Paul y Laurent, los propietarios.

Paul y Laurent, los propietarios.

CAPITULO 3

PAUL

La primera vez que preparé un pastel con mis propias manos tenía apenas  8 años. Nadie me ayudó, aunque mis padres supervisaron todo el proceso, evitando que me cortara o quemara. Me amaban, se enorgullecían de mi y me cuidaban mucho porque era el único hijo que tenían.

Cocinar, preparar alimentos que tengan buen sabor y una bonita presentación ha sido mi pasión desde siempre. Pero no es novedad. Lo heredé de mis padres y su pasión por la cocina. Mi vida, hasta terminar la secundaria, fue tranquila y hogareña.

A los 18 años terminé la enseñanza superior con muy buenas notas. Estudiar era parte de mis responsabilidades y me las tomaba muy en serio. Desde niño escuché hablar de la guerra y de los sacrificios que mis padres habían hecho. No desperdicié tiempo en las locuras típicas de mis amigos; no salí de fiestas ni me emborraché y mucho menos perseguí a las chicas. De haber perseguido a alguien habría sido a los chicos. Las chicas podían ser mis amigas pero eran ellos quienes hacían que las hormonas calentaran mi cuerpo. Sin embargo, el trabajo en la Confiserie, el estudio, el temor y el desconocimiento de lo que me pasaba con los hombres no me dieron tiempo para profundizar en el tema más que miradas y deseos que nunca llegué a materializar.

Estuve un año trabajando con en la cocina con mis padres y a los 19 años me enviaron a estudiar a Francia haciendo un enorme esfuerzo, tanto por la parte monetaria como por tener que separarse de su único hijo. En aquellos tiempos viajar era arriesgado, costoso y complicado. Apenas una llamada telefónica a la semana para saber de ellos y contarles rápidamente de mis experiencias. Estaban invirtiendo en mi educación todas sus esperanzas y dinero.

Fui recibido en una de las buenas escuelas culinarias de Paris junto a hombres y mujeres de diversas partes del mundo. Lo primero fue mejorar mis conocimientos del idioma Francés. Mis padres lo hablaban todo el tiempo entre ellos y conmigo, pero obviamente, al llegar a Paris me di cuenta de que aún tenía mucho que aprender.

Durante largos meses estuve aprendiendo sobre masas, cremas y cocciones con diferentes maestros. Cada uno de los ciclos de clases versaba sobre un tema en particular y luego el curso  terminaba con nosotros, los alumnos, instalados de ayudantes en algún prestigioso restaurant de Paris donde poníamos a prueba lo que habíamos aprendido y nos empapábamos de la esencia de la exigente cocina francesa.

Al cabo de dos años en Paris pensaba que ya lo sabía todo y estaba listo para regresar.

No sabía que aún no había tomado el curso más importante de mi vida.

Madame Braquer era una mujer excepcional para su época. Alrededor de 50 años, muy rubia, alta y extremadamente delgada. Era viuda, tenía tres hijos y propietaria de una pastelería pequeña pero muy bien catalogada en un buen barrio de Paris. Aunque el negocio no era grande su calidad era indiscutible.  Ella la administraba con mano férrea y no permitía que ningún hombre le dijera que hacer.

Me recibió amable pero distante. Entendía la importancia de enseñar a otros pero le preocupaba lo que yo podía hacer en su cocina durante las semanas de práctica que debía cumplir para aprobar el último curso.

Fue durante el segundo día. Yo observaba atentamente como el chef doblaba la masa y esparcía mantequilla entre cada doblez cuando Laurent apareció.

Era un adolescente rubio muy bonito, de ojos grises soñadores, cuerpo delgado y menudo, sonrisa fácil y mucha simpatía.

Me quedé mirándolo, impresionado, olvidando la masa, la mantequilla y hasta que tenía que respirar…

Era un chiquillo precioso y sonriente. Calculé que tendría unos 15 o 16  años.

Entró llamando la atención de todos e iluminando el lugar con su presencia. Se notó de inmediato que era querido y conocido por el personal. Saludó a todos con amabilidad, robando un trocito de pastel y metiendo sus dedos en la crema para luego chuparlos, lleno de risa…

Era una visión adorable y refrescante… no podía apartar mis ojos de él…

Con el dedo aún en la boca, saboreando la crema, se detuvo frente a mí, sorprendido de no saber quién era yo.  Sus ojos eran más hermosos de cerca y su rostro tenía algo infantil…

-. Hola. Soy Laurent Braquer

Al tener el mismo apellido que la dueña supuse que era su hijo… me demoré en encontrar las palabras para responder… los labios rosados y llenos, aun tenían un resto de crema y no podía quitar mis ojos de esa manchita blanca sobre su carne rosada…

 

-. Paul… soy estudiante… estoy haciendo mi práctica

 

-. ¿De dónde vienes? –  captó de inmediato mi acento diferente al nativo

 

Le conté que venía de un país ubicado al fin del mundo en otro continente. Pareció sorprendido y me fascinó la forma en que sus ojos se abrieron grandes y su boca formó un círculo para expresar asombro… en aquellos años, un extranjero en Paris aún llamaba la atención.

Nunca había creído en los cuentos de amor a primera vista…

Nunca nadie me había cautivado con solo pararse frente a mi…

Nunca me había sentido tan torpe…  sin saber que decir…  todas mis neuronas embobadas frente a Laurent y su impresionante juventud y belleza…

El chef tosió fuerte para llamar mi atención y tuve que volver a la masa…  a medias… mis dedos se volvieron torpes… hice puras tonteras mientras Laurent me observaba y sonreía divertido… me había puesto nervioso.

-. Nos vemos, extranjero – me dijo con la mirada brillante antes de irse…

Nunca me había quedado babeando mirando a alguien…

Cuando Laurent se fue el personal de la cocina comenzó a hablar de él y yo presté mucha atención. La opinión era unánime acerca de su belleza, simpatía y carisma. Así también era general sobre la triste vida que le esperaba y la vergüenza que ocasionaría a su familia si no aprendía a “ser hombre”. En aquel entonces, el estigma de ser homosexual era aún muy pesado y todos se compadecían de la mala suerte de la señora Braquer y de cómo esto afectaba a su familia.

Los comentarios no me dejaron dormir aquella noche. Tenía 21 años y casi ninguna experiencia en el tema pero había entendido a que se referían. Yo era igual, pero a diferencia de Laurent Braquer, no me había atrevido nunca a demostrar en público mi gusto por los hombres, avergonzado y reprimido. No me había dado jamás la oportunidad de interesarme en otro hombre… miedo, tal vez?

Al día siguiente me descubrí vigilando atentamente la puerta de la cocina esperando por Laurent.

-. ¿Dónde vive la Sra. Braquer? – pregunté casualmente

-. Viven aquí al lado. Su casa es la propiedad vecina- me respondió el chef mientras espiaba sobre mi hombro si yo estaba siguiendo sus instrucciones al pie de la letra

La respuesta me sorprendió. La casa al costado de la tienda se veía grande y elegante.

Y si no venía?… tal vez podría ir a verlo a su casa… no sabía que excusa podía inventar pero ya se me ocurriría algo. Solo quería volver a verlo… comprobar si en verdad era real lo mucho que me había maravillado.

No fue necesario inventar escusas. Laurent Llegó un rato después para mi alegría e intranquilidad…

Vestía el uniforme de su colegio lo que lo hacía parecer menor. Nuevamente entró desparramando saludos y sonrisas. Me ponía nervioso aunque fuera varios años menor. Su exuberante personalidad era tan contrastante con la mía.

-. ¿Cómo estas, extranjero?

La fuente bailoteó en mis manos y tuve que hacer malabarismos para que no cayera. El chef me reprendió enojado y escuché la risa de Laurent. Lo miré para comprobar si se reía de mí…

No solo se estaba riendo de mi sino que sabía que era él quien me había puesto nervioso…  no supe si reír con él, molestarme o sentirme avergonzado… así es que opté por lo más sensato y sonreí de vuelta, avergonzado. Me miró fijamente con la sonrisa aun pintada en los labios y el pelo rubio cubriendo parte de sus ojos. Sentí que me estaba estudiando. El chiquillo era lo más lindo que había visto en toda mi vida… yo me sentía desnudo y desarmado frente a él… era un chico de cuidado…

-. ¿A qué hora terminas de trabajar? – preguntó delante de todos, dirigiéndose a mí.

Fue un momento irreal.

Todos se dieron vuelta a mirarme y se quedaron quietos esperando mi respuesta…

Me asusté mucho… No estaba acostumbrado a ser el centro de atención. Siempre había tratado de que nadie se diera cuenta de mis gustos… sentí que el mundo se paralizaba en espera de mi respuesta…

-. Tarde – respondí volviendo a ocuparme de mi trabajo, sin mirarlo.

El movimiento de la cocina regresó lentamente. Cada uno a lo suyo.

-. ¿Ya conoces Paris? – insistió Laurent, sin perder la alegría y tenacidad

Me imaginé recorrer las estrechas calles y la rivera del río con él… hablando y conociéndonos… sin embargo, no fui capaz.

-. Si. Llevo varios años en la ciudad

Nuevamente respondí seco y distante

-. Ah… 

Eso fue todo.

Solo un “ah” de decepción y desilusión. Vi su cara volverse triste y apagarse…

Maldición!!! ¿Por qué le había dicho eso??!! ¿qué clase de cobarde era?? ¿Por qué no tenía el coraje suficiente para decirle que quería pasar tiempo con él y me encantaría que me mostrara Paris?

