Capítulo 33: Sideral Lunar

LUNA NUEVA (NOVILUNIO)

 La luna fría que dormita y observa con sólo un párpado entreabierto, se conoce las historias, antes de que acontezcan.

TERCERA PERSONA

Fue el sonido del teléfono lo que despertó a Damián, justo después del cuarto timbre. Adormilado y desorientado como estaba, apenas y si atinó a girarse para levantar la bocina y de paso, mirar el reloj despertador que descansaba en el velador.

La pantalla marcaba las tres cincuenta y seis de la madrugada y contando.

– ¿Qué…? – Preguntó en un susurro para no despertar a quien dormía abrazando a él.

Era Deviant, que al borde de la histeria decía cosas en forma de un discurso desordenado e incoherente. Hablaba de que estaba sangrando, que había un arma y dos tipos, que la ambulancia se lo había llevado, pero que no sabía qué hacer y que lo necesitaba. – ¡Calmate Deviant! No estoy entendiendo nada.

– ¡Por favor! ¡Tienes que venir! – Imploró. – Si algo malo pasa… – Con cuidado, Damián salió de entre las cobijas y acomodó a Ariel sobre una de las almohadas.

En cuanto estuvo libre, y provechando que la telefonía era inalámbrica, se dirigió a la terraza.

– ¿Esta Han ahí? – Quiso saber. – ¡Pasámelo! – Ordenó, tras recibir una respuesta afirmativa por parte de su hermano. – Pasámelo… – Repitió. – ¡No te estoy entendiendo nada! ¡Dejame hablar con él! – Damián solo podía escuchar la voz nerviosa de Deviant y el ruido de mucha gente, pero aún así, estaba seguro que no estaban en el casino. – ¡Callate de una puta vez! – Gritó para calmarlo. Y al parecer, pese a lo cuestionable del método, le rindió buenos frutos, porque Deviant guardó silencio. – Ahora entrégale el teléfono a Han para que…

No pudo terminar la frase.

Lo sintió.

En ese preciso momento algo en su interior se sacudió y el teléfono se le cayó de las manos. Fue como si una corriente eléctrica atravesara la mitad de su corazón y su cerebro.

Supo en ese momento que se trataba de James.

Del otro lado de la línea Han mantenía un insistente ¡Hola! ¡Hola! ¿Me escuchas?

Sin aliento y con el corazón aun doliendo, buscó el teléfono en el piso, mientras se dejaba caer sobre la mayólica y lo acercó a su oreja.

– ¿Qué fue lo que le paso? – Dijo con dificultad, casi como si estuviera ahogándose.

– No sabemos a ciencia cierta. – Reconoció Han. – Llamó el guardia de seguridad, para avisarnos que James estaba en el estacionamiento y que parecía estar herido. Fue tu hermano el que contestó y cuando bajamos a verlo, él estaba cubierto en sangre, se veía muy mal y estaba como en estado catatónico y balbuceaba lo que Deviant ya te dijo. – Explicó. – El vigilante había llamado a la ambulancia incluso antes de hablarnos a nosotros, así que en cuanto llegaron, lo subieron y se lo llevaron. Sin que nosotros pudiéramos hacer nada.

– ¿Solo? ¿Lo dejaste ir solo?

– Deviant estaba histérico como para ir en la ambulancia con él y yo no podía irme y dejarlo solo a él, a sabiendas de que iba a manejar. Sentí que lo más viable era que se llevaran a James y nosotros le seguiríamos en el auto.

– ¿Qué han dicho lo médicos?

– Aun nada… casi estamos llegando. – Dijo. – No tiene mucho que lo metieron a una sala, nadie nos ha dado explicación de nada.

– ¿Qué tan grave es, Han?

– Pues, su salud…

– Sabes que no me refiero a eso…  – Le interrumpió. – Te escuchó tranquilo, eso quiere decir que James estará bien, pero hay algo más… ¿No? ¡Dímelo! – Han guardó silencio y Damián intuyó que era porque Deviant estaba cerca. – Alejate de él y dime que es lo que paso…

Al parecer, así lo hizo. Después de unos segundos, Han volvió a hablar.

