Capítulo 36: Cuarto Creciente

Hay noches en que los lobos están en silencio y aúlla la luna.

DAMIÁN

Cuando volví dentro James y Gianmarco se despedazaban. No tenía que ser muy listo para saber cuál era el motivo, ambos tenían la mira en la misma presa, con la única diferencia que James la perseguía y Gianmarco solo la protegía.

Deviant intentaba separarlos, pero no iba a negar que se notaba a leguas de distancia de qué lado de la balanza se inclinaba. Pues su intento de mediar, se iba más por proteger a James y dejar que este golpeara a sus anchas a Gianmarco. Mientras Samko, arrodillado en el piso se sostenía la frente con ambas manos.

– ¿Qué te paso? – Me acerqué a preguntarle. Sangraba, y aunque no era de gravedad, él era demasiado nervioso para esas cosas.

Apenas y si pudo señalar un vaso de cristal que estaba cerca de él, ahora roto en pedazos. Lo ayudé a incorporarse y lo llevé hasta uno de los sillones acojinados. – Dame un momento… – Le pedí y fui hasta donde los otros se mataban.

A Deviant lo halé por el cuello de su camisa y lo empujé, apartándolo de ellos.

– Damián… – Intentó rebatir.

– ¡Te callas! – Le grité, mientras con una seña le ordenaba que se mantuviera lejos. – Ahora sí… ¡Mátense! – Les dije a los otros dos, que al ver como separa a Deviant de ellos, se habían detenido. – ¡Vamos! Era eso lo que querían… ¿no? – Les grité, ellos solo se miraban con odio y después me miraban a mí. Gianmarco bajó la mirada en señal de rendición, por supuesto que no le pegaría estando yo delante de ellos. – James… ¿qué se le hace a las personas débiles…? – No mencionó palabra, pero le dio un puñetazo en el rostro a Gianmarco como respuesta, quien al estar mirando al piso, no lo vio venir y terminó justo ahí, en el piso.

Soy una persona muy compresiva, por eso me había propuesto no golpear a mis hermanos en el rostro, al menos, no con fuerza, pues de esto vivimos, pero no había problema si les pegaba en el estómago, a menos que vayan por la vida enseñándolo. James no era de esos, por eso, yo también le di un puñetazo que le hizo doblarse de dolor y arrodillarse, justo alado de Gianmarco. – ¿Qué te dicho sobre respetar a las personas mayores? ¡Él casi es un anciano a tu lado!– Le reprendí. – Ahora escúchenme muy bien los dos, porque no voy a repetirlo. Estoy teniendo un muy mal día… como para encima de todo, tener que verlos pelear como perros callejeros y “montoneros”. – Dije eso último por Deviant. – Si vuelves a ponerle una mano encima a mi hermano, te quiebro ambas… – Me dirigí a Gianmarco en tono amenazante. Quien únicamente se cubría la mejilla con la mano. – Y sí tú vuelves a meterte con él, te meto a un orfanato… – Le dije a James.

– Ya es mayor edad… – Me interrumpió Deviant. – Ya no lo van a aceptar.

– ¡Me vale! Mando a construir uno y lo encierro ahí y a ti con él como vuelvas a interrumpirme. – Grité. – Y saben perfectamente que si lo hago. Así que no me hagan enojar…

Sujeté a James del brazo y casi lo arrastré hasta donde Samko. – ¡Disculpate! – Ordené.

– ¡Lo siento! – Dijo de inmediato Sam. – ¡Lo lamento mucho!

– ¡No tú! – Le aclaré. – Es él quien va disculparse…

– ¿Yo porqué…? Si fue él…

– ¡QUE TE DISCULPES DIJE! – Lo sacudí con fuerza, de tal forma que terminó mareado y de nuevo en el piso. Samko lloraba y eso pareció ablandar un poco la obstinación de James.

– ¡Lo siento! – Dijo mordiéndose la lengua, si alguien podía ser tan orgulloso, ese sin duda era James.

– Como no te disculpaste con sinceridad ahora vas abrazarlo. – Exigí.

– Damián…

– ¡No me discutas y lo abrazas!

HAN

Cuando entré al casino, me llevé una gran sorpresa.

