Capítulo 31

“Estamos en tregua” (In a rainy night)

1

Ricardo se veía como todo un contorcionista facial. No estaba escatimando en gestos. Los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos cerrados, una pequeña sonrisa que muy posiblemente era a causa de una incredulidad que distaba mucho de la alegría, y además negaba con la cabeza.

¿Qué tan de cabeza estaba su mundo, como para que él estuviera en aquel momento sentado en la cama de Martín, esperando por él? ¿Qué magia negra estaba obrando en el universo, como para que aparte del obvio problema de que su sexualidad estuviese tambaleando, tuviera que enfrentarse de forma tan irecta con el motivo de sus pesares?

Dormir en casa de Martín ya habría sido demasiado; dormir en su habitación era… era como una bomba atómica para su salud mental. Estaba por completo nervioso; su corazón repiqueteando al ritmo de la tonada de El Llanero Solitario…

«Martín es tan joven, que ni siquiera ha de saber quién es «El Llanero Solitario» Si ha visto la versión cinematográfica con Johnny Deep, no cuenta como genuino conocimiento de El llanero. Esa fue un asco» Diatribaba dentro de su cabeza.

Quedarse a dormir en aquella casa —En especial en aquella habitación— básicamente significaba que no podría dormir en lo absoluto. Y no porque se sintiera incapaz de hacerlo, porque de hecho su desvelo de la noche anterior, buscando porno gay a lo alto y ancho de la red, estaba pasándole factura, sino por el simple hecho de que no podría permitirse aquel lujo. Había ciertos sueños inconvenientes que no controlaba y que no se lo permitirían.

Abrió los ojos, tensionándose, cuando escuchó el sonido de la cerradura al ser maniobrada desde afuera. Martín apareció con un atado de prendas y un estuche que no tardó en dejarle sobre el regazo.

Ricardo examinó las prendas, era un pijama masculino de dos partes, en color beige. Cuando  tiró del pantalón un par de pantuflas de color azul oscuro cayeron al piso. Dentro del estuche había un cepillo de dientes aun en su protector de plástico y cartón, un sachet de desodorante, además de un par de maquinillas de afeitar, desechables. Tomó la camisa del pijama por los hombros y la levantó frente a sí, con una ceja elevada y reprobatoria.

—Y esto… ¿De dónde salió?

—De una de las habitaciones para huéspedes del segundo piso. Hay un kit así en cada una. Esa es más o menos de tu talla, pero también las hay femeninas, si es que quizá te van mejor y lo prefieres así…

Ricardo entornó los ojos. Martín parecía siempre dispuesto a burlarse de él, tal como si se hubiese propuesto usar cualquier cosa que él dijera, para abochornarlo. Pero no estaba dispuesto a permitírselo. No era el primer mocoso con el que trataba. De hecho, Martín era un mocoso con el que lidiaba desde hacía tres años.

—No, gracias. Si hago eso, ¿Qué usarías tú, entonces? —. Martín sonrió con obvia burla. Pero a Ricardo le habría gustado que su sonrisa hubiese sido más brillante. Era como si su acostumbrado fulgor, ese que encandilaba e intimidaba un poco, hubiese disminuido un par de grados. Se preguntó qué tan malo era lo que le ocurría. Porque era obvio que algo le pasaba. Suspiró —. Yo… Dormiré en el sofá.

Martín dejó su teléfono sobre la cama y después de agacharse a desatar y aflojar sus cordones, comenzó a sacarse los zapatos. Lo hizo pisándose los talones de ambos pies. Ricardo pensó que tal vez él dejaría el calzado desperdigado justo en donde se lo quitó, pero no fue así.

—No hay necesidad de eso. La cama es lo suficientemente grande para ambos… Prometo no hacerte nada. Además, ese ataque santurrón con sacrificio de  comodidad, no servirá de mucho. Aún si durmieras afuera, en la terraza—Martín apuntó hacia los paneles echados, — La imaginación de  Mimí ya está en movimiento y para ella tú y yo estamos en medio de una dura contienda sexual ahora mismo. Y el hecho de que las habitaciones de esta casa sean insonorizadas, no ayuda para que ella desvíe el rumbo de sus pensamientos, por el contrario, estoy seguro de que aviva más ese fuego. También ayuda el hecho de que yo «quizás»—El descarado dibujó las comillas con sus dedos, — haya casualmente mencionado que tú no puedes tener tus manos alejadas de mí durante mucho tiempo.

¿Era acaso que todo de lo que hablaba Martín debía siempre estar relacionado con sexo?

Con los zapatos en la mano, Martín se dirigió hacia las puertas corredizas a su izquierda. Corrió los paneles de madera desde el centro hacia los lados y una vez dentro encendió la luz, rebelando un amplio vestidor, de reluciente madera color caoba.

— ¿Qué tú hiciste qué…? ¿Era eso necesario, Martín? Por Dios…—Llevó una mano a su frente. Pasados unos segundos se obligó a sosegarse a base de suspiros sonoros y profundos… Un ejercicio de relajación que solía utilizar durante el tráfico en la hora pico, y lo miró desde la cama. — ¿Haces esto solo para fastidiarme?

—Pero cómo crees…

«Vaya nivel de sarcasmo en alguien tan joven»

***

—El baño es todo tuyo…

Martín regresó a la habitación secándose el cabello y oliendo intensamente a jabón. Tenía los pies desnudos y estaba enfundado en unos pantalones de pijama bastante flojos, de franela de color gris oscuro. En la parte superior llevaba una camiseta de mangas largas, de color negro con cerigrafiadas letras amarillas en el pecho que rezaban (Na)16

— ¿Pijama de Súper héroes? ¿Nada de batas acolchadas con tus iniciales bordadas en las solapas?—. Una infantil necesidad de molestarlo hizo acto de presencia de manera repentina.

Martín chasqueó la lengua.

— ¿Qué acaso estamos en una película? Usaría de esas si también tuviera un ridículo mayordomo, fumara pipa junto a la chimenea mientras bebo cogñac y leo los clásicos de la literatura inglesa. —Respondió Martín, con burla. Siempre con una rápida y picuda respuesta para todo. — Eres un ñoño… Esta—Se señaló el pecho,—Es una referencia a Batman que solo un nerd captaría tan rápido.

Ricardo blanqueó los ojos y se puso de pie mientras se quitaba los anteojos y tomaba su atado de prendas y el cepillo de dientes, para dirigirse al baño.

— Hablaste muy rápido. Porque, ¿Qué acaso no son las iniciales de los apellidos de tu familia, lo que está bordado en la toalla que tienes entre las manos ahora mismo?— Como única respuesta, Martín torció el gesto y secó su cabello con más vigor. Ricardo sonrió un poco, saboreando su pequeña victoria, hasta que Martín apartó la toalla de su cabeza, y comenzó a peinarse el cabello con los dedos—. Escucha, lo lamento. Quizá me he dejado llevar y te he caricaturizado con ridículas ideas acerca de costumbres estigmáticas y prototipos vacíos de la gente rica que nos venden los enlatados televisivos. Ni que tuvieras por ejemplo, no sé… Tu retrato al óleo colgado en algún lugar vistoso de esta casa; eso sí que sería demasiado. Espera… ¡tú tienes uno!

