Capítulo 22: Las máculas de tu cuerpo

LAS MÁCULAS DE SU CUERPO

 

No le puedes decir al sol que no brille, o a la lluvia que no caiga, o a un hombre que no pude amar a otro hombre.

 

TERCERA PERSONA

 

La noche se deslizaba lenta y seductora por entre sus ansias. Y la luna cómplice con su luz tenue, dejaba entrever las auténticas intensiones que les habían orillado a prácticamente huir de ese restaurante, sin siquiera, probar el postre.

El hecho de que tuvieran prisa fue indiscutible, el que ni siquiera hubieran esperado que les entregaran sus abrigos, fue la prueba. El retorno a casa resultó caótico, muy poco espacio y demasiados badenes que pasar, que a su vez, impedían besos profundos y acercamientos por demás necesarios.

En la parte delantera del auto, el chofer fingía no escuchar como la pareja, prácticamente se devoraba el uno al otro, pero obligaba al vehículo con el freno casi hasta al fondo, a cruzar ese tramo hasta la casa, en el menor tiempo posible. Por el mismo y sobre todo, debido a órdenes expresas hechas por el jefe.

– ¿Estás seguro que quieres que sea ahí? – Preguntó Gianmarco, mientras se acomodaba, intentando no aplastar al menor. – ¡Podemos ir a otro lado! – Ofreció. – A donde tú quieras…

– ¿Paris? – Tanteó el terreno Samko, mientras se abrazaba a él. Y Gianmarco pareció sopesar la idea, aunque lo que realmente estaba haciendo era sacar un aproximado del tiempo que les tomaría llegar hasta ese lugar. Era un viaje relativamente largo.

– No creo que pueda aguantar tanto… pero lo intentaré. – Dijo y el menor vio como sacaba su celular, disponiéndose a hacer unas cuantas llamadas. – ¿Algún hotel en especial? – Preguntó como si estuviera tomando la orden del platillo que prepararía específicamente para Sam.

Pero el rubio le quitó el teléfono y tras cancelar la llamada, lo aventó en alguna parte.

– No quiero ir a Paris…

– ¿Entonces a dónde?

– Quiero ir a casa… a tu habitación. – Aseguró, y Gianmarco asintió y volvió a besarlo.

De manera suave iba atendiendo alternativamente el labio inferior y superior del menor, mientras una de sus manos acariciaba su rostro y con la otra hacía apoyo. Cada rose era con delicadeza y una gracia sin igual, cuidándolo, atesorando ese instante, junto con los gestos y reacciones de quien amaba.

– ¡Esta bien! – Se rindió –  Sera como quieras, pero… ¿por qué ahí? – Insistió y colocó su frente sobre la de Samko, mientras su mirada atrapaba los ojos claros del que estaba contra el asiento.

– Porque ahí comenzó todo… – Respondió y suspiró fingiendo nostalgia.

– ¡Que tierno!

– Entre otras cosas… – Sonrió juguetón. – También soy adorable y excesivamente guapo. – Gianmarco le miraba como deslumbrado ante cada pincelada, como si se tratara de una obra casi perfecta. Y lejos de reprenderlo por su falta de modestia, asintió confirmando las palabras del menor. – Hablando enserio… – Dijo Samko, tratando de ponerle algo de formalidad al asunto, aun cuando era él, el único que se estaba riendo.

– ¡Aja!

– Fue ahí donde recibí mi primer beso…

– ¿Enserio?

– ¡Sí!

– ¿Y qué tal estuvo…?

– Pues me lo diste tú…

– ¡Entonces debió ser increíble! – Samko se carcajeó por lo presuntuoso que se había escuchado, pero no dudó en asentir. – ¿Qué más sucedió en esa habitación? – Samko fingió que luchaba por recordar esos eventos, cuando en realidad, le eran tan valiosos, que los mantenía presente siempre.

– Me manosearon por primera vez…

– ¡Que terrible! – Exclamó fingiendo indignación. – ¿Quién fue capaz de semejante infamia?

– ¡TÚ! – Le Acusó.

– ¡Jamás hice eso!

– ¡Claro que sí! – Le rebatió Samko, mientras le pasaba los brazos por el cuello, atrayéndolo más a él. – Tú me tocaste… – Le susurró sobre los labios. – Y nos gustó mucho.

– ¿Nos gustó? – Samko volvió a asentir y con algo brusquedad, le mordió el labio inferior a Gianmarco, quien solo entrecerró un poco los ojos a causa del dolor.

