Capítulo 34

En nombre del desastre – Tercera Parte

1

Si es que en algún momento Ricardo se había preguntado si en un club gay había baños para mujeres, esa pregunta ya había sido respondida, pues fue allí donde finalmente encontraron a Carolina después de haberla buscado durante casi tres cuartos de hora que les resultaron sumamente angustiantes. Lo cierto era que ninguno de ellos esperaba que ella se hubiera quedado profundamente dormida dentro de uno de los cubículos.

No entraron por ella hasta que, valiéndose de alguien que supusieron era una mujer por el simple hecho de estar saliendo de allí, comprobaron que Carolina estaba dentro. Aquella, quien suponían era una mujer, les dijo que si por azares de la vida Carolina y la chica que estaba profundamente dormida en el piso de uno de los cubículos, abrazada a la taza de baño y con la puerta abierta eran la misma persona, entonces la habían encontrado.

Había una especie de campo de energía psíquica alrededor de todos los baños de mujeres en el mundo, que no les permitía pasar así nada más… A menos que, como en aquel caso, debieran revestirse de valentía para rescatar a una chica casi inconsciente de las garras de un inodoro. Los tres respiraron aliviados de haber dado con ella, pero aun así la reticencia a entrar allí y posiblemente ser apaleados a menos que tuvieran la certeza de que Carolina estaba dentro, persistía. La única manera que encontraron para comprobarlo, antes de internarse en las profundidades de aquel peligroso y místico terreno desconocido, fue con una fotografía que la misma amable susodicha le sacó con el móvil y que luego les enseñó.

En efecto era Carolina, y estaba para el arrastre.

***

La cuenta salió por un ojo de la cara. Así lo hizo notar Gonzalo, cuando después de ver el recibo, soltó un prolongado silbido mientras las cejas se elevaban en lo alto de su frente.

Antes de que ninguno pudiera decir nada, Martín, con manos algo torpes, puso su tarjeta de crédito sobre la bandeja del mesero. El orgullo de Ricardo y su poca disposición a beber a costa de uno de sus alumnos no le permitió quedarse tan pancho y aceptar aquello sin más. Así que comenzó a rezongar al respecto, hablando acerca de ser el mayor allí y el único con un empleo. Intentó sustituir la tarjeta de Martín por la suya, hasta que este detuvo sus palabras, detuvo sus movimientos, casi detuvo su corazón y definitivamente hizo que cesara toda su actividad cerebral, cuando juntó los labios con los suyos en un corto beso superficial que supo a casquitos de limón mezclados con alcohol.

—Feliz cumpleaños, Richie. Tranquilízate, no soy una chica a la que debas invitar y todo esto fue mi idea. No pretendo herir tu ego de macho, así que dejémoslo en que me debes una y para la próxima ocasión pagarás tú… Entonces estaremos a mano.

***

Gonzalo dijo que él se encargaría de Carolina, ya que de momento ellos estaban pasando las vacaciones juntos compartiendo apartamento. No hicieron falta más explicaciones para que Ricardo entendiera que eso significaba que Martín era enteramente su responsabilidad.

Hubo un momento, uno bastante efímero pero intenso y significativo, en el que su mirada y la de Gonzalo conectaron. Quizá su interpretación de aquel momento estuviera obedeciendo a su estado de alcoholización, o a que su sensibilidad debido a las emociones del día y a la cercanía con Martín estuviera demasiado a flor de piel, pero podría jurar que fue capaz de leer un claro mensaje en sus ojos.

Como en medio de un rápido e intenso centellazo percibió lo que Martín significaba para Gonzalo… La importancia que le daba… El anhelo y la añoranza… El cariño y la admiración… El deseo… Por último, la dolorosa resignación.

—Cuida de él, profe.

Ricardo estuvo seguro de que había mucho más detrás de aquella frase, que la simple recomendación de llevarlo a un lugar seguro en aquella madrugada. Aquella corta frase implicaba la concesión de una bendición, quizá aceptación, y si hubiese habido un complemento seguro habría sido un «O te juro que tendrás una probada de mis puños»

—Lo haré.

Y cumpliría, aunque fuese a costa de sí mismo, cuidaría de él.

Cerca de las 03:40 de la madrugada, daban vuelta en la última esquina antes de llegar a destino. Ni por un solo momento contempló el llevar a Martín a su casa a semejantes horas y mucho menos en semejante estado, pues su el chico apenas y había sido capaz de sostenerse sobre sus propios pies antes de que tomaran un taxi con destino a uno de los barrios de occidente.

La temperatura era bastante baja y caía una llovizna ligera que aunque no mojara realmente, helaba los huesos solo de verla caer sin peso sobre las calles.

Contrario a como fue el trayecto cuando la noche había iniciado y se dirigían hacia el club, en ese momento reinaban el silencio y la calma dentro del vehículo, al igual que en la mayor parte de la ciudad, concediéndole a Ricardo unos valiosos momentos de contemplación. No le gustaba mucho lo que estaba pensando acerca de sí mismo en aquel momento, cuando los efectos del alcohol habían comenzado a remitir como efecto de los minutos que pasaban y del frío que lo ayudaba a espabilar.

Ricardo había comenzado a auto recriminarse, y contrario a lo que hubiese sido normal en él, no estaba reclamándose por lo que sentía, por lo que deseaba o siquiera por haber permitido que Martín lo hubiese arrastrado a un lugar como aquel y el hecho de haberlo disfrutado, sino que muy por el contrario el sentimiento de molestia obedecía a que se sentía como un gran cobarde. Se regañaba por su cobardía y su pasividad, por no ser más lanzado… Había tenido una oportunidad quizá irrepetible con Martín, y sentía que no la había aprovechado.

…Martín que le había dicho que le gustaba su aroma mientras se apretaba de manera sugerente contra él.

…Martín que le había dicho específicamente que esperaba aquello que se ocultaba bajo su piel… Que se había trepado a su regazo y él, en lugar de entregarse como se moría por hacer, dedicó todo su esfuerzo y su concentración en contenerse y a contrarrestar una excitación que amenazaba con salir disparada de sus poros.

Eran su autocontrol y su alto sentido de moralidad peleando de manera aguerrida contra el calor que empezaba a controlarlo. Ambos polos eran importantes para él y deseaba con todas sus ganas, que existiera una manera de mantenerse en medio. En ese justo momento de verdad estaba odiando ser tan… Él.

Ricardo casi odió el tener que despertar a Martín cuando arribaron al edificio de apartamentos en el que vivía. Durante casi un minuto, después de que el taxi se detuvo, permaneció a su lado solo viéndolo dormir, con la cabeza reposando en el espaldar del asiento. Se apresuró a tomar su rostro, acunándole la  mejilla y la barbilla con una sola mano para sacudirlo levemente, únicamente cuando el conductor del taxi lo devolvió a la realidad carraspeando y recordándole el valor del monto por la carrera.

El edificio donde vivía Ricardo tenía seis pisos y, según las leyes de la curaduría urbana de la ciudad, esa era la cantidad máxima de pisos que podía tener una construcción sin requerir de un ascensor. Como consecuencia de ello, su edificio no contaba con uno y se ganó una fiera mirada de odio por ello.

— ¿En qué piso vives?—. Preguntó Martín, antes de poner un pie en el primer escalón, hacia el cual miraba con verdadera desolación, como si esa escalera lo condujera directamente hacia el infierno.

—En el tercero. No te quejes, no es mucho. Unos cuantos tramos nada más.

Ricardo sonrió y le pasó un brazo por encima de los hombros, en vista de que ya fuese por el alcohol o por el sueño, Martín no parecía estar muy por la tarea de caminar derecho.