—Ah, Ese maldito cuadro… Lo había olvidado. — A Ricardo no le pasó por alto la afectación en la voz de Martín. Aquel tema realmente debía estarle molestando. Quizá era conveniente parar.

— ¿Por qué tienes los ojos rojos?—. Preguntó.

—Se me irritaron con el shampoo.

 

***

La tormenta aún arreciaba. Podía verla caer de manera inclemente a través de lo que sí resultó ser un ventanal y la salida a una pequeña terraza privada. Martín había descorrido los paneles, de seguro para apreciar la lluvia que, según él, al marcharse le dejaría un mundo renovado. Aunque eso tardaría aún, porque nada parecía indicar que fuese a dejar de llover pronto.

Las luces estaban apagadas pero el patio trasero, hacia donde apuntaba la habitación, estaba bien iluminado; y esto sumado los ocasionales relámpagos, hacían que la penumbra no fuese absoluta.

Podía percibir el bulto que era Martín debajo de las cobijas. Él se había acomodado en el otro extremo de la cama, dándole la espalda; aparentemente dejando por completo de lado su necesidad por tratar de molestarlo a cada momento, haciéndole comentarios incómodos.

Él por su parte, llevaba cerca de media hora acomodado de la misma manera, mirando hacia el techo, con las manos acomodadas tras su cuello, temiendo moverse y perturbarlo. Decidido a no dejarse vencer por el sueño.

Comenzaba a ser dolorosamente consciente del hormigueo que sentía recorrerle las extremidades superiores. Ya sabía que este poco o nada tenía que ver con el nerviosismo o la ansiedad, sino con el simple hecho de que se le estaban durmiendo los brazos.

Martín estaba hasta el otro lado de una cama inmensa, que hacía parecer que la distancia que los separaba era algo físicamente imposible de franquear. Y quizás lo era. Porque moralmente estaban de polo a polo. Se acomodó mejor, y el colchón apenas y se movió bajo su peso. Un buen colchón, por supuesto. Con aquel tamaño seguramente podría bailar polca de su lado de la cama y Martín apenas y lo notaría. Se alegró de aquel descubrimiento. Estuvo a punto de sufrir necrosis en los brazos, por tonto.

Estaba durmiendo del lado de la pared con los dibujos. La oscuridad convertía aquel tapiz en muchos manchones de color grisáceo, pero aun así seguía llamando poderosamente su atención. Esos dibujos, sin duda contaban como una forma de tratar de descifrar a Martín… Al verdadero Martín. Y quería hacerlo… Quería conocerlo.

Con confianza en sus movimientos, porque ahora sabía que moverse no iba a desatar una oleada en la cama, estiró el brazo en dirección a la mesa de luz a su lado y tomó de ella su teléfono celular y el par de anteojos, que se puso de inmediato. Desbloqueó el aparato y buscó la aplicación de la linterna. Antes de activarla, echó un nuevo vistazo a Martín. El haz de luz iluminaba secciones de la pared, revelando retazos de color. Era increíble, simplemente lo era.

— ¿No puedes dormir?—. La voz de Martín en la oscuridad y de manera tan inesperada, cuando él solo esperaba seguir escuchando el murmullo amortiguado de la lluvia, lo sorprendió lo suficiente como para que el teléfono resbalara de sus manos y cayera sobre su estómago.

—No. No puedo. ¿Te desperté? Lo lamento… Supongo que extraño mi propia cama.

El chico se removió, hasta darse la vuelta y quedar mirando en su dirección. Ricardo no podía descifrar sus facciones, pero podía recrearlas en su mente a la perfección. Podía ver el brillo de sus ojos en medio de aquella oscuridad que no era absoluta.

—No, no lo hiciste. En realidad yo tampoco puedo dormir.

—Pues… Imagino que debe ser extraño el ser consciente de que tienes a uno de tus profesores durmiendo a un escaso metro y medio de ti. Dormir puede convertirse en algo complicado de este modo. Yo mismo estoy seguro de no haberlo asimilado del todo; esta situación es… bastante bizarra, a decir verdad.

Martín dejó escapar una risita estrangulada.

— ¿Bizarra, dices? Déjame ponerte la situación de esta manera: —Ricardo vio al bulto oscuro que era Martín, recortado contra la claridad del ventanal, maniobrar hasta sacar los brazos de dentro de las cobijas. —Si las cosas no hubiesen ido por el camino que van, y todo no hubiese resultado como al final resultó, ahora mismo en lugar de conmigo, podrías estar compartiendo el lecho con Georgina… ¡Piénsalo! Eso sí que es bizarro y espeluznante.

— ¿Y quién dice que yo habría cedido?

—Yo te tengo aquí conmigo, Ricardo. Conseguí chantajearte hasta tenerte en el lugar en el que te tengo, ¿Crees que ella no habría encontrado la manera de conseguirlo también? Yo acepto que un poco… Bueno, bastante de lo que me motiva a haber arrastrado las cosas hasta aquí, son mis ganas de fastidiarte, mayormente porque también obtendré un beneficio, pero ella quiere, o quería, qué se yo, otro tipo de cosas de ti. Aunque quizá ese camino habría sido más aceptable para ti, ¿no es así?

— ¿A qué te refieres? ¿Cómo podría ser aceptable para mí algo como eso? No veo en qué diferiría meterme en líos con ella a tener líos contigo. Ambas situaciones son problemáticas, solo siento que cambié un problema por otro. —Ah, cuando quería podía ser un gran mentiroso; porque definitivamente él prefería líos y problemas con Martín, antes que con cualquier otro ser humano.

—A que… Ella es una mujer. Eso es todo. Tú eres un hombre y ella es, convenientemente, una mujer… Con ella un problema de esta índole sería menos grave en comparación a lo que ocurre conmigo. Con ella, tú no sentirías tu hombría socavada o insultada… Quizá hasta estarías halagado. Todo es mucho más fácil si la palabra gay no está de por medio. Y tú… Con el nivel de santurronería que te cargas, seguramente lo preferirías así.

Ricardo no sabía si catalogar el tono de voz de Martín como uno de rabia exactamente, pero en definitiva no era el tono de voz sosegado que debería tener una persona que intenta tener una charla casual porque no puede dormir.

— Primero: ¿Qué implica para ti ser un santurrón? Y segundo: ¿Qué te hace pensar que soy uno de esos?—Preguntó de manera calmada. De hecho aquel apelativo aplicado a su persona, le pareció un tanto gracioso. Quizá un poco ofensivo, pero en definitiva gracioso.

Escuchó a Martín resoplar y removerse debajo de las cobijas. ¿Tanto lo había molestado que se alejó hasta el borde mismo de la cama, opuesto a él?

Las luces de la habitación no se encendieron del todo, solo aumentaron de intensidad. Martín había dado vuelta al regulador de las lámparas, bañándolo todo de una muy tenue luz ambarina. Se volvió hacia él con sus hermosos rasgos ahora de nuevo visibles; se acomodó cerca, lo suficiente como para ponerlo nervioso. Martín, una cama y su imaginación que últimamente estaba por demás activa, convergiendo en un mismo lugar, en definitiva era una fórmula que aunque no lo iba a hacer gritar como un demente, incapaz de controlarse, si daba para que se le acelerara un poco el corazón… Y quizá le hormigueara inconvenientemente la ingle, también.

