Capítulo 31: Damian

Ahí donde termina su mirada, empieza el frió…

Es por que no importa cuántos cielos intenten conquistarme, yo siempre elegiré el fuego abrasador de su infierno.

ARIEL

Debo confesar que la mayor parte del tiempo, él me asusta.

Es como si tuviera esa habilidad innata para desequilibrar mis emociones, desatarlas hasta hacerme vibrar. Turbar mis sentidos y volver añicos mi razón. Sabe cómo hacerme tocar un cielo figurado con la misma facilidad con la que me reduce a un rio de lágrimas y melancolía.

Mi estabilidad emocional juega al equilibrista entre sus labios…

Mis miedos y la incertidumbre son una brecha que no me permite dejarme llevar en el cauce de rio de sus brazos. Aun si es eso lo que quiero, y me digo una y otra vez… ¿qué es lo peor que puede pasar? ¿Terminar con mis ilusiones hechas polvo? ¿Un corazón simbólicamente roto? ¿Romper a llorar cada que su ausencia me lastime?

En estos momentos, siento que es un precio que estoy dispuesto a pagar. Aun cuando mi mente dice que tantas personas no pueden estar equivocadas, mi corazón es terco.

Y lo fue aún más cuando descubrí esas hojas en mi mochila. Al querer guardar mi cargador y el de la cámara, las encontré en una de las bolsas del frente. Apenas y si atiné a meterme en su suéter y volví a la cama para leerlas. Pude sentir mis manos temblar y algo en mi interior acelerarse.

No sé muy bien como iniciar estas líneas, así que comenzaré por un simple… ¡Hola!

Sonreí por esa primera frase. Era bueno saber que no solo a mí me había costado trabajo escribirla. Pero aun cuando mi corazón quiso dejarse llevar por la emoción y el sentimentalismo, mi parte racional saltó a la luz, obligándome a ver otras cosas que quizá los demás, no notarían o no le darían importancia, al leer cualquier escrito hecho a mano.

Por ejemplo, esa tipología de letra tan grandes en comparación con las mías, que delataban su constante deseo por ser el centro de atención. Los espacios entre cada palabra, curiosamente angostos, incluso más que los míos, detalle que sinceramente me sorprendió un poco, porque Damián pese a ser alguien muy intrusivo, no parece que le incomode estar solo, incluso creí que le gustaba tanto como a mí. Otro detalle fue la inclinación hacia la derecha y por como cerraba o unía una letra con la otra, me atrevería a decir que es diestro, ambas características explican por qué es tan rebelde. Sin embargo, fue un dato bastante curioso y al que pondría mayor atención desde ahora, porque había notado algo distinto, es decir, su habilidad para moverse utilizando el lado izquierdo de su cuerpo, parecía estar más desarrollada. Acciones como sostener un vaso con agua, jalar o empujar cosas, así como tocarme, es algo que suele hacer con su mano izquierda.

No obvie el hecho de que remarca mucho, símbolo de su carácter tan enérgico. Y también el punto sobre la “i” que en realidad era una raya inclinada que resaltaba muy por encima del pequeño circulito que me gustaba utilizar.

Fuera de estos aspectos su carta fue divertida y muy sincera. Al final logró predominar mi lado temperamental y sus palabras me conmovieron a tal punto que quería abrazar cada una de ellas. La emoción en mi pecho se incrementó y desee como nunca antes, sentirme entre sus brazos.

Hubiese querido apagar ciertos interruptores en mi interior, sobre todo aquellos que hacían que esas voces me hablaran insistentes en mi cabeza. Con todos sus “cuando se canse de ti te va a dejar”, “estará contigo, en tanto obtenga lo que quiere”, “es una mala persona, no deberías confiar en él”, “ha hecho cosas terribles, todos los Katzel son iguales” “tiene muy mala reputación”, “tienes problemas de drogas y con la policía”, “es muy violento”, etc., desaparecieran. Pero estaban ahí, repitiéndose una y otra vez, como un disco rayado.

Y entre todos, la imagen de ese tipo sobresalía. Jonathan el hombre con el que nos habíamos encontrado cuando paseábamos por el centro, con él debió tener un amorío de tiempo considerable.

