Capítulo 3 – sado-boy

Entrada No. 13 – Diario de Martín.

 

Si echo hacia atrás las páginas de este diario, todo parece indicar que me he limitado a hacer referencia a las partes de mi existencia que hacen alusión a mi vida sexual. Tal como si yo no tuviese nada más para contar; como si no tuviera días normales y aburridos como todos los demás. Como si yo sólo me preocupara de a quién me quise o me quiero coger o en su defecto quién me tiene ganas a mí. Como si no me preocuparan cosas tan banales, cotidianas y acordes con mi edad como las calificaciones, los regaños, los amigos, la familia… Últimamente la cuestión familiar me importa mucho, más que nada porque es un tema confuso que ha comenzado a convertirse en algo molesto.

Ignoro si esto es algo que he hecho a propósito o si quizá inconscientemente he conducido esta crónica al tema sexual porque sienta que no hay nada más que destacar en mí. No soy alguien especialmente inteligente, o sentimental, o particularmente profundo, y aunque de un tiempo a la fecha el sentimentalismo parece haber ido ganando terreno dentro de mí, y esto es algo de lo que no me siento orgulloso porque lo considero como un rasgo que denota debilidad, resulta que lo que si soy con certeza es alguien tremendamente sexual.

 Si alguien nace dotado con una bonita voz, toma clases de canto hasta explotar todo su potencial y lo más seguro es que se la vivirá el día entero canturriando por todos los rincones cual canario; mostrándole a todo el que esté presto a escuchar cuan melodiosa es la voz con la que la suerte o la buena genética lo dotó. Igual pasa con cualquier talento con el que se haya venido a este mundo. Mi talento evidentemente es la conquista. Para ser más puntual lo mío es «el catre» así que ya podrás imaginarte que lo que yo me la vivo haciendo en los rincones oscuros no es precisamente cantar.

Quizá vaya a ganarme el infierno o un  buen jalón de orejas celestial por lo que estoy a punto de escribir: incluso la Biblia apoya mi proceder. La Parábola de los Talentos registrada en el capítulo número veinticinco del libro de Mateo, a través de una de sus historias con moraleja incluida dice muy claramente que no debemos enterrar o esconder nuestras virtudes y talentos, sino explotarlos e incrementarlos. No quiero que al final de los tiempos, si es que hay un cielo, un infierno y existe realmente Dios, se me juzgue y condene por no haber explotado mi talento y no haberme follado, como Dios manda, a todo aquel a quien mi conciencia religiosa y mis ganas me dictaron. Después de todo, ¿Quién soy yo para ir en contra de una ley divina?

No todo el mundo me produce ganas incontrolables de follar, así que en definitiva aquellos que despiertan mi libido merecen una oportunidad.

La sexualidad definitivamente es una faceta importante para mí. Es durante el sexo cuando soy más sincero y cuando mejor me expreso. Así que supongo que sólo estoy aferrándome a mis cartas y mostrándote la mano que me tocó en el juego de póker de la vida… Aunque también cabe la posibilidad de que yo sólo esté tremendamente hormonado porque, ya sabes, ahora mismo tengo diecisiete años.

Sin embargo, como es obvio, no siempre fui este dechado de virtudes pornográficas. En el pasado tuve malos encuentros, hice algunas malas elecciones que me dejaron malas experiencias y un mal sabor de boca (¡Jah!). Al principio fui torpe y tímido como cualquier otro —pero quién quiere hablar o escuchar acerca de eso— porque nadie se inicia en este tema teniendo sexo genial de la nada, a menos que estés en The Matrix y en lugar de Kung Fu te bajen directamente al cerebro el programa del Kamasutra y sus aplicaciones prácticas. La cuestión conmigo es que no he tenido demasiados periodos de… Llamémoslo «pausas». He sido tan dedicado y constante como si me hubiese propuesto aprender a tocar el violín.

En los brazos de unos cuantos compañeros de cama rápidamente entendí algo fundamental con respecto al sexo en relación a las personas: ningún amante se parece a otro. Ninguna persona tiene las mismas necesidades que otra. No hay un mapa o un manual, y aunque técnicamente el acto fisiológico de tener sexo cuenta con un proceso específico que pasa por la excitación, penetración, coĭtus, orgasmo —¡eso si tienes suerte!—, todas las personas somos completamente capaces de reaccionar a esto, cada persona es un mundo, por ende su sexualidad y sus fantasías son tan únicas como cada quien. No es que haya yo descubierto el agua tibia ni nada parecido, es algo muy lógico después de todo, pero de verdad considero que fue un logro haber llegado a esta conclusión cuando aún no había siquiera completado los catorce.

