Capítulo 17: Sin medias tintas

SIN MEDIAS TINTAS

 

Verifica siete veces antes de cuestionar a un hombre.

 

Me alejé de mis amistades buscando un poco de tranquilidad. Una junta académica de último momento nos había dejado sin clases temporalmente, pero no podíamos irnos porque no estaban seguros sobre cuánto tiempo les tomaría terminarla, así que existía la posibilidad de que tuviéramos las últimas materias.

Busqué resguardo en el salón de arte. Recientemente se había montado una exposición de pintura al óleo, pero a decir verdad, no había muchos aficionados a este tipo de arte entre los universitarios. A mí me encantaba, fue así que descubrí que este era el mejor lugar para poder relajarte, pues casi siempre estaba vacío.

Necesitaba un poco de tiempo a solas para despejarme y finalmente decidir que escribiría en mi carta para Damián, lo había estado intentando, pero hay tanto que quiero decir, y tan pocas palabras para expresarlo, que pese a haber hecho varios borradores, ninguna terminaba de convencerme. Y mentalmente me acusaba, porque por fui yo quien lo sugirió y ahora que veía que no era tan sencillo como pensaba, me sentía un poco molesto.

Una vez que me hube a acomodado, busqué la hoja en la que había estado escribiendo y releí el contenido:

Creo que todo empezó en el momento menos indicado. No, francamente no te esperaba. De hecho, ni siquiera existía en mí la idea de un encuentro siquiera parecido. Pero fue grandioso, como un simple paseo me llevó cruzarme en tu camino y a que tú te cruzaras en el mío.

Omitamos los detalles de esa primera vez, digamos que, ya me has reprochado mucho por ello. Ya comprendí que puse tu vida en peligro pero en mi defensa diré que la mía también lo corría, esa parte sigue siendo un tanto confusa. Pero el punto es, que aunque no lo esperaba, tampoco estaba cerrado a vivir este tipo de experiencias. Y estoy feliz de que esté ocurriendo.

¿Crees que todo está sucediendo demasiado rápido? La mayor parte del tiempo tengo la sensación de que sí.  Aunque también creo que no lo hubiera preferido de otra manera. Y a estas alturas del partido, tener miedo resulta innecesario.

Pero aun así, lo tengo, me aflijo en cada uno de los momentos, en los que como ahora, no estás conmigo…

¿Está mal? ¿Estoy exagerando? Dímelo tú, porque yo no lo comprendo. De lo que si estoy convencido es que cada sentimiento, cada emoción y cada palabra o caricia por pequeña que sea, me acerca más a ti…

Bueno, creo que eso no me quedo tan mal, pero de seguir así, lejos de escribirle una carta, terminaré haciendo una enciclopedia. Me tallé el rostro con más fuerza de la necesaria, él representaba muchas cosas para mí y quería que las supiera, pero el “factor tiempo” estaba resultando ser un verdadero problema. Tres días es poco y decirle que no pude sacarlo de mi mente desde esa primera vez en la que casi nos matamos mutuamente, sería demasiado vergonzoso. Además, no quería presionar la situación, ni hacer que se sintiera incomodo con todo esto.

– Así que estabas aquí… – Se escuchó una voz que terminó sacándome de mis cavilaciones. Cerré los ojos con fuerza y contuve el aliento ¿Qué pasaba conmigo? El solo hecho de que me hablara me molestaba. Y le reconocía, era mi “amigo” y hasta donde podía recordar, solía tenerle mucho aprecio, pero simplemente, en este momento no sabía cómo controlar estas ganas locas que tengo de golpearlo. – ¿Podemos hablar un momento?

– ¡Creo que ya tuvimos suficiente por hoy! – Respondí cansado. Por su culpa mi beca había quedado comprometida y aun si él no está para saberlo ni yo para contárselo, no podía darme el lujo de perderla, menos ahora que el dinero comenzaba a escasearme y que mi padre no me respondía las llamadas.

– Ari…

– ¡Por favor, Axel! – Pedí. – Enserio, necesito un poco de espacio… – Le dije mientras apartaba la mirada hacía ningún lugar en particular, no sin antes, asegurarme de cerrar mi libreta para que él no tuviera oportunidad de enterarse de lo que estaba haciendo.

