Capítulo 30

Si me hieres, yo lo haré más (Crash into me)

1

Cuando finalmente abrió los ojos, ya pasaba del medio día. Abandonó la cama en estado zombie… Un zombie que en lugar de arrastrarse sobre su putrefacto vientre, en busca de un suculento pedazo de cerebro, arrastraba los pies a lo largo de las baldosas, rogando por una taza de café que reactivara sus neuronas.

Una vez tuvo aquel brebaje oscuro y fragante contenido en una taza que envolvió entre sus manos, los engranajes de su cerebro hicieron clic, dando señales de un correcto funcionamiento. Fue entonces capaz de prestar atención al mundo que lo rodeaba. El departamento estaba sumido en la oscuridad y el silencio, algo poco habitual que se alejaba por completo de los estándares de un sábado a mediodía. Movido por la curiosidad y la extrañeza, se dirigió hasta la ventana de la sala y descorrió las cortinas en un solo movimiento rápido. Aunque no fue tan sorpresivo lo que se encontró fuera de su ventana, si fue un poco decepcionante.

— ¿Y esto?— Le declaró al cielo profundamente gris que se extendía ante su ventana— ¿No se suponía que el verano se extendería durante por lo menos dos meses más? —Dio un sorbo a la taza—. Ahí están pintados los del servicio meteorológico. No se puede confiar en sus conclusiones.

La mayor parte de su tiempo libre, Ricardo estaba solo. Cuando físicamente no lo estaba, él de todas formas parecía tener la capacidad para seguir sintiéndose igual. Pero quizá no era solo debido a este hecho por lo que había desarrollado aquella costumbre de decir las cosas en voz alta, aun estando a solas. Algo que si bien no ocurría todo el tiempo, sí lo hacía una gran cantidad de veces; él culpaba de ello, al simple hecho de ser profesor.

Ser docente era algo que lo obligaba a hablar alto y claro la mayoría del tiempo, para dejarles las cosas claras a sus alumnos así que, ¿Por qué escatimar consigo mismo? ¿Por qué apagar el interruptor de su patrón de comportamiento habitual, por el simple hecho de estar solo?

Él no era un tipo anormal; tampoco tenía ninguna clase de problema para desarrollarse como un ser socialmente capaz y pleno. Sus estándares de vida y sus patrones como ente social lo ubicaban en el grupo de los mentalmente estables; sólo tenía aquella costumbre cuando estaba dentro de los confines de su privacidad. No era como si estando en medio de la calle fuese a comenzar a discutir con un contrincante imaginario que habitara dentro de su cabeza, mientras el resto de los mortales lo observaban con reprobación o burla.  Aquello… Era solo algo ocasional, que ocurría cuando necesitaba escuchar las cosas altas y claras… Como lo necesitaba aquel día, en el que debía tratar ciertos asuntos importantes consigo mismo.

Sus diatribas en soliloquio solían ver su punto álgido mientras estaba en su baño. Debajo de la regadera. Estando allí, todo parecía un poco más claro; además no tenía ningún reparo en decirse a sí mismo unas cuantas verdades, si consideraba que eran necesarias. Eran él y su conciencia a solas, debajo de un potente y revitalizador chorro de agua fría. Mayormente ella preguntaba, y él se veía obligado a responder. Su conciencia, quizá para que las cosas le calaran más profundo, le hablaba como un ente externo; en tercera persona.

Aclaremos las cosas, Ricardo…

—Aclarémoslas. —Declaró, y su voz retumbó en las paredes enchapadas de color verde claro moteado con pintas de un color verde más oscuro.

¿Te gusta Martín?

—Lo hace. Me gusta. Ya no hay caso en tratar de negarlo. Puedo mentirle al mundo, si quiero, pero no puedo mentirme a mí mismo.

¿Desde cuándo?

Aunque meditó un poco, la respuesta llegó rápido.

—Desde que se metió en mis sueños. Antes de eso… Él era solo un alumno más. Uno bastante molesto, de hecho. Uno de cuya existencia me olvidaba hasta que lo volvía a ver y debía interactuar con él. Jamás le dediqué un solo pensamiento más allá del necesario. Ahora… Ahora con dificultad puedo sacarlo de mi cabeza.

¿Meterse en tus sueños? ¡Jah!—Se atrevió su conciencia a burlarse de él. — Martín es inocente de eso, y lo sabes. Pero… ¿Lo conoces realmente? ¿Te agrada la persona que él es?

Aquí el pensar no sirvió de mucho porque era una respuesta que en realidad desconocía. La impresión que tenía de Martín, no era nula… Pero tampoco era del todo clara, al menos.

—Paso. Siguiente cuestionamiento. Por ahora yo solo estoy reaccionando ante lo obvio.

¿Lo obvio? ¿Qué es eso tan obvio?

—Su físico. — Declaró sin dudar—. Y la curiosidad que suscita en mí. No lo conozco a profundidad, pero reconozco que me gustaría hacerlo. Quiero saber qué hay más allá de ese rostro de proporciones canónicas adecuadas y de su actitud desafiante… Más allá de esa capacidad que parece tener para conseguir siempre lo que quiere.

Y más allá de sus capas de ropa… ¿También?

—Quizá. —El «Quizá» más inconveniente al que se había enfrentado en toda su vida. Restregó con más vigor el shampoo contra su cuero cabelludo. La fricción provocó tanta  espuma, que esta no tardó en desparramarse por su frente y llegar a uno de sus ojos. — ¡Mierda-mierda-mierda! —Levantó el rostro hasta exponerlo al chorro de agua. —Pero que tenga ese tipo de… Anhelos, que mejor llamaré «fantasías» porque no pretendo que trasciendan de allí, no significa que no vea lo inconveniente de todo esto. No significa que no entienda que todo esto está mal. Además, Martín no solo apela a mi libido… —Se detuvo. «Libido» era una gran y peligrosa palabra—.También mueve mi curiosidad, y definitivamente él… Despierta algo más en mí.

¿Ternura?

—No sé si sea eso con exactitud, puesto que no imagino a Martín como alguien particularmente tierno… Pero puede ser.

Estás en un buen lío. —Su consciencia le recordaba lo obvio—. Hace demasiado frío y te estás bañando con agua helada.

—Si. Me estoy congelando.

Diez minutos después, Ricardo estaba frente al espejo del baño, dispuesto a afeitarse. Su bello facial crecía con la abundancia y la rapidez con la que le hubiese gustado que lo hiciera su cuenta bancaria… Pero así es la vida. Agitó el bote de crema para afeitar con la mano derecha, y se vertió una generosa cantidad en la otra mano. Se quedó mirando aquel cúmulo de espuma de manera ausente.

