Capítulo 19

Capítulo XIX

La Complejidad de estar bajo un hechizo (Hurricane)

1

El mes de Junio llegó acompañado de un sol refulgente. Un astro rey despejado que muchos aprovechaban con el desespero que les proporcionaba el saber que el calor y la luminosidad podían desaparecer en cualquier momento, tras algún cúmulo de nubes grises y aguafiestas que apareciera de manera repentina. Tal como solía ocurrir todo el tiempo en aquella ciudad.

La promesa de las vacaciones de mitad de año estaba latente en el aire, al igual que lo estaban también las dos estresantes semanas de exámenes semestrales, antes de que cualquiera se atreviera siquiera a soñar con aquella pausa en la rutinaria vida estudiantil.

No importa lo que muchos piensen, no a cualquiera le sientan bien los skinny jeans acompañados de zapatillas Converse, pero Martín tenía la certeza, con conocimiento de  causa —y efecto— de que a él sí, y él jamás se privaba del placer de verse bien.

Su camiseta de tela liviana se agitaba con fuerza al ritmo del viento producto de la velocidad, al igual que su cabello, porque con aquel clima podía sacarle provecho al hecho de que su auto fuese un descapotable.

En la radio sonaba Light my fire de The Doors, echando por tierra lo festivo del ambiente al tomar un magnífico día, como aquel, y ponerle como banda sonora una canción que, no sabía si para el resto del mundo pero al menos para él, sonaba absolutamente deprimente; con todo y su onda sesentera, alegrona y hippie que tenía la capacidad de instalarle en el pecho una extraña nostalgia por una época en la que no había vivido.

Eticoncito no le había dicho que si a su propuesta, y a pesar de haber tratado de disuadirlo para que desistiera de aquello, tampoco le había dicho que no. Así que, tal como Martín lo veía, su falta de una negativa rotunda, aunque no era una luz verde propiamente dicha por lo menos era una amarilla. Ricardo no sabía en la que se había metido al aceptarle una «cita»… Martín ya se las apañaría aquella tarde, cuando se entrevistaran, para poner todo a su favor, y que las fichas se acomodaran justo como él las necesitaba.

Recordó a Ricardo reacio a seguirle el juego, tratando de utilizar un argumento tras otro para hacerle entender que aquello que le proponía era una locura y un sinsentido… Un absurdo tal, que ni siquiera valía la pena sentarse a sopesar en cuántos problemas podrían llegar a meterse. ¿Acaso su profesor pensaba que él no sabía eso? Por supuesto que estaba consciente de lo loco que era tomar a su profesor, uno que además le caía de la patada, y plantársele en frente para proponerle que fingieran estar sosteniendo una relación, pero las cosas solo habían salido así… Además, Martín no había contado con el hecho de que Mimí fuese tan tajante y seria al exigirle el conocerlo. Eso precipitaba las cosas, y además las llevaba por otro camino; aunque uno que no necesariamente era malo.

El rostro consternado e incrédulo de Ricardo se dibujó una vez más en su memoria… Pobre iluso; si Eticoncito realmente creía que podía resistirse y que la entrevista de aquel día terminaría en una negativa que él aceptaría sin más, era porque su profesor no sabía hasta dónde era capaz de llegar para conseguir cualquier cosa que se hubiese propuesto. Y en este caso en particular, las ganas de dar vuelta atrás eran tan nulas como lo era su intención de escatimar en métodos para lograrlo.

Frenó delante del semáforo en rojo. En el otro carril se detuvo un autobús escolar lleno de niños en uniforme que no debían superar los diez u once años de edad, a los cuales seguramente llevaban de paseo, o estudiaban en algún lugar tiránico, porque era sábado. Y cómo no, cada mocoso en el costado del bus que daba hacia él y que entraban en su campo de visión, hizo lo propio y comenzaron a hacer muecas y a agitar las manos tratando de llamar su atención, demostrando así cuan maleducados y fastidiosos podían llegar a ser, cosa que le hizo pensar en lo afortunado que era al ser hijo único. Uno de los pequeñajos tenía la boca abierta pegada al vidrio, e inflaba y desinflaba los cachetes, con toda la pinta de un pez globo con problemas de retraso mental. Martín dirigió la vista al costado del autobús para mirar el nombre del colegio y descartar que en efecto no se tratara de un centro educativo para niños con necesidades especiales, y él no estuviera por ganarse el infierno al pensar como un completo desgraciado… Y no lo era, solo era una primaria común y silvestre con un montón de zoquetitos por alumnos.

