Capítulo 29

Secretos (Be my lover)

Entrada No. 11 – Diario de Martín.

Nadie me tocaba de manera indebida cuando era niño. Ningún pervertido me mostró videos pornográficos a una edad en la que no tuviera un debido desarrollo mental para procesarlos y que como consecuencia me llenaran de ideas «retorcidas» y «equivocadas» con respecto al sexo. No tuve ningún tío cachondo que insistiera en bañarse conmigo a escondidas de mi madre… Tampoco me empezaron a gustar los hombres después de que «accidentalmente» tuviera sexo con uno, puesto que esta situación siempre fue algo que busqué de manera deliberada… Hayan sido cuales hayan sido los resultados.

Tengo teorías acerca de muchas cosas, eventos y situaciones, la homosexualidad, por supuesto, no podía ser la excepción. Mi teoría al respecto, contempla esta inclinación sexual como la existencia de un gen que puede, o no, poseerse. Así de simple. Los demás pueden llamarlo como quieran: Una predisposición genética, un (in)correcto alineamiento de los planetas y los astros al momento del nacimiento o de la concepción, karma, dharma… Un error… Algo que se puede controlar o algo que no… La cuestión es que estoy convencido de que es algo intrínseco; algo que viene incluido en el paquete «Quién soy» al momento de venir a este mundo. Yo soy el vivo ejemplo de ello.

Lo que no me atrevo a asegurar —o a negar— es el hecho de que este «gen» sea o no algo de carácter hereditario. Eso es algo mucho más complejo e infinitamente más controversial. Algo en lo que no tengo ganas de ahondar… No por el momento, al menos.

Puesto que mi sexualidad no obedece a ningún tipo de trauma, como tampoco es una reacción post traumática a algún tipo de estrés, estoy convencido de que simplemente esta hace parte de quién soy y de que estoy genéticamente predispuesto para disfrutar de un pene y un trasero que no sean los míos… Para atraerlos, atraparlos entre mis piernas, y hacerlos míos… Si quiero.

Si no fuese porque la genética, caprichosa, quiso hacerme así, ¿Entonces por qué hay algo en mí que indebida e inevitablemente atrae a los hombres? ¿Por qué me es tan fácil? ¿Por qué mis feromonas tienen la virtud de atraer a los de mi mismo sexo? Por supuesto esta puede ser la conclusión de un genio o de un completo idiota, pero simplemente es lo que yo pienso al respecto.

Por supuesto que hay homosexuales que se «hacen» y no “nacen”, pero para mí, esos casos son solo excepciones que confirman la regla. A mí nadie va a convencerme de que una persona enteramente hetero, va a convertirse en homo solo porque alguien abusó sexualmente de él, porque en ese caso creo que lo normal sería desarrollar repudio por algo traumático que lo tuvo todo de desagradable. No quiero ser cruel y sonar como alguien desalmado, pero algo como eso a mí me suena a puras excusas… O qué se yo, la mente humana es, después de todo, un inmenso pozo lleno  de misterios; pero me parece altamente improbable el hecho de que un hombre completamente heterosexual renuncie a las vaginas solo porque en un momento de necesidad no tenía a mano a una mujer y decidió probar con un trasero masculino… Pienso que si le quedó gustando y descubre que de hecho lo prefiere, eso obedece a que toda su vida estuvo regido por un paradigma social y ni hablar del religioso. Si alguien se ve obligado a probar algo que realmente no le gusta, desistiría de repetir.

De más está decir, que tampoco creo que una persona homosexual sea enteramente producto del entorno. De, por ejemplo, mimar demasiado a un chico —Aunque quién sabe, porque al hablar de mimados puedo considerarme uno de los primeros en la fila— pero si fuese así, ¿Qué ocurre con las lesbianas, entonces? Aquellas al estilo «Tomboy» porque dudo mucho que sus preferencias y sus comportamientos se deban a que las traten como a chicos, porque, para ser sincero, no imagino a ninguna madre o a un padre tratando a una chica de un modo diferente al que se supone se trata a una chica; aunque el caso  contrario sí que exista.

Mi «gen gay» comenzó a dar indicios de activación un día al cual me gusta catalogar como mágico, porque en cualquier caso, así lo fue para mí. Creo era el mes de Agosto, porque recuerdo las cometas multicolores surcando el cielo, en la época de ventarrones y ausencia de lluvias en la ciudad; otro de esos tantos periodos que hacen que las personas aquí se atrevan a llamarlo «verano» cuando lo cierto es que el clima de esta parte del país parece bastante empeñado en no dejarse catalogar por completo… También tengo una teoría con respecto a esto, pero ahora no viene al caso.

Para aquel momento de mi vida, yo debía tener unos nueve o diez años… Quizá a punto de llegar a los once. A muchos les gustaba verme como un niño más en medio de una manada de infantes, pero no es mi culpa siempre haber sido más guapo y más listo que el resto y que más de una persona lo notara. Así que donde casi todo era lloriqueos, juegos infantiles insulsos  y rodillas peladas, estaba yo: Resplandeciendo como un sol. No es que quiera ser vanidoso al mencionar algo como esto, es solo que estoy convencido de que a causa de lo evidente, lo que pasó aquel día fue a propósito. Lo que ocurrió, fue algo muy inocente… O quizás no, ¿Quién sabe? Pero solo tuvo trascendencia para mí.

La cuestión es que por aquella época, yo tenía un montón de energía infantil que me llevó a una absoluta locura sin propósito: El fútbol. No encontraba para nada inoficioso el corretear detrás de un balón y sudar a mares con el simple propósito de embocar el balón en el arco. Bueno, para mis estándares futbolísticos de aquel entonces, mis presunciones se limitaban al hecho de, en algún momento, llegar a por lo menos tocar el balón. Creo que está de más decir que yo era pésimo, pero eso a los nueve o diez no importa mucho.