—Si… Supongo que pudo haber sido peor.

Caminaron cuesta arriba en silencio, y con cada paso ascendente Martín recargaba más su peso contra él.

Apartamento 302. Su espacio… Completo acceso a él y a su intimidad… Su esencia contenida dentro de cuatro paredes. Su corazón latió violenta y estúpidamente dentro de su pecho, mientras intentaba recordar que tan desordenado estaba su hogar cuando salió de él por la tarde, sin sospechar que los eventos del día terminarían con aquel  inesperado huésped.

Martín recostó un hombro contra la pared junto a la puerta y se cruzó de brazos, mientras lo veía maniobrar con la llave. Esa mirada intensa y que además parecía impaciente, no le facilitaba a Ricardo la sencilla y simple tarea de embocar la llave en la cerradura. Pero claro, no era un retrasado mental o tenía algún tipo de problema en las manos, así que al final y con menos trabajo del que hubiese creído, consiguió abrir la puerta.

—Pasa.

Había esperado que quizá Martín, al igual que hizo él en cuanto tuvo la oportunidad, se mostrara interesado en su entorno y la manera en la que vivía. Que pasearía la mirada en derredor tratando de leerlo y conocerlo, pero eso no fue para nada lo que ocurrió.

Martín se llevó una mano a los ojos y con los dedos índice y pulgar comenzó a restregarlos con vigor, hasta que esa misma mano se alejó de su rostro y viajó hasta su cabello para atusarlo, acomodándoselo de tal manera que lo despejó por completo de su rostro.

— ¿La cama?

Claro, Martín debía estar bastante cansado y Ricardo encontró estúpida su esperanza de que quizá hablaran un poco o tomaran algo antes de disponerse a dormir. Sin decir palabra se limitó a señalarle con una mano hacia el pasillo, mientras se tragaba su estúpida decepción y comenzaba a caminar para guiarlo.

Al final del pasillo repleto de pequeñas torres de libros que les flanqueaban el camino, estaba la puerta de la habitación principal, la suya, que abrió para él, haciéndose a un lado para permitirle el paso, mientras le daba al switch de la luz. ¡Perfecto! ni siquiera había hecho la cama aquella mañana y las cobijas estaban destendidas y arrugadas a los pies del lecho… Bueno, al menos estaban limpias.

Había otra habitación en el apartamento, por supuesto, pero esa no estaba ni siquiera mínimamente presentable puesto que la utilizaba como bodega. Además de estar llena de un considerable montón de cachivaches, también lo estaba de una gran cantidad de polvo. Ni siquiera recordaba la última vez que había estado allí dentro… Quizá fue en noviembre del año anterior, cuando había sacado su raquítico y ancestral árbol de navidad; la cuestión era que no era apto para que Martín durmiera en él, y tenía pensado reservar el sillón de la sala para sí mismo.

Sus simplones planes de logística para cuadrar el cómo dormirían, se vieron interrumpidos cuando Martín tiró de él, aferrándolo por la muñeca, y lo arrastró hasta la cama con él.

El colchón blando y cómodo los recibió a ambos, los resortes hicieron pivotar sus cuerpos, pero la inversión en su lugar de descanso había sido considerable, así que era un buen colchón y no hizo mayor ruido.

En un movimiento más rápido del que lo hubiese creído capaz de ejecutar, dado que no hacía mucho parecía costarle el simple hecho de andar, Martín se situó encima de él, a horcajadas sobre sus caderas, clavándolo contra el colchón con el peso de su cuerpo… Y Ricardo no consiguió hacer más que contener momentáneamente la respiración, preso en la sorpresa, temiendo hacer o decir algo equivocado hasta que no supiera de qué iba aquello.

Martín descendió un poco, hasta que sus manos estuvieron apoyadas sobre el colchón a cada lado de su cabeza, y sus rostros estuvieron tremendamente cerca. Estuvo entonces cautivo dentro de unos ojos que lo observaban con lobuna intensidad, sintiendo su respiración chocar contra sus labios… Demasiado consciente de que sus partes íntimas se rosaban, separadas apenas por unas cuantas capas de tela.

Cerró los ojos y suspiró cuando Martín removió la cadera de manera lenta y atrevida. Ricardo estaba a punto de ponerse a gemir como un loco por tan poco. Abrió los ojos y clavó la mirada en los labios húmedos y ligeramente separados que tenía justo al frente.

— ¿Qué estás haciendo?—Su voz se escuchó trémula y afectada.

—Aún no hago nada… Bueno, para ser justos creo que estoy redefiniendo los términos de nuestro acuerdo.

Ricardo tragó saliva, incapaz de moverse.

— ¿Por qué…?

—Porque mucho dejó de tener sentido… Porque soy perfectamente capaz de percibir cuando alguien me desea… Porque se me antoja y me da la gana… Porque nunca lo he hecho con uno de mis profesores.

— ¿No? ¿Y entonces Joaquín, qué? Creí entender que fue tu maestro de dibujo.

Martín rio con algo bastante parecido a la amargura y se irguió sobre su cuerpo, elevándose hacia las alturas como el ángel maquiavélico y sexual que era, ondulando las caderas de manera sugerente, para excitarlo… Y lo estaba consiguiendo. Ricardo se sintió como un simple mortal subyugado y rendido ante la divinidad de un ser que estaba a un simple suspiro de conseguir lo que quisiera de él.

—No cuenta. No me dio ni una sola clase y para ser sincero nunca fue eso lo que busqué… Nos dedicamos a follar como conejos.

—Como conejos, ¿eh?

—Oh si… Como malditos animales.

Realmente lo último que Ricardo quería en un momento como aquel, era hablar del tal Joaquín. Los suspiros, que amenazaban con convertirse en jadeos, comenzaron a escapar con mayor frecuencia de su boca, mientras Martín no cesaba con aquel peligroso y desesperantemente lento meneo sobre sus caderas.

—Estos nuevos términos… ¿En qué consisten, Mmm?

Antes de contestarle, Martín se abrió la chaqueta con movimientos algo torpes y se deshizo de ella arrojándola hacia cualquier parte.

—Nos quedan la mitad de las citas. Utilizarlas para hacer que mi madre encaje información es ahora un despropósito, puesto que ese hijo de puta no…—Martín detuvo sus palabras y frenó todo movimiento—. Tampoco voy a renunciar a ellas, son mi pequeño logro… Logré obtenerlas ni más ni menos que de ti; así que voy a proponerte algo que va a sonar tan irónico, que hasta podría causar risa.

— ¿Qué es? ¿Qué quieres?

— ¿Qué me dirías si te pidiera ser mi amante, Ricardo?

Por regla general las propuestas de Martín solían significar problemas y quebraderos de cabeza para él. No que las propuestas entre ellos fuesen cosa de todos los días, pero la única vez que habían tenido oportunidad de tener que negociar por algo, había terminado cediendo a  fingir que mantenía una relación sentimental con él, situación a cuyas consecuencias a nivel personal y mental aún estaba tratando de adaptarse y de procesar, pero esto iba mucho más allá de lo que siquiera hubiese alcanzado a imaginar. Aunque no entendió por qué Martín llamaba a aquella situación, algo «irónico»

—Pues…

Martín no le dio tiempo de contestar o de pensar y casi ni de respirar. Se lanzó en picado sobre él, besándolo de manera profunda y desesperada; apropiándose de sus labios con verdadera y deliciosa saña. No que le molestara aquello, para nada, de hecho estaba disfrutando en demasía de la electrizante sensación de su entrepierna tornándose tirante y caliente, además de estar correspondiendo como un desesperado, pero tenían que hablar, ¿no? Tenían…

…Pues ya hablarían después, cuando hiciera falta, cuando volviera a ser dueño de sus sentidos, de su habla y de su lengua que en esos momentos estaba presa en la golosa y diestra boca de Martín, porque no tenía pensado interrumpir aquel frenesí bendito.

