Capítulo 17

Capítulo XVII

Vulnerabilidad (Saturday!)

1

Entrada No. 8 – Diario de Martín.

Él… me besaba los lunares. Me costó descifrarlo porque nunca me lo dijo; pero después de notar que sus besos parecían seguir un patrón determinado, que se repetía haciéndome enloquecer, me di cuenta de ello.

Me abrazaba como si quisiera romperme cada hueso; aferrándose a mi torso con tal ferocidad, que me sacaba el aire… Y nunca antes hubiese podido llegar a sentirme tan complacido ante la posibilidad de morir por asfixia.

Él… una vez, mientras retozábamos en su cama después de hacer el amor de manera tan fiera que me costó no dormirme en cuanto terminamos, tomó su pincel, lo cargó de pintura y dibujó un patrón colorido sobre mi espalda baja y mi trasero. Lo hizo con óleos, en colores cálidos, con figuras fluidas que en su momento solo pude describir como pequeñas olas… Me fotografió la espalda hasta el cansancio pero yo, tonto de mí, borré esas imágenes de su teléfono. Más me habría valido conservarlas como prueba de que yo no me enamoré porque sí… De que hacía parte de su vida.

Me tomó cerca de media hora bajo el agua caliente de la ducha el poder sacarme  por completo las manchas de pintura del cuerpo… Pero la huella que reposa profundamente arraigada en lo más hondo de mí ser, producto de todo lo que siento y de cuan intensamente lo hago, de sus manos callosas recorriéndome entero, de sus ojos clavados en los míos, ¿Cómo la borro?¿Cómo lo hago?

A veces siento una suerte de asco hacia mí mismo. Asco al darme cuenta de que, aunque siempre quise convencerme de lo contrario, en cuanto a este tema concierne yo no soy nada especial. Que solo estoy comportándome como un adolescente enamorado cualquiera, que no tengo el control… Porque, ¡mierda! Ahora mismo estoy aquí, lloriqueando en un rincón de mi habitación mientras escribo acerca de él en un diario… En un puto diario de mierda que solo hará que tú, quien quiera que seas, te retuerzas de la risa al tratar de imaginarme en semejante situación; y te reirás aún más cuando trates de imaginarme en retrospectiva, porque cuando tú leas esto yo seré veinte años más viejo de lo que soy ahora y tú solo serás un pendejo o una pendeja de Diecisiete, ¡Ridículo de mí!

 Siento rabia al darme cuenta de que el amor me ha ganado la partida, que no salí invicto ante algo en lo que muchos han caído, despeñándose, y entre los cuales ahora debo contarme. Me gustaría poder sacarme este amor del pecho, tirarlo lejos y pisotearlo hasta que desaparezca… Pero no puedo, ¡No puedo! porque es más fuerte que yo, es más listo que yo… Y si ha resistido el rechazo, de seguro que también resistirá mi recelo hacia él. Este amor… Este amor es como una cucaracha sobreviviendo a la explosión de una bomba atómica.

¿Cómo podía no enamorarme de quien besaba mis lunares y me hacía tatuajes surrealistas en el cuerpo? Tendría que haber sido de piedra… O menos idiota.

Puedo concluir que mi punto débil es él, porque bien pude también haberme enamorado estúpida y perdidamente de aquel fotógrafo que inmortalizó a mi yo de dieciséis años sin hartarse de ello, halagándome de tal manera que cuando me alejé de él me sentí por completo culpable. ¡Él me ofreció un auto! Sin duda algo mucho más práctico y con mucho más valor en el mercado que un estúpido manchón de pintura en las nalgas… Pero ¡mierda, mierda, mierda! Amé cada estúpido segundo que él invirtió en pintarrajearme el cuerpo. Soy un idiota… Lo soy.

 Llevo casi dos semanas sin verlo. He estado haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad y agarrándome de mi orgullo para mantenerme firme, pero eso está matándome. Quiero comérmelo a besos, o a mordiscos… ¡No sé!

No sé exactamente de qué me estoy quejando. No sé si estoy despotricando porque me enamoré, porque él no se enamoró, o porque aunque él no se enamoró estoy tratando de facilitarle las cosas solo por si le da la gana de enamorarse de mí. No sé si quiero verlo porque lo amo tanto que quiero tenerlo conmigo, o para amargarle la existencia porque siento que se lo merece. Me siento tan extraño hoy, que creo que cualquiera de esas dos opciones  me haría inmensamente feliz.

Voy a mentir por él. Voy a complicarme la existencia y a arrastrar a alguien más conmigo,  por él.  Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa… Por él.

Lo amo tanto que lo odio. Lo odio tanto que

 

Martín soltó la pluma, dejando la frase inconclusa bailoteando delante de sus ojos, ¿Lo odiaba? ¿Acaso realmente lo hacía? Si fuese así, tendría la fuerza para alejarse definitivamente de él y dejarlo ir. El problema radicaba precisamente en eso, en que no lo odiaba o en que, por lo menos, no lo hacía lo suficiente… No aún.

Sorbió por la nariz, fastidiándose ante ese sonido. Era así como sonaba de verdad un corazón roto: a contención de mocos, a gruñidos de frustración, a sollozos de rabia, a una pluma rasgando el papel a las 3:15 de la madrugada bajo un haz de luz insuficiente. No había sonidos de crack similares al cristal haciéndose añicos, o música triste de fondo… Lo que había era una molestia en el interior, comparable con un zumbido interminable. Un dolor sordo acompañado de insomnio… Y mocos y llanto contenidos.

