

A decir verdad, pensé que jamás volvería a tenerlo así de cerca. Que todo había terminado y que él me sustituiría pronto con cualquier otro. Había muchas dudas en mi interior. Miedos a los que me negaba, pero que golpeaban mi mente y sacudían mi corazón haciéndolo doler.

Haberlo visto tan enfurecido y gritándome, fue muy duro.

Casi tan duro como haber fingido que no sentía nada con todas esas caricias que me estaba dando. Y me sentí orgulloso de no haber sucumbido ante él, que era lo que realmente deseaba.

Todas esas partes donde sus manos me habían caminado me ardían. Y al ya no tenerlas sobre mis muslos o debajo de mi camiseta las extrañaba. Su lengua húmeda y tibia repasando mi cuello, sus labios sobre los míos besándome con tal frenesí. Con una violencia delicada, mientras me estrujaba entre su cuerpo. Haberlo sentido restregándose sobre mí, respirándome en el cuerpo, sintiendo su mejilla contra la mía y su rostro contra todo lo mío que tuviera a su alcance. Me provocó algo que nunca antes había sentido y creí firmemente que si en algún momento, hiciera esto con alguien, no se sentiría ni la mitad de bien, de cómo me sentí con él.

– ¡Hey! – Dijo sacándome de mi ensimismamiento y colándose entre mis sabanas. – El baño está listo, cachorro… – Cantó, pero se detuvo y me miró con aprensión. Sentía un calor recorriéndome el cuerpo y la sangre subir a mi rostro, no por verlo frente a mí, sino por haber rememorado con total libertad como me había tocado. Y de recordar esa voz tan varonil, pidiéndome permiso para tocarme. En ese momento quise aventarme hacía él, pedirle que lo hiciera de nuevo, pero contrario a eso, me limite a mirarlo. – ¿Te sientes mal? – Preguntó preocupado y su angustia casi me hizo reír, pero logré controlarme. Tanto mi risa como lo que estaba seguro debía llamar excitación.

– ¡Estoy bien! – Respondí con seriedad.

– Tu rostro está muy rojo… – Me rebatió y la palma de su mano cubrió mi frente, mientras la que le quedaba libre se dirigía a la suya. Normalmente las madres hacían eso para ver si sus hijos tenían fiebre, pero lo curioso es que mi fiebre no era por enfermedad y dos, Damián tiene una temperatura corporal muy alta, pero había descubierto que era normal en él.

Uno más de sus encantos, porque era delicioso dormir entre sus brazos, sintiendo ese calor que me protegía del frio de afuera.

– ¡Estoy bien! – Repetí y me senté en la cama.

– No lo sé… – Dijo pensativo. – Creo que mi oveja está enferma. – Agregó con ternura.

– Nadie se ha muerto por una simple calentura… – Agregué y le sonreí de medio lado. Quien diría que el lobito podía ser tan descuidado y que no se percataría del doble sentido en mis palabras. – Solo necesito bajármela con algo. – O alguien. Pensé.

– ¿Una pastilla?

– Si no hay algo más…

Sin decir más, me levanté de la cama y me dirigí al baño, a tomar esa ducha que aguardaba por mí.

Rápido me deshice de la ropa y me metí a la tina. El agua estaba deliciosa, en el punto exacto que prefería. También se tomó la molestia de deshacer el jabón líquido, así que había un llamativo baño de espuma. Me encantaba.

Recargué la cabeza en el borde la tina y cerrando los ojos, me acomodé para disfrutar de este momento. Estaba cansado y aun tenia sueño, los ojos me ardían y el estómago me dolía debido al exceso de helado.

– ¿Qué otra cosa puede haber para la calentura si no una pastilla? – Su voz a mi lado, me hizo brincar y abrir los ojos un poco asustado. Iba a reclamarle el que hubiese entrado sin avisar y el no estuviera respetando mi espacio personal, porque casi tenía su rostro sobre el mío, pero su expresión burda e irónica me hizo reír. – Estabas hablando en doble sentido… ¡No puedo creerlo! – Me acusó. Yo dejé de sonreír y lo miré con seriedad.

– ¿Yo? ¿Hablarte en doble sentido? ¿Por qué haría tal cosa? – Dije como quien no sabe la cosa. Y mi voz se escuchó tan sincera que incluso, casi me la creo. – No me gusta tomar pastillas tan temprano, hubiera preferido un té calientito pero supongo que mi abuela aún no se despierta y solo ella sabe dónde los guarda…

Damián me miró con suspicacia, pero al siguiente segundo, ya se había rendido y se disculpó por haberme acusado de algo que yo jamás haría… ¡Aja!

– Debo volver a casa… – Dijo mientras se sentaba en el borde la tina. – Hoy no podré verte para comer. Va a llegar un pedido grande que debo recibir en mi trabajo, y de ahí iré hacer unos cobros a la capital y saldar un par de cuentas… Tal vez golpeé a una o dos personas en el trayecto y después debo volver al trabajo a cumplir con mi horario.

– ¿Y para que él informe tan completo…? ¿No será que te iras a pasar el rato con alguien más y por eso tantas explicaciones? – Me reí y él termino imitándome.

– ¿Celoso?

– Simple curiosidad… – Respondí como si realmente no me importara. Pero la verdad, me desanimaba un poco saber que no le vería en todo el día.

– Despreocupate… – Agregó, mientras sus manos acariciaban mis mejillas con la clara intención de pellizcarlas, como si yo fuera un niño chiquito. – Eres el único…

– ¿Eso les dices a todos?

– ¡En efecto! – Respondió, el grandísimo cínico. – A todos les digo que tú eres el único…

– Sí, claro… Ya me siento especial… – Inclinándose hacía mí, me beso, obligándome a callar. Fue un beso rápido pero que me hizo sentir muchas cosas. – Si te digo todo lo que haré en el día, es para que sepas a donde te llevó cuando no vas de mi mano.  – Dijo con seriedad y señaló un lugar en su pecho a la altura de su corazón.

Esas palabras, aun si no eran verdad, me conmovieron a tal punto que sentí mis ojos llenarse de lágrimas. No fue apropósito, pero seguía sensible y el recuerdo de sus últimas palabras de anoche volvió a mi mente y me dolió de nuevo.

– Cachorro… ¡No! ¡Por favor! ¡No llores!

– Yo… no sé qué me pasa… – Le dije envuelto en un mar de lágrimas. Y como mínimo había perdido unos cinco años de mi edad actual por este comportamiento, realmente parecía un crio de trece.

Damián me abrazó sin importarle si le mojaba la ropa y yo me aferré a él cruzando los brazos alrededor de su cuello. Estaba siendo caprichoso, pero en verdad, le necesitaba cerca.

– No soporto verte llorar y menos cuando sé que es por mi culpa…

– Saliendo del trabajo… luego, lueguito… ¿Vas a venir?

– Pero salgo muy tarde…

– ¿Entonces cuando vas a venir? – Mi voz salió tan rota y decaída que incluso yo sentí lastima por mí… ¿Qué me pasaba? ¿Por qué me angustiaba tanto que se fuera y no tuviera noticias de él? Solo habían sido un par de días… ¿Estaré exagerando?

Damián se separó un poco de mí y envolviendo mi rostro con ambas manos, limpio mi llanto con sus pulgares.

– Saliendo del trabajo… luego, lueguito… Te voy a venir a ver. – Imitó mis palabras y después de asegurarme que vendría, me volvió a abrazar.

Una de sus manos se colocó por detrás de mi nuca y obligándome a ladear ligeramente el rostro, me beso de nuevo, alcancé a ver el momento justo en el que cerraba los ojos y por acto reflejo, lo imité.

Nuestras narices chocaron cuando Damián buscó una mayor proximidad, pero fui yo quien se arrodilló en la tina para poder alcanzarlo. Con su mano libre, lo sentí envolverme por los hombros y después su brazo descendió por mi espalda hasta mi cintura, y amarrándose alrededor me estrujó contra su pecho.

Mis manos se enredaban entre sus cabellos, mientras él me devoraba la boca. No había forma de que pudiera seguirle el ritmo, así que limitaba a dejarme hacer. Disfrutaba de esos labios posesivos que se amasaban contra los míos, chupándome, mordiéndome, amenazando con que al primer descuido de mí parte, su lengua entraría a mi boca y entonces quien sabe que pasaría. El aire, mi razón y la poca determinación que me quedaba comenzaron a escasear. Y aun así, pude detener el descenso lento que su mano había comenzado y la cual sostuve justo debajo de mi cadera. Damián tuvo el descaro de reír en mi boca y me sentí mareado porque cuando él se rio y yo me distraje y su lengua se abrió paso entre mis labios, atacando la mía que tímida no supo responder.

Lo sentí repasar cada extremo de mi boca, y enredarse en mi lengua, sentí su humedad y el sabor de su saliva. Buscando salvar algo de espacio y darle a mis pulmones un poco del aire que tanto necesitaban, solté su mano y coloqué las mías contra su pecho. No importa cuánto intenté empujarlo, solo logré cansarme más, porque no pude moverlo ni medio centímetro.

Realmente sentí que me ahogaba y aunque me avergonzó hacerlo, no me quedó más remedio que morderlo. Ingenuamente creí que eso lo apartaría. Pero mientras retiraba su lengua alcanzo mi labio inferior y lo mordió aunque no con demasiada fuerza, pero igual dolía.

Se hizo hacía atrás, pero sin soltarme y ahora fui yo quien tuvo que ir tras él.