Sin hacer mucho esfuerzo puedo recordar su rostro ensangrentado, su uniforme sucio después de la arrastrada que Damián le dio y sus cabellos un poco revueltos, pero entre todo, su voz tan convincente al decir – Te va a destruir… es experto en eso. – En parte fue mi culpa, debí irme cuando Damián lo dijo, pero quise quedarme y escuchar lo que tuviese que decir. Desde ese momento no he tenido paz. – ¿Realmente puede complacerte como lo hago yo? – Damián ignoró esa pregunta, pero yo no pude. Nosotros nunca hemos tenido algo más que besos y caricias por encima de la ropa. – ¿Cuándo te canses de jugar a los “noviecitos” con ese niño, ve a mi departamento para que te demuestre que es ser un hombre de verdad? – Jonathan lo había dicho tal seguridad que no pude más que sentirme herido. Yo también era un hombre de verdad, solo que no había tenido la oportunidad de demostrarlo. – ¿Acaso ya te viste en un espejo? ¿Cuántos años tienes? ¿12? … ¿Con quién crees que va a volver cuando se aburra de ti, cuando te deje? – Hablaba y hablaba buscando herirme en cada palabra. ¿Dejarme? Damián había dicho que él no me dejaría y yo necesitaba creer que era verdad. – Le daré el mejor sexo de su vida en tu honor.

No pude soportarlo más tiempo. Recuerdo haberle gritado que Damián estaba conmigo y que a él no lo quería cerca de nosotros. En ese momento, fue como si mi vista se nublara, solo sentía coraje, y que debía defender lo que es mío.

– Voy a sacarte los ojos si tan solo vuelves a mirarlo… – Le dije y segundos después, Damián me abrazaba por la cintura y mis pies no tocaban el piso.

Ahora que me daba la oportunidad de recordar ese momento, debo reconocer que me avergüenza un poco la actitud que tome. Y el haber caído en sus provocaciones, eso me causo una amarga discusión con Damián, nuestra primera pelea.

– Ari… – Escuché esa voz que creo reconocería incluso estando en medio de una multitud. Y que terminó sacándome de mi ensimismamiento.

Casi de inmediato me giré para mirarlo. Lo que mis ojos admiraron resultó sumamente sensual y a estas alturas del partido, me preguntaba cómo aun vistiendo únicamente una toalla anudada a la cintura, podía verse tan bien.

Su cabello húmedo chorreaba gotitas de agua que descendían lentamente por su torso desnudo, estaba descalzo y parecía mucho más alto de lo habitual. Su piel canela me encantaba, al igual que sus ojos y sus labios gruesos y varoniles.

Todo en él tenía esa apariencia tosca y sicalíptica que lo volvía irresistible para mí. Viril hasta la médula y ostentosamente sensual.

– ¡Hola! – Le saludé e intenté dedicarle la mejor de mis sonrisas.

Sentía que mis ojos no podían apartarse de él y en medio de todo, otro sentimiento se apodero de mí. Una mezcla de convicción cargada de un fuerte deseo.

Como si todo se confabulara en mi contra, mi oportunidad se presentaba rimbombante frente a mí.

– ¿Qué haces? – Preguntó él, mientras cruzaba los brazos sobre su pecho, dándole la apariencia de uno de esos faraones prominentes que había estado estudiando últimamente.

Una vocecilla oscura dijo en mi cabeza – No eres lo suficiente bueno para hacerlo. – pero decidí ignorarla, de todos modos, si a último momento no sabía qué hacer, confiaba en que Damián me guiaría.

– Te esperaba… – Respondí.

Saliendo de la cama fui hasta donde él.

La forma en la que me miraba me hizo sentir seguro. Su casi imperceptible sonrisa, ese gesto relajado y la forma en la que sus ojos me recorrían de pies a cabeza, fortalecieron mi convicción.

Al llegar a su lado extendí mi mano para que la tomara y casi de inmediato recibí la suya, no ignoré el hecho de que fuera su mano izquierda la que sujetó la mía. Pero estaba demasiado nervioso como para preguntarle sobre ello en ese momento.

Ambos nos adentramos de nuevo en el baño y mi baja estatura volvió a ser un impedimento para mis planes. Pero no iba a ceder, y lo solucioné colando una silla frente a él y subiéndome en ella. Por primera vez y sin que él me cargara, pude verlo de frente, en vez de levantar la mirada. Damián parecía estar demasiado ansioso. Digamos que la mansedumbre no le va y sin embargo, se limitó a mirarme de manera aprensiva.

– ¿Por qué…? – Intentó preguntar, pero con una seña le pedí que guardara silencio. Necesita ordenar mis ideas y calmar los latidos desaforados de mi corazón y su voz, lograba siempre el efecto contrario a tranquilizarme.