– Después de esa vez, me compraste juguetes… – Buscando un mayor contacto abrazó la cintura de Gianmarco con sus piernas, y comenzó a removerse lentamente debajo de él, sin el más mínimo pudor. – Había unos con luces de colores, otros podíamos calentarlos o dejarlos en la nevera, algunos eran muy suaves y la mayoría vibraban… – Mientras hablaba iba intercalando la intensidad de las fricciones, así como la dirección que seguían. – Jugábamos mucho…

– ¿Quieres jugar ahora? – Ofreció Gianmarco en tono bajo.

– ¡No! – Negó de inmediato. – Ya soy un adulto. Y los adultos no jugamos.

– ¿No? – Samko negó de nuevo. – ¿Y qué hacen los adultos?

– ¡Deporte Extremo! – Exclamó y no pudo contener cierta emoción, que incluso detuvo sus fricciones. – Es casi lo mismo que con el juego, pero ahora de manera profesional. – Gianmarco casi se desbarata en risas, en su opinión, Samko podía llegar a ser despiadadamente lindo. Lo provocaba hasta con la forma en la que respiraba, sus movimientos lo incitaban y esa manera en la que lo miraba y besaba, estaba comenzando a seducirlo. – ¡No te burles de mí! – Se quejó.

– Eso jamás… – Aseguró. – Pero me da mucha curiosidad lo que sabes sobre “Deportes Extremos”… – Agregó sin dejar de reírse, pero siguiéndole el juego.

– No mucho… – Reconoció con cierto desánimo, sin embargo, volvió a sonreír. – Pero confió en que tú me vas a enseñar todo lo que necesito saber. – Aseguró con convicción. – Por eso tiene que ser en tu habitación y no en cualquier otro sitio. Todo lo bueno entre nosotros ha sucedido precisamente ahí.

– ¡Creo que te amo, Samko! – Dijo el mayor, solo porque sí, por el simple gusto de hacérselo saber.

– ¿Qué no es obvio?

– ¿Estas coqueteando conmigo?

– Algo así…

– Pues en entonces, no dejes de hacerlo… – Gianmarco fijo la mirada en los labios de Sam, pero justo cuando iba a probarlos, un frenar inesperado, los hizo rodar y terminaron en el piso del auto, en posiciones invertidas.

El más afectado fue el mayor, quien no solo sufrió el golpe, sino que tuvo que sostener a Samko, quien no dejaba de reírse, pero que innegablemente se había asustado y quizá eso era lo que le daba tanta gracia.

Una de las puertas traseras se abrió y un avergonzado chofer comenzó las disculpas.

– ¿Qué fue eso Gael? – Preguntó Gianmarco desde el piso.

– ¡Lo lamento, señor! Estaba distraído y se me estaba pasando la casa…

– Se me hace que Gasy está enamorado… – Cantó Sam, mientras se quitaba de encima de Gianmarco y con ayuda del chofer, salía del auto. – Fue muy gracioso…

– Huy si… ¡Muy gracioso! – Rebatió irónico el mayor mientras luchaba por salir. – Guarda el auto, Gael y es todo por hoy, puedes irte a descansar.

– ¡Señor!

– ¡Adiós Gasy…! – Se despidió Samko, mientras agitaba su mano frente a él.

– ¡Buenas noches a ambos!

– Sí que serán buenas… – Amenazó Gianmarco.

Los siete escalones que conducían hacía la entrada principal, los caminaron a tropezones y besos juguetones. En cuanto estuvieron frente a la puerta de la entrada, Gianmarco no dudó en acorralar a Sam contra ella. Mientras a tientas buscaba el orificio de la cerradura para meter la llave.

Una lástima que estuviera más interesado en otro tipo de orificio donde meter su llave, porque no encontraba ninguno de los dos.

– ¡No abre! – Se quejó.

– Dejame intentarlo… – Pidió Sam, mientras volvía a dejarse atrapar por esos labios que húmedos, reclamaban toda su atención.

Lo hizo rápido. Bastó con que tanteara la cerradura, y sin necesidad de mirar, metió la llave y la giró, siendo rápidamente conducido al interior de la casa. La ruta era clara, debían llegar a las escaleras y de ahí al segundo nivel, avanzar por el pasillo hasta la segunda puerta del lado derecho. ¡Fácil!

Y hubiera sido adecuado que dejaran de tocarse un momento, para subir correctamente, pero la temperatura entre ellos, estaba que ardía, razón por la cual, Gianmarco lo mantenía fuertemente asido por la cadera, para no dejarlo huir y así apoderarse de esos labios ahora un tonto rojos por la constante fricción.

Pero al llegar a la sala, el mayor, que era quien guiaba, se detuvo en seco. Y no era para menos, Linda y sin exagerar, todos sus empleados, estaban reunidos en la sala, mirándolos en silencio.