—Me refiero a tu manera de ver el mundo. Con exactitud a la manera en la que siempre nos muestras que debe ser el mundo…. Cómo debe ser una persona para ser catalogada como moralmente correcta. Todo correcto y medido. Lleno de reglas que se deben seguir al pie de la letra. Un montón de paradigmas y un camino señalado que determinan si se es alguien bueno o se es malo. Tus parámetros son demasiado marcados e inflexibles: O todo es blanco, o todo es negro. Y los tonos de gris, ¿Dónde están? ¿Dónde quedan?—. Martín lo miraba directo a los ojos, reacomodándose mejor sobre la almohada. —Matrimonio, hijos, una profesión respetable… Reglas que no traspasen las barreras dispuestas. Además, es pasada la media noche y estás utilizando tus anteojos… Así que eres un santurrón, terriblemente pegado a tu imagen de santurrón. Punto.

Ricardo no pudo evitar una pequeña explosión de risa.

—Escucha, Martín. — Dijo mientras se sosegaba y además se reacomodaba para quedar sentado, con la espalda pegada al cabecero de la cama, — ¿No estás siendo muy tajante? ¿Y algo superficial, también? Yo… He sido tu profesor desde hace tres años. Lo he sido de Religión, de Filosofía y de Ética y Valores Humanos, ni más ni menos. Siendo así, ¿Crees de verdad que habría podido, o debido, explicarles el mundo a ti y a tus compañeros de una manera diferente a la estrictamente apegada a esos parámetros? ¿Qué clase de educador habría sido si no lo hubiese hecho justo de esa manera?— Hizo una pausa durante la cual Martín se limitó a mirarlo mientras guardaba silencio. —No es que quisiera coartar su libre desarrollo con mi cátedra, o hubiese querido mostrarles la vida como algo cuadriculado, llena de decisiones predeterminadas, puesto que tal situación no existe. Les he mostrado todo de la manera en la que creo que es correcto enseñárselas a un puñado de adolescentes en formación, y aunque he defendido lo que tú llamas «Mis Parámetros» no creo nunca haber condenado lo que se desvíe de allí. Jamás me atrevería, eso sería excesivamente ignorante de mi parte, ¿No lo crees? — Se miró los dedos. —Martín yo soy perfectamente capaz de aceptar y procesar muchas cosas. El mundo es un amplio y vasto lugar y en realidad me parece algo maravilloso el que los seres humanos, habiendo tantos como somos, tengamos la capacidad de ser únicos. Tal variedad no puede contenerse dentro de estándares estrictamente predeterminados, pero hay muchas pistas acerca de lo aceptable. Pistas que se ven obligados a impartir y respetar los santurrones, como yo. Y los anteojos… Pues, estaba tratando de espiar tus dibujos.

Su alumno dejó escapar un suspiro entrecortado.

—Carajo, Ricardo. —Martín se dio media vuelta, hasta quedar recostado sobre su espalda, y se apoyó las manos sobre el rostro. — Por qué simplemente no me diste una muestra de esa pastoral moralista tuya. De las que usas en clases, y ya… Supongo que querrás convencerme del hecho de que te he  juzgado de manera superficial y que quizás debería sentirme culpable por eso. Si es eso lo que esperas, ¿Adivina qué? No funciona. Porque yo no embono en tu definición de moralmente correcto, siendo así, supongo que no podrás esperar de mí que me importe realmente cómo te sientes con respecto a la manera en la que te he juzgado… Aún si yo mismo se lo odioso que es que las personas no puedan ver en ti más allá de lo que suponen como obvio. De una sola cosa que aunque haga parte de ti, no te define. Que te encasillen. Ahora de verdad no es un buen momento para…

—Escúchame, Martín. —Le interrumpió. — Creo que te juzgas a ti mismo con demasiada dureza.

— ¿Yo?— Martín arrugó el gesto—. ¿Cómo es que hago yo algo como eso?

—Lo haces, y te daré un claro ejemplo de ello. Sin ir más lejos, me has convertido en una especie de ogro, un enemigo al que sientes que debes poner en su lugar, porque te has sentido atacado cuando hablo de moral. Te has empeñado en creer que vives «fuera de la ley» y que tu forma de vida es algo que debes defender a capa y espada. Te sientes atacado ante la más mínima mención que catalogue como correcto lo contrario a lo que tú has elegido como forma de vida. Ser gay no es necesariamente algo inmoral. Lo inmoral, en todo caso, sería tomar esta preferencia sexual como una excusa para ser absurdamente promiscuo.

—Oh, mi Dios. ¿Estás psicoanalizándome?

—No. Solo te digo las cosas como las veo. —Ricardo hizo una pausa, sopesando internamente cómo decir lo que estaba pensando—. Escucha. Tú y yo, hemos estado en un evidente desacuerdo casi desde el principio de nuestra relación como maestro y alumno, pero esto nada ha tenido que ver con tus preferencias sexuales, porque de hecho ha sido hasta hace poco que he sabido de ellas. Lo difícil de nuestra relación se ha debido a que cuando quieres puedes ser de verdad… Insolente. En eso sí que te empeñas.

Martín curvó una de las comisuras de la boca hacia arriba.

—Insolente. Eso es…

—Yo… Yo lo siento. —Lo interrumpió, de nuevo.

— ¿Que lo sientes? ¿Estás disculpándote?

—Así es.

El crujido de las sábanas reveló que Martín estaba maniobrando para acercarse aún más a él.

—Eso suena interesante. ¿Por qué, exactamente, estás disculpándote?

—Por lo que pasó con tu diario. Eso fue de verdad contraproducente y un gran un error. Yo de ninguna manera debí leerlo frente a los demás, sabiendo lo que contenía. Fue algo completamente grosero de mi parte. Así que lo siento.

—Te has propuesto dejarme sin ningún argumento para alimentar mi inquina contra ti, ¿No es así? —. Martín Chasqueó la lengua—En realidad lo del diario… Creo que yo solo coseché lo que sembré porque, verás, cada palabra escrita allí fue escrita de la manera particular en la que lo estuvo, por ti. Para ti. Todo era cierto, por supuesto, pero sé que pude haberlo plasmado de una manera menos provocadora. Quería fastidiarte.

—Lo sé.

—Sabía que entenderías que iba dirigido a ti. Aun así no esperaba que lo leyeras frente a todos, Ricardo.

—También sé eso. Por eso lo hice.

— ¿De manera que los dos podemos ser infantiles y vengativos, entonces?

—Sí que podemos.

—Entonces, supongo que estamos a mano.

Ricardo elevó una de las comisuras de la boca en una tenue sonrisa, y se acomodó en la cama hasta quedar acostado al lado de Martín de nuevo. Luego lo miró a la cara.