Los instintos se apoderaron de todo, de él, manejando por completo la situación. Pensar estaba fuera de juego, sus manos sabían perfectamente cómo comportarse y volaron raudas a encontrarse con las caderas de Martín, presionando exigentes para intensificar el rose, para guiar el vaivén que estaba hinchando su sexo… ¿Cómo había podido pasar tanto tiempo sin tocar a nadie?

Las manos de Martín, colándose frías debajo de su jersey… Sus manos frías contra su abdomen y el aliento caliente contra su cuello, donde se refugió lamiendo y mordiendo con suavidad cuando la falta de aire fue inminente y debieron separar sus bocas… Donde respiraba agitado y gemía quedo contra su oído…

Martín se agazapó sobre su cuerpo, hasta que Ricardo fue capaz de sentir sus rodillas pegadas en los costados, aferrándose fieramente a él.

Los ojos cerrados…

La respiración agitada…

El calor… La necesidad…

Apretó a Martín contra su cuerpo, en un abrazo que necesitaba y deseaba hacía mucho tiempo, obedeciendo al sentimiento de propiedad que comenzaba a nacer en su pecho.

De manera inesperada notó la forma en la que el cuerpo de Martín comenzó a convulsionarse contra el suyo. Ricardo se sintió desconcertado, y ese desconcierto lo obligó a abrir los ojos y a que el calor que lo gobernaba remitiera un poco. La humedad contra su cuello le hizo comprender.

— ¡Hijo de la gran puta!— Gritó Martín, mientras lloraba contra él.

***

 

Ahí estaba la maldita capa de hielo con la que había recubierto su corazón, fundiéndose y dejando el estúpido, realmente estúpido e inútil dolor al descubierto. Dejándolo indefenso ante una avalancha de emociones que arremetió contra él con fuerza y sin previo aviso… Calándole los huesos y dejándolo como un patético calienta huevos frente a Ricardo. Ni más ni menos que Ricardo.

— ¿Qué pasa? ¿Te lastimé? Dios, si te lastimé yo…

Martín negó con la cabeza desde donde estaba, aún con el rostro enterrado en el hueco del cuello de Ricardo, y este detuvo de inmediato su absurda disculpa. ¿Acaso cómo creía haberlo lastimado si apenas se habían tocado y él había estado arriba todo el tiempo, como el jodido mandón de mierda que era siempre? Siempre queriendo manejar todas las situaciones a su antojo, solo para que la más ridícula de ellas terminara sobrepasándolo.

Ahora se veía en la necesidad de explicarle a Ricardo que el Hijo de la gran puta al que se refería no era él, aunque se lo hubiese gritado en el oído.

Esas lágrimas habían sido completamente involuntarias y sorpresivas. Con respecto a ellas él estaba tan perplejo como de seguro lo estaría el hombre que continuaba debajo de su cuerpo.

Ricardo se sentó en la cama, invirtiendo bastante esfuerzo en ello al tener que hacerlo con Martín aun encaramado sobre su regazo, y él sin querer despegársele porque le daba vergüenza que le viera el rostro desencajado y lloroso. Lo más seguro era que al día siguiente al pobre Ricardo iban a dolerle los músculos de la panza como si hubiese hecho mil abdominales, con semejante esfuerzo.

Su profesor dejó de abrazarlo y apoyó un brazo tras su cuerpo para mantener  el equilibrio y no terminar tumbado de nuevo en la cama. Con la mano libre lo tomó por el hombro hasta que lo apartó lo suficiente para poder mirarlo al rostro con interés y preocupación, por encima de los anteojos que le colgaban casi en la punta de la nariz y que él ni siquiera le había dado tiempo de quitarse antes de lanzársele encima, como si de un perro hambriento que quiere olvidar el sabor de un filete con otro se tratara

Sentía más que nunca los estragos del alcohol que le recorría la sangre; quizá tuviera suerte y Ricardo culpara a ello de su penoso comportamiento. Estaba mareado, estaba cansado, tenía el estómago revuelto, se sentía completamente avergonzado y ahora que había comenzado, no podía dejar de llorar. Que mierda…

Esperaba firmemente que Ricardo no fuese un completo tonto, incapaz de atar cabos e interpretar situaciones y reacciones. Que fuese capaz de entender y le ahorrara el tener que justificarse teniendo que dar explicaciones. Por favor, que no le preguntara qué ocurría, porque ¿Qué iba a responderle? Si lo hacía, si le preguntaba, estaría en todo su derecho porque de ninguna manera era aceptable o comprensible que él hubiese pasado de comerle la boca y sobajearle la entrepierna a llorarle encima como un pendejo.

—Lo siento—. Susurró, esperando por lo que siguiera a continuación. Lo que recibió en respuesta fue una ligera sonrisa y que la mano que reposaba sobre su hombro ascendiera hasta su mejilla, acunándola. Ricardo comenzó a borrar sus lágrimas arrastrando el dedo pulgar por sus pómulos… Bueno, más bien a esparcirlas, porque sus dedos definitivamente no tenían capacidad de absorción.

—No llores.

Y lo decía así de fácil.

— ¿Por qué? Si ya hice el ridículo, qué me impide aprovechar la oportunidad y solo seguir.

—Es que… Acabo de descubrir que al parecer no soporto verte llorar. —Martín blanqueó los ojos, resoplando, y Ricardo le dio un rápido toquecito en la punta de la nariz con su dedo índice. —Además, llorando se te colorea terriblemente la nariz y se te llena la cara de manchas rojas. Comenzaba a estar convencido de que bajo cualquier circunstancia siempre conseguías verte como un modelito de revista, pero esto— hizo un gesto vago señalando su rostro—, no es para nada atractivo y en definitiva acaba con toda tu aura felina. Tienes todos los cachetes llenos de churretones de delineador.

Martín sonrió un poco ante el absurdo y se arrastró un dedo debajo del ojo derecho; cuando lo retiró tenía un gran manchón negro en él, seguro que parecía un mapache o una mala versión del Joker. La habitación le dio vueltas de manera violenta e imprevista, así que dejó caer la cabeza hacia delante y apoyó la frente en el hombro de Ricardo, sin importarle demasiado que con ello de seguro le mancharía el jersey con delineador… Pagaría por la tintorería o le compraría uno nuevo.

—Es una pena que yo sea un idiota—Sorbió por la nariz—, porque aunque de verdad tengo curiosidad por saber qué tal polvo eres, creo que estoy demasiado ebrio ahora mismo como para una buena apreciación. Dime, ¿Lo estoy?

—Lo estás—. Ricardo paseó una mano por su espalda, mientras asentía lentamente con la cabeza.

— ¿Tú no?

—Algo, pero no tanto como tú. Creo que la mayoría de mi ebriedad se esfumó cuando debimos recorrer el club en busca de tu amiga.

— Oh, vaya… A mí no me funcionó de ese modo para nada. Entonces, ¿Te parezco felino?

Martín sintió la risa de Ricardo retumbar en su caja torácica, desde su cómoda posición sobre su hombro.

—Sí, me lo pareces. Mírate, eres como un gato… Uno negro y enigmático.

