Capítulo 25

Besos de Mar (Kiss me)

1

Besas como si fueses a comerme.

Besas besos de mar, a dentelladas. (Blas de Otero)

El primer piso de la casa donde creció Martín, estaba dispuesto como garaje. De manera que la puerta principal de la vivienda, que precedía a un recibidor espacioso e imponente donde predominaba el color blanco combinado con los toques de tonos ocres que aportaban la madera y el metal envejecido de los pasamanos de las escaleras, estaba en un segundo piso. Esta disposición de la casa, hacía que el comedor tuviera un balcón que daba hacia el jardín delantero. Por supuesto, como era de esperarse, no era un balcón común y silvestre de acero inoxidable y hormigón, sino toda una, estéticamente diseñada, entretejida amalgama de madera, metal y vidrio, delante de la cual estaba dispuesta la mesa en la que se encontraban sentados los tres.

Estratégicamente había hecho disponer los platos y cubiertos de manera que ella quedara sentada a la cabecera con el marco del balcón detrás, y Martín y su novio quedaran frente a frente en lugares opuestos de la mesa, para poder controlar toda la situación, para poder medir reacciones y para no perder detalle. Tal como ella solía manejarse en una junta, solo que esta situación era, por mucho, excesivamente más importante y delicada, había en juego algo mucho más importante que dinero. Se trataba de su bebé.

En este caso en particular ella necesitaba, con todas sus fuerzas, dejarle claro a aquel hombre que Martín estaba respaldado. No quería dar pie a que hubiera la más mínima posibilidad para que él se atreviera siquiera a pensar que, por el hecho de que en aquella casa no hubiese una figura paterna, podía llegar a hacer lo que quisiera con su bebé… De ninguna manera.

Dentro de Micaela, las emociones eran como un rio desatado que recorría su cauce con demasiada fuerza. De momento no se había desbordado, pero cabía la posibilidad de que lo hiciera si algo en aquel recorrido llegara a parecerle mal. Dentro de ella estaban conviviendo una gran cantidad de sentimientos en aquel justo instante. Ser mujer le confería aquella magia de hacer converger varias cosas en su pecho, mientras sonreía y agradecía al visitante por las bonitas flores y la botella de vino.

…Algo cálido le calentaba el pecho y la llenaba, porque Martín confiaba en ella… Emergía también el rabioso instinto de querer proteger a su vástago… Sentía alivio porque podía percibir en Ricardo a una buena persona… La dominaba una absoluta curiosidad acerca de aquella persona en la vida de Martín… Además, tenía una extraña necesidad de caerle bien a aquel hombre, porque después de todo, era la pareja de su hijo, y aceptar a Martín tal cual era, ahora parecía ser un tanto más complejo que solo sentir la confianza de decirle «En cuanto se te acaben los preservativos, avísame y te compro más ¿Vale, cariño?» o la vaga pregunta «¿Es hombre o mujer?»

En ocasiones, Mimí se cuestionaba su propio comportamiento. Sobre todo cuando se encontraba en situaciones como aquella, en las que se veía a sí misma aceptando, pasando por alto, e incluso aplaudiendo comportamientos y situaciones por las que otros padres de seguro enloquecerían, pondrían el grito en el cielo, o perderían el control y a las cuales les darían un rotundo «No»

…Sin embargo, Mimí tenía una razón poderosa para haber tomado la decisión, hacía mucho, de apoyar a su hijo con respecto a aquel tema hasta las últimas consecuencias. Dolía recordar el por qué, pero en cuanto Martín, con unas pocas e inocentes palabras, puso en evidencia lo que le gustaba, se prometió jamás tratar de imponerle el camino contrario y con el que de seguro solo lograría hacerlo infeliz y obligarlo a fingir; a vivir en un mundo que no sería el suyo… Amarrado a una fachada castrante que lo obligara a llorar en silencio… Como a él…  Como aquel en quien trataba de obligarse a no pensar.

En ocasiones Micaela solo se convencía de que su incapacidad para decirle que no a Martín, era porque se sentía culpable. Culpable por el poco tiempo que podía dedicarle en realidad, aunque él no parecía nada inconforme con ello… Otras veces sentía que debía compensarlo de alguna manera porque él no tuviera un padre y eso recaía sobre sus hombros y sobre los de nadie más.

Estaban comiendo el platillo de entrada en silencio aunque, por lo que podía ver, el profesor apenas había probado bocado. Algo dentro de ella cosquilleó en cierta forma de culpable placer, cuando contempló que la inapetencia de su invitado posiblemente se debía a los nervios… Eso estaba bien, que él le temiera. Que supiera que si llegaba a hacerle algo malo a Martín, ella lo buscaría hasta debajo de las piedras y lo destrozaría con sus propios dedos.

Micaela miró en dirección a Martín y vio como él tenía una pequeña, casi imperceptible, sonrisa anclada en los labios mientras miraba a Ricardo, aparentemente divertido por lo mismo que ella.

Ricardo Azcarate… De manera que era él quien tenía el corazón de su hijo. Quien lo hacía llorar en la madrugada y enloquecer cómo no lo había visto hacer nunca antes.