– Por lo poco que pude revisarlo, la sangre que había en su ropa, no era suya. Es decir, literalmente su ropa estaba empapada de sangre, no simples manchas, estaba mojada…– Han intentaba dejar en claro el punto y pesé a que Damián no lo veía, movía la mano y hacía gestos como si estuviera frente a él. – Él solo tenía un rozón de bala en el hombro izquierdo y en su costado del mismo lado, entre las costillas y el estómago… ¡Estaba muy ebrio! – Confeso. – Sabes que él pierde la cabeza cuando bebe.

Damián se quedó en silencio.

En parte porque no sabía que decir y en segundo lugar, porque Ariel, al no sentirlo en la cama, se había despertado y ahora abría la puerta para salir a la terraza. – Sabes que si reincidió podría pasar varios meses en prisión… – Presionó Han.

– Lo sé… – Fue lo único que alcanzó a decir.

Ariel le miraba desde el umbral de la puerta, sin atreverse a llegar hasta donde él se encontraba sentado. Damián intentó suavizar su expresión y le tendió su mano libre para que la tomara. En respuesta, el menor terminó de salir y fue hasta donde el moreno, quien lo envolvió en un abrazo y lo sentó sobre su regazo.

– ¿Qué es lo quieres que haga?

– Se supone que ibas a cuidarlos… – Le reprochó Damián.

– ¡Y eso intento! – Se defendió Han con voz impotente. – Pero son terribles, ninguno de los tres me hace caso… James estaba con nosotros desde ayer, llegó justo después de que ustedes se fueron, pero simplemente desapareció a mitad de la madrugada… ¿Qué se supone que tenía que hacer? ¿Encadenarlo a la base de la cama? – Damián sintió deseos casi incontrolables de gritarle un par de cosas, pero no lo haría con Ariel en sus brazos y por otra parte, porque en efecto, Han tenía razón. Y realmente se escuchaba angustiado. – Solo Deviant tiene demasiadas personalidades como para volverme loco, Samko no aparece y no tengo la menor idea de en donde esté en estos momentos, no responde a mis llamadas ni mensajes… ¡No puedo con ellos!

– ¡Calmate! – Le ordenó Damián con dureza.

– ¿Cómo voy a calmarme? ¡Lo último que quiero es que James vaya a prisión! Deviant va a matarme… o tú.

– Sacalo del hospital…

– ¿Cómo voy a hacer eso?

– ¡Ese es tu problema! – Dicho eso, colgó.

ARIEL

En cuanto finalizó la llamada dejó el teléfono en el piso y me abrazó con ambas manos.

Estaba preocupado por él, pues aunque no sabía que era exactamente lo que había pasado, Damián parecía perturbado.

– ¿No tienes frío? – Me preguntó, al tiempo que lo sentía dejarme un beso en la frente.

Negué, pero me acomodé lo mejor que pude en su pecho. – ¿No puedes dormir?

– ¡Sí!

– Entonces… ¿Por qué despertaste?

– Porque ya no te sentí a mi lado…– Confesé. – Pensé que te habías ido.

– ¿Y dejarte?

– Solo lo pensé… – Le dije intentando no darle demasiada importancia.

Él de nuevo se quedó en silencio jugando con mis dedos.

No me gustaba verlo de ese modo. Como si tuviera que decidir entre su familia y yo, porque no era así, en todo este tiempo, poco o mucho, jamás ha sido mi intención alejarlo de sus hermanos, menos ahora, que sé cuánto los quiere, aunque no se los diga.

– Podemos venir otro día… – Le dije intentando sonar casual. No iba a forzarlo a que me contara si no quería, pero tampoco deseaba que creyera que yo iba a ser un impedimento.