Cuando no aguanté la vergüenza de causarle pena me volví para buscarlo pero él ya se alejaba. Solo vi su espalda pero fue suficiente para darme cuenta de lo cabizbajo y derrotado que iba…

Reprimí un grito angustiado… “Laurent, perdón”… quería correr y rogarle de rodillas que me disculpara… pero no me moví.

Se fue sin que yo hubiera hecho nada.

Me quedé sintiéndome un cobarde… enojado conmigo mismo. El chiquillo había tenido el valor suficiente para preguntarme delante de todos y yo… yo no había sido capaz de decir lo que quería porque significaba reconocerme y aceptarme como “diferente”

Pasé el resto de la tarde en estado de agonía.

Literalmente me dolía el corazón y no soportaba la vergüenza.  No podía olvidarme de su voz y gesto de tristeza. El personal de la cocina, aunque querían que Laurent “se hiciera hombre” no querían que el chico sufriera y mi actitud desagradable con él no fue bien recibida. Hubo miradas y actitudes de reproche.

Cuando llegó la hora de irme a descansar no fui capaz de abandonar el lugar. La cocina estaba cerrada y todos se habían ido. Me quedé en la calle. Estuve paseando frente a la pastelería bastante rato. La noche estaba helada pero, aun así, esperaba que ocurriera un milagro y Laurent saliera a la calle. Buscaba una excusa creíble  pero no tenía ninguna. La culpa me estaba carcomiendo. No podía irme sin haberle dicho lo arrepentido que estaba. Necesitaba decirle que había sido un estúpido cobarde aunque él no me disculpara… el recuerdo de su rostro desilusionado me dolía..

Sin embargo, fue la Sra. Braquer quien salió y me miró extrañada

-. ¿Qué haces aún aquí?

– Espero locomoción – tartamudee la peor excusa del mundo

-. Ya es tarde.

-. Si. Ya me voy. – respondí echando a andar calle abajo, arrastrando los pies…

-. Espera! – me detuvo en seco – ayúdame a cerrar y te quedas a cenar con nosotros – ofreció compadeciéndome de mi situación de estudiante.

Era la mejor oferta que me habían hecho en mi vida. No solo por una buena cena sino porque podría ver a Laurent. Corrí a ayudarla. Esperamos unos minutos a que se fueran los últimos clientes y la ayudé a bajar las gruesas cortinas de metal.

-. Vivo aquí al lado – me dijo dirigiendo la marcha.

El corazón me latía de prisa. La seguí al cruzar la puerta de entrada. Su casa era bonita y aun más elegante, con muebles de buen gusto y flores frescas.   Se escuchaban ruidos familiares de sus hijos conversando, una radio encendida y un aroma delicioso que me recordó el hambre que tenía.

-. Pasa. Espera con los chicos un momento

Me indicó el salón. Me moví despacio… muy nervioso. Ahí en la sala estaban los tres. Laurent escribía algo en un cuaderno sobre la mesa del comedor. Su hermoso pelo rubio le cubría el rostro y no podía ver su cara. Estaba muy concentrado en lo que hacía.  Sus hermanos menores, tan rubios como él, estaban de cabeza en un juego de cartas sobre la alfombra. La radio emitía un programa de música. Era una escena familiar… me sentí sobrecogido por la escena y por la belleza silenciosa de Laurent

-. Hola – saludé cohibido

Los tres me miraron al mismo tiempo. No supe qué hacer ni mucho menos que decir.

-. Madam Braquer me invitó a cenar…- dije más bien explicando porque estaba allí y sintiéndome un intruso

Los menores me saludaron de prisa y retornaron a su juego tirados sobre la alfombra.

Laurent me miraba sin hablar desde la mesa. Solo veía su pelo rubio tapando sus facciones. No sabía si estaba molesto conmigo… era mi oportunidad de disculparme

-. ¿Qué escribes? – pregunté acercándome y sintiéndome la persona más torpe del mundo

-. Poesía 

Su tono de voz era neutro. No parecía dolido como antes. Tal vez ya no estaba molesto lo que me dio más confianza para acercarme otro poco

-. ¿Puedo leerla? – pregunté interesado

Cerró el cuaderno suavemente.

-. Ahora no. Te la mostraré después

-. Después ¿cuándo?- si había un después significaba que nos volveríamos a ver y eso me gustaba…

Laurent se puso de pie y con su cuaderno en la mano me habló muy de cerca

-. Cuando sea mi amigo  

Sus cercanía me produjo escalofríos y su sonrisa de burla me derritió… tenía un aplomo y una seguridad increíbles.

Se alejó a guardar el cuaderno sin dejar de sonreír

¿amigos?… dijo amigos??!!

Debo haber parecido un tonto con la boca abierta cuando la Sra. Braquer regresó al salón.

Nada podía quitarme la sonrisa babosa de la cara o calmar los locos latidos de mi corazón… Aun quería ser mi amigo a pesar de que yo había sido maleducado y rudo con él… estaba agradecido e intimidado

Laurent volvió al comedor, actuando como si no hubiera pasado nada…

Todos cooperaron con la cena. Yo era el único que no encontraba palabras  ni sabía qué hacer. Me limitaba a mirar a Laurent, avergonzado y encandilado al mismo tiempo.  Me devolvía preciosas miradas luminosas y coquetas. En mi mente seguía repitiendo “amigos”… “seremos amigos”…

La cena terminó sin que tuviera oportunidad de hablar con él a solas. Los chicos se retiraron a dormir y yo debía hacer lo mismo. No podía abusar de la amabilidad de la Sra. Braquer.

-. Muchas gracias, Madame. Hasta mañana – dije a todos al despedirme pero mirando especialmente a Laurent

-. Hasta mañana- respondió él y me sonrió suavemente con un gesto bonito

Se me secó la garganta,  me quedé inmóvil en la puerta…

-. Buenas noches, Paul  

Ella cerró la puerta y yo tuve que moverme.  Afuera el frío arreciaba pero yo tenía un gran calorcito interior… el primero de mi vida… estaba feliz!!!

No dormí pensando en él… me revolcaba en la cama producto de emociones fuertes y contradictorias…  Por primera vez se materializaba el hecho de que quien me atrajera era un hombre… siempre lo había sabido… pero nunca tuvo un rostro concreto.. ni un nombre… Laurent… Dios!!  si hasta su nombre era hermoso…

Amigos…

¿Lo había dicho en serio?…

¿Por qué o cómo íbamos a amigos?…

¿Por qué no podíamos serlo?…

Mariposas energúmenas revolotearon en mi estómago.   Imaginar a Laurent conmigo… tan bello y a mi lado…  con esa sonrisa que enciende alegría… y toda su belleza…

Fue una noche larga surcando la montaña rusa de mis emociones…

El día siguiente fue un tormento. Mi atención estaba centrada única y exclusivamente en la puerta de entrada a la cocina… esperando verlo cruzar…

Cuando finalmente apareció saludó a todos pero se dirigió derecho a mi que lo esperaba con la boca abierta y el cuerpo temblando

-. Entonces ¿conoceremos Paris juntos? – volvió a preguntar en voz alta.

Lo entendí como un desafío. No quería ninguna duda

-. Si – respondí en voz alta también, como si estuviera entregándole algo importante… develando mi más escondido secreto para él.

El silencio en la cocina fue general pero nosotros estábamos demasiado concentrados en mirarnos y sonreírnos para que algo más nos importara.

-. ¿A qué hora terminas?- pregunto suavizando la voz y poniendo esa cara de dulzura que me derretía.

-. En media hora más – respondí atontado

-. Estaré en mi casa esperándote

Dio media vuelta y salió de la cocina…

El momento de volver a la realidad fue duro; todos me miraban y nadie habló durante mucho rato. Agaché la cabeza y seguí con lo que estaba haciendo. El tiempo que me faltaba pasó de prisa y de pronto, diez minutos antes de la hora, el chef me habló con energía y severidad.

-. Ya es tu hora de salir. Trata al chico con cuidado. Es solo un niño

Alcé la vista y comprobé que no era el único preocupado… la mayoría del personal me estaba mirando y en casi todos ellos había igual preocupación… No estaban molestos ni enojados conmigo; estaban inquietos de que no hiciera esperar a Laurent y fuera gentil y educado con él. Lo habían visto desde niño y lo estimaban mucho.

-. Si, señor – dije rojo entero.

Me quité el uniforme y fui al baño a lavarme y cambiarme. Cuando salí sentí nuevamente todas las miradas sobre mi. Abochornado, pasé de prisa por la cocina hasta la puerta de salida.

Agradecí el aire puro y la falta de ojos pendientes de mi. Aun así, no estaba tranquilo. Un par de pasos más allá estaba la casa de Laurent y dentro me esperaba él… él, que quería ser mi amigo.

Abrió en cuanto toqué la puerta. Se había cambiado de ropa y se veía muy lindo. Nos fuimos de inmediato.

Yo pensé que conocía Paris después de estar tres años aquí… pero ver la ciudad al lado de él, con la alegría en sus ojos, el entusiasmo en su voz y la fascinación por los detalles que nadie más notaba fue una experiencia única que me dejó encantado. Laurent era una persona positiva y alegre que me contagiaba con su optimismo. Nunca se enojaba y tenía toda la paciencia del mundo para con todas las personas.

Volvimos a salir casi todas las tardes y los días que tenía libre. Cuando ya no se nos ocurría donde más ir o no teníamos dinero para hacerlo, nos quedábamos paseando por los innumerables parques y jardines de Paris y hablábamos de nosotros mismos. Yo quería conocer todo lo que él era… tan fascinante y embriagador… lo encontraba perfecto… increíble.