—Se ve usted muy bien esta noche, profesor. —Dijo ella finalmente, dando inicio a aquella charla que era mejor entablar de una vez, para cortar la tensión, comenzar a conocerse y dejar algunos puntos claros. Apenas y conocía a Ricardo de vistas en el instituto, y quería saber cada pequeño detalle acerca de él.

El hombre tomó la servilleta y se limpió los labios antes de contestar y volver a acomodar la pieza de tela sobre su regazo.

—Gracias. Usted se ve radiante, señora Ámbrizh… Pero por favor, llámeme solo Ricardo, a secas.

—Oh, entonces usted solo llámeme Micaela, a secas… ¡No! Mejor  llámeme Mimí. Todos mis allegados me llaman de esa manera; y si usted está saliendo con mi hijo, eso lo convierte en una persona excesivamente cercana a mí, puesto que no planeo quitarle el ojo de encima. — Tanto Ricardo como Mimí, miraron en dirección a Martín, al escuchar brotar de sus labios una risa que fracasó estrepitosamente en ser contenida dentro de la copa de la  cual bebía. Mimí volvió su atención hacia Ricardo, luego de que su hijo les hiciera un gesto con la mano, instándolos a ignorarlo y a continuar en lo que estaban. —Además lo de «señora»… No soy casada ¿sabe? Soy madre orgullosamente soltera. —Ella tomó un sorbo de la copa que tenía a mano y plasmó una sonrisa en su rostro. — ¿No le gusta que le llame profesor? Debo confesar que esa fue una de las cosas que llamó poderosamente mi atención cuando Martín me habló de usted.

Esta vez Ricardo dejó de fingir que algo en el plato que tenía en frente le interesaba, y en cambio le dedicó su atención por completo. Aunque continuó cargando un poco de tensión en el área de los hombros, los ojos del profesor dejaron de esquivarla y en cambio los posó en los de ella con resolución, y con cierta cuota palpable de gallardía.

—No habría esperado que fuese de otra manera. Es más que comprensible que «esto»—Ricardo hizo un gesto vago con una mano, abarcando con aquel movimiento a Martín y a él, — No sea nada fácil de digerir o de… Asimilar. La comprendo por completo, sobre todo teniendo en cuenta que incluso para mí, fue algo difícil de aceptar. —Luego de decir aquello, Ricardo dejó de mirarla a ella, para mirar momentáneamente en dirección a Martín.

—Y bien, tengo curiosidad, esto entre ustedes dos… ¿Cómo fue qué pasó?

Micaela le lanzó la pregunta a Ricardo, mirando en su dirección. Quería escuchar cada explicación que se diera aquella noche de boca de él… Para nada estaba interesada en aquel momento en lo que Martín tuviera para decir. Era el treintañero a su lado el que tendría que explicarse detalladamente para que ella estuviera tranquila de dejar a su diecisieteañero continuar saliendo con él. Aunque… viéndolo desde ahí, sin el apasionamiento y la impresión de que fuese su profesor, podía entender un poco a Martín, Ricardo era, por lo menos a simple vista y en medio de aquel trato superficial, un hombre que aunque no poseía una belleza dramática, tenía algo que atraía y que causaba buena impresión. Algo así como un Cachorrito apapachable… Pero ni loca le diría aquello a su hijo. No de momento, al menos.

—Pues…— Comenzó el profesor. Pero la explicación se vio interrumpida cuando Lola y Jenny aparecieron arrastrando el carrito para retirar los platos de la primera parte de la cena.

—Con permiso. —Lola y la chica, impecablemente vestidas con una blusa beige y una falda vino tinto oscuro de talle alto, comenzaron a moverse con agilidad entre los tres asientos ocupados, de los doce que tenía la mesa.

Micaela vio como Ricardo hacía un pequeño movimiento con la barbilla, señalándole a Martín el gran marco que contenía su retrato en la pared, y a Martín responderle con una sonrisa de verdad divertida. Ambos creyendo que ella tenía la atención puesta en las recién llegadas y no en ellos (¿Cómo si eso fuese posible?). Parecía haber un alto grado de familiaridad entre ellos.

—Oh, Lola…—Dijo Martín. —Sé que ya lo sabes, porque en todo el día Mimí no habló de otra cosa, pero oficialmente te lo presento: Él es mi Richie. —Micaela podía jurar que ante aquello, vio sonrojarse al profesor. Martín, de alguna manera parecía disfrutar de aquella turbación… era obvio que él lo estaba haciendo a propósito, pero conociendo a su hijo, nada de raro tenía. —Y Richie ella es… Nuestra administradora, Dolores.

Martín rio y Ricardo lo acompañó con una leve sonrisa. Él seguía un tanto acartonado, pero poco a poco parecía estarse relajando. Se puso de pie y Lola le tendió una mano que él estrechó y, acto seguido, se la llevó a los labios y dejó en el dorso un corto beso. Lola rio como una quinceañera y luego ella y Jenny finalmente se retiraron, en busca del plato fuerte.

Mimí sonrió con cortesía, y volvió al ataque.

—Ahora sí, lo escucho, Ricardo. —El profesor miró momentáneamente a Martín, quien bebía de una copa de agua, a la cual abandonó de inmediato.