Gianmarco estaba en el piso casi hecho mierda. Más atrás, en una de las sillas altas estaba Deviant sentado en una extraña mezcla entre conmovido y emputado. Pero lo que captó mi atención, fue ver a un imponente y encabronado Damián ordenándole a James, quien estaba arrodillado en el piso, que abrazara a Samko, quien por cierto sangraba y lloraba.

Fue una escena digna de fotografiar.

Al principio James se negó, pero terminó cediendo y como no, si tenía a Damián justo al lado de él. Pero lo que empezó como un abrazo forzado e incómodo, terminó en un vencido James rodeando con fuerza a Samko, mientras escondía su rostro en el hombro del menor para que no lo viéramos llorar, que Sam llorara no era nada raro, creo que incluso estábamos acostumbrados a verlo casi todo el tiempo de ese modo. Pero no por ello fue menos conmovedor.

Creo que siempre voy a cuestionar los métodos de Damián para resolver las cosas, porque él primero tiene que golpear a medio mundo, pero no voy a negar que sus resultados sean los esperados. Y al final, también son justos.

– Son hermanos y de aquí en adelante se van a comportar con tal… No quiero enterarme que nuevamente tienen malentendidos, porque entonces tendrán problemas conmigo. – Fue lo último que dijo antes de percatarse de mí presencia. – ¿Qué sucede? ¿Ariel está bien? – La sola mención de su nombre, me recordó lo que el niño me había dicho cuando llegamos a su casa. Y mi preocupación por él, volvió.

Damián vino hacía mí a paso rápido y juro por mi vida que me aterra cuando me mira tan fijamente. Hay algo en él que me parece tan anormal, poco humano. No sé cómo explicarlo, quizá todo es producto de las muchas veces que me ha golpeado y por eso mi cuerpo reacciona por si solo cuando lo siento cerca. Como mi instinto de supervivencia clamando por ayuda.

– Ariel… sí – Intenté decirle, mientras retrocedía.

– Han, no voy a hacerte nada, solo quiero saber si llegó bien… – Lo dijo como si yo estuviera exagerando las cosas, pero con él nunca se sabe. Sin embargo, no quería quedar como un blandengue delante de Deviant.

– ¡Llegó bien! – Aseguré y Damián asintió. Tal vez no debería decirle, pero me preocupaba que Ariel pudiera estar mal. – Pero… – Empecé y él, que ya me había dado la espalda, me devolvió su atención. – Cuando llegamos a su casa, no se quería bajar, le dije que podía llevarlo a otro lado, pero al final decidió quedarse…

– ¿Había un coche negro en el pórtico? – Me preguntó alarmado.

– ¡No, no había nada! – Respondí. – Pero justo antes de dar la vuelta para la desviación hacia la zona alta, me crucé con uno que iba hacía allá, era una pareja… me fije porque él tipo venia distraído y casi chocamos.

– Es él… – Dijo Damián. – ¡Acompañame!

Hice lo que me pidió sin pedir explicaciones. Aun así, él me contó en el camino lo que lo que había sucedido con el padre de Ariel.

Por un momento pensé que no debí decirle, lo último que quería era que se enfrascara en una pelea con ese hombre.

– Solo quiero asegurarme de que Ariel este bien… – Me aseguró. – Y si no, pues él carro será útil para que podamos sacar sus cosas.

– ¡Ah, no…! – Dije mientras frenaba. – No te lo puedes robar.

– No voy a robármelo idiota, pero tampoco voy a dejarlo ahí, si corre peligro. – Bueno, eso no podía discutírselo.

– Pero él está molesto contigo, de seguro no querrá vernos… – Agregué.

– No está molesto… – Me aclaró. – solo es su manera de decirme que la cague. Cuando Ariel se enoje de verdad, debes correr y esconderte, porque si te atrapa va apuñarte con lo primero que tenga a la mano. – Pensé que lo decía de broma, pero la seriedad en su rostro me hizo desechar la idea y cuestionarme quien era realmente Ariel.

Cuando llegamos a la casa, el auto negro no estaba, pero la mujer mayor se encontraba en el patio y fue a Damián en cuanto lo distinguió. Se refugió en él mientras lloraba, como si lo conociera de toda la vida y por si eso fuera poco, Damián la rodeó en un abrazo que incluso a mí me dio celos.

¿Qué era todo esto? Y ¿Quiénes eran estas personas que podían influir tanto en él?