No sé cómo lo hace, pero siempre sabe donde estuve o con quien.

– ¿Qué nos pasa? – Preguntó dolido, y aunque se acercó a mí, procuró mantener una distancia segura. – ¡Éramos tan unidos! – Agregó con cierta añoranza. – “Tú y yo”… Esos días eran geniales… ¿Es que acaso lo has olvidado? – Guardé silencio, no, no había olvidado la semana pasada, pero tampoco era como si extrañara esos días. – Y ahora me obligas a este triste desenlace, todo se arruino porque llegó un tercero de improvisto, te dijo cosas al oído sobre qué se yo, tú le creíste y ahora me estas echando de tu vida de la peor de las maneras.

– Axel…

– ¡Me duele, Ariel! – Dijo con el corazón en la mano y pude ver el esplendor de su dramatismo. – ¡Te quiero! – Soltó. Y por muy extraño que resultase, me sentí ofendido por sus palabras. No las quería, no de él.

– ¡Pero yo a ti no…! – Solté con dureza y él, sorprendido por mi declaración, volvió a mostrarme esa mirada herida y rota que antes solía hacerme desistir y rendirme ante él. Mentalmente me preparé para ceder a lo fuese que quisiera, pero el efecto no fue el mismo de siempre. Estaba enojándome, Axel saca lo peor de mí y eso ya le había demostrado que no era para nada bueno. – No de esa manera y ya lo hemos hablado…

– ¡Me he enamorado de ti! – Suspiré, realmente era un tipo obstinado, pero no era como si no me diera cuenta de que estaba tratando de chantajearme. No sé cómo antes no lo vi, pero ahora puedo.

– ¡Felicidades! – Me burlé.

– ¡ARIEL! – Me regañó y resultó que traspiraba impotencia por cada poro de su piel. Yo solamente me limité a reírme con sorna. – ¿Qué sucede contigo? ¡Me diste tu palabra! – Objetó. – ¿Acaso ya no tiene ningún valor? ¿Nuestros besos? ¿El tiempo que pasamos juntos?

– ¡Por favor! – Exclamé mientras reviraba los ojos. – Él mejor que nadie sabía que si paso todo eso, es porque fui inducido, no porque lo deseara. Aunque tampoco voy a decir que estuvo mal o negaré que en su momento lo disfrute. – Uno debe comprender cuando empieza a hacer el ridículo Axel, y tú lo estás haciendo en este preciso momento.

– ¡Te desconozco! – Me acusó. – Te estas volviendo un imbécil, tal y como el delincuente ese…

Tuve que exhalar por la boca, y mentalmente comencé a contar. No iba a caer en su provocación. Mi beca era lo más importante. Pero tampoco quería decir que me iba a quedar cayado.

– Entiendo que estés molesto porque “ese delincuente” me gusta de una manera en la que tú jamás… – Su mano se estrelló con fuerza contra mi mejilla, y seguidamente sentí el mismo ardor en la otra. Me había abofeteado de ida y vuelta.

Le miré entre sorprendido y asustado, me había golpeado de nuevo, pero no fue eso lo que me dejó temporalmente fuera de combate. Si no el hecho de que me tomó por la ropa para obligarme a levantarme y me estrelló contra la pared en la que hace unos segundos atrás, me recargaba.

Lo hizo en repetidas ocasiones mientras me gritaba cosas que no entendía. Apenas y si pude escuchar algo de que “entrara en razón”, “que abriera los ojos y vea quien es realmente Damián”, “que solo estaba jugando conmigo y que alguien como él no valía la pena”.

En medio de ese enrollo empecé a forcejear con él y a pedirle que se detuviera. Que dejara de sacudirme y me soltara, pero ahora era Axel quien parecía no escucharme.

Alguien más entró y terminó apartándolo de mí, se hicieron de palabras, ellos se conocían.

Lo sé por la manera en la que Axel comenzó a cuestionarle cosas. Hubo mucho ruido, cosas que caían y quizá golpes. Por mi parte, había quedado tan mareado que únicamente pude recargarme en la pared.