Se le escapó un suspiro irritado al ver que el circo no cesaba.

Tomó las gafas de sol que llevaba sobre su cabeza a modo de diadema y se las bajó, dispuesto a ignorarlos con una pantalla de trescientos dólares sobre sus ojos. Como no podía mostrarles el dedo medio, tal como se merecían aquella panda de engendros fastidiosos, se conformó con sacarles la lengua antes de arrancar nuevamente y perderlos de vista.

 

2

Ambos se retaban con la mirada.

Ella… Con las cejas un tanto fruncidas y viéndolo como si quisiera taladrarlo con los ojos. Él… Con los ojos clavados en los de ella, a través del vaho que soltaba la taza que sostenía a unos cuantos palmos de su rostro, en espera de que soltara lo que fuese que tuviera para decirle, porque la verdad era que ya lo tenía un tanto fastidiado.

— ¿Qué es lo que crees que estás haciendo?—. Soltó Irina finalmente, abandonando una taza de café casi vacía sobre la mesa del local donde habían ido a desayunar. Joaquín la imitó, y también abandonó la suya.

— ¿A qué te refieres?

— ¿En realidad es necesario especificar, Joaquín? ¿Tú a qué crees que estoy refiriéndome? — Joaquín sonrió un poco ante el sorprendente talento oral de Irina, porque de alguna manera ella se las había arreglado para que aquel «Qué» sonara exactamente como un «Quién» y eso, viniendo de una persona cuyo idioma natal era diferente al español, era algo admirable. Utilizó lo justo de énfasis en la tilde, la medida justa de sarcasmo también. Solo le faltó bufar y eso ya habría sido demasiado. — Estás jugando con fuego mon amour, y eso solo puede acabar de una manera: muy mal.

— ¿Celosa?—. Preguntó el pintor, con cierta diversión mal disimulada manifiesta en una sonrisa a medias, como si realmente pensara que aquella situación, que se le estaba saliendo de las manos aunque se negara a reconocerlo, pudiera de verdad llegar a tener algo de gracioso.

Irina, a su vez, elevó una de las comisuras de su boca en una sonrisa un tanto amarga; logrando con ello que el hoyuelo de su mejilla izquierda se marcara de manera pronunciada.

— ¿Por qué habría de estarlo? No es la primera vez que esto ocurre. No es la primera vez que hay alguien en tu cama además de mí… Incluso al mismo tiempo. Después de todo, fue justo así como nos conocimos tú y yo, ¿no? Coincidiendo en el lecho de alguien más… Dándonos cuenta de inmediato que el tercero en cuestión, era un ente en discordia. Que los incendiarios, éramos tú y yo. Supimos de inmediato que por más vueltas que diera todo, siempre íbamos a terminar uno en brazos del otro… Uno en la vida del otro. Eso me llena de la suficiente seguridad como para que los celos me sean algo ajeno. Después de todo está en tu naturaleza el ser alguien promiscuo y completamente lascivo. El sexo te ciega, y aunque debo reconocer que eso en cierta medida me encanta, me niego a creer que lo hace a tal punto que no eres capaz de refrenarte cuando deberías hacerlo.  

—Y siendo así… Si tanto me conoces ¿Qué es diferente está vez? Qué es lo que te parece tan sorprendente o fuera de lugar para que estés tan contrariada, Irina. Solo déjalo estar, ¿Es porque es un hombre?