—Adelante, amorcito… Ella solo quiere escucharte a ti. Haz los honores y cuéntale como ocurrió todo. Cuéntale como es que hemos llegado a amarnos de la manera loca en la que lo hacemos. —Martín le dio una sonrisa que pareció de ánimos, antes de largarse a toser. La gripe aún no se había ido del todo.

—Ve a ponerte otro sweater.

¡Mamaaaaá!

— ¡Hijooooo! ¿Qué?

— ¿Sabías que si hay un momento más inadecuado para tratar de hacerme ver como un niño, es justamente este?… ¿Delante de mi novio mayor de treinta? ¿En serio?

—No seas terco, Tiny. ¿Por qué no te veo yendo?

—Porque no voy a dejarte sola con él. No parece algo seguro.

Mimí chasqueó los labios, ¿Tan evidente estaba siendo? Quizá debía empezar a esforzarse porque su necesidad de proteger a su hijo y obtener la mayor cantidad de datos posibles, dejara de verse como animadversión.

—Oh, vamos. No puedo estar siendo tan mala, ¿O sí? —Miró en dirección a Ricardo en busca de una respuesta, y este se limitó a encogerse de hombros y a mirar para otro lado— Pero si hasta ahora solo he hecho una simple pregunta y pedido escuchar la historia acerca de cómo empezaron a frecuentarse más allá de lo que conlleva ser profesor y alumno, ustedes dos… No pueden culparme por eso. Digo, porque esto no fue mágico Amor a primera vista, dado que él —, Mimí señaló a Ricardo apuntándolo sin miramientos con el dedo índice, —es tu profesor desde hace tres años…—La expresión de su rostro cambió a una de alarma. — ¿O acaso ustedes dos están juntos desde hace tanto tiempo? ¡Dios! tú tenías Catorce hace tres años.

Esta vez fue el turno de Ricardo de ahogarse con lo que tenía en la boca.

— ¡No! ¡Dios, no! Jamás me habría atrevido a tanto. Sé que puedo estar viéndome como un completo atrevido ahora mismo, pero hasta eso tiene un límite, créame… Por Dios, créame. —Dijo Ricardo en cuanto fue capaz de pasarse el sorbo de líquido sin bronco aspirar y poder hablar.

—Si. ¡Por Dios, créele!—Ironizó Martín. Fingiendo una desesperación comparable a la de Ricardo. — Todo esto solo ocurrió después de que yo alcancé la edad legal de consentimiento sexual.

El profesor, evidentemente, quiso hacerse minúsculo y desaparecer entre los recovecos del tapizado de la silla, a juzgar por el pequeño espasmo que sacudió sus hombros en cuanto Martín mencionó la palabra «sexual». Quizá ella podía estar tranquila con respecto a ellos, porque viendo bien la situación, todo parecía indicar que el atrevido allí, era su hijo.

—Muy bonita tu manera de recordarme que esto entre ustedes dos es legal, jovencito. ¿Crees que eso es concluyente? ¿Crees acaso que el día en que cumplas Dieciocho voy a dejar mágicamente de preocuparme por ti y de interesarme en cada aspecto de tu vida?

—Realmente no. No cuento con ello, ni siquiera un poco.

Mimí suspiró de manera sonora y teatral. Sacudió la cabeza para apartarse el cabello del hombro.

—Okey, escúchenme ustedes dos. Yo no soy ilusa, —Aclaró—, sé que este encuentro es solo una formalidad; algo que nos permite acercarnos y conocernos. Soy perfectamente capaz de entender que ustedes no están aquí para solicitar mi permiso de alguna manera, puesto que recién me vengo enterando de que están juntos. Claro que confieso que lo de ustedes dos me tomó fuera de base y logró desestabilizarme, a cualquiera en mi lugar le habría pasado lo mismo. —Ricardo asintió lentamente, Martín se limitó a tener toda su atención puesta en ella. — Ninguna persona a la que le funcionen los cinco sentidos sería capaz de tomarse como si nada el hecho de que uno de sus hijos, y ni qué decir del único, esté saliendo con un hombre que le dobla la edad. Sin embargo soy por completo capaz de entender que no todo en esta vida embona en piezas perfectamente ordenadas, metidas en pequeñas cajas clasificadoras. —Mimí guardó silencio mientras Dolores y Jenny se tomaron su tiempo para acomodar los nuevos platos sobre la mesa en una estudiada sincronización de movimientos, que bien podría compararse con la coreografía de un baile. —Gracias. — Dijo una vez que terminaron, para luego extender la servilleta una vez más en su regazo y ver cómo Ricardo y su hijo la imitaban—.  No quisiera sonar despectiva o intolerante pero, a mi forma de ver, toda la situación aumenta de intensidad y de importancia si, tal como lo son ustedes, se trata de una pareja del mismo sexo.

Mimí fue perfectamente capaz de ver la manera en la que Martín se tensó, y no  habría esperado que fuese de otro modo. Además, conociéndolo como lo hacía, tenía una idea bastante clara de lo que se venía a continuación.

— ¿Es decir, Micaela, que si yo fuese una chica o él una mujer, no interesaría que estuviera con una persona diez e veinte o cincuenta años mayor que yo? ¿Que ser gay me condiciona a que haya más reglas y más peros y parámetros para mí? ¿Que, por ser homosexual, debo esperar que todo me sea sumamente difícil?

