Capítulo 28: Del Amor Al Odio Hay Solo… Cientos De Obstáculos, Miedos Y Un Paso

Lo odio y no. Estoy molesto por él pero no con él… No sé cómo explicarlo. Es solo que cuando lo beso, desaparece todo lo que está a nuestro alrededor y solo existimos él y yo. Y es en ese punto exacto, en el que me doy cuenta que es al único hombre al que quiero besar el resto de mi vida y… quiero reír y llorar al mismo tiempo.

TERCERA PERSONA

No podía evitar sentirse un tanto arrepentido, su necia curiosidad le había valido que Damián se molestara con él y con el mundo entero. Ahora se lamentaba de no haber escuchado Han cuando le dijo que debía ser más respetuoso con los asuntos sentimentales de su hermano. Después de todo, era la primera vez que el moreno demostraba un cierto interés por alguien en particular.

– ¿Crees que debería intentar hablar con él? – Le preguntó a quién logrará escucharle. A esas horas el casino estaba lleno, su pareja se esforzaba en sacar a tiempo todos los pedidos que llegaban a la barra y también estaba al pendiente de los cobros. Así que difícilmente le estaría prestando atención.

– ¡No es mala idea! – Dijo Han, mientras le guiñaba el ojo de forma coqueta, demostrándole que pese a estar muy ocupado, siempre está al pendiente de él. Y sin más, volvió a lo suyo. Deviant supuestamente estaba limpiando los vasos y copas, aunque en realidad, solo jugaba con las toallitas desdoblándolas y volviéndolas a armar. – Pero no lo presiones… – Agregó y le quitó de las manos el pedazo de tela y comenzó a limpiar las copas por él mismo. Amaba a Deviant pero eso no significaba que su opinión cambiara sobre este asunto: Deviant no es alguien útil para este trabajo. A él le va más firmar papeles y contar dinero.

– Lo estoy haciendo yo… – Se quejó.

– No soportaría que te cortaras o tus manos se dañaran… – Le dijo y rápidamente dejó un beso sobre la primera de estas que tuvo a su alcancé. – Mejor ve a arreglar las con él y dejame a mí con esto…

– Tienes una manera muy particular de decirme que soy un inútil… – Dejó el resto de las toallas sobre la mesita y sin más abandonó el área de la barra dirigiéndose hacia la bodega.

Nadie lo detuvo en su camino, aun cuando era poco usual verlo deambular por el casino a esta hora, cuando más lleno está todo. Robó dos copas de una mesa sola y bajó las escaleras hasta la puerta.

No se tomó la molestia de tocar.

Pero abrió la puerta lentamente y cuando pudo divisar a su hermano, suspiró pensando en que le diría.

– ¿Qué quieres, Deviant? – Preguntó de inmediato Damián sin siquiera tomarse la molestia de mirarlo.

– ¿Cómo sabes que soy yo…? – Le cuestionó asombrado.

Damián dejó la caja que sostenía, en el suelo y se giró para mirarlo con cierto fastidio. Era la típica expresión de hartazgo de quien ha tenido que explicar la misma cosa cientos de veces.

– Por tu olor… – Le dijo – Y porque eres el único idiota que se atreve a venir a molestarme cuando estoy trabajando. Ahora, en tres simples palabras dime que rayos quieres. – Deviant se tomó algo de tiempo para elegir sus tres palabras y eso casi hace reír al moreno, quien con los brazos cruzados a la altura del pecho, en pose de completo y total desinterés, aguardaba por su respuesta.

Aunque muy en el fondo, él sabía que esto sucedería.

– No me alcanzan tres palabras para todo lo que quiero decirte… – Le explicó un poco frustrado mientras se adentraba en la bodega, que estaba, por excepción de la caja que Damián dejó sobre el piso, completamente en orden. – Quería disculparme por lo que hice… pero tenía mucha curiosidad… – Confesó y aunque sus disculpas eran sinceras, no se arrepentía de lo que había hecho. – Aun la tengo. – Terminó de llegar hasta Damián y le ofreció la bebida.

– Últimamente bebes demasiado… – Le reprochó el menor mientras aceptaba la copa, solo para dejarla olvidada sobre uno de los anaqueles más próximos. – ¿Qué te hace falta ahora? ¿Uh? – Le quitó la segunda y bebió su contenido. – James te adora, las cosas con Samko parecen ir mucho mejor, tienes a Han y te dejaste coger por él… ¿Qué más necesitas Deviant? – El mayor bajó la mirada en señal de rendición y Damián no quiso resistirse a eso, Un Deviant vencido era demasiado adorable. Lo abrazó atrayéndolo a él. – Yo siempre voy a estar aquí para ti y lo sabes…

– ¿Aunque ahora exista él…?

– ¿Por eso bebes? ¿Es que acaso no te agrada?

– No, claro que me agrada… Es muy simpático y astuto. – Encomió.

– ¿Entonces…? ¿Celoso? – Se burló Damián.

– No, eso no… Ya me quedó más que claro que lo nuestro no hubiera funcionado. – Aclaró mientras se separaba de los brazos protectores de su hermano. – Sobre ese asunto… quería decirte que ya no voy a poder besarte jamás, así que no… no insistas. – Damián reviró los ojos con fastidio y asintió. No le sorprendía, era algo que se veía venir, Han tenía sus métodos para hacerse respetar.

– ¿Te pegan? – Le caló.

– Se lo prometí… – Respondió mientras se hundía de hombros.

– Si no nos ve… No tenemos por qué decirle. – Agregó Damián de manera provocativa mientras lo sujetaba por la quijada. Se acercó violentamente a los labios de su hermano, pero se detuvo a una sana distancia, Deviant no se resistió, porque esta vez no parecía tener intensiones de hacerlo, y tal y como supuso, Damián le soltó y volvió a su pose inicial.

– ¡Tampoco lo quieres! – Aseguró Deviant imitándolo. Damián retrocedió un par de pasos, como si esa cercanía con él, fuese prohibida.

– ¡No te ofendas! – Pidió – Últimamente no sé qué me pasa…

– No soy el único que está perdiendo su credencial de hombre… – Sugirió el mayor, no en señal de burla, sino como algo que era imposible de negar. Se recargó contra uno de los anaqueles y fue bajando hasta que se dejó caer en el piso. – ¿Lo quieres? – Damián dudó.

– Cuando dos personas se quieren, solo significa que su subconsciente es atraído por el subconsciente de la otra persona. Y eso que tu llamas querer, solo son dos neurosis que hacen buena pareja.

– ¿Subconsciente? ¿Neurosis? – Deviant sonrió mientras asentía. – No cabe duda que has estado pensando en ello, lo estas racionalizando y eso solo significa que si lo quieres, pero no pretendes aceptarlo… ¡Esta bien, tomate tu tiempo! Aunque es absurdo, pero aun así, te hace lucir sexy el que hables de manera tan intelectual.

– ¡Yo siempre soy sexy! – Aclaró Damián como si tal cosa fuese verdad, sentándose a lado de su hermano, también en el piso.

– ¿Te gusta? – Insistió Deviant en tono bajo, casi confidencial. – ¿Lo quieres? – Gustar y querer son dos cosas muy distintas, Damián lo sabía, pero por alguna extraña razón era más fácil aceptar lo segundo que decir que le gustaba.

– Eso creo… – Respondió de la misma manera y casi escondió el rostro entre las manos. – No lo sé Deviant, suena ridículo si lo digo en voz alta… Es muy incómodo.

– Si no estás dispuesto a sentirte incómodo y sonar ridículo, entonces quizá no mereces estar enamorado.

– ¡No estoy enamorado! – Aclaró de inmediato. – Eso no es posible… Él solamente… – No pudo decirlo, no cuando lo que estaba a punto de pronunciar era mentira. Ante el mundo lo negaría, pero a Deviant le tenía confianza… tal vez, si podría contarle, sería bueno hacerlo.

– ¿Te gusta cómo se escucha tu nombre cuando él lo pronuncia? – El mayor no planeaba darle tregua y aunque Han le había dicho que no lo presionara, él tenía otro tipo de planes.

– Deviant…

– ¿Te gusta sí o no?

– ¡Sí!

– ¿Te hace querer ser un mejor hombre?

– Definitivamente si…

– Piensas en él la mayor parte del día, te angustia la idea de poder perderlo, que alguien lo aleje de ti… El tiempo a su lado se te pasa volando, las horas sin él son dolorosamente lentas. Antes de comer te angustia pensar que quizá esté pasando hambre…

– Algo muy posible teniendo en cuenta que ustedes le robaron su cartera. – Reprochó.

– No te desvíes del tema…

– ¡Sí! ¡Sí! Es verdad… – Aceptó un tanto molesto porque parecía como si Deviant pudiera ver en su interior.

– Tu corazón se acelera cuando están juntos, cualquier pretexto para tocarlo es bueno. Tus ojos lo siguen a todos lados donde vaya, sus lágrimas son tu debilidad. Su dolor el tuyo… Y no importa si su relación es sexual, te basta abrazarlo, besarlo y tenerlo entre tus brazos.

– No le he visto en todo el puto día y tú diciendo todo esto… – Reprochó el moreno un tanto decaído.

– Entonces es un hecho… ¡Estás enamorado! – Declaró el mayor como quien da un diagnóstico. – Siempre es lo mismo y tú lo estas experimentando. Bienvenido a mi mundo… – Le dijo mientras le palmeaba el hombro en forma comprensiva. – Ahora vas a comprobar lo frágil que es ser un mortal.

– No me siento frágil… al contrario. En muchos sentidos él me hace fuerte. – Fue liberador decirlo, era una gran verdad, debía aceptarlo. – Lo odio y no. Estoy molesto por él, pero no con él… No sé cómo explicarlo. Es solo que cuando lo beso, desaparece todo lo que está a nuestro alrededor y solo existimos él y yo. Y es en ese punto exacto, en el que me doy cuenta que es al único hombre al que quiero besar el resto de mi vida y… quiero reír y llorar al mismo tiempo. Y me asusta… ¿Qué va a pasar conmigo si me enamoro?

– ¡Que importa! Creeme cuando digo que una vida sin amor, no es una vida en absoluto.

– ¿No te preocupa que Han un día se vaya de tu lado?

– Me aterra pensar que en algún momento deje de ser lo suficientemente digno de tener a Han en mi vida, se me va el sueño pensando que tal vez, en medio de mi estupidez pueda confiarme demasiado y lo descuide, obligándole a buscar en alguien más, lo que yo no le doy. Me preocupa no merecerlo. Solo eso… pero no que él me deje. Porque no lo hará si no le doy motivos, si lo hago sentirse amado de la misma manera en la que él me ama a mí. – Dijo – En los caminos del amor no puedes andar con miedos o dudas, Damián. O amas o no lo haces, pero nadie merece que se le quiera de forma mediocre.

El menor quedó sorprendido por esas palabras, era la primera vez en la que escuchaba a Deviant hablarle como si realmente fuera el hermano mayor y no podía negar que tenía razón.

– ¡Entiendo!

– ¡Bien! Entonces, tal vez debes irte ahora… – Agregó poniéndose de pie. – Es su primer cumpleaños aquí… Y los Katzel podemos llegar tarde, pero definitivamente llegamos. ¡Sorprendelo! – Le dijo emocionado. – Y sí, mañanas tienes el día libre para que lo lleves a festejar como se debe.

– Mi sueldo es un asco… ¿recuerdas? – Bromeó Damián. – Tengo un jefe tacaño. Así que no puedo llevarlo a un buen lugar.

– Soy muy considerado contigo…

– ¡Aja!

– Llevalo a la casa de campo… No quiero que por la forma en la que te vistes, él vaya a pensar que vivimos en la miseria…

– Por tu bien, haré como que no escuché eso…

– ¡Si, como sea! – Hizo oídos sordos el mayor, mientras intentaba bajar la copa que Damián había dejado sobre el anaquel. – Hay ropa para ti en mi oficina, así que lavate y deshazte de esos harapos.

DAMIÁN

Llegué casi a las once y media de la noche. Las luces de toda la casa estaban apagadas, incluso las de su habitación. Estacioné la moto en el pórtico y subí rápidamente por las escaleras hasta detenerme en su puerta corrediza.

