Capítulo 30: Emboscada

Soy un alfil en tu ajedrez.

DAMIÁN

 

Volvimos a mi habitación y lo dejé con suavidad sobre la cama. Ariel se apartó lo más que pudo de mí y escondió el rostro entre las piernas, abrazándoselas con ambas manos. Había dejado de llorar, pero se negaba a mirarme.

 

Sentí que debía darle su espacio, que yo también lo necesitaba para sopesar las consecuencias de mis acciones. Pero aunque me retiré, no aparte mi mirada de él. Ariel tenía derecho de estar molesto, y a ignorarme, aun si no era lo que yo quería.

 

Pero todo esto era por mi culpa y el reconocerlo me hacía sentir frustrado, enojado conmigo mismo. Sabía lo que tenía que hacer, que debía explicarle, disculparme seriamente con él. Pero… ¿Cómo? ¿Qué iba a decirle que no hubiera dicho ya?

 

Cómo es que yo, que nunca antes fuera de mis hermanos había poseído a alguien que al lastimar, su dolor fuera tan mío. Ni con el valor que Ariel tiene para mí, ahora debía improvisar un discurso adecuado para disculparme, por un arrebato de cólera que surgió de la nada y que simplemente no pude controlar. ¿Cómo se dicen palabras amables y se demuestra arrepentimiento? ¿Cómo?

 

– ¡Detente! – Me exigió. – Es desesperante que hagas eso…

 

Estaba tan perdido en mis cavilaciones que no me di cuenta que estaba yendo y viniendo por la habitación como una bestia enjaulada, hasta que él me dijo que parara. Mi mirada viajó a donde le había dejado y resultó que no se había movido ni medio centímetro, ni siquiera me miraba.

 

– ¡Lo lamento! – Respondí más por solo decir algo.

 

– En ningún momento he pedido que te disculpes… – Agregó con aspereza.

 

– Ariel…

 

– ¿Vas a decirme que sucede? – Preguntó y levantó la mirada hacía mí. – Porque no importa cuanto lo haya intentado hasta ahora, no puedo entenderlo… ¿Qué fue lo que hice que te enfado tanto?

 

– N-no fuiste tú… – Alcancé a decir y luché por hablar sin titubear. – Es que… Soy yo. – Agregué y él entrecerró los ojos con escepticismo.

 

– ¿No eres tú… soy yo? – Preguntó con aprensión. – Vas a tener que ser un poco más original, porque eso que dices no me lo creo…

 

– Ariel… ¡Lo lamento! ¿Sí? – Le dije desesperado. – Siento mucho…

 

– ¡Ya basta…! – Susurró, impidiéndome terminar mi oración.

 

Salió de la cama y caminó hasta quedar de frente a mí, se sentó en el piso con la espalda recargada en el borde de la cama y me ofreció que le imitara. – ¡Damián jamás se disculpa! – Dijo imitando una voz que no reconocí. – La gente suele decir eso y yo… Sé perfectamente que no te sientes cómodo haciéndolo. Así que no es necesario que vuelvas a disculparte conmigo.

 

– Pero…

 

– ¡Sin peros! – Volvió a interrumpirme. Estaba siendo hostil conmigo y eso lejos de ayudarme, me hacía sentir peor.

 

Tanto su tono de voz, como su semblante eran serenos, como imperturbables. No me estaba juzgando, ni mucho menos me reprochaba nada. Así que no sabía cómo reaccionar ante él. Supongo que si me hubiera gritado, entonces hubiera sido más fácil para mí, responderle. Pero en este, que en mi opinión era el peor de los escenarios, terminé obedeciendo de manera pasiva. Y al igual que había hecho él, me senté en el piso. – Que te quede claro, que en lo adelante… es decisión mía si te disculpo o no lo hago.

 

Hubo un silencio casi insoportable, al menos, lo fue así para mí. Me sentía regañado y pequeño ante él.

 

– ¿Qué se supone que debo hacer ahora? – Pregunté cuando ya no pude soportarlo más. – ¡Estoy intentando solucionar esto, pero no sé cómo hacerlo! – Reconocí con desánimo. – Pensé que disculparme era una buena opción, pero tú ya no aceptas mis disculpas… ¿Qué es lo que quieres que diga? – Me hundí de hombros, mientras ponía frente a él las palmas de mis manos, en señal de rendición. – No sé… cómo debo tratarte… – Confesé con impotencia. – Eres tan tú y yo soy tan yo que…

 

– ¡Eso no tiene sentido, Damián! – Volvió a regañarme. – Por supuesto que somos distintos pero esa no debe ser una excusa para que peleemos todo el tiempo.

 

– Es que… – Dudé y suspiró con cierto cansancio.

 

– ¿Por qué no solo eres honesto conmigo? – Sugirió. – Después de todo, fue idea tuya el venir…

 

– ¿Qué?

 

– Debiste ser honesto y decirme que no querías venir… – Agregó.

 

– ¿Crees que no quería traerte? – Pregunté incrédulo.

 

– No sé si querías traerme o no… – Aclaró. – Solo sé que cambiaste desde que llegamos a este lugar… – Esa declaración me tomó por sorpresa, pero lejos de rebatírselo me quedé callado. – ¿Creíste que no lo notaría?

 

– Eso esperaba… – Confesé.

 

– ¿Por qué vinimos si no te sientes cómodo?

 

– ¡Quería que fuera especial! – Solté de golpe. – Es tu primer cumpleaños aquí, el primero conmigo… – Mi mirada viajaba de un lado a otro, sin detenerme en su rostro. Me incomodaba hablar de estas cosas, en este momento y principalmente con él. – Quería que supieras que al igual que esa gente que te rodea, también tengo algo que ofrecerte… ¡Que puedo ser tan buena opción como cualquiera de ellos! – Dije y es que odiaba a todos esos que se le acercaban, estúpidos riquillos que creían que podían poner los ojos en mi Ariel. – Pero a mí nunca me salen las cosas como las planeo… – Finalice con impotencia. Él se rió y yo sentí como algo caliente me subía a la cabeza. – ¡Claro! ¡Ahora, burlate de mí! – Le recrimine.

 

Hice el intento de ponerme de píe, pero Ariel me sujetó de la mano y me haló, devolviéndome al piso, entonces me abrazo.

 

– Te complicas la vida y me la complicas a mí… – Dijo. – Y no… No me estoy burlando de ti. – Se separó un poco y me encaró. – ¿Cómo te hago entender que aun si hubiéramos pasado mi cumpleaños debajo de un árbol, yo hubiera sido feliz?

 

– ¿Debajo de un árbol? – Le dije sin realmente poder comprender a qué se refería. – ¿Eso querías para tu cumpleaños? ¡Eres raro!

 

– Fue un decir… – Explicó y de forma cariñosa dejo un beso en mi mejilla. – La gente erróneamente cree que lo valioso es el regalo que se recibe, cuando en realidad, lo único y verdaderamente de valor, son las manos y la persona misma que lo da. – Tomando una de mis manos, la guió hasta sus labios y beso mi palma. – Eres tú… mi regalo más valioso. – Suspiré encantado, él tenía el poder de hacerme sentir de esa manera, un sentimiento al que no sabía cómo nombrar pero que era maravilloso.

 

– ¿Por qué la mayor parte del tiempo siento que no te merezco? – Dije lo que en realidad, debió ser solo un pensamiento silencioso. Ariel me miró con esos hechiceros ojos azules llenos de sorpresa. – ¿Qué estás haciendo conmigo? – Susurré como quien tiene frente a él la casualidad más maravillosa de su vida. Intenté atrapar su boquita, pero Ariel giró su rostro y mis labios terminaron en su mejilla. Al parecer, aun no era merecedor de sus besos.

 

– ¡Nada! – Dijo con dureza. – ¿Qué podría hacerte? – Fingía molestia y eso le hacía ver demasiado tierno.

 

– ¿Estás enojado? – Le pregunté siguiéndole el juego.

 

– ¡No! – Aclaró. – Solo estoy en modo: “Ahorro de Felicidad”. – Me reí por su sarcasmo, quien diga que Ariel era “todo amor” es porque NO lo conoce.

 

– Soy una buena opción… Aun si ahora no lo parece. – Insistí con eso, necesitaba decirlo.

 

– Escúchame bien… Damián Katzel. – Fue mi turno de sorprenderme, porque era la primera vez que él me llamaba por mi nombre y apellido. Y no recordaba habérselo dicho. Poniéndose de pie, me obligó a mirarlo desde abajo. – No estoy tras de tu dinero, si es que lo tienes. Tampoco me interesan tus propiedades. Y si piensas que con todo esto vas a lograr algo conmigo, aborta la misión ahora mismo, porque yo no soy ese tipo de persona. – Después de decir esto, me sostuvo la mirada por algunos segundos, con los brazos en jarra, en un primer momento, realmente me pareció amenazantes, pero al siguiente instante… Me sonrió. – Te conocí en un camino, en medio de la nada… – Recordó y al mismo tiempo inclinó la mirada, para después mirarme con una extraña mezcla de dureza y vergüenza. – ¡Que te quede muy claro! Porque no pienso repetirlo… – De nuevo se mostró enojado. Para después simplemente mostrarse muy serio. – Ese día éramos solo nosotros, y no necesite nada más. – De la nada su rostro se puso colorado y a estas horas sus cambios de humor tan radicales, comenzaban a enfermarme. – Me gustaste desde ese momento y de ahí en adelante cada día un poco más. – Confeso con vergüenza, sorprendiéndose y sorprendiéndome con su sinceridad. – No importa la gente que me rodea ni lo que ellos posean. Para mí, tú no eres una opción. Eres mi elección. – Aseguró en un gesto tierno, del que me hubiera gustado poder disfrutar un poco más, pero tal cual lo dijo, se puso a la defensiva. – Pero ni te creas tanto o pienses que eres especial… No me importa si crees que fue al revés, fui yo quien te eligió. Yo decidí que serías tú. – Cada palabra fue pronunciada con convicción y una serenidad, que me dejó sin palabras. – No diré nada más al respecto y si, este sería un muy buen momento para que me besaras…

 

ARIEL

 

No hubo necesidad de repetírselo, aunque no se puso de pie, sino que más bien, me jaló para que quedara sentado sobre sus piernas y he de decir que su primer beso fue con la mirada.

 

A estas alturas, podía perderme en las profundidades de oro líquido de sus ojos con suma facilidad. Me atraían de una manera que era imposible de explicar con palabras. Y me sentía tan feliz, pero al mismo tiempo, estaba asustado. Por mí, por estos sentimientos que no iba a confesarle que sentía crecer en mi interior, pero que él sabía cómo llevar al límite con sus acciones más pequeñas y también, las más significativas para mí.

 

Sé que Damián tiene tantas cosas buenas como malas, y que durante estos días, se ha esforzado mucho por mostrarme únicamente ese lado bueno, aun cuando el malo intenta predominar en él. Sé que ese hombre casi tierno y encantador, no es el verdadero Damián.

 

Él esconde demasiadas cosas. Está bien, todos lo hacemos.

 

Y sin embargo, yo no era tan ignorante al respecto, puedo ver lo complicado que todo esto le está resultando, y aunque no me lo ha dicho, también puedo percibir que la vida ha sido dura con él. Que ha estado en desventaja y que conoce el miedo. Por eso ahora es como es…

 

No lo estoy justificando, pero tampoco puedo culparlo por no querer sentirse vulnerable de nuevo. Por mostrarse seguro e íntegro, aun cuando sabe que no tiene la razón. Por ser tan suyo que me asusta. Porque yo debo decirle cada cierto tiempo que me pertenezco, pero él, sin una palabra me lo ha dejado más que claro.

 

Me rehúso a juzgalo por no querer tener puntos ciegos, por estar en todo, entender el mundo únicamente a su manera. Aun si eso lo vuelve un poco egoísta, porque yo lo sería aún más si le exigiera que cambiara.

 

A diferencia de mí él sabe cuándo le mienten, sabe cuándo lo intentan, incluso me atrevo a asegurar, que puede percibir cuando alguien, siquiera, está pensando en mentirle. Siempre está alerta, a la defensiva, no mira hacia abajo, y si tiene que hacerlo, no se siente cómodo con ello, le resulta un suplicio disculparse, le es tan difícil como la sola posibilidad de tener que hacer a un lado su orgullo.

 

Se oculta de la gente, se cierra en su propio infierno y cuando ya no es soportable para él, explota en gritos y rabietas sin sentido. Se enoja, odia al mundo e insulta y amenaza, golpea si es que se puede, es violento, impulsivo y temperamental.

 

Por supuesto, él no me lo dijo, pero yo sé que es de ese modo.

 

Y cualquiera podría decir, que nadie en su sano juicio se fijaría en una persona como Damián. No me refiero a nivel físico. Sé que él es muy atractivo, es guapo y en ese sentido su seguridad te despedaza. Hablo de un nivel superior, a conectarse emocionalmente con él.

 

A ver más allá de sus palabras y miradas hirientes. De reconocer su soledad y el cansancio que hace que sus hombros en ocasiones cuelguen desanimados. De distinguir en su mirada triste, las historias de cosas que él tal vez, jamás contara.

 

Yo puedo verlo… Puedo distinguir a ese Damián.

 

Y lo quiero para mí.

 

Aunque sé que en el proceso uno de los dos va cambiar. Uno de los dos va a salir muy herido y bueno, no hay que ser muy inteligente para comprender que estoy en desventaja. Y que en este juego, solo soy un alfil en su ajedrez.

 

SEGUNDA PERSONA

 

¿Cuantos sinónimos tiene la palabra “beso”? ¿Cuáles son?

 

Los simplistas dirán “contacto”, los que se conforman con poco quizá digan “roce”, los más animosos tal vez elijan “baboseo”, para los amantes es casi siempre…“sexo”, los románticos dirán que un buen sinónimo de beso es “caricia”, los anti-románticos “intercambio de gérmenes“, los consentidos que es un “mimo”. Los enojones escogerían “amaño” y los apasionados tal vez, que “amor”. En mi opinión, es la forma más noble en la que dos personas se unen y comunican, sin necesidad de palabras.

 

Es el “te extrañe” más conmovedor después de un largo tiempo separados, el “no estás solo” más eficaz en épocas de angustia. El “eres un idiota pero igual te quiero” cuando se da después de una discusión. Pero sin duda alguna, es el más significativo cuando va antes o después de un “te amo”.

 

Para Ariel y Damián, besarse era entregarse a un momento eterno en el tiempo de sus recuerdos. Olvidar que había un sin fin de cosas no dichas entre ellos, que las dudas hacían mella en sus corazones y que el camino era incierto para ellos. Que quizá no había un futuro para su relación que apenas comenzaba.

 

Pero en este momento, nada de eso tenía cabida.

 

Sobre todo, ahora que Damián lo había dejado sobre el piso, y posicionándose sobre él, había encontrado la pose correcta para frotarse a sus anchas contra los labios suaves del menor, como deseando devorar todos y cada uno de sus secretos.

 

Para ellos no existía más que el aquí y el ahora, donde solo importaba el no olvidar respirar, no dejar de corresponder y tocar, morder, lamer, incluso rasguñar lo que se tuviera al alcance. Y ya entrados en el asunto y al calor de la situación, resultaba que Ariel comenzaba a comprender a la perfección incluso las indirectas no dichas del mayor. Como cuando lamió sus labios, aparentemente con la única intención de humedecerlos, y sin embargo, Ariel comprendió que le estaba pidiendo permiso, mismo que él concedió de inmediato, al separarlos y dejar que una lengua intrépida le recorriera la boca.

 

Fue imposible no dejarse llevar, inevitable el que sintieran consumirse en el fuego del contrario. Ariel gimió en la boca de Damián, y este, como despertando de un sueño profundo, pudo ser consciente de lo que estaba pasando.

 

Y es que al parecer, el menor se ponía muy pasional después de las peleas.

 

TERCERA PERSONA

 

– ¿Estas bien? – Quiso saber.

 

Ariel más que gemir casi gruñía, pese al frío del mediodía, sudaba y su rostro estaba completamente rojo. Mantenía los ojos cerrados y sus manos se enredaban en los brazos fuertes del mayor.

 

Iba a tener que dar una muy buena explicación, sobre la razón por la que le había aruñado de esa manera.

 

– ¡Mejor que nunca! – Respondió mientras tragaba aire por la boca. Jadeante, cansado, pero muy feliz.

 

– ¿Qué fue eso…? – Preguntó Damián, mientras unía su frente con la de Ariel, y con los antebrazos a la altura del rostro del menor, cuidaba de no aplastarlo. – ¿Quién eres y qué hiciste con mi cachorro penoso y púdico?

 

– Ya ves lo que provocas… – Respondió el menor, haciendo alusión de las palabras que ayer había utilizado Damián, cuando le preguntó porqué estaba tan caliente.

 

Ambos rieron, uno con cierta melancolía, el otro con culpabilidad. Damián dejó un beso en la frente de Ariel y el silencio se hizo presente de nuevo. Se miraban, el moreno buscó ese contacto, pero la mirada azul se le rehusó hasta que finalmente se apartó, mirando en otra dirección.

 

– Aun si ya no quieres mis disculpas… quiero que sepas que lo siento. – Le dijo y dirigió su mano a la quijada de Ariel, obligándolo a que lo mirara. – ¡Sé que estás triste!

 

– No es verdad… – Negó Ariel, esquivando su mirada.

 

– Sí, lo es… yo sé cuándo mi cachorro está feliz, cuando está enojado o en desacuerdo con algo, y también sé cuándo se está aguantado las ganas de llorar, como ahora… ¡Es mi culpa! – Reconoció. – No debí decirte eso, ni mucho menos, haberte gritado.