Samko también volteó y comprendiendo la situación, sin más, les mostro el anillo que ahora, adornaba su mano. El cristal principal brillaba en el centro, era una joya hermosa y de gran monetario, un anillo en oro blanco, con pedrería fina y diamantes. Por supuesto, la respuesta no se hizo esperar. Algunas de las mujeres, las de mayor edad, no pudieron contener el llanto, los habían visto crecer, era normal que se alegraran por su felicidad. Linda también lloraba y fue la primera en felicitarlos.

Así que aunque Gianmarco tenía mucha prisa por subir, tuvo que ser paciente y dejarse consentir unos minutos. Samko por su parte, se veía esplendoroso entre todos ellos, y es que, él siempre los llamó familia. Y parecía dichoso de poder compartir con ellos.

– ¿Cómo fue? – Les preguntaron. Y Gianmarco el que habló.

– La verdad, fue Samko quien me lo pidió. – Dijo y también mostró el regalo que le había dado. Un pulso de casi treinta centímetros de largo por tres de ancho, de oro sólido y eslabonado, con una placa de diamantes diminutos. Única en su estilo y de un valor sentimental muy alto, por supuesto, excesivamente costosa.

Hubo fotos, un par de brindis y todos parecían muy felices por este acontecimiento.

Pero Gianmarco se deshacía en ansías y logró robárselo de entre el gentío, en silencio lo arrastró escaleras arriba. Samko se dejó conducir como si hubiese esperado que lo hiciera desde hace mucho rato.

No se detuvieron hasta que estuvieron al interior de su habitación y hubieron asegurado la puerta.

– ¡Por fin solos! – Dijo Samko.

– ¡Por fin juntos! – Le corrigió Gianmarco y avanzando lento hacía el menor, se deshizo de su saco, solo de eso. Al llegar a su lado, lo envolvió en un abrazo suave y protector. Al que Sam, no dudo en corresponder. – Ahora escuchame muy bien.

– De acuerdo…

– ¡Sam, no estoy bromeando! – Insistió con demasiada seriedad. Logrando que el menor le mirara de la misma manera. – De aquí en adelante no hay vuelta atrás… ¿De acuerdo?

– ¡Sí!

– Si sientes que te estoy lastimando y quieres detenerte…

– ¡No quiero hablar de eso! – Le interrumpió el menor, dándole la espalda.

Pero por primera vez, Gianmarco no cedió ante él y tomándolo por los hombros lo obligó a ponerse de frente nuevamente y que le sostuviera la mirada. Cosa que Samko hizo con timidez. – Si te estoy lastimando me lo vas a hacer saber… ¿Entendido? – Le regañó, quizá con un tono de voz más fuerte que el necesario, teniendo en cuenta que el menor estaba justo enfrente de él.

– ¡Sí!

– Si algo no te gusta o no te sientes cómodo me lo dirás… – Volvió a ordenar. – Si intentas ocultármelo y me doy cuenta, igualmente me detendré y no lo haremos… ¿Quedó claro?

– ¡Sí!

– ¿Si que…?

– ¡Te lo haré saber! – Susurró el menor y bajo la mirada, un poco aturdido por el cambio tan súbito pero completamente excitado de ver ese lado enérgico e impositivo de Gianmarco.

– De frente y contra la pared… – Le ordenó mientras le señalaba sobre que pared debía arrinconarse. Samko obedeció de inmediato, mientras Gianmarco lo observaba desde el sillón.

Moría de ganas por aventársele encima, pero Samko tenía un temperamento engrandecido, se le había enseñado a ser imperioso y hacer valer su voluntad por encima de quien sea y sin importar el precio. Cualidades que Gianmarco adoraba en él, salvo por un pequeño detalle. Y es que hasta este momento de su vida, Sam solamente le rendía cuentas al segundo de sus hermanos y solo era Damián quien verdaderamente lo dominaba.

Porque era necesario para Samko el depender de alguien, ya que sin importar lo que pareciera, el chico sufría si no había alguien a su alrededor controlando hasta la más mínima de sus acciones. En parte porque estaba demasiado sobreprotegido y mimado. Y también porque era muy caprichoso.

Gianmarco no era ajeno a esto, él sabía casi tanto como el propio Damián, lo que Samko necesitaba y en la medida que lo requería. Amarlo exigía algo más que juguetear con él y cuidarlo. Era saber controlar un torbellino que podría desatarse en cualquier momento y que de no saber manejarlo destruiría todo a su alrededor, incluso a sí mismo.

– ¿Voy a quedarme mucho tiempo aquí? – Preguntó un poco molesto, pero sin deshacer su postura militar.

– ¡No, por supuesto que no! – Respondió y poniéndose de pie caminó hacia él.

