Capítulo 21: Los ángeles llorones

LOS ANGELES LLORONES

 

Amar a alguien, es decirle; no morirás.

 

GIANMARCO

 

– ¿Qué opinas? – Pregunté mientras salía del mostrador por decimoséptima vez. Caminé hasta los espejos y observé cada aspecto del atuendo.

– Te ves bien…

– ¡Diablos! – Me quejé – Haz dicho lo mismo con cada traje que me he probado.

Ha decir verdad, estaba demasiado nervioso como para decidir por mí mismo y Etel no estaba siendo de gran ayuda en este momento.

– ¡Podrías concentrarte! – Exigí un poco molesto. – Ayudame a elegir, que no tenemos todo el día.

– Pues se te ven bien… – Se escudó, hundiéndose de hombros, mientras volvía sus vista a su teléfono.

– Esto no es lo tuyo… ¿cierto? – Exclamé vencido y me dejé caer en el primer asiento que tuve cerca.

– Pues al parecer tampoco es lo tuyo, Gianmarco. – Se defendió. – Además, todos se ven exactamente iguales. Dame algún tipo de variedad y no solo gris…gris…gris… – Repitió con dramatismo y por primera vez entendí como sentía Samko ante mi ignorancia sobre matices y esas cosas.

– No son iguales… – Rebatí. – Seda de grano. – Dije mientras ponía uno de los primeros trajes que me probé. – Gris oscuro. – Tomé otro al azar. – “Gris” – Me señalé.

– ¡Claro! – Se burló. – Son tan distintos el uno del otro que no sé cómo no pude notarlo antes…– Dijo con sarcasmo y reviré los ojos con fastidio, solo estaba perdiendo mi tiempo. – ¡Hermano! – Me llamó. – ¡Se ven exactamente iguales! Ahora solo escoge uno y vámonos…

Estaba a punto de rendirme cuando Linda entró con la solución a mi gran problema.

– Creo que este es el indicado… – Dijo mientras me entregaba un traje completo de cuatro piezas. – Traerán los zapatos en un momento. – Anunció.

Sin más lo tomé y me metí de nuevo al mostrador.

– ¿Otro traje gris? – Escuché que preguntaba Etel.

– Gris Perla – Aclaró Linda – Es parte de la colección Gentleman de Octtavio Nuccio Gala.

– ¡Ya! – Agregó sin interés, no lo culpo, ni siquiera yo tengo día quien es ese tal Octtavio.

Admiré la elección de mi secretaria. Por supuesto, era una camisa blanca lisa, a ella le encantaba vestirme de blanco, el chaleco de solapa cruzada con seis botones, pantalones ligeramente ajustados de los muslos pero sueltos y rectos de la rodilla para abajo. El saco era justamente a mi medida, cosa que nunca antes me había sucedido, por lo general, les mandaba a hacer ciertos arreglos. Sin bolsas y de solapa angosta, con una ligera apertura en la parte trasera y con las pinzas perfectamente moldeadas.

En cuanto estuve vestido, salí para escuchar su opinión. Y bastó que me asomara para que ella sonriera. Incluso Etel dejó de lado su teléfono y me brindó un poco de su atención.

– ¿Qué tal…?

– Creo que se ve mejor de lo que imagine… – Agregó Linda.

– ¡Me gusta! – Dijo mi amigo y quedó decidido, sería este.

Los zapatos llegaron justo después, pero Linda insistió en que le mostraran toda la colección de corbatas blancas y grises.

– ¿No creen que están exagerando? – Se quejó Etel. – Es decir, no es como si fueran a casarse, solo es una cena…

– En realidad, voy a formalizar mi relación con él. – Le aclaré mientras sacaba el anillo y se lo mostraba. – Él se rascó la cabeza, sin atreverse a tomar el anillo.

