Capítulo 21

Sábanas Incendiarias (So fuckin´ hot)

1

¿Cómo era que habiendo un sol tan brillante afuera, dentro de su habitación hacía tanto frío? De seguro era producto de la magia de estar a 2.600 metros sobre el nivel del mar. Si Rose le hubiese hecho un lugar a Jack encima de aquella puerta flotante, ¿Se habrían salvado los dos? Quizá. Si se hubieran turnado todo habría podido ocurrir, ¡Jodida egoísta! ¿Le daba vergüenza aceptar que no había puesto demasiada resistencia cuando Carolina lo «obligó» a ver Titanic? Si, definitivamente. ¿Cómo era posible que nadie supiera que Clark Kent era Superman, si el tipo solo usaba un par de anteojos para resguardar su identidad?  Martín pensaba en una trivialidad tras otra para tratar de distraer su mente, rogando porque pasaran las horas, rogando por tener la voluntad para pensar en algo diferente a Joaquín.

Dejó de mirar hacia la ventana y en su lugar lo hizo hacia el techo de su habitación, estúpidamente buscando respuestas o soluciones… Pero por supuesto no encontró ni lo uno ni lo otro. Una sombra en su vista periférica le hizo voltear a mirar hacia la puerta. ¿Tanto era su desespero que había comenzado a desvariar hasta el punto de alucinar?

Con un hombro apoyado contra el marco de la puerta y las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones flojos de lino color beige, Joaquín lo miraba desde el otro lado de su habitación. ¡Dios! Martín ni siquiera había escuchado la puerta abrirse, ¿Qué estaba haciendo él allí? Llenarse la cabeza con tonterías no valía la pena si al volver la cabeza la mayor de sus tentaciones, el más insistente de sus anhelos estaba allí, mirándolo de aquella manera. Frunció el ceño, confundido e interrogante.

—Debería largarme ahora mismo y pasar de ti, chaval. Debería ser inteligente, cuerdo y responsable. Debería darme la vuelta y marcharme, pero para serte sincero, no creo que quiera siquiera intentar hacer eso. — La voz de Joaquín estaba dotada de una férrea seriedad. Su mandíbula, tensa, le confería un aire de extraña determinación que perdía toda validez al asegurar con tanta convicción algo que contradecía sus actos por completo. Hablaba como si estuviera haciendo algún tipo de declaración importante acerca de un hecho del cual no debería caber ninguna duda.— Ni siquiera estoy seguro de cómo supe exactamente cuál sería tu puerta. Quizá solo fue la mejor de las suertes… O la peor de ellas. ¿Me creerías si te dijera que le atiné a la primera? ¿Qué, una vez rendido, me prometí que haría un único intento por encontrarte? Y justo aquí estás. Justo ahí… Así. Casi como si me hubieses estado esperando para que te dibujara, o para que te follara—. Joaquín se mesó los cabellos, desesperado e inquieto. Dio un par de pasos dentro de la habitación para inmediatamente después desandarlos—. Mierda, Martín… ¡Mierda! ¿Por qué no puedo solo escuchar a la voz de mi razón cuando se trata de ti?

¿Con qué derecho hacía Joaquín aquello? Culpándolo a él de sus estupideces y parándose en su puerta a desestabilizarlo y a derrumbar su determinación. Una determinación que de blandengue y nimia lo tenía todo, pero que era suya y le hubiese gustado conservar intacta.

— ¿Qué haces aquí?—Preguntó, cuándo fue capaz de emitir sonido, una vez que hubo superado la sorpresa y la repentina resequedad de su boca se hubo desecho… Cuando se convenció de que el hombre bajo el dintel de su puerta era real y no producto de sus anhelos; pretendiendo ser duro pero sin lograrlo en lo absoluto. Martín se recompuso en cuanto pudo, todo lo rápido que pudo, lo mejor que pudo. Se sentó en medio de la amplia cama con las piernas estiradas y apoyó solo una de las manos sobre la superficie, para sostener su peso. Trató de usar su cara de póker, quitando de su rostro la expresión de perplejidad. — Mimí está en casa. Ha de parecerle extraño que pases a saludarme directo a mi habitación, ¿No crees? —Con una sacudida de cabeza se apartó el cabello, aún con vestigios de humedad, del rostro. — ¿No te importa acaso que tu poco oportuna muestra de amabilidad la ponga a sospechar acerca de lo que ocurrió entre nosotros?—. Utilizó el verbo en pasado de manera deliberada, queriendo ver una reacción en Joaquín. Algo que indicara que le dolía, como a él, la realidad de la situación para ambos, que las cosas entre ellos no estuvieran fluyendo; pero por supuesto, tratándose de él, aquello no ocurrió. Internamente se maldijo por ser tan estúpido, y también por estar utilizando un simple sweater de pijama en lugar de algo mejor.

—No. En este instante no me importa porque ella no está en casa. Para este tema mi temeridad no es tanta, Martín. Algo le ha surgido con algún inversionista y se ha marchado, excusándose conmigo por tener que hacerlo cuando me había citado aquí hoy. Se ha sentido tan apenada que me ha pedido que espere por ella un par de horas. Vieras como ha insistido con aquello de que me sienta como en mi casa. — Joaquín bufó con diversión y con un cinismo que Martín encontró repelente y excitante a la vez. Tan él.— Algo curioso teniendo en cuenta que ya que el lugar en donde vivo es de ella, mi casa es de hecho su casa. Me ofreció la piscina, la biblioteca y la cava de vinos del sótano para entretenerme. Ella incluso preparó bocadillos para mí, con sus propias manos como en los viejos tiempos, porque las empleadas del servicio se han marchado también.

