Capitulo 35: Luna Nueva Visible

Apunta a la luna. Si fallas, puedes golpear una estrella.

No sabía que Damián trabajaba en un casino y mucho menos que él y sus hermanos eran los dueños del mismo. Pero en cuanto llegamos, Deviant se me fue encima, sin que nadie, ni siquiera Damián, pudiera evitarlo y me dio un recorrido por todo el lugar.

Su actitud era distinta a la de la primera vez, era más amable y me hizo sentir muy bien. Damián le había comentado lo de James y él también me dijo que no debía hacerle caso, que quizá estaba un poco celoso, pero que se le parecía después.

Después, él y Damián se llevaron a un lugar a parte a James, mientras yo me quedaba con Han. Debo decir, que de todos, creo que es el que más me agrada. Es súper amable y muy gracioso, se preocupa por todos y nadie parece valorar su esfuerzo, pero él está feliz.

No me cabe duda que ama a Deviant, la forma en la que lo mira y que no pierde el mínimo detalle de él, lo atento y paciente que se muestra, a pesar de que complacer a Deviant o al propio Damián, no es nada sencillo.

– ¿Y qué tal Sibiu? ¿Te gusta?

– ¡Oh, sí! ¡Me encanta! – Él me sonríe y asiente. – Me gusta mucho el clima y el paisaje… – Agrego. – La gente también es muy amable.

– ¿Así que es amable? – Insiste y me sonríe con cierta complicidad. Su comentario me hace enrojecer y al darse cuenta, se ríe con fuerza y pasa una de sus manos despeinando mi cabello. – No pude evitarlo… – Confiesa. – Hay algunas cosas que me intrigan…

– ¿Qué cosas…?

– Bueno… ¿Cómo es que puedes estar tan tranquilo a su lado? Él realmente asusta… – La forma en la que dice eso ultimo me hace reír.

– No estoy tranquilo a su lado… al contrario. – Me atrevo a decirle. – Damián me pone muy nervioso, pero todo es peor cuando no está conmigo… entonces, realmente pierdo el control.

– Es la primera vez que lo vemos comportarse de esa manera con alguien…

– Él también es mi primera vez en muchas cosas…

– Entonces…Damián es muy afortunado. – Dice él intentando alagarme.

– No me importa ser su primera vez… pero me encantaría ser el último. – Han aparta la mirada de mí y la posa en alguna de las mesas que están frente a nosotros. Comprendo que él no pueda darme la seguridad que busco…supongo que es una cuestión de tiempo.

– Ariel…

– ¡Esta bien! – Le digo para calmarlo. – Que dure lo que tenga durar… Estoy dispuesto a todo, incluso hasta a pagar el precio de mis decisiones, por muy elevado que sea.

– Eres muy valiente…

– O muy tonto. – Le debato y él niega de inmediato con la cabeza.

Bien pudimos habernos enfrascado en una amena platica, pero en ese momento, dos personas más entraron a la sala en la que estábamos. El primero me resultó conocido, y al tenerlo más de cerca pude distinguirlo, era Samko.

Pero detrás de él venía un hombre de quien simplemente no pude apartar la vista.

– ¡Estás aquí! – Dijo en cuanto me vio y casi tuvo la misma reacción que su hermano, quizá era cosa de rubios, eso de ser tan efusivos. – ¡Mira Lusso! Es el niño del que te hablaba… – El aludido caminó lento detrás de Samko y yo no perdí detalle de su andar tan lleno de gracia, la ropa le lucia muy bien y tenía “algo” que no sabría cómo explicar pero que me resultó demasiado atractivo.

– ¡Hola! Mi nombre es Gianmarco… – Dijo con un exquisito e inconfundible acento francés. Se detuvo justo enfrente de mí y me beso en ambas mejillas.

Eso fue más de lo que pude soportar. Sentí que el rostro me ardía e inconsciente me llevé las manos a cada una de mis mejillas, donde él me había besado.