 Resultó que el nombre de la mujer era Susan y llorando nos relató todo lo que había sucedido. Incluso que aunque el padre de Ariel no estaba, volvería, porque únicamente se había ido a comer.

– ¿Cómo esta David? – Preguntó Damián. Y en ese momento pude distinguir el esfuerzo sobrehumano que estaba haciendo para no salir ahora mismo a buscar a ese tal Evan y no precisamente para charlar.

– Se tomó su medicamento y al poco rato se quedó dormido, por eso salí…

– ¿Y Ariel?

– Se ha ido al bosque, ya sabes dónde…

DAMIÁN

Había una razón por la cual evitaba a toda costa sentir algo más profundo por alguien. Cuando lo conocí, olvide esa razón por completo o mejor dicho, decidí ignorarla, me dejé llevar pensando que nada malo podría pasar.

Pero estaba equivocado.

Al igual que con mis hermanos, lo sentía como una parte de mí, pero no solo una extensión. Si no más bien, como una necesidad imperiosa, algo sin lo que no podría seguir, al menos, no de la misma manera como lo había hecho hasta ahora. No sé cómo explicarlo.

Como hombre, él representa mi lado más humano, lo único bueno y puro que queda de mi alma podrida. Mi fuerza y mi debilidad. El anhelo más grande que alguna vez he sentido por alguien. Como bestia, representaba mi deseo carnal y de su sangre, la mayor ofensa a mis años vividos, todas y cada una de mis perversiones, mi instinto de matar por el simple hecho de que me gusta hacerlo, mi pecado más arraigado.

Mi lobo por su parte, aun lucha entre el hombre y la bestia, pero cuando Ariel está cerca, dormita tranquilo y sosegado. Sin embargo, cuando llora o algo le inquieta, mi lobo se entera mucho antes que yo, y casi destroza mis entrañas en su ansiedad por ir en su ayuda.

Justo como ahora.

No pedí permiso para pasar ni me despedí de Han, mi cuerpo y mi mente estaban prestos a buscarle. Mis pies corrían sin que yo pudiera controlarlos y me esforcé porque el cambio que sentía venir no se realizara, trasmutar ahora no era seguro para nadie. Pero el temblor en mis manos y el frenesí de mi respiración anunciaban mi conversión.

Me detenía ahora o me esforzaba por llegar a su lado, tenía su guarida a la vista. Opté por lo segundo, Ariel era mi complemento, de eso estaba convencido. Si llegaba con él, todo estaría bien.

Cuando llegué a la cueva, la rodeé y entré a la misma velocidad con la que había corrido desde el principio. Así que terminé estrellándome con la mesita pequeña y tirando todo lo que había en ella. Ariel estaba debajo de sus edredones, pero al escuchar el ruido se descubrió el rostro asustado.

No perdí tiempo en recoger mi reguero, fui hasta donde él, quería abrazarlo, pero Ariel se abrazó a su sabana cubriéndose el cuerpo. Todo en él delataba que había llorado, que hasta hace unos segundos atrás, lo hacía. Pero volvió a adoptar la misma postura indiferente de cuando estuvimos en el estacionamiento.

– ¿Qué haces aquí? – Preguntó con fingida apatía.

– Solo pasaba…

– ¡Ya! Pues será mejor que te vayas…– Agregó cortante.

– Y si mejor dejamos de mentirnos y vienes a mis brazos. – Le debatí. – Así no tengo que fingir que simplemente pasaba por aquí, cuando en realidad, única y exclusivamente vengo a verte, y tú dejas de esforzarte tanto en correrme cuando la verdad es que quieres que me quede.

– ¡No Damián! Hoy quiero mentirme todo lo que sea posible…

– Pues como quieras, pero te advierto de una vez que no planeo irme.  – Aseguré. – Y cuando quieras que te abrace, voy a estar aquí, esperándote…

Le di su espacio y me senté al otro extremo de esa cama tan pequeña. Él ya no insistió en que me fuera, sino que simplemente se quedó con la vista fija en la nada. No entendía porque disimulaba en mí delante, su olor era la evidencia de que la estaba pasando mal, pero se negaba a aceptarlo y fingía que nada ocurría. – Si quieres nos besamos… – Sugerí, la verdad es que no soportaba este silencio. Quería apoyarlo, pero él me estaba dejando al margen de la situación. – O podemos simplemente platicar… de cualquier cosa, por mí está bien.