Para ser exactos, caminó hacía los labios ajenos, los asechó con la mirada y con cada fibra de su ser y cuando estuvo a una distancia cómoda, los tomó por prisioneros. Chupándolos y mordiéndolos con fuerza, pero sin llegar a lastimar. Ambos habían envuelto el rostro contrario con las manos, en un loco afán de sentirse más de cerca.

Samko había ladeado ligeramente la cabeza, mientras separaba los labios dándole paso a una lengua intrusa que buscaba la suya con hambre, envolviéndola, y jugueteando en esa cavidad húmeda. Gianmarco era posesivo en cada roce, aun cuando no había la menor necesidad de luchar por algún tipo de dominio, ya que el menor se había entregado a su deseo y en cada una de sus respuestas no solo en los besos, también en las caricias, y los gemiditos que comenzaban a dejarse escuchar, le decía a palabras mudas: Haz conmigo lo que quieras, juégame, sedúceme, dominame… hazme tuyo.

Con muy poca delicadeza, Gianmarco obligó al menor a recargar la espalda contra la pared y envolviéndole las manos con las suyas, las levanto a la altura de su cabeza, aprisionándolas también contra la pared. Samko se quejó por el movimiento brusco, pero de ahí no paso, entre otras cosas, porque el mayor descendía ardorosamente por su cuello, suspirándolo y besando la piel suave que el traje no le cubría. Una pierna terminó colándose por entre los muslos de Sam, mientras Gianmarco se las arreglaba para sujetar ambas manos del menor con una sola de las suyas. Y la otra viajaba hasta la corbata de Sam, intentando deshacer el nudo.

Pero la cinta se rehusó a ceder causando la molestia de Gianmarco y la risa de Samko.

– ¿Cómo anudaste esto?

– Jálalo desde arriba… – Le dirigió Sam y sin problemas, la corbata abandonó su cuello.

Los primeros tres botones de la camisa blanca fueron desabrochados. Al tiempo que esa piel al descubierto era explorada y esporádicamente lamida y mordisqueada de manera juguetona. Ahora mismo no importaba si mañana había marcas delatoras, Gianmarco estaba ensañándose con la libertad que el menor le había dado sobre su cuerpo.

Samko respiraba por la boca. Le gustaba, claro que lo estaba disfrutando, pero a estas alturas necesitaba también, un poco de ternura. Las manos le dolían por la fuerza con la que Gianmarco las tenía sostenidas contra la pared y tanta ropa de por medio, le estorbaba.

Pero no se atrevía a decírselo.

Entonces, como pudiendo adivinar los pensamientos recurrentes del menor. Gianmarco se detuvo. No es que realmente los haya adivinado. Pero Sam era muy predecible para él y lo que sus labios se negaron a decir, su cuerpo si lo hizo cuando en un movimiento involuntario, tensó cada fibra de su ser, siendo esta la señal para el mayor de que algo andaba mal. Cuando Gianmarco levantó la mirada se encontró con que Sam mantenía los ojos cerrados con el ceño fruncido y un gesto de incomodidad surcaba su rostro.

– Debí suponer que aunque dijeras que “sí” no ibas a decírmelo… – Le reprochó en voz baja. Mientras primeramente le soltaba las manos y de forma alternativa, mimó con sus labios las marcas rojas que le habían quedado sobre estas, Samko abrió los ojos al sentirlo hacer eso y Gianmarco aprovechó que tenía su atención para sonreírle galante. – ¿Por qué tan serio? – Le preguntó, sin esperar realmente una respuesta de su parte, lo que sí hizo y sin pausa, fue acercarse al rostro de Sam y volvió a besarlo. – ¡Mentiroso!

En esta ocasión, sin prisa pero con énfasis. Rememorando ese primer beso que Sam había mencionado, y que era uno de los mejores recuerdos que Gianmarco atesoraba de él.

Su sonrisa se ensanchó al notar esas mejillas rojas tal y como cuando tenía once años. La misma ansiedad y nerviosismo que en aquella ocasión. Se tomó todo el tiempo del mundo en abrazar con sus labios los ajenos. Y así se mantuvo unos segundos, como permitiéndole al chico que se acostumbrará al contacto, cuando consideró que podía continuar, presionó levemente y volvió a detenerse. Le estaba dejando captar el ritmo de esa caricia. El siguiente movimiento lo hizo el menor, intentando corresponder y dando inicio a una sucesión de caricias lentas, suaves y cortas. Exentas de la pasión desenfrenada de hace unos momentos atrás, pero rebosantes de sentimientos limpios y verdaderos.

– ¿Puedo…? – Preguntó Gianmarco, sin separarse un solo centímetro de Sam, mientras jugueteaba con los botones de su saco.