Nunca había pensado en algo como eso y nadie le había dicho nada parecido antes, pero si necesariamente debía ser comparado con algún animal, un gato era una buena opción. Misteriosos, esbeltos, con ojos bonitos y un pelaje precioso. Un animal que bien podía ser arisco como mimoso, según su conveniencia. De un gato se podía obtener un ronroneo mientras se frotaba contra las piernas de los insulsos humanos, o un fiero zarpazo si es que no estaba de humor. Siendo así, entonces le gustaba ser percibido como un gato… Excepto por aquello de asearse a lengüetazos y todo el rollo de las asquerosas bolas de pelo.

Sus respiraciones se habían calmado, el calor había remitido y sin atreverse a comprobarlo Martín esperaba que el empalme de Ricardo, que un momento atrás había sentido firme contra él, también lo hubiese hecho.

Alguna que otra lágrima ocasional seguía resbalando mejilla abajo sin que eso estuviera por completo dentro de su control. Estaba vuelto mierda, aunque le costara reconocerlo. En ese momento de su vida no estaba seguro de qué era con exactitud lo que empujaba sus acciones últimamente. Entendía la razón que lo había instado a lanzarse sobre Ricardo, pero se resistía a aceptar la razón del por qué se había detenido. En el fondo sabía que la razón de esas dos acciones eran la misma: Joaquín.

Quería desesperadamente dar vuelta a la página, poner el punto final en un capítulo que inició bien pero cuyo final se había precipitado sobre él de forma contundente y dolorosa. Valerse para ello de Ricardo era algo egoísta, pero también sabía que era seguro, porque no creía que él llegara a dañarlo. Podía refugiarse en cualquiera, encontrar consuelo en otra piel, pero siendo dos corazones heridos, y además por situaciones en cierta forma similares, ¿Por qué no lamerse mutuamente las heridas…? Por otro lado, había algo dentro de él que se resistía a borrar el último rastro de Joaquín.

Si es que algún día hubo incomodidad o vergüenza entre Ricardo y él, en cuanto a la cercanía de sus cuerpos respectaba, esta simplemente parecía haber dejado de existir de golpe. No había más que ver las libertades que se permitían. Aquello era… Cómodo. Ya ni siquiera sentía que lo aborrecía; por lo menos no como creía hacerlo antes.

—Ricardo…

— ¿Mmm?

—El amor es una mierda.

—En ocasiones, sin duda.

Unos cuantos segundos de completo silencio.

—Ricardo…

— ¿Mmm?

—Olvida que me viste llorar como una nenaza… Te ordeno que formatees tu memoria y conserves los recuerdos de esta noche solo hasta el momento en el que te estaba masajeando la entrepierna, con la intención de darte el mejor sexo de tu vida. —Sentía la saliva demasiado gruesa dentro de su boca y sabía que estaba arrastrando demasiado la lengua, pero esperaba firmemente que Ricardo le hubiera entendido.

— ¿Me ordenas? ¿Quién ha dicho que puedes ordenarme algo?— Ricardo ladeó un tanto el rostro para intentar mirarlo a la cara, pero no se lo permitió—. Creo que equivocadamente piensas que soy alguien que no tiene carácter. Pues no prometo nada, porque no puedo olvidar algo que quizá algún día pueda utilizar a mi favor.

Un par de minutos de silencio, ocasionalmente roto por algún que otro vehículo pasando frente al edificio, y su mente maquinando —a una marcha muy lenta— acerca de cómo podría Richie utilizar en su contra el haberlo visto llorar, y que fuese diferente a poder burlarse de él.

—Ricardo…

—Dime…

— ¿Te consideras hetero?

—Yo… S-si. Supongo, eso creo.

Una risa bastante bobalicona nació en su garganta y Martín la dejó salir a medias. Se acomodó mejor sobre sus piernas, para mirarlo directo a los ojos, cuestión bastante complicada porque resultaba que había dos Ricardos; de manera que no sabiendo si fijar la vista en los ojos del Ricardo de la derecha o el de la izquierda, decidió solo clavar los ojos en medio.

—Pues no deberías. De hecho, haces bien en dar una respuesta así de insegura porque… He activado tu gen dormido. Ya no hay vuelta atrás. Lo siento, pero tengo esa habilidad… Quizá sea porque soy un gatito con súper poderes.

Una gran sonrisa se extendió por el rostro de Ricardo.

—No tengo ni la menor idea acerca de lo que estás diciendo. Me aseguraré de que recuerdes esta conversación mañana, gatito con súper poderes, y entonces me regodearé en tu vergüenza.

—Richie

— ¿Si?

— ¿Dónde está tu baño? Creo que… Voy a vomitar.

2

Había despertado cerca de Veinte minutos atrás. De ese lapso de tiempo había necesitado unos Tres para abrir los ojos por completo y ubicarse en el espacio, pues de entrada no había reconocido el lugar en el que se encontraba, pero muchos recuerdos volvieron a su mente en cuanto se giró un poco sobre la cama y se encontró con un Ricardo absolutamente dormido y completamente vestido, incluso con los zapatos puestos y los anteojos fuertemente sujetos en la mano que reposaba sobre su pecho.

Cuando logró bajarse de la cama, cuidándose de hacer ruido o movimientos bruscos para no despertar a Ricardo, aunque a juzgar por los suaves ronquidos que escapaban de su boca a medio abrir él estaba por completo frito y despertarlo requeriría de cierto esfuerzo, su primer objetivo fue el baño el cual, cuando se encontró con la ropa de Ricardo en lugar de con un inodoro, descubrió que no se encontraba dentro de la habitación. Sentía la vejiga a punto de estallar y la boca asquerosamente reseca con un sabor amargo predominante en ella. Se había lavado la cara, retirando el delineador corrido pegado a sus mejillas y que en definitiva había sido una mala idea utilizar… Puto Gonzalo y sus extravagantes ideas acerca de la estética.

En la aparente inexistencia de un cepillo de dientes sin utilizar en el gabinete del baño de Ricardo y el hecho de que bajo ninguna circunstancia pensaba utilizar el suyo, no vio otra salida que rebuscar en su botiquín hasta dar con el algodón, enrollándose un pedazo en el dedo índice, verterle pasta dental improvisando así una forma de asearse la boca… Luego invirtió unos quince segundos en deshacerse de las hilachas de algodón que le quedaron pegadas a los dientes… Habría sido mejor con la gasa estéril.

Luego ahuecó las manos debajo del chorro de agua y bebió durante lo que le parecieron horas.

Mirándose concienzudamente al espejo, llegó a la desalentadora conclusión de que se veía terrible. Mortalmente pálido, horriblemente ojeroso y aun vistiendo las prendas del día anterior, con la excepción de las botas. A esa hora, en ese contexto, y con ese frío ya no era tan cómodo estar llevando ese tipo de prendas. Lo gótico ya no le pegaba. Se arregló un poco el cabello pasándose los dedos entre las hebras.

Cuando salió del baño notó la manera sugerente en la que el piso, las paredes y el techo del apartamento se ondulaban debajo, alrededor y encima de él. Tuvo el buen tino de no ponerse a gritar «¡Terremoto!» como un desesperado, y en su lugar reconocer que lo que ocurría era que tenía un tremendo mareo, acompañado de un dolor de cabeza que de seguro podría ser catalogado y medido con la Escala sismológica de Richter, por la manera en la que le sacudía la cabeza. Una resaca de las malas.

Se mantuvo acuclillado y sujeto al marco de la puerta del baño por espacio de unos tres minutos, hasta que la sensación de vértigo remitió lo suficiente como para permitirle andar derecho.