Deshice el seguro y la abrí un poco. Su olor me llegó de golpe, pero fue hasta que pude sentirlo de nuevo, que comprendí lo mucho que lo había extrañado. Ariel olía de una forma especial. Su aroma era más fresco que dulce, pero no por eso menos delicioso. Incluso creo que por eso me gustaba más, porque no era empalagoso. Es decir, era suave pero penetrante y fijador.

Me adentré en la habitación, cerrando la puerta tras de mí. Caminé hasta el pie de la cama y ahí lo encontré dormido, envuelto entre todos esos edredones. Su respiración era acompasada, pero su sueño no era profundo. Y si no fuera porque no quería creerme tanto, casi juraría que me sintió llegar.

Mis ojos pronto se acoplaron a la poca luz de la habitación, pero podía verlo a la perfección, así como todo lo demás. Y pese a que realmente no quería hacerlo, aparté mi mirada de su rostro y me escabullí al baño.

El fruto de mi hurto iba conmigo.

Ocupé la pequeña mesa de madera que servía para sostener el sin final de toallas que usaba. Las que servían para cubrir su cuerpo, las de las manos, las más cortas y cuadradas para el cabello y también las más suaves que eran para el rostro. Cuidando de no tirar nada, la acerqué a la tina y escondí detrás todo lo que había llevado. De paso abrí las llaves del grifo cuidando de templar el agua como a él le gustaba, y dejé que la tina se llenara, mientras volvía a la habitación.

No se había movido ni medio centímetro.

Me senté a su lado y acariciando sus mejillas le dejé un beso en la frente.

Fui repartiendo una lluvia de besos suaves por todo su rostro, hasta que lo sentí moverse. Entonces, dejé uno más sobre el puente de su nariz y finalmente busqué sus labios. Al instante sus brazos pequeños me rodearon, abrazándose a mi cuello.

– ¡Estás aquí! – Dijo con voz adormilada, pero aun así, pude percibir cierta  nota de desesperación, misma que quedó olvidada cuando se entregó a mi beso.

Si algo había comprobado en estos últimos días, es que no importa como lo iniciemos, siempre llegamos a ese punto en el que nos necesitamos con ansias, y es entonces que nuestros labios se amasan en un juego de fricciones alocadas. Ariel puede ser irresistiblemente tierno, ingenuo en casi todos los sentidos, pero cuando se trata de besos, él es todo un hombre sin importar que casi no sepa besar.

Con cuidado, le pase las manos por la espalda, tratando de pegarlo más a mí. Era pequeño y frágil comparado a mi fuerza, pero me dominaba con la dulzura de su boca, con la forma en que sus dedos jugaban con los mechones largos de mi cabello y con los ruiditos que hacía mientras nos tocábamos.

– ¿Me extrañaste? – Le pregunté mientras unía nuestras frentes. Los pozos azules de sus ojos se abrieron aletargados pero brillantes y cristalinos. Y en el reflejo de los suyos vi los míos más amarillos, como lámparas de luz intensa en medio de la oscuridad.

Los cerré, no quería asustarlo. Eran tan poco humanos, salvajes, fieros y sobrenaturales.

– ¡Más de lo que podrías imaginarte! – Respondió y las palmas de sus manos envolvieron mis mejillas. Sonreí por ese gesto tan cargado de esa ternura a la que comenzaba a acostumbrarme, pero fue hasta que sentí sus labios presionar levemente los míos, que volví a abrir los ojos, mirándolo un poco sorprendido. Por lo general, era yo quien iniciaba los besos, y sin embargo, ahora sus labios me acariciaban desbordantes de afecto. No sé cómo explicarlo, aun no puedo entender con claridad este tipo de sentimientos que son tan suyos y al mismo tiempo, tan ajenos a mí. Pero la forma en la que sus labios se envolvía con los míos, era no solo sensual, es más, creo que estaba carente de pasión, eran otros sentimientos los que lo orillaban a tocarme con tanta delicadeza y también eran otras las sensaciones que me estaban inundando. Húmedos y suaves me andaban en roces ligeros, con vehemencia pero sin intentar profundizar. Coqueteaba conmigo de la forma más inocente y sin embargo, me tenía rendido ante su voluntad. Yo era su juego y me jugaba con habilidad, con una maestría que me dejaba sin palabras. Cuando notó que lo miraba, sonrió. – Me encantan tus ojos… ¡Son muy bonitos!

– ¡No lo son! – Le rebatí. – Son raros… es solo que tú eres bueno.

– ¡No soy bueno! – Negó de inmediato. – Solamente soy un malo que temporalmente no ejerce. Defensor de las causas perdidas… – Agregó con solemnidad y solo le faltó levantar el dedo índice para comenzar a señalar. – orgullosamente de izquierda y por ende comunista hasta los huesos, amante de lo raro y de tus ojos bonitos…

– ¡Estas algo loquito! – Le dije riendo y él asintió con determinación. – Bueno… entrañable amigo de Carlos Marx, vendrás conmigo.

Con cuidado lo saqué de entre los edredones y lo pegué a mi pecho obligándolo a enrollar sus piernas en mi cintura.

– ¿A dónde vamos? – Preguntó mientras se sostenía por él mismo.

– A la ducha…

– Pero si ya me bañe…

– Pero yo no y necesito que alguien me ayude.

Ariel iba a reñirme tal y como siempre lo hace, pero no se lo permití. Sino que me adentré en el baño y cerré la puerta tras de mí. Lo bajé justo dentro de la tina, no sin antes probar que el agua estuviera en su punto.

Ariel me miraba expectante y yo fingía no darle importancia. Frente a él, lo primero que retiré de mi cuerpo fue la cazadora, después la camiseta que Deviant me había dado, el cinturón fue lo siguiente.

– ¿No te vas a desvestir? – Le pregunté y por inercia él se abrazó sí mismo como si en algún momento fuera a aventármele encima tratando de despojarlo de su pijama. Y negó lentamente. – ¿Por qué no?

– Me da pena… – Dijo y desvió la mirada cuando me quité el pantalón.

Sin prisa, dejé todo regado y también me metí, recostándome contra el borde y atrayéndolo para que se sentara en mi estómago. Le entregué su esponja y un jabón en barra. – Soy todo tuyo… – Agregué.

– ¿Qué se supone que voy a hacer con esto?

– ¡Bañame, cachorro!

ARIEL

Solo a él se le ocurre decir y hacer este tipo de cosas. Pero me reí por lo consentido que lucía. Empapé la esponja y comencé a restregar el jabón en ella. Cuando estuve satisfecho con la cantidad de espuma que estaba haciendo, comencé a pasarla por su pecho.

Podía sentir su mirada sobre mí y me avergonzaba porque seguramente se estaba riendo, Damián siempre lograba acelerar mi corazón hasta que doliera dentro de pecho y sabía que era algo que disfrutaba hacer. – ¿Por qué tanta seriedad? – Preguntó y sus manos mojadas acariciaron mi rostro.

– ¡Dejame! – Le dije fingiendo molestia. – Intento hacer bien mi trabajo… – Aclaré y retiré sus manos.

– Pues creo que esa parte está más que limpia… porque no lavas… lo demás. – Agregó y nuevamente estaba ese tono que no sabía cómo interpretar. Pero algo me decía que lo había dicho con mala intensión.

– ¡No me presiones! – Le regañé mientras pasaba la esponja por sus hombros. Damián efectivamente se estaba riendo y jugueteaba con el agua, salpicándome apropósito.

– ¿Qué tal estuvo tu día? ¿Alguna novedad?

– No fue la gran cosa…

– ¿Ah, no?

– ¡No! – Me limité a responder. Sus manos que ahora me recorrían empapándome la pijama me distraían de lo que hacía, eso y el hecho de que también era la primera vez que me dejaba admirar a detalle su cuerpo. Y debo decir que era sumamente atractivo y que en más de una ocasión quise abandonar la esponja y tallarlo con mis propias manos. – ¿Y el tuyo?

– Fue un asco…

– ¿En serio? ¿Qué fue lo que salió mal?

– Me hiciste falta todo el día… – Soltó de golpe y me atrajo hacía él obligándome a recostar mi estómago sobre el suyo, apenas y si logré salvar un poco de espacio colocando mis antebrazos contra su pecho. – Pensé mucho en ti…

– ¡No te creo! – Le rebatí y él de nuevo sonrió. Sus brazos se cerraban con fuerza sobre mi cintura, pero sin llegar a hacerme daño. – De seguro estuviste con alguien más haciendo quien sabe que…

– ¡Eso no es verdad! –Rebatió juguetón. – Pensé en ti y todo lo que me gustaría hacerte… – Sus manos viajaron a los botones de mi camisa de franela con la clara intención de desabrocharla.

– ¡No! ¡No! – Se lo impedí colocando mis manos sobre las suyas. – ¡No me la quites!

– ¿Por qué no…? ¿Qué sentido tiene que la tengas puesta si está mojada?

– ¡Es que… me da pena!

– ¿Estar sin camisa o te incomoda que sea yo quien te mire? – Pensé mi respuesta, pero cualquier cosa que dijera era igual de vergonzosa. Se trataba de él, de sentir su cuerpo tan junto al mío y de todas esas sensaciones que me provocaba.

Pero no iba a decirle eso.

Así que, simplemente aparté mis manos y lo dejé continuar.

Damián pareció entenderlo, porque rápidamente volvió a los botones, deshaciéndolos uno a uno. Su mirada estaba clavada en mi pecho y la mía en su rostro. Debo confesar que me preocupaba que lo que había debajo de esta ropa, no le gustara. Temía ver un gesto de decepción en su rostro.

Cuando la hubo desabrochado por completo, la deslizó por mis hombros y sin más, abandonó la prenda en el piso. Me recorrió con detenimiento y sus manos comenzaron a acariciarme, repasándome la clavícula, los hombros y brazos, volvió a mi pecho y con un poco de agua y espuma… las yemas de sus manos lo repasaron, bajó por mi estómago y se desvió a mis costados, entonces se detuvo…

– ¿Qué fue lo que te paso? – Recorrió el largo de la herida que no recordaba cómo me la había hecho.

– ¡No lo sé! – Respondí. – Simplemente me vino un dolor muy fuerte en el estómago, todo me dio vueltas y cuando desperté, estaba en la enfermería.

– ¿Te desmayaste?

– A-a sí parece… – De momento se había puesto muy serio, casi como preocupado y llegué a la conclusión de que quizá no debí decirle. – Cuando desperté ya la tenía y me ardía, pero ahora mismo ya no…

– Quizá te la hiciste cuando te peleaste… – Sugirió, aunque no parecía estar muy convencido de sus palabras.

– ¿Cómo sabes de eso…? – Le pregunté sorprendido.

– Simplemente lo sé… – Dijo – Como también se lo de la suspensión de tres días, que casi te quitan la beca, y algo más…

– ¿Pero cómo te enteraste? – Es decir, él lo sabía y no lo había mencionado… ¿pero cómo?

– ¡Tengo mis métodos! – Aclaró. – Aunque hay cosas de las que preferiría enterarme por ti…

– ¿Qué cosas?

– ¡Dímelo tú!

– No sé a qué te refieres…

– ¿Seguro?

–Ya te lo dije… – Lo encaré, no me gustaba que pensara que soy un mentiroso. Yo no he hecho nada malo.

– ¡De acuerdo! ¡No te enojes! – Levantó ambas manos, con las palmas hacía mí en señal de rendición. – Sé algo más, pero para decírtelo necesito que cierres los ojos…

– ¿Por qué?

– Por qué si lo ves tendré que matarte… – Respondió con sarcasmo y de nuevo se reía.

– ¡Aja!

– Porque yo digo que los cierres… – No era la respuesta que esperaba, pero comprendí que no diría más, así que volví a quedar sentado sobre su estómago y los cerré.

– ¡No los abras hasta que yo te diga! – Obedecí, aun cuando escuché ruidos extraños y un poco de calor cerca de mi rostro. – Ahora sí… – Dijo – ¡Feliz cumpleaños, Ariel! – Agregó y frente a mí, tuve un Cup Cake de chocolate, decorado con dulces en forma de perlitas y una velita encendida.