Me habló de su familia, del padre muerto en la guerra y de la lucha constante de su madre por salir adelante. Laurent estaba convencido de que ella se avergonzaba de él y lo consideraba un problema y un obstáculo para surgir. Creía que ella tenía miedo del momento en que Laurent creciera y se aventurara en la vida pública. Yo lo miraba como si hubiera perdido el norte… ¿Quién podría avergonzarse de tenerlo en su vida?… No me cabía duda alguna de que estaba equivocado y se lo decía a menudo. El no insistía, nunca discutía,  pero podía ver en sus ojos tristes que no me creía. Cambiaba de tema y me hablaba de otra cosa… Me mostró sus poemas… eran hermosos y llenos de tristeza; en esas líneas escritas, Laurent dejaba el dolor que no expresaba con sus acciones. Siempre estaba optimista. Guardaba la pena como si se avergonzara de sentirla… Yo nunca me cansaba de escucharlo y mirarlo.  El quería saber de mi vida, mi familia y mi país.

Cuando le dije que tenía que regresar pronto a mi país su rostro se volvió triste y dolido. Me miró largo rato y yo no supe que decir… Estaba fascinado con él… pero la obligación que tenía con mis padres era mayor a cualquier compromiso que pudiera encontrar a su lado. Tenía que regresar a ayudarlos… Habían invertido todo en mí y yo era su fuente de esperanzas e ilusiones… mirarlo resultaba doloroso.

Laurent pareció comprender todo mientras nos comunicábamos solo con mirarnos… En un acto inesperado y asombroso, se acercó lo suficiente para rozar sus labios con los míos…

-. No puedo dejar que te vayas sin que te bese… no me lo perdonaría jamás – dijo al separarse

El beso me había tomado por sorpresa… estábamos en un lugar público aunque protegidos bajo un frondoso árbol… pero los hombres no se besaban…  el suave roce de sus labios sobre los míos me hizo estremecer de pies a cabeza… No lo esperaba ni en el mejor de mis sueños… debo admitir que había deseado el contacto desde hacía días, incontables veces me quedaba pegado mirando sus labios rosa, suaves y carnosos…  pero por un lado, no tenía el coraje suficiente para besarlo y por otro lado estaba el compromiso ineludible de regresar… ¿Cuál era el propósito de besarnos e ilusionarnos en un amor que no podría ser?

-. Gracias – dije muy bajo… conmovido.

Laurent había cumplido mis deseos silenciosos… un beso tan suave y dulce pero que me permitiría recordarlo.

Nos quedamos callados sentados en el parque… mirando la gente pasar, la hermosa fuente redonda con sus pequeños querubines y rodeada de flores anaranjadas y blancas… el árbol inmenso bajo el cual estábamos sentados cuyas largas ramas parecían protegernos

-. Nunca había besado a nadie – dijo sin mirarme

Me demoré en confesar

-. Yo tampoco…

Dios!!!.. la voz me temblaba…  Laurent había despertado mi apetito…quería más… mas de sus besos… mas de todo él que era tan lindo que me causaba dolor… sin embargo mis manos y mi cuerpo estaban como apernados al asiento…

-. Aun te quedan dos semanas en Paris…

Trague saliva… ¿Qué quería decir con eso?…

-. Si

Se volvió hacia mi muy lentamente… con el rostro sonrojado y la expresión más encantadora que le hubiera visto jamás… sus ojos grises parecían suplicar y sonreír a la vez, como si estuviera avergonzado…

-. ¿Quieres ser mi novio por dos semanas?

-. Laurent…

-. Si no quieres está bien…

-. Si quiero!! – casi grité despegándome por fin del asiento y abrazándolo… olvidándome del lugar, los prejuicios, mis miedos y todo

– Si quiero, si quiero- repetí muchas veces acariciando con reverencia su sedoso pelo con mis labios y manteniéndolo envuelto en mis brazos. Oh Dios!!!

Laurent me abrazó de vuelta y permanecimos así un rato largo… era como un sueño que se volvía real… un tan anhelado abrazo que nos hacía felices… hasta que nos dimos cuenta de que no podíamos continuar. La gente comenzaba a mirarnos raro.

– Ven conmigo a mi casa

No se me ocurría otro lugar donde pudiéramos estar solos y tranquilos, pero luego de decir las palabras me preocupé de que Laurent pensara que mis intenciones podían ser otras… nuevamente me sonrojé mucho

– No voy a hacerte nada… solo… podemos hablar y… conocernos…

Laurent sonrió captando de inmediato lo que había pasado por mi mente. Fue un momento embarazoso para ambos que solucionamos sonriendo cómplices y echando a caminar las cuadras que nos separaban del lugar donde vivía. Una casa muy pequeña en la parte posterior del patio de otra casa mayor. Tal vez en otro tiempo había sido una cocina o leñera pero ahora el matrimonio la arrendaba como departamento independiente a estudiantes extranjeros. No estaba tan mal. No tenía ningún lujo pero era un cuarto con un baño limpio y decente.

-. Por aquí

Laurent me siguió en silencio  a través del costado de la casa grande y llegamos al cuarto.  Apenas si tenía una silla. Cerré la puerta sintiéndome ansioso. El mundo y sus definiciones sobre lo que estaba mal o bien quedaban detrás de la puerta cerrada. Aquí dentro solo estábamos él y yo.

No recuerdo cual de los dos se lanzó primero en brazos del otro… solo sé que segundos después de cerrar la puerta, la boca de Laurent se abría para mí, nervioso, inexperto, pero estaba dispuesto y me dejaba explorarlo a gusto… su cuerpo se pegaba al mío… el mundo estallaba en mil luces de colores… su lengua.. su sabor… todo era nuevo y delicioso… ¿cómo me había perdido de esta sensación por tantos años?…

-. No quiero hablar. Ya sé de ti todo lo que quería saber – me dijo abrazado a mi cuerpo, con las mejillas rojas y los labios húmedos de mis besos

-. Laurent…

-. Sé mi novio de verdad por estas dos semanas que te quedan

-. ¿Qué quieres decir?

Yo sabía… había entendido pero… me costaba creerlo y convencerme… tener el cuerpo de esa maravillosa criatura para mí era un deseo descabellado y loco que había venido soñando en ese mismo cuarto desde que habíamos comenzado a compartir tiempo juntos.. me tocaba en las noches con su recuerdo en mi mente y solo soñaba…

-. Tú sabes lo que quiero decir…

Se ruborizó…

Suspiré totalmente rendido… incapaz de negarle cualquier cosa que Laurent me pidiera, no tenía ninguna forma de luchar contra lo que él me provocaba… ni quería tampoco…

Volvimos a besarnos, más confiados, con esta nueva realidad en mente… podía tocar a Laurent… tenía su permiso y su deseo de que lo hiciera.  Nuestros movimientos eran un poco torpes y mezclábamos besos con sonrisas de nerviosismo. Ninguno de los dos tenía experiencia en lo que estábamos haciendo, solo teníamos mucho amor y un deseo incontrolable de conocernos y estar juntos…  Los besos se volvieron más audaces y profundos a medida que dábamos rienda suelta a los sentimientos… lo sujetaba con muchas ganas temiendo que el hechizo fuera a romperse… Laurent era como tener algo mágico y puro en mis manos… algo muy valioso que temía se me escapara o rompiera.  Los gemidos no tardaron en llenar el cuarto… escuchar y ver a Laurent disfrutar de mis besos y caricias me enloqueció… creo que ese fue el momento en que se produjo un cambio en mi vida y personalidad… de alguna manera dejé mi torpeza y miedos de lado… Yo era mayor que él y sentí que era mi deber cuidarlo y protegerlo a través de este momento. Laurent podía parecer un chico osado pero era inocente y dulce. Nada debía dañarlo. Lo miré profundamente emocionado… él me estaba ofreciendo el regalo más hermoso que hubiera llegado a mi…  nuestras manos cobraron vida y sin saber cómo nos fuimos quitando la ropa a medida que nos marcábamos con roces, besos y caricias… de pronto Laurent estaba desnudo, mirándome fijamente con sus ojos grandes…  él se quedó quieto y me dejó mirarlo… era sin duda el hombre más bonito que había visto en toda mi vida y me llenaba completamente el gusto, la mente y el corazón… su torso delgado y sin vellos, dos pezones rosados muy suaves invitaban a tocarlos, un estómago plano y delicado cuya piel se erizaba al tocarla con mis besos… tuve que tocar con mis manos la suave curva donde terminaba su espalda y comenzaban sus nalgas… la hermosa forma de su pene que ya respondía a las caricias que nos prodigábamos

-. Desnúdate tú también – pidió sonrojado

No necesitó repetirlo. Me quité la ropa un poco nervioso. Recién estaba aceptando reconocer mis gustos… desvestirme frente a alguien no era fácil.

Me examinó de arriba abajo como yo había hecho con él y se me acercó sonriendo con ternura

-. ¿Son todos los hombres así de lindos en tu país?

Sus palabras me dieron el último empujón de seguridad que necesitaba…

Nos fuimos dejando caer sobre la cama en medio de besos… enredando las piernas y buscando el contacto de nuestros cuerpos… ver su cuerpo era el mayor afrodisiaco que había conocido

-. Quiero… tocarte – Laurent ruborizado era aún más hermoso… estiró su mano hacia mi pene erecto…

Mantuve mis manos quietas y lo dejé tocarme. Se sentía demasiado bien. Comenzó muy despacio… dedos gráciles como mariposas causaban estragos en mi cuerpo… cuando su mano envolvió uno de mis testículos mi resistencia estaba al límite…

-. No me equivoqué. Lo supe cuando te vi por primera vez en la cocina del restaurant – dijo temblando

Su mano subía lentamente hacia mi pene… su boca bajaba despacio… yo esperaba ansioso el momento en que llegara a  su destino

-. ¿Equivocarte? ¿de qué hablas?