En su cabeza y en su pecho, bullían la confusión y el anhelo a partes casi iguales. Estos dos sentimientos ni siquiera estaban en contienda, sino que muy por el contrario parecían convivir en peligrosa armonía dentro de él. Era irónico como algo que a todas luces estaba mal podía llenarlo, en cierta medida, de una inenarrable sensación de bienestar, insuflándole emoción y cierto tipo de alegría a sus días. En lo que iba de sus casi treinta años de vida, nunca antes había tenido dudas con respecto a lo que le gustaba. Jamás había contemplado la posibilidad de que en algún momento de su existencia la irrevocable verdad acerca de su gusto exclusivo por las mujeres, llegaría a tambalearse.

Extendió la crema de afeitar sobre la parte inferior de su rostro, de manera mecánica. Estaba funcionando en piloto automático.

¿Significaba aquella nueva situación que las mujeres ya no le atraían o le atraerían nunca más? ¿Significaba ello que, de ahora en más, le gustarían los hombres? ¿Encontraría atractivos a los hombres en general, o todo aquello recién nacido se limitaba a Martín?

¿Era acaso posible que hubiese convivido con aquella parte de él durante toda su existencia, y simplemente lo hubiera desconocido?

¿Qué tan abierta era su mente? ¿Tanto como para ceder ante lo que Martín provocaba en él y pasar por alto el evidente hecho de que era un hombre?

«Mi Dios…»

Ricardo se sentía una persona completamente capaz de reconocer cuando otro tipo era bien parecido. Lo cual podía llevarlo a la hipotética situación de que él llegara a admirarlo, a envidiarlo, a que no le importara un carajo o en un caso extremo, y dependiendo de la situación, podría incluso llegar a odiarlo —Si el hecho de ser bien parecido implicaba que fuese un patán vanidoso— pero no recordaba ni una sola vez haber sentido que otro hombre llamara su atención de manera pasional o romántica. Jamás había sentido ganas de besar a otro hombre en toda su maldita vida… No, hasta que llegó Martín chantajeándolo, rompiendo su rutina y sus esquemas, instalándose en sus días y en sus sueños, con sus ojos color tiza y sus labios láser.

Se negaba a creer que aquello quizá fuese la consecuencia de la crisis de los Treinta. Una crisis que desconocía estar atravesando.

¿A dónde lo llevaría esta nueva situación en su vida? ¿Rumbo al desastre?

 

2

Después de haber superado el arranque de rabia, que había sido el causante de que el bonito florero de vidrio transparente tallado y las flores que contenía, estuvieran en aquel momento dispersos por el piso; el uno en añicos y las otras indemnes pero evidentes víctimas de una explosión contra la pared, Joaquín estaba apoyado contra el vidrio del ventanal.

Había adoptado contra aquella pared transparente la misma posición que habría adoptado un chiquillo que jugara a las escondidillas con sus contemporáneos, y le hubiese tocado la parte más aburrida del juego: Esperar a que todos se escondieran mientras contaba en voz alta para luego salir a buscarlos.

En lugar de encontrarse en la completa negrura de la prisión de sus propios brazos, se encontró con la visión de la ciudad, arropada por la negrura de un rabioso invierno que había salido de la nada.

No quería darse la vuelta. No quería verse obligado a tener que enfrentarse a lo que había pasado, y tener así que contemplar aquel cadáver desmadejado en medio de su estudio. Aquel fatídico deceso había provocado una explosión de ira que lo encegueció; pero ahora que estaba más sosegado, ahora que volvía a ser enteramente dueño de sí, era capaz de sentir la tristeza y el cúmulo de emociones que aquella pérdida era capaz de desatar en él.

Aquel homicidio… Casí podía ser catalogado como suicidio.

Con un sonoro y profundo suspiro, que nació desde lo más profundo de él y denotó rendición, abandonó el lugar en el que había permanecido cerca de quince minutos en la misma posición lastimera. Ahora, estando más calmado y volviendo a ser dueño de sí, podía ver perfectamente que había cometido suficientes errores al hacer su proposición a Martín, como para que aquello hubiese terminado en tragedia, tal como ocurrió.

Después de la ridícula pregunta de Martín con respecto al lugar que Irina ocupaba en su vida, y su respuesta a ello, casi quiso reírse ante el absurdo. Ante el hecho de que una etiqueta en la relación que los unía y el estatus que ocupara en la misma, pudiera ser algo relevante, e incluso importante en alguna medida, para él. Pero no lo hizo, no se rio. En lugar de cometer tal exabrupto, se limitó a mirar fijamente el rostro de Martín en espera de una respuesta que, estaba seguro, sería positiva.

El joven hombre frente a él, sentado en la cama y con la lata de soda aún atrapada entre las manos, no lo miraba a los ojos. Parecía mirar a través de él, fijándose vagamente en algún punto al otro lado de la estancia… Perdido en sus pensamientos. Joaquín supuso que ese estado contemplativo se debía a que estaba sopesando su proposición; lo cual le pareció quizá un poco tonto e innecesario, pues, teniendo en cuenta lo que había ocurrido entre ellos no hacía ni media hora atrás, ellos dos eran amantes desde hacía un tiempo ya. La pose hierática de Martín no le permitió tener claridad acerca de lo que pasaba por la mente del más joven.

Transcurridos apenas un par de minutos, durante los cuales reinó  un silencio que Joaquín no quiso interrumpir, Martín finalmente dirigió su mirada hacia a él. Con un  movimiento lánguido —Un gesto corporal que Joaquín disfrutó y que le habría gustado poder atrapar con sus pinceles— dejó la lata vacía a un lado.

— ¿Qué te hace pensar que estoy interesado en las migajas que deja tu mujer, Joaquín? ¿Qué te hace creer que quiero rebajarme a ser tu amante? ¿En qué jodidos te basas, para atreverte a pensar que tengo algún interés en ser tu «plato de segunda mesa»?—. A medida que hablaba, la mirada de Martín abandonaba la neutralidad para llenarse lentamente de furia del más alto calibre.

Joaquín no iba a negar que aquella reacción le sorprendió. Muy a su pesar, había contado con que Martín le dijera que sí. Se había acostumbrado a obtener de él justo lo que se propusiera. Lo quería en sus días… Lo quería en su cama. Le había dado vueltas a aquella idea; había fantaseado con ella y la había acariciado hasta el punto de haberse convencido de que nada se interpondría y que solo bastaría con exteriorizarla para que fuese un hecho.