Un tímido “sí” se escuchó. Y uno a uno los cuatro botones fueron desabrochados con extremada serenidad. Fue entonces que el mayor retrocedió un paso para concentrarse en su labor.

Sin apartar la mirada de los ojos claros del menor, deslizó el saco por sus hombros, hasta dejarlo caer. Sus manos subieron en esta ocasión, hacía el chaleco y también lo desabrochó. La prenda terminó justo encima de la anterior. Se demoró un poco más con la camisa, sobre todo porque tuvo que jalarla para sacársela del pantalón y luchó para quitar las mancuernillas de las mangas.

Sam sentía que su rostro y todo su cuerpo ardían. Pero no era capaz de deshacer ese contacto, que por suerte, no duró mucho más, porque lo siguiente en quitar eran los zapatos.

Gianmarco se inclinó para descalzarlo y de paso también retiró los calcetines. Lo hizo con humildad y cierta reverencia que terminó por avergonzar más al menor, si es que eso era posible.

Cuando volvió a erguirse, su mirada y sus manos se fueron directo sobre el cinturón que fue desabrochado con suma facilidad y gracia. El pequeño ajustador cedió de inmediato y la cremallera le siguió. Gianmarco no dejó caer prenda, sino que fue bajando junto con ella, hasta sacársela por completo.

Sin poderse contener, echó una mirada larga esas piernas blancas y torneadas que tímidas se mantenían demasiado juntas. Sonrió ante este hecho y las acarició a placer desde su posición. Caminándolas a lo largo y ancho, hasta que ambas manos subieron por sus muslos y hasta su cadera, sujetando la pretina de la única prenda que el menor vestía. Deslizó la tela de algodón y la retiró de la misma manera que lo hizo con todo lo anterior.

Sobra decir que Samko nunca antes se había sentido tan desnudo como en ese momento. Aun si sabía que Gianmarco ya había apreciado anteriormente el esplendor de su desnudez. Y se avergonzó por ello, aún si su cuerpo era algo de lo que solía sentirse orgulloso.

Porque la vergüenza no era el saberse sin ropa ante otro hombre, sino el de estar desnudo ante los ojos Gianmarco, en este preciso momento. Quien por cierto, no desaprovechó la oportunidad de recorrer de nuevo con la mirada las piernas, muslos e incluso esa erección creciente en la que se detuvo más tiempo del que dicta la sana y justa cortesía.

Admiró también ese vientre ligeramente marcado, su torso desnudo y el pecho fino, hasta llegar de nuevo al cuello blanco y largo de piel suave, admiró la quijada fuerte, el rostro tierno, las mejillas enrojecidas a causa de su vergüenza, los labios que ahora se mordía en un gesto de timidez, la nariz respingada y los ojos claros que le miraban con poquedad. No se detuvo y continuó por su entrecejo ligeramente contraído, casi de manera imperceptible, pero que le formaba dos pequeñas marquitas que algún día serian arrugas, pero no hoy. Subió hasta la frente pequeña y se perdió en los cabellos rubios, ahora perfectamente peinados y ordenados y no pudo evitar preguntarse cuanto más tardarían así.

– ¡Date vuelta! – Ordenó en voz baja, como si fuera una simple petición. Pero su mirada hambrienta delataba sus verdaderas intenciones.

Samko dudó unos cuantos segundos, pero cuando comprendió que Gianmarco no repetiría la orden ni cambiaría de opinión, le obedeció.

Hizo exactamente lo mismo que cuando lo tuvo de frente. Empezando por la nuca fue descendiendo por los hombros y la parte ancha de la espalda, siguió la línea de la columna vertebral hasta la cintura, a decir verdad, un tanto pequeña para ser un hombre de diecinueve años. Siguió bajando lentamente por la cadera, encontrándose con tres coquetos lunares del lado derecho, justo donde iniciaba ese bonito trasero. Era curioso como su columna se curvaba hacia a dentro desde su cintura, hasta su espalda baja, para remarcarse hacia afuera y resaltar la piel blanca, firme y suave de sus nalgas.

Y resultó que no eran firmes y suaves solo en apariencia, sino también al tacto. Gianmarco lo comprobó cuando sin el menor recato atrapó cada una en sus manos y las apretó con más fuerza de la necesaria, causándole a Sam, algo más que un sobresalto.

– ¡Delicioso! – Dijo mientras se pegaba al cuerpo desnudo del menor y comenzaba a recorrerlo sin piedad, sus labios y lengua saboreaban la piel que tenía a su alcance.

Se ensañó en la parte trasera del cuello de Sam, robándole suspiros y jadeos bajitos. Besó y mordió su hombro, subiendo cadenciosamente por su oreja, la cual lamió justo después de susurrarle en palabras sucias lo que deseaba hacerle, logrando incitar aún más al menor.