Era un apartamento con espacios distribuidos de una manera muy lógica, así que no le costó encontrar la cocina. Esperaba que Ricardo no se lo tomara a mal, pero se tomaría el atrevimiento de asaltar su nevera, no estaba especialmente hambriento, de hecho sentía la panza un tanto revuelta, pero sabía que en cuanto comiera parte de su malestar remitiría de forma consierable, por lo menos la parte que no obedecía a los estragos de la juerga de la noche anterior. Asqueroso alcohol. En ese momento, como no, se prometió jamás volver a beber.

Con una magdalena en una mano y una bebida energética en la otra, Martín se encontró a sí mismo parado al inicio del único pasillo en el apartamento, viendo con curiosidad un montón de torrecitas de libros a lado y lado del camino hasta la habitación de Ricardo. Miró entonces hacia el salón y descubrió que al parecer aquel era un elemento común en la decoración. Una manera curiosa de almacenar los libros, sin duda.

Muchos de los conocidos de Martín vivían en apartamentos; pero él, al haberse criado y vivir en una casa de verdad grande, con demasiado espacio para una familia tan pequeña como la suya, se sentía realmente incapacitado para juzgar el tamaño de dichos apartamentos sin sentirse o parecer mezquino, pues todos le parecían minúsculos. Era difícil juzgar el tamaño de un lugar con un salón más pequeño que su propia habitación, así que para ello se valía del apartamento donde vivía Carolina como unidad de medida. Siendo así, entonces el apartamento en el que vivía Ricardo era grande, por lo menos el doble del tamaño del que Carolina y Jazmín compartían.

No había balcón, como en el de Gonzalo, pero si había una ventana amplia que ocupaba todo el ancho de la pared, pero no llegaba hasta el suelo. En un rápido vistazo alrededor del salón, llegó a la contundente conclusión de que Ricardo era  más desordenado de lo que él hubiese podido llegar a imaginar. No era que aquello pareciera la guarida de un acumulador ni mucho menos, sino que en su mente se había pintado algo mucho más metódico y rígido.

Definitivamente no era el hogar de un catedrático cuadriculado, era más bien la guarida de una persona con un cariño predominante por la lectura y por la música. Aquel lugar parecía acogedor en el sentido estricto de la palabra, pues en la dirección en la que se mirara había elementos cálidos e incluso un tanto nostálgicos, como los discos de vinilo que ocupaban gran parte del estante en la pared que se enfrentaba con la ventana.

Debajo de la gran ventana había un extenso y mullido sofá de color café claro, encima del cual había una colorida colcha de punto doblada y a cuyo alrededor había un par de esos montoncitos de libros que parecía haber por todos lados. Habiendo visto el ambiente que reinaba, no le costó mucho imaginarse a Ricardo recostado allí, leyendo o escuchando música.

Las referencias musicales estaban por todos lados, desde el tocadiscos para los acetatos, elemento que Martín solo había visto en las tiendas de discos como parte de la decoración, hasta los posters  de bandas, grupos y cantantes en las partes de las paredes en las que no había estantes rebosados de libros.

Dos repisas llenas de fotografías llamaron de inmediato su atención. No recordaba con exactitud las facciones del bebé que Ricardo había tenido con él cuando se encontraron en el parque para pactar los términos de su acuerdo, pero a juzgar por lo reciente que era la fotografía contenida en el portarretratos con Marco de Toy Story, debía tratarse del mismo niño, aunque con un par de meses menos de lo que recordaba.

Había imágenes de cómo lo conocía ahora, con ese aura de profesor que no habría podido sacarse de encima aunque quisiera, varias imágenes con un Ricardo un poco más relajado en compañía de dos mujeres que no sabría decir quiénes eran, pero suponían debían ser familiares. La recia imagen de un hombre de unos cuarenta y tantos con un parecido sospechoso con su profesor de ética. Pero las imágenes que más llamaron su atención fueron las que le mostraban a un hombre joven con anteojos redondos, cabello largo, con las muñecas llenas de manillas tejidas que le otorgaban una apariencia un tanto hippie, el rostro sonriente con los hoyuelos marcándose profundamente en sus mejillas y la inseparable compañía de una guitarra.

Involuntariamente sintió las comisuras de su boca tirando hacia arriba, con un poco de burla.

—Vaya… Sí que me equivoqué contigo.

La risa se amplió cuando reconoció la pequeña figura de acción que ocupaba un lugar de honor en medio de las fotografías. Martín nunca había visto ni una sola de las películas de Star Wars, pero no hacía falta para reconocer a ese brillante androide de metal.

 

***

Cuando despertó, se encontró a Martín tumbado a su lado, mirando hacia el techo mientras masticaba perezosamente algo que se veía y que olía como una de esas barras de dulce de las que su hermana solía proveerlo con el único propósito de que estuvieran allí para ella misma cuando iba a visitarlo, pues él rara vez solía consumirlas. De forma involuntaria arrugó la nariz y sintió su estómago contraerse ante la simple idea de la comida.

— ¿Qué hora es?—. Preguntó, con voz tan ronca que sonó extraña a sus propios oídos.

—Cerca de las 2:00 de la tarde.

— ¿Tan tarde?

—Ujum.

Ricardo se sentó en la cama y se sorprendió ante el hecho de no haber dormido sobre sus propios anteojos, sino que estos estaban en su mano derecha, enteros. Se los colocó y luego de atusarse un poco el cabello y notar que le dolía un tanto el torso, miró de nuevo en dirección a Martín.

Había un ángel en su cama.

El cabello oscuro se desparramaba en desorden sobre la fina sábana que cubría el colchón, uno de sus brazos desnudos, largos y blanquísimos estaba doblado debajo de su cabeza a modo de soporte, mostrando una axila desnuda y tersa sin el menor rastro de vello, y Ricardo pensó en que Martín debía gastar verdaderas fortunas en productos para depilación. Con la mano del otro brazo sostenía la golosina a la cual le daba ligeros tirones con los dientes y ocasionales chupetones con un sonidito que a Ricardo se le antojó de lo más sugestivo… Y encima se le habían coloreado intensamente los labios del color rojo de la barra.

Martín tenía una pierna doblada con el pie apoyado completamente sobre la superficie de la cama y balanceaba la rodilla de aquí para allí en un movimiento rápido que lo hizo imaginar más de lo que era conveniente permitirse… Tragó en seco al imaginarse besando, chupando y hasta mordiendo sus labios impregnados de dulce hasta drenarles el color.

Se preguntó si Martín era consciente de lo provocativo que se veía. Sus ojos estaban atrapados en sus labios rojos y brillantes, pero cuando su mirada siguió estudiando su rostro y sus miradas se estrellaron de nuevo, el brillo en sus ojos le indicó que sí, que él era plenamente consciente de su sexapil. Aunque no era de extrañarse que lo mirara de esa manera cuando los ojos de Ricardo solo se estrellaron con los de Martín después de que le recorriera el cuerpo entero con la mirada.

No. Lo que había en su cama no era tanto un ángel, era más bien un pequeño diablo. A lo más santo que llegaba Martín, era quizá a un ángel caído.

— ¿Vas a responder a mi pregunta ahora, Richie?

Carraspeó antes de atreverse a hablar, no fuese la voz a salirle como un graznido nervioso. Él no había estado tan ebrio en la madrugada como para haber olvidado lo que estuvo a punto de ocurrir entre ellos y mucho menos para olvidar aquella pregunta a la que suponía se estaba refiriendo, pero pensaba que Martín, a juzgar por el penoso estado en el que se encontraba, había estado mucho más ebrio que él y que habría olvidado, sino todo, al menos gran parte de lo sucedido.

— ¿C-cuál pregunta?

Martín sonrió y se sacó el chupete de la boca, haciendo un sonidito húmedo.