Sobra decir que me quedé pasmado. Estaba seguro de no haberlo mencionado… a nadie, mucho menos a él. Así que no me explicaba cómo se había enterado. Pero me sentí muy emocionado, porque había sido un día muy triste sin él y solo Will había llamado para felicitarme. – ¡No llores! – Me pidió mientras me abrazaba y lo sentí regalarme un beso en la frente.

– No estoy llorando… – Le dije y hasta cierto punto era verdad. – Es que creí que pasaría como un día cualquiera, y tú… ¡Gracias! – Me detuve porque las lágrimas picaban mis ojos y le había dicho que no lloraría.

– Me enteré tarde… de haberlo sabido antes, no te dejaba solo. – Aseguró y me entregó el pastelito. Asentí, claro que hubiera preferido que estuviera a mi lado, pero también comprendía que él tenía sus propias ocupaciones. – ¿Ya sabes que pedir? – Preguntó, a lo que asentí de inmediato y sin más soplé la vela.

Damián la retiró y le di una buena mordida, por supuesto que no podía quedarse con las ganas de hacer su maldad. Sin que pudiera evitarlo, empujó el pastelito hacía mi rostro, de manera que mi nariz y mis mejillas se mancharon con la crema batida.

– ¡Esta delicioso! – Le dije obviando el hecho de que debía verme gracioso con la cara toda manchada. – ¿Quieres probarlo? – Le ofrecí.

– ¡No! ¡Es tuyo!

– Pero quiero invitarte… – Más que mi deseo por compartir estaba mi deseo de venganza. En cuanto Damián lo mordió también lo hice hacía adelante, embarrándolo en su boca. – Y me reí de su expresión porque no me creía capaz, ni por encima se lo esperaba.

– ¡Eres un ser vil! – Me acusó mientras se limpiaba. – Casi me llega hasta el cerebro…

– Jamás lo he negado… – Respondí sin poder dejar de reírme.

Pero al final si me detuve. En cuanto se las arregló para limpiar mi rostro con su lengua y estuve tentado a salir corriendo de ahí, porque mi vergüenza era total.

– No hagas eso… – Le susurré.

– ¿No te gusta?

– Creo que el problema es que me gusta demasiado… – Confesé y en mi defensa diré que todo se había juntado, sus atenciones y palabras, la forma en la que me estaba tocando y como me besaba y lamia el rostro, sumado a mi poco autocontrol y a mi gran boca que siempre habla de más.

– ¿Quieres ir a la cama? – No vi la hora en la que había llegado a mi cuello, pero se sentía delicioso.

– ¡E-en realidad, quiero que me sueltes!

– ¿Estás seguro?

– ¡Sí! – Le dije y juntando todo mi autocontrol, lo aparté.

Pensé que se enojaría o algo así, pero él solo se reía y me miraba divertido.

– Es cuestión de tiempo para que dejes de resistirte a mí… – Amenazó.

– ¡Eres un pesado!

– Pero este pesado te hace estremecer… – Lo miré con recelo, a veces era demasiado presuntuoso.

– ¡Lo que digas! Pero por ahora, te terminas de bañar de solo… – No le di tiempo de rebatirme nada, cuidando de no resbalarme y con el orgullo herido me salí de la tina. Mientras Damián se deshacía en risas. – ¡Que gracioso! Y volteate que me voy a enjuagar.

Contrario a lo que pensé, se volteó. Pero seguía la desconfianza de que en algún momento pudiera mirar, así que me quité lo que quedaba de mi pijama y me enjuague rápido. No me sentí tranquilo hasta que estuve envuelto en mi bata de baño.

– Si te quedas más tiempo ahí, te vas a arrugar. – Le dije mientras pasaba a su lado.

– Mejor acepta que me quieres en tu cama…

– ¡Sueñas!

– Contigo… cada noche desde que te conocí… – Cerré la puerta tras de mí, no le creía, y era un pesado y creído que sabía cómo hacer que mi corazón latiera desbocado. – ¡No te vayas a dormir! ¡Vamos a salir! – Agregó mientras entreabría la puerta y seguidamente el ruido de la regadera se escuchó.

DAMIÁN

Cuando terminé de ducharme, él ya estaba tendido sobre la orilla de la cama, ni siquiera se tomó la molestia de secarse.

– Ari… te dije que no te durmieras. – Me acerqué hasta él y lo moví suavemente. – Vístete o te vas a enfermar… – Como no parecía tener la más mínima intensión de moverse, fui hasta su armario y elegí la ropa que se pondría, también saqué tres mudas más, dos abrigos y una sábana de lana. – Si no lo haces tú, yo te vestiré y te miraré todo lo que quiera… – Apenas y si intenté jalarle la bata y se paró como de rayo, tomó la ropa y se encerró en el baño. – Cuidado y te duermes parado… – Me burlé.

De la bolsa que le había robado a Deviant, saqué una muda limpia para mí y también me vestí. No tenía en que llevarme todas sus cosas, así que se me ocurrió vaciar lo que tenía en su mochila de la escuela y guardé la ropa. No hacía tanto frío pero preferí elegirle otro abrigo, por cualquier contratiempo.

– Ari… ¿Qué tal difícil puede ser ponerse un pantalón, camisa y sudadera? – Lo presioné mientras le tocaba la puerta. – Si no sales, echaré abajo la puerta.

– ¡Ya voy!

Sabía que ese “ya voy” le valía un par de minutos más. Así que dejé todo sobre la cama y me escabullí a la cocina, apenas y si alcancé a dejarle a Susan una nota pegada en su refrigerador, que decía:

 

“No puedo creer que no hayas recordado que hoy era su cumpleaños, en fin, te lo robaré dos días, nos vemos el miércoles.”

Con cariño, Damián.

– ¡Ariel! ¿Todavía…? – Le pregunté, en cuanto estuve de vuelta.

– ¡No, ya me vestí! – Respondió mientras abría la puerta. – Pero… ¿Por qué tengo que usar esto? ¿No vamos a dormir?

– ¡Cachorro, tuviste toda la tarde para dormir! – Le regañé mientras lo llevaba hasta la cama y le obligaba a sentarse en la orilla. – ¿Dónde están las botitas negras? – Señaló debajo de la cama y tuve que inclinarme para buscarlas. – Eres joven, debes disfrutar de la vida nocturna en vez de estar durmiendo… – Después de ponerle los calcetines, até las agujetas en un lazo lo más perfecto que pude. Me gustaban estas, porque eran iguales a las mías, solo que en pequeño.

– ¡Bueno! Solo quería saber… – Juro que casi me hace reír por la forma tan desanimada en la que me miró, decirle que no iba a dormir, fue una terrible noticia para él.

– Dormirás… – Aseguré. – Pero no ahora… ¿Estamos?

– ¡Sí!

Le puse su mochila en la espalda y salimos. No volvió a hacer reparos hasta que supo que iríamos en mi moto. Me dio una catedra sobre lo peligroso que era manejar a estas horas y con toda esa nieve en el piso, que la asemejaba a “la carretera del terror”.

– ¡No tengo la menor idea de que estas hablando! – Le aseguré.

– ¿No viste esa película?

– Algunos no tenemos la dicha de andar de vagos por la vida… como “otros”. – Respondí con sarcasmo.

– ¿Por qué será que no te creo? – Cruzó los brazos sobre el pecho y frunció el entrecejo, se veía adorablemente peligroso.

– ¡Solo súbete!

– Mejor vamos en el auto…

– ¡Definitivamente no! – Dije con firmeza y también crucé los brazos sobre mi pecho en señal de obstinación. – Soy un tipo rudo, que conduce esta “belleza”… – Señalé mi moto. – Los autos no me van, ni resaltan mi personalidad fuerte e indiferente, así que no…

– ¿No conduces un auto aunque sea más seguro, por mera vanidad? – Preguntó incrédulo.

– No es por vanidad… ¡Tengo una reputación que cuidar! – Le aclaré. – Aunque lo dudes, es difícil ser yo…

– ¡Pero claro! ¡Que desconsiderado soy…! – Ahora se burlaba de mí. – ¡Oh, gran señor del bosque! Lamento avisarle que si no hay casco, no subiré…

– Pero no uso casco…

– Bien, de todos modos tengo sueño… – Sin decir más, rodó sobre sus pasos con toda la intención de volver a su habitación.

– ¡Hey! ¡Detente ahí! – Le ordené y muy a mi pesar abrí el compartimiento que estaba debajo del asiento para sacar el casco. – ¡Ven! – Le llamé.

– ¿Qué por favor… que? – Preguntó sarcástico sin mirarme.

– ¡Dije que vengas! – Repetí con voz ronca fingiendo molestia. – ¡Ahora mismo! – Ariel levantó la ceja dejándola en punta, en un gesto de completo desinterés.

Debo confesar que en toda mi vida, jamás había conocido después de mí, a alguien tan terco y obstinado. Simplemente me ignoró y siguió avanzando. No estaba acostumbrado a que me trataran de este modo, pero sabía que si no le hablaba bien, no me escucharía.

– ¡Por favor! – Susurré con cierta resistencia. – Aquí está el casco, ven y dejame ponértelo… ¿sí? ¡Por favor! – Dije lo último con dramatismo y parsimonia.

– ¡Esta bien! – Respondió como si me estuviera haciendo un favor y en ese momento sentí ganas de apretar su fino cuello con un poco más de la fuerza necesaria. Pero me importaba mucho como para hacerle algo así.

– ¡Eres testarudo! – Lo acusé mientras le ponía el casco y corría las cintas para ajustárselo. Era pequeño y claro que todo lo mío le queda grande.

– ¿Por qué dices que soy testarudo? – Quiso saber. – ¿Es por qué espero ser tratado con la misma amabilidad con la que te trato? – Me detuve tras esa pregunta, sé que lo estaba queriendo hacer pasar por un simple comentario, un cuestionamiento casual, pero muy en el fondo me estaba regañando. Lo miré fijamente y después simplemente negué con la cabeza.

– ¿No te trato con amabilidad?

– ¡No es lo que dije!

– ¿Entonces? ¿A qué te refieres? – Una vez que el casco quedó bien asegurado, me arrinconé contra la motocicleta para darle toda mi atención.

Estoy de acuerdo de que no soy la persona más gentil en el mundo, pero siento que me he portado bien con él.

– No te grito y mucho menos te doy órdenes. – Asentí, eso era verdad. – Por lo general te trato con gentileza y amabilidad, soy mesurado en mi forma de hablar y te tomó en cuenta… ¿Es incorrecto el que espere ser tratado con el mismo respeto que te ofrezco? ¿O es acaso que no lo merezco? – Preguntó.

Bien dicen que las palabras a veces son más duras que cualquier golpe. Y Ariel tenía una forma muy peculiar de hacerme ver mis errores.

– ¡Lo lamento! – Le dije de manera espontánea y con la espalda de mis dedos acaricié su mejilla. – ¡Por supuesto que te lo mereces! – Agregué mientras le dejaba un beso en la frente. – Creeme cuando te digo que yo también estoy aprendiendo y a veces soy demasiado “bestia” para decir las cosas, pero nunca es porque no me importes o porque no te valore. – Mi cachorro me sonreía tímidamente y se sujetaba a mi cazadora. Y era hasta cierto punto gracioso el verlo pasar del valor extremo a la vergüenza en un instante.

– Entonces… ¿Por qué buscas someterme, hacer que te obedezca? – No era un reproche más bien, parecía tratar de comprender algo que ni yo mismo entendía.

– Si quieres que sea honesto… me gustaría que dependieras de mí. – Creo que ambos nos sorprendimos por esa declaración, pero dentro de mi naturaleza estaba el ser posesivo. “Mi territorio”, “mi presa”, “mi bosque”, “mi cachorro”… mío. – No me molesta que seas independiente, incluso creo que es muy bueno, pero… me haces sentir que no me necesitas, que te da lo mismo si estoy aquí o me voy. Si digo algo haces lo contrario, me regañas, me corriges, no te intimidas de mí y eso es… frustrante. – Por lo general no me es fácil ser honesto porque la gente se toma a mal mi sinceridad al hablar, pero Ariel fue el primero que me miró como si no hubiera comprendido ni una sola palabra de lo que dije y preferí eso a que me juzgara. – Es decir; estás conmigo, eso es genial, pero necesito saber que eres mío, que me perteneces y que tengo el control.

