Capítulo 20

Capítulo XX
Ocho citas (I say No, you say YES, YES, YES)
1
Miró a su profesor desde las alturas, mientras permanecía de pie frente a él con los brazos cruzados sobre el pecho. Ricardo lo esperaba sentado en el suelo, sobre el pasto, con la espalda recargada en la base de una de esas bancas incómodas y poco estéticas hechas por completo de hormigón que abundan en los parques. Este en particular se encontraba en uno de los barrios del occidente. No tuvo duda de que Ricardo debía vivir cerca de allí, pues de otra manera no habría tenido sentido que lo hiciera atravesar la ciudad. Un lugar neutro para ambos habría sido el centro.
El lugar estaba lleno de infantes, de vendedores empujando carritos de helados, de padres vigilando pequeños y de hombres vistiendo coloridos disfraces de payaso, armados con pipetas de helio y decenas de globos que amenazaban con escapar hacia las nubes o explotar de manera ruidosa a causa del potente rayo del sol. Eso era lo que traían consigo los días soleados; aquella ebullición de actividad y colorido que Martín encontraba como algo bastante pintoresco. En medio de aquel embrollo debió darle un par de vueltas al parque antes de dar con Eticoncito.
Ricardo sostenía entre los brazos a un bebé regordete de mejillas sonrosadas y enormes e impresionantes ojos de color caramelo. Ojos que no se apartaron de él desde que se les plantó en frente, desmenuzándolo con el descaro que solo la inocencia de la niñez tiene permitido. Aquella diminuta y rosada presencia sorprendió a Martín y le hizo arrugar las cejas, contrariado. Acaso… ¿Acaso Eticoncito era casado? Si ese era el caso, eso sin duda complicaba un poco las cosas.
—Hey, Martín. —Ricardo hizo visera con la mano izquierda sobre los ojos. Sin los anteojos y a pleno rayo de sol sus ojos se veían muy claros… El color café claro de sus orbes se veía interrumpido por tímidos destellos de color verde oscuro. Era, además, la primera vez que Martín veía a su profesor sin su acostumbrado outfit de catedrático. En lugar de traje de paño, estaba utilizando un sweater a rayas horizontales azules y blancas, e incluso su pantalón de tela de jean azul con desgaste artificial estaba rasgado a la altura de las rodillas. Martín no supo si verlo vestido de aquella manera informal lo hacía sentir más cómodo o si, por el contrario, eso lo intimidaba. Porque incluso si se esforzaba en tratar de imaginarse a un Ricardo de niño, o durmiendo, o pasando el Domingo, o como a un simple adolescente unos quince años atrás, en su mente él siempre tenía puesta una corbata. Hasta daba vergüenza que su imaginación estuviese así de atrofiada con respecto a este tema. No era educado, o coherente, simplificar a alguien de esa manera. Era obvio que su profesor, como todos, tuviera facetas… Pero era lo que había para él cuando de Eticoncito se trataba.
 Se sentó en la banca en la que estaba recostado Ricardo, se retiró las gafas de sol y juntó las manos anudando los dedos, luego las puso debajo de su mentón y se acodó en las rodillas.
—Hola— Miró de nuevo en dirección al otro, taladrándole las sienes porque Ricardo continuó mirando hacia el frente. Decidió ir directo al grano haciendo una pregunta que nunca había pensado en formular—. Ricardo… dígame algo, ¿Es usted casado?
Su profesor elevó un tanto la barbilla, como si estuviera meditando su respuesta. Martín pudo ver la manera en la que sus hombros se tensaron e imaginó su mirada clavada en el cielo a pesar de que el sol le molestara en los ojos. Lo escuchó soltar un suspiro y clavó el mentón en su pecho.
—No. No lo soy — Ricardo miró al bebé sentado en sus piernas y le picó una de las mejillas con un dedo, cosa que de inmediato hizo reír al pequeñajo, que estaba sentado directamente en la hierba, encerrado entre sus piernas—. Él… es mi sobrino y solo estoy cuidando de él… Por un rato. No es que lo haya adoptado o algo parecido, solo… solo eso. Le echo un ojo— Se apresuró a explicar. Ricardo dejó escapar un pequeño bufido disfrazado de risa. Aquel gesto era, a todas luces, más para sí mismo que para Martín. Tardó unos segundos en abrir la boca nuevamente—. Dígame Ámbrizh, si mi respuesta hubiera sido un sí, si este pequeño hubiese resultado ser mi hijo y hubiera una mujer esperándome en casa, ¿Habría usted desistido de todo esto? ¿Me habría dejado… en paz?
Martín sonrió a su vez, mientras recogía con los dedos los cabellos rebeldes que bailoteaban frente a sus ojos y se los acomodó tras la oreja derecha.