Martín no pudo evitar preguntarse si quizá no estaría siendo demasiado exigente. Si no era pretencioso de su parte el esperar que Joaquín pudiera amarlo. Si acaso no era estúpido el esperar reciprocidad solo porque él si tenía fuertes sentimientos bulléndole en el pecho. Se preguntaba todo esto porque, en el fondo, lo único que buscaba era una excusa, una razón, algo que le permitiera salir corriendo a refugiarse en sus brazos y en aquel cuerpo que deseaba de manera incontrolable; sin que su amor propio, su orgullo o su corazón roto, se entrometieran.

A pesar de que Martín sentía que el amor le llenaba el pecho y bullía con fuerza en su interior coexistiendo, aunque sin mucha armonía, con su contrariedad y su decepción, el sentimentalismo no eclipsaba al cien por ciento sus sentidos. Aun así quería tocarlo, quería lamerlo, quería morderlo y deslizarse por cada centímetro de su cuerpo. Quería escuchar sus sonidos roncos y guturales productos del placer, y regodearse ante el hecho de que los dejara escapar por causa de él… De él y de su sexo. Por él y para él.

Porque si, estaba enamorado de alguien a quien quería —y necesitaba— odiar, pero también estaba más caliente que un puto turborreactor.

Tenía los ojos empequeñecidos por el llanto y por la falta de sueño. Estaba cansado, pero dormir se había convertido en algo intermitente y ocasionalmente esquivo en los últimos días.

Apagó la pequeña lámpara sobre su escritorio y recargó el cuerpo hacia atrás. Dejó deslizar el trasero hacia delante,  hasta que su nuca quedó apoyada de lleno en la parte superior de su silla de rodachines. Dejó a sus ojos vagar en la negrura del techo de su habitación que, por encontrarse en la última planta, era generosamente alto, confiriéndole al dormitorio la sensación de ser aún más amplia de lo que ya de por sí era. Flexionó la pierna derecha con la planta aún apoyada en el suelo, la estiró y la encogió repetidamente, impulsándose para girar la silla sobre su propio eje y comenzar a mecerse de un lado al otro.

No supo exactamente cómo fue posible que un techo sumergido en la completa oscuridad se meciera delante de sus ojos, pero eso fue lo que ocurrió. Detuvo el movimiento de su pierna, pero aun así tuvo la sensación de que la silla había continuado moviéndose.

—Ay… mierda. — Le declaró a la oscuridad tambaleante que lo rodeaba, en un susurro que cortó el perfecto silencio nocturno.

Estaba mareado y además se sentía hambriento.

Cuando la sensación de vértigo remitió lo suficiente como para estar seguro de que era capaz de andar sin azotar contra el piso, se puso de pie y analizó qué hacer. Uno de sus malestares lo empujaba de vuelta a la cama. El  otro, lo instaba a poner sus pasos rumbo a la cocina. Se decidió por la segunda opción.

***

No es que fuese un inútil, pero definitivamente la estabilidad estructural del sándwich que preparó, dejaba mucho que desear. La mortadela, el queso y el pan estaban desalineados, así que, o sus bocados eran de solo pan, o de solo mortadela y queso, pero nunca de las tres cosas a la vez. Había más mayonesa en sus dedos que en las piezas de pan, pero no le importó.

Mientras comía, a pesar de su llanto solo quedaba uno que otro hipido delator, las lágrimas escapaban ocasionalmente de sus ojos. Rodaban por sus mejillas a intervalos de tiempo que aseguraban que la anterior no había terminado de secarse cuando la siguiente acudía a resbalar por el mismo camino.

Mordisco… Masticada…. Lágrima… Sorbo de leche… Suspiro… Mordisco… Suspiro… Suspiro… Masticar para evitar ahogamiento… LÁGRIMA.

No sabía qué mierda le estaba pasando. Se sentía más descontrolado que nunca en toda su vida. Nunca antes había odiado la capacidad reflectante de las superficies de acero inoxidable de los electrodomésticos hasta aquella noche, en la que cruelmente le devolvían la patética imagen que estaba ofreciendo.

En algún momento verse así, llorando y comiendo, le pareció gracioso, así que se permitió reír… Pero la risa no le duró mucho. Empezó a convencerse de que estaba enloqueciendo… Y siendo así, estando loco, seguramente que tenía permitido ir a tirarse a Joaquín hasta que el mundo se acabara, y sin ningún tipo de consecuencia.

Julius lo miraba con insistencia desde el piso. Atento y apoyado en los cuartos traseros, el perro seguía cada uno de sus movimientos esperando por si Martín se dignaba a dejar de ignorarlo, o a dejar caer algo de la fragante mortadela en su dirección.

— ¿Sabes algo Julius Jones? Tú…Tienes suerte de estar castrado. Eres un afortunado al que el amor y la calentura le son por completo indiferentes—.Dio una nueva y amplia mordida.

— ¿Martín?—. Perfecto. Aquello simplemente era perfecto. Al parecer no era suficiente con estar pasando por un extraño lapsus depresivo-psicótico-afectivo, sino que además iba a tener testigos de su decadencia…  Y ni más ni menos que su mamá—. ¿Qué haces fuera de la cama a esta hora?

