Capítulo 43: Los errores no cicatrizan

En medio de toda la tristeza y confusión que dejaste cuando te fuiste me enseñaste que vale más ser fuerte que ser valiente.

TERCERA PERSONA

LAS VOCES DEL VIENTO

Los sollozos y lamentaciones de los que claman por lo inevitable.

 

El silencio fue cortado por el melódico sonar de una guitarra que parecía llorar en las manos de un hombre de apariencia particular. Su piel morena, achicharrada por un sol que no es propio de Sibiu, desentonaba con el colorido de las prendas que vestía. Su cabello blanco y corto casi hasta la raíz, dejaba al descubierto espacios sin cubrir sobre todo en el centro de su cabeza. Su rostro, cuello y manos, estaban cubiertos de pliegues de piel que se encimaban. El tiempo le había vencido, llevándose con él la guapura de su juventud.  Sin embargo; su apariencia cansada y vieja, poco o nada parecía importarle, sobre todo en estos momentos en los que, con los ojos cerrados, la espalda contra el tronco de un árbol que había sido elegido al azar y sentado sobre una roca. Hacía salir de esas finas pero desgastadas cuerdas, una desgarradora melodía que contaba los interminables años de sufrimiento y dolor por los que su pueblo había tenido que pasar.

Eran los hijos de nadie, hombres y mujeres sin patria ni hogar. Atados a las supersticiones que gente ignorante les había anudado al cuello.  Considerados inmorales, embusteros que estafaban al vender palabrerías y por las mismas que habían sido condenados sin derecho a apelación alguna.

Injusticias, penurias y en muy contadas ocasiones: también momentos felicidad, de eso hablaba la melodía que el hombre al acariciar las cuerdas de una en una o a veces en grupos de varias, hacía sonar. Consolándola, secando un llanto seco que se fundía en el aire. Las tocaba a una velocidad asombrosa, sin siquiera mirar. La música parecía fluir de lo más hondo de su ser y viajar a través de las venas de sus dedos, haciéndolos moverse sobre ese viejo y repulido instrumento — que bien podría considerarse una extensión de sí mismo — con la maña de la que solo años y años de experiencia pueden proveer.

La melodía inundo los corazones de los suyos, pero, de entre todos los del grupo — no más de veinte personas — solo una mujer joven de piel apiñonada y llamativos ojos negros, respondió al impulso de seguir el camino que la música le señalaba. Olvidándose de la leña que recolectaba se acercó el viejo. Los demás miembros, pese a observarlos a cada tanto: continuaron levantando las tiendas de lona que les servirían de refugio durante las noches siguientes, mientras las mujeres avivaban el fuego y se apresuraban a preparar la cena.

Habían llegado a Sibiu cuando el sol comenzaba a bajar e irrumpieron por la Piata Mica en la zona alta de la ciudad, para después desviarse a los límites con dirección a Alba Lulia, la capital. Si bien, su verdadero destino era Budapest en Hungría. Al llegar a Deva, el grupo se dividió en tres partes, mientras ellos regresaban; otros se quedaron en Arad y el restó en Ezeged.

El arribo de los Zíngaros en estas fechas, era un mal augurio para la comunidad Cibinense. Aun si en otros meses les permitían el libre paso, en esta ocasión, hubo molestia y preocupación ante su presencia. No obstante; lejos de importarles las miradas severas que recibían: las mujeres aprovecharon que algunos turistas aún se encontraban merodeando las calles para batir sus vestidos anchos de tonos brillantes, así como los adornos y amuletos que envolvían sus manos y cuellos, para captar la atención de los más incautos y hacer Drabarimós.

Era parte de su cultura gitana y lo practicaban a donde quiera que iban. Para los lugareños, la lectura de la suerte a cambio de dinero u objetos: ropa, joyas, incluso comida, era una tima. Aunque no faltaba al que la curiosidad le ganaba. O los que, temiendo a la maldición de los gitanos, aceptaban pagar. Aun con todo, no pasaron mucho tiempo en la Piata, más bien, buscaron un punto alejado del ruido de la ciudad. Justamente en el que ahora se encontraban levantando sus tiendas.

Trabajan lento, pero sin detenerse, ya no existía la prisa de cuando recién comenzaron, pues en el interior de la primera tienda que habían alzado, se encontraba resguardado su posesión más valiosa. Lo llamaban: un alma vieja.

La sabiduría, misticismo y el poder de la esencia de su estirpe: en el cuerpo de un joven de apenas veintiséis años. El viejo tocaba también para él, para alagarlo, para despertarlo de su aletargada quietud o quizá, simplemente para hacerlo feliz. Todos los que con él estaban, deseaban que lo fuese. Compartir con él y verlo sonreír.

Pero su destino dictaba otra cosa. El joven llevaba en sus hombros el peso del dolor de su pueblo. Las carencias y enfermedades de su gente habían terminado por extinguir el brillo de sus ojos aceitunados, volviendo de su mirada un lugar de penumbras y oscuridad. Sin embargo; seguían siendo hermosos y con el tiempo habían adquirido la gracia que solo los que han pasado por mucho y han salido victoriosos, alcanzan.

Su “don” iba mucho más allá de la adivinación y los artilugios: a cada uno de los suyos los podía llamar por nombre, aun cuando nunca antes hubieran estado frente a él. Curaba con hierbas porque su brujería era blanca. Nunca para hacer daño. Aunque si llegaba a ser necesario y pese a que su espíritu era generalmente manso; con tal de defender a su gente, usaba los puños y resultaba ser un guerrero brioso.

El poder contenido que recorría su cuerpo, lo volvía lento y abstraído. Confinándolo a mantenerse en total quietud por horas, incluso días. Casi no hablaba y cuando lo hacía, únicamente se expresaba en lengua Romaní. Aunque según los más cercanos a él, conocía el idioma de cada pueblo que visitaba, sin necesidad de que nadie se lo enseñara. Sus palabras eran pocas, pero profundas y certeras. Su voz era tan antigua como su alma, pero su timbre se escuchaba jovial y claro.

Su apariencia escandinava se mostraba incólume y mirarlo resultaba deleitable a los ojos.

Y pese a que al describirlo se pudiera pensar que es alguien vulnerable o frágil. La realidad era distinta. Su tamaño sobrepasaba el metro setenta y su cuerpo, fornido y sólido se asemejaba al de una roca. Después de todo: no se puede ser débil si bajo tu protección esta todo un pueblo. El joven era un perfecto equilibrio entre un guerrero audaz y un protector amoroso.

El repiqueteo de la guitarra atrajo a su vez, el remolinar suave de murmullos que se alzaron sobre sus cabezas. — Zigány… — Se escuchó en dos ocasiones, ese era el nombre de su pueblo, por ende, también el nombre del joven en la tienda. Quien pese al estado de sopor en el que se encontraba: contrajo los parpados y abrió los ojos atendiendo al llamado. La voz era de nadie y provenía de todas partes en las que se mirase.

Era la magia del bosque, aquella a la que solo algunos “especiales” tienen acceso. Cosa extraña, casi anormal, pero que internamente regocijo sus corazones. Ellos entendían que el bosque hablaba. Aunque en este caso en particular, el joven intuyó, que más bien, advertía.

Tanto el viejo como la joven de ojos negros, respondieron de inmediato con el canto a temple del — Tiri, Ti, Tran — este cante de lengua Romaní, formaba parte de los abandolaos Zigány. Y eran conocidos como fandangos típicos de la Málaga.

Sumándose a la extraña voz y al misticismo del momento, el viento sopló en una ráfaga constante y helada que a todos los aturdió. Y que obligó al viejo a dejar suspendida la melodía.

No hubo lugar a dudas, aquello había sido un ultimátum proveniente de alguien a quien no olvidaban. Una antigua enemiga que rondaba estos bosques y que, a las horas, anunciaba que estaba enterada de la llegada de Zigány.  Y más específicamente: de sus planes de advertir al chico de ojos azules del peligro que corría ante aquel que, fingiéndose hombre, era la temible bestia que lo atormentaba en sus pesadillas.

El viejo deslizó los dedos por entre las cuerdas una vez más, como si la retara a aparecer frente a ellos, pero en la última nota, la cuerda reventó. Casi al mismo tiempo: las compuertas de los cielos se abrieron dejando caer una lluvia espesa y constante que apagó las lumbreras recién encendidas y obligó a todos a esconderse.

La Wicca Celtíbera: protectora de la bestia y de estos bosques, adoradora douteísta de la Diosa Luna y el Dios Astado. Hizo alarde de su oscuro y amenazante poder. El cielo se cerró en una negrura espesa de nubes densas. El viento amenazaba con echar abajo las tiendas y la lluvia de gotas gruesas salpicaba sobre el suelo, con tal fuerza, que volvía el piso lodoso.

Un irrefrenable temor se apoderó de los Zíngaros. Por si solos, no podrían contra Wicca. Aunque el enfrentamiento, tampoco fue necesario cuando de la primera tienda: un joven de tez morena y lagunas verdes en los ojos, salió sin importarle que sus prendas blancas se mojaran, ni que sus pies descalzos se ensuciaran con el lodo.

Sus cabellos como hilos entretejidos a placer formaban risos tupidos que terminaron adhiriéndose a su frente; los más largos, incluso llegándole al cuello. Justo debajo de su quijada definida y varonil.

Ante la sorpresa de su los suyos, avanzó hasta el límite del camino: donde más allá el bosque comenzaba. Se inclinó con lentitud, impedido por los días pasados de quietud. Hasta que con ambas manos tocó el piso. Las gotas de lluvia al mojar su cuerpo parecían consumirse, elevado una especie de humo ligero, casi como la del agua al hervir.

La humarada se acrecentaba conforme la lluvia empapaba su jubón. Zigány, mantuvo la vista fija en el boque que iniciaba bajo sus pies, como si mirara de frente a alguien que solo era visible a sus ojos. Y que también le observaba. Entonces, con su dedo índice dibujó símbolos que pertenecían a una lengua extinta.

— ¡No te temo! — Dijo en ese lenguaje incomprensible para todos los demás. — No, y tampoco voy a irme hasta que lo encuentre. — Advirtió, mientras se erguía.

Otra pujante ráfaga de viento hizo que las tiendas se sacudieran como simples hojas de papel. Pero Zigány se mantuvo firme, como si sus pies fueran de plomo y estuvieran adheridos al piso. — ¡No me iré! — Repitió con dureza.

En su mente, el nombre que en sueños le fue revelado se repetía incesante. Le pertenecía a alguien que al igual que él, era extranjero en estas tierras.

El propósito de la presencia de Zigány era precisamente: romper el vínculo que la bestia había creado a base mentiras con el joven de piel blanca y ojos como el cielo despejado de la tierra que nunca más volvería a ser suya. Él anhelaba volver a su país de origen con la misma ferocidad con la que ahora deseaba liberar al chico.

La ráfaga constante, no pudo reducir la gracia con la que Zagány se movía. Sus manos se alzaron por sobre su pecho partiendo del centro, como si creara una barrera invisible que iniciaba de él y se extendía en todo el terreno donde se encontraban. Hasta que terminó sellándola cuando devolvió sus manos al piso.

Casi al instante la lluvia que solo había sido para ellos, cesó.

El viento dejó de azotar las tiendas y la oscuridad densa de disipó del cielo. Esa noche, los Calés elevaron sus cantos altos y las mujeres barrieron el piso con sus taconeos y el viento con sus manoteos. Porque la Wicca Celtibera no era la única que tenía poder sobre la naturaleza y Zagány no se detendría hasta encontrar a aquel de nombre de Ariel.

GIANMARCO

OJALÁ

Con las cinco letras que se escribe TARDE no se puede escribir AHORA.

— Tu hermano es el imbécil más grande del mundo.

— Lo sé… — Respondí mientras asentía con la cabeza.

Ethel me miró iracundo. Entendía que estuviera molesto con Travis, pero no, que pretendiera desquitarse conmigo. Después de todo no los había juntado para verlos asesinarse con la mirada y agredirse con indirectas obvias, sino por asuntos de trabajo.

También tenía problemas personales con él, pero lo separaba de lo laboral. Porque en ese sentido no hay algo que pueda reclamarle a Travis.

— ¿Qué? — Reparé para que dejara de mirarme tan punzante. — Supéralo, hace casi una hora que se fue. Ya debe estar amargándole la vida a alguien más, mientras tú sigues enojado por una estupidez.

— ¿Estupidez? — Rebatió Ethel — Me llamó incompetente para mi trabajo.

— Dijo que había gente incompetente dentro de mi personal, no que lo fueras. — Aclaré.

— ¡Es lo mismo! — Rebatió. Negué con la cabeza y él reviró los ojos.

Cuando terminamos la reunión, y al no poder ignorar lo ofendidísimo que estaba Ethel. Le ofrecí venir a un bar que está cerca de la oficina. Personalmente: no estaba de ánimos para beber, pero él los necesitaba. Y aunque desde que llegamos se había estado desquitando con una botella de Wiski, su coraje seguía fresco y desbordante. — ¿Sabes que lo que más me molesta…?

— ¿Qué te molesta? — Le pregunté solo para seguirle el juego, aunque en realidad, no le estaba prestando atención.

— Que le permites hablarte de esa manera. Tú eres el que está a cargo, debe respetarte. — Con la punta de su dedo índice remarcó sus palabras al asentarlo con fuerza en repetidas ocasiones contra la barra. — Deja de ver ese maldito teléfono y ponme atención. — Reclamó, mientras intentaba arrebatarme mi celular, por supuesto, no se lo permití.

— Bueno… Travis ya no es el único que no me respeta. — Agregué sarcástico, tras sus palabras.

— Ya no te estoy hablando como tu empleado, sino como tu amigo: tu mejor amigo. — Puntualizó. — No solo te juzga por lo que haces en la empresa, sino también por tu vida privada. Él es tan como tu padre… — Agregó con desagrado. — Desprecia cada aspecto de lo que haces o dices.

— No me importa lo que Travis diga. De la misma forma en la que no me importó la opinión de mi padre.

— Pero Gianmarco…

— Ethel — Le interrumpí. — La empresa va bien, más que bien. El contrato que nos hemos echado a la bolsa hoy, nos dejara mucho dinero… millones. Estoy feliz con eso. He hecho planes y espero cumplirlos. Con respecto a mi vida privada, sé que él como muchos más, no pueden aceptar la manera en la que estoy viviendo, pero no me importa, es mi vida. Tengo a mi lado a un ser humano extraordinario del que me siento ardorosamente orgulloso: es atractivo, joven… pasional, el amante perfecto, mi segundo mejor amigo, solo porque sé que te pondrás celoso si no digo que el primero eres tú. Me ama, lo amo.

Qué Travis lo apruebe es lo que menos me interesa. ¡Soy feliz! Me siento dichoso y comentarios negativos no van a opacar la prosperidad del momento. — Aclaré.

Ethel pareció sopesar mis palabras y después de algunos minutos en silencio dejó el tema por la paz. Internamente agradecía el que se preocupara tanto por mí, pero no era sano que se tomara tan a pecho lo que la gente dice.

Tampoco voy a negar que Travis está mucho más insoportable de lo común. Sobre todo, ahora que Linda le ha exigido el divorcio. Y hasta cierto punto, siento algo de lastima por él: pero se lo merece.

Y es que todos creíamos que se iba a volver loco de la felicidad cuando se enterara que iba a ser papá, pero contrario a lo esperado, se enojó. Dijo que ya no quería más hijos. Que estaba cansado y que los niños eran muy ruidosos.

Le exigió a Linda que interrumpiera su embarazó y cuando ella se negó, comenzaron los problemas. Él empezó a tratarla mal y también a mis sobrinos, les gritaba o los regañaba por cualquier cosa.

Hace casi una semana, Linda llegó en Taxi a la casa y en bata de dormir, traía a Marie y Maurice en el asiento de atrás. Eran como a eso de las tres de la madrugada, hubo sobre salto en la casa por su llegada. Sobre todo, cuando llorando me pidió que le dejara quedarse hasta que amaneciera porque no tenía a donde llevar a los niños. Me explicó que Travis los había echado de la casa argumentando que estaba a su nombre y, por ende, era suya.

No la dejó sacar nada más que lo que traía puesto. No le importó que los niños dormían, los sacó en pijama junto con su mamá. Desde entonces viven conmigo, para el coraje de mi hermano. Acompañe a Linda al día siguiente para que sacara los documentos de los niños, así como sus útiles escolares, uniformes y todo aquello que yo les había regalado. Lo demás, se lo dejamos a mi hermano.

Era mi manera de decirle que mis sobrinos y cuñada no necesitaban nada de él. Y que podía juntar todas sus cosas, hacerlas rollito y metérselas por el primer hoyo que se encontrase. Estaban mejor conmigo, incluso Linda se veía más tranquila.

— Tienes razón… — Habló Ethel sacándome de mis cavilaciones. — Le estoy dando demasiada importancia. — Asentí y él sonrió. — ¿Nos vamos ya? Tú ni siquiera estas tomando. Ya sé: el chulito te pega si llegas tomado. — Se burló.

— ¡Si no soy tú! — Respondí. — Hago y deshago de mi vida a mi antojo. — Agregué con suficiencia, aunque no era verdad.

— ¿Así…? Me gustaría saber qué opina Samko de lo que has dicho. — Me reí nervioso cuando dijo que le llamaría, y casi me le voy encima cuando noté que realmente planeaba marcarle.

Samko estaba molesto conmigo y no era buena idea sulfurarlo más.  Sobre todo, porque, obviamente no deshago de mi vida a mi antojo. Él maneja ahora cada aspecto de mi persona.

Y tampoco me preguntó si quería que lo hiciera, lo decidió por él mimo y dijo que es por mi bien. — A tus años y dejas que un niño te mande.

— ¡No me manda!

— ¿Seguro? — Insistió, pero fingí que no le prestaba atención y mejor me dispuse a pagar. — ¿Desde cuándo manejas efectivo?

— ¡Qué te importa! — Respondí con el orgullo herido — Deja de molestarme.

— ¿Te quitó las tarjetas? — No iba a responder a esa pregunta, mucho menos, cuando lo vi partirse de la risa. — O sea que tú ganas el dinero y él te lo quita…

— ¡Cállate! La gente nos mira…— Le regañé, pero mis palabras rebotaron en el ruido de sus carcajadas. ¿Dónde estaba la gracia? No tenía mis tarjetas porque Samko decía que gastaba mucho dinero en cosas que no necesito y desde entonces me da solo una cantidad de dinero en efectivo diario.

Por supuesto que no estoy de acuerdo con esto. Y esa se había convertido en una de las principales razones por las que hemos estado discutiendo, además de que también le había hecho una escenita de — según él — celos infundados. En la que le reclamaba que nuevamente estaba pasando mucho tiempo con James. Por supuesto, lo negó… dijo que, al parecer, su hermano estaba saliendo con alguien más y que ellos solo se veían en la universidad y un rato: a la hora del descanso.

Sarcásticamente le respondí que de seguro esa era la razón por la que últimamente estaba de tan mal humor, porque le molestaba que James estuviera con alguien más. Y el chistecito me valió el que no me hablara por dos días.

Anoche volvimos a discutir, pero ahora, el que se enojó fui yo. Y aun cuando Sam intento ser paciente y resolver el problema, lo ignoré. Hoy me desperté de mal humor, aún estaba enojado y no respondí a sus: — ¡Buenos días! —. Tampoco quise sentarme a su lado ni comer de lo que me había preparado. Así que terminé hartándolo y me echó las tarjetas encima junto con el desayuno que no quise probar.

Se fue de la casa furioso y no me he atrevido a llamarlo desde entonces.

Sé que me he comportado de manera muy infantil, pero me enoja que actué de manera tan independiente y me traté como si yo fuera su hijo en vez de su pareja. — Deja de reírte o te juro por mi vida que jamás te vuelvo a sacar. — Amenacé. Ethel ya se había puesto rojo de tanto reírse a mis costillas y aunque intentó controlarse, continuó mientras avanzamos por el pasillo.

Justo alado del bar, se encuentra un restaurante. Todo en el mismo edificio. La única división entre cada sección era una pared de cristal. Así que Ethel llamó la atención de los comensales desde antes que apareciera. Algunos dejándose contagiar por su risa, otros mirándolo con reprobación.

Exageré todo y mostrándome molesto, me le adelanté. Fue más el intento que nada, porque en menos de lo que esperaba me dio alcance. Incluso me rebasó, supuestamente para abrirme la puerta de la salida a modo de disculpa.

Pero se quedó en eso: cuando intentó abrirla, alguien más lo hizo desde fuera. Fue el silencio de Ethel lo que me obligó a apartar la mirada de mi móvil y quedé igual o incluso más aturdido que él.

— ¿D- Dylan…? — Pronunció sin poder ocultar su asombro. La persona frente a él, tenía puesto los ojos en mí. Y de la nada me sonrió. El mundo era chico, demasiado chico para mí.

— En realidad, soy Elías… — Aclaró, mientras extendía su mano en un saludo que Ethel se tardó en corresponder.

Mi amigo no daba crédito a lo que veía, sin embargo, al parecer, recordó que yo venía justo detrás de él y se volteó para afrentarme. En su rostro distinguí tristeza y vergüenza. No sé qué expresión debía tener yo, pero era muy posible que me viera perturbado.

— Lo lamento Gianmarco… yo… es que se parecen tanto que creí… — Dejó la frase sin terminar y bajó la mirada — ¡En verdad, lo lamento! — Agregó y sin más, rodeó a Elías y salió casi corriendo del lugar.

Quise seguirlo o por lo menos, pedirle que no me dejara solo con él. Pero no pude articular palabra. Mi cuerpo también se negó a reaccionar, así que solamente me quedé ahí, plantado en la puerta y estorbando el paso de los demás.

— ¿Dije algo malo? — Preguntó.

