Capítulo 32

En nombre del desastre – Primera Parte.

Aquella cena no era normal en lo absoluto. Y aunque algunos de los presentes no fuesen capaces de percibirlo, él sí que lo hacía porque estaba dolorosamente consciente de todo. Aquello era extraño, bizarro, inconveniente y sobre todo era demasiado incómodo; aun así, era como un baile de máscaras… Todos bien puestos, alegres y vivaces. Todo tan perfecto en la superficie, que incluso llegaba a chocar un poco. Todo se veía como se suponía que debía ser: Un grupo de personas departiendo mientras compartían una agradable velada, pero la procesión iba por dentro.

El dolor de cabeza que se había auto invitado a acompañarlo aquella noche ya podía comenzar a catalogarse como algo insoportable. Le escocían peligrosamente los ojos y le pulsaban las sienes; además estaba el inconveniente hecho de que a pesar de estar sentado, sentía que el piso bajo sus pies no estaba del todo estático.

Aun si Martín hubiese querido, no habría podido atribuirle aquel malestar a otra cosa que no fuese al hecho de que Joaquín estaba sentado frente a él y como si eso no fuese motivo suficiente para ponerle a hervir la sangre e inflamarle las venas del cuello y de las sienes, el muy desgraciado no estaba solo, sino que ni más ni menos que con su maldita Irina a un lado.

Si Martín quería las cosas un poco más complicadas e incómodas, solo tenía que escoger entre los demás comensales: Su madre, su contador —el siempre acomedido, completamente calmado y malditamente bueno en la cama: Señor Lucio Montecarlo— o Ricardo, a quien Micaela, a saber por qué, se había tomado la libertad de invitar aquella noche, sin su consentimiento. Por supuesto era de agradecerse el hecho de que la hija de Lucio, cuyas curvas Martín tuvo el placer de conocer y recorrer hasta hartarse, no estuviera presente también, aunque en medio de aquel inminente desastre, uno más, uno menos…

Martín Inclinó su cuerpo en dirección a Ricardo y acercó los labios a su oído.

—Yo no te invité, así que esto no cuenta como una de nuestras «citas»—. Mientras le dijo aquello en un susurro que el mismo Ricardo apenas fue capaz de escuchar, Martín puso una pequeña sonrisa coqueta que no tenía otra intención aparte de disimular ante los demás puesto que, sin ninguna aparente vergüenza o pelos en la lengua, Mimí había presentado a Ricardo como «oficialmente el novio de su hijo» nada de raro tendría ese tipo de intimidad.

Había dicho eso como una especie de queja, pero por supuesto el que Ricardo estuviera allí en aquel  momento, era la mejor casualidad de todas y le daba un poco de sentido a aquella locura en la que se habían embarcado.

—Ese no es mi problema, Martín. Estoy aquí, frente a un montón de gente, fingiendo tener algo contigo así que… Cuarta cita. —Aunque Ricardo, al igual que él, había puesto una sonrisa en sus labios al responderle, la tensión y la molestia en su voz eran algo palpable. Martín supuso, entonces, que se sentía incómodo porque tantas personas estuvieran relacionándolo con él en el ámbito sentimental.

A Martín no le pasó desapercibida la expresión de reproche en el rostro de Ricardo cuando fue obvio que Joaquín tenía una pareja. De seguro fue capaz de sumar 2 + 2 y sacar la conclusión, quizá no del todo equivocada, de en qué lugar lo dejaba eso a él: Como la persona ruin que se entrometió en una relación. Mierda, que él era la otra.

El que su madre, la persona con la que no hacía mucho tenía sexo la mayoría de los días hábiles de la semana,  la persona con la que solía tener sexo a una edad aún más inconveniente que la actual y la persona con la que estaba fingiendo tener sexo, estuvieran sentados en la misma mesa, justo a su alrededor y con una parte considerable de sus atenciones centradas en él, ya hubiese sido motivo suficiente para estresarlo; pero que además su persona Non grata número uno también lo estuviera, era como para volverse loco.

Sabía que ninguno de los hombres presentes iba a mencionar de manera casual, y de un momento al otro, que  conocían la piel de lugares de su cuerpo donde normalmente no le daba el sol,  pero aun así estaba nervioso y se sentía culpable; sobre todo al sentir el brazo de su madre rozar el suyo de forma ocasional, recordándole que ella también estaba allí.

Hasta ahora tenía Diecisiete años, ¿Cómo era que había logrado complicarse tanto la vida?

Martín no sabía a cuál de los fuertes sentimientos que lo embargaban entregarse primero y con mayor fervor: ¿A los celos? ¿La inseguridad? ¿La rabia? ¿El miedo? Incluso la vergüenza estaba a la orden del día. Quizá por primera vez en su vida se sentía como un componente químico inestable, bullendo aparentemente tranquilo dentro del tubo de ensayo, pero que con una pequeña chispa o un golpecito al recipiente contenedor y ¡Boom! La explosión que se desencadenaría no dejaría títere con cabeza.

Joaquín había tenido el descaro de enviarle un mensaje para advertirle que llevaría a Irina con él aquella noche, pero el saberlo de antemano no había suavizado el golpe para Martín, ni siquiera un poco. Había tenido, como siempre con todo lo que tenía que ver con Joaquín, que guardar la compostura, disimular, aguantar todo lo más estoicamente que pudo, y fingir que con respecto a aquel tema él estaba por encima del bien y del mal. Pero tener que verlo a él después de lo que había ocurrido la última vez que se vieron ya habría sido lo suficientemente malo, ¿Por qué tenía que verla a ella también?

Ella había ganado. Tendría a Joaquín para ella sola… Podía echarle salsa y tragárselo si quería. Él, en cambio, tenía un corazón por primera vez en su vida sensibilizado al extremo, que bailaba loco en medio de su pecho, con la inconveniente y recién nacida virtud de arrancarle lágrimas cuando le daba la gana y además tenía el orgullo destrozado.  ¿Era acaso mucho pedir el no querer testigos de su decadencia… Y menos ella?

Odiaba sentirse derrotado, pero ya no tenía algo por lo cual luchar.

No era la primera vez que tenía a Irina así de cerca, mirándolo con aquella expresión de «Tengo derecho a juzgarte y a medirte… y te encuentro insignificante» pero esa noche en particular no sabía con exactitud cómo tomarse aquello y en realidad no estaba de humor para pelear por la territorialidad de un terreno sobre el cual ahora sabía nunca tuvo un legítimo derecho. Quería odiarla, eso quería. Quería culparla, eso quería.  Ella… Que le era mucho más agradable cuando fue una presencia sin rostro, un fantasma desconocido dueño de un broche para cabello enredado en las sábanas de Joaquín, que se cernía sobre él para hacerle pensar en sus falencias, pero que ahora eclipsaba su atención impidiéndole centrarse en algo más, incluso si se esforzaba en ello.