—Es mucho más que eso Joaquín, aunque eso ya sería suficiente para considerarlo un punto relevante. Lo tuyo con ese niño… Porque entiéndelo bien, se trata de un niño aunque de manera deliberada hayas decidido pasar eso por alto, va más allá de lo que debería, y no te veo hacer ningún esfuerzo por dejar de aventurarte en caminos que no te convienen. Esto es diferente y no me refiero a que estés enamorado… Porque tengo tan claro como tú, que no es así. Me preocupas porque creo que estás buscando adrenalina en el lugar menos indicado. Esto pasará… Tú lo olvidarás y lo dejarás de lado, como haces siempre, con todos; pero me preocupan las consecuencias que puedan desencadenarse mientras te olvidas de tu encaprichamiento con él. Y no lo digo solo por ti, lo digo también por él que aparentemente tiene de terco lo que tú tienes de desinteresado y ruin. Te estás tirando de cabeza a un abismo, y estás arrastrándolo contigo—. Irina se cruzó de brazos y se recostó contra el asiento, mirándolo desde las alturas de la superioridad moral que le otorgaba el hecho de tener la razón.

Joaquín se removió en la silla, que de repente sintió más incómoda y más dura que solo un par de minutos atrás.

¿Quién era Irina para decirle qué, de las cosas que hacía, estaba mal?

¿Quién era ella para asegurar con tanta convicción que él siempre terminaría enredado en medio de sus piernas al final del día?

Pues simple: ella era la persona que, justamente, terminaba con las piernas en torno a su cintura cuando él se cansaba de ser un andariego, pero eso no quitaba que aquella seguridad en ella le chocara, y la rabia provenía del hecho de que sabía que ella tenía la razón, y eso echaba por tierra cualquier argumento con el que él pretendiera refutarle.

—Joder, Irina…— Dijo simplemente, rematando con un suspiro cansado, llevándose las manos al rostro.

—Tienes un problema grande entre manos. Si sigues por donde vas, ¿Qué crees que pasará si su madre se entera? ¿Estás dispuesto a dejar pasar la oportunidad que tienes ad portas? Tu propia exposición, todo por lo que has trabajado y que hasta ahora había pasado por completo inadvertido, ¿Estás dispuesto a echar en saco roto tremenda oportunidad, solo por un capricho? Y además puedes despedirte también de la amistad de tu benefactora, porque si yo estuviera en su lugar, y descubriera lo que has hecho con mi hijo, te destrozaría con mis propios dedos… ¡Rayos! Lo haría con solo descubrir aquel retrato— Ella movió negativamente la cabeza, como si se negara a creer que existiera alguien tan tonto—. Y eso no es lo peor, Joaquín, lo peor es que le petit garçon ha desarrollado sentimientos por ti… Eso, puede llegar a ser lo más problemático de todo. Tú no lo quieres. —Ella dijo aquello con completa convicción—. Puede que tú no le des importancia a los sentimientos, pero para él todo esto puede estar significando el mundo entero. Quizá esta afirmación pueda estar tomándote por sorpresa, puede que hayas sido increíblemente ciego ante algo tan evidente y si ese es el caso, es comprensible que hayas continuado errando… —Irina se enderezó en la silla y lo atrapó con la magia de aquellos ojos color caoba que a él tanto le gustaban—. Pero si sabiéndolo, has decidido solo ignorarlo, y siendo incapaz de corresponderlo tampoco lo has alejado, eso te convierte entonces en alguien ruin que lleva el egoísmo a niveles peligrosos. Juegas con lo más peligroso de todo Joaquín… Juegas con amor…—Irina juntó sus manos con las de él en el centro de la mesa. Ella apretó de forma suave las manos anudadas entre las suyas; con el dedo pulgar acarició sus nudillos gruesos y rugosos… Su estilizada hembra de azabache acarició sus manos como si fuesen algo invaluable. Ella elevó la mirada desde sus manos juntas, hasta posarla sin miramiento, sin sobre aviso, sin chaleco anti-balas, hasta acribillar con sus ojos directo en los orbes de Joaquín—. Juegas con su amor… Y con el mío.

Concisa…

Directa…

Sin dramas más allá de los necesarios.

Su mirada y su toque que le gritaban: Me tienes a mí, yo soy suficiente… Y en contrapeso su propia terquedad, haciéndolo recular… Negándose a entregarse.