– ¡Dependo de ti! – Aseguró – Así lo he decidido. Pero lo siento… no te pertenezco, no soy tuyo y tú no me mandas. Puedes tener el control de todo y todos, menos de mí.

– Tus palabras son como un reto para mí… No sé si lo entiendes, pero cada vez que dices que no me perteneces más ansió lo contrario. – Lo dije en tono amenazante y en esta ocasión hablaba muy enserio, pero nuevamente obtuve su indiferencia.

– Estoy contigo porque así lo deseo y nada me gustaría más que estuvieras conmigo por convicción… – Agregó y tomó mi mano, fue un acto sencillo pero que logró controlarme y calmar esa parte mala en mí, que pugnaba por salir a flote.

– ¡Estoy aquí! – Le susurré en un intento por apartar ese semblante decaído en su rostro.

– Pero sin cadenas… Las personas no somos posesiones que puedes acumular y lucirlas en tu escaparate de trofeos. – Aclaró. – Soy mío, me pertenezco, pero quiero estar contigo porque de esa manera soy más feliz. Porque tú me haces feliz… ¿No es eso suficiente? – Suspiré vencido.

– Lo es… – Respondí. – ¡Por ahora!

No era el mejor momento para tocar el tema y a estas alturas comprendía que él no iba a ceder, ni yo tampoco, así que era mejor no amargarse.

Ya buscaría la manera de atarlo a mí, porque yo siempre obtengo lo quiero.

– ¿Puedes con esa mochila? – Le pregunté mientras me subía a la moto, él asintió y le ayudé a subirse en el espacio que quedaba libre. – ¡Sujetate bien! – Creo que la instrucción estaba de más, pues sus manos ya se encontraban alrededor de mi cintura. Su pecho contra mi espalda y cada musculo de su ser completamente tenso. – ¿Estás listo?

– ¡No!

– Tomaré eso como si…

TERCERA PERSONA.

Conducía a ciento cuarenta kilómetros por hora, una velocidad moderada para él y un chiste con respecto a lo acostumbrado. Pero Ariel parecía demasiado nervioso, tal vez era que toda la carretera estaba cubierta de nieve y por ende, húmeda. O tal vez, que era de noche y el paisaje se veía algo tétrico a esas horas con la poca luz de la luna que las nubes grises permitían filtrarse. O puede que simplemente creyera que era demasiado joven como para morir en medio de alguna de esas curvas que Damián zigzagueaba con desmesurada gracia.

Era un tramo largo pero conocido, pues era el mismo que recorría casi todos los días de su casa hasta la ciudad alta. El punto fue que cuando ingresaron entre los callejones estrechos, Damián no bajo la velocidad y Ariel estaba seguro de que terminarían estrellándose contra algo.

Pero eso no ocurrió, después de casi media hora de camino, terminaron internándose en una zona residencial,  Damián siguió derecho un par de metros y se desvió hasta entrar a un estacionamiento a medias luces.

Ariel hubiera querido quejarse por el mal viaje y por ese lugar que le ponía los nervios de punta, pero en cuanto la motocicleta se detuvo, saltó de ella y se dejó caer en el piso.

– ¡Jamás volveré a subirme a esa cosa! – Aseguró, mientras con ambas manos se sujetaba el pecho, como si estuviera a punto de salírsele el corazón.

– ¡Que dramático! – Se burló Damián, mientras terminaba de estacionarse. – Soy el mejor conductor de toda Sibiu, nunca has estado ni estarás más seguro en este mundo, si soy yo el que conduce.

– Igualmente no me subiré…

– ¡Ya! ¡Lo que tú digas! – Aseguró mientras le ofrecía una mano para ayudarlo a levantarse. – Necesito que me hagas un favor… ¡Esto es muy serio! – Con todo el dramatismo del mundo, recalcó esa última parte, mientras le quitaba el casco. – Vamos a subir por algo que necesito, pero la persona a la que iremos a ver, es sumamente peligroso…

– ¿Peligroso?

– ¡Esta loco! Que digo loco… ¡Demente! Es un maniático. – Ariel se asustó por esas declaraciones tan terribles, él jamás se había topado con una persona así y prefería no tener nada que ver.

– ¿Y si mejor te espero aquí?

– ¿Solo? ¿En un estacionamiento completamente oscuro? – Ariel sopesó sus alternativas, ninguna era del todo agradable, pero era mil veces mejor estar con Damián que quedarse solo, a expensas de quien sabe quién. – Solo no te separes de mí, y no permitas que su gesto fingidamente “cordial” te confunda. Mantente siempre a mi lado y haz lo que yo te diga, de todos modos no tardaremos mucho.

– ¡De acuerdo!

Una vez dadas las instrucciones, ambos se metieron al elevador, su destino era el cuarto piso. La madrugada era fría, como todas las noches en Sibiu.

Ariel iba de la mano de Damián, quien no parecía tener la más mínima intensión de soltarle, cosa que el menor agradecía internamente. En cuanto las puertas se abrieron caminaron por un pasillo amplio y perfectamente iluminado, hasta una puerta que cerraba con código, misma que Damián no se molestó en tocar, sino que tecleo rápidamente los seis dígitos y se adentró al recibidor, con Ariel escondido tras de su espalda.

Cierto era que el menor esperaba ver a un desquiciado, quizá un criminal lleno de tatuajes y que estaría en una habitación lamentable y llena de humo y botellas de licor vacías, regadas por doquier. Pero desde donde pudo asechar, sólo distinguió a una pareja en vísperas de lo que prometía ser una larga noche de placer.

Damián carraspeó en un afán por obtener la atención de las dos personas que se devoran los labios el uno al otro. Al no lograr su cometido, con la mano libre empujó un pequeño adorno de cerámica y lo hizo caer, el estruendo que provocó al romperse en varios pedazos, logró que la pareja desistiera de lo que hacían y se fijaran en él.

– ¡Ya veo que no pierden el tiempo!

– ¡Damián! – Se adelantó el rubio, quitándose de entre los brazos de su pareja y mientras trataba inultamente de acomodarse la camisa. En tanto que el otro, se dejaba caer sobre el mueble más próximo que encontró sin molestarse por cubrirse siquiera. – ¿Qué haces aquí? Es decir…

– Solo vine por lo que quedamos… – Le interrumpió. Y Deviant quiso mostrarse ofendido por la rudeza con la que Damián le hablaba, pero su atención fue atrapada por la pequeña figura que hacía sombra contra su pared y que se escondía en la espalda de su hermano, pero que este, llevaba bien sujeto de la mano, aunque intentara ocultarlo.

– ¿Quién es…? – Lo señaló.

– ¡No te importa! ¡Solo dame lo que te pedí!

– ¿Lo trajiste? ¡Han, mirá! Lo trajo… – Intentó acercarse, pero Damián se lo impidió empujándolo para que retrocediera. – ¡Oh, vamos! No seas así… ¡Dejame verlo! – Insistió. – ¡Hola, chiquitín! – Saludó mientras intentaba asomarse.

– ¡No tiene cuatro años! – Le regaño Damián, pero Deviant estaba demasiado entusiasmo intentando ver al chico que ignoró a su hermano. – ¡Hola! ¿Por qué no sales de ahí? Mi nombre es Deviant, y él Han… – Explicó, mientras señalaba a su pareja, quien también se había acercado pero que parecía más sereno, aunque igualmente interesado.

Por lo poco que Ariel había visto, ese tal Deviant no parecía ser una mala persona, pero el más alto le había dicho que no se confiara y por la fuerza con la que ahora lo sujetaba, no estaba seguro de que era lo que debía hacer.

– ¡Dejame verlo! – Insistió.

– Solo dame lo que te pedí… ¡tengo prisa!

– ¡QUIERO VERLO AHORA! – Gritó Deviant y fue el turno de Han para intervenir.

– No va a dejarte en paz hasta que lo vea… si ya están aquí, solo presentalo. – Pidió en un tono bajo, como si no quisiera que Damián se enojara y terminara desquitándose con él. – ¡No le va a hacer nada malo! – Agregó y Ariel por acto-reflejo se sujetó con su mano libre al cinturón de quien le protegía.

Damián lo haló suavemente hacía adelante para que saliera de su escondite, pero él se rehusó.

– ¿Lo asustaste? – Acusó Damián a su hermano, quien no dudó en saltar a su propia defensa.

– ¿Yo lo asuste? ¡Fuiste tú quien lo asustó con tu comportamiento exagerado! Ni que yo estuviera loco… – Damián reviró los ojos y Han desvió la mirada, pero ninguno de los dos desmintió sus palabras. – ¡No estoy loco! – Agregó. – ¿Crees que estoy loco? – Le preguntó ofendido a su hermano, quien no dudó en ignorarlo. – ¿Y tú…? – Empujó a su pareja. – Pero cuando duermes conmigo no te importa que este loco… ¿Verdad?

– No necesito escuchar eso… solo dame la llave.

– ¡No lo puedo creer! Mi propia familia… – Esa última palabra hizo mella en Ariel, ese chico dramático y bastante intenso era familia de Damián. Su interés creció y volvió a asechar, pero en esta ocasión, solo alcanzó a verle la espalda mientras se alejaba de los otros y se dejaba caer en el sillón. – ¡Ustedes son de lo peor! – Exclamó dolido mientras les miraba fingidamente herido. Era parte de su chantaje, los otros dos lo sabían y por eso no le daban importancia, pero Ariel era ajeno a las tretas de Deviant y se sintió mal por él. – Mi hermano y mi pareja… ¡Que terrible!

– ¿Hermano? – Susurró el menor, saliendo de su escondite y parándose justo a lado de Damián. – ¿Es tu hermano? – Le preguntó mientras tiraba suavemente de su mano.

– ¡Es complicado! – Respondió Damián, mientras le sonreía.

Han miró la escena completamente anonado. Tanto Deviant como Samko habían dicho que era un niño, pero él había creído que lo decían porque era menor que el moreno, pero el chico frente a él, era realmente un niño de cuando mucho dieciséis años. Bajito, menudo, frágil y efectivamente, tenía ojos de un color muy bonito. Y por si eso no fuera suficiente, el hombre que lo había atormentado de toda la vida y que ahora también era su cuñado, cruel, indiferente, más frio que la madrugada más helada de Sibiu, huraño, antipático, sádico y violento, le sonreía amablemente a ese chiquillo mientras lo sujetaba de la mano.

Esa mano que había golpeado a infinidad de personas, incluso a él mismo en repetidas ocasiones, ahora acunaba la más pequeña y lo hacía con suavidad.

– ¿En verdad es todo lo que dijiste allá abajo? – Quiso saber.

– Algo así…

– ¡SALISTE! – Gritó entusiasmado Deviant y los otros tres saltaron pues en ningún momento lo escucharon acercarse.

Ariel se abrazó a Damián, quien de inmediato le paso un brazo por los hombros, apegándolo más a él.

– ¡Idiota, me asustaste! – Se quejó el moreno.

– ¡Así has de tener tu mugrienta conciencia…! – Respondió Deviant sin prestarle tanta atención, su mirada estaba sobre Ariel y el menor se encogía de hombros. – ¿Qué fue lo que te dijo allá abajo? Sea lo que sea, no es verdad… – Aseguró. – ¡Esta bonito! ¿Verdad Han? – Deviant recorrió al menor con la mirada, repasando su cabello ondulado y oscuro, la piel blanca de su rostro y esos gestos infantiles que aún conservaba, la sudadera blanca, el pantalón de mezclilla negra y las botas tan idénticas a las de su hermano.

Pero el que lo haya llamado “bonito” no le agradaba a Ariel, él podía ser un chico rudo si se lo proponía y estaba dispuesto a demostrárselo si era necesario, con eso en mente miró con dureza a Deviant, mientras se sujetaba con más fuerza a Damián. Por supuesto, que el moreno se dio cuenta de lo que pasaba y sonrió.

– ¡No lo molestes! – Le exigió a su hermano. – No le gusta que le digan ese tipo de cosas… Los hombres “no son bonitos” Deviant. – Aclaró, mientras le soltaba. – Él es mi hermano y ese es… ¿los viste no? – Ariel asintió. – Pues son eso… – Lo dijo como si fuera algo que le desagradara.