 

– Entonces… ¿Por qué lo hiciste? – Su voz se escuchó apagada, pero aun así, intentaba mostrarse propio. – ¿Qué fue lo que hice mal? ¿Fue porque no entendí lo que dijiste cuando estábamos en el baño? Si me lo explicas yo… me esforzaría por entender…

 

– ¡Olvídate de eso, fue una estupidez! – Le dijo, mientras acariciaba su rostro. – Tú no hiciste nada malo, no fue tu culpa… ¿Entendido?

 

– ¡Sí! – Respondió Ariel, pero igualmente, la duda seguía dando vueltas en su cabeza.

 

– ¿Te parece si vamos a desayunar?

 

– ¡Esta bien! – Damián fue el primero en incorporarse, y después ayudó al menor, a que también se pusiera de pie. Estaban en esto, cuando un sonidito conocido para Ariel, lo distrajo de lo que hacía. – ¿Es mi teléfono?

 

– Sí, debe ser. Lo metí a tu mochila pero olvidé decirte. – Explicó.

 

– Tiene hambre…

 

– ¿Quién?

 

– Mi celular…

 

– ¿Tu celular tiene hambre?

 

– Sí, ya no debe tener pila, por eso está sonando, porque tiene hambre… ¿Lo puedo conectar? – Damián lo miró de una manera muy graciosa, como si no terminara de comprenderlo y aun así asintió.

 

– ¡Esta bien! – Aceptó. – Pero no recuerdo si metí el cargador, en fin, alimentámelo rápido porque tú también tienes que comer…

 

DAMIÁN

 

Lo vi ir hasta su mochila y comenzar a rebuscar en ella. No importaba lo que dijera, para mí, seguía siendo un niño, aunque ya tuviera diecinueve años.

 

Lo dejé hacer lo suyo, mientras que yo volvía a la terraza. A partir de ahora, intentaría no arruinar el momento, realmente quería que él disfrutara este viaje y que más adelante fuese algo grato que contar.

 

Pero estar en este lugar, me hacía recordar cosas desagradables. Que aún me dolían y me atormentaban, cosas en las que evitaba pensar cuando estaba Sibiu, pero que aquí era imposible y tal vez por eso estaba tan irritable.

 

Quizá por eso lo traje aquí, para borrar todos esos malos recuerdos y sustituirlos por cosas lindas de él. Sea lo que fuese, lo único que me importaba, más que cualquier otra cosa, era su felicidad.

 

Como no venía, fui robándole pedacitos de fruta, no me gustaba pero tenía hambre. Y cualquier cosa era mejor que morir de inanición. Llamó mi atención que los vasos con jugo, habían sido enterrados hasta casi la mitad en una charola pequeña cubierta de hielo, Deviant también lo hacía cuando me llevaba el desayuno a la cama el día de mi cumpleaños. Era un regalo que en mi caso, recibía únicamente, una vez al año, con Samko no lo hacía y a James por el contrario, lo había malacostumbrado a llevarle el desayuno a la cama casi todos los días. Aun cuando ya no vivían juntos.

 

Elegí el de naranja y primero lo olisqué, realmente detestaba estas cosas, el olor al zumo aún era muy fuerte, pero también tenía ese otro que era dulce… ¿Qué tan mal podía saber?

 

Lo llevé hasta mis labios y le di un sorbo grande. Era un poco acido pero se dejaba tomar.

 

– ¿Quieres que tengamos sexo en el baño? – La pregunta tan repentina me hizo escupir lo que tomaba y atragantarme al mismo tiempo.

 

Ariel se quedó inmóvil en la puerta, mi vista viajó hasta donde él y vi que aun sostenía el teléfono en la mano.

 

– ¿Qué dijiste? – Quise saber, mientras intentaba limpiar mi reguero.

 

– Lo que quisiste decir cuando estábamos en el baño… – Comentó.

 

– Ari, solo olvida eso… ¿Sí? Fue una tontería.

 

– Pero eso significa… ¿no? – Insistió desde su lugar. – ¿Querías que tuviéramos sexo frente al espejo? – Por alguna extraña razón no me gustaba oírlo pronunciar la palabra “sexo”, ni mucho menos que él pensara en ese tipo de cosas, aun si yo lo había iniciado todo, ahora que lo meditaba con calma, quería que Ariel siguiera siendo el mismo chico ingenuo que conocí. – ¿Damián? – Insistió.

 

– ¿De dónde sacas eso? – Intenté desviar el tema, mientras le daba la espalda. La mesa estaba completamente limpia y aun así, comencé a pulirla con una de las servilletas, simplemente para que pareciera que hacía algo.

 

– Se lo pregunte a William…

 

– ¿Qué? – Iba a ponerme de frente a él para encararlo, pero cuando me di cuenta, Ariel ya estaba a mi lado.

 

– Le pregunté… – Repitió, pero ahora lo hizo un poco cohibido, como a la espera de que nuevamente me pusiera a gritarle.

 

– ¿Por qué hiciste eso? – Creo que era más que obvio, pero no sabía qué más decir. Ariel se hundió de hombros y bajó la mirada. – ¡Oye! ¡Está bien! Es decir, tu hermano ahora seguramente tendrá una mala opinión de mí, pero… no importa. – Me acerqué a él y lo abracé, no quería que de nuevo se pusiera triste.

 

– ¿Estuvo mal? – Me miraba preocupado y eso terminó por derretir mis barreras.

 

– ¿Qué fue exactamente lo que le preguntaste?

 

– Pues le conté que estábamos en el baño y viste el espejo y me preguntaste si me imaginaba todo lo que podíamos hacer ahí… Y que también dijiste que tendrías una excelente vista. Y que no había entendido eso…

 

– ¿Y él que dijo?

 

– Me insultó y después a ti.

 

– ¿Solo eso…?

 

– Dijo querías que tuviéramos sexo frente al espejo, pero en “otras” palabras…

 

– ¿Qué palabras uso?

 

– No quiero repetirlas…

 

– Entonces… ¿Te insulto? – Indagué y Ariel asintió como si nada. – ¿Y de mí que dijo?

 

– No le dije que eras tú, aunque creo que aun así, era para ti. – Dudó. – Dijo que eras un patán… ¡Algo así!

 

– Bueno… eso es verdad. – Reconocí.

 

– ¿A eso te referías? – Insistió, creo que ya no tenía ningún sentido negarlo. Así que me limité a asentir. – ¿Y por qué no solo me lo dijiste así? ¡Ariel, quiero tener sexo frente al espejo! – Imitó mi voz y realmente esperaba no escucharme así, porque sonaba muy gracioso. – Nos hubiéramos evitado todo esto.

 

– Se supone que lo entenderías… – Recalqué. – tienes diecinueve años.

 

– Pero eres la primera persona que me hace ese tipo de insinuaciones… ¿Cómo voy a saber que lo dices, en realidad no significa lo que estás diciendo? Si me lo dijeras con todas las palabras, lo entendería…

 

– Y… ¿Lo harías? – Indagué. – Si te pidiera que lo hiciéramos frente al espejo… ¿Aceptarías?

 

– ¿Tener sexo?

 

– Deja decir “sexo” y responde… – Él desvió la mirada de mí y se llevó un pedazo de fruta a la boca. Cosa que me hizo reír, era un niño después de todo, no debía presionarlo tanto. – ¡Esta bien! – Le dije mientras le soltaba y le acercaba una silla para que pudiera sentarse. – Ya llegará el momento en que te sientas listo… – Agregue y le dejé un beso rápido en la mejilla. – Come tranquilo, después te mostraré la casa.

 

ARIEL

 

No volvió a tocar el tema. Pero tampoco lucia enojado o me evitaba.

 

Después de comer y mientras recogían nuestra mesa, pude disfrutar de la vista desde terraza. Había jardines inmensos que rodeaban toda la propiedad. Fue haciendo algunos bocetos en servilletas, porque no había llevado mi libreta de dibujo.

 

– ¿Otra vez haciendo rayitas? – Damián, quien se había ausentado durante varios minutos, volvió a mi lado y me abrazó por la espalda.

 

– Bocetos… – Le corregí.

 

– ¿Se supone que esa cosa es mi jardín? – Había recargado su quijada en mi hombro, mientras se burlaba de mi trabajo. – Ari, eso no tiene forma.

 

– Necesitas imaginación…

 

– Y tú un milagro… ¿Enserio dibujas? – Se reía muy cerca de mi oído y eso me distraía. Pero no pasó por desapercibido su comentario. – Creo que un niño de cinco años lo haría mejor…

 

– ¡Solo es un boceto! – Me defendí ofendido, mientras le encaraba alejándolo de mí. – Soy muy bueno dibujando, así que… – En dos palabras: Me beso. Nunca antes me habían hecho callar de esta manera, pero siendo él, no pude más que dejarme llevar. No era una mala idea que me quitara el enojo de esta manera.

 

Damián me envolvió y en algún momento mis pies abandonaron el piso, él me sentó sobre el barandal del balcón mientras se acomodaba entre mis piernas. – ¡No vayas a soltarme! – Pedí, mientras me abrazaba a su cuello.

 

Sus manos detallaban las formas de mi cuerpo, caminándome lentamente. Mientras que su boca estaba robándome el aliento. Me resultaba imposible corresponderle, así que, simplemente me dejaba hacer.

 

Había ciertas partes de mi cuerpo que al rozarlas, él las apretaba con fuerza, como mi cintura o mis piernas, ese tipo de cosas me avergonzaban pero también desataban algo en mi interior. Era una sensación extraña a la que no creía poder ponerle nombre.

 

Pero me sentía arder por dentro. Deseaba que la ropa no estuviera y poder sentir su piel contra la mía. Y por mucho que me incomode reconocerlo, me incitaba sentirlo posesivo sobre mi piel. Saber que posiblemente quedarían las marcas de sus manos en mí cuerpo, me hacía desear que me tocara aún más.

 

– No tienes que pedirlo… – Me dijo mientras me daba un corto espacio para respirar. – Tendría que estar muerto para soltarte.

 

Sus palabras me gustaban, pero en este momento prefería sus acciones, porque estábamos a cinco pisos del piso y si por alguna razón me soltaba, no iba a contarla.

 

Tuve un lapso en el que mi cordura desaparecio. No estaba pensando con claridad o quizá simplemente no quería reconocer que Damián sabía desatar en mí, una locura que no me conocía. Y que parecía estar dormida en mi interior a la espera que con su toque la alborotara.

 

Él me miró fijamente durante unos segundos que para mí fueron eternos. Quizá no había sido suficientemente claro o en su defecto, lo había sido en exceso al removerme de esa manera entre sus brazos y por eso Damián parecía no reaccionar. – En verdad… Necesito que me acaricies. – Le dije.

 

– ¡Ariel!

 

– ¡Solo hazlo! – Ordené. Ya después me disculparía por haberle hablado de ese modo. Él únicamente me miraba y su pasividad comenzó a desesperarme. – ¿Tengo que salir a buscar a alguien con más iniciativa? – Lo reté. Damián entrecerró los ojos y me miró con el orgullo herido.

 

– No juegues conmigo…

 

– Ese es problema… ¡No estoy jugando! – Lo dije con toda la determinación de la que fui capaz. Damián me dedico la más encantadora de sus sonrisas, mientras su mano me rodeaba la cintura.

 

– No respondo por mis acciones… – Anunció.

 

– No me amaneces… – Respondí.

 

DAMIÁN

 

Había unos muebles amplios bajo un tinglado al otro extremo de la terraza. No sé cómo llegamos ahí ni como terminé debajo de él, pero verme en esa posición fue muy incómodo.

 

El chico sobre mí, era por demás irreconocible. Quizá, en lo único que se parecía a mi Ariel, era en que ambos eran juguetones y destilaban ternura. Mi cachorro solía ser tímido, recatado, me hacía cuidar de mis expresiones con tal de no ofenderlo y era respetuoso en mi manera de tocarlo para no intimidarlo.

 

Pero este Ariel, era peligroso…

 

Me besaba con una desesperación que me tenía atónito, sus manos sujetaban cada una de las mías a mis costados y las mantenían pegadas a la altura de mi cabeza. Estaba sentado sobre mi estómago y se movía insinuante.

 

Intenté librarme pero no me lo permitió. Y por la forma en la que me miró, supe que no había sido casual, él me tenía justo donde me quería.

 

– ¡Ah, no! – Le dije. – Te faltan siglos de experiencia para tenerme debajo jovencito. – Recalqué y él solo ensanchó su sonrisa. – ¡No es gracioso, Ariel! – Volví a intentarlo y de nuevo me lo impidió, claro que en cualquier momento que quisiera tenerlo debajo, podía obligarlo y hasta cierto punto, Ariel sabía que era así, pero también, ambos éramos conscientes de que yo no usaría tal fuerza, que pudiera lastimarlo.

 

– ¿Te rindes? – Jugueteó.

 

– ¡Jamás! – Contesté con prepotencia.

 

Ariel se carcajeó y me miró desde arriba, los blondos de su cabello eran despeinados por el aire y sus ojos lucían diferentes, de alguna manera, eran más hermosos. Lentamente fue bajando su rostro hasta que la punta de su pequeña nariz tocó la mía, yo terminé con la distancia y nuestros labios se abrazaron en un roce casi mágico.

 

Fue distinto a todos los besos que habíamos compartido anteriormente. Cada que yo quería hacerlo más ardoroso él se retiraba, me calmaba con su mirada, y los dedos de sus manos acarician delicadamente los míos. Ya no se movía de la misma manera sobre mí, ahora únicamente reposaba. Quieto y en completa serenidad. Contrario a lo usual, no cerró los ojos, sino que me miraba mientras nos besamos.

 

Sus pupilas dilatadas hacían de sus ojos, pozos de aguas profundas, más azules, más intimidantes, pero también más hermosos. Eran tanto como mirar un paisaje hipnótico y misterioso. Y al no poder soportarlo terminé cerrando los míos, mientras me dejaba guiar por el ritmo de sus labios.

 

Estaba dominándome…

 

Y aun si mi instinto brincaba y mi ego hacia berrinches internos, mi alma estaba satisfecha y curiosamente, mi lobo también.

 

– ¿Te rindes? – Insistió.

 

– ¡No! – Respondí y él resuelto a no dejarse vencer, atrapó mi labio inferior y lo mordió con fuerza, para después lamerme la zona que lastimo.

 

– No me hagas volver a repetírtelo, porque te puede ir muy mal… – Bromeó.

 

Yo estaba perdido en otro mundo, fascinado por este cambio tan súbito. El Ariel amedrentador y cruel me gustaba, que digo me gustaba… me encantaba. Pero mi cachorro dulce y penoso, ese simplemente me volvía loco.

 

Y me atrevo a afirmar que él lo sabía.

 

– ¡No te tengo miedo! – Le aclaré. – Un niño ingenuo como tú no podría hacerme nada. – Quise picar su orgullo y vaya que lo conseguí.

 

En ese momento todo rastro de humor en su rostro desapareció. Me soltó de las manos y me miró con extremada seriedad.

 

Ese peculiar sentimiento de cuando acabas de arruinar el momento, comenzó a embargarme. Sin decir una sola palabra se me quitó de encima y poniéndose de pie se fue asentar en el asiento de enfrente.

 

También me incorporé, quería decirle que solo bromeaba, que no lo había dicho enserio. Su expresión cambió a una de tristeza e incluso se abrazó a sí mismo… ¿Lo había herido? Su olor no había cambiado, pero aun así, algo malo estaba pasando. Ariel se cubrió el rostro con ambas manos, escondiendo su mirada de la mía y ahí comprendí que efectivamente… la había cagado.

 

– ¡Lo lamento! – Me disculpe, sentándome frente a él. – No fue enserio lo que dije…

 

– No lo lamentas y si fue enserio… – Me acusó con la voz rota.

 

– ¡No! ¡No Ariel! A veces no digo nada cuando digo algo… – Ya sé que no era el discurso más coherente, pero él comenzaba a sollozar y yo me sentía terrible.

 

– ¡Siempre es algo contigo!

 

– La mayoría de lo que digo, solo es algo por decir…

 

– Dices que solo es algo por decir para poder decir algo pero sabes que dices algo cuando dices algo… – No pude entender ni la mitad de lo que dijo, pero cuando su voz salió dolida y rota, fui hacía él y lo abracé.

 

– Lo siento mucho… – Repetí llenó de culpabilidad, mientras lo acunaba en mi pecho. – Por favor cachorrito, no llores. – Los espasmos se volvieron más violentos y él pasó de cubrirse el rostro a solo tapar su boca con ambas manos. – ¿Ariel?

 

– Ya no importa si te rindes… ¡Igualmente te vencí! – Anunció. – ¡Cachorrito!

 

En algún momento el supuesto “llanto” se volvió risa. Unas carcajadas locas que me hicieron comprender que el muy desgraciado se estaba burlando de mí.

 

Pese a que lo entendía me quede sin poder reaccionar, como asimilando que el inocente jovencito al que creí haber herido, había montado todo este teatro y yo de su pendejo había caído redondito en su juego.

 

– Eres un… – Me mordí los labios para no insultar, y Ariel se deshacía en risas, pero lejos de enojarme, también me causo gracia.

 

Había sido timado por un cachorro loco.

 

Lo empujé con cuidado, mientras me rascaba la cabeza. Estaba algo avergonzado, porque me había preocupado enserio, y él me estaba casi escupiendo en la cara que si podía afectarme y mucho. – ¡Chantajista! – Lo acusé.

 

– ¿Siquiera te escuchaste?

 

– ¡Ya! ¡Mucha risa no! – Me quejé, fingiendo indignación.

 

– ¡No te enojes… cachorrito!

 

– Deja de burlarte… – Me le fui encima, si tantas ganas tenía de reírse, iba a darle verdaderos motivos.

 

– ¡No! ¡Cosquillas, no!