—Eso quiere decir, mi amor, que aunque tú no quieras verlo, ser como eres sí te condiciona. Básicamente y aunque suene muy mal, tu condición te convierte en un imán de depravados más de lo que lo haría en una chica. —Miró a Ricardo. — Sin ánimo de ofender, es solo que estoy tratando de dejar algo en claro aquí.

— ¿Mi condición? —Preguntó Martín. —Explícate, Micaela, ¿Cuál es exactamente esa condición?— Ella suspiró. «Micaela». Sí que había logrado molestarlo si otra vez la estaba llamando así y  no Mimí. — ¿Acaso estás refiriéndote al hecho de que yo sea gay?

Aunque aquello último sonó como una pregunta, Mimí tenía más que claro que en realidad no lo era, que Martín ya había decidido que eso era lo que ella quería decir y ponía palabras en su boca.

—Tiny, No es solo el hecho de que seas gay, además eres joven y absolutamente bien parecido. Todo eso en conjunto te convierte en… Un blanco fácil.

¿Por qué Mimí sentía que con cada palabra que decía, no hacía más que cavar un poco más su propia tumba?

—De manera que un blanco fácil, ¿Eh? ¿Eso quiere decir, entonces, que crees que no tengo criterio, que soy por completo impresionable y que por ende cualquiera, aunque sea un pervertido, tiene chance conmigo?… ¿O que si él fuese una mujer, entonces las posibilidades de que me hiera de alguna forma, serían sustancialmente menores? No me digas que al final vas a resultar siendo una prejuiciosa más; alguien que pretende encasillarme en un absurdo estereotipo. Soy marica y por eso me acuesto con cualquiera que se me atraviese, ¿Es eso?

Mimí no pudo con la decepción en los ojos de Martín, y mucho menos con la forma en la que se cristalizaron. ¿En qué momento se habían torcido las cosas de esa manera? ¿Cómo un simple par de palabras habían cambiado el sentido a lo que ella intentaba decirle?

Ella, que solía manejarse con grandes empresarios —muchos de ellos grandes imbéciles también, a los cuales debía convencer de que ser mujer no la hacía menos capaz para manejar la imagen de sus productos— ella, que solía siempre tener las palabras precisas para convencer a la gente y vender la imagen de su agencia con una destreza envidiable, se había quedado corta a la hora de defender su simple argumento ante su hijo… Y este argumento no era otro que lo amaba como a nada o a nadie en este mundo, y por ello solo… Quería y necesitaba saber.

Su trabajo la había hecho muy buena a la hora de juzgar a las personas y pocas veces solía equivocarse al respecto, de manera que en lo concerniente al hombre en la vida de su hijo, tenía una buena corazonada. No se había tomado el tiempo para juzgarlo antes, cuando lo conoció, simplemente porque él no le había interesado en aquel entonces más allá del hecho de saber que era uno de los docentes en el plantel en el que estudiaba su hijo. Si exponía su impresión justo en aquel momento, de seguro sonaría a oídos de Martín como una manera desesperada para congraciarse con él.

Además, ni qué decir tenía, que el hecho de tener a aquel hombre frente a ella, la había llenado de inquietud; no por él en sí, porque después de todo el profesor estaba ahí: Al pie del cañón y enfrentando la situación, y su hijo estaba a unos meses de ser legalmente capaz de decidir en cada aspecto de su vida, sino ante el asunto punzante y agudo que ahora tenía instalado en la cabeza. Dado el gusto de Martín por los hombres maduros, ¿En manos de quién se habría puesto su hijo en el pasado? Quizá estuvo en riesgo y ella ni se dio por enterada. ¿Era incapaz Martín de procesar cómo estaba sintiéndose ella?

—Nada de eso, Martín. —Mimí apartó sus ojos consternados del rostro de su hijo, al escuchar la voz resuelta y tranquila de Ricardo. — No puedes culpar a tu madre de algo tan bajo, solo por el hecho de que quiera protegerte. Ten en cuenta que si existe alguien con el legítimo derecho para pedir explicaciones acerca de esto que ocurre entre nosotros y como inició, es justamente ella. De eso se trata todo esto.

—Adelante entonces, Ricardo. Convéncela de que no eres un pervertido. Hablen entre adultos y decidan qué puedo sentir y si es correcto que lo sienta por alguien de mi elección. —La molestia de Martín era más que evidente. La humedad de sus ojos había remitido y había sido reemplazada por un fiero brillo de rabia. — Micaela, me pediste que confiara en ti y eso hice, pero la confianza es algo que requiere de reciprocidad, recuérdalo. —Dicho esto, se levantó de su asiento y comenzó a alejarse.

— ¿A dónde vas, Martín? Estamos en medio de algo aquí, ¿Recuerdas?—Dijo Mimí, algo alarmada; temiendo haber hecho las cosas mal hasta el punto de haberlas echado a perder. Quizá ahora, Martín jamás volvería a hacerla partícipe de sus asuntos y la mantendría al margen.

—Voy por el bendito sweater; estoy muriéndome de frío.