Martín imaginó que los «viejos tiempos» a los que se refería Joaquín, hacían alusión a la época estudiantil que Mimí y él habían compartido. No descartó que quizá aquello no hubiese sido tan casto como a él le habría gustado, sino algo más profundo que ahora justificaba la renuencia de Joaquín a que ella se enterara de que ellos salían… y salían y salían y salían, para relacionarse (Jah!)

Martín estaba a punto de soltarle algo que —palabras más, palabras menos— le diera a entender que se fuera a tomar por culo y a buscar distracción en cualquiera de los lugares de la casa que se le habían ofrecido como opción y entre los cuales no estaba su habitación, pero mirarlo a los ojos para decírselo constituyó su primer error garrafal del día. Había algo salvaje en sus ojos, algo que hizo a Martín tragar grueso. Su mirada gritaba sexo y cada uno de sus poros exudaba ganas, aun a pesar de que tres segundos atrás había parecido estarse debatiendo, y aunque el interior de Martín estaba hormigueando de necesidad estaba empeñado en tratar de no poner en demasiada evidencia el hecho de que él se estaba muriendo por ceder. No pensaba dar un solo paso en su dirección, no esta vez.

«Si quieres algo… Tendrás que venir tú a mi»

— ¿Mimí se fue? ¿Por qué no me avisó?—. Dijo Martín, fingiendo desinterés ante el hecho de que estuviera parado frente a él, con más información de quien estaba o no estaba en su casa, que él mismo.

—Creyó que seguías dormido y no quiso molestarte. Tu madre es excesivamente considerada. Tienes suerte.

Unh, veo. Así que, he de suponer, que en cuanto ella puso un pie fuera de la casa te aventuraste escaleras arriba en busca de mi habitación, porque te apetece echar un polvo, ¿Me equivoco?

—Que rudo, chaval. —Joaquín bufó, divertido. — Básicamente fue eso, pero no exactamente así. Traté de hacer lo correcto y contenerme de buscarte… Lo intenté, créeme que lo hice. Micaela se fue hace más de media hora.

— ¿Y por qué lo correcto es no buscarme?—Preguntó con un hilo de voz… En un susurro un tanto herido que, sin proponérselo, sonó más como una gran invitación, que como un reclamo dolido. Invitación que Joaquín se tomó en serio, porque entró a la habitación cerrando la puerta tras de sí, asegurándose de candarla.

—Porque estoy tratando de cumplir mis promesas. Porque estoy tratando de no meterme en líos. Porque estoy tratando de comportarme como alguien decente. — Con cada palabra que dijo, acortó la distancia entre ellos, sin dejar de mirarlo a los ojos, dejándolo paralizado como a un venado frente a los faros de un auto que está a punto de volverlo mierda. Y nunca antes un venado estuvo tan dispuesto y tan entregado, sin importarle cuan duro sería el golpe, como lo estaba Martín. — Pero nada de eso importa, porque sé que soy un jodido egoísta al que le valen mierda las promesas. Ahora mismo solo puedo pensar cuan profundo quiero enterrarme en ti. No quiero zambullirme en vuestra piscina… Quiero lanzarme en clavado dentro tuyo y nadar hasta que no pueda ni con mis propios huesos.

Con un movimiento hábil lleno de fuerza, resolución y ligereza… Como un León cuando ha divisado a su presa y se dispone a devorarla, Joaquín se trepó a la cama y lo inmovilizó, colocando las rodillas sobre el colchón, a cada lado de sus caderas. Apartándole las manos con un movimiento rápido cuando Martín intentó apartarlo empujándolo por el pecho.

— No… —Una negativa demasiado débil y sin carácter, que perdió validez en cuanto jadeó.

Calientes…

Certeras…

Expertas…

Así sintió las manos de Joaquín cuando estas se abrieron paso dentro de la bata de baño para arrastrar las uñas por su carne, surcando la piel de su vientre de forma suave. Martín, cuya respiración se agitó vergonzosamente cerca de la hiperventilación, dejó escapar un gemido que delató su poca contención. Aquello de tratar de hacerse el duro no le había funcionado en lo absoluto —O durado siquiera— ¡Mierda y más mierda! Era débil. Con todo lo que tenía que ver con Joaquín, era débil casi que de manera irremediable.

Tomó el rostro del hombre sobre él, acunando su mandíbula con ambas manos y lo acercó, para apresar su boca… Auto adjudicándose sus labios, que sabían ligeramente a tabaco. Cada minuto que durara aquello —cuantos quiera que la providencia le regalara esta vez— cada milímetro de aquella boca le pertenecía. Lo besó con ansias, con hambre, con movimientos amplios que hacían que su mandíbula se tensara y se relajara, marcando las fibras en su piel…

Quería tragárselo.

