Capitulo 38: El Cayado Del Pastor (C.E)

BOSQUE NOCTURNO

Los espíritus poseían cuerpos inmateriales que carecían de forma física, como resultado, sus apariencias a formas no tenían género y se mantenían flotando a mí alrededor.

Lejos de sus sollozos que se intensificaban, no podía escuchar nada más.

Tenía miedo de mí… de lo que le hice, de que me odiara. Estaba aterrado por esas voces que se alzaban en todas direcciones y que no sabía de dónde venían. Que tampoco podía verlas pero que las sentía. Quise culpar a la bestia que llevo dentro, pero sabía… comprendía que se trataba de algo más. Una maldad que no tenía cabida en el mundo de los humanos, cosas terribles, atroces… cosas que solo podían ser adjudicadas a mi sobrenaturalidad. Entonces… con dolor entendí que Ariel ya no estaba seguro a mi lado.

Caí de rodillas al piso. Con ambas manos me cubría los oídos y apreté con fuerza los ojos, pero los sollozos de mi niño se alzaban violentos y convulsivos a tal punto que retumbaban sobre mi cuerpo. Sabía que no era así, que si bien, Ariel lloraba en su habitación… porque efectivamente podía escucharlo. Este ruido estridente que me estaba haciendo sufrir no provenía de él.

Un viento frió e inexplicable me caló los huesos…

La misma extraña y aterradora sensación de aquella vez, se apoderó de mí. Las ventanas perfectamente cerradas vibraron todas al mismo tiempo y con tal fuerza que creí que se romperían. La luz parpadeó apagando los focos por una fracción de segundos.  Y se repitió por tres ocasiones más.

Ante mi ansiedad y terror mi lobo pareció despertar de un sueño obligado, gruño sin fuerza y volvió a la quietud. Estaba débil, había perdido la luna llena y con ella mi oportunidad de cazar sin transgredir la promesa que le había hecho a Deviant.

Ha decir verdad, la dejé pasar a voluntad… Pretendía ser alguien mejor para él, un hombre al que valiera la pena amar. Por esa razón… ese día decidí que no saldría a cazar, ya no quería matar…

Quería estar lo más limpió posible, para que al caer el noche pudiera acostarme a su lado y abrazarlo hasta que durmiera, hasta que ambos lo hiciéramos. Acariciar su rostro de niño y su cabello rebelde sin preocuparme de que mis manos estuvieran manchadas de sangre.

No pensé en las consecuencias…

No creí que quizá necesitaría mi fuerza para defenderlo de aquello que no es humano.

Me obligué a ponerme de pie, estaba a mitad de sala y pese al frió que tan de repente se había instaurado en la casa, me descubrí sudando. Mi aliento formaba una especie de humo me salía por la nariz al exhalar o por mi boca cuando jadeaba.

Algo malo estaba pasando conmigo… mi temperatura descendía drásticamente. Y con ello, la pesadez de mi cuerpo me hacía sentir fatigado, excesivamente cansado. Escuché como la puerta de la cocina se abría de la nada y mentalmente me preparé para lo peor.

Esperé… no tenía miedo. Sea quien sea… no llegaría al segundo piso. Así tuviera que morir para impedírselo, nada ni nadie dañaría a Ariel.

Pero trascurridos unos segundos, me convencí de que lo querían era hacerme salir, no ellos entrar. A pasos cortos y arrastrados cruce la sala, el comedor y llegué hasta la cocina. En efecto, la puerta estaba abierta y se mecía de un lado a otro que si alguien la empujara y jalara al mismo tiempo.

Cualquiera en su sano juicio hubiera dado marcha atrás y se alejaría de esa escena que parecía sacada de una película de terror. Bien, yo no estaba en mi sano juicio, quizá nunca lo he estado. Por eso, en vez de alejarme. Me exigí avanzar y sujetarla.

No tuve que presionar, simplemente se detuvo ante mi toque. Encendí la luz del patio trasero y salí a la terraza. Cada vez me era más difícil respirar, mi cuerpo temblaba debido al frió que sentía. Era malo para mí. Una de las pocas cosas que puede hacerme perder la conciencia. Si mi temperatura corporal seguía descendiendo podría colapsar.

Bajé los dos escalones que me separaban del piso y centré mi atención en el bosque se abría inmenso frente a mí.

Fue entonces que los vi.

Pequeñas sombras de luz que ululaban lamentaciones… quejidos suaves pero penetrantes que te ponían la piel de gallina. Se escondían entre las sombras y no se atrevían a pasar a la parte despejada del jardín. Esta era la tercera vez que los veía y eran siempre señal de un mal augurio.

Entre ellos también había “Numinas”… Los gitanos me habían hablado sobre ellos cuando era niño. Decían que eran protectores de la foresta y actores principales en los mitos y leyendas con los que había crecido. A veces me seguían como esferas de luz azul o en ocasiones blanca, que aparecían flotando en mi camino cuando me internaba en el bosque.