– ¿Cuándo? ¿La próxima vez que te pelees con alguien en la universidad y vuelvan a suspenderte?

– ¡Sí! – Respondí. – O cualquier otro fin de semana…

– Aun hay cosas por hacer aquí… – Insistió, aunque sin mucho ímpetu.

– Pero vas a estar preocupado por lo que pasa en Sibiu, y yo estaré preocupado por ti… – Le dije – Mejor vámonos, lo resuelves y me dejas invitarte al cine en la tarde… ¿Qué dices?

Damián se puso de pie, conmigo aun entre sus brazos, no parecía muy convencido, pero por lo menos lo estaba considerando.

– Creí que no tenías dinero…

– ¡Tengo una tarjeta de cliente frecuente! – Me apuré a decir. ­– Jamás subestimes a un chico con una tarjeta de puntos.

– ¡Lo que tú digas! – Me rebatió mientras sonreía, pero sabía que en el fondo estaba angustiado.

– Lo digo enserio Damián, podemos volver luego…

En los siguientes quince minutos fuimos y venimos por la habitación juntando nuestras cosas. Bueno, en realidad, era él quien iba y venía. Cada vez que yo quería ayudar, me volvía levantar como si fuese un niñito y me dejaba sobre la cama.

– Cuida a Miles y dejame lo demás de mí.

– ¡Ya, está bien! Me quedaré aquí…– Dije mientras me sentaba con las piernas cruzadas sobre el colchón, puse a Miles en medio para que no escapara. – Solo quería ayudar…

– Estas perfecto, justo donde estas… – Agregó mientras terminaba de meter mi ropa en la mochila.

– Damián…

– Tan perfecto que de ser posible no respires…

Lo intenté, pero al cabo de algunos segundos respiré y justo después abandonamos la habitación. Nos escabullimos hasta el primer piso sin encender las luces. Fue sorprendente como Damián avanzaba a paso ligero y con seguridad entre la densa oscuridad que las cortinas cerradas creaban en el interior de la casa. Yo no podía ver ni mis manos al ponerlas frente a mí, y si no fuera porque él me dirigía, hubiera ido chocando con todo lo que había a mi alrededor.

A fuera no era tan distinto, sin embargo, las pocas estrellas que lograban filtrarse entre las nubes cargadas, ofrecía un poquito más de claridad. El aire gélido e irascible mecía con fuerza las puntas de los pinos y sauces, creando ese extraño sonido ululante.

Era como si todo el bosque clamara desde sus profundidades en un llanto arrebatado y triste que se extendía de norte a sur y aún más haya.

– ¡Cuidado con el escalón…! – Fue tarde para la advertencia, no alcancé a verlo y con tal de no soltar a Miles, quien iba envuelto en una de las camisetas de Damián, ni las manos metí. Y terminé besando el piso y los forrajes.

– ¡Ay! ¡Eso dolió!

– Ari… – Damián intentó no reírse, pero aun así, lo hizo.

– ¡No es gracioso!

– Si, si lo es… – Me contradijo. – ¿Acaso no te dije que tuvieras cuidado?

– Pero si no veo nada…

– Entonces habré los ojos… – Ironizó mientras por fin me ayudaba a levantarme.

Me contuve de decirle un par de cosas, y simplemente me dejé conducir hasta la cochera. El golpe me dolía, pero el frio me lo entumía.

Su motocicleta estaba cubierta con una especie de lona plástica, misma que Damián retiró de mala gana. Sin decir nada, me atrapó y me subió a la parte de atrás, guardé a Miles en la bolsa de mi sudadera, así que me corrí lo más que pude para evitar aplastarlo cuando se suba Damián.

El ruido de una puerta al abrirse, se escuchó al fondo, Damián le encaró de inmediato poniéndose delante de mí.

