Capítulo 42: Ojos Míos… ¿Por Qué Están Tan Tristes?

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Para coger necesito las ganas y un cuerpo dispuesto. Para hacer el amor necesito sentimientos, tus perversiones, y mil demonios que lleven tu nombre.

Hace unos minutos no importaba… cuando salí de ahí con mi orgullo mancillado, muerto y enterrado, estaba dispuesto a vengarme. Haría de todo con tal de arrancarlo de mí… haría hasta lo imposible para que su nombre se me olvidara y su presencia ya no representara nunca más, nada en mi vida.

Me alejé de ese lugar vilipendiando y con la clara idea de no volver jamás. Ni siquiera me detuve a pensar en lo que estaba haciendo… ¿Pero cuándo lo hago? ¿Por qué empezar ahora? Era una mala costumbre que no esperaba que se me quitara de la noche a la mañana. Sin embargo; cuando estuve frete a esta puerta, sí que tuve que detenerme…

¿Qué era lo que pensaba hacer…?

Mejor aún… ¿Qué cambiaba? ¿Qué se suponía que iba a mejorar…?

Exacto… nada, pero… ¿Y pero por qué no hacerlo?

Estaba dolido… ¿Esa era un excusa lo suficientemente válida? Lo era, al menos, para mí. Podía disculparme diciendo que indirectamente él me obligó. Pues no solo me había dejado sino que también, me había echado de su casa y de su vida. Se había alejado de mí… con prisa puso en marcha el auto como si nuestra cercanía le resultara insoportable.

Se fue sin siquiera mirar atrás. Sin que le importara que yo aún estuviera ahí.

Me dolió… ¡Claro que me dolió!

Me sentí humillado y también salió a flote ese otro sentimiento que hace mucho no experimentaba… me sentí abandonado. Por eso había venido aquí, quería herirlo también… quería hacer algo de lo cual al enterarse, tuviera que llorar. Que le doliera tanto como a mí en este momento.

Cierto es que me había equivocado, pero ahora que estaba dispuesto a reparar mi falta y a ser honesto, él simplemente no quiso escuchar. Dijo que no me creía y que esperaba no tener que volver a cruzarse en mi camino. Que hiciera de mi vida lo que quisiera, porque él haría justamente lo mismo.

Se fue a sabiendas que me quería… y me dejó aunque dije que lo quería.

— ¿Damian…? — La voz detrás de mí me hizo girar para poder mirarle. Había salido insegura y débil. — Así que realmente eres tú… — Parecía complacido de verme, incluso respiró con alivio, como si temiera que se tratara de alguien más.

Ahora que lo tenía de frente me pareció muy distinto a como lo recordaba. El cabello lo lucía corto… ¿Dónde estaban los risos como caireles? Su piel seguía siendo blanca y de apariencia sedosa, pero… ¿Dónde estaba el terciopelo? ¿La suavidad? Su cuerpo desprendía un olor a cítricos, varonil pero asfixiante… ¿Qué había sido de su olor fresco? La estatura era dolorosamente la misma… pero su forma de vestir me resultó desagradable… No había sudaderas ni pantalones a juego. Las botitas negras tampoco estaban, ni siquiera sus ojos eran ya tan azules… Su mirada estaba opaca, como triste.

O quizá era el reflejo de mis ojos en los suyos lo que reconocía como tristeza.

— ¿Tan mal me veo…? — Preguntó incomodo, mientas se encogía de hombros. Traía unas bolsas repletas de despensa, que apenas y si podía sostener.

Me acerqué… pero mientras yo di el primer paso, él retrocedió dos. No se trataba de un miedo que propiamente le provocara yo… solo miedo. A todo y a todos.

— Dámelas… — Ordené mientras señalaba las bolsas — Y abre la puerta.

Asintió y se acercó para entregarme las bolsas. Abrió rápido y sostuvo la puerta para que pudiera pasar. El departamento seguía igual, tal y como lo recordaba. El mismo frío y la misma sensación de vacío que en aquella ocasión.

Me acerqué hasta la mesa y dejé las bolsas encima. Él estaba detrás de mí, a tan solo unos cuantos pasos.

— Desvístete… — Ordené.

Lo escuché suspirar… estaba acostumbrado a ser tratado de esa manera. No fue necesario voltear para asegurarme de que lo haría, el ruido de la ropa al caer y su reflejo a través de los cristales de las alacenas me permitió comprobarlo. Primero se sacó el abrigo y con él la camiseta que traía debajo. Seguidamente se deshizo de los zapatos, los calcetines y por último del pantalón y la ropa interior.

Me giré para quedar de frente a él y contrario en lo esperado, me centré en sus ojos rotos y dolidos… ¿O acaso eran los míos?

