Capítulo 19: Perverso

PERVERSO

 

El que no quiere ver visiones, que no ande de noche.

 

TERCERA PERSONA

 

Poco antes de llegar Alba Lula, Damián tomó una desviación hacia un camino angosto de terracería, que se escondía entre los arbustos. No parecía ser la gran cosa, pero a escasos trecientos metros de la desviación, una carretera perfectamente pavimentada, llevaba hacia lo que un día pudo haber sido uno de los conglomerados más grandes de Sibiu. Ahora, reclamado por el bosque, eran solo edificios recubiertos de árboles y todo tipo de vegetación. Al menos, lo era por fuera.

Damián rodeó el primer edificio, hasta donde se alzaban unos portones metálicos de por lo menos, cinco metros de largo. En la parte más alta, una malla electrificada parecía recorrer todo el perímetro del lugar. Detuvo el auto y bajó.

Dos hombres perfectamente armados aparecieron por una puerta más baja. Ambos tipos vestían ropa camuflada, al estilo militar. Mal encarados y con actitud hostil, se acercaron a Damián, pero cuando le reconocieron, simplemente se hicieron a un lado y lo dejaron entrar.

Caminaron en silencio por un pasillo amplio y perfectamente iluminado. Ellos le seguían guardando cierta distancia de él. El moreno mantenía la vista al frente, desinhibido caminaba con demasiada familiaridad por el lugar, sin interesante realmente por nada.

Otros hombres platicaban en un grupo de grupo, ellos a diferencia de los primeros dos, vestían con trajes que rezumaban lo costosos que eran, y parecían demasiado entretenidos en su plática. Pero guardaron silencio cuando Damián paso junto a ellos, sin siquiera, mirarlos.

– ¡Vaya! ¡Vaya! ¡Pero miren quien está aquí…! – Dijo uno de ellos, apartándose de los otros tres. – Así que aun estas vivo… – La forma tan punzante en la que hablaba, no pasó desapercibida para el menor.

Sí, porque entre todos los hombres que había en ese edificio, Damián era el menor, pero también, uno de los más respetados. Aunque nunca faltaba quien quiera tentar a su suerte.

– Damián Katzel… – Dijo otro, uniéndose al primero. Y entre los dos le cerraron el paso. – ¡Que desagradable sorpresa!

– ¡FUERA! – Dijo Damián con extremada calma, pero con una rudeza que hizo que los dos que quedaban, se alejaran. Los hombres que le habían seguido de cerca, se pegaron a la pared y los que le retaban se mostraron ofendidos por el poco tacto con el que se había dirigido a ellos. Eran hombres de dinero y exigían un respeto que no se merecían. Y que aun mereciéndolo, no iban a recibir, al menos, no de Damián.

Él tenía fama de no respetar a nadie, nunca y sin importarle las circunstancias, mucho menos las consecuencias.

– ¡Apártense! – Ordenó una voz femenina desde atrás, Damián quitó la mirada de los hombres y la dirigió al frente.  Los tipos terminaron cediendo, y aunque murmuraron maldiciones, de eso no paso. – Llegas tarde… – Dijo la mujer.

– No dije que vendría… – Le aclaró y ella asintió.

Damián caminó hasta quedar de frente y ella le abrazo y le dejó un beso en la mejilla. Con suavidad, él la aparto sin importarle que se tratara de la hija de uno de los hombres más prominentes en círculo de los traficantes de toda Europa.

– ¡No cambias! – Se quejó la chica. Él la toleraba solo porque tenía una buena amistad con Deviant, pero de ahí en fuera, le era completamente indiferente.

– Mis más hipócritas disculpas…

Temporalmente vencida, sonrió un poco apenada por el hecho de que ese chico guapo y rudo la despreciara de tal manera.

– ¿Y cómo esta Deviant? – Intentó sonar casual.

– ¿Por qué no le llamas y se lo preguntas personalmente? – Preguntó seca y fríamente Damián, mirándola realmente por primera vez.

Ella se intimidó lo suficiente como para ya no insistir, y terminó de conducirlo hasta una de las oficinas que estaban en el segundo piso.

Todo el lugar era lujoso y decorado de una manera muy particular. Pese a que era un lugar de hombres, tenía ese toque ordinariamente femenino, que a él tanto le desagradaba. No había ascensor, así que se dirigieron a las escaleras.

Después de aproximadamente veintidós escaleras y el molesto ruido de los tacones de la mujer, Damián llegó un poco más arto de lo que ya estaba desde que piso ese lugar. Llegaron a un espació amplio y recientemente pintado, lo supo por el olor fresco de la pintura, de hace aproximadamente una semana. Había muebles de madera importada, nuevos y por su apariencia, costosos. Algunos cuadros colgaban de las paredes, supliendo los anteriores. También la alfombra de peluche era nueva. Las lámparas habían sido reutilizadas, recordaba haberlas visto antes.

La mesa se centro era de cristal y sobre ella descansaba una florero de porcelana de diseño artesanal. Samko había comprado una recientemente, misma que terminó hecha pedazos cuando accidentalmente la hizo caer de la mesa, porque él odiaba los floreros y el olor a flores recién cortadas. Sintió la tentación de hacerlo de nuevo.