—No, Martín, no lo estamos. Estás chantajeándome. Hay una clara victima entre nosotros… Y soy yo. Yo solo leí tu tarea en frente de la clase; tú, en cambio, tienes en tus manos el poder de destruir mi vida laboral, convirtiéndome además en un paria. Imagina lo que pensarían la directiva del instituto y los padres de familia, si tú llegaras a revelar esa fotografía. —A pesar de decir aquello, no sentía angustia. Ya no. Hacía días la angustia por este tema en particular se había disuelto, reemplazada por otra más apremiante. Le preocupaba más la hecatombe que Martín pudiera provocar en su interior. Sus paradigmas habían empezado a derrumbarse y a reacomodarse, obedeciendo a su corazón y eso era, sin dudas, un asunto que reclamaba mucho más de su atención.

—Sí, eres mi víctima. Y no pienso dejarte ir. No aún. Aún tenemos Seis citas más y voy a usarlas todas, te advierto.

Ricardo, asido de un infantilismo poco común en él, cerró los ojos con placer y removió los dedos de los pies debajo de las cobijas, dentro de los calcetines. Esas palabras lo habían hecho… feliz, en cierta medida y de una manera absurda. Hacía mucho que no se sentía así. Martín era diferente…

Era algo nuevo e interesante…

Inquietante, también…

Peligroso, sin duda.

Era alguien agudo con muchas aristas y ángulos, un tanto vanidoso e insoportable en ocasiones.

—Con respecto a eso, Martín, cuando despunte el día de mañana, y tu madre vuelva a verme la cara, tras el cambio en el calendario, con una noche de por medio, empezará a correr nuestra tercera cita.

—Pero…

—No es mi culpa que no sepas administrarlas. Debiste tenerlo en cuenta, antes de obligarme a pasar la noche aquí.

 

2

En algún momento indefinido de la noche, la conversación había mutado. La pequeña guerra de voluntades había cedido y dio paso a algo más pausado, bastante parecido a una charla amena. Preguntas y respuestas que llegaban sin mucha premeditación y que se respondían sin que se sintiera como una situación forzada, o un interrogatorio.

Después de hablar de manera incesante acerca del desconocido gusto y talento de Ricardo para la música, Martín cambió tajantemente de tema.

— ¿Hay alguien especial en tu vida ahora mismo?—. Preguntó Martín, acomodado de lado, completamente acostado mirando en su dirección; el brazo doblado de tal manera que la palma de su mano estaba debajo de su mejilla. Cualquiera que, sin conocerlo lo suficiente, lo viera en aquel momento, de seguro se dejaría llevar y aseguraría que se trataba de alguien por completo inofensivo, sin adivinar jamás que debajo de ese rostro angelical había un depredador.

Ricardo habría querido responderle con un simple «Quizás» en lugar de un con rotundo e indeterminado «No» Teniendo en cuenta que ese «Quizá» incluía a Martín de manera directa y que lo más probable era que generara preguntas que no se veía con ánimos de contestar porque no sabría cómo hacerlo sin mentir o sin confesar algo que no quería o debía, solo decidió omitirlo.

—Ahora mismo no. Pero la hubo. Fue alguien de verdad importante, su nombre era Elisa. Bueno, imagino que sigue llamándose de la misma manera, pero digo «era» porque ella ya no hace parte de mi vida.

— Si, eso es obvio… Pero gracias por la aclaración. Creo que antes habría pensado en «Oh, mierda, la mujer murió y este pobre hombre va a ponerse a llorar al recordarla» que en «Dios, él dijo «era». Esa loca muy seguramente se cambió el nombre en cuanto terminaron» —Martín curvó los labios hacia arriba, en una pequeña sonrisa; pero esta vez esa sonrisa tampoco alcanzó sus ojos. Por lo menos así se lo pareció a Ricardo—. ¿Qué tan importante fue?

Ricardo suspiró, aún sin proponérselo.

—Lo suficiente como para haberle comprado un anillo de compromiso.

—Vaya, ¿Qué pasó? ¿Te rechazó?

— ¿Por qué supones que fue eso lo que ocurrió? ¿Acaso no pude haberla rechazado yo a ella?

—Lo siento. El viejo hábito de tratar de fastidiarte, utilizando todo lo que dices, en tu contra. — Se disculpó Martín… Muy a su manera.

—No me rechazó, porque no alcancé a darle el anillo. Ella me… Nosotros no… Simplemente yo ya no era lo que ella necesitaba. —Suspiró de nuevo, recordando. —En ese momento fue de verdad malo. Mucho. Me había acostumbrado a tenerla conmigo. Yo la amaba y había imaginado una vida juntos, porque mi vida, mis planes a futuro, todo, giraba en torno a ella. En ese momento todo se vino abajo y me quedé en el aire, con las manos vacías y el corazón roto. Yo de verdad creí que podría llegar a morir de tristeza y decepción. Mucho dejó tener sentido e importancia para mí. Por extraño que suene, renuncié muy rápido a la depresión y opté por sumergirme con todo y zapatos dentro de mí mismo y me cubrí en una gruesa capa de cotidianidad y aburrimiento.

—Una capa que aún no te quitas de encima, por lo visto. —Martín rio mientras dijo aquello. Ricardo lo acompañó.

—Supongo que no puedo culparte por pensar de ese modo. Siento que recién ahora comienzo a emerger. —Miró hacia el techo y acomodó una mano sobre su estómago antes de continuar hablando. A pesar del tiempo que había pasado, y de creerlo superado, hablar de aquello removía algo en su interior. Algo que se sentía incómodo y un tanto doloroso. Ricardo suponía que siempre iba a ser así. —Renuncié a mi trabajo. Dejé de lado a mi acostumbrado círculo de amigos y conocidos, porque eran personas que teníamos en común, y no quería que nadie me hablara de ella o siquiera mencionaran su nombre en mi presencia… Simplemente dolía demasiado. Incluso intenté alejarme de mi familia, porque no dejaban de mirarme con lo que yo supuse era lástima y reproche, pues imaginé que me juzgarían como el culpable de haber echado todo a perder con una mujer que de maravillosa, lo tenía todo. Pero no me lo permitieron, sobre todo mi hermana… Ella me buscaba y me encontraba hasta debajo de las piedras. —Esto le arrancó una pequeña sonrisa de los labios. — Ellas, mi madre y mi hermana, Silvana, optaron finalmente por no preguntar, no comentar y fingir que Elisa jamás había existido. Yo agradecí eso.

— Superar un mal de amores, suena como un montón de trabajo y sacrificios.— La voz de Martín sonaba trémula. Eso llamó poderosamente su atención. — ¿Hace cuánto fue, Ricardo?

— ¿Hace cuánto tiempo terminamos?—Preguntó, y Martín asintió. —Hace unos tres años.

— ¿Tanto tiempo lleva superarlo? Un duelo tan largo… Hey, eso es justo el tiempo que llevas siendo mi profesor. ¿Ves cómo no es mi culpa haberte juzgado mal? Solo he conocido tu lado amargado.

— ¿Ah, sí? Pues a mí me abandonó la mujer de la cual estaba enamorado y a la cual iba a proponerle matrimonio. ¿Cuál es tu excusa?

— ¿Excusa para qué? Yo soy absolutamente encantador. — Martín rodó los ojos —. Y dime, ¿Desde cuándo se conocían?

—Elisa y yo… Desde el instituto.