Y cuando pensé que nada podía ser peor. Un dolor a la altura del abdomen me hizo gritar, era fuerte y punzante, como si me hubieran cortado por la mitad. Contuve el aliento, mientras me sujetaba la parte que me dolía, volví a gritar, o quizá no había dejado de hacerlo. Hubo un punto en que simplemente no pude soportarlo más, todo me dio vueltas y sentí mi cuerpo desamorarse.

Desperté en un cuarto frio. Me costó mucho abrir los ojos y mucho más orientarme y reconocer donde estaba. Era la enfermería de la universidad.

Frente a mí, había una persona a la que apenas y si distinguía, era solo una imagen borrosa en mi mente.

– ¿Cómo te sientes? – Quiso saber y su voz no me resultó familiar.

– ¡M-me arde! – Alcancé a decir y una de mis manos llegó hasta mi estómago. – ¿Qué paso?

– Estabas recargado en la pared, gritaste mientras te sujetabas el estómago, palideciste y te desmayaste… Haz dormido por casi tres horas.

Asentí, aunque de eso no recordaba nada.

Despacio me incorporé y me levanté el abrigo. Había una línea muy delgada que cruzaba desde mi costado derecho, haciéndose un poco más intensa en el centro a la altura de mi obligo y que se cortaba bruscamente después.

A simple vista parecía un simple rasguño, pero me ardía como cuando te cortas con una hoja de papel. Con mi dedo índice la recorrí por completo, y mientras lo hacía su nombre vino a mi mente y mis labios lo pronunciaron, como llamándolo.

– Damián… – Susurré, mientras me dejaba caer de nuevo sobre el colchón.

– ¿Quieres que lo llamé? – Hasta ese momento fui totalmente consiente de su presencia. Era el mismo chico de anoche. – ¿Cómo te hiciste eso? – Preguntó mientras levantaba un poco mi abrigo y se asomaba. – Cuando te revisaron no lo tenías…

– El chico de la cafetería…– Le señalé, no recordaba su nombre.

– Sedyey…

– ¿Tú me trajiste?

– En estos brazos fuertes… – Aclaró mientras se abrazaba a sí mismo. Y me sonrió, mostrando una perfecta hilera de dientes derechos y blancos. Intenté imitar su gesto, pero no pude. – Así que… No eres socialmente pacifico. Te gustan las relaciones complicadas… – Aseguró y ahí si sonreí.

– ¿Por qué lo dices?

– Anoche Damián… y hoy Axel. – Respondió – ¡Tienes gustos muy particulares! – Agregó y una de sus manos llegó hasta mis cabellos y los acarició. – Espero no haberte metido en problemas anoche… – Me encogí de hombros. – ¿Se enojó mucho?

– ¡Demasiado! – Reconocí.

– ¡Lo lamento! – Se disculpó de inmediato.

– ¡Esta bien! – Aseguré – ¡Se enojó contigo, no conmigo!

– Ahora estoy preocupado… – Bromeó y pese a que si debía preocuparse, se mostró sereno.

Ahora que podía verlo a plena luz, me fue posible apreciar sus facciones, era un chico muy atractivo y aunque no era correcto, no pude evitar compararlos. Y pese a lo obvio, en mis conclusiones prefería quedarme con él mío. – Ustedes… ¿están saliendo?

– Ese es asunto suyo y mío… No tiene nada que ver contigo.

– ¡En eso tienes razón! – Me respondió. – Pero igual… no deberías preocuparte en protegerlo tanto, preocupate por ti… Damián es alguien de cuidado…

Aquí vamos de nuevo…

– ¿Le conoces? – Le frené en seco. Y pese al esfuerzo que tuve que hacer, me senté en la orilla de la camilla, estaba harto de cada persona que se me acerca tengo algo malo que decir de él.

– Cualquiera que haya vivido en Sibiu por lo menos dos años, sabe quiénes son los Katzel. Dos de sus hermanos estudian aquí. Y él se graduó hace unos años, después de que lo hiciera el mayor.

– ¿Le conoces? – Volví a preguntar. – ¿De manera personal? ¿Haz tratado con él?