Mientras Martín no estuvo, Mimí hubiera podido jurar que ante una oportunidad como aquella, habría saltado de inmediato para comerse a preguntas a Ricardo, pero por obvias razones ya no se sentía tan charlatana; ahora temía que el novio de Martín de verdad la percibiera como a una persona con la mente estrecha y prejuiciosa… Todo lo contrario a lo que ella era realmente, pero aquel era su hijo, ¡Por Dios! podía incluso portarse como una histérica si le diera la gana y nadie podría juzgarla por eso.

—Se… se la manera en la que usted debe estarme percibiendo. —Dijo Ricardo, alejando la mente de Mimí del auto reproche al que estaba sometiéndose.No podría culparla por ello, porque en ocasiones yo pienso de la misma manera acerca de mí. Pero debe saber señora… Es decir, Micaela, que yo traté de luchar contra esto con todas mis fuerzas. Traté de convencerme de cuan inconveniente, problemático, loco, inmaduro e inadecuado era sentir esto que siento… Pero al final, simplemente no pude contra algo que parece ser tan absoluto. Al final, incluso a pesar de mí mismo, aquí estoy… Rendido y haciendo cuanto él quiere. —Ricardo soltó la copa de vino, que era lo único que él había tocado del plato fuerte hasta el momento, dejándola a un lado sobre la mesa. —Usted no imagina cuan sorpresivo fue esto para mí. Fue shokeante y me tomó completamente desprevenido. Fue, básicamente, despertarme un día y descubrirme sintiendo tan intensamente después de creer que había perdido la capacidad de hacerlo. —Ricardo exhaló una pequeña sonrisa como un bufido, como si estuviera recordando algo específico. — Fue como un golpe, uno del que aún no me recupero. No sé a dónde llegue esto o si tengamos un futuro juntos, solo puedo asegurarle que cuidaré de él, y que en el momento en el que considere que deba hacerlo, lo dejaré ir… Porque lo preferiría lejos que herido. —Ricardo sonrió un poco, apenas un gesto ladeando la boca, y Mimí descubrió que con este gesto, un tímido hoyuelo brillaba sobre su mejilla derecha. —Tan testarudo y voluntarioso como es Martín, derribó cada barrera. Soy un hombre, soy mayor que él, soy su profesor y aun así…

— ¿Testarudo? —Interrumpió Martín, que recién llegaba y volvía a tomar asiento junto a ellos. Sus labios adoptaron un mohín de reproche.

—Sí, así es. —Continuó Ricardo, acomodándose mejor en la silla. Al parecer finalmente disponiéndose a decir lo que ella quería escuchar. —Ciertamente esto, no tuvo nada que ver con el amor a primera vista. Tú…—y esta vez ya no la miraba a ella, sino a su hijo, —Siempre pensé que eras voluntarioso, orgulloso… Incluso pedante y mimado, y ni qué decir de lo imprudente, siempre empeñado en dar tu opinión, sin importar cuan molesta pueda llegar a ser. —Aquello llamó poderosamente la atención de Mimí. Estaba convencida de que lo único que saldría de aquella boca sería un despliegue de halagos con respecto a Martín, para agradarla a ella. Sinceridad… Eso le gustó. —Un día, observándote detenidamente, descubrí que lo tuyo no eran simples ganas de querer decir la última palabra siempre, sino un exceso de sinceridad y me tomó algo de tiempo decidirme cómo pensar con respecto a eso, de hecho creo que aún estoy procesándolo. Porque verás no siempre decir todo lo que se piensa es bueno, a veces lastima, a veces solo es innecesario. Quizá necesites un filtro, pero lo que jamás seré capaz de decir que te falta, es personalidad… Y empeño, por supuesto. Porque una vez que te propusiste conquistarme… No hubo nada que te detuviera. — En los labios de Ricardo apareció una pequeña sonrisa divertida, y en cambio los labios de su hijo se fruncieron, aunque también era capaz de ver un brillo un tanto divertido en sus ojos. — Luché, vaya si lo hice, traté de resistirme… Traté de instalar ideas en mi fuero interno. Ideas que me instaran a recapacitar, a no ceder, a mirar en otra dirección. Y aun así, aquí estoy. Porque de alguna manera loca e increíble lograste instalarte en mis días, Martín. —Aun a través de los anteojos, Mimí podía ver claramente la emoción en los ojos de Ricardo. —Tú, has matado mi instinto de conservación, así de simple… Porque, ¿Qué tan loco y suicida es el hecho de que esté aquí esta noche?… No me agradabas, Martín, ni siquiera un poco. Pero un día simplemente te vi y me dije: ¡Dios! ¿No es acaso esa la cosita más sublime que haya visto jamás…?

Ambos, el profesor y Martín, rieron ante lo último, tal como si estuvieran compartiendo una broma privada de la que ella evidentemente no era partícipe.

2

Ricardo sinceramente no sabía de dónde había sacado el talante para no haber salido corriendo o para no balbucear como un tarado cada vez que se vio obligado a abrir la boca. Hizo su mayor esfuerzo para permanecer entero y no meterse debajo de la mesa, abrazarse a sus rodillas y balancearse hacia adelante y hacia atrás. Le ocurrió lo que solía ocurrirle en situaciones en las que su nivel de estrés aumentaba, algo que según su propia experiencia creía tener reservado para las entrevistas de trabajo: Su capacidad para trabajar bajo presión emergió como mecanismo de defensa… Además, para su vergüenza, también logró sacar a flote su lado más cursi.