Ariel bajo la mirada, pero no como en las ocasiones pasadas. Lo hizo por arrepentimiento.

– Dije algo que no debí… – Susurró. – Al principio… creí que no estaba mal, pero ahora ya no estoy seguro. No quise involucrarte… – No buscó acercarse y se negaba a mirarme.

– ¿De qué se trata? – Él dudó pero ya lo había empezado y yo no pensaba dejarlo pasar.

– L-le dije a mi papá que… – La voz se quebró y vi el momento justo en que derramó un par de lágrimas que surcaron sus mejillas sin que me dejara recogerlas. – Le dije que me gustabas. – Bueno, eso era tanto como obvio.

– ¿Y eso es malo? – Quise saber.

– Se enojó mucho, dijo que no era correcto y por eso…

– ¡Por eso te pegó! – Aseguré. Ariel lloró de nuevo y mi coraje por ese hombre creció. Él no tenía ningún derecho a imponernos lo que a su parecer está bien y lo que no. Y mucho menos a desquitarse con quien no puede defenderse. – Dejame ver… – Le pedí y me acerqué, pero Ariel negó a descubrirse. – No me gusta que me ocultes cosas… ¿Qué es lo que tenemos si no puedes confiar en mí?

Su agarre sobre la sabana cedió y pude retirarla. Lo que vi, hizo que me llevara una mano a la boca para no empezar a decir toda sarta de maldiciones. No tenía puesto nada de la cintura para arriba, y marcas rojas resaltaban en su piel blanca, pero eran como tiras enteras y gruesas que empezaban desde sus costados, se perdían en su pecho, supuse que por la forma en la que Ariel intentó cubrirse, pero que volvían aparecer por su hombro y sus brazos. Los bordes eran más rojizos y la piel estaba como abultada o inflamada, mientras que en el centro, mantenía un color rojo uniforme. Iban hacia todas direcciones, incluso una había llegado hasta su mentón.

No cabía duda que se había enseñado con él y si bien eran marcas que desaparecían con el paso de las horas o cuando mucho, un par de días. Ariel estaba demasiado afectado. – ¿Te arde?

– Ya casi no…

– ¡Entonces, ven aquí! – Volví a cubrirlo con la sabana y lo atraje hacía mí para abrazarlo.

Él ya no se negó, lo acomodé en mi pecho y dejé que se desahogara, pese a que no me gustaba la idea, lo dejé llorar hasta que ya no pudo más.

Así nos pasó la tarde, hasta que la noche fue cayendo lenta y tranquila sobre nosotros.  El bosque guardaba silencio ante los lamentos de Ariel, incluso la fuerza del viento descendió. En lo alto, las primeras estrellas comenzaron a asomarse. Verlas me recordó nuestra primera cita, habíamos avanzado mucho desde esa vez, pero lamentaba que esta noche, él estuviera triste y no con la encantadora sonrisa que le recordaba.

– ¿Hay algo que pueda hacer por ti? – Le pregunté, mientras besaba los dígitos de sus dedos. – No soporto verte afligido.

– No tienes que pasar la noche aquí… – Dijo.

– Eres tú quien no debe pasar la noche aquí… – Le rebatí.  – ¿Vamos a tu habitación?

– No con ellos estando a lado.

– Entonces vamos a un hotel. – Sugerí.

– ¿Tu y yo en un hotel? ¡Suena peligrosa! – Bromeó, aunque sin muchos ánimos.

– Tú y yo somos peligrosos en cualquier parte… – Agregué.

– ¡Cierto! – Dijo él. – Pero no quiero moverme, solo retozar aquí, contigo… y olvidarme de todo.

– ¿Olvidarte de todo? ¡Puedo ayudar con eso! – Le susurré en el oído.

– ¿Así? ¿Cómo vas a hacerlo? – Su rostro buscó el mío y vi sus ojos azules irritados y desanimados.

– Deberíamos hacerle saber a luna que estamos aquí… – Agregué y con suavidad, me di la vuelta recostándolo contra los edredones. Me acerqué a sus labios y los lamí, Ariel se quedó quietecito debajo de mí. Supuse que él esperaba que lo besara, incluso intentó acercarse, pero me retiré.