 

– ¡Cosquillas, sí! – En segundos estaba completamente rojo y se quejaba de que ya se había cansado de tanto reír. Pero bien dicen que la venganza es un plato que debe servirse frío. – ¡No, Damián! ¡Ya me cansé! ¡Damián! ¡Ya!

 

– ¿Te rindes? – Le pregunté, mientras lo acorralaba entre el sillón y mi cuerpo.

 

– ¡No es justo! Yo no te hice cosquillas… – Sé quejó mientras inflaba los cachetes en un gesto por demás infantil.

 

– ¿Te rindes…? – Insistí, con la clara intención de retomar las cosquillas si me negaba su rendición.

 

– ¡Sí, sí! – Dijo cuando vio que mis manos intentaban volver a su cuerpo.

 

– ¿Si que…?

 

– Me rindo… Me rindo…

 

– ¿Quién es el que debe ir abajo?

 

– ¡No es justo!

 

– ¿Quien…? – Volví a atraparlo y le hice cosquillas en el estómago y los costados. La verdad era que le bastaba saber que tal vez lo haría, para que ya se estuviera riendo, así que, para cuando lo tocaba gritaba y trataba de zafarse.

 

– ¡Yo! – Grito. – Yo voy abajo… – Se me escapó entre las manos y se alejó lo más que pudo sin bajarse del mueble. – ¡Ya no juego! Eres un bruto… – Me acusó, mientras me aventaba uno de los cojines.

 

Lo esquive sin problema, mientras lo veía abanicarse con las manos, su rostro aun seguía rojo y parecía agotado, todo por unas cuantas cosquillas.

 

– Pero así te gusto… – Le rebatí. – ¡Este bruto te pone!

 

– ¡Sueñas, Damián! – Me dijo con desdén, mientras pasaba a mi lado, contoneando ese delicioso trasero.

 

No pude evitarlo y antes de que se alejara de mí, le di una nalgada que le hizo dar un brinquito del susto. – ¡Hay! – Se quejó, mientras con ambas manos se sobaba. – Eres un… ¿acaso crees que no duele?… Tienes la mano pesada… – Me acribilló con la mirada, pero era mi turno de reír y lo disfrute a mis anchas.

 

– Deja de murmurar y ve a ver lo que deje en la cama para ti…

 

– ¿Para mí? – En ese momento el dolor se le olvidó y me miró con ojos destellantes de entusiasmo. – ¿Un regalo? ¿Qué es…?

 

– Ve a verlo por ti mismo si no quieres que te empareje el trasero de otra nalgada. – Se lo dije amenazantes, pero Ariel no le dio gran importancia. Me sonreía de oreja a oreja y eso me daba gracia.

 

Desfiló con seguridad por el pasillo hasta que se perdió de mi vista, cuando se adentró en la habitación.

 

Lo seguí, algo dentro de mí me impedía estar lejos de él. Cuando estuve dentro, lo vi sentado sobre el colchón, con las piernas cruzadas y dándome la espalda, tenía formas muy extrañas de acomodarse. Iba quitando uno a uno cada pedazo de la cinta transparente para no maltratar la envoltura.

 

– Solo rompelo… – Le dije con impaciencia.

 

– Es mi regalo y yo lo abro como quiera… – Respondió mientras alejaba la caja de mí, como si en algún momento fuera a quitársela. – ¡Woou! Es una cámara…

 

– Así no tendrás que hacer esos dibujitos raros…

 

– Bocetos…

 

– Sí, lo que sea…

 

Jugueteó con la cámara, le probó cada lente e incluso le dio una leída rápida al manual, mientras se cargaba la pila.

 

Recibí muchos besos en la mejilla a causa del regalo, Ariel estaba feliz y eso era lo único que me importaba, junto con la cámara había una tarjeta de cumpleaños que había escrito de último momento. Y que al parecer, logró conmoverlo.

 

Después, tal y como le había prometido, comenzamos el recorrido por la casa.

 

Le llevé a la planta baja para que hiciéramos el recorrido por la casa. Ariel propuso un juego de preguntas, en las que nos haríamos una serie de cuestionamientos sobre cosas que quisiéramos saber del otro. La única regla era que debíamos responder con honestidad.

 

– Entonces… ¿Tienes tres hermanos? – Preguntó, iniciando él la primera ronda de preguntas.

 

– Sí, el mayor es Deviant, después le sigue James y por ultimo Samko.

 

– ¿Cómo es James?

 

– ¿Cómo es…? – Dudé – ¿Físicamente?

 

– Y también su personalidad… – Aclaró. – ¿Es como los rubios?

 

– ¡Gracias al cielo, James es más normal! – Respondí. Lo conducía por un pasillo amplio e iluminado, con rumbo a la primera sala, pero me desvié un poco hacía la pared de la izquierda, donde descansaban algunas fotografías de mi familia. – ¡Él es James! – Señalé a un niño delgado y de piel casi blanca, cabello castaño y lacio, que se diferenciaba, tal y como dijo Ariel, de los otros dos Rubios greñudos.

 

– ¡Qué bonito! – Dijo Ariel, mientras miraba los demás cuadros.

 

– ¿Por qué tu no apareces en estas fotos?

 

– A mí no me gustaba venir a esta casa cuando era niño… – Me limité a responder y Ari asintió.

 

– En las demás solo parece Deviant y James…

 

– Bueno… Originalmente esta casa sería únicamente para Deviant. Y eran dos pisos nada más. – Reanudamos el camino hasta una puerta alta de madera tallada a mano, sobre ella se apreciaba a dos lobos en mitad de una pelea. Ariel se quedó mirando la imagen, un poco sorprendido, y con sus dedos repaso algunas de las formas del pelaje y las patas de los animales, que era lo que alcanzaba. – A mi padre le gustaban, veras muchos por toda la casa. – Le expliqué y lo sujeté de la mano, para alejarlo de ahí.

 

– ¡Vaya, es impresionante! – Del otro lado de la puerta, había una piscina deportiva que de inmediato atrapó la atención de mi cachorro.

 

– Era su deporte favorito… Durante un tiempo quiso practicarlo de manera profesional. – Le expliqué.

 

– ¿Y por qué ya no? – Quiso saber y sin dudarlo se acercó para poder tocar el agua. – ¡Está tibia!

 

– Tuvo que dejarlo… Fue por un accidente. – Rememoré. – Tenía diecisiete años, practicaba mucho y le auguraban un gran futuro por su dedicación y porque era muy destacado. Como verás, es un deporte algo difícil en este lugar donde siempre hace frio, por eso su padre la construyó aquí, y siempre la mantienen a esa temperatura, porque aun a veces viene, sobre todo cuando se estresa.

 

– ¿Puedo saber qué fue lo que le paso?

 

– Se escapó para ir a una fiesta que organizaron unos amigos. – Expliqué, dándole a entender que no me molestaba contarle sobre mi familia, no a él. – Por supuesto, no tenía permiso para ir, y bueno, debo decir que nunca llegó. – Ariel me miró extrañado y dejó de jugar con el agua. – Era una época difícil en Covasna, tres de las cinco fábricas de aquel entonces habían cerrado, había hambre y la delincuencia se dio precisamente en las zonas privadas como la nuestra. En el camino se topó con unos delincuentes que quisieron robarle… – Dije con dureza pero me relajo sentir la mano suave de Ariel sujetando la mía. Y al bajar la mirada hacía él, me sonrió. – Deviant no llevaba nada de valor, es su costumbre, aun ahora, jamás debes esperar que él pague algo porque nunca lleva dinero. – Ambos reímos por eso, pero en aquel entonces no fue motivo de gracia. – Lo atraparon y lo golpearon a tal grado que le causaron una fractura triple en el hombro izquierdo, en la clavícula, el hueso del brazo y la escápula, entre otras lesiones menores. Estuvo casi tres semanas en el hospital y aunque le dijeron que con terapia podría mejorar, a los siete meses lo dejó. Ya no podía nadar sin que el hombro le doliera.

 

– Debió ser muy difícil… – Asentí a lo dicho por Ariel y de nuevo avanzamos con rumbo hacía al segundo piso.

 

– Su mundo entero se le vino abajo, dejó la escuela casi un año y por nada del mundo se le hacía entrar en razón. Se la pasaba todo el día en cama, encerrado en su habitación a cortinas cerradas. Hasta que un día, Han, estando ya harto de ser ignorado, llenó un balde de cubitos de hielo y agua…

 

¡Ah! Y deja te cuento que por muy deprimidos o enojados que estuviéramos, estaba prohibido encerrarnos bajo llave en nuestras habitaciones, ni siquiera cuando nos castigaban nos encerraban. – Aclaré, porque para nuestro padre eso era una falta de respeto. – El caso es que fue a su habitación, entró sin tocar y se lo vació encima. Lo sacó de la cama casi a golpes y salvo en las noches, jamás lo dejó volver a ella.

 

– ¿Y qué pasó con los sujetos que le hirieron?

 

– Jamás los encontraron… – Mentí. Y aunque no podía confesárselo, me satisfacía satisfecho de saber que sus cuerpos alimentaron a los animales de carroña. Uno a uno les di caza y los mate.

 

– ¡Que mal! – Dijo – Pero entonces… ¿Ellos llevan mucho tiempo, juntos?

 

– Han ha estado con él toda la vida, cuando llegué con ellos él ya estaba, pero solo como amigos. Deviant ha tenido muchas parejas, incluso noviazgos de varios meses, pero todas sus relaciones eran con mujeres. Han por su parte, es muy reservado en ese aspecto, así que no podría decirte si ha salido con mujeres, pero sí con hombres. Le conocí a dos o tres, pero no fue nada serio. No me preguntes en qué momento esos dos empezaron con “sus cosas” porque no lo sé, pero llevan casi cinco meses como pareja.

 

– ¿Deviant siempre ha sido muy celoso de ti? – Preguntó, mientras se detenía a mirar otras fotografías que colgaban en el pasillo principal del segundo piso. – ¡Es curioso como eso no parece ser un inconveniente para Han! Incluso podría asegurar que te tiene cierto temor… – La forma tan casual en la que lo aseguró me dejo sin que decir, la gente no solía notar nada inusual en nuestra relación, o por lo menos, no nos le decían.

 

– Solo nos cuidamos…

 

– ¡Claro! – Dijo él en completa incredulidad mientras me dedicaba una mirada rápida y volvía a los retratos. – Afecto de hermanos… – Agregó. – William es como Deviant, en ese sentido.

 

Un foco rojo se encendió en mi interior, mi instinto me decía que era una trampa pero mis propios celos me superaron. Si William era como mi hermano, entonces, eso quería decir que ellos…

 

– Exacta y concretamente… – Dije mientras lo sujetaba por los hombros y le obligaba a mirarme. – ¿Qué tipo de relación tienes con él?

 

– ¡Hermanos! ¡Hermanos! – Dijo mientras se liberaba de mi agarré y avanzaba solo, dejándome atrás. – ¿Cómo más puede ser?

 

Mil cosas comenzaron a saturarme, ideas absurdas de ellos haciendo cosas como las que Deviant y yo hacíamos. Y pese a lo ridículo que pudiera parecer, porque él tenía tanto derecho a vivir su vida, como en su momento lo hice yo, pero la sola idea de que alguien más lo haya tocado me ardía.

 

– Él y yo no somos realmente hermanos… – Solté y Ariel en respuesta comenzó a caminar más lento.

 

– William y yo tampoco…

 

– ¿Entonces…?

 

– ¿Entonces qué? – Preguntó, mientras me volteaba ver.

 

– ¿Qué tipo de relación tienes con él? – Insistí, mientras terminaba con la distancia entre nosotros. Ariel jugueteaba con la cinta que sostenía su cámara en su cuello.

 

– No sé a qué…

 

– Sabes perfectamente… – Le interrumpí. Él me miraba con una tranquilidad que me resultaba perturbadora. Como si habláramos de cualquier otro tema que no me estuviera llevando a confesarle que había hecho con Deviant cosas que no se hacen con los hermanos.

 

– ¡No! – Negó en voz baja, pero si sabía, solo estaba enredándome.

 

– ¿Te has besado con él? ¿Te ha tocado?

 

– ¿Tú lo has hecho con Deviant? – Guardé silencio, yo solo me había puesto la soga al cuello, él solo tiró de ella. Desvié la mirada y él avanzó unos cuantos pasos más hacia donde había otras fotografías. – El que calla… otorga. – Dijo como si nada. Por algunos segundos me pareció ver a Han, Ariel había reaccionado de la misma manera en la que lo hacía él.

 

– Ari… – Quise disculparme, explicarle, pero no podía, era una verdad que no me pertenecía únicamente a mí.

 

– Lo que no fue en mi tiempo… no tiene por qué importarme. – Me interrumpió, mientras volvía sobre sus pasos hasta quedar de frente a mí. – Pero de hoy en adelante y mientras estés conmigo, no te permito que vuelvas a hacerlo… ¿Entendido? – Me miró con dureza y una seguridad al pronunciar cada palabra, que por primera vez en muchos años, me sentí intimidado de alguien, de él.

 

– ¡Sí!

 

– ¡Bien! – De nuevo sonrió y volvió a lo que hacía.

 

Si mis hermanos hubieran estado presentes, sé que se estarían burlando de mí, porque pude sentir el momento justo en el que Ariel ató el collar a mi cuello, y ahora casi podía verlo tirar de mi cadena.

 

ARIEL

 

Continuamos con el recorrido, pero Damián seguía mostrándose un poco incómodo por lo sucedido. Era de esperarse, muy en el fondo yo también lo estaba, aunque por razones muy distintas.

 

Quizá obligarlo a que lo reconociera fue ir demasiado lejos, tal vez debió bastarme con lo que sabía. Ellos eran demasiados obvios, incluso Han lo era.

 

Y aunque suelo ser muy distraído, jamás lo soy con las cosas que me interesan.

 

Y es que Damián intentó ocultarlo desde que llegamos, al describirlo como alguien peligroso y desquiciado, a quien no debía acercarme, pero tampoco quiso dejarme en el estacionamiento. Después, cuando estuvimos en el departamento se mostró molesto cuando los vio besarse y lejos de hablarles tal y como lo haría un hermano, fue sarcástico al decirles: – Veo que no pierden el tiempo. – Deviant se avergonzó y se alejó de Han… ¿Por qué? Es decir, son pareja, es normal que ellos hagan ese tipo de cosas. Y sin embargo el rubio no sabía dónde meterse, mientras que el otro se dejaba caer en el sillón como si estuviera acostumbrado a ese tipo de interrupciones. Y específicamente, a ser rechazado en presencia de Damián.

 

Además, mientras su hermano más se acercaba, él me sujetaba cada vez con más fuerza y Deviant lejos de estar interesado, más bien, parecía ansioso por verme. Eso sin contar que me había mentido cuando nos topamos en la Universidad y dijo que su nombre era Roberto. Me hablaba con amabilidad pero su mirada me recorría de pies a cabeza. Y cuando llegamos le escuché decir; lo trajo. Refiriéndose a mí, eso quería decir que ellos ya habían hablado sobre nosotros.

 

Ambos se hicieron de palabras en ese momento y hasta el más incauto hubiera podido sentir la tensión que había entre ellos, entonces Han volvió a intervenir, logrando que el rubio se saliera con la suya.

 

Luego me llamó bonito como si yo fuera una mascota para Damián, en vez de lo que realmente somos, sea lo que sea.

 

Cuando se presentó, de inmediato tomó la mano de Han y precisó que era su pareja, incluso lo resaltó. Dejándome en claro que lo de ellos era enserio, contrario a lo mío con Damián, pues era obvio que yo no podía sujetar su mano y decir, “nosotros también somos pareja”. Mientras lo decía miraba a Damián, como si lo estuviera retando, pero él no dijo nada. Después agregó que no había nada de malo en que fueran “pareja” y aun cuando me miraba a mí, era un reproche para su hermano, ante el cual, Damián volvió a guardar silencio.

 

Entonces, dándome el tiro de gracia dijo que las personas como Han eran muy fáciles de querer, y ahí nuevamente hubo un reproche, dando entender que las cosas entre Damián y él no habían sido factibles, y que por eso se había fijado en Han, en sus propias palabras. –…porque él es muy bueno conmigo. – Eso había dicho. Para después rematar, cuando agregó que Damián era una persona muy desagradable. En otras palabras, me dio a entender – Ni lo sueñes, no llegarás a nada con él.

 

Lo demás fue un juego de palabras que si bien aparentemente gané, la verdad es que, perdí. Él era medido en sus palabras, cuidando de no delatarse, mientras que mi impulsividad me dominó en todo momento. Y al final, me llamó adorable, una linda manera de darme a entender que también era un iluso.

 

Cuando me llevó hasta al sillón me hizo muchas preguntas cuyas respuestas ya sabía. Su mirada estaba fija sobre la mía, pero cada cierto tiempo volteaba a mirar a hacia donde se habían quedado los otros, al principio creí que miraba Han, cuando realmente estaba viendo a Damián.

 

Fue claro para mí, Deviant estaba celoso y en todo momento se preocupó por dejar en claro cuál era su lugar en la vida de su hermano. Sin embargo, no puedo decir que me desagrada, es más que obvio que lo quiere y que le cuida la espalda. Y estoy seguro que Damián merece estar rodeado de gente como Deviant.

 

– ¿En qué piensas? – Me preguntó.

 

– Bueno… no todos los días conoces a un padre que le haga una cancha de tenis a su hijo en el segundo piso de la casa. – Le dije, ocultando mis verdaderos pensamientos, aunque si me sorprendía tanta extravagancia. Había reflectores en cada una de las esquinas que le daban mayor realismo al lugar.

 

– No es profesional…

 

– Sigue siendo una cancha de tenis… – Le rebatí. – Pero es genial.