– Soy Deviant y este de aquí… es Han. – Tomó de la mano al susodicho. – Y es mi “pareja”… – Aclaró mientras traspasaba con la mirada a su hermano. – No hay nada de malo en eso, yo lo quiero mucho porque él es muy bueno conmigo. – Dijo esto último mirando directamente a Ariel. – Las personas como Han son muy fáciles de querer, contrario a los que son como él. – Señaló a Damián. – Que son personas muy desagradables…

Deviant lo dijo porque no soportaba que su hermano se expresara mal de Han, pero si había algo que Ariel detestara más que el que lo llamen “bonito” era que hablaran mal de Damián.

– ¡H-hola, mi nombre es Ariel! – Dijo y extendió su mano para saludar primeramente Deviant, quien no dudó en aceptar el saludo. – Entonces… ¿Lo quieres solo porque es alguien “fácil de querer”…? – Soltó con una rudeza de la que careció mientras se presentó y estrechó su mano.

Los tres mayores guardaron silencio, Ariel ni siquiera pestañaba, su mirada estaba fija en los ojos claros de Deviant, quien parecía no saber que responder a ese cuestionamiento.

– ¿Estás diciendo que lo quieres a pesar de que es una persona desagradable? – Le volteó la pregunta.

– ¿Es desagradable porque no se amolda al tipo de personas “fáciles” con las que prefieres tratar? – Ariel era rápido y certero en sus palabras. Sus manos seguían unidas en ese saludo interminable.

Deviant de nuevo dudó.

– ¿Te gusta tratar con personas desagradables porque eso te hace sentir alguien mayor, aunque tu apariencia siga siendo la de un niño? – Soltó de golpe.

– ¿Te gusta tratar con personas “fáciles” para así poder esconder fácilmente tu inmadurez, pese a tu edad? – Atacó  Ariel, en cuanto Deviant terminó su pregunta.

– No lo conoces… niño. – Espetó mientras daba un paso al frente y enfrentaba al menor.

– La pregunta es… ¿realmente lo conoces tú? – Eso fue como un insulto para el mayor, ¿Qué si lo conocía? Pero lejos de molestarse, le agradó que ese chiquillo fuera listo y tuviera la convicción para defender a su hermano, ante quien sea…

– Te gusta mi hermano… ¿sí o no?

– Ese es asunto mío y de él… ¡No tiene nada que ver contigo! – Aseguró mientras también avanzaba un paso al frente, en este momento no le importaba que Deviant le sacara varios centímetros de altura.

– ¡Es adorable! – Dijo el mayor confundiendo al menor. – Es un niño muy valiente… ¡Me gusta! – Agregó mientras pasaba su mano por los cabellos de Ariel, despeinándolos. Pero ese “me gusta” no pasó desapercibido por su hermano, quien no tardó en mostrar su molestia. Y de inmediato rodeó la cintura de Ariel y lo atrajo hacía su cuerpo, alejándolo de Deviant.

– ¡No lo toques! – Ordenó.

– Nadie ha pedido tu opinión… – Le debatió el mayor de los Katzel y atrapando la mano libre de Ariel, intentó apartarlo del moreno. – No le voy a hacer nada, solo quiero invitarlo a sentarse… ¡Suéltalo! – Tiró ligeramente de su brazo y Damián terminó cediendo. – ¿Quieres tomar algo? Tenemos café, vino, té, Wiski o si quieres también hay leche… Aunque esa es de Orión, pero no creo que le moleste compartirla contigo.

Ariel estaba demasiado confundido como para responder, la persona frente a él, tenía cambios de humor peores que los de Damián.

– ¡Estoy bien, gracias! – Respondió, mientras se dejaba arrastrar.

– Me da mucho gusto conocerte…

Ambos se enfrascaron en una amena charla, aunque más bien, parecía algún tipo de entrevista, Deviant parecía querer saber todo de él. Mientras que desde el recibidor, Damián y Han los observaban.

– ¡Esta fascinado con él! – Dijo Han.

– Bueno… creo que esta demás decir que no es el único que se encuentra fascinado. – Confesó Damián, provocando de nuevo, la sorpresa en el otro chico.

– ¿Por qué él? – Quiso saber. – Es decir, parecía que tenías muy claro el tipo de persona con las que te gusta salir y él no es como todos ellos.

– Él no es como nadie que haya conocido jamás antes en mi vida, Han… – Aclaró. – Y si lo dices por su físico…

– Solo en parte… – Le interrumpió. – Con todo respeto, Ariel no le pide nada a nadie. Es atractivo y creo que ya demostró suficiente, lo mucho que le importas. Es valiente y parece estar dispuesto a cubrirte la espalda… ¡Eso es genial!

– ¿Por qué lo dices?

– Que se gusten es bueno, pero que aparte de esto, él pueda ser tu mejor amigo, tu confidente y ¿Por qué no? También tu cómplice de travesuras, es lo mejor que te puede pasar. Ahora mismo, no dudó en defenderte, y de tu propio hermano…

– ¡No lo había pensado de ese modo! – Reconoció Damián, un poco incómodo por el tema, pero hasta ahora Han le había dado los mejores consejos y algo en su interior le decía que podía fiarse de él. – No me esperaba algo así y menos, que mi karma viniera en la forma de un niño de grandes ojos azules, pero él sabe hacerme ver mi realidad y… me hace escribir cartas, hacer promesas y todo ese tipo de cosas que juré que jamás haría.

– Es tu “yo jamás”…

– ¡Sí! – Aceptó Damián y se río por el comentario.

– Pues felicidades… ¡Ojalá entiendas lo afortunado que eres, por tener a alguien en tu vida a quien no quieras perder! Y no olvides lo que ahora mismo te hace sentir… ¡No lo olvides! – Sin decir más, Han se acercó a una pequeña vitrina que había sobre la pared de la entrada y sacó un juego de llaves, que terminó entregándole a Damián, para después, irse a sentar a lado de su pareja.

Damián los miró un momento más, Ariel parecía un poco incómodo con la sarta de preguntas que Deviant le estaba haciendo. Su hermano estaba más que emocionado y Han los miraba ambos con la serenidad de siempre.

No había sido tan malo, después de todo.

Durante las últimas horas le había preocupado el cómo reaccionaría Ariel y su familia al conocerse, pero si Deviant lo aprobaba, lo demás también lo harían.

Volvió a centrar su mirada en el chico que ahora reía por algo que Han había dicho… “No olvidar lo que ahora sentía”. Esas palabras tenían mucho significado para él. Ariel le hacía sentir demasiadas cosas y la mayoría de ellas eran buenas, sentimientos que jamás creyó experimentar. Las restantes no eran cosas malas, pero si algo sucias. Era un hombre después de todo y deseaba a ese niño con ansias cada vez más crecientes.

Casi como si Ariel pudiera leerlo, desvió la mirada hacía él y los ojos ambarinos se conectaron con los azules, fue apenas segundos, pero ambos pudieron sentir sus corazones acelerarse. Ariel le sonrió y Damián no pudo ni quiso negarse a responder de la misma manera.

Y no borró esa sonrisa hasta que estuvo a su lado y solo para dejarle un beso en la frente, ante la indiscreta mirada de Deviant. Han por supuesto, intentó controlar a su impulsiva pareja que ya tenía el celular en la mano, dispuesto a tomar evidencia de tal tierno gesto.

Quizá estando juntos, ellos lo notaban. Pero tanto Han como el mismo Deviant fueron testigos de cómo al mirarse fijamente, todo parecía desaparecer para ellos. Ariel le miraba desde abajo, con los ojos casi destellantes y Damián parecía que lo acariciaba con el amarillo de los suyos. Para justo al final, sonreírle coquetamente, gesto que hacía que el menor se deshiciera por él.

Deviant abrazó emocionado a su pareja y le dejó un beso rápido en los labios, que Han no dudó en corresponder, mientras envolvía en sus brazos a Deviant.

– Ya nos tenemos que ir… – Fue Damián quien rompió con el silencio que se había hecho. Y tomando al menor de la mano, se puso de pie.

Su hermano y Han le siguieron hasta la puesta y se despidieron no sin antes prometerle a Deviant que volverían pronto.

ARIEL

Bajamos en silencio.

Damián no me había soltado, pero parecía más serio que antes y pensé que quizá se había enojado por la manera en la que le había hablado a su hermano. Aun cuando me disculpe después, porque realmente no pude evitar molestarme.

Al llegar a la planta baja, Damián se dirigió hasta la motocicleta y me soltó cuando la tuvimos de frente.

– ¿Hice algo malo? – Le pregunté cuando me ofreció el casco. Al venir aquí, él me lo había puesto, pero ahora solo me lo entregaba. No quería hacer el problema más grande pero realmente no pude contenerme. – ¿Estás enojado conmigo?

– ¡No! – Respondió extrañado. – ¿Por qué habría de estar enojado contigo? – Preguntó, mientras me quitaba el casco y desabrochaba el seguro.

– ¡No lo sé…!

– Entonces… ¿Por qué lo preguntas?

– Porque desde que salimos del piso de tu hermano, no me has hablado… y pensé que… tal vez estabas molesto por lo que dije… ¡Si de algo sirve, quiero que sepas que me disculpe con él! No sé qué me paso… ¡No fue mi intensión ser grosero! ¡Yo, lo lamento!

– ¿De qué hablas cachorro? – Lejos de lo que esperaba, me tomó por la quijada y me obligó a mirarlo. – ¡No estoy enojado! – Aseguró. – Si no hablé fue solo porque estaba pensando en algo que me dijo Han.

– Entonces… ¿no te molesta que le haya dicho esas cosas a tu hermano? – Se río y no supe si se reía de mí o conmigo.

– ¡Tontito! – Me dijo, mientras me dejaba un beso rápido en la punta de mi nariz.

Me envolvió en sus brazos y fue reconfortante para mí el sentir su calidez.

– ¡Me gusta que me abraces! – Le confesé en voz baja y él en respuesta me levantó del piso hasta que me sentó sobre la motocicleta.

– Y a mí me gusta abrazarte… – Dijo mientras se acomodaba entre mis piernas, acercándose lo más que pudo a mí. Con su frente pegada a la mía, sus manos me apretaban con fuerza pero sin llegar a lastimarme. – ¿Y si me besas?

– ¿Qué? ¿Yo porque? – De eso se encargaba él.

– Porque quiero que me beses…

– ¡Me da pena! – Me negué y él solo se reía. Me ponía de nervioso tenerlo tan de cerca, bueno, él siempre me pone nervioso, pero ahora más.

– ¡Besame!

– ¡No!

– ¡Por favor!

– ¡No!

– Solo uno rapidito…

– ¡No!

– Bueno, entonces dime… ¿Te gusto mucho o más o menos? – Su sonrisa se ensancho e incluso se retiró un poquito para mirarme. – Le dijiste a Deviant que eso era algo entre tú y… – No tocaría ese tema, y menos con él.

Me tragué mi vergüenza y ataqué sus labios sin dejarle terminar esa frase. Fue un beso sin mucho ardor, pero no por eso menos significativo. Intentaba en cada roce hacerle comprender sin necesidad de palabras que, en efecto, me gustaba.

– ¡Eso definitivamente fue un sí! – Aseguró mientras me sonreía. – ¡Te traigo loco!

– ¡Eres imposible! – Me quejé.

– No pierdas la esperanza… Igual se te hace milagrito. – Negué con la cabeza, acostumbraba usar cada cosa que digo en mi contra.

– ¡Pesado! – Le acusé y lo empujé con suavidad, para alejarlo de mí.

– Pero a si te gusto… – Me debatió mientras me ponía el casco. – Ahora este pesado te va a llevar a pasear.

DAMIÁN

Iríamos a Covasna.

Era un viaje de aproximadamente tres horas si seguíamos el camino más corto aunque también era el más peligroso, carretera con pendientes muy inclinadas y barrancos hacia ambos lados. Una vista excepcional si no contamos con que íbamos de madrugada y que pronto llovería. Era un camino conocido para mí, así que por ese lado me sentía seguro. Saliendo de Sibiu llegaríamos a Cisnădie pasando por el centro y de ahí hasta Avring, el cual solo rodearíamos para llegar a Brasov y de ahí en línea recta hasta Covasna.

No era de mis lugares favoritos en el mundo, pero teníamos una casa de campo en Sfȃntu Gheorghe. Deviant lo había sugerido y a decir verdad, realmente me parecía una buena idea.