Se apoderó del labio inferior de Joaquín, hasta atraparlo suavemente con los dientes. Quiso reír cuando sintió al pintor tensarse, de seguro rememorando la violencia de aquel beso en el que le había obsequiado tal mordisco, que pudo saborear su sangre. Seguro temía que esta situación terminara igual. Chupó de nuevo, paseando la lengua lentamente en el labio prisionero en su boca, para enviarle el mudo mensaje de que se tranquilizara, diciéndole con ello, con el paseo de su lengua traviesa y ansiosa, que esta vez las cosas iban por otro camino y tenían otra finalidad. Diciéndole sin palabras que si llegara a infligirle cualquier tipo de dolor, sería únicamente en pos del placer. Joaquín pareció captar el mensaje porque se relajó, entregándose de nuevo… Dejándose hacer… Derritiéndose contra sus labios.

El pintor comenzó a hacer movimientos suaves con la pelvis, empujando las caderas para clavarlo en el colchón, estimulándolo a través de la ropa. Martín podía sentir la bragueta de Joaquín restregarse contra su sexo, haciéndole notar la inflamación que resguardaba y que crecía, endureciéndose y creciendo con cada roce. Se empujaba contra él sin tener en cuenta que Martín únicamente estaba cubierto con la fina tela de la ropa interior, o quizá estaba demasiado consciente de ello… De que entre eso y la desnudez total, casi no había diferencia.

Martín desanudó el beso, incapaz de concentrarse en algo que no fueran los apabullantes corrientazos en su entrepierna. Arqueó un tanto el torso, haciendo con ello que Joaquín desuniera sus pechos  y continuara unido a él únicamente por la zona pélvica, sin interrumpir la ondulación de aquellas penetraciones ficticias, obligándolo a engarzar las piernas alrededor de su cintura, afianzándolas con las manos… Paseando la punta de los dedos a través de sus muslos… Haciendo que sus músculos se tensaran de tal forma, que lo único que podía hacer, era temblar.

Como respuesta a la estimulación sin tregua a la que estaba siendo sometido, las caderas de Martín se movían casi solas, como una ola que iba y venía…

Iba y venía…

 Iba y venía… Una ola que, por más que intentara contenerse, no podía evitar estrellarse incesantemente contra la playa la playa… Buscando más fricción… Procurándose más placer. Su polla estaba dura como roca… Caliente… Llena… Anhelante.

Joaquín lo liberó de la contención de la tela, deslizando su ropa interior solo unos cuantos centímetros hacia abajo. La cabeza de su abrillantado pene emergió erguida y briosa, haciendo dibujitos informes como un pincel cargado con pre-semen, sobre su propio vientre.

—Joder, pero mira nada más que bonito, chaval. Mira cómo te pones… Cómo me pones. No puedo resistirme cuando gimoteas así.

¿Gimotear él? Si, lo hacía. Y además con todo descaro; porque la ansiedad lo tenía preso. Porque no podía resistirse ante la deliciosa sensación cosquilleante que se apoderaba de su cuerpo y de su mente… Y de su ser entero, cuando sabía que estaba a punto de que se lo comieran.

Martín respiró rápida y profundamente por la boca para serenarse. No era ningún amateur para dejarse ir tan de prisa y no disfrutar antes todo lo que pudiera, para prolongar el placer.

Jamás pensó que aquello pudiera llegar a pasar. Tener a Joaquín allí, con él; en el lugar del mundo con el que estaba más familiarizado. En su propia habitación, en su micro universo. Sintió que aquello tenía algo de especial, de íntimo, de acogedor… Le habría gustado que no hubiera prisa, que hubiese sido de noche, con velas quizá, y aunque eso sonaba terriblemente cursi y trillado, le habría gustado tener una probada de eso, de la oportunidad de sentirse ridículo, de aprender junto a él a buscar el escenario correcto. Tener la oportunidad de equivocarse y así mismo la certeza de que podría volver a intentarlo… Sobre todo lo que más le habría gustado sería que al terminar durmieran juntos toda la noche,  abrazados… Tenerlo solo para él… O mejor sin dormir, así podrían charlar, conocerse, compartir de verdad. Odiaba la sensación de que cada vez podría ser la última.

Blanqueó los ojos. En lugar de estar pensando en estupideces de tan alto calibre, era mejor aprovechar lo que sí tenía al alcance, por lo menos de momento. En ese segundo no le importaba que las posibilidades de que aquello se pudriera en un rato, fueran alarmantemente altas. Desenroscó las piernas de alrededor de su hombre, y se alejó de él, arrastrándose hacia arriba,  con los codos, hasta que su cabeza chocó con el cabecero de la cama. Se quedó acodado allí, con la cabeza de su erección asomándose por sobre el elástico de su bóxer. Estiró una pierna, con la que tiró el diario al suelo, no fuese este a llamar la atención de Joaquín.

Uhmm. —Emitió adrede, contoneándose… Provocador y Caliente.

—No tienes una puta idea de lo erótico que te ves ahora mismo. Empalmado y a medio vestir. Estoy tan ansioso y sé que pasa lo mismo contigo. Quiero hacértelo ya, chaval.

 La voz de Joaquín era profunda y ronca. Abandonó la pasividad de las palabras e hizo el intento de avanzar y cernirse sobre —y de seguro también dentro— de él. Martín sonrió, mordiéndose el labio inferior y deteniéndole con un pie apoyado en su pecho.