– ¿Eso realmente es un diamante? ¿E-es genuino? – Asentí y Etel finalmente lo tomó con la mano derecha mientras que con la izquierda se tapaba la boca. – No parece un anillo de compromiso…

– No lo es… – Le dije de inmediato.

– Dejame probarte esta… – Linda volvió a atrapar mi cuello, colgándome otra corbata, confiaba en ella, así que lo dejé todo a su elección. – Es un anillo de promesa.

– Eres muy cursi… – Dijo – Pero creo que si me lo pidieras también aceptaría, con tal de conservar esta joya… ¡Debe ser carísima!

– Eres muy amable Etel, realmente me halagas pero no eres mi tipo, así que solo dame mi anillo. – Por primera vez, no lo vi mostrarse ofendido, si a alguien le había costado casi tanto como a mis padres aceptar mi homosexualidad, ese sin duda era él, pero después de distanciarnos, cuando aún éramos adolecentes y que sucediera lo de Dylan, él solamente llegó una tarde a mi casa, se sentó a mi lado a mirar televisión y jamás volvió a irse. Ahora su esposa es tan amiga mía como lo es el propio Etel.

– Creo que el anillo es más que suficiente, olvidemos el traje… – Sugirió – El chulito estará más que contento.

– No lo llames de ese modo… – Le regañé mientras le arrebataba la cajita.

– No lo digo en mal plan… Así se ve. Es, ya sabes… demasiado refinadito y con esa expresión de me aburres, o eres patético y yo soy genial.

– Samko no es así…

– ¡Cierto! – Interrumpió Linda. – Samko es un gran chico y te quiere mucho. – Me dijo mirándome fijamente. – Nos llevaremos este traje… todo esto… – Señaló varias cosas y la joven que nos ayudaba con la ropa, comenzó a recogerlas. – Asegurate de envolverlas sin que se arruguen… – Le pidió y la joven asintió. – En cuanto ustedes, Gianmarco cambiate y usted jovencito, acompañe a pagar.

– ¿A qué hora vamos a comer? – Preguntó mi amigo y ella le ignoró.

– ¿No vendrás con nosotros? – Le pregunté.

Ella negó diciendo que aún tenía que ir a ver algunas cosas para la cena de la noche. Que había un problema con la reservación, pero que no debía preocuparme. Me aseguro que todo estaría listo para las nueve de la noche.

– ¡Gracias! – Le dije mientras la abrazaba. – Agradezco todo lo que estás haciendo por nosotros. Y a ti también… – Señalé a mi amigo. – Gracias por acompañarme a comprar el traje. – Etel me sonrió con cierta incomodidad, pero la que si se dejó querer fue Linda.

– Se hace tarde… – Anunció ella. – Debes volver al trabajo y asegurate de salir de esa oficina antes de las siete… a como dé lugar.

En menos de hora y media estuvimos de nuevo en el trabajo, Etel se fue directo a su oficina y yo vagabundeé un rato por los pasillos de la empresa. Las cosas aquí no estaban tan bien, pero económicamente estábamos sólidos.

Había dedicado años y años a este lugar, y como recompensa me había brindado la posibilidad de llevar una vida por demás cómoda. De lujos y excesos bañados de soledad, así fue, hasta hoy. Esperaba que a partir de mañana Samko estuviera a mi lado y de ahí en adelante mientras viva. La idea no solo me emocionaba y sino que también me llenaba de esperanza y me hacía recobrar el deseo por un día más. Un día más para verlo, un día más para abrazarlo, besarlo, disfrutar de sus excentricidades y de su cuerpo joven, un día más para amarlo. Un día más…

En algún punto me perdí en mis pensamientos. Y para cuando fui consciente de lo que sucedía, ya estaba de nuevo en el automóvil, tratando de evadir el tráfico del mediodía. El rumbo no fue fijo y a decir verdad, no me di cuenta de lo que hacía, hasta que llegué a mi destino. Fue entonces que comprendí la importancia de cerrar círculos.