Ariel ya no se quejó por el exceso de velocidad pero le costó bastante perder el miedo, sin embargo, poco a poco se fue relajando e incluso parecía disfrutar del paisaje, pero eso sí, cuando comenzaba a sentir que su agarré se debilitaba, tenía que detenerme para despertarlo y hacerlo caminar un poco. Aun así recorrimos los trecientos veintiún kilómetros en casi dos horas.

Llegamos a Covasna cerca de las cuatro de la madrugada. El día ya había comenzado aquí, era costumbre que la gente se levantara antes de que el sol saliera para hacer sus actividades, y de ahí al trabajo, las fábricas abrían desde las siete de la mañana y la gran mayoría de los residentes laboraban en alguna de las cinco industrias que sostenían a la ciudad.

La casa estaba ubicado a las afueras de Dalnic, tomé la desviación por la Comuna de Barcani y casi a dos kilómetros de recorrido, se soltó la cellisca. No era una lluvia común y corriente, más bien, el cielo parecía que se caía a pedazos. Tuvimos que resguardarnos en una viaja choza que encontramos cerca.

Casi no llovía en Covasna, aunque es un lugar muy húmedo, si acaso lloviznaba dos o tres veces al año, pero nada como esto. Y tuvo que ser precisamente hoy que se desatara la tormenta.

La sentí, pero no pensé que sería tan fuerte.

– Damián…

– ¿Qué sucede?

– ¡Tengo mucho frio!

Cuando mi mirada se encontró con la suya, lo encontré muy pálido. Sus labios estaban rojos como si se los hubiera mordido, y se abrazaba a sí mismo, pero toda su ropa estaba empapada. A veces olvidaba que él era distinto a mí y que estar a casi diez grados y mojado, contrario a mí, podría ser peligroso para su frágil salud.

No lo hacía apropósito, pero Ariel me trataba como si fuera alguien común y me sentía tan cómodo a su lado, que obviaba el hecho de que él si era un humano.

Le quité los abrigos, dejándolo solo con la playera blanca. Me senté en un banco improvisado y lo acomodé sobre mis piernas, de tal manera que su pecho quedara contra el mío. Mi temperatura corporal era superior a la de cualquier humano. Por esa razón yo no sentía frio, al menos no ahora.

– ¿Esta mejor así? – Le pregunté mientras lo abrazaba.

– ¡Sí! ¡Mucho mejor!

Sus dedos jugueteaban por mi pecho y escondía la frente en mi cuello. Era su momento para demostrar ternura, que aún era un niño. Atrapé su mano y besé la palma, Ariel se reía, lo sé porque aunque no podía mirarlo, él hacia ruiditos al reír.

– ¿Quién es mi cachorro empapado?

– ¿Yo? – Preguntó como quien no sabe la cosa.

– ¡Sí! Eres tú… – Respondí mientras besaba cada uno de sus dedos.

– ¿Por qué siempre estás tan caliente? – Lo sentí acomodarse mejor y sonreí por las cosas que pasaron por mi mente en ese momento.

– Es lo que provocas…

Ariel se retiró un poco para poder mirarme y poco a poco se fue poniendo cada vez más serio. Supongo que porque en un primer momento, no comprendió lo que quise decir.

– Me refiero a tu temperatura… no a tu calentura. – Con el entrecejo arrugado y esa mirada supuestamente dura, intentaba hacerme creer que se había molestado. Pero lejos de eso, se veía adorable.

– ¡Ah, eso…! Pues no lo sé… Supongo que así nací. – Desvié el tema y él pareció no querer darle importancia a lo anterior, así que volvió a acomodarse en mi pecho.

– Es como estar cerca del fuego… – Agregó. – ¡Me gusta! – Tú también me gustas, pensé. Pero decidí guardar silencio.

La lluvia continuó casi media hora más y para cuando dio señales de detenerse, toda la calle estaba inundada y Ariel intentaba dormitar.

– ¡Oye! Falta poco… prometo que cuando lleguemos te dejaré dormir, pero ahora debemos seguir.

– ¡Quiero dormir! – Se quejó y por como lo vi, estaba poniéndose de mal humor.

– Solo un poco más…

– ¡De acuerdo! – Muy a su pesar se retiró de encima de mí.

Su cuerpo ahora calientito tiritó al sentir el aire frio. Con trabajo subió y de nuevo se abrazó a mí. Llegamos en poco más de un cuarto de hora, Dalnic estaba ubicada sobre la parte baja de un desnivel, el agua escurría de todas las otras Comunas y alimentaba una laguna que subía o baja su niveles de agua, dependiendo de la estaciones, aunque por lo general siempre estaba congelada. Pero cuando llovía, se salía de su cauce e inundaba las partes más bajas de la ciudad. Las orillas del rio Olt rodeaban Sfȃntu Gheorghe y una afluente pasaba por la parte trasera de nuestra casa, al unirse con la laguna volvía la entrada de la casa en una especie de piscina gigante con casi cincuenta centímetros de altura.

– ¡Mira Damián! Son patos…

– Así que ya estas despierto.

– ¡Son patos! – Repitió, como si el hecho de que hubiera patos frente a nosotros hacía menos problemático el hecho de que no pudiéramos pasar. – Están bonitos…

– Bajate a ver los patos, mientras buscó donde dejar la moto. – No tuve que repetírselo, saltó de la motocicleta y se fue directito hacía los patos. – El agua esta helada, así que no te metas. – Avisé.

– ¿Y ellos no tienen frio?

– ¡No sé! ¿Parece que tienen frio?

– ¡No!

– Entonces no tienen frio…

– ¿Cómo lo sabes? ¿Qué tal si fingen no tenerlo?

Me reí, solo con él tendría este tipo de conversaciones. Dejé la moto bajo unos árboles y volví a su lado, de aquí en adelante seguiríamos a pie.

– ¿Por qué no les preguntas? – Sugerí. – Así estarías seguro de si tienen frio o están fingiendo.

– ¡Es una buena idea!

– ¡Ven cachorro! – Le dije mientras me ponía frente a él. – Sujetate fuerte y no bajes los pies. – Lo abracé obligándolo a enredar las piernas en mi cintura y me acomodé su mochila en el hombro.

– ¡Patitos! – La verdad es que señalaba cada cosa que veía y estaba bien, a él no se le estaban congelando los pies.

– Sí… los patos suelen tener por hijos “patitos”.

– ¿Y las vacas tienen vaquitas? – Preguntó juguetón.

– De hecho… las vacas tienen becerros.

– Pero los osos panda si tienen panditas…

– ¡Mejor duérmete Ari! Tanta lluvia y el desvelo comienzan a afectarte…

– ¡Esta bien! – Aceptó y se acurrucó de nuevo. – Pero los pandas si tienen panditas…

– ¡Si, lo que digas!

Había partes más profundas y en más de una ocasión casi pierdo el equilibrio, Ariel solo se reía, pero tras cada ocasión se sujetaba con más fuerza para evitar caerse.

– ¿Esta fría el agua? – Preguntó sarcástico. Obvio que estaba helada, es agua de deshielo.

– ¿Quieres probarla?

– ¡Solo era una pregunta!

– Ultimadamente… no tengo porque cargarte, estas muy pesado y eres molestoso…

– ¡No estoy “tan” pesado! – Me corrigió mostrándose ofendido.

– ¿Pero no niegas que eres molestoso?

– ¡Bueno, no soy perfecto! – Dijo con fingida resignación.

– ¡Sínico!

Un tropezón y esta vez casi nos vamos ambos al agua ambos. Pero logramos cruzar toda esa parte sin raspaduras de gravedad. La parte que seguía era hasta la entrada principal de la casa.

– Bajate… ¡Ya no hay agua! – Anuncié e intenté deshacerme de su agarré.

– ¡Estoy cómodo! – Se negó a soltarse y por el contrario, se abrazó más a mí.

– ¡Me duele la espalda!

– ¡No aguantas nada! – Se quejó, y a regañadientes se bajó.

– ¡No estás tan liviano como crees! – Me burlé.

– Y tú no eres tan fuerte como crees

Durante todo el camino en el que lo cargué, venía dándole la espalda a la casa, así que en cuanto se volteó y le miró… no me gustaría alardear, soy en realidad alguien muy sencillo pero parecía sorprendido.

– ¡Vamos! – Le dije para obtener su atención y lo tomé de la mano para dirigirlo.

– ¿Qué lugar es este…? – Preguntó mientras entrelazaba sus dedos con los míos.

– Una casa de campo…

– ¿Es tuya?

– ¡No! – Aclaré – ¡Es de mi familia! Pero una habitación en el último piso, si es mía.

ARIEL

Era preciosa, había reflectores en los techos, que apuntaban hacia abajo dándole cierta claridad a la casa. Y lámparas grandes en las paredes del segundo piso que iluminaban el sotechado. Había ventanales enormes y la mampostería era de piedra labrada, como fachada. Hacía atrás, como si fuera independiente, se alzaban tres pisos más, que volvían la casa imponente y la más grande que había conocido en toda mi vida.

La puerta de vidrio de la entrada abría con sensor, pero justo cuando íbamos a entrar, un séquito de empleados desfiló hasta donde nosotros. Era como en esas películas donde los millonarios eran recibidos por todos los que laboraban en la casa, al volver de algún viaje de negocios. Pero con la única diferencia de que todos ellos nos miraban con extremada seriedad.

Y me llené de esa extraña sensación que te embarga cuando no eres bien visto en algún lugar.

– ¡Señor! – Se adelantó un hombre casi tan alto como Damián, delgado y de hombros amplios. Era cejudo y parecía estar de mal humor. – ¡Bienvenido! Le estábamos esperando… – Su voz dura y hosca era bastante intimidante. Al menos, lo fue para mí, ya que Damián ni siquiera lo miró.

– No vengo solo… – Respondió de una forma que hasta ahora no le había escuchado. Con una frialdad tal, que incluso me hizo tiritar. Fue entonces que la mirada de ese hombre bajó hasta mí.

– ¡Bienvenido! – Dijo y sus viejos ojos grises me escudriñaron de arriba abajo, como escaneándome. En ese momento desee que mejor me hubiera ignorado, me miró con desdén y yo solo pude incrementar la fuerza de mi agarre sobre la mano de Damián, mientras me encogía de hombros. – El joven Deviant nos informó que vendría… vendrían. – Se corrigió. Bien, era claro que no se acostumbraba a mi presencia en ese lugar. Damián avanzó por el pasillo, obligando a que la gente le fuera abriendo camino, no escuchaba, no saludaba, y mal miraba a todos y a todo. Era como si fuera otra persona. – Y ordenó que se preparada una habitación para su acompañante… – El hombre nos seguía justo detrás, pero en cuanto dijo lo último, Damián se detuvo tan golpe, que terminé estrellándome en su espalda.

– El nombre de mi “acompañante” es Ariel, en lo adelante, procura tratarlo con respeto. – No vi el momento en que estuvo de frente a él y le gritó todo esto en la cara. – No quiero escucharte hablar de algo como si él no estuviera presente… ¿quedo claro?

– ¡Señor…!

– Te hice una pregunta… – Damián avanzó hacía él de manera amenazante y por acto-reflejo, el hombre retrocedió. – ¿Te la tengo que repetir?

– ¡No, señor! Me ha quedado claro…

No pidió nada más ni agregó  nada, simplemente siguió su camino, hasta una puerta que resultó ser un elevador. Sin embargo, me disculpe con ese hombre, con todos ellos. Cosa que pareció molestarle, pero ese no era mi problema.

– ¿Es enserio? ¿Quién tiene un elevador en su casa? – No era una pregunta, pese a que lo había pronunciado de esa manera, era más que nada ironía, demasiada excentricidad para mi gusto.

– Son cinco pisos… – Aclaró mientras nos metíamos al compartimento. Pero una vez que comenzamos a subir, él comenzó a gritar de nuevo. – ¿Se puede saber porque diablos te disculpaste? ¿Acaso te gusta que te traten de esa manera…?

– ¡Hasta ahora escucho perfectamente bien, Damián! – Le aclaré, sin inmutarme. – No tienes que levantar la voz.

– ¡Hablo como se me dé la gana!

– ¡Que infantil! – Susurré mientras quitaba mi mirada de él. – Las puertas se abrieron y me adelante a salir.