—Este gatito atómico— se señaló el pecho con la barra de dulce—, te preguntó específicamente si querías jugar con él.

Gatito…

Gatito atómico…

Gatito con súper poderes…

Se le aceleró la respiración porque… resultaba que sí que quería jugar con el gatito, pero para ser sincero, no sabía si debía. A pesar de todo, Martín era su alumno y eso únicamente cambiaría cuando el año escolar terminara. Tener eso tan en cuenta a esas alturas era como dar veinte pasos en retroceso, pero la realidad no daba tregua.

— ¿Recuerdas eso?

—Lo recuerdo todo. Puede que yo haga y diga estupideces estando ebrio, pero jamás las olvido.

De manera que estupideces estando ebrio… Eso fue un golpe directo al ego de Ricardo; aun así lo que salió de sus labios no fue un reproche, sino una sonrisa cansada. Sintió que el cuerpo le pesaba una tonelada pero su cansancio no era exactamente físico, ese cansancio no obedecía a otra cosa que a lo desgastante que era pelear tanto consigo mismo. Había una parte de él, una importante, a la que mandaría de paseo si cedía ante Martín. En honor a esa parte haría un último intento por resistir.

—Soy tu profesor, Martín. Eres menor que yo, y lo más preocupante y evidente: eres un hombre. Yo nunca había tocado a un hombre antes de haberte tocado a ti. ¿Qué es lo que buscas en mí?

Martín bufó, sentándose en la cama con el ceño levemente fruncido, pero más que en actitud de molestia, en una contemplativa. Quizá buscando la mejor manera de darle una respuesta.

—Piensas demasiado, Ricardo, y creo que ese es tu mayor problema. A veces es bueno solo dejarse ir, sin pensar en consecuencias, sin tener entero control de las situaciones y sin importar no tener todas las respuestas. ¿No necesitas desahogarte? Porque yo sí. Siento que me estoy ahogando, Ricardo… Necesito desintoxicarme. — A Ricardo no le hizo falta preguntar qué –quién- era lo que necesitaba sacar de su sistema. Martín ladeó la cabeza, mirándolo a los ojos—. ¿Qué crees que busco?

Ricardo se lo pensó; pero por más que buscara la mejor manera de acomodar las palabras, solo había una forma de decirlo. Solo había una respuesta.

—Quieres que tengamos sexo porque tienes rabia. Porque sientes que esa es una manera de vengarte de él y castigarlo. Quieres sexo conmigo porque estás despechado.

Los ojos de Martín se cubrieron rápidamente con una gruesa película acuosa, pero de alguna manera logró mantener las lágrimas encharcando sus ojos sin que una sola se desbordara… Su nariz enrojeciéndose en el acto. Ricardo se preguntó si Martín era siempre así de sensible.

—Así suena como si yo fuese alguien supremamente mezquino que solo busca utilizarte, y puede que tengas razón. Pero no estoy tratando de violarte; lo bueno de esto es que funcionaría en doble vía… Exorciza tus demonios conmigo—. Martín sorbió por la nariz y con un rápido movimiento de la mano se borró las lágrimas de los ojos—. Siempre se me ha dado bien conseguir con quien acostarme, así que si tú no quieres, te aseguro que conseguiré quien sí… Pero no voy a negar que hay algo que me sopla el ego en el hecho de que seas tú a quien logre arrastrar al lado oscuro. —Una sonrisa pícara, y que para ser sincero le chocó un poco, se extendió por el rostro de Martín.

No iba a dejarlo ir. No quería dejarlo ir… No podía… La resolución llegó como una bofetada; certera y candente. Si el camino hacia Martín era la sexualidad, entonces lo recorrería gustoso, pero no le gustaba el hecho de que el comentario de Martín de algún modo implicara que lo estaba pervirtiendo, ¡A él! Como si fuese un mocoso impresionable e inexperto que se deslumbraría por cualquier cosa. Que era un adulto, por Dios. Que fuese alguien calmado que no tenía sexo como si estuviera en una competencia no significaba que fuese un completo idiota inocente. Tenía más de una historia que contar en su haber, pero no veía la necesidad de alardear de ello.

—Entonces lo haremos a mi modo y a mi ritmo.

Martín pestañeó fuerte, una sola vez, como si alguien hubiese hecho el amago de darle un golpe y hubiesen detenido el puño a un palmo de su rostro. Así de grande pareció su perplejidad.

— ¿Qué…?

—Que no estoy dispuesto a hacer esto contra reloj, como si fuese un trabajo. Que se terminó esa tontería del número de citas limitadas con un patrón de comportamiento establecido. No voy a dejarte darme instrucciones u órdenes a tu antojo y acomodo como si yo fuese un completo ignorante. De aquí en adelante será un trato completamente nuevo y las reglas cambiaron. No más chantaje, no más manipulación, porque de aquí en más la nuestra será una relación de iguales. —Tragó saliva cuando vio al otro morderse el labio inferior de manera distraída, poniendo toda su atención en él—.  Sedúceme, Martín… Has que no pueda resistirme… Muéstrame todo ese lado erótico y pervertido del que tanto te jactas y no solo des por sentado que voy a lanzarme a tus brazos ante la sola mención de la palabra sexo. Muéstrame en qué radica la supuesta maravilla de tu sexo prohibido como para hacerme querer echar a la basura muchas de mis convicciones. No basta con tener ese rostro de porcelana a juego con la actitud que lo acompaña. Arráncame suspiros, gánate mi admiración y mi deseo. Ya veré si me provocas lo suficiente como para querer follarte o no.

Ricardo esperaba no estarse excediendo y agradecía enormemente que no le hubiese temblado la voz. El corazón le martilleaba fuerte en el pecho, como si quisiera escapar de él, y no lograba determinar si era por nervios o por algún tipo de ira encubierta. De ser esto último no sabía exactamente a quién iba dirigida… Aunque era bastante probable que hacia sí mismo.

Seguramente podría haber tenido sexo con Martín allí mismo sin necesidad de haberle soltado tal palabrería, pero necesitaba que Martín dejara de pensar en él como en alguien influenciable, maleable y sin carácter, principalmente porque no lo era. La gente tendía a confundir el hecho de que fuese un buen tipo y por lo general alguien calmado, con que fuese un idiota sin remedio y estaba bastante harto de eso.

—Tú…

—Voy a tomar una ducha ahora, luego iré a dejarte a tu casa para recoger mi auto. —El principal motivo para haber interrumpido a Martín, fue porque sospechaba que él quizá le echaría en cara el hecho de que la madrugada anterior él no parecía haber necesitado más que de su cara y su cuerpo de porcelana para excitarse como hacía mucho no le pasaba, y todo eso sin la necesidad de que Martín pusiera muchas de sus dotes de seducción en práctica—. Tendrás tiempo de pensar y darme una respuesta. Oh, y con esto de las citas terminado, quiero el archivo de la fotografía borrado de todos tus registros. Yo cumplí con mi parte.

Se quitó los anteojos y se sacó los zapatos de manera rápida, dándole la espalda a Martín. Comenzó a desvestirse el torso de camino al baño fuera de la habitación, mientras se llenaba de preocupación y un poco de pánico ante la posibilidad de que Martín simplemente le respondiera con un rotundo y orgulloso No, que lo dejara fuera de su vida de inmediato.

Terminó de desvestirse al lado de la ducha, tirando la ropa de cualquier modo sobre el piso. Con mano temblorosa abrió el gabinete y sacó su cepillo de dientes y el tubo de crema dental. Se cepilló tan fuerte los dientes, que cuando escupió la espuma en el lavamanos, había rastros de sangre. En aquel mismo momento Martín podía estar poniéndose los zapatos para marcharse de allí sin más, quizá riéndose de su repentino aire de macho dominante dueño de la situación, e incluso con la intención de ir directo a enseñarle a todo el mundo aquella fotografía.