Instintivamente me sujeté a su brazo, tuve la sensación de que la mujer que había visto en el jardín al mediodía, era la misma que aparecería ahora, para comerse mis entrañas. Hubo ruido de pasos cortos, pero para eso Damián parecía estar un poco menos tenso, al siguiente segundo, el clic de un interruptor al ser bajado, hizo que todas las lámparas se encendieran.

Pese a que en un principio mi atención estaba en los dueños de esos pasos, en cuanto la luz se encendió, mi mirada se paseó entre los tres autos que estaban ahí. No había tenido la oportunidad de mirar uno de esos tan de cerca.

Los tres eran deportivos, pero estaban modificados. Entre los tres, elegí el azul eléctrico, aunque el rojo y el verde también eran preciosos.

– ¡Diablos! ¡Vas a estallar! – Fue la voz de desagrado de Damián la que me hizo volver la vista a él y a la mujer que se acercaba sonriente a nosotros. – Creo que le dije a tu padre que no te conocía… algo así.

– ¡No me extraña! Siempre has sido un hijo de puta… – Le dijo la mujer, era joven, como de la edad de Damián.

– ¡Cuida tu boca! No estamos solos…

– ¿Cuidar mi boca? ¡Pero que sorpresa! – Se burló. – ¿Es acaso que Damián Katzel tiene a alguien que le importa demasiado como para no incomodarlo con malas palabras?

– ¡Ese no es problema tuyo!

– ¡Que rudeza! No pienso quitártelo, así que relájate… – Sus palabras tuvieron el efecto contrario, pues se tensó de pies a cabeza.

– ¿Qué quieres…?

– ¿Ibas a irte sin saludar a tu hijo? – Esa pregunta me obligó a estirarme un poco y ver por encima de él… ¿Un hijo? ¿Damián tenía un hijo?

– Corta ese rollo de una buena vez… Tu padre se me puso intenso a noche, gracias a tus mentiras. – Ella terminó de llegar a hasta donde nosotros y fue que pude ver su vientre abultado, era muy… muy grande.

– ¡Habían dicho que era joven pero no pensé que tanto! – Dijo la mujer con la vista clavada en mí, decidí no darle importancia y mirar de nuevo su vientre. – Es un poco intimidante… ¿no? – Me preguntó mientras se lo acariciaba por encima de la ropa. Y debo reconocer que fue una escena muy tierna. Era una mujer muy atractiva, de cabello largo y de un negro tan intenso como sus ojos, su piel era de un tono cobrizo muy hermoso. Y al verla acariciar su vientre, me resulto muy maternal.

– ¿Ya va a nacer? – Le pregunté.

– Aún faltan dos meses… – Dijo mientras me sonreía.

– ¿Es tu hijo? – Le pregunté sin tapujos a Damián, pero fue ella la que se adelantó a contestar.

– ¡No! Él y yo solo nos acostamos una vez… – Fue sincera y casi puedo decir que su intención no fue mala, aun así, la declaración no me agradó. – Creo que no debí decir eso… – Se disculpó. – Pero fue hace mucho tiempo y casi tuve que rogarle. – Su aclaración no mejoró en nada la situación, mi vista viajaba de ella a él y sobra decir que Damián no me encaraba. – ¿Quieres tocarla? – Agregó y me sujetó de la mano, pero en cuanto me tocó, contuvo el aliento y la expresión de su rostro se contrajo en una extraña mueca.

Damián intervino en ese momento y la obligó a soltarme.  Ella, como si estuviera recobrando la conciencia, regreso sobre sus pasos pero me seguía mirando con aprensión.

– ¿Qué le sucede? – Pregunté e intenté bajarme de la motocicleta, pero Damián me lo impidió, obligándome a volver a mi lugar.

Hubo un cruce de miradas entre ellos, y la de él resultó demasiado amenazante, a tal punto que ella no pudo más que rendirse y volverla a mí.

– ¿No pudiste verlo?

– ¿Ver qué…?

– ¡No le hagas caso! – Volvió a intervenir Damián colocándose de nuevo entre ella y yo.