Sonrió como un pequeño diablillo exactamente a tres centímetros de mi pene

-. Cuando te vi supe que eras especial y dejarías huella en mi vida

Beso el glande con sus labios rosa… el mundo perdió su fuerza gravitacional y yo salí disparado en un cúmulo de sensaciones deliciosas y nuevas… un orgasmo… el primero que experimentaba acompañado y provocado por otra persona… por él…

Cuando el viaje me devolvió a la cama y a su lado, me quedé mirando mi propio cuerpo y el semen que nos manchaba a los dos… sin saber que decir… sobrepasado por lo que sentía

Laurent volvió a sonreír

-. ¿A qué sabes? – preguntó con los ojos brillantes y su lengua traviesa lamió descaradamente los restos de semen que aún quedaban en mi.

Era como volver a estar en la montaña rusa… Laurent me provocaba tantas emociones fuertes y deliciosas… el reía de su atrevimiento y de lo que me había hecho… sus ojos brillaban tan hermosos…

-. Quiero probarte también – dije, finalmente reaccionando y saliendo de la ensoñación que estaba viviendo. Deseaba conocer el sabor íntimo de su piel, de su saliva, de su semen … de todo él… desesperadamente lo necesitaba.

Lo fui besando por completo… lamiendo con devoción… bajando por su cuerpo… cuando mi boca llegó hasta su miembro ya tenía una noción del incomparable sabor de su piel… de como mi lengua en su ombligo lo había hecho gemir y del movimiento de sus caderas que impulsaban su miembro hacia mi boca…  Lo tomé muy lentamente, con la boca abierta y llenándome despacio de la textura suave y caliente de su hermoso pene… la primera y más hermosa polla que había visto en mis 21 años… lo lamí con gusto al ver cómo se retorcía y su músculos se tensaban, la sangre se volvía más caliente y su miembro se endurecía en mi boca…

-. Paul!!.. Paul…

Retrocedió sus caderas, quitándome mi nuevo juguete favorito de la boca y arqueando su cuerpo en un impulso que lo llevó al orgasmo… Tuve vista privilegiada de la expresión de su rostro, del sonido de sus garganta y de cómo el líquido blanco y espeso brotaba de la punta de su pene… lo sostuve maravillado y emocionado… sintiendo cada impulso que hacía surgir el semen y lo llenaba de placer… Nunca había imaginado que podía ser tan bello estar íntimamente con otra persona… sentí un nudo que se formaba en mi garganta y me abracé a él con un sentimiento nuevo y poderoso… No existen palabras para explicar lo que sentí unido a él en esa cama… fue como si me hubiera desprendido de mi antigua piel y hubiera adquirido una nueva personalidad… Mi existencia finalmente adquiría sentido… Laurent… el pequeño parisino de solo 16 primaveras, me ofrecía una nueva visión de la vida… me abría las puertas a todo lo que desconocía  pero deseaba desde hacía tanto y tenía miedo de reconocer… un mundo de preciosas emociones acompañado del placer más genuino y puro junto a él, … Lo estreché más fuerte pensando en que dos semanas jamás iban a ser tiempo suficiente para estar con él… Laurent hacía que  todo adquiría sentido y mis sentimientos brotaban en libre erupción… nunca antes la vida tuvo tanto significado

A partir de ese momento, nos buscábamos cada segundo del día; si no estábamos juntos físicamente, lo tenía conmigo en mi mente, en  mi boca y en mi ahora incesante excitación por él. Nos volvimos insaciables en nuestros deseos de explorarnos y entregarnos amor y placer… lo hacíamos de manera simple y directa. No existían caretas ni dobleces entre los dos. Teníamos el tiempo contado… semanas, días y horas y por eso lo aprovechábamos bien… estar juntos era en sí una cosa maravillosa y no necesitábamos nada más.

Madame Braquer no parecía preocupada de lo que hacía Laurent pues sabía que estaba conmigo. Debo admitir que me llamaba la atención que le permitiera estar tantas horas conmigo y que llegara a su casa tarde sin que ella le reclamara.

Nos juntábamos en la pastelería. El tiempo se me hacía poco y por primera vez en mi vida fui irresponsable con mis horarios de trabajo; me despedía un poco antes para poder estar con él y no me importaba la forma en que miraban… como si todos supieran lo que estaba pasando entre él y yo…  Irremediablemente terminábamos dirigiéndonos a mi lugar… Después de apaciguar la urgencia de nuestros deseos nos quedábamos abrazados hablando y dejando correr nuestros dedos por el cuerpo del otro… como si quisiéramos retener para siempre el recuerdo de esa piel en nuestra memoria… Laurent se apoyaba en mi hombro y cruzaba sus brazos por mi torso… lo escuchaba suspirar pero nunca le dije nada… ¿Qué sentido tenía hacerlo?… no podía tranquilizarlo o quitarle la pena… Mi única forma de distraerlo era volver a recorrerlo con caricias, excitarlo y besarlo de manera desesperada y hambrienta…

Nunca hablamos de un sexo más intenso en el que hubiera penetración. Éramos tan jóvenes y estábamos tan impresionados el uno con el otro que solo nos bastaba mirarnos, estimularnos, tocarnos y hablarnos para alcanzar la cumbre de nuestro placer y sentirnos satisfechos y amados.

El tiempo pasó demasiado de prisa y por mucho que tratáramos de evitarlo, llegó el momento en que debía comenzar a empacar mis cosas para partir de vuelta a mi país.  Me emocionaba la idea de ver de nuevo a mis padres… los extrañaba mucho. Tenía planes para la Confiserie… estaría muy ocupado…  Me concentraba en esos pensamientos.

Ni siquiera me atrevía a pensar que iba a hacer sin Laurent…

El corazón se me sumía en un agujero sin fondo y una puntada intensa en mitad del pecho me dejaba sin aire…

Cómo?… no había respuesta posible…

El tiempo fue implacable. Dos días antes de mi partida empecé a preparar mis maletas. Intenté evitar que Laurent me acompañara mientras empacaba pero fue imposible

-. Aun eres mi novio, no?

Y con esas palabras,  decidido, se fue conmigo para ayudarme a poner mis cosas en las maletas… me hablaba y preguntaba si quería llevar tal cosa de vuelta para empacarla o dejarla en otro lado… hablamos como si no pasara nada… pero con cada minuto que pasaba se nos fue acabando la seguridad… nos fuimos quedando en silencio por ratos más largos hasta que de pronto, cuando la tarde llegaba a su fin y las maletas estaban casi listas, nuestras miradas se encontraron y fue imposible pretender que todo estaba bien. Sus ojos llorosos y su postura de niño desamparado intentando soportar sin quebrarse me derrumbaron…

-. Laurent… – lo llamé con la voz quebrada y se refugió en mi sujetándome ansioso – Laurent…

– Quiero ser valiente… en verdad quiero serlo

-. No tienes que ser valiente

¿Cómo podía pedirle que lo fuera cuando yo mismo estaba llorando con él en mis brazos? Me resultaba inconcebible pensar que luego del día siguiente no lo vería nunca más… El dolor que estaba evitando hacía días me golpeó fuerte haciéndome sentir débil y doblándome en dos… nos enroscamos en la cama muy apretados, besándonos desesperados, mezclando nuestros sabores con las lágrimas saladas de ambos y juramentos de amor…

-. Dios!.. no me imaginé que te amaría tanto mi pequeño parisino… no sé cómo voy a hacer para seguir sin ti

-. Voy a morir de pena – dijo él entre más lágrimas

-. No puedo quedarme, Laurent… mis padres… no puedo…

-. Lo entiendo… – pero el dolor en sus ojos me decía lo contrario… me suplicaba que no lo dejara solo

-. No cabes cuanto me gustaría llevarte conmigo

Laurent se quedó inmóvil luego de escuchar mi última frase

-. ¿Lo dices de verdad? – preguntó calmándose y dejando las lágrimas

-. Llevarte?… pero mírate Laurent… tienes 16 años. Tú mamá jamás te dejaría…

Laurent se movió bruscamente y su mano agarró la mía con fuerzas

-. Me voy contigo

Fue mi turno de quedarme asombrado… ¿podríamos?.. Dicen que los enamorados son capaces de cualquier sacrificio para estar juntos… y esto parecía justamente eso; una locura mayor.

-. Vamos, tenemos poco tiempo – tiró de mi sin soltar mi mano

-. ¿Dónde? – dije levantándome para seguirlo

-. Necesito el permiso escrito de mi mamá para irme contigo –anunció decidido – el dinero no es problema. Tengo una pequeña herencia debido a la muerte de mi padre

No volví a hablar en el trayecto hacia la casa de madame Braquer.  Estaba asustado… pero esta vez mi temor no era declarar a los cuatro vientos lo que sentía por Laurent sino que tenía temor de ilusionarme y que ella le negara el permiso y quedáramos aún más tristes. De mis padres me encargaría yo… pero si ella no lo autorizaba…

-. ¿Crees que te deje ir conmigo? – pregunte cuando llegábamos.