—Por supuesto que no. Solo habría tenido que replantear asuntos y afinar algunos detalles. Resígnese Ricardo, no voy a dar marcha atrás y no hay nada que pueda hacer al respecto, más que pagar el precio, ayudarme y recuperar su archivo. Ambos quedamos contentos… Fin de la historia. —Eso decía ahora porque Ricardo ya había soltado la sopa, pero la verdad era que lo último que quería o necesitaba era a una posible esposa metida en aquello. No hubiese querido cargar con otra situación en la que era el tercero en discordia y posiblemente habría reculado; pero eso era algo que Ricardo no tenía por qué saber.
—Ámbriz, usted pretende hacer ver simple esta sitación, pero no lo es… No lo es en lo absoluto.
Eticoncito cerró los ojos por unos segundos y soltó otro gran suspiro que llamó la atención del bebé. Él iba a quedarse sin aire si seguía suspirando así, pero de alguna manera Martín lo entendía; sabía que lo que le pedía no era fácil… O coherente… O cuerdo… O correcto siquiera, pero no estaba dispuesto a ceder. Ya había puesto en marcha un plan que, a pesar de haber nacido solo y de la manera más descabellada, no pensaba abandonar. Ese plan posiblemente le salvaría la vida… Bueno, quizá exageraba pero era así como lo sentía, como si toda su vida pendiera de un hilo demasiado delgado.
 Martín entornó los ojos, por completo concentrado en la expresión de Ricardo. Estaba seguro de que aquel sería el momento en el que su profesor intentaría hacerlo entrar en razón… Otra vez.
— ¿Y?
—Proponga, Ámbrizh. Lo escucho.
Y Martín casi —casi— pudo escuchar el coro de serafines cantando angelicalmente sobre su cabeza.

***
Ricardo tuvo su oportunidad y la perdió. Si lo que de verdad quería era zafarse de aquella situación con Martín ahí estuvo su oportunidad, tras una simple pregunta… Y él había renunciado a ella, dejándola ir. Ni siquiera habría tenido que decir una frase completa, habría bastado con pronunciar un mágico monosílabo que habría podido liberarlo del que seguramente sería el mayor lio de su vida.
Solo un «Si» y todo aquel embrollo podría haber terminado. Un «Si, estoy casado» y quizá habría podido continuar con su vida como hasta el momento. Pero, ¿Quería eso? ¿Ser como siempre… Estar como siempre… La misma tranquilidad envuelta en la simpleza de siempre?
Solo dijo No, y estuvo seguro de que ese había sido el No con más convicción que había pronunciado en mucho tiempo. Tanta convicción como de sincero tenía el «Idiota» constante y machacón que ahora se repetía una y otra vez en su cabeza para referirse a sí mismo. La treta de quedarse a Mike había funcionado ¡¿Por qué carajos no había aprovechado, entonces?!
— ¿Qué es lo que pretende lograr con este teatro, señor Ámbrizh?—Preguntó, rendido ante lo inevitable. Aceptando que su curiosidad era mucho más grande que su sentido común… Que quería y necesitaba saber. Martín proyectó el cuerpo hacia adelante mientras mordisqueaba una de las patitas de las gafas de sol que se había retirado. Su boca alrededor del plástico hacía un gran contraste entre sus labios intensamente rosa y la blancura de sus dientes—. Aún no lo comprendo.
—Es comprensible que no lo comprenda, Ricardo. Yo aún no se lo he explicado. Y aunque sé que va a comprenderme, porque confío en que su capacidad de procesamiento de información funcione bien, lo más probable es que usted me recrimine cuando lo haga.
Ricardo no pudo evitar soltar una risotada forzada y sarcástica.
— ¿Qué lo recriminaré cuando me explique? No se preocupe, Ámbrizh; en este momento aun cuando usted no me ha explicado nada, ya lo estoy recriminando. Así que adelante, porque lo que sea que me diga no va a hacer que piense mucho peor de usted, puesto que ya lo hago lo suficiente— Batió un sonajero, para llamar la atención de Mike, antes de entregárselo como prenda de intercambio por su celular— Todo esto es por el hombre de la funeraria, supongo. Me niego a creer que pueda ser solo para fastidiarme, ¿Es por él?—. Le pareció lo más obvio.
—Así es. Es por él… Y contra él.
— ¿Cómo es eso?
—Lo amo—Martín dijo aquello con tal seguridad y con tanta rapidez que algo dentro de Ricardo se removió—. Pero las cosas son un tanto más complicadas de lo que parecen o me gustaría. Haré lo que tenga que hacer para tenerlo conmigo… Pero también haré lo que tenga que hacer para que se retuerza de celos y sufra.
Ricardo sonrió, aun sin quererlo.