– Si vuelves a morderme, te castigaré peor… – Amenazó con seriedad. Quise objetar, por supuesto que no me iba a quedar callado, pero en ese momento le vi sonreír y limpiarse las comisuras de sus labios, en donde habían quedado rastros de nuestras salivas mezcladas. – ¡Eso estuvo delicioso! – Me enojó que él estuviera apenas un poco agitado, mientras que yo continuaba mareado y casi jadeaba. Con suavidad volvió a dejarme sobre la tina y sus ojos de oro me recorrieron lascivamente. – Vendré en la noche por más de esto… y espero encontrar a una oveja obediente y dispuesta. – Intentaba mostrarse intimidante, pero su sonrisa le restaba puntos. – Otra cosa… – Agregó y esta vez sí se mostró serio y formal.  – Sea lo que sea que tienes con Axel, quiero que lo termines… – Su voz sonó estricta e inflexible –Y antes de que saltes en su defensa o en la eterna lucha de tu individualidad. Te aclaro que escuché cada una de las cosas que dijiste anoche, y aun si no estoy de acuerdo, voy a respetarlo en tanto me des mi lugar. No te estoy prohibiendo que tengas amistad con él, aunque si no tuvieras, si quiera eso con él, sería mejor para mí… Solo quiero que le dejes claro que tú estás conmigo y que si quiere conservar la cabeza en su lugar, más le vale mantener su distancia… ¿Lo comprendes?

Me incomodó un poco su tono enérgico y ese gesto tan mandón y dominante. Casi lo sentí como un regaño.

– ¡Sí! – Respondí. – Pero…

– ¡No! – Me frenó y levantando el dedo índice, hasta colocarlo frente a mi rostro, volvió a mirarme de esa manera tan amenazante. – ¡Sin peros, Ariel! Soy muy posesivo con lo que me importa, así que ayudalo a él y a todos los demás que pretendan acercarse a ti, hombres y mujeres por igual… No voy a hacer reparos ni a pedir explicaciones. No quiero que te toquen ni que te traten con exceso de confianza. – De nuevo quise reñirle pero me lo impidió. – Los golpearé hasta hacerles perder la razón y se van ahogar en su propia sangre. Después los desmembraré, los cortaré en pedazos muy pequeñitos y alimentare con sus cuerpos a las aves de carroña… Si estás bien con eso, puedes ignorar mis palabras.

Me quedé callado, como a la espera de que se riera o hiciera algo que me ayudara a comprender que todo había sido una broma de muy mal gusto. Pero Damián me mantuvo la mirada y algo en sus ojos me hizo creer que enserio lo haría.

Al darse cuenta de que ya no iba a pelearle nada, me dejó un beso en la frente y se despidió de mí, apenas y se lo escuché abrir la puerta de cristal y correrla de nuevo.

 

ERIKA

 

Lo busqué por toda la universidad. Sus cosas estaban en nuestro salón pero no había entrado a la primera clase. Eso era un poco inusual en Samko, él siempre ha sido muy responsable con sus estudios.

Salvo la última semana, que falto y pesé a que le dije que debíamos reunirnos para hacer el trabajo de equipo, me dejó sola con todo. Juré que me enojaría con él, pero terminé poniendo su nombre y enviando el trabajo por ambos.

Los busqué por los lugares que solíamos frecuentar, pero nada que daba con él. Estaba a punto de rendirme, cuando lo escuché reír del otro lado de los arbustos.

– ¡Maldito y sensual estúpido! – Grité como loca, mientras corría atravesando los arbolitos hasta salirle por el camino.

Samko dejó de reírse y fue como si de repente hubiera recordado que tenía un compromiso conmigo al que había jurado y perjurado asistir. Me hubiera encantado prestarle atención, de no ser que a su lado iba el hombre más guapo que había visto en mi corta y poco productiva, vida escolar.

– ¡Erika, lo siento! – Le escuché decir. – Le he olvidado por completo…

– Asunto olvidado si me lo das… – Le dije con seriedad, mientras señalaba a su acompañante sin poder apartar la mirada de esa otra, profunda e inquisitiva. Pero debo confesar que esos encantadores ojos castaños no se apartaban de mi amigo.

Sin embargo, tras mis palabras, me miró unos segundos y sonrió. ¡Dios! MI corazón latió desaforado.

– Creo que prefiero reprobar esa materia… – Respondió a la defensiva, siendo egoísta por no querer compartirlo conmigo. Y solo vi, tal y como en las películas, como Samko tomaba la mano de ese hombre en cámara lenta, muy lenta.

– ¡Es un trato justo! – Insistí y en acto reflejo, él entrelazo los dedos con el guapo y se recargó ligeramente sobre su hombro. Fue entonces que el más alto le paso la mano libre y lo atrajo a él…

– ¡No fue su culpa! – Dijo y debo jurar que hasta la forma en la que movía los labios al hablar eran sensual. – ¡Por favor, no se enoje con él! ¡La responsabilidad fue mía! – Y tras esas palabras se separó de Sam y de dio un paso al frente tomando la responsabilidad por la situación.

¡Qué hombre!

Llevé ambas manos a mis mejillas y señalándolas con mis dedos, exigí mi pago para dejar pasar lo sucedido. Samko rio porque a él siempre le exigía pagos de este tipo.

– Besa su mejilla y te dejará en paz… – Le dijo a su acompañante, quien de inmediato se acercó. Y ambos me besaron al mismo tiempo.

– Erika… – Le dije mientras le extendía mi mano para saludarlo, una vez que el beso, tristemente terminó.

– Gianmarco. – Soltó y con una gracia sin precedentes tomó mi mano con suavidad y delicadeza, enredó sus dedos en torno a mí palma y girándola la llevó hasta sus labios y dejo un beso.

Quien sabe que expresión debí haber puesto, pues ambos rieron, no en burla, pero sin quitarme los ojos de encima.

– Erika, él es Lusso… – Confesó mi amigo mientras se encogía de hombros y todo cuadró en mi mente. Con razón Samko estaba loquito por él, hasta yo lo estaba ahora.

– ¡Oh! – Exclamé un poco sorprendida. Samko me había comentado algunas cosas sobre ese tal Lusso, que tanto quería. Por lo menos, las más importantes, Francés, millonario, mayor que nosotros y soltero. Sin poderme contener, empecé a caminar alrededor del susodicho, mirándolo de arriba abajo.

– ¿Qué sucede? – Pregunto Gianmarco.

– Está evaluando la mercancía. – Me reí por la expresión de confusión en el rostro del mayor, quien aunque sabía que pronto cumpliría cuarenta, la verdad es que no los aparentaba. – Quiere saber si invertí correctamente. – Una vuelta completa más y con mi pulgar hacia arriba le di el visto bueno. Muy bueno.

– Con razón te traé loco… – Le dije y por primera vez, miré a mi amigo avergonzarse. Mientras su Lusso, se reía ampliamente y lo abrazaba de nuevo.

– ¿Así que te traigo loco? – Bromeó.

– ¡Basta! – Dijo intimidado.

El momento se volvió demasiado íntimo y me sentí una espectadora morbosa, pero jamás, por nada en el mundo me perdería semejante escena. Había una tensión sexual cómoda entre ellos, como si ambos estuvieran a punto de explotar. Una extraña mezcla de profundo deseo y sentimientos a flor de piel.

Mi amigo se dejó hacer mientras su Lusso envolvía su rostro con sus manos y lo besaba. Eran un par de desvergonzados, los pasillos de la universidad, estaban cada vez más llenos y a ellos poco o nada les importaba. Presumían lo que se tenía, ambos sintiéndose muy orgullosos del otro. Al menos, eso era lo que a mí me hacían sentir.

Y me alegraba tanto por él, Samko se merecía a alguien que le mirase tal y como Gianmarco lo hacía, yo estaba enterada de James y desde entonces supe, que no era una buena opción para él. Pero este Lusso guapo, tierno y juguetón, sí que lo era.

Cuando se separaron el mayor dejó besos regados en el rostro de Samko.

– Debo irme… – Anunció y volviendo la mirada a mí, cortó una florecilla de entre los arbustos y me la ofreció. – Ha sido un placer conocerte Erika. Espero que pronto volvamos a coincidir, mientras tanto, te pido que le cuides por mí… – Internamente sentía que me pondría a gritar, de estos ya no había muchos hombres o peor aún, quizá este era el último sobre la tierra. Y me sentí como quien observa a una especie que está a punto de extinguirse.

– ¡Lo haré! – Aseguré mientras aceptaba la flor. Él volvió a acercarse y me dejó otro beso, ahora un poco más debajo de la mejilla. – No me provoques… – Amenacé riendo y él me imitó. Pero de nuevo centró su atención en Samko.

– ¡Te veo en casa, mi vida! – Le dijo y mi amigo se pasó los dedos por sus rubios mechones, al parecer, a alguien le estaba costando despedirse.

– Me daré la vuelta para darles privacidad… – Les dije y de nuevo los escuché reír.

Gianmarco le susurró algunas cosas que no entendí en su sensual idioma de cuna. Fue como como una cancioncilla erótica, o era que para mí, todo lo que ese hombre hacia o decía era carnal.

– Puedes mirar si quieres… – Agregó, ahora si en nuestro idioma, y volteé justo en el momento exacto en que le devoraba la boca a Sam.

– ¡Claro! Coman pan delante de los pobres… – Me quejé y aun que se rieron, ese beso continuó hasta que respirar fue vital y solo tomaron un poco de aire, volvieron a unirse. Gianmarco lo sujetaba con fuerza y podría jurar que de no estar aquí, ya lo hubiera arrinconado contra la primera cosa sólida que encuentre.

– ¿A qué hora sales? – Le preguntó aun sobre su boca.

– Alas dos…

– Intentaré ser paciente… – Agregó Gianmarco, muy poco convencido.

Compartieron unos cuantos besos más, pero ahora tiernos y sin lengua, hecho que parecía casi imposible para un Francés. Hasta que finalmente se separaron y Gianmarco salió disparado de la Universidad, sin voltear atrás, Samko tampoco lo hizo.

– Me lo vas a contar todo… – Exigí y él a penas y si alcanzó a asentir. – Pero primero, necesito que nos pongamos a trabajar en el siguiente proyecto.

– No tengo mi libro… – Dijo él. – Veras que lo he dejado en el departamento, apenas hoy lo he notado… ¿Me acompañas a buscarlo?

– ¿Pero que tal si él está ahí? – Pregunté refiriéndome a él. – ¿Esas marcas que tienes él te las hizo cierto? ¡Siempre supe que era un imbécil!

– Erika… ¡Es mi hermano!

– Y es un imbécil…

 

DAMIÁN

 

Tan pronto como llegué a “mi casa” la manada se reunió para darme la bienvenida. Les había descuidado un poco pero comprobé de buen agrado que todos se encontraban bien.