-. Pienso que va a estar feliz de deshacerse de mi

Quise creerle. Con Laurent había aprendido mucho y deseaba con todo mi ser que fuera posible construir un futuro para los dos. Luego de estas semanas que habíamos compartido yo tenía la seguridad de que nunca más iba a encontrar a alguien más que pudiera amar como lo amaba a él… me había cambiado y ahora tenía una seguridad que me hacía más fuerte y más débil a la vez; mi fortaleza era su amor y mi debilidad era amarlo.

Si la Sra. Braquer no le daba permiso íbamos a quedar destruidos… y si lo hacía… Dios!! si esa bendita mujer me concedía la oportunidad de ser feliz con Laurent me iba a convertir en el hombre más fuerte y feliz del mundo.

Ya era de noche  y la pastelería estaba cerrada cuando llegamos. Nos fuimos directamente a la casa donde la encontramos de inmediato

-. ¿Ya tienes todo listo para tu viaje? – preguntó al verme. Creo que pensó que venía a despedirme

-. Si señora… bueno, no… es que… necesito hablar con usted

-. Te he dado las mejores calificaciones y las recomendaciones correspondientes – aclaró como si se tratara de eso

-. No es eso, maman – intervino Laurent – Quiero ir con Paul a su país – soltó sin ningún filtro ni preparación.

El rostro de la Sra. Braquer se volvió pálido y la vi temblar levemente.

-. Estas en clases. Tal vez puedas ir más adelante, cuando estés de vacaciones.

-. No quiero ir de vacaciones, maman. Me voy a vivir con él, a su país.

Madame Braquer siempre había sabido que su hijo mayor era “especial”. Había pasado 16 años evitando enfrentar el problema y tratando de mantenerlo oculto de sus hijos menores. Ya era suficientemente duro ser viuda y manejar un negocio por su cuenta. Habían existido hombres que le ofrecieron amarla, ayudarla y hacerse cargo de todo; pero ella solo había amado a uno; al padre de sus hijos que había fallecido en esa horrible guerra, dejándole una casa hermosa y amoblada y un buen puñado de dinero en el banco pero que no alcanzaría para siempre. Tuvo que decidirse a hacer algo y luchar contra el machismo de la época. No fue fácil darse a conocer y que el negocio comenzara a arrojar ganancias. Perdió amistades, reputación y alegría en el proceso pero siguió adelante. Cuando finalmente creyó que todo había valido la pena se dio cuenta de la “diferencia” de su hijo mayor. Se sintió asustada. No tenía más fuerzas para volver a enfrentar al mundo y sacarlo adelante… ¿qué iba a pasar con los menores? ¿Cómo iba a explicarles? Quedarían marcados de por vida… Su existencia giraba en torno a su familia y la pequeña pastelería… era más fácil pretender que el “problema” de Laurent no existía… Sus clientes la buscaban por la intachable trayectoria… tenía temor de lo que sucedería cuando Laurent fuera mayor y quisiera hacerse cargo del negocio familiar…

Sin embargo, ahí estaba su hijo frente a ella escupiéndole en el rostro lo que jamás había querido escuchar… vio con estupor como Laurent estiraba su mano y entrelazaba sus dedos con el chico estudiante de un remoto país de Sudamérica…

Su hijo… con otro hombre… mirándola desafiante.

Se quedó muda… dolida… asustada… Había llegado de golpe la hora de hacer frente al problema y ella no estaba preparada… nunca lo iba a estar.

-. Maman, ya casi voy a cumplir 17 años. Me iré con él a los 18 de todos modos 

Laurent amenazó a su madre pero lo hizo de manera suave, explicándole una realidad.

Mi corazón pareció  recuperar sus latidos normales al escucharlo… Laurent pronto tendría dieciocho y si no era ahora igual tendríamos la posibilidad de seguir juntos más adelante… lo esperaría… mil años lo esperaría. Significaba más para mi que mi propia vida.

Entonces la Sra. Braquer pidió hablar a solas con Laurent. Me quedé inquieto esperando.  Laurent volvió al cabo de una media hora, los ojos rojos de llanto y el rostro indescifrable. Se arrojó en mis brazos y por un instante pensé que era una despedida. Tras él apareció ella.

Cuando la Sra. Braquer volvió a hablar se dirigió a mí.

-. ¿Estás de acuerdo en llevarlo contigo?

Apreté fuerte la mano de Laurent… sin creer lo que escuchaba

-. Si, Madame.

-. Tus padres… ¿saben de esto?

-. No señora pero sé que lo van a querer tanto como yo. Son buenas personas.

Me estallaba el corazón… me dolía la mano de tanto que nos las estábamos estrujando los dos… no podía creerlo

-. Puedes asegurarme que vas a cuidar de mi hijo. Tiene solo 16 años

Vi los ojos de ella volverse acuosos y entendí su pena… su emoción me traspasó

-. Si señora. Se lo prometo. Voy a cuidarlo y amarlo. –respondí con la voz trémula y deseando saltar y abrazarla… gritar como loco…

-. Me voy contigo – volvió a decir mi petit parisien, esta vez sonriendo a través del velo de tristeza que le producía dejar su familia para irse conmigo.

Dios!!! Cómo lo amé en ese momento… tan fuerte y tan frágil. Mientras miraba sus ojos me juré a mi mismo que siempre me desviviría por cuidarlo y hacerlo feliz.

Llegamos a mi país con varios días de retraso debido al cambio de pasajes.  Mis padres estaban felices de verme pero sorprendidos de conocer a Laurent y sin entender la razón de su compañía.

Dos días después, cuando el momento fue adecuado, me senté con ellos en la sala de nuestro hogar y les hablé directamente sin omitir detalles de los que sentía por Laurent y el porqué de su presencia a mi lado en nuestra casa.

Mis padres eran personas maravillosas. La guerra y el dolor les habían abierto la mente.  Su escala de valores estaba orientada de manera diferente; no juzgaban a una persona por sentir amor aunque fuera hacia otro de su mismo genero. No puedo decir que estuvieron felices de escucharme pero fueron muy comprensivos y decidieron darme su apoyo.

-. Entonces tú y Laurent…

-. Estamos enamorados mamá.

Ella juntó sus manos, pestañeo varias veces para ocultar las lágrimas y se puso de pie para abrazarme

-. Siempre voy a amarte. Eres mi hijo y esto no cambia nada.

Papá se levantó con más calma. Me miró con los ojos dulces como uno de sus famosos pasteles…

-. Entonces Laurent será como un hijo más para nosotros

Admito que sus palabras me desarmaron… había confiado y puesto mi futuro y el de Laurent en sus manos y ellos no me defraudaron

Nos abrazamos con mucho cariño… como solo los padres que aman sin condiciones saben hacerlo.

-. Trae a ese chiquillo – ordenó mi mamá.

Nos habían dado dormitorios separados y Laurent me aguardaba en el suyo. Apareció frente a mis padres que lo miraron diferente por primera vez… entendiendo ahora que ese mocoso rubio y delgado era el amor de su único hijo…  Mamá estiró sus brazos y lo recibió en su regazo

-. Bienvenido a mi familia Laurent

Aquella noche cenamos los cuatro juntos. Me atreví a tomar la mano de Laurent delante de ellos y a abrazarlo de vez en cuando…

Con el paso de los meses, papá y mamá se acostumbraron a vernos juntos todo el tiempo, sin disimular nuestras muestras de amor más que cuando salíamos a la calle o estábamos frente a personas extrañas. Yo lo hacía como una forma de protección hacia Laurent. No quería poner su seguridad en riesgo de ninguna manera y estaba consciente de que había personas dispuestas a insultarnos y golpearnos por el solo hecho de demostrarnos cariño.

Laurent se mostraba amable y alegre con mis padres; era atento con ellos, a veces,  incluso más que yo. Era el primero en correr a traer el chaleco de mamá cuando hacía frío y de ayudar a papá con las cuentas cuando lo veía muy apurado; siempre con la mejor voluntad y una hermosa sonrisa. De a poco fue ocupando lugares en nuestras vidas y de pronto parecía como si hubiera estado con nosotros desde siempre. A veces mamá contaba historias de cuando yo era más joven y una de esas veces se quedó mirando a Laurent como si estuviera intentando encontrar una respuesta difícil …

-. Y tú… ¿dónde estabas ese día?

Todos nos reímos mucho de la anécdota… pero eso refleja el nivel de inclusión que llegamos a sentir respecto de mi Laurent. Era imposible no quererlo… tan bello por dentro y por fuera.

En la pastelería y en casa éramos felices. No compartíamos el mismo cuarto por respeto a mis padres pero estábamos juntos a toda hora y siempre encontrábamos un momento para darnos amor y cariño, nos besábamos largamente en el pasillo cuando ellos no estaban, nos abrazábamos con deseo al terminar de cenar… deseando poder hacer más… no habíamos vuelto a tocarnos íntimamente con tranquilidad desde aquel último día en Paris.