— ¡Quieto ahí! No te acerques ni un solo centímetro más. Quítate la ropa. —Ordenó— Espero que tengas razón y que Mimí realmente tarde, porque lamentaría mucho verme obligado a dejar esto a la mitad. — Joaquín se apresuró a deshacerse de la camisa, desabotonándola con prisa. Martín negó con la cabeza e hizo un ruidito de desaprobación con la lengua y el paladar, que sonó bastante húmedo. —Hazlo lento. Quiero mirar.

—Como mandes.

Lo primero que hizo Joaquín fue desatar su cabellera, pasándose una mano entre los cabellos para afianzarlos detrás de las orejas. Siguió destrabando los botones uno a uno, sin dejar de mirarlo, sin dejar de provocarlo y sin dejar de ejecutar un movimiento cadencioso con las caderas, de lado a lado, otras veces en semi círculos, como si hubiera música…Y la había… En la cabeza de Martín la había.

Usualmente, con el clima que había en la ciudad nueve de los doce meses del año, una persona se veía obligada a utilizar más de una prenda superior para resguardarse del frío pero ese día, indecorosamente caluroso, debajo de aquella camisa de lino no había otra cosa que no fuese Joaquín… Centímetros y centímetros de solo él, de solo aquella piel que añoraba y amaba. Su pecho suavemente poblado de vello, sus músculos tensos, el color hermosamente tostado en su piel que se negaba a desaparecer del todo aún, producto de haber trabajado a pleno rayo del sol durante meses cerca de medio año atrás. El pantalón corrió con la misma suerte de la camisa, y la ropa interior no tardó en seguir a las otras prendas con rapidez.

El falo de Joaquín era poderoso. Erecto, tendía a ladearse un tanto hacia a la izquierda. La piel brillante de la punta estaba tensa. Su extensión hacía a Martín pensar en un titán, cuyas venas hinchadas simulaban briosas cuerdas que lo sujetaran, rodeándolo, pero sin lograr contenerlo.

La ingle de Martín dio un tirón de anticipación. Se deshizo de la bata y del sweater. Antes de renunciar del todo a su ropa interior intentó razonar, apelar a su orgullo que había permanecido sospechosamente silencioso. Si quería —si llegara a reunir la suficiente voluntad para ello— podía aplicarle un pequeño castigo a Joaquín, dejándolo todo hasta allí, levantándose de la cama y diciéndole algo como «Se me han quitado las ganas, nos vemos otro día cuando esté de mejor humor» o «Ve a terminar esto a tu casa, con tu mujer» haciéndolo con ello retorcerse de frustración y de coraje, pero su propio cuerpo gritaba alto, su erección desmentía y detenía cualquier acción que quisiera tomar y que se desviara de dejarse follar. Soltó un suspiro de derrota y de resignación.

Elevó las caderas y deslizó su ropa interior por sus piernas. Las dejó abiertas, para que Joaquín tuviera un vistazo.

— ¿Te gusta lo que ves?

—Mucho, Joder… Mucho. Es el agujerito más caliente que he visto en mi vida.

Martín sonrió, confiado porque sabía lo que tenía y cómo sacarle provecho.

—Las ganas te desproveen de sutileza al hablar. Eres un caliente de mierda, Joaquín.

— ¿Solo yo?—. El pintor miró la erección de Martín con una ceja levantada, como lanzándole algún tipo de acusación con este gesto. Hizo el amago de acercarse una vez más. Respiraba duro, una maquinaria rabiosa. Martín lo detuvo, plantando el pie en su pecho una vez más. Ese mismo pie se deslizó hacia abajo, arrastrándose por su vientre, luego se regresó a sus tetillas y jugueteó con una de ellas, apretujándola entre un par de sus dedos; retomó el camino de viaje al sur, hasta que llegó a su sexo y luego de un leve toque con el dedo gordo del pie, que lo hizo cabecear, simplemente lo dejó en paz. Joaquín dejó escapar un leve gruñido que denotaba desespero—. ¿Por qué no me dejas follarte de una jodida vez? No sabemos cuánto tiempo tenemos ¿Qué pretendes, Martín? ¿Enloquecerme? ¿Castigarme?

—Quizá—Reconoció— Mi cama, mis reglas. Así que, por favor, cuida la manera en la que me hablas porque puede que yo no esté de humor para soportar que te comportes como un patán.— La seriedad con la que le había dicho aquellas palabras se desvaneció rápido, dando paso a una juguetona sonrisa que le iluminó los ojos—. Tócate.

—Tócame tú.

—No. ¿Por qué siempre tienes que tener la última palabra? Quiero verte hacerlo. Hazlo, anda, tócate… Ofrécete… Haz que quiera comprar lo que vendes, o te aseguro que no haremos nada más—. Martín arqueó una ceja, desafiándolo. Joaquín sonrió ladino en respuesta. Le gustaba aquel juego tanto como a él, y eso fue algo de lo que Martín tuvo la certeza cuando lo vio empuñar su erección y comenzar a auto prodigarse placer de forma suave, tratando a su sexo con mimo.