Su mente sabía que lo más inteligente era amarla. Su corazón, que habiéndose autoimpuesto un régimen de frialdad tenía permitido abandonar toda lucha y solo obedecer a su mente, tenía claro que ella era un lugar seguro donde aposentarse, pero… ¿Qué hacía con sus sentidos? ¿Aquellos que ya habían sido eclipsados? ¿Aquellos que habiendo tenido un manjar ya no querían probar otra cosa, porque todo les sabía a poco después de Martín?

«Si es que aún tengo un corazón… A ella, y a nadie más… ¿Quién lo merecería más, acaso?»

¿Quién lo merecería más? ¿Quién, entre dos que de alguna manera increíble habían visto algo en él que valía la pena amar? ¿Ella? ¿Él? ¿Ella… Que era una mujer— su mujer— y que además le daría un hijo. Que lo había visto en sus peores momentos, que lo había ayudado a levantarse en sus caídas más estrepitosas? ¿Él… Que era hermoso, que era fuego, que lo hacía vibrar y además decía que lo amaba?

¿Por qué no los dos?

Irina tenía razón en mucho de lo que decía, y Joaquín era por completo capaz de reconocer aquello. Lo que ella no sabía era la cantidad de veces que había intentado elevar sus barreras. Ella ignoraba cuánto había peleado consigo mismo, para siempre terminar de vuelta en la línea de partida: deseando a Martín como un loco.

¿Por qué tenía Martín que tener un corazón… O Irina? ¿Por qué tuvieron que complicarlo todo con amor? El amor es difícil, es desagradecido… Debería ser algo de naturaleza recíproca, pero no lo era, maldita sea… No lo era.

¿Que si no sabía lo que estaba arriesgando? Por su puesto que lo sabía… Y por eso se debatía de manera constante, ¿Que si le importaba lo suficiente como para privarse enteramente de Martín por ello, por su futuro? La respuesta inteligente muy seguramente debería ser un rotundo sí, pero la verdad, simple y llana,  era que aún dudaba… Que no lo sabía.  

Después de todo ¿Podía aún aferrarse a su carrera como pintor y a su exposición venidera a cambio de alejarlo, si acababa de descubrir que al parecer le era sumamente difícil pintar sin él, o por lo menos pintar otra cosa que no fuera él? Que al parecer había dejado todo de sí en su retrato, cuyas llamas parecían haber consumido toda su creatividad, haberla absorbido… Succionándola desde la punta de sus dedos… Martín le arrancó la magia con cada uno de sus besos. Eso sonaba como una locura, pero era justo eso lo que sentía que había ocurrido… Y aun así, no lo amaba. Tenía hambre de él… Un hambre que demandaba ser saciada…

…Un hambre tan profunda y tan rabiosa que hacía que constantemente, algo incontrolable dentro de él, quemara al imaginarlo retozando en brazos de otro… Y aun así, estaba seguro de que no lo amaba.

—Desnuda… Déjame dibujarte desnuda, mujer. Enamórame, si es que tal cosa es posible, devuélveme a tus brazos… Sé tú mejor que él, o por lo menos sé cómo él—. Joaquín posó los ojos en la taza con los restos de café, ahora frío e intomable, frente a él—. De lo contrario te aseguro que seguiré preso en él.

 

3

Mike se llevaba todo a la boca. Los juguetes, los dedos, la tela del babero que tenía sujeto alrededor del cuello, la correa de la pañalera y cuanta cosa se le cruzara y tuviera al alcance. En cuanto Silvana o Ricardo alejaban de su boca, escuetamente dentada, lo que sea que hubiese elegido para mordisquear, el bebé encontraba de inmediato un reemplazo, e igual de rápido los adultos entraban en acción alejando de él los objetos. Se atrevían a ello, aun cuando él ya había marcado territorialidad dejando cada cosa a su alcance impregnada con sus babas.

El pequeño niño estaba a punto de echarse a llorar, preso de la frustración cuando hubieron alejado de él todo aquello a lo que pudiera haberle hincado la muela. Pero, para su deleite, el césped estaba allí, a su alcance, mostrándose como una extensa alfombra verde y mullida. Con unas manos torpes, pero más fuertes y más rápidas de lo que parecían, arrancó una manotada que de inmediato se llevó a la boca para, acto seguido, arrugar la cara a causa del evidente mal sabor de la tierra y los hierbajos.