—Mi Dios… Tanto tiempo. Es decir que puedo pensar que quizás ella fue… «Tú primera»— Martín dijo aquello con un movimiento pícaro de cejas. Ricardo entornó los ojos y frunció las cejas, en un gesto interrogante, a pesar de que obviamente entendía a qué había hecho referencia Martín. Solo quería fastidiarlo un poco y quizá reafirmar esa imagen de santurrón de la que quería deshacerse. — ¿Qué si fue la primera mujer que te llevaste a la cama? No sé por qué imagino que has de ser como un monje fiel o algo así. Y si la conociste siendo tan joven, pues… Dios, incluso puedo llegar a imaginar que ha sido la única.

Esta vez, Ricardo a duras penas pudo reprimir la carcajada que pugnaba por salir disparada de su garganta.

—Martín, permíteme sacarte de tu error. Conocí a Elisa en mi último año escolar, cuando ambos teníamos casi Dieciocho, y no nos hicimos pareja de inmediato. Eso ocurrió cuando ambos estábamos en la universidad, a mediados de nuestras respectivas carreras. Antes de conocerla, y durante el tiempo que transcurrió antes de que tuviéramos una relación formal, yo era un tanto… Solo diré que te sorprendería saber la cantidad de sexo que un chico con guitarra y cabello largo es capaz de conseguir.

— ¿Mucho?

—Mucho.

— ¿Del bueno?

—Del mejor. Creo que hay un secreto enlace entre las cuerdas de una guitarra y las chicas menos interesadas en la castidad. Es por eso que beso tan… Notablemente bien. —No pudo evitar decir aquello. Llevaba un tiempo guardándoselo, de hecho.

—Oh, vaya, pero que engreído. Siendo así, supongo que debo echar tierra sobre mi teoría acerca de que la tal Elisa corrió lejos de ti porque eres malo en la cama. —Martín dejó salir el aire de sus pulmones con un resoplido. — ¿Alguna vez le fuiste infiel?

—Jamás. No soy ese tipo de persona. —Respondió con resolución; porque era cierto.— Mientras estuve con ella, fue la única.

— ¿Incluye tu supuesto y vasto repertorio de amantes, algún hombre?

—N-no. —Tragó saliva. — ¿Por qué preguntas?

—Curiosidad. Hoy está derrumbándose ante mis ojos la imagen que siempre he tenido de ti… Así que quería saber hasta dónde puedo llegar a sorprenderme. —Martín dijo aquello tan tranquilo, y él a punto de sufrir un ataque de ansiedad. —Dime… ¿Lo has vuelto a intentar después de ella?

—Han habido unas cuantas personas. Nada serio. No he permitido que nadie se instale en mi vida otra vez. No sé si esto se deba a que no quiero ser lastimado de nuevo, o si sea porque ninguna mujer ha llenado sus zapatos. En todo caso, el elemento en común en todas estas pseudo relaciones he sido yo… Así que quizá yo sea el problema.

— ¿Por qué te dejó, Ricardo?

Meditó un poco. Hablar de aquello con Martín, o con cualquiera, no era algo fácil. Aun así decidió responderle.

—Ella llevaba un tiempo frecuentando a otra persona. Lo descubrí, la confronté… Nos tenía a ambos en su vida para comparar. En lugar de sentirse avergonzada, ella simplemente decidió que ese «alguien» era más adecuado para ella, así que…

—Te dejó de lado antes de que ejercieras tu legítimo derecho de mandarla a la mierda—. Concluyó Martín, de manera acertada.

—Palabras más, palabras menos, así fue. Y puedo asegurarte, Martín, que por ella yo siempre di lo mejor de mí. Todo. Aun así, yo… no le fui suficiente. Solo me faltó darle mi maldita sangre. Me apuñaló por la espalda cuando estaba más enamorado y decidido a que formáramos parte de la vida del otro.

—Te puso los cuernos y luego te abandonó, dejándote con un anillo comprado. No, ninguna duda, la mujer es una bruja. Considero que te hizo un favor. Porque, verás, el amor es básicamente una mierda. —Martín levantó un poco la cabeza y estiró un brazo hasta retirarle los anteojos. Ricardo solo se dejó hacer—.Y no eres asquerosamente feo, tampoco. ¿Cuándo fue la última vez que saliste con alguien? Y cuando digo «salir» me refiero a… Ya sabes «salir»

Para esas alturas, y siendo como era Martín, sinceramente Ricardo no sabía si tomarse aquello como un halago o como un insulto. Tampoco sabía que tan conveniente era responder a su pregunta.

—Hace unos…—Fingió meditar y se decidió a mentir—. Seis meses.

—¡¡ ¿Qué?!! ¿Seis meses sin sexo? ¡Dios mío! Con razón.

¿Cuál habría sido su reacción si le hubiese dicho la verdad? Que la cifra real más o menos duplicaba ese periodo de tiempo. ¿Sexo? Tanta paja como un maldito granero.

—Contigo no se puede. Todo lo reduces a sexo.

Ricardo tuvo la impresión de que sus palabras habían causado más efecto en Martín del que hubiese querido, pues su anfitrión pareció repentinamente meditabundo… Mirando hacia la nada, mientras se torturaba el labio inferior con los dientes. Lo había molestado con lo que dijo, estaba seguro, ¡Mierda! Hablar de Elisa nunca traía nada bueno.

—Si… Ese soy yo. Solo sexo.

Ambos guardaron silencio. Ricardo supuso que Martín estaría cansado y querría dormir. Él también estaba cansado, pero no iba a correr el riesgo de dormirse. ¿Qué pasaría si soñaba con Martín, teniéndolo a un lado?

—Es tu turno—. Martín acabó con el silencio. —Seré justo. Si hay algo de mí que quieras saber, es tu oportunidad de preguntar. Mi sinceridad está en oferta. Mañana… Mañana lo más probable es que vuelvas a caerme mal. Pero ahora mismo estamos en medio de una tregua.

Ricardo sonrió de forma vaga, ante el ofrecimiento. Más graciosa le pareció la situación, cuando Martín le estiró la mano derecha para que se la estrechara.

La mano de Martín era suave y cálida… Sus dedos eran largos y delgados. Habría querido acunarla entre las suyas por más tiempo, pero no le pareció correcto retenerla.

—Bien. Veamos… Uhm… En el instituto siempre estás solo. ¿Tienes amigos?

—Tienes carta libre para saber lo que quieras, y ¿En serio esa va a ser tu pregunta?

—Sí, pero no te preocupes, tengo planeado hacer muchas más, así que contesta.

—Como quieras.

Aquella conversación recovequeó por muchos caminos. Supo cosas, como que la persona con la que Martín compartía los más estrechos lazos de amistad, era una chica. Que su nombre era Carolina y que ella, a pesar de ser del color de un café con leche más bien cargado, tenía el puente de la nariz plagado de pecas. Que había un tal Gonzalo que era el más grande cliché gay que existía, pero que de momento estaba pasando por un periodo de reinvención que Martín no sabía cuánto duraría, y que al acabar seguramente le proporcionaría incontables sesiones de risa.