– Se ha avergonzado… – Dijo Samko y mi vergüenza aumento.

– No te equivocaste, vida… ¡Es adorable!

– Yo que tú me alejo… – Dijo Han, pero el anuncio ya había llegado tarde, Damián se colocó detrás de mí y lo empujó.

– ¡Tranquilo! Que solo lo he saludado… –Dijo el con las manos en alto en señal de rendición.

– ¡No me importa! No te quiero volver a ver cerca de él…

– Damián… pero si solo… – Intenté aclararle, pero él lo tomó a mal y encarándome me miró de una forma que no me gusto, y que me hizo sentir mal.

– ¿Ahora vas a defenderlo?

– Solo fue un saludo… – Le aclaré, aunque sin mucha convicción. Los demás solo nos miraban en silencio, como si tales arrebatos no les resultaran nada nuevo. Pero para mí si lo eran, y me avergonzaba que me gritara delante de ellos.

– ¿Y para saludarte te tiene que besar? – Volvió a gritar.

– ¿Y solo porque a ti no te parece la idea, entonces está mal?

– ¡No me grites! – Me regañó.

– ¡No, tu no me grites! – Le rebatí. – Si no quieres que le gente, ni tus amistades me saluden entonces, no me hubieras traído y nos evitábamos todo esto…

Damián se limitó a darme la espalda y tomó del brazo a Samko y lo arrastró a un sitio aparte, lejos de nosotros, Deviant lo siguió y Gianmarco les hiso segundo.

– ¡Lo lamento! – Dijo antes de irse. – No pensé que él reaccionaria de ese modo…

– Soy yo el que lo lamenta… – Me disculpe. – Pero puedes saludarme cuando quieras, él no es mi dueño… – Solo asintió y después los siguió, yo me di la vuelta en mi asiento para recargarme sobre la barra. Y en ese momento James se acercó, al principio creí que seguiría molestándome o se burlaría de mí, pero contrario a eso, me acercó un vaso con agua.

– No debiste mirarlo de esa manera… – Dijo.

– ¿Mirar a quién?

– A él… – Disimuladamente señaló al que acababa de irse. – Es obvio que le moleste que muestres interés por cualquier otro. Y más si dejas que se te acerque tanto…

– Eso no tiene sentido… No hice nada malo.

– ¡Lo sabemos Ariel! – Intervino Han. – Damián es así…

– Pues es ridículo…

– Es lo que hay… – Agregó James. – Tomalo o dejalo… pero decídelo de una buena vez. Mientras más rápido te largues de su vida, será mejor para todos.

– James… – No sé qué tenía este contra mí, pero sabía lastimarme.

– Si sabes que yo no tengo la culpa de las cosas malas que suceden… – Lo encaré. – No intentes desquitarte conmigo, porque te aseguro que ahora no estoy de humor.

– ¿Ahora te sientes especial? – En un movimiento rápido me apartó de las manos el vaso que me había dado, obligándome a mirarme. – Igual va a dejarte cuando se arte de ti…– Ese tipo de palabras siempre dolían, sobre todo cuando las decían con tanta frialdad. Como siempre, no pude responder nada ante esa declaración, era así, la gente siempre terminaba abandonándome ¿Por qué tenía que ser distinto en el caso de Damián? Sentí el peso de la desilusión aplastarme y me rendí mucho antes de haber peleado.

– Adiós, Han… – Me despedí mientras me bajaba de silla.

– Ari, no tienes que irte… – Le escuché decir, pero no me detuve. – Lo siguiente que escuché es que Han le hablaba a Damián y que a su vez el me llamaba a mí. Y sin embargo, solo apresuré mis pasos, para llegar a la puerta.

– ¡Ariel! – Le escuché más cerca, pero me concentré en averiguar cómo abrir esa puerta. – ¡Te estoy hablando! – Dijo mientras me sujetaba del brazo y me apartaba de la puerta. – ¿Ariel? – Sus manos intentaron tocar mi rostro pero se lo impedí.