— ¡Por Dios Santo, Mike! SUEL–TA–E–SO—. Ricardo se rio ante el absurdo. Al parecer su hermana pensaba que si le decía al bebé las frases separadas en sílabas, estas iban a quedar más profundamente arraigadas en su cerebro. La cuestión aparentemente funcionaba así: Separación en sílabas para los regaños y las órdenes, frases en canturreo para mimarlo y halagarlo. Por supuesto la silabación iba acompañada de una excesiva vocalización que hacía que el pequeño mirara a su madre con el ceño fruncido, la boca abierta, un duro pestañeo por sílaba y la atención por completo centrada en ella. Quizá era cierto, y aquella era una teoría psicopedagógica que valía la pena patentar. Al menos no le hablaba a media lengua, como si en lugar de a un bebé, estuviera hablándole a alguien con retraso mental (O en quien quisiera provocar retraso mental)—Él logra convertir un simple paseo al parque en algo estresante. Sentémonos por allá, antes de que este pequeño aspirador termine comiendo gusanos. ¡Me enloquece! Lo hace por completo. Ahora comprendo aquella estupidez de las canas verdes que siempre me repetía mamá.

Silvana señaló las bancas cerca a los columpios. Recogieron todo y abandonaron el césped.

—No te quejes tanto de él, Silvie Dijo Ricardo cargando el cochecito con la mano derecha, mientras se acomodaba los anteojos con la mano izquierda, fastidiándose a tal punto de tener que estar haciendo aquello cada cinco minutos, que simplemente terminó por quitárselos y dejarlos colgados en el cuello de su sweater —. Él es, después de todo, el único hombre al cual jamás podrás renunciar, por mucho que te saque de quicio… Si a eso no se le llama El amor de tu vida, no sé qué si lo sería.

 Su hermana lo miró a los ojos, luego miró al bebé en sus brazos que apoyaba la cabeza en su hombro, mientras jugueteaba con el botón de su blusa —Posiblemente planeando comérselo— y recostó la mejilla sobre la cabeza del bebé.

—Cuando tienes razón, la tienes y no hay quien te discuta —. Besó la coronilla de su hijo—Mi pequeño apéndice come hierba. — Ricardo se sentó en la banca al lado de su hermana, de inmediato se acodó sobre las rodillas y posó la mirada más allá de los columpios y el resbaladero… En la lejanía. Silvana se había sentado en posición india, acunando entre sus piernas flexionadas a Mike, que había comenzado a dormirse—. Lo dejaré comer césped más seguido, sobre todo cuando necesite que se duerma. Míralo, eso al parecer funciona mejor que la infusión de manzanas que me recomendó mamá.

Ricardo apenas y esbozó una tenue sonrisa ante el comentario. La oyó, porque sus oídos funcionaban a la perfección, pero en realidad estaba tan perdido en lo profundo de su mente que no estaba escuchando de verdad. Anudó los dedos debajo del mentón y continuó en estado contemplativo.

— Regresa de donde quiera que estés —Ella abanicó una mano delante de sus ojos, quebrando con ello la burbuja que, por el espacio del tiempo que toma un suspiro, lo había aislado del resto del mundo—.  ¿En qué piensas, Ricky?

Él sonrió apenado, y dejó salir un suspiro que connotaba un cansancio que no necesariamente era físico.