 

– Mi padre nos queríamos a los cuatro por igual, sin embargo, a James lo consentía de una manera muy especial. – Agregó. – Desde que era muy pequeño, tuvo diferentes alergias y los cambios de clima lo afectaba en sobre manera, pero era apasionado del tenis, así que decidió construirla aquí, para que su hijo pudiera jugar.

 

– ¿Aun lo practica?

 

– ¡Sí! Pero nunca quiso hacerlo de manera profesional… – Dijo – James es así, si algo que le apasiona se vuelve una obligación, como lo sería entrenar todos los días, entonces llega a aborrecerlo.

 

– Entiendo… ¿Él y tú se llevan bien? – Era mejor saber qué terreno pisaba, porque Samko, por lo que pude ver, era como Deviant, pero Damián había dicho que James era distinto.

 

– Sí, aunque difícilmente lo verás a mi lado. – Confesó. – Él está más apegado a Deviant, sin embargo, tengo ese sentimiento de que él es más mío que los otros dos. Es decir, me siento responsable por él y es algo un poco curiosos, pero en muchos sentidos lo he llegado a ver como un hijo.

 

– ¿Es porque tú lo encontraste? – Pareció sorprendido por mi pregunta y de inmediato quise explicarme. – La otra vez, comentaste que tú lo trajiste, deduje que lo encontraste y lo llevaste con tu familia.

 

– Así fue, él era solo un niñito… No merecía pasar por esa situación. Desde entonces, aunque de una manera poco visible, nos unimos demasiado. No dejaría que nada malo le pasara. – Aseguró. – En el tercer piso están las habitaciones de los tres, así como la que era de nuestros padres y dos más para invitados. Pero en el cuarto piso hay toda una sala de juegos y creo que una biblioteca.

 

– ¿A ti que te construyó?

 

– Como no me gustaba venir, al principio nada. Pero me compró mi primera mi motocicleta. – Dijo con presunción. – Aun la tengo, es uno de mis objetos de más valor. Está guardada junto con mi demás colección en una casa en Alemania.

 

– ¿Alemania?

 

– Es mi orgullo cachorrito… – Dijo de manera juguetona, mientras me abrazaba. – No te vayas a creer que es una casa como esta, la verdad es que muy sencilla, de solo dos pisos y bastante normal, pero el terreno es grande y está lleno de árboles. Esa la construí poco a poco con el dinero de mi primer trabajo.

 

– ¿Es tuya?

 

– Hasta la última piedra… – Aseguró orgulloso. – ¡Te llevaré a que la conozcas! – Prometió. – ¡Claro, si es que quieres ir! – Asentí de inmediato, y Damián sonrió. – Ya ves que no solo soy una vago que va por la vida metiéndose en problemas…

 

– Jamás dije que fueras eso…

 

– Pero por si lo pensabas… – Aclaró. – ¿Quieres conocer el patio? Ese fue diseñado especialmente para Samko.

 

– Sí, me encantaría…

 

– Entonces bajemos… Además es mi turno de hacer preguntas.

 

– ¡Cierto! – Le dije – ¿Y qué es lo que quieres saber?

 

– ¿Qué tipo de relación tienes con William?

 

DAMIÁN

 

Por supuesto que no iba a dejarlo pasar, esto era crucial para mí. Ariel se limitó a sonreír y se tomó su tiempo para responder. – Debo recordarte que acordamos ser honestos… – Presioné.

 

– ¡No, es decir, lo tengo claro! – Respondió. – Will y yo solamente somos hermanos. Peleamos y nos enojábamos como cualquier otro par de niños, pero por lo general nos llevábamos muy bien. – Dijo – Ya te lo he dicho, él me llevaba a casi todas sus citas y el resto del tiempo en el que no estábamos estudiando, jugábamos videojuegos o apoyábamos en centros de protección de animales, vendíamos las galletas que horneaba la mamá de Will y con el dinero que juntábamos no nos perdíamos ningún estreno, nos hemos visto todas las películas de la cartelera durante los últimos dos años. También íbamos a citas dobles o salíamos a correr. Hacíamos días de campo y lunadas en alguna de las playas cercanas…

 

– ¿Citas dobles? – Después de eso ya no pude escuchar nada más.

 

– Bueno, algo así…

 

– ¡Explicate! – Exigí.

 

– Salí con algunas chicas…

 

– ¿Por qué?

 

– Pues porque me gustaban… – Dijo él como si fuera obvio.

 

– ¿Te gustan las mujeres?

 

– ¡Claro que me gustan! – Respondió ofendido. – Soy un hombre, después de todo… ¿A ti no te gustan?

 

– Pero yo te gusto… ¿Cómo es que también te gustan las mujeres? – ¡Genial! Ahora debía no solo preocuparme de los hombres que lo rodean, sino también de las mujeres. – ¡Te gustan los hombres! – Aclaré casi al borde de la histeria.

 

– Yo nunca dije que me gustaban los hombres… – Se defendió.

 

– Pero yo te gusto…

 

– ¡Es distinto! – Aclaró.

 

– ¿Qué es distinto?

 

– Dije que me gustabas tú, no que me gustaban los hombres.

 

– ¿Y que soy yo? ¿Un gato gordo y flojo?

 

– ¡ALTO! – Dijo mientras que hacía con las manos, la señal que transito hace para detener el tráfico. – Me gustan las mujeres y vas a tener que aprender a vivir con eso. Pero cuando pensaba en tener una relación nunca me importó si era con un hombre o con una mujer, solo deseaba que fuera alguien interesante y completamente diferente a mí, que al verle frente a mí dijera… ¡Por fin! ¡Te encontré!

 

Mientras estuve en Arizona, me gustaron algunas compañeras de mi clase, pero de ahí no paso. Y cuando vine a Sibiu, al día siguiente casi me arrollas, fuiste el primer hombre que me gusto… – Confesó.

 

– El primero… Eso quiere decir que no soy el único.

 

– ¡Eres muy intenso Damián!

 

– ¿Quién más te gusta? ¿El imbécil de Axel? ¡Voy a desaparecer a ese tipo de la faz de la tierra!

 

– ¡Calmate! – Pidió, mientras me sujetaba de la mano. – Axel no me gusta… Sin embargo…

 

– ¡Ah! Realmente voy a matarlo… – Espeté. Sabía que ese sin embargo, no iba a gustarme.

 

– ¡Damián!

 

– ¿Sin embargo? – Insistí, relajando la postura.

 

– Me pidió que aceptara ser su “novio”

 

– ¿Qué? – La furia hizo que mi sangre hirviera entre mis venas. – Si bien sabía yo, que se hijo de puta no perdía el tiempo…

 

– ¡No digas malas palabras! – Me regaño. – Su mamá es una mujer muy decente.

 

Esa aclaración y la seriedad con la que la pronunció, me hizo reír.

 

– Es una expresión, no lo dije de manera literal…– Expliqué. – ¿Qué le respondiste?

 

– Primero le dije que no, pero después al parecer le dije que sí, esa parte no la recuerdo muy bien y en ese tiempo tu y yo no hablábamos, pero después volví a decirle que “no” y esta vez le aclaré que era de manera definitiva. A raíz de eso, hemos tenido muchos problemas, porque él no quiere aceptar que te elegí y constantemente habla mal de ti.

 

– No tiene que aceptarlo, me basta con que se mantenga a kilómetros de ti… – Espeté. – ¿Qué es lo que dice de mí? – Por lo que dura un parpadeo lo vi dudar, eso me hizo pensar que la gente no solía decir cosas buenas de mí.

 

Lo cual no lograba explicarme, soy un tipo genial. Las personas deberían amarme.

 

– Lo mismo que dicen los demás… – Respondió sacándome de mi ensimismamiento. – Curiosamente, es también lo mismo que dijo ese tipo que nos topamos cerca de la fuente. En resumen, que eres una mala persona, que has hecho cosas terribles y que vas a dejarme en cuanto te aburras de mí. Entre muchas otras cosas…

 

– ¿Y tú qué opinas?

 

– Pues… – Se encogió de hombros. – No sé…

 

– ¿No sabes?

 

– ¿Hiciste todo eso que dicen que hiciste? – Habíamos llegado al patio, pero Ariel tenía la vista fija en mí, en vez de en todo eso que había dicho que quería ver. Lo llevé hasta una de las bancas para que nos sentáramos.

 

– ¿Qué pasaría si dijera que “sí”? Que es verdad lo que dicen de mí… – Aunque nos sentamos y le di su espacio, no solté su mano, sino que jugaba con sus dedos, acariciándolos y entrelazándolos con los míos. – ¿Me dejarías?

 

– ¿Quieres que te deje? – Preguntó en voz baja.

 

– ¡No! No quiero que me dejes, pero eso no cambia lo que se supone que hice… ¿No crees? – Él parecía analizar mi pregunta, pero en ningún momento buscó separarse de mí, ni que lo soltara. – Quizá si soy todo lo que ellos dicen y realmente no valgo la pena…

 

– Le he mentido a mi padre en tres ocasiones y a mi mamá… ya perdí la cuenta. – Soltó con el semblante ensombrecido, se veía avergonzado y parecía sentirse culpable. – También a mi profesor de ciencias… – Agregó. – no fue mi intención mentirle a él, lo que sucedió es que… como proyecto del mes debíamos cuidar un huevo. Se supone que era para hacernos responsables, entonces debíamos de cuidarlo como si fuera nuestro hijo. El mío se llamaba Sebastián, pero ese mismo día, al terminar las clases lo olvidé en el salón y cuando me acordé y fui a buscarlo, tenía un golpe que había cuarteado su cascarón… William dijo que iba podrirse… literalmente. – Aclaró, mientras se reía. – Y que a mí me reprobarían, así que robamos uno de la cocina de su mamá y me ayudo a cuidarlo hasta el final de mes. Cuando mi profesor me pregunto si realmente era el mismo huevo del principio le dije que sí, aunque no era verdad…

 

– ¿Le pusiste Sebastián a un huevo?

 

– Era mi hijo…

 

– Un hijo al que llevaste al borde del suicidio cuando el pobre de Sebastián creyó que lo habías abandonado, y no bastándote con eso, lo cambiaste como si fuera un simple huevo… ¡Eres un ser vil! – Le dije jugando, pero Ariel asintió y bajó la mirada.

 

– ¡Lo sé! – Dijo – Pero de esto aprendí que aún no estoy listo para ser padre y también que a veces, con tal de salir de una situación difícil, las personas podemos tomar medidas drásticas y hacer cosas “malas”. – Explicó. – Ya lo ves, con tal de no reprobar y meterme en problemas con mis padres, mentí y robe, no es que hubiera querido hacerlo… Pero eso no lo hace menos malo, aunque tampoco significa que sea del todo culpable. Es igual contigo, quizá en su momento no has tenido otra alternativa y al calor de las cosas tomaste malas decisiones, que hayas cometido malas acciones, no necesariamente te hace una persona que no valga nada.

 

– Dijiste algunas mentiras, robaste un huevo y suplantaste a tu hijo… – Resumí. – He usado gente, faltado a mi palabra, extorsioné, y también he golpeado sin final de veces y sin verdaderos motivos, entre muchas otras cosas… – Confesé – También en la maldad hay niveles. Y yo he hecho muchas cosas muy malas…

 

– ¡No lo hagas más! – Sugirió.

 

– Eso no cambia mi pasado…

 

– Pero si cambia tu presente y tu futuro. – Aseguró. – No lo hagas por la gente, sino porque tú quieres ser distinto, si es que quieres…

 

– Parece que sabes de lo que hablas… – Sonreí y besé su mano.

 

– Bueno, hay muchas cosas que no sé… – Dijo mientras se recargaba en mi hombro. – Pero la historia de Sebastián no paró ahí. – Aclaró. – Los siguientes tres días fueron un suplicio para mí, me sentía mal por tener una calificación que no merecía. Así que fui a buscar a mi profesor y aunque él estaba dando clases en ese momento, le dije que era urgente, que realmente necesitaba hablarle.

 

– ¿Se lo dijiste? – Pregunté incrédulo.

 

– ¡Sí!

 

– ¿Y te reprobó?

 

– Curiosamente no… – Dijo aun con un poco de incredulidad. – Me explicó que la idea era hacernos jóvenes responsables, y al confesarle lo que hice, estaba siendo precisamente eso. Aunque, me puso a castigo ejemplar.

 

– ¿Qué castigo? – Quise saber, por muy cotidiano que fuese, me gustaba escucharlo hablar, sobre todo si era sobre cosas que había tenido que pasar, sentía que de esa manera me ayudaba a conocerlo un poco más.

 

– Recoger toda la basura que encontrara por los pasillos. – Me dijo – Así que durante tres días, mientras todos comían, yo iba y venía por toda la escuela con una bolsa negra de plástico, limpiando. Will se sentía responsable, porque al final de cuentas, había sido su idea suplantar a mi hijo, así que me ayudó. Y ya no tuve que soportar la burla social solo. – Me reí, lo suyo era cosa de niños. Si yo iba y confesaba lo que había hecho, me daban cadena perpetua. – Fue difícil, pero al final me sentí mejor. – Él se apegó más a mi hombro y terminé abrazándolo.

 

Era tal y como Deviant había dicho, Ariel me hacía querer ser un mejor hombre, por mí y por él.

 

– No te aseguro que iré y me disculparé con cada persona a la que le he faltado, pero te prometo meditar en ello

 

– ¡De acuerdo! – Aceptó feliz, y este tipo de gestos, me hacía creer que Ariel era alguien muy fácil, en el mejor de los sentidos, es decir; no me exigía nada más salvo respeto y que le hablé con educación, en muchos sentidos me acepta tal y cual soy y hacerlo feliz es solo cosas de palabras y acciones sencillas. – El patio es hermoso… – Agregó.

 

– ¿Quieres caminar? – Ofrecí y él aceptó de inmediato. – Entonces nos quedamos en que soy el único que te gusta… – Dije de manera casual. Y ambos nos reímos por eso. – Eso dijiste…

 

– ¡No recuerdo haber dicho tal cosa!

 

TERCERA PERSONA

 

Le costó trabajo que Ariel reconociera, lo que en efecto, había dicho. Que el moreno era el único hombre que le gustaba. Pero al final, lo consiguió.

 

No sin que antes el menor le hiciera reconocer también, algunas cosas.

 

Ambos caminaban de la mano por entre las marquesinas, la lluvia de anoche había dejado un clima frio, pero por lo menos, no nevaba e incluso se podía disfrutar de un cielo despejado y el poquito calor que los rallos del sol brindaban.

 

El césped aun guardaba un leve rastro del roció de la mañana, al igual que las flores que adornaban todo el lugar. Las cuales eran de diferentes tipos, pero todas ellas muy hermosas a la vista de Ariel, quien no perdió la oportunidad de fotografiar casi como si fuese un experto, todo aquello que llamara su atención.

 

Damián le observaba a una distancia prudente, sin perder detalle de cada uno de sus gestos, desde como sujetaba la cámara, hasta esa forma graciosa en la que cerraba su ojo izquierdo para enfocar mejor con el derecho. Así como la insinuante manera en la que fruncía los labios o se los humedecía con su lengua, mientras fotografiaba todo.

 

– ¿A Samko le gustan las flores? – Preguntó de la nada.

 

– Pues… no estoy seguro. – Confesó Damián.

 

– Entonces… ¿Por qué le mandó a construir un jardín?

 

– ¡Ah, eso! Bueno, esa historia es muy graciosa. Samko no tenía una buena relación con Deviant y tampoco con su padre. Aunque era solo un niño, las cosas siempre estaban tensas entre ellos. Entonces, casi siempre estaba con James, pero se aburría porque James es… como que muy pasivo. Se puede pasar horas leyendo, mirando televisión o simplemente sentado sin hacer nada.

 

Samko era más aventurero y a veces se le escapaba y salía a merodear por los alrededores de la casa, pero todo era bosque, en varias ocasiones se perdió y siempre, realmente siempre, volvía a casa herido. La última vez, fue cuando tenía nueve años, en una de sus salidas terminó siendo correteado por un oso, en realidad era un osezno que quiso jugar con él, pero Samko no lo vio de esa manera. Mientras corría cayó por un despeñadero y terminó con un brazo roto. Así que su padre mandó a construir una barda en todo el derredor del terreno y poco a poco le fue construyendo este jardín.

 

– Tus hermanos son todo un caso…

 

– Sí, algo así… – Aceptó Damián con retraimiento.

 

La vista de Ariel se quedó perdida entre la parte del jardín donde los pinos eran muy altos y delgados, uno justamente detrás del otro, parecían estar demasiado amontonados y el viento al mover sus ramitas creaba un sonido ululante.

 

– ¿Quién es ella? – Preguntó, mientras señalaba hacia un punto justo enfrente de él.

 

Damián siguió el rumbo que señalaba con su mano, pero no pudo distinguir a nadie. Aunque si podía sentir esa presencia. – ¿Es quien siempre nos sigue? – Cuestionó y en un acto-reflejo, se sujetó a la mano de Damián.

 

El mayor seguía sin poder mirar a la “mujer” que Ariel seguía señalando. No encontraba la manera de explicarle que esa presencia no los seguía a ambos, sino solo al menor.

 

Que hasta que su animal protector llegará, ella se aseguraría personalmente de que él siguiera con vida. Pero ese no era el punto, sino que Ariel no tenía por qué verla. No debería… se supone que él es completamente ajeno a muchas cosas de Damián, que sería muy difíciles de explicar en este momento.

 

– ¿Dónde está tu dije? – Preguntó el moreno, mientras se ponía frente a él para bloquearle la vista.

 

Ariel instintivamente se llevó la mano al cuello, un poco extrañado por la pregunta.