— ¿Qué sufra? ¿No ha dicho usted que lo ama? —. Se sintió como un gran hipócrita diciendo eso. Él tenía la certeza de que una relación en la que hubiera amor de por medio no estaba exenta de cuotas, en ocasiones interminables e inmanejables, de sufrimiento. Él, que había amado a alguien de manera profunda, había sufrido como un condenado. Le gustaba pensar en sí mismo como una víctima circunstancial de la situación, le aterraba pensar que Elisa quizá hubiese causado su sufrimiento a propósito, tal como parecía querer hacerlo Martín. Cuando recibiera una respuesta de su parte, iba a soltarle a su alumno algún pequeño discurso acerca de lo superficiales, vengativos e inmaduros que son los adolescentes para tratar con algo tan trascendente como el amor, y que por eso debían tomarse su tiempo para enfrentarlo.
—Justamente porque lo amo tengo la obligación casi sagrada de hacerlo sufrir. Puede que para usted esto no llegue a tener ningún sentido, pero lo tiene para mí. Debo, porque lo amo, hacerle entender que con algo tan importante no se juega, que algo tan sublime no se desprecia, que el amor… solo debería pagarse con amor. Y si para hacérselo entender debo amargarle un tanto la vida, ¿Quién soy yo para negarle dicha enseñanza?— Martín cerró momentáneamente los ojos. Y así, con los ojos cerrados, formuló una pregunta que hirió a Ricardo directo en el pecho— ¿Alguna vez le han roto el corazón, Ricardo?
¿Roto? ¿Le habían roto el corazón? Pues sí. En su momento, así fue.
—Algo así.
—Pues un corazón roto exige ser vengado… y redimido— Martín dejó de juguetear con las gafas y las puso de vuelta sobre su cabeza, sujetando con ellas su cabello y dejando su rostro despejado; demostrándole con esto a Ricardo que algunas personas tienen verdadera suerte con la genética… Su rostro era estéticamente correcto—. Empecemos a hablar de cosas más importantes. Tenemos una relación falsa que construir.

***
Tal como Martín esperaba, Ricardo casi enloqueció cuando le dijo que tendría que comparecer ante su madre.
—¡De ninguna manera! Me niego. ¿Acaso cree que estoy demente, Ámbrizh? Se supone que estoy cediendo a esto por mi seguridad, por mi trabajo… Pero si lo que voy a hacer para salvaguardarme es lanzarme de cabeza a la casa de uno de mis alumnos para pregonar que estoy sosteniendo una relación amorosa con él, ¿Qué sentido tiene eso?
Martín blanqueó los ojos. Al menos había alguien completamente entretenido con la situación; el bebé no paraba de reír con los gestos exagerados y los manotazos al aire que soltaba su tío.
—Ricardo, a ver, piénselo bien. ¿Para qué querría yo un novio falso si no es porque me he visto obligado a ello y porque necesito que alguien, además de mí, lo vea? Mi madre me pidió conocerlo, y es justo eso lo que va a pasar—Ricardo intentó refutarle, pero Martín lo detuvo con un movimiento de la mano—No tiene caso que se niegue. Yo ya le hablé a mi madre de usted y por eso quiere conocerlo. Le aseguro que ella no va a ir a acusarlo al instituto o algo parecido; ella solo quiere conocer a la persona de la que me he enamorado… Además, ella cree que usted y yo estamos «saliendo» en todas las posiciones y eso solo la afana más—. Martín se rio con ganas cuando vio la expresión de Ricardo al no comprender por qué hacía comillas con sus dedos al decir que estaban saliendo. Si de eso se trataba todo.
— ¿Todo esto porque quiere que su madre acepte su relación con aquel hombre? Si ella es tan abierta como usted dice, debería solo enfrentarla y decírselo. Yo agradecería mucho que me dejara a mí fuera de esto.
—Poco importa lo que usted diga o haga, Ricardo. A ojos de mi madre usted y yo estamos completamente enamorados y saliendo como conejos— Oh sí, ahí estaba de nuevo aquella cara de perplejidad que no tenía precio— Y sí, mi madre es muy abierta, pero no quiero arriesgarme. Si es que existe alguna posibilidad de que ella rechace a la persona que yo elija por ser hombre o por ser mayor que yo, prefiero comprobarlo con alguien que no me interese… en esos términos—Se apresuró a agregar—. Si ella lo acepta sin líos, luego solo tendré que arreglármelas con el hecho de que ellos dos sean amigos y tengan parte de su pasado en común; que es lo que supongo que inquieta tanto a Joaquín.
—Y le pone todo en bandeja de plata, ¿así de fácil? ¿Sin que él tenga que esforzarse por conseguirlo a usted?— Martín torció el gesto y apartó la mirada de Ricardo. No le respondió nada porque… ¿Qué podía refutar ante algo que sabía que era cierto?— En todo esto no he escuchado qué es lo que está haciendo su… Joaquín, para estar junto a usted. Me da vergüenza decirlo, pero solo puedo imaginar que su aporte es salir y salir y salir con usted tanto como le sea posible sin que eso le traiga consecuencias—Vaya, vaya… Eticoncito no era tan caído del zarzo como parecía. Y Martín solo pudo reír, ¿Qué más podía hacer? Jamás, ni en sus sueños más locos, habría imaginado que pudiera llegar a hablar de aquel tema con un profesor… Con ese profesor menos que con ningún otro— Todo este lío por esa estúpida e inconveniente fotografía. Situación que, por cierto, ni siquiera fue mi culpa. ¿Y qué recibiré a cambio? Un inmenso dolor de cabeza, eso es lo que obtendré.