Después de haber leído su carta, deseaba que leyera la mía. Ha decir verdad, había querido dársela durante todo el día, pero simplemente no me atreví, no sabía cuál sería el mejor momento, por eso aun la llevaba conmigo.

Levantando un poco el abrigó, saqué la carta y se la entregué.

Damián la tomó sin apartar la mirada de mí, esa que me hacía sentir frágil y vulnerable.

– ¿Qué es esto…? – Preguntó.

– Lo sabrás cuando lo abras… – Respondí y cuando hizo gesto de querer abrirla se lo impedí. – No ahora… – Aclaré mientras me abrazaba a su cuello, necesitaba sentirlo cerca y pese a que casi muero de la vergüenza, lo besé.

Fue un beso como los que él me daba, o el menos, eso pretendí. La verdad, no soy experto en eso de los besos, pero lo hice como pude, esforzándome porque él lo disfrutara y yo también.

Damián se dejaba hacer y a ratos me correspondía, para justo después simplemente quedarse quieto de nuevo. En estos momentos que necesitaba que fuera él quien me dijera que más hacer, estaba como dormido.

Intenté hacerlo reaccionar, alejándome de él. Fue entonces que él Damián de mis fantasías apareció, me sujetó con fuerza por la cintura, así como me gustaba que lo hiciera. Me sentí feliz y me reí porque él realmente parecía disfrutarlo. Pero de la nada se separó.

– ¿Qué es lo quieres de mí? – Preguntó con seriedad.

Juro que iba a decirle que no tenía la menor idea. Que ni siquiera sabía que intentaba hacer en este preciso momento, pero eso se hubiera escuchado muy mal.

Fue entonces, que se dio una conversación que me hubiera gustado para otro momento, no le mentí, por el contrario, todo lo que dije fue verdad. Y lo que le hice prometer, también deseaba que él lo cumpliera.

Las sorpresas continuaron, cuando creí que todo sería miel entre nosotros, de nuevo se apartó. Como si el hecho de que me hubiera quitado mi ropa interior, fuera prohibido. Por un momento sentí que él era demasiado virtuoso y yo alguien demasiado fácil, inclusive intento detenerme, pero ya la había bajado. La sensación no me fue grata.

– ¡Esta bien! – Le dije y volví a abrazarlo. – ¡Tranquilo! ¡Está bien!

Él se rehusó de nuevo y casi fue mi final. Todo esto era demasiado incómodo. – ¿No quieres…? – Mi valor y determinación descendieron abruptamente y me llené de vergüenza y cierta decepción.

– ¡Claro que quiero! Pero y si…

– ¡También lo quiero! – Le interrumpí. – Confió en ti. – Intenté brindarle cierta seguridad con mis palabras pero tuvo el efecto contrario.

– ¡No deberías! – Dijo en susurro y con una voz cargada. – Yo mismo no confió en mí…

Sonreí de frustración, esto no podía estar pasándome a mí. Juro que lo había imaginado de otra manera. Sentía que si lo saltaba, Damián escaparía de aquí.

¿Por qué? ¿Acaso no fue él quien dijo que quería tener sexo en el baño? Yo estaba feliz en mi ignorancia de estos temas. Pero ahora, por su culpa, también quería hacer cosas aquí y él se me resistía.

– ¡Hey! ¡Calmate! – Le regañé. – No me hagas sentir que te estoy obligando. Quiero… necesito a mi hombre. – No podía creer que realmente haya dicho eso. Tierra ábrete y hazme el favor de tragarme con todo y silla. Pero antes, déjame intentarlo una vez más. – ¡Confió en ti! – Repetí. – No voy a darte otra oportunidad, así que… !Hazme lo que quieras, menos perder el tiempo!

Damián me miró aletargado, pero algo en su interior cambio.

– ¿Hasta dónde deberíamos llegar? – Preguntó, mientras me acercaba de nuevo a su cuerpo.

No podía ser cierto… ¿Acaso tengo cara de saber sobre esas cosas? ¿Qué parte de “haz lo que quieras hacer conmigo”, no entendiste?

– ¿Por qué me preguntas eso a mí? ¡Eres tú el que sabe!

De nuevo se quedó quieto.

Dudaba, y justamente cuando parecía que iba a hacer algún movimiento, volvía a dudar. Y aun si Damián no lo veía así, la verdad es que no tenía toda la vida para esperar.

Me moví buscando de nuevo sus labios, pero fue él quien me beso.