Gracias a Dios tenía la boca llena; porque de no haber sido así seguramente le habría gritado a su madre lo que le pasó por la cabeza, mientras agitaba frente a su rostro su estructuralmente inestable sándwich.

« ¿No es obvio? ¿No es obvio? ¿No es obvio?!!!! ¿No es malditamente Obviooooo? ¿Mi boca llena y la comida en mis manos no son pistas suficientes, acaso?!!!!»

¿Qué debía hacer primero?: ¿Soltaba lo que tenía en las manos? ¿Se tragaba lo que tenía en la boca y que le impedía responder? ¿Se secaba las lágrimas para que su mamá no notara que estaba llorando?

Mimí comenzó a avanzar desde la entrada de la cocina, así que hizo todo lo más rápido que pudo… En el orden más lógico que encontró.

—Mañana es sábado—Dijo como toda explicación. Para él, aquello traducía básicamente: No tengo que madrugar, así que no importa que no duerma hoy. Porque mañana es sábado por favor también  pasa por alto el hecho de que, como nunca he hecho antes, estoy sentado en la cocina a las 3:00 de la mañana atiborrándome de comida mientras lloro y hablo con mi perro… Es que, verás, mañana es sábado. En vista de tal disparate, decidió agregar algo más— Estaba muriendo de hambre así que… —Hizo un gesto vago con las manos, señalando la comida—. Y tú ¿Qué haces despierta a esta hora?

Mimí estaba dándole la espalda. Había pasado derecho desde la entrada hasta la encimera donde, parada en puntas de pies, rebuscó en uno de los gabinetes hasta dar con una taza. Luego revoloteó un poco más hasta dar con un contenedor de donde extrajo un sobrecito de algún tipo de infusión. Puso a calentar agua y se dirigió hacia él.

En ese momento Martín solo quiso que se lo tragara la tierra. Pero como eso no era factible y de serlo quizá su madre se tomaría a mal el verlo desaparecer a través de un agujero en el piso de la cocina, no le quedó de otra más que enterrar la vista en el plato que contenía el resto de su maltrecho bocadillo nocturno, y rezar internamente porque ella no notara sus ojos irritados.

—No puedo dormir. Creo que tengo demasiadas cosas en la cabeza ahora mismo. Estoy organizando un evento entre agencias y está lo de la inversión de los australianos, la exposición de Joaquín que no he podido terminar de cuadrar, pelee con mamá, para variar y… —Ella detuvo su explicación. Aquella pausa, no era buena señal; seguro que no. — ¿Martín? levanta la vista y mírame—Él enterró aún más la vista en el pecho—. Que me mires dije. ¿Tú estás…? ¿Estás llorando?—Ella hizo el amago de querer flanquear la mesada de la isla que los separaba e ir hacia él, pero al parecer lo reconsideró al verlo negar con la cabeza, porque en lugar de eso se sentó frente a él, quizá tratando de discernir cuál sería la mejor manera de manejar aquella situación. Mimí tamborileó los dedos sobre la superficie que los separaba, obviamente sin apartarle la mirada— ¿Esa negativa quiere decir que no te pasa nada o que no quieres que te pregunte?— Cada una de esas palabras fue disparada con el mayor de los tonos de ironía—. Por Dios hijo, creo que si lo intento con ganas, me costaría realmente mucho recordar la última vez que te vi llorar. Así que supongo que sabrás comprender que verte así me resulte de lo más inquietante. Dime qué te pasa.

¿Qué pasaba? ¿Que qué pasaba? Pasaba que estaba atorado con un montón de sentimientos y sensaciones que lo sobrepasaban. Pasaba que sentía una angustia que en su opinión era desmedida para tratarse simplemente de una reacción a un mal de amores. Pasaba que su mundo, normalmente en control y bastante cómodo, estaba colapsado… Además se sentía patético… Eso pasaba.

—Yo…— Martín negó con la cabeza y bajó la vista al plato una vez más. Comenzó a jugar con las migas de pan.

— ¿Es por él? Por la persona con la que sales, ¿no es así?—Cuando Martín desenterró los ojos del plato, el rostro de Mimí lo esperó con una sonrisa de comprensión.

 ¿Ya qué más daba? Quizá su carta «Ricardo» era multiusos, y le permitía sacar un poco de lo que llevaba dentro. Mientras  no mencionara el nombre de Joaquín, seguramente todo estaría bien. Además, qué otra cosa iba a decirle a Mimí, ¿Que le dolía el estómago o la cabeza y que por eso lloraba? Ella ya se lo había pillado. Así que solo asintió con la cabeza. — ¿Así de importante es él?

—Lo es. Lo que me pasa con él, es importante. Yo siento… Lo que siento es algo intenso y verdadero—. Decirle aquello a Micaela fue, en cierta forma, algo liberador. También vergonzoso, porque nunca antes se había sentido tanto una nena, como en aquel momento.

— Y las cosas ¿van mal de alguna manera?

—No sé si mal, pero definitivamente si están un poco complicadas. Hay… Hay situaciones atenuantes que no nos permiten…—«Atenuante No. 1: No me ama – Atenuante No. 2: Yo si lo hago – Atenuante No. 3: Tiene una mujer, una mujer embarazada… Atenuante número 4: Tú»—. Hay ciertas circunstancias que lo envuelven, y que definitivamente dificultan las cosas entre nosotros.