Su voz me obligó a mirarlo. Elías aguardaba por mi respuesta: volvió a sonreírme y levantó la mano con lentitud para acomodarse el cabello.  Justamente como lo hacia él.

Jadeé ante el recuerdo.

— Quería volver a verte… — Agregó intentado sonar casual. Comenzó ese adelante y hacia tras con los pies, que hacía que todo su cuerpo se meciera al mismo ritmo. Era un gesto algo infantil para su edad, pero que logró arrancar la costra de mi herida. — Cada vez que pensaba en ello me ilusionaba, y es que… aunque tengo tú número me daba pena llamarte.

Cada movimiento de los que hacía, la simple razón de su respirar, me dolía en el alma. — Y mira que agradable casualidad, encontrarnos en este lugar. — La forma en la que estaba vestido y la intensidad con la que me miraba, confabulaban en mi contra. Casi podía jurar que lo estaba haciendo a propósito. Porque si mi memoria no me fallaba, no actuaba de la misma manera esa vez que lo vi en el cementerio. — Aunque no parece que tú estés feliz de verme… — Agregó y me miró dolido.

Una mirada que derrumba barreras, pero no por él… sino porque era una copia exacta del actuar de su hermano. — ¿No dices nada? — Presionó, y posó una de sus manos sobre la mía. Su tacto me despertó, el calor de su piel me repelió al instante, porque la mía estaba helada debido a tantas emociones. Sin embargo, no lo aparté. Entre otras cosas, porque las marcas en su cara me habían distraído.

De alguna manera, me resultaban familiar…

— ¿Qué te paso en el rostro? — Pregunté absortó.

Mientras lo pronunciaba casi hice una lista mental de los movimientos que haría y solo fui palomeándolos conforme se los veía actuar. Recordé también, las muchas veces en las que su hermano, llegó a verme con marcas similares y más recientes. Sus ojos llorosos evidenciaban lo que no quería decirme, aun así, ante mi insistencia solía intentar mentirme.

      …Que se había peleado con alguien el colegio. Que se cayó mientras paseaba por el patio de su casa. Incluso llegó a decirme que se había resbalado en el baño, cuando recién terminaba la ducha.

Al final, yo sabía que su padre lo había golpeado. Que no quería decírmelo porque hablar de ello le afectaba en demasía. Entonces, lo abrazaba y con solo ese gesto: Dylan olvidaba que debía aparentar, mientras se deshacía en un llanto que al finalizar lo dejaba exhausto. Verlo sufrir era como un castigo para mí, recuerdo que, para calmarlo, lo arrullaba y le hacía cientos de promesas que desde el fondo de mi corazón deseé que se llegaran a realizar.

Le describía como iba a ser nuestra casita cuando viviéramos juntos, que nos alejaríamos de toda la gente que nos causaba daño, que aun si teníamos que renunciar al estilo de vida con el que habíamos crecido, me esforzaría porque él tuviera lo indispensable y un poco más. Que trabajaría para él y que lo amaría por el resto de mi vida y aun en mi muerte.

Pero todo, absolutamente todo, nos fue injustamente arrebatado. Dylan era solo un niño. Mi hermoso niño.

— No tienes que decírmelo si no quieres… — Agregué ante su silencio, pero Elías negó de inmediato.

— Son los golpes de la vida… — Respondió.

Él poseía la ironía que su hermano jamás llegó a desarrollar. Mi actitud en cambio, fue la misma. La frustración e impotencia volvió a invadirme, el volverme a sentir tan solo un adolescente que no puede defenderse ni defender lo que amó.

— Y esa vida de la que hablas, también tiene por nombre Abdiel Lumiet… — Sonrió irónico, pero en cuanto sus ojos se inundaron desvió la mirada.

Un gesto común en los hijos de ese bastardo, aparentar una fortaleza que realmente no poseen.

— Jamás desobedezcas a tu padre, Gianmarco… — Explicó.

Así que eso era lo que había sucedido. Lo golpeo porque Elías fue desobediente.

— Mi padre está muerto y enterrado varios metros por debajo de la tierra. — Respondí.

— Pues eres muy afortunado… — Levantó la mirada y en esta ocasión no le importó que lo viera derramar lágrimas. — No tienes idea de lo mucho que te envidió.

— Déjalo… — Sugerí — no tienes que pasar por todo esto.

— No es tan fácil… — Rebatió él —. No soy como Dylan, y no tengo a nadie como tú a mi lado… ¡Estoy solo! — Sollozó — Y tengo miedo. De él, de lo que es capaz de hacerme si intento escaparme, otra vez.

La gente entraba y salía, nosotros volvíamos lento el tránsito y tuvimos que hacernos a un lado. Intenté cortar la plática, pero Elías no me lo permitió. No se trataba de que su dolor me fuera indiferente, pero este tipo de conversaciones y su compañía en general, me hacían daño. Con él de frente me era fácil dejarme seducir por la loca idea de que a quien miraba era Dylan. Me perturba.

Me hacía anhelarlo vehementemente y no debía, menos ahora que Samko, está conmigo.

Sentí mis alarmas encenderse cuando nos descubrí en el estacionamiento. Me conozco, supe que debía alejarme de él; Elías no dejaba de llorar y sus lágrimas me conmovían. El dolor que experimentaba era genuino, podía sentirlo con la misma fuerza con la que en el pasado, llegué a sentir el de su hermano.

— ¿Explícame porque debo pagar, por una relación que no he sostenido? — Preguntó de la nada mientras se aferraba a mi saco. — ¿Por qué se desquita conmigo por lo que ustedes le hicieron? ¿Qué culpa tengo yo…?

Dylan ya está muerto… pero tú estás aquí.  — Intuí que estaba a punto de decirme algo que no me iba a gustar escuchar.  Retrocedí, vagamente intenté liberarme de su agarré. Pero en ningún momento lo aparté con suficiente convicción. Porque muy en el fondo, siempre me he sentido culpable por todo lo sucedido. Aunque el tiempo ha pasado y he duplicado la edad que en ese entonces tenía, la culpa no se ha ido y quizá jamás va a abandonarme. — ¿Qué vas a hacer por mí? ¿De qué manera vas a recompensarme? — Cuestionó.

Me quedé callado, mirándolo… No sabía que responder. — No te pido que me ames como lo hiciste con él, pero no me dejes solo. — Suplicó.

— Elías yo…

— No siento estar pidiendo demasiado… — Me interrumpió. — Sé que, si formas parte de mi vida: podré soportarlo. Sé mi amigo, no me dejes solo… por mí y si eso no basta, entonces hazlo por Dylan.

Se me aventó a los brazos y los suyos rodearon mi cuello, aferrándose con fuerza. Escondió su rostro en mi cuello y su llanto se volvió convulsivo. Me petrifique ante su tacto, la imagen de Samko estaba fija en mi mente. Y algo me gritaba que debía decir “no” a lo que me pedía.

Ojalá hubiera tenido el valor… ojalá hubiera dicho “no” … Ojalá.

ARIEL

HOY COMO AYER

El silencio me reclama… me pregunta si has de volver pronto.

¿Cuántos días habían pasado desde que le pedí que sacara sus cosas de mi habitación? ¿Una semana?  ¿Tres? Peor aún… ¿Cuántos días más iba a estar sin él? Quince días ya habían sido toda una eternidad para mí.

No… no es que llevara la cuenta ni mucho menos que supiera la cantidad exacta de horas con minutos que habíamos estado separados desde entonces, aunque tenía un aproximado muy exacto.

Y sí… sí lo hizo. Cuando volví en la noche, sus cosas no estaban, pero podía sentirlo en cada rincón no solo de la habitación, sino también de toda la casa. Aun puedo hacerlo.

Es difícil de explicar, entre otras cosas porque ni yo mismo lo entiendo. Era como si una parte de él estuviera resguardada en mi interior. Lo sentía con fuerza, y lo extrañaba casi de forma compulsiva. A veces, me venían a la mente pensamientos que no eran míos, pensamientos que le pertenecían única y exclusivamente a él. Sentía añoranza y mucha tristeza.

Intentaba tomármelo con calma y no arrepentirme de la decisión que había tomado, aunque cada hora que pasaba lejos de él, me pesaba más que la anterior. Los primeros días mis abuelos preguntaban por el motivo de su ausencia, y tras cada vez les iba dando excusas menos convincentes. Hasta que notaron que tocar el tema me afectaba, y optaron por dejar de hacerlo. Mi abuela era la que más ansiosa estaba, se había encariñado mucho con él, pero no me presionaba al respecto, al menos, no directamente.

Mi estado de ánimo estaba por los suelos, pero intentaba disimularlo.

No quería darles más preocupaciones y, sobre todo, sabía que si me dejaba vencer como realmente deseaba hacerlo: porque ya estaba cansado y lo que llevaba encima era un peso que me aplastaba. Iba a terminar en el piso llorando mi desgracia, sin posibilidades de ponerme de pie.

Era algo en lo que intentaba no pensar.

Aunque cada vez era más consiente que no iba a poder seguir actuando como si nada hubiera pasado. Afortunadamente las constantes llamadas de William me ayudaban a sobrellevarlo con la mayor dignidad.

El mismo día en que todo sucedió me llamó… fue como si ya lo presintiera, aun así, se mostró cuidadoso al preguntar. En ese momento, cada fibra de mi ser estaba perdida en mis emociones, tratando de asimilar que todo había terminado. Dudé sobre si debía contestarle o no, francamente, no quería testigos en esta situación por demás lamentable para mí.

Pero al final, su insistencia me ganó y respondí a su llamada. En vano pretendí ocultarle que lloraba, creo que le dije que me había dado gripa, a las horas, ya no recuerdo con claridad toda la sarta de mentiras que le dije. Por supuesto, no me creyó una sola. En cambio, me ordenó que dejara de contarle las cosas a medias y le dijera toda la verdad. Que él intuía que algo malo estaba sucediendo y quería saber qué.

Fue difícil hacerlo: reconocer que las señales estuvieron todo el tiempo ahí, frente a mí y no quise verlas. Will estaba furioso con él, pero sobre todo conmigo.

Dijo que no me reconocía, que el Ariel con quien él había crecido jamás hubiera permitido ser tratado de esa manera. Y bueno, es verdad. Pero mientras estaba con Demian, era como si todo estuviera muy borroso en mi mente. Estuve dispuesto a mucho con tal de permanecer a su lado. No me importó traicionarme, acallar mi sentido común y mis verdaderos deseos, me aferré a él como lo hace alguien a un trozo de madera cuando se encuentra a la deriva en medio de un océano tempestuoso. Ahora sé que quizá él no era lo más seguro, que a la larga no me iba a mantener a flote, pero lejos de él, para mí no había nada más.

Así que pese a la situación y, sobre todo, intentando ser positivo no puedo decir que todo estaba perdido. Siento que de alguna forma me recuperé a mí mismo, aun sí el precio a pagar estaba resultado ser demasiado alto y las palabras ya no me alcanzaban para decir cuánto me dolía.

Unos segundos más que otros.

Aratos me encontraba diciendo que “era mejor así” y al siguiente, ya no lo soportaba. Quería verlo, pero sabía que cuando sucediera me volvería a enojar y le reprocharía o, por el contrario, me aventaría a sus brazos y le suplicaría que olvidemos todo esto. Porque, así como me di cuenta de que había cometido muchos errores, también pude discernir la magnitud de mis sentimientos hacia él.

Fue triste y devastador cuando a resumidas cuentas, acepté que quererlo era poco.

¿Poco o el tiempo suficiente? ¿Quién puede decirlo?

El caso es que me había enamorado de él, por primera vez en mi vida amaba a alguien de esa manera especial. Era bueno, un sentimiento noble que ahora mismo me hacía sufrir. Quizá por eso comencé a justificar cada una de sus acciones en mi contra. Sin importar lo que hiciera o dijera, yo seguía encontrando una de mayor valor para quedarme a su lado e intentar continuar. Porque intentaba evitar sentirme justo como ahora:  incompleto, solo, triste y en más de un sentido también vencido.

Era como si al recoger sus cosas y sacarlas de mi habitación, se hubiera llevado una parte de mí, o peor aún, se hubiera olvidado de llevarme a mí con él, a mí… que también le pertenecía. Aunque él no me quisiera y yo resultara ser demasiado poco en comparación con las personas de su pasado y presente.

El sentimiento de abandono se había apoderado de mí alma. Me notaba respirando, pero sentía que me ahogaba. Estaba comiendo poco y casi no podía dormir. Aunque me acostara temprano, me levantaba más cansado que cuando me fui a dormir. Estar entre mis compañeros de universidad se había vuelto una tortura insufrible. En cambio, el bosque me tranquilizaba.

Así que me dejaba abrazar por su inmensidad y a cambio obtenía un poco de paz. Hasta que su recuerdo me atacaba de nuevo y entonces, buscar otro refugio me era indispensable.

También había descubierto que me pasaba algo extraño… al principio creí que era malo. Por lo general, me sucedía en las madrugadas o cuando la presión me resultaba mucha: sentía como si mi cuerpo fuera un mero recipiente que pudiera abandonar a voluntad cuando así lo necesitase.

Las pesadillas se habían vuelto desagradables compañías que me rondaban para atacar en cuanto mi mente intentara descansar. Me despertaba entre gritos, eran sueños horribles que después de unos segundos no podía recordar pero que me dejaban temblando y sudoroso.

Mi cuerpo colapsaba, pero mi mente estaba más despierta que nunca, todo alrededor dejaba de existir y podía ver otras cosas. La mayoría no eran agradables, pero al menos, en esas alucinaciones — porque estaba consiente que no eran reales — estaba con Demian y esporádicamente, también con James.

Sumándole a todo lo anterior, desde hacía varios días tenía un sabor amargo en la boca que no se me quitaba con nada. Y quizá me estaba volviendo paranoico, pero sentía que alguien me estaba siguiendo.

No era la misma sensación de lo que nos asechaba cuando estábamos juntos. Ese ser que se escondía entre las sombras y se limitaba a observarnos de lejos. Esto era diferente. Mi intuición me lo decía y comenzaba a sentir miedo.

Sobre Demian…

Los primeros cinco días posteriores a la ruptura, insistió en hablar conmigo y se me aparecía por todos lados: en la universidad, cuando iba de regreso a casa, antes de irme al trabajo o cuando mi turno terminaba. Por lo general, me esperaba a una distancia prudente, recargado contra la motocicleta y los brazos cruzados a la altura del pecho. Con la mirada molesta y el ceño bien fruncido. Ni loco me le acercaba, sabía cómo iba a terminar si lo hacía.

Lo veía y me limitaba a alejarme a la velocidad de la luz en la dirección opuesta.

Entonces me seguía, decía que teníamos que hablar. Que lo “nuestro era cosa de dos, y que yo no tenía derecho a decidir todo: que él no quería terminar, que, si le dejaba explicar… entonces, se esforzaría por cambiar. Prometía vez tras vez que en esta ocasión sería distinto. Que él sería diferente conmigo porque me quería. Me molestaba hasta casi el punto de ofenderme, la facilidad con la que decía que me quería, como si realmente lo sintiera; cuando bien sabemos que no es así. Estaba convencido de mis sentimientos por él —  al parecer, mucho más de lo que lo estaba yo — y no dudaba en atacarme por ese lado. En nombre de mi cariño intentó disuadirme y debo confesar que en más de una ocasión casi lo consigue. Pero una disculpa sincera, honesta y que fuera algo más que palabras vacías dichas al aire, no lo obtuve de él.

Por eso no lo escuchaba y la única vez que me detuve y me dejé alcanzar por él, fue cuando sentí esa opresión en el pecho que me decía que esa otra persona estaba cerca.

Sé que Demian también lo pudo sentir. Porque luego de esa noche, cambió conmigo.

No volvió a insistir, dejó de buscarme y si de casualidad nos topábamos de frente, fingía no verme o actuaba como si no me conociera. Incluso le había visto con “otras personas”.

Dicen: Piensa mal y acertaras.

Desde que dejó de buscarme hasta el día de hoy le había visto con dos. Quizá para muchos no sea la gran cosa, dos amantes en la primera semana. En cambio; para mí fue demasiado, la sola idea de pensarme con alguien más me resulta impensable. Pero al parecer, Demian no era del mismo sentir.

El primero con el que le vi me dolió, sentí rencor y desprecio por esa persona. Emociones negativas que siempre rechacé y ahora se apoderaban con fuerza de mí, sin que pudiera evitarlo. Fue el domingo de esa misma semana, Deviant le había pedido a James que pasara por mí a casa de mis abuelos, para que nos reuniéramos en su departamento, tal cual solíamos hacer cada fin de semana cuando Demian y yo estábamos juntos. Acepté solo cuando me aseguraron que “él” no estaría presente.

Pero antes pasamos a la plaza menor a comprar algunas cosas que hacían falta para la comida. Fue entonces que los vimos, estaban saliendo de una botica. James intentó distraerme para que no los viera, pero fue tarde, ya había sentido a Demian desde mucho antes. Era una conexión entraña que en tan poco tiempo había logrado con él y que, desde nuestra separación, parecía haberse intensificado.

En el ingenuo intento de James para perderlos por perdernos entre los otros establecimientos, terminamos de frente a ellos. Lo llevaba de su lado derecho, mientras que James iba a mi izquierda. Demian frenó de golpe, pero disimuló bien su gesto inicial de sorpresa. El tipo a su lado lo miró extrañado, mientras yo lo asesinaba con la mirada, aunque no se había fijado en mí aún.

Lo vi sujetarse de su mano y ya iba a echármele encima cuando James me paso el brazo por los hombros y me haló hacia él para que los esquiváramos. Porque nosotros en ningún momento nos detuvimos.

Fue entonces, que ese sujeto y yo cruzamos miradas.

Casi era de mi estatura, algunos centímetros de más y lo odie por eso… Llevaba el cabello corto y estaba demasiado abrigado para ser mediodía, su piel pálida lo hacía lucir enfermo, sus ojos en cambio, eran grandes y llamativos, de un tono azul claro casi “bonito” y delineado por una tupida capa de pestañas negras tanto arriba como abajo, que enmarcaba sus ojos de manera muy particular. Delgado, pero con más cuerpo que yo, lo odie también por ello. Sin embargo, no puedo negar que era atractivo a su manera.

Me sostuvo la mirada y durante los escasos segundos que me tomó pasar a su lado. Lo imité, observándolo calculadora y fríamente, por encima de mi hombro. Entonces, como si en su cabeza todo hubiera engranado de un momento para otro, sonrió.

James me ordenó volver la vista al frente, pero fue hasta que sentí su mano apretar la mía, que me vi obligado a soltarme de esa mirada que me observaba con suficiencia. Lo entendí… él había sido muy claro en cuanto al mensaje que me envió cuando afianzó su agarré sobre el brazo de Demian.

Ellos tenían que ver… por eso sonreía. Demian se había encargado personalmente de darle motivos para ello. ¿Cómo pudo…? ¿Cómo fue capaz?

A pesar de lo terrible que me sentí, que casi vomité mi bilis y lloré de coraje, frustración y de mis insaciables deseos de venganza. No logró derribarme, hasta al día siguiente y no por esa misma persona. Después de clase, me aventó con violencia a la lona figurativamente. Y ese fue el origen de cosas terribles para mí. En tan solo cinco días, todo cambio.

Peor que verlo con un hombre, fue saberlo en la compañía de una mujer. Tuve que reconocer, a pesar de todo, que ella era muy hermosa: alta y de curvas pronunciadas. No sé de donde la sacó, pero era como una de esos modelos que desfilan en pasarelas. Refinada, todo en ella gritaba que nadaba en dinero. Incluso desentonaba con la humildad del lugar en el que se encontraban.

La imagen de ambos no me ha abandonado desde entonces.

Me había negado vez tras vez a ir con ellos, pero como de costumbre, todos los del taller se habían reunido en la fondita que estaba cerca de la universidad. Ese día en especial, Axel insistió más que todas las veces anteriores para que los acompañara. A las horas, creo que lo hizo a propósito. Que todo lo que se dijo de él, es verdad.

El caso es, que inclusive más que cuando me comparó con Martín y resulté deficiente y poca cosa, me dolió cuando ella lo besó y él no la apartó. Estaban enfrente de nosotros, Demian sabía que yo estaba ahí — a unas mesas de la suya—, era consiente porque me vio llegar. Y no le importó. En ese momento, sentí que literalmente me caía a pedazos.

Es un dolor que no se puede describir con palabras, una mezcla extraña de decepción, coraje y desamor. Los ojos me ardían de contener las lágrimas, aunque por dentro mi alma sollozaba y se desquebrajaba.

Bianca me secó casi rastras, minutos después.

Y es que, aunque quería, no podía apartar la mirada de ellos, la mujer no dejaba de tocarlo y coquetearle. Él estaba de espaldas nosotros, pero tampoco parecía importarle que ambos estuvieran montando semejante espectáculo. Ese día comprendí que yo no fui nada para él. Nada…

Que tal y como había dicho, me podía sustituir en cuanto quisiera y siempre con alguien mucho mejor que yo.

Lamentablemente para mí, la noticia se corrió como pólvora:

Jamás pensé ni en sus sueños más locos, que un día tendría que enfrentarme a una situación como esta. En mi otro colegió era apenas una sombra detrás de William y estaba conforme con ello, ojalá aquí hubiera sido igual. Porque de un día para otro, me volví la burla pública de todos. Se circularon videos y fotos editados, sobra decir que el de los videos no era yo.

Jamás en mi vida he hecho algo como lo que se veía en ellos, las fotografías eran de Demian con otras mujeres con las que personalmente, yo no lo había visto. Gente que ni conocía comenzó a molestarme en la universidad, me empujaban y aventaban basura para después burlarse de mí. En cualquier descuido de mi parte: escondían mi mochila, mis libros los ponían en lugares altos que no podía alcanzar, para después reírse a mis costillas, con mis ridículos intentos por recuperarlos. Las chicas que antes habían sido amables conmigo, cuchicheaban a mis espaldas en los pasillos o me señalaban descaradamente.