En lugar de eso, atrapé una de sus manos y fui repartiendo besos por sus marcas, besando cada uno de sus dígitos fui bajando por su palma, su muñeca, el antebrazo y de ahí corte camino a su cuello. Deje tres besos ruidosos en esa parte y seguí descendiendo por su clavícula, la cual lamí y le dejé leves mordidas, bajé por su pecho haciendo pequeños círculos húmedos con mi lengua.

Llegué hasta su ombligo y le di una mordida juguetona que lo hizo contraer su abdomen ya de por sí, plano. Me acomodé entre sus piernas y regresé por el camino antes trazado, por primera vez me aventuré por esas puntitas rosas que se endurecían ante mis caricias y también por el frio. Mi lengua sentía mucha curiosidad por ellas, pero mis labios se le adelantaron, lejos de besar, como quizá se suponía que debían hacer primero, succionaron. Ariel hizo un ruido extraño que me distrajo por unos segundos.

Había cerrado los ojos y tenía su labio inferior entre sus dientes.

– ¡Hey! – Le dije yendo a su boca y presionando suavemente contra su labio superior. – El único que pude morder aquí, soy yo… – Ordené, pero a diferencia de todas mis demás disposiciones, la dije a voz tan baja que dudé que él me hubiera escuchado, sin embargo, Ariel asintió y liberó su labio.

Se había tornado de un delicioso color rojo, la sangre acumulada lo había hinchado un poco y no pude negarme a probarlo. Pero fue solo eso, por muy adictivos que me resaltaran sus labios, apenas y los probé. Me alejé de su cuerpo y me deshice de mi cazadora, la cual dejé caer al piso, Ariel me miraba desde abajo con sus manos sobre sus labios. Le sonreí y buscando seducirle me saqué lento la camiseta. Sus ojos aun buenos, me recorrieron con timidez, pero aunque era casi insoportablemente adorable, no era a este Ariel al que buscaba. Quería a ese otro, al Ariel sexual del que me dejó probar un poco anoche.

– ¡Tócame! – Le pedí y llevé una de sus manos a mí pecho.

Su piel fría contrastó con mi calor. Pero fue él quien se erizo. Como parecía no atreverse, puse mi mano sobre la suya y comencé a moverla por mi cuerpo. Dirigiéndolo por todas esas partes de mi piel que exigían ser acariciadas.

– Besame… – Se atrevió a pedir, pero me negué a complacerlo.

– Quien merece no pide… – Le respondí con seriedad. – Si hay algo que quieras, vas a tener que ganártelo.

Si hay algo que no se le da a Ariel, es obedecer por el simple hecho de complacer. No acatara una orden si no la considera justa. La forma en la que me miró y arrebató su mano de mí, fue la prueba de que mis apreciaciones eran ciertas. – ¡Quiero un beso! – Ordenó.

– Y yo que aunque sea una vez en la vida, no me riñas… – Le dije con cierto sarcasmo, pero sin hacer menos la verdad. – ¿Entonces qué hacemos? – Pregunté. Él sopesó sus posibilidades.

– No hablo pero tú me besas… – Decretó.

– ¿Es un trato? – Ariel asintió y estrechamos nuestras manos en señal de que era un negocio formal. Y como todo buen hombre de palabra, me estiré y le dejé un beso en la mejilla.  – Ahí está tu beso… – Anuncié, por supuesto, él quiso saltar en desacuerdo, pero me había dado su palabra y se le haría cumplir, además de que yo nunca especifiqué. – ¡Te callas! – Ordené y volví a sus pezones.

Lamí, bese y mordí a mi antojo, Ariel hacia ruiditos que me incitaban, sus manos estaban aferradas a mis brazos y sus uñas herían mi piel, pero incluso eso se sentía bien. Ya lo había dicho antes, quien merece no pide, él cumplió y la verdad es que ya me moría de ganas de besarlo.

– Pero que buen chico… – Le apremié, segundos antes de comerme su boca.

No tenía tiempo ni ganas de besos suaves, mi lengua buscó la suya y mientras amasábamos nuestros labios, la frotaba contra su humedad, simulando las mismas penetraciones que mi cadera daba contra la suya.

Ariel se removía debajo, dificultándome mi delicada labor. – ¡Quieto! – Le reprendí. Acababa de perder su derecho a ser besado y negándome a él, se lo hice saber.