Paulatinamente, la madre de Martín cambió el rumbo de la conversación. Llevándola desde la somera hostilidad que mostró en un principio, hasta un aparentemente relajado interrogatorio, que aunque de relajado no tenía mucho, no lo puso tan incómodo como hubiese pensado, porque de hecho ser un buen tipo ayudaba, porque si hay algo que tienen los buenos tipos, son buenas respuestas para casi todo.

…¿En qué universidad obtuvo su licenciatura, Ricardo?… ¿Con quién vive?… ¿Signo zodiacal… Tipo de sangre… Antecedentes médicos?… ¿Alguna enfermedad importante que reportar?… Unas cuantas sonrisas y gestos de asentimiento, y de vuelta al ataque: ¿Desde cuándo supo que es gay… Siempre lo supo? ¡Un momento! ¿Lo era?… Se auto analizó escaneándose con desespero… ¿Se puede estar dentro del closet sin saberlo siquiera? ¡Mierdamierdamierda!

«No, no te confundas, Ricardo. Estás actuando ¿Recuerdas?!Actuando! Tú solo quieres recuperar el archivo de la fotografía y por eso estás aquí» De alguna manera sentía que sus propias palabras le calaban más hondo si hablaba consigo mismo en tercera persona.

¿Es soltero, Ricardo? Porque no quiero ni siquiera pensar en la posibilidad de que mi hijo esté siendo «el amante» de alguien

  ¿Soltero? Ya casi iba a cumplirse un año desde la última vez que tuvo sexo con alguien. Eso, además de hacerlo definitivamente soltero, también lo convertía en alguien casi virgen.

¿Es su costumbre salir con sus alumnos? Bien, con esa pregunta casi lo mata, poniendo a trabajar a su inexistente enfermedad cardiaca. Mirar en dirección a Martín en busca de un poco de ayuda no sirvió de nada, porque el muy maldito parecía estarse divirtiendo con su tortura, e incluso estaba sonriendo, mientras le clavaba una mirada divertida y jugueteaba con un cubito de hielo remanente en el fondo de un vaso que había contenido quién sabe qué, porque él no le había prestado nada de atención a cada representación de buena culinaria que pusieron frente a él aquella noche. ¡Jah! ¿Ahora se sentía divertido?… Pero si tan solo media hora atrás lo había visto hacer una pataleta.

«Pero fue una linda pataleta… “Hablen entre adultos… Déjame saber si apruebas lo que quiero, mamá…” No, él no la llamaba mamá, la llamaba Mimí” Malditamente encantador, Martín… Jodidamente encantador, ¡Dios! ¿Qué voy a hacer contigo?… O más importante aún ¿Qué voy a hacer conmigo con respecto a ti? —. Tenía la cabeza hecha un lío, pero aun así, extrañamente lúcida. Podía pensar en mil cosas a la vez. Tenía la mente y el corazón excitados, henchidos, bullendo de manera ruidosa. Se había licenciado en filosofía, pero si en aquel momento le hubiesen puesto en frente una ecuación diferencial con cientos de variables, seguro que la habría resuelto en segundos. — ¡Concéntrate, Ricardo! ¡Concéntrate! Acaban de hacerte una pregunta crucial. Estás jugándote el pellejo aquí ¿Recuerdas?»

Le imprimió toda la convicción que pudo a su respuesta.

Es algo que jamás me había pasado…

No me gustan LOS chicos, Me gusta UN chico… Y es él, única y exclusivamente él…

Lo de ser gay es relativo… Lo realmente importante son las personas… El exterior es solo una cobertura meramente circunstancial

—Oh, pero yo tengo una cobertura muy atractiva, ¿No es así, Richie?—. Dijo Martín en algún momento, quitándole toda la profundidad a lo que acababa de decir y haciéndolo ver como alguien puramente superficial.

«Si… Tú cobertura es magnífica, Martín, y tú lo sabes a la perfección»

Micaela y él intercambiaron números de teléfono, también una sonrisa cortés y un tanto divertida que esta vez él pudo percibir como sincera. Ella  se veía menos preocupada que al inicio de aquel encuentro. ¡Increíble! De alguna manera había conseguido echársela al bolsillo.

Cuando comenzaron a hablar de trivialidades, ella fue muy enfática al decir que cuando su madre se enterara, ella iba a enloquecer porque ella no era, ni por asomo, tan tolerante con el tema de la homosexualidad, que si toleraba a Martín era porque compartían información genética y Martín la tenía en el bolsillo, además de porque ella guardaba esperanzas en el hecho de que Martín fuese bisexual. Así que, por el momento, lo mejor era mantenerla al margen, ya verían más adelante.

En algún momento, en medio de los serios ítems que estaban tratando aquella noche, quiso reír cuando vio la devoción que Martín le dedicaba a su plato de postre.

…Todo era como estar subido a un carrusel que daba vueltas deliciosamente rápido.