—Situaciones como cuáles, ¿unh? Dime, quizá yo pueda ayudarlos. Dame una oportunidad, Martín. Déjame ayudarte. Sé que ya eres casi un adulto, pero eso no hace que yo deje de ser tu mamá y de preocuparme por ti.  

Martín dejó escapar un suspiro. Quién sabía si aquello tenía caso.

—Dime algo. ¿Serías capaz de aceptar cualquier cosa, por grave o inconveniente que pudiera parecer, si ese algo asegurara mi felicidad?

— ¿De qué hablas? Me estás asustando. Dime lo que necesites decirme, te aseguro que sabré encajar la información. No me gusta verte llorar… Dios, no lo soporto, yo solo quiero que seas feliz. Cada decisión que he tomado en los últimos dieciocho años de mi vida ha sido en pos de que tú, mi persona favorita en el planeta, seas feliz. Así que si tu felicidad está en mis manos, te aseguro que haré lo posible por entender y ceder… En la medida de lo posible.

—Y eso es todo lo que busco… O acaso ¿Quién no busca ser feliz?

 ¿Y Quién iba a pensar que, después de haberle dicho que estaba demasiado crecido para hablar de aquellos temas con ella, sería justamente cuando más se le aflojaría la lengua?

 

2

Estaba maravillada ante su propio reflejo. La imagen del pequeño espejo de mano que sostenía delante de su rostro, le devolvía sus propios rasgos envueltos en una perfecta sinfonía a base de delineador y sombras para ojos en colores tierra que resaltaban cada matiz, sacándole provecho a los mejores atributos de su rostro. Se sentía fabulosa, aunque el resto de su ser aún estuviera envuelto en un pijama con vergonzosos y poco sexys gatitos de color rosa estampados de manera aleatoria a lo largo y ancho de la tela.

— ¡Gonzalo, eres genial! Dios, eres un artista… Claro, que la has tenido fácil, porque con este lienzo…—Carolina enmarcó su rostro, haciendo dedos mágicos alrededor.

—Sí, sí… eres preciosa y todo  lo que quieras, pero aunque fueses un moco, mi talento y yo habríamos hecho de ti una belleza de igual modo. Yo soy fantástico— Gonzalo hizo una de sus famosas florituras con una de sus manos. — ¿Quieres que te pinte las uñas de los pies? Las tienes hechas un asquito.

Él había aparecido intempestivamente en la puerta de Carolina la noche anterior viéndose miserable, pero tratando de ocultarlo debajo de una brillante y amplia sonrisa. La invitación para que se quedara a dormir salió de labios de la chica con un tonito de fingida súplica, aduciendo que Jazmín había ido a pasar el fin de semana en casa de sus padres a las afueras y que ella no quería quedarse sola. Gonzalo, por supuesto, fingió meditar acerca de la invitación y terminó por aceptar como si lo hiciera a regañadientes, aun cuando ella sabía que esa había sido completamente su intención al pasar por el departamento.

Desde que despertaron Gonzalo había hecho el desayuno, lavado la loza sucia, le había alisado el cabello armado de secador y plancha, por último le había hecho aquel maquillaje excepcional. Ahora se ofrecía a hacerle pedicure. Carolina estaba segura de que todo aquello se debía a que él, por la razón que fuese, no quería irse. No se atrevió a preguntarle la razón, por temor a lastimarlo o hacerlo sentir mal… Además seguirle la corriente, la estaba proveyendo de servicios que, de otra manera, le habrían salido por un ojo de la cara en un salón de belleza, y en los que Gonzalo era un diez.

— ¿En serio harías eso por mí? —Ella se estiró sobre la cama y le estampó un sonoro beso en la mejilla—Eres un sol. Déjame ir por mis esmaltes de uñas y mi neceser—. Abandonó la cama de un salto, dirigiéndose a una cómoda de madera, situada en el pasillo porque no cabía dentro de su pequeña habitación. — ¿Cómo es que sabes tanto de cosmética? ¿Y cómo es que yo no sabía que tú sabías? Me habría ahorrado un dineral—. Su emoción era sincera.

Gonzalo sonrió de forma amplia.

—A ver… ¿Te digo… No te digo… Te digo… No te digo?— La miró con picardía—. Está bien, ¡Te digo! Pues, hará unos cuatro años que yo, este pechito hermoso, participo en el «Red Diva» y… Y veo por tu cara que no tienes ni la menor idea de lo que te estoy hablando.

Y así era en efecto. Carolina no sabía de qué le hablaba Gonzalo. Regresó a su lado cargada con sus esmaltes y aditamentos hasta que los dejó caer sobre la cama.

—No, no lo sé ¿Qué es un Red Diva? ¿Con qué se come eso?

Gonzalo examinó los botecitos de esmalte, escogiendo entre el montón los colores que sabía, le favorecerían más al tono de piel de la chica.

—No es UN Red diva es EL «Red diva». Un concurso sobre pasarela… Para travestis.

Poco faltó para que la quijada de Carolina alcanzara su pecho. En ese momento le pareció gracioso el recuerdo de haber pellizcado a Martín cuando él se había referido a Gonzalo como «Aquella delicada mariposa farandulera» horas después de haberlos presentado un año atrás.

— ¿Qué? ¿Tú?—. Fue lo único que dijo, llena de sorpresa.