Su gesto de desánimo me hizo reír, pero lo olvidó casi al instante. Sobre todo cuando acomodé mis brazos por delante de sus hombros y sus muslos sobre los míos, dejándolo bien sujeto y preso entre mi cuerpo, entonces las frotaciones dejaron de ser arriba hacia abajo, para volverse circulares y más profundas. Justo sobre su hombría y dejándole sentir la mía.

– Damián… – Jadeó y aunque me encantaba escucharlo decir mi nombre, habíamos quedado que no hablaría. – ¡Uhm! ¡Despacio…! ¡Ah! ¡Damián!

– ¡SILENCIO! – Le recordé y él echó la cabeza hacia atrás, dándome acceso a su cuello. Eso fue tanto como una provocación para mí.

Primero, la punta de mi nariz le recorrió de abajo hacia arriba, embriagándome con su olor que comenzaba a intensificarse. Se lo lamí lenta y sensualmente, despacio y deleitándome con su sabor.

Ariel se deshacía entre mis brazos.

Jugué con su autocontrol, dejándole mordiscos, lametones y uno que otro chupetón voraz. Él acariciaba mi cabello y cuando succionaba o mordía con más fuerza de la necesaria, tiraba de él como intentando dominarme, pero cuando le gustaba lo que le hacía, me pegaba más a su piel.

Volví a su clavícula, dejándole besos rápidos y mi lengua se fue a recorrer el borde de esa pluma que hacia contaste en su piel. El jodido tatuaje, hoy se veía más real que nunca. Casi podía ver esas avecillas revoloteando sobre nosotros. Una de ellas se posó en sus labios y me sentí celoso, esos eran míos y nadie más podía tocarlos.

Fui hasta donde esa intrusa y me la comí cuando mordí los labios de Ariel, sí, ahora tengo más claro que nunca que me fascina morderlo. Él gimió en mi boca, mientras compartíamos un beso épico, froté mis labios contra los suyos con hambre, como si no hubiera un mañana.

Sentí sus brazos rodearme por el cuello, para atraerme más a él. A estas alturas, ambos éramos un misma masa de calor intenso.

Y no voy a negarlo, me ponía verlo tan dócil, pero su cuerpo por sí mismo, también me daba placer. Yo no estaba mejor que él, las sensaciones me superaban y en más de una ocasión me sentí aturdido por el ritmo acelerado de sus latidos. Un palpitar tan descontrolado que me taponeaba los oídos. Respiraba igual o incluso más agitado que Ariel. En estos momentos, mi lobo estaba “todo” menos dormitando, había sentido el olor de mi cachorro con la misma intensidad que lo sentía yo, Ariel estaba dispuesto y mi lobo solo pensaba en aceptar la propuesta y aparearse.

Pero ese privilegio era solo mío, y no le iba a permitir que me lo quitara, además de que yo conocía los límites de Ariel y por encima de mi propio deseo, los respetaría.

Pese al trabajo que me costó, me separé de sus labios y busqué su mirada.

Ahí estaba, los mismos ojos preciosos, pero con ese brillo de deseo que me haría besarle los pies si me lo pedía, incluso si solo lo insinuaba.

Ahora llevábamos un mismo ritmo, no importaba que tan juntos estuviéramos, Ariel buscaba pegarse más. Me miraba suplicante y necesitado, su cuerpo sudaba pese al frio de afuera y yo estaba igual.

– Erdely… mi bosque precioso. – Le susurre. – Voy a probarte…

ARIEL

No las comprendí, pero esas palabras fueron como un hechizo para mí. Damián colocó sus manos a los lados del sujetador de mi pantalón como jugueteando con él, mientras sus dedos coqueteaban con mi vientre.

Es muy difícil de explicar, era como si yo no estuviera en mí, como si fuera otra persona, estaba aturdido, sentía que me ahogaba y mi cuerpo ardía. La entrepierna me dolía y todas las partes de mi cuerpo que Damián había tocado, clamaban por él.

¿Es esto lo que llaman deseo? Yo solo era consciente de que quería fundirme en él, permitirle que haga lo que quiera conmigo, que me controle, que me desarme. Estaba dispuesto a casi todo, incluso a que me tomara a su manera. Esta noche era distinto a la última vez, pero me gustaba, incluso más que lo de ayer.

Casi quería suplicar que me besara sin piedad, como lo estaba haciendo hace unos momentos atrás. Que me entregara toda esa maldad que reflejaba. Pues me encantaba así, brusco, bruto y mandón.