Supo también que aunque el rojo y el negro no eran sus colores favoritos, le gustaba la sensación visual que aportaba la combinación de ambos. A los Cinco años fue la imagen de una de las primeras campañas manejadas por su madre, de jarabe infantil contra la tos. Que tuvo un perro durante años, al que amó de manera loca, pero que hacía poco había muerto. No tenía debilidad por los animales en general, pero lo de su Julius y él había sido amor a primera vista. Quizá fue por el hecho de sentirlo suyo… Martín dijo estar seguro de que se habría enamorado incluso si su abuela le hubiese regalado un cocodrilo. Le señaló la pared con los dibujos, donde constantemente se repetían pinturas de un Golden Retriever en constante movimiento, con especial debilidad por los zapatos.

Martín jamás pensó, por ejemplo, que su interés por involucrarse con hombres mayores estuviera de alguna manera ligado a la necesidad de suplir una figura paterna porque «Ni que quisiera coger con mi papá» le había dicho. Le habló acerca de una mascarada a la que debería ir con Georgina, para salvarle el pellejo a él. Y esto último no lo comprendió del todo.

En algún momento de la conversación, Ricardo le preguntó si toda aquella charla mientras afuera llovía, no los hacía ver y ser como esas personas abismalmente fastidiosas que irrespetaban el hecho de que mientras lloviera el mundo debería permanecer en animación suspendida, y que a él no le gustaban; Martín le respondió que normalmente sería así, pero que en aquel momento él no podría con el silencio, porque eso le significaría internarse mentalmente en asuntos en los que, de momento, prefería no pensar. Cuando intentó preguntar al respecto, Martín cambió el tema de manera descarada.

Había un montón de pequeñas cosas que Martín aborrecía, como las agujas, la sangre, que lo llamaran «Martincito», la remolacha o las personas sin sentido del ridículo… Excepto al tal Gonzalo, porque lo hacía reír y además era uno de sus novios falsos. Esto último lo inquietó —Y quizá momentáneamente lo llenó de celos, porque él quería ser el único novio falso legítimo que tuviera—  pero luego Martín le aclaró todo el asunto en medio de risas.

Cada pequeña cosa y detalle que Martín le dijo, por muy simple que pudiera parecer, a Ricardo le pareció interesante. Atesoró cada palabra, guardándose toda esquirla de información. Martín parecía no tener pelos en la lengua y Ricardo encontró eso refrescante e interesante. Y su picardía… Sus ojos y gestos pícaros eran algo dulce.

A veces Martín arrastraba un poco la lengua mientras hablaba, pero Ricardo culpó de esto al cansancio que le había empequeñecido los ojos y había provisto la charla de constantes bostezos.

Al final de la conversación, del parloteo de Martín no quedaron más que unos murmullos ininteligibles que extrañamente dejaba escapar cada vez que Ricardo decía algo; como si aún dormido intentara responder a sus preguntas, que fueron muchas. Así que al final él había terminado por susurrarle cualquier palabra solo para verlo mover los labios, con los ojos cerrados y murmurando cosas sin sentido. Eso le arrancaba una sonrisa cada maldita vez.

Pronto Martín se durmió por completo, dejando incluso el murmullo de lado. Ricardo casi lo lamentó.

Sin nada más que hacer, y empeñado en no dormirse, se perdió en la contemplación de Martín. Ricardo se preguntó, entonces, cuántas personas habían sido testigos de su manera de dormir. De los pequeños quejidos que soltaba mientras lo hacía. De su cabello rabiosamente negro cayendo en desorden sobre su rostro y desparramándose sobre la almohada. De la manera en la que sus labios no se cerraban del todo y soltaban y jalaban aire de manera lenta y constante, Revelando tímidamente los dos dientes frontales, que eran ligeramente más largos que los demás. Cuántos habrían disfrutado de sus rasgos relajados por completo, que a veces se contraían, con seguridad a causa de lo que fuese que estuviera soñando.

El movimiento pupilar involuntario bajo sus párpados, hacía que las pestañas largas y oscuras bailotearan, produciendo sombras que se movían bajo sus ojos… ¿Cuántos lo habían visto así, como ahora lo hacía él?

¿A cuántos les había conferido Martín aquel derecho bendito?

 

3

Aquel sonido lo había despertado cuando estaba tan a gusto. No sabía qué hora era, o cuánto tiempo había estado durmiendo, pero le habría gustado continuar haciéndolo.

¿Lo que sonaba era un quejido? No, aquello sonaba más como… ¿Gemidos? Gemidos justo a su lado, en su cama. Alguien parecía estarse divirtiendo sin él.

Martín estaba completamente grogui y luchaba para abrir los ojos. Cuando logró hacerlo, pestañeó rápido, buscando poner sus ojos en funcionamiento para adaptarse a la claridad. Las luces de la habitación continuaban encendidas, aunque tenues, tal como las había dejado antes de quedarse dormido, quien sabía en qué momento. Se apoyó sobre ambos codos y miró en dirección a Ricardo.

Martín, de repente muy despierto y alerta, se vio obligado a apretar la palma de la mano derecha sobre su boca, para refrenar la risa. No creía haber visto jamás a alguien en medio de una tanda de sueños que evidentemente eran eróticos a juzgar por los sonidos que dejaba escapar, y la manera sugerente en la que se removía. En un principio creyó que quizá se estaba masturbando, pero Ricardo estaba profundamente dormido.

Bien. Si no se largaba de su lado en ese mismo instante, lo más probable era que estallara en medio de una risotada que de seguro despertaría al otro, y sinceramente no se creía tan cruel como para enfrentar a Ricardo y al hecho de que descubriera por qué se estaba burlando de él. Así que, con cuidado de no despertarlo e interrumpirle el buen momento, salió de la cama apenas aguantando la risa, y se dirigió hacia el baño, donde cerró la puerta detrás de sí.

Orinó en medio de una risa aguachenta y perezosa que se le escapaba a intervalos, como pequeñas convulsiones. Pensaba en lo diferente que era Ricardo de lo que él siempre había imaginado. Quizá incluso llegara a replantearse la impresión que siempre había tenido de él.

Quizá.

Se dirigió hacia la mesada del baño para lavarse las manos. Aún con la sonrisa en la cara, levantó la vista y se estrelló con su propio rostro en el espejo.

« ¿Por qué estás sonriendo, idiota? ¿Tienes motivos para estar contento, acaso?» le recriminó aquella parte interna que solía hablar en tercera persona.

La sonrisa se retiró de su rostro de manera lenta y fue rápidamente reemplazada por una mueca amarga. Sus manos, aun destilando agua, se apoyaron ambas sobre la superficie del espejo, haciendo informe su reflejo. Con una velocidad increíble, sus ojos se llenaron de lágrimas. Tal como había estado pasándole desde el día anterior, cada vez que se quedaba solo. Era incapaz de mostrar su debilidad frente a otros, y la verdad era que Ricardo lo había mantenido entretenido haciendo que todo fuese menos malo de lo que pudo haber sido, pero en solitario…

Se alejó del espejo y apoyó la espalda en la pared de azulejos. Dejó que el peso de su cuerpo le ganara a sus piernas y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo.