Quien buscó la manera de pegarse más a Gianmarco y comenzó a restregarse necesitado de todo eso que se le estaba dando. Las emociones y sensaciones lo estaban saturando, su libido acrecentando amenazaba con desatar toda su locura, y eso era justamente lo que Gianmarco quería de él.

No quería al niño tímido de anoche. Quería al hombre que sabía que era.

Pasándole una mano por el cuello hasta llegar a su quijada, lo obligó a mirarlo y lo besó desde atrás. Samko se soltó de la ropa del mayor, solo para apoyarse en la pared y sin mesura restregó sus nalgas contra la dureza Gianmarco. Le gemía en la boca, mientras con movimientos circulares se hundía más en él.

Era una imagen digna de ver, Gianmarco desbordaba sensualidad, Samko era más sexual, pero juntos hacían una perturbada mezcla de lujuria y excitación.

El mayor se aventuró por el vientre bajo de Samko, hasta que con su mano libre rodeó la hombría del menor. Que húmeda e hinchada, palpito al sentirse oprimida por esa mano experta que no hizo reparos en consentir toda la zona. El menor se deshizo en medio de esos vaivenes, y la forma tan delicada con la que las yemas de los dedos le acariciaba el glande. Y no supo si seguir restregándose o intervenir para dictar la velocidad de esas caricias. Se decidió por la segunda opción, pero en cuanto quiso moverse, Gianmarco lo frenó, rodeándolo por la cintura y obligándolo a que continuara con lo que hacía.

No quiso, de hecho se reusó rotundamente y desobedeciendo se dio la vuelta volviendo a quedar de frente al mayor. Y comenzó a tocarse a sí mismo, dejándole en claro que él era el único responsable de su placer.

– ¿Estás seguro? – Le retó Gianmarco.

– No importa lo que parezca… no tengo toda la noche. – Respondió Sam, causando una sonrisa algo maliciosa en el mayor.

– ¡Repítelo!

– Jodeme de una puta vez… – Esa respuesta era de familia, no había Katzel que no la dijera en algún momento de su vida.

Gianmarco lo llevó hasta la orilla de la cama y lo obligó a sentarse, Samko iba a quejarse de nuevo, hasta que vio como el otro se arrodillaba frente a él.

– Separalas… – Dijo y como acto-reflejo, Samko le hizo un espacio entre sus piernas.

Con la mira fija en esa erección acercó su rostro y sus manos, tomándola de nuevo, la guío hasta sus labios.

Cuantas veces no fantaseo el menor con algo parecido, aunque a decir verdad, siempre pensó que sería él quien le practicaría un oral a Gianmarco, pero esto, sin duda alguna, era mil veces mejor.

Porque este hombre grande y fuerte, tomaba su hombría con una delicadeza que lo dejaba sin aliento, y lo besaba y lamia con entereza y hambre. Mientras Samko se estremecía en espasmos consecutivos. Sus manos se cerraban fuertemente contra los edredones y se mordía los labios tratando de acallar sus gemidos ahora sonoros y desvergonzados.

– ¡Lusso…! ¡Por favor! – Susurró y al volver a escucharle nombrarle como siempre solía hacerlo, el mayor se sintió absurdamente feliz.

Y es que, desde que llegaron a la cena, Samko había insistido en llamarlo por su nombre y no de esa manera especial. Así que lo recompensó engullendo toda su hombría.

Su lengua masajeaba y sus labios hacían una presión deliciosa, mientras las otras partes de su sexo, eran atendidas por las manos del mayor.

Pese a que Samko dijo que no quería, Gianmarco estaba jugando con él. Intercalando la intensidad de esas chupadas, lo lleva hasta casi hacerlo venirse y cuando lo sentía temblar y sus muslos tensarse, le soltaba y se dedicaba a acariciarlo.

Sam estaba demasiado perdido en su paraíso de sensaciones como para notarlo. Él solo gemía, sudaba y jadeaba mientras decía cosas sin sentido. Ni siquiera notó cuando el mayor lo empujó contra el colchón y lo hizo ponerse boca abajo. Ya recostado, Gianmarco siguió el mismo camino que anteriormente recorrió con la mirada, pero esta ocasión, fue dejando besos. Desde los hombros y por toda la Columba vertebral.

Sus manos se las arreglaron para levantar un poco al menor y colocar una almohada a la altura de su cadera, en la posición en la que lo tenía, le permitía una mejor vista que no quiso desaprovechar.

Sus labios rozaron la piel blanca de las nalgas de su ahora amante, pero fue esa mordida traviesa la que despertó de su ensimismamiento a Samko. Gianmarco lamía y acariciaba su entrepierna, mientras buscaba la mejor manera de comenzar a dilatarlo.