Quería tener derechos sobre él… Derechos como su amante. Derechos que no implicaran más compromisos o complicaciones que el libre acceso a su cuerpo. Poder tenerlo o alejarlo a voluntad. Pero todo parecía indicar que se había equivocado, pues no había contado con algo que Martín poseía en grandes cantidades, y que no había que ser un genio para saber que él había pisoteado: Su orgullo.

— ¿Debo creer, entonces, que no te apetece? Por Dios, Martín, ¿Vas a pedirme que te crea eso, cuando estás aquí y acabamos de follar sobre esa jodida mesa de metal?— Señaló hacia la mesa a un par de metros de ellos, extendiendo un brazo con furia—. Del tiempo que llevamos conociéndonos, más de la mitad lo hemos invertido en tener sexo. Así que ahí tienes tu respuesta; es de ese simple hecho del que me he valido para hacerte la propuesta.

—Bien. Creo que no me siento con ánimos como para que me eches la culpa de tu estupidez. Pongamos las cosas claras, entonces. —Martín se puso de pie frente a él. Debía mirar hacia arriba para encararlo porque le sacaba al menos 20 centímetros de ventaja en altura. —Imagino que quieres una respuesta.

Joaquín asintió con el ceño fruncido, porque la cara de Martín no podía vaticinar nada bueno. En ese momento fue demasiado consciente de que continuaba desnudo, y no se le ocurrió una mejor idea que hacer aquel hecho aún más evidente, al inclinar las caderas hacia adelante, acercando su falo al estómago de Martín.

—Dime entonces, chaval, ¿Cómo va a ser?

Martín miró su sexo, antes de dar un paso hacia un lado, alejándose de él. Cuando volvió a mirarlo a la cara tenía en su rostro una mueca torcida, que era, ni más ni menos, que la sonrisa más cargada de desprecio que Joaquín le había visto jamás.

—Oh, vamos, Joaquín. No voy a turbarme solo porque me la acerques un poco. No es más que una «picha» y ni siquiera es la más grande que he visto. Puede que impresione un poco cuando la tienes dura, pero ahora mismo… —Martín sonrió con verdadera y maldita burla—, supongo que podemos culpar al frío.

Con que Martín quería jugar la manida carta de herir su amor propio. Pues funcionó. Y su ego lo instó a responder de manera arcaica e inmadura. Tanto fue así, que incluso mientras hablaba se arrepentía de sus palabras.

— ¿No te impresiona, entonces? No es la impresión que me ha quedado cuando cada vez que me ha dado la gana te he tenido entre mis brazos, con las piernas abiertas, gritando, gimiendo, quejándote y pidiendo por más, cada vez que te doy duro por el puto culo. —Intentó asirlo por el brazo pero, con una rápida sacudida, Martín se liberó de él.

Martín se limitó a elevar una ceja, de manera desafiante. Tal como si no existiera en este mundo cosa más graciosa que la que había acabado de escuchar.

—Tienes una curiosa manera de pedir las cosas, Joaquín. —Martín rio con sarcasmo, pero aquello solo duró unos segundos. Inmediatamente después, endureció el gesto—. ¿Quieres que sea tu amante, y para pedírmelo me humillas, me lastimas y me insultas? No sé de qué mundo bizarro y retorcido vienes tú, españolete de porquería, pero en MI mundo, —Se señaló el pecho y negó con la cabeza—, te aseguro que  las cosas no funcionan así. — Dio un paso en su dirección y apuntaló el dedo índice en su pecho desnudo. — Ya. Fue. Suficiente… Estoy. Harto. Harto de ti… Harto de esta situación… Harto de la persona que soy cuando estoy contigo… ¡Harto de todo! … Me he perdido a mí mismo, ¡Estás absorbiéndome! ¡Estás borrándome, Joaquín! ¡Ya no soy yo mismo! No puedo seguir viviendo en pos de ti. —Para ese momento, la respiración de Martín ya era más que agitada,  y lo que Joaquín era capaz de dilucidar de su mirada eran la más pura furia y decepción. — Así que pueden tú, y tu propuesta de porquería, largarse a la mismísima mierda ahora mismo.— Martín dio un par de pasos lejos de él, pero de inmediato giró sobre sus talones para encararlo de nuevo.— Oh, y ya que vas de camino a la maldita chingada… ¡¿Por qué no te llevas a tu jodida mujer contigo también?!

Joaquín, en contra de todo pronóstico, sonrió. No porque aquello le causara gracia, sino solo por molestar a Martín y no permitirle ganar… Además, porque esa era una de las cosas que le gustaban de su chaval: lo cerrero y voluntarioso que podía llegar a ser. Le gustaba saberlo capaz de tener ese carácter de mierda, que le había sido revelado con el tiempo. Su «mala leche» era una de las cosas (de las muchas que había) que ahora hacían que no quisiera alejarlo de su cama. Las palabras soeces saliendo de esa boquita dulce, tenían un sabor picante que le gustaba.

Cuando lo vio intentar alejarse de él, dispuesto a marcharse, lo tomó del brazo con fuerza impidiéndole la huida.

— ¿Tiene toda esta pataleta, algo que ver con aquella tontería de que te hayas enamorado de mí, chaval?—Por la manera en la que vio a Martín descomponer el gesto, como si lo hubiese golpeado justo en la boca del estómago, Joaquín apostó por el hecho de que había dado en un punto sensible y que la respuesta a su pregunta era un rotundo «Si» — ¿Ves lo que el amor hace, Martín? ¿Notas cómo complica hasta la cosa más simple y la vuelve insostenible? —Se señaló la sien. — ¡Madura! Te has llenado la cabeza de nubes… Esperando más de lo que si quiera deberías haberte atrevido a soñar que obtendrías.

— Tú eres… Tan básico, que rayas en lo primitivo. ¡Eres por completo unidimensional! ¿Qué es lo que estás intentando decirme? ¿Con qué se supone que no puedo soñar?— Martín se removió, intentando que lo soltara, pero eso solo hizo que Joaquín apretara aún más el agarre. No tenía intención de dañarlo, pero tampoco tenía la intención de dejarlo marchar… No así. No aún.

— ¡Por Dios, Martín! ¿Qué es lo que pretendes? Explícame, ¿Qué es lo que pretendes?

—Que me sueltes y me dejes ir. ¡Ahora!