Habiéndose sentido tan humillado y molesto, sentía haber hecho lo que era correcto hacer… Lo que era justo. Aun así, no lograba arrancar de su pecho aquella sensación de que quizá debió haberse tomado las cosas de otra manera, que habría debido reaccionar de forma más tranquila, una forma que no le cerrara todas las puertas con él. ¿Acaso no había sido ya su amante desde el principio?… ¿Y el cuadro…? ¡Dios!

Y la mitad de las lágrimas que había derramado desde entonces eran de física rabia, porque odiaba el descubrirse pensando de esta manera tan abismalmente absurda y necesitada. La otra mitad de ellas, obedecían al dolor lacerante en su pecho, producto de la tristeza más profunda que hubiera sentido jamás.

Estaba por completo deprimido, debatiéndose entre la rabia y el dolor que sentía. No creía que tal sentimiento pudiera existir y menos que él, justo él, fuese capaz de sentirlo… De padecerlo, más bien. Cada lágrima que no había escapado de sus ojos mientras estaba en plena contienda con Joaquín, ahora salía a borbotones, multiplicadas por mil.

Toda su calma había acabado de desaparecer en ese baño, en ese momento. Nunca creyó haber visto un momento más oscuro que aquel. Ahí estuvo la crisis que había contenido, explotando dentro de él, arañándole el interior con saña. Necesitaba, de forma desesperada, una manera de sobrevivir al peor dolor que había sentido en toda su vida.

Ya no quería amarlo más…

4

Cuando Ricardo y él bajaron al comedor, pasadas las 9:00 de la mañana, Micaela estaba a punto de marcharse. Les explicó que iría a pasar el día en el club de tenis con Macarena, que acababa de llegar después de un corto viaje a Ámsterdam. Aun así, departió con ellos durante unos veinte minutos, tiempo durante el cual Martín podría jurar que ella hizo un verdadero esfuerzo para no acribillarlos con decenas de preguntas acerca de lo que pudo, o no, pasar entre ellos la noche anterior.

El «Estoy molido» que dejó escapar Martín, de manera aparentemente casual y por completo a propósito, tuvo dos resultados evidentes en la fisonomía de dos de los presentes en la mesa: Los ojos de Micaela se abrieron desmesuradamente y las mejillas de Ricardo se colorearon, mientras su vista se clavó en las crepas de fruta en su plato, durante un tiempo indefinido. Esta incomodidad desencadenó en el hecho de que Mimí automáticamente comenzara hablar de trabajo, en específico acerca de estar licitando para obtener la campaña, a nivel Latinoamérica, de una nueva línea de celulares de alta tecnología.

La alegre y caribeña Lola los acompañó mientras terminaban el desayuno, una vez que Micaela se fue. Amenizó la charla con historias de su país y con decenas de preguntas que mantuvieron a Ricardo entretenido, cosa que Martín agradeció. Lo que ya no agradeció tanto, fue cuando Lola se remontó doce años atrás, cuando llegó a trabajar para ellos, y decidió compartir la impresión que tuvo de él.

—Hubiese usted visto a mi niño en aquel entonces, señor Ricardo. Era una cosita de nada que no se quedaba quieto ni aunque le pagaran. Apenas tenía Cinco años y con suerte alcanzaba el metro de estatura. Era tan adorable, que se lo quería tragar a uno con esos ojotes bellos que le ocupaban media cara. Bastante despierto y avispado… No se callaba un segundo y se la pasaba detrás de mí preguntándome por qué hablaba con un acento tan raro… Riéndose de lo lindo cuando me veía bailar…

—Ya basta, Lola. ¿Qué pretendes? ¿Qué va a pensar Ricardo de mí al oírte decir semejantes tonterías?

—Pienso, de hecho, que no has cambiado en mucho. — Posó una mano en su mejilla, y luego le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, seguro buscando molestarlo. — Pues considero que sigues siendo absolutamente adorable.

Lola quiso derretirse en la silla cuando escuchó a Ricardo decir aquello, a juzgar por la cara que hizo, e inmediatamente se quejó de su poca suerte en el amor. Martín, por su parte, pensó en que si ese era el movimiento que Ricardo estaba tratando de utilizar para vengarse en alguna forma por estar, de manera constante, siendo expuesto como un calenturiento ante Mimí, era una manera más bien débil. Él también podía jugar… Y él siempre jugaba a ganar.

Lola pronto les anunció que se marchaba, pues era domingo, su día de descanso, y quería hacer unas cuantas compras además de encontrarse con un par de sus conocidas y llevarse a la chica que le ayudaba en la casa, con ella. Normalmente ella no daba mayores explicaciones acerca de lo qué hacía los domingos cuando salía de casa, pero por algún motivo ella no había escatimado en explicaciones para con Ricardo, aun cuando este obviamente no las había pedido.

—Lola… La piscina, ¿Está llena?

—Ajá.

—Antes de irte podrías, por favor, dejar funcionando el calentador eléctrico.

— ¿Usted ya miró por la ventana, jovencito? ¿Con este día tan frío como está…?

Martín miró en dirección a Ricardo.

—Estoy en medio de una cita, y pienso sacarle todo el provecho que pueda.

***

Le había costado lo suyo convencer a Ricardo para que lo acompañara a la piscina. En definitiva Lola y él tenían razón, el día estaba excesivamente frío, pero su argumento de que la piscina contaba con climatización al final pesó más. Otro asunto, incluso más demorado, fue la cuestión de no tener un vestido de baño de la talla de Ricardo.

—Estamos solo los dos. Ambos somos hombres, ¿Qué de malo tiene que te vea en ropa interior? Relájate, Etic… Richie. ¿A qué podrías temerle? Yo solo soy, después de todo, un chico adorable. Y de seguro adorable también quiere decir inofensivo.

No sabía exactamente por qué, pero Martín encontraba muy placentero el hecho de turbar a Ricardo. Nunca había sido su intención dañarlo a pesar del supuesto odio que sentía por él, y encontraba aquello mucho más divertido.

— ¿Pero quién te teme, niño? ¿Has escuchado antes la palabra «pudor»? Solo a eso obedece mi… Reticencia.

Martín se limitó a elevar una ceja en lo alto de su frente. Acto seguido, se sacó la bata de baño, cerca de la orilla de la piscina, revelando un cuerpo juvenil y esbelto, cubierto únicamente por un bañador de color azul que cubría sus piernas a medio muslo.

—Hey, ¿Qué es eso?—Ricardo señaló hacia su pierna.

Martín se acomodó el cabello detrás de la oreja y miró hacia donde el otro le señalaba.

—Ah, ¿Esto?—Dijo, refiriéndose al arañazo rojo y medio inflamado a lo largo de su muslo, señalándolo de forma vaga. —Una herida de guerra… Es solo algo por lo que te culparían a ti y a tu apasionamiento desmedido, si Mimí llegara a verlo. —Bromeó, pero eso solo lo hizo pensar con dolor en el autor de aquel verdugón.

Joaquín.

—Yo jamás te tocaría de manera burda…

Martín se giró en dirección a Ricardo, malditamente lento y coqueto. La cuestión con una piscina climatizada en una ciudad que era fría la mayor parte del tiempo, es que lo único que se logra mantener a una temperatura elevada, es el agua. Fuera de ella, el aire helado arremete con la misma intensidad de siempre… Martín era por completo consciente de lo que el frío es capaz de hacerle a un par de tetillas al desnudo, y el efecto que eso era capaz de causar.