Apenas y si me di un ligero baño, me cambie de ropa, cosa que me hubiera valido lo mismo no hacer, pues escogí exactamente los mismos colores, y me dirigí hacía mi primer objetivo. Un departamento modesto en el centro de la ciudad, ubicado a espaldas de Piata Mica. Me tomó menos de una hora de camino entre el bosque y cuando llegué, subí por las escaleras contra incendios.

La ventana estaba entreabierta, lo normal de quienes viven en el último piso de un condominio de tres. Desde afuera sentí el aroma a pan tostado y café. Subí por completo el cristal y con algo de dificultad me adentré en el departamento.

Lo de siempre. Fue incómodo aceptar que reconocía a conciencia cada cosa en ese lugar, así como sus costumbres y manías.

Ha saber, la cafetera estaba encendida sin ya nada con que trabajar. Caminé hasta el área abierta de la cocina y me estiré sobre la barra para apagarla. La toalla mojada caía a medias sobre el cojín del mueble y a medias sobre el piso. Igualmente la levanté y la extendí contra el respaldo. El plato y vaso de la cena de anoche quedaron sobre la mesa, con la silla corrida.  Al igual que otro juego que descansaba del lado izquierdo de la mesa y que parecía intacto. Su cita le había fallado de nuevo o tal y como era su costumbre, había puesto todo esto para mí, así como lo hacía cada domingo a la espera de si venía.

Sentí un poco de lastima por él. En algún punto debió entender que para mí no era más que un culo dispuesto. Un cuerpo en el cual enredarme cuando hacía demasiado frio, inclusive para alguien como yo. Era bueno para el sexo, eso no iba anegárselo, pero de ahí en fuera no era más que compañía vacía.

Y ahora, también representaba una amenaza para la seguridad de quien si me importaba.

La puerta del baño se cerró, el olor de su pasta dental me llenó las fosas nasales, el shampoo y el jabón en su cuerpo, seguían fuertes, pero la menta sobresalía, opacándolos. No hubo necesidad de esconderme, después de todo, mi intención era que me viera.

Distraído como de costumbre, venía en vuelto en una bata de baño, cruzó casi a mi lado sin percatarse de mi presencia y fue hasta la cocina. Se dispuso a apagar la cafetera y resultó que no hubo necesidad de tal cosa.

Era como un deja vu, inmediatamente su mirada viajo hasta la toalla y la descubrió tendida sobre el respaldo, de ahí sus ojos buscaron en silla en el comedor y la encontraron perfectamente acomodada. Su mirada divagó ahí unos segundos y pude sentir su ansia y el nerviosismo creciendo en su interior.

– Dicen que los viejos hábitos son los más difíciles de quitar… – Susurré, él me miró fijamente. Su rostro estaba entre muy asustado y muy aterrado.

Caminé hasta el centro de la sala, mostrándome por completo a él.

– ¡Ven aquí! – Ordené y señalé algún punto frente a mí.

– Yo…

– NO ME HAGAS REPETIRLO… – La dureza de mi voz le hizo rendirse y a paso lento comenzó a venir, solo por diversión, diré que no vi cuando tomó el cuchillo para pan y lo guardó entre su ropa.

– ¿Qué haces aquí? – Cuestionó con zozobra.

– ¿Por qué la pregunta? ¿Acaso no fuiste tú quien me invito a venir? – Mi voz bajó varios tonos y casi sonó casual. – Vine para tener el mejor sexo de mi vida… amorcito. ¡Muero por enterrarme en ti! – Él temblaba ante mí como una hoja de papel. – Mi preciosa mariposa…

– Damián… yo.

Terminó de aletear hasta llegar a mi lado. Él realmente tenía la habilidad de hacerme sentir como un coleccionista de mariposas. Se mostraba atractivo frente a mí, por supuesto, este era un requisito indiscutible entre mis amantes, pero Jonathan me ofrecía algo que los demás no habían hecho, quizá porque nuestros encuentros no pasaron a más de una vez, o por lo que haya sido. Él me daba su completa sumisión, el terror que sentía por mí y esa extraña admiración. Se había vuelto a dicto a mi forma de darle sexo y estaba dispuesto a todo con tal de tener mi completa atención, algo que nunca logro, ni siquiera cuando se contoneaba frente a mí o intentaba tragarme por completo.

– Alguien se ha portado muy mal últimamente… – Canturreé y de nuevo tembló mientras palidecía frete a mí.

– ¡Lo lamento mucho!

– También yo… ¡Lo juro! – ¿A quién quiero engañar? Lo tomé por el cuello de la bata y lo estrellé de frente contra la pared. No alcanzó a meter la mano y si lo hizo tampoco sirvió de mucho. – Tu existencia se ha vuelto un problema para mí…– Sentencie y en ese momento el sacó el cuchillo y atacó mi muñeca.

Estaba a la espera de que lo hiciera, así que el resultado no fue lo que él esperaba. Pero alcancé a quitárselo y lo aventé lejos. Volví a estrellarlo contra la pared… ¿Cuántas veces? No lo sé, perdí la cuenta o en realidad, nunca la llevé, pero lo que antes era un blanco pulcro comenzaba a salpicar de sangre. Él balbuceaba cosas a las que no le puse atención. Pero casi se había vuelto peso muerte, al que podía sacudir como quisiera.

En una de tantas cayó de espaldas contra el piso. Su rostro estaba cubierto de sangre y lágrimas, el olor era grato. Casi me sentí tentado a lamer alguna de sus heridas.

– ¡D-detente! ¡Por favor!

– No quiero que te le vuelvas a acercar… – Comenté – y si llegaras a verlo por el camino, vas a cambiar de acera con tal de no estorbarle… ¿Esta claro? – Mi pie contra su cuello le impedía respirar con normalidad y ni mencionar que estaba presionando con verdadera fuerza. Matarlo era una idea que me atraía, pero sería un desperdicio deshacerme de ese intento de hombre, que pese a la violencia y el dolor, no podía ocultar su excitación.

– E-es solo… solo… un niño…

– Es MI niño… – Recalqué – Y no te quiero cerca de él. – Le di una patada en las costillas y se dobló con dolor en el piso. Se atragantó con su propia sangre y la escupió por la boca. Lo repetí un par de veces más, por el simple placer de hacerlo sufrir y verlo retorcerse en el piso como la vil cucaracha que era.

La puerta sonó y una voz femenina se escuchó del otro lado de la puerta.

– ¡Ah que lastima! ¡Nos estábamos divirtiendo tanto! – Le dije con cierta desilusión. Jonathan ya no estaba tan consiente y se lo estaba, no faltaba mucho para que se desmayara. De nuevo los golpes sobre la puerta me distrajeron, el tiempo sé me acababa y debía irme antes de que me viera inmiscuido en este asunto. – De esto ni una palabra a nadie… – Amenacé y volví a sujetarlo por el cuello de la ropa para que me miraba, cosa que no hizo, porque parecía no poder enfocar con claridad. – A quien te pregunte le dirás que te asaltaron. Si me entero de que dijiste otra cosa, no tendré la misma benevolencia de hoy. – Lo dejé caer y me di la vuelta con la clara intención de irme, pero volví sobre mis pasos. – Ha, y no dejes encendida la cafetería, es peligroso amorcito… – Le dije antes de escabullirme por la ventana.

 

ARIEL

 

El profesor estuvo tentado a no dejarme pasar, pero Bianca salió a mi rescate, y entre los dos lo convencimos.

Igual me llevé un buen regaño, pero pude quedarme el resto de la clase. Bianca me incluyó en su equipo de trabajo y pudimos terminar rápido. Esporádicamente sentía la mirada pesada de Axel, pero cada que le sostenía la vista recordaba las palabras de Damián y tras esto, la desvía de él.

Estaba molesto, de eso no me quedaba duda.

Mi amiga me codeó despacio para que pusiera atención a la explicación que se estaba dando y simplemente asentí. El resto de la clase miré al frente, pero no escuché ni una décima de lo que se dijo. Estaba cansado y mi mente ausente.

– ¿Ari…? ¿Qué sucede? – Bianca me sacudió sacándome de mi ensimismamiento.

– ¡Nada!

– ¡Te ves desinfladito! – Se sentó más cerca y palmeó sus piernas. Inmediatamente recosté la cabeza sobre estas, y ella comenzó a acariciar mis cabellos, peinándolos con sus dedos. – ¿seguro que todo está bien?

– Solo estoy cansado…

– ¡FUERA! – Dijo una voz enérgica y no tuvimos que voltear para saber de quien se trataba. – Voy a hablar con él… ¡Vete, por favor! – Agregó intentando sonar un poco menos déspota.

– ¡Ahora no, Axel! – Le dije con apatía. Y tomé la mano de Bianca que había quedado colgada sobre mi hombro y me abrecé a ella. Estaba cómodo y su compañía me era grata, no iba a renunciar a esto por él.

– ¿Entonces cuando? – Vociferó sin importarle que no éramos los únicos en el salón. Esta era la parte de él que más me exasperaba, no soportaba que me regañara como si fuéramos un apareja con muchos años de casados. – Te estuve llamando todo el puto fin de semana.

No lo vi venir, ni mucho menos me lo esperaba, pero en un salto estuve de pie y haciéndole frente le empujé contra las sillas. Axel era más alto y con más cuerpo que yo, pero aun así lo hice retroceder.

– ¿Quién te crees que eres para hablarme de esa manera? – Le grité. El silencio se hizo denso. Todos dejaron de hacer sus cosas para mirarnos. La expresión de Axel denotaba sorpresa y Bianca detrás de mí, intentó detenerme. – A la segunda llamada, si no te conteste debiste comprender que no me apetecía hablar contigo.

Algo en mi interior hervía, no era normal y me distrajo lo suficiente para olvidarme de todos ahí. Este no era yo, pero sentía unas ganas inmensas de golpearlo, las manos y el cuerpo mismo me temblaba de rabia.

– ¿Es esto lo que te enseña? – Me cuestionó irritado, pero fue la forma en la que me sujetó por la muñeca lo que me hizo reaccionar. – ¿Ahora también vas a portarte como un bastardo incivilizado como él?