Con el paso de las semanas nuestra vida fue tomando una rutina agradable; trabajar, compartir con mis padres y los empleados del local, algunos clientes y ocasionales caminatas para mostrarle la ciudad a Laurent.. Todo estaba bien… excepto un detalle… extrañaba la intimidad con Laurent. Seguíamos acariciándonos y besándonos cuando se podía pero nuestras caricias se volvieron audaces y atrevidas… la imagen de Laurent desnudo y con el pelo revuelto en el dormitorio de Paris me atormentaba antes de dormir. Lo deseaba con locura, quería amarlo y dormir con él. Sabía que a él le pasaba lo mismo por su forma de mirarme y reaccionar. Nuestros besos, que comenzaban dulces y cariñosos, terminaban con nuestras manos sujetándonos con fuerza contra alguna pared,  nuestros labios estampados furiosos contra la piel ajena… besando y mordiendo… chupando su delicada piel hasta enrojecerla, metiendo mis manos bajo su ropa para poder sentirlo y empujando mi pelvis contra la suya en un desesperado intento de alivio… Laurent gemía despacito y me facilitaba el paso hacia su cuerpo…se levantaba la camisa, ladeaba su cabeza… me dejaba expuesta su piel para mi…  Pero no podíamos concretar un encuentro ya que estábamos en la casa de mis padres y les debíamos respeto o en los rincones de la Confiserie  donde jamás teníamos privacidad.  Buscar un lugar fuera era una locura en aquellos años.  Nos quedábamos temblando y excitados… frustrados, deseándonos con la vista, las manos, el alma y el cuerpo.

 

Volvía al trabajo incapaz de volver a concentrarme en las recetas o las cuentas… buscando a mi petit parisien con los ojos, como poseído… lo seguía con la vista a todas partes… lo necesitaba como jamás antes necesité a alguien. Solo él, con su rostro de niño dulce, su aroma a especias y su cuerpo precioso, era capaz de inducirme a un estado de locura que anulaba todo lo demás de mi mente…

-. ¿Pasa algo, hijo?

-. No papá – mentí sobresaltándome. Llevaba más de diez minutos mirando las facturas frente a mis ojos sin ser capaz de verlas… Laurent estaba detrás de la puerta de cristal… Era fácil darse cuenta de lo que me pasaba…

Papá me miró fijamente por varios minutos… tuve la sensación de que varias veces intentó decirme algo pero no estaba seguro…

-. Tu mamá y yo vamos a ir de paseo este fin de semana –anunció dejándome atónito.

Ellos nunca habían salido de paseo a ninguna parte ni se habían tomado vacaciones ni nada. Volqué toda mi atención en él pidiendo una explicación pero papá agachó la cabeza y tomo el montón de facturas para terminar lo que yo era incapaz de hacer en ese momento

-. ¿Paseo?  ¿Adónde?

Se encogió de hombros

-. Tiene que haber muchos lugares donde pasear, no?

Durante la cena, la conversación giró en torno al paseo que tomarían por primera vez. Mamá estaba feliz como si fuera navidad… quería ver el mar e irían a la playa. Había escuchado hablar de una ciudad llena de jardines y playas tan solo a una hora de distancia.

Cuando llegó el momento de que partieran, estábamos en la puerta de la Confiserie y el taxi esperaba afuera. Mamá se despidió cariñosa de nosotros dos, papá estrechó la mano de Laurent y luego me tomó del hombro alejándonos un poco y se detuvo frente a mi. Volví a ver en sus ojos y en el lenguaje de su cuerpo las ganas de hablarme…  levanté las cejas incitándolo a hacerlo…

-. Yo… ya no soy joven pero recuerdo como me sentía cuando tu madre estaba cerca y tenía tu edad…

-. Papá..?

-. Laurent y tú… yo no entiendo de eso, pero… el amor es importante…

-. Papá, ¿Qué me quiere decir?

-. Edith y yo vamos a estar en la playa… serán nuestras primeras vacaciones en 20 años y lo pasaremos muy bien. No debes preocuparte por nosotros

Tras decir eso, se despidió con un abrazo y tomó a mamá del brazo para marcharse.

-. No olviden cerrar bien todas las noches

-. No señor. No lo olvidaremos – respondió Laurent

Eran las 2 de la tarde y el piso de arriba estaba vacío.

Esperamos a que el taxi partiera, los despedimos hasta que desaparecieron…

Me acerqué a Laurent que aún miraba hacia la calle. Mi mano se cerró firme y disimuladamente sobre su antebrazo. No deseaba llamar la atención de clientes y personal que circulaban cerca de nosotros pero tampoco podía esperar

-. Ven conmigo – le susurré al oído

Laurent me miró y una sonrisa muy sutil iluminó su rostro.

Atravesé el local sin ver ni escuchar a nadie… de lo único que estaba pendiente era de que Laurent viniera caminando a mi lado.  Las llaves temblaron en mis manos cuando abrí la puerta de la casa.

-. Pasa – le hice un gesto con mi mano

-. Después de ti – me respondió sonriendo con picardía

-. Ahora no, Laurent. Pasa

-. Después de ti – volvió a responder, ahora sonriendo abiertamente. Laurent sabía lo que yo quería y se demoraba a propósito para molestarme.

No creo que Laurent pudiera imaginar el nivel de mi deseo por él

Me giré, lo levanté en mis brazos y crucé la puerta llevándolo conmigo… lo besé antes de terminar de cruzar…

-. No juegues conmigo ahora. No sabes cuánto he soñado con estar a solas contigo –  avanzaba por el corredor hacia mi dormitorio aún cargándolo

-. Parezco una novia – rió cruzando sus brazos detrás de mi cuello y ofreciéndome su boca para volver a besarlo

El mundo perdió toda dirección…

Nada más existía en esos momentos

Solo él y yo

Me desnudé de prisa… a él le quité la ropa con lentitud, deleitándome con cada parte de su cuerpo que quedaba expuesta, besándolo, lamiéndolo y chupándolo hasta perder la razón… muy pronto brotó en él la misma urgencia que yo sentía… solo se escuchaba el eco de nuestros gemidos y jadeos, del roce de los cuerpos y las palabras de amor susurradas entre labios hambrientos

-. Te amo…

-. Yo te amo más que a mi vida, Laurent

-. Quiero ser tuyo – me pidió deteniendo los besos y alzando sus pupilas grises en un ruego silencioso

El eco de su frase rebotó en mi miembro que se irguió más caliente aun…  ¿poseer a Laurent?  Un escalofrío de excitación me recorrió de arriba abajo…  si.. si.. SI!!!… estar en su cuerpo… la maravilla más grande… pero…¿iba a dañarlo?… ¿resultaría doloroso? Tenía solamente dieciséis años…  No sabía nada al respecto… solo lo que mi mente podía imaginar…

Sin esperar ninguna respuesta más que el deseo incrementado en mis ojos y en mis gestos, Laurent se fue moviendo hasta quedar bajo mi cuerpo, separó sus piernas dejándome en el centro y arqueó su pelvis hacia mi, invitándome y seduciéndome… su miembro erecto rozando el mío…

-. Dame tu mano

Obedecí en forma ciega. Laurent abrió la boca y comenzó a lamer mis dedos hasta tenerlos completamente empapados en su saliva… no podía dejar de mirarlo… hipnotizado con el erótico espectáculo que me ofrecía

-. Mételos en mi – ordeno – de a uno y despacio

Temblando, me ubiqué de forma tal de tener acceso a su ano… un circulo rosado y apretado, hermoso, como todo él… con lentitud y temor empujé uno de mis dedos hasta atravesar su resistencia… creo que estaba boquiabierto y babeando… excitado y apunto de correrme

-. Debes moverlo para dilatarme…

Si me hubiera pedido una estrella habría volado a traérsela…

-. ¿Cómo… cómo sabes todo esto?

-. Había chicos como nosotros en mi escuela en Paris. Ellos hablaban de cómo hacerlo

-. Pero tú.. nunca… – dije deteniendo mis movimientos…

-. No!.. nunca… solo tú, Paul. Solo tú.

La mezcla de adrenalina y excitación hizo que el resto fuera más fácil. Seguí sus instrucciones y tres de mis dedos estaban en Laurent a los pocos minutos… él ya no reía…

-. Laurent… te duele?

-. Quiero ser tuyo…

-. No quiero dañarte

-. Tuyo para siempre… de todas las formas posibles

UN movimiento suyo me indico que era momento de sacar mis dedos y cambiarlos por… Dios!!… por mi pene.

-. Necesitamos vaselina o crema…

-. Si..si…

Mamá siempre guardaba algo de eso en su baño.

Esparcí una generosa cantidad en él y otra en mi. Muy lentamente, atento a cada gesto y sonido de Laurent me fui introduciendo en su cuerpo… empujándome, aguantando a duras penas las ganas de embestirlo… estaba poseído por la emoción el deseo más hermoso… creí que frotarnos en la cama, acariciarnos desnudos y llegar al orgasmo juntos era la intimidad más lo máximo… no tenía idea…  Sus ojos se llenaron de lágrimas casi junto con los míos…

-. No te detengas…

-. Pero te duele

-. Je t’aime, Paul – sus ojos destilaban lágrimas de puro amor –soy feliz contigo.

Laurent estaba decidido a entregarme su cuerpo aun a costa del dolor. Quería plasmar en su ser la posesión… necesitaba pertenecerme y sentirlo, que los dos fuéramos uno solo. Fue la más hermosa experiencia de intimidad que compartimos. Mis lágrimas eran causadas por la emoción que me sobrepasaba y me arrastraba en un cúmulo de excitación jamás imaginado dejándome tan enamorado de él… completamente perdido en su amor y en su entrega; Sus lágrimas eran de dolor, amor y rendición… su ferviente deseo de querer ser mío, de compartirnos… Nunca mientras viva olvidaré cada detalle de lo que pasó aquella tarde… todas las expresiones de Laurent y toda su entrega.

Poco antes de penetrarlo completamente me retiré bruscamente al sentir que el orgasmo era inminente… busqué su boca para traspasarle mi emoción… sentí el dolor en la suya y su alegría… Laurent estaba feliz por lo que habíamos hecho aunque la cuenta final solo arrojaba dolor para él…  Lo compensé largamente con mi boca y mi lengua hasta dejar nuevamente una sonrisa satisfecha en su rostro.