—No te hagas el tonto, chaval, que eso no te queda. Si no puedes, o no quieres, responderme, entonces lo haré por ti y además te aclararé un par de cosas, ¿vale?—Tiró de Martín hasta que lo obligó a sentarse en la cama de nuevo. Vio al chaval arrugar la cara en un leve gesto que denotaba dolor, y sintió un ramalazo de culpa al contemplar que lo más probable era que lo hubiera lastimado cuando se lo folló de manera tan salvaje. —Vives una ilusión, Martín. No tienes los pies puestos sobre la tierra. El hecho de que hayas vivido en una jodida burbuja de irrealidad toda tu maldita vida no es excusa para que creas que todo marcha y marchará siempre como esperas que lo haga. —Con un manotazo se apartó el cabello del rostro y se lo acomodó detrás de una de sus orejas. Martín se limitaba a mirarlo a la cara con el entrecejo fruncido, mientras respiraba de manera sonora y agitada. — ¿Acaso realmente crees que… Vas a conseguir a un hombre junto al cual vivir un ridículo cuento de hadas? ¿Que, si es un hombre lo que en realidad buscas, va a haber alguno que te jure amor… Amor real, aunque no sea eterno? ¿Alguien que sea solo para ti y a quien puedas llamar tu pareja? ¿Alguien que puedas mostrarle al mundo como tal? ¿Alguien con quien formar una familia? Tienes que aferrarte a lo que puedas, a lo que se te ofrezca o de lo contrario al final te quedarás solo.

Martín tragó saliva de manera visible.

— ¿En qué mundo retrógrado vives para asegurar que no podré conseguir algo como eso, si es lo que quiero?¿Acaso estás tratando de insinuar que como me gustan las pollas, y existe un montón de gente hipócrita y prejuiciosa, voy a tener que conformarme con ser siempre «El adicional» «El amante»? ¿Que para siempre voy a tener que conformarme con vivir en las sombras, a menos que me meta con una mujer?—. Aunque de manera dubitativa, porque sabía que lo de hipócrita era con él, Joaquín asintió. — ¿Entonces tú, con tu infinita bondad, estás ofreciéndome llenar la vacante como el tuyo?—Martín chasqueó la lengua. —Pero que afortunado soy, ¿No es así?—El sarcasmo desbordándose por cada uno de sus poros e impreso en cada sílaba. —Tengo tu oferta para calentarte la cama cuando Tu Mujer no esté cómodamente instalada en ella. Que me busques o me alejes según tu conveniencia o tus ganas. No podré esperar nada de ti, más que conformarme con las sobras que ella deje… Creo que voy a tener que meditarlo un poco… Veamos…—Hizo una pausa de menos de cinco segundos. —No.

— ¡No seas infantil, Martín!—Gritó, frustrado, mientras se mesaba los cabellos. —O acaso, dime con sinceridad, ¿Alguna vez has sido algo diferente a un amante? ¿Alguien te ha mostrado al mundo con orgullo?—La única respuesta de Martín al respecto fue elevar una de las comisuras de su boca en una sonrisa amarga que lo hacía ver perverso y precioso. Justo como un duende que sabía que podía saltarle al cuello y desgarrárselo con los dientes, pero que también sabía que no podría dejar de mirarlo —y admirarlo— mientras lo hacía. —No sé cómo podría funcionar algo diferente… Algo más profundo entre nosotros dos, cuando yo no soy como tú.

— ¿Como yo?

—Gay, Martín. Yo no soy gay.

El chico soltó una risotada más falsa que una moneda de cuero. Se levantó de la cama, asiéndose de uno de los postes, para pararse justo frente a él y lo miró a los ojos. Martín estiró una de sus manos, hasta acunar con ella su mandíbula.

—Sigue repitiendo eso, hasta que logres convencerte a ti mismo y te lo creas. Ser bisexual, no te hace menos gay, ¿Sabes? Que el sexo con otro hombre sea ocasional, no te hace menos gay. Oh, y que te limites a un solo trasero masculino, definitivamente no te hace menos gay—. Martín parpadeó en cámara lenta, seductor y burlón como el diablo. — ¿Crees que me hubiera sido tan fácil enredarte entre mis piernas si en el fondo tú no lo hubieses querido? Llegado el momento, alguno de los dos habría hecho el primer movimiento, pero lo que ocurrió es que yo fui más valiente que tú. Un hombretón como tú temiendo enfrentarse a su propia naturaleza es algo ridículo, ¿No lo crees? —Martín dejó de acunar su rostro y antes de soltarle le dio un par de leves y humillantes palmadas en la mejilla —. Si quisiera un amante solo tendría que apuntar con el dedo, Joaquín. No te creas tan especial.

— ¿Qué no me crea especial? No me hagas reír, Martín. No puedes olvidaros de esto— hizo un gesto vago con la cabeza, en dirección a su propia entrepierna—, hasta el punto de tomarte la molestia de llamar para dejar claro cuánto te gusta.

Martín insistía en mantener un gesto divertido e imperturbable. Un gesto y una actitud que Joaquín no sabía hasta qué punto creer.

—Que patéticamente vanidoso eres. ¿Acaso tú nunca dijiste estupideces sin sentido estando ebrio? Pero, está bien… Aquí no se le niega nada a nadie. Al César, lo que es del César. Eres bueno en la cama, eso está claro pero ¿Y qué? Tengo Diecisiete años, por Dios, así que me la vivo caliente; las hormonas me dominan y quizá te otorgué más méritos de los que mereces. Me gusta el sexo y tú eres solo alguien más con quien me he acostado. Tienes una polla y eso me valió. Tengo suficiente  contra lo cual comparar y créeme, aunque eres bueno, no eres tan maravilloso como para que yo esté dispuesto a convertirme en…

— ¿Mi puta?—. Preguntó con saña, buscando herirlo, buscando callarlo deshaciendo sus argumentos; porque si había algo que Martín tenía, tan abundante como belleza, era orgullo. Ese orgullo que lo había llevado a tratar de posicionarse en su vida, a reclamar un lugar, a echar a perder aquello tan genial que tenían, en cuanto supo de la existencia de Irina.

—No deberías hablar tan a la ligera. ¿Cuándo en tu miserable vida te habías dado el lujo de tener contigo a «una puta» como yo? ¡Acéptalo! Soy lo mejor que ha pasado por tu cama y temes que después de mí, nadie logre satisfacerte como yo lo hago… Como lo hice. Tan menospreciable no debo ser si estás rogándome porque te siga meneando la polla.