A aquella mujer no le bastaba con ser estéticamente correcta, sino que también se comportaba de manera agradable y graciosa, hablando con pericia y experiencia acerca de viajes, de cultura y de arte, asegurándose con ello la simpatía de Mimí, que la miraba con verdadero interés, elogiando su atuendo y lo fluido que hablaba el español; además tenía que ponerle la cereza al pastel con su marcado acento franchute… Haciéndolo sentirse como alguien miserable que había osado meterse en el camino de una pobre mujer, que para colmo estaba embarazada. ¡Dios! Si no fuese él uno de los directamente implicados en aquella patética historia de amantes y alguien se la relatara —y él fuese capaz de verlo todo sin apasionamientos y de forma imparcial— lo más seguro era que se hubiera puesto de parte de ella de inmediato.

La charla en la mesa era animada, sin embargo Martín la estaba dejando correr sin participar en ella, demasiado concentrado en el hecho de que Joaquín no hacía contacto visual directo con él. Sus ojos pasaban encima de su persona como si fuese solo parte del decorado, y por supuesto lo estaba haciendo de forma completamente premeditada. ¿Es que acaso era idiota? Al ignorarlo de aquella manera solo lograba ponerlos en mayor evidencia; porque su indiferencia solo hacía que Martín quisiera mirarlo con más intensidad y estaba rindiéndose ante las ganas con demasiada facilidad; los golpecitos constantes de Ricardo sobre su muslo derecho le indicaban que así era.

— ¿Estás listo para confesar la verdad en este momento?—. Le susurró Ricardo, recargándose un poco contra él. Martín negó con la cabeza de forma rápida, pues ciertamente esa no era su intención. Menos ahora que todo entre Joaquín y él era insalvable… Ya no tendría caso. Le inquietó la pregunta de Ricardo, ¿Acaso estaba pensando en traicionarlo exponiéndolo allí mismo? Claro estaba que si lo hiciera, en realidad Martín no podría culparlo. Él le había prometido que mantendría la situación bajo control y discreta, pero allí estaban, con más testigos de los que convenía—. Si sigues mirándolo de la forma en la que lo estás haciendo, ya no va a ser necesario; porque cualquiera que ponga un poco de atención va a ser capaz de adivinarlo. — Ricardo estaba aprovechando el hecho de que la atención de todos estuviera puesta sobre Irina y sus relatos para prácticamente reñirlo con duros susurros. —Tú me dijiste que parte de tu intención al arrastrarme a esto era darle una lección… Hazlo entonces. Cumple con tu propósito. Haz lo que debas hacer, pero hazlo bien. — Una pequeña pausa durante la cual se reacomodó los anteojos y se removió en la silla.— ¿Escucha? Yo no puse muchas condiciones con respecto a esto entre nosotros, pero ahora mismo aquí hay una — Ricardo giró el torso un tanto en su dirección —, no quiero ser percibido por… ese, como un imbécil. Se supone que estamos juntos, entonces no me hagas lucir como a alguien a quien no le das valor. —Martín ladeó un tanto el rostro en su dirección. Imposible no hacerlo cuando notaba la seriedad en la voz de Ricardo. — Desconozco los detalles de la situación entre ustedes dos, pero si lo que pretendes es darle una lección de algún tipo, mirarlo con cara de cachorro herido definitivamente no es la manera.

¿Tan evidente era? ¿Tan débil? Pero… aun si fuese infantil e inapropiado, y que atentara contra todo lo que se había propuesto con respecto a Joaquín, Martín más que nunca quería que él lo mirara, que reconociera su presencia; que se estrellara con sus ojos y leyera en ellos el desprecio que quería obligarse a sentir, para devolverle, con una mirada hiriente y despectiva, un poco del desamor que Joaquín había sembrado en él. ¿Por qué? Porque a veces su infantilidad gritaba demasiado alto.

«¡Mírame!… Mírame, maldito.»

Quería mirarlo a los ojos y decirle con ellos una mentira: Que ya no lo amaba más… Que no le importaba. Una mentira sin duda, porque lo cierto es que el amor aunque lastime y sea incorrecto o entregado a quien no lo merece, no desaparece con solo chasquear los dedos. Quizá lo único verdadero en sus ojos sería el desprecio… Aquel desprecio que, para su puñetera mala suerte, podía sin problema convivir con el amor.

Martín pasó por una variada gama de sentimientos en un corto lapso de tiempo: desde la tristeza, la incomodidad, la sensación de traición y abandono, un poco de vergüenza, hasta la decepción. Pero el último y el que con más fuerza lo golpeó, fue la rabia… Ira del más alto calibre. ¿Cómo se atrevía Joaquín a no mirarlo cuando tan solo unos días atrás se lo había follado con una saña egoísta, tras lo cual le pidió ser su amante? Nunca antes se había sentido tan humillado y tan utilizado. Debió importarle realmente poco a Joaquín si ahora no le importaba restregarle a Irina en la cara… En su propia casa, sin respetar su duelo.

Una cosa había sido haber tenido que enfrentarla a ella sola cuando la conoció, o el haber tenido que pasar casi corriendo a su lado en cada oportunidad en la que ella llegó al estudio y él se había encontrado allí, pero algo muy distinto, y mucho peor, era el tenerlos frente a él a los dos… Juntos… Haciéndolo verlos como una pareja, cosa que él jamás alcanzaría.

¿Tan insignificante fue para Joaquín que ahora no merecía ni siquiera una miserable mirada? ¿Tan insignificante que el no haber accedido a ser su amante lo convertía en alguien sin importancia que no merecía que siquiera reconociera su presencia?

… Si Joaquín sentía que no estaba lastimando ningún sentimiento porque el acuerdo tácito que hubo entre ellos en algún momento rezaba que aquello que los unía no era más que sexo, ¿Por qué huía de sus ojos, entonces? ¿Por qué se veía como alguien culpable?

Porque lo es, Martín… Es culpable y tú estabas advertido.

Y tras todo esto, la más grande pregunta de todas: ¿Por qué, por todos los cielos, sentía que seguía queriéndolo? ¿Por qué? Porque era un completo idiota masoquista y porque el amor carece de sentido. Comenzaba a convencerse de que era por eso.

Soltó un bufido casi imperceptible. Sabía de sobra la atracción que los chicos malos solían ejercer y aceptaba el hecho de que él no estaba exento de padecer tal debilidad, pero era ridículo que eso fuese capaz de convertirlo en un completo idiota irracional, al insistir en su enamoramiento por alguien así de dañino. Una cosa era quemarse accidentalmente, otra muy distinta era caminar directo hacia el fuego aun a sabiendas de que las llamas lo iban a abrazar hasta consumirlo por completo.