Martín sonrió, satisfecho. Joaquín se veía jodidamente caliente. Sí que se estaba empeñando en venderle la mercancía. Había algo de mágico en verlo hacer aquello con toda la claridad del día colándose por la ventana abierta y dándole de lleno. La luz del sol le arrancaba suaves destellos a su piel cuando se estrellaba con los vellos claros que alfombraban sus brazos. Un Dios dorado… El más pagano de todos.

Joaquín ceceaba, mordiéndose los labios con los ojos a medio cerrar y mirándolo a través de las espesas pestañas… Sus ojos excesivamente brillantes. Acompañaba el bombeo con balanceos de cadera, que repentinamente se convertían en movimientos espasmódicos hacia el frente, porque su cuerpo de manera reflejo buscaba a qué clavársela, así fuese al aire.

Martín lo miraba de frente, pero su mente era completamente capaz de imaginar cómo se estaban contrayendo los músculos de las nalgas de Joaquín; de la misma manera en la que, en tantas ocasiones anteriores,  sintió que se tensaban cuando agarraba su trasero mientras se empujaba duro contra él. Joaquín comenzó a acelerar los movimientos, haciendo que el cuerpo de Martín respondiera ante el estímulo de la excitación. Su hormonado cuerpo joven, tan fácil de convencer de dejarse llevar por el deseo, lideraba el raudo recorrido de la sangre hacia su sexo…

Expandiendo…

Hinchando…

Sensibilizando y endureciendo.

—Bájale al ritmo, tigre. De otro modo te correrás y todo esto habrá sido solo para que te hicieras un pajazo y no habría valido la pena. Despacio… No pretendo enseñarte nada que no sepas, Joaquín, porque sé que sabes que el sexo… El bueno al menos, es mucho más que una carrera maratónica hacia el orgasmo. —Siéntate allí. — Martín señaló el colchón en el extremo de la cama donde se encontraba Joaquín, lejos de él. El hombre le obedeció.

Con toda la lascivia y la sensualidad que fue capaz de imprimirle a sus movimientos, Martín comenzó a pasear las manos por su propio cuerpo. Cerró los ojos, disfrutando porque sabía que él lo estaba mirando. Suave… Lento… Acariciándose con manos de terciopelo mientras imaginaba que era Joaquín quien lo tocaba. Entregándole lo más íntimo de su ser, su anhelo, su sensualidad. Un nuevo capítulo en el manual. Si es que había música para su baile erótico, era de piano esta vez… Algo lento entre telas vaporosas y dorada luz de sol.

Acarició su nuca, dejando caer la cabeza hacia atrás; con los sedosos cabellos negros resbalando por sus hombros hasta caer sobre la parte superior de su espalda. Dos dedos como pálidas llamas acariciaron su pequeña nuez de Adán a través de un cuello que pareció demasiado esbelto y demasiado blanco. Interminable. Su dedo índice dibujó su perfil, bajando de en medio de sus cejas, la elegante nariz, hasta posarse en medio de sus labios y entrar en su boca. Abrió los ojos y chupó levemente mientras sus labios se curvaban en una tenue sonrisa. Su otra mano viajó lenta y torturante desde su pecho hasta su entrepierna, donde comenzó a tocarse, bombeando y acariciando…

Arqueándose…

Contoneándose…

Gimiendo…

Chupándose el dedo como si supiera a néctar. Abrió mucho más las piernas, dejando a la vista aquel pequeño y fruncido anillo lleno de promesas de placer… Y la mano que bombeaba abandonó su tarea, para viajar un poco más allá. Un dedo travieso que se aventuró dentro de su cuerpo, haciéndolo retorcerse.

***

Martín abandonó la cama y caminó hasta el vestier, una pequeña habitación adjunta forrada en madera de color caoba repleta de ropa, zapatos y accesorios que antecedía al cuarto de baño. Llegó hasta la pared del fondo y se izó sobre las puntas de los pies para buscar hasta arriba de uno de los muebles empotrados, apartando cajas hasta dar con una en particular; sabiendo perfectamente, mientras buscaba, que Joaquín estaba teniendo un excelente vistazo de su cuerpo y que no le apartaba la mirada… Casi podía sentir sus ojos recorrerlo. Encontró lo que buscaba, un estuche mediano de cuero color café que nadie podía hallar si no sabían exactamente dónde buscar… O si desocuparan por entero los estantes.

— ¿Qué es?

Martín no se puso con muchos misterios y desenfundó un dildo de tamaño considerable, acompañado de un botecito de lubricante comestible. Joaquín soltó un silbido.

—Que apetito, tío. Acaso no te basta con la mía.

—Esto—, Martín levantó el lubricante, enseñándoselo, — es como la plastilina Play Doh: Puedes jugar todo lo que quieras, pero si «accidentalmente» te lo tragas, no pasa nada porque no es tóxico y  tiene sabor a frutos del bosque, ¿No te parece genial… y rico?

—De manera que el chavalín quiere jugar… ¿Quién soy yo para oponerme?