— ¿Rogar yo? A duras penas te he propuesto que ocasionalmente me calientes la cama. —Joaquín deseó con todas sus fuerzas un nuevo cigarrillo. — Has sido tú quien ha venido a mí… Siempre. Cada vez. Siempre te arrastras hasta mí y sé que lo seguirás haciendo. Sexo es sexo, Martín, tú lo has dicho y nunca me atrevería a negarte que eres jodidamente bueno en ello. Me he enredado entre tus piernas porque tu sexo es bueno… De lo mejor que he tenido, de hecho. Pero que hubieras resultado siendo un macho fue algo puramente circunstancial. Por mí, como si hubieras sido un alien o tuvieras dos jodidas cabezas… Te habría follado igual. Un culo dispuesto es un culo dispuesto.

Estaba siendo demasiado ruin, y lo sabía… Quizá estuviera yendo demasiado lejos y siendo injusto al decirle algo como eso, porque lo mejor del sexo con Martín… Era justamente que era sexo con él. No habría sido igual con alguien más.

Internamente se reclamaba a sí mismo. El dedo acusatorio de su propia consciencia apuntaba en su dirección. Estaba rompiéndole el corazón… Y lo sabía. Estaba lastimando su ego… Y lo sabía. No estaba disfrutando con ello, para nada, pero había algo dentro de él, algo cruel y maquiavélico, que no estaba dispuesto a detenerse. Había algo interno que se regodeaba al estar arrojando una verdad tras otra, sin un filtro. La verdad es dolorosa, pero es la verdad y debía rendirle tributo. Mentir nunca le trajo nada bueno en el pasado.

Toda la situación era culpa del chaval, por no alejarse de él cuando debió.

Martín era apenas un chico. Jugaba a ser grande, pero su experiencia del mundo y de la vida eran limitados. Por muchas libertades y muchas experiencias que hubiese podido acumular, ¿Cuánto podía vivirse realmente en apenas 17 años…?

¿Qué sabía él del dolor y del desprecio? ¿De la decepción y el abandono… O de la culpa? Era un chico feliz y mimado que en realidadno conocía lo más bajo de la condición humana. Joaquín pensó en que muy seguramente, él era la primera persona ruin y aprovechada a la que Martín se enfrentaba. Debía estarlo viendo como a un desalmado.

…Y también estaba el amor, que solo lo empeoraba todo. Que, imprudente y a veces mezquino, tergiversaba el mundo… Haciendo débiles a las voluntades. Convirtiendo a las personas en un blanco fácil para el sufrimiento. Él era el más vivo ejemplo de ello. Él… Que cada vez que se había atrevido a enamorarse lo había hecho justo de quien menos tenía derecho a hacerlo. Con Martín ni siquiera lo había intentado porque, ¿Quién más inconveniente que él, cuando Micaela estaba en medio?

«Alguien debía hacer el trabajo sucio, Martín. Lo siento, pero alguien debía tener la despiadada tarea de bajarte de la nube en la que has vivido siempre. Te lastimo yo para que nunca permitas que alguien más vuelva a hacerlo»

Ese era su acto altruista para con Martín: Romperle el corazón.

Y en un momento como aquel, solo una duda lo asaltó: ¿Qué de bueno había hecho? ¿Qué habría podido ver Martín en él, como para haberse atrevido a amarlo?

—Yo jamás me arrastro ante nadie, Joaquín. Prefiero morirme, antes que humillarme…

Y pareció repentinamente quedarse sin más argumentos, pues guardó silencio. Junto a sus palabras se marchó también la risa sínica que había estado utilizando como escudo. La mirada, que Martín había mantenido fija en él, se desvió cambiando de objetivo. Sus ojos se posaron, inquietos, en el montón de aditamentos que habitaban sin orden ni concierto el piso, al lado de la mesa que acababa de ser testigo del orgasmo de solo uno de los amantes que acababan de copular encima. Todo lo que Joaquín había barrido con las manos, en su afán de poseerlo.

Martín tomó del piso una de las espátulas de metal que Joaquín tenía aún sin estrenar. Plateada, reluciente y potencialmente peligrosa entre sus manos.

— ¿Para qué…?

—No voy a ser tu amante… Y tú no vas a ser mi amado. Así que cortemos esto de raíz.

Como una ola enfurecida, determinada a destrozar la costa contra la cual se estrellaría, Martín cruzó la estancia. Empuñó el mango de la espátula con fuerza y la elevó sobre su cabeza. Descargó el brazo con furiosa determinación, arremetiendo contra aquel que había sido el testigo silencioso de todo cuanto había ocurrido entre ellos: Su propio retrato al desnudo… Un inocente que moría.

— ¡Joder!… ¡Detente, Martín! ¡Para!

Pero Martín no se detuvo. No lo hizo hasta que la tela había quedado hecha jirones; colgando en desorden del orgulloso marco que alguna vez cobijó el que Joaquín consideraba el mejor retrato al desnudo que había pintado jamás. 

 

3

Mientras condujo de camino a la casa de Martín, Ricardo puso especial cuidado en las personas que se atravesó en el camino. En particular los hombres. Trataba de dilucidar si estos ahora tenían algún tipo de efecto diferente en él, si de alguna manera su percepción había variado, o se había agudizado, captando algo que antes le había pasado desapercibido. La conclusión a la que llegó fue rápida y contundente: No.

La sensación de cosquilleo y la posible sonrisa tonta en sus labios, solo se limitaban a Martín.

Quizá a causa del mal clima el tráfico estuvo tranquilo. A pesar de que Martín vivía a las afueras de la ciudad, en esta ocasión llegar le tomó menos tiempo del que había calculado. De manera que a las 4:13 de la tarde estaba atravesando la entrada al terreno de la familia Ámbrizh, cuyo portal, una vez que oprimió el botón del interfono y se fijó de forma vaga en que a un lado de este había una pieza de lo que parecía mármol con el nombre de la propiedad labrado en ella y que la primera vez no había visto, esta vez le fue abierto por un hombre de mejillas rabiosamente sonrosadas, el cabello cano que se asomaba debajo de un gorro de lana, y el rostro amable que invitaba a que de inmediato el hombre cayera bien. Le hizo señas para que bajara la ventanilla.

—Buenas tardes, Joven. —El hombre, que debía tener una edad que rondaba los Sesenta años, tenía un tenue acento del campo. —El niño Martíncito me encargó que le pidiera que por favor guarde su auto en la cochera—Señaló hacia el cielo. — la lluvia no demora en caer y lo más posible es que incluso granice. Tenga la amabilidad. — Con un brazo extendido le señaló a Ricardo el camino asfaltado, ubicado en un lateral del terreno, que dirigía directo al primer piso de la casa, donde se guardaban los autos—. Está abierto. Hay una plaza junto a la entrada que está desocupada, para usted.