En ese tiempo, yo aún hacía cosas que se suponía que debía hacer y llenaba un montón de expectativas. Sobre todo las de mi abuela, porque nadie es capaz de pensar que un muchachito que juega tan aguerridamente al fútbol —«Aguerrido» nunca antes fue menos un sinónimo de «Bien» que en mi caso— resultara siendo gay. Me volví asertivo y empecé a hacer solo lo que me gustara, mucho tiempo después.

Mimí, como siempre dispuesta a complacerme, me anotó a una escuela de fútbol, y cargaba conmigo, con mi balón, mis uniformes y un gran surtido de bebidas hidratantes, todos los sábados y todos los domingos, sin falta. Los domingos se quedaba conmigo cada segundo de aquellas clases, aplaudiendo cuando yo me acercaba lo suficiente al balón, animándome y diciéndome que lo estaba haciendo muy bien. Pero los sábados ella me dejaba en la clase y regresaba por mí cuando esta concluía. Tenía que trabajar.

Parte del encanto de gastarme los fines de semana de esta manera, era el evidente encanto y don de gentes del señor Nicolás Aguirre. Por aquel entonces él debía tener unos veinticinco años, pero para mí, a los nueve o diez, cualquiera que sobrepasara los veinte, aunque fuese de forma mínima, se convertía en un «señor» de forma automática.

Él era un ho1mbre muy divertido y paciente. Tanto, como para haberme hecho cogerle cariño al deporte. El señor Nicolás, era el ayudante de mi profesor de Educación Física en la escuela, y era tanta su simpatía que la mayoría de niños de mi clase y yo no tuvimos reparo en seguirlo a la academia de fútbol en la que trabajaba los fines de semana.

Yo medía más o menos 1.25 metros para aquel entonces… La estatura justa para que aquel sábado, en el que corríamos desenfrenadamente detrás del balón, mientras «Niquito» hacía las veces de árbitro, corriendo de un lado para el otro detrás de nosotros, exhibiendo unas piernas gruesas y musculosas que a mí me daban envidia y que me hacían desear crecer rápido y hacer mucho deporte para tenerlas así, enfundadas en una pantaloneta a medio muslo algo floja, se estrellara accidentalmente conmigo… De frente… Con su metro ochenta de altura y mi escaso metro veinticinco, que hicieron que aquella colisión que bien pudo haber sido accidental o no, fuera el primer momento erótico que viví en mi vida.

Mi rostro dio de lleno con su entrepierna y él, quizá para evitar que me fuera de espaldas contra el suelo –O quizás no– a causa de su gran mole colisionando contra mi cuerpo enclenque, sostuvo mi cabeza desde la parte posterior, pegándome contra su  cuerpo, contra su polla y sus pelotas… Lugar desde el cual pude aspirar profundamente su olor acre y sensual a sudor.

Quizá él me sostuvo contra él por más tiempo del necesario…

Quizá él meneó un tanto las caderas, o quizá a mí solo me lo pareció…

En aquel justo momento no le puse malicia, como tampoco encontré extraña la sonrisa brillante que de ese momento en más me dirigió mi entrenador de fútbol, o su mirada, que me seguía de manera insistente. Eso fui capaz de percibirlo mucho tiempo después.

El asunto es… Que cuando unos tres meses después murió mi pasión futbolera y Nico Aguirre dejó de hacer parte de mi vida, y mi curiosidad comenzó a despertar haciendo que mi intrínseca inocencia comenzara a resquebrajarse, y descubrí las bondades de la masturbación, me di cuenta de que podía maximizar la experiencia si llenaba mi mente con algo que me agradara de verdad mucho, y en más de una ocasión, fue recreando aquel momento esnifando sus pelotas y su sexo, rememorando aquel olor particular y ácido, con lo que inundaba mi mente para empujarme a mí mismo hacia el clímax… Luego tuve acceso a internet.

Si no hubiese habido en mí algo intrínseco que estuviera dispuesto a la homosexualidad, aquel incidente simplemente me habría sido indiferente. Incluso hubiese podido llegar a enojarme porque se chocó conmigo, impidiéndome así seguir corriendo como un tonto detrás del bendito balón… Y de ninguna manera habría cabido la posibilidad de que el olor a pelotas sudadas me hubiese parecido en cierta forma atractivo y estimulante.

…Pero tengo el gen gay.

1

El sábado se deslizó sobre la ciudad con una lentitud aguachenta y poco luminosa.

De la misma manera intempestiva en la que un sol brillante y rabioso había rugido sobre la ciudad, de manera ininterrumpida a lo largo de casi un mes, así mismo se esfumó. Dejando en su reemplazo una temperatura baja y un cielo gris y encapotado que invitaba a no abandonar el cálido capullo de las cobijas. Tal de la manera en la que Martín prefería el clima. Porque él no era de los que tomara buen color con el sol; era más bien de los que se ponían como un camarón.

No hizo falta más que el hecho de que la entidad meteorológica emitiera un boletín, informando que el verano y la sequía durarían por lo menos siete semanas más, para que inmediatamente ocurriera justo lo contrario. Fue casi como magia, o brujería. Básicamente el clima en la ciudad era como una sesión de entrenamiento en la nueva versión cinematográfica de The Karate Kid: «Ponte la chaqueta… Quítate la chaqueta… Ponte la chaqueta… Quítate la chaqueta» Pero era así como solía ocurrir casi siempre. Los meteorólogos más experimentados del país parecían ser inversamente acertados, pues aquella mañana no había señales de la solana que vaticinaron; en su lugar había una bruma tan espesa que hasta hacía media hora atrás no había habido visibilidad a más de dos cuadras de distancia, y todo apuntaba a que en cualquier momento la lluvia arreciaría con potencia.

Quizá simplemente el clima era como él, que no le gustaba que lo catalogaran, y lo hacía evidente en su manera de vestir: Unos días muy oscuro. Otros, muy luminoso. A veces solo se sentía caliente y lujurioso… Últimamente queriendo un poco más.