Se reían de mí…

Se inventaron chismes y la mala fama me alcanzó. Pese a los esfuerzos de Sedyey por lavar mi nombre, mi reputación había caído a tal punto que algunos se me acercaban y me hacían insinuaciones grotescas. Cuando me negaba se burlaba de mí y me ofendían. Decían que yo era ese tipo de persona y que por eso Demian me había dejado y ahora me repudiaba.

Llegué a tal grado que, si no estaba en mi salón de clase, me escondía en al baño hasta que pasaba la hora de descanso. A veces Taylor me acompañaba, y también había hablado con mi benefactor. Pero todo se complicó en los primeros tres días.

Me habían llegado rumores de que quien había iniciado todo fue, precisamente Axel, como un tipo de venganza por todo lo que le había hecho. Que él había esparcido los rumores de que me acostaba con quien fuera a cambio de dinero, que por eso mis padres me enviaron aquí. También que se me había expulsado de mis antiguos colegios por la misma razón. Decían que Demian tarde se había enterado del tipo de persona que soy y que por ello me dejó. Entre otras cosas sobre las que ya no quiero pensar.

Pero lo que sí puedo constatar, es que él presenció muchas de las cosas que se estaban cometiendo en mi contra y se limitó a ser un simple espectador. No quería que se enfrentara a ellos, ni mucho menos pretendía que me defendiera, pero esperaba que, aunque sea, no se riera de mí como lo hacían los demás. Porque se suponía que éramos amigos.

Jamás le haría mis amigos lo que él me había hecho a mí.

Por supuesto, todo lo que se decía de mi me afecto emocionalmente y también con mi benefactor y en todo lo que Sedyey había construido para mí desde que llegué a Sibiu.

Mi lugar en la siguiente exposición de arte, me fue retirado. Sedyey peleó por ello, pero me consta que no se pudo hacer nada. Él me había apoyado mucho y le estaba muy agradecido. Aunque me regañaba cada que podía y se mostraba molesto por lo sensiblero que me había vuelto. Pero en ningún momento me dejó solo.

Ni siquiera cuando el decano de mi Facultad, me hizo explicar la situación frente al consejo de profesores. Eso fue hace dos días. Tuve que hacerlo porque mi beca había quedado comprometida, e iba a salir muy perjudicado si esto continuaba. Pero no dependía de mí, de repente me vi frente a una sociedad cerrada que me señalaba, acusaba, condenaba y que dejaba caer sobre mis hombros todo el peso de sus prejuicios. No solo por mi nacionalidad, sino también, por mi situación de alumno becado, por ser hijo abandonado, de padres divorciados y por ser “homosexual”. Aunque en ningún momento acepté serlo, pero al final, mi opinión sobre mi sexualidad, tampoco importaba, y si ellos decían que lo era, entonces lo era.

Todo lo malo que sucediera en la universidad, comenzó a apuntar hacía mí. Y nada de lo que hice anteriormente, contó. Lo único que importaba, era que en cuestión de días me había convertido en un desviado, sin valores que estaba dañando la reputación de la Facultad y que representaba un peligro y una mala asociación para los residentes de este lugar, cuyas personas eran moralmente sanos.

Por supuesto, ante tales acusaciones no tuve manera de defenderme.

Sedyey pidió que se me concediera un aplazamiento para presentar pruebas de que las acusaciones en mi contra eran falsas. Pero apenas y si conseguimos postergarlo unas cuantas horas. Todo se hizo a la carrera, no me dieron la posibilidad de crear una buena defensa. Entonces me aconsejó que lo mejor que podía hacer, era atreverme a negarlo todo. Porque las denuncias en mi contra podrían valerme algo más que la beca, a saber, también me estaba jugando mi derecho a permanecer en la universidad.

Me explicó que la gente aquí es de mente cerrada, tradicionalistas y que no tenían en buena estima a los extranjeros, en especial a norteamericanos como yo. Dijo también, que nadie me iba a creer que Demian había sido el primero. Y tampoco lo iban a entender. Taylor estuvo de acuerdo con él, me explicó que no era negar mis sentimientos, sino proteger mi futuro.

Al final, tuve que pararme frente a once profesores, el decano y el director de la facultad para negarlo todo. Tuve que decir que la gente estaba malinterpretando la amistad que sostenía con Demian — exalumno de la universidad. —Y que los rumores habían venido de una fuente anónima y mal intencionada. Por supuesto mi palabra por sí misma, no bastaba.

Pero Demian, pese a también haber estudiado ahí, ya no mantenía ningún vínculo con la Universidad en comparación con Deviant y nadie podía obligarlo a presentarse. Algo que hasta cierto punto me beneficiaba, porque estaba convencido de no poder negarlo frente a él. Y si se hubiera presentado y negaba todo, nadie le iba a contradecir, pero no sé cómo me iba a sentir al escucharlo decir esas palabras.

De nuevo me quedé con los brazos cruzados, hasta que ya casi al final, James y Samko se presentaron.  Taylor fue a buscarlos y ambos corroboraron mis palabras. Testificaron a mi favor y amenazaron que, de continuar el hostigamiento en mi contra, así como la difamación de la que su familia estaba siendo objeto. Demandarían a la Institución, a cada uno de los profesores que estaban formando parte del jurado, incluyendo al decano y al director, así como también retirarían el apoyo económico que la familia Katzel les hacía llegar puntualmente, mes a mes desde que Deviant había ingresado, aunque de eso, ya habían pasado muchos años.

Ellos tampoco me habían dejado solo.

Samko se había peleado con tantos, no solo en la universidad, sino también por fuera. Bastaba con que alguien si quiera se atreviera a mirarme de mala forma, para que él casi se aventara a soltar golpes a diestra y siniestra. Me defendía a capa y espada, ambos lo hacían.

James disimulaba ante Samko, lo mismo que Hylan lo hacía cuando estaba Sedyey presente, pero después nos reuníamos. Entonces, ambos me ratificaban que estaban de mi lado. Teníamos que hacerlo en un lugar solitario, para que nadie se dé cuente, ni mucho menos fuera a relacionar a James con Taylor y que eso llegara a oídos de Deviant, tal y como había sucedido a los dos días de nuestra salida. Porqué los tres habíamos quedado más que advertidos.

En mi caso, me llevé apenas una leve reprimenda, pero a Taylor le había tocado la peor parte, cuando tuvo que verse cara a cara con Deviant. Este se le apareció de la nada cerrándole el paso con el auto sobre la avenida principal, obligándolo a frenar de golpe para no estrellarse contra el Audi de Han. Todo el relajo fue justo frente al centro comunitario, ante a los ojos de muchas personas, incluyéndome. Fui testigo de cómo lo obligó a bajarse de la camioneta de modos muy cuestionables, para cantarle “su precio” — según dijo — mientras le ordenaba mantenerse lejos de James o de lo contrario sabría de lo que Deviant Katzel era capaz.

Pero la cosa no había quedado ahí. Antes, ya había amenazado a James diciéndole que lo mandaría a estudiar al extranjero si volvía a si quiera, escuchar un rumor al respecto. Aclaró que no escucharía explicaciones ni pediría su opinión: si alguien, quien sea, le decía que los había visto juntos de nuevo. Lo sacaría del país sin la posibilidad de volver hasta que él, personalmente se hubiera hecho cargo de Hylan o de toda su familia si llegaba a ser necesario.

Han no pudo hacer nada por James. Deviant estaba hablando muy enserio, por eso ahora teníamos mucho cuidado. Ni Hylan mucho menos James querían que las cosas se complicaran más, así que habían optado por ser discretos. Se esforzaban mucho para que todo funcionara… Aunque cuando estaban juntos solo sabían pelear. Al principio me preocupaba por ellos, pero terminé comprendiendo que esa era su manera de llevarse y que ambos estaban bien con estarse mordiendo a cada rato.

Nos habíamos vuelto buenos amigos: la confianza se había estrechado y los escasos momentos de felicidad que tenía, eran ellos quienes me los proporcionaban. Sus coqueteos, constantes insinuaciones o sus paleas, me hacían reír. No sé exactamente qué es lo James pretende, pero deseaba que decidiera darse una oportunidad con Taylor. Cuando los veo justos, me hacen pensar que hacen una bonita pareja.

En fin, tenía demasiadas cosas encima, creó que también, razones de sobra para estar afligido. No quería dejar de estudiar, la sola idea me agobiaba, aunque cada mañana — de saber a todo lo que tenía que enfrentarme — me preguntaba si realmente necesitaba pasar por esto.

Tampoco quería salir y de malas toparme con Demian y su nueva conquista, porque estaba llenándome de resentimiento.

No me consideraba una mala persona, así que, no sabía que culpa era la que estaba pagando. Porque aun si yo le había dicho que sacara sus cosas y se fuera, desde el fondo de mi corazón esperaba que no lo hiciera.

Esperaba que se quedara, o por lo menos, que me llevara con él.

SEDYEY

UN GRAN QUERER

Lo que más quiero en esta vida es tenerte a ti.

Leía entre líneas, apenas lo justo para saber qué era lo que estaba firmando. Entonces garabateaban al final de la hoja y pasaba con la siguiente. Nada importante, simple papeleo que había salido de última hora pero que no podía dejar para después.

—¿Es todo…? — Pregunté impaciente, mientras metía las hojas sin arreglar al folder.

— Su padre llamó, dijo que lo espera para cenar en el restaurante de siempre. Y también es necesario terminar el discurso para el evento del miércoles.

— Cancela la cena y el discurso lo terminaré el fin de semana. — Respondí mientras me disponía a tomar mis cosas y salir.

— No firmó los papeles de la otra carpeta. — Agregó mi secretaria. — También son importantes, debo enviarlos al hospital.

No quería hacerlo esperar, pero hoy todo parecía confabular en mi contra.

— Deja sobre mi escritorio todo lo que hace falta, volveré más tarde por ellos.

— Pero…

— Tengo prisa. — Aclaré — Has lo que he dicho y yo me encargaré del resto. ¡Por favor, cierra la puerta al salir!

Tomé mi abrigo del perchero y salí con rumbo a la salita que teníamos en el recibidor. Ariel estaba ahí, sentado en el sillón junto a la ventana. Mantenía la mirada fija en algún punto de lo que había afuera. O posiblemente, tal y como desde hace dos semanas: estaba totalmente perdido en sus pensamientos.

Ensimismado en una melancolía que casi se podía respirar.

A paso disimulado, terminé de llegar a su lado, no deseaba que notara que me moria de anisas por estar cerca de él. No disimulaba porque me avergonzara de mis sentimientos, al contrario, pero Ariel no parecía estar cómodo con mis atenciones.

Me acomodé en el sillón de frente a él, su rostro a contraluz opacaba cualquier otra cosa. Era alguien con una belleza muy particular que poco o nada tenían que ver con su físico. Y me dolía, me entristecía su sufrimiento: La soledad se había vuelto su habitual compañía. En los últimos días Ariel había tenido que pasar por mucho, quizá, esa era la razón por la que lucía tan cansado. Sin embargo y para sorpresa de muchos, seguía de pie tratando de sobrellevarlo con la mayor dignidad posible. Por supuesto; había cambios en él. Aspectos que eran imposibles de ignorar o por lo menos, no pasaban desapercibidos para mí.

Ya no había esa viveza que lo caracterizaba, su risa escandalosa que nos alegraba la vida casi se había extinguido por completo. También se veía más delgado y un poco más anémico de lo normal. Sus ojos estaban opacos y había ojeras pronunciadas debajo de ellos. La quietud lo había atrapado. Ya no iba de aquí para haya sin descanso. Intentaba seguir con su trabajo tal cual lo hacía normalmente, pero ahora se cansaba rápido, como si no pudiera seguirles el ritmo a los niños. Los cuidaba bien — no puedo quejarme — y aún si en todos los demás aspectos se había vuelto descuidado. No con ellos.

Los niños lo abrazaban y eso parecía reconfortarlo un poco. Pero el vacío y ese dolor que desbordaba por los ojos a ratos, era inevitable. Y me dolía casi tanto como a él, porque lo quería.

En ocasiones como estas, sentía que la frustración se apoderaba de mí.

¿Por qué tuvo que fijarse en él?

¿Por qué no puede ser yo?

¿Por qué no se da cuenta que estoy aquí, para él?

¿Qué más tengo que hacer?

¿Qué palabras debo pronunciar para hacerlo entrar en razón?

Sé que, si me diera la oportunidad, lo haría mucho muy feliz. Eso es lo que más he deseado en los últimos días. Si a él le ha dado tantas… ¿Qué le cuesta ofrecerme una a mí?

Yo que lo quiero, que le he demostrado con hechos que me importa, que mi interés está puesto en su bienestar: ¿Por qué a mí no me creé?

Sé que no está interesado en mis amores, que, para él, solo Demian existe. Y “ese” no se merece nada de todo lo que Ariel le ofrece.

— Sigues dedicándole insomnios a alguien que no te ofrece siquiera un solo pensamiento. No es sano para ti. Sobre todo, cuando yo estoy dispuesto a velar tus sueños. — Susurré mientras sujetaba su mano. — ¿Ari? ¿Me escuchaste…? —Le di un apretón suave y eso le obligó a salir de su ensimismamiento. Me miró con la confusión de quien acaba de despertar de un sueño profundo. Pero al parecer, estaba lo suficientemente lúcido como para sentirse incomodo por mi tacto. Intentó no hacerlo de forma violenta, pero, aun así, retiró su mano de entre la mía y se reclinó contra el respaldo del sillón, creando más distancia entre nosotros. — ¿Qué sucede? — Le pegunté disimulando que no noté su rechazo.

— Nada… — Respondió sin más. Asentí y suspiré cansado.

Últimamente tenía esa misma respuesta para mí, sin importar que le preguntara. Era como si pretendiera dejarme al margen de sus sentimientos, rechazándome en cada oportunidad. Bien podía entender que estaba pasándola mal, pero cada muestra de afecto que quería entregarle, me era frenada tan solo con que él advirtiera mi intensión.

— Supongo que no escuchaste nada de lo que dije.

— Lo lamento, me distraje un poco. — Se disculpó, pese a que sabía que conmigo no tenía que hacerlo. — ¿De qué se trataba?

— Te decía que lamento haberme demorado tanto, pero debía terminar de firmar esos papeles. Lo hice lo más rápido que pude. —Respondí, no iba a repetírselo. Quizá lo dije porque muy en el fondo sabía que no me escuchaba.

— ¡No importa! — Negó — Después de todo, mi abuela hizo su invitación tan de repente.

— Sí, me tomó por sorpresa. — Confesé un poco nervioso. — Pero es una invitación que bajo ninguna circunstancia rechazaría. — Sonreí y Ariel intentó imitarme, sin embargo, se veía incomodo conmigo.

— ¡Gracias por aceptar!

— Bueno… ¿nos vamos ya? — Gritó Taylor desde los primeros escalones. — Me estoy partiendo de hambre.

— ¿Él también viene? — Me fue imposible contenerme y no preguntar, sobre todo, porque al parecer, obviamente iba a venir.

— ¿Te molesta? — Preguntó Ariel y por el tono, casi sentí que me decía que, si no quería que mi hermano nos acompañara, entonces bien podía quedarme yo y ellos irse a la cena.

— No, por supuesto que no… — Mentí — es solo que creí que tendríamos un momento a solas. — Ariel me miró fijamente como si no comprendiera a que me refería, Taylor taconeaba en la entrada y los segundos se me agotaban. — Es que hay algo de lo que quiero hablar… contigo. Algo importante. — Expliqué. u

— ¿De qué se trata? — Preguntó ansioso.

— De nosotros.

— ¿Nosotros…? ¡No comprendo! — No me daba tregua, era franco y lastimosamente directo. — Sí… de ti y de mí. — Aclaré.

—¿Vamos a ir o no? — Presionó Taylor y solo logró desesperarme más.

— Espera… — Me giré y se lo dije con dureza. Él solo reviró los ojos y se cruzó de brazos.

— ¿Hay algún problema con mi trabajo? ¿Hice algo mal? — Preguntó Ariel, atrayendo mi atención de Taylor.

— ¡No! No se trata de eso…

— ¿Entonces pasó algo malo en la Universidad…? — La pregunta vino a acompañada de un miedo que le hizo estremecerse.

— Tu y yo… —Aclaré— No tiene nada ver con todo lo demás. Ariel… — Dudé con las palabras desbordándose de mis labios, pero no me atrevía a decírselo. Y mentalmente me reproche por mi cobardía.

— ¿Qué pasa Sedyi…? — Presionó.

— Hablémoslo en el camino. — Respondí, mientras poniéndome de pie me hacía a un lado para dejarlo pasar. Ariel hizo un gesto de desagrado por mi acción, pero sin reprochar nada se encaminó a la puerta.

HYLAN TAYLOR

MI AMIGO

Creo que Demian lo resolverá, no va dejarlo ir solo así. Si aún no se le ha acercado es porque algo debe estar tramando.

Ofrecí llevarlos y Ariel parecía estar encantado con la idea, pero Sedyey no aceptó. Dijo que era mejor que cada uno fuera en su propio automóvil: Ari me dedicó una mirada de súplica detrás de mi hermano. No quería ir con él y eso solo podía significar que Sedyey estaba insistiendo de nuevo.

No entendía que era lo que pasaba por su cabeza, es decir, Ariel estaba saliendo de una relación tormentosa, lo que menos deseaba era adentrarse en otra.

— Él viene conmigo. — Dije mientras lo jalaba por el cuello de su abrigo, intentando rescatarlo. Pero Sedyey me detuvo en el acto, sujetándolo de su brazo.

— ¿Por qué…?

— Necesito que me ayude con algo que no entiendo del nuevo manual. Iba a pedírtelo a ti, pero has estado ocupado y vi que él ya lo entregó, así que se va conmigo. — Volví a jalarlo, pero Sedyey no lo soltó.

— Hablen de eso después… — Respondió. — Ariel viene conmigo. — También tiró de su brazo, pero me rehusé a soltarlo.

— Necesito entregar el manual. — Agregué con seriedad.

— Ariel no está para esas cosas en este momento. — Me rebatió.

— Quiero ayudarlo… — Intervino Ari obligándonos a ambos a soltarlo. Se acomodó la ropa y retrocedió para alejarse un poco de nosotros. — Ya entregué mi manual y solo quedan dos días para la fecha limite… iré con él.

— Debemos retomar la conversación de hace un momento. — Presionó Sedyey.

— Vamos al mismo lugar, podemos hablar de eso cuando lleguemos a casa.

— No, no podemos. — Negó mi hermano. — Vendrás conmigo.

Y al final se lo llevó.

Pasaba siempre lo mismo, Ariel le rebatía, pero llegaba un punto en el que simplemente dejaba de luchar y accedía a lo que mi hermano deseara. Claro que le molestaba, se le notaba muy incómodo, pero le faltaba determinación.

Si era del mismo carácter con Damian, no dudo ni tantito que le iba peor.

Los vi subir al auto de Sedyey, mi hermano le abrió la puerta del copiloto y Ariel arrastro los pies hasta dejarse caer en el asiento. Casi me lo podía imaginar murmurando que “no había necesidad de tales atenciones”. Se lo había repetido hasta el cansancio, pero en algunas ocasiones, Sedyey simplemente no escucha. Hace lo que creé que es conveniente, aun si todos los demás opinan lo contrario. En este caso en particular: Ariel le tenía mucha paciencia, porque estaba más terco que nunca.

Y ese es el peor error que podía cometer. Estos últimos días habían sido tormentosos para él; aun con todo, nos soporta y busca la manera de tenernos contentos a todos. En el proceso se ha ido agotando y también se ve agobiado, sin embargo, muchas cosas he aprendido de él. Y una de ellas, es que no hay que subestimarlo.

Ariel posee un alma sensible pero fuerte.

Todo él es una gran contradicción. Casi puedo comprender como es que Damian terminó prendado de él. Porque a mí pueden decirme lo que quieran, pero sé lo que vi esa noche cuando se enteró de lo del video. Nadie pierde los estribos — completamente preso de los celos — de la forma en la que Damian lo hizo. Sobre todo, alguien como él. Todos sabemos de la fama que ronda a los Katzel, fama que — en gran medida — les fue atribuida a las largas filas de amoríos de Damian. Y ahora, el gran conquistador termino conquistado. Y por un chico que, por las noches, aun duerme con una tenue luz encendida, porque la oscuridad lo asusta.

Damian no es mejor… ¡vamos! el tipo tiene mi edad y aún no sabe qué hacer con su vida. Tampoco lo sé yo, pero por lo menos, estoy estudiando y tengo un trabajo decente.  Y si alguien me interesa no finjo lo contrario. Es absurdo: porque aun si ahora estaban distanciados, no se han separado del todo. Damian no ha dejado de rondarlo, lo sé… lo he descubierto en varias ocasiones siguiéndolo.

Ari se ha vuelto mi amigo, un confidente. Y le tengo mucho aprecio, sin embargo, el que le tenga afecto no significa que no me dé cuenta de que es algo distraído.  Le falta malicia y no tomarse las cosas, tan personal. Damian es un imbécil. Un cretino, bastardo, malnacido de mierda. Ariel, por el contrario, es ingenuo. No en el sentido que sea puro o inocente, porque ahora que lo he tratado con calma, ha resultado tener sus pecaditos. Tampoco es lo que se dice de él. Pero le falta malicia.