 

– ¡Aquí! – Dijo, mientras buscaba en la bolsa de su pantalón y ponía frente a él, el hilo con el pequeño amuleto.

 

– ¿Por qué te lo quitaste? ¿No te gusta? – Damián tomó el hilo, intentando deshacer el nudo.

 

– ¡Claro que me gusta! Pero tenía miedo de perderlo… – Explicó. – Me lo diste… me sentiría muy mal si lo extraviara.

 

– Si lo pierdes te daré otro, pero no te lo quites… ¿Entendido? – Ordenó con suavidad el mayor.

 

Ariel atinó a asentir, mientras se dejaba anudar el hilo al cuello. Cuando Damián se retiró de enfrente de él, Ariel ya no pudo encontrar a la mujer, aun si la buscaba entre los arbustos, se había ido sin dejar el más mínimo rastro. Tal y como si nunca hubiera estado ahí.

 

– ¿Quién era la mujer? – Preguntó.

 

– No vi a ninguna mujer…

 

– Estaba parada ahí… – Insistió el menor, mientras avanzaba a donde hace un momento había visto esa presencia, pero Damián se mostró renuente y comenzó a caminar en la dirección contraria. – ¿Hay algo que deba saber? – No iba a ceder, y ambos lo sabían, Damián trataba de inventar una que otra excusa que resultase creíble y suficiente para Ariel.

 

– No es algo grato de escuchar… – Dijo finalmente, captando la atención del menor, quien seguía rebuscando por entre los árboles. – Pero te lo contaré si dejas de ensuciarte y vienes aquí… – Vio en esta, la oportunidad de vengarse por la broma que el menor le hizo cuando estaban en la terraza.

 

Ariel sopesó sus posibilidades, y se decidió por la oferta del moreno. Abandonó su búsqueda y fue a encontrarse con Damián.

 

– ¿De qué se trata?

 

– Manos… – Dijo Damián y al instante Ariel las extendió hacia él. – Mira nada más eso… – Regañó.

 

– Solo son yerbitas y tierra mojada… – Intentó hacerlo menos y se frotó ambas manos en un fallido intento por limpiarse.

 

Damián tomó las manos de Ariel por las muñecas y llevándolas hacia él, las limpió en los costados de su camiseta. – ¿Debo cuidarte como si fueras un bebé? – Volvió a regañarlo, mientras seguía limpiando. Sin importarle que ahora su ropa estuviera manchada de lodo. – También ensuciaste tu sudadera…

 

– ¡Lo siento! – Dijo el menor dejándose hacer.

 

– Si te sigues portando mal te voy a tener que castigar… – Amenazó como si estuviera regañando a un niño de cinco años. Ariel se encogió de hombros, cuando el moreno comenzó a sacudir, primero su sudadera y después su pantalón.

 

Aprovechando la posición de Damián, Ariel se abrazó a él, apretándolo con fuerza.

 

– ¡No te enojes conmigo! – Le pidió, mientras se aferraba aún con más fuerza a él. Logrando que cualquier vestigio de molestia, desapareciera en el mayor, quien no dudó en corresponderle el abrazo.

 

– Eres un manipulador… – Le acusó mientras le dejaba una lluvia de besitos rápidos en todo el rostro del menor.

 

– ¿Yo…? – Pregunto cómo quien no sabe la cosa.

 

– ¡No! ¡Qué va! – Le siguió el juego Damián. Y en esta ocasión buscó sus labios. – Otro cachorro de preciosos ojos azules que también es manipulador… – Pero Ariel tenía un tema pendiente y no iba a dejarse llevar por un simple beso, que si bien deseaba, sabía cómo ocultarlo.

 

– ¿Me vas a contar quien es esa mujer? – Insistió con el tema, mientras se alejaba de los labios ajenos. Damián suspiró un poco dolido por el rechazo.

 

– Ella murió aquí, hace muchos años… – Explicó con extremada seriedad, sin dejar de abrazar al menor, pero buscando asustarlo. – En realidad, la mataron…

 

– ¿Quién la mato? – Quiso saber Ariel.

 

– Hay espíritus en el bosque, Ariel… han estado ahí desde tiempos inmemorables. – Intentó sonar interesante y disimular que toda esa historia estaba sacándosela de la manga.

 

– ¿Espíritus? – Preguntó intrigado. – Algo así como fantasmas.

 

– ¡Aja!

 

– ¿Y ellos la mataron?

 

– ¿Quién está contando la historia? – Se quejó.

 

– Tú…

 

– Entonces deja de hacer preguntas… – Volvió a regañarlo y el menor hizo un gesto de enfado, mientras se retiraba de los brazos de Damián, quien solo sonrió. – A esa mujer le gustaba pasearse por el bosque… igual que cierta persona que conozco y que no quiero decir su nombre pero que lo estoy viendo. – Dijo con la vista fija en los ojos azules de Ariel. – Pasaba muchas horas al día recorriendolo sola, hasta que llegó el momento en el que el bosque la reclamó como suya y los espíritus se comieron sus entrañas. Ahora ella forma parte de uno de esos espectros y dicen que cuando alguien logra verla, en la noche, mientras esa persona duerme… – Ariel comenzaba a ponerse tenso por lo que venía. – Ella le buscá, habitación por habitación y cuando le encuentra, se coloca sobre esa persona, provocándole las más horribles pesadillas. Dicen que la persona grita de un dolor insoportable, el mismo que ella tuvo que pasar mientras le devoran las entrañas viva. – Los ojos de Ariel estaban brillosos del susto y abiertos a más no poder, inconscientemente se había abrazado así mismo en un vago intento por sentirse amparado. – Así que… lo siento mucho por ti. – Le palmeó el hombro en un gesto de camaradería. – Quizá hoy debas dormir en otra habitación porque no me gustaría verte pasar por todo ese dolor sin poder ayudarte.

 

– ¿Y-yo solo? – Preguntó en un hilo de voz y su labio inferior casi temblaba.

 

– Sí, es que la mayoría de las personas no sobreviven… – Agregó como si nada. – Tal vez deberías despedirte de tus abuelos. Y decirles que preparen todo para tu…– No pudo decirlo, tan solo pensarlo era algo que le causaba un terrible estremecimiento, pero la broma ya había llegado hasta ese punto. – Ya sabes…

 

Ariel inclinó la mirada, como sopesando toda esta información.

 

– Es una broma… ¿cierto? – Preguntó con cierta esperanza que se difuminó cuando Damián negó con la cabeza.

 

– ¡Lo siento! Pero todo lo que te he contado… es real. – Iba decir que era “verdad” pero la palabra se le quedó atorada en la garganta.

 

– ¿Me voy a morir? – Insistió completamente incrédulo. – Damián, no estés jugando con eso… ¡Es broma! ¿No? – Exigió. – ¡Los fantasmas no existen!

 

– No dirás lo mismo cuando la tengas encima…

 

– ¡No te creo!

 

Sin decir más, dio marcha atrás y corrió hacía la casa. Nada de eso tenía sentido para él y buscaría respuestas. Damián le siguió dándole alcancé rápido pero al mismo tiempo, brindándole cierto espacio.

 

Al llegar a la casa, Ariel iba y venía por los pasillos buscando a la gente que le había recibido anoche, pero la casa parecía estar sola.

 

– ¡Hola! – Dijo en voz alta. – ¿Hay alguien en casa…? – Damián le seguía a una corta distancia. – ¡Hola! ¡Hola! ¡Por favor! – Siguió por un pasillo amplio del primer piso.

 

Una mujer que había escuchado el llamado, salió a su encuentro. Apareciendo justo delante de él, haciendo que Ariel pegara un grito que terminó asustandolos a ambos. Como en acto-reflejo retrocedieron al mismo tiempo, la mujer se pegó a la pared y Ariel dio un mal paso y terminó yéndose de bruces contra el piso.

 

Damián tuvo que cubrirse la boca para poder aguantar la risa.

 

– ¿Qué sucede? – Preguntó la mujer alarmada.

 

Nervioso y como estaba, Ariel relató lo sucedido en el patio, la mujer le miraba con el ceño ligeramente contraído y con el gesto de total indiferencia, para ella el chico estaba diciendo puras incoherencias, pero le escuchaba con atención porque Damián estaba al inicio del pasillo observándolos.

 

– ¿Y es verdad todo eso? – Preguntó preocupado.

 

La mujer levantó rápidamente la mirada y Damián le ordenó con una seña que le dijera que “SÍ”.

 

– ¡Es verdad! – Se limitó a decir y sin más volvió a lo que hacía, dejando a un muy asustado Ariel.

 

– ¿Qué voy a hacer? – Susurró, y una urgencia por irse comenzó a invadirlo. De repente, ya no quería estar más en este lugar. – ¡Quiero irme! – Dice y Damián avanza despacio hacia él.

 

– Ya te vio… – Le dice cerca del oído logrando que el menor se estremezca porque no lo escuchó acercarse. – Te seguirá a donde quiera que vayas…

 

Ariel seguía sin creérselo del todo, es decir, era imposible. Así que se da la vuelta para encarar al mayor.

 

– Esas cosas no pasan en la vida real… – Le contradice. – ¡No tiene sentido!

 

– Aquí no es Arizona… – Le recuerda el mayor. – Existen pruebas de que lo he dicho sucedería sin falta, cualquiera en Covasna te lo confirmara. – Intenta decirle con fidelidad.

 

– Pero debe haber alguna otra alternativa… – Insiste Ariel y en esta ocasión busca refugió en Damián, quien sonríe discretamente al ver sucumbir al menor. Se abraza a él envolviendolo por la cintura, con su rostro contra el estómago del moreno, casi al punto de querer llorar. – Algo se debe poder hacer…

 

– Hay algo… – Le dice Damián mientras también lo abraza. – Pero no sé si te atrevas a hacerlo…

 

– ¡Sí! ¡Lo que sea! – Contesta rápidamente, y con los ojos un poco húmedos.

 

– ¡Entonces, ven! – Ambos regresan al patio, pero Ariel se rehúsa a soltarlo.

 

Sin embargo, al llegar a la parte trasera de la casa, Damián se deshace de su agarre y le pide que le esperé ahí, mientras él se interna en unos tinglados cubiertos de malla oscura como pabellones. Tarda solo unos minutos que para Ariel son eternos, y al volver, lleva en la mano un morral pequeño con algo adentro. – Harás todo lo que te diga… ¿De acuerdo?

 

– ¡Sí!

 

Tras escuchar la rendición de Ariel, el mayor lo conduce a las afuera de la casa y varios minutos después, ambos se encuentran internándose en la espesura del bosque. La tierra mojada por la lluvia torrencial de ayer, dificulta el andar del menor, mientras que Damián camina con la gallardía y ligereza de siempre.

 

– ¡Rápido! Se hace tarde… – Presiona Damián.

 

Avanzaron unos cuantos metros más hasta que finalmente se detuvo. Con una rama que encontró cerca, dibujó un círculo lo suficiente grande como para que Ariel pudiera pararse dentro, entonces, le entregó una navaja que el niño no vio en qué momento ni de donde saco. También le entregó el morral y lo llevó hasta el círculo.

 

Le quitó la cámara y escogió un lugar adecuado para tener una buena vista de todo, la colocó casi enfrente del menor y sin que este lo notara comenzó a grabar.

 

– ¿Qué voy a hacer con esto? – Quiso saber Ariel.

 

– Vas a mirar todo el tiempo al frente. – Dijo Damián. – Escuches lo que escuches, no te detengas… ¿Entendido?

 

– ¿Escuchar que…? – Preguntó aún más asustado.

 

– ¡Lo que sea! Solo no te detengas… Repetirás y harás cada cosa tal cual te lo diga.

 

– ¡Esta bien!

 

– Arrodíllate, pero sin salirte del círculo… – Mientras Ariel obedecía, Damián buscó un lugar en cual sentarse y disfrutar de su travesura. – ¡No bajes la mirada ni cierres los ojos!

 

– ¡S-si!

 

– Repite: Espíritus del bosque…

 

– E-espíritus del bosque…

 

– Los invoco… ¡Manifiéstense! – Dijo con voz fuerte, como en esas películas de espiritismo.

 

– ¿Qué…? Pero si yo no quiero verlos… – Rebatió asustado Ariel.

 

– Respeta a los espíritus del bosque jovencito…

 

– Es que no quiero verlos… – Se lamentó.

 

– Eso debiste decirme desde el principio… – Le regaño fingiendo severidad. – De nada a servido venir a este lugar, si no lo haces, se te va aparecer esa cosa en la noche y…

 

– ¡Ya! ¡Está bien! Lo voy a decir…

 

– Bien… entonces date vuelva y repite todo desde el principio.

 

– Espíritus del bosque… Los invoco ¡M-manifiéstense!

 

– Pido su ayuda, porque he visto a la mujer de las pesadillas.

 

– P-pido su ayuda, porque he visto a la m-mujer de las pesadillas…

 

– Y he venido a ofrecer una ofrenda en sacrificio para la liberación de mi alma. – Damián casi no podía aguantar la risa, y no era para menos, la expresión de Ariel era insuperable. El niño estaba que se moría de miedo.

 

– Y he venido a ofrecer una ofrenda en sacrificio de… de… ¿Cómo era?

 

– Para la liberación de mi alma… – Repitió Damián.

 

–… en sacrificio para la liberación de mi alma.

 

– Bien, ahora saca lo que hay dentro del costal y con la navaja que te di vas a cortarlo en dos partes… – Le indicó.

 

Ariel deshizo el nudo del morral pero se llevó ambas manos a la boca cuando vio lo que había dentro. Entonces comenzó a llorar…

 

– No puedo hacerlo… – Sollozó, mientras acunaba entre sus manos el conejito blanco que todo este tiempo había estado en el morral.

 

– Pero si no lo haces…

 

– ¡No me importa! – Le interrumpió. – No lo voy a matar… – Dijo con determinación, mientras se salía del círculo encarando a Damián. Sus ojos desbordaban un llanto histérico, pero había hablado con determinación. Y la forma en la que protegía al animalito entre sus brazos lo confirmaba. – No importa que pase conmigo, no le voy a hacer daño…

 

– Eso creí… – Suspiró el mayor. – Bien, en ese caso, hay algo más en el morral, deberías sacarlo.

 

Ariel se estiró para alcanzar la pequeña bolsa de tela roída y sucia. Y en efecto, había algo más. Un sobre.

 

Como pudo, lo abrió y sacó una tarjeta roja, era de cumpleaños y en la aparte de abajo tenía una nota escrita a mano.

 

Escogele un nombre bonito.

 

¡Ah! ¡Por cierto! Todo fue una broma.

 

¡Feliz cumpleaños!

 

Con cariño, Damián.

 

Le tomo pocos segundos comprenderlo todo, y el llanto paso de ser de temor a uno de coraje e impotencia.

 

– ¡Eres un idiota! – Le gritó el menor, mientras le aventaba el morral, pero sin soltar a su conejo ni su tarjeta. – ¿Tienes una idea de cuánto me asustaste…? – Damián se desbarataba de la risa mientras Ariel quería agarrar la rama con la que había dibujado el circulo y caerle a golpes.

 

– Fue solo una bromita…

 

– ¡Callate! Pero me las vas a pagar… – Amenazó un Ariel muy enojado, quien sin saber exactamente si el que había elegido, era el camino correcto para volver a casa, se alejó mientras vociferaba todo tipo de cosas, que solo lograban que Damián se riera aún más. – ¡Te lo advierto Damián! Me la vas a pagar.

 

– ¡También te quiero! – Se burló.

 

– ¡Jodete! – Esa última palabra que Ariel jamás antes le había dicho le hizo sentir un poco mal, pero en medio de sus risas, se le olvidó pronto.

 

– Creo que se me paso un poco la mano…– Susurró. – Igual fue divertido.

 

Después de recoger la cámara y comprobar que todo había quedado grabado, fue tras él.

 

ARIEL

 

Era un estúpido por creerle, por supuesto que ese tipo de cosas no suceden en la vida real. Pero yo había visto a esa mujer, solo por eso llegué a la conclusión de que podía ser verdad.

 

Estaba asustado, porque el parecía estar hablando enserio, pero todo este tiempo solo se estaba burlando de mí. Y eso me hacía enfurecer aún más.

 

Una vez que divise la carretera, corrí hasta la casa sin detenerme.

 

Cuando iba entrando me topé de nuevo con la mujer del pasillo, junto con otras dos, un poco más jóvenes. – ¿Cómo pudo mentirme de esa manera? – Le recriminé mientras pasaba a su lado, ella solo sonrió y se hundió de hombros.

 

No me detuve.

 

Me sentía insultado, aunque tampoco pretendía darme tanta importancia. Es verdad que yo le había hecho una broma primero, pero no fue tan terrible como la suya.

 

Llegué a la habitación, agitado y con las piernas doloridas debido al esfuerzo. Por lo que terminé dejándome caer en la primera alfombra que encontré.

 

Cuidando de no aplastar a mi conejo, lo acomode a mi lado. Era chiquito y su pelito estaba muy esponjado. Parecía una nube blanca y pachona.

 

Me acomode boca arriba para releer su nota y a decir verdad, ya no estaba tan molesto, pero aun no podía creer su cinismo. Damián tenía una terrible manera de dar obsequios.

 

DAMIÁN

 

Cuando entré a la habitación me dedico una mirada asesina, era un aviso silencio de que si me le acercaba pagaría las consecuencias. Y aunque me gustaba tentar a mi suerte, hay veces que la conservación de la vida es lo primordial.

 

Así que mejor fui a atrapar al conejo y lo puse en una caja que había conseguido de camino para acá. Podía sentir su mirada sobre nosotros, pero no me hablaba. Y cuando me giré para enfrentarlo, Ariel desvió la mirada hacia el techo. Quería reírme, pero eso solo me hubiera acarreado más problemas.