Eticoncito miró al cielo, elevando las manos en mudo lamento para luego dejarlas caer con pesadez, tropezándolas en el camino con el sonajero en manos del bebé.
—Ah, ¿Quién sabe? Quizá si al final todo sale bien me encuentre de humor para darle algo que a todas luces a usted le hace falta.
— ¿Ah, sí?—Ricardo rotó el rostro en su dirección—. Y según usted, ¿Qué sería eso que a todas luces me hace falta?
—Un orgasmo— Martín esperó por la reacción. Vio con claridad la manera en la que los colores subieron al rostro de Ricardo y como sus ojos, que se veían más grandes que de costumbre gracias a la ausencia de los anteojos, aumentaron aún más de tamaño. Esperó, esperó un poco más y…Ahí estaba, ¡sí señor! ¡Bingo! ¡Eureka! Eticoncito boqueó, preso en la sorpresa, sin querer creer que él se hubiese atrevido a decirle algo como aquello. Absolutamente irrisorio. Martín sonrió complacido, no había perdido su toque; seguía siendo capaz de dejar a los hombres sin palabras—. Respire, hombre, que solo estoy  bromeando. Aunque sí creo que usted necesita uno… ¡Urgente! Para que se relaje.
—Hay cosas que no deben ser tomadas tan a la ligera, Ámbrizh; como nuestra relación de maestro/alumno, por ejemplo. Hay límites aunque usted esté empeñado en borrarlos. Su comentario fue… Estuvo completamente fuera de lugar—Ricardo recompuso la expresión y cruzó los brazos sobre el pecho—. Además, ¿Qué le hace pensar que no tengo todos los orgasmos que necesito?
Martín fingió estremecerse, de manera exagerada.
—La imagen mental es perturbadora. Y la gracia de los orgasmos, profesor, no radica en tener todos los que se necesitan, sino en tener todos los que se quieren— Martín se pasó la palma de la mano por la nuca, donde sintió resbalar una gota de sudor— No sé… Algo me hizo pensar que quizá usted pudiera considerar amoral el sexo, o algún otro pensamiento exageradamente puritano como ese, ¿Por qué será que tengo esa impresión?—Ironizó—Pero me alegra saber que usted tiene todo el sexo que necesita—. Le dio una palmadita en la espalda, como si lo felicitara.
Ricardo frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Esa no es la manera correcta de conseguir algo de mí, señor Ámbrizh.
—Tiene razón. Imagino entonces que en esta situación la forma correcta es amenazarlo con exponer la fotografía y bla, bla, bla, ¿No es así?
Ricardo comenzaba a parecer irritado y Martín consideró que quizá era prudente dejar los chistes y las tomaduras de pelo para otro momento.
— ¿Cuánto tiempo se supone que tendré que… ayudarlo?
—Hasta que yo lo considere conveniente.
—Nada de eso—Dijo Ricardo con resolución—. Cada ocasión en la que alguien, diferente a usted, me vea en términos que me etiqueten como a su pareja, contará como una vez… Y serán un número determinado de veces. No estoy dispuesto a estar en sus manos de manera indefinida.
Oh, ya estaban negociando. Ricardo se veía resuelto. Martín se mordió el labio, meditando, midiendo, contando… Calculando.
—Okey. Quince veces.
—Para nada. Eso es demasiado, podría tomar meses y meterme en millones de problemas. Cinco; que deberá administrar bien, para lograr el efecto que desea. Luego yo mismo borraré el archivo de mi foto en su correo y usted se olvidará de mí.
¿Qué era eso? ¿Cinco veces? Ni siquiera había dividido la diferencia.
—Diez veces—Regateó Martín—Y tenga presente que esto incluye cenar con mi madre para que se conozcan, que podré hablar acerca de usted etiquetándolo como Mi muy ferviente, caliente y explosivo amante a quien considere que deba hacerlo. Por supuesto para equilibrar habrá también ocasiones en las que diga que no solo me vuelve loco en la cama, sino que también me protege, me cuida, me idolatra y que, además, me da estabilidad emocional como si del jodido Freud se tratara. En otras palabras: un hombre 10. El sueño dorado de cualquier gay. Usted será el maldito príncipe del paraíso gay—. Ricardo blanqueó los ojos, pero Martín pudo ver la sonrisa oculta en la comisura de sus labios; una que amenazaba con deslizarse hacia afuera en cualquier momento.