Cuatro de los presentes en aquella mesa estaban enfrascados en una conversación acerca de representaciones, porcentajes de comisiones, figuras jurídicas y contables… Una cantidad de pequeños ITEMS acerca de la venidera exposición de Joaquín y en los cuales Martín no estaba interesado en poner demasiada atención, pero acerca de los cuales escuchó lo suficiente como para entender que se estaban poniendo de acuerdo con respecto a tazas de ganancia para Joaquín como artista y para su madre al actuar como inversionista y al ejercer en calidad de representante de la prometedora —aunque de momento no pudiera llamarse ascendente— carrera de Joaquín como pintor e ilustrador. Mimí lo había hecho diversificarse explotando su faceta de artista gráfico y gracias a esto ya había ilustrado unas cuantas sátiras políticas para una revista de circulación nacional.

Martín se sintió terriblemente asqueado al desmenuzar aquella situación. Al ver a aquel par frente a él actuando como una pareja estable y comprometida con la causa. Una pareja que analizaba con cautela e interés cuanto se les decía y juntos trataban de tomar las mejores decisiones con respecto a algo que influiría directamente en sus futuros. Si Martín no supiera que Joaquín era un egoísta de profesión y ella —para efectos prácticos y desde su poco objetivo punto de vista— una bruja desalmada, aquello incluso hubiese podido llegar a conmoverlo, pero en lugar de ello quería vomitar.

Para ser sincero, en aquel justo momento no tenía claro si quizá debía sentir ganas de llorar por el lugar dónde toda la situación lo dejaba a él: en el limbo amoroso y como el amante —que no quiso seguir siendo— dejado de lado… O si, por el contrario, lo más acertado era reírse por lo ridículo que le parecía todo.

De manera increíble, y a pesar del cúmulo de emociones que bullía dentro de él casi despedazándolo,  externamente Martín, aparte de verse un tanto más huraño y más callado de lo que era común en él, no daba muchas muestras de su desmoronamiento interno. Solo él —y nadie más que él— sabía cuánto le estaba costando en realidad estar sentado allí sin estrellar los puños en la mesa y sin ponerse a repartir improperios.

¿Era sinónimo de madurez el sufrir en silencio, acaso? ¿O era solo su orgullo, renaciendo de entre las cenizas, el que estaba manejando la situación? Quizá era solo que comenzaba a aceptar el hecho de que había eventos y personas por las que no valía la pena sufrir.

Y el corazón…

El corazón repentinamente bajo cero.

De un momento al otro, su corazón reaccionó endureciéndose con una capa de hielo. Porque en ocasiones era mejor no sentir nada, y esa resolución solo llegó cuando finalmente Joaquín lo miró… Cuando dirigió los ojos hacia él, justo después de besar a Irina en los labios. Después de que, mientras hacían el cambio al plato fuerte, el muy imbécil aprovechara la pausa para anunciarles a todos en la mesa que, puesto que Irina y él se conocían desde hacía años y llevaban un buen tiempo saliendo y estando ella en embarazo, habían decidido que era momento de formalizar su relación.

¿Cuánta mierda más era capaz Joaquín de lanzarle a la cara?

El silencio reinó en la mesa durante algunos segundos. Irina miraba a Joaquín como si a este acabara de salirle un tercer ojo, conteniendo el aliento y evidenciando así que ella, al igual que los demás allí, no se esperaba aquello.

Los ojos de Joaquín estaban engarzados en los de Martín, estudiándolo minuciosamente después de haberlo ignorado durante lo que iba de la velada, pero él se quedó estático, sosteniendo su mirada de forma estoica. No pensaba darle el gusto de verlo reaccionar para bien o para mal. Cargó el tenedor con comida y se lo llevó a la boca… Joaquín hizo lo mismo.

Con la vista periférica notó que la mirada de Ricardo estaba clavada en su sien, tratando de obligarlo a que lo mirara… En busca de una confirmación; haciendo con esto que Martín recordara que lo del embarazo era algo que no había querido mencionarle; como tampoco lo había puesto al tanto del hecho de que compartía la entrepierna de Joaquín con alguien más. ¿Por qué habría tenido que decírselo, en todo caso?

Martín silenció a su corazón cubriéndolo con escarcha… Una capa fría que posiblemente se derretiría o explotaría después…

Una hora después…

Un día después… Un año después…

No importaba cuándo, siempre y cuando lo ayudara a sobrevivir lo que restaba de aquella nefasta y extraña reunión, y a no sentir aquel dolor ridículo que percibía asechándolo por los bordes.

— ¡Wow! Pues, vaya… ¿Enhorabuena? Joaquín yo… Los felicito. Se ven magníficos juntos. Con razón rechazaste el champaña, Irina. — Dijo Mimí, rompiendo torpemente el silencio mientras elevaba su copa. —Esto en definitiva merece un brindis. Irina, no me queda más que decirte que eres increíble, mujer. Haz logrado lo que muchas han intentado hasta el cansancio; haz echado el lazo sobre el hombre más esquivo de todos.

—Oh. Remerciements, Micaela. —Irina elevó la copa de agua, a su vez. Miró en dirección a Martín. —Ni que lo digas. No alcanzas a imaginar la cantidad de obstáculos que hemos tenido que superar para llegar a este punto. Estoy muy emocionada. Sinceramente, creo que ya era hora, Joaquín. Te tardaste. — Este último comentario arrancó una sonrisa a Lucio y a Mimí

— Imagino que tu madre estará feliz de que sientes cabeza, Joaquín… Y un bebé ¡Oh Dios! ¿Ya lo sabe tu familia?— Dicho esto, Mimí se llevó la copa a los labios.

—No, aún no lo saben. Vosotros… Sois los primeros con los que compartimos la noticia.

2

Joaquín no pudo determinar con exactitud por qué había hecho aquello, pero lo cierto fue que se arrepintió de ello ni bien las palabras hubieron abandonado su boca. Algo en él, algo que sin duda obedecía a la parte más infantil y estúpida de su ser, lo había  instado a declarar aquella barbaridad. Estúpidamente lo había hecho solo porque sabía que con ello molestaría a Martín. Porque el mocoso estaba sentado frente a él, viéndose tan malditamente bien y acompañado de aquel gilipollas de anteojos, al cual Micaela no había tenido reparos en presentar como a la pareja de su hijo, y sintió aquello casi como si Martín se mofara de él y de lo imposibilitado que estaba para tocarlo. Le molestaba que se viera tan perfecto y tan tranquilo después de haber destruido su cuadro en medio de una pataleta ridícula…

… Cada vez que Joaquín recordaba aquella pintura y su destrucción, le hervía la sangre de pura rabia e impotencia. Sabía a la perfección que nunca iba a ser capaz de recrear aquel retrato, porque nunca más iba a pasar por exactamente las mismas emociones y los mismos sentimientos que lo habían acompañado durante aquel proceso. Nunca iba a volver a sentirse de aquella manera, con aquella explosión de novedad, de necesidad, de lujuria… Las ganas desbordándose de él… La necesidad de querer preservar con sus trazos aquella época en la vida de Martín… El lapso de tiempo en el que fue suyo.