– ¿Qué fue lo que dijiste? – Me enfrentó, mientras gritaba de nuevo.

– Dije que eres muy infantil… Y deja de gritar de una buena vez. – Le aclaré a punto de estallar, últimamente mi genio era una pasada, así que más le valía que le bajara a su fiestecita. – No estoy de humor para tus berrinches de niño malcriado… Tengo frio, sueño y estoy mojado. Quiero una habitación y una cama caliente y la quiero ahora…

– ¿Es una orden?

– ¡Sí, es una orden! – Fue mi turno de gritar.

DAMIÁN

– ¡Esta bien! – Le dije rendido. Era una monada cuando se enojaba. – ¡Por aquí! – Lo llevé hasta mi habitación y le abrí la puerta para que pasara. Pero cuando iba a poner el primer pie adentro, lo detuve. – Solo dime porque te disculpaste… ¡No lo entiendo!

– Mejores personas me han ignorado… – Respondió en tono sereno. – Y lo dejé pasar. – Me sorprendió que todo el enojo de hace unos segundos se hubiera evaporado ya. – Piensa que llegamos muy temprano, ellos no han podido descansar bien, ensuciamos el piso al entrar porque nuestros pies tenían lodo, eso fue muy desconsiderado, teniendo cuenta que estaban recién pulidos. Las mujeres se veían hermosas con sus uniformes sin arrugas, pero había ojeras en sus rostros y fue por nosotros…

– Es su trabajo…

– Todos en algún momento hemos tenido un mal día, y un poco de consideración siempre cae bien… – No tuve forma de rebatir esas palabras, así que simplemente lo dejé pasar.

– Eres un cachorro muy raro… – Le dije desde la puerta, antes de que la cerrara.

– ¡Gracias! – Fue lo último que le escuché decir.

En eso también éramos distintos, yo no me fije si ensucie el piso, no vi a las mujeres y mucho menos me fije en si los uniformes están sin arrugas. No tenía el carácter ni la paciencia para esas cosas, sin embargo, si era él quien las decía, entonces era capaz de respaldarlo.

Ya iba de nuevo por el pasillo, devuelta a la planta baja, cuando la puerta se abrió de nuevo, él se asomó y cuando me encontró vino rápidamente hacia mí y me tomó de la mano.

– ¡Lo siento! No debí hablarte de ese modo… Pero tienes una habilidad especial para hacerme enojar. – Eso me hizo reír un poco. – El punto es… – Dudó.

– ¿El punto es…? – Le presioné.

– No quiero una habitación solo para mí… ¿Ya las viste? Son enormes…

– ¿Quieres otra cama? – Le entendía perfectamente, pero era divertido hacerlo sufrir un poco.

– ¡No! Bueno… ¡Quiero tu cama!

– ¿Quieres que pasemos mi cama a tu habitación?

– No, lo quiero decir… Quiero estar en tu habitación.

– ¡Ah! ¿Quieres cambiemos de habitación?

– ¡No! – Su paciencia era débil.

– Esta bien… por mí, no hay problema.

– No me refiero a eso… – Y últimamente se enojaba muy rápido.

– Quieres mi habitación y mi cama, entiendo.

– Sabes que… ¡Olvidalo! – Caminó sobre sus pasos y volvió a su habitación cerrando de un portazo.

Pero el infantil era yo.

Volví a planta baja, mientras disfrutaba de mi travesura. Él estaba en mi habitación, solo que aun no lo sabía. Fui hasta la cocina, con su mochila aún en mi hombro. Ahí lo encontré tomando té. Los demás fueron desocupando la habitación en silencio hasta que solo quedamos él y yo.

– ¿Cómo puede ser tan cínico para volver aquí? – Me acusó de inmediato.

– No sé de qué hablas…

– ¡Usted le falto a mi hija! – Escupió con cierto odio.

– ¿Tienes hijos? ¡No sabía!

– Es un ser vil…

– Díselo a alguien que le importe. – Respondí con sarcasmo. Coloqué la mochila frente a él y tras abrirla fui sacando la ropa. – Escuchame André… ¿Ese es tu nombre, no? ¡Lava, seca y plancha esta ropa! ¿Sientes el olor? – Le dije mientras le acercaba una de las camisas de Ariel. Busca el mismo suavizante… ¡El mismo!

– Pero… ¿Cómo voy a saber cuál es el suavizante con que fue lavada esta ropa?

– Ese es tu problema… – Respondí. – Me gusta este ahora, así que buscalo. Cuando todo esté bien seco, cuelga cada prenda en hombreras y acomodalas en mi armario.

– ¿Su armario? ¡No querrá decir…!

– ¡En mi armario! – Repetí. – Y cuando Deviant llamé, porque sé que lo va hacer, le dices que se meta su otra habitación por el primer hoyo que Han le encuentre. Quiero el desayuno a la una del mediodía, fruta para él porque no come pesado, y jugos naturales. Para mi algún corte de carne, sin verduras. Todo en la terraza. ¡Ah, y ve por mi motocicleta! Se quedó entré los sauces. Seca y limpia todo el motor. – Sin decir más, hice gesto de querer abandonar ese lugar, pero André me detuvo, sujetándome por la cazadora

– ¡Usted embarazó a mi hija! – Casi me reí en su cara y de un empujón en el pecho, le obligue a que me soltara.

 – No se supone que debas tocarme, así que no vuelvas a hacerlo. – Amenacé.  – Si tuvo un hijo, no es mío.

– ¿Por qué esta tan seguro?

– Porque tu hija es una zorra y dos… ¿Realmente crees que pondría mi descendencia en ella? ¡No seas ingenuo!

Era de ese modo, un hijo mío heredaría mi gen. Por esa razón puedo decidir en quien dejarlo y yo sabría cuando esa persona quedara en cinta incluso antes de que ella misma lo notara. Para defender al cachorro.

– Es solo una niña…

– No fue una niña cuando se me ofreció.

– ¡Es un maldito!

– Y tú eres muy afortunado de que mis hermanos te quieran tanto… – Lo enfrenté. – Pero más te vale que controles tu boca, si no quieres que mañana este Deviant aquí, llorando tu repentina muerte… – André había trabajado para mi familia desde que solo era un niño. El padre de Deviant le tenía mucho afecto, aunque a mí nunca me agrado. – Ese hijo no es mío.

– Ahora trae a un hombre a esta casa…

– Es asunto mío… Aunque si quieres saber. Si algún día deseara tener una cria, lo tendría con él.

– Eso no es posible…

– ¡Entonces no quiero hijos! – Aseguré. – El desayuno a la una del mediodía, en la terraza de mi habitación… ¡No lo olvides!

Entré sin tocar y me lo encontré sentado en uno de los muebles, sin hablarle siquiera, me lo eché al hombro y no lo bajé, pese a todas sus temibles amenazas, hasta que lo dejé caer sobre mi cama.

– ¡Eres un bruto!

– ¡Lo sé! – Acepté de buena gana y sujetándolo por los tobillos lo arrastré hasta la orilla de la cama. – Afuera todo esa ropa… – Ordené. Ariel comenzó a quitársela, mientras yo buscaba que prestarle. Un suéter que nunca me puse, porque esas cosas no me van. Una camiseta blanca y ropa interior sin usar fue lo único que encontré. – Prueba con esto.

– ¿Es broma?

– ¡Es lo que hay! Te pruebas esto o duermes desnudo…

– ¡Me lo pruebo!

– Eso creí…

– ¡Date vuelta! – Ordenó.

– ¡Vamos, somos hombres!

– ¡Que te des vuelta!

Tuve que ceder y él se cambió rápido. Era un desastre. Mi camiseta le llegaba a los muslos y la ropa interior hasta las rodillas. Lo ayudé a ponerse el suéter que más bien parecía una bata, pero en ningún momento dejó de verse bien.

– ¿No hay pantalones?

– ¿No llevas encima ya, suficiente ropa?

– Pero…

– Ariel… ¡No te voy a hacer nada!

– ¿Lo prometes?

– ¿No confías en mí? – Evadí su pregunta. – Si quisiera hacerte algo, no te pediría permiso, estas a mitad de la nada, lejos de tu familia. Aquí nadie te va a defender…

– ¿Intentas asustarme?

– ¡Tal vez te toque un poco! – Confesé. – Pero nada más…

– ¿Por qué me trajiste aquí?

– ¿No es obvio?

– Contesta alguna de las preguntas que te hago… – Exigió.

– Porque quiero estar contigo… ¿Contento? – Dije de mala gana, aunque esa era la verdadera razón. Pero eso de dar confesiones que él tampoco se atrevía a decir, me incomodaba mucho.

– ¡Sí! – Dijo mientras me sonreía.

– ¡Pues duérmete! – Le aventé una almohada. – ¿No que te morías de sueño? Deja de molestar y duérmete.

Le enojó lo que hice y se fue hacia el lado izquierdo de la cama, cubriéndose con los edredones y me dio la espalda.

Aprovechando que no me veía, me cambie rápido. Como que me estaba contagiando eso de ser pudoroso. Cuando me metí a la cama, fui hasta donde él y lo abracé. Estaba intentando hacer las paces y Ariel no es alguien que guste de las discusiones.

Lo sé, porque en cuanto se lo pedí, él accedió a darse vuelta y se refugió en mi pecho.

– ¡Estoy feliz de que estés aquí! – Confesé, mientras le dejaba un beso en la frente.

– Estoy feliz de estar contigo… – Susurró y lo sentí dejar un beso rápido en mi cuello.

TERCERA PERSONA

Ese tipo de inocentes confesiones, que significaban más de lo que las mismas palabras pueden explicar, era el único tipo de declaraciones que se permitían.

Ariel insistía en mostrarse renuente a las declaraciones abiertas, salvo las estrictamente necesarias. Y a Damián le molestaba más de lo que estaba dispuesto aceptar, su coraje no era hacía el menor, pero le resultaba frustrante el no poder sacarle un simple “me gustas”. Aun si Ariel se lo demostraba y le hacía entender que realmente sentía algo, él necesitaba escucharlo pronunciar tales cosas.

Y estaba convencido de que en algún momento lograría obtener lo que quería.

Pero por ahora podía reposar con el niño entre sus brazos. Y por lo menos, estos dos días, Ariel seria suyo. Lejos de esto, el mundo entero podía arder.

ARIEL

El hambre me hizo despertar o algo así.

En un primer momento me sentí desorientado porque al abrir los ojos, nada de lo que me rodeaba me pareció familiar. Estaba bocabajo sobre el colchón, me sentía cansado y no podía respirar con normalidad, debido a quien dormía sobre mí.

Intenté moverme, pero él no me lo permitía.

Me tenía sujeto como si fuera una almohada, su rostro estaba sobre mi hombros, sus brazos me abrazaban con firmeza por la cintura y sus piernas estaban enredas con las mías.

Intenté deshacer el agarré de sus manos, pero solo logré que me apretujara más contra él.

– D-Damián… ¡Me estas aplastando! – Le dije como pude, pero ni siquiera se inmutó. – ¡Damián! – Intenté deslizarme por abajo, pero me era imposible moverme con él sobre mí. – ¡No puedo respirar! ¡Suéltame! – Intenté estirarme para alcanzar el vaso con agua que reposaba sobre el velador, pero no lo podía alcanzar. Incluso intenté dejarme caer al piso, pero todo era en vano. – ¡Damián! Oye… necesito ir al baño… – Mentí. Bueno, si quería ir pero aun no era tan urgente. – Damián… Damián… Damián… Damián…Damián… – Repetí sin descansó mientras intentaba de nuevo deshacer su agarré sobre mi cintura. Por supuesto fui inútil. – Es enserio… tengo que ir al baño… – Nada que respondía. – ¡Tengo sed! ¡Tengo hambre! ¿Damián? ¡Ya, suéltame! ¡Oh, vamos! Nadie tiene el sueño tan pesado. ¡Damián! – Grité.

– ¿Uh?

– ¡Quiero ir al baño!

– ¡Al rato! – Dijo y me hizo rodar sobre su cuerpo, dejándome del otro lado de la cama, con él de nuevo sobre mí.

– ¡Tiene que ser ahora! – Anuncié y aprovechando que ya no estaba “tan dormido”, le empujé, pero logró retenerme y me hizo quedar bocarriba, mientras me miraba de manera amenazante.