—Seis veces y aceptaré de inmediato. Cenaré con su madre siempre y cuando no haya repercusión en mi vida laboral y usted me asegure que ella no va a enloquecer y va a tirarme sopa hirviendo al rostro. No dirá una palabra de esto a nadie, óigalo bien: NA-DIE, en el instituto. —Ricardo meditó—. Todo será platónico, no pienso darle veracidad a sus palabras con ninguna acción que transgreda… lo que pienso de la vida. Tendrá que hacer uso de su tan fluido léxico para construir su utópica relación; yo solo contribuiré con dejarme ver junto a usted SEIS VECES—, Remarcó, casi gritando, mientras mostraba esa cantidad con los dedos—Puede que quizá, si es que llego a estar de humor, tome su mano en un caso excesivamente necesario… Algo de vida o muerte.
—Ocho veces, ni una menos—Sentenció Martín— Puede que llegue a necesitar menos, pero no quiero tener que renegociar si es que llego a necesitarlas todas—Se cruzó de brazos—Usted aceptará de inmediato porque soy yo quien tiene el toro por los cuernos aquí. Conocerá a mi madre y causará una excelente impresión. Ejecutará la mejor de sus actuaciones, porque necesito que ella vea que salir con alguien mayor no representa ningún tipo de problema. Yo no soy de los que le guste andar tomado de la mano con alguien, eso es cursi y no necesito ayuda para andar así que no le veo el caso. Pero puede que llegue a necesitar algún beso, hay que darle veracidad a nuestra relación, sería raro si no lo hiciéramos… Y además, no sería nuestra primera vez. Si lo considera un sacrificio, solo tenga presente que no será el único que lo piense.
— ¡Pero Ámbrizh…!—Martín elevó un dedo para callarlo, mientras negaba con la cabeza y hacía un ruidito de desaprobación con la lengua.
—Nada de «Ámbrizh», Richie. Llámeme por mi nombre. Recuerde que ahora usted, por el espacio de ocho citas, es el amor de mi vida. Si se siente incómodo llamándome Martín a secas, entonces puede utilizar algún apodo, no sé, algo verás, algo obvio que salte a la vista como… La cosita más sublime que he visto jamás o sublime perfección tal vez—. Martín desplegó una sonrisa sincera llena de diversión. Una sonrisa por la que alguien excéntrico —y que coleccionara cosas inverosímiles— habría pagado un millón de dólares sin rechistar.
…Una sonrisa que Ricardo se quedó mirando como si hubiese recibido un golpe directo a la nariz y con el puño cerrado: con absoluta perplejidad… Con el atontamiento más grande… Sin aire.

***
Llevaban cerca de diez minutos sin decir palabra. Martín guardó silencio para darle tiempo a Ricardo de procesar la información. Si él, después de todo, llegaba a decirle que no aceptaba planeaba presionarlo un poco más con la amenaza de hacer pública la foto, porque en cuanto mencionaba aquella imagen el otro se ponía alerta y nervioso… Eso o saltarle encima e intentar estrangularlo hasta que aceptara, ojalá rápido, porque empezaba a dolerle la cabeza y tenía la sospecha de que pronto comenzaría a escasearle la paciencia. Además, comenzaba a morir de hambre y el algodón de azúcar a la venta en uno de los carritos comenzaba a parecerle demasiado atractivo.
Había un bullicio considerable alrededor, haciendo presa del parque. Todo ese ruido comenzaba a machacarle los sentidos, pero los gorjeos del bebé lograron eclipsar su atención, distrayéndolo del malestar.
— ¿Y tú cómo te llamas, pequeño hombrecito?— Tomó entre la suya una de las manos del pequeño. Cuanta poesía había para sacarle a aquel rose, cuantas palabras pudieron haber sido escritas en torno a aquella extremidad regordeta y rosada que ahora apretaba vigorosamente la suya… Hablar de suavidad… De acunar sueños… De juguetes y dulces… Pero aquello no encerró mucho de poético para Martín. Lo único que eclipsó su atención fueron las babas en medio de los pequeños dedos que apresaban los suyos; suficiente para arrepentirse de inmediato de haber engarzado entre la suya aquella pequeña mano.
No, definitivamente él nunca tendría hijos. De seguro sería un verdadero desastre con ello. Quizá consideraría perpetrar su apellido adoptando algún niño oriental que fuese un genio; uno con la edad suficiente para manipular y controlar sus propios fluidos. Hasta él mismo sabía que pensar de aquella manera, solo por haber entrado en contacto con babas de bebé —Ni que fuesen radioactivas— era un tanto hipócrita, siendo que llegado el momento, y puesta en frente la oportunidad, él era un tragapollas de mierda, pero la cuestión era que a él le interesaban los fluidos masculinos en términos que distaban mucho de la reciente experiencia.
De la manera más discreta posible se limpió la mano en el muslo. El chiquitín era lindo, sí, pero solo para mirarlo desde una distancia prudente.