 

A esta altura sobraba decir que un Ariel encabronado, era sumamente atractivo. Era como una pequeña fierecita que si bien no te mata, pero si es capaz de darte un par de zarpazos de esos que arden como el demonio.

 

Pero si los cánidos son capaces de modificar el cauce de los ríos, como va a ser que yo no pueda lograr que este cachorrito se contente. Sin importar las consecuencias y con toda la seguridad de un lobo alfa, me fui a recostar en la alfombra dispuesto a recibir todo el mal humor de mi cachorro.

 

Ariel en cuanto me sintió a su lado, me dio la espalda.

 

Y bueno, yo estaba dispuesto a todo, menos a ser ignorado. Acercándome más a él, lo abracé por la espalda.

 

– ¡No me toques! – Exigió, mientras intentaba zafarse de mi agarre. Lástima que mis planes eran otros.

 

– ¡Te toco lo que se me dé la gana! – Le rebatí. Sin el cuidado que solía mostrarle, le obligue a recostar la espalda de nuevo contra el piso, y me coloqué sobre él. – Cuando y de la forma en la que se me dé la gana.

 

– ¡No me digas! – Me retó. Me reí y él también sonrió.

 

– ¿Sabes cómo cazan los lobos? – Le pregunté solo para distraerlo.

 

– Depende del número de integrantes y del status jerárquico de cada uno. Una manada generalmente compuesta por cinco integrantes, forman un polígono alrededor de la presa para acorralarla… La cooperación a la hora de la caza les permite atrapar presas que difícilmente conseguirían individualmente.

 

– Interesante clase de ciencias… – Bromeé, mientras me agazapaba sobre él.

 

– ¡Tu preguntaste! – Contestó con hielo en la voz.

 

No estaba para nada intimidado, por el contrario, se mostraba soberbio.

 

– Eso de las manadas no me va… – Dije como si fuera cualquier otro tema. – Cazar con ayuda significa tener que compartir el botín, y a mis presas, me gusta comérmelas yo solo…

 

– ¿En serio? – Preguntó con fingida apatía. Asentí. – ¿Cómo cazas tú?

 

– No sé si debería contarte sobre mis estrategias… – Fingí que dudaba y él me miró con la ceja en punta. – ¡Esta bien! – Agregué. – Te lo contaré solo porque insistes. – Ariel reviró los ojos y eso me hizo reír. – Puedo con cualquier tipo de presa, sin importar que tan amenazante se vea… pero, últimamente se me da por las presas pequeñas. – Le dije con voz grave, claramente estaba coqueteando él. – Me gusta atacar de frente… Mi agilidad me da la posibilidad de sorprenderlas, y dejarlas sin posibilidades de escapar. – Mi rostro se había acercado peligrosamente al suyo de tal forma que podía inhalar su respiración. Ariel comenzaba a sonrojarse, pero intentaba ocultarlo. – Cuando las tengo apresadas… las muerdo. – Me acerqué más a él, casi rozando nuestros labios, pero en vez de besarlo me desvié a su cuello. – Justo aquí… – Besé esa zona en su cuello y el cráneo, fue apenas un roce seguido de una leve presión, pero que lo hizo estremecer, y de manera casi espontánea, ladeo un poco más la cabeza, permitiéndome un mejor acceso.

 

– ¿E-en… dónde?

 

– ¡Aquí! – Volví a besarlo. – Tengo que asegurarme de perforar los forámenes… – Le conté mientras lamía todo el largo del cuello y luego con besos pequeños y seguidos uno del otro, fui recogiendo el rastro de mi saliva.

 

Ariel se removió con violencia debajo de mí y sus manos sujetaban con fuerza mis brazos. – Desgarrar los cartílagos de la tráquea y la glotis para que se asfixie… – Continué relatando mientras subía con mis besos por su garganta. Lamiendo y besando la protuberancia apenas visible de su manzana de Adán.

 

– ¿Y qué pasa después…? – Preguntó en un hilo de voz.

 

– Después, me como a la frágil ovejita de pedacito en pedacito. – Respondí. – ¿Quieres que te muestre como lo hago? – Ariel buscó mis labios y sus manos se enredaron alrededor de mi cuello, obligándome a darle lo que deseaba. Tampoco era que fuera a negárselo.

 

Bien pude divagar de sensación en sensación tratando de evocar el recuerdo de algún otro beso que superara lo que Ariel me estaba haciendo sentir en este momento, pero los mejores besos de mi vida, también los había tenido con él. Y bueno, con Deviant, pero esa era otra historia.

 

Ahora mismo Ariel me acariciaba con la piel suave de sus labios con una ternura que me hacía temblar, si, a mí me hacía temblar. Era un roce casto que me permitía extasiarme con el sabor de su respiración. Pero que se iba dejando caer poco a poco, profundizando lentamente, hasta que su lengua húmeda y tibia entró en mi boca y comenzó a recorrerla centímetro a centímetro, lo hacía de la misma manera en la que yo lo hacía con él, pero con la única diferencia de que él, se tomó todo el tiempo del mundo, como para dejarme reconocer su aliento.

 

Me exploraba, mostrándose tras cada roce, un poco más provocativo. Adueñándose de mis labios, haciéndome sentir invadido, él me saboreaba como si mi boca fuera su dulce favorito, y no siéndole suficiente, me dio uno que otro mordisco, como una manera de marcarme y reclamarme como suyo.

 

Apenas y si me dio un espacio para respirar, mismo que aprovechó para sonreírme con coquetería, y justo después continuó con lo que hacía. Me hizo un espacio entre sus piernas y sus manos comenzaron a acariciar mi cabello y mi espalda, esporádicamente descendían por mis hombros y se aventuraban por mi cuello. Pero siempre volvían a mi cabello, y sus dedos se enredaban en mis mechones largos.

 

Le dejé sentir mi peso sobre él, pero aunque en un primer momento jadeó, eso no lo distrajo de mi boca, sino que pareció ser una invitación para que nuestras lenguas juguetearan entre sí, enrollándose y acariciándose en húmedas succiones y frotaciones.

 

Podía sentir su agitación, la desesperación que lo invadía, y esa forma casi imperceptible en la que comenzaba a frotarse contra mi cuerpo. Pero yo estaba preso de mi propia ansiedad, de todo eso que se acumulaba en mi vientre, ese cosquilleo que amenazaba con derramarse sobre mí y solo podía sentir su calor fundiéndose con él mío.

 

Fueron unos toques fuertes en la puerta y que anunciaban un desfile de personas con charolas de comida en las manos, las que nos obligaron a volver a la realidad.

 

– ¡No pedí comida! – Gruñí molesto por la intromisión.

 

– Comida a las 6:00 pm, señor… – Dijo una de las mujeres, mientras me mostraba una hoja con el itinerario.

 

No conforme y dispuesto a arrancar cabezas, revise la hoja. Ariel seguía debajo de mí, pero yo me rehusaba a dar por terminado este glorioso momento. Y sin embargo, ahí decía: – Comida a las 6:00 pm.

 

– Déjame levantarme… – Pidió mi ovejita y no me quedó más remedio que acceder, también me levanté y después lo ayudé a él.

 

– ¡Lavate las manos y ven comer! – Le dije, mientras lo atrapaba entre mis brazos y le robaba un último beso.

 

ARIEL

 

Casi corrí al baño. Sentía un calor extraño que me quemaba todo el cuerpo, al entrar, cerré la puerta tras de mí y sin importar si salpicaba, abrí el grifo y comencé a mojarme el rostro y el cuello. Las manos me temblaban y sentía que las piernas me fallarían en cualquier momento, haciendome caer al piso.

 

Y a pesar de todo eso, terminé riendo.

 

Con solo cerrar los ojos podía volver a sentirlo sobre mí y todas esas sensaciones mágicas volvían a recorrerme. Era grandioso.

 

Estar en sus brazos era simplemente insuperable.

 

– ¿Ari? – Me nombró del otro lado de la puerta. – ¿Todo en orden?

 

Ese nuevo mote me gustaba, aunque también me gustaba cuando me llamaba oveja o cachorro, pero el que mencionara mi nombre de esa manera tan cariñosa, era genial.

 

– ¡Sí, ya voy! – Respondí.

 

– Te espero para comer…

 

– ¡Esta bien! – Quise disfrutar un poco más del momento, pero sabía que estaba esperándome, que no se había movido de la puerta, así que cerré el grifo y sequé mis manos en la ropa, mientras abría la puerta.

 

Fui recibido con otro beso y terminé arrinconado entre la pared y su cuerpo.

 

– ¡Me gustas mucho, Ariel! – Dijo y juró que en ese momento mi mundo enteró tembló.

 

– Y tú me gustas mucho a mí… – Respondí y ante mi vergüenza él sonrió.

 

– ¿En serio? – Preguntó como el gran vanidoso que es.

 

– ¡Sí! – Únicamente nos mirábamos, pero eso bastaba.

 

– ¿Se le ofrece algo más señor? – Otra intromisión, pero intenté ignorarla.

 

– ¡Que se retiren! – Respondió Damián, sin dejar de mirarme. – Y que no vuelvan a interrumpir, si necesitamos algo se los haré saber.

 

Así como entraron, volvieron a desfilar para salir. Y en cuanto ellas se hubieron ido, volvimos a besarnos.

 

No como hace un momento, pero igual me gusto. Cada uno de sus besos me encantaba.

 

– ¿Tienes hambre? – Me preguntó mientras me acariciaba el rostro.

 

– Creí que tú me estabas alimentando ya… – Pensé en voz alta y en cuanto lo noté quise retractarme, pero Damián ya me miraba de esa manera que tanto me avergonzaba. – Sí… ya tengo hambre, mucha hambre. – Dije ignorando la situación y alejándome de él. – ¿Dónde está esa comida? Lo devoraré todo… – Todo fue un truco para salvarme de la situación y hasta cierto punto lo logré.

 

La comida fue tranquila, comí en su regazo, no porque yo quisiera, sino porque él así lo decidió y era terco cuando se encaprichaba con algo, sin embargo, no podía quejarme, estaba muy cómodo.

 

– Ariel…

 

– ¿Uh? – Pregunté, mientras me dejaba alimentar, ese pastel de chocolate estaba por demás delicioso.

 

– ¡Gracias por haber venido! – Dijo y esas palabras me hicieron buscar su rostro.

 

– ¡Gracias a ti, por traerme! – Respondí.

 

– Entonces… ¡Gracias a ti por cruzarte ese día en mi camino!

 

– ¡Lamento arruinar el momento! – Me disculpe – Pero no voy a agradecerte por casi arrollarme. – Ambos reímos y él me acomodó mejor en sus piernas, mientras llevaba otro pedacito de pastel a mi boca. – Pero gracias por buscarme después…

 

– ¡Am! ¡Gracias por nuestra primera cita! – Dijo él.

 

– ¡Gracias por mi peluche!

 

– ¡Gracias por nuestro primer beso!

 

– ¡Gracias por el segundo! – Respondí. – Y por el tercero y todos los que han venido después… pero sobre todo, gracias por el que vas a darme ahora.

 

Él sonrió de esa manera que tanto me gusta. Para mí, cada uno de sus besos era equivalente a un instante sin conciencia, me atrapaba, me volvía su presa y en ocasiones como esta, me sentía dispuesto a dejarme devorar.

 

Damián acercó su rostro al mío, y su lengua recorrió mis labios, humedeciéndolos. – Sabes a chocolate… – Dijo. Y volvimos a atraparnos en ese mágico abrazo de labios. Que me robo el alma, que más que besarme los labios, besó mi deseo.

 

No sé cuánto tiempo estuvimos de esta manera, siempre es poco cuando se trata de tocarnos, pero podía sentir mis labios hinchados por nuestro roce constante y aunque dolía, no por eso era menos delicioso. Damián me aferraba a él como si trataran de separarnos, eso me gustaba.

 

– ¡T-tengo calor! – Le dije en un corto espacio que tuve de lucidez. – Tal vez… debería ir a ducharme… – Él llenaba mi rostro de besos cortos mientras yo le hablaba, distrayéndome, intentando hacerme sucumbir de nuevo.

 

– Tal vez, deberías quedarte justo donde estás… – Dijo, utilizando mis palabras. – O podrías dejarme entrar a la ducha contigo…

 

– Mejor espera aquí… – Le respondí y muy a mi pesar, abandone sus piernas. Debí suponer que tantos mimos iban a marearme, pero por suerte, Damián logró sostenerme antes de que me estrellara contra la mesa. – Eso no lo vi venir… – Acepté.

 

– ¿Seguro que quieres hacerlo? – Insistió.

 

– De lo único que estoy seguro es de que si entras conmigo, haremos de todo menos ducharnos…

 

– Podemos ducharnos cuando terminemos de hacer “todo eso” que has mencionado… – Aseguró sutilmente.

 

– No pongas palabras en mi boca, que no he dicho. Ni mucho menos me hagas dudar de lo que se supone, quiero hacer. – Le regañé.

 

– ¡Esta bien! – Aceptó con resignación. – Cuando salgas, me bañaré.

 

TERCERA PERSONA.

 

Entrar al baño y no ponerle seguro a la puerta, era tanto como una vil provocación, pero Ariel pensó que asegurarla, sería una manera de demostrar que no confiaba en él.

 

Así que se dio el baño más rápido de toda su vida.

 

Un primer regaderazo de agua helada, le devolvió su razón entumecida y ahora también, un poco distorsionada. No podía reconocerse, se estaba dejando seducir por un hombre que prácticamente se dedicaba a esto, pero que también, era el hombre que le gusta y él que le estaba haciendo sentir todas estas cosas, hasta ahora desconocidas.

 

Enjabonó su cuerpo a una velocidad récord, en esta ocasión se enjuagó con agua tibia para envolverse en una las toallas enormes que descansaban sobre el primer anaquel. Se dio una mirada rápida frente al espejo, pero al asomarse solo se podía ver su imagen distorsionada y empañada. Limpió con su mano lo que alcanzaba y finalmente pudo verse.

 

La imagen que le devolvía el espejo, no le resultó muy alentadora, él bien podía pasar por un espárrago con manitas y pies. En momentos como estos deseaba haber comido todo lo que le servían y no haber dejado el plato a medias, de haberlo hecho, quizá tendría un poco más de lo que ahora podía ver.

 

Damián por su parte, se había dejado caer sobre la cama, con la vista clavada en el techo y sus pensamientos agolpándose en sus ansias. Perdido en el deseo de estar entre las piernas de su niño, respirándolo, sintiéndolo aun después de tantas caricias, como si fuera la primera vez.

 

Para él, Ariel era exactamente lo que nunca deseo, lo que ni siquiera imaginó, y por esa razón era perfecto. No llenaba ninguna de sus expectativas, porque nunca las hubo hasta ahora.

 

Quizá era demasiado bajito, pero hasta eso era bueno, porque al ser liviano podía levantarlo en brazos cada que lo deseara. Y aquí aplica ese dicho de que “todo alto tiene a su bajito que lo vuelve loco”. Así era para él. Ariel lo volvía loco.

 

Él llenaba cada espacio de su vida con su sola presencia. Y era precisamente en ese niño, que Damián podía sentirse en casa, en su hogar. Con él ya no necesitaba el bosque, porque todo eso iba en un recipiente frágil en forma de un adorable jovencito.

 

Su “Ari”, era extraño el solo llamarlo de esa manera. Suyo…

 

– ¡Termine! – Anunció Ariel, mientras abría la puerta.

 

Damián lo miró avanzar hacia el closet, iba envuelto en una toalla y encima traía otra que le quedaba igual de grande. Se veía gracioso, pero no por eso le pasó desapercibido su desánimo.

 

– ¿Qué sucedió? – Le cuestionó mientras se sentaba en la orilla de la cama. – Entraste muy animoso y ahora te ves… distinto.

 

– ¡No, no fue nada! – Respondió, mientras le daba la espalda.

 

Damián ya le conocía algunas cosas, entre ellas sus “nadas” que siempre eran algo… Poniéndose de pie, caminó hacia él y lo abrazó por la espalda. – ¿Qué pasó? – Insistió.

 

– ¡Solo mirame, Damián! – Se señaló así mismo. – Soy un esparrago…

 

– ¿Y qué…?

 

– ¿Cómo que…“y que”?

 

– ¡Me gustan los espárragos! – Aclaró Damián. – Me los como todo el tiempo, sobre todo si van salteados en mantequilla.

 

– ¿Vas a saltearme en mantequilla? – Preguntó de manera infantil, mientras se ponía de frente al mayor, quien solo le sonreía.

 

– ¿Desde cuándo tu físico es un problema para ti?

 

– Desde que me vi en ese espejo… – Señaló el baño. – Es el culpable de todo…

 

– ¡Ya! Pues, no estoy de acuerdo. – Dijo. – No me gustaría que fueras de otra manera, eres perfectamente imperfecto. Así que mejor vístete, lo último que quiero es que mi espárrago se enferme. – Y aprovechando que lo tenía de frente, retiró un poco la toalla y besó su frente.

 

DAMIÁN

 

Entré a la ducha y me quedé inmóvil debajo de la regadera. El agua fría corría por entre mis cabellos y escurría rápidamente empapando mi cuerpo, era una sensación agradable y que lograba relajarme.

 

Sin embargo, mi mente tenía otros planes para mí, casi literalmente pude escuchar cuando los pestillos de mi deseo hacían “clic” mientras se habrían. En una mala pasada por parte de mi morbosidad pude tener su imagen frente a mí, demasiado cerca, a tal punto que el agua que escurría por mi cuerpo le salpicaba.

 

Sus ojos azules estaban fijos en los míos. Y sin realmente proponérmelo, comencé a tocarme para incitarlo. Mis manos se paseaban por la extensión de mi pecho y mi cuello. Estaba harto de ser de nadie y de todos al mismo tiempo, lo único que necesitaba en este momento era erotizar sus ojos, que me deseara. Y mientras me tocaba estaba ofreciéndole mi juventud, mi apariencia y mi virilidad.