Él me dedicó una sonrisa triste, pero intentó mostrar seguridad… Un estúpido valor que realmente no poseía.

La razón… la encontré más abajo.

— Han pasado “cosas” desde la última vez que nos vimos… — Dijo a modo de disculpa —. Comprenderé si no quieres quedarte.

Solo entonces y por lo que dijo, hice reparos en su cuerpo. Fui bajando la mirada por su cuello, sus hombros, su pecho y su estómago, en cada parte en la que centraba mi atención había un golpe. Su sexo colgaba dormido y cobijado bajo una leve capa creciente de vello púbico, sus muslos entreabiertos tenían marcas. Morados que resaltaban contra su piel blanca. — Date vuelta. — Ordené.

Lo hizo y casi encontré lo mismo. Quien sea que lo haya hecho, tenía la clara intención de dejárselas, se había ensañado en lastimarlo porque no eran recientes.

Me acerqué lentamente hasta quedar justo detrás de él. Mis dedos rozaron las marcas de mordidas que había al dorso de su cuello. Él se erizo al contacto… su piel se abría ante mi tacto de la misma manera en que lo hace alguien al sentir una ráfaga helada de viento tras abandonar el calor y confort de cama tibia.

— ¿Duelen…?

— Ya no… — Respondió quedamente.

— Entonces no importa… — Agregué, mientras mis manos fueron descendiendo libremente por su cuerpo. Delineando sus curvas, resaltando sus formas.

Con un poco más se seguridad… se giró y buscó mis labios. Tuvo que ponerse de puntas, y me resultó doloroso dejarme encontrar. Sus labios eran insípidos… No, no es que no tuvieran sabor. Simplemente no tenían el sabor que esperaba sentir.

Sus manos se aferraron a mi cazadora y yo lo envolví con los brazos para posteriormente levantarlo. No era igual, se me salía de entre las manos… tenía más peso, más cuerpo… cuerpo… su cuerpo era distinto.

No es que estuviera mal… no.

Pero no se sentía igual.

Traté de acallar mis pensamientos cuando lo llevé hasta al mueble largo de la sala. Mi boca no abandonaba la suya… estaba pegado a él, atiborrándome de sus aguas, pero seguía sediento… moría por un poco de esa agua diferente… dulce y limpia.

Mordí sus labios, mi lengua se apoderó de la suya y lo hice babear de tanto chuparlo. Mis manos le andaban como perdidas… tocando todo lo que estuviera a mi alcance, buscando algo que de antemano sabía que no iba a encontrar. Aun con el pantalón puesto me restregaba contra su sexo desnudo buscando un poco calor o de frio… no importaba. Realmente no importaba, porque estaba convencido que nada de lo que encontrara en él me iba a satisfacer.

Me sentí tentado a dejar que la impotencia se apoderara de mí… quise simplemente dejarme caer sobre él y pedirle que me abrazara… que me apretara con fuerza porque sentía que estaba cayendo a pedazos. Pero él gemía en mi boca, en cada nueva embestida me buscaba.

Mi cuerpo comenzaba a reaccionar ante su excitación y me odie un poco más por eso… Se las arregló para quitarme la cazadora, de la camiseta me deshice yo… ¿Realmente iba a hacerlo? ¿Tendría el valor? El mero cuestionamiento me hizo enojar.

Lo tomé con fuerza de los hombros y lo hice girar de manera que quedara de espaldas a mí, arrodillado y ofreciéndome el culo. Apreté sus nalgas entre mis manos casi con morbo, estirando su piel interior y notando como se abría para mí… él solo gimió más fuerte, excitado… ¿Por qué no me reclamaba? ¿Por qué no se giraba molesto y me ordenaba tratarlo con respeto? ¿Por qué no fruncía el ceño y me miraba con reproche? ¿Por qué…?

Algo en mi interior gritó que no lo hacía porque él no era Ariel. Y como si se me acabara de revelar una gran verdad, me detuve de golpe. Él no era Ariel… no era mi bosque nevado, ni niño dulce…

— ¿Qué sucede…? — Preguntó en un jadeo. — ¿Damian…?

— No te muevas… — Me limité a responder.

— Si no quieres…

— ¡Callate! — Ordené, pero mentalmente deseaba que me gritara que “no” que no iba a callarse y que yo no debía hablarle de esa manera.

Pero no lo hizo, solamente se dedicó a obedecer. — ¡Reacciona Damian!— Me dije mentalmente. No iba a quedar como blandengue, un débil emocional. Yo no era así, y no iba a comenzar a serlo gracias a un niño estúpido.