No obstante, esta disposición climatológica inesperada no era la razón por la cual Martín seguía metido en su cama a las 10:25 de la mañana, sino porque continuaba profundamente dormido. A él definitivamente le gustaba ganar, y después de haber luchado tan aguerridamente contra el insomnio la noche anterior, al final había salido vencedor. Y estaba fuertemente sujeto a su victoria… Con uñas y dientes.

Mimí había hecho un par de incursiones a la habitación de su hijo para echarle un vistazo, después de que pasadas las 9:00 no lo había visto dar señales de vida, mas no se había atrevido a despertarlo. Menos al ver que ni siquiera el descorrer la mitad de los paneles del ventanal en la habitación había producido la más mínima reacción en él. Sin embargo, ella tampoco quería irse sin despedirse, porque se le había quedado aquella costumbre desde la época en la que, siendo pequeño aun, Martín solía ponerse furibundo cuando descubría que ella se había ido sin despedirse de él. En algún momento de su historia juntos, aquello se había convertido en una especie de cábala para la buena suerte. Además, no había comido nada aún, y realmente le gustaría tomar el desayuno con él, Aunque a esas horas ya sería más una merienda.

Micaela tomó asiento en la cama, a un lado de Martín. Ella ladeó el rostro y miró hacia abajo, observando detenidamente sus facciones relajadas por el sueño y como siempre que hacía aquello, llegó a la misma alegre conclusión.

«Lo dicho… Tú sí que me quedaste bonito, bebé»

Y, como le ocurría casi siempre últimamente, algo muy parecido a la nostalgia la invadió, haciendo que sintiera añoranza por aquellos tiempos en los que Martín era aún un niño por completo dependiente y ella era la parte más grande e importante de su universo.

Con un movimiento rápido y un toque superficial, apartó un mechón de fino cabello negro de la frente de su hijo, que continuó profundamente dormido, al parecer sin intenciones de despertar voluntariamente en un futuro cercano.

Martín era el vivo ejemplo de aquello de que la genética en ocasiones tendía a dar dos pasos hacia atrás. Su hijo no se parecía físicamente a ella, pero tampoco se parecía a… a él. Si así hubiese sido, si Martín se pareciera a su padre, entonces debería tener el cabello claro y tener los ojos de un verde gateado. En lugar de ello, él era el vivo retrato de su abuela paterna. Aunque, si buscaba con ganas, podía encontrar algo en la forma de sus labios o en el rictus de sus cejas cuando las contraía, que le recordaba a él. Además, Martín tenía las mismas manos. Los mismos dedos finos y largos que estaban destinados para el arte… Como los de él.

Pero… ¿Qué, si quizá estaba viendo solo lo que quería ver?

En ocasiones, Micaela se preguntaba por qué había revestido aquel suceso de tanto misterio, cuando lo más fácil habría sido decir la verdad desde un principio. Las circunstancias que envolvían  la concepción y nacimiento de Martín no eran algo de lo que se sintiera orgullosa, pero obviamente todo habría sido más fácil si ella se hubiese limitado a ser clara desde el principio y hubiese dejado que las personas que debían enterarse, lo hicieran.

En su momento sintió miedo… Miedo de que la señalaran con el dedo y de que la culparan enteramente a ella por lo que sucedió. Ahora… Ahora tenía miedo de que la repudiaran por haber guardado silencio por tanto tiempo. Sobre todo, ahora temía la reacción de Martín si llegaba a contarle toda la verdad. Él era un chico inteligente y comprensivo, pero habiéndolo mantenido al margen durante toda su vida, con algo que lo involucraba de manera directa, nada le aseguraba a ella que él se tomara a bien lo que escuchara de sus labios. No solo le había ocultado la verdad, sino que deliberadamente le había mentido.

El corazón de Martín era como una ostra, sin miramientos para dejar que todos vieran la brillante perla que guardaba en su interior. Guardaba un invaluable tesoro dentro; si se sabía cómo llegar a él, sus maravillas y bondades eran capaces de deslumbrar a cualquiera; pero igualmente, como una ostra, al más mínimo movimiento brusco o amenaza de daño era capaz de cerrar su coraza de manera fiera e inquebrantable. Ya lo había visto hacer aquello antes.

— ¿Qué pensarías de mí si te contara la verdad? —Susurró, mientras afianzaba una caricia en el cabello de su hijo. — ¿Me entenderías? O, por el contrario, ¿Me odiarías? —. Suspiró y tragó fuerte. — ¿Cómo procesarías el hecho de saber que tienes más familia además de nosotras dos y que está más cerca de lo que crees?

Nada la obligaba a exteriorizar estas palabras, a hacerlas reales, a decirlas delante de un Martín que podía despertar en cualquier momento y escucharla… Pero ¿Y si era eso lo que quería? ¿Y si quería decirle de una vez cómo había sido todo? Quizá en el fondo era eso lo que ella buscaba… Quitar de sus hombros aquella carga que se había empeñado en poner sobre sus hombros, de una vez por todas. Una cosa era tener secretos, y otra muy diferente era mentir. Todo parecía hacerse más evidente ahora que  parte de su pasado que, como una ola que se aleja pero que siempre vuelve, estaba de nuevo frente a ella.

¿Y si simplemente hablaba?

No.

La cobardía la atenazó una vez más, quitándole el aire. Como lo hacía cada vez, la sentía tomarla fuertemente por el cuello, cuando recordaba cómo el contarle a su madre la verdad, después de tanto tiempo y con la vaga esperanza de que ella la entendiera y quizá la consolara, no había tenido los mejores resultados. Ella se había enojado por ser burlada, por haber sido tan inocente al creer en sus mentiras y sobre Macarena se sintió tonta al no haberse dado cuenta antes cuando aquello, ahora que lo sabía, parecía tan evidente.