– Lo que vi…

– ¡Ya basta! ¡Vete! – Ordenó con aspereza.

Ella le habló en otra lengua, que no entendí. Pero se veía preocupada y enojada al mismo tiempo. Mi abuelo me había hablado sobre esto y también lo habíamos visto en la universidad. Nos habían explicado que los oriundos escondían un idioma muy antiguo. Gente que al igual que Damián, compartían la peculiaridad de tener piel café, de rasgos marcados y con habilidades poco comunes, como curar con hierbas, el don de premoniciones, poseer animales protectores, hasta cosas terribles como la magia negra, y el espiritismo.

Algunos decían que solo eran leyendas de la región, pero mi familia y yo si las creíamos, mi abuelo decía que ellos habían enseñado a los gitanos, muchas de sus prácticas.

No tardamos mucho tiempo más ahí, Damián la evadió por completo. Pero ella se arrancó uno de los muchos collares extraños que adornaban su cuello y lo guardó en la bolsa de mi abrigó, donde estaba Miles.

Me dejó una sensación extraña, que no me abandonó durante todo el tiempo que duró el viaje. Y estuve tan absorto en esto, que solo recuerdo haber salido de la casa y justo ahora, Damián anunciaba que habíamos llegado a Sibiu.

Era increíble como el paisaje cambiaba tan drásticamente, aquí todo estaba cubierto de una capa delgada de nieve y la mayoría de los árboles que bordeaban la carretera era solo ramas con sus puntas hacia todos lados.

No hacía tanto frio como otros días, o quizá aún estaba demasiado aturdido que simplemente no lo sentía.

Casi un cuarto de hora después, pude distinguir la casa a lo lejos. Me alegraba volver, no sabría explicarlo, pero creo que se debe a que en casa, con mis padres, nunca hubo ese calorcito de hogar, que con mis abuelos si tengo. Y aunque los abrazos de Damián me hacen feliz, los de mi abuela llenan ese vacío que mi madre dejó.

Damián se estacionó en el pórtico. Pues habíamos quedado que me llevaría a casa y de ahí se iría a ver a James.

– ¿Quién es…? – Preguntó sin dejarme bajar, así que tuve que asomarme mientras me sujetaba de sus hombros para poder mirar.

– ¡No lo sé! – Respondí. Un auto negro estaba estacionado justo aun lado de la puerta principal de la casa.

– Es muy temprano para visitas…

– Es un auto de renta… – Le dije y justo en ese momento, la puerta de la casa se abrió, la primera en salir fue mi abuela y tras de ella la persona que más había querido volver a ver desde que llegué a Sibiu.

No sé cómo lo hice, pero casi salté de la motocicleta para ir junto a él.

– ¡Papá! – Grité, sin poder contener la emoción, y es que lo había extrañado tanto. – ¡Papá, viniste! – Él extendió sus brazos para estrecharme contra ellos, tal y como siempre solía hacerlo, pero justo cuando estaba por llegar a su lado, la vi salir y me detuve en seco. – ¿Qué hace ella aquí? – Pregunté señalándola.

– No seas grosero… Nati quiso venir a verte.

– ¿Nati? – Refuté con sátira. – ¿Ahora utilizas motes para referirte a tus empleados? – No me gustaba hacer distinciones, para mí todos somos iguales, pero esa mujer en específico, creó muchas dificultades en mi familia.

Ella avanzó hacia adelante y quiso abrazarme, pero yo no se lo permití y regresé sobre mis pasos. La forma en la que me miraba siempre me había hecho sentir inferior a ella, y en muchas ocasiones se llenó la boca diciendo que ella conocía a mi papá más que nosotros que éramos su familia.

– Ariel… ¿Por qué me tratas así? Solo quiero que seamos amigos…

– ¡No me toques! – Le advertí, pero ella avanzó de nuevo hacía mí.