Así que quiso, en cierta manera, vengarse de él, fastidiándolo. Porque Martín era como un libro abierto, más predecible de lo que él mismo creía y era capaz de reconocer. Había aprendido a conocerlo y para lastimarlo iba a mostrarle lo que de verdad significaba mantener alejado de sus manos lo que parecía querer más que nada, aunque dijera lo contrario o pretendería estar odiando: A él. Aun así, si veía las cosas con claridad, la realidad era otra y la verdad era que se había fastidiado a sí mismo.

El hecho de que fuese a tener un hijo con Irina no significaba que indefectiblemente tuviera que unir su vida a la de ella… Y ahí había estado él, abriendo la boca y metiendo la pata hasta el fondo. Todo porque le habían picado los celos. Ver juntos a aquel par había hecho que le subiera la bilis a la garganta y reaccionara de aquella estúpida manera.

Sabía que era algo hipócrita de su parte el siquiera atreverse a pensarlo pero, ¿Qué creía Micaela que estaba haciendo al presentar a aquel hombre como pareja de Martín? ¿Había ella perdido la cabeza, acaso? Eso era incomprensible e inconcebible… ¿Lo era?

¿Y si lo que él siempre consideró como algo imposible, no lo era en realidad? ¿Y si tener a Martín con él, solo para él, no era algo tan descabellado? Aquel tipo, el cuatro ojos gilipollas en diagonal a él que parecía querer asesinarlo con la mirada, claramente había tenido las pelotas de ir con Micaela y declarar que quería acostarse con Martín. Vale, seguro que aquel sujeto no lo habría dicho exactamente con aquellas palabras, era posible que hubiera mencionado sentimientos que bien podían ser verdaderos o no, pero lo cierto era que ahora era él quien gozaba de privilegios que antes fueron suyos y que él, por no saber jugar bien sus cartas y no haber sabido pedirle las cosas a Martín o haberle dicho lo que el chaval quería escuchar, le había puesto en bandeja de plata.

Joaquín siempre había sido un desvergonzado. Estaba plenamente consciente de serlo e incluso hasta cierto punto estaba un tanto orgulloso de su propia desfachatez. Nunca le había importado mucho el hecho de saber que la mayoría de sus parejas sexuales eran compartidas con alguien más; tanto así, que aquello de «compartir» en ocasiones llegaba al extremo de tener en su cama a más de una persona a la vez. Pensar en Martín teniendo sexo con alguien más había sido algo que no le había importado mucho cuando se enteró, algo que se dibujó en su mente como algo lejano que no le afectaba a él en lo más mínimo mientras siguiera teniéndolo en su cama; pero ahora, al tenerlos frente a él, siendo consciente de lo real que era aquello, después de escuchar como Micaela les había dado su bendición hasta el punto de no sentir que aquello debía ser algo privado, fue una patada directa al hígado.

—Hijo, ¿Tú ya conocías a Irina? ¿De cuando Joaquín te daba clases de dibujo? —. Joaquín dio un respingo ante el cuestionamiento que Micaela había dirigido a su hijo. Sabía a Martín capaz de soltar cualquier desfachatez.

—Sí, la había visto. Pero habiendo visto a muchas otras que también tenían pinta de estarse acostando con él—Martín lo señaló con un vago movimiento de cabeza—, nada me habría hecho adivinar que justamente ella sería su chica especial.

3

Aunque el comentario de Martín le causó cierta gracia, no llamó lo suficiente su atención como para querer averiguar a qué se había debido, o a qué naturaleza obedecía la evidente animadversión hacia la mujer que acompañaba al pintor y que, según el anuncio que el mismo hombre había acabado de hacer, era ahora su prometida. Por supuesto entendió que el comentario de la persona más joven en la mesa hubiese causado cierto tipo de malestar entre los presentes, en especial en Micaela, que se veía incómoda y hacía esfuerzos por excusar a Martín sin atreverse a reñirlo de forma directa, pues de lo único que parecían poder acusarlo era de un ataque de excesiva sinceridad, ya que no veía al pintor, que era el directamente atacado, decir nada para contrarrestar la acusación que había sido lanzada en su contra.

Puesto que nada de aquello le importaba o le afectaba, se limitó a observar la escena de manera indiferente y con mirada de diversión, mientras daba cuenta del excelente champaña y la deliciosa comida.

A Lucio no le importaban el futuro bebé o la recién comprometida pareja… De hecho en aquel punto  ya ni siquiera le importaba Micaela, pues su trabajo de asesoramiento ya estaba hecho y tenía la información suficiente para ayudarlos en la redacción de un contrato justo para todos; a él lo único que le importaba en aquel momento era el cuadro colgado en la pared y la nostalgia en la que lo tenía sumido.

En cierta manera, extraña y hechicera, era la pintura y no el mismo Martín sentado en diagonal a él, la que logró removerle las fibras, la que logró que su mente viajara atrás en el tiempo… A aquella época dulce, vaporosa y efímera en la que se sintió libre a pesar de haber tenido que esconder cada segundo de aquella historia que, de haber sido valiente y no haber tenido demasiado en juego, habría sido la única historia en su vida que habría valido lo suficiente la pena como para habérsela gritado al mundo entero.

«¿Saben? Alguna vez fui valiente de verdad. A pesar de haberme escondido no utilicé máscaras ni me traicioné a mí mismo, y mientras estuve entre sus brazos y él entre los míos, fui yo mismo, fui libre, fui feliz. Tuve una probada del paraíso que siempre anhelé. Me conocí de verdad. Él me hizo libre y yo lo satisfice. Dentro de mi prisión soy libre gracias a él, pues tuve su permiso para tenerlo a mi lado y para hacer mis fantasías realidad»

… Pero por supuesto era solo una bella historia que mantener atesorada y oculta en el baúl de los recuerdos.

Ese Joaquín era bueno en lo que hacía; tan bueno como para haber logrado sensibilizarlo con su pintura, hasta el punto de hacerle ver sus propios recuerdos recubiertos por una capa de óleos. Le vaticinaba un gran futuro, aunque algo tardío en iniciar, puesto que no era ningún chiquillo.

¿Sería muy extraño que se ofreciera a comprar aquella pintura?

Pero debía ser realista y consecuente y aceptar que a pesar de tanta maravilla y despliegue de talento, un conjunto de trazos, por muy buenos que fuesen, nunca iban a superar la belleza del original. De eso se convenció cuando se obligó a dejar de divagar con la mirada y finalmente se rindió, dándose permiso de clavar los ojos en él. De manera concienzuda, aunque fugaz, se tragó la visión de un Martín que, quizá para darle una lección que lo instara a dejar de lamentar el hecho de que estuviera alejándose a pasos agigantados de la niñez, le mostraba que su próxima adultez no había hecho desastres en su físico como él se había temido, sino que muy por el contrario lo estaba dotando de una elegancia y una gallardía que normalmente sus tendencias pedófilas le hacían pasar por alto e incluso lamentar, pero que en Martín comenzaban a conmoverlo.