– No es alguien que guste de ser sociable…

– ¡Entonces no le conoces! – Sentencié con dureza.

– Su fama les precede… – Si no aun no estábamos dándonos de golpes era solo porque él sonaba seguro y relajado, como si me estuviera compartiendo una información cualquiera, y no como si tuviera algo en su contra.

– El mundo necesita ejemplos “amigo”… no opiniones… – Le rebatió.

– Solo digo…

– No todo lo que es verdad tiene que ser dicho… – Le obligó a callar. – Quien lo ame o desprecie, lo hará porque él no finge ser alguien que no es… – Dije poniéndome de pie. – Agradezco lo que hiciste por mí, pero no voy a quedarme a escucharte decir cosas malas sobre él.

– ¡Calmate! – Me pidió y abandonó la silla en la que descansaba para impedirme que abandonara la pequeña habitación. – Fue un simple comentario, me queda claro que estas del lado del lado de los que aman… ¡Solo olvidalo!

– No se trata de que esté de su lado… ¡Yo solo estoy de mi lado! – Aseguré. – Haría lo mismo por ti si alguien que no te conoce hablara mal, aunque sea verdad. No me parece… eso es todo.

– ¡Gracias! – Me dijo – Pero solamente digo que la gente es lo que es…

– Es simple… si algo no te gusta de Damián, cambia tú… – Le rebatí mientras mi dedo índice le señalaba hasta tocar su abdomen. Fue en ese momento que noté cuan alto era y me enojo aún más. – Él no tendría que cambiar su forma de ser o pensar solo porque no se amolda a nuestro ideal… ¡Es egoísta lo que pides!

– Tienes razón… Supongo que me molesta un poco que él tenga lo que yo deseo. – Respondió y de nuevo se mostró tan propio que incluso mi coraje contra él disminuyó un poco. – La gente suele temerle y se ha hecho un mal nombre, pero no sé realmente como es… sino únicamente lo que nos ha dejado ver. Contigo debe ser distinto… ¿no?

– Disculpa si no planeo hablar contigo de él…Ya lo he dicho antes, no te incumbe.

Dicho esto, me las arreglé para abandonar el lugar, él chico venía detrás de mí, no siguiéndome, es decir, el camino por el que andábamos, era el único que había hasta los patios centrales.

– ¡Me gustan los chicos con mal carácter! – Dijo mientras me daba alcancé. Fingí que no lo había escuchado, y le ignoré centrando toda mi atención en buscar mi cartera para sacar el dinero de mi trasporte. – ¿Qué buscas?

– ¿Por qué te interesa? – Respondí cortante.

– Ariel… ¡Vamos! ¿Por qué estás tan molesto? Si tanto te incomoda, no volveré a hablar de él… ¡Lo prometo!

No le respondí y él pareció rendirse y se fue, mientras yo, casi me daba de topes en la pared. No estaba en mi mochila y tampoco en mi ropa, la había perdido y ahí iban todas mis credenciales y el poco dinero que me quedaba.

Y cuando me resigne a que volvería a casa caminando. Apareció de nuevo frente a mí.

– ¿Te llevo? – Su camioneta se orilló lo más cerca de la acera.

– Me lo preguntas para que te diga que no…

– ¡Que genio! – Cantó, pero reía. Me abrió la puerta desde dentro, pero no me moví. – ¡No voy a hacerte nada, Ariel! – Su sonrisa se ensanchó. – ¡Te prometo que mis manos estarán fijas en el volante y la palanca de velocidades!

– ¿Lo prometes? – Le pregunté fingidamente asustado.

– ¡Lo prometo! – Respondió con reverencia.

– ¿Encostraste lo que buscabas? – Negué con la cabeza. Y el desánimo volvió a aplastarme.

– Estaban mis credenciales…

– ¿Dinero?

– Sí, algo…

– Tu único medio de vida… – ¿Cómo lo sabía? Acaso tenía un letrero en la frente que decía “estoy quebrado”. Asentí de nuevo y él sonrió.

– Si quieres te presto mi esquina… – Le miré sin comprender. Sedyey no dejaba de sonreír. – ¡Vendo medias!