– Siempre has sido un malcriado… – Susurró pero con la suficiente fuerza para que mi papá que estaba más cerca la escuchara, pero él no hizo nada por reprenderla. – Solo dame un beso y ya… – La vi estirar la mano para alcanzarme, pero otra se le cruzó a medio camino, y se aferró a la de ella por la muñeca, para finalmente apartarla de mí.

– ¡Te dijo que no lo toques! – Damián sostuvo la mano de ella en alto y no la soltó aunque se quejó.

Por supuesto, mi padre fue el primero en saltar a defenderla.

Se le enfrentó ordenándole que la soltara. Lo que él no sabía, es que una de las cosas que Damián más odia, es precisamente que le intenten dar órdenes.

– ¡Hijo! ¡Por favor! – Intervino mi abuela. – Suéltala… ¡No vale la pena! – No tuvo que repetíselo, él la liberó inmediatamente.

– ¿Hijo? ¿Por qué llamas hijo a este delincuente? ¿Y qué haces tú con él? – Mi padre alcanzó a sujetarme de la sudadera y me jaló hacía él. Pero Damián fue más rápido y logró mantenerme a su lado. – ¡Suelta a mi hijo!

– Solo si él quiere ir contigo… – La rudeza y osadía que uso para responderle a mi padre me dejó sin palabras. – ¿Quieres ir con él Ariel? – Preguntó sin apartar la mirada de mi padre. Lo sé, porque yo podía verlo todo desde abajo, pues había quedado en el medio de ambos.

– ¡No! – Respondí. Y me pegué un poco más a Damián.

– ¿Qué rayos es todo esto? ¿Quién es de ti este sujeto? ¡Responde Ariel!

– E-es mi amigo… – Susurré. No estaba bien, no debí haber dicho eso, pero ni siquiera yo sé que es de mí, solo sé que me pertenece, como yo a él. Y algo así no debía decírselo a mi padre.

– ¿Tu amigo? ¿Llevas menos tres meses aquí y ya tienes delincuentes entre sus amistades? – Pese que lo había dicho en tonó de pregunta, era un afirmación. Y eso me hizo enojar, él no tenía derecho juzgar a Damián, porque no lo conocía, él no le había hecho nada malo, como Natalia me lo había hecho a mí.

– ¡Damián no es un delincuente!

– Basta verle la pinta para saber qué clase de persona es… ¡No me extrañaría que terminaras drogándote y asaltando gente igual que él!

– ¿Con que derecho lo juzgas? Ni siquiera te has tomado la molestia de conocerlo…

– Lo que se ve no se juzga… – Dijo Natalia, escondiéndose detrás de mi padre.

– ¡Tu callate! – Grité – Todos los que te conocen saben que eres una fácil…

– ¡No le hables así Ariel! – Esa orden fue seguida de la mano de mi padre estrellándose en mi mejilla y de Damián yéndoseles encima a ambos.

Mi abuela fue la que intervino de nuevo, y Damián retrocedió, pero solo por ella. Porque le tenía aprecio. Por mi parte, yo solo pude cubrirme el lugar donde mi padre me había golpeado. En mis diecinueve años de vida, era la primera vez que lo hacía.

Los sentimientos se agolparon en mis ojos, no pude evitarlo, ni siquiera cuando ella se burló de mí.

Damián sacó a Miles de mi ropa y me quitó la mochila de los hombros para entregarle todo a mi abuela. Yo no quería quedarme aquí y al parecer él lo intuyo, porque me tomó de la mano y me arrastró de vuelta a la salida.

Mi padre gritaba que no me atreviera a irme, que regresara en ese preciso instante a su lado, pero en cuanto Damián encendió la motocicleta y me extendió su mano para ayudarme a subir, no lo pensé dos veces.

Me monté en el asiento de atrás e hice de oídos sordos a los gritos de mi padre.

En cuanto estuvimos fuera de la casa, me abracé a la espalda de Damián y lloré como el niño que aún era. Bien podía aceptarlo, todo lo relacionado a mis padres me hace sentir débil.