Ricardo notó que el hombre no le había pedido que se identificara, o incluso pedido alguna explicación de su presencia allí, solo se había limitado a tratarlo con amable familiaridad. ¿Sería posible que supiera con exactitud quién era él y a qué se debía su presencia allí? lo más probable, teniendo en cuenta que había mencionado a «El niño Martincito» para ser sincero, sintió un poco de vergüenza.

—Gracias, señor…

—Napoleón. Napoleón Chacón, para servirle—. Declaró, inclinando ligeramente la cabeza. ¡Vaya! ese sí que era un nombre con carácter.

—Muchas Gracias, señor Napoleón.

***

Ni decir tenía que el contenido de la cochera de los Ámbrizh lo había impresionado. Era una oda al buen gusto y al no tener que escatimar en gastos. Además del Audi convertible de Martín, que por sí solo ya era lo bastante impresionante, había una camioneta enorme, negra y reluciente, con los vidrios tintados, de aire imponente y señorial, un par de motocicletas con toda la pinta de costar más o menos lo que él obtendría por vender uno de sus pulmones y quizá un riñón a un comprador de alto poder adquisitivo. El A.M One-77… ¡Dios! Ni siquiera sabía que existiera la posibilidad de que hubiera uno en el país y va se encuentra con un ejemplar en la cochera de aquella casa como si tal cosa. Estaba alucinado, le habría gustado tocarlo y comprobar que era real, pero se abstuvo por miedo a hacer saltar algún tipo de alarma y sobre todo por miedo a quedar como un gran imbécil… Un imbécil que habría quedado grabado en video, pues por lo menos tres cámaras monitoreaban el lugar.  Pero lo que se robó toda su atención se veía al fondo: una limusina Wolkswagen Escarabajo en perfecto estado, de un color negro reluciente. Contuvo su emoción.

Le gustaban los autos clásicos. Era por eso que él jamás se desharía de su Impala 1969, el único auto que había tenido y que tendría jamás. Amaba ese auto… Ese auto había sido el amor material de la vida de su padre y ahora lo era de la suya. Su madre no se lo había dejado tocar hasta que cumplió los Veintidós, después de rogarle durante años y podía decir, sin temor a equivocarse, que ese había sido uno de los días más felices de su existencia. Restaurarlo por completo le había costado más de un cheque de su salario, tiempo, y una gran cuota de ansiedad, pero cada centavo invertido en ello había valido completamente la pena.

Recorrió lentamente el camino que lo llevaba hasta los escalones que dirigían hacia la entrada de la casa. A la luz del día, y con una cuota de nerviosismo considerablemente menor a la que cargó sobre sus hombros la primera vez que estuvo en aquella casa, el lugar en el que se encontraba se veía mucho más impresionante de lo que había apreciado en la ocasión anterior.

Era un lugar tranquilo. A pesar de que frente a la entrada al terreno había una carretera por la que transitaba un tráfico considerable, era como si una barrera invisible dictara que justo hasta allí llegaba la civilización y la mano del hombre; pues más allá de la casa, en la parte trasera, despuntaba parte de la cordillera, con sus imponentes montañas y una vasta vegetación como recubrimiento. Concluyó que la vista desde algún punto alto de la vivienda debía ser espectacular y abrumadora.

Cuando llegó a la base de los escalones y levantó la vista hasta la puerta, vio a Martín sentado en lo más alto, con los codos apoyados en las rodillas, inclinado hacia delante y los dedos de las manos entrelazados. La mirada fija en el cielo. Hacía un frío de muerte pero él parecía no tenerlo en cuenta en lo más mínimo.

Martín estaba vistiendo una camisa blanca de botones al frente, apuntados hasta arriba. En el cuello llevaba un corbatín de color negro y sobre la camisa llevaba un chaleco de punto a rayas horizontales negras y grises. Lo que pudiera haber de estrictamente formal en su vestimenta, quedaba arrasado bajo el hecho de que el conjunto lo complementaban un par de pantalones de tela de jean, y unas zapatillas deportivas negras con cordones blancos, que le cubrían hasta un poco más arriba de los tobillos.

Lo único que Ricardo pudo sacar en claro de esa visión, fue que le agradó lo que vio. Más de inmediato se regañó internamente por ello, porque se había propuesto no apelar a su superficialidad como un medio para juzgarlo. Si eso fuese equivalente al tipo de persona que era Martín en el interior, entonces ya podría ir diciendo que era la mejor persona de todas.

— ¿Esperas con ansias la lluvia?—. Preguntó, mientras ascendió por los escalones con una mano metida en uno de los bolsillos de su pantalón y la otra sujeta de la baranda.

Martín dejó de mirar hacia las nubes, para mirar hacia abajo, hacia él, y luego mirar hacia arriba, cuando llegó junto a él y permaneció de pie a su lado. Martín elevó una de las comisuras de su boca en una sonrisa perezosa, o quizá solo triste o desganada, y tan solo asintió con la cabeza, mientras se hacía un poco hacia un lado, invitándolo con este gesto a que tomara asiento junto a él.

—Eso hago… La espero.

Suficientemente cerca de él, tanto como para llenarse las fosas nasales con su perfume, Ricardo notó que Martín tenía puestos los audífonos. Música… El motor del mundo. El lenguaje perfecto. Música, lluvia… Y silencio. Y ellos dos, sentados en el rellano de una escalera, mirando hacia un cielo que pronto se desharía del agua que lo preñaba.

De la nada, porque sí, porque él estaba allí y ambos se hacían compañía en silencio, Martín se sacó uno de los audífonos de la oreja y lo acomodó en una de las de Ricardo. Y entonces ambos compartieron la melodía de un piano ágilmente ejecutado. Una melodía que algún día alguien soñó… Que en algún momento fue solo una idea. Una idea que mutó hasta convertirse en notas sobre un pentagrama, hasta que cobró vida, y viajó en el tiempo convertido en ondas sonoras, para ver aquel momento en el que ambos estaban allí, sentados, esperando a que lloviera.

Mientras sonada la tonada, la brisa fría mecía los cientos de lirios que alfombraban gran parte del jardín delantero y a los cuales Ricardo supuso que se debía el nombre de la propiedad.

Pero nada es eterno, así que la tonada terminó Siete minutos después.