Tal y como había sucedido anoche cuando nos topamos con esa persona en la plaza, el coraje me superó y me le fui encima. Le di donde alcancé, pero Axel terminó arrinconándome contra la pared y con la palma de mano extendida a la altura de mi rostro supe que iba a golpearme.

– ¡Atrevete y te corto las manos! – Le amenacé.

– ¡Entonces no me obligues y comportate! – Ordenó.

¿Él dándome órdenes a mí?… Ni en esta ni en ninguna otra vida.

– ¡Jodete! – Grité. Su mano dio contra mi mejilla y el ardor me hizo voltear el rostro.

– ¿Qué diablos crees que haces? – Salto Bianca. Pero Axel mantenía la vista fija en mí.

Le sostuve la mirada rabioso y sin pensarlo dos veces le devolví la bofetada. Estaba frenético, no pensaba con claridad o quizá solo intentaba justificarme por lo que hice. Pero cuando el retrocedió, tomé la mano con la que me había golpeado y sacando uno de mis lápices de dibujo que siempre llevaba en el bolsillo de la sudadera, se lo clavé en la palma.

La sangre no tardó en aparecer, casi al mismo tiempo en el que Axel se quejaba. No me importó, nada me importaba, pero ese líquido rojo me absorbió, sentí su olor como nunca antes y tragué saliva casi saboreando su sabor metálico. La forma en la que chorreaba de su mano en gotas gruesas me hipnotizo. Y para cuando fui consiente de nuevo, ya estaba en la oficina del encargado de mi área.

Bianca estaba a mi izquierda y Axel con una venda envuelta en su mano, a mi derecha. El hombre frente a nosotros me miraba con impaciencia.

– Pregunto qué fue lo que paso… – Me susurró Bianca.

– ¡Fue un accidente! – Declaré con total tranquilidad. – Iba a tirar los residuos de basura de mi lápiz al contenedor y tropecé con mi mochila, no lo vi venir, perdí el equilibrio y terminé ensartándole el lápiz en la palma. – Aparté la mirada que le sostenía al hombre y me giré para mirar a Axel. – No sabes cuánto lo siento… – Le dije en la más hipócrita de mis disculpas. – Pero fue lo que sucedió… ¿cierto? – Le dediqué una mirada fría y él me miró entre asombrado e intimidado.

– ¿Señor? – Insistió nuestro tutor.

– ¡Sí! ¡Eso fue lo que paso! – Respondió Axel y agachó la mirada.

Era simple, si la oveja agacha la mirada, el lobo se la come.

 

DAMIÁN

 

Todo había estado en calma después de lo de la mañana, mi pedido llegó en tiempo y mientras terminaban de bajar las cajas, comencé a acomodar las botellas en los estantes de la bodega.

Fue entonces que mi lobo se removió furioso. La sensación de rabia me llenó y casi logra mi trasformación. Pero luché por aferrarme a mi humanidad. No comprendía a ciencia cierta lo que sucedía. Pero si no me calmaba perdería el control.

Fui hasta el lavabo y me mojé el rostro, me echaba agua como si eso pudiera calmar las llamas en mi interior. Me mojé también la nuca y el cabello, y tras un golpe más de histeria. Sentí en mi boca el sabor de la sangre. Y la saboreé sintiéndome hambriento.

Pase por un estado de confusión que me dejó sumido unos instantes y para cuando volví en mí, lo primero que vino a mi mente fue la imagen de Ariel. Cuando la Wica recién había atado a James a mí, me pasó algo similar, aunque no fue tan intenso como esto. Ni siquiera con el paso de los años y con nuestro vinculo fortalecido, podía sentirlo tan claramente como ahora sentía a Ariel. Esa pequeña fiera se había metido en problemas, estaba seguro, podía sentirlo.

Subí rápido hasta la oficina de Deviant, de manera autómata marque el número de Samko, él era el único que podía sacarme de la duda.

Me contestó a la tercera llamada, dijo que estaba en clase y tuvo que salirse para responder. Sin darle muchas explicaciones, le pedí que lo buscara y que me informara de lo que había sucedido. Que debía marcarme al número del casino y que aguardaría por su informe.

La respuesta de San, no tardo más de un cuarto de hora.

Se hizo de palabras con un compañero de clases, hubo golpes y amenazas por parte de tu novio. Hay varios testigos de lo que paso, ambos fueron conducidos a la rectoría porque le clavo un lápiz en la palma de la mano al tipo…

Curiosamente lo negó todo y dijo que fue un simple accidente. Nadie le rebatió nada, aunque claramente era una mentira. Salió echando chispas de la oficina, porque lo suspendieron por dos días… Le dijeron que si vuelve a suceder puede perder la beca.

 

Lo dejó hasta ahí y guardo silencio. Había algo más y no estaba seguro de si decirme o no.

– Casi puedo escuchar tus pensamientos Sam… ¡Hablá de una vez! – Le insté.

– No lo sé Damián. Hay algo malo en ese chico, tal vez deberías tener cuidado…

– ¿Qué dices? Ariel no es una mala persona, solamente lo hicieron enojar.

– ¡No, Damián! – Me rebatió. – Le vi salir de la oficina del rector de su carrera. Un aura negra lo cubría, incluso dudé que se tratara de la misma cosita bonita que vimos ese día. Fingí tropezar con él y me gritó que me “fijara”… ¿Puedes creerlo? – No, no podía imaginar a mi cachorro siendo tan hostil, él, es todo ternura. – Soy mayor que esa cosa… fácilmente podría darle una paliza y eso no le inmutó. Estaba furioso… Como tú cuando te enojas de la nada y no te controlas hasta que gritas mucho o de plano, golpeas a alguien. Y sin embargo, el golpeó y gritó y seguía encabronado.

– ¿Pero él estaba bien? ¿No estaba herido?

– Si no le explota la bilis por el coraje, va a sobrevivir… ¡Quién diría que es tan amargadito! ¡Es toda una fiera! Hermano, por favor… ten mucho cuidado.

– Adiós, Sam… – Le intenté cortar.

– No, espera… Me preocupo por ti. – Agregó – Por experiencia propia te digo que no debes permitir una relación con violencia. Al parecer ese chico va por la vida clavándoles lápices a los demás…

– Sam…

– ¿Ya es tu novio?

– ¡Adiós!

– ¿Ya lo besaste? ¡Tal vez no, por eso esta tan molesto!

Colgué justo después.

No era tan gracioso. Ariel no era así, y el que pudiera sentirlo significaba que estaba relacionado conmigo, tal vez se trataba de la parte mía que había sido resguardada en su interior. Lo que fuese, estaba causándole problemas y eso me preocupaba.

 

SAMKO

 

Las siguientes dos clases, pasaron como si nada. Todo fue exposiciones aburridas, así que realmente estaba hartándome, Erika tomaba apuntes y cada cierto tiempo me decía que nosotros debíamos hacerlo mejor y volvía a presionar con eso del libro.

Para el receso, estábamos por salir, cuando dos chicos de prefectura llegaron al salón preguntando por mí, estaba distraído con el celular, así que no les escuche hasta que el profesor un poco irritado casi me avienta la tiza para devolverme a la realidad.  El tipo de ruidito en son de burla de mis compañeros, hizo parecer como que me había metido en algún problema y venían a ajusticiarme.

A los dos chicos les conocía y ellos no dejaban de reír por las burlas de los demás.

– ¿Qué es tan gracioso? – Les pregunté a secas.

Estaban en mi taller de literatura avanzada. Y era un par de mequetrefes sin decencia. Ellos eran algo así como mis amigos.

– Entrega especial para el señor Samko… – Dijo el que traía una caja rectangular de color blanca en las manos, no era muy ancha y en sus esquinas tenia atadas unas cintas rojas, mientras que en el centro, el moño grande del mismo color, rebosaba de forma llamativa. Misma que me entregó sin más.

– Firme aquí… – Dijo el otro, mientras extendía frente a mí la palma de su mano y un insulto remarcado con bolígrafo de tinta negra se apreciaba en el centro.

– ¡Jodete! – Le dije y ambos volvieron a reír. – ¿Quién lo enviá? – Pregunté pero ellos negaron. Me mandaron besos volados, me llamaban encanto y otras palabras igual de tontas y sin más desaparecieron. Para cuando me volteé dispuesto a regresar a mi asiento, tanto el profesor como mis compañeros me miraban acusadoramente. – Yo no tengo nada que ver con esos…

– ¿Todos los prefectos acostumbran mandarle besos señor Samko? – Preguntó sarcástico el profesor y de nuevo, todos se rieron de mí.

Quien diga que la Universidad es un sueño, es porque no estudia en la mía. Esto es una pesadilla de todos los días.

El timbre sonó avisando que la clase había concluido. Por suerte para mí, todo mundo volvió a lo suyo dejándome en paz. Llegué hasta mi asiento y también comencé a guardar mis cosas.

– ¿Qué es? – Preguntó curiosa mi amiga.

– No lo sé…

– ¿Quién lo manda? – Empezó a revisar a los lados para ver si tenía alguna dedicatoria.

– Tampoco sé…

– ¿Vas a abrirla?

– ¡Sí! – Respondí, pero esperé a que todos hubieran salido y dejando de lado lo que hacía, me dispuse a destaparla. Me habían hecho malas bromas con este tipo de cosas, así que quitamos la tapa con mucha reserva, Erika detrás de mí, estaba lista para salir corriendo en caso de que fuera necesario.

– ¡Oh, pero que lindo! – Dijo ella y saliendo de su escondite, se acercó confiada para mirar de cerca.

Una sonrisa tonta surco mis labios y por más que intentaba ocultarla, me fue imposible. En el interior de la caja, había dos docenas de rosas en color rosa, perfectamente acomodadas en líneas de a cuatro. El follaje verde con florecitas pequeñitas en color blanco resaltaban entre todo lo demás. Todo estaba anudado con un listón blanco y sobre este, uno más delgado y del mismo color que el de las rosas.

– ¡Mira! – Dijo Erika poniendo frente a mí, la tapa. – Hay una dedicatoria aquí. Y hay una tarjeta pequeña ahí abajo.

Tomé la tapa y su cursiva mal hecha me hizo reír.