– ¡Quiero irme a mi casa!

– ¿Qué fue lo que pasó? – Preguntó, intentando de nuevo acercarse, pero conforme él avanzaba yo retrocedía.

– ¿Y eres tú quien lo pregunta? – Le reproché. – ¡No quiero estar aquí!

– Si es por lo de hace rato…

– ¡No me importa! ¡Quiero irme! – Damián se veía molesto pero yo también lo estaba, en este momento nada me importaba.

– No puedo llevarte ahora…

– No necesito que lo hagas, tomaré un Taxi… – Hice gesto de ir hacía la puerta, pero de nuevo me alejo.

– ¡No vas a irte solo y menos a tu casa! – Gritó.

– ¡Suéltame! – Exigí, pues él mantenía en alto mi mano sujetándome por la muñeca y me lastimaba por la fuerza con la que me apretaba. – Me haces daño… ¡Suéltame! – Como pude me arrebaté de él.

– ¿A qué vas? ¿Quieres que tu padre vuelva a golpearte?

– Yo no me meto en tus asuntos, así que déjame a mí resolver los míos…– Debí suponer que decirle algo así lo haría enfadar aún más. O que me empujaría contra la puerta para intentar intimidarme, debí suponer que dolería en mi espalda o que iba a dejarme sin aliento. Pero no lo hice y cuando todo pasó demasiado rápido, me sentí aturdido.

– ¿Quién te crees que eres para hablarme de esa manera? – Me gritó en la cara.

– Tal vez te funcione con todos los demás… ¡Pero yo no te tengo miedo! – Lo enfrenté. – Y deja de gritarme…

– Si quieres irte, entonces… ¡Largo!

DAMIÁN

Tecleé los números del seguro y cuando la puerta se abrió lo empujé fuera.

– No te voy a rogar para que te quedes…

– No estoy esperando que lo hagas… – Ariel me había mirado dolido, triste, y tambien feliz. Pero enojado… esta era la primera vez. Y verlo tan deseoso de irse de mi lado, me dejó un vacío que dolía. Sobre todo al verlo alejarse con tanta suficiencia.

– ¡VUELVE AQUÍ, AHORA MISMO! – Le dije desde la puerta, pero ni siquiera se tomó la molestia de voltear a verme.

Gruñí con impotencia. Una parte de mí tenía unas inmensas ganas de tomarlo por su fino con más fuerza de la necesaria o de sacudirlo para hacerlo entrar en razón, y la otra se preocupaba de que algo malo pudiera pasarle.

– Damián… – La voz de Deviant detrás de mí me sacó de batalla interna. Lo encaré y busqué las llaves de su auto en su cazadora.

– Pídele a todos tus santos que me den paciencia, porque si me dan fuerza lo  voy a matar… – Le dije y él asintió.

No perdí más tiempo y fui tras él.

JAMES

– No debiste decirle eso… – Me dijo de manera acusadora Han, distrayéndome de la toda esa escena que miré atónito desde mi lugar privilegiado.

– No creí que le afectaría tanto… – Reconocí, sintiéndome un poco mal, pero solo un poco. – ¿Lo viste? ¿Alguno de nosotros lo hemos enfrentado de esa manera?

– De haberlo hecho estaríamos muertos y enterrados en vez de aquí…

– ¡Es gracioso! – Reconocí. – Damián batallando con un chiquillo que pese a lo que pudiera parecer, es muy valiente…

– ¡Creí que iba a golpearlo!

– ¡Yo también! – Aseguré. – Pero esta tan chiquito que ni siquiera han de doler sus golpes…

– ¿De qué hablas? – Me cuestionó Han. – Yo me refería a que Damián iba a golpearlo.

– ¡No! – Intervino Deviant – En ningún momento lo intentó, ni siquiera lo pensó…

– ¿Cómo lo sabes?