Ahora mismo sentía de nuevo ese dolor amargo y punzante. Fue el mismo que sufrí cuando mamá se fue de casa. Recuerdo perfectamente los lamentos de mi padre, le rogaba que lo pensara, que no abandonara a su familia, que si se iba cometería un grave error. Quizá, como un último recurso, le dijo que pensara en mí, en el daño que me provocaría. Ella simplemente lo miró y se rio. Ninguno de los dos sabía que los espiaba por la puerta entreabierta.

– Después de todo, es más hijo tuyo que mío… – Esa fue la respuesta de mi madre.

¿Cómo puedes decir eso?

Sabes perfectamente que nunca fue mi idea tener hijos… ¡Yo no lo quería! – Aseguró. – Pero tu insististe en que debíamos tenerlo, hazte cargo entonces de él.

Estas hablando de nuestro hijo… no de un perrito callejero…

¡No me importa! – Le gritó ella. – Quédatelo, regalalo, mándaselo a tu madre, haz lo que quieras con él.

Ella terminó de abrir la puerta en ese momento, y no sé, es decir, yo ya no era un niño, tenía dieciocho años, hacia un mes que los había cumplido, pero aun así, me sentí como de cinco. Ella era alta y hermosa, y yo la amaba con todas mis fuerzas, aun después de haberla escuchado decir que no le importaba.

Ingenuamente pensé que al verme llorar se compadecería de mí, que me regalaría un poquito de su lastima, tal y como lo hacía cada cierto tiempo, cuando de casualidad me regalaba una caricia o me llamaba “hijo”, en vez de por mi nombre, pero no fue así, sus ojos me miraron con odio, como si yo fuera el causante de todo esto, de su desdicha. Recuerdo que quise tocar su vestido y le dije – Mamá, por favor… – Pero ella me apartó con rudeza, empujándose con su bolso de mano.

Ni siquiera volteo a ver, tenía prisa, porque abajo le esperaba el hombre con el que se iría a disfrutar de su vida.

No le importó abandonarme, porque ella quizá nunca me quiso.

Y aunque mi padre dijo que lo superaríamos juntos, la verdad es que entre nosotros ya nada volvió a ser igual. Me evitaba y cuando le preguntaba por qué ya casi no estaba en casa, que si era por mí, él lo negaba, decía que el trabajo, que las cuentas. Siempre hubo mil pretextos.

Dos meses después supe que él y Natalia tenían una relación. Fueron rumores que no quise creer, pero me saqué la duda tres días después. Sin avisarle, fue a su trabajo, todos me conocían, así que no hubo objeciones para dejarme pasar, y cuando abrí la puerta de su oficina, los encontré besándose en el escritorio de mi padre, él ya no pudo negarlo entonces.

Pero me pidió disculpas, me aseguro que la dejaría, porque resulto ser que ellos ya tenían un romance desde varios meses atrás, cuando él aún estaba con mi madre.

Le creí porque incluso la cambió de área y se consiguió una nueva secretaria.

Por eso me sorprendió verla aquí, con él. Ahora entendía porque ya no atendía mis llamadas ni mensajes. Y es que de cierta manera, él también se estaba deshaciendo de mí.

Ahora, en su vida, yo sobraba y nuevamente volvía a ser ese callejerito que nadie quiere a su lado. Un perrito que abandonaron porque les estorbaba.

– Eres importante para mí… – Esa voz me sacó de mis pensamientos. Entonces fui consciente de que estábamos en un estacionamiento, no el mismo del departamento de su hermano, pero se le parecía. – Debes ser fuerte Ariel, por ti. De lo demás, yo me encargo.

– ¡Esta bien! – Le dije, mientras limpiaba mi rostro con las mangas de mi sudadera.

– Tu eres mío… mío y de nadie más. – Creí que me besaría, como cada vez que dice que soy suyo, pero hiso algo mejor, me abrazó reconfortador que me hiso sentir seguro.

 

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