Bajé del auto, no sin antes coger un pequeño presente que no recordaba haber comprado de camino aquí y que reposaba en el asiento del copiloto.

Recorrí el largo y angosto camino de la entrada. Todo seguía justamente igual. Y aunque estaba familiarizado con todo esto, un sentimiento de nostalgia me invadió. Giré hacía la izquierda para avanzar un par de metros, a la derecha y de nuevo a la izquierda, después a la derecha otra vez, hasta toparme con un jardín incipiente que pese a la estación, florecía despreocupado.

Quité el seguro de la pequeña reja y entré. Apenas a un par de pasos, se encontraba el primer escalón. Y los fieles guardias me recibieron. Quizá era tiempo de retocar un poco su color, lucían algo verdosos debido al exceso de humedad de los últimos días. El primero le observaba desde arriba, pero mantenía la misma postura relajada y sus manos acunadas la una sobre la otra de forma calma. Sus mechones ondulados caían muy ligeramente sobre su frente, simulando un flequillo que enmarcaba su rostro pequeño. El segundo, un poco más afligido, mantenía su cabeza recargada sobre el hombro del primero y se abrazaba a él. La mirada perdida en algún punto del piso y sus largos cabellos recogidos en una coleta espesa. Ambos formaban una escena triste de ver.

Subí un segundo escalón y me detuve en una espaciosa plataforma.

– ¡Hola! – Saludé. – Ya casi ha sido un mes desde la última vez que vine… Tres semanas para ser exacto. – Agregué en voz baja. – Han pasado muchas cosas y quería que platicáramos un momento, si es que no hay algún inconveniente… – Subí los últimos cuatro escalones y me acerqué lo más que pude. Me fue imposible ignorar al segundo guardián. Más triste que los dos primeros, estaba tendido sobre tres de los cinco escalones. Su largo vestido parecía humedecido por la nieve y se le ceñía sobre los muslos. Escondía el rostro con el antebrazo y sus risos caían hasta rosar el mármol del piso. Aparté la vista de él, porque realmente dolía verle y repasé todo cuanto estaba delante de mí. Los betunes blancos aún seguían encendidos, y me alegró un poco, porque no he olvidado lo mucho que detesta la oscuridad. Continué con el recorrido y me topé con un detalle que de seguro le ha desagradado. – ¡Se han marchitado! – Exclamé en un suspiro. – Pero no te preocupes… de camino aquí he comprado otras, están son muy bonitas y si mal no recuerdo son de tus favoritas. – Quité las flores marchitas y cambié el agua del florero para poner las que había comprado. – Sabes… creo que ha sido un verdadero acierto el haber trasplantado todas esas florestas, crecen fuertes en la entrada. También el jardín se ve muy bien, ese pequeño ciprés comienza a desprender ese aroma que nos gusta.

Te tengo buenas noticias. Hace dos semanas que he hablado con mi arquitecto y le he dicho que como ya va a empezar la temporada de lluvias, quiero que pongan un techo que cubra toda esta parte… – Señale justo arriba de mí. – No va robarte aire, incluso creo que le dará una mejor vista a todo, y así no te dará mucho el sol y podrás resguardarte de la lluvia. Creo que va a gustarte mucho.

También he estado al pendiente de los avances en tu última escultura, está quedando muy bien. Y con esta tendrás la colección completa. Sé que ha tardado un poco, pero el plano estaba muy borroso y rescatar ese bosquejo fue toda una proeza… Aunque, si quieres que sea honesto, hubiera preferido poner otro tipo de efigies, pero será a tu gusto… – Aclaré de inmediato. – Es algo en lo que quiero complacerte.

También he pensado en una pequeña fuente, pero eso aún está en “veremos” por lo pronto tendrás al chico y a tus cuatro angeles llorones. – Posé mi vista en el cuarto guardia. Él descansaba sobre la parte principal, justo detrás de la cabecera. Se distinguía de entre los anteriores porque lucia el cabello corto, y un arillo simulaba una corona sobre su frente, su brazo derecho caía desvalido al igual que todo su demás cuerpo, sobre esa base de mármol. Había sido el primero en colocarse, sus largas alas abiertas parecían querer envolverlo todo y al mismo tiempo daban la idea de proteger.