– Mantuvo sus manos lejos de él, aun cuando lo sujetó lo hizo con cuidado… – Le aclaré. – Cuando el enfrenta a la gente mantiene sus brazos por delante, de esa manera puede golpear o protegerse, pero con Ariel, se mantuvo expuesto todo el tiempo.

– Y lo peor de todo es que fue tras de él… ¿no se supone que eso jamás se hace?  – Asentí a las palabras de Deviant.

Estábamos en eso, cuando uno de los trabajadores entró diciendo que Damián había mandado a llamar a Han al estacionamiento, porque Ariel se negaba a ir con él.

HAN

Nos reímos en cuanto nos enteramos.

Ari al parecer era tan o más terco que el mismísimo Damián. Cuando llegué al estacionamiento Damián luchaba por hacerlo entrar al auto de Deviant, y el niño se negaba de manera rotunda.

– ¿Por qué eres tan terco? – Le cuestionó con impotencia y ya parecía que iba a arrancarse los cabellos por la fuerza en la que se pasaba las manos por la cabeza, pero lo mejor de todo fue cuando Ariel le dio la espalda.

– ¿Qué sucede? – Pregunté haciendo acto de presencia.

– ¿Puedes llevarlo a su casa?

– ¡Claro! ¡Vamos Ari! – Le dije mientras le extendía mi mano. – Mi auto esta justo ahí… – Él rodeó a Damián como si se tratara de un simple poste y vino junto a mí. Le abrí la puerta del copiloto, mientras yo iba de mi lado.

Ariel se metió y cuando iba a cerrar la portezuela, Damián lo detuvo.

– ¿No vas a despedirte de mí? – Tuve que mirar para otro lado para disimular mi sonrisa, ahora era otro Damián, uno que se mostraba demasiado abatido porque el niño lo ignoraba. – Ari… – Le insistió.

– Puedes tomar la calle principal… y de ahí todo derecho. – Me dijo Ariel y yo asentí de inmediato, dando marcha al auto, únicamente a la esperaba de que Damián cerrara la puerta.

– Iré a verte más tarde… y resolveremos esto. – Anunció y finalmente se rindió.

Pude verlo por el retrovisor, estaba irreconocible.

Ya una vez fuera del estacionamiento Ari se deshizo de su fortaleza, se tallaba la muñeca, justamente donde Damián le había sostenido y que ahora tenía una marca rojiza.

– ¿Te hizo daño?

– ¡Estoy bien!  – Se limitó a responder.

El resto del recorrido lo hicimos en silencio, él parecía muy abatido, pero no me atreví a preguntarle los motivos. Su casa resulto ser de las ultimas, una residencia muy bonita y de estilo clásico.

Con jardines enormes alrededor y ventanales de cristal.

Pero aunque me estacioné donde me indicó, no parecía querer bajarse. Y únicamente miraba por la ventanilla en dirección a la casa.

– ¿Qué sucede Ariel?

– ¡N-nada! Yo… gracias por traerme. – Hizo gesto de abrir la puerta, pero no se lo permití. – ¿por qué? – Me cuestionó asustado.

– ¿Es cierto eso de que tu padre te golpeo? – Él se limitó a inclinar la mirada. – ¿Lo hace siempre?

– ¡No! – Se apresuró a negar. – Él no es una mala persona, y solo fue una bofetada… aquí… – Me señaló su mejilla derecha. – Ya ni siquiera se nota.

– Eso no cambia el hecho de que no debería golpearte…

– ¡Me tengo que ir!

– Espera… – Lo detuve de nuevo.

– Puedo llevarte a otro lado… – Sugerí. – No lo sé, tal vez con un amigo.

– No, Han… no es necesario.

– Pero… ¿y si lo vuelve a hacer?

– Fue la primera vez… y quizá me lo merecía. Pero no te preocupes, al parecer ya no está.

– Puede volver. – Ariel se limitó a negar.