– ¿Tu elegiste la decoración? – Le preguntó a la chica.

– ¡Sí! – Respondió orgullosa y dichosa de que el moreno por fin, le prestara atención. – ¿Te gusta?

– ¡Es nefasto! – Respondió con tono monocorde. – Pero es típico de ti… Siempre has tenido mal gusto. – Declaró y con total desinterés, caminó hasta la mesa de centro y empujó el florero hasta hacerlo caer. Por supuesto que iba a romperlo, él destrozaba todo lo que no le gustara.

– ¡No tenías que hacer eso! – Le reprochó.

– Lo hice porque quise…

Su nombre era Melissa y ofendida por la respuesta se dispuso a recoger el tiradero que se había hecho. Sabía que Damián tenía mal genio, pero no podía evitar sentirse afectada y quizá, un poco dolida.

– ¿Qué pasó aquí? – Preguntó otro hombre de voz casi cansada. Damián levantó la mirada hacía él. Era el padre de Melisa y también la persona que le había citado en este lugar.

– ¡El viento! – Respondió el moreno, la chica le miró molesta. – Como culpar al viento por el desorden hecho, si fue ella quien ha dejado la ventana abierta.

– Es mi hija Damián… no la trates como si fuera una mujer ordinaria.

– Ponla entonces en una caja de cristal con una cinta que diga frágil…

El hombre rodó los ojos. A cualquier otro le hubiera traspasado una bala en la frente, pero no a Damián. Y tuvo que tragarse su coraje y con una seña le pidió que le siguiera. Iba a ser otro recorrido entre pasillos que incluía otras veintidós escaleras pero ahora de bajada para llegar al jardín trasero.

Lo recorrieron en silencio.

El lugar al se dirigían estaba repleto de verdaderos personajes, y en general, todos íntimos enemigos del menor, y los que no le odiaban, tampoco era que les agradara. León apareció por uno de los pasillos e iba custodiado por otros dos hombres, igual que como los que no le habían abandonado a él, desde que llegó.

El chico parecía demasiado asustado y Damián concluyó que su hermano no estaba con él.

Y por decir algo, ver a Damián no le relajo ni tantito, sino que tuvo el efecto contrario, pero fue obligado a caminar junto al moreno.

– ¿Dónde está Lucio? – Le preguntó bajito y el chico se hundió de hombros.

– Nos separaron en cuanto llegamos… – Le dijo tímidamente.

– Si te atontas y te agarran no te defenderé… – Le aviso, y León se intimidó mucho más de lo que ya estaba. – Así que procura no alejarte.

Y no era exagerar, ese lugar siempre terminaba siendo un campo de batalla.

La última puerta fue abierta y uno a uno fue entrando. Poco el silencio se hizo presente y Damián sintió su lobo removerse inquieto, esa no era una buena señal.

Dejándose guiar por su olfato, más que por su vista, fue reconociendo a cada uno de los presentes, y al final, custodiado por un grupo de gente aparentemente común, estaba Lucio, el olor de su sangre era fuerte. En ese momento Damián supo que le habían golpeado, mantenía los brazos rígidos, así que supuso que lo tenían esposado y por la forma en que sudaba, escondía alguna herida que sangraba.

Sus miradas se encontraron y Lucio se mostró un poco menos agobiado por su hermano. Damián entendía ese sentimiento y aunque no le agradaba ninguno de los dos, quería la exclusividad de deshacerse de ellos.

Les ofrecieron bebidas en copas delicadas y caras, Damián las rechazó de inmediato y León le imitó. Lo que sí hizo, fue discretamente avisarle que había alguien a quien Damián había querido encontrar desde el accidente de Deviant. Y que estúpidamente venía hacia ellos.

– ¡Katzel! – Dijo con parsimonia, parándose frente a él y casi aplaudiéndole en la cara. – Le era seis años mayor pero se comportaba como un adolecente con retraso, o al menos, eso pensaba el moreno, quien se limitó a mirarlo con fijeza. No iniciaría una pelea, pero estaba deseoso porque responder a cualquier agresión, sobre todo viniendo del hombre que mando al hospital o su hermano. Y Damián sabía justamente como hacerlo enojar. – ¡Que alegría verte! – Le dijo y el menor le sonrió de medio lado sin quitarle la mirada de encima, casi sin parpadear. – Te cuento que hace unos días vi a… ¿Cómo se llama? – Fingió intentar recordar, solo para hacerse el interesante. – Samko… – Pronunció y la diminuta sonrisa de Damián se deshizo. – ¡Que ricura! – Agregó lascivamente. Lo sabía, estaba provocándolo. – Quien diría que crecería tanto… No sabes lo que daría por tenerlo de cuatro sobre el piso y metérsela para escucharlo gritar como la puta barata que dicen que… – Ni siquiera lo vio venir. Él puño de Damián apareció justo de frente hundiéndole el tendón de la nariz y haciendo caer de espaldas.