Por ahora guardaría silencio. Si había logrado hacerlo durante casi Diecinueve años, nada le impedía seguirlo haciendo durante un poco más de tiempo. Pero esta vez sintió que quizá aquel «Un poco más» ya se había prolongado demasiado.

Sacudió a Martín, tomándolo por el hombro de forma suave.

—Hey, dormilón. Será mejor que despiertes ya, o luego no vas a poder con el dolor de cabeza que causa el dormir demasiado. Además, tengo hambre y a las 11:00 tengo que salir.

***

Fue durante el silencioso y tardío desayuno que compartía con Micaela, cuando Martín lo decidió. En cuanto terminara de comer, se pusiera decente y su madre saliera a trabajar, él iría con Joaquín. Después de todo, ¿Qué sentido tenía hacer todo lo que estaba haciendo, al fingir tener una relación con Ricardo y esforzarse en que Mimí se enfrentara a los posibles inconvenientes de que él estuviera envuelto en una relación con alguien mayor, si no iba a disfrutar de sus beneficios? Todo lo que estaba haciendo lo estaba haciendo por Joaquín… Por ellos, después de todo.

Lo amaba y no lo había visto en días.

Lo necesitaba y no lo había visto en días.

Iba a enloquecer si seguía como iba.

— ¡Martín!—. La voz de Mimí lo hizo saltar en la silla— Cariñito mío, estoy hablando contigo. Baja de la nube y préstame atención, ¿Quieres? —. Mimí repentinamente puso una sonrisa en su rostro. — ¿Tan atontado estás porque hoy vendrá Ricardo?

Su tono de voz tan plagado de burla, que sinceramente Martín esperaba por el momento en el que ella se pusiera a canturrear: Martín tiene novio… Martín tiene novio…

—Sí, Mimí. Si sigues sonriendo de esa manera al hablar de él me harás pensar que me lo quieres quitar.

Micaela alejó el vaso de jugo de naranja de sus labios, para poder reírse.

—No me gustan los hombres comprometidos. Por la manera en la que él te mira yo diría que no tengo muchas esperanzas.

¿La manera en la que Ricardo lo miraba? Micaela debía estar loca. Aunque si ella juzgaba por aquel beso… Entonces hasta él empezaría a verle unicornios rosas al asunto.

—Soy afortunado, ¿No es así?

—Mmm, no es que yo esté bailando en un solo pie por esto que está pasando, pero de momento me alegra que te quiera como parece hacerlo. Solo espero que de esa misma manera, cuide de ti.

—Yo puedo cuidarme solo. No necesito que alguien lo haga por mí.

Micaela lo miró con una sonrisita condescendiente en los labios, mientras metía dentro de una carpeta de plástico de color gris algunos documentos que había estado ojeando.

—Cariño, la independencia y la autonomía son buenos, pero todos necesitamos de alguien que nos haga sentir atesorados y protegidos. Es algo lindo.

Martín sonrió a su vez.

— ¿Hace cuánto que no sales con alguien, Mimí? Eso suena como tu necesidad hablando por ti. Y tu necesidad dice cosas muy cursis de novela rosa.

Mimí abrió la boca en una gran «O» falsamente ofendida y era evidente que también divertida.

— ¡Eres un atrevido! Mira a quién estás hablándole de esa manera, soy tu madre, que eso no se te olvide… ¿Y quién te dice que no esté saliendo con alguien en estos momentos? Yo no te lo cuento todo. —Mimí le enseñó la lengua, haciendo reír aún más a Martín con ello—. Lola ya tiene instrucciones acerca de qué preparar para la cena y la casa está impecable. Volveré sobre las 5:00. A tiempo para cenar con Ricardo y contigo. Prometo estar aquí a tiempo.

—Pierde cuidado. No te afanes, no necesito que estés presente en cada cita que tengo con él.

Micaela ya se había puesto de pie y estaba calzándose una chaqueta de cuero, parte de sus atuendos desenfadados de los sábados laborales.

— ¡Dios! ¡Todas tus citas! Que exagerado eres. ¿Acaso te refieres a la única cena que he compartido con él y el prospecto de una para hoy en la noche? Si es así, que relación más simplona tienen ustedes dos. Quiero suponer que han tenido más citas que eso.

Martín blanqueó mentalmente los ojos, pues su subconsciente acababa de traicionarlo.

— ¿De qué hablas? Fue solo una forma de decirlo. Por supuesto que hemos tenido un montón de citas. Estamos enamorados, ¿Recuerdas? ¿Quieres que te diga acerca de nuestras citas calientes? ¿Cuándo nos quedamos en su casa y él suele…?

— ¡Cállate! Por Dios cállate, Martín. No necesito saber tanto… No quiero saber tanto. No quiero oírlo de tu boca, las marcas en tu cuerpo me dieron una idea de ello. ¡No abuses de tu suerte! —Micaela se atusó el cabello, hasta recogerlo en una coleta en la parte posterior de su cabeza, con movimientos un tanto bruscos—. ¡Dios! Quien ve a Ricardo con esa cara de cachorro que no parte un plato y es todo un pervertido. ¡Carajo!

Si, Mimí también tenía su cuota de mamá histérica.

—No te imaginas cuánto.

 

2

No tenía la menor idea de cómo lo recibiría Joaquín. No sabía tampoco si ella estaría ahí, y de encontrarla ahí, Martín no sabía cómo iba a reaccionar, si tendría el buen atino de simplemente irse, o si se pondría a gritar como un histérico… Porque así se sentía, como si pudiera ser capaz de armar un escándalo si hiciera falta.

Desde que ella había entrado a hacer parte de aquella relación, que por un corto e intenso tiempo fue perfecta y le perteneció solo a ambos, todo lo que Martín era capaz de sentir con respecto a esta era desasosiego…

Zozobra…

Inseguridad…

Y estaba aquella odiosa, odiosa, odiosa sensación de ser insuficiente… De no ser bastante. Y odiaba aquello…

La odiaba a ella…

Se odiaba a sí mismo en su versión más débil.