Martín se recostó de nuevo, después de hacer a Joaquín sentarse en la silla de su escritorio a los pies de la cama; más bien después de empujarlo allí y dejarlo perplejo y con cara de confusión, porque al parecer no procesó muy bien aquel «Por ahora solo vas a ver. Quizá al final ni siquiera te permita tocarme» 

2

«Pequeño caliente pervertido» Pensó Joaquín, con la boca seca de tanto respirar por ella, porque le parecía que por la nariz no era capaz de jalar el aire suficiente. Tenía la entrepierna dura y llorosa, palpitando al mismo ritmo de sus sienes al ver la facilidad con la que Martín había flexionado las piernas hasta llevar las rodillas cerca del pecho, mostrándole aquel agujerito rosáceo lleno de tantas virtudes y buenas promesas… Toda la piel de alrededor por completo depilada y blanca. Estaba hipnotizado, viendo como la entrada de Martín engullía milímetro a milímetro la extensión del dildo, dilatándose tanto, que Joaquín pensó, por momentos, que podía llegar a desgarrarse… Que no iba a entrar… Y los gemidos de Martín que no paraban, que lo volvían loco…

La tirantez de su orificio extendido se abrazaba al material sintético de la manera más obscena. Era una invitación que no le daba tregua. Martín ondulaba las caderas, con los ojos cerrados, inmerso en el placer. Empalándose con una mano y masturbándose suavemente con la otra, mientras su cuerpo se contraía en espasmos que lo obligaban a encorvarse sobre sí mismo.

Cuando su cuerpo hubo engullido todo aquello que parecía imposible que le cupiera adentro a Martín, Joaquín fue capaz de identificar el momento exacto en el que el juguete se estrelló contra su próstata ya hinchada y sensibilizada a causa de la constante estimulación, porque Martín soltó un gritito estrangulado que se le antojó a Joaquín como la cosa más caliente, dulce y sincera que hubiese escuchado jamás.

—Siiiii… mnhg—Soltó Martín con la voz disuelta. Sacaba y metía el juguete con un ritmo que cobraba velocidad de manera paulatina al igual que lo hacían sus gemidos, hasta que con un lloriqueo de lo que Joaquín interpretó como ansias y desespero, su chico jadeante dejó de masturbarse para extender una mano hacia él. Una mano con la palma hacia arriba que lo invitaba, finalmente, a acercarse. Un permiso concedido en el momento justo, porque no habría podido soportarlo más. Quería tocarlo… Quería verlo de cerca… Quería estar dentro de él, apresado entre sus carnes mientras sentía de cerca su pecho retumbar a causa del placer.

En cuanto se tendió entre las piernas de Martín, tomó el juguete por la base y comenzó a moverlo dentro, apenas sacándolo, y Martín estiró los brazos hacia arriba, intentó agarrarse de la cabecera de la cama, pero no  lo logró porque era una pieza compacta y lisa de madera sin ningún labrado, así que renunció a ella como soporte después de solo rozarla con las palmas abiertas y, rendido, optó por aferrarse a las sábanas que tuvo a mano. Y Joaquín, encantado, absorbía cada movimiento y cada expresión. Martín cerró los ojos y, enloquecido como parecía estarlo, comenzó a mover la cabeza de un lado al otro, a arquearse tanto que por momentos sobre el colchón apoyaba únicamente la coronilla de la cabeza, las nalgas y las puntas de sus pies; como si apenas fuese capaz de soportar tanto placer.

—Asi, así, ahí… ¡Ah! Hazlo más rápido. Más…— Y Joaquín obedeció a aquello que no subía si eran órdenes o súplicas. Cesó cuando vio a Martín a punto de correrse, de ninguna manera lo dejaría hacer aquello sin él adentro.

Se acomodó mejor entre sus piernas y retiró el juguete. Se quedó prácticamente embobado viendo la manera en la que el agujerito de Martín se contraía, temblando espasmódicamente, y como sus caderas seguían moviéndose un poco como si el dildo aún estuviera en su interior. Martín parecía en otro mundo, respirando de manera errática, con los ojos cerrados aun.

No se resistió más y lo probó con su boca, al principio con lengüetazos rápidos que pronto terminaron con él enterrando la lengua lo más profundo que pudo y ¡Joder! Martín tenía razón, el culo le sabía a dulces… Frutos del bosque; Y no era eso lo que necesitaba. Cómo iba a desencantarse del sexo con Martín si ese mocoso endemoniado hacía que su cerebro relacionara su sexo con tan dulce sabor.

Lo torturó con los dedos, solo por el placer de verlo retorcerse cuando llegaba lo suficientemente lejos o se ensañaba con su endurecido punto de placer. Jugueteó todo lo que su voluntad le permitió, pero su propia erección ya dolía demasiado como para continuar ignorándola.

Se acostó bocarriba sobre la cama, cuyas sabanas estaban tan revueltas que había partes del colchón que estaban descubiertas por completo, y atrajo a Martín tomándolo por la nuca, le dio un beso duro y demandante para luego soltarlo y mirarlo a los ojos.

—Cómetela… Toda.

Y eso era lo que adoraba del sexo con Martín. Nunca había un No. No había remilgos, no se ofendía por sus peticiones. Sus expectativas siempre eran llenas. Ni un solo reproche, solo entrega y placer.

La boquita roja de Martín subía y bajaba por su extensión, apretando los labios y arrastrando cuidadosamente los dientes por el glande cuando llegaba a la punta. Con una mano masturbaba el tronco y con la otra se sostenía el cabello, sujetándolo a un lado de su cuello. Él era tan caliente y tan hermoso.