Con las ideas renovadas volví a él como si estuviera asechando a una presa… me desabroche el pantalón, bajé la zipper liberando mi sexo. Con mi mano izquierda enfundé mi falo, mientras masajeaba mi punta con el pulgar. La vista era buena, y pronto quise algo más que mirar. De mi mano libre, Llevé el dedo medio hasta su entrada y presioné.

Al instante se tensó y algunos quejidos de dolor también se le escaparon. Sus paredes envolvían mi dedo mientras hacía círculos en su interior. No iba a detenerme ni a darle tiempo de nada. Enseguida metí el segundo dedo y lo vi aferrarse a al descansabrazos del mueble. Sabía que por su bien, debía relajarse… pero no lo hizo hasta que mis dedos, simulando embestidas, comenzaron a entrar y salir por completo de él. Eran estocadas lentas y profundas.

No importa que pensara internamente, una parte de mí seguía creyendo que era él y no podía tratarlo con violencia. Me sentí estúpido por pensar de esa manera, pero no estaba de humores como para hacer reparos en lo ridículo de mi situación.

Por algunos instantes me centré más en mí, olvidé mis dedos en su interior y me dediqué a tocarme a mis anchas. Lo necesitaba… había pasado mucho desde la última vez. Pero fui sacado de ese abrumador mar de sensaciones cuando comenzó a moverse contra mí, lo sentí retenerme… y casi sentándose sobre mi mano comenzó a auto-penetrándose.

Subía y bajaba lento, estaba tan húmedo que al deslizarse sobre mis dedos hacia un ruido como de chapoteo, a él no le importaba, era descarado y se supone que yo no era quien para hablar de eso. Cuando me cansé de mi mano, retiré mis dedos de su interior.

— ¡Lamelo! — Le ordené y lo hizo de inmediato, se giró y bajó su rostro hasta mi hombría… su lengua me recorrió desde la base hasta la punta, sus manos me rodearon mientras su boca me daba placer.

Lo último que recuerdo es que lo vi hacer vacíos con sus mejillas, mientras yo lo sujetaba del cabello obligándolo a bajar más. Entonces en algún punto hice corto con mi parte racional, porque la animal salió a flote.

No me importaron sus arcadas ni lo rojo que su rostro se ponía debido a la falta de aire. Me follé su boca con ganas pero fue él quien se vino. Lo que me tomó volverlo a poner de espaldas, fue el único tiempo que le di, después con las piernas separadas y mi sexo entre tanteando su entrada, lo penetré de una sola embestida… Quizá gritó, no estoy muy seguro, pero tampoco me detuve.

Lo aprisioné entre mis brazos para que no se moviera ni intentara escapar, no estábamos haciendo el amor, así que no tenía que ser lindo… él no era Ariel, así que tampoco tenía que comportarme como si yo no fuera una bestia. Entré y salí de él enterrándome cada vez más.

Le sujetaba con fuerza… con coraje y frustración, porque a cada nueva embestida me sentía culpable. Quise eliminar el pensamiento al tomarlo de la pierna y sin salirme de él lo obligué a voltearse. Ahí si… puedo asegurar que gritó. Su rostro era la perfecta representación del dolor. Su cuerpo sudaba, su pecho subía y bajaba necesitado de aire… sus manos se aferraron a mis brazos arañándome. Comencé a moverme en círculos y sin salir de él busqué la forma de entrar más. Él me pedía que parara, pero no me detuve…

Entonces simplemente se dejó ir… tomé su sexo con una de mis manos y comencé a masajearlo. Quizá me estaba tomando una molestia innecesaria, pero pronto estuvo tan excitado como lo estaba yo.

Seguía quejándose pero por lo menos, ya no era de dolor. Me buscaba, me correspondía a cada nuevo movimiento, pero fueron apenas unos fugaces instantes antes de que se viniera por segunda vez, para que justo después cayera lapso sobre el mueble.

Mí jodida suerte me jugo encontrá de nuevo, porque él no estaba consciente y yo había quedado a medio pelo… a nada del desahogo. Pero tuve que retirarme dolorido.

Sabía lo que tenía que hacer, pero era demasiado orgulloso para ceder. Sin embargo, cuando soportarlo resultó insoportable, acudí a él. El único que podía llenarme… el que se había apoderado incluso de mi deseo. Pensé en su cuerpo, en su desnudez… en aquella ocasión que me dejó probarlo. Lo sencillo que era, lo tierno y entregado que se mostró. Mientras me tocaba también vino a mi mente la vez en el baño… su excitación al saber que lo observaba. Sus labios y la forma en la que se los mordía, sus ojos y la intensidad con la que me miraba… un estremecimiento me hizo tiritar, sentí como un calor bajaba desde mi cabeza hasta mi sexo recorriendo el largo, saliendo por mi punta y manchando mis dedos.

No necesite nada más, solo su recuerdo… solo él.

 

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