Tan débil como para estar frente al portal de aquel edificio; construcción que ahora sabía, después de indagar un poco, fue la primera sede de la agencia publicitaria de Mimí. Obelisco Publicidad.

Se apeó del taxi y pagó el monto de la carrera. Había tenido el buen tino de no conducir porque no se sentía particularmente bien; había algo inestable en su interior que lo hacía sentirse extraño y tembloroso. Rogó al cielo porque el portal no estuviera cerrado con candado con el mismo fervor con el que un sediento rogaría por agua en un desierto y tuvo suerte, porque lo encontró únicamente ajustado. No quería llamar a Joaquín para decirle que le abriera y darle la oportunidad de que quizá se negara a hacerlo y lo hiciera con ello sentir humillado.

Enfiló sus pasos hacia el ascensor, pero el traqueteo detrás de las puertas del aparato lo hizo quedarse estático, con la mirada fija en el panel de botones que iluminaban detrás de una buena capa de polvo, a un costado. Cuando las puertas se abrieron, Martín vio a Irina abandonar la cabina con la cabeza gacha y la mata de rizos negros cayendo hacia adelante e impidiéndole verle el rostro. Ella rebuscaba dentro de su bolso mientras taconeaba, a paso firme y rabioso, hacia la entrada. Por eso no lo vio.

Lo único que Martín tuvo a mano para ocultarse fue el mostrador de la recepción. Tan sigiloso como un gato con zapatillas de suela de goma, dio pasos en retroceso hasta parapetarse detrás de la barra. Aquel rincón estaba lleno de polvo y de cajas de cartón repletas con lo que muy posiblemente sería parte del archivo muerto de la empresa, o muestras de impresión para alguna campaña.

Escuchó los zapatos de Irina repiquetear en el piso, cerca de él. Permaneció agazapado hasta que fue capaz de escuchar sus pasos alejarse, hasta que el portal se abrió y se cerró de nuevo, con ella finalmente fuera de allí. Martín dejó escapar un suspiro, pues sin darse cuenta había estado reteniendo el aire desde que la vio bajar del elevador. Casi también escapa de sus labios una risotada, al contemplar la escena tan ridícula que estaba protagonizando.

Se puso de pie y apoyó los codos en la barra. Rápidamente se arrepintió de esto último, pues las mangas de su chaqueta quedaron llenas de polvo. Por unos cuantos segundos contempló el salir de detrás de aquel mostrador, darse la vuelta y marcharse pero… Quería ver a Joaquín, quería hablar con él, sentirlo cerca, como en aquellos días bonitos y jodidamente calientes en los que sintió que se pertenecían uno al otro. No estaba allí para acostarse con él, eso no; confiaba en que tendría la suficiente fuerza de voluntad para resistirse a eso. Él solo… Quería verlo.

Cinco segundos le bastaron para llegar hasta el ascensor y encerrarse dentro, esperando porque este llegara al último piso y acabara con su desesperación.

 

3

Irina debía haber salido de allí de manera apresurada, porque la puerta de entrada al estudio de Joaquín estaba a medio abrir. Martín no sabía si aquello sonaría exagerado, pero podía jurar que en cuanto tomó la enorme manija de metal para empujar de ella y terminar de abrir la puerta, algo dentro de él pareció derretirse en frío. Como si lama helada manara desde el centro de su cuerpo para asentarse en las puntas de sus dedos. El portal hizo un poco de ruido.

—Ya dije que este cuadro no saldrá de aquí, Irina—. Allí estaba Joaquín, dándole la espalda… Plantado de pie frente a su retrato al desnudo, custodiándolo. Con los brazos musculosos y desnudos escapando de una camiseta gris sin mangas.

Martín permaneció en silencio. Entró del todo, cerró la puerta detrás de sí y se recargó en ella, mientras estudiaba concienzudamente el estudio. Algo había cambiado allí dentro… Un conjunto de pequeños detalles que antes no estaban y que le quitaban «Su esencia»  a aquel lugar.

La lámpara de pie en una de las esquinas, no se parecía a Joaquín… Ni la pequeña mesa en la que reposaba un jarrón de vidrio trasparente con flores en él… Mucho menos la manera en la que los lienzos, con dibujos y sin ellos, reposaban en un orden mucho más notorio que antes, contra una de las paredes del fondo. Ahora había un sofá y una poltrona acompañando a aquel solitario mueble de una sola pieza, en el cual había posado para que el pintor retratara su desnudez.

El ventanal… Aquel magnífico ventanal desde el cual podían verse los cerros y contra el cual alguna vez Joaquín le hizo el amor con la música del tráfico del centro de la ciudad en hora pico como fondo, a ocho pisos de altura de la calle, tenía rieles con sendas cortinas pesadas. ¡Cortinas! Martín Odió esas cortinas de inmediato… Esas cortinas hacían innecesario el dosel en la cama, que ahora brillaba por su ausencia.

—Este lugar ha cambiado mucho. —Dijo finalmente, cuando sus ojos hubieron terminado de absorber la novedad, que aunque no era mucha y quizá era necesaria, no le gustó. No le gustó porque podía adivinar la mano de Irina detrás de ello. El pintor se volteó de forma rápida al escuchar su voz—. Dime ¿Acaso fuiste de compras? No pareces del tipo.

— ¡Joder!… Martín… Martín—. La primera de estas palabras, fue dicha con sorpresa… La segunda, con añoranza… La tercera, fue soltada en un susurro.

En pocas zancadas Martín lo tuvo frente a él, con los brazos uno a cada lado de su cabeza, apresándolo contra la puerta. Joaquín se veía desaliñado y salvaje, olía fuertemente a alcohol, a trementina y a sudor.