Por supuesto, dado que es mi amigo, podría enseñarle o por lo menos, estoy dispuesto a intentarlo. Si tan solo él pusiera algo de su parte. Pero Ariel no es alguien fácil de malear. A menos, claro está: que midas casi dos metros, seas de piel morena y tengas todo eso de lo que a Damian le sobra. Porque lo que sea de cada quien, el tipo esta como quiere.

Pero volviendo al punto, entre tanto, no seas él; difícilmente lograras desviar a un obstinado, crédulo como Ari. Honestamente, creo que Damian lo resolverá, no va dejarlo ir solo así. Si aún no se le ha acercado es porque algo debe estar tramando.

En tanto, el pobre Ariel se las está viendo negras.  Estoy triste y preocupado por su situación.

No la tiene fácil, sus padres le han dado la espalda. Y él no quiere preocupar a sus abuelos, pero cada vez le cuesta más aparentar que nada está sucediendo. Las cosas en la universidad se han puesto serias y si esto empeora, los abuelos se van a tener que enterar.

Pensaba en esto cuando salimos del camino pavimentado, en el último tramo hacia la casa de Ariel. Era un trecho sacado de una de esas historias de fantasía. El bosque se abría formando una especie de túnel sin techo, con árboles de ramas dispar que apuntaban hacia todas direcciones. Desde hace casi cuatro días que en Sibiu no nevaba, aunque el viento corría gélido. Pero la novedad era poder ver el piso despejado en ese color café oscuro, quizá negro, de la tierra.  Incluso le había sacado algunas fotografías porque quien sabe cuándo volveríamos a ver algo así. También había algunos charcos poco profundos que salpicaban cuando las llantas de mi camioneta los pisaban. Me gustaba. El bosque en sí mismo, tenía un encanto casi imposible de ignorar.

Así que, pese a que me desesperaba la manera tan lenta de conducir de mi hermano, lo dejaba avanzar hasta que se alejara un poco, mientras me detenía a observar el panorama. Para después reemprender la marcha y darles alcance en cuestión de segundos.

Iba en uno de esos tramos en los que pisaba el acelerador, pero estaba tan distraído que no me percaté del momento en que Sedyey frenó de golpe.

Por más que pretendí esquivarlo al volantear, mis llantas delanteras se patinaron en el lodo y terminé estampándome contra su defensa trasera. De suerte que había metido el freno de mano, porque si no, tal vez los hubiera arrastrado.

Mis camionetas son de mis posesiones más valiosas, las cuido más que a mi vida misma. Y eso, ya es mucho decir: el solo pensar que la pintura se había arruinado, me hizo bajar vuelto una fiera. Supongo que en un primer momento no pensé con claridad en las razones que pudieron orillar a Sedyey a frenar tan de la nada. Pero me olvidé del asunto en cuanto vi — a través del cristal — lo que sucedía.

TERCERA PERSONA

ERA ÉL

Somos todos los fragmentos de lo que recordamos…

Estaba en la universidad cuando comenzó a sentirse mal.

James trabajaba en un proyecto con el que en unos años esperaba poder titularse. Samko le decía con frecuencia que era muy exagerado. Aun le faltaban casi tres años para concluir la carrera, y estar trabajando desde ya en una tesina, al menor de los Katzel, le parecía un verdadero dolor de cabeza. Contrario a él, esperaba poder titularse por puntaje. Sin embargo, y aunque James también mantenía muy buenas notas, no pensaba igual.

Motivo por el cual: desde hace casi siete meses estaba recabando fotografías y experimentando con las luces y los lentes de su cámara. Después de todo, montar una exposición fotográfica no era algo que se hiciera de la noche a la mañana. Requería tiempo, esfuerzo y dedicación.

Esa era la razón por la que aún se encontraba en el taller de revelado cuando la vista se le nubló. Eran las siete y cuarto. No estaba solo, dos amigos más estaban con él. Y fue motivo de susto para ellos, cuando de la nada James se desplomó. Había estado animoso todo el día, habían comido temprano y justo antes de que sucediera el incidente, James había estado bromeando como si nada. En ningún momento mencionó sentirse mal ni mucho menos, parecía estarlo.

Ambos jóvenes se acercaron para auxiliarlo, y mientras uno llamaba a la ambulancia el otro intentaba frenar el sangrado que se provocó cuando la cabeza de James dio contra el piso. No parecía ser de gravedad, pero ese tipo de golpes siempre son peligrosos.

Por su parte, James lo escuchaba todo. Aun si sus ojos se negaban abrirse y casi le resultaba imposible respirar. Estaba en sus cincos sentidos y escuchar a sus amigos tan desesperados, le hizo sentirse impotente, quería hablarles o moverse, pero su cuerpo no le respondía. En su mente comenzó a repetirse lo que él consideraba “un sueño recurrente”. El tiempo pareció volverse lento y el aire denso y cargado. Sintió todo su cuerpo sobrecogerse y después ya no pudo escuchar nada más. En su mente, todo volvía a repetirse…

La tarde caía, debía ser verano porque el cielo despejado dejaba ver la silueta de un sol que se escondía con rapidez. En un callejón viejo y maloliente, se encontraban cuatro hombres. James no podía verles los rostros, quizá por la lejanía o la oscuridad del callejón.

      Probablemente — aunque él no lo supiera — se debía a que esa parte de su recuerdo había sido bloqueado a voluntad: Él estaba ahí, como un simple espectador silencioso que miraba desde lejos. No tanto, pero si lo justo para mantenerse seguro.

      La nieve estaba lodosa sobre el piso y caía con fuerza empapando su ropa, pero aquel lugar tan lúgubre no era Sibiu, James estaba convencido de eso. Aunque de ser así… él estaría perdido y la sola idea, siempre le había producido temor. No era el tipo de cosas que al ver a alguien tan propio como James Katzel, se te ocurre pensar. Sin embargo, ese era su principal miedo y desde niño lo había callado.

      Delante de él, estaban esos hombres fumando, también había un niño con ellos.

      Pequeño no mayor de cinco años. Eso creía, aunque tampoco podía asegurarlo, sin embargo, sentía tener la certeza. El niño atrapó su atención desde el primer momento, porque lloraba.

A James le fascinaban los niños, y como todas las cosas que le gustan hasta ese grado, los ignoraba y trata con dureza.

      No era parte de él, tampoco actuaba por lógica: simplemente por impulso, como una conducta aprendida. Una muy mala conducta. Sin embargo, a este niño en particular, no podía desconocerlo.  De alguna forma se sentía identificado con él.

      El hombre que lo sostenía de su manita, lo ofreció al otro. Uno alto de cuerpo robusto que a James le dio mala espina desde el primer momento. Sobre todo, por la forma tan grotesca en la que lo había jalado y envolviendo su mano sobre el rostro lloroso del niño, lo había obligado a mirarlo.

      El pequeño arreció su llanto y extendiendo sus bracitos, pidió regresar con él primer hombre, mientras luchaba por liberarse de su captor. Pero aquella persona ya se había dado media vuelta, mientras se alejaba contando algo que se le había dado en un sobre color mostaza.  James no era tonto, comprendió a que se debía todo esto, y sintió repulsión por esos malnacidos.

       Pero no pudo actuar: cuando quiso ir hacia ese tipo y arrebatarle al niño de las manos. Apareció esa figura, era inmensa y mucho más oscura… casi como una sombra de esas que se reflejan en la pared. Lo único que se le veía con claridad era el brillo de sus ojos asesinos. Amarillos e intensos como oro fundido.

      James vio como la bestia se le fue encima al hombre que se había alejado. Entre sus patas fue nada, desde donde estaba, pudo escuchar el crujido de sus huesos al ser pisados por el descomunal ser. Los otros tres, con la mirada desorbitada, intestaron escapar. Uno de ellos disparó en repetidas ocasiones. Pero eso no detuvo al monstro, al contrario, lo alebresto más.

      Se le adelantó sorprendiéndole y de un zarpazo le partió la espalda. Al segundo lo alcanzó y sus enormes fauces le arrancaron la cabeza. El último hombre, el que sujetaba al niño. Terminó soltándolo en su loca carrera. Mientras intentaba escapar en dirección hacia donde James se encontraba.

      Estaba atónito, presa de ese miedo que se había vuelto parte de su vida y ahora también, de sus sueños recurrentes. Era estúpido lo que pensaba, lo sabía, pero aun así lo hizo. Por lo general se despertaba antes. Pero en esta ocasión no era un solo sueño lo que veía, sino un recuerdo oculto en la inmensidad de su mente y se vio esquivando al sujeto.

       Con determinación corrió hacia el pequeño que pávido y llorando se había quedado estomago al piso. Quiso desviarse del camino, alejarse de la bestia que venía en su dirección, pero no iba perdonarse si no intentaba hacer algo por el niño que lloraba. James cerró los ojos cuando se vio de frente con lo que la repentina cercanía le permitió identificar como un animal. Pero no se detuvo en su trayectoria.

      Tampoco pudo notar cuando lo traspaso como si fuera un simple remolino de viento cargado de humo, sino que abrió los ojos hasta que se inclinó y extendió los brazos para sostener al niño.

Un último grito se escuchó y en las pupilas castañas del menor, James vio como aquel hombre era desmembrado por el animal. Una escena horripilante acompañada de la tétrica melodía de los gritos desgarradores y tras cada segundo, agónicos.

      Cuando se percató que la bestia había girado hacia ellos y los miraba fijamente, levantó al chiquillo del suelo.  Conteniendo el aliento se pegó a la pared lo más que pudo. Protegiendo al niño entre sus brazos. Ahora podía distinguir la verdadera forma de ese ser, el destello de luz que escapaba de las lámparas de la calle principal, bañó su pelaje negro cuando volvía en dirección hacia ellos. James no podía apartar la mirada de sus ojos ambarino, que, tras cada segundo, le iban resultando dolorosamente familiares.

      Aunque ya no había furia en ellos, ni siquiera un poco de maldad. Al contrario, parecían mirarlo casi con ternura. Tanta ternura como un maldito es capaz de demostrar. James pensó que sus ojos eran sobrenaturales y tenían ese aire amenazante. Le asustaban, pero era un miedo que le resultaba familiar.

      El cuerpo del animal se sacudió en un temblor violento, mientras volviéndose hacia atrás, quedó en dos patas y todo lo que era: esa inmensidad y esa espesa capa de pelos negros, se contraían ocultándose tras la espalda del hombre que terminó a pocos centímetros de él.

Su cuerpo estaba manchado de la sangre de los que había matado, y también de las heridas que las balas le habían causado. Pero no parecían dolerle.

      Estaba agitado, casi jadeando y al exhalar producía un sonido extraño. A esa “persona” tampoco le importaba el mostrar frente a ellos una desnudes que James no se atrevió a mirar. Pero que desentonaba con el clima frío.

      — ¡Tranquilo! — Le dijo en un tono suave y ronco al mismo tiempo. — Ya todo pasó…

      James creyó que se lo decía el niño, pero cuando miró hacia su dirección, se dio cuenta de que ahí no había nadie más, salvo ellos dos. Y que en vez de sostenerlo en brazos como creía, se estaba abrazando a sí mismo. — Ya todo pasó… — Repitió el otro y cuando James devolvió la mirada hacia quien le hablaba, su hermano estaba ahí… Era él, era Damian.

DAMIAN

NO SE DISIPA EL TEMOR

Tenemos en nuestro interior las esperanzas y lo temores de aquellos que nos aman…

— Si pudiese echar atrás el tiempo, arrastraría todos mis errores lo más lejos posible de él… Pero no puedo, y lo hice, ya le dije todas esas estupideces, verdad o no… ¿Qué caso tiene ahora? ¿Qué sentido hay en estar presionándolo con lo mismo? No quiere hablar conmigo, no soporta tenerme cerca. ¿Qué si me duele? ¡Claro! Si no soy de piedra… me duele que no me crea. Huye de mí como si fuera la peor cosa que le ha sucedido.

A mí. — Dije —  Yo que en poco tiempo me había vuelto el motivo de sus sonrisas. — La confesión no me hizo sentir mejor, pero me detuve de mi ir y venir. Nymeria me seguía con la mirada, los cachorros hacia mucho que se habían aburrido de mis quejas y de uno en uno se fueron escabullendo hasta detrás de unos arbustos, desde donde podía escucharlos jugar. Carsei últimamente me evitaba. No sé qué le pasaba y no estaba de ánimos para averiguarlo. — ¿Qué voy a hacer? Es que no es como que te lo cuente, me miraba como si fuera… no sé. Como si fuera alguien especial.

Me sentía un poco ridículo contándole todo esto a mi loba, quien, echada sobre una piedra, me miraba con paciencia. ¿Cuánto llevaba en esto? No estaba seguro, pero ya había marcado una línea casi recta sobre el camino por mi constante ir y venir.

— Podía sentir su emoción al verme, su corazón latiendo desbocado en su pecho por mí. Nymeria, te juró que casi salía corriendo a recibirme cuando me veía llegar… ¡Diablos! — Pateé una piedra que estaba a mi alcancé y terminé haciéndola rodar hasta que se perdió en al agua del riachuelo que cruzaba por nuestro patio. Los cachorros la vieron pasar y delataron su escondite cuando salieron correteándola. Pero desistieron en cuanto la vieron entrar al agua. Por lo menos, ellos lo estaban pasando bien.

Nymeria se vio tentada a seguirlos, pero miró indecisa.

— Ve con ellos… — Dije y no fue necesario repetirlo.

No tenía derecho a robarle el tiempo que de seguro prefería pasar con sus lobeznos. Me senté en el lugar que segundos atrás ocupaba ella y los miré durante algunos minutos. Pero tras cada segundo me sentía peor: vil, dolido, solo y estúpido.

Mi autocompasión no encontraba consuelo.

Pero me obligué a mirarlos, presa de un masoquismo que me era impropio, ajeno a mí. Porque en este momento, yo estaría igual o mejor que ellos. En vez de retozar en el piso, estaríamos rodando en su cama y en vez de mordernos juguetonamente, lo estaría besando. Con suerte algo más, me sonreiría como si nada. Se entregaría a mis manos con pasión y sumisión como cada vez que intimábamos. Aunque no llegábamos hasta el final.

No que ahora, me ha echado de su lado. Suspiré con pesar y casi me golpeo a mí mismo para recobrar la razón. No me soportaba en este estado, la pasividad se había apoderado de mí y me obligaba a ir por la vida lamentándome. No era ni la mitad de lo que solía ser.

Creo que ahora, en vez de infundir miedo, daba lastima. Me repelía y me juzgaba con dureza. Pero tras cada vez, terminaba peor, cada segundo más enterrado. Intentando no caer en lo mismo, les di la espalda y me alejé caminando. Aunque iba sin rumbo fijo evité pasar por su casa, y casi una hora después, llegué a la puerta del Casino.

Llevaba cuatro días sin venir, y a las horas no me extrañaría que al entrar hubiera un cartelón con mi nombre en el que se anunciaba que estaba despedido. Mi resistencia a venir no tenía nada que ver con que este huyendo de Deviant. Simplemente no estaba de ánimos para trabajar, ni para nada más. Me la había pasado siguiéndolo y visitándolo en las madrugadas, no tengo cabeza para ninguna otra cosa.

Sin embargo, ya que estaba aquí decidí entrar. Aún era temprano, las siete y tanto de la noche. Pero para mi sorpresa, ya había gente en el lugar. Me escabullí por el pasillo con rumbo a mi bodega. Algunos empleados me vieron, pero nadie pregunto nada. Aunque tampoco huyeron de mí como usualmente lo hacían. Se limitaron a ignorarme y me sentí un poco peor. Estaba decepcionado de mí. Y quería enojarme, gritar y golpear a quien sea, pero estaba demasiado descorazonado para, si quiera, intentarlo.

Crucé el pasillo rápido y sin detenerme, me encaminé a las escaleras. Las bajé de dos en dos hasta que llegué a la puerta. Abrí y entré. Todo en menos de dos minutos. Aseguré la puerta tras de mí, pero fue hasta que mi giré, que noté que la luz del fondo de mi bodega estaba encendida. El olor de Deviant me llegó segundos después.

Me detuve, no quería discutir con él, pero seguir deambulando por la calle solo, tampoco me resultaba alentador. Así que opté por tantear el terreno que pensaba pisar. Su olor me decía que estaba tranquilo, pero con él nunca se sabe.

Lo busqué con la mirada por entre los anaqueles y lo encontré recargado contra la única ventana que hay en este sitio y que siempre mantengo cerrada. Él en cambio, la tenía abierta, permitiéndole libre paso al aire de una tarde-noche que amenazaba con ser fría.

Deviant se movió estirándose, como si ya hubiera pasado demasiado tiempo en la misma postura. Bebía, no era novedad.   Aunque tampoco le estaba prestando demasiada atención y eso sí que era inusual en él.

— Sí tienes frio… ciérrala. — Le dije como saludo, cuando lo vi abrazarse así mismo.

Fui a su lado y me senté en una de las cajas de madera que estaban frente a él. Me sonrió, pero no fue un gesto feliz. Aunque sí mostró un poco de aliviado.

— ¿Cómo estas…? — Preguntó justó después, lo vi acuclillarse para quedar a mi altura, pero no le resultó, la caja estaba demasiado alta para él y terminó varios centímetros por debajo. Sus manos reposaron en mi rodilla derecha, mientras se acomodaba.

No me gustaba que se arrodillara frente a mí. Pero era una mala costumbre que no había logrado quitarle en los últimos años. Esperaba que ahora que estaba con Han, se le olvidara. Lo halé hacia mí mientras me corría para hacerle un espacio a mi lado. Deviant lo aceptó en silencio y continuamos así por varios minutos más. No estaba acostumbrado a su silencio, aunque tampoco me resultaba incomodo, pero sí muy intrigante.

— ¿Qué sucede…? — Indagué cuando ya no pude soportarlo más. La curiosidad es parte de mí y más si se trata de alguien de mi familia. Deviant dudó, pero me recargué contra su hombro para animarlo. Aun así, guardó silencio. — ¿Te peleaste con Han? — Insistí, para forzarlo a contarme. Si Deviant estaba tan desanimado, muy seguramente, su novio tenía algo que ver.

— ¡No! — Respondió de inmediato. — Ni siquiera lo menciones…

— ¿Entonces…?

— Han me hace sentir estable… — Agregó. — Ya sabes… me siento pleno cuando estoy con él, seguro y también estoy muy orgulloso de la persona en la que se está convirtiendo. Se esfuerza tanto: a pesar de todo lo que tiene que hacer, me hace sentir que está disponible para mí en el momento que lo necesite. Me protege, me conquista y halaga todo el tiempo.  Es dulce, aunque también me corrige. Es amable en gestos y palabras, pero sobre todo en acciones. Soy muy feliz a su lado.

— Me da gusto oírlo… — Confesé.

— Sabes… Han me recuerda a alguien más. — Su voz blanda casi como terciopelo, llamó mi atención. Busqué su rostro y encontré a sus ojos, tristes. Su semblante decaído le daba un aire delicado. Inusual en él.

Como yo también estaba necesitado de afecto, le pasé un brazo por el hombro. Por fortuna Deviant no me rechazó. — ¿A quién…? — Pregunté con sincera curiosidad.

— Me recuerda a Ariel — Respondió sin más. Fije mis ojos en él y pese a nuestra cercanía me sostuvo la mirada. Cuando los engranes hicieron clic en mi cabeza, me sentí afligido. Deviant en cambio, continuó — ¿No crees que Ariel también es así? Es un chico muy noble, tan gentil y amoroso. — Asentí — Es verdad, es muy joven aun, casi un niño… Quizá para ti ya no resulte tan atractivo, pues no es como ninguna de tus antiguas parejas. No es un chico de mundo. No tiene experiencia de muchas cosas. Es posible que el que no sepa esconder secretos y el que sea tan trasparente lo vuelve aburrido para ti. Pero también es el chico más dulce que he conocido. Ni siquiera Samko en sus años puros le llegó al encanto de Ari.

— ¿Samko tuvo años puros? — Pregunté a modo de broma, solo porque me entristecía escucharlo decir todas esas cosas.

Reímos por la bajo y el gesto le quitó mucha de la tensión al momento.

— Debió tenerlos… — Respondió Deviant — Ahora mismo no los recuerdo, pero debió.

— Sí… tampoco los recuerdo. — Le seguí el juego — Él siempre ha sido tan, él.

— Dime la verdad. — Pidió, mientras dejaba de lado nuestra conversación sobre Sam. — ¿Ya no lo quieres?

Me tomé mí tiempo para responder, no porque lo estuviera pensando. Pero hablar de él en estas circunstancias, era tanto como echarle limón a mi herida. Y ya había estado haciéndolo toda la tarde.

— ¿De dónde sacas que no lo quiero? — Pregunté.

Respondió… sé que dijo algo más, pero no pude escucharlo. Sentí una punzada en el pecho que me dejo sin aliento. Lo último que vi con claridad fue el rostro preocupado de Deviant, mientras intentaba sostenerme, pero mi peso le ganó y terminé desplomándome en el piso.

DEVIANT

ARRUGAS DEL DOLOR AJENO

Bajo mis costuras, sigo siendo solo un alma de papel…

Me arrodille a su lado mientras le hablaba. Damian respiraba de forma entrecortada, como si estuviera ahogándose. Sus ojos desorbitados se dilataron al máximo y el ambarino pareció cristalizarse. Su mano derecha se aferraba con fuerza a la mía y su rostro se desfiguró en una mueca de dolor. Lo sé, porque también se quejó.

Profirió un sonido agónico como si algo estuviera rompiéndose en su interior.

Pero en medio de todo, algo más lo alarmó y soltándose de mí, intentó arrastrarse. Era como si necesitara crear distancia entre nosotros, pero cada movimiento parecía dolerle más que el anterior. Le miré sin saber qué hacer. Damian no es de enfermarse, no sufre de dolores como lo haría un humano cualquiera. Así que no había razón lógica para esto.