4

Había bromeado con la existencia de aquel retrato, pero en secreto lo había admirado, reconociendo su calidad, porque de alguna manera más allá de únicamente en el ámbito físico, había logrado atrapar a Martín. No solo lo mostraba hermoso, sino también fresco y brillante. Pero ahora que sabía que tal maravilla había sido obra de aquel españolete al cual sin ningún miramiento, y quizá sin razón, había comenzado a catalogar como arrogante y déspota, había empezado a odiar aquella pintura. A aborrecer, especialmente, al autor. De ahí en más, si era que volvía a tener la oportunidad —o la necesidad— de mencionarla, jamás volvería a determinarla. Jamás volvería a referirse a aquella pintura ni siquiera en términos que la ridiculizaran.

Martin y su mundo habían comenzado a convertirse en un verdadero problema para él. Uno grave que no podía controlar. Y aunque lo más sabio, lo más común y lo más sano, habría sido querer alejarse de los problemas, resultaba ser que Martín era como una luz brillante con intenciones de electrocutar, y él como una polilla sin mucha voluntad o instinto de conservación.

Llegar a aquella casa y encontrarse con el hecho de que el hombre al cual Martín había dicho amar estuviera allí, le había valido para que algo ruin, posesivo y que hacía mucho tiempo no sentía, algo llamado celos, se apoderara de él. Sabía que no tenía ningún derecho a sentirse de esa manera. Su parte analítica lo sabía, pero el resto de su ser, aquella parte visceral sobre la cual no tenía mucho control, se pasaba las razones lógicas por el forro y allí estaba aquello, manando de él como lo haría el agua de una fuente

¿Qué tendría aquel hombre de especial? Si se daba a la tarea de tratar de conocerlo a profundidad, pasando por alto el hecho de que su instinto le gritara a grandes voces que en definitiva aquella no era una persona de su agrado y tratara de verlo sin apasionamientos,  ¿Iba a encontrarse con un ser humano profundo y valioso? Normalmente solía darles a las personas el beneficio de la duda, tratando de ir más allá de la primera impresión pero… con esta persona de verdad le costaba. En el interior de Ricardo, el pintor ya tenía una gran etiqueta roja pegada en la frente con la palabra «IMBÉCIL» impresa en ella.

Lo único que podía aseverar de él con certeza, era el hecho de que el tal Joaquín era una persona afortunada. Él había, después de todo, ganado el corazón de Martín al punto de haber hecho que el muchacho armara todo un teatro en torno a sus sentimientos por él. No medía consecuencias, no escatimaba en riesgos y hacía que los demás los corrieran, sin importarle mucho la lógica. Por él.  Un maldito afortunado sin duda, pues tenía a alguien que lo amaba de aquella manera profunda y loca… A él le hubiese gustado que alguien lo hubiese amado, o llegara a hacerlo, de aquella manera tan intensa alguna vez. Que lo mirara con la misma añoranza con la que Martín lo miraba a él… Era una lástima, porque Ricardo estaba convencido de que aquel hombre no se merecía aquello.

Comenzó a participar de manera aleatoria en la conversación, más que nada respondiendo uno y otro cuestionamiento superficial hecho por Micaela. Sus intervenciones eran como un pitido ocasional que servía para dar señales de vida y no parecer por completo un muñeco de madera sin las suficientes neuronas para estar presente.

A pesar de que  lo más normal hubiese sido que, dado que nadie en aquella mesa, aparte de Martín y su madre, sabía mucho acerca de él, el asunto más lógico y cómodo para tratar acerca de él hubiese sido su profesión, Micaela estaba siendo muy hábil al momento de esquivar este tema. Tan ridículo y extraño le pareció todo aquello, que casi sintió ganas de reír —casi— cuando en la mesa empezaron a hablar acerca de que el tal Joaquín, al parecer todo un dechado de virtudes el muy canalla, había dado clases a Martín en algún momento… Eso era el colmo del disparate. Otro profesor en los días de Martín, ¿En serio?

Dio un sorbo, quizá excesivamente largo, a la copa. En ese momento le hubiese gustado que se tratara de una bebida más fuerte, pero tendría que valerle con el champan.

Después de lo que casi ocurre en la piscina, aquello para lo cual debió revestirse de fuerza de voluntad para frenarse a tiempo y mantenerlo en un «casi», apenas y fue capaz de sacar la imagen de Martín de su cabeza durante el par de días que siguieron, de dejar de pensar en lo suave que se sintió su piel contra sus manos, de las cajas torácicas de ambos respirando al unísono, juntos, agitados, rozándose sin que hubiera demasiada tela entre ellos… Ricardo estaba convencido de nunca más en su vida volver a ser capaz de ver una extensión de agua sin que la sola visión de ello lo llevara justo hasta aquel momento.

La pelea en su interior era arrolladora, porque la parte racional en él le decía que había hecho lo correcto al ser fuerte y detenerse, mientras el resto de su ser gritaba aún más  fuerte y le reclamaba por no haber continuado, por no haberse rendido y haber llegado hasta el final para disfrutar por completo de su piel. Aún tenía su semblante gravado a fuego en las retinas… Aquel cuerpo joven y absurdamente atractivo que echó por tierra la última esperanza que le quedaba para escapar de aquella locura, pues de forma estúpida había guardado la esperanza de que la desnudez de Martín marcara el final de aquello que no podía ser más que pura locura.

Creyó, incluso esperó, que la inexistencia de curvas o la ausencia de un par de pechos suaves y bien puestos, que solían ser su perdición por tratarse estos de su parte predilecta de la anatomía femenina a la hora de tener un encuentro de naturaleza erótica, iba a apelar a su lucidez. Que la realidad iba a propinarle una cachetada que lo hiciera entrar en razón; más no fue así, porque a falta de aquello que normalmente solía encontrar atractivo, se encontró absorbiendo con desespero otro tipo de detalles…

Quién dijo que no habría encanto tras la ausencia de redondeces, cuando se encontró hechizado por la suave curva de su cuello. Poco le había importado que no hubiera un par de senos despuntando en su pecho, cuando sus clavículas eran algo elegante y anguloso a través de lo cual le hubiese gustado arrastrar la lengua hasta desgastársela. Quien iba a decir que con la insinuante y apenas pronunciada línea que dibujaban sus nalgas, dándole volumen  al bañador, iba a tener suficiente motivación como para querer ver todo lo que se ocultara debajo de aquella pieza de tela. Y no había derecho. Martín no tenía derecho a tener unas piernas así… ¿Qué acaso no debían los hombres jóvenes de esa edad tener piernas flacuchas y velludas como las tuvo él en su momento, y no aquel par de pilares blancos y esbeltos? ¿No debería Martín ser desgarbado? ¿Por qué tenía su delgadez que convertirlo en una elegante espiga al viento y no en un muchachejo enclenque y larguirucho? No había derecho… Simplemente no lo había.