Cuanto deseaba salir de aquel estupor. Escapar del amarre hipnótico de sus ojos y sonreírle con burla, para quitarle intensidad a aquel momento que le estaba aflojando las piernas. Quería tener la fuerza para sacar las manos de detrás de su cuerpo, donde le servían de sostén contra la puerta, y lanzarlas a su cuello, para amarrarse a él con fuerza. Tal era la fuerza de atracción que Joaquín ejercía sobre él, que volvía todo incontrolable e intenso. La cercanía con él era un veneno, un ácido que corroía todo lo que creía tener en control… Que le hacía desear tenerlo con él… Tenerlo para él… Solo para él.

De manera inesperada, Joaquín hizo descender su cabeza hasta dejar la frente apoyada en su hombro… Rendido, justo como lo había soñado tantas veces. Martín no podía moverse, no quería moverse… No quería moverse y hacer estallar aquella burbuja perfecta. No quería moverse y despertar de lo que bien podía ser un sueño. Un sueño debía ser, porque podía percibir la rendición y la necesidad emanando de Joaquín. Algo que nunca pensó llegar a ver.

Martín escuchó un sonido de inhalación fuerte. La nariz de Joaquín comenzó una exploración lateralizada que parecía tener a su cuello como objetivo, pero iba a ser difícil con la gruesa bufanda que estaba utilizando. Joaquín respiraba lento, profundo y de manera sonora, como si quisiera absorberlo por completo. Como si buscara grabarse su aroma en el cerebro.

El pintor por fin despegó los brazos de la puerta, y aprisionándolo nuevamente en sus ojos, desenvolvió rápidamente la pieza de lana de alrededor de su cuello y bajó la cremallera de su gruesa chaqueta. Desechó las prendas a un lado, como quien arranca pétalos a una rosa y los desestima.

Joaquín envolvió la cabeza de Martín con una mano, hasta obligarlo a ladearla, y si aquello hubiese sido cine o literatura sobrenatural, aquel sería el momento en el que el vampiro hambriento clavaría los incisivos en su cuello para dejarlo vacío y sin vida. En cambio Joaquín pegó la nariz a su cuello y esnifó con fuerza una vez más… Hasta que la punta de su nariz fue lentamente reemplazada con el gentil y caliente roce de sus labios.

—No. Yo… no vine a esto… Solo quiero hablar… Solo eso. —Pero su voz sonó demasiado débil y demasiado entregada, como para que el otro pudiera llegar a tomarlo en serio. Y entonces, al escucharse a sí mismo, ni el mismo Martín fue capaz de creer en sus propias palabras.

Joaquín se apretó aún más contra él, y Martín fue capaz de sentir como sus piernas se aflojaron por completo cuando la lengua del pintor abandonó su boca y comenzó a pasearse en su cuello. Si no terminó despatarrado en el piso fue porque la cadera de Joaquín se presionaba con tanta fuerza contra él, restregándole una recién nacida erección en el bajo vientre, que lo mantuvo empotrado contra la puerta.

— ¿Dónde estabas, Martín? ¿Mmm? ¿Por qué no viniste… Por qué? Te esperé, Martín. Te extrañé.

Joaquín quizá había bebido más de lo que podía considerarse sano y recomendable y eso lo hacía decir lo que estaba diciendo, pero eso a Martín no le importó. Prefirió creer en el tono de necesidad, necesidad por él, que escuchó en su voz y comprarle aquello. Porque necesitaba creerle. Quería creerle.

Porque… ¿Acaso no era lo más justo que lo quisieran, tal como quería él?

***

Quizá Joaquín estaba utilizando demasiada fuerza para sujetarle el cabello. Definitivamente toda la pintura seca debajo de él, estaba tallándole la espalda, pero en realidad aquello no le interesaba demasiado en aquel justo momento.

Joaquín había barrido con las manos todo el contenido de la mesa donde apoyaba los pinceles y los tubos de óleo, después lo había desnudado con tal desespero que cuando lo despojó de sus jeans, arrastrándolos hacia abajo a lo largo de sus piernas, le dejó la marca de un fuerte arañazo a la altura del muslo de su pierna izquierda. Con un cuidado casi inexistente lo tumbó encima de la contundente superficie de metal, con la cabeza colgándole por uno de los bordes para poder follarle la boca mientras lo masturbaba, agarrándole con fuerza el pene y las bolas en un solo puño. De vez en cuando uno de sus dedos se aventuraba dentro de él y jugueteaba, estrellándose contra sus paredes con rudeza y golosería.

Mientras su lengua se envolvía con sevicia y alevosía alrededor de la cabeza de la verga de Joaquín, mientras trataba de controlar el exigente vaivén con una de sus manos engarzada en su trasero y hábilmente utilizaba la otra para masturbarle el tronco del pene, también pensaba en que era un tanto desalentador el hecho de que al parecer aquel era el único idioma que ellos dos compartían y a través del cual se comunicaban. Eran buenos en ello, eso sí —Siendo así como se comunicaban, podían ser considerados políglotas… Eruditos— pero con él a Martín solía sucederle que después de que la libido se calmaba y la sangre de su cuerpo regresaba a donde originalmente pertenecía, quería compartir otras cosas e ir a otros planos anteriormente inexplorados. A donde nunca antes le había interesado ir.

Joaquín gruñía, mientras bamboleaba las caderas cada vez con más fuerza, e iba aún más lejos, más adentro, llenándole la cavidad bucal por completo, hasta que pudo sentirlo golpeando duro contra la base de su garganta, haciendo que de vez en cuando una que otra arcada lo hiciera contraerse.

Ninguno de ellos paró lo que estaba haciendo hasta que ambas virilidades estuvieron erigidas y duras a todo lo que daban. Cuando Joaquín salió de su boca, su miembro emergió brillante, ensalivado, hinchado y enrojecido, con las venas que lo circundaban tan abultadas que parecía doloroso.