Quise detenerlo cuando se obligó a alejarse un poco más. Pero enmudecí cuando un temblor corporal, mientras intentaba tragar aire por la nariz, lo obligó a proferir un grito ahogado. Impotente lo vi cerrar los ojos apretándolos con fuerza como si luchara contra algo, para justo después, abrirlos grandes y refulgentes. Se aventó hacia adelante sosteniéndose con sus manos. Estaba de rodillas sobre el piso, el sudor le goteaba. Otro temblor lo llevó a terminar sobre sus cuatro extremidades dejando un regadero de tela rasgada de lo que segundos antes era su ropa. Había trasmutado frente a mis ojos.

No era la primera vez, ya lo había presenciado antes. Pero en una sola ocasión, cuando ambos éramos niños. En aquel entonces, un lobo de un metro de altura y casi dos de largo, fue mucho más de lo que fui capaz de concebir.

Pero esto, fue tan superior que me dejó paralizado. A cuatro patas Damian, se había vuelto mucho más alto de lo que como humano era. El techo no era suficiente para él.

Entonces, lo que antes eran quejidos se volvieron aullidos bajos, pero que seguían siendo doloridos. Me obligué a serenarme, algo malo le pasaba y sin importar su apariencia, él era mi hermano, Damian estaba ahí, en alguna parte y me necesitaba. Como pude me puse de pie.

Él retrocedió, pero su mirada estaba puesta sobre mí.

Estiré la mano intentando rozarlo, pero evadió mi tacto. Di un paso hacia adelante y no pareció gustarle, porque me gruñó mostrándome los colmillos.  Era una advertencia, no quería que me acercara más. Sin pretenderlo, al retroceder chocó con uno de los anaqueles y varias botellas cayeron. La desesperación fue latente en él, así como el hecho de que trataba de volver a su piel de humano, pero no lograba conseguirlo.

Era como si una amenaza latente, aunque invisible para ambos, lo retuviera en esa forma. Volvió a retroceder y más botellas cayeron cuando empujó los otros estantes.

Entendí que pretendía ganar algo de espacio, pero el lugar era pequeño para alguien de su envergadura. — Solo quédate quieto… — Le dije deseando que lograra entenderme. — Te voy a abrir la puerta de descarga para que salgas. — Le hablaba en susurros, intentando calmarlo. Pero Damian hizo justo lo contrario.

Giró y derribó todo a su paso, las botellas se rompían al caer y lo mojaban. No importaba lo que tuviera que perderse, solo me interesaba él.

Parecía estar mareado, su caminar era torpe y se balanceaba de un lado a otro, mientras iba haciendo todo un reguero a su paso. Lloriqueaba de la misma manera en la que lo haría un cachorro, exhalaba sofocado y salivaba.

Aun si todos mis sentidos me gritaban que lo más lógico era salir de ahí y asegurar la puerta, no iba a dejarlo solo, así que suprimí mis temores y traté de auxiliarlo. De nuevo intenté acercármele, pero Damian se las arregló para alejarme, empujándome con una de sus patas.  Lo esquivé y llegué hasta la puerta metálica, que era por donde se pegaban los camiones cuando descargaban las cajas de licores. Se habría por medio de un botón, ya estaba por presionarlo para que la puerta se alzara, cuando lo vi desplomarse.

Fue como si la fuerza hubiera abandonado sus fornidas patas y todo su peso resultara insoportable. Terminó de hocico al suelo.

Me asusté al verlo caer y también por el ruido seco que se produjo cuando se derrumbó. Tal fue el caso que olvidé la idea de abrir la puerta y me apresuré a llegar a su lado. Para cuando logré arrodillarme junto a él, Damian estaba de nuevo en su cuerpo de hombre.

Todo su cuerpo estaba empapado en sudor y sucumbía ante espasmos involuntarios. Tenía la vista perdida. Con el estómago contra el piso y completamente desnudo. Estiraba la mano como si intentara tocar algo que había adelante y que solo él podía ver. Su cuerpo parecía estar entumido y su rostro completamente enrojecido evidenciaba el esfuerzo que estaba haciendo para alcanzar “eso”.  Que sea lo que fuese, parecía ser importante. Tanto así que para mí asombro, lo vi llorar y gimotear al no lograr alcanzarlo.

HYLAN TAYLOR

DEJAVÚ

Toma todo lo que no te llevaste ese día.

Rodeé el auto hasta la puerta del copiloto, Sedyey luchaba por sostener a Ariel.

No tenía idea de lo que le había ocurrido, pero entre los brazos de mi hermano, era peso muerto. Sangraba por la nariz y su piel había palidecido a tal punto que las venas de su frente se trasparentaban.  Sedyey me miró asustado.

— ¿Qué fue lo que pasó?

— No lo sé… estábamos hablando. Pero de la nada se quedó quieto y luego esto. — Cada palabra le salió correteada por la siguiente, estaba desesperado y si no fuera porque lo conozco, diría que casi se echa a llorar. — Su pie se atoró y no puedo quitarme esto… — Explicó mientras miraba su cinturón de seguridad. — ¿Es grave…?

Examiné el daño. La rodilla derecha hasta la punta del pie, había quedado debajo del asiento, su tobillo estaba doblado de tal manera que o bien se había roto, o en el mejor de los casos, era su zapato el que daba esa apariencia.

— ¿Cómo fue que terminó así?

— Se desvaneció… y cuando nos golpeaste, como no llevaba puesto el cinturón se dio contra el tablero. Entonces el asiento se corrió hacia adelante. Maldita sea Taylor, ¿Es grave si o no?

— Pues no se ve muy bien. — Respondí, mientras me estiraba para liberarlo. No llevaba nada para cortar la cintilla, solo un encendedor.

Una vez que logró deshacerse del cinturón de seguridad, entre los dos sacamos a Ariel. Sedyey fue quien se encargó de auxiliarlo, yo no estaba muy familiarizado con esas cosas. Aunque mi padre había insistido en que tomaros todos esos talleres que ofrecían en el hospital, nunca hasta ahora, creí que los necesitaría.

— Toma su pulso… — Ordenó mi hermano. — No se ve bien.

Sujeté la parte interna de su muñeca y mientras lo hacía pude ver que eran las siete veinticinco de la noche, no era tan tarde, sin embargo, la oscuridad era densa. Ariel no dejaba de sangrar por la nariz y sus manos temblaban aun cuando no parecía estar consiente. Lo que más me sorprendió fue que pese a su aparente quietud, su pulso estaba acelerado.  Casi como si estuviera corriendo a su máxima velocidad.

Sedyey había hecho un regadero con el botiquín, estaba tan nervioso que se había vuelto torpe.

— ¡Cálmate! — Le pedí, cuando derramó el antiséptico sobre Ariel. No lo había hecho apropósito, lo sé, pero me alteraba verlo así.

— ¡Como quieres que me calme! — Casi me lo gritó en la cara, estaba muy alterado. — ¡Diablos! Va a terminar volviéndome loco…

— Si te afecta tanto, deberías de poner distancia entre ustedes. — Regañé y lo empujé con suavidad para apartarlo.

— ¿Qué haces…? No debemos moverlo. — Le ignoré y sostuve a Ariel en brazos.

— Puede ser grave, ya dijiste que no sabes que le pasa… Será mejor que lo llevemos al hospital. Ahí sabrán que hacer. — Asintió y me siguió en silencio.

Lo dejé subir a mi camioneta y después le entregué a Ariel, Sedyey lo rodeó como si temiera que de un segundo a otro se evaporara a mitad de la nada. Debo confesar que me sentí un poco culpable, pensé que mi hermano había dejado esto por la paz. Sin embargo; viéndolo ahora, llegué a la conclusión de que lo sentía por Ariel, quizá no era solo un capricho como papá y yo creíamos.

Volví a su auto y sin entrar me estiré para quitar el freno de mano y empujar el auto hasta la orilla. Al final, tuve que meterme para asegurar las puertas traseras y sacar las cosas de mi hermano. Cuando estaba por asegurar la del copiloto, vi sobre el piso el destello de lo que, al recoger, vi que era una medalla de oro con un extraño amuleto.

Los símbolos que estaban gravados sobre la placa metálica, me resultaron familiares. Es decir, recordaba haberlos visto antes, aunque podía estarlos confundiendo. Lo guardé mientras encendía las intermitentes y aseguraba la puerta del conductor. Mi camioneta había quedado a mitad de la carretera, era extraño que durante el tiempo que habíamos estado en este lugar — unos veinte minutos aproximadamente — nadie había pasado. Era la salida de Sibiu hacia Judet, no se supone que deba estar desierta.

No lo sé, pero ahora que el sol había caído y la oscuridad se estaba volviendo aplastante, el panorama me resultó algo tétrico. Avancé rápido hasta mi portezuela, de un segundo para otro, me había llenado de esa sensación horrible que les da a los niños cuando tienen que ir al baño a mitad de la noche con las luces apagadas. Casi corrí hasta ella aprovechando que había quedado abierta.

Y no miento: una brisa fría hizo temblar los cristales, sé que no fue mi imaginación porque Sedyey también pudo notarlo y el extraño suceso lo alteró más.

— Sube y vámonos… — Pidió.

Mi hermano no es ningún miedoso, yo más o menos, pero escucharlo a él tan intimidado me puso la piel de gallina. Sentía que esto ya lo había visto en el pasado: la brisa fría, una creciente oscuridad, el absoluto silencio de todo los demás. Y por encima de todo, esa extraña y a la vez, familiar sensación de que algo nos observaba.

No soy escéptico, sé que es posible; pero el miedo que me sometió en el pasado, ya no existe. No soy la misma persona que en aquel entonces. Así que, reuniendo todo mi valor, me detuve y recorrí con la mirada lo que nos rodeaba buscando a quien pertenecía esa pesada mirada que sentía. Era un escenario extraño que me obligaba a recordar algo del pasado. — ¡Taylor, sube! — Repitió Sedyey.

— Sí, ya voy… — Le dije sin prestarle mucha atención.

La situación era muy distinta que, en aquella ocasión, pero cuando ocurrió el accidente en el puente, a James le había pasado algo muy similar a lo que Ariel:

Veníamos de un viaje escolar, algo nos golpeó y obligó al chofer a irse contra el muro de contención. Debido a la velocidad a la que viajábamos, parte del muro se desmoronó y la mitad del autobús quedó suspendido en la nada. Todo era gritos y desesperación en el interior…

      La histeria se volvió colectiva cuando se percataron de que muchos habían resultado heridos tras el choque. Mi lugar se encontraba casi hasta el final, James iba dos asientos por delante. Su compañero de asiento estrelló la cabeza contra la ventanilla tras el impacto, y recuerdo haber visto a James, presionando con su abrigo contra la herida. A diferencia de los demás, él estaba sereno, escuchando atentamente las instrucciones que nos daban.

      Para entonces, ya existía la rivalidad entre nuestras familias, pero su padre había fallecido recientemente. De alguna manera me conmovía su perdida. Por supuesto, nosotros no nos llevábamos. Ni siquiera cruzábamos palabras en un saludo cordial. 

      Pero su tranquilidad y total dominio de sí mismo, fue lo que me hizo estar muy al pendiente de él.  El profesor que viaja con nosotros, nos pedió guardar la calma cuando la parte trasera del autobús se inclinó peligrosamente hacia el voladero y todos salimos disparados hacia la parte de adelante para hacer contrapeso.

Dijeron entonces, que los primeros en bajar debían ser los que estuvieran más heridos.  James, dos compañeros y yo, ayudamos a bajarlos. Cuando ya no quedó nadie más, Lois y nosotros nos quedamos a bajar las pertenencias. Las aventábamos por la puerta y alguien más las atrapaba. Todo estaba más o menos bien, ya escuchábamos a las ambulancias venir a lo lejos.

      Pero cuando fue nuestro turno de bajar, James iba por delante. Logró descender los primeros dos escalones, ya iba a salir, pero las puertas se cerraron de la nada golpeándolo en la cabeza. Cuando cayó al piso, el camión se inclinó aún más hacia atrás.  Tal y como si alguien lo hubiera empujado a propósito.

      Supimos que ya no habría forma de salir cuando la parte delantera del autobús se elevó. El aire que corría lo hacía bambolearse y afuera todos gritaban. Recuerdo haber visto a Lois lanzarse contra uno de los asientos para protegerse, mientras decía que íbamos a caer.

      Yo solo pude pensar en llegar hasta donde James.  Me esforcé por alcanzarlo y logré colocarme sobre él. Lamentablemente no alcancé a sujetarme y cuando el autobús quedó totalmente vertical, nos estampamos contra los asientos del final.

      La caída fue en cuestión de segundos.

      Tras el impacto contra el agua, el interior comenzó a llenarse rápidamente. Era agua en deshielo. La caída me dejó aturdido, no comprendía lo que pasaba, solo podía sentir mi cuerpo entumirse debido a la frialdad del agua. 

      Cuando logré estar en mis cinco sentidos, noté que aún mantenía a James junto a mí y que si no hacia algo al respecto, ambos íbamos morir. Fueron momentos de total desesperación.

Segundos en los que pensé en mi familia, pero también en la de él. Incluso en que mi vida era un desastre, pero la de él era brillante.

      Contrario a sus hermanos, James era un alumno destacado, aún lo es. Pensé también en aquella persona que, para ese tiempo, ya me había dejado. La idea de no volver a verle me dolió en el alma. Además de que muy en el fondo, tampoco quería morir y mucho menos ahogado y ni hablar de desde que nací he sido muy friolento.

      Pero había algo más: cosas que no sabía si realmente las estaba viendo o eran producto de mi mente confundida. Seres de horribles formas que golpean contra el cristal como queriéndolo romper. Vi a Lois que luchaba con la palanca contra accidentes, para desprender la ventana de emergencia. Y contrario a él, yo no estaba seguro de querer salir. Sin embargo, en cuando el cristal cedió, el agua comenzó a entrar a mayor velocidad.

      Lo que pasó después, jamás voy a olvidarlo.

      Esas cosas nos sujetaban como queriéndonos hundir más. Y aunque sé que hubiera sido más fácil soltar a James y salir solo, no pude. Me aferré a él y a la claridad que se veía  algunos metros por encima de nuestras cabezas. Mi resolución estaba plantada en que ambos debíamos sobrevivir.

      Y lo logramos. Aunque ambos terminamos con heridas que no pudimos explicar, pero lo saqué a flote. Le tengo terror a los ríos desde entonces. Porque esas cosas me siguieron por meses. Sedyey lo sabía, incluso llegó a verlos correr hacia el bosque. Esa era la razón de su miedo y el principal motivo de que haya renunciado al senderismo para volverse un chico de ciudad. 

 

      — ¿Qué fue eso? — Brincó en el asiento y su voz aclaró mis pensamientos. Ya íbamos de vuelta a la ciudad, pero aun seguíamos en el tramo de terracería.

Me limite a negar con la cabeza, pero la verdad es que yo también lo había escuchado. Un aullido agudo que provenía de la inmensidad del bosque. Mi hermano me sujetó con una mano cuando se escuchó por segunda ocasión.

Frené. Esta vez se había oído de más cerca, fuerte y claro. Casi como si nos siguiera.

—¿Taylor?

— No es nada, no te preocupes… — Le dije intentando calmarlo.

Reemprendí la marcha y salimos de ahí lo más rápido que me fue posible.

Cuando llegamos al hospital, ya había una camilla esperándonos. Sedyey había marcado avisando de la situación y mi padre, junto con algunos enfermeros, aguardaban en la entrada.

Ariel fue trasladado a urgencias y Sedyey y yo a la oficina de papá. Nos regañó por haber movilizado a todo el hospital por una situación como esta. Sedyey intentó rebatirlo, pero solo logró enojarlo más. Y hasta cierto punto, tenía razón. Ariel había llegado sin heridas aparentes. A simple vista no parecía ser de gravedad y se corroboró cuando a los pocos minutos de haber llegado le trajeron el informe a nuestro padre. Lo revisó minuciosamente para después, mirarnos con severidad. En ese momento comprendí que estábamos en problemas.

— Tiene una contusión en el tobillo derecho, está bajo de plaquetas, le faltan vitaminas y unos cuantos kilos. Es de cuidado, pero… ¿Dónde está lo grave? — Cuestionó, mientras ponía las hojas frente a nosotros.

— Papá te juró que se desmayó de la nada… — Nuestro padre levantó la mano poniéndola frente a Sedyey para hacerlo callar. Mientras se dirigía al doctor que había atendido a Ariel.

— Póngale un suero vitaminado y después se puede ir… ¡ah! Y este par… — Agregó, mientras nos señalaba — Va a cubrir los gastos. Así para la próxima vez, serán más prudentes. — Asentimos casi al mismo tiempo y el doctor sonrió. Nos conocía de toda la vida y no era la primera vez que papá nos regañaba en su delante.

Segundos después fuimos echados de la oficina, por mi estaba bien, ya no quería permanecer un segundo más aquí. Los hospitales me enferman.

Después de pagar, usamos nuestras influencias para poder visitar a Ariel. En realidad, sobornamos a una de las enfermeras para que nos dejara verlo.

— ¿Está dormido? — Pregunté al entrar, pero Ari abrió los ojos en ese momento y nos dedicó la más fingida de sus sonrisas. — Ya vi que no…

Pretendí acercarme, pero Sedyey se me adelanto y sentándose a su lado, sostuvo su mano. La forma en la que lo miraba lo decía a todo y sé que Ariel lo entendió.

— ¿Cómo te sientes? — Preguntó, mientras entrelazaba sus dedos con los de mi amigo.

— No me gustan las agujas, sobre todo cuando las tengo incrustadas en la piel. —Susurró como no queriendo que la enfermera lo escuchara. — Pero estoy bien… ¡Gracias!

— Me diste un tremendo susto.

Ariel me miró y después a él.

— ¡Lo lamento, Sedyey! Agradezco lo que ambos han hecho por mí, me siento afortunado de tenerlos como amigos.

Mi hermano ya no dijo más, solo desvió la mirada, pero continuó a su lado. Poco más de media hora después, nos dejaron ir. Ari se había rehusado a usar la silla de ruedas, pero su tobillo estaba inmovilizado, y le dijeron que no debía forzarlo o jamás en la vida iba a poder volver a caminar por sí mismo. No sé cómo fue que no notó que mi padre mentía.

Cuando le avisamos a su abuela y solo tras hacernos jurar que Ari estaba bien, dijo que aún nos esperaba para cenar. Lo cual me alegraba porque me estaba cayendo de hambre.

JAMES

SE DISCRETO

Cuida tu mirada, porque puede revelar tu secreto.

Samko fue el primero en llegar, desde donde estaba recostado lo escuché armar todo un alboroto para que lo dejaran pasar. Y cuando no se lo permitieron, de todos modos, entró. Era un suceso denominado: Determinación Katzel.

No hay poder humano que pueda contra la terquedad de Samko y por lo que pude comprobar después, tampoco contra la de Deviant. Ellos eran todo un suceso.

Cuando Sam llegó, yo casi estaba listo para irme. Solo me habían hecho una sutura en la cabeza y me dieron una lista por escrito de algunos estudios que debía hacerme. Mi doctora dijo que físicamente me encontraba bien, pero que no comprendía el motivo de mis desvanecimientos, así que los estudios nos servirían para cerciorarnos de que no se trataba de algo grabe que estuviese oculto.

Deviant no me quitaba la mirada de encima y cada que podía me acariciaba. Ni a Samko ni a mí nos pasó desapercibida su actitud tan sobreprotectora. Digo; siempre lo es, pero en esta ocasión estaba siendo extremista.

Estábamos cruzando el pasillo principal para salir, cuando de uno de los elevadores vimos salir a Sedyey, detrás de él venía Taylor arrastrando una silla de ruedas en la que para sorpresa de mi familia y mía, estaba Ariel.

Terminamos de frente y la alegría que inundó a Ariel al mirarnos, fue molestia creciente en el rostro de Sedyey. Quien intentó negárnoslo y sacarlo sin permitirnos hablar con él, pero por supuesto, mis dos acompañantes se lanzaron sobre Ari, deteniendo a Sedyey en su escape.

Una lluvia de preguntas cayó sobre Ariel y las fue respondiendo una a una, con paciencia. Taylor nuevamente tuvo que hacerse cargo de la silla de ruedas, porque Sedyey se estaba ahogando con su bilis. Y mientras mis hermanos estaban entretenidos con Ari, sentí su mirada preocupada sobre mí.

Disimulaba y lo hizo bien, porque Deviant no perdía detalle de él ni de mí. Pero, aun así, cada que podía me miraba y yo intentaba no reírme por ello. Según él, me odiaba porque lo molesto mucho, pero su preocupación me decía otra cosa.

— ¿Qué te paso? — Preguntó Ari, en cuanto tuvo la oportunidad.

Él nos apoyaba y sabía que, en parte, lo estaba preguntando para que Taylor pudiera enterarse y calmarse. Así que, acercándome a él, me arrodillé para quedar a su altura.

— Tuve un desvanecimiento y me golpeé la cabeza. — Respondí.

— ¿Te duele mucho…?

— No, ya no me duele. — Aseguré. — En resumidas cuentas, ¿a ti que te paso?

— Di mi mal paso… — Respondió orgulloso y fingidamente insinuante, mientras señalaba su tobillo inmovilizado por la venda. Taylor y yo sonreímos, fuimos los únicos. A los otros tres presentes, no pareció darles gracia.

— Pues espero que no haya sido con ninguno de estos dos. — Comentó Samko con tono de desprecio.

— ¡Claro! — Intervino Sedyey — De seguro para ti es mejor que lo haga con un imbécil, violento y sin educación como Damian.

Casi pude verlos sulfurarse y apenas y si me moví con el tiempo justo de sujetarlos a ambos por los brazos, porque ya estaban dispuestos a iniciar una pelea. Taylor también lo hizo y soltando la silla de Ariel, dejó a su hermano tras de él.