 

Por si olvide decírtelo.

Por si hace tiempo que no lo escuchas…

Por si no lo sabes o tienes alguna duda.

Por si te hace falta oírlo.

O solo porque sí…

¡TE AMO!

 

– Te está invitando a cenar… – Cantó Erika y la vi casi tan conmovida como lo estaba yo. En sus manos había una tarjeta pequeña, con la dirección y la hora de la cena. – Es un hombre increíble…

– ¡Lo es! – Aseguré.

– ¿Vas a llamarlo?

– ¿Crees que deba hacerlo ahora? Debe estar trabajando…

– ¡Intentalo! – Me alentó ella – Podría estar esperando alguna señal de que ya lo recibiste.

Un poco inseguro, saqué el móvil y le marque, al tercer timbre contesto, lo escuché disculparse con unas personas y también me disculpe yo por haberlo interrumpido. Pero Lusso aseguro que no era algo importante y que no debía preocuparme.

Le agradecí por las rosas y porque en general había sido un detalle muy dulce. Él se escuchaba complacido y realmente, desee tenerlo frente a mí para poder besarlo. Volvió a decir que me amaba y pude sentir como mis latidos se disparaban. Y le dije que también yo le amaba y que estaba muy feliz por todo lo que estaba sucediendo entre nosotros.

Lamentablemente debió volver al trabajo y me dijo que hoy nos veríamos hasta la noche, porque tenía asuntos pendientes que atender, pero que estaría puntual para nuestra cena. Nos despedimos justo después.

– ¿Es verdad, no? – Preguntó mi amiga mientras se sentaba a mi lado. La miré detenidamente sin comprender exactamente a que se refería. – ¿Qué lo amas? ¿Es verdad?

– ¡Claro que es verdad! – Respondí.

– ¿Más de lo que amas a James? – Hasta ahí llegó mi felicidad y mi burbuja explotó. Era como si me hubiera olvidado temporalmente de él. Y no lo olvidé, pero no podría disfrutar de este mi momento a mis anchas, si estaba pensando en James.

– Hay alguien a quien amo y que me ama… – Le dije – ¿Por qué debería vivir para alguien que no vive por mí? Si tuviera que elegir… que no es el caso. – Aclaré – Creo que es muy obvio con quien me quedaría.

– No olvides lo que acabas de decir… – Pidió y de nuevo le dio toda su atención a las flores. Por supuesto que no lo haría, era mi decisión final. Además, James no sentía lo mismo por mí, así que no había de que preocuparnos. Seguiría siendo mi hermano y nada más.

 

BIANCA

 

Terminamos en el patio trasero de la Universidad. Ariel estaba devolviendo hasta el alma. Pero en realidad, era solo la bilis y buena parte del desayuno.

Axel estaba con nosotros y a decir verdad, nunca le había visto tan serio y quieto en toda mi vida. Sostenía su mano herida sobre la otra y sentado en una de las bancas parecía demasiado ausente. Tuve que desviar la vista de él y centrarme de nuevo en quien parecía marearse cada vez más.

– ¡Tranquilo! – Le decía cada cierto tiempo, mientras le daba palmadas en la espalda. Pero no se detuvo, hasta que ya no hubo nada más sacar. Fue entonces que se dejó caer a un lado y hundió el rostro entre las piernas.

Le acerqué un poco de agua y servilletas de papel para que se limpiara.

– Lamento mucho esto… – Se disculpó a media voz.

– Ni que lo digas… – Aclaré – ¿Ya te sientes mejor? – Ariel se limitó a asentir y lo ayudé a levantarse, para que nos alejaras del lugar del crimen.

Pero apenas y si se arrastró un par de metros y se recargó contra uno de los árboles. – ¿Puedes pasarme mi mochila? – Pidió y en cuanto se la di, lo vi sacar su cepillo de dientes y la pasta. Paso un buen tiempo y después simplemente se dejó caer entre el pastito bajo que no está cubierto de nieve. Se veía demasiado agotado y débil, sin duda, no era el Ariel de siempre.

– ¿Estás seguro que estas bien? – Insistí y me senté a su lado, él de inmediato recostó la cabeza sobre mi estómago en busca de protección. Cerró los ojos y en respuesta le abracé y a ratos acariciaba su cabello.

Axel como saliendo de su trancé se acercó a nosotros y medio sentándose, o más bien arrodillándose en el pasto, le dejó un beso en la frente que obligó a Ari, a abrir los ojos de golpe.

– ¡Me has hecho tanta falta! – Le dijo – Aun si yo a ti no… – La voz herida de mi primo me causo cierto malestar, al aparecer, a Ariel también, porque su expresión se mostró abatida. – No me alejes de tu lado, Ariel… Yo te quiero.

– Y yo… – Confesó Ariel sin desprenderse de mi abrazo. – Pero lo siento Axel… Lo quiero más a él. – Sin más le dio la espalda y lo dejó ahí, arrodillado frente a nosotros. Había sido una manera un poco cruel de decirle que no estaba interesado en él.

Pude ver el rostro de mi primo descomponerse en una clara mueca de dolor. Inclusive tuvo que cerrar los ojos unos instantes para lograr controlarse y para cuando volvió a abrirlos, una sonrisa pequeña y maliciosa curvo sus labios. Estiró la mano para acariciar los cabellos de Ari, pero esté rechazó el gesto, en cuanto notó que no se trataba de mí.

 

HAN

 

Despertamos pasado de las nueve, bueno, fui yo el que despertó tarde y para cuando logré aclarar mi mente, Deviant me miraba con cierta curiosidad. Estaba a mi lado, pero ya iba perfectamente vestido.

– ¡Buenos días! – Cantó y sin previo aviso se fue a besarme. Fue grato, porque pensé que estaría molesto, pero contraria a eso, el parecía bastante relajado y casi sumiso.

– ¡Buenos días, Devi! – Le dije mientras invertía los papeles y lo dejaba debajo. – ¿Cómo estás? ¿Te duele mucho algo…?

– ¡Eres un idiota! – Soltó – ¿Te preocupas ahora? ¿Ahora que ya me jodiste? – Era increíble lo rápido que cambiaba su humor.

– ¡Claro que me preocupo!

– ¡Bastardo!

– ¡Que frio! – Le reproché. – Pensé que te había gustado… – Haciéndome el ofendido hice señas de querer alejarme de él y para cuando me senté en la orilla de la cama, él se abrazó a mi espalda.

– Deja de chantajearme… – Me regañó. – ¡Me gusto! – Confesó y recargo su mentón sobre mi hombro. – Di que no vas a dejarme… – Pidió y tuve que voltearme para mirarlo, quise sentarlo sobre mi regazo pero él se negó y volvió a mirarme como si me odiara. Lo entendí, a veces dolía demasiado como para sentarse con libertad al día siguiente, pero no por eso, no me las arreglé para poder besarlo.

– ¡Jamás! ¡Escuchalo bien! ¡Jamás! – Declaré con convicción – Y si te vuelvo a ver en cariñitos con alguien más, aun si se trata de Damián… sobre todo si se trata de él… Tendrás problemas muy serios conmigo ¿Entendido?

Deviant asintió de inmediato y volvió a abrazarse a mí.

Pasamos un buen rato de esta manera, dándonos cariños y charlando sobre lo de anoche. Él me escuchaba con atención y lo vi ceder en muchas de las cosas que le decía, otras le contaban y tampoco planeaba verme impositivo. Él estaba cooperando y yo lo agradecía mucho.

Cuando le cuestioné por qué se había despertado tan temprano, me dijo que quería hacer las cosas bien. Tanto conmigo como con sus hermanos. Entonces me comentó que quería ir a buscar a Samko, para disculparse con él. Me alegró escucharlo hablar con tal madurez, incluso le dije que yo le llevaría y me quedaría en lejos esperándolo para que pudiera hablar cómodamente con él.

Pero ya no pude ir con él porque Damián llegó y casi me sacó a arrastras del departamento. Dijo que necesitaba mi ayuda en algo y bueno, eso no sucede todos los días, así que me disculpe con Deviant y me fui con él.

 

DEVIANT

 

Tal vez, debí esperar a que Samko terminara las clases para venir a buscarlo, pero era ahora o nunca. Además, sabía que él se la pasaba turisteando por la escuela, en vez de estar en su salón estudiando.

No fue difícil que me dejaran pasar, y el encargado de su carrera aprovechó me atendió muy amablemente. La razón de que este hombre viniera personalmente, era porque no tenían idea de donde estaba mi hermano y ahora mismo, peinaban la universidad buscándolo.

Él hombre era algo mayor y se mostró muy apenado por la situación.

– Él es un chico de muy buenas calificaciones… – Se escudó. – Pero eso de entrar a todas las clases, digamos que no se le da mucho…

– No se preocupe… ¡Yo era igual!

– ¿Entonces es de familia?

– ¡Sí! – Reconocí y fue mi turno de mostrarme incómodo. – Pero entre todos, Damián fue peor.

Por supuesto que le conocían y la sola mención del nombre hizo que el hombre suspirara con alivio, al parecer aun no lo superaban. Y es que Damián casi incendia la escuela en más de una ocasión.

Por supuesto, mi padre donó una generosa cantidad de dinero para que se olvidara el incidente y dejaran que su muchachito continuara con sus estudios. Mi papá lo consentía mucho, lo hizo hasta el último día de su vida y si Damián obedecía a alguien e inclinaba la cabeza con respeto, fue a mi padre.

Estábamos en esto, cuando escoltado por un grupo mixto, mi hermano fue traído ante mí.

Nos dejaron solos casi al siguiente instante y un silencio profundo y pesado se hizo entre nosotros. Samko evitaba mirarme y cada que yo tenía la intención de acercarme un poco, él se alejaba.

– ¿Qué sucede? – Preguntó en voz baja.

– ¿Caminamos? Hay algo que debo hablar contigo…

– ¡Si quieres!

Asentí y lo tomé de la mano. Él se tensó de pies a cabeza y quiso deshacer el agarré pero no se lo permití. – No voy a lastimarte… solo quiero que caminemos.

– ¿Pero así…? – Preguntó, mientras señalaba nuestras manos unidas.