 

Y en medio de mis fantasías él comenzó a mirarme con hambre, como si tuviera unas ganas imparables de tocarme, de lamerme. La idea de su lengua repasándose por mi vientre, me hizo estremecer. Una proliferación de sensaciones fue concentrándose en mi hombría y tuve la necesidad de tocarlo, de envolverlo con mi mano y masajearlo para él, para mí. Mientras la otra iba un poco más abajo, acunando mi bolsa y frotando mis testículos.

 

Tuve que cerrar los ojos y luchar por acompasar mi respiración. Mis manos seguían dándome placer a un ritmo cada vez más rápido y mientras sentía mi pene crecer e hincharse entre mi mano.

 

Con movimientos envolventes intentaba cubrirlo todo y el agua que me mojaba facilitaba mi trabajo. El Ariel de mis perversiones no apartaba la mirada de mí, podía escuchar su respiración tan errática como la mía. Mi dureza obligaba a mis dedos a abrir su empuñadura y sentía que esto comenzaba a sobrepasarme. Habían pasados varios días desde la última que pude desahogarme y me sentía rebosante. Un escalofrío me recorrió y sentí mis muslos tensarse, mi delicioso final se acercaba. Al tiempo que la fuerza de mis piernas me abandonaba. Y sin poderlo evitar, terminé de rodillas sobre el mármol, de frente y a la altura del ahora, único dueño de mis pornografías mentales. Un espasmo fuerte me hizo sacudirme y en un par de vaivenes más terminé a sus pies.

 

Casi ahogándome por la falta de aire que podía darle a mis pulmones, cansado y temblando al sentir los últimos embates de mi orgasmo. Pero deseando como nunca cobijarme en su regazo, pero cuando quise tocarlo, su imagen se difuminó en medio de la nada.

 

Me reí por eso, pero al mismo tiempo, me llené de unas ansias locas por abrazarlo y besarlo. Como pude, me puse de pie, limpie mi desastre y concluí el baño.

 

Cuando salí de la ducha esperaba encontrarlo tal y como era su costumbre, envuelto entre las sábanas. Sabiendo lo friolento que es, me lo imaginaba enredándose con mis edredones que resaltaba su piel blanca y sus ojos de cielo.

 

Debo confesar que fue una grata sorpresa encontrarlo recostado a lo ancho de mi cama, con la cabeza girada ligeramente hacia atrás, en mi dirección y sin cubrirse. Luciendo apenas el suéter ancho que le había prestado anoche y esa diminuta ropa interior con la que inconscientemente solía tentarme. Su pierna derecha contraída, apoyando el talón en el colchón, permitiendo que me deleitara con la imagen de sus muslos desnudos, mientras la pierna izquierda estaba completamente estirada.

 

Su vista estaba perdida en algún punto del techo, y sus manos jugueteaban rozando ligeramente las sábanas. Me recargue contra el umbral de la puerta, no quería ni podía dejar de mirarlo. De la nada, sonrió y se humedeció los labios como solo él sabía hacerlo. Fue extraño para mí como un gesto tan cotidiano podía embelesarme hasta ese grado.

 

Su mano derecha buscó algo y en menos de lo que esperaba lo encontró y levantó un par de hojas a la altura de su cabeza. Era mi carta.

 

Debió revisar su mochila, porque fue ahí donde la metí.

 

Sentí la sangre abandonar mi cuerpo, y una corriente helada me traspasó.

 

No sé muy bien como iniciar estas líneas, así que comenzaré por un simple… ¡Hola!

 

Recordé esa primera línea y la vergüenza me alcanzó. Realmente no pude escribir algo mejor que eso…

 

Nuestra llama es un fuego que funde nuestros cuerpos y que baila al ritmo de nuestras respiraciones, de las caricias, los susurros y nuestros juegos. – ¡Idiota! – Me dije a mí mismo. Esas tontas palabras las había escrito al calor del momento, si ahora me lo preguntaran, elegiría otras menos cursis.

 

Desde ese momento comencé a sentir lo inevitable y supe que esto que crecía entre nosotros, no podía quedarse inconcluso. El lugar, la luz y el ritmo cambiaron, aunque seguían siendo los mismos, pero para mis ojos, ya nada era igual.

 

Cada palabra estaba clara en mi memoria, como si hubiera acabado de escribirlas. Ariel estrechó las hojas contra su pecho y en ese momento supe que no había razón para sentirme abochornado. La intención era alagarlo y me podía sentirme satisfecho con el resultado.

 

– Ari… – Lo llamé y en un movimiento casi felino rodó sobre el colchón. No sé en qué momento comencé a llamarlo con ese mote, pero me gustaba.

 

Dejando las hojas aun lado, me dedicó una sonrisa “diferente”, no sabría como describirla, pero causó terribles estragos en mi autocontrol. Casi podía asegurar que mi mirada me delataba, que él podía ver mi excitación y la lucha que contennía, por no aventarmele encima.

 

Con la mirada fija sobre mí, se frotó sobre el colchón mientras se acomodaba. Sus ojos se habían tornado peligrosos, casi desafiantes y si no se tratara de mi cachorrito tierno, juraría que intentaba seducirme.

 

– ¡Hola! – Dijo mientras se halaba hacía atrás, apoyándose de tal manera que quedara arrodillado en la cama.

 

– ¿Qué haces? – Le pregunté, mientras cruzaba los brazos a la altura del pecho, era la única forma de mantener mis manos lejos de su cuerpo.

 

– Te esperaba… – Respondió y gateo hasta la orilla. De un brinquito se bajó de la cama y vino hacía mí.

 

Lo recorrí con la mirada, mi ropa le quedaba demasiado grande, pero lo hacía lucir sensual. Ariel caminó como en pasarela y al llegar a mi lado, me ofreció su mano.

 

Había algo malo en todo esto, mi instinto me decía que estaba a punto de caer ante él, pero no fui capaz de negarme y la tomé. Era una invitación abierta a él, tendría que estar muerto para no aceptarla.

 

Me guío hasta el interior del baño. Por primera vez no le incomodó mi casi completa desnudes. Lo único que llevaba era la toalla anudada a la cintura pero él pareció no darle importancia.

 

– ¿Por qué…? – Con el dedo índice sobre sus labios me ordenó callar, le obedecí.

 

Me dejó a mitad de la estancia, mientras su mirada recorría todo alrededor, como si buscara algo. De la anda me soltó y fue por una silla al otro extremo del baño. Como no pudo cargarla, la arrastró hasta dejarla de frente a mí.

 

Sujetándose a mi brazo, subió.

 

Por primera vez pude mirarlo sin tener que mirar hacia abajo, estando arriba de la silla, alcanzaba mi altura. Me sonrió y terminé imitándolo.

 

Entonces se alzó el suéter y de aun lado de la cadera, a la altura de la pretina de su ropa interior, sacó un sobre pequeño y me lo entregó.

 

– ¿Qué es esto…? – Quise saber.

 

– Lo sabrás cuando lo abras… – Dijo. Pero me lo impidió cuanto intenté ver qué había dentro. – No ahora…

 

Sus brazos se cerraron en torno a mi cuello y sus labios buscaron los míos. Sentí su cuerpo recargarse sobre mí, mientras sus labios me abrazaba delicadamente la boca.

 

¿Acaso era esto otra mala jugada de mi mente?

 

Pero no, esto era mil veces mejor porque era real.

 

Su lengua tibia humedeció mis labios y no dudé en atraparla y succionarla. Su sabor me enloquecía y pronto quise más de él, Ariel no se negó, así que fui abriéndome paso en su boca, recorriéndola toda, invadiéndola y sirviéndome a mis anchas de su sabor y su humedad.

 

Él retrocedió un poco y mis manos por fin despertaron, lo atrapé por la cintura, rodeándolo y obligándolo a mantenerse cerca. Mi cachorro se rió en mi boca y supe que él había conseguido lo que quería. Mi voluntad.

 

Fue mi turno de retroceder y dejé de besarlo, pero sin soltarlo, quería confrontarlo, saber de qué iba todo esto. Si era por la carta, entonces escribiría todos los días.

 

– ¿Qué es lo quieres de mí? – Le pregunté con seriedad.

 

Ariel me miró en silencio durante unos instantes y después, sus manos acariciaron mi rostro.

 

– Quiero protegerte… – Respondió.

 

– ¿Protegerme? – Repetí confundido.

 

– ¡Sí! Aunque sea difícil, quiero protegerte… – Dijo – hacerte reír, sostener tu mano… No dejaré que vayas a los brazos de otros. Voy a aferrarme a ti con todas mis fuerzas.

 

– ¿Es una amenaza? – Bromeé, pero su seriedad me bastó para entenderlo. Lo decía porque era lo que sentía.

 

– No mires a nadie más que a mí… – Ordenó.

 

– ¡Sí! – Aseguré.

 

Sus labios volvieron a los míos y por primera vez los sentí realmente posesivos, me acariciaba con prisa, con fuerza y carentes de la delicadeza a la que me tenía acostumbrado. Intentaba corresponderle pero no me dejaba seguirle el ritmo. Y en cuanto menos me lo esperaba me mordió.

 

Mi labio inferior quedó atrapado entre sus dientes y si bien no me lastimaba, dolía un poco. – A nadie más que a mí… – Repitió.

 

– ¡Ya entendí! A nadie, a nadie… para mí solo existes tú. – Me apresuré a responder y tras esas palabras él aceptó soltarme.

 

Me consoló con sus besos suaves, y caricias tiernas. Y esos cambios súbitos y deliciosos estaban haciéndome suspirar.

 

Sobra decir que me deleite con su boca.

 

Ariel me soltó y sus manos volvieron a su cuerpo, hizo un poco de espacio entre nosotros y lo vi hacer algo que iba más allá de nuestros límites.

 

– ¡No! – Quise detenerlo pero la prenda ya estaba por sus tobillos. – Ariel… – No es que fuera un cobarde, pero no me sentía capaz de controlarme. Lo deseaba y su cuerpo me tentaba a grado extremo.

 

– ¡Esta bien! – Dijo y volvió a abrazarme, atrayéndome de nuevo a él. – ¡Tranquilo! ¡Está bien!

 

– Es que…

 

– ¿No quieres…? – Un gesto de decepción surco sus facciones bonitas.

 

– ¡Claro que quiero! Pero y si…

 

– ¡También lo quiero! – Me interrumpió. – Confió en ti. – Declaró y admiré en completa incredulidad lo seguro que se veía. Era su cumpleaños, no el mío, porque entonces era yo quien recibía tal premio.

 

– ¡No deberías! – Le dije casi asustado. – Yo mismo no confió en mí…

 

Ariel me sonrió, pero casi al mismo tiempo volvió a ponerse serio. A esta altura de la situación yo buscaba salir corriendo del baño y él me sostenía impidiendo mi fuga.

 

– ¡Hey! ¡Calmate! – Ordenó. – No me hagas sentir que te estoy obligando. Quiero… necesito a mi hombre. – Se corrigió. – ¡Confió en ti! – Repitió con dureza, haciéndome sentir que yo cargaría con las consecuencias de lo que pasara. – No voy a darte otra oportunidad, así que… – Respiró por la boca dejándome ver por primera vez su nerviosismo y lo vulnerable que esta situación lo había dejado. – Hazme lo que quieras… Menos perder el tiempo.

 

Era valiente, eso iba aplaudírselo más tarde.

 

– ¿Hasta dónde deberíamos llegar? – Pregunté mientras nuevamente lo rodeaba por la cintura.

 

– ¿Por qué me preguntas eso a mí? ¡Eres tú el que sabe! – Respondió incómodo.

 

TERCERA PERSONA

 

Ha decir verdad, en ese momento toda la experiencia que Damián había acumulado a través de los años, no valía para nada. Y es que de una cosa estaba seguro, no era lo mismo tener sexo con un desconocido que tocar a Ariel.

 

Y ese hecho lo hacía sentirse tan inexperto como el menor. Sin embargo, iniciar con un beso sutil le pareció una alternativa fiable.

 

Despacio y sin la menor de las prisas, empezaron con leves presiones y roces, como si sus bocas se tentaran la una a la otra, midiéndose y al acercarse cada vez más, provocándose.

 

Las manos de Damián dejaron de aprisionar al menor por la cintura y comenzaron a recorrerlo. Al principio, únicamente por encima del suéter, contorneando sus formas y definiendo sus curvas. Mientras disfrutaba de la sensación de esos labios tersos deslizándose sobre los suyos.

 

Ariel se sentía inseguro sobre la silla y en la forma en la que se aferraba a él, se lo hacía saber.

 

– ¡Esta bien! ¡No voy a soltarte! – Le dijo y sus manos descendieron peligrosamente por los muslos ajenos, que se erizaron al tacto.

 

El menor comenzaba a respirar con cierta dificultad a medida que los besos y las caricias subían de tono y Damián podía sentir el palpitar acelerado de su cachorro, como si lo tuviera en sus oídos. Sin embargo, el niño no flaqueaba, a cada beso o roce respondía y en la medida de lo posible buscaba estar cerca del torso desnudo del moreno, hasta casi frotarse en él.

 

De alguna forma casi mágica sus cuerpos buscaban complementarse, moviéndose al ritmo de una misma sintonía y entre caricias iban fundiéndose en una pasión inevitable que los encendía y derretía a placer.

 

En movimiento por demás impulsivo, Damián atrapó en cada una de sus manos las nalgas de Ariel, apretándolas con fuerza, sosteniéndolo mientras pateaba la silla para hacerla a un lado. Ariel aunque tímido, no dudó en envolver con sus piernas la cadera del moreno.

 

Los ánimos estaban subidos y a las horas, los besos tiernos eran cosa del pasado, Ariel no podía hacer más que dejarse hacer por el hombre que sin reparos le comía la boca y la razón. Cada parte de su piel que había tocado, aún sobre la tela, le ardía como si fueran brasas incandescentes. Se sentía invadido y frágil, pero también estaba ese nuevo sentimiento que solo con su arrogante, malhumorado y cruel moreno podía sentir, el de propiedad, saber que finalmente le pertenecía a alguien. Y que pese a su nula experiencia, también podía sentirse orgulloso de hacer gemir a un hombre como Damián, justo como lo estaba haciendo ahora.

 

Porque era nueva esa parte de él, en la que pese a sostenerlo con fuerza y tocarlo tan indecentemente como ahora lo hacía, Damián respiraba solo ratos, su piel estaba más caliente de lo usual y el brillo de sus ojos había aumentado, el oro líquido se había reducido y un iris negro, casi luminoso, que parecía irreal. Todo una en una mirada tan preciosa que le estaba haciendo delirar. El mayor, pese a desbordar tanta seguridad también temblaba, y a ratos los gemidos se volvían unos gruñidos extraños que solo lograban encender más Ariel.

 

Damián lo llevó hasta el lavabo y lo sentó sobre la cerámica, haciendo que el menor pegara un brinquito y se erizara de pies a cabeza.

 

– ¿Qué sucede? – Le preguntó con voz ronca y casi siniestra.

 

– ¡E-esta fría! – Respondió el menor y atendiendo a su malestar, volvió a levantarlo ligeramente, y lo sentó sobre las palmas de sus manos, mismas que descanso sobre la cerámica, que en efecto, estaba fría.

 

– ¿Mejor? – Le preguntó, mientras su lengua humedecía el largo del cuello de Ariel. Lamia y besaba casi al mismo tiempo, buscando un punto exacto, el cual al encontrarlo, también humedeció justo antes de morder, reafirmando su marca previa.

 

Al inicio… entre la base del cuello y el hombro, donde un círculo amoratado contrastaba con la piel blanca de Ariel.

 

– ¡Ah! ¡Duele! – Se quejó el menor.

 

Pero haciendo oídos sordos, aumento más la fuerza de esa mordida. – ¡Damián! ¡Me duele! – Le lloró el menor, fue solo entonces que se detuvo. – ¡Me duele!

 

No hubo palabras de aliento o consuelo. Damián busco liberar sus manos y sin recató giró al menor, haciéndolo quedar de frente al espejo, con las piernas contraídas debido al poco espacio que quedaba.

 

Las separó sin recato. Ariel intentó cubrirse con el largo del suéter que vestía pero el más alto no se lo permitió. Sino que pegó la espalda del niño lo más que pudo a su pecho y con la mano derecha lo rodeó con firmeza para que no se moviera.

 

Con la mano libre levantó el suéter dejando al descubierto una erección creciente que avergonzó a Ariel, pero que a él le resultó coqueta.

 

Era la primera vez que se detenía a observar la masculinidad de otro hombre y la de Ariel, pese a ser muy joven era espléndida, la sangre que se acumulaba le había dado un delicado tono rosa, salvo en la punta que era de un tono rojizo intenso, no había vello. Dándole una apariencia más delicada y sensual.

 

– ¿Por qué te avergüenzas? – Le preguntó al notar que Ariel miraba a todas partes, menos al frente. – Creo que esta muy bien… – Dio su veredicto.

 

– ¡No quiero saber!

 

– ¡Claro que quieres! – Le rebatió, y solo después de lamerle la oreja le confesó que le gustaba, Ariel enrojeció ante eso, pero los mimos en el cuello que estaba recibiendo por parte de Damián, lo distrajeron lo suficiente. – Mira cómo se mueve, y aun no lo he tocado…

 

– ¡No necesito los detalles! – Reclamó un abochornado Ariel, haciendo que Damián riera en su oído, erizándolo por completo.