Desde donde estaba no era posible. Así que optó por recostarse del lado derecho de Samko, Sosteniéndose con su antebrazo, logró que el menor lo besara, mientras continuaba bocabajo.

Con un movimiento suave pero firme, le hizo contraer la pierna izquierda, salvando así un poco de espacio.

– Voy a meterlo… – Le susurró y con su mano libre, buscó esa pequeña entrada. Comenzó haciendo pequeños círculos que intentaban destensar esos pliegues arrugados, su boca en ningún momento soltó los labios de Sam, buscaba distraerlo, pero aun así, cada vez que intentaba introducir su dedo, él se tensaba de nuevo. – ¡Mirame!  – Le pidió mientras se separaba un poco, apenas unos centímetros de su rostro. – ¡Te amo, Samko! No podría dañarte, relajate, todo va estar bien… – Lentamente volvió a sus labios y fue repartiendo presiones suaves e inocentes alrededor, jugando y siendo cariñoso, le mimaba con dulzura.

Logró distraerlo y aunque se desvivía en acariciarlo, en ningún momento abandonó su objetivo, lentamente el primer dedo entró. En movimientos suaves comenzó a moverlo en su interior, introduciéndolo lo más que le era posible y sin sacarlo por completo, lo envestía lentamente.

– Gianmarco…

– ¿Qué sucede mi vida?

– Gianmarco… – Las palabras temblaban en sus labios antes de que pudiera pronunciarlas. Y desesperado buscaba pegarse más a ese cuerpo, buscando un refugió que inmediatamente se le brindo.

– ¿Se siente bien?

– ¡Sí! – Los labios de ambos se encontraron de nuevo, mientras un segundo dedo entraba, seguido del tercero que no dio tiempo a nada.

Las envestidas eran más recias y Samko comenzaba a gemir sin pudor. Incluso, por él mismo buscaba penetraciones más profundas. Sorprendiendo al mayor, comenzó a seguir un ritmo distinto al de sus dedos, recostándose mejor sobre la almohada, levantó el trasero y separando un poco más las piernas, ofreciéndole sin tapujos esa parte tan íntima.

Por unos segundos Gianmarco se detuvo, distrayéndose con la imagen que tenía frete a sus ojos, tiempo durante el cual, Samko, sin dejar de moverse, se aventuró a desabrochar la ropa del mayor.

Lo dejó seguir, y con luz verde, Samko, fue besando la piel que iba dejando al descubierto, lamia y chupaba con hambre. – ¡Métemela! ¡Cógeme! – Demandó con la mirada clavada en los ojos chocolate del mayor.

Y al siguiente segundo, abandonó por completo su faena, obligando a que Gianmarco retirada sus dedos. Se sentó frente a él y seguidamente le dio la espalda para ponerse de a cuatro sobre la cama. – ¡Hazlo, por favor!

 

GIANMARCO.

 

Lo vi como nunca antes, tenía el rostro contra el colchón mientras me ofrecía semejante vista que era imposible de no admirar.

Así que este era el verdadero Samko.

Terminé de desvestirme en menos de lo que esperaba, él aguardaba impaciente por mí, y yo también lo estaba por tocarlo. Le dediqué una última mirada y lo saboreé a mis anchas, mientras mis manos apretaban con fuerza sus nalgas, separándolas, mi lengua le recorría y humedecía más su entrada.

Al principio se mostró un poco incómodo. Pero pronto lo olvido y se dejó hacer, con él entregado a todas esas sensaciones, pude soltarlo, solo para atrapar de nuevo su hombría y reiniciar con los vaivenes.

Gruñía y decía cosas sin sentido, pero en ningún momento intento apartarse, fui penetrándolo con mi lengua, mientras aceleraba los fricciones con ambas manos, sin dejar una sola parte sin ser atendida.

Su miembro se hinchaba en mis manos, fue cosa de segundos, él se tensó desde los hombros, hasta los muslos de sus piernas y terminó en medio en un gemido que se le quedó en la garganta.

Quería verlo, su rostro, cada una de sus expresiones.

No le di tiempo de nada, y lo giré dejándolo bocarriba, Samko sudaba, ambos lo hacíamos, pero su cuerpo aun temblaba ligeramente.

Ya habíamos estado desnudos en muchas ocasiones, pero fue distinto en esta ocasión, sus ojos me recorrieron como si fuera la primera vez que me veía. Hubiera querido hablarle, decirle cualquier cosa, cuanto lo amaba, lo mucho que valoraba el que estuviera conmigo, que se yo…

Pero el alma entera me dolía.

Lo necesitaba.