Se sintió un tanto mareado cuando Micaela sentenció, como quien no quiere la cosa, que si por casualidad llegara a lastimar a Martín de alguna forma, ella saltaría a su cuello y le desgarraría la yugular con sus propios dientes, palabras más, palabras menos…

En ese momento Ricardo consideró que estaba trabajando demasiado duro para allanar el camino del imbécil del que estaba enamorado Martín.

Después de la colosal amenaza todo se tranquilizó. Pudo ver a la Micaela relajada, abierta y simpática de la que le había hablado Martín. Tal como si, después de la agitación que una pastilla efervescente desata al contacto con el agua, al final llegara el sosiego de la pastilla disuelta.

3

La sala de estar de la casa era impresionante. Grande y lujosa, pero acogedora. También había un balcón parecido al del comedor, pero este daba al patio trasero y era más pequeño. Martín y él estaban acodados en la baranda, y desde allí Ricardo podía ver lo que parecía ser un pasaje encerrado por una estructura de metal liviano, vidrio y acrílico, como los acoplamientos a través de los cuales se abordan los aviones, pero mucho más bonito y estético, que conducía a lo que adivinaba sería una piscina cubierta, porque podía ver los destellos que los movimientos del agua producía, en conjunto con la luz. Vaya lujo, tener una piscina en una ciudad que era fría la mayor parte del año, requería de mucho mantenimiento para mantenerla aclimatada.

En medio del patio había una pérgola, iluminada con cientos de pequeñas luces en un tono dorado opaco que caían en abundantes chorretes desde el techo. Y más allá una estructura acristalada, que se alzaba imponente.

— ¿Un invernadero?—. Preguntó, con un tono de voz que dejaba traslucir un poco de burla. Martín era un niñito rico en toda regla. Guardaría para después el burlarse del hecho de que tuviera un retrato al óleo.

—No tenemos un jardinero porque si, aquí hay muchas plantas que cuidar. Esta casa antes era de mi abuela y ella como que está un poco obsesionada con todo el tema de la botánica y la flora.

Hablaban en voz baja. Muy cerca uno del otro, para no ser escuchados, pero sin llegar a tocarse. Detrás de ellos, Micaela estaba sentada en los muebles de la sala, en compañía de la mujer del servicio que le habían presentado como Dolores. Ricardo sospechaba que ellas en realidad no estaban poniéndole demasiado cuidado a la conversación que sostenían, o a la taza de café que tenían en las manos, sino que trataban de determinar el modus operandi de ellos dos como pareja.

—Entonces… La temida abuela que mencionan ¿Vive aquí con ustedes?

—No. Hace mucho tiempo que ella no vive aquí con nosotros. —Martín echó un rápido vistazo hacia atrás. —Micaela creció en esta casa, al igual que yo, así que hace unos años, cuando mi abuela puso esta casa en venta, Mimí la compró. Le tiene cariño… Y supongo que yo también. Nunca he vivido en otra parte, aunque mi abuela ha insistido en que me vaya a vivir con ella. Imagino que ella cree que teniéndome bajo su techo logrará ponerme en algún tipo de régimen que logre que dejen de gustarme los hombres, ¿No es eso algo loco?—Martín negó con la cabeza y tras una corta pausa, continuó explicándose. — La abuela dijo que esta casa le traía malos recuerdos y yo supongo que se refiere a la muerte de mi abuelo… Pero yo solo tengo buenas memorias en este lugar. Recuerdos tranquilos, aquí me siento seguro. Es mi hogar.

—Veo. Es… Un hogar inmenso.

Repentinamente Martín soltó una corta risotada.

—De manera que soy mimado, testarudo y nunca le caí bien. ¿Y fui yo quien se antojó por sus huesos? ¿De dónde salió todo eso, Ricardo?

—Pues… Salió del hecho de que tenía que asentar mi actuación sobre algo que me sirviera para darle algo de realismo. Un alumno botando la baba por su sexi profesor… Eso tiene mucho más sentido que si fuese al revés, ¿No crees? —Extendió los labios en una gran sonrisa. — ¿Cómo estuve?

—Bien.

¿Solo bien? Él acababa de fajarse la actuación de su vida y Martín decía únicamente «Bien» Algo pasaba, sin duda. Él no era de los que hablaba tan poco o que perdiera la oportunidad para destrozarlo con esa lengua viperina suya. Se acercó un poco más a él, hasta que sus costados se tocaron y le dio un pequeño empujoncito con el hombro.

— ¿Qué pasa, Unh? Todo ha salido bien. No colapsé encima de tu costosa mesa de comedor, o me atoré al hablar, y definitivamente logré causar una buena impresión. ¿No deberías tener una mejor cara, acaso?

Martín tragó grueso antes de hablar y fijó la vista al frente, hacia el patio, regalándole con ello la bonita visión de su perfil… De su rostro recortándose contra la negrura de su cabello.

—Yo… No puedo evitar preguntarme si él sería capaz de hacer por mí siquiera la mitad de lo que tú has hecho esta noche— El silencio se instaló con ellos a lo largo de un minuto. Ricardo no sabía qué decirle en realidad, pues no conocía a aquel hombre ni su situación con Martín. Sin darle chance de decirle algo, producto de la sabiduría que doce años más que él viviendo en este mundo ponía sobre sus hombros, Martín cambió de tema, con la picardía brillándole repentinamente en los ojos. —Démosle a ese par algo que mirar. Algo que le dará más realismo a nuestra relación falsa, que decir que soy un mimado pendejo y odioso.