… Sobre todo a lo que menos debería tener derecho Martín, era a tener aquella boca como fruta madura que representaba perversión y perdición.

En su mente viajaba constantemente a través del recuerdo de su piel, de los leves quejidos que logró arrancarle mientras lo besó, pues no creía antes haber escuchado algo tan erótico y tan prohibido… Una y otra vez se recreó en su recuerdo, una y otra, y otra vez más, porque había empezado a estar enfermo de él, porque había comenzado a padecerlo como a una fiebre de la cual no quería deshacerse. Una fiebre que se le abrazaba a los huesos y a la cordura… Una fiebre que aunque maligna, le gustaba. Porque Martín era el dolor y era la cura en medio del frenesí que le aquejaba.

Le gustaba. Martín le gustaba y ya no había ningún caso en negarlo. Así que fueron muchos los segundos, los minutos y las horas, que dedicó a arrepentirse de ser siempre tan consciente, tan medido, tan correcto y no haberse permitido aquel pecado, aunque al final se condenara.

Después de casi dejarse llevar, después de haberse regañado de forma constante por no haberse dejado ir, durante aquel martirio de cena debió cargar con el hecho de tener frente a él al hombre que había gozado de aquello que él se había prohibido, víctima de su consciencia. Debió aguantar el hecho de ver a Martín mirarlo con anhelo, de manera insistente, con él estando allí. Empezó a sentirse como un novio falso cornudo. Un cornudo imposibilitado para exigir respeto o explicaciones.

Un pinchazo absurdo y familiar se acomodó en medio de su pecho.

De seguro Martín no era consciente de ello, pero en la mirada que le dedicaba al otro podía percibirse a la perfección la sensación de alguien herido y anhelante; no era algo tan obvio, pero podía reconocer ese tipo de mirada porque era igual a la que percibía en sí mismo cada vez que se miraba al espejo el tiempo que le siguió a su desastrosa ruptura con Elisa. Le atribuyó esto último al hecho de que el pintor tuviera una pareja, aunque dudaba que esto fuese algo que Martín desconociera. De hecho, esto le valía como explicación al por qué Martín quería utilizarlo para vengarse de él.

Martín probablemente no se daba cuenta, pero su concentración en el otro era tal, que reaccionaba de manera inconsciente a cada uno de sus movimientos, por más mínimo que fuese. La peor parte de todo aquello que se vio obligado a contemplar en silencio, fue el tener que ser testigo del hecho de que aquel tipo se diera el lujo de desconocer que Martín estaba allí, sin mirarlo, sin reconocerlo, sin darle importancia. Estaba lastimando a Martín, ¿Era acaso que no se daba cuenta, o solo no le importaba? ¡Dios! Quería romperle la cara.

Después de superado el shock inicial cuando el pintor anunció que su mujer estaba en embarazo, intentó taladrar la sien de Martín en busca de una explicación; buscando saber si él estaba al tanto de esa situación. Intentó recriminarle con una mirada dura y reprobatoria por aquella información que él desconocía, sin éxito, por supuesto. Hubo un momento, un momento escaso y egoísta, en el que llegó incluso a alegrarse de aquella situación. Una situación que probablemente contaría con el suficiente peso como para que Martín decidiera alejarse del españolete por completo.

Desconocía como era la relación de ellos dos y qué era lo que había bajo la superficie. No sabía cuan lastimado estaba Martín —o si lo estaba en absoluto— por aquella nueva situación de la que Ricardo no sabía ni un solo detalle. Lo único que sabía con certeza era que no quería a aquel tipo cerca de Martín, eso era todo. La cuestión era que él no tenía ningún derecho real para exigir nada.

Martín comenzó a parecer indiferente de un momento a otro. Casi como si alguien hubiese activado —o en su defecto, desactivado— algún interruptor dentro de él. De pronto pareció  demasiado calmado y frío, tanto que incluso daba miedo, porque momentos atrás Ricardo casi esperó que se echara a gritar de un momento al otro. Estaba seguro de que lo más posible era que debajo de esa tela de calma con la que se había recubierto, después de haber tenido los ojos preñados de tristeza, estuviera resguardando algún sentimiento negativo y corrosivo, porque la alegría, la tranquilidad, o incluso la simple indiferencia, son algo que no se suele tener la necesidad de ocultar.

Ricardo ya no sabía si dadas las circunstancias, aquella cuestión de las citas seguía en pie porque, ¿Aún quería Martín preparar a su madre para, de forma eventual, presentarle a la persona con la que de verdad estaba sosteniendo una relación? Y ¿Esa relación aún existía a pesar de que el otro tuviera una pareja con la cual en un futuro cercano conformaría una familia? Empezó a sentir inquietud por el hecho de que aquel nuevo matiz en la situación lo alejara de Martín. ¿No se suponía que debería sentirse aliviado por eso? No. Ya no.

Levantó la vista y se estrelló de lleno con los ojos escrutadores de Joaquín, que le dirigían una mirada demasiado profunda para tratarse solo de pretender ser despectivo. Lo estaba analizando, lo estaba midiendo, tratando de catalogarlo quizá, y con esto lo obvio salió a la luz: aquel hombre evidentemente estaba bullendo de celos… Y eso le agradó. Lo hizo hasta el punto en que debió hacer un gran esfuerzo para que sus labios no se curvaran hacia arriba en medio de una sonrisa de suficiencia.

«Así es… En mí tienes a un rival.»

Cuando se calmó el pequeño alboroto que formó la madre de Martín, después de un comentario un tanto desagradable por parte de este, dirigido a la mujer de acento francés cuyo nombre Ricardo solo retenía durante los cinco segundos siguientes a que alguien lo mencionara, la cena continuó en medio de un silencio tenso. Un silencio que Ricardo se dedicó a rellenar con miradas llenas de animadversión dirigidas hacia Joaquín. Tenía el deber de hacer aquello, ¿no? Aquel Joaquín no sabía que la relación entre él y Martín era falsa, y se suponía que él mismo no estaba al tanto de que Martín y el pintor mantenían una relación, así que visto de esta forma él no tenía por qué estarse tomando la atribución de mirar de manera tan insistente a «su pareja» estando él presente.

No estaba más que desempeñando bien su papel. Un papel que había empezado a tomarse demasiado en serio, pues cualquier persona con reacciones normales se tomaría eso como una afrenta. Ricardo estaba, desesperadamente, tratando de convencerse de que esa era su razón y ninguna otra.

—Bueno, aunque de verdad lamento que debamos perdernos del resto de esta encantadora velada, Ricardo y yo nos vamos ya. Espero que sepan disculparnos, pero él y yo ya teníamos planes para hoy—. Martín le echó un brazo alrededor del cuello y lo acercó a él.