Suavemente descargó la frente en el espejo, en repetidos y pequeños golpes. Si no tuviera  una aversión natural al dolor o no le importara cargarse el espejo, lo habría hecho con más fuerza.

Descorrió la cortina plástica de la ducha y entrando en ella abrió el chorro de agua a todo lo que daba. Era un buen momento para ponerse a hablar consigo mismo, pues necesitaba respuestas a varios asuntos y cuestionamientos, el primero de ellos: «¿Qué tan estúpido soy al ponerle reparos y condiciones a la propuesta indecente de una persona a la cual me muero por tocar?» Pero temía que Martín lo escuchara despotricar bajo el agua y que además de pensar que era un estúpido, también pensara que estaba loco.

Giró la canilla del agua, cortando el suministro, y comenzó a tantear la pared en busca de la repisa donde estaban la esponja y el gel de baño.

Cuando Martín descorrió la cortina de manera sorpresiva y brusca, su primera reacción fue cubrirse la entrepierna con las manos en un acto reflejo, mandando el tarro de gel al piso.

Martín se despojó de su ropa por completo, dejándolo atónito. No parecía sentir ninguna vergüenza de su desnudez y siendo sincero, Ricardo debía reconocer que no tenía ninguna razón para ello. Él era simplemente… perfecto.

Nunca pensó que la desnudez de otro hombre pudiera llegar a conmoverlo de alguna manera, pero en ese momento estaba embobado por la uniformidad del color de su piel y la simple perfección de su sexo dormido.

Verlo allí, de pie delante de él y sin ropa, no le significó ningún shock, por lo menos no en el sentido negativo de la palabra. Martín se le antojó como un hermoso ser, al cual no era incómodo admirarle la desnudez. No abrió la boca, dejando que su mandíbula inferior chocara contra su pecho, solo porque eso era físicamente imposible, pero así se sentía: anonadado.

Martín se agachó y recogió el tarro de gel. Su rostro estaba recubierto de neutralidad y sin aparente disposición a abrir la boca pronto, y eso empezó a ponerlo nervioso.

Su corazón palpitó con fuerza cuando Martín levantó un pie para sortear la pequeña barrera que separaba la ducha del resto del baño y que evitaba que el agua se regara por todos lados. Sus movimientos eran lentos y no dejó de mirarlo directo a los ojos en ningún momento, hasta que rompió el contacto cuando bajó la vista hasta el tarro que tenía en las manos. Levantó el protector con el dedo índice y se vertió algo de su contenido en la palma derecha.

— Dime, ¿Acaso fue un reto lo que acabé de escuchar?—Su rostro abandonó toda neutralidad; aun así no supo clasificar su expresión. Bastaba con decir que era la cara más dulcemente erótica que había visto jamás. Los labios entreabiertos, antinaturalmente rojos, los ojos brillantes con las largas pestañas custodiándolos. Ricardo deseó estar utilizando sus lentes en aquel momento, para poder absorber más de su imagen—. Pues he de decirte que es la primera vez que me piden hacer méritos para que me deje follar… Es un tanto gracioso, porque de inmediato supusiste que yo sería el único follado aquí. No me preguntaste de qué lado me gusta jugar…

Antes de que Ricardo pudiera atragantarse con su propia saliva ante las implicaciones de lo que había acabado de escuchar, Martín acortó toda distancia entre ellos y parándose en la punta de sus pies, se apoderó de sus labios en un beso que se hizo profundo de inmediato. Su lengua sabía a dulce, al igual que lo hacía su saliva. No pudo evitar que de su garganta escaparan ligeros sonidos de degustación.

—Mmm.

Martín rompió la unión de sus labios, y de un ligero manotazo lo obligo a apartar las manos que había continuado manteniendo sobre su sexo en actitud protectora de manera inconsciente, y entonces, en cuanto a lo que sus cuerpos respectaba, ya no hubieron más secretos.

—Oh, vaya.

Ricardo nunca se había sentido inseguro con respecto a su cuerpo, especialmente menos de su amiguito, pero proviniendo de Martín ese «Oh, vaya» podía fácilmente significar que él terminara el día metido debajo de las cobijas, abrazándose las rodillas mientras se mecía de adelante hacia atrás, estrenando trauma, porque él tenía la lengua supremamente afilada.

Se llevó los puños cerrados a las caderas y elevó una ceja, esperando por lo que Martín tuviera para decir. Jamás había recibido ninguna queja de esa parte de su anatomía.

— ¿Oh, vaya… Qué?

Martín comenzó a tocarlo, sin una pizca de timidez, demostrándole el buen uso que sabía darle al gel de baño. Con la mano libre le rodeó el cuello e hizo descender su cabeza, hasta que sus frentes se tocaron, apoyándose una contra la otra. Su espalda rápidamente chocó con la pared de azulejos, en la que se recargó cuando los corrientazos que le tensaban el vientre, llenándolo de ligeros espasmos, comenzaron a aflojarle las piernas.

A él le enseñaron que no debía ser egoísta, así que con emoción se aventuró por el camino que sabía que lo llevaría a un lugar sin retorno. Sus dedos se pasearon lentos y hábiles dibujando la clavícula izquierda de Martín; él tembló ante su toque, porque Ricardo estaba mojado y él no. Descendieron lentos y torturantes hasta su pecho, donde la ausencia de un par de abultadas mamas no le importó en lo más mínimo, y pellizcó la pequeña protuberancia rosa, que ya estaba endurecida posiblemente a causa del frío. Descubrió que Martín al parecer era de los que tenía muy sensible esa parte del cuerpo, porque lo vio cerrar los ojos y morderse el labio en un intento fallido por contener un suspiro, que terminó por arrojarle a la cara.

Cuando llegó a su cintura sintió su piel de gallina, y él apenas y podía concentrarse porque Martín había empezado a juguetear con su glande  de manera perturbadora.

No hubo vacilación, aunque sí mucha curiosidad por cómo se sentiría contra su mano, pero quería darle placer, tanto como el que él le estaba proporcionando con la mejor chaqueta que le habían hecho en su vida. Su mano temblaba, pero no por falta de convicción, sino por mera debilidad, porque Martín le estaba arrancando el alma de gusto y placer… Apresó su sexo con la mano y Martin mordió suavemente su mandíbula mientras soltaba un quejido bajito que le heló la columna con electricidad.

El baño se llenó de pujidos y gemidos que no buscaban contener, de suspiros incontrolables… Su entrepierna comenzaba a llenarse de espuma y eso era gracioso y excitante. Ricardo habría podido reírse y gemir, pero prefirió solo gemir. Martín crecía contra su palma.

—Tu… Estás… Loco, si piensas que vas a poder… Resistirte… Resistirme.

Esa voz… Su voz entrecortada y cachonda haciendo eco en la ducha era afrodisiaco puro.

—Hacía mucho… Que nadie me tocaba así—. Estaba a punto de correrse. Demasiado tiempo sin sentir tanto placer no lo ayudaban para que no diera un espectáculo pobre y demasiado corto.

Sus piernas comenzaban a gelatinizarse de tan débiles que las sentía a causa del inminente orgasmo. Con tanto movimiento su costado activó el potente chorro de agua. Aquello hubiese podido incluso mejorarlo todo… Pero eso no fue lo que ocurrió.

Martín dejó de tocarlo en el acto.