— ¡Oh sí! Yo. Y soy genial. Me maquillo y hago mi vestuario yo mismo, porque no me basta saber maquillar y peinar a la perfección, nena, también me entiendo con las máquinas de coser. De los cuatro concursos en los que he participado, he ganado dos, y en los otros he obtenido el segundo lugar… Y en el Talent Show hago una Britney en uniforme de colegiala absolutamente espectacular—. Mientras hablaba, Gonzalo empapó una mota de algodón con líquido removedor, dispuesto a retirar los restos de esmalte de las uñas de Carolina.

—Pero… ¿Y por qué ninguno de los chicos, o yo, sabíamos acerca de esto, Gonza? Una vida nocturna y misteriosa… Picarón.

—Pues… No sé. No es que haya querido esconderlo, yo solo… Nunca lo dije. —Se encogió de hombros. —Además, te imaginas la cara de Martín, por ejemplo— ¿Qué si Carolina se la imaginaba? Por supuesto. Seguramente él montaría su cara de: «Ves cómo yo tenía razón». Ambos rieron sin control, seguramente imaginando lo mismo. —Él… Él una vez…—Las pausas que hacía Gonzalo en medio de su relato, eran para intensificar las carcajadas. —Martín una vez me dijo que yo… Que yo era demasiado gay para funcionar correctamente, ¿Puedes creerlo? ¿Cómo es eso siquiera posible?

—Puedo creerlo, te aseguro que puedo creerlo. A veces creo que puedo esperar cualquier cosa de él… Y por lo visto, de ti también «Señorita Pasarela» —Carolina se secó la lágrima que había escapado a causa de la risa, cuidando de no estropearse el maquillaje—.  Gonza, ¿Tienes fotos? ¿Fotos de tus galas? Quiero verte. Por Faaaaa, ¿Si? Seguro que tienes montones en tu teléfono; a ti te encanta documentarlo todo.

Ni corto ni perezoso, Gonzalo abandonó la mota de algodón a un lado de la cama y fue por su teléfono celular. Incluso pareció que hubiese estado muriendo por hacer aquello. Rebuscó en la galería de fotos y cuando dio con lo que buscaba le pasó el teléfono a Carolina.

Y ella no pudo sorprenderse más con lo que vio. Gonzalo era… Absolutamente preciosa. Aunque era obvio que la persona en las fotografías era un hombre, había cierto encanto en aquella pequeña falda escocesa montada sobre las piernas musculadas de su amigo, y oh, aquella peluca rubia con coletas, era lo más.

— ¿Qué piensas? ¿Grotesco? —Había ansiedad en los ojos de Gonzalo cuando le preguntó aquello. Así que, aunque ella hubiese pensado de aquel modo —pero no lo hacía— jamás hubiese sido capaz de decírselo.

—Esto es genial… Y vaya par de piernas. Dios ¡Mira tú ombligo! — Él sonrió, evidentemente conforme con su respuesta, y volvió a trabajar en sus pies, esta vez retirando la cutícula bajo sus uñas. Gonzalo pareció concentrado en lo que hacía, así que ella continuó paseándose en las fotografías de la galería.

Gonzalo, cuyas facciones se adivinaban aún debajo del grueso maquillaje de la Drag Queen clásica… Gonzalo en un disfraz de pastorcita con problemas de moral, con un bastón sospechosamente fálico y una falda demasiado corta… Gonzalo sin una pizca de maquillaje, pero con el torso metido en un corsé rojo, negro y oro, él no miraba a la cámara, aun cuando la fotografía la había tomado él mismo. Por algún motivo esta última imagen logró remover algo en ella… Algo muy cercano a la nostalgia, o a la congoja… No pudo identificarlo. Carolina encontraba todo aquello original, precioso y tan… tan Gonzalo, que ni siquiera debería haberse sorprendido en primer lugar.  

Pronto aquella carpeta de fotografías fiesteras y coloridas se acabó y Carolina casi lo lamentó. Los pantallazos dieron paso a imágenes más normales y cotidianas: selfies de Gonzalo. En muchas de ellas, ni siquiera hubiese podido adivinarse que era gay sino lo hubiese conocido; quizá lo único que lo delataba, eran sus cejas, estaban perfiladas, pero seguían siendo lo suficientemente gruesas así que eso quizá solo hubiera podido ubicarlo en el grupo de los metrosexuales: hombres a los cuales les gustaban las mujeres… Y sus productos de belleza. Había fotografías de sus maquetas, de ella y de los demás chicos, fotos de Martín, en las que él no estaba mirando a la cámara o posaba para el shot, cosa que evidenciaba que las fotografías habían sido tomadas a traición. Esto solo la hizo sonreír con algo parecido a la tristeza.

«!Oh por Dios! ¿Esto… Esto es un pene?» Carolina rotó y alejó el teléfono mientras entornaba los ojos, tratando de visualizar mejor. La fotografía era de un primer plano —Primerísimo, de hecho— de algo que se adivinaba como un falo en reposo, todo arrugadito y coloreado de un tono entre rosa y café. Miró a Gonzalo y sonrió de vuelta. No le preguntó nada, porque él estaba concentrado en sus uñas, y además no quería que le quitara el teléfono, cosa que seguramente ocurriría si él se daba cuenta de que ella estaba revisando hasta la última de sus fotografía.