– No es algo de lo que me guste hablar, pero creo que no me vas a dejar bajar si no te lo digo… – Explicó. – Vivo con mis abuelos, puedes preguntarle a Damián si no me crees. A mi papá no lo veía desde que me mudé con ellos. Vino de visita, pero de seguro ya se fue y ni siquiera sé si va a volver o aunque sea a llamar. Sin contar a mis abuelos, mi familia no es como la tuya, ustedes pese a todo, se tienen mutuamente, yo no tengo a nadie y en algunos años más, mis abuelos dependerán de mí. Pero por ahora, ellos son todo lo que poseo.

– ¿Y tu madre?

– En Florida con su novio… – Intentó sonar casual pero todo en él cambió, delatando cuanto le dolía. – A ella no le importo, pero está bien, puedo vivir con ello y aun así, la amo. – Me quedé sin palabras, juraba que su vida era perfecta, que solo cosas buenas le pasaban, pero que equivocado estaba. – ¿Por qué me miras de ese modo?

– Lo siento… no quise incomodarte. – Me disculpe. – Es solo que…

– Bueno… Damián no es el único que esconde cosas. – Agregó y como si no hubiera dicho nada de lo anterior, me sonrió de esa manera tan suya, como si realmente fuera feliz. Sentí que mi cuerpo se erizo al verle hacer eso. – ¡Adiós Han! – Me dijo mientras bajaba. – ¿Puedo pedirte un último favor? – Agregó antes de cerrar la puerta.

– ¿De qué se trata?

– Sobre lo que te dije… preferiría que él no se enterara.

Simplemente asentí y él volvió a sonreírme. Después de cerrar la puerta, se encaminó a la casa, una mujer mayor salió a recibirlo, supuse que se trataba de su abuela, porque de inmediato lo abrazó y él se dejó hacer.

ARIEL

No soy un estúpido, aun si lo parece.

A veces peco de tonto pero en general es algo genuino y espontaneo. No me propongo ser el “hazme reír” de la gente. Ni mucho menos ir llorando por las esquinas causando lastima. Tampoco se trata de como dijo Damián; que este acostumbrado a ceder ante los demás, aunque no voy a negar que ante ciertas personas me cuesta un poco decir “no”. Tampoco es que este acostumbrado a asentir y callar con resignación, pero… ¡vamos! Quien soy yo para contradecir lo que los demás quieran pensar sobre mí. Estoy cansado, en verdad arto de tener que conciliar con todos o en su defecto, declararle la guerra al mundo. Siempre debatiéndome a muerte, por lo menos, emocionalmente, con tal de ganarme un sitio a lado de los demás.

Lo hice muchos años, pero ya no más.

No me importa estar en evidencia… si me duele, pues muele. ¿Cuál es el problema? ¿Acaso no todos tenemos días malos? Pero los demostrare cuando y de la manera que quiero.

Siendo un poco positivo, puedo alardear sobre mi experiencia. En un mes cumpliré un año de vivir de esta manera… ¿Qué si ha sido duro? ¡Claro! Hay días que realmente me siento vencido. Días en los que dar una mirada hacia atrás es hundirme en tierras movedizas. Volver a un punto en que me sentía tan miserable, porque aunque mi familia estaba muy lejos de ser perfecta, por lo menos la tenía, y representaba un consuelo para mí, y cuando todo termino me quedé al aire, como una hoja al viento. Siendo de todos y de nadie al mismo tiempo.

Ya no era el adorable hijo de Brooke que heredó el mismo color de ojos que su madre, ni el orgullo de Evan, el chiquillo que limpiaba el auto de su padre cada que él se lo pedía, así fuera cuando el sol estuviera en lo más alto y el calor resultara insoportable.

Porqué Ariel con tal de ser un buen hijo, no iba a desobedecer. Él iba a ganarse cada gramo del amor que sus padres le tenían.