— No van a armar un escándalo aquí. — Les aclaró con severidad. Nunca lo había visto hablar con tal autoridad.

— Nosotros hacemos lo que se nos venga en gana… — Rebatió Deviant.

— Por favor, no… — Intervino Ariel. — Nosotros ya nos vamos. No se enojen.

— De ninguna manera… tú vas a venir con nosotros.

— Sobre mi cadáver Deviant. — Amenazó Sedyey.

— Pues eso se puede arreglar. — Agregó Samko.

— No te tengo miedo Katzel…

— ¡Ya basta! — Intervine. — Ariel no se siente bien Deviant, no le hagas pasar por esto. — Mi hermano bajó la guardia tras mis palabras. Samko en cambio, notó algo que no debía.

— ¿Y tú que tanto le ves a mi hermano? — Taylor dudó y el otro se le fue encima — ¿No te quedó claro que no queremos si quiera que lo mires?

— Sosiégate niño, no quiero problemas contigo. — Ataco Taylor.

— ¿A quién llamaste niño, imbécil?

— Samko ya basta… — Lo detuve.

— No te atrevas a defenderlo, James.

— Mi hermano no necesita que ningún Katzel lo defienda. Para eso estoy yo…

— ¿Tú…? — Preguntó irónico Deviant — Pero sí tu no sirves para nada.

— Pues tu tampoco eres la gran cosa… — Sedyey fue el primero en empujar, pero lo admito. Samko, que era el que estaba más cerca, fue el que soltó el primer golpe. Y también el único.

Porque cuando Taylor enfrentó a Samko, me tuve que meter. Que me golpeara a mí, pero no iba a dejar que lo dañara a él, aun si se lo merecía.

Pero contrario a lo esperado, Taylor desempuño la mano y volviendo a la silla de ruedas, le ordenó a Sedyey que lo siguiera. Por supuesto, nadie le da la espalda a un Katzel y mucho menos, lo deja atrás. Deviant y Samko los detuvieron, solo para adelantárseles. No sin antes despedirse de Ariel. Acepto que a veces me parecía estúpida la excentricidad de mi familia. Eran tan odiosos cuando se lo proponían que incluso yo no los soportaba.

Lo único bueno de todo esto, es que cuando pasé al lado de Taylor y aprovechando que mi familia ya iba por delante, pude tomar su mano disimuladamente. Le di un apretón suave, a modo de disculpa y cuando lo vi sonreír de medio lado, supe que él y yo estábamos en paz.

De cierta forma, eso era lo único que me importaba salvar, por ahora.

DEMIAN

ALGO SUPERIOR

Entre mis amantes ha habido personas sumamente atractivas, bestialmente sensuales o incluso gente muy distinguida y elegante, pero hay una categoría superior: una donde solamente esta él.

Tuve que permanecer en el piso más tiempo del que hubiese querido. Pero en cuanto pude ponerme de pie, limpié el reguero que había dejado y también hice un inventario rápido de las perdidas, para resurtir ese producto.

Quizá solo estaba haciendo tiempo, porque no quería salir y de malas toparme con Deviant, aunque él había dicho que iría al hospital a ver a James. Aunque quizá ya habían vuelto, pues no sabía con exactitud cuánto tiempo había pasado aquí abajo. Así que me hice el tonto un rato más, a decir verdad, estaba preocupado por Deviant.

Él ya tenía suficiente con todo lo que sabía de mí, como para encima, mutar frente a sus ojos. Algo que no solo había sido peligroso, sino un verdadero error, la prueba de que ya no tengo control sobre lo que soy y sobre mis emociones. Me dejé llevar, perdí mi norte y puse en peligro su vida. Aun si él había fingido tomárselo con calma, estaba asustado. Y yo, jamás me perdonaría si llegara a lastimarlo.

También me preocupaba lo que sucedió, el cómo me sentí y sobre todo lo que vi. Ya tenía más que claro que no me hacía bien estar lejos de Ariel. Es inútil si de todos modos lo estoy pensando todo el tiempo y si lo que vi no fue solo una mera alucinación: algo terrible estaba por suceder.  Y necesito, debo estar con él. Protegerlo de todos los que pretenden dañarlo, incluyéndome.

Cuando salí de la bodega, fui directo a la oficina de Deviant para dejar el inventario. Quería aclarar que pagaría por él producto, pero mientras me acercaba, escuché su voz y la de Samko. Estaban discutiendo.

Entré sin tocar y en efecto, ellos están ahí. Pero también se encontraba James, quien, con los brazos cruzados y la espalda contra el respaldo del asiento, los miraba enfadado, pero en silencio. Mientras ellos parloteaban sin parar. Sé lo que se siente estar de ese lado, en el sillón de los acusados recibiendo sus reclamos.

— ¿Qué sucede…? — Indagué.

Samko se colgó de mi brazo en cuanto me vio entrar, Deviant por su parte me miró con seriedad, como pidiendo mi apoyo. Sí recurría a mí, debía ser grave.

— ¡Qué bueno que llegas! — Dijo — No había tenido la oportunidad de comentártelo, pero James se me está saliendo de control. — El mencionado desvió la mirada cuando yo centré la mía en su persona. Y aunque mantenía ese aire desinteresado, el valor le había menguado notablemente.

— ¿Qué fue lo que hiciste? — Pregunté.

— Está teniendo tratos con los Fosket… — Se aventuró Deviant, al notar que James no tenía planes de responder. — No me gusta esto Damian y no estoy dispuesto a permitirlo. Esa gente le ha hecho mucho daño a esta familia y no pienso…

— Nos dan un momento… — Pedí.

— ¿Por qué…? — Cuestionó Samko, soltándome — Sea lo que sea que debas decirle, también queremos oírlo. Esto no es algo que no haya estado claro desde el principio… ¡Los odiamos! Por ningún motivo nos hacemos sus amigos.

— Así es… — Le hizo segunda Deviant.

— ¿Qué te he dicho sobre cuestionar mis decisiones…? — Regañé a Sam. — Sí digo que salgan, entonces lo hacen. — Aclaré. — Los dos… ¡fuera! ¡ahora! Hablaré con James a solas.

— Pero…

— Sin peros Samko… — Le interrumpí. — ¿Acaso no tienes aún anciano que cuidar en casa? Vete con Gianmarco y déjame a mí atender mis asuntos.

Los dos salieron furiosos de la oficina y cuando volví la vista sobre James, este se había hecho chiquito sobre el asiento. Fingí que no lo noté y me senté a su lado. Había querido hablar con él desde hace días, pero siempre me rehúye.

— ¿Qué fue lo que te paso? — Pregunté, mientras me colocaba de frente para poder mirarlo. James me miró ansioso, estaba incomodo con mi presencia y sobre todo con mi cercanía.

— Tuve un desvanecimiento y me golpeé la cabeza al caer. — Explicó en voz baja — Van a hacerme unos estudios, la doctora dijo que no es normal.

— ¡Estas bien! — Aseguré. — No te preocupes demasiado por eso…

— Pero…

— Si estuvieras enfermo, lo sabría James. — Aseguré interrumpiéndolo.

— ¿Así…? ¿Y cómo lo vas a saber? — Cuestionó enfadado —Tu eres el que menos participación tiene en mi vida. — En un ataqué de valor se atrevió a reprocharme. Y no lo detuve, por el contrario, sentí curiosidad por lo que tenía que decir. — Antes… si quiera te aparecías cuando me ponía mal, pero ahora no tienes tiempo para mí. De por sí, jamás te ha importado lo que suceda conmigo. — Tal cual lo dijo y me dio la espalda.

— ¿Terminaste tu berrinche?

— No es un berrinche… — Rebatió mientras volvía a ponerse de frente a mí. — ¿Cómo vas a saber lo que me pasa? ¿O si estoy bien o no? Ellos dos me vuelven loco, todo el tiempo quieren manejar mi vida, pero al menos, se preocupan por mí. En cambio, tú.

Mejor me hubieras dejado en donde estaba. — Pese a que sus palabras me causaron cierto malestar, entendí que estaba molesto y resentido conmigo. Sus ojos se cristalizaron, pero era demasiado orgulloso para permitir que esas lagrimas se derramaran de sus ojos.

— No sabes lo que dices…

— Se perfectamente lo que digo. — Refutó poniéndose de pie. — Lo sé todo Damian…— Caminó hacia la ventana para realzar sus palabras, pero también para alejarse un poco, sabía que en cualquier otra ocasión ya lo hubiera hecho callar, por la forma en la que me estaba hablando.

— ¿Qué es lo que sabes? — Cuestioné, mientras que al igual que él, me ponía de pie.

James se debatió mentalmente sobre decirme o no, su olor se fue volviendo tenue conforme los sentimientos le ganaban. También pude sentir su miedo y su tristeza.

— Me separaste de mi familia… — Susurró.

— ¿Por qué lo haría?

— Buena pregunta, también quiero saberlo… ¡Dímelo! ¿Por qué lo hiciste? ¿Qué fue lo que le hiciste a mi padre?

— ¿Qué podría haberle hecho? — Pregunté en voz baja.

— Deja de jugar conmigo… — Gritó.

— ¡No me levantes la voz! — Pedí, sin una pisca de enojo. — No hay necesidad de que grites… te estoy escuchando. — Aseguré.

— ¡Estoy harto de ti! De tenerte miedo todo el tiempo y de que te aparezcas en mis sueños… tengo pesadillas, las tengo desde que tú apareciste en mi vida. Siempre tratas de intimidarme y ya me cansé de tener que luchar contra ti… ¿Por qué me separaste de mi familia? ¡Responde!

Una pequeña parte de mí, sabía que tarde que temprano llegaría este momento, y es un miedo con el que he vivido los últimos quince años. Nunca estuve demasiado cerca de él, aunque sabía que me necesitaba, no porque no quisiera, es solo que no sabía cómo tratarlo. Era diferente con Samko, él aplaudía cada cosa de las que hacía, pero James en cambio las cuestionaba. Desde pequeño fue más sensible y me tomaba demasiado enserio.

No quería hacerle daño, pero el que no estuviera cerca de él tampoco significaba que no me importara. De cierta forma, creí haberme preparado para este día, pero James me hablaba con coraje, como si yo fuera su enemigo y no era así. No iba a decirle toda la verdad, pero tampoco quería mentirle. Ariel me dijo una vez, que cuando no somos capaces de decirle la verdad a las personas que amamos, llegamos al punto de que incluso, perdemos la posibilidad de decírnosla a nosotros mismos. No quería que eso pasara.

— Nunca antes había querido algo para mí… — Comencé — Hasta que te vi. Ya vivía con los Katzel, me habían adoptado y legalmente era su hijo, pero no me sentía parte de ellos. Quería a alguien que me perteneciera, que fuera mío. Te desee en cuanto te vi y supe lo que sucedería contigo si te dejaba con esa gente. De la mujer que te trajo al mundo, ya sabes que fue de ella… pero te aseguro que aun con su larga lista de defectos, Deviant fue mejor madre para ti, de lo que esa mujer alguna vez pretendió serlo. De tu padre, bueno, sé que no he hecho un buen trabajo contigo, pero… ¿Qué tal Han? Él lo ha hecho bien… ¿no?

No te traje con malas personas, ellos te aman. — Se rindió tras esas palabras, lo vi abrazarse así mismo en un acto de total desamparo. Y me sentí mal, triste y decepcionado. No por él, sino por mí. Por el daño que indirectamente le había causado. — Para mí también eres importante. Lo eres de una forma que las palabras no alcanzan a describir. Voy a resolver lo de tus desvanecimientos, solo te pido que seas paciente.

— ¿Cómo lo vas a resolver? — Preguntó en un susurro.

— Tengo mis métodos… — Dije y me acerqué a él, no pensé en lo que iba a hacer, porque posiblemente me hubiese arrepentido y en un acto de espontaneidad, lo abracé. — Haré lo que sea mejor para ti. — Aseguré. Al principio se resistió un poco, pero al final cedió.

Ahora mismo me parecía estúpido, pero en todos los años que llevaba conmigo, esta era la tercera vez que lo abrazaba. No porque antes no hubiera deseado hacerlo, sino simplemente, porque no sé cómo llegar a él. Así que tampoco voy a negarle su derecho de tener resentimiento contra mí.

— Lo siento…

— Lo sé, también yo lo siento. — Confesé — Y sobre eso de que no sé nada sobre ti… no es verdad. — Le aclaré. — Irse de fiesta, embriagarte hasta que tengan que sacarte en brazos, pasar la noche en un departamento que no es tuyo. Arrastrar a Ariel con ustedes.

No tienes idea de lo mucho que me preocupé esa vez, aunque también sé que Ariel lo comenzó todo y te agradezco que lo hayas cuidado. — James se separó de mí y en su expresión pude ver sorpresa, pero lejos de enojarme o regañarlo, solo sonreí. — ¿Travesuras de juventud? — Pregunté sarcástico. — Mis ojos no han dejado de seguirte, así que también sé de esos lugares que frecuentan, te he visto con Taylor en varias ocasiones. Parecen llevarse bien… demasiado bien.

Y aunque es mi deber dejarte en claro que es terreno vedado y peligroso el que planeas pisar, el tipo no esta tan mal. Digamos que bien vale la pena el riesgo. Eso no quiere decir que esté de acuerdo. Sin embargo, soy consciente de que eres un hombre responsable y me has dado razones para confiar en ti. Así que, si lo que quieres es sexo con él, pues está bien, siempre y cuando no planees formalizar nada, porque entonces, sí tendrás problemas y yo seré el menor de ellos.

— No hay nada entre nosotros… — Se atrevió a decir.

— Pero lo habrá.

— Taylor es un hombre…

— Y tú muy observador. — Le rebatí a manera de burla.

— A Ariel le sucede lo mismo que a mí… ¿lo sabías? — Dijo en un intento por cambiar de tema, y si hablar de Taylor le ponía incomodo, no pensaba presionarlo.

— No estaba seguro, pero lo intuía. — Confesé.

— Nos lo topamos a la salida del hospital… se ha lastimado el tobillo y ahora usa una silla de ruedas. Aunque es temporal y ha dicho que no es de gravedad.

Estaba con los Fosket. Pero Sedyey está muy interesado en él. — Comentó y no en tono casual.

— No me preocupa lo que Sedyey haga, Ariel me quiere a mí. — Aseguré y James se mostró molesto por mi altanería. Aunque no fue mi intención decirlo de esa manera.

— No estés tan seguro. — Me regañó — Ariel está muy dolido porque no te disculpaste con él. Ha tenido muchos problemas últimamente, y Sedyey ha estado ahí para ayudarlo. Algo que deberías estar haciendo tú…

— Estaría con él si no fuera tan terco.

— Disculpa que te lo diga, pero alguien tiene que hacerlo… No eres quien para hablar de lo terco que es Ariel. Cometiste un grave error con él al compararlo con ese tal Martín o como se llame. Te quiere, eso es verdad. Pero no significa que se vaya arrastrar en el suelo por ti.

— En ningún momento le he pedido que lo haga. — Aclaré.

— No es justo lo que le estás haciendo.

— ¿Qué se supone que le estoy haciendo?

— Pasearte con otras personas, ignorarle, tratarle mal. Humillarlo, dejarlo solo ahora que tanto te necesita, porque, en primer lugar: él no estaría metido en estos problemas si tú no te le hubieras cruzado en el camino. Y, por si fuera poco, Sedyey no deja de decirle que la relación de ustedes ya terminó, que tú no vales la pena. Poco a poco se ha hecho un espacio en su vida y lo peor de todo es que Ariel mismo está convenciéndose de que es así… De que en tu vida no significo nada. Y que puedes sustituirlo las veces que quieres con la mano en la cintura.

Por eso debes hablar con él, decirle que no es verdad. Porque lo quieres… ¿cierto? — Los había visto a los tres juntos cuando seguía a Ariel. Sabía que se habían hecho buenos amigos, pero James no es de las personas que interfiere por nadie, solo porque sí. El que lo estuviera haciendo ahora, era una grata sorpresa. — Él no es como ninguno de tus amoríos anteriores, es bueno, es noble y te ama por lo que eres. No le interesa lo que puedas darle y jamás te ha pedido nada.

— Parece que te agrada… — Comenté.

— Le he tomado aprecio. Ariel nos acepta tal cual somos, y siempre tiene palabras amables para nosotros, aun cuando él mismo está derrumbándose. No es justo que sufra por nuestra forma de ser… ya han pasado varios días, arregla esta situación de una vez por todas.

— Lo tomaré en cuenta. — Respondí.

— Te necesita Damian.

— Lo pensaré.

— ¿Lo pensaras…? — Rebatió indignado.

— Sí, lo pensaré.

— Ojalá cuando decidas actuar, no sea también el momento en el que lo veas del brazo de alguien más. Por primera vez tienes algo bueno en tu vida y lo estas destruyendo a pedazos. —Molesto, se alejó de mí y dio un portazo al salir.

TERCERA PERSONA

ESTA NO ERA LA VIDA QUE QUERÍA.

Quien esté libre de recuerdos que lance la primera sonrisa.

La cena estaba transcurriendo tranquila. En la mesa, Susan era halagada por los platillos servidos, Sedyey hizo uso de sus más pomposas palabras para impresionarla. Además, había traído un presente ostentoso que ni Ariel, mucho menos, Taylor, sabían de donde lo había sacado.

La conversación era amena y la hacía reír constantemente.

Era galante, refinado y excesivamente caballeroso. Cada que podía sacaba a relucir alguno de los muchos encantos de Ariel. Le brindaba caricias nobles y respetuosas, pero que evidenciaban lo interesado que estaba en él. Susan fingía no notarlo, pero, aunque el joven le agradaba, no era suficiente como, para siquiera, compararlo con el que nuevamente había dejado su lugar vacío en su mesa. Así que, pese a ser amable, Sedyey no la convencía. Entre otras cosas, porque había notado la dureza con la que solía referirse a los Katzel y aunque no específicamente, también a Damian.

Así como lo desagradable que le había resultado enterarse que el plato vacío junto a Ariel, y que por orden expresa de la señora de la casa — O sea, ella — continuaba a la espera y listo para ser usado: estaba reservado para nada más y nada menos que Damian. Su acérrimo rival. Quien pese a todos sus desaciertos tenía un lugar importante no solo en la vida de Ariel, sino también en la de los abuelos.

Cuando Ariel pretendió quitarlo, solo para no incomodar más a Sedyey, Susan se lo impidió argumentando que Damian podía llegar en cualquier momento. Que después de todo, esta cena había sido planeada con la finalidad de que él asistiera y que ella lo esperaría aun cuando los demás presentes ya se hubieran retirado.

Obviamente, Susan no estaba bien enterada de lo sucedido, suponía que Damian y su nieto habían discutido, pero no había día que no lo esperara. Damian era irremplazable en su corazón y por la expresión abatida de Ariel, sabía que también en el de su nieto. No importaba que tan galante y atento era la persona a su lado, él no parecía contento con su presencia.

Del otro chico, Susan sentía que no podía decir mucho. Desde que llegó a la casa había estado comiendo sin detenerse, y más que todas las palabras regaladas de Sedyey, era el buen apetito de Taylor lo que la tenía complacida.

Taylor le resultaba gracioso, un chico muy divertido que no existe mientras come. Aunque cada tanto intervenía en la conversación, así fuera solo para pedir un poco más de comida. Ariel sonreía al verle devorar de todo un poco, que incluso se animó a servirse un poco más de comida.

Últimamente su apetito había decaído, y aunque se sentía débil no estaba de ánimos para comer, eso sí, los postres se habían vuelto sus aleados y había llenado la nevera con varias delicias, tantas que Susan las consideraba un peligro potencial. Esa era otra de las razones por las que había invitado a los chicos, para que entre todos pudieran acabar con ese motín.

Pero Sedyey, apenas y si había aceptado una diminuta rebanada de pastel, argumentando que no era muy afecto a las cosas dulces.

— ¿No te gustan? — Preguntó Susan, con fingida desilusión.

— Sí, pero… procuro evitarlos. — Respondió Sedyey. — Me gusta cuidar de mi apariencia.

— Pues a Damian le encantan. — Dijo ella con la clara intención de molestarlo — Y mantiene un físico envidiable.

Solo entonces, Taylor dejó de comer. Ariel quiso meterse debajo de la mesa, pero su pie lastimado se lo impedía. Sedyey la miró con fijeza y ella se la sostuvo, intentado no sonreír ante la expresión del joven.

— Bueno…— Se exigió hablar sin que se le notara la indignación que claramente transpiraba. —  A decir verdad, hay muy pocas cosas que puedo envidiarle. Y el físico, no es una de ellas.

— ¡Claro! Tú eres un buen chico… — Le alentó — Aunque Damian es maravilloso.

— Abuela… — Intentó intervenir Ariel.

— No creas que lo digo solo porque es el novio de mi nieto. — Agregó Susan intentado sonar casual, casi al mismo tiempo Ariel tuvo sobre él, la mirada de ambos hermanos.

— ¿Novio…? — Reparó Sedyey. — ¿Le dijiste eso a tu abuela?

— En realidad, me lo dijo Damian. — Toda la atención se volcó en Susan, incluso la de su nieto. — Nos tenemos mucha confianza, él me dijo que estaba interesado en Ariel, en tener una relación… también se lo dijo a tu abuelo. — Finalizó mirando a su nieto.

— ¿Y usted está de acuerdo con eso…? — Preguntó Taylor.

— ¿Por qué no habría de estarlo? Damian es de nuestro total agrado… y aunque ahora ellos están distanciados, confió en que sabrán arreglarlo pronto. Pues esta… — Puntualizó con el dedo contra la mesa y un tono severo que intimidó a los presentes. — no es una casa de citas en la que Ariel pueda desfilar con un enamorado por mes. Trajo a Damian y con él se va a quedar.