– ¿Medias?

– Medias horas de placer… – Me tomó unos segundos reunir toda la información y comprender el mensaje, pero cuando lo logré, me dio mucha gracia. Por supuesto que no vendía “medias”. – ¡Te prestaré mi esquina para saques algo de dinero!

– ¡Gracias! ¡Eres muy amable pero no puedo aceptar tu esquina! – Le dije y ninguno de los dos habíamos dejado de reír. – Eso de la venta no se me da mucho…

– ¿Te gustan los niños?

– ¿De qué edad? – Sedyey me miró como si fuera un peligroso pedófilo y después volvió a reír. – Gustar de si te parecen graciosos, si les tienes paciencia… – Aclaró.

– ¡Ah, sí! En Arizona cuidaba al bebé de mi vecina, cuando su niñera no podía ir.

– Hay una vacante para la guardería pública… Si te parece la idea, te puedo recomendar.

– ¿Enserio? ¿También cuidas niños?

– En realidad… yo soy uno de los niños que vas a tener que cuidar.

– En donde tengo que firmar…

– ¡Aquí! – Dijo mientras de una de las gavetas saco una agenda pequeña. – Escribe tu nombre completo, dirección y celular… – Le observe detenidamente mientras me daba las instrucciones. – No me mires de ese modo… Y sí, el trabajo es real y no solo una treta para obtener tu celular. Incluso si tanta desconfianza me tienes, puedes poner el de tu casa.

– ¿Cuál casa? ¿Olvidas que recientemente llegué a Sibiu, y que perdí mi único medio de vida? No tengo casa…

– ¿Entonces a donde te llevó?

– ¡Vivo debajo de un árbol!

– ¿Enserio? – Preguntó preocupado, mientras frenaba de golpe. – ¿Debajo de un árbol? – Asentí.

– La madrugada es lo peor… el frio te cala los huesos…

– ¡Dios! – Exclamó y se cubrió la boca con ambas manos. Su expresión fue tan graciosa que no pude soportarlo más y me deshice en risas. – ¡Tú…! ¿Me mentiste? – Preguntó indagando tras unos segundos en los que se dedicó a tratar de comprender.

– ¿Cómo crees que voy a vivir debajo de un árbol?

– ¡Eso no fue nada gracioso! – Se quejó mientras reemprendía la marcha.

– Eso no, pero tu expresión sí que lo fue… – Sedyey se mostró serio pero solo estaba intentando no reírse. – ¿Quién es ahora el amargado? – Se rio, finalmente lo hizo y durante el resto del trayecto no dejamos de hacernos bromas. Incluso pude olvidarme de mis dramas personales. Sedyey era muy divertido y amable.

– ¡Así que este es tu árbol! – Dijo mientras miraba la fachada de la casa.

– De mis abuelos, en realidad… – Le aclaré. – ¡Gracias por traerme! – Hice gesto de querer bajar pero él me pidió que esperaba. Se bajó y fue hasta mi puerta para abrirla. – No tenías que hacer eso…

– ¡Quise hacerlo! – Me dijo mientras la mantenía abierta. – Te avisaré de cualquier noticia que tenga del trabajo.

– ¡Esta bien! ¡Gracias otra vez! – Di un paso para alejarme, y él me sujetó del brazo, se inclinó y me dejó un beso en la mejilla. Regresé sobre mis pasos y le miré sorprendido, Sedyey se limitó a sonreírme y de nuevo sus dedos jugaron con uno de sus mechones.

– ¡Cuidate! – Agregó mientras me soltaba. – Hasta entonces, Ariel…

No pude responderle nada, y él no hizo gesto de irse hasta que estuve dentro de la casa. Bien, eso había sido muy extraño.

– ¿Quién es…? – Dijo una voz justo detrás de mí y que me hizo dar un brinquito.

– ¡Abuela, me asustaste! – Ella se asomó disimuladamente por la ventana.

– Ese no es nuestro Damián… – Dijo y una clara nota de reproche se le escapó.

– ¿Nuestro? – Le rebatí.

– No me cambies el tema jovencito… – Con los brazos a los costados en pose de jarra me desafió con la mirada y por supuesto que cedí.