– ¿No puedo tomar de la mano a mi hermano menor? – Pregunté con voz baja.

Samko se mostró sorprendido. A él siempre, desde que tengo nació, le llamado por su nombre, nunca por “hermano” y él se mostró afectado por el cambio. No dijo nada, solo se dejó guiar. Ahora caía en cuenta que éramos como dos gotas de agua, y no tan distintos como siempre había creído. Al menos, físicamente éramos idénticos, aunque él se veía más joven.

Le eché una mirada discreta y descubrí algunas cosas. Otras más buenas que otras y una que otra que no me agradó para nada.

A saber teníamos muchos gestos en común, pero él tenía muchas más expresiones de mi madre, expresiones que había extrañado todo este tiempo y que ante mis ojos le daban la hermosa apariencia de ella. Vi las marcas de los golpes de James y aunque no se notaban tanto, salvo que le mires con fijeza, sin duda debieron dolerle mucho.

Damián tenía razón. Debí haberme preocupado más por él.

Pero también vi un par de marcas que pese a intentar ocultarse, cuando hacía ciertos movimientos se le notaban, y que no debían estar en el cuello de un chico de su edad. Iba a regañarlo por esto, pero recordé que no había venido para eso.

Caminamos por un pasillo casi desierto. Me sentía cómodo de volver a estar en ese lugar, lo llevé hasta mi lugar favorito, casi al final de los jardines traseros de la Universidad. Llegamos hasta una de las bancas y finalmente le solté, él pareció resistir el acto, porque después no supo qué hacer con esa mano y simplemente la acomodó sobre su pierna, mientras se sentaba.

– ¿No te vas a sentar? – Preguntó en voz baja.

– ¡No puedo! – Confesé. – No me siento muy bien…

– ¿Qué te duele? Yo me sé muchos remedios… – Presumió.

– ¿Enserio? ¿Para cualquier tipo de dolor? – Samko asintió sin titubear.

– Si te duele el estómago… Lo mejor es el té con limón. – Agregó – Si te duele la garganta, té con miel… Si te duele la cabeza, pues…

– ¿Y si te duele el trasero? – Le pregunté interrumpiendo su catedra de remedios que al parecer todos iban con té…

– Te…convencieron… – Dijo riendo. Rodé los ojos, pero también me reí.

– Sabía que terminarías diciendo alguna estupidez.

– Pues es que, solo a ti te ocurre hacer ese tipo de… – Dejó la frase sin terminar y se puso serió. Su mirada por fin viajó a la mía y juró que sentí morirme de la vergüenza. – ¡Oh! – Exclamó con sorpresa.

– Sí, oh… – Repetí. Samko me miraba muy serio y cuando quiso abrir la boca para decir algo, se lo advertí. – ¡No preguntes!

– ¡Esta bien! – Dijo mientras levantaba las manos en señal de rendición. – Aunque me sorprende, pensé que tú… bueno… – Se rascó la cabeza y pareció sentirse incomodo con el tema y que bueno, porque yo tampoco quería hablar sobre esto.

– ¿Te tomaste algo… para el dolor? – Quiso saber y ambos miramos en direcciones opuestas. Yo sentía mi rostro arder y juré vengar mi dignidad.

– ¡Ya! – Respondí. – Pero no me lo quitó… – Susurré.

– Dicen que la primera vez… – Dejó las palabras al aire y cuando comprendió eso de “primera vez”… volvió a quedarse callado.

– No vine a hablar de eso…

– Igualmente… – Dijo él – no deberías decírselo a Damián, se burla de ti. Sé que aposto porque Han terminaría convenciéndote. – Tras esa declaración, ardí pero de coraje, quien se creía Damián para estar apostando mi trasero.

– No me convenció… – Le confesé y acercándome un poco volví a tomar su mano. Al final creía que estaba bien si hablábamos de estas cosas, después de todo, él era mi hermano y me moría de vergüenza si tuviera que contárselo a James. – Yo quise…

– ¿Tú se le pediste? – Preguntó incrédulo y me sentí un poco incómodo al no saber que opinión tenia Samko de mí.

– Tanto como pedírselo, pues no… – Aclaré – Más bien, el imbécil se aprovechó de un momento de debilidad. – Samko se río de mí y eso me incomodo aún más. – ¡Escucha mocoso! – Le regañé, antes de que siguiera imaginándose cosas que no son. – Hice algo malo, Han me vio y se enojó, fui torturado… no lo disfrute para nada porque está muy asustado.

– Hubiera sido mejor que me dejaras con mis ideas… – Volvió a reírse y hasta ese momento caí en cuenta de mi argumento era lamentable. – ¿Y qué fue lo que hiciste como para que Han se enoje?

– Bese a Damián… – Confesé y esperé por alguna señal que delatara molestia en su rostro. Quería comprobar que en efecto, entre ellos no había nada más que una sana relación de hermanos. Samko se limitó a negar con la cabeza y no dejaba de sonreír, aunque ya no me miraba.

– ¿Acaso no siempre lo haces? ¿Cuál fue la diferencia en esta ocasión?

– ¿Lo sabias…?

– James y yo los vimos una vez. – En ese momento sentí que el rostro se me caía de la vergüenza. Nos habían visto y yo que juraba que éramos discretos. – Yo tenía seis años y resultó que James ya lo sabía y no dijo nada… A mí, Damián me lo explicó todo después. Me dijo que no estaba mal porque tú y él no era hermanos de sangre, pero que si lo estaba hasta cierto punto porque todos vivíamos bajo el mismo techo. También me dijo que tú lo querías mucho y él a ti, y que por esa razón debíamos guardar el secreto, porque él no iba a poder soportar que te alejaran de su lado.

En ese momento la explicación fue más que suficiente para mí. Después, conforme fui creciendo, entendí que tú lo amabas. Y volví a preguntarle, pero él dijo que aunque también lo sentía, lo de ustedes no podía ser, porque ante todo, él te veía como un hermano. Después Han hizo evidente sus intenciones, y para Damián fue muy difícil porque también te amaba. O algo así… Ya sabes que no es muy abierto para ese tipo de cosas…

– Lo sé… – Respondí dubitativo.

– ¿Aun lo amas? – Me preguntó curioso y volvió la vista hacía mí.

– Naturalmente… pero ya no de esa manera. – Le dije – Pero aún me gusta.

– ¿Fue difícil dejarlo de querer? – Entendí que en parte, sus preguntas iban dirigidas a esa situación por la que él estaba pasando.

– Nunca dejé de quererlo… solo aprendí a amarlo de otra manera. – Expliqué – De la misma manera en la que amo a ti…

– ¿A mí? – Preguntó y su voz sonó tan dolida que mi corazón se oprimió.

– Sé que no hice las cosas bien. – Comenté y pese a la incomodidad, me senté a su lado. – Cuando mamá murió yo me sentí tan asustado… Esa mujer era mi vida entera.

– Yo no quise que muriera, jamás fue mi intensión…

– ¡Lo sé! Y también sé que no fue tu culpa. Papá y yo lo sabíamos…

– No me importa lo que él pensara, pero siempre me importó y me dolió que tu no me quieras… – La voz se le iba quebrando y en medio de sus palabras, él lloró, pero fue hasta que recogí esas gotas de sus mejillas que noté que también yo lo hacía.

– Siempre te he amado. Pero me dejé llevar por otras cosas, no quería que me hicieras preguntas a las que no iba saber que responder, también tenía miedo de perderte, porque eras un bebé muy enfermizo y el doctor dijo que no llegarías a la adolescencia, así que inútilmente decidí no encariñarme contigo. Pero conforme te veía crecer, te amé siempre. – Samko se inclinó ligeramente hacía mí y yo sin poderlo evitar, lo abracé con todas mis fuerzas. – Entre él y yo no hay nada… jamás lo ha habido. Así que si tú quieres amarlo, te voy a apoyar. James es para mí como lo eres tú.

– Es tonto, pero me sentía tan celoso de su relación… – Confesó.

– Y yo de la tuya con Damián.

Terminamos riendo como locos, no lo solté hasta que se calmó o para ser exacto, hasta que yo me calmé. Había desperdiciado tanto de él, que parecía un sueño que ahora estuviera entre mis brazos.

– ¡Mira! ¡Tú cuñado! – Declaró mientras saltó y se puso de pie señalándome a un niñito que se despedía de una chica, quien le miraba con cara disculpa.

– ¿Te gusta?

– Pues es lindo…

– Pensé que te iban los de tu edad…

– ¡Oh, no! – Negó de inmediato. – Esta bonito pero definitivamente no es mi tipo, además, tiene muy mal carácter.

– ¿Entonces porque dijiste que era mi cuñado?

– ¡Es el novio de Damián!

– ¿QUÉ? – La sorpresa me inundo de inmediato. Era una cosita pequeñita, ¿Cómo era entonces que a Damián le había gustado tanto? – ¡Vamos a seguirlo! – Sugerí y Samko asintió de inmediato.

Comenzamos a caminar del otro lado, sobre el césped, pero siempre manteniéndonos detrás de él.

– ¿Cómo cuanto mide? – Quise saber.

– No lo sé…

– ¿Cómo se llama?

– Ariel…

– ¿Ariel que…?

– No lo sé… – El chico parecía demasiado distraído como para percatarse de nuestra presencia. Era ridículamente bajito, delgado y con cabello un poco ondulado, ligeramente largo. Desde atrás, tenían un muy buen ver, si no tomábamos en consideración que era más bajo que el promedio…

– Debe ser un tipo de niño genio para estar en la universidad… – Pensé en voz alta. Samko tampoco apartaba la mirada de él. – ¿Cómo cuantos años tendrá? ¿Quince? Quizá dieciséis…

– ¿Y si lo averiguamos? – Propuso Sam. – La cartera la lleva en la bolsa derecha de su pantalón, haz como que chocas con él y yo se la saco…

– Creí que ya habías dejado esas mañanas… – Le reproché.

– ¿Quieres saber si o no? – Suspiré resignado y no fue necesario decir nada más.