Nadie pudo rebatirle nada, ni siquiera Sedyey, aunque se moría por hacerlo.

Ratificando su jerarquía y su derecho de ser obedecida, Susan sirvió un poco más de postre a cada uno de ellos, incluyendo a Sedyey, quien no tuvo más remedio que comérselo, Pues se había sentado frente a ellos, advirtiéndoles que nadie se levantaba de la mesa hasta que dejara el plato limpio.

Taylor fue el primero en terminar, recogió su plato y beso en la mejilla a Susan al despedirse, no iba a esperar a Sedyey, pues, según explicó. Tenía otro asunto importante que atender.

Ariel estaba al tanto de ese asunto. Se había enterado al mediodía y no por boca de Taylor. La otra parte implicada había prometido contarle todos los detalles, y esperaba ansioso por el día de mañana.

— Tu abuela es genial, aunque esté en contra de Sedyey. — Comentó, mientras lo ayudaba a bajar los escalones de la entrada.

— No está en contra. — Aseguró el menor, mientras casi arrastraba el pie. — Francamente, a mí también me ha tomado por sorpresa. Es verdad que ellos se llevan muy bien, pero…

— Deberías hacerle caso. — Sugirió Taylor. — Arreglen sus diferencias, lo quieres… te quiere y negarlo es una total pérdida de tiempo.

— No quiero hablar de eso ahora…

— Bueno, entonces cuéntame que fue lo que te paso cuando veníamos. En verdad nos asustaste.

— No lo sé… fue muy raro.

Ariel sabía que no había manera de explicar algo como lo que le había sucedido. En cierta forma había sido como en las ocasiones pasadas: su cuerpo entraba en una especie de trance que le dejaba impedido e inmóvil. Pese a lo anterior, las sensaciones parecían agudizarse, sufría de alucinaciones que lo asustaban y agotaban físicamente. El tiempo parecía volverse lento, y un frío inexplicable lo hacía tiritar. Respirar le resultaba difícil y su cuerpo sudaba como si estuviera al sol en un mediodía.

— ¿Quieres contarme?

— Es posible que solo este cansado, no debería darle tanta importancia. — Respondió Ariel, sin atreverse a confesar que le avergonzaba que Taylor llegara a creer que había algo malo en él.

— Pero sí es importante. — Rebatió Taylor, recargándose contra su camioneta. — Aun si no quieres decírmelo a mí, deberías hablarlo con alguien más.

— Llevamos las ventanas del auto cerradas… — Comenzó Ariel, quería dejarle claro que no se trataba de que no le tuviera confianza. —  Pero podía sentir la brisa del aire golpeándome la cara. No estaba sucediendo realmente, pero así lo sentía y me fue difícil respirar.

Los arboles comenzaron un vaivén violento, a tal punto, que parecía que sus ramas cederían ante el poniente, quebrándose. Se escuchaba el sonido ululante de las ráfagas al colarse entre las hojas que las arrancaban de gajo. Me asusté e instintivamente miré a tu hermano… — Explicó, mientras también se recargaba contra el automóvil. — Minutos antes habíamos discutido por mi benefactor. Sedyey dijo que es muy posible que me retire su apoyo y cuando eso suceda, tu familia se iba a hacer cargo de mí, sustentando mi beca.

— ¿Dijo que nos haríamos cargo de ti? ¿Con todas esas palabras? — Preguntó y al instante Ariel asintió.

— No se trata que no agradezca lo que hasta ahora han hecho por mí, pero, me incómoda que me trate como si fuera un perrito sin dueño que va de puerta en puerta aullando por un poco de comida y protección.

— ¡Lo comprendo! — Reconoció Taylor. — Y aunque es verdad que decidimos solventar tu beca, se supone que sería anónimo. Y cuando hicimos el papeleo, ya alguien se nos había adelantado.

— Sí, también me dijo que Deviant había metido los papeles primero. — Taylor negó con la cabeza, no estaba de acuerdo en que Sedyey utilizara sus influencias y la información que se le confiaba para su propio beneficio. — Por eso fue la discusión. Me preguntó si agradecía todo lo que habían hecho por mí, y claro que lo agradezco.

Sedyey dijo que, si mis palabras eran ciertas, cuando mi benefactor me dejara, debía de rechazar la ayuda de Deviant para que tu familia se hiciera cargo.

— ¿Por eso te sentiste mal?

— No lo creo… aunque, de alguna forma sentí la presión.

— ¿Qué pasó después?

— Sedyey mantenía la vista fija en la carretera, él no parecía ver lo que yo sí podía. Estaba molesto, pero no asustado. Hablaba, pero no podía escuchar nada de lo que decía.

Sentí un nudo en el estómago que me obligó a cubrirme la boca con ambas manos. La lluvia comenzó a caer de pronto, pero únicamente golpeteaba contra mi lado del cristal. Él tampoco la veía. Comencé a agitarme: quise hablar, pero no podía pronunciar palabra. Mis manos cayeron a mis costados, pesadas. Sentí como todo mi cuerpo se entumió. Un pitido molesto me martillaba los oídos. Fue entonces que lo escuché fuerte y claro. Era como un aullido lejano, agónico… un llamado que provenía de la inmensidad del bosque y que por alguna razón entendía.

— ¿Entendías…?

— Sé que suena muy estúpido Taylor, pero decía mi nombre, me llamaba. — Aseguró Ariel. — Quise poner mi mirada en Sedyey, pero como si algo con mayor fuerza me atrajera, clavé los ojos en mi ventanilla. Había una persona recargada contra el cristal. — Taylor abrió grande los ojos, mientras sentía como la piel se le enchinaba. — ¿Comprendes? Estaba del otro lado de la puerta. Me miraba fijamente. Sé que es imposible, porque el auto no se había detenido y él parecía flotar en la nada.

— ¿Él…? ¿Era un hombre? — Ariel asintió asustado.

— La impresión logró aturdirme. — Confesó. — Sentí una opresión en el pecho que me dejó sin aliento. Quise cerrar los ojos, gritar, pero no podía. No recuerdo nada más. Solo que cuando desperté, estaba en el hospital. ¿Crees que estoy perdiendo la razón? — Preguntó preocupado.

— No, no lo creo… — Aseguró Taylor. — A veces pasan cosas que no podemos explicar.

— James me dijo que también le pasaba.

— ¿Enserio? — Ariel asintió y se abrazó así mismo.

— Prométeme que te vas a cuidar… — Pidió Taylor. — Veremos que hacer, no tengas miedo. Lo vamos a solucionar…

ARIEL

¿CON QUE DERECHO?

Si no lo dije antes es porque no quería preocuparlos.

— No es verdad… — Negué intentando convencerla. Después de que Sedyey se marchara, mi abuela me había arrastrado a la sala y no me había dejado marchar desde entonces. — Debió haberlo dicho porque sus familias no se llevan bien y se la viven intentando dejarse mal. No estoy muy bien enterado del asunto, pero…

— No me importa si ellos se llevan mal o no… — Me interrumpió molesta — ¿Te pegó sí o no? ¿Te grita? ¿Acostumbra tratarte mal? — Me quedé callado. Avergonzado por tener que decirle la verdad. — ¡Mírame cuando te hablo, jovencito! — Regañó.

¿Cómo pudo ser capaz de decirle todas esas cosas a mi abuela? Si ni siquiera tardé tanto, mi charla con Hylan fue apenas de unos cuantos minutos, pero al parecer, eso le había bastado. Cuando volví, ella casi lo echaba a la calle, quise preguntar, pero la severidad de su mirada me hizo callar.

— Abuela… no me lo tome a mal, pero no quiero hablar de esto. — Respondí con la mayor seriedad. Quise evitar el tema y poniéndome de pie, pretendí correr a mi habitación. Tanto como mi tobillo me lo hubiera permitido. Pero ella me sostuvo del brazo y me obligó a regresar a mi lugar. — ¡Abuela!

— No iras a ningún lado hasta que me digas la verdad. — Con los brazos en jarras y el ceño fruncido me miró con los ojos inundados. Por primera vez, sentí la tristeza que implica enojar y decepcionar a tus abuelos. Las personas que más te aman en la vida. — No tuviste buenos padres, pero he intentado ganarme tu confianza… de manera inútil, al parecer. Hemos querido hacerte sentir nuestro amor.

— ¡No! ¡Por favor, no llore! — Me puse de pie e intenté tocarla.

Pero no sabía si debería hacerlo, ellos eran tan queridos para mí, que me sentía la peor persona en la faz de la tierra, por causarles dolor.

— ¿Cómo es posible que a mi niño alguien lo trate mal? — Tomándome por sorpresa me abrazó con fuerza apretujándome contra su pecho. El enojo de hace unos segundos se tornó en una fuerte necesidad por sostenerme, hasta el punto de sentir que, si tan solo me apretaba un poquito más, ya no podría respirar. — Voy a despellejarlo cuando lo vea… ¿tratar mal a mi bebé? Primero me va a tener que matar.

Me sentí conmovido, aliviado de saber que me protegía, que me apoyaba de una forma en la que mis padres jamás lo iban a hacer. Correspondí a su abrazó buscando ese calor que toda mi vida me había hecho falta.

— Lo extraño mucho… — Confesé.

— También yo… y tu abuelo. — Agregó, mientras me acunaba de manera sobreprotectora. Sé que ya no era un niño, sin embargo; entre sus caricias y mimos, no podía sentirme de otra manera. — Pero estoy segura que va a volver.

— Tal vez, no suceda… — Comenté mientras volvía a mi mente la imagen de Damian con sus nuevas “parejas”.

— Eres un chico adorable, nadie puede resistirse a eso. Ni siquiera él.

— Me ve así porque me quiere… no se supone que las abuelitas vean feos a sus nietos. — Ella sonrió y descaradamente presumió que, en efecto, su nieto — o sea, yo — era todo amor y toda ternura, si lo sabía ella que había sido de quien lo había heredado.

Los cariñitos continuaron hasta que mi abuelo se nos sumó. Últimamente había estado enfermo, aunque me decía que no debía preocuparme. Sin embargo, me era imposible no notar que se veía más impedido.

SAMKO

UN AMOR DESESPERADO

No dijo adiós, es más, dijo que vendría con el alba y no volvió.

— ¿Dónde está? — Pregunté en cuanto puse un pie dentro de la casa, Linda me esperaba en la sala de estar, con Marie dormida en el sillón.

— En la biblioteca, desde que llegó ha estado ahí a puerta cerrada. — Explicó — No sé si hice bien en llamarte, pero intuyo que algo malo le ocurrió. Se veía muy abatido y estaba algo bebido. Sabes que Gianmarco no es de lo que se emborracha, ni mucho menos huye a encerrarse.

— Lo sé… — Aseguré. — Llevaré a la niña a su habitación y después te iras a descansar. Me haré cargo de él.

— ¿Estás seguro? Si necesitas que me quede…

— ¡No! — Le rebatí — Debes descansar, tu embarazo no es juego.

Llevé a Marie a la habitación que compartía con el pequeño Maurice y después, busqué a Gianmarco. En efecto, la puerta de la biblioteca estaba asegurada, pero nada que un pasador sumado a mi incomparable habilidad para violar cerraduras, no pudieran abrir.

Toda la estancia se encontraba a oscuras, intenté ubicarlo, pero se veía muy poco. Lo busqué en la silla que se encontraba de espaldas a su escritorio, pero tampoco estaba ahí. Sin querer tropecé con un estante de libros y algunos cayeron al piso.

Al instante se encendió una luz tenue del otro extremo de la habitación, era él.

— ¿Sam…?

— ¡Ah, así que ahí estas!

— Cielo… ¿Qué haces aquí?

Me aseguré de llegar entero hasta donde se encontraba, después, le respondí. Aprovechando que estaba reclinado contra el sillón, me senté sobre sus muslos, de frente a él y aprisionándolo entre mis piernas y la piel revestida del mueble. — Vine a verte. — Gianmarco dejó el vaso con wiski en la mesita de estar y me rodeó con sus manos, acercándome un poco más a su pecho. Olía a licor caro, y aun cuando en otra ocasión, quizá me hubiera disgustado, en él era sensual. En gran parte porque estaba despeinado y con la ropa desaliñada.

— Pensé que estabas molesto conmigo… — Reparó.

— ¡Lo estoy! — Aseguré con seriedad y pasé mis manos alrededor de su cuello dejándole sostener parte de mi peso. — Pero te ofrezco una tregua… por esta noche.

— ¿Una tregua? — Preguntó sin comprender. Asentí, mientras recorría su rostro con la mirada. El licor no le sienta, se veía cansado y tenía las mejillas rojas. Sin embargo, se veía adorable. Aunque también mantenía ese aire abatido, casi triste.

— Esta no parece ser una buena noche para pasarla en soledad. — Comenté. Gianmarco asintió mientras aseguraba su agarré sobre mi cuerpo.

— Perdóname por lo de anoche y también por lo de hoy en la mañana… sé que últimamente me estoy portando mal, pero hay cosas que me cuestan mucho trabajo comprender. — Confesó.

— ¿Qué cosas? — Quise saber, él dudó, pero después de unos segundos lo sentí ablandarse.

— Antes venias a mí por ayuda, por protección… ahora vienes a mí para salvarme. Eres independiente y…

— ¿Y eso es malo? ¿Acaso, si yo tuviera un problema y te pidiera ayuda ya no me la vas a brindar?

— Por supuesto que sí…

— ¿Entonces?

Sopesó mis palabras, y tras unos segundos negó con la cabeza.

— No me hagas caso, creo que me estoy volviendo viejo.

Me reí, a veces era algo dramático. Solo me llevaba diecinueve años, no era para tanto.

Aunque hoy, durante la hora de descanso aproveché que Ariel estaba solo y le comenté lo sucedido durante el desayuno. Sé que quizá él, tenía ya demasiados problemas encima, pero siempre me ha dado buenos consejos. Entonces me explicó que era posible que Gianmarco se sintiera desplazado, agredido por la pasividad que le había — indirectamente — obligado a demostrar en nuestra relación y que algo de ese tipo, sería un terrible golpe a su seguridad. No solo porque es mayor que yo, sino también, porque dirige una empresa de talla nacional, en la que mucha gente está bajo su mando, lo mismo en el restaurante. Él tenía el control de todo, excepto en su casa, su pareja y en su relación.

— Intentó aligerarte la carga… — Le expliqué. — Creo que tienes mucho por hacer, y aligerarte las cosas me parecía una buena idea. Pero mi intención en ningún momento fue incomodarte.

— Lo sé…

— Ya no soy el mismo niño de antes, no porque tu estés haciendo algo mal. Sino porque, muy en el fondo, desde siempre estuve consciente de que la vida no es como Damian me acostumbro. En la vida real, todos debemos trabajar, ser responsables y amables con los demás. Eso implica ser un hombre de verdad y me estoy esforzando por ser ese buen hombre para ti.

— ¿Para mí? — Preguntó sorprendido.

— ¿Prefieres un caprichoso grosero que te deje en ridículo con tus socios cuando te acompañe a una de tus reuniones de negocios? Porque yo prefiero ser alguien de quien puedas sentirte orgulloso.

— Tienes razón…

— ¡Claro que la tengo! — Aseguré pretencioso, solo para hacerlo sonreír y quitarle parte de la tensión al momento. — Ahora… cuéntame porque estas tan abatido. ¿Ha ido mal ese contrato que tenías en puerta?

— No, eso salió muy bien. — Dijo orgulloso — Lo hemos cerrado hoy mismo.

— ¿Y por qué no estas feliz?

— No lo sé… — Respondió contrariado. — Estoy contento por haberlo cerrado, emocionado porque esto era lo único que nos detenía, ahora, podremos planear nuestras vacaciones. Te llevaré a donde desees y sé que nos la vamos a pasar muy bien. — En ese caso, yo también estaba emocionado, no tanto por las vacaciones, si por mí fuera, podría pasármela todo el día en mi departamento o aquí, siempre y cuando esté con él.

— ¿Pero…? — Presioné. De nuevo dudó, me ponía un poco triste el saber que me estaba ocultando algo, pero también era consiente que estaba en su derecho.

— No lo sé… — Respondió con la mirada baja. — Solo sé que no quiero que te alejes de mí. Te amo Samko. Te juro por mi vida que te amo.

Quizá si hubiera insistido un poco más Gianmarco, me lo hubiera dicho. Sin embargo, y aunque algo en mi interior me decía que más tarde me arrepentiría de no haberlo presionado, decidí apostar por los sentimientos que me invadían y coloqué todas mis barajas  sobre la mesa por sus palabras.

Cometí un error de precipitante, estaba seguro que, así como ahora, en el futuro él sería solo mío. Que nadie más que yo era tan experto en este juego del amor llamado Gianmarco. Apagué mi alarma interior y lo besé.

Nada más parecía importar en este momento, pero lo había; solo que no lo supe distinguir.

Mis manos se deslizaron por su pecho, jugueteando con las pequeñas arrugas de su camisa. Mis dedos hacían círculos por su torso y sus hombros. O simplemente, colocaba mi palma abierta contra su pecho. Gianmarco me observaba calmado, sus ojos claros parecían brillar húmedos ante la poca luz que nos alumbraba, su rostro — para mí — perfecto, me hacía desear besarlo milímetro a milímetro.  Mantenía los labios ligeramente separados, como retándome a mantener el control. El color encendido se lo debía al exceso de alcohol en su sangre.

Me acerqué a su rostro hasta que comencé a respirar sus exhalaciones. Mis dedos, ahora alrededor de su quijada, acarician su barba minuciosamente perfilada. Me encantaba, lo hacía lucir muy sexy.

Me lo estaba dejando todo a mí, y esa era una buena señal. Significaba — entre otras cosas — que estaba guardando fuerzas para cuando su participación fuera realmente necesaria. Terminé con la poca distancia entre nosotros y presioné suavemente contra sus labios. Casi al instante, Gianmarco cerró los ojos.

Me enloquecía con su fingida pasividad, no importaba cuando se esforzaba por disimularlo, el calor de su cuerpo lo delataba. Eso y la forma en la que sus manos recorrían mis hombros y espalda, en caricias intermitentes que terminaban en mis nalgas. Me dejé llevar, mientras me embriaga con el wiski de sus besos y la maestría de su lengua. Era curioso como algo tan simple, como lo es un beso, podía excitarme tanto.

Hacerme sentir débil y necesitado de él.

Estaba tocándome lento, pero sin recato y, sobre todo, sin preguntarme si me gustaba. Y sí, me encantaba, pero el que me acariciara como si yo totalmente le perteneciera, me hacía desearlo fervientemente. Casi sin pretenderlo, los botones de su camisa se enredaron con mis dedos y sin darme cuenta comencé a desabrocharlos.

Sus manos me liberaron dejándose hacer. Los dos estábamos calmados, livianos como hojas al viento que nos dejábamos llevar por la ternura que inexplicablemente nos había invadido.

— Te amo… — Repitió con la voz cargada, sus labios me habían soltado para permitirme quitarle la camisa. Lo dejé batallar con las mangas, mientras me escurría por entre sus piernas. Desabroché el cinturón, bajé el zipper y metí la mano para sacar lo que me interesaba. Gianmarco se quejó bajito por la brusquedad del movimiento. Pero al mismo tiempo se estiró para acércame un cojín, lo acomodó de manera que no tuviera que arrodillarme en el piso y con una mirada coqueta, me dio a entender que podía continuar.

Su erección ya era notable.  Todo en él era notable. Y aunque intentaba no ser obvio, me traía vuelto loco. Sentía un amor que me superaba, lo que sentía por él, me mantenía en vela algunas noches, sobre todo, aquellas que no la pasábamos juntos. Mi cuerpo lo buscaba necesitado de su calor, de su olor y su intensidad. Y mi corazón se sentía alborozado por lo cuidadoso que era conmigo, por sus tiernos cariños y sus palabras blandas.

En los momentos que estábamos juntos, se la vivía halagándome o desnudándome con la mirada y ambas partes me complacían. Cada una de nuestras entregas eran dignas de conmemorar. Ahora mismo, y de solo pensar en lo que estaba por suceder, hacía que mis ansias afloraran y mi sexo reclamara la falta de atención.

Pero me obligué a seguir el ritmo lento que él había marcado desde el principio.

Mientras mi lengua lo acariciaba, él sostenía mi mano libre con nuestros dedos entrelazados. Me miraba mientras lo humedecía y pese a mi usual descaro, me daba cierta vergüenza que me mirara tan atentamente. Su torso desnudo me tentaba a recorrerlo a besos y una que otra mordida, pero estaba a gusto en donde me encontraba. Me gustaba su sabor y los ruiditos bajos que comenzaban a escapar de sus labios.

Desabroché el botón del pantalón y él se las arregló para bajárselo sin soltarme. Dándome el tiempo justo para prepararme antes de finalmente llevar mi boca a su hombría. La enfundé, haciendo vacíos con las mejillas, presionando con firmeza y suavidad al mismo tiempo. Mi lengua lo recibía húmeda y cálida.  Sintiéndolo crecer tras cada nueva chupada.

Pude hacerlo un par de veces más, antes de que tirara suavemente de mi mano hasta ayudarme a ponerme de pie. Me desnudo con verdadera rapidez, para después, volver a sentarse en el sillón y con gentileza me colocó sobre él.

Sus labios me buscaron necesitados y como un gatito ante el amo tierno que lo alimenta, comencé a restregarme contra él. Ronroneé como el caprichoso y consentido que soy, cuando lo sentí buscar un espacio demasiado privado entre mis nalgas.