—Pienso… pienso en cuan vacía es mi vida y en lo terriblemente solo que me siento. —Miró a su hermana sin enderezarse, apoyando el mentón en la palma de la mano. —De alguna manera me conformé con mi vida, pero si miro bien e indago más allá de la superficie es una vida bastante patética y aburrida, a decir verdad. Silvie yo… No tengo una sola alegría que compartir. Si describo mis días, son enajenantemente parecidos unos a los otros… Lo mismo día tras día. — Jugueteó con el pequeño roto en la rodilla de su pantalón  — No tengo líos o grandes desventuras, pero tampoco tengo nada ni nadie que me llene. —Sonrió un poco al ver que su hermana levantaba una ceja y hacía un pequeño mohín al escuchar lo último. —Vamos, Silvana. Tú sabes al tipo de alguien al que me estoy refiriendo y el vacío que me gustaría que estuviera lleno—Ricardo estiró la mano y picó la pequeña y regordeta mano de su sobrino— Mi necesidad de amor filial, está cubierta con ustedes dos y con mamá—. Se masajeó el cuello, arrastrando con este gesto las gotitas de sudor que empezaban a perlar su nuca, producto del potente rayo del sol sobre la parte trasera de su cabeza—. Cuando pienso en ello, en el romance, en el amor, yo… de verdad extraño la sensación de sentir el corazón desbocado, de las cosquillas en el estómago… Lo agradable y emocionante que es tener a alguien que te acelere la respiración, o que te la arrebate por completo. Tener a alguien que te…—Se detuvo, esbozando una pequeña, de verdad pequeña y casi imperceptible, sonrisa de reconocimiento…

Y de nervios.

Y de miedo.

Y de aprensión.

— ¿Alguien que te qué, Ricky? Cómo puedes detenerte en medio de una frase cuando estás diciendo cosas así… —Silvana abanicó al bebé con un frisby —. Atacas sin miramientos mi romanticismo de chica, y luego solo te detienes. Mira que eres pesado y…—Su queja se vio detenida por las palabras de Ricardo, que comenzó a hablar con una expresión un tanto trémula.

—Alguien que te haga plantearte el cometer locuras, que te saque de la rutina, que incida en tus sueños y los incendie, que te amenace — La sonrisa temblorosa en la comisura de sus labios se amplió, impregnada de algo de melancolía—. Que te meta en líos y que ni siquiera te importe, porque lo que sientes y la promesa de algo más grande y emocionante, es mucho más fuerte que el miedo… Y que el sentido común. Alguien que te haga entender que quizá ya sea demasiado tarde para correr. Alguien que se instale en tus noches aún sin tu permiso.

Y cada palabra que dijo, muy a su pesar, tenía nombre propio.

—Yo también extraño eso…—Silvana miró el perfil de Ricardo de manera intensa, instalada en el borde del entendimiento pero sin realmente llegar a alcanzarlo del todo—. ¿Quién es ella? Dime hermanito ¿Quién es la persona que te ha hecho plantearte todo esto y anhelar así?

Él…

Extraña e inconvenientemente, Él…

Después de que Martín le hubiese sido indiferente, un alumno más del montón… Después de que le hubiese parecido presumido, y banal, y superficial… Después de haber huido de él… Después de haberlo incluso odiado un poco… Después de haberlo soñado…

 ¿Y ahora «esto»?… ahora «esto» ¿Qué es «esto» y de dónde salió?

Eso… Que había acabado de asimilar, justo mientras soltaba una sarta de palabras sentimentaloides.

Eso… Que de dejarlo crecer de seguro arrasaría con todo en su vida, con la fuerza de un huracán.

¿Eso… Qué era «eso»?

Eso… Era el producto de su soledad y de una necesidad que era tan profunda, que lo estaba haciendo desvariar y lo estaba consumiendo.

Eso… Era algo ante lo cual, sacaría fuerzas de donde pudiera para resistirse.

Eso, era algo contra lo que tendría que pelear. Algo a lo cual no debía escuchar, algo que lo convertía en un completo idiota.

… A él ni siquiera le gustaban los hombres. Pero Martín le había dado un corrientazo a su rutina, él le había, tal como anhelaba, desbocado el corazón… Con rabia, con miedo, con fastidio, ¡Con lo que fuera! Pero Martín le había dado un nuevo color a sus días —y a sus noches—.

Ricardo sacudió ligeramente la cabeza, tratando de quebrar la línea que estaban siguiendo sus pensamientos. Se tranquilizó al plantearse que, lo más probable, era que cuando tuviera la oportunidad de conocer a Martín a profundidad, de seguro se desencantaría de inmediato y aquella locura se esfumaría de su cabeza con la misma rapidez con la que había nacido. Y rogó por ello.

Aunque…

             Si sus barreras habían caído, ¿Quién era él para levantarlas de nuevo?