Un par de esas imágenes con cachorritos, rosas y frases de amor, de las que ella también tenía montones en su propio teléfono; también había atardeceres en blanco y negro que instalaban en el pecho una sensación de nostalgia. Fotografías con su madre, la única persona en su familia que se seguía manteniendo en contacto con su amigo, después de que él valientemente había decidido enfrentar al mundo confesando su homosexualidad, aunque esta siempre había sido demasiado evidente.

Pronto las fotografías subieron de tono. Mostrando a Gonzalo en compañía de diversos hombres, imágenes en las que se evidenciaba que habían tenido sexo, o por lo menos que estaban a punto de tenerlo, dada la poca o absoluta inexistencia de ropa; a menos que Gonzalo hubiese desarrollado un inusitado interés por los desnudos artísticos, cosa que dudaba. Y luego, una imagen que la hizo detener toda exploración.

— ¡Gonzalo! ¿Es… Es este Martín? Mi Dios ¡¿Te acostaste con él?!—. La cara de Gonzalo fue todo un poema; uno que ella no supo exactamente cómo interpretar. — ¡Por Dios! Si te acostaste con él, espero al menos que el pobre se haya enterado.

Su tono de voz fue duro, quizá más de lo que había pretendido.

— ¿Pero qué cosas dices, niña? Cada cosa que ocurrió esa noche, fue consensuada, para qué lo sepas. Puede que yo suela comportarme como un sátiro la mayoría de las veces, pero que sepas que Martín no es ninguna santa paloma… ¡Devuélveme mi celular, Carolina! Revisarlo fue algo de muy mal gusto.

— ¡Mal gusto, tus pelotas!

 Ella alejó el aparato cuando Gonzalo trató de arrebatárselo. Se levantó de donde estaba, sin importarle dañarse las uñas de los pies, y se alejó de él en un par de zancadas. Por supuesto él la alcanzó enseguida, así que Carolina se subió sobre la cama, hizo una cabriola sobre el colchón y atravesó la puerta para correr por el departamento enarbolando el aparato en alto. Se encerró en el baño del pasillo y luego de asegurar la puerta, volvió a examinar la imagen, mientras el otro aporreaba sobre la madera desde el otro lado.

En la fotografía, Gonzalo aparecía demasiado sonriente, haciendo el símbolo de la victoria con la mano izquierda, acostado al lado de un Martín completamente dormido —Y desnudo— de medio lado y encogido sobre sí mismo. La imagen obviamente fue capturada por el propio Gonzalo y…

— ¡Gonzalo Estévez! ¡¿Esto fue en mi cama?!

3

El chico libidinoso envuelto en fuego lo observaba con intensidad desde la tela, desde donde sus ojos de óleo y los trazos de su piel lo tentaban con sus cientos de promesas… Promesas que nunca habían tenido la necesidad de ser exteriorizadas con palabras porque la piel había bastado para ello.

Joaquín estaba de pie delante de su caballete. Recién bañado y rasurado, con el cabello debidamente recogido y el estómago lleno… Pincel en mano. Todo en su entorno estaba debidamente dispuesto para que comenzara a darle forma a una nueva creación.

Todo orquestaba a su favor. Desde la iluminación natural que se colaba a raudales desde el exterior, pasando por los pantalones llenos de manchas de pintura que habitualmente utilizaba para pintar y que jamás, por muy limpios que estuvieran, volverían a su color original. La resaca por completo controlada, hasta sus mocasines, que se sentían inusualmente cómodos. Todo se prestaba para que le diera rienda suelta a su creatividad. Todo,  excepto lo más importante: las ganas de pintar o de moldear.

Algo dentro de él no estaba del todo bien. Definitivamente algo faltaba, y sabía exactamente lo que era.

Miró de nuevo en dirección a la extensa tela en el fondo del estudio y que cubría generosamente gran parte de la pared sobre la que estaba recargada. Cada día de las últimas dos semanas, casi como si de un ritual se tratara, se encargaba de sacar el retrato de Martín de la bodega, donde a diario lo guardaba bajo llave —después de la última e inesperada visita de Micaela, vio los peligros de tenerlo a la vista, con una simple sábana echada encima— y lo colocaba recostado contra aquella pared, para que le hiciera compañía… Para maravillarse ante su perfección… Perfección que podía deberse a sus dotes como artista, o al cuerpo artista que le había servido de musa.

Miró de nuevo la superficie en blanco frente a él. Blanca la tela y en blanco su mente, como muy pocas veces en la vida le había pasado cuando de sus obras se trataba.

Aquel cuadro del fondo le mostraba lo último que había sido capaz de dibujar a plenitud y con pasión. No era que creara piezas artísticas como si fuese una banda de producción en cadena, pero definitivamente cada vez que se paraba frente a un lienzo era capaz de dejarse llevar hasta que algo, por más mínimo que fuera, nacía de sus manos.

Pero aquella mañana en definitiva ese no sería el caso; así que simplemente se dio por vencido. Sin mudarse de ropa, ya que no tenía intención de abandonar el estudio, decidió cambiar el pincel por un paquete de cigarrillos y sentarse en el pequeño sillón de una plaza a despotricar, mientras miraba hacia el horizonte.

— ¡Mierda y más mierda!

Sus memorias recientes, le trajeron el recuerdo de Irina. Sus ojos brillantes y de mirada decepcionada cuando no fue capaz de arrancarle ninguna reacción, o no por lo menos la reacción que ella esperaba, cuando le mostró la imagen de la primera ecografía que se había sacado.