 No importa cuántos se conformen o sean tan básicos que se limiten al «mete-saca», o cuántos hayan convertido al sexo en algo rutinario en su desenfrenada carrera por correrse, doy fe de que la sensualidad cuenta con un montón de recursos para hacerlo todo mucho más interesante e intenso. Muchos caen en la monotonía —que quizá sea algo que no encuentren malo, sino cómodo—, pero muchos otros son todos unos maestros a la hora de crearse el ambiente que alimente sus fantasías.

El conocimiento más grande que atesoro con respecto a esto es que jamás termino de aprender. Siempre aparece alguien capaz de sorprenderme con una nueva fijación, fetiche, fantasía, manías e incluso ejecución. Aunque sea algo muy mínimo y en apariencia intrascendente, siempre hay un toque distintivo en cada quien.

No sé con exactitud qué idea puedas haberte hecho de mí hasta el momento. Hasta ahora me has visto mencionar el chantaje, las libertades, hablar de no parar hasta  conseguir lo que quiero y siempre salirme con la mía… Las cosas definitivamente no siempre me salen así, ¿sabes? No siempre ganar es ganar y hoy, por circunstancias que aún no estoy preparado para exteriorizar ni siquiera escribiéndolas, lo tengo más presente que nunca.

Tal vez has llegado a preguntarte dónde está mi bisexualidad si casi siempre estoy hablando acerca de tener sexo con hombres y a veces yo también me lo pregunto. Me pregunto por qué los hombres que me gustan son mayores, mientras nunca he tenido sexo con ninguna chica que sobrepase los veinte. A pesar de que no me molesta, e incluso me enloquezca un poco, que un hombre en cuya barba empiecen a despuntar las primeras canas me toque y me haga suyo, no me llama ni siquiera mínimamente la atención el irme a la cama con una mujer en edad de, por ejemplo, empezar a pensar en el botox o siquiera con edad para ser mi hermana mayor. Creo que tiene algo que ver con el hecho de que las mujeres son mandonas por naturaleza y mayores deben serlo aún más.

El que me gusten los hombres es lo que complica mi vida. Porque lo cierto es que si sólo me acostara con mujeres, en estos momentos todo estaría siendo mucho más fácil para mí. Así mis piernas jamás se habrían enredado alrededor de la cintura de quien menos debían hacerlo.

En fin, si es hablando acerca de sexo que tú y yo nos entendemos a través del tiempo, si son estas anécdotas las que siento que puedo legarte como una muestra de que veinte años atrás de que desentierres este diario no éramos unos santurrones inocentes y  virginales —que es lo que a esta edad se suele pensar de los mayores— que así continúe siendo, entonces. No voy a cambiar la dinámica a estas alturas, cuando ya he dicho demasiado sin considerarlo como un problema.  

Como el hecho de que me gustan los hombres maduros ya no es ningún secreto entre tú y yo… Quien quiera que seas, no creo que haga falta explicarme muy a fondo, porque supongo que ya habrás analizado la situación y habrás  llegado a tus propias conclusiones, pero sólo por si ese no es el caso y quizá te estés preguntando dónde se mete alguien como yo para terminar encamándose con hombres considerablemente mayores, sin levantar demasiadas sospechas o llamar la atención de manera indebida sobre ellos o sobre mí, la respuesta en realidad es bastante fácil. No me meto en ningún lado, no voy a los clubes a ligar «maduritos» y tampoco los busco en internet; yo me limito a —aunque suene redundante— ser el hijo de mi madre.

Alrededor de ella hay gente culta, interesante, guapa, con la mente y la sexualidad abierta. Muchos de ellos son artistas y sin querer estereotipar la mayoría de ellos buscan desesperadamente salirse de los estándares. Algunos sólo fueron hechos con un molde diferente al del común, otros se fuerzan a ello pero no por esto son menos interesantes. En el mundo de mi madre hay hombres con gustos de todos los tipos, con belleza de todos los tipos, con la edad adecuada para entrar en mi rango y mucha información didáctica que compartir.

Aunque he llegado a dar con verdaderos tesoros que fueron valiosos, importantes y llegaron a hacer aflorar bastante de mis sentimientos, hasta el punto de haberme hecho contemplar el atesorarlas, las chicas de veinte o menos… No quiero sonar como un cretino machista, pero no es un misterio dar con ellas, y la verdad es que aunque son un poco más complicadas y requieren desesperadamente que se les endulce el oído y se les alague, no es tan difícil llevárselas a la cama. Intenta lo mismo con un tipo —siendo tú también un tipo— que no encuentres en un bar gay, sino saliendo de una sala de reuniones donde acaba de entrevistarse con tu mismísima madre y ya me dirás lo que es la adrenalina.