Dicen que el esfuerzo y la perseverancia, rinden buenos frutos y pude constatarlo por mí mismo. Él comenzó a tocarme con delicadeza y soltura, pero mostrándose cada vez más seguro. Podía sentir las yemas de sus dedos por mi cintura, mi cadera e incluso un poco más abajo. La silla estaba inestable debajo de mí, o quizá era mi cuerpo el que temblaba.

– ¡Esta bien! ¡No voy a soltarte! – Me calmó con sus palabras para justo después, volver a desestabilizarme al enredar sus manos por mis muslos.

Las palmas de sus manos ardían sobre mi piel. Y mi pecho comenzaba a doler por el ritmo desbocado de mi corazón.

Lo que sucedió después fue un duro golpe para mí moral decaída. Sus labios en mi boca y sus manos por mis piernas me alteraron lo suficiente, mi razón se fue a pasear muy lejos y para cuando noté lo que hacía, ya estaba restregándome en su cuerpo. Lo necesitaba, esa cercanía me llamaba con la misma intensidad que a él. El calor que ambos emanábamos era abrasador pero el suyo, me absorbía por completo.

Sus manos subieron peligrosamente por la parte interna de mis muslos, abriéndose paso entre mis piernas, para después deslizarlas hasta mi trasero. Sentí como lo apretaba contra sus manos, mientras me sostenía. Y mi dignidad fue la segunda en perecer, porque gemí de manera sugerente ante esa caricia, que aunque brusca, me había encantado.

Damián se deshizo de la de la silla y yo de mi conciencia.

Lo siguiente pasó todo muy rápido y muy lento al mismo tiempo.

Dejé de corresponder, me fue imposible seguirle el ritmo. Me tenía atrapado entre sus manos y su deseo. Me dominó en todos los sentidos, con sus caricias, con sus besos ya para nada tiernos, y con la forma en la que hizo que me olvidara de todo. Me reclamo como suyo y no me resistí en lo absoluto.

Había algo en él que era distinto. Curiosamente, le digo con frecuencia que es muy bruto y mientras me tocaba también lo fue, no en un mal sentido, pero en todo momento fue muy instintivo y dominante, me supo reducir a estremecimientos, suspiros y jadeos. Al principio, solo míos, después los suyos se me sumaron. Su cuerpo temblaba tanto como el mío y me dio la sensación de que algo intentaba salir de su interior y que él luchaba con eso.

Lo dejé en su lucha interna, yo me perdí en sus brazos y su calor.

Cuando volví a reaccionar estaba frente a su espejo, y la realidad que me mostró me socavo. Recordaba vagamente haberme quejado por algo, pero ahora mismo ya no podía recordarlo. Sin embargo, tenía un dolor punzante en esa parte de mi cuello que él suele morderme.

Yo estaba llorando, y no sé porque, pero no podía detenerme.

Sin embargo, el llanto terminó volviéndose un mar de sonidos que no pensaba que podía hacer. Damián tocaba en mí, algo que se suponía no debía tocar. Pero era delicioso, la sensaciones que mandaba a todo mi cuerpo era insuperable. O por lo menos, eso creí.

A los siguientes segundos me sujetaba como podía a él. Mi vista se nublo y realmente sentí que moría. Tuve miedo y al mismo tiempo una paz abrumadora.

Evoqué esas ocasiones en las que de repente despertaba sudado en las noches y con mi entrepierna húmeda, pero esto era mil veces mejor. Me ahogaba, pero las fuerzas me habían abandonado incluso para esforzarme en respirar.

Damián me preguntó algunas cosas y solo recuerdo haberle dicho que tenía sueño.

Mi menté volvió a apagarse y para cuando volví a reaccionar,  ya estaba en la cama, arropado entre los edredones. Y con la pila completamente recargada.

Una segunda vez, era lo que más se me antojaba en ese momento.

Por supuesto, él se negó.

De nuevo fue difícil convencerlo, pero todo valió la pena. Tenerlo sobre mí, fue lo mejor que he sentido en mi vida, que él me cediera su lugar para no aplastarme fue muy gracioso. Su “solo por esta vez”, me resultó muy tierno.

Verlo tan necesitado como yo, me resulto excitante, que me devolviera a mi lugar, debajo de él, para frotarse contra mí más profusamente, me dejó sin aliento.  Y después sentirlo mojarme para que al siguiente segundo se dejara caer en mi pecho, resguardándose entre mis brazos, me hizo sentir que lo quería en vida para el resto de mis días.

A él y solo a él.

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