La dendrolatría bajo la cual crecí, me enseño que no debía temerles ni intentar tocarles, que eran deidades que residían en los bosques. Protectores de árboles y ríos.

Dentro de la comunidad se les conocía como Basandere y aunque creían en ellos jamás se habían hecho visibles a ojos humanos. Mi naturaleza me permitía verlos, los gitanos decían haberlos visto cuando se encontraban en trance y habían hecho algunas representaciones. Sus formas variaban pero por lo general se mostraban como hombres salvajes. Había varios de ellos, mezclados con esas otras sombras que se lamentaban.

— Di tu nombre… — Ordené.

Frente a mis ojos las vi unirse… callaron sus lamentaciones y se volvieron las unas contra las otras hasta que formaron una figura oscura y escabrosa. Se suspendía en el aire varios metros sobre el suelo. — Anchutka… — La respuesta pareció venir de las profundidades del bosque. En un susurró casi ininteligible.

Lo repetí y como cualquier otro espíritu dañino respondió al instante a la mención de su nombre. Bajó hasta que sus pies tocaron el piso y su apariencia cambio. Avanzó con una rapidez esteparia hasta el límite del bosque. Los numinas no le permitieron trasgredir esa demarcación.

Sabía que este ser era lo que se conocía como un succionador de almas.

La primera vez que los vi fue cuando mate a mi padre, demonios deformes con los que seguí soñando hasta muchos años después… La segunda vez, cuando James casi muere en ese accidente, en aquella ocasión los vi como animales. Y ahora, se presentaba ante mí con la apariencia de un humano… no uno cualquiera.

Uno especial…

De baja estatura y cuerpo delgado… su piel blanca y fina, en ellos se miraba maltrecha, como grisácea y sucia. Sus ojos como lagos azules y profundos, se tornaron negros y fríos, venas rojas rodeaban sus parpados y sus ojeras profundas y oscuras, casi amoratadas. El cabello rebelde y sedoso… ahora goteaba un líquido espeso y negro. Llevaba una especie de manto roído y viejo. Sus labios se separaron y de ellos escuche como si una multitud soltara risotadas al mismo tiempo. Era una risa burlesca y maligna.

Se reía de mí, de la expresión de sorpresa que se había instaurado en mi rostro.

Ese era Ariel pero con una apariencia tenebrosa y horrible. Entendí que pretendían intimidarme, como lo único bueno que quedaba de mi alma, ahora estaba protegida en el cuerpo de Ariel, amenazaban con quitármelo.

No fui consciente del momento exacto en el que comencé a avanzar hacia él. Era como si cuerpo tuviera vida propia y se moviera a voluntad. Esa cosa me llamaba y me obligaba a ir hacía él aunque no era lo que quería.

No sabría decir si su intención era obligarme a internarme en el bosque o alejarme de la casa. Pero cuando estuve a cuando mucho un metro de distancia de ese ser… Me convertí.

  • TERCERA PERSONA

El ente no dejaba de reír, deformaba las facciones aniñadas de su rostro mientras sus ojos se iban volviendo cada vez más grandes. Con cada paso que Damian daba para acercarse, volvía más histérica su risa.

Fue entonces que un temblor sacudió el cuerpo de Damian… la ropa que lo cubría cayó rota en pedazos al mismo tiempo que un lobo negro de pelaje espeso y ojos como calderas de oro derretido caía sobre sus cuatro patas. Era de por lo menos, dos metros de altura. Con las fauces abiertas se aventó contra el ser y lo partió por la mitad.

No era materia sólida lo que mordió, y como si se tratase de humo… se desvaneció en la nada. El lobo se desplomó sobre el piso, al mismo tiempo que Ariel profería un grito ahogado, casi desgarrador. Y James aunque a kilómetros de distancia de ellos y completamente ajeno a lo que sucedía, soltó la bebida que sostenía justo antes de irse de espalda contra el piso. Los tres quedaron sumergidos en una inconsciencia abrumadora y tardía.

COMENTARIOS DEL AUTOR

  • La Dendrolatría es una constante dentro de la historia religiosa de Europa y se basa en el culto a los arboles y a los espíritus conocidos como númenes o numinas como menciona Damian.
  • El ser que se trasforma en una imagen bizarra de Ariel, es un Anchutka y forma parte de los espíritus eslavos más enigmáticos. A grandes rasgos es un ser dañino y diabólico.
  • Por último, una ligera aclaración: Pese a que en todos los capítulos anteriores el nombre de nuestro lobo es Damián (Error mio al escribir) lo correcto es tal y como aparece en este: Damian (Y se pronunciaría como Damien) Erika me había hecho la corrección desde hace tiempo, ustedes disculpen.

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