— ¿Planes? ¿Pueden esos planes al menos esperar hasta que terminen de comer?

—Mimí… Esto básicamente es una reunión de negocios, así que no sé por qué invitaste a mi pobre Richie a algo tan aburrido. Si me hubieses preguntado antes de llamarlo, te habría dicho que teníamos algo previsto para hoy, ¿No es así, bebé?

Martín giró la cabeza en su dirección y continuó engarzado en su cuello, así que sus rostros quedaron muy cercanos, con sus narices casi rozándose.

Bien pudo haberse quedado perdido en los ojos de Martín, pero en cambio miró hacia Micaela con incomodidad y, tal como esperaba, ella no se veía contenta; la cuestión era si estaba molesta con él, o con Martín… O con el hecho de que estuvieran así de cerca frente a ella y los demás.

Martíncito—dijo Micaela, evidenciando con ello que su molestia era para con su hijo, puesto que decirle aquel diminutivo definitivamente era con ánimos de hacerle notar lo poco contenta que estaba—, a Ricardo lo invité a venir desde el día de ayer, lo del contrato de Joaquín fue algo que surgió de último momento, porque Lucio me comunicó que le ha surgido un viaje inaplazable y no quise darle más largas a los asuntos de su exposición. No vi ningún problema en reunirlos a todos aquí y no quise cancelarle a Ricardo… Más que nada esta es una reunión entre amigos, en la que casualmente también mencionamos una que otra cosa referente a negocios. ¿Hay algún problema con eso?

A Ricardo no le gustó para nada la manera en la que Martín entornó los ojos, mirando a su madre.

«No abras la boca… No abras la boca, Martín… Solo no lo hagas»

Para como estaban las cosas, y si sus sospechas eran ciertas, Martín estaba a un  paso de estallar. En el momento en el que lo incordiaran lo suficiente, de su boca podía surgir cualquier barbaridad.

—Quizá Martín solo se siente incómodo o avergonzado por el hecho de que nos hayas presentado a su… novio, sin que él mismo estuviese preparado para ello. A lo mejor quería tomarse más tiempo antes de presentarle a su pareja un puñado de desconocidos y ahora se siente incómodo y expuesto de alguna manera.

Desde donde estaba sentado, Ricardo casi fue capaz de  percibir los engranajes de la cabeza de Micaela empezar a moverse, en respuesta a las palabras de Joaquín. Sintió a Martín tensarse, así que por debajo de la mesa posó una mano encima de su rodilla, dándole un toque como advertencia de que se calmara.

—Y… Si Martín se sintiera incómodo como dices, dime, ¿Tendría él algún motivo para ello? Es decir, ¿juzgarías mal  a mi hijo por ser gay?

Aunque Ricardo entendió a la perfección el porqué de la pregunta de Micaela y admiró su valentía y la manera en la que protegía los intereses de Martín, sin juzgarlo, sin dudar y con completa entereza, lo que no entendió fue por qué dirigió esta pregunta únicamente a Joaquín.

— ¿Yo?— Joaquín sonrió. — Por supuesto que no. Encuentro los matices de las personas absolutamente interesantes. Si Martín llegara a sentirse incómodo, te aseguro que yo sería la última causa de ello. ¿Qué me dice usted, Ricardo? A lo mejor si es que él se siente incómodo de alguna manera sea por su causa. —Oh, el muy imbécil estaba dirigiendo la atención de todos hacia él—. A lo mejor de alguna manera, él está tratando de protegerlo a usted.

Ricardo se retiró el brazo de Martín de alrededor de su cuello, pero retuvo una de sus manos entre las suyas.

—Si es que eso fuese cierto, Martín… Pequeño— Ni siquiera por casualidad estaba dispuesto a darle importancia al españolete dirigiéndose a él—, debes saber que por mí no hay ningún problema. Todo bien. De hecho, me gusta hacer parte de tu mundo y me siento agradecido por ello. Me gusta conocer tu entorno, hacer parte de él, y eso por supuesto incluye el conocer a las personas con las que compartes tiempo y afinidades… Como la pintura—. Después de tamaña mentira, porque lo cierto era que Ricardo hubiese preferido que de aquella falsa relación hubiera la menor cantidad de testigos posibles, Ricardo se llevó la mano de Martín a los labios y le besó rápidamente los dedos.

El chico sonrió.

— ¿Quién en sus cinco sentidos se atrevería a sentirse avergonzado de enseñarle a todos a un hombre como tú?—Martín le dio un suave pico en los labios y luego dirigió la mirada en dirección al pintor. — Desestimando un poco tus recién nacidas dotes de psicólogo, Joaquín, lamento decepcionarte pero el hecho de que nos vayamos a marchar en este momento no obedece a causas tan complicadas. Solo nos vamos de fiesta, porque el cumpleaños de Ricardo es dentro de poco y ya habíamos decidido empezar a celebrar a partir de hoy. — Martín miró a Micaela. —Mimí, discúlpanos, por favor. Señor Montecarlo… Es tan placentero departir con usted que es una pena tener que irnos, pero confío en que podrán seguir disfrutando sin nosotros. —Martín volvió la mirada hacia la pareja una vez más—. Ustedes dos… Mis disculpas por retirarnos y felicidades por el bebé y por la boda. Supongo que será pronto, pues a juzgar por lo gorda que está Irina creo que a ese bollo ha de quedarle muy poco tiempo en el horno.

Dicho esto, Martín tiró de su mano y lo arrastró fuera del salón con él.

***

Cuando Martín mencionó que se irían de fiesta, Ricardo creyó que esa había sido una simple y vaga excusa para abandonar aquella incómoda reunión, pero o a él le gustaba fingir con toda la indumentaria que ello conllevara o, tal como sospechaba, sus palabras iban en serio.

Ricardo observaba más que embobado la manera en la que Martín se había desecho de su vestimenta, luego de que hubiese rebuscado entre su ropa y escogido varias piezas, todas ellas de color negro. Aparentemente, el hecho de que ya se hubiesen visto en paños menores, dejaba abierta esa puerta de manera indefinida y de ahí en adelante esa sería una barrera que no se levantaría nunca más. No pensaba quejarse de ello, claro, pero eso no significaba que no fuese a abrir la boca al respecto.

— ¿Qué se supone que haces?

—Me cambio de ropa.

Ricardo blanqueó los ojos.

—Sí, eso es obvio. Me refiero al porqué. — No esperó una respuesta. — El tal Joaquín está comprometido, va a tener un hijo y aun así mantiene una relación contigo. ¿Aún son pareja ustedes dos? ¿Tú lo sabías? ¿Y lo del bebé…?— ¡Dios! Tenía decenas de quejas y un montón de preguntas que no sabía si quería o si le convenía hacer, así que solo había dejado salir las que necesitaban una respuesta de manera más apremiante. Se sacó los anteojos—. ¿Quieres explicarme todo lo que acaba de ocurrir?