Joaquín no sabía que era lo que ella esperaba de él, ¿Acaso que se pusiera a saltar en un pie cuando sinceramente, lo único que vio en aquella pequeña impresión fueron un montón de manchas informes? ¿Acaso esperaba que quizá le saliera con un ridículo «Es tan hermoso» o «Tiene tus ojos»? Aquello no le emocionaba pero comenzaba a sospechar que, aunque le costara lo suyo, lo mejor sería comenzar a mentir o a disimular al respecto. La siguiente vez quizá lo más recomendable sería estampar una sonrisa bobalicona en su rostro y ya estaba.

Comenzó a pensar en su futuro y en qué sería lo que haría cuando el bebé naciera y todo aquello se hiciera mucho más real. Cuando ya no hubiera salida y debiera enfrentarse a la idea de ser papá; algo que, sinceramente, nunca había estado entre sus planes y lo llenaba de algo parecido al pánico.

Su garganta se secó de ansiedad, clamando por el picor del alcohol. Ante esta repentina necesidad, Joaquín cerró los ojos y suspiró sabiendo que, aunque esta vez se estaba controlando un poco mejor que un año atrás, el alcohol estaba comenzando a arrastrarlo de nuevo y a ganar terreno. Definitivamente necesitaba una mejor manera de lidiar con las tensiones.

Se levantó del sillón y encaminó sus pasos hacia el six-pack de cervezas que tenía en el pequeño refrigerador y que de momento sería suficiente para arrancar.

El sonido de su teléfono móvil lo hizo cambiar de rumbo, distrayéndolo momentáneamente de su objetivo. El identificador de llamadas le mostró un nombre que realmente no esperaba pero que, en definitiva, contaba como alguien que era una mejor manera de manejar la tensión.

— ¿Si?

¿Ella está contigo?

¿Quién? ¿Irina?

¿A quién más podría estar refiriéndome? Por supuesto que Irina. ¿Está allí contigo… En el estudio?

No, Martín… Estoy solo, pero creí que tú no…

Ábreme.

¿Qué?—. Instintivamente, Joaquín miró la puerta y se dirigió hacia la entrada a grandes zancadas, destrabó los cerrojos y la abrió de par en par. —Con que aquí estás. —Dijo, con una sonrisa cruzándole el rostro y sin quitarse el aparato de la oreja aún.

—Sí, aquí estoy, pero solo porque es sábado, y en día sábado de alguna manera está permitido cometer errores.

Sin darle tiempo de mucho, Martín arremetió contra él; llevando las manos directamente a la pretina de sus pantalones y pugnando por desabrocharle el botón, que al parecer se le resistía.

— ¡Vaya! Pero que ansioso estás, chaval. ¿Acaso ese novio tuyo no te atiende bien?

Martín, en cuanto logró desabrocharle los pantalones, comenzó a batallar con su propia chaqueta, desembarazándose de ella de manera rápida. Debajo llevaba una camiseta de tirantes de color negro, que le regaló una rápida visión de sus brazos de leche; cosa que lo hizo sesear y morderse el labio inferior.

—No seas pendejo, Joaquín. ¿En serio quieres hablar de él ahora mismo? ¿Es eso lo que quieres? Yo no vine aquí a hablar, yo vine aquí a coger, ¿Quieres o no?

Por supuesto que quería. Así que, aunque fue capaz de percibir que algo raro pasaba con Martín, decidió desecharlo y sacarle provecho a aquella inesperada visita. Colaboró de manera rápida, sacándose la ropa mientras Martín se sacaba la suya.

Normalmente la sensualidad de Martín solía verse envuelta en una capa de lentitud que lo enloquecía y que aumentaba de ritmo e intensidad en una estudiada y perfecta frecuencia. Aquella  mañana, en cambio, todo parecía mucho más acelerado, mucho más fuerte, mucho  más rabioso y aquello a Joaquín le fascinó. Cada beso incompleto y hambriento, su desespero y su prisa, solo lograban arrancarle un tirón electrizado tras otro a su vientre bajo y a su entrepierna.

—Hoy tu…

— ¡Cállate la boca! No quiero escucharte—Dijo Martín, mientras lo empujó contra la columna central—. No lo eches a perder. —Y se hincó delante de él, dejando el rostro a centímetros de su entrepierna. Joaquín se preparó para recibir el calor y la humedad de su cavidad bucal sobre su polla, pero en lugar de felarlo, Martín sonrió— No necesitas que te la chupe… Mira nada más lo duro que estás, creo que alguien por aquí está ansioso y quizá mal atendido. Túmbate en la cama—. Demandó

Ni bien Martín hubo terminado de hablar, Joaquín obedeció, huyendo de la luz de la ventana como lo haría un vampiro. En menos de nada tuvo a Martín a horcajadas sobre él, empalándose en su sexo… Mordiéndose el labio inferior con saña… Los ojos cerrados… Sus pestañas hicieron sombras oscuras sobre su rostro. Sin preparación y sin demasiada lubricación, incluso a Joaquín le resultó incómoda la penetración.

***

Pronto el ardor se convirtió en placer. Ocupó cada músculo y cada fibra de su cuerpo en moverse rápido y duro. No quería sentimentalismos pero estos llegaron cuando abrió los ojos y su cuerpo desnudo lo saludó desde el otro lado del salón.