– Es un compañero de la Universidad.

– ¿Acostumbras despedirte de todos tus compañeros de “ese” modo? – Agaché la mirada, no iba a contradecirla. – ¡Escuchame bien! – Me dijo mientras me tomaba de la mano y me llevaba hasta el sillón, sus brazos me envolvieron y me reconfortaron. – Cuando se elige a uno se renuncia al resto. Sé que es una decisión muy difícil, en su momento me costó mucho trajo decidirme por tu abuelo y renunciar a todos los demás…

– Abuela…

– ¡Es la verdad! Pero me di cuenta, que aun si los demás eran más guapos, divertidos o tenían mucho más dinero… Al que amaba era a tu abuelo. Y he sido muy feliz desde que estoy con él. Con altas y bajas, a veces con más bajas que altas… pero no cambiaría un segundo de mi vida con él para estar con alguien más.

– Es distinto… Ustedes son una pareja, un hombre y una mujer.

– Una pareja significa que es una unión de dos personas, el género es lo de menos, mientras solo sigan siendo dos… sin compañeros de la universidad. – De nuevo el reproche.

– Sabes que deberías de estar de mi laso y no del suyo…

– Lo siento, pero me agrada demasiado…

Me sentí dichoso por sus palabras, y por el tiempo que me dedicaba. Pero sobre todo, porque me aceptaba y también lo apreciaba a él.

– ¿Vendrá hoy? ¿Preparé algo que quiero que pruebe?

– Hoy no… – Respondí más desanimado de lo que debería. – Tiene trabajo…

– ¡Que muchacho tan responsable! – La escuché decir mientras se perdía por la cocina.

Me recosté sobre el sillón y me dispuse a descansar un rato, pero llegó visita y aproveché que los recién llegados no me tomaban en cuenta para irme a mi habitación. Una vez ahí, busqué refugió en mi cama.

Apenas iban a dar las cinco, aquí nunca se sabe porque siempre esta nublado. Solo esperaba que anocheciera pronto, el olor de Damián comenzaba a desvanecerse y resulto que estaba extrañándolo más de lo que debería.

Volví a sacar mi libreta, y por un rato, simplemente garabateé. Pero poco a poco fueron llegando las palabras.

 

Hace ya algún tiempo, mi hermano me dijo que debería quedarme con esa persona que me hiciera cuestionarme, porque tenía tanto miedo de enamorarme y bueno… llegaste tú.

¿Hasta dónde llegaremos con esto? La vida me ha enseñado que es mejor no hacer planes, y que simplemente lo mejor es dejarse fluir al ritmo de las cosas y que los acontecimientos vayan marcando el curso de los hechos.

No me importa lo que la gente diga, creo únicamente en lo que eres cuando estás conmigo. Bueno o malo, solo existe ese Damián para mí.

¿Y sabes?

No voy a prometerte nada que no pueda cumplir, es más, no voy a prometerte nada. Tampoco volveré a pensar en que en algún momento esto podría terminar. Prefiero demostrarte con hechos, lo bien que todo esto puede resultar. No voy a hablar, pero voy a escucharte, para dejarte ver que quiero aprenderte, leer tus silencios y comprenderte, quiero ganarme la confianza de que sepas que tu corazón estará a salvo conmigo, hoy, mañana y todos los días que quieras regalarme.

 

Le di la vuelta a la página, y comencé a escribir de nuevo:

 

¡No te engañes! Soy testigo de la forma en la que me haces mirarlo. Siento mis ojos iluminarse de ese extraño brillo cada vez que él aparece frente a mí. He sentido la felicidad y la forma en la que te aceleras mientras haces que en mi rostro se dibuje una sonrisa de tan solo pronunciar su nombre.

Y ni hablar de cuanto está cerca, de cuando me toca o me besa. Me haces temblar y me agitas con tu golpeteo feroz en mi pecho. A pesar de que no conozco de amores, los he visto. Desde el más volátil y superfluo, hasta ese más intenso y profundo.

¿Cómo es el mío? ¿Es amor lo que siento?