 

– Igual te los voy a decir… – Le debatió y despacio fue haciendo círculos en el vientre bajo del menor, mientras este escondía su rostro en su cuello. – Lo haré despacio… – Tras el aviso, su mano rodeo la virilidad de Ariel causándole un jadeo que lo avergonzó aún más, si es que eso era posible.

 

Damián empezó con un vaivén lento pero profundo, con la vista clavada en el espejo que le permitía apreciar la desnudez de su cachorro quien ahora se cubría la boca con ambas manos para impedir que escaparan esos gemiditos que de todos modos se le escuchaban. El brazo que le rodeaba la cintura le impedía acomodarse y respirar con normalidad. – Te soltaré si prometes que te vas a quedar quieto… – Prometió el mayor.

 

Ariel aceptó y de inmediato fue liberado, y esa mano ahora libre comenzó a acariciarle los muslos, para relajarlo.

 

Damián sentía como la hombría de Ariel crecía en su mano y estaba encantado por eso. – Se te está poniendo duro… – Le dijo para molestarlo pero se topó con piedra, porque Ariel bajó la mano y atrapó aún sobre la toalla, el pene despierto de Damián.

 

– ¡A TI TAMBIEN! – Anunció y el moreno gimió por la forma tan poco gentil en la que se lo sujetaba.

 

– ¡Suéltame!

 

– Solo si evitas las narraciones…

 

– ¡Sí! ¡Está bien! – Aceptó. – Ya no diré nada…

 

Una vez hechos los acuerdos, Damián fue liberado y Ariel ya no tuvo que escuchar lo que claramente sentía que el mayor le hacía. Pudo acomodarse entre los brazos del moreno y se dejó consentir.

 

Damián besaba lo que tenía a su alcance y cada cierto tiempo sus labios se encontraban con los de Ariel. Quien casi se deshacía en esas caricias, que pese a ser extrañas y avergonzarle hasta la médula, eran también delicadas y poco a poco lo iban hundiendo en un mar de sensaciones hasta ahora desconocidas.

 

– ¡Damián! M-más rápido… ¡Por favor!

 

– ¡Tranquilo! – Con la yema de sus dedos comenzó a hacer círculos en el glande, mientras con su otra mano seguía subiendo y bajando, acariciando también sus testículos, para después subir por todo el largo hasta el periné y frotando con cuidado esa zona. – Ariel casi gruñía con esas caricias, y pese al frío, su cuerpo sudaba al igual que el Damián.

 

– ¡Oh, sí! Hazlo así… – Pronto él seguía el mismo ritmo de los vaivenes, haciéndolos más profundos. Llegando a ser como una ola irresoluta que se mecía en las manos de arena de Damián. – ¡Ah! ¡Ah! ¡Damián!

 

– ¿Qué sucede cachorrito?

 

– ¡Ahora! ¡Ven! – Le suplicó, mientras buscaba sus labios con desesperación.

 

Se abrazó a ellos y mientras Damián hacía esas embestidas más profundas. Temblaba y se aferraba a él, porque sin saber exactamente que, sabía que algo estaba por pasar, su cuerpo se lo decía.

 

Como si se tratase de aguas profundas, podía sentir como se enturbiaban sus sentidos. Como eran mecidos al ritmo que Damián marcaba con sus labios y su lengua.

 

El mayor por su parte, se perdió en la imagen de ambos que le devolvía el espejo, fascinado por el contraste del tono de su piel, él con ese calor canela que lo hacía irresistible y Ariel blanco como la nieve limpia y fina.

 

Con sus brazos delgados, uno aferrándose a su cuello y el otro descansado sobre su mano, siguiendo el ritmo de los vaivenes.

 

– Me encantas… – Confesó con cierta admiración, sintiéndose satisfecho de mirar esas marcas rojas que había dejado sobre su cuerpo a voluntad. – ¡Mirame! – Le pidió y cuando el menor se acomodó para mirarlo, le señaló que mirara al frente. En un primer momento se mostró renuente, pero terminó por complacerlo. Ese fue el empujoncito que necesitaba, verse en los brazos de Damián, siendo tocado de esa manera, fue la gota que derramó el vaso.

 

Clavó las uñas en la piel que le sostenía, su pecho comenzó a subir en un movimiento errático y descontrolado, mientras sentía como algo se agolpaba en su parte baja y calores y fríos le recorrían todo el cuerpo. Los músculos de su vientre y sus muslos se tensaron y un dolor delicioso lo hizo gritar, aunque intentó controlarlo, a callarlo, pero las sensaciones lo superaron cuando en un último movimiento tortuoso, explotó en las manos de Damián.

 

En ese momento, el mayor sintió que la imagen de su Ariel con el rostro rojo, sudado, con la respiración entrecortada y aun balbuceando cosas sin sentido, debía ser fotografiada, firmada, escrita, cantada y esculpida. Ariel le estaba dejando ver su cuerpo deseable y otra faceta de su lado encantador, poderoso, y excitante que hacía de él una extraña pero deliciosa mezcla entre ídolo salvaje y suculento amante.

 

– ¡Ven aquí! – Pidió y sosteniendo en brazos a su niño, lo cobijó en su pecho.

 

Ariel se dejó hacer.

 

Sintiéndose débil y vulnerable, fue gratificante ser resguardado por esos brazos fuertes. – ¿Qué tal estuvo? – Le preguntó, mientras lo besaba en la frente.

 

– Sentí que iba morir… – Respondió Ariel.

 

Ha decir verdad, esa no era la respuesta que Damián esperaba escuchar.

 

– Eso no es bueno…

 

– Fue mejor que bueno… – Le rebatió el menor, abrazándose a quien le sostenía como si fuera un niño pequeño. – Sentí que mi cuerpo y mi mente se adormecía. Estaba desamparado y sentí que no podría soportarlo más. Y realmente creí que iba a morir, pero ahora solo quiero dormir… – Damián sonrió ante la sinceridad de Ariel, quien realmente sentía que se le cerraban los ojos de sueño.

 

– ¡Entonces, vamos a dormir! – Anunció.

 

– Dormir… – Repitió Ariel con voz pesada.

 

– Sí, dormir…

 

Damián lo llevó hasta la cama y lo recostó con suavidad. Con una toalla que había tomado del anaquel del baño, lo limpió y volvió a ponerle su ropa interior. Ariel mantenía los ojos cerrados y su respiración ya parecía mucho más regular y tranquila.

 

Después de vestirlo, lo arropó con los edredones, para que no tuviera frío.

 

Observó a su cachorro por unos segundos y sintió que no podía estar feliz. Acaban de dar un paso más en su relación y había sido sorprendente.

 

Algo simple, para muchos. Pero insuperable para él.

 

Solo se alejó de la cama para buscar su ropa y cambiarse rápido, y de nuevo volvió a ella, pero en esta ocasión, se recostó a lado de su niño y lo cobijó en sus brazos.

 

Ariel se apegó más a su pecho y Damián pudo sentirlo suspirar, mientras con las yemas de sus dedos iba a haciendo figuras en su pecho.

 

– ¿No que tenías sueño?

 

– ¡Ya no! – Respondió Ariel, mientras habría los ojos.

 

– ¿Ya no? – El menor negó. – ¿Y qué es lo quieres hacer?

 

– Es que… – Dudó Ariel, sobre el cómo decir esto. – Estaba pensando que fui muy egoísta… – Dijo como si hubiera cometido un mal grave. Damián hizo un poco de espacio entre ellos para mirarlo y al encontrarse con esa mirada juguetona, vio cierta diablura en ella.

 

– ¿Egoísta?

 

– Es que… solo pensé en mí. – Agregó. – Pero… tú también tienes necesidades y yo no las consideré. – Damián se rio por ese comentario y resultaba increíble lo mucho que sonreía cuando estaba con Ariel.

 

– ¿Estás diciendo que una vez no fue suficiente para ti?

 

– No lo digo por mí, sino por ti. – Ariel intentaba por sobre todas las cosas, no comprometerse, pero eso, Damián ya lo había notado. – Tú, ni siquiera tuviste una sola vez…

 

– ¡Que considerado! – Le reconoció mientras le robaba un beso rápido.

 

– ¡Gracias! – Aceptó Ariel.

 

– Pero no creo que me vayas a hacer el “favor”, solo así… ¿Qué es lo que quieres a cambio de tan noble obra de caridad?

 

– Solo quiero que seas feliz…

 

– ¡Aja! Supongamos que te creo… ¿Qué propones?

 

– Si me dices como hacerlo…

 

– Deja de provocarme… y duérmete. – Ordenó Damián, mientras lo abrazaba.

 

Ariel creía fervientemente que el que no arriesga, no gana. Y él no era el tipo de chico sin iniciativa que espera que los demás hagan todo por él.

 

– ¿Damián?

 

– ¿Uh?

 

– ¿Por qué la gente dice que Roma no se construyó en un día?

 

– Porque no se construyó en un día… – Respondió Damián como si fuera obvió. Y de hecho lo era.

 

– ¿Y por qué…?

 

– Duérmete Ari…

 

– ¡Ok! – Dijo fingidamente resignado. – Pero antes, ¿me puedes dar un último beso?

 

Damián, quien ya se encontraba acomodado a su lado y con los ojos cerrados, sonrió y se acercó para dárselo.

 

A sabiendas de que todo era un truco de su niño travieso, le dejó un beso tan rápido que Ariel ni siquiera pudo reaccionar, porque cuando quise corresponderle, ya había terminado.

 

– Ahora duérmete. – Le regañó y le dio la espalda.

 

Las ideas se le estaban acabando al menor, pero su determinación no flaqueaba y tampoco iba a pedirlo con todas las palabras.

 

Una idea loca le cruzó por la cabeza y aunque parecía muy osada, no le dio tiempo a analizarse.

 

– ¡Hace calor! – Dijo, intentando sonar casual. Y sacándoselo por el cuello, se quitó el abrigo, dejando su torso desnudo. Lo dejó caer al piso y se recostó dándole también la espalda a Damián. – ¡Córrete, por favor! ¡Necesito más espacio! – Agregó, mientras empujaba con su trasero la espalda del mayor.

 

– Pero si tienes más de la mitad de la… – Damián se giró para encararlo y se topó con un Ariel que le daba la espalda, apenas luciendo una cortísima ropa interior.

 

No puedo pensar en nada más.

 

Jamás antes había tenido la oportunidad de verlo de esta manera y menos en su cama.

 

Se supo rendido mucho antes de iniciar la batalla, y se resignó cuando sus dedos ya delineaban las curvas que se extendían frente a él. Acariciando desde los hombros, los brazos y brincando hacia esa cintura pequeña, haciendo círculos pequeños prosiguió por la cadera de Ariel, sin pasar por alto el trasero coqueto, descendió por sus muslos y de regreso.

 

– Eres para mí… como agua bendita en la boca del diablo. – Reconoció mientras atraía al niño dejándolo debajo de él. – Abrazate a mi cadera como si fuera a cargarte… – Le pidió y casi de inmediato Ariel le obedeció, haciéndole un espacio cómodo entre sus piernas.

 

El juego de miradas comenzó y Ariel sonreía satisfecho por su logro. – ¡Eres imposible! – Dijo Damián, aunque no muy en el fondo, agradecía la determinación de su cachorro.

 

Tiró suavemente de él para acercarlo más a su cuerpo y colocó una almohada mullida en su espalda, Ariel aprovechó para buscar los labios contrarios, que no se le negaron. Las manos del menor parecían flotar por la espalda de Damián, pero el mayor las sujetó a sus costados, entrelazando sus dedos y acorralándolos contra el colchón. – No volverás a rasguñarme… – Le dijo sin separarse del todo de sus labios, en respuesta, Ariel le sonrió con suficiencia. Iba a rasguñarlo, porque acababa de descubrir que le gustaba hacerlo y más le valía cooperar. – ¡Hablo enserio!

 

– ¡Sí! – Respondió Ariel, atrapando su labio inferior entre sus dientes. – Lo que tú digas…

 

La piel caliente de Damián, acrecentaba el calor interno de Ariel, sobre todo cuando el moreno comenzó a frotarse contra su cuerpo. Permitiéndole sentir lo sólida que ya estaba su erección.

 

Eran movimientos lentos y pausados, en ocasiones en círculos y la mayoría de las veces, ascendentes-descendentes.

 

Ariel empezó con ruiditos tiernos, casi tímidos. Damián no le había tregua a su boca, y el menor, tampoco la quería. Era delicioso sentirse, así de cerca. Habiendo tanta complicidad entre ellos y tanto desenfreno.

 

– S-sí, así… – Pidió.

 

– ¿Así o así? – Preguntó Damián, haciendo más profundas y rápidas las fricciones. Ariel le mordió los labios para no gemir y el mayor supo cómo lo prefería.

 

El problema era que Ariel era muy pequeño en comparación con su cuerpo, y se perdía fácilmente en él. Estaba aplastándolo demasiado y aun así, el menor no se quejaba, pero le estaba resultando muy difícil respirar.

 

No quería lastimarlo y por encima de todo, quería borrar ese gesto de dolor en el rostro de su cachorro. – Solo por esta ocasión… – Le dijo y se rodó sobre la cama, dejando a Ariel arriba. Quien un poco mareado y confundido, no supo que hacer.

 

Acomodó al menor, justo sobre su erección y lo sujeto por la cintura, haciendo movimientos circulares que le subieron los colores al niño.

 

Pero para su sorpresa, Ariel comprendió el proceso muy rápido y con los antebrazos en el pecho de Damián, empezó a moverse sobre él. Para el moreno fue difícil ceder el control, pero no podía negar que iba a ser más placentero para ambos, si era Ariel quien se movía.

 

Así que le dio total libertad para que le cabalgara como quisiera, pero siempre cuidándolo y ayudándolo, sobre todo cuando el menor parecía perder el control. Aprovechando su posición, cada cierto tiempo le acariciaba el torso y las piernas al menor.

 

– Damián… – Le nombró él con la voz ronca. – Damián, por favor.

 

– ¡No! – Le dijo – Aun no… – Sin previo aviso, volvió a dejarlo debajo y arremetió contra él sin piedad, frotándose y besándolo con hambre y desesperación. Ariel fue consumido por la pasión desenfrenada del mayor, quien no dejó de moverse hasta que logró su liberación. Cuando Ariel lo sintió tensarse y gruñirle de esa manera, supo que Damián había sentido lo mismo que él cuando estuvieron el baño, así que simplemente se dejó llevar.

 

Un par de embestidas más le bastaron y se abrazó con fuerza a Damián cuando logró terminar. El moreno simplemente se dejó caer sobre él y Ariel, de manera protectora lo acunó en su pecho.

 

DAMIÁN

 

Todas las luces en mi interior se apagaron, cuando abrí los ojos dormías y yo lo había estado haciendo entre sus brazos.

 

Jamás antes me había sentido tan seguro.

 

Cuidando de no despertarte, me retiré de tú pecho. No es que quiera alejarme, pero necesitabas descansar.

 

Me quité mi camiseta y te la puse, sabía que en realidad, no se trataba de no tuvieras calor. Te cobije entre los edredones y admiré tu rostro, ahora sereno. Lucias cansado, pero también satisfecho, casi tanto como lo estaba yo. Que por más que lo intentaba, no podía quitarme esta sonrisa estúpida del rostro.

 

Me recosté a tu lado y lo observé dormir, aun no podía creer mi buena suerte, tenerte en mi vida, era tanto como milagro de esos que ya no ocurren.

 

Tal vez si te lo dijera no lo entenderías, tal vez si… ahora sé que no debo subestimarte. Pero tengo tanto miedo. Y es que durante años he estado acumulando el cansancio de las miles de batallas que he tenido que librar. Y me hecho duró que de quedarte conmigo sé que terminaría cortándote las alas, haciendo hasta lo imposible por retenerte a mi lado, atándote a mi alma si es necesario.

 

Que no descansaría hasta hacer que me ames más a mí, de lo que te amas a ti mismo. Aunque sé que no es correcto. Pero esta es mi única manera de quererte.

 

Por qué iba a rendirme, estaba casi a punto de hacerlo. Mi mundo entero se ahogaba en lo hondo. Y entonces de repente llegaste tú, junto antes de que yo tocara fondo, viniste a darle sentido a mi locura. A sujetar el hilo del que cuelga mi cordura, haciéndome volver al camino que había perdido y que nunca supe a ciencia cierta cómo caminar. Y con tu cariño y tus atenciones, me haces querer olvidar todo lo demás. Que nadie existió antes de ti, porque todo comenzó en ese momento, en el que te bese por primera vez.

 

Ya no quiero aparentar y saltar de cama en cama, ahora comprendo que es contigo con quien debo estar. Y de una manera extraña me doy cuenta que eres todo lo que esperaba, aquello que no sabía que existía pero que le pedía cada noche a las estrellas fugaces que surcaban mi bosque. Que llegaste a mi vida de blanco y negro para darle color.

 

Me preocupa, olvidar lo que realmente vales para mí, tenerte a mi lado y saber que no te merezco, me aterra pensar que en algún momento mi orgullo va ser superior a nosotros dos y que te voy a lastimar. No quiero someterte a lo que soy, pero ahora sé, que tampoco podría dejarte ir.

 

No después de hoy.

 

Retiró uno a uno los mechones de tu cabello sobre tu frente, eras tan tú, que me llenas de ternura. Con tan solo tenerte cerca, siento que puedo descansar de mis preocupaciones y sentirme seguro de que no volveré a estar solo. De que ese frío que solía arroparme se desvanece poco con tu calor y que el vacío en mi interior se va llenando poco a poco con tus risas y tus besos.

 

Gracias por estar aquí conmigo y desear pertenecerme, ahora cumpliré con mi deber de cuidar y protegerte, como tu hombre que soy.

 

Simplemente las palabras no me alcanzan para describir este sentimiento. Por qué Ariel, indudablemente me estoy enamorando de ti.

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