Ambos respiraban fuerte, pero Martín lo hacía aún más porque su pecho estaba retumbando demasiado rápido, como para deberse solo a la sesión de sexo. Se quedó ahí, respirando de manera agitada, con la cabeza aun colgando y una dura erección reposando sobre su estómago.

Sin mucha ceremonia Joaquín tiró de él hacia arriba, tomándolo de los brazos; pero si su intención era que Martín se sentara en la mesa, no lo consiguió. El quizá creyó que aquello fue a propósito, pero lo cierto es que no fue así. Simplemente no tenía fuerzas.

— ¿Quieres que yo haga todo el trabajo esta vez? ¿Eh?—Joaquín rio de manera torva, pegado a su oído. — No hay problema. Puedo follarme ese traserito sin mucha de vuestra ayuda. —Joaquín no tiró de él de nuevo, sino que lo levantó y lo acomodó hasta que lo que quedó colgando esta vez, fueron sus piernas—. Siempre quise hacértelo sobre esta mesa, ¿Sabes?… Me gusta esta mesa.

Martín sonrió también, le gustó la voz ronca con la que Joaquín estaba hablándole. Se estiró perezoso sobre la superficie metálica, montó los talones sobre el borde y removió el trasero, invitador y caliente.

— ¿Qué esperas, entonces? Veamos qué tanto eres capaz de lograr sin mucha de mi colaboración. Oh, y… Por favor no me dejes muchas marcas, recuerda que tengo novio y ya me las veré color de hormiga para explicar este rasguño y la espalda vuelta mierda.

Cuando Joaquín lo miró, Martín esperaba ver celos o molestia en su mirada, pero en lugar de eso se encontró con su acostumbrada mirada burlona, esa con la que siempre le daba a entender lo poco que le importaba todo. Joaquín lo abandonó durante unos cuantos segundos, y no hubo uno solo de estos segundos durante el cual Martín dejara de seguirlo con la mirada, porque tenía la desesperante sensación de que en cuanto sus ojos se apartaran de él iba a esfumarse y a dejarlo abandonado, solo, triste… Pero sabía que estaba siendo exagerado y dependiente. Joaquín solo se alejó de él lo suficiente como para alcanzar su mesa de luz, que ahora tenía una compañera, y luego regresó con él.

—Compré esto pensando en ti— Agitó un botecito frente a Martín. —Me quedó gustando, de la última vez.

— ¿Lubricante? ¡Gracias a Dios!—. Bromeó, agitando  los brazos en dirección al cielo. — ¿Frutos del bosque? —Joaquín asintió con la cabeza — ¿Tan seguro estabas de que volvería a acostarme contigo?—.  Cuando vio a Joaquín asentir de vuelta, luego de bufar como si Martín estuviera preguntando una enorme obviedad, no supo cómo sentirse. Le chocó su autoconfianza. Esa odiosa seguridad con la que le restregaba en la cara que él había sido demasiado débil… Y fácil.

— ¿Me pones?

—No.

—Peor para ti.

—Para ambos, en realidad. Piensa en la abrasión… ¿Vas a hacérmelo de una vez o vas a seguir parloteando? Empiezo a perder el interés—. Había algo en él que sentía que Joaquín merecía que le hablara así, que lo tratara mal. Quizá era la parte de él que había notado que hasta el momento, Joaquín no le había dado ni un miserable beso, y él no estaba dispuesto a rogar por uno, aunque lo deseara tanto.

— ¿No habías dicho acaso que habías venido a hablar y no a esto?

Joaquín dejó de lado el frasco de lubricante y no lo utilizó. En un movimiento rápido y un tanto brusco llevó las rodillas de Martín hasta su pecho y, dirigiendo su sexo hasta la entrada a su cuerpo, comenzó a penetrarlo con un ritmo lento pero inquebrantable.

Martín puso todo lo que pudo de su parte para relajar sus músculos y permitirle la inmersión sin que su cuerpo resintiera el envite, aun así sintió un poco de molestia y algunos quejidos se escaparon de su garganta. La falta de sexo durante las últimas semanas tenía sus desastrosas consecuencias.

— ¿Qué tal estuvo eso, mocoso?—Preguntó Joaquín una vez que estuvo completamente dentro, dos segundos antes de empezar a moverse. —Yo lo siento bien, resbala lo suficiente así… ¿Qué tal ahora tu jodida abrasión?

Que abrasión ni que mierda. Todo lo que Martín pudo sentir después de que Joaquín terminó de entrar y se acomodó en su interior, fue un placer increíble que lo instaba a querer más. A gimotear de necesidad y desesperación.

—Ahhh… Muévete más duro, por favor… Muévete  más… Mmmm.

Ni corto ni perezoso, Joaquín comenzó a envestirlo duro. Hizo que Martín sostuviera sus propias piernas contra su pecho, desde debajo de sus rodillas, y luego aseguró sus manos allí, arropándolas con las suyas. De manera que no se podía mover, no podía cambiar de posición y no podía despegar las manos de sus propias piernas.

La fricción…

El roce…

La prisa…

El calor…

La lujuria…

El aire que faltaba…

El placer que crecía…

Su miembro que palpitaba con necesidad…

Los gemidos.

¡Todo! ¡Rojo!

¡Explosión!

Intentó despegar las manos de donde estaban sujetas, pero su pequeño forcejeo solo sirvió para que Joaquín apretara aún más el agarre y comenzara a moverse más duro contra él. No entendió de inmediato lo que estaba sucediendo, porque la sangre no estaba precisamente en su cerebro para ayudarlo a razonar correctamente. Así que intentó tirar de sus manos una vez más, obteniendo el mismo resultado.

—Ah, ah, ah. ¿Qué… Qué haces? suéltame.

—No —.  Fue la simple respuesta de Joaquín, sin dejar de moverse.

—S-suéltame, dije.

—Y yo dije que no…. ¡Joder! ¿Para qué quieres que te suelte?