 

4

Carolina había bromeado con respecto al hecho de que Martín llegara a comerse sus flanes, hábilmente escondidos en la nevera para que su compañera de apartamento no acabara con ellos, aduciendo que mientras él tenía una billetera indecentemente abultada, con la suficiente holgura como para hacerse con sus propios postres, ella tenía que sobrevivir con el dinero mensual que sus padres le enviaban desde su pueblo natal.

Mientras ella parloteaba y reía, Martín, en cambio, estaba seriamente preocupado ante el hecho de que, aunque lo intentaba con verdaderas ganas, no podía recordar cómo se llamaba el objeto que tenía en las manos en aquel momento.

— ¡Deja de mirar embobado esa cuchara! Y préstame atención.

Cuchara. Era una cuchara… Por supuesto. Se mordió el labio, inquieto. No había mucho caso en tratar de seguir haciéndose el tonto. Algo estaba realmente mal con él, y no creía que solo la tristeza y la decepción dieran para tanto. No por lo menos hasta el extremo de ser causales de que no recordara el nombre de la que era sin duda una de las primeras palabras que había aprendido en su vida. Pero… No tenía tiempo para aquello y esperaba de verdad que lo que fuese que le estuviera pasando, se remediara solo; porque además, tenía miedo de enfrentarse con la posible respuesta. Aunque esto último, este miedo, era algo que procesaba solo de manera inconsciente.

—Voy a quedarme en el país… El año que viene. No iré a estudiar al extranjero como me planteó mi abuela. Iré a la academia de arte aquí en la ciudad. Voy a mudarme de casa a un departamento, tú te vendrás a vivir conmigo y así pagaré mi deuda de azúcar contigo, haciéndome cargo de todos los postres que quieras comerte, Carolina.

—Eso suena genial, Tiny—. Martín fue capaz de percibir el pequeño temblor en la voz de su amiga y extrañado ante esto la miró a la cara donde pudo apreciar como sus  ojos estaban sospechosamente brillantes.

— ¿Tanto sentimentalismo por la promesa de un sustento ilimitado de postres? Mira que eres fácil… Vendiéndote por tan poco.

— ¡Cállate, idiota!—Ella se abalanzó sobre él y se enganchó a su cuello en un abrazo apretado que él correspondió de manera instintiva. Era eso, o irse de espaldas al piso con todo y silla. —Yo… siempre temí perderte… Desde que empezó este año he temido que termine, que te marcharas y me dejaras atrás—. Ella sorbeteó la nariz. Hablaba agazapada en el hueco de su cuello, soplándole aire caliente con cada palabra. —Tú y yo provenimos de lugares tan diferentes, que siempre supe que llegaría el momento en el que seguirías un rumbo que te apartara de mí… Pero ahora se, que por lo menos te tendré conmigo otros cinco años y eso me hace realmente feliz.

Carolina lloró abiertamente contra su cuello, tomándolo por sorpresa. Jamás pensó que ella se sintiera de aquel modo. Sobre todo le sorprendió porque no habría habido manera, ni siquiera en un millón de años, de que él la dejara atrás. Deshizo el abrazo y acunó el rostro de la chica entre sus manos.

—Escúchame, pequeña idiota. Jamás he pensado en dejarte… Tú eres mi chica, ¿Cómo podría dejar atrás a mi chica? Y… Tú y yo no somos tan diferentes; tu mente, es tan maquiavélica como la mía. ¡Rayos! Si hasta pienso que debí haber sido más inteligente y haberme enamorado de ti. Eso me habría ahorrado un montón de problemas. Si hubiese podido escoger, definitivamente te habría escogido a ti.

Ella sonrió, se borró las lágrimas con los dedos y se abrazó a su torso.

—Yo también te adoro pero sí que somos diferentes. A los dieciséis mis padres me regalaron una caja de música, a ti te dieron un convertible.

—A lo que me refiero es…

—Sé a lo que te refieres. Soy una chica afortunada y lo sé— Una sonrisa en labios de ambos—. Ahora dime algo, Tiny ¿Por qué carajos te acostaste con Gonzalo? ¿En qué estabas pensando? Pobrecito.