En mi opinión, era la que mejor detallada estaba, y al verla podía transmitirme ese sentimiento de agonía y desolación. No era una coincidencia, sino más bien, sensaciones vividas y que me habían acompañado todo este tiempo. Por eso, donde quiera que viera, podía reconocer un poco de ellas. Por un instante detuve mi parloteo y me quedé mirando al frente. Cuanto hubiera dado por escucharle decir alguna cosa, lo que fuese… pero esa tumba fría, guardo el más coherente de los silencios.

– Dylan… – Le nombre y mi voz sonó rota y lastimera. – Dios… todo esto es tan difícil. – Confesé. – Pero hoy no estoy aquí para hablar de las esculturas ni el jardín. Realmente, no pensé que llegaría el día en que viniera a decirte todo esto…– Fue difícil de pronto, los ojos se me aguaron y el nudo en mi garganta fue imposible de tragar. No podía simplemente contarle que me había enamorado de alguien más, era ridículo y me hacía sentir culpable de tener yo, una oportunidad que él jamás tendrá. – No tienes idea de cuánto he deseado poder cambiar mi lugar contigo. Por darte la oportunidad de una vida que tampoco yo he vivido, porque siento que no es justo que yo sea feliz…Y es que tu muerte cambio mi vida de tal manera, pero sabes amor, el tiempo que pasamos juntos me cambio a un más. Ahora mismo quisiera poder abrazarte, oírte decir que estas en un buen lugar, daría cualquier cosa por escucharte hablar, sentirte a mi lado y saber que todo volverá a ser igual. Contarte que aquí todo está peor desde que te fuiste, que mi voluntad y mi esperanza murieron contigo. Te confesaría que no hay una cosa que no te traiga a mí. Y que quizá comienzo a perder la razón, porque juro que estando dentro de la casa he escuchado tu voz y que te he visto pasear por el jardín, ese que tanto te gustaba y en el  que juramos amarnos, sin que ninguno de los supiera que ibas a morir.  El dolor ha sido muy fuerte, y sin embargo, no me arrepiento de haberlo padecido. En mi defensa diré que cada día he muerto un poco y que en cada una de mis lágrimas has estado tú. – Me detuve un momento para respirar y también para ordenar mis ideas, había tantas cosas que quería decirle. Y entre tanto, una sonrisa triste curvo mi rostro. – Si cierro los ojos puedo vernos a nosotros dos… – Confesé – Incluso recuerdo esas veces en las que mirándome fijamente me decías “ya juntos, toda la vida”. Que injusto fue el destino que tan pronto me dejo solo, sin rumbo y sin tus caricias.

Pero ahora que soy un hombre, que soy consciente que han pasado veinte años y ya no somos esas personas. Solo quiero decirte que hubiera deseado si quiera, poder despedirme adecuadamente. Decirte lo mucho que te amaba, que aun te amo. Y que al pasar de los años he seguido buscándote, llamándote, necesitándote, y no ha habido consuelo para mí… ¡Te he extrañado! – Solté de golpe. Avancé un poco más y me arrodillé frente a su tumba. – Tu amor hacía mi fue grande, jamás lo dudé, incalculable a tal punto que pasaste por alto mis faltas. Y en muchos sentidos, todo ese amor me ayudo a seguir, pero… casi estoy seguro que no te gustaría ver el tipo de persona en la que me he convertido. Sé que tu hubieras deseado que fuera feliz… ¿No es así?

Con vergüenza, levanté la mirada hacía la fotografía que descansaba alumbrada por los betunes. Estaba completamente seguro que Dylan donde quiera que ahora estuviera, no me juzgaría, pero al mismo tiempo. No podía apartar de mi interior, la sensación de que al amar a Samko, lo estaba traicionando a él. Y la culpa me aplastaba, ya no quería hacerle más daño.