Corrimos hacía donde él, Samko venía justo detrás de mí. Le llegué por la izquierda empujándolo de tal forma que el pobre chico casi se va de bruces al piso, pero alcancé a sujetarlo y levanté ligeramente su abrigo, mientras Samko que pasaba justo alado de nosotros le sacaba la cartera y se seguía de largo. Todo fue en fracción de segundos, así como lo sostuve, lo volví a soltar, dejándolo caer pero ya no con la misma fuerza.

– ¡Dios! ¡Lo lamento mucho! – Le dije mientras corrí a levantarlo. – ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?

Él levantó la mirada hacía mí y por unos segundos me perdí en el azul de sus ojos. Jamás había visto una mirada tan bonita.

– ¡Estoy bien! – Se limitó a decir.

Recogí todas sus cosas y se las entregué, mientras él me miraba con fijeza.

– ¿Seguro que estas bien? Estaba distraído, lo siento mucho…

– No importa…

– Por cierto mi nombre es… Roberto. – Mentí.

– ¡Ariel! – Respondió y me estiró su mano en un saludo demasiado formal. – ¡Mucho gusto!

– No eres de aquí… ¿cierto? Lo digo por el asentó.

– Me mudé recientemente…

– ¿Y ya conoces la ciudad? ¿Qué te parece Sibiu?

– He visitado algunos lugares y creo que la ciudad es muy bonita.

– Y la gente… Las personas son muy amables en su mayoría. – Él asintió sin apartar la mirada de mí. Que puedo decir, si por atrás se veía muy bien, por delante no era la excepción, tenía la apariencia de un niño dulce. – ¿Y ya tienes amigos?

– ¡Sí!

– ¿Algún Cibinense ha cautivado tu atención últimamente?

– Roberto… ¿saber guardar un secreto? – Me preguntó con cierta confidencialidad. A lo que yo de inmediato asentí. – Pues yo también… – Agregó y sin más, siguió su camino. Acaba de ser burlado por un niño… Sin duda me agrado.

Samko apareció detrás de mí con nuestro motín. De ahí saque información suficiente como para amargarle la vida a Damián, por los siguientes días.

 

JAMES

 

La luz del sol se filtraba por la ventana dándome de lleno en la cara, fue eso lo que terminó por despertarme. Era molesta y había calentado mi rostro. Con brusquedad me giré buscando un poco de sombra que me permitiera dormir un poco más, porque tampoco tenía ánimos de levantarme y correr la cortina.

Pero al voltearme, no me fije que ya estaba en la orilla, ni siquiera me dio tiempo de meter la mano y terminé en el piso.  El golpe casi me dejó sin aire y terminó por despertarme. Estúpidamente esperé a que Samko viniera a socorrerme, como cada vez que tras girar en la cama, acaba en el piso. Entonces, él entraba rápido y trataba de levantarme, en algunas ocasiones lo conseguía, y en las que no, se acostaba a mi lado en un afán de hacerme sentir menos tonto, hasta que el mareo se me pasaba o hasta que pudiera respirar con normalidad.

Cuando me convencí que no entraría a mi habitación, me levanté por mi cuenta. Eran casi las once de la mañana. Y ya me había perdido la mayoría de mis clases para ese día.

Después de que Lizet se fuera, acabé con cada botella de cerveza que había en esta casa. Tampoco era que hubiera muchas, pero no está acostumbrado a beber, Damián me lo tenía prohibido. Me dolía la cabeza y mis ánimos estaban por los suelos.

Casi tuve que arrastrarme hasta la ducha, y el agua fría terminó por despejarme. Estaba helada, pero no se comparaba con el frio que había en mi cuerpo desde que Samko se fuera. Ahora mismo creía que si él estuviera aquí, yo podría ser feliz… Y me detestaba por no haberlo valorado hasta ahora, porque todo era diferente, la casa, mi vida misma era mejor si él revoloteaba a mi lado con todas sus excentricidades.

Después de vestirme, me arrastré hasta el lavabo para terminar de arreglarme, iría a mis últimas clases, o haría cualquier otra cosa que mantuviera mi mente ocupada. El reflejo en el espejo me hablaba de lo lamentable que me sentía y veía. Pensaba de nuevo en esa discusión que lo orilló a irse. La forma en la que lo había golpeado, su miedo y el dolor en sus ojos que siempre me habían mirado de un modo especial. Y también pensaba en como todo perdió sentido para mí desde que se fue, absolutamente todo lo que tengo, mi carrera, las cuentas de banco, los autos, y toda esa infinidad de ropa que me obligaba a comprar. Más o menos, todo o nada… No valían un céntimo sin él.

Mi puño impotente terminó estrellándose contra el cristal del espejo y este se deshizo en astilla, algunas de las cuales se incrustaron entre mis nudillos. Mi imagen quedó distorsionada en lo que no se rompió. Y como si fuera un niño pequeño me dejé caer al piso con la espalda contra la pared, y lloré porque mi tristeza y mi soledad era mucha.

No sé exactamente cuánto tiempo había pasado, cuando escuché el ruido de la puerta abrirse y supuse que se trataba de Deviant, él había dicho que vendría a verme y traería algo de despensa. Mi herida goteaba y me ardía. No pretendía asustarlo, así que me la envolví con una toalla pequeña y salí para evitar que viera el desastre que tenía aquí. Limpié mi rostro y me encaminé a la sala. En el pasillo nos encontramos y ambos nos detuvimos en seco.

– ¡Samko! – Susurré y no pude evitar mi sorpresa. – ¡Sam…! – Repetí y avancé un paso, al mismo tiempo que él retrocedía otro.

Lo vi encogerse de hombros y su mirada viajo a la puerta de la salida, la cual estaba cerrada y después la desvió a la mesa del comedor, sus llaves reposaban ahí. Parecía estar calculando cuanto le tomaría tomar las llaves y salir corriendo de aquí. Claramente me temía.

Avancé más hacía él, realmente quería sentirlo, y él volvió a retroceder hasta que su espalda dio contra la pared. El teléfono se le calló de las manos, al igual que un libro que sostenía.

– ¡No, Sam! – Le dije y terminé de llegar a su lado. Samko se cubrió el rostro con los brazos, como advirtiendo algún posible golpe. Su acción rompió algo en mi interior. – ¡No, por favor…! ¡No! – Mis manos quisieron acariciarlo, pero él no me quería cerca. – ¡Odiame! – Le pedí – Enojate conmigo, incluso detestame… Pero por favor, ¡Por favor! No me temas…

Levanté las manos a la altura de la cabeza, con las palmas hacía él en señal de rendición y retrocedí un par de pasos, para concederle un poco de espacio. – Te juro por Damián y Deviant que no voy a herirte… – Solíamos jurar por nuestros hermanos, cuando se trataba de una promesa que definitivamente cumpliríamos.

Él dejó de cubrirse y me miró unos instantes, para después bajar la mirada al piso.

– Solo vine por unos libros que necesito… – Comentó en voz baja. – Me iré justo después. – Seguía en su esquina, lo más lejos que pudo de mí. – En cuanto pueda terminaré de sacar mis cosas…

– No tienes que irte… – Le dije dolido. – Esta es también tu casa.

– Ya no… – Se limitó a decir y sin despegarse en ningún momento de la pared, paso a mi lado con rumbo a su habitación.

Lo dejé ir, tampoco era como si tuviera algo coherente que decirle y por encima de todo, no pretendía incomodarlo.

Después de que desapareciera por el pasillo y le escuchara cerrar la puerta de su habitación. Comencé a ir y venir por la sala, me sentía como un león enjaulado. Al asomarme comprobé que había venido solo, Gianmarco no debía de estar enterado que Sam había venido, de ser así, jamás lo hubiera dejado pisar este departamento sin él acompañándolo o en su defecto, cualquiera de los hombres que me hecho ayer a la calle. Además, él debía estar en la Universidad.

Como fuese era esta la oportunidad por la que tanto había pedido, era momento de enfrentarme a mi nueva realidad. Y con eso en mente, tomé sus llaves de las mesa y fui hasta la puerta, asegurándome de que estuviera bien cerrada. Después las escondí junto con las mías, detrás de uno de los floreros que descansaban sobre la mesita del recibidor.

Mi toalla ya estaba más que empapada de sangre, así que cogí una de la cocina y caminé hasta su habitación. No toque, simplemente giré la perilla y empujé la puerta, cerrándola detrás de mí.

Samko acomodaba más ropa en una maleta grande y algunos de sus libros estaban sobre la cama. Pero en cuanto me vio entrar se detuvo y colocándose frete a mí, me miró asustado.

Cada una de las puertas de las recamaras tenían una llave que nunca utilizábamos pues por muy enojados que estuviéramos, no nos encerrábamos de manera que el otro no pudiera pasar en caso de ser necesario. El que guardaba esas llaves, por supuesto era yo, de paso a su habitación, la había tomado de la repisa larga donde teníamos fotos de nuestros viajes. También le puse seguro tal y como hice con la puerta de la salida y me la escondí en la bolsa del pantalón.

Cuando volví la vista hacía él, Samko no se había movido ni medio centímetro, pero se veía realmente asustado.

– ¡Te he extrañado! – Le dije y él me miró confundido – Odio esto Samko… Sé que fui yo quien lo arruinó, pero esta distancia ridícula entre los dos… me estorba. – Confesé.

– Dejame ir…

– ¡No!

– James… abajo… me están esperando. – Agregó nervioso. – Y si no…

– Nadie te ha esperado más que yo… Estos últimos días, nadie te ha añorado más que yo. – Le dije.

– ¡Es mentira! – Intentó reprocharme, pero la voz le salió rota.

– ¿Qué me hiciste? – Le pregunté mientras cruzaba la habitación, hasta que llegué a su lado y mis manos subieron hasta su rostro. – Calma este dolor… – Le suplique, mientras señala un punto en mi pecho, a la altura del corazón.

– Yo no…

– Dame más de eso… – Le dije y mis labios buscaron los suyos que asustados, se negaron a responderme.

En un primer momento simplemente los uní a los suyos, era como si no supiera que hacer, besarlo a él no era como besar a una mujer. Aun si sus labios eran suaves y tersos, su boca que era prohibida para mí, me hacía sentir inexperto. Pero era él, y sentirlo de nuevo era lo que más había deseado.