No voy a decir que nunca he conocido a hombres de una edad cercana a la mía que no llamaran mi atención o se vieran bastante prometedores para un encuentro en la cama, porque estaría mintiendo, claro que los ha habido. Pero de este reducido grupo, aquellos que hubiesen podido resultar teniendo gustos similares a los míos cuentan con varios grandes inconvenientes que pueden ir desde que aún no hayan tenido las pelotas para asumirse y salir del closet y se encuentren aún en la etapa de negación, o están pasando por el periodo de confusión y lloriqueo que les provoca a muchos el darse cuenta de que en sus sueños húmedos hay pitos y no vaginas, o están confundidos y te culpen de todo a ti, o sólo son por completo heterosexuales. Me gustan los hombres de verdad, los que saben lo que quieren y lo que quiero. Aquellos que —cositas tiernas— creen estarme pervirtiendo… A mí (¡¡jajaja!!)

Ellos llenan mis expectativas y yo cumplo sus  fantasías de perversión.

No todas las personas con las que he tenido sexo han salido del círculo de conocidos de mi madre, por supuesto, tampoco es que me obsesionen sus empleados, proveedores  y clientes, pero las más relevantes y significativas sí que lo han hecho. Si te gustan desmedidamente los dulces y resulta que tu madre es propietaria de una confitería, ya me dirás si no meterías la mano en el tarro de los caramelos de vez en cuando. No son un número excesivo de hombres, aún puedo contarlos con una mano —y quizá un par de dedos de la otra— tampoco soy un completo casquivano y me gusta pensar en mí mismo como en alguien meticuloso con mis elecciones. Parte del encanto radica en también saber decir No.

 Tengo una sexualidad ávida, pero no es cuestión de regalarse como en una feria.

Nadie nace aprendido, no me las sé todas y mis ansias no se limitan a sólo sexo sin más; en todo hay un proceso de aprendizaje y por eso jamás me he cerrado a quien quiera compartir verdadera sabiduría conmigo… O esté dispuesto a inmiscuirme en sus juegos.

La primera vez que vi a Juan Camilo, fue en la sala de nuestra casa. Ocupando el segundo plano, quizá el tercero, de una escena en la que el personaje principal era mi madre y el resto de la atención era eclipsada por el parloteo incesante de una periodista evidentemente nerviosa y con demasiadas ganas de hacer un buen trabajo al demostrar su valía. Cuando la escuché hablar incluso llegué a pensar que era posible que aquella fuese su primera entrevista, porque desbordaba mucho entusiasmo. Quizá demasiado.

En cuanto se percató de mi presencia, Mimí me llamó a su lado. Ella siempre ha parecido muy orgullosa de ser mi madre y no pierde oportunidad para exhibirme y alardear de mí; estoy habituado a ello y aunque no es algo que yo busque deliberadamente, tampoco es algo que me moleste. Además, en cuanto yo aparezco en escena la imagen de mi madre sube diez puntos. Luchadora, emprendedora, innovadora, exitosa y además una buena madre… Una buena madre soltera, que para algunos se escucha aún mejor. Una mujer con más agallas y más visión que muchos.

No le había dedicado demasiada de mi atención al hombre que pululaba a nuestro alrededor pues yo estaba demasiado entretenido, casi al borde de la risa, con los comentarios de la mujer que sostenía una pequeña grabadora cerca del rostro de Mimí, y que en su afán de agradar a mi madre comenzaban a rayar en un feminismo desbordado, hasta que escuché el constante y claro sonido de la obturación de una cámara fotográfica y vi al sujeto cuadrando la lente para enfocarnos, con movimientos que sólo un profesional ejecutaría. Por lo menos se veía profesional para mí, cuyo conocimiento del mundo fotográfico se limita a sacar fotos con el teléfono celular.

Eran de una revista muy pequeña. El personal constaba de pocos miembros y la circulación ni siquiera era nacional. Se dedicaban a cubrir el ámbito gráfico, con leves menciones de sus repercusiones en el mundo financiero y habían estado persiguiendo a mi madre desde hacía por lo menos dos meses atrás, interesados en hablar con ella acerca de la campaña en la que había insistido en utilizar ideas aportadas únicamente por estudiantes. Mimí habría podido seguir negándose a recibirlos y nadie la habría culpado por ello, pero ese no es el tipo de persona que ella es. Mi madre es una mujer llena de fe y con ganas de apoyar a aquellos en los que ve empuje y lo que ella llama «garra». Se demoró en recibirlos porque realmente no había podido hacerles un hueco en su agenda antes.

Mimí sonreía para las fotografías sin mirar específicamente a la cámara, porque continuaba respondiendo al cuestionario de la periodista. Me pregunté entonces si era que acaso mi madre les habría dicho a ese par que tenía tan poco tiempo para ellos que no iba a dedicarles miserables diez minutos adicionales para la sesión fotográfica y si era por eso que debían fotografiarla mientras hablaba.