– Si estuvieras vivo, te hubiera esperado hasta mi último respiro… Y lo sabes. Porque mi amor por ti, ha sido sin medida, sin frenos. Sé que te lo prometí. Y no es que quiera excusarme… pero comprenderás que mi promesa se rompió cuando tú rompiste la tuya, cuando pesé a haberme asegurado que jamás me abandonarías, te fuiste sin mí, a un lugar al que aún no puedo alcanzarte. No ahora… – Agregué y dejé correr las lágrimas que me atormentaban. Porque las marcas en mis muñecas, la pequeña en mi cuello y otras que cubría mi ropa, era la prueba de que realmente había intentado reunirme con él. – ¡Perdoname, Dylan! – Supliqué. – ¡Perdoname! Pero lo quiero… no sé cómo paso, y te juro que luché contra este sentimiento, que me negué a él de todas las maneras posibles. Pero llegué a amarlo. Y necesito… – Me detuve, no podía… esas palabras sentía que no debía pronunciarlas. Pero finalmente pasaría y sería peor si él, poco a poco lo iba notando, en vez de hacerlo de su conocimiento ahora. – Debo… dejarte atrás. – Dije finalmente y volví a inclinar la mirada, aunque Dylan realmente no me miraba, aun así, sentía que le hería. – No voy a olvidarte… Así que por favor, no entristezcas… Mi niño amado yo jamás voy a olvidarme de ti. Pero ya no podré venir tan seguido como acostumbro. No me mal entiendas, seguiré al pendiente, cuidaran el jardín y cada tercer día cambiaran tus flores. Los betunes siempre estarán encendidos, así que tampoco tengas miedo. No es un adiós definitivo… – Tuve que abrazarme a mí mismo, porque el dolor era muy grande, y porque al parecer, llorarle por más de veinte años no había sido suficiente, porque extrañarlo y plantarle un jardín de florestas, y adornar su tumba con costosas esculturas no cambiaba el hecho de que el hombre al que más he amado, estaba muerto… ajeno a mí, que no me escuchaba, que no me miraba, que para él yo ya no era nada, que quizá no me recordaba. Que todo había acabado ese día y que yo no estuve a su lado para protegerlo… Y es triste darse cuenta que todo queda en ceros y mi vida con una herida profunda que sangra y sangra pero sin llegar a matar. Pero que terminó convirtiéndome en un hombre que ha perdido y se señala así mismo vencido, con el corazón partido en dos y con sentimientos abandonados porque se fue su amor.

– ¿Gianmarco? – Una voz detrás de mí me provocó un sobresalto y sin darme tiempo de reponerme, en menos de lo que esperaba le tuve frente a mí. – ¡Realmente eres tú! – Dijo con asombro. – ¿Tú has hecho todo esto?

– ¡Lo siento, pero yo no le conozco! – Dije un poco molesto por su interrupción. Y con la manga de mi abrigo me limpié el rostro.

– ¡Soy Elías! – Dijo mientras se señalaba así mismo. – ¿No me recuerdas? – Me puse de pie y negué. – Soy el hermano menor de Dylan…

– Él no tenía hermanos… – Dije mientras finalmente le miraba y fue mi turno de sorprenderme, la impresión fue tal que tuve que recargarme en el mausoleo para no perder el equilibrio y caer. Ese chico era risiblemente parecido a Dylan.