— ¿Qué?— Martín frunció el ceño, y la apartó una vez más, para mirarla a la cara—. ¿Te dijo Gonzalo que yo me había acostado con él?

— ¿No lo hiciste acaso?

— ¡Por supuesto que no! ¿Te dijo él que si?—. Si así había sido, en cuanto tuviera a Gonzalo en frente, lo iba a masacrar.

—No.

— ¿Entonces?

—Vi una fotografía —. Oh, aquella estúpida fotografía. —Cuando lo enfrenté no me dijo que lo habían hecho, pero tampoco lo negó. Fue por completo vago al respecto, como si quisiera que yo llegara a mis propias conclusiones… Y eso fue lo que hice.

— ¿Y tú conclusión inmediata fue que habíamos tenido sexo? Que poca fe me tienes.

— ¿Y qué otra cosa querías que pensara?—Se defendió ella—. Tú desnudo, él desnudo… No hay que ser ningún genio para resolver esa ecuación. Si no fue sexo, ¿Qué fue entonces?

—Una estupidez, eso es lo que fue «genio» —Martín se cruzó de brazos—. Un faje, porque los dos estábamos calientes, pero nada más. Con tragos encima, no me pareció tan mala idea, pero vaya que lo fue. Me parece el colmo y de mal gusto que él te hubiera enseñado esa foto.

—Bueno, Tiny… Técnicamente él no me la enseñó, sino que yo la descubrí. Fue mi culpa.

—Como sea. Él no debió haberla tomado en primer lugar. No lo defiendas o lo justifiques. —Martín se deshizo de la cuchara, que había conservado en la mano derecha, dejándola sobre la pequeña mesa de la cocina. Ver aquel pequeño artefacto reluciente, por un motivo evidente, hizo que su frecuencia cardiaca se disparara—. Me voy.

—Pero ¿A dónde vas? Pensé que pasarías el día conmigo. ¿Acaso tanto te ha molestado lo que he dicho? No puedes enfadarte con la chica a la que acabas de confesártele, ¿sabías eso?

—Sí que puedo, pero no lo estoy. Solo… Yo solo tengo algo importante que hacer. En cuanto termine, te llamaré y te pondré al corriente. No quiero estar frente a frente contigo cuando te lo diga, porque sé que pondrás el grito en el cielo y me dirás que es una locura. Pero eso es algo que yo ya tengo claro.

—Tiene algo que ver con Joaquín, supongo.

—No. Si… Es decir, más o menos.

—Tú sabes que yo opino que tú deberías mandar a ese pendejo a la mierda ¿cierto?

—Sí, lo sé… Pero pasa que tengo a ese pendejo metido entre pecho y espalda.

 

5

Le había pedido a su hermana que le dejara al bebé, quizá con la intención de utilizarlo como un escudo. No tenía muy claro cómo funcionaba aquello, pero la verdad era que teniendo a su sobrino consigo, se sentía un tanto más seguro. Como si la presencia del infante fuese a lograr que Martín se ablandara y quizá olvidara toda aquella locura, que había comenzado a contagiarlo también a él.

Había llamado a su alumno para cambiar el lugar del encuentro. En un principio, Martín había propuesto su departamento y él se había limitado a aceptar. Después de contemplarlo, aquella era una pésima idea desde cualquier punto de vista desde el que se le mirara; así que en su lugar, propuso que fuera en el parque, sin olvidarse de señalarle que aquel, le parecía un lugar mucho más apropiado, por tratarse de territorio público y neutral. Por supuesto Martín se había burlado de él, diciéndole que si acaso iban a verse para hacer intercambio de drogas ilegales. Cuando Ricardo le contestó diciéndole que el chantaje y la extorción eran actividades igual de ilegales que el tráfico de drogas, Martín solo había reído más fuerte y aceptó el nuevo lugar de encuentro sin problemas.

Ahora, Ricardo podía verlo claramente caminar hacia él. Con paso firme y decidido, su destino se acercaba a él.

«El huracán lleva tu nombre, Martín Ámbrizh… El huracán, con su viento impetuoso, se llama como tú.»

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