— ¿De quién es? No la reconozco.

Antes de contestar, Martín estiró las piernas y llevó los brazos hacia atrás, estirándose como si en lugar de estar muriéndose de frío, estuviera tomando el sol.

—No lo sé. Un amigo de Micaela, del que solo sé lo obvio: Que toca el piano. He tenido esta versión en varios formatos, la primera fue en Casette, algo que en ese momento yo ni siquiera sabía lo que era. Alguna vez ella solo me la dio; me preguntó si me gustaba y… Si, resulta que me gusta. Ahora ya está en formato MP3. —Martín agitó su teléfono, mostrándole la pantalla.

Unknow song.mp3

—Mmm. Pues sea quien sea, es bueno. Toca de tal manera… Que logra arrancar lo más cursi de mí. Y no es algo de lo que esté orgulloso, que eso quede claro.

— ¿Ah, sí? ¿Qué tantas ideas cursis pasaron por tu mente mientras la escuchábamos?—. Martín sonó un tanto divertido, mientras le preguntó aquello, mirando en su dirección. Y ahora que lo miraba directo al rostro, estando tan cerca de él, Ricardo notó la nariz roja y los surcos colorados bajo sus ojos, y se preguntó si acaso tendría gripe de nuevo.

—No quieres saber, créeme. — También notó, a la luz del cielo gris, que las partes más claras de los ojos de Martín, ostentaban tímidos destellos de azul. Seguro que a la luz del sol, y suficientemente de cerca, sus ojos debían verse de verdad geniales.

Se sacó el audífono de la oreja y se lo devolvió a Martín, este lo tomó y también se deshizo del suyo, luego envolvió el cable alrededor de su celular y haciendo maromas, se lo echó al bolsillo del ajustado par de pantalones… Ricardo tragó saliva.

—Con que eres un cursi romántico, entonces.

Ricardo rio, quizá arrepintiéndose un poco de haber confesado aquello. Seguro que Martín iba a burlarse de ello hasta el cansancio. En todo caso, él aún tenía aquella carta del «Besas de puta madre» y la usaría, si le hiciera falta.

—Y qué me dices de ti. Estás aquí… Escuchando melancólica música de piano, mirando al cielo gris, esperando a que llueva. Eso sí que es cursi. Mucho.

—No, no lo es. Es algo práctico, de hecho. Catártico. Es como resetear la C.P.U. Mientras llueve, todo se llena de ese sonido parecido a la estática de la televisión, las calles quedan vacías, las personas, por lo menos las que no tienen la necesidad de ser abismalmente fastidiosas, se callan… Quedan en animación suspendida. El mundo queda en pausa.  Después de que llueve, todo está como nuevo. El asfalto es más gris, la hierba y los árboles son más verdes, la tierra huele diferente. La polución se sosiega. Quiero que llueva, para ver si cuando pare, soy capaz de ver todo con nuevos ojos, de una manera diferente. Eso es todo.

Ricardo guardó silencio.

Estaba procesando lo que había acabado de escuchar, porque le pareció algo genial. Estaba recordando a Martín en el salón de clases, cada vez que llovía, concentrado en la visión a través de la ventana. Debía ser algo estupendo el tomarse una simple precipitación climática de esa manera. Pero Martín malinterpretó su silencio, porque se levantó de su lado, le tendió la mano y cambió por completo de tema.

—Micaela aún debe tardar cerca de media hora en volver, No sé qué te apetezca hacer mientras… ¿Quieres que te dé un recorrido por la casa? A riesgo de parecerte pretencioso, te aseguro que puede llegar a ser algo entretenido y sirve para matar el tiempo.

***

Tres pisos. Diez gigantescas habitaciones. La sala de estar y el salón que ya conocía. Una cocina en la que la mayoría de electrodomésticos parecían parte integral de una nave espacial a causa de su modernidad, y él que en las mañanas se sentía pletórico desde por fin había entendido por completo el funcionamiento de su nueva cafetera. Una sala de cine en casa bastante amplia y moderna. Numerosas obras de arte acomodadas en armonía a lo largo de la casa, que iban desde cuadros, pasando por algunas esculturas, hasta pequeñas piezas labradas que estaban protegidas por vitrinas de gruesos vidrios con la iluminación perfecta para crearles el ambiente y el escenario correctos.

Se detuvieron momentáneamente en un pequeño gimnasio, del cual Martín le dijo que la única que lo utilizaba era su madre, y a veces Lola. Le explicó que no estaba entre sus intereses desarrollar sus músculos. Martín le aseguró que en lo personal seguro que disfrutaría de las ventajas de un poco de tonificación, pero no de lo que implicaba obtenerla: sudor y huesos molidos. Puesto que él prefería molerse los huesos y activar sus glándulas sudoríparas de maneras más entretenidas.

En la casa había una biblioteca impresionante que básicamente dejó a Ricardo sin respiración. No se molestó en tomar en cuenta cuántos baños o armarios había, o la breve explicación que Martín le dio acerca del funcionamiento de la habitación de pánico, porque después de la gran biblioteca ya no había mucho que pudiera sorprenderlo.

Por último, lo invitó a conocer su habitación y esto sí que despertó su curiosidad. Martín caminó delante de él, guiándolo por pasillos amplios que parecían interminables.

La habitación bastante grande, por no decir que gigante, pero aun así daba la sensación de ser un lugar acogedor y con alma, efecto que se veía reforzado por el color crema claro de las paredes. A un lado, apostada justo en medio de la pared a su derecha, había una cama de tamaño King Size que se veía mullida, cálida y cómoda, tapizada de una respetable cantidad de almohadones que hacían perfecto juego con el edredón que cubría la superficie de la misma. Al otro lado de la habitación había un sofá en forma de «L» de color negro, alrededor de una mesa de centro con algunas revistas sobre ella. Frente al sofá  había un mueble de madera empotrado en la pared, en medio del cual había una televisión de última tecnología. Allí tampoco faltaban los libros, acomodados de manera ordenada en varios anaqueles. El techo de la habitación era alto y estaba aguardillado en la parte donde estaban un escritorio amplio con su respectiva silla. Una de las paredes parecía ser un ventanal, pero Ricardo no podía asegurarlo, pues estaba cerrado y cubierto por paneles.

Todo estaba muy limpio y ordenado, pero no sabía si podía catalogar a Martín como ese tipo de persona cuando había un servicio de limpieza que se hacía cargo de todo.