– Era un bebé… tal vez por eso no me recuerdas. – Aclaró. – Pero cada año te veía aquí, para su cumpleaños… – Señaló la tumba y de su bolsa sacó otro betún blanco y encendiéndolo lo puso en el pequeño nicho. – Por lo general esperaba a que te fueras para acercarme, o en algunas ocasiones nos topamos en la entrada, tú ya ibas de salida, cuando yo venía llegando. – No era capaz de pronunciar palabra alguna, simplemente mis ojos no podían apartarse de él. Era un poco más maduro, y sus rasgos de la niñez casi habían desaparecido por completo, se peinaban diferente, pero incluso los mechones más claros como luces, se podían apreciar en su cabello, así como en el de Dylan. La mirada era muy parecida, pero el color de sus ojos era de un azul más oscuro. Y no sonreía con la mirada, como mi amor lo hacía para mí.

– Eres tu quien le pone los betunes… – Susurré más por decir algo.

– Estos duran casi quince días, vengo antes de que se apaguen… – Dijo él. Y me sonrió con cierta amabilidad. – ¡Haz hecho un gran trabajo! – Me encomió. – Me alegra que no lo hayas olvidado, porque mis padres jamás volvieron después de que lo enterraron. Ellos… no son muy cariñosos.

– No podría olvidarlo… – Me limité a decir. Nunca me intereso saber de su familia, y mucho menos ahora. – Te pareces mucho a él… – Susurré y el comentario no pareció sorprenderle. – ¿Te lo habían dicho antes?

– Sí… casi siempre. – Confesó, mientras volvía a mi lado. – Sobre todo cuando era niño, dicen que a los dieciséis nos veíamos exactamente igual. Pero ya ha pasado mucho tiempo de eso, ahora cumpliré veintiuno. – Su mirada se clavó en mí y me recorrió de arriba abajo y de regreso. Y después volvió a centrarse en mis ojos y me sonrió. – Lo conocías mejor que nadie… ¿Realmente me parezco a mi hermano?

– Un poco, sí…

– Eso es bueno… ¡Supongo! – Se acercó un poco más y por inercia retrocedí. – Crecí siendo comparado con él.

– Eso está mal… Dylan y Elías pueden ser parecidos físicamente, pero no son iguales.

– Mi nana dice que lo amaste mucho… ¿Es verdad?

– Aun lo amo…

– Si es así… ¿Por qué entonces te estabas despidiendo de él?

– Tengo treinta y nueve años, es momento de tomarme enserio mi vida. – Le contesté a secas, no me agradaba la idea de que me hubiera escuchado mientras hablaba con Dylan.

– Debiste hacerlo hace mucho tiempo atrás, él ya está muerto, sabes… Y casi estoy completamente seguro que mi hermano hubiera deseado que fueras feliz. Él también te amaba.

– No lo sé… – Le rebatí. – No quedamos en buenos términos. – Confesé con pesar.

– Tal vez no debería decírtelo. Mi padre de hecho nos lo prohibió. – Elías me miró como si estuviera a punto de rebelarme una gran verdad. – Él dijo que tú eras el responsable de su muerte… pero después me enteré de lo que realmente paso ese día. – Le miraba con interés, pero internamente no sabía si quería enterarme de lo que había pasado. Ya para que, si nada de lo que dijera me lo devolvería, ni cambiaría nada, o al menos, eso creí. – Mi hermano se enteró de que mi padre te forzó a decir todas esas cosas, en medio de su enojo le gritó la verdad. Dylan comprendió el porqué de tu actitud y se sintió muy mal por haber dudado de ti. Mi nana me dijo que lo vio subir a su habitación y en su maleta del colegio echó todo el dinero que ustedes habían juntado para cuando se fugaran de casa, y sin llevar nada más, huyó de casa, él iba a ir a buscarte. – Me dejé caer al piso, eso cambiaba y mucho las cosas. Durante años me sentí culpable por haberle dicho todo eso, el saber que tuvo tiempo de enterarse de mis verdaderos motivos, lo cambiaba todo. – Mi padre lo hostigaba mucho… – Continuó y al igual que yo, se sentó en el piso. – Por supuesto que se enteró y lo siguió. Dylan debió haber divisado el séquito de autos que le seguían y aceleró, se saltó una luz roja de un carril en doble dirección. Su auto quedó prensado entre los otros dos. Hubo cinco heridos, dos de ellos estuvieron en coma varios meses, pero ese día, solo Dylan murió. El volante se le incrustó en el estómago y…

– No quiero saber… – Le interrumpí asustado. – Te lo agradezco, pero basta lo que sé.