—No me tocarías de esa manera, pero… ¿Me tocarías? —Si… Había descubierto un nuevo juego que le gustaba. Pudo ver la manera evidente en la que Ricardo pasó saliva y  encendió su rostro en un brillante tono de rojo.

—Yo no quise decir…

—Cuando era niño— Interrumpió de forma deliberada mientras se sentaba en la orilla de la piscina y metía los pies dentro del agua—, tenía un sueño recurrente. Estaba en casa, pero había agua por todas partes… No es que estuviera debajo del agua, a lo que me refiero es a que la casa entera era como una pecera. No era una pesadilla, en lo absoluto, era de hecho un sueño que me gustaba tener. La sensación de ingravidez… No tener que caminar, sino flotar o nadar en su lugar… Lo mejor de todo,  era que a pesar de toda el agua, podía respirar con normalidad. Ahora lo gracioso, y quizás lo más extraño, radicaba en el hecho de que a pesar de toda el agua esta piscina seguía siendo tal. El agua aquí era diferente… Y con ella si me mojaba y tenía que esforzarme para no ahogarme y mantenerme a flote. —Miró nuevamente en dirección a Ricardo. — El punto es: Me gusta el agua, y estar aquí dentro, mientras afuera llueve, como está a punto de hacerlo, es lo más parecido a la sensación de mi sueño que puede otorgarme el  mundo real—Martín miró hacia el techo de láminas acrílicas que encerraban el área y le permitían ver con plena claridad el cielo nublado—. Agua en las nubes… Sobre mí, agua debajo de mí y a mí alrededor… Justo como en mi sueño. Y estoy invitándote a hacer parte de eso. ¿Vas a rechazarme?

—Suena como algo importante. Pero… Ahora mismo no hay nadie aquí, así no necesitas fingir que te importo o que somos una pareja. Estás jugando conmigo y puedo notarlo perfectamente.

A Martín le sorprendió el hecho de que la voz de Ricardo sonara dolida en alguna medida.

— ¿No te gusta que juegue?

—No.

— ¿Por qué?

—Me hace sentir… más solo.

—Pero, Ricardo, ¿Te molesta?

—No… No con exactitud.

Martín dejó que su boca jugueteara con una sonrisa bastante sutil. Una sonrisa que le quitaba toda picardía a su rostro y plagaba sus facciones de algo calmado y vaporoso, tan fuerte como los momentos en los que quería verse arrollador y sagaz.

—Esto… Este «acuerdo» entre nosotros, tiene un tiempo límite, Ricardo. ¿Quién dice que tú y yo no podemos divertirnos mientras tanto? ¿Quién sabe si tú quizá tengas el gen y yo pueda ayudarte a disfrutar de él.

— ¿El gen? ¿Cuál gen?

***

Ricardo no utilizaba calzoncillos blancos de manga corta, como, de manera estúpida, él había imaginado. De hecho, cuando su profesor reveló su ropa interior, Martín sintió ganas de reírse a carcajadas, pero no de él, sino de sí mismo.

Tenía curiosidad, debía reconocer.

Con la ausencia de ropa Ricardo había revelado, además de unos bóxeres de color negro, un cuerpo delgado que distaba bastante de ser por completo desgarbado. Su cuerpo, aunque no era trabajado, tenía la bendición de contar con unos hombros anchos que servían de soporte a su torso, además de un muy buen par de muslos. Sus brazos eran largos y sus manos grandes y cuidadas.

Jugar un poco, ¿Quién se lo impedía? ¿Por qué no?

Ambos nadaban en silencio. Un acuerdo tácito, con reglas no escritas al que ninguno dijo que sí… Pero tampoco que no. Aunque fuese en aquella única ocasión, ¿Por qué no? Si no se lo impedía Ricardo, menos lo haría la situación.

Cuando ambos llegaron cerca de la orilla del lado menos profundo de la piscina, donde si permanecían de pie el agua apenas le llegaba a la altura de las clavículas a él, que era el más bajo de los dos,  Martín retuvo a Ricardo recostándolo contra el borde. Lo miró a los ojos y notó como se aceleraba su respiración… Y en respuesta la suya hizo lo mismo. Su cuerpo seguía sus instintos sin importar que su corazón estuviera roto.

Ayudado de la manera en la que el agua convertía su cuerpo en algo ingrávido, se abrazó al cuello de Ricardo y dejó que sus piernas se amarraran en torno a sus caderas. Ricardo lo miraba a los ojos con una seriedad tal, que Martín estuvo seguro de que se le subieron los colores al rostro. Aun así, él tampoco apartó los ojos.

Los ojos de color café eran fuertes y serenos… Necesitados.

—Esto… no es correcto, pero ya tendré tiempo para arrepentirme… Después. Voy a besarte ahora, Martín. Voy a besarte.

Y como en la última ocasión en la que sus labios se juntaron, Ricardo le sacó el aire de la mejor manera que puede utilizarse para sacarle el aire a alguien.

En medio de aquel beso, las manos de Ricardo que en un principio habían permanecido alejadas de su cuerpo, se apoyaron en lo alto de sus costados. El camino de descenso hacia sus caderas, fue sinuoso, torturante y deliberadamente lento. Cuando terminaron el recorrido, ambas manos se apoyaron con firmeza por debajo de sus muslos, hasta que Martín sintió como Ricardo las anudó una con la otra y lo empujó, izándolo hasta que fue él quien se encontró besando a Ricardo desde arriba.

Ricardo giró en el agua y fue entonces Martín quien se encontró prisionero contra él borde. Víctima de su propio invento.

Aire…

Aire…

Necesitaba aire.

Siendo él quien se encontraba más arriba en aquel momento, elevó un poco más la cabeza hasta que sus labios se separaron. Ricardo lo dejó resbalar entre sus brazos, para que descendiera a su altura, pero no lo soltó. Ambas respiraciones agitadas. Ambos cuerpos electrizados e inflamados. Las partes justas de sus cuerpos haciendo contacto.

— ¿Qué es esto, Martín? ¿Qué es?

—Tú… ¿Quieres que paremos?

En la mirada había claras señales de estarse debatiendo; cosa que no dejó de sorprender a Martín.

—No quiero que paremos. Pero debemos hacerlo.

***

Entrada No. 12 – Diario de Martín.

Tengo miedo.

Miedo de esta ausencia de mí mismo.

Sé que algo muy malo me ocurre, pero no quiero enfrentarlo.

No me gustan las cosas o las situaciones que escapan de mi control

Me siento extraño y disuelto. Me siento muy mal… Físicamente mal. Mi cuerpo me está traicionando.

La parte más estúpida y cobarde de mí, me ha convencido de que mientras no me enfrente a ello, no existe, que entre menos sepa, mejor.

Sé que debería hablar… Pedir ayuda… Alertar a alguien acerca de esto, que es desconocido y alarmante; pero tengo miedo de las respuestas.

Además, aunque suene estúpido, tengo miedo de preocuparla a ella.

Mamá…

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