—Yo solo dije…

Las manos de Martín alrededor de su cuello, tirando de él, detuvieron sus palabras.

Ahí estaba el Martín voluntarioso y depredador, que hacía las cosas que quería y cuando quería, pero esta vez… Esta vez Ricardo se sentía reticente a darle gusto. Esta vez, como que tampoco tenía ganas de aparecer ante el público como un tiquismiquis maleable. Si iban a fingir, entonces en aquel teatro él tendría las riendas y representaría el papel que sentía que le correspondía, el papel que se moría por desempeñar.

Quiso, en ese instante, que fuesen sus brazos los que gobernaran. Quiso que, de tener que haber una boca que fuese succionada y sumisa, fuese la de Martín. Quería ser él quien engullera aquella boquita caprichosa y picuda que se acercaba lentamente a la suya.

Se le metió el ansia en el cuerpo… Se le metió el diablo en el cuerpo…«Untada la mano, untado el brazo…» Si ya se había metido en aquella locura, entonces saltaría dentro del torbellino con ganas… Con unas ganas que ya no quiso contener.

Quien sabía cómo se desarrollarían las cosas. Quien sabía si después de aquel instante lo terminarían echando a patadas de allí. Si así iba a ser, entonces que valiera la pena… Un beso… Un B-E-S-O… De cuanta importancia estaba revestido algo tan sencillo, algo tan simple y a la vez tan complejo y profundo.

En un movimiento que no fue fiero, pero que si fue decidido, asió las manos de Martín, apartándolas de su cuello y llevándolas hacia su costado, donde quedaron colgando inertes. Obviamente Martín no entendió que pretendía, seguramente supuso que se estaba negando a besarlo,  y la forma en la que lo vio fruncir el ceño, fue algo divertido y hechizante que lo empujó aún más a continuar.

Sin darle tiempo al malcriado frente a él, para que rechistara o refutara, hizo algo que siempre hacía en sus sueños, y que ahora, al hacerlo en el mundo tangible, se sintió aún mejor de lo que imaginó… Se sintió cálido y acogedor y familiar y… Bonito: acunó su rostro entre sus manos. Su rostro de facciones finas y de suavidad increíble, se vio diminuto entre sus dedos.

Martín lo miraba con intensidad, interrogándolo con los ojos y con la contracción de sus cejas…

« ¿Qué acaso no está claro, pequeño?… ¿Acaso no es claro que voy a besarte como espero que nadie te haya besado antes? ¿No entiendes que voy a besarte como no he querido besar a nadie en mucho tiempo?»

En aquel momento, que quería eternizar estirándolo todo cuanto le fuera posible, como si de una banda elástica se tratara, acarició los pómulos de Martín con las yemas de ambos pulgares. Estaban en el balcón, a la intemperie, así que la piel del rostro de Martín estaba fría… Fría y suave, tal como imaginó que sería… La realidad superó con creces la ficción de sus sueños.

Sin ninguna timidez despejó de cabello el rostro de Martín, acomodando las mechas detrás de sus orejas. Su pulgar derecho no volvió a reclamar su lugar sobre su pómulo, sino que acarició su labio inferior, ese que era un tanto más abultado y se proyectaba hacia afuera un poco más que el superior… Ese que solía morder… No estaba frío, ese era cálido. El rostro de Martín era un tapiz de temperaturas, entonces. Paseó el dedo por aquel labio todo cuanto le dio la gana porque, después de todo, quién sabía si después de besarlo como tenía planeado hacerlo, lo echarían de allí a patadas…

…Y todo alrededor desapareció, porque no le importaba nada más en aquel momento.

Con deleite vio cómo la respiración de Martín se detuvo por un segundo, cuando le presionó el labio con el dedo, producto de la sorpresa, quizá. No le importó la razón, porque quién sabía si a lo mejor, en cuanto lo besara, lo echarían de allí a patadas…

Martín apoyó ambas manos en sus antebrazos. Por un segundo Ricardo pensó que lo hacía para apartarlo, pero no fue así, solo se apoyó en él. No pudo sentir la temperatura de las manos de Martín a través de la tela de su camisa, pero apostó porque seguro estaban frías.

… Y por más que hubiese querido seguir estirando aquel bendito momento, repasando con los dedos cada contorno del rostro entre sus manos, en la víspera de un beso con el que había soñado muchas veces, ya no pudo… Porque los labios ya le quemaban de necesidad y de anticipación.

… A ella en sus recuerdos, la amó… La amó con toda su alma en su momento… Pero en aquel justo instante, ni aunque hubiese querido forzar a su memoria a hacerlo, recordaba haber deseado besarla con tanta hambre como sentía justo en aquel momento… Justo allí… Justo a él.

Se apoderó de su labio inferior, succionándolo con dicha. Martín encerró su labio superior entre su lengua y lo que quedó libre de su boca… Correspondiéndolo.

En el fondo, Ricardo sabía que Martín lo besaba de aquella manera porque estaba interpretando un papel con el que esperaba obtener algo que quería, pero quiso pensar que no era así, que lo besaba porque se moría de hambre y de ganas de hacerlo, como él.

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