– ¡Quedate quieto y callate! – Ordenó mientras me señalaba. – ¡Tengo sueño y tú no me dejas dormir! – No importa como lo haya dicho, me hizo reír. – ¿Qué es tan gracioso? ¿Acaso no te soy intimidante?

– ¿Intimidante? ¿Tú? – Damián me miró ofendido y yo realmente deseaba dejar de reír, pero no podía detenerme. – ¡Oh, sí! ¡Claro! Eres muy intimidante…

En un movimiento rápido me dejó debajo. Sus piernas me aprisionaban los muslos y mis manos habían sido sujetadas por encima de mi cabeza con una sola de las suyas. – Apoco sí, tan valiente… – Me retó.

– ¡Es enserio! Me urge ir al baño… – Le dije haciendo de menos sus palabras.

– Pues no te dejaré ir.

– Entonces, lo haré aquí mismo… – Amenacé.

– ¡No serias capaz!

– ¿Eso crees? Solo dejame acomodarme… – Me removí como si realmente estuviera buscando una posición cómoda. – Necesito estar relajado para esas cosas. Él me miraba con seriedad, como escudriñando cada uno de mis movimientos.

– ¡Largo! – Dijo entonces. – Sea lo que sea que necesites hacer, no será en mi cama… – Me liberó y por fin pude levantarme. – Es la última puerta… – Señaló el pasillo que estaba detrás de mí. – Y no tardes.

– ¡Esta bien!

Casi corrí hasta el baño, y tan pronto puse el pie dentro me quedé anonadado. Era enorme, como cuatro o cinco veces el mío. Un candelabro muy elegante colgaba del techo. El piso estaba perfectamente pulido a tal punto que podía reflejarme en ese mármol granizado. Había puertas de cristales que hacían divisiones.

El espejo de los lavabos llegaba hasta el techo, había un jacuzzi, del otro extremo una bañera individual y aun lado estaba la regadera. También pude ver una pequeña salita de muebles clásicos y una pecera… ¿Quién tiene peces en su baño?

Lo que tenía que hacer fue rápido.

Volví al lavabo y comencé a curiosear las cosas que había en el estante.

– ¿Qué haces? – Dijo detrás de mí, haciendo dar un salto.

– ¿Qué es lo que tú estás haciendo aquí? – Le acusé.

– ¡Vine a ver porque tardabas tanto! – Aclaró. – Mira esto… – Señaló el espejo – ¿Te imaginas todo lo que podríamos hacer aquí? ¡Tendría una excelente vista!

– ¿De qué hablas? – Me jaló hacía él y me sentó en la barra del lavabo, de espaldas al espejo. – Me gustaría poder, lavarme los dientes… – Le anuncié. – ¿Qué? ¿Dije algo malo?

– Solo no comprendes más de la mitad de las cosas que te dijo…– Respondió de la mala manera y como con cierto fastidio. – Solo eso… – Sin decir más, se separó de mí. No lo comprendía. Solo quería lavarme los dientes, no planeaba hacerlo enojar.

– Si me explicas… yo podría entenderlo… – Aseguré.

– Los cepillos están en la repisa de arriba… – Contestó mientras me evadía.

– Damián… ¿Qué fue lo que hice? – Le pregunté, mientras me bajaba de la barrita y me acercaba a él. Intenté tomar su mano, pero no me lo permitió.

Eso fue más que suficiente para mí, la última vez que le insistí a más de esto, todo se puso mal. No quería que se repitiera eso, aunque tampoco comprendía a se debía el repentino cambio.

Me arreglé lo mejor que pude, la verdad es que mi cabello era rebelde en las mañanas. Y cuando salí del baño, mi ropa de vestir estaba sobre la cama.

Me cambie y doble la ropa que él me había prestado para dormir y la guarde. También tendí la cama lo mejor que pude y recogí sus cosas que habían quedado regadas por el cuarto. Era una habitación muy bonita y grande. Todo estaba perfectamente equipado, los muebles debían ser de colección, mi abuela adoraba este tipo de cosas, había pequeñas divisiones y ventanales enormes con vista a lo que parecía ser un jardín que moría de ganas de ver. Pero primero quería arreglar las cosas con él.

No fue difícil encontrarlo, él estaba en la terraza, recargado en el barandal. Su mirada parecía ausente y su semblante decaído. No era un buen momento, así que decidí entrar de nuevo. No me había gustado ver esa expresión en su rostro. Y el mismo sentimiento de nuestra discusión pasada, me inundó.

Era mi culpa por no poder seguirle el ritmo de la conversación. Pero era culpa suya el no hablar claro. O tal vez, sí había sido claro, pero yo que no soy muy listo, no pude entenderlo.

– ¿Ariel? ¿Qué haces ahí? – Su voz repentina me sacó de mi ensimismamiento. Fue entonces que noté que estaba sentado en el piso, con la espalda recargada contra el sillón.

– ¡Nada! – Dije de inmediato mientras me levantaba.

– ¿Quieres desayunar? Ya esto listo aquí afuera.

Lo seguí en silencio hasta que ambos estuvimos de nuevo en la terraza, en cualquier otro momento hubiera quedado encanto por la vista, pero no ahora. Damián me ofreció un asiento y él se acomodó a mi lado.

En la mesa había muchas frutas picadas en cuadrados o círculos perfectos. Además de muchas otras cosas que se veían deliciosas. Frente a mi había un plato con varios cubiertos alrededor. También había vasos con diferentes jugos.

– ¡Sírvete! – Dijo al tiempo que él comenzaba a comer. No fruta, pero debo admitir que olía muy bien.

No dije nada, simplemente hice lo que dijo y también comencé a desayunar. Todo estaba muy delicioso, pero pese a eso, no me sentía feliz.

– ¿No te ha gustado? – Quiso saber.

– Esta muy rico…– Respondí.

– ¿Entonces porque no estas comiendo como siempre?

– Damián… sobre lo que paso en el baño…

– ¡Come! – Me cortó con dureza.

– Pero… – Insistí.

– ¡Maldita sea, Ariel! Solo come y callate. – Gritó mientras azotaba la mano en la mesa.

Lo había logrado. Ahora, realmente estaba intimidado por él. Fue por eso que intente hacer lo que dijo, pero la comida se me atoraba en la garganta, donde una especie de nudo me impedía, siquiera, respirar con normalidad.

– ¿Puedo retirarme…? ¡Por favor! – Supliqué, pero él ni siquiera se tomó la molestia de mirarme. Aun así me levante de la mesa y busqué en mi ropa mojada, mi cartera.

No sé qué pasaba, no podía entenderlo. Pero sea lo que sea, no quería quedarme a averiguarlo. Ya buscaría la manera de volver a casa y tal vez hablaría con él cuando ya no estuviera tan molesto.

DAMIÁN

No comprendía lo que sucedía. Le había gritado y él me miró como nunca antes, en sus ojos vi sorpresa, su cuerpo se encogió intimidado y en su expresión pude ver cierto tipo de decepción.

En ese momento quise decirle que todo está bien, que no me tuviera miedo, pero Ariel había bajado la mirada y aunque su mano temblaba muy ligeramente, se obligó a probar un poco más de su fruta, hasta que ya no lo soportó.

– ¿Puedo retirarme…? ¡Por favor! – Su voz había sonado triste y fui incapaz de responderle, aun cuando deseaba pedirle que no se fuera.

Pero lo hizo.

Se puso de pie y a zancadas grandes abandonó la terraza. No le conocía de mucho tiempo pero había comenzado a comprender sus movimientos. Ariel iba a dejarme, su respiración acelerada y la forma inconsciente en la que jadeaba mientras intentaban controlar ese llanto que amenazaba con destruir su imagen de fingida serenidad, así como la forma tan apresurada y desatinada en la que rebuscaba entre las bolsas del pantalón que había usado ayer, eran la prueba fehaciente de que una vez más, lo había herido.

Estaba huyendo de mí y la única razón era exactamente la misma que la de todos los demás, que él en el fondo… él también me temía.

La puerta de la habitación se abrió y casi al mismo tiempo volvió a cerrarse, sus pasos al correr se escucharon por el pasillo y el cómo llamaba al elevador apretando el botón en repetidas ocasiones, como si con eso lograra hacerlo subir más rápido.

No me tomó ni un minuto el moverme de la silla e ir tras él, cuando llegué al pasillo Ariel estaba entrando en el elevador. Las escaleras estaban frente a mí, no tuve que pensarlo.

Prácticamente las fui saltando, detuve él elevador al llegar al cuarto piso, Ariel ya iba en el tercero, pero ahí había un botón de seguridad, porque se supone que ese sería el último de la casa. Terminé de bajar y retiré el seguro. En cuanto llegó a la planta baja y las puertas se abrieron me adentré y lo sostuve en mis brazos.

Lo apreté fuerte contra mí.

– ¡Lo siento! – Le susurré una y otra vez.

Él parecía demasiado aturdido, no me correspondía el abrazo ni me miraba. Terminé arrinconándolo contra una de las esquinas y lo levanté de manera que pudiera quedar a mi altura. – ¡Lo siento! – Repetí y me acerqué a besarlo.

Pero Ariel volteó el rostro justo cuando iba a tocar sus labios y los míos quedaron contra su mejilla.

Sentí un frio recorrerme…

Sabía que este momento no lo olvidaría. Era la primera vez que él me rechazaba, que se negaba a besarme, no como nuestros juegos anteriores, sino un rechazo formal.

– ¡Bajame! – Dijo con voz monocorde.

– ¡No lo haré! – Respondí. – ¡Lo lamento mucho! No debí gritarte… no sé qué me paso.

– Dejame ir…

– ¡Eso jamás!

– ¡Damián!

– ¡No, Ariel!

Sin soltarlo me estiré y apreté el botón para subir. Eso lo desespero.

Y bueno, el chico tiene su carácter.

– ¿Qué crees que estás haciendo? – Fue su turno de levantar la voz. – ¡No quiero me toques, así que bajame! – Ordenó y tuve que ceder. – Hazte a un lado…

– ¡No voy a dejarte ir!

– ¡Pues no te estoy pidiendo permiso!

– Habla conmigo… ¿Sí? – Debí verme muy mal, yo jamás dialogo con nadie, pero aquí estaba, intentando remediar mi falta. Y esto se lo había visto y escuchado hacer a Han. Cada que Deviant se exaltaba, él intentaba calmarlo pidiéndole que hablaran… No sé porque le dije, a él nunca le resulta.

– ¿Hablar? ¡No quiero hablar contigo! – Y a mí tampoco me resultó.

Intentó llegar a los controles y no se lo permití, lo empujé con suavidad pero aun así se molestó muchísimo.

Las partes blancas de sus ojos se habían puesto de un tono rojizo, con las venas dilatadas como cuando hay una infección o irritación. Tenía las lágrimas picando sus ojos, pero estas ya no eran de tristeza, su cuerpo tembló en un espasmo de ira y casi juré que terminaría transformándose en algún tipo de animal. Cuando aún no lo controlaba, así hacía mis trasformaciones.

Empezó a respirar con dificultad pero algo más llamó mi atención. Mi lobo estaba casi tan alterado como él. Sentía como el coraje me iba inundando, pero al mismo tiempo, era ajeno a mí. Como si no me perteneciera.

Quedé sorprendido, había una conexión fuerte entre nosotros, lo que estaba sintiendo era su coraje, de la misma manera en la que él había sentido mío y ahora estaba reaccionando ante esto.

La puerta se abrió, pero ninguno de los dos fue capaz de moverse. Ariel estaba en posición defensiva y ahora era yo quien respiraba de forma irregular.

Lo necesitaba.

Lo deseaba entre mis brazos.

Ignoré sus rasguños y sus protestas. Volví a sujetarlo y abrazarlo contra mi pecho. Manteniéndolo entre la pared de aluminio y mi cuerpo. Obligándolo a sentir mi respiración y así marcar el ritmo que debía seguir la suya. – ¡Esta bien! – Le susurré. – ¡Calma! – Lo mantuve de esta manera por algunos minutos, no sabría decir con exactitud cuántos. Pero no le solté hasta que fui sintiendo su cuerpo lapso y su olor cambió. Entonces la ira retorno en tristeza y él lloró contra mi hombro.

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