—No. No quiero, así que no lo voy a hacer.

Con pequeños saltitos para ayudar a que la ajustada prenda le calzara, Martín acababa de enfundarse en un par de pantalones de… ¡Dios! ¿Eso era cuero? Apartó la vista, un tanto acalorado por la visión. ¿Era acaso que Martín lo quería matar?

Su turbación no mejoró cuando lo vio meter el talle en una musculosa medio transparente de color negro, para luego ponerse un blusón de maya encima. Un jodido blusón cuyo tejido enmallado tenía paneles tan grandes que entre llevarlo o no, no había mucha diferencia, puesto que no le cubría nada. Aquella prenda insinuaba lo suficiente como para que Martín se viera más atrevido utilizándola que habiéndola omitido de su indumentaria.

— Vas a salir. —No fue una pregunta. ¿A dónde pensaba ir vestido así?

—Por supuesto. Es lo que acabo de decir hace un momento que haría, ¿no?—. Martín estaba inusualmente serio y frío. Se sentó en la cama y comenzó a calzarse un par de botas negras y brillantes con correajes y cordones frontales que parecían interminables—. De alguna manera siento que estoy perdiendo control sobre nuestras citas, Richie. Citas que se suponía que yo iba a utilizar cuando y como me convinieran, pero no ha sido así. No tengo control sobre nada. Sé lo que estás haciendo—Martín lo miró de manera acusatoria—, estás tratando de apresurarlas para librarte rápidamente de nuestro acuerdo.

Ricardo bufó y cruzó los brazos sobre el pecho.

— ¿Qué se supone que significa eso? ¿Estás reclamándome? Si tú te quejas de no tener el control de esta situación, ¿qué podré decir yo, entonces? Me siento como una marioneta, ¿sabes?—cerró los ojos momentáneamente, negando con la cabeza—.  ¿Estás enojado? ¿Habrías preferido que no hubiese estado mientras ese patán anunciaba a los cuatro vientos y con cara de ponqué que va a ser padre? ¿Habrías preferido no tener ninguna carta que jugar? Pues yo creo que mi presencia hoy fue más que acertada. Acéptalo.

No había manera de que le dijera a Martín que su afán por estar en aquellas citas no era por querer que estas se acabaran más rápido, sino porque sentía una demandante necesidad de estar cerca suyo, de aquella manera íntima en la que lograba hacer parte de su mundo, y aquellas citas eran el único medio con el que contaba. Su única excusa.

Martín terminó de calzarse, se puso de pie y caminó hasta situarse frente a él, con una sonrisa ladeada adornándole el rostro.

—Es bastante gracioso que hayas utilizado ese término para referirte a ti mismo.

— ¿Cuál término?

—Carta… Una carta que jugar. —La sonrisa en labios de Martín comenzó a verse como algo peligroso—. Tienes toda la razón, Ricardo. Tu presencia hoy fue un bonito detalle en el momento justo, así que no me queda más que reconocer que fue algo acertado y darte las gracias.

Ricardo tragó duro. ¿Acaso significaba aquel «gracias» que todo aquello estaba a punto de terminar? ¿Qué el final había llegado así de fácil, así de rápido? Si aquello era el final —El final de algo que ni siquiera había dado inicio— había llegado de manera demasiado imprevista. Tan apresurada como para que él aún no hubiese tenido tiempo de aclararse, de entenderse a sí mismo y a aquello que le invadía el pecho y se había aposentado en sus días.

Era curioso. Tenía miedo de perder algo que no sabía si tenía y contra lo que en algún momento había despotricado hasta el punto de considerarlo la mayor de sus desventuras. Tenía que hacer algo, decir algo. Ya. Su cabeza comenzó a tratar de buscar desesperadamente una manera de convencer a Martín de que aún lo necesitaba, que aún podían hacer algo con ese plan loco suyo, que… Se detuvo. Que Martín lo siguiera necesitando en términos de aquel plan, implicaría que Joaquín y él estuvieran, o pretendieran estar juntos en un futuro, cosa que odiaba por completo. Si lo apartaba de su lado porque no lo necesitaba más, entonces eso quería decir que Martín pretendía dejar de lado aquella relación… Y eso significaría que Martín estaría bien.

Si la opción era la primera, y Martín pretendía seguir con aquello, y por ende con Joaquín, ya se encargaría él de protegerlo, porque estaba seguro de que aquel hombre era algo dañino para él. Si por el contrario aquel día era el final, se daba por bien servido con el hecho de que también alejara al otro. Bufó, aquello último sonaba como el infantil «Si no es para mí, no será para nadie» se estaba comportando como un patético egoísta, y todo sin siquiera abrir la boca.

—Martín… Yo…

— Y no, no estoy enojado— Su alumno lo interrumpió. — Al menos no contigo. Más bien creo estarlo conmigo mismo, por haber sido tan estúpido. Fue de verdad patético de mi parte haber armado todo este teatro, por él—. Ricardo cerró los ojos, reuniendo fuerzas para aquello que Martín seguramente estaba a punto de arrojarle a la cara. Esperaba al menos que no fuese cruel; porque para ser sincero no estaba seguro de cuál sería su reacción cuando Martín le dijera que ya no lo necesitaba para aquello que en un principio le costó aceptar, que le hizo rabiar y renegar de su suerte; pero que ahora, al haberlo hecho, le costaba realmente dejar ir. Fue algo lindo sentir que le pertenecía a alguien, que alguien necesitaba de él, aunque hubiese sido una mentira. Una mentira demasiado corta—. Fue genial que estuvieras hoy, claro que sí—. Abrió los ojos justo a tiempo para ver a Martín dar un paso al frente, acercándose tanto a él que para mirarlo a los ojos Ricardo debió mirar hacia abajo—. Ahora, si no te molesta, voy a retomar el control y voy a tomarme la libertad de utilizar el resto de esta cita, y las que faltan, de la manera como a mí se me dé la gana.

¿Cómo? ¿Las citas seguían vigentes?

—Pero, ¿Entonces, Joaquín y tú…?

Se interrumpió al ver que Martín siguió dando pasos hacia el frente, aparentemente poco dispuesto a responder su pregunta o comportarse de una manera que él pudiera entender. Con cada paso que avanzaba, Ricardo se veía obligado a retroceder. Martín lo miraba concienzudamente de arriba abajo, y aunque aquella actitud lo ponía en alerta, no lograba hacerlo sentir incómodo del todo. Más que eso, lo que el otro estaba logrando era despertar por entero su curiosidad.

Frenaron aquel baile intimidatorio cuando la parte trasera de sus rodillas dio con el borde de la cama, y entonces se dejó caer sentado, mirando hacia arriba de inmediato, hacia Martín que continuaba observándolo con determinada minuciosidad.

—Ricardo, definitivamente espero que haya un lobo debajo de tu piel de cordero.

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