El recorrido de sus dedos por vientre cesó y el ruido de la tela al rasgarse me distrajo de todas esas sensaciones que me escandalizaban… ¿Era normal que tuviera tan fuerza como para rasgar la tela de mi pantalón? ¿No hubiera bastado que simplemente lo desabrochara?

Busqué sus ojos para comprender porque lo había hecho de ese modo, y resultó que él ya me miraba. Me estaba midiendo, observándome como un domador cauto. Cada uno de sus movimientos no empezaba si no había terminado el anterior y en este momento, no estaba pidiéndome permiso, más bien, estaba retándome.

– Dime lo que piensas… – Pidió en voz baja y me resulto imposible de creer, lo dócil y obediente que me volvía si me hablaba de esa manera.

– N-no puedo… pensar… ahora. – Confesé, empujando cada palabra, pues era más mi necesidad por respirar.

– Pero aun puedes hablar… – Agregó él e intuí que no debí haberle contestado. Aventó lejos los restos de mi pantalón y llevó una mano a mi… bueno, digamos que la colocó justo ahí. Paseando su dedo índice alrededor.

Sus ojos en los míos y ahora sus dos manos acariciándome sobre la tela. Acalorándome y logrando que todo mi cuerpo se tensara. Una sensación electrizante me traspaso cuando su lengua sustituyo sus manos. Y casi pude sentir la humedad traspasar la tela.

Me cubrí la boca con ambas manos, sentía mi cara arder y que destilaba vergüenza. Volvió a hacerlo, desde abajo hasta mi vientre y mi respuesta no se hizo esperar. Gemí como animal herido y terminé jadeando. Instintivamente intenté cerrar mis piernas, pero no me lo permitió y más aún, me dio una llamada de atención con su mirada.

No sé cómo logró acomodarse de esa manera, pero cuando menos lo noté, su rostro estaba entre mis muslos. Me miraba y tocaba con una seguridad que me resultaba insoportable. Agazapado entre las sombras de mi mente atolondrada.

DAMIÁN

Esperaba a que se negara, entonces lo dejaría temporalmente, porque tampoco tenía planeado asustarlo, pero no lo hizo. Sé que no solo es cosa mía o producto de mi perversión, su cuerpo me llamaba y sus ojos me gritaban lo que las palabras y su vergüenza, no le dejaban pronunciar.

Me pedía que rompiera todas sus costuras, que me olvidara de los modales y desatara su locura. Que ya no lo hiciera sufrir, aunque sea de manera de sutil. Se me ofrecía como una presa que no quiere huir, que quiere ser cautivo. Dejé besos cortos sobre su hombría, lamí y presioné suavemente con mis labios, curiosamente, eso lo volvió más loco, pero continué llevándolo hasta ese punto exacto donde se convirtió en otro.

El mismo en esencia y bondad pero a este Ariel no le importaba despertar con sus gemidos a quien se encontrase en el bosque en estos momentos. El Ariel que es libre y esta tan desesperado como yo.

No lo hice esperar, rompí su ropa interior, de la misma manera en que lo hice con su pantalón. Su erección saltó al sentirse libre y mis labios le recibieron hambrientos. Él gritó y yo supe que lo estaba haciendo bien, porque aunque muchos me habían dado placer de esta manera, era la primera vez, que quien lo hacía era yo.

Verlo aferrado a las sabanas, mientras su abdomen subía y bajaba a un ritmo inconstante pero frenético y deleitándome con sus gemidos y palabras incoherentes. Sentí que no necesitaría nada más…

Mis labios aprisionaban su hombría con delicadeza, subían y bajan por toda su extensión, mientras mis manos acariciaban sus muslos. Me lo comí lento pero con fervor, lamiendo, besando y haciendo pequeñas succiones en la punta, sintiéndolo crecer e hincharse entre mis labios, degustando su sabor y guardándolo en mi memoria.

El olor de Ariel se intensifico a tal punto que lejos de él, no podía oler nada más. Cada uno de mis sentidos los tenía saturados de él. Tuve que buscar la manera de desabrochar mi pantalón sin dejar de atenderlo. Fue lo único que pude hacer, porque Ariel lo quiso más rápido y comenzó a moverse, follándome la boca.  Ese no era el trato así que tuve que aferrarlo a las sabanas, sujetándolo por la cadera.