– Omitiré ciertos detalles, pero hay otras que debes de saber. – Insistió, yo me limité a guardar silencio. – Dylan no falleció en el acto, mi padre presenció toda la escena y después él le confeso a mi madre, que mi hermano le dijo que lo odiaba y que jamás le iba a perdonar por haberlo alejado de la única persona en el mundo que lo amo de verdad… ¿Te das cuenta? Hasta su último respiro, mi hermano te amo y se sintió seguro del amor que tú le tenías.

– ¿Por qué me dices estas cosas ahora?

– Dylan no merece que lo dejes de amar… – Mi mirada subió hacía aquel chico, y casi incrédulo comprobé que realmente había pretendido decir eso.

– ¡Eso jamás sucederá! Mientras yo viva él estará conmigo. – Aseguré. – Pero es momento de que lo deje ir. Tal y como dijiste, él hubiera deseado que yo fuera feliz.

– Sabes… su habitación sigue intacta, ¿te gustaría verla? – Ofreció y tal cosa me tomó por sorpresa. – Mis padres están de viaje, así que puedes ir sin problemas. – En el pasado yo hubiera dado todo por acercarme de nuevo a cualquier cosa que tuviera que ver con él, pero ahora, ya no me parecía necesario.

– ¡Gracias! – Le dije – Pero de todos modos, nosotros nunca estuvimos en su habitación…

– ¡Entiendo!

– Elías… debo irme.

– ¿Te veré de nuevo? – Me puse de piel y él me imitó.

– No lo sé…

– Intercambiemos números… – Sugirió, sin poder ocultar cierta emoción. – Me gustaría mantener el contacto, tal vez podríamos salir alguna vez a tomar algo. – La forma en la que lo dijo me hizo comprender sus intenciones. Y por un momento pensé que esto no podía repetirse de nuevo. En él había la misma soledad que en su momento vi en Dylan, soledad de la que terminé enamorándome perdidamente.

Y sin embargo, no fui capaz de negarme a dárselo.

– No creo que a tu padre le haga gracia el que mantenga contacto contigo… – Le dije mientras tecleaba mi número en su celular y lo guardaba.

– Bien, entonces no le digamos…– Respondió mientras me devolvía mi móvil. – No queremos que se moleste, después de todo.

– ¡Como prefieras! – Agregué. – Bueno, pues… ha sido un placer. – Le ofrecí mi mano para que la tomara en un saludo cordial, pero noté como mi mano temblaba ante ese tacto que aún no sentía. Y contuve el aliento, cuando lejos de estrechar mi mano, se acercó y me dejo un beso rápido en la mejilla.

– Hasta pronto… Gianmarco. – Me sonrió cuando se separó y apenas y si volteó a ver la tumba de su hermano y se me adelanto, dejándome a solas y con la mente saturada de recuerdos y pensamientos.

Lentamente volví mi vista hacía su fotografía y hasta ese momento me di cuenta que era ridículo seguir enamorado de un niño de dieciséis años teniendo yo treinta y nueve. Entonces entendí que lo que sentía por él, ya no era amor romántico, pero que aun así lo amaba.

– No sé qué es exactamente lo que esperas de mí, al traerlo justamente hoy, pero siento decirte que la respuesta es “no”. – Regañé al viento, pero le hablaba a él. – Volveré cuando la escultura este lista. – Le dije encaminando hacía la rejita. – ¡Te amo Dylan! Sera así hasta que volvamos a estar juntos y cuando eso suceda, te juro que será para siempre. Nada ni nadie nos va a separar y no temeré cuando llegue ese momento, pues sé que tu presencia me confortara.

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