—Su nombre es Mike—Ricardo abandonó su silencio—Dígame, Ámbrizh… Es decir, Martín; en su plan perfectamente estructurado, ¿Dónde queda Georgina Santillana? ¿Qué voy a hacer con ella? ¿Qué pasaría si, además de por usted, también debo preocuparme por ella y por lo que pueda hacer? Eso sería terriblemente injusto. Estoy tratando, como puedo, de protegerme de la amenaza que usted representa, ¿Pero y lo que ella pueda decir… O hacer? Le aseguro que voy a enloquecer—. Ricardo se paseó las manos por el rostro.
—Ella… Yo me encargo, no se preocupe. Usted solo encárguese de parecer el novio perfecto.
—Martín… ¿Se da usted cuenta de que tiene mi futuro en sus manos?
—Sí, lo sé. Usted confíe en que yo me aseguraré de que tenga un futuro muy bonito.

2
El domingo se deslizó debajo de sus párpados, obligándolo a despertar.
Abrió los ojos, pero continuó bocabajo en la cama, abrazando la almohada y negándose a moverse y a dejar ir del todo al sopor. Emitió un quejido desde la base de su garganta y cerró de nuevo los ojos, apretándolos con fuerza cuando descubrió que Martín seguía metido en su cabeza… Porque ¿Adivinen quién se estuvo pavoneando a lo  largo y ancho de sus sueños? Como si con quejarse y apretar los ojos pudiera realmente espantarlo de allí. A Ricardo le irritó que él hubiese sido lo primero en lo que pensó en cuanto abrió los ojos.
Trató de medir qué tan ruin era el estar empalmado y estar pensando en uno de sus alumnos. Once, en una escala del uno al diez, fue su conclusión.  
Quiso creer que una cosa no estaba necesariamente relacionada con la otra y que la simultánea reacción de su mente y de su cuerpo era meramente circunstancial. Él era un hombre, después de todo, así que era una ley natural —casi una obligación moral y cuestión de orgullo… Incluso signo de buena salud— que se despertara con el asta de la bandera arriba; y Martín anidando en su cabeza se había convertido en algo habitual últimamente, puesto que este acababa de comprometerlo en una situación bastante precaria que ponía su mundo patas arriba… Pero no era su culpa que ambas cosas coincidieran. No era adrede y mucho menos algo que pudiera manejar. ¿Qué tan patético lo hacía el hecho de que siquiera estuviera cualificando una situación parecida?
Estaba desesperado luchando con algo que ya no tenía marcha atrás. Dándose tontas excusas cuando ya se había rendido. Sería por completo hipócrita de su parte no reconocer los hechos… No escucharse a sí mismo, aunque fuese su interior el que hablaba en murmullos que tenía miedo de exteriorizar a grandes voces… Porque Eso, lo que sea que fuese, había ganado la batalla y se había aposentado en cada uno de los rincones de su ser.
Estaba loco.
Lo estaba.
No había otra explicación.
Finalmente se dio la vuelta en la cama y se quedó mirando el techo. Tratando de pensar en todo lo que tenía que hacer aquel día, para calmarse y para que su amiguito se relajara también.
Tenía que redactar los exámenes del área de filosofía, que dictaba en los cursos de noveno y décimo.
Tenía que redactar los cuestionarios de humanidades para los grados sexto, séptimo y octavo.
Tenía que revisar los ensayos de ética y valores humanos para los alumnos de undécimo.
Menudo domingo el que le esperaba. Habría podido adelantar trabajo el día anterior, pero había perdido gran parte del día con Él. Su cabeza comenzó a divagar en los recuerdos de todo lo que habían conversado, llegó a la rápida conclusión de que Martín era un mandón completamente egocéntrico.
Un egocéntrico que… Olía demasiado bien. A perfume caro de aroma sutil. Un mandón que utilizaba una argolla de madera color caoba en la oreja izquierda y que por alguna estúpida razón le había llamado la atención quizá porque era algo sencillo. Una simple pieza labrada en madera sin nada de ostentoso en ella, contrario a lo que hubiese esperado de él. Él mismo había utilizado un pendiente en algún momento de su adolescencia y estaba seguro de no haberse visto ni la mitad de bien de lo que lo hacía Martín.
Problemático, egocéntrico y odioso…
Bien que se había fijado en que Martín se mordía el labio cada tanto, de forma reflejo. Lo hacía cada vez que meditaba… Cada vez que se centraba… Cada vez que se frustraba… Y cada maldita vez que lo había hecho estando cerca de él, Ricardo hubiera querido estirar la mano y tirar de aquel labio hasta que lo dejara ir… Y apresarlo entre los dedos, hasta comprobar cómo se sentía su textura… Saber si lo que a la vista parecía pulposo, generoso y suave, también lo sería al tacto.