A modo de castigo me alejé de su virilidad y mordí sus muslos. Lamí y succioné con fuerza deseoso de que le quedaran marcas, la sola idea me ponía. Él entendió la reprimenda y aunque se removía inquieto, no repitió aquello, ni siquiera cuando lo llevé a su límite. Solo entonces, luchó por apartarse, pero aumenté el ritmo de las frotadas, usando mis manos y mis labios, hasta que él se contrajo y todo su cuerpo tembló. El grito se le quedó atorado en la garganta y pareció más un gruñido denso que de seguro le lastimo. Por mi parte, bebí cada gota que pude obtener de él.

Ariel mantuvo los ojos cerrados, sus manos retozaban a sus costados y su cuerpo entero lucha por reponerse de los últimos embates de su orgasmo, y bueno, yo estaba ansioso por saber mi calificación tras mi ardua labor.

De manera casi felina gateé sobre él, hasta llegar a su rostro. Me incliné y le dejé un beso casto, lo único casto que le había dado hasta ahora. Pero él penas y me sonrió.

– ¿Listo para le segunda ronda? – Le pregunte mientras le iba dejando otros besos cortos.

Tomándome por sorpresa, abrió sus ojos y los clavó en los míos. Mirarlos fijamente era tanto como observar un pozo infinito.

– Nací listo… – Respondió y sus brazos atraparon mi cuello, buscó mis labios y los encontró muy pronto.

Nos envolvimos en caricias distintas a las primeras. Él se dejó hacer, y yo disfrute de su cuerpo dilatado y ansioso, nuestros labios parecían no poder separarse, me hizo un espacio entre sus piernas y con sus pies me ayudó a bajar mi pantalón. Con mis brazos a sus costados, cuidé de no aplastarlo.

Fue él quien empezó a moverse contra mí y por esta ocasión se lo permití, nos volvimos cursis, mientras nos acariciábamos. Ariel suspiraba y yo me deshacía en su cuerpo. Abrazó mi cadera con sus piernas, obligándome a pegarme más, decidí unirme a ese baile cadencioso que él llevaba lento pero de manera constante, de arriba hacia abajo y yo en círculos, sus manos viajaban esporádicamente por mi espalda y mis costados o por mi cuello y despeinaban mis cabellos.

Me froté sobre él, asegurándome de dejarle mi olor. Mientras tanto, nuestras bocas se seducían sin palabras, parecía que le había agarrado gusto a eso de tener mi lengua en su boca, incluso se atrevía a acariciarla con la suya.

Ariel no se opuso cuando lo necesite más rápido, fue paciente conmigo y me dejó morderlo a mis anchas. Él gemía bajito, mientras que me dejaba hacer todo el escándalo a mí.

– ¡Vamos ojitos, terminemos esto juntos! – Le pedí, al saber mi final cerca y que a él aun le faltaba. Me miró de manera suplicante y supe lo que quería.

Cedí, solo porque no estaba en condiciones de discutirlo ahora, rodé sobre mi espalda dejándolo arriba. Se acomodó a como quiso y admiré a mi estrellita mientras brillaba.

Lo vi moverse destilando lujuria. Con la naturalidad propia de quien no sabe lo que está haciendo pero tampoco le importa. En mis últimos momentos de lucidez, pensé que debería estar prohibido que alguien se viera intensamente sensual mientras me tenía debajo.  Pero lo olvidé en cuanto quedé envuelto en un frenesí arrebatador y demoledor que me noqueó por unos instantes. Lo sentí recostarse sobre mi cuerpo y compartimos un beso ardoroso mientras él se venía en mi estómago.  Justo después se desvaneció.

Me sentí satisfecho y con el corazón henchido. Lo abracé y recostándolo a mi lado, lo acuné en mi pecho, resguardándolo como mi gran tesoro. Mirando a mi alrededor, convencido de que nunca antes había sido tan dichoso. Porque el corazón sabe cuándo la búsqueda finaliza, y la mía había concluido. Ariel me daba todo y más de lo que alguna vez imaginé.

Él se estiró y me dejó un beso en la quijada, su gesto dulce me hizo sonreír y mirarlo. De nuevo era mí cachorrito tierno, acaricié su mejilla y él también sonrió.

– Eres precioso… – Confesé, Ariel me miró detenidamente y después volvió a cerrar los ojos.

– Y yo a ti… – Susurró.

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