Comencé a moverme con timidez, acariciando alternativamente su labio inferior y después el superior, chupando y succionando lentamente. Cada nuevo rocé se lo ofrecía con ternura. Con la pureza de quien recibe su primer beso, no me importaba el saber que yo no iba ser el primero en muchas de las cosas que Samko ha vivido, solo quería que este momento permaneciera en el tiempo de por vida.

Una de mis manos bajo por su espalda, hasta su cintura y lo apegué más a mí, mientras que la otra se perdía entre sus cabellos casi blancos, atrayendo su rostro al mío, de manera que pudiéramos profundizar esta sublime caricia. Al principio, él simplemente se dejaba a hacer, pero después de sentir como sus manos se aferraban a mi camisa, sus labios comenzaron a moverse lentos sobre los míos. Aun ritmo distinto, me besaba necesitado, con una violencia que estaba haciéndome perder la razón y sin embargo, nunca perdieron su delicadeza ni su amabilidad.

Despacio, lo empujé contra la pared, mientras una a una tomaba sus manos y entrelazaba nuestros dedos mientras las colocaba a la altura de su cabeza. Mi cuerpo se recargó entero sobre el suyo y aun así, deseé sentirlo más cerca, y es que lo había extrañado tanto.

– Samko… – Le nombre estando aún en su boca, y tuve que meter una de mis piernas entre las suyas, además de soltar temporalmente sus manos, porque él se me estaba escurriendo entre las manos, justamente como agua. Mis brazos rodearon su cabeza posesivos, mientras mis labios se negaban a soltarlo.

Podía sentir la forma precipitada en la que su pecho subía y bajaba, su reparación acelerada, casi ahogada. Y la mía, estando igual o incluso peor. Mis latidos me martillaban en los oídos y sentía que calores me subían y bajaban. Él era distinto a todo lo que en algún momento de mi vida pude haber probado, me tenía extasiado.

La sensación de mis manos por su cuerpo era maravillosa. Y mi lengua hambrienta y cansada de mantenerse al margen, sin poder soportarlo más, se abrió paso por su boca. Recorriendo toda esa cavidad húmeda, jugueteando con la suya, seduciéndola.

Samko gemía bajito, excitándome con cada uno de esos ruiditos que nunca le habían escuchado y que sin embargo, mi cuerpo reconocía y se encendía con cada uno.

 

Los cuerpos de estar juntos se dilatan…

 

Las personas de tanto ser incitadas sucumben ante la tentación. Yo no era la excepción, pese a nunca antes haberlo visto de esta manera, ahora, el solo hecho de saber que existía, que respiraba… Representaba una tentación para mí.

Una de mis manos tironeó de su camisa hasta que logré sacarla de su pantalón. Y avariciosamente palpé su espalda y sus curvas. No vi el momento en que la otra se le unió, y para cuando fui consiente, ya desprendía con malicia esa ropa que se le ceñía tan perfectamente a su cuerpo.

Me tomó un par de movimientos algo bruscos para que termináramos sobre la cama. Como pude, me deshice de los libros que estorbaban y acomodé almohadas debajo de su cabeza. Lo quería, lo deseaba todo completo, y no me importaba no saber que debía hacer justo después de que le quitara ese pantalón con el que ahora batallaba. Esperaba que quizá el me guiara, pero Samko estaba demasiado aturdido incluso para recordar respirar. Sus manos se habían aferrado a mi cuello y sus dedos largos jugueteaban a ratos con mi cabello. Me mantenía cerca, a tal punto que inhalábamos el aliento del otro. Era embriagador, exquisito y al mismo tiempo insuficiente, me necesitaba de la misma manera que yo a él, sus jadeos y suspiros espontáneos, me contaban la historia de lo bien que se la estaba pasando.

El cinturón cedió al mismo tiempo que la cremallera y todo fue retirado en menos de lo que ambos esperábamos. En este momento me odie por haber ignorado tan fervientemente el tema, Samko estaba desnudo sobre mi cama y yo estando cómodamente entre sus piernas, no sabía que más hacer. Supongo que en ningún momento pensé llegar tan lejos.

Ignoré ciertas marcas en su pecho y su cuello, no iba a reprocharle algo que de cierta manera yo había incentivado. Pero le dejaría las mías, para que “ese” se tuerza de celos como en este momento lo estaba haciendo yo.

Mi mano derecha subió hasta la suya y con suavidad deshice su agarre sobre mi cuello. Entonces pude ver la expresión más encantadora.  Sus mejillas rojas, el cabello que se le adhería a la frente, debido al sudor, pues sin importar que a fuera nevara, aquí adentro, llamas de calor nos refundían en un infierno de placer y deseo. O quizá solo era otro tipo de paraíso. Sus ojos se cerraban con fuerza y sus labios habían adquirido un tono rojizo, debido a la constante fricción de nuestros besos.

Pero por encima de la imagen erótica que me ofrecía, hubo algo que me estremeció y alborozó mi corazón. Y fue el hecho de que caí en cuenta de que realmente era él. Mi Samko, el adorable e insoportable empedernido que había criado y cuidado toda mi vida. El egoísta que me había hecho pasar los peores días de mi vida, el desgraciado que estaba poniendo mi vida de cabeza y por el que estaba dispuesto a dejar toda la vida que había llevado hasta ahora, con tal de mantenerlo a mi lado.

Era un placer distinto, emociones y sensaciones incomparables.

Y por encima de todo, era mi “no” hermano consentido. Al único que le dejaría llenar mi refrigerador y todo el departamento de imanes, si así lo quería.

Él abrió lentamente los ojos y me perdí en esa mirada color miel, me llené de ternura y acaricié su rostro con la suavidad con lo que tocas algo demasiado preciado.

– ¡Hola! – Le dije, como quien acaba de despertar del mejor de sus sueños, para vivir una realidad, aun mejor.

– ¡James…! – Susurró.

Bajé de nuevo a sus labios y dejé un casto beso sobre ellos.

Cuando se notó desnudo se avergonzó, a diferencia suya, mi ropa apenas y si estaba algo revuelta. Intentó cubrirse, pero no se lo permití.

– ¡Esta bien! – Le dije.

– ¡No! – Declaró – No lo está… lo siento, pero yo… – Agachó la mirada y de inmediato supe que era lo que pasaba. – No quiero hacer esto. – Se obligó a decir.

– ¿Seguro que no quieres?

– Ya no estoy solo… Así que no… no quiero.

– Nunca lo has estado. – Rebatí, ignorando todo lo demás. – Tú nunca has estado solo, Sam.

– Me refiero a que…

– Lo sé… – Aseguré. Y sujeté de nuevo su rostro para besarlo. Pesé a sus palabras, Samko volvió a entregarse con dedicación. – Y no me importa… – Agregué tras un espacio que le di para respirar. – Debes saber que él ya no es tu única opción, yo voy a pelear por ti.

– ¡No tienes que hacerlo! – Dijo con cierta melancolía. – No quiero que lo hagas… ¡Yo lo amo! – Soltó de golpe, pero le faltó seguridad, le falto que sus palabras no fueran mentira, para que pudiera creérselo.

– ¡Claro! – Aseguré – Pero también me amas a mí.

– Pero tú no… – Me miró desesperado y después aguardo en silencio unos segundos. – ¡Vas a casarte! Ella me dijo que…

– Eso ya no existe… – Declaré y él no tardo en demostrarme su sorpresa – Tu sacaste a flote estos sentimientos en mí y por supuesto que espero que te responsabilices por esto.

– ¿Terminaste con ella?

– Te prefiero a ti… – Me limité a responder.

Los ojos se le volvieron vidriosos, Samko Katzel estaba a punto de perder el glamur. Y mientras lo pensaba, él se abrazó a mí y lloró con dramatismo. Era él, sabía que no podía ser de otra manera.

Supuse que este tipo de cosas debíamos hablarlas estando los dos vestidos, pero empecé por el lado equivocado, aunque en lo absoluto me arrepentía. Sin embargo, lo mejor era aclarar las cosas de una vez por todas y después volveríamos a lo que habíamos dejado pendiente. Jalé uno de los edredones y mientras atraía su cuerpo, lo envolví al tiempo que me las arreglaba para sentarme en colchón con la espalda contra la pared y Samko sentado sobre mis piernas. Él escondía su rostro contra mi pecho y podía sentir la humedad de sus lágrimas mojándome la ropa.

– ¡Lamento mucho lo que te hice! – Solté, mientras lo apretaba contra mí, en afán de hacerlo sentir un poco mejor. – Y también haber dicho todas esas cosas dolorosas, a decir verdad, jamás he sido muy bueno con las palabras y tú constantemente me hacías sentir invadido. Pero yo no sabía de tus sentimientos y creía que lo que yo sentía por ti, era solo un amor fraternal. – Él seguía sollozando y por momentos se le iba el resuello a causa del llanto. – Aun te amo de esa manera, aunque después de esto, debo confesar que ha quedado algo distorsionado. Apenas estoy a prendiendo Samko… pero realmente quiero intentarlo.

– Hubiera dado tanto por escucharte decir esto… antes… – Susurró. – Pero ahora… Yo no voy a dejarlo, James. ¡Lo lamento! Yo te amo tanto… – Por fin lo había dicho y mi corazón latió desaforado por esas palabras. – ¡Tanto! Que a pesar de todo lo que ha pasado, lejos de disminuir, cada día de estos últimos cinco años, solo he podido amarte más…– Sus ojos dolidos y tristes me miraron cargados de lágrimas, y sentí la necesidad de cercarlas con mis labios y embriagarme con el salado sabor de su dolor, que ahora era también el mío. – Pero ya es momento de que piense en mí, de que me quiera a mí, más de lo que te amo a ti, o a él…

– ¿Quieres tenernos a los dos? – Pregunté ansioso. Mi lugar estaba menos asegurado que el de Gianmarco y me aterraba la idea de que pudiera perderlo, incluso antes de tenerlo. – Porque yo no pienso alejarme de ti…

– No puedo tenerlos a los dos… Pero tampoco podría elegir entre ustedes.

– ¿Y entonces…? ¿Qué es lo que vamos a hacer? – Pregunté.

– Por ahora, solo besame…

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