— ¡¿Pero qué mierda?!—Gritó—. ¡Está helada! ¡¿Qué clase de demente se baña con el agua a semejante temperatura?¡

3

Martín jugueteaba con el teléfono celular entre sus manos. Ya había eliminado la fotografía de su cuenta de correo, pero esta aún continuaba en la papelera de reciclaje. Una vez que la eliminara de allí, ya no habría vuelta atrás y la razón por la que Ricardo le seguía la corriente habría desaparecido. Solo le restaría confiar en él, y aunque sentía que podía hacerlo, siempre era bueno contar con un seguro.

Se dio la vuelta en la cama, quedando bocarriba y resopló. ¿Desde cuándo quería razones para querer a Ricardo atado a él de alguna manera? Posiblemente desde que dos días atrás le había salido con toda aquella sarta de tonterías donde lo instaba a poner en práctica sus armas de seducción con él, como si fuese tan difícil llevárselo a la cama… No había más que ver la manera en la que tan fácil comenzó a derretirse entre sus manos.

Un toque en la pantalla, solo un toquecito y la fotografía habría desaparecido. Ahora tenían otro juego entre manos, y debía reconocer que le interesaba bastante… Sobre todo al rememorar la imagen de su… Creía nunca haberlo hecho con alguien circuncidado y resultaba que había mucha razón en eso de que eso los hacía parecer más grandes… ¡Dios! Era tan grueso y… Estaba pensando en puras estupideces. Sacudió la cabeza tratando de deshacerse de la imagen mental. Sonrió un poco, esperaba que Ricardo se tomara a bien el regalo de cumpleaños que le había hecho llegar y que se riera tanto como lo hizo él al escogerlo.

Miró una vez más la pantalla y esa vez se obligó a hacer un movimiento rápido del cual aunque se arrepintiera, no podría deshacer.

Pulsó «vaciar papelera de reciclaje» y cuando se creyó vencedor, va y aparece aquello de «¿Está seguro que desea vaciar la papelera de reciclaje?» que nuevamente lo ponía a dudar.

Las papeleras de reciclaje de las cuentas de correo se vaciaban solas cada Treinta días, así que de momento la dejaría allí y ya estaba; pasados treinta días la red habría tomado la decisión por él y punto.

Eran cerca de las 8:00 de la noche, demasiado temprano para disponerse a dormir pero se sentía demasiado cansado, tanto que el solo hecho de tener que abandonar la cama para cambiarse de ropa y cepillarse los dientes le daba la impresión de requerir una cantidad de energía equivalente a la requerida para mover la estatua de la libertad de lugar.

Micaela ya había llegado, le había dado un saludo rápido cuando llegó media hora atrás y luego había dicho que tenía algo urgente que hacer. No tenía pensado abandonar su habitación para darle las buenas noches, no importaba si ella se ofendía. Solo el imaginarse bajando las escaleras aumentaba su cansancio.

Suspiró como si se dispusiera a empezar una travesía por el desierto en lugar de solo pasar al baño y tratando de apurar aquello, se levantó de un solo movimiento.

Martín duró escasos cinco segundos de pie, antes de sentir como lo abandonaban el aire y las fuerzas y ver la forma en la que el suelo se acercaba a su rostro a toda velocidad, mientras la luz de la lámpara en una de sus mesas de noche y la de la televisión empezaban a desdibujarse, estallando como decenas de pequeñas estrellas en el borde de su visión.

Cuando abrió los ojos no supo con exactitud cuánto tiempo había pasado. Bien pudieron haber sido horas como solo minutos o incluso segundos. Le dolía el hombro y sospechó que esta había sido la parte de cuerpo que impactó con mayor fuerza contra el piso. Cuando consiguió sentarse, con la espalda recostada contra el lateral de la cama, cerró los ojos, preso en un mareo que lograba robarle el aliento.

Sea como fuere, aquello ya había llegado demasiado lejos. Lo único en lo que podía pensar en ese justo momento era en que tenía cáncer de algún tipo, podía incluso sentir la masa maligna que lo estaba matando lentamente, crecer en el lóbulo frontal o quizá occipital de su cerebro, quizá leucemia… En ese momento hizo lo que no se había permitido hacer desde que comenzara a notar los síntomas y el malestar: sucumbió ante el miedo, y no precisamente por él. En su mente comenzó a dibujarse el rostro angustiado de Mimí, de su abuela, incluso de Lola… Y Carolina, por Dios, Carolina.

Ya estaba bien de hacerse el fuerte y el indiferente. Había algo mal con él y era momento de poner sobre aviso a su familia y pedir ayuda. Comprobó en la pantalla del celular que había estado «ausente» solo durante un par de minutos. Mimí solía quedarse en el estudio hasta pasadas las 10:00, así que hacia allí se dirigió. El mareo persistía y sentía el cuerpo frío y flojo, pero se sentía muy lúcido.

La gruesa puerta de roble del estudio estaba cerrada, pero cuando tiró de la manija descubrió que no tenía echado el seguro, así que la empujó de manera leve. Abrió poco, pero lo suficiente como para que a través del resquicio se escuchara la voz seseante que lo hizo detener todo movimiento.

—Tú lo sabías… Lo sabías y no me has dicho nada. Vosotras sabíais… Tú y tu madre. ¡Joder! ¿Cómo has podido ocultármelo durante tanto tiempo? Jamás me lo habría esperado de ti ¡¡¡¿Qué te hizo pensar que yo no necesitaba saber?!!!

Martín dio un respingo ante los gritos.

—Joaquín yo… Lo siento. Pero debes entenderme. Era algo acerca de lo que no quería hablar, algo que me afectaba y que aún hoy lo hace. No pretendía guardarte un secreto tan importante, pero tampoco me moría por salir corriendo a contártelo. Yo… solo no pude decirte nada, no quería lastimarte. —Mimí sorbió por la nariz.

—Mierda, mierda, ¡Mierda!

—Oye tú, no grites… Baja la voz.

— ¿Por qué? ¿Ni a gritar o enfadarme tengo derecho, cuando me has mentido tan descaradamente?

—Cállate, porque Martín no sabe nada de esto, y no quiero que se entere.

Martín no esperaba escuchar su nombre en aquella extraña discusión. ¿Qué había que él no sabía y de lo que su madre no quisiera que él se enterara?

—Eres una mentirosa, Micaela. Yo soy una mierda, si, un descarado, pero tú eres una jodida mentirosa. Me largo de aquí.

Martín llegaba a una rápida y obvia conclusión, mientras retrocedía y se ocultaba en la vuelta de pasillo más cercana, al escuchar los pasos de Joaquín encaminándose hacia la puerta.

Secreto.

La verdad que siempre le había sido esquiva durante toda su existencia…

El secreto mejor guardado en esa casa…

—No—. dijo en un susurro, antes de taparse la boca cuando en su mente ya comenzaban a acomodarse las piezas.

Llegó a su habitación con el corazón desbocado y la respiración escaza. Su mente maquinaba a toda marcha tratando de encontrar situaciones que contrarrestaran aquella verdad que de pronto le parecía tan evidente.

—No parezco… No me parezco a él… Yo, no me parezco en nada a él—. Trató de consolarse, pero rápidamente vino a su cabeza la imagen de la madre de Joaquín cuando su abuela se la presentó en el club… Los mismos ojos color acero, el cabello negro…

Recordó la reticencia de Micaela a que le dijera a Joaquín que era gay. Los comentarios de su familia demasiado moral… Como si quisiera que a sus ojos él no presentara ni un solo defecto…

—No puede… Mierda, mierda ¡Mierda!

Por primera vez en su vida, Martín se vio con mucho más de lo que podía manejar, entre las manos.

Fin…

Continuará…

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