Tuvimos todo el fin de semana para amarnos. Dormimos abrazados y fue maravilloso despertarnos apretados en la misma cama… que lo primero que mis ojos vieran al abrirse fueran sus ojos lánguidos a través de su pelo desordenado en su cara de niño.

Cuando mis padres volvieron de su paseo, Laurent y yo habíamos decidido compartir mi habitación. Nadie dijo nada… ni nosotros se los explicamos porque me daba vergüenza ni ellos preguntaron o se molestaron cuando nos vieron. Solo procuramos que la pasión de nuestros encuentros no traspasara las paredes de nuestro cuarto pero sé que muchas veces nos escucharon, sobre todo cuando hacer el amor con Laurent, poseer su cuerpo y su alma,  se volvía perfección y sus gemidos y jadeos se mezclaban con los míos en una magia imposible de controlar…  Nos escuchaban pero pretendían que no había pasado nada y nosotros estábamos agradecidos por ello.

Tuvimos ocasión de volver a intentarlo muchas veces hasta que el cuerpo de Laurent se adaptó a tenerme dentro y aprendimos a gozarlo los dos.

Me volví insaciable durante varios años. Jamás tenía suficiente de él y quería tocarlo y poseerlo cada día y cada hora. Laurent siempre estaba cuando lo buscaba. Desaparecíamos “misteriosamente” después de almuerzo o al atardecer; “reaparecíamos” con la sonrisa dibujada en la boca y los ojos brillosos, cómplices y sin poder apartarnos el uno del otro… nos  reíamos como tontos… tontamente enamorados.

Papá me miraba a veces y sonreía creyendo que yo no me daba cuenta.  Entendí sus palabras y su sonrisa muchos años después. El sabía lo que me pasaba porque a él le había pasado lo mismo con mamá.

Laurent había vivido toda su vida en medio de tortas y pasteles. Nunca había preparado uno pero sabía perfectamente bien de que hablábamos cuando discutíamos recetas y preparaciones con mis padres. Un día me preguntó si podía ayudar directamente en la cocina. Respondí afirmativamente de inmediato sin siquiera consultarlo con mis padres.

No me equivoqué en mi decisión.

Laurent tenía habilidad natural para la cocina, seguramente heredado de su madre. A eso se le agregó su curiosidad natural por los ingredientes propios de este país que fue probando cuidadosamente, uno a uno. Al cabo de tan solo dos semanas, Laurent era capaz de preparar tortas increíbles, mezclando sabores nuevos con recetas antiguas. Los clientes adoraron las nuevas preparaciones. Papá y mamá, escépticos al principio, fueron de a poco abriéndose más y más con Laurent y conmigo.

Al invierno siguiente me tocó presenciar una escena conmovedora. Laurent se había resfriado seriamente y pasó una noche muy mala. Cerca de las tres de la madrugada se durmió finalmente. Luego de cerciorarme de que no iba a despertar me fui a dormir a mi cuarto. Debido al cansancio me desperté tarde al día siguiente. Salté asustado de la cama y corrí a ver a Laurent. Dentro del cuarto, mamá estaba a su lado sosteniendo paños de agua fría en su frente y papá se daba el trabajo de mojar los  paños con agua fresca cada vez…

-. Sshhhh…

Los dos me hicieron callar al mismo tiempo

-. Laurent tiene fiebre alta. El médico ya vino y lo revisó.

Lo cuidaron a él de la misma forma en que me cuidaron a mí cuando niño. Laurent se había ganado el lugar de otro hijo en sus corazones.

Lloré aún afirmado de la puerta mientras los miraba a los tres… agradecí la hermosa familia que tenía. Pensé que teníamos la felicidad garantizada para siempre.

 

Mis padres fallecieron con pocos meses de diferencia uno del otro. Estoy seguro que eso fue para mejor pues mi papá no sabía cómo vivir sin ella. Nos quería mucho a nosotros pero mamá era su compañera de alma.  Lo entendí perfectamente.  Porque Laurent representaba en mi vida lo que mi madre fue para mi padre.

La Sra. Braquer había fallecido hacía unos años atrás y Laurent tenía muy poco contacto con sus hermanos menores. Dejó de viajar a Paris luego de que ella murió.

Laurent y yo nos quedamos solos en el mundo pero no sentimos la soledad. Nos teníamos el uno al otro y eso nos bastaba y sobraba. Los días juntos eran alegres a pesar del trabajo que significaba llevar La Confiserie. El negocio era próspero y contábamos con buen personal.

Todas las tardes, al subir a nuestra casa, volvíamos a ser solo él y yo, nuestros gatos y el jardín de hierbas que cultivábamos en la terraza.  Preparábamos juntos la cena o salíamos a algún restaurant con nuestros amigos.

El cuarto que era de mis padres había pasado a ser el nuestro…

-. Mi petit parisien… – le decía al oído envolviendo su cuerpo con el mío y deseándolo con la misma intensidad de la primera vez

-. Ya no soy petit. Paul… cumplí 35 hace poco – me reclamaba riéndose

-.Para mí siempre serás el niño pequeño que me traje de Paris– separaba sus piernas y disfrutaba del espectáculo, ansioso de hacerle el amor

-. Yo me quise venir contigo – me recordaba y corregía

-. Fue la mejor idea que hayas tenido…

Sus brazos me atrapaban y nuestras bocas se abrían gustosas para besarnos y comenzar la danza del amor, la oda a su cuerpo y a su manera tan dulce de entregarse y hacerme saber que seguía siendo tan mío como siempre. Laurent era mi razón de vivir. Nunca, ni por un segundo, tuve dudas sobre cómo habría sido de mi vida sin él. Simplemente no podía concebir mi existencia sin él a mi lado. No solo era el compañero ideal, bondadoso y alegre sino también era quien me impulsaba a seguir creciendo en el plano laboral y personal.

Laurent, sin prisa y con su habitual amabilidad,  se había hecho cargo de la cocina en la Confiserie; el personal confiaban en él y le tenían cariño; creaba recetas únicas y se preocupaba de que la presentación fuera perfecta. Jamás, mientras él estuvo allí,  salió de la cocina un pastel mal presentado o que no hubiera sido aprobado por el mismo. Subió el estándar del local y más y más gente llegó a buscarnos hasta que el local nos empezó a quedar chico para atender a tanta gente.

Aún éramos jóvenes a nuestros 30 y tantos años. Con la misma emoción con que otras personas forman una familia, él y yo nos lanzamos de lleno en una nueva aventura: Compramos la propiedad vecina y expandimos el local dándole un nuevo aspecto más refinado y elegante. Al cabo de unos meses nuestros clientes siguieron aumentando y el negocio mejoraba bajo su dirección en la cocina y la mía en la administración general.

Solos, en la quietud de la noche, nuestros cuerpos enredados sobre la cama luego de haber hecho el amo, nos sentíamos orgullosos de todo lo que habíamos logrado

-. ¿Recuerdas cuando nos vimos por primera vez?

-. Claro que si. Me deslumbraste con tu hermosura

Laurent sonreía abrazado a mi…

-. Te lo dije entonces… me bastó mirarte una vez para saber que serías alguien importante en mi vida

Todo lo que habíamos hecho me llenaba de alegría… pero nada se podía comparar con el orgullo  que sentía de tenerlo a mi lado y poder hacerlo feliz. A veces, lo miraba desde lejos mientras él trabajaba en la cocina y a pesar de sus treinta y tantos años me emocionaba de verlo y mis labios se curvaban en una sonrisa… algo líquido y caliente se expandía por mi pecho… Laurent me seguía cautivando día a día.

No todo era trabajo.

Nos dimos el gusto de viajar al extranjero unas cuantas veces y todos los años tomábamos al menos un par de semanas de vacaciones en algún lugar discreto y tranquilo donde volvíamos a enamorarnos.

Los años eran generosos con Laurent; seguía siendo un rubio atractivo que hacía girar la cabeza a las mujeres y a algunos hombres también… más de una vez, hubo interesados en cortejarlo pero él nunca tuvo ojos para nadie más que para mi. Sus acciones me lo demostraban claramente.

Lenta y cuidadosamente, no habíamos hecho de un grupo de amigos seleccionados con quienes compartíamos habitualmente. La mayoría de ellos también eran homosexuales aunque había unos cuantos heterosexuales de mente abierta.

Los años pasaron de prisa y sin saber cómo, nos encontramos celebrando los 50 años de Laurent, en la misma casa en que habíamos vivido gran parte de nuestras vidas y junto a los grandes amigos de siempre.  Fue la más hermosa celebración que recuerdo. Laurent se veía radiante… estaba  feliz. Una nueva década de madurez y solidez emocional se abría en nuestro futuro… nos volveríamos viejos juntitos y seguiríamos tomados de la mano hasta la muerte

Nunca voy a olvidar todo lo que sucedió aquel día del accidente… fue el principio de todo…

Teníamos un pedido importante que entregar ese día y el proveedor estaba atrasado. Laurent me vio preocupado y sin perder la calma me informó que él iría a buscar lo que faltaba. Lo vi salir por la puerta como miles de veces antes…

El conductor venía de una reunión con sus amigos… había bebido mucho más de lo permitido por la ley y no estaba en condiciones de controlar ni el vehículo ni su propia persona. La luz cambió a rojo… el hombre dijo que había intentado frenar…

Cuando Laurent no volvió de prisa comencé a preocuparme de que hubiera tenido un problema y no pudiéramos cumplir con el pedido.  Intenté ubicarlo en su teléfono celular pero no respondía.