Hice todo lo que ellos me pidieron, me senté derecho para que no me creciera una joroba en la espalda, no recargaba los codos en la mesa y comía con más cubiertos de los que necesitaba, no hablaba mientras masticaba y se me obligó a aprender todos y cada uno de los modales que la gente que no era de nuestra clase, tenia. Todo para no dejar en ridículo a mis padres cuando sus jefes o amigos con más dinero, los invitaran a comer. No me tiraba al suelo para jugar como lo hacían los demás niños, con tal de no ensuciar mi ropa, ni rayar las medias que tanto calor me daban. Me comía todas las verduras aun si las detestaba. Nunca hice berrinches y pedía permiso para hablar, no interrumpía las pláticas de los adultos y no tocaba ninguno de los adornos curiosos que había en las casas de los amigos de mis padres, por mucho que me llamaran la atención. Tomé clases de idiomas para complacer a mi madre y deportes para que papá estuviera agusto. Todo lo hice sin descuidar las artes, que era lo que a mí me interesaba.

Y sin importar cuanto me esforcé, igual se fueron… Me dejaron en la primera oportunidad que se les presento. Y aunque me sentí perdido, también comprendí que había estado preso en la jaula simbólica de su idea de lo que un “hijo perfecto” debía ser. Y que al irse ellos, quedó abierta que para que yo volara.

Por primera vez supe lo es que ser libre y mirar las cosas sin prejuicios.

Damián fue mi primera elección, el que me tentó a pararme en la puerta de esa jaula y echar un vistazo de todo lo que había afuera y que solo había curioseado desde el otro lado de mis barrotes.

Pero ni siquiera a él, estoy dispuesto a permitirle que me haga pasar humillaciones públicas, o que me diga con quien sí puedo hablar, o quien puede saludarme y de qué manera debo hacerlo.

Estaba resuelto a mantenerme firme con respecto a cómo merezco ser tratado. Y no daría marcha atrás, porque mucho que Damián me guste o aún por todo el amor que siento por mi padre. Es mi vida, mi decisión.

Pero ahora iba a tomarme un descanso, ya después retomaría la batalla, ahora mismo solo quería ser un mar de lágrimas en los brazos amorosos de mi abuela.

SUSAN

Dicen que las abuelas aman más a sus nietos de lo que alguna vez amaron a sus hijos. Por años me negué a creerlo.

Solía decir que mi hijo, era justamente eso… “mi hijo”. Que nadie lograría opacar el lugar que tenía en mi vida. Entonces paso todo esto y Ariel viajó hasta aquí, para vivir con nosotros.

Tal vez porque ahora soy vieja y los sentimientos me ganan, porque su padre hace más de quince años que no nos visita y muy esporádicamente llama, o quizá sea porque él suele sonreír mucho y de esa manera nos hace más felices, pero mi viejito y yo, concordamos en que Ariel, es lo mejor que nos ha pasado en la vida.

Me duele tanto constatar lo mucho que sus padres lo han herido, tenerlo ahora en mi regazo simplemente acariciando su espalda porque no me alcanzan las palabras para disculparme con él por el padre que le forme mientras llora desconsolado.

Veo sus manos que se aferran con fuerza a mi abrigo y recuerdo sus manitas de bebé, la primera vez que lo vi. Se veía tan hermoso con sus mejillitas rojas y su cabello parado y rebelde. Sus ojitos enormes y vivaces admiraban atentamente todo lo que había alrededor. O el tiempo en el que se sujetaba a mí cuando apenas aprendía a caminar.

Y ahora, ver lo mucho que las cosas han cambiado y que yo ya no puedo sostenerlo como cuando era un bebé. Que las fuerzas no me alcanzan para apartar todo esa amargura de su alma.

Pero lo intento, de alguna quiero que sepa que estoy aquí para él.

DAVID

Últimamente las fuerzas no me dan para mucho, el ser ciego me lo dificultad aún más. El sentimiento de sentirme inútil se ha comenzado a apoderar con frecuencia de mí, pero una cosa es sentir que eres inútil y otra muy distinta darte de que en verdad lo eres.