Pero Gianmarco me reprendió mordiéndome los labios. Sentí la punta de su dedo hacer círculos alrededor de mi entrada y después presionar suavemente. Lo retuve. Apreté fuerte para no dejarlo pasar. Agradecía su gentileza, pero no era necesario. Con él había aprendido que aun el dolor que me provoca, suele ser delicioso, me volví un poco masoquista desde entonces.

— ¿Estás seguro? — Preguntó no muy convencido.

No respondí con palabras, pero me alcé un poco y tomando su hombría lo dirigí a mi entrada. Era incómodo y doloroso al principio, desde la primera vez, hasta este momento, eso no había cambiado. Pero Gianmarco me premió besándome de esa manera que solo él sabe hacerlo y que me deja mareado y jadeando. Me acunó entre sus brazos cuando me dejé caer sobre sus muslos, permitiendo una entrada limpia y profunda.

Continuó besándome, una de sus manos me masturbaba y la otra me hacía cariñitos en la espalda, intentando distraerme del dolor que tensaba mi cuerpo. Pero fue solo cuestión de acostumbrarme para que comenzara a moverme.

Gianmarco me mantenía abrazado, las embestidas eran lentas y nos besábamos como si ya no hubiera un mañana. El calor de nuestros cuerpos nos hacía sudar, sin importar el frío que afuera hacía, porque en nuestro interior, todo ardía.

TAYLOR

ÁCIDO ACELTILSALICÍLICO

No me hagas sentir que necesito una excusa para venir a verte.

— Llegas tarde… — Reprochó en cuanto me senté a su lado.

— ¿Qué? ¡No! — Reparé, mientras buscaba la hora en la pantalla de mi celular. — Te dije a las nueve cuarenta y cinco.

— Son las nueve cuarenta y siete… — Rebatió él, mientras señalaba mi pantalla. — Escucha bien Fosket, no soy alguien a quien debas dejar esperando ¿Entendido?

— No exageres, solo fueron dos minutos. — Mi argumento no le gusto, pero algo más lo distrajo y terminó recorriéndome lentamente con la mirada.

— ¿Dónde está lo que vamos a comer?

— Te invité al cine, no a comer. — James se cruzó de brazos y por su expresión me dio a entender que estaba dispuesto a iniciar una pataleta en este preciso momento. — ¡Ya! ¡Está bien! — Agregué mientras dejaba mi abrigo sobre el descansa brazos del asiento y me ponía de pie. — ¿Qué se te antoja?

— ¿En serio quieres saber lo que se me antoja? — Preguntó insinuante, su mirada lasciva me hizo reír de pura vergüenza.

A mis años y con todo lo que he vivido. Pero aquí estaba, dejándome tomar el pelo por alguien cinco años menor que yo. Peor aún, alguien que a todas luces se notaba que lo hacía apropósito.

— De comer… — Aclaré.

— ¡Ah, eso…! Pues, no sé. — Dijo — Cualquier cosa estaría bien.

La sala aún mantenía las luces encendidas cuando regrese con nuestros aperitivos, la película que veríamos empezaba a las diez. Fue difícil subir todos esos escalones con la charola a rebosar de comida, pues nuestros asientos estaban en la primera fila de arriba hacia abajo, en la esquina superior izquierda. Los había elegido en ese sitio, casi a propósito.

Lo reconozco, mis intenciones no eran buenas.

Cuando llegué a nuestros asientos, James me ayudó a sostener la charola. Pese a que se estaba comportando como todo un caprichoso, se veía diferente. Supongo que aún se sentía mal, y pese a que me daba gusto que haya venido. No estaba seguro de querer que se esforzara tanto.

— ¿Qué tanto me ves? — Preguntó, mientras comía.

— ¿Te sientes mal?

— No…

— ¿Seguro?

— Sí.

— Porque si te sientes mal, podemos irnos. — Aseguré.

— Estoy bien, Taylor.

— ¡De acuerdo! Pero si llegas a sentirte mal…

— Deja de hablar y come… — Me regaño.

— ¡No puedo! — Confesé —  Comí mucho.

— ¿Con quién…? — Preguntó de inmediato.

— ¿Con quién qué?

— ¿Con quién fuiste a comer? — Preguntó impaciente.

— Con Ari, su abuela nos invitó a cenar. Vieras, la señora cocina como los dioses, todo lo que prepara es delicioso, tanto que no pude evitar servirme varias veces.

— También cocino muy bien y sé hacer muchas otras cosas. — Aclaró con seriedad — Recuerda eso la próxima que halagues a alguien en mi delante.

La luz se apagó en ese momento, y la pantalla que teníamos de frente, se iluminó. Sus palabras me descolocaron, sobre todo por la excesiva seriedad con las que las pronuncio. Pero a ciencia cierta, no sabía si lo había dicho enserio. Porque si no lo conociera, quizá podría pensar que le había molestado el que hablara con tanto entusiasmo de otra persona.

Me quedé pensando en eso hasta que comenzó la película. Fue entonces, cuando sentí a James levantar el descansabrazo que separa nuestros asientos y se acercó mí. Tanto que su cabeza se acomodó contra mi hombro y mi brazo quedó envuelto con el suyo.

No había gente cerca de nosotros, pero por alguna razón me puse nervioso.

— ¿Por qué estás tan tenso? No planeo hacerte nada, Taylor. — Se burló. — Al menos, no por las siguientes dos horas.

— No estoy tenso…

— ¡Aja!

— ¡No lo estoy!

— Cállate y mejor abrázame… ¡Tengo frío!

— ¡No! — Me negué, aunque curiosamente, me moría por abrazarlo. No era la primera vez que me lo pedía, pero si la primera en la que solo estábamos nosotros dos.

— ¿Prefieres que se lo pida a alguien más? Porque no dudes que puedo hacerlo.

Lo sabía, estaba consciente que él podía y que esa otra persona, quizá aceptaría. Pero me lo había pedido a mí antes de a cualquier otra persona. Por eso, ni bien había terminado de hablar y ya lo había rodeado con mis brazos, apretándolo contra mi cuerpo.

Él ya no dijo nada y lo agradecí, porque no tenía forma de explicarle lo que estaba haciendo. Nos estábamos arriesgando mucho, personalmente, sabía que no debía cultivar ni la más mínima esperanza. Hemos salido varias veces, nos vemos todos los días desde hace quince días. Aunque esta es la primera vez en la que Ariel no está presente.

Cuando Ari se iba, James y yo nos quedamos un rato más. Pero no hacíamos nada en particular, salvo pelearnos. Esta era también, la primera vez que acordábamos — pese a Deviant — salir. No era una cita, aunque él había usado el termino cuando según él: yo lo estaba chantajeando con las fotos de nuestra salida, para que aceptara venir.

Aun cuando jamás lo chantajeé. Simplemente lo ayudé a decir “sí” más rápido. Quizá presioné un poco diciéndole que, si no aceptaba, le haría llegar ciertas fotos a su hermano. Unas algo comprometedoras que Ari nos había sacado, quien sabe en qué momento. Pero nada más.

— Taylor… — Susurró.

— ¿Qué sucede?

— Sí me duermo… no me vayas a dejar aquí.

— ¿No te gusta la película?

— Solo no me dejes… — Repitió, mientras escondía el rostro en el cuello de mi camisa.

No pasó a más. Despertó por su cuenta pocos minutos antes de que la película terminara. Sin embargo, permaneció en la misma postura mientras sus dedos jugaban con los míos; entrelazándose o simplemente acariciándonos.  Continuamos así hasta que la luz en la sala volvió a encenderse. Mientras recogíamos nuestras cosas, y aun cuando recorrimos el pasillo para salir, permaneció a mi lado con su brazo alrededor del mío. Estaba inusualmente callado, pero se veía animado.

Cuando finalmente salimos de la plaza con rumbo al estacionamiento, un grupo de tres jóvenes se nos adelantó. Uno de ellos chocó contra mí, al principio creí que había sido un accidente, pero por la forma en la que me sonrió cuando se volteó y el beso volado que envió, comprendí que había sido a propósito. James se enojó por lo sucedido, pero cuando quiso enfrentarlos huyeron de él.

— ¡No les hagas caso! — Le dije para calmarlo, pero se lo tomó a mal.

— No coquetees con la gente cuando estés conmigo.

— No estoy…

— Nadie te manda besos volados solo porque sí.

— Pues mándamelos tú, si no quieres que alguien más lo haga. — Solté molesto, mientras me adelantaba. No me agradaba que quisiera regañarme por cada cosa que sucedía a nuestro alrededor.

Bajé los escalones de dos en dos, James me seguía de cerca, hasta que, en la parte plana del estacionamiento, me dio alcancé. La poca gente que había a esas horas, se esparcía buscando sus autos. Así que nadie se dio cuenta cuando me abrazó.

— ¡Lo lamento! — Dijo, mientras me sujetaba de la mano entrelazando nuestros dedos.

Me detuve, no estaba seguro de que me gustaran estos juegos. Una cosa era que coqueteáramos inocentemente y otra muy distinta que él pretendiera confundirme. Pero cuando quise soltarme, no me lo permitió. — No te enojes. — Pidió y su mano quitó de la mía la llave e hizo sonar la alarma. Las luces de mi camioneta parpadearon seguidos del ruido del seguro al quitarse, mismo que terminó delatando su ubicación. James me arrastró hacía ella y en cuanto llegamos, abrió la puerta para mí.

— ¡Gracias! — Me limité a decir. Él me ofreció la llave de vuelta y la tomé sin más. — Bueno, pues creo que me voy.

— Ve directo a casa. — Dijo y pese al tono de sugerencia, bien sabía que aquello había sido una orden.

— ¡Lo haré!

— ¡Gracias por lo de hoy! — Me detuvo. — Aunque quizá no lo parezca, me la pase muy bien. Sin embargo, quiero que borres esas fotos en este momento.

— Estoy en ellas, por supuesto que no iba a enviárselas a tu hermano. — Me defendí. — Las quiero conservar, pero te prometo que ya no volveré a pedirte nada valiéndome de ellas.

— ¿Cómo sé que cumplirás?

— Lo he prometido, tienes mi palabra de hombre. — Aseguré.

James pareció sopesarlo y después de unos segundos asintió.

— Ve a casa… — Repitió.

Nos despedimos justo después. Él esperó a que saliera por completo del estacionamiento para ir por su auto. Lo sé, porque pude verlo por el retrovisor. Y tal y como prometí. Manejé directo a mi departamento.

Estaba inusualmente feliz y tenía una sonrisa boba en mi rostro. Me sentía lleno de energía y extrañamente, aunque ya era tarde, no tenía sueño. Desde que llegué a casa, me la había pasado dando vueltas de un lado para otro, limpiando o simplemente caminando. Tenía muchas ganas de reír a carcajadas, pero no había motivo aparente y me daba vergüenza hacerlo, aunque estuviera solo. Estaba en esto, cuando mi celular sonó.

Cuando en la pantalla el nombre de James apareció, sentí que mi corazón se aceleraba. Me preocupé porque quizá algo malo le había sucedido.

— ¿Estás bien? — Pregunté de inmediato.

— Me duele la cabeza. — Respondió. — ¿Tienes una pastilla para el dolor de cabeza?

— Solo ácido acetilsalicílico.

— ¿Es buena?

— Pues es efectiva.

— ¿Me das una?

— Para que tengas que conducir hasta aquí, puedes conseguirla en cualquier farmacia.  — Sugerí.

— ¿Estás en tu departamento?

— Sí, aquí estoy… solo lo digo porque tu departamento está lejos del mío.

— En realidad, estoy subiendo a tu piso. — Confesó y no supe que decir, el silencio se volvió denso, hasta que se vio forzado a excusarse. — Es que me duele mucho la cabeza.

— ¡Claro! Sí, iré a abrir la puerta.

Y pese a lo dicho, corrí al baño a buscar la pastilla, pasé rápido a la cocina por un vaso con agua y solo entonces, fui a abrir. Él ya estaba ahí cuando retiré el ultimo seguro.

Le ofrecí el agua y la pastilla en cuanto lo tuve frente a mí.

— ¿Te importa si me la tomo adentro?

— ¡Ah, no! Pasa… ¡disculpa!

Me hice a un lado para dejarlo entrar, y claramente vi cómo, aunque bebió el agua, no se tomó la pastilla. Había venido hasta aquí solo por eso.

— ¿No vas a tomártela?

— No me hagas sentir que necesito una excusa para venir a verte. — Respondió.

DAMIAN

LOS ERRORES CUESTAN CARO

Méseme en tus brazos como cuando caen las hojas en octubre.

Dime a que saben las lágrimas.

Explícame lo que me niego a reconocer; cuéntame porque ahora debo entrar a hurtadillas hasta tu habitación. Y solo después de que el humo de las hojas que he traído para que no despiertes se consuma. ¿Te enojarías al saber todo lo que tengo que hacer con tal de conseguir un par de horas contigo? ¿Enfurecerías si confieso que he venido cada noche? ¿Qué duermo a tu lado, abrazándote? ¿Qué te he escuchado llorar…? ¿Qué vengo a secar tus lágrimas cuando el cansancio te vence? ¿Qué estoy convenido de tu amor, porque aun en tu inconciencia me lloras, me abrazas y lo repites hasta el cansancio?

— Lo siento tanto cachorrito. — Confieso mientras me acercó al pie de tu cama.

He dicho esto hasta al cansancio, te busco entre los edredones y apartando las almohadas. No me sorprende encontrarte enterrado hasta el fondo, hecho bolita y resguardando entre tus brazos al oso de peluche que te regalé. Nuestra fotografía descansa a tu lado, un poco arrugada por el uso continuó que últimamente le has dado.

Nos queda más que eso, entre nosotros hay más que fotografías y recuerdos de momentos en los que nos sentimos dichosos. Te quiero y me quieres, eres orgulloso y yo un imbécil. Me haces enojar y sé que yo te desespero. Que hay ocasiones en las que no me soportas, que no estás de acuerdo con lo que hago y digo, pero, aunque me lo haces saber finjo ignorarte solo para verte hervir de coraje. Porque me gusta pelear contigo, que me discutas todo y me contradigas.

Pero me gusta más verte reír, me gusta perderme en tu mirada y morir un poco en tus labios. Me gusta cada aspecto de tu persona y de lo que me haces sentir. Aunque me la pase negándolo y diciendo que a mí nadie me da órdenes, me gusta que puedas controlarme con una simple mirada. Que tus “si”, sean “sí”, y esforzarme por hacer que tus “no” se vuelvan “sí”. Aunque la mayor parte del tiempo no lo consiga.

El pensamiento me hace sonreír, eres terco. Defines a la perfección lo que significa ser obstinado. Me siento al borde de la cama, mientras sacó de la bolsa de mi cazadora el frasco pequeño que la mujer preparó para ti aquella vez que tuvimos el incidente en el bosque. Nos queda poco, le he pedido un poco más, pero ella se niega a aparecer. No te preocupes, encontraré la manera de seguir viniendo hasta que aceptes hablar conmigo.

Destapo el frasco y con la yema de mi pulgar te unto un poco en la frente. Huele bien, no tanto como tú, pero me gusta. Te hará sentir mejor y me dará tiempo de revisar tu tobillo.

— James me lo ha contado… — Comento en voz baja. — Creo saber porque nos hemos sentido mal los tres, necesito a la mujer para solucionarlo, pero estaremos bien. — Rodeo la cama y sosteniéndote entre mis brazos, te saco de entre todas esas sabanas. Hoy duermes muy abrigado, peino tus cabellos con suavidad, distraído en la palidez de tu rostro. Me preocupa, tu olor delata la debilidad de tu cuerpo, pero hay algo más. Un aroma similar al tuyo, pero que, aunque proviene de ti, no te pertenece. — ¿Qué sucede? — Preguntó mientras acaricio tus mejillas — Tú no eres así, necesito que me digas que es lo que está pasando. — Te veo apretar los ojos contrayendo tus pestañas largas y frunces el ceño. — ¿Estas soñando? Aun en sueños te gusta pelear. — Sonrió y admiro como tus gestos se suavizan, suspiras y tus labios tiemblan ligeramente. Me resultas tan adorable que no puede evitarlo y cuando soy consciente de mí, ya te estoy besando.

Mis labios te acarician suavemente, apenas rozando los tuyos. Beso tus comisuras y tus mejillas de niño. — Me haces tanta falta. — Confieso llenó de una melancolía que me sobrepasa. — Me siento perdido si no estás conmigo para regañarme.

Me olvido por un momento de lo lamentable que debo verme y escondo el rostro en tu cuello. Inhalo tu olor, quiero llenarme de ti, oler a ti. Cuidando de no aplastarte me recuesto a tu lado y me abrazo a ti, me refugió en tu pecho acunándome, me siento tan solo, perdido en un lugar que conozco a la perfección.  Sibiu ya no es lo mismo sin ti, el bosque mismo parece más pequeño. — ¡Te extraño! ¡Te extraño mucho! — No me sueltes, tu pusiste el collar en mi cuello, y aseguraste la cadena. Me hiciste caminar a tu paso, y tiraste de ella cada que deseabas que me detuviera. No puedo continuar ahora, ya no quiero mi libertad. No sé qué hacer con ella.

Con todos mis sentidos puestos en ti, no me percaté de que el aceite del frasco se derramó sobre la mesita de noche, en la que lo había dejado olvidado. Y se me olvidó que las hojas se habían consumido por completo. Tu olor se sobreponía a cualquier otro y no me percaté de que yo mismo estaba cediendo a los efectos del somnífero. El cansancio me venció a tal punto que tampoco noté que amanecía. Desperté sobresaltado cuando Susan llamó a la puerta. Ariel se removió entre mis brazos y por soltarlo para que no viera, terminé en el piso.

— ¿Ari…? — Insistió Susan. — Estas visible, voy a entrar.

Antes de que ella terminara de hablar, yo ya estaba fuera de la habitación, con un frasco vacío en las manos y lamentándome por haber desperdiciado lo último que me quedaba. Bajé las escaleras cuidando de no hacer ruido, estaba mareado, un poco adormilado aún.

— ¿Dormiste bien? — Preguntó David, detrás de mí.

— ¡Señor! — Alcancé a decir mientras contenía el aliento y me giraba, completamente sorprendido. No podía creer que no lo hubiera sentido.

— El señor esta en los cielos, jovencito. — Rectifico con seriedad — Yo solo soy el abuelo del chico al que últimamente has estado ignorando.

— No lo estoy ignorando. — Rebatí. No estaba en mí, solo dije lo primero que pensé. — Es decir…

— ¿Ariel sabe que vienes?

— No, señor. — Asintió. No importaba el que supiera que David era ciego, sus ojos me penetraban como espadas, y decir que estaba enojado conmigo era poco.

— ¿Por qué siento que si te pido que me entregues la llave con la que has entrado quien sabe desde cuándo, me la darás sin más porque muy seguramente tienes muchas copias guardadas? ¿Las tienes?

— Sí, señor. — Confesé.

— Te quedas a desayunar. — Agregó.

— Lo siento, pero…

— No es una invitación Damian. — Corrigió. — Te quedas a desayunar y después tu y yo vamos a tener una conversación muy seria… ¿Entendido? — Estuve tentado a echarme a correr, pero no era capaz. Los abuelos de Ariel me inspiraban un respeto que no sería capaz de faltar.

— S-sí, señor.

Con un gesto de mano, me obligó a entrar a la casa. Venía detrás de mí y lo escuché cerrar la puerta con seguro. Sentí que estaba en problemas y que de esta no iba a lograr salir entero.

 

4 comentarios en “Capítulo 43: Los errores no cicatrizan

  1. escribi un comentario largo hace rato, pero como mi internet es increiblemente bueno (notese el sarcasmo) cuando le di publicar se cayo y perdi todo, en fin, resumiendo lo que habia comentado antes, me encanto todo, a pesar de que estuve al borde de la locura en varios momentos. Pobre Ariel, me da dolor todo lo que le hicieron, y ese romani me preocupa, a Gianmarco mas le vale que no se resbale a estas alturas y el descaro de James fue lo mejor de todo, estuve a punto de gritar cuando llego a casa de Taylor, tambien la actitud de Susan hacia su hermano (el de Taylor) me dio demasiada risa #teamDamian! y cuando David le pregunto a Dam si durmio bien, te juro que me iba a dar algo en ese momento, lo cortaste en la mejor parte. Ya para finalizar (y sin que me quede nada por dentro) me has vuelto una tsundere, porque el amor que siento por ti es directamente proporcional al odio que tengo a tu forma de dejarme en suspenso, un dia de estos vas a matarme! anoche solo pude leer un cuarto de capitulo antes de que el sueño me ganara, y hoy hice mi tarea lo mas rapido posible para seguir leyendo todo, practicamente pase toda la noche de ayer y la tarde de hoy(con parte de la noche) leyendo, en verdad vas a matarme, te odio~ (con cariñito :3) no puedo esperar al siguiente capitulo.
    PD: me preocupa cada vez mas cuando les dan esos ataques a los tres :c

    • JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA muero de risa… me odias con cariñito jajajaja. Bien, no más ataques. James ya no esta atado a Damian, se quedó con zigany y él es más relax y buena onda. Ariel esta a nada de encontrar a su totem animal (escribo ahora mismo sobre eso) así que Adios vinculo con Damian.
      David y Susan han aceptado completamente a Damian, lo quieren y confían en el… sobre todo Susan, ella podrá recibir a todos los amigos de Ari, pero que nadie le toque el lugar de Damian.
      James esta indeciso ( hasta el capitulo 47 que subiré el lunes, en ese ya no tienen ninguna duda jaja) sin embargo, lo de ellos no esta tan fácil!!
      Hice sufrir mucho a Ari?? Bueno, seguiré a siéndolo. Damian tiene mucho pasado y ahora hay alguien con quien hacérselo pagar. Sufrirá pero Damian luchara por él.
      De Gianmarco mejor no hablemos, lo sé es terrible.

      Vienen cosas buenas, lo prometo!!

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