Martín no caminaba de manera afectada. Ricardo se había tomado el trabajo de observarlo en detalle mientras su alumno anduvo por el parque en su búsqueda, y pudiendo haberle ahorrado esfuerzo al delatar su ubicación, se había negado a hacerle alguna señal para que lo encontrara de inmediato… Y fue solo por el placer de verlo andar sin que se supiera observado por él. Martín no se contoneaba en exceso o se balanceaba más de lo debido… Eso lo desconcertaba; no por ese comportamiento en sí, sino por el efecto que algo tan sencillo lograba causar en él. Su andar era grácil y elegante como el de una gacela, ¿Dónde estaba el amaneramiento que habría logrado repelerlo?
…Y hablaba con tal seguridad… Casi dándole órdenes.
—Mierda, mierda, ¡Mierdaaaaaa!—Le gritó a su techo, no con furia, pero sí con toda la contrariedad del mundo. La superficie sobre su cabeza solo le respondió con la más aguerrida indiferencia. Se mesó los cabellos, medio desesperado; estrelló repetidamente los talones sobre el colchón, pataleando y tirando lejos las sábanas— ¿Es acaso esto posible? Dime, Dios— elevó el puño a los cielos, — ¿Es siquiera esto entendible… Aceptable? ¡¿Qué es lo que me pasa?! ¿Qué hago pensando en él? Y ¿Por qué, cuando pienso en él, es añoranza lo que siento en mi pecho? ¡Ahhhh!
Debió reordenar los puntos en su lista de pendientes. Cada ítem que se erigía en el despliegue de responsabilidades laborales debió dar paso a un punto más, descendiendo un lugar, porque el número uno en su lista de repente fue desnudarse, meterse a la ducha y darse una manita que lo ayudara a desfogarse. En otras circunstancias —circunstancias más normales y corrientes— siendo domingo habría sido perfectamente capaz de trabajar metido en la cama, sin bañarse en todo el día.
…Pero debía hacer justicia a aquello de tener todos los orgasmos que necesitaba.

3
Entrada No. 9 — Diario de Martín.
No estoy sintiéndome una buena persona en este momento. Para ser sincero, me siento como un manipulador de mierda. Y ni siquiera sé si todo el esfuerzo que estoy haciendo vale la pena. Ni siquiera sé si toda esta locura va a funcionar.
No sabes de qué estoy hablando… El resumen es fácil, aun si la situación no tiene mucho de simple. Llegué al lugar justo, en el momento justo, tomé una fotografía y ahora estoy aprovechándome de ello, utilizándolo a mi favor, armando un ardid para tratar de acomodar las fichas de manera que pueda llegar a tener conmigo al hombre del que estoy estúpida y agonizantemente enamorado…
Deslumbrado…
Encaprichado…
“Encamado”
La persona a la que fotografié es uno de mis profesores. No mencionaré aquí su nombre porque conociéndolo y teniendo noción, aunque poca, de su aburrimiento crónico y de su vida monótona, lo más probable es que dentro de 20 años continúe dictando clases en el mismo instituto. Sería muy irónico que él perdiera su trabajo dentro de tanto tiempo y no ahora, cuando realmente estamos en el ojo de la tormenta. Tormenta que estoy determinado a contener con mis manos… Creo que puedo, sé que puedo… Tengo que poder.
Él no es «santo de mi devoción». Directa o indirectamente nos habíamos declarado enemigos, bueno… El dramático al respecto, con declaración de guerra incluida y todo, en realidad fui yo. Ahora me veo en la necesidad de recurrir a él para que me ayude. Estamos cooperando juntos, fingiremos que hay algo potente entre nosotros, que nos queremos, para que yo pueda soñar con la felicidad y para que él pueda respirar tranquilo.
No todo es tan dramático. Con todo esto, de paso, también estoy disfrutando con el hecho de fastidiarlo mostrándole todas las bondades de ser percibido como un marica jurado que se muere por mí. Creo que después de esto podré dar por saldada su deuda conmigo… Él me lo debía por hincharme las pelotas. Voy a ponerlo todo lo incómodo que pueda y voy a disfrutarlo, pero eso no quita que sienta algo de pena ajena por él. Debe estarse ahogando con su propia bilis al ver su moralismo comprometido.
Dime algo, ¿Qué tan estúpido es que trate de utilizar la misma situación para conseguir estar con alguien pero también para herirlo? Si lo pienso bien, no lo es tanto. Sobre todo teniendo en cuenta que la persona que me hizo sentir amor es también la persona que más me ha herido, que me ha rechazado y ha pisoteado lo que siento.
Maldita sea la hora en la que me senté frente a él para dejarme dibujar, pero bendito sea el momento en el que pude perderme en sus ojos… Y enamorarme de él; porque el amor es lo más sublime pero también lo más terrible que haya experimentado jamás.