En nuestra casa siempre hay mucho silencio, salvo cuando esta mi nieto, entonces la casa es una melodía incesante de risas que no paran hasta que el estómago duele.

Pero hoy no fue así. Fue el griterío en la sala por parte de mi hijo lo que me obligó a levantarme y salir para enterarme de qué era lo que sucedía.

– ¡Ya papá! ¡Por favor, para…! – Gritó mi nieto y en ese momento deseé como nunca, desde que perdí la vista, poder ver. Saber que era lo que estaba pasando. – ¡Me duele! ¡Por favor! ¡Para! ¡Para!

Sus gritos me retumban en la cabeza y se repetían una y otra vez sin pausa, Susan se abrazó a mí en ese momento y la mujer fuerte e impositiva que siempre solía ser, no estaba, llorando me dijo que Evan tenía a Ariel contra la esquina principal de la casa y que le estaba pegando con su cinturón.

– Dile que pare… va a lastimarlo. – Me suplicaba.

– ¡No hay putos en mi familia! – Gritó Evan y más golpes se escucharon. – ¿Así que lo quieres… es eso lo que te enseñé? – Todo cuadró en mi mente, y me llené de furia.

Conocía cada rincón de esta casa a la perfección, aparté a Susan y caminé hacia el mueble del teléfono que estaba de mi lado derecho, debajo de los discos había un comportamiento en el que guardaba un revólver pequeño, era muy antiguo, tanto como nosotros. Lo saqué y jalé el percutor, quitando el trinquete sujetador y amartille hasta el final, sin pensarlo dos veces, detoné en dos ocasiones contra el piso.

– ¡Alejate de mi nieto! – Le ordené. – O me va a importar muy poco que tú seas mi hijo. – Se hizo un silencio agudo, los gritos de Evan habían cesado, pero el llanto de mi nieto aún se escuchaba. – ¡Ven Ariel! – Le dije manteniendo el arma al frente, pero extendiendo mi mano libre para que la tomara. No tuve que repetírselo, vino conmigo y a su vez, yo se lo entregué a su abuela.

– ¡Baja esa pistola padre!

– El único puto en esta casa… eres tú. – Le dije haciendo caso omiso de lo que había dicho. – Ni siquiera supiste buscarle una buena madre a mi nieto y tú eres el peor de los padres al pegarle. Ariel ya no es un niño… Por si no te has dado cuenta, ya es un hombre al que no puedes venir simplemente y pegarle.

– ¿Cuál hombre? ¿Acaso no lo escuchaste decir que le gusta ese delincuente?

– Su nombre es Damián y tu madre y yo lo aprobamos y sobre todo, apoyamos la decisión que Ariel tome.

– ¿Cómo le solapas algo tan repugnante como eso?

– Te dejé vivir tu vida como mejor quisiste y pese a tus errores jamás te puse una mano encima para herirte. Ariel ya tiene edad para decidir por el mismo lo que le gusta y lo que no… si no puedes soportarlo, toma tus cosas y vete de mi casa. – Le dije con seguridad. – Pero a mi nieto no lo vuelves a tocar.

Eso fue todo lo que pude hacer, después, me volví a sentir mal.

Ni siquiera pude consolar a Ariel, quien finalmente salió de la casa porque Evan se rehusó a irse. Dijo que su vuelo salía hasta en la madrugada y que no pagaría un hotel.

Susan se encerró conmigo en la habitación. Pero antes preparó algunos emparedados y los guardó en la mochila de Ariel, junto con jugos y agua natural. Le puso también una manta y lo dejo ir.

Me dijo que no debía preocuparme, que él había hecho una cuevita en el otro terreno, después del segundo riachuelo y que ahí estaría bien. También me dijo que confiaba en que Damián vendría y que él cuidaría de Ariel.

Cuando por fin cuando pudimos estar a solas, lloramos como el par de viejos sensibleros que éramos. Ella estaba tan dolida y yo me sentía impotente, un inútil por no haber hecho algo más.

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