Con cuidado me recosté sobre él, le pasé un brazo por debajo, sujetándolo por la cadera y lo arrastré hasta la cabecera de nuestra cama, puse almohadas y a él sobre ellas. Me pegué lo más que pude a él, para impedir que pudiera moverse o dañarse. Con sus muslos contra los míos, Samko casi estaba sentado sobre mí. Atrapé una de sus manos y entrelacé nuestros dedos, mismos que repose sobre su pecho.

– ¡Te amo! – Le repetí mientras acercaba mi rostro al suyo.

Nos besamos, y puedo presumir que fue uno de los mejores besos que hemos compartido. Sus ansias estaban calmas, así que lo único que hablaba por nosotros ahora, eran nuestros sentimientos. En caricias lentas lo mime hasta conmoverlo, limpie sus lágrimas, porque me dolía verlo llorar, aun si son lágrimas de felicidad.

Quería darle toda la seguridad, dejarle en claro que me sentía alagado porque me permitió ser la primera vez en muchas cosas importantes en su vida. Y sobre todo, que me sentía inmensamente feliz, porque me escogió a mí.

Yo no necesitaba preparación alguna, mi excitación no podría ser mayor, con mi mano libre tomé mi miembro y lo dirigí a su entrada. – No… mirame, quiero que me mires en todo momento… – Le pedí, Samko asintió muy ligeramente.

Comencé a hacer círculos a su alrededor, pero todo esto era demasiado incluso para mí. Presioné y sentí su estreches resistirse a mi invasión. Él se quejó, el agarré de su mano contra la mía se intensifico. Le sonreí para tranquilizarlo, y volví a intentarlo, esta vez con una poco más de fuerza.

Lo logré, avancé lento en su interior.

Samko había echado su cabeza hacía atrás, pero aun así podía ver su rostro enrojecido, respiraba de manera entrecortada e incluso intentó liberarse, pero me tenía encima, y no iba a permitírselo.

No me detuve hasta que no pude entrar más. La forma en la que sus paredes me envolvía era deliciosa, su calor y la suavidad de su interior era insuperable.

– ¡Esta dentro! – Anuncié y aunque le costó un poco de trabajo, regresó su rostro y miró por entre nosotros. Su mano libre fue hasta su vientre bajo y reposó ahí. Entonces su mirada volvió a la mía.

– ¡Estas aquí! – Me dijo y miró abajo otra vez. – Estas en mí…

– ¿Puedes sentirme?

– ¡Sí! – Dijo de inmediato. – Ahora ya somos uno. – Agregó y sus labios atraparon los míos.

Me fui moviendo al ritmo de nuestros besos. Al principio muy lento, lastimosamente lento… pero cuando lo sentí seguro, incrementé el ritmo de las embestidas. Hasta que ambos volvimos a ser solo gemidos y sudor goteando. La cama rechinaba debajo de nosotros y de una en una fui retirando las almohadas, hasta que lo tuve completamente recostado sobre el colchón, sus piernas se envolvían alrededor de mi cintura, y su mano libre me aruñaba el hombro y la espalda.

Me preocupaba lastimarlo, pero estaba fuera de mí, lo penetraba sin la menor contemplación, entrando y saliendo por completo, para fundirme de nuevo en él con fuerza. Su cuerpo pequeño se perdía debajo del mío, a pesar de eso, en cada movimiento me recibía con apremió, con hambre.  Exigiéndome más… más besos, más embestidas, más de esas miradas que nos dedicábamos y que eran un aliciente que nos incitaba a enrollarnos y entregarnos con frenesí.

Cuando comencé a tocar ese punto en él, Samko me apretaba aún más, llevándome a un mundo de sensaciones desbordantes, que me atrapaban, me consumían y me nublaban el juicio.

No fue necesario mucho más, verlo terminar, sumado a todo lo demás, fue lo que llevó a disfrutar de un orgasmo fuerte que terminó por llenarlo.

Me dejé caer sobre él, acunándolo en mi cuerpo, besé su rostro lloroso, mientras retiraba el cabello que se había pegado en su frente. No me salí de él y Sam tampoco me lo pidió. Por los siguientes minutos, únicamente nos miramos mientras intentábamos recordar como respirar con normalidad.

Dejé un beso rápido en su frente, y en la punta de su nariz.

Samko cerró los ojos y lo sentí acomodarse a mi lado. Entendía que estuviera cansado pero yo tenía otros planes. Y se lo hice saber cuándo comencé a moverme de nuevo en su interior. Sin abrir los ojos, me sonrió.

– Ya que insistes… – Dijo con coquetería.

– Ese es mi hombre… – Le felicité. – Ahora así, voy a darte la cogida de tu vida, Samko Katzel.

– ¿Es una amenaza?

– Es una promesa…

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