—Eso es… Así, sigue así—. Parecía que sus palabras lo animaban a esmerarse, porque Martín intensificó sus movimientos.

Y Martín lo miró… Con esos ojitos entregados de cordero cachondo. Con esa cara de ángel diabólico. Su cabeza subía y bajaba, subía y bajaba sobre su entrepierna, y cada vez que su cabeza descendía, Joaquín tenía un vistazo del final de su espalda, de su culito terso en una posición apetitosa que hacía hervir a sus neuronas.

Tomó a Martín de la barbilla, interrumpiendo la felación. Aquello sonó como un «Poap» que estuvo a punto de arrancarle una risotada. Lo besó de nuevo, degustando su propio sabor acre y cargado en sus labios.

—Date la vuelta.

Martín obedeció, desesperado y complaciente. Joaquín se arrodilló detrás de él, posicionándose para hacer inmersión en sus profundidades. El chico tenía la cabeza apoyada en el colchón abrazando una de las almohadas… Con el culo al aire, para él. Desde allí atrás Joaquín podía ver su caja torácica expandiéndose con afán, evidenciando su agitación.

Estaba a punto de entrar en él cuando Martín se reincorporó, rotando la cabeza para mirarlo.

—Espera… Espera…—Dijo el otro entre resuellos. —No podemos.

Los ojos de Joaquín doblaron su tamaño.

— ¡Pero qué mierda! ¡No me jodas! ¿No pensarás dejarme así?—. Apuntó con ambas manos hacia su entrepierna.

Una risa entrecortada brotó de los labios de Martín.

—Quiero decir que no podemos aquí… La cama va a quedar hecha un asco y tendría que dar muchas explicaciones. Pero si no te importa que Mimí se entere, yo…

—No voy a renunciar a daros por el culo solo por unas putas sábanas, Martín… Estoy tan caliente que esta cama en lugar de mancharse, va a explotar.

—Lo sé… Lo sé. Tú y tu sinceridad… Y tu ego. Haces evidente lo obvio, fue eso lo que viniste a buscar. —Había amargura y diversión en la voz de Martín. — Ven aquí. —Su anfitrión tomó su mano y lo guió a través de la habitación, luego a través del vestidor y finalmente entraron al cuarto de baño. —Aquí. Aquí está bien.

Una mesada amplia de mármol veteado se extendía de lado a lado de la estancia. El espejo sobre esta ocupaba el resto de la pared hasta el techo. Al otro lado había una enorme bañera adosada a un bow bajo una ventana, un amplio cubículo acristalado con una ducha, la taza de baño y un gabinete sin puertas, forrado con moldura de color blanco, en donde había un gran surtido de toallas de colores crema y verde pastel. Sobre sus cabezas un tragaluz con vidrio tintado convertía los rayos de sol en una lluvia nacarada.

Martín se volvió de frente al espejo y recostó el pecho sobre la mesada, apenas apoyando la punta de los pies en el suelo. Colocó las manos en cada una de sus nalgas y separó las mejillas, ofreciéndose… Invitándolo a que se hundiera en él. Joaquín, aceptando encantado la invitación, restregó la cabeza de su falo en la entrada al cuerpo de Martín, anunciándose, suavizando el terreno con su humedad; haciendo que Martín se desesperara más con cada segundo.

—Hazlo ya, ¡Mierda, Joaquín! Hazlo de una jodida vez.

Y a pesar de las exigencias de Martín, Joaquín entró con suavidad, después de haber tenido que agacharse un poco, flexionando las piernas de tal manera que prometía que luego le dolerían los músculos de las pantorrillas. Estaba embelesado al ver cómo el interior de Martín se tragaba su dureza milímetro a milímetro y cómo la piel tirante de su ano se abrazaba a su sexo. Cuando estuvo completamente dentro, Martín dejó escapar un suspiro y Joaquín fue capaz de sentir cómo le temblaban las piernas.

—Ay… Mier-da… Que rico que aprietas—Martín se incorporó un poco y Joaquín lo tomó por la barbilla para arrastrar la lengua por su mandíbula y luego por su cuello, saboreando su rica piel. — ¿Cómo lo quieres? ¿Unh? Dime, ¿Cómo jodidos lo quieres?—. Se dejó caer sobre la espalda de Martín, haciéndolo inclinarse de nuevo hacia adelante. Le dio un beso húmedo, como un sello, en uno de los omóplatos.

—L-Lo quiero duro. Lo quiero de tal manera que mañana pueda recordar que estuviste ahí—. Y a Joaquín le sorprendió su tono de voz. Tan anhelante. La manera en la que bajó la mirada.

3

Con las manos apoyadas en la orilla de la superficie pulida, miraba hacia el frente. Viéndolo todo valiéndose del reflejo. Joaquín hacía contacto visual con él a través del espejo de manera intermitente, mientras lo penetraba con una rudeza que tenía a Martín a punto de derretirse. El sonido de sus carnes chocando hacía eco en el baño, y le gustaba tanto ese sonido, que habría querido grabarlo y ponerlo como su ringtone, o como tono de alarma para despertarse en las mañanas.