Todo lo había visto casi que desde debajo de la puerta, estirando el cuello como una tortuga desde dentro de su caparazón. Apenas y había dado un par de pasos dentro sin alejarse demasiado de la entrada. Aquel era el templo de Martín y por alguna razón sintió que debía respetarlo. Su alumno se sentó en la cama y dio un par de palmaditas a su lado.

—Vamos, entra. No te voy a morder, Richie. No, si no quieres.

Estaba aprendiendo a reconocer que las bromas de Martín siempre iban encaminadas hacia el mismo tema: sexualidad; seguramente con el propósito de incomodarlo. ¿Qué le hacía pensar que él era tan fácil de intimidar? Era obvio que Martín estaba sujeto a la única imagen que tenía de él: como su profesor.

Ricardo esbozó una tenue sonrisa que de inmediato hizo que los hoyuelos saltaran a sus mejillas. Él sabía que esos hoyuelos eran encantadores, y que cuando quería, podía ponerlos a obrar milagros. Con pasos rápidos se dirigió hacia Martín, pero sus pasos se detuvieron cuando un nuevo ángulo de la habitación, le reveló la pared al lado de la puerta.

Decenas… Cientos de dibujos, sujetos por algún medio a la superficie. Hojas de diversos tamaños y texturas. Un tapiz de color hecho en diversas técnicas y de variadísima temática. Retratos, paisajes… Animales. Ni aunque hubiese querido, habría podido pasar por alto aquella maravilla… O imaginársela. Él no sabía nada de arte, pero sabía cuándo algo le gustaba y estaba bien hecho. Sabía que Martín estaba en el club de arte, pero jamás imaginó que fuera así de bueno.

Como un autómata se dirigió hacia allí, hasta el centro de la extensa pared tapizada en dibujos, observando con detenimiento. Sus ojos querían acapararlo todo de una vez. Aquella era una gran obra compuesta de muchas otras más pequeñas. Podía adivinar que los de la izquierda eran más viejos, seguro de cuando comenzó a dibujar, puesto que paulatinamente, hacia la derecha, comenzaban a ser más seguros, más perfectos y detallados. ¡Era magnífico!

— ¡Dios! ¿Son todos tuyos? —Martín asintió, con el ceño un tanto fruncido por alguna razón que Ricardo no supo determinar. —Wow, eres realmente bueno. Esto es… Esto es impresionante, Martín. Mis felicitaciones, en serio. —La emoción en su voz era verdadera.

Se volvió hacia él con una sonrisa que apenas y podía controlar. Aquella habitación… Aquellos dibujos… La lluvia que no se decidía a caer; una lluvia que siempre le había sido indiferente o fastidiosa, pero que de ahora en más miraría diferente y Martín… Martín que se veía y era como una canción que él querría escuchar una y mil veces.

—Él… Cuando él estuvo aquí, ni siquiera se fijó en esos dibujos. Y él más que nadie, debió haberlo hecho.

 

4

Era casi como si se hubiese auto anestesiado. Cuando salió corriendo de casa de Joaquín, creyó que se derrumbaría, pero no lo hizo. Martín culpaba de este milagro al hecho de haber dejado a Joaquín perplejo, antes de abandonar el estudio.

Con toda su inquina y todo su odio, después de destruir el lienzo, le gritó a la cara que él ya tenía todo aquello que él decía que no podría conseguir jamás: Una persona a su lado que lo amaba, que lo satisfacía, que lo miraba como si no existiera nadie más en el mundo… Ricardo. Pero cuando llegó a su casa, toda su entereza se había venido abajo, porque resultaba ser que aquello que le había gritado con tanto orgullo, era una mentira.

Las palabras de Joaquín volvían a su mente, una y otra vez, golpeándolo con saña. Lo que más le dolía era que él tenía razón. Si escarbaba en su pasado, en sus historias… Nunca había tenido más que aventuras con personas que debían ocultarlo. Los únicos que posiblemente habrían querido tener algo serio con él eran los más jóvenes, y eso no estaba entre sus intereses. La única relación sería que tenía, resultaba ser una farsa. Una farsa con uno de sus profesores, ¡Patético!

Ricardo estaba a su lado, portándose como el novio perfecto. Mimí reía con verdaderas ganas mientras Ricardo hacía gala de un encanto que Martín ignoraba que poseía. Él estaba haciendo muy bien su tarea, eso no se lo iba a negar.

Micaela ya comenzaba a mirar en su dirección con insistencia, al verlo tan callado y notar que estaba dando quizá demasiada cuenta de la Champaña. Así que, sin refrenar la ingesta de aquella bebida espirituosa de color rosa, comenzó a intervenir en la conversación cada cierto tiempo, introduciendo un tema y agregando algún que otro comentario al respecto, para que los otros dos continuaran con la conversación.

Micaela adoraba a Ricardo. Eso estaba claro.

—Oh, Mimí, ¿Sabías que el doctor Gallego, que en paz descanse, era tío de mi Richie?

— ¿Qué? ¿En serio? Dios mío, el mundo es un pañuelo.

Y ahí los tuvo distraídos, por otros Quince minutos.

Martín pensó en que, en medio de su desastre, de lo patético y mal que se sentía en aquel momento, por lo menos aún le quedaban seis citas con Ricardo. Seis oportunidades para fastidiarlo, y para conseguir restregárselo en la cara al maldito de Joaquín.

La lluvia, que se había hecho esperar todo el día, por fin se liberó

Con ímpetu…

Con fuerza…

Llorando por él, que de momento no podía.

Los relámpagos y los truenos se desataron en cuestión de minutos.

—Está diluviando, Amor mío. Te quedarás a pasar la noche aquí.

Ante las palabras de Martín, la mesa quedó en silencio.

—Emm. Yo…—Fue lo único que dijo Ricardo, antes de mirarlo queriendo acribillarlo con los ojos, y luego mirando apenado en dirección a Micaela. Martín adivinó que él estaba a segundos de negarse.

—Pues… Le pediré a Dolores que acondicione una de las habitaciones de invitados y…

Martín rio con la copa en los labios, logrando con ello que parte de la champaña salpicara el mantel. Haciendo que Ricardo tomara su propia servilleta de su regazo y le limpiara con ella la barbilla.

—Gracias, bebé. —Disfrutó al ver la manera en la que Ricardo desorbitó los ojos cuando lo escuchó llamarlo así. Miró en dirección a su madre—. Mimí… Eso, es un poco hipócrita y tonto, ¿No crees? Dormirá en mi habitación. No va a mancillar mi pureza… Esa me la machacó hace tiempo.

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