Lo es… ¿cierto? Un amor tan vivo y feroz. Un amor ardiente como el fuego mismo, como lava que burbujea y arrasá todo a su paso.

Pero también hay algo más… ¿Por qué pones dudas en mí? ¿Por qué siento miedo? Sí, miedo a no ser suficiente para él, a no merecerlo, terror a que las palabras de los demás se cumplen y llegué el momento en que él me deseche, me rechacé. 

Miedo, miedo, miedo… Me estas volviendo un cobarde.

Y me niego a esto, porque sé que las personas solemos perder mucho tiempo temiendo a cosas que pudieran pasar y nunca pasan. No quiero vivir con el remordimiento de mis días con él colmados de incertidumbre, de arrepentimiento por lo que hubiera pasado y si tan solo hubiera tenido el valor. Y como en cada ocasión hubiera, este esfuma fielmente, deja de existir como todo aquello que pude ser y no fue.

Así que intentó convencerte de que si nos vamos, que si no nos arriesgamos a tener a alguien como Damián en nuestras vidas, seriamos un completo fracaso. No quiero abdicar, aunque tu dudes… yo no quiero hacerlo. No quiero vivir arrepentido noche y día, culpándome y culpándote hasta que emocionalmente quedes tan lastimado como yo y que te desprecie por haber sido cobarde, porque aunque te acelerabas en mi pecho cada vez que me tocaba, no me impulsaste a hacer oídos sordos a los comentarios de los demás, por miedo a que lo que dicen sea verdad.

No creas que no me he tomado el tiempo de pensar como seria nuestra vida si no luchamos. Y he descubierto que seguiría igual para ambos, la vida después de un tiempo, volvería a ser como antes de que Damián existiera para nosotros. ¡Dime corazón! ¿Es eso lo que quieres?

Debes saber que estar separados no es parte de mi plan… No quiero vivir sintiendo que me falta algo, y que al despertar, volveré a buscarlo al lado izquierdo de mi cama y esta estará vacía, junto como ahora, solo que será así para siempre. Y entonces vendrá ese sentimiento de vacío y se apodera de ti y de mí. Entonces, tarde comprenderemos que ese espacio no podrá ser llenado con nada ni nadie más que no sea él. Con esa persona que dejamos ir.

Creo que no deberías pensarlo mucho, y simplemente dejarnos llevar. Si ya lo extraños ahora que sabemos que vendrá en unas horas, no esperemos a extrañarlo sin consuelo hasta que no podamos movernos, en tu caso, hasta que ya no puedas latir. No quiero ese dolor, esa desolación.

No nos preguntemos si está bien o mal, simplemente aventémonos al vacío. Confiemos que él va sujetarnos y no nos dejará caer.

Pongámosle nombre a estos sentimientos. Pronunciemos esas palabras que lo resuelven todo y amemos. Yo quiero hacerlo… ¿Y tú?

Releí el resultado de mis propios sentimientos y logré sentir cierta paz. Hacía mucho que no hablaba conmigo mismo y era la primera vez que lo hacía con mi corazón. Pero las dudas estaban atacándome y yo no quería darles paso.

Me gusta, tengo que reconocerlo. Mi pulso se acelera cuando lo tenga cerca, y me siento protegido y cómodo en sus brazos. No siento mariposas en el estómago, más bien, es como una tormentas desbaratando todo en mi interior. Sin poder controlarme, sin frenos, sentimientos desbocados que me golpean con fuerza y me dejan aturdido.

Me sudan las manos y estoy nervioso en cada instante que está conmigo. El cielo es más azul, aunque este cielo siempre este nublado, para mí es como un nublado más claro, más bonito. Y juro por mi vida que si todo esto que me ha hecho sentir en estos últimos días, no es el inicio de ese mito llamado amor, entonces sea lo que sea, es más que grandioso. Y no deseo que acabe.

Me acomodé mejor entre mi sabanas y envolví al pobre de Dan que en medio de mi alboroto había quedado aplastado entre mis cosas.

– ¡Ya basta, Ariel! – Me regañé a mí mismo. – Ponte serio y escribe esa carta de una buena vez. Sin borradores… esta será la definitiva. – Pronuncié con convicción.

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