Nunca antes había sido tan consciente de sus propios gemidos, como lo estaba siendo en aquel momento en el que los escuchaba encajonados, retumbando y ampliándose gracias a la resonancia de las paredes de su baño; así que podía decirse que estaba siendo presa de un extraño momento de absoluta lucidez. Un momento en el que era capaz de recolectar detalles mientras sus entrañas estaban hirviendo, invadidas hasta lo más profundo… Casi como si estuviera drogado. Una suerte de sensación de brillante irrealidad se aposentó sobre él.

El chico del espejo tenía los ojos brillantes y a medio cerrar… Sus mejillas estaban arreboladas… El cabello desordenado pegado en las sienes, en el cuello y en la frente, a causa del sudor… Sus labios, por completo enrojecidos y ligeramente hinchados después de haber prodigado a Joaquín una mamada bestial, emitían gemidos y jadeos sin ninguna vergüenza. El chico del espejo estaba siendo duramente embestido… Y le encantaba.

El hombre detrás del chico que Martín veía en el espejo, lo sostenía con fuerza, amarrado a su torso, con la garganta emitiendo rudos pujidos que denotaban fuerza y lujuria. El chico del espejo solo pedía por más. «Así» «Mas» repetía como un mantra. Y a Martín a ratos le costaba entender por qué aquel hombre no amaba al chico en el espejo si eran capaces de compenetrarse de aquella manera; si estaba seguro de que el chico del espejo haría lo que fuese por él. Nada más había que ver la manera en la que eran geniales a la hora de tener sexo.

Martín y el chico en el espejo, que de un momento al otro dejaron de ser uno, sintieron el familiar corrientazo que precedía al inminente estallido, y aunque ambos habían perdido la noción del tiempo, esperaban fervientemente que no fuera demasiado pronto, porque ya no podían contenerse por mucho más tiempo… Ambos llevaron la mano —El uno la derecha y el otro la izquierda— a su entrepierna y comenzaron a masturbarse, dejando caer la cabeza en el hombro del titán detrás de ellos… Ya casi lo sentian venir… Están a punto de explotar.

El hombre detrás de ellos respiraba como un toro, se empujaba fuerte y profundo contra ellos, tanto que dejó de abrazarlos, haciéndoles sentir frío en el lugar vacío que dejó detrás de ellos, para empujarlos desde la nuca contra la dura y fría superficie donde pegarón la mejilla, y el hombre se empujó rápido, certero, lo sentían gigante dentro de su cavidad, rozando repetidamente aquel punto exacto… Y la mano que masturbaba se muevió más rápido…

Más rápido…

Mucho más rápido…

Infinita.

— ¡Me corro… Me corro! —. Anunció a grandes voces que produjeron eco… Todo estalló en luces de colores y corriente dentro y fuera de él, en un orgasmo violento que causó espasmos en todo, absolutamente todo, su cuerpo. Cuerda tras cuerda de semen salieron disparadas desde la punta de su sexo. Solo del suyo, porque el chico del espejo desapareció en cuanto dejó de mirar la superficie reflectora.

Los dedos de sus pies se enroscaron sobre sí mismos. El latido en su pecho era errático y fuerte… Joaquín seguía cabalgándolo.

—Como aprietas, como aprietas, chaval… Joder, ¡Jodeeer!—Martín sintió como la humedad caliente de Joaquín lo llenó, como él empujó aún más hondo cuando se liberó. El pintor se dejó caer sobre su espalda, manteniéndolo así sobre la mesada; de  otra manera Martín se habría escurrido hasta el piso de tan flojas que le quedaron las piernas.

Ahora solo se escuchaban sus resuellos, aunque Martín también podía escuchar algo parecido al sonido de la estática de la televisión, invadiéndole los oídos. Ninguno de los dos abandonó la posición, aún si a Martín le costaba respirar con normalidad a causa del peso de Joaquín encima de él. Poco a poco recuperó sus sentidos.

—Después de esto, ¿Por qué no te quedas conmigo? ¿Por qué aún tienes que buscarla a ella? ¿Qué tiene su sexo, que no tenga el mío?

Joaquín dejó escapar un suspiro que a todas luces sonó irritado. Se enderezó y salió de él, haciéndolo soltar un leve quejido. Martín se apoyó en los codos, pero continúo recostado sobre la superficie. No habría podido renunciar a ese soporte ni aunque hubiese querido.

Joaquín entró en la ducha acristalada y, sin cerrar la división, giró la llave del agua y comenzó a ducharse de manera rápida.

— ¿Por qué te complicas de esta manera? ¿Para qué preguntas algo así si en realidad no quieres escuchar la respuesta?

—Quiero una respuesta. —Y mientras esperaba por ella, Martín finalmente se enderezó del todo y sacó de un gabinete un paquete de pañuelos húmedos con los que empezó a limpiar los rastros de su propio semen de las puertas del mueble bajo la mesada, mientras ignoraba la sensación de mareo y trataba de no pensar en el hecho de que habría sido un buen detalle que Joaquín lo hubiese invitado a tomar la ducha con él—. Contéstame, quiero saber.

Joaquín cortó el agua y salió de la ducha mojándolo todo. Sin duda Lola se iba a enojar. Tomó una toalla del estante y comenzó a frotarse el cuerpo con energía.

—Bueno, Martín… Es tan simple como que a ti no puedo follarte entre las tetas.

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