René, el más antiguo de mis empleados fue quien recibió la llamada telefónica.

-. Don Paul… quieren hablar con usted – dijo hablándome en forma diferente, mirándome con los ojos grandes y pasándome la bocina del teléfono. Antes de responder y solo por su aspecto supe que algo malo había sucedido…

Todo se volvió caos y locura a partir de ese minuto.

Laurent… mi petit parisien, había sido chocado por un conductor ebrio y estaba en emergencias.

Estaba impactado a tal punto que René tuvo que acompañarme al hospital. Necesitaba verlo y saber que estaba vivo.

Todos en la Confiserie y nuestros amigos se hicieron presentes para ayudar o acompañarme en los largos días que pasé junto a él esperando que se recuperara. El mayor daño fue en su cabeza y en una fractura en su columna.  Me armé de valor y me quedé a su lado. No iba a permitir que Laurent me dejara solo en este mundo.

De a poco se fue recuperando y cuando volvió a sonreír, era él quien se preocupaba de calmarme y devolverme la energía.

Volví a respirar aliviado cuando Laurent abandonó el hospital y regresó a casa conmigo.  Creí que la pesadilla había terminado y solo teníamos que esperar a que se recuperara bien. Lo mimé y cuidé durante las siguientes semanas. Él me reprochaba el tiempo que yo gastaba en él… yo le respondía que todo tiempo empleado en él era el mejor. Estábamos bien.

Dos semanas después Laurent estaba listo para retomar su vida normal y yo estaba comenzando a dejar atrás el miedo que había sentido. Nos preparábamos para bajar al local cuando escuché un fuerte grito… corrí a ver que le sucedía

Estaba de pie al final de la cama… su cara parecía deforme con una expresión de rabia que nunca le había visto…

-. ¿Qué pusiste en el piso?… ¿lo hiciste para molestarme?.. ¿Qué pusiste?

-. ¿Qué?.. ¿de qué hablas Laurent? – me acerqué sin dudarlo.  Estaba asombrado de su expresión enojada… Hacía gestos y movimientos como si intentara caminar… pero no lograba moverse…

-. El piso… no me deja mover… ¿Qué le pusiste?…

Con mucha calma y el corazón apretado le dije que no había nada diferente en el piso sino tal vez algún problema en su columna producto del golpe.

Reaccionó enojándose aun mas, llamándome mentiroso. Laurent… que jamás se enojaba con nadie y tenía el carácter más dulce del mundo era una persona fuera de control

-. Laurent…

-. Déjame! No me toques!!… aléjate de mi!!!

Y entonces se balanceó de lado a lado, me miró suplicando y perdió el equilibrio cayendo hacia adelante donde lo alcancé a sostener antes de que se estrellara contra el suelo.

Media hora más tarde, estaba con él en la consulta de uno de nuestro amigo que era médico.

-. Es una reacción post traumática. Debes tener paciencia –dijo José

Lo llevé de vuelta a casa. Laurent dormía en nuestra cama y yo lo miraba, sentado en el sillón del dormitorio, apretando mis manos y sintiéndome aterrado… mi peor miedo en todo el mundo era que algo le sucediera a él.

Durante un par de días pareció que todo estaba bien aunque Laurent tenía muy poca energía y una manifiesta apatía. Nada le interesaba. Le dediqué mi tiempo y cariño y lo obligue a quedarse en la cama a pesar de sus protestas y largos silencios.

José vino a verlo y nos dijo que todo estaría bien. Laurent podía regresar a una vida normal al día siguiente.   Lo celebramos con una buena dosis de besos y cariño para comenzar… tenía temor de de los daños sufridos en su cuerpo pero él me alentó a tomarlo…  fue una sesión de amor dulce y de mucha piel… le dije cuanto lo amaba y lo mucho que lo necesitaba. Colmé su cuerpo de besos… repitiéndole que mi vida sin el carecía de sentido… le dije del temor que había sentido de perderlo y la alegría que me embargaba al tenerlo de vuelta

Laurent me correspondió expresando igual amor por mí. Sus ojos grises estaban llenos de dulzura cuando nos unimos. Antes de dormirse me dijo que estaba bien y yo era un exagerado. Dormimos abrazados aquella noche.

Al día siguiente, cuando fuimos a levantarnos,  Laurent no podía caminar y apenas si se sostenía de pie. Estaba ansioso y me llamaba a gritos una y otra vez

-. Paul.. Paul!!!

-. Aquí estoy, amor. No te asustes – no soltaba su mano.. pero Laurent me miraba como si no me conociera…

-. No. usted no. Yo quiero a Paul… Paul!!! Paul!!!

No me reconoció

El shock fue terrible…

José me preguntó desde hacía cuando Laurent había comenzado a cambiar… No supe que decirle. Para mi, él seguía siendo mi pequeño parisino de siempre…  Lo internaron. Me quedé con él y luego de un par de días el diagnostico fue implacable

-. Le hemos hecho varios exámenes, Paul y me temo que tengo malas noticias que darte

No puede morir… no puede…  me iré con él si muere…

-. Díme, José – respondí con la voz temblorosa

-. Laurent sufre una enfermedad irreversible; Demencia Senil Prematura

-. ¿Se va a morir? – pregunté con el último aliento de cordura en mi mente…

-. No. No necesariamente pero él se va a olvidar de todo lo que sabe y de quienes conoce. Dentro de poco tiempo ni siquiera recordará como comer o ir al baño. Te recomiendo que lo internes en un sitio especializado donde puedan atenderlo las veinticuatro horas

Moví mi cabeza para darle a entender a nuestro amigo médico que había entendido sus palabras. No me explico cómo permanecí sentado en la silla sin desplomarme… Me habló mas sobre la enfermedad y cuales era las medicinas necesarias y como evolucionaría. Al terminar me preguntó si deseaba el dato de algún lugar donde internarlo.  Lo miré desorientado… entendí muy despacio… le sonreí con toda la tristeza del alma puesta en aquella sonrisa

-. Jamás. Tú sabes que este hombre es mi vida y mientras esté vivo yo lo cuidaré

-. Es muy noble de su parte, Paul, pero requiere atención todo el día

-. Lo sé… lo entiendo

-. Habrá días en que no te reconocerá…

-. Si. Entiendo

-. Paul, no puedes hacerte cargo solo. Necesitaras ayuda y tal vez un sicólogo que te ayu…

-. Gracias, doctor – lo interrumpí sin deseos de discutir nada más.  Éramos amigos pero él no conocía a Laurent como yo. No sabía lo que significábamos el uno para el otro.

Estreché su mano y acordamos visitas programadas para revisar su evolución.

Los primeros meses fueron los más difíciles. Laurent tenía días buenos en los que despertaba ansioso y preguntaba que había pasado con él, por qué no podía caminar normal y cuando mejoraría, se sorprendía del deterioro de su aspecto físico y su incapacidad para recordar, pensar o sentir. Se entristecía y lloraba de pena.  Lo abrazaba calmándolo. Atesorando cada segundo que sus ojos se posaban en mi y volvía a llamarme por mi nombre y a saber quién era yo. Nunca estuve tan triste en mi vida pero no podía manifestarlo. José nos visitaba constantemente y revisaba los cambios en Laurent. No había mejoría para esta enfermedad.

Tuve que contratar más personal en La Confiserie para suplir mi ausencia y la de mi amado Laurent. Buenas personas llegaron a trabajar al local.

De a poco, mi petit parisien fue desapareciendo… evaporándose… se fue volviendo cada vez más dependiente… olvidaba hablar, comer, sus funciones corporales y podía pasar horas mirando el horizonte desde la terraza. Me sentaba a su lado y, si me lo permitía, tomaba su mano.  Me sentía emocionalmente quebrado pero no tenía tiempo para lamentarme ni sufrir; Laurent me necesitaba y yo tenía que estar para él.

Meses después Laurent dormía muy poco y tenía alteraciones del sueño, perdía la capacidad de expresarse y había que alimentarlo y bañarlo la mayor parte del tiempo.  Intenté por todos los medios seguir compartiendo con él como lo habíamos hecho siempre, le hablaba y contaba de la Confiserie aunque él se olvidaba de todo al poco rato de escucharme y sus respuestas carecían de sentido.

Mi salud comenzó a resentirlo y tuve que contratar una persona para que me ayudara a atenderlo de otra forma yo iba a enfermar y eso era imposible.

No voy a negarlo…a veces me rebelo y pido a Dios una explicación que nunca me da… ¿por qué él?.. ¿por qué Laurent si él nunca le hizo daño a nadie?… estaba tan lleno de vida aún… tenía tanta dulzura y amor por entregar… era un ser tan luminoso y bondadoso… ¿por qué él y no yo? Luego pienso en que él ni siquiera se da cuenta de lo que le sucede así es que de los dos, es él quien está mejor.

Otros días, en los raros momentos en que sus ojos me miran como si aún me reconociera siento que dentro de ese cascaron dañado y herido está mi pequeño parisino atrapado…

Lo extraño tanto… lo voy a amar hasta el fin de mis días… estoy con él pero Laurent ya no está conmigo.

Sigo una rutina diaria que me mantiene vivo. Comparto mi tiempo entre La Confiserie en el piso de abajo y el mundo diferente de Laurent en el piso de arriba. Mientras tenga fuerzas y vida voy a estar a su lado, sosteniendo su mano con la misma seguridad que él sostuvo la mía cuando a sus 16 años decidió darme el regalo más grande que jamás recibí, su amor.

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