Por supuesto que el hombre no estaba solo, uno de los suyos pareció detrás de Damián, pero León lo interceptó antes de que le tocara. El anfitrión se apartó y cuando sus hombres quisieron detener la pelea él les ordeno que se abstuvieran de participar.

– Quien sea capaz de meterse con él, que sea capaz de afrontar las consecuencias… – Dijo y tomando asiento en una de las mesas más apartadas se dispuso a disfrutar del espectáculo.

Damián tenía a uno contra la pared, sujetó por el cuello y a otro en el piso, del que pronto se deshizo, cuando presionó con demasiada fuerza su pie contra el pecho del sujeto hasta que se escuchó crujir. Otros dos se habían acercado a donde quien había iniciado todo, lo levantaron e intentaban sacarlo del lugar cuando Damián les apareció de frente.

Uno de ellos, estando demasiado cerca del menor, dio una manotazo con navaja en mano, causándole una cortada desde el costado izquierdo hasta el vientre bajo. Damián apenas y si alcanzó a sujetarse el estómago, era una herida profunda que de inmediato empezó a sangrar.

– ¡Era mi camisa favorita! – Dijo como si la herida fuera un simple rasguño. La gente se sorprendió porque su ropa rápido se vio empapada de sangre.

Al hombre de la navaja, lo sujetó por la muñeca y de un tirón, demasiado fuerte, le zafó el brazo. Los gritos que emitía resultaron una melodía irresistible para Damián. Añoraba esto, lo anhelaba con todas sus fuerzas, era su naturaleza y amaba ver el terror en el rostro de sus contrincantes.

Se detuvo unos segundos a disfrutar del esplendor de todo ese dolor. Estaba fascinado y se sentía tan vivo y vital, tal y como cada vez que casaba. En estos momentos volvía a ser la bestia de siempre, la máquina de dolor andante.

Quitándole la navaja, la usó en su contra. Picoteo su cuerpo tantas veces como quiso. El hombre escurría sangre por todos lados y resultaban una imagen difícil de ver. Algunos de los presentes vomitaron ante la escena, aunque eran hombres acostumbrados a vivir a lado de muerte, y a decir verdad, quien sabe que era peor, si ver a ese tipo dar sus últimos alientos de vida o a Damián disfrutando tanto del momento.

León seguía cuidándole la espalda, pero desvió la mirada de ellos.

La última puñalada fue certera. El moreno terminó clavándole la navaja en la frente. Para al siguiente segundo tener al otro tipo por el cuello. Con él no se ensañó, tenía prisa por su principal objetivo. Sujetó al hombre de tal manera que su espalda quedara contra el estómago herido de Damián y tomándole por la quijada se lo giró con violencia, rompiéndole el cuello.

– ¿Qué era lo que decías de mi hermano? – Le cuestionó con dureza. Tenía la voz ronca de la excitación, era demasiado placentero verlo temblar de miedo. Sentirlo, olerlo, embriagarse con su terror.

Su lobo ladró y casi podía sentirlo con el hombre entre sus fauces. Tenía una cuenta pendiente con él. Y es que Deviant no era ajeno al lobo, lo había visto y más que eso, ellos se conocían. Al intentar dañar al único que hasta ahora no le había visto con miedo, este hombre se había vuelto una presa para la bestia.

– ¡L-lo s-siento! – Intentó decir rindiéndose.

Damián sacó el arma al tiempo que le hacía una seña a León. Sabía lo que tenía que hacer. Y es que al defenderlo a él, se olvidaron de un pequeño detalle, que ahora León tenía contra el piso.

– Es lo justo… – Cantó Damián. – Tú dañaste a Deviant, yo dañare a Leandro. – Leandro era un chiquillo de dieseis años, demasiado alzadito y pretencioso. – Tú le faltaste el respeto a Samko, yo haré lo que sugeriste con tu hermanito.

– ¡No te atrevas…!

– ¡Callate! – Le gritó Damián. – Acercalo… – Ordenó y León hizo que Leandro se pusiera de pie, lo hizo sin objetar nada, entre otras cosas porque estaba en shock. Damián lo tomó por el cabello y lo obligó a arrodillarse.

– ¡Es suficiente Damián! – Dijo el anciano. – Deja al chico fuera de todo esto.

– Hagamos algo… tú quieres al chico. Yo lo quiero a él. – Le dijo señalando a Lucio… ¿Qué dices?

– ¡Hecho! – Dijo – Ahora dejalo venir conmigo.

Damián le soltó y cuando Lucio estuvo junto a León, el moreno volvió la vista a su objetivo y le molió a golpes. Solo se escuchaban los quejidos y los azotes que le daba. Y aun cuando dejó de moverse, siguió golpeándolo y planteándolo de manera alternativa.

– Supongo que es todo por hoy… – Anunció poniéndose de pie, y tan fresco como si hubiera estado matando hormigas. Sacó un pequeño talón doblado de su cazadora y acercándose al anciano, se lo entregó. – Lo manda Deviant. – Dijo y tras eso, se retiró del lugar seguido de los otros dos.

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