Martín soltó un par de duros jadeos, ¿Acaso Joaquín estaba idiota? ¿En serio creía que en aquellas circunstancias era momento para ponerse hablar y explicarle? Si él a duras penas podía hilar dos palabras juntas y que tuvieran sentido, porque todas sus energías y su atención estaban centradas en el pedazo de carne entre sus nalgas.

—Yo… Necesito, necesito… Tengo que tocarme… Suéltame…—La última palabra sonó como un ruego libidinoso y desesperado.

—No te vas a tocar.

—Entonces tócame tú…

Joaquín aceleró el motor que parecía impulsar sus caderas y apretó aún más sus manos.

—No… Mierda, no.

La mesa, a pesar de lo pesada y maciza, comenzó a moverse de su lugar. Los pocos botes de óleo y los espráis de fijación que habían quedado de pie en la mesa, comenzaron a bambolearse y a caer. Martín, desde su posición, apreció con detalle la forma en la que el cuello de Joaquín se tensó, anunciando un pronto orgasmo. Una oleada de semen que sintió tibio dentro de su cuerpo.

Joaquín lo soltó y salió de él casi de inmediato; mientras la erección de Martín continuaba indemne en medio de sus piernas. Joaquín se recargó contra la mesa, a su lado, sin siquiera regalarle una mirada. Martin tenía la boca abierta, pero de ella no salió una sola palabra, tenía cientos de quejas para lanzarle, pero la humillación y el nudo en la garganta no lo dejaron hablar.

De algún lugar Joaquín sacó un cigarrillo que encendió con una cerilla. Soltó una espesa bocanada de humo antes de hablarle.

—Eso, es el equivalente a que te llamen, te calienten y luego te dejen esperando de manera indefinida. —Con el cigarrillo sujeto entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha, señaló hacia la puerta del baño. —Puedes ir a terminar tu asunto allí, si te apetece. Pero hazlo deprisa, porque necesito tomar una ducha.

Joaquín se inclinó sobre él, que continuaba en la mesa, estupefacto, y le plantó un corto y ruidoso beso en la cadera izquierda, antes de dirigirse hacia la cama y dejarse caer en ella.

***

Martín se duchó y se vistió a toda prisa, después de ir al baño y «terminar su asunto» con una mano tapándose la boca con fuerza y unos cuantos lagrimones de rabia resbalándole por las mejillas. Lo que le había hecho Joaquín había sido cruel, grosero, desconsiderado y egoísta. Lo trató básicamente como una muñeca hinchable. Le hizo recordar a su primera vez. Pero ese era el hombre que le gustaba. Aquel patán era el hombre del que estaba enamorado y sabía muy bien que en cuanto abandonara aquel baño y lo viera otra vez a los ojos, su dignidad iba a importarle una mierda de nuevo. ¡Maldito loco!

Se miró al espejo antes de salir, y se encontró con que sentía los ojos raros. Veía todo claro, pero no sentía que estuviera viéndolo todo con normalidad. Se sintió debilucho y… Perdido. Salió de aquel baño con todo dándole vueltas.

— Oye ¿Tienes algo de tomar? Dulce… Yo…

Joaquín dio un bandazo hacia adelante en cuanto lo vio tambalearse y lo atrapó tomándolo de los hombros.

—Hey, hey, hey… ¿Qué es lo que te pasa? ¿Quieres recostarte?—Martín, más dócil de lo que hubiese querido, se dejó guiar hasta la cama y se sentó. De inmediato tuvo a Joaquín de cuclillas  frente a él, aún desnudo. — ¿Acaso te hice daño?

«Me haces más daño del que crees…»

—Tu polla no es tan grande como para que pudieras llegar a dañarme, idiota. Puedo con medio polvo duro. No pasa nada. Un  pequeño malestar con el que no tienes mucho que ver y nada más. Ya me voy, así que quita tus desnudos cueros de delante de mí.

Joaquín se levantó rápidamente, con las manos al aire como signo de rendición.

—Ah, chaval. Estás enojado y lo entiendo. Quizá me pasé un poco pero… Siento que te lo merecías. — Joaquín caminó hasta la pequeña cocina y extrajo del mini refrigerador, una lata de soda que le tendió, abierta. —Lo recuerdo ahora, Micaela me dijo que tenías tendencia a las bajas de azúcar. — Martín tomó la lata con manos temblorosas y le dio un largo y  ansioso sorbo. —Martín yo… Tengo algo que pedirte.

— ¿Incluye ese «algo» que yo también me corra, o vas a darme otra probada de tu capacidad como eyaculador precoz? Porque si es así mejor no, gracias.

—Se mi amante, Martín.

De alguna manera, Martín se las arregló para continuar pareciendo impasible. De alguna manera tuvo la cara dura para no ahogarse con el refresco o comenzar a toser hasta escupirle el contenido de sus cachetes en la cara. Simplemente se alejó la lata de los labios y tragó lo que tenía en la boca.

— ¿Tu amante? ¿Quieres que sea tu amante?— Consiguió decir sin gritar y fingiendo una calma que realmente no sentía. Joaquín asintió—. ¿Qué implica ser tu amante, Joaquín?

—Sexo y clandestinidad. Cero complicaciones.

— ¿Sentimientos?

—Muy pocos o ninguno.

— ¿Compromiso?

Joaquín se limitó a negar con la cabeza ante este último cuestionamiento.

— ¿Aceptas? Sé que no es muy lejano de lo que hemos tenido hasta el momento pero, quizá sea mejor si le damos un nombre y ciertas reglas.

— ¿Qué reglas son esas, Joaquín?

—Una en realidad. Además de silencio, yo no esperaré nada de ti y tú no esperarás nada de mí.

— ¿Así de simple?

—Así de simple.

Tomó un nuevo sorbo de la lata; uno largo, hasta vaciarla por completo.

—Solo por curiosidad, ¿Si yo soy el amante, entonces… Qué es Irina?

— ¿Ella? Ella es mi mujer.

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