Ocho citas… Cuento con ocho oportunidades para venderle una idea a mi madre, para obtener su aprobación, y al final —o realmente al principio— de todo, poder decirle algo como:
«Adivina qué, Mimí: A quien realmente amo, a quien quiero tirarme hasta el cansancio, hasta que me harte, es a tu amigo. ¿Mi profesor? Pues él fue circunstancial. Una víctima de mis impulsos, así que no lo culpes de nada… Yo nunca tuve miedo de decirte acerca de esto, porque aunque hubieses llegado a no estar de acuerdo yo me habría lanzado al vacío de igual manera, porque yo soy así, porque siempre hago lo que quiero, porque nunca en mi vida he querido algo tanto como quiero esto, como lo quiero a él. Mi manera de proceder no significa que no confíe en ti y en tu manera de cuidar de mí y de protegerme, pero esto que siento es algo que no pude evitar y a lo que bajo ninguna circunstancia pienso renunciar. Esto que siento es tan fuerte que si quieres puedes llamarlo locura porque yo mismo estoy convencido de que es tal. Estoy loco, no razono, no me importa nada.
 Puede que yo te haya ocultado cosas desde el momento en el que supe que mi manera de manejar mi vida sexual era algo que debía mantener en privado, puesto que las barreras entre tú y yo, en lo que a ese tema se refiere, son necesarias y sanas, pero mentir de esta manera… Yo no soy así. Nunca creí que llegaría a tener la necesidad de cubrirme de falsedad, Mimí. Pero el de la negativa fue él… El que tenía miedo de enfrentarte era él… Todo esto lo hice por él, para que dejaras de representar una amenaza para él… Una amenaza que no entiendo. Él fue tajante a la hora de dejarme claro que no quería que tú te enteraras de lo que ocurría entre nosotros o todo entre nosotros acabaría. Entiéndeme, Micaela, debí mentir para que él viera que tú podías con esto, que no tenías ningún problema con que lo quisiera y así contemplara la posibilidad de llegar a amarme de una vez por todas»
Algo así le diré a mi madre cuando deba enfrentarla y solo en caso de que las cosas salgan como espero. Bueno, quizá omita aquello de tirármelo hasta el cansancio… y seguramente también aquello de «Me he guardado secretos acerca de mi vida sexual» porque seguramente después no habría manera de sacármela de encima.
 Toda locura que se haga en nombre del amor, quizá pueda ser justificada.
Oh… Y mi Julius murió. Su bonito pelaje terminó recubriendo la masa sanguinolenta en la que quedó convertido. Julius, MI Julius, hecho papilla debajo de las nefastas llantas de un automóvil y fue mi culpa. Mi culpa que sus juguetes chillones ya no tengan sentido y haya tenido que recogerlos y empacarlos con mis propias manos aun cuando eso rompió por completo mi corazón… Mi culpa que la chispa vivaz de sus ojos se haya apagado y el amor más sincero que haya conocido jamás, haya desaparecido. Mi culpa por no saber manejar mis emociones… Te amo, Julius, y donde quiera que estés, perdóname.
Martín comenzó a garabatear con la pluma en el espacio en blanco que quedó entre el final de su escrito y el borde inferior de la página. De manera deliberada, encaminó su garabato hasta que este comenzó a tomar la forma de un rostro. Un par de ojos…  Unas cejas gruesas con un rictus de descaro… Rasgos cuadrados y concisos que parecían cincelados en madera. No le sorprendió tanto que de sus dedos hubiese brotado Joaquín puesto que últimamente solo parecía vivir en pos de él. Aquel dibujo no habría podido ser más fiel a la realidad si se lo hubiese propuesto… Luego el hocico y el pelaje de Julius le hicieron compañía.
Cerró el diario y lo dejó a un lado. Se acostó del todo sobre la cama, bocarriba. Rotó el rostro hasta dejar que su vista se perdiera en el cielo azul carente de nubes al otro lado de las puertas de vidrio que conducían a una pequeña terraza y cuyos paneles Lola había descorrido antes de marcharse por su día de descanso. De no haber sido por ella Martín habría elegido permanecer a oscuras. Solo quedarse ahí, tendido pero sin seguir durmiendo aunque habría podido hacerlo, puesto que había pasado casi de largo la noche anterior… La química y sus fórmulas que exigen resultados exactos.
Flexionó una pierna; esta escapó lánguida, desnuda y blanquísima de entre la abertura de la bata de baño a la cual parecía haberse hecho asiduo a utilizar cuando su ánimo decaía. A causa del movimiento la prenda se abrió, quedando unida únicamente por un nudo flojo a la altura de su ombligo. Se había bañado aunque bien habría podido no hacerlo aún, puesto que los domingos están regidos por una ley no escrita que dicta que todo puede hacerse excesivamente tarde, o bien no hacerse en absoluto.
No se vistió, en el sentido propiamente dicho de la palabra. Se limitó a cubrir de manera escasa su desnudez. No iba a ir a ningún sitio, no tenía planeado moverse de donde estaba, así que se limitó a ponerse la parte superior de un pijama de franela, un par de bóxeres y encima la bata de baño… Todo esto recubierto por una capa tenue de mal humor y de cierto nivel de melancolía dominguera.
 

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