Envuelto en fuego… En aquella pintura estaba envuelto en fuego. ¿Por qué? Porque Joaquín estaba dispuesto a consumírselo como las lenguas de fuego del retrato… Porque aquella pintura era premonitoria y muy seguramente así sería como terminaría, envuelto en su fuego hasta consumirse.

Se movió duro y parejo. Sin mirarlo a los ojos porque no quería llorar, porque no quería decirle de nuevo «Te quiero» y echar esas palabras en saco roto… Porque quería salir indemne de aquel encuentro… Porque sus miradas le dolían.

El corazón le bombeó con una furia dolorosa. Podía sentir los latidos en sus oídos, en las sienes, en el cuello… Sintió una corriente eléctrica que, aunque conocida, era incapaz de recrear en su mente si no se encontraba, como en aquel momento, a punto de tener un orgasmo. La sintió bajar rauda y caliente desde su columna hasta estancarse en su bajo vientre, arremolinándose hasta hacerle encoger los dedos de los pies… Hasta hacer que su respiración y sus movimientos se volvieran erráticos… Hasta que sintió la necesidad de tensarse, de moverse más rápido y de gritar.

—Unh…

Se corrió mirando su propio retrato de fuego, porque no quería mirarlo a él a los ojos.

El aire no alcanzaba. Se sintió tan débil que le pareció una tarea pesada inhalar. El corazón le latía tan fuerte que dolía. Le hormigueaban los brazos. Debió caerse de encima de Joaquín, porque sintió su mano azotar sobre el colchón.

«Carajo, — Pensó. —Si se puede… Si se puede morir de amor»

— ¿Te encuentras bien?—. La mano caliente de Joaquín contra su rostro. Quiso frotarse contra ella, como lo haría un gatito contra las pantorrillas de su amo, pero no tuvo fuerzas para ello… Gracias a Dios.

Una caricia… Aquella caricia.

Quería a aquel hombre en su vida. Valdría la pena hacer cualquier cosa por conservar a su lado  a un hombre que lo hacía sentir así con tan solo una caricia.

Asintió con la cabeza, con los ojos aun cerrados.

— ¡Merde Joaquín! ¿Acaso  no sabes que quien duerme con niños, amanece mojado?

Ella…

Maldita sea, ella.

 

4

Pero que gran imbécil había sido. Había querido hacer con Joaquín lo mismo que este hacía con él todo el tiempo: follárselo, darle la espalda y hasta luego; pero el tiro le había salido por la culata porque el pintor había disfrutado demasiado. Se la había pasado en bomba, a juzgar por su sonrisa… Y luego ella.

Había algo con lo que su «Carta Ricardo» no sería capaz de ayudarlo: Con ella.

Fue la lujuria la que lo llevó a su lado. Fue de la rabia de dónde sacó fuerzas para vestirse y largarse. Fueron el orgullo, y quizá su poca vergüenza las que lo instaron a regalarle a Irina una sonrisa burlona, mientras ella lo miraba con odio y él se disponía a cruzar la puerta para marcharse. De nuevo fue la rabia la que lo mantuvo alerta todo el camino. Fue la rabia la que lo ayudó a conducir y volver a su casa.

Frenó el auto en medio de la entrada, de manera que el portón no podría cerrarse y ningún otro auto podría entrar o salir. Se bajó y cerró la puerta con tanta fuerza que bien pudo haberla dejado de vaivén.

Caminó dando pasos fuertes y furiosos en dirección a la entrada y, como siempre que llegaba, Julius Jones III fue a recibirlo, moviendo alegremente la cola. Pero esta vez Martín no estaba de humor. Estaba herido… Estaba furioso, más consigo mismo que con nadie más. Así que lo último que quería era palmear los cuartos traseros de su perro y rascarle detrás de las oreja.

Las patas delanteras de Julius se apoyaron en su estómago, así que las tomó y empujó al animal lejos de él.

— ¡Largo!—. Gritó con todas sus fuerzas. Sacando su frustración.

Jamás le había gritado de aquella manera a ese perro.

Jamás lo había rechazado de aquella forma.

Él amaba a ese perro de manera fiera.

Así que cuando lo vio salir corriendo, alejándose de él, rotó para seguirlo con la mirada y negó con la cabeza en cuanto vio a donde se dirigía.

— ¡Julius! ¡Detente, bonito, detente!

Había dejado la reja de la entrada abierta y al otro lado estaba la avenida con un tráfico que, al ser sábado, estaba fluyendo como el agua. Comenzó a correr detrás de él, sintiendo cómo se le enfriaban las manos a causa del terror.

Julius era un perro mimado que jamás había abandonado esa casa sin él o sin Lola, mucho menos sin una correa, así que lo más probable era que su instinto de conservación fuese deficiente para vérselas con algo a lo que nunca se había enfrentado.

Martín llegó a la reja a tiempo para ver que Julius no detuvo su carrera. El auto no disminuyó la velocidad, porque el conductor no esperaba que un perro se le atravesara, saliendo de la nada. Martín adivinando lo inminente del golpe, no tuvo tiempo de reaccionar y lo único que alcanzó a hacer fue cubrirse el rostro con los brazos. Escuchó el chirrido de las llantas, el sonido del golpe seco y el chillido de su perro.

Cuando fue capaz de retirarse los brazos del rostro, más le hubiera valido  no haberlo hecho.

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