 La conversación y las preguntas eran bastante tediosas, al menos así lo era para mí porque aquello de lo que hablaban dejó de interesarme cuando la temática comenzó a convertirse en algo más técnico. Las voces se volvieron más aburridas y distantes cuando empecé a notar que, aunque trataba de disimular este hecho, la lente del fotógrafo estaba mayormente sobre mí.

No soy alguien particularmente tímido pero puedo jugar esta carta cuando quiero, y estando mi madre presente era la única que podía utilizar, porque es tan válida como cualquier otra e igual de efectiva. Sentí que debía hacer algún tipo de movimiento porque, señoras y señores, un par de vistazos bastaron para darme cuenta de que el señor lente de 35 mm era un hombre absolutamente candente y yo tenía sobre mí mucha de su atención.

Sólo fue un leve y breve coqueteo. Un significativo intercambio de miradas. Debí huir  de sus ojos porque no quería que Mimí se diera cuenta de nada. No quería meter al tipo en problemas, pero por sobre todas las cosas no quería meterme yo en ninguno.

 El destino tiene sus maneras y la lujuria siempre encuentra un camino. Después de aquella tarde, en la que ni siquiera intercambiamos más palabras que un ligero «Adiós» cuando él y su compañera finalmente abandonaron la casa, yo nunca más volví a pensar en él. No fue un flechazo a primera vista, no sentí la necesidad de buscar una manera de hallarlo, pero pasó que la impresión que dejé en él en el breve momento en el que compartimos la misma estancia, sí que fue significativa.

 Dos meses y medio después Juan Camilo había dejado la revista y estaba trabajando en la agencia de mi madre, haciéndose cargo de la parte visual de una de las campañas. Yo tenía para entonces dieciséis años recién cumplidos, estaba solo, burbujeaba de curiosidad, de necesidad y me encontré a mí mismo bastante receptivo en lo que a su buen físico y todas sus atenciones respectaba. Él tenía treinta y dos, estaba solo y además tenía una impresión por completo equivocada de mí.

Juan era serio y apasionado con su trabajo. Cargaba encima con el aire bohemio de un hombre entregado a su arte. Obtenía una mejor versión del mundo a través de sus fotografías; y esto en lo absoluto significaba captar lo más estético, si no en que él sabía ver la belleza en lo crudo y en lo cotidiano del mundo.

Su padre había muerto cuando él tenía veinte años. Su madre, cuatro años atrás fulminada por una aneurisma. No nadaba en dinero, pero tenía una vida acomodada; era el dueño de un edificio en el área comercial en el centro de la ciudad, del cual obtenía dinero por el alquiler de las oficinas en los cinco pisos con los que contaba la edificación. El último piso lo tenía enteramente para él, allí vivía y tenía un estudio fotográfico.

Fue poco más de mes y medio absolutamente intenso. Ocho ardorosas semanas en las que, si el tiempo tuviera color, me la pasé envuelto por segundos y minutos de color rojo.  Por primera vez en mi vida me encontré dando tumbos dentro de una espiral donde las sensaciones de mi cuerpo y mis sentidos estaban en contienda con mi manera de pensar y de sentir. La primera vez en mi vida que debí enfrentarme al hecho de que la humillación de una manera consensuada era algo que podía llegar a producir placer. Para mí era poco más que un juego, para él era todo un estilo de vida al cual estaba entregado por completo.

Era bastante poco lo que yo sabía acerca del mundo del sado en realidad. Lo primero que me llegó a la mente cuando él lo mencionó en su tanteo del terreno, fueron imágenes de fustas, piezas de cuero, amarres y vendas… Y a pesar de que eso era en gran parte, había mucho más implicado. Él buscaba una entrega absoluta que iba más allá de solo tener permiso para poseer mi cuerpo.

Yo tenía dieciséis años y no estaba demasiado interesado o informado acerca de parafilias; pues hasta ese momento lo más extraño a lo que me había enfrentado fue al hombre con una fijación por envolverme con prendas de seda. Estaba familiarizado con los juegos previos, por supuesto; disfrutaba sobremanera el ser tocado y estimulado. El contacto físico es importante para mí… El tacto y el sabor de la piel, su capacidad de tensarse y de enchinarse es algo que siempre me ha fascinado. Mi mejor amante hasta aquel momento, El señor M, me había enseñado como hacer una buena felación, mostrándome como enloquecerlo, pero yo realmente  no pensaba demasiado acerca de la manera en la que la excitación de muchos radicaba en prácticas no tan comunes que otras personas pudieran tildar de extrañas o inadecuadas, cuando la realidad es que son solo diferentes.

   El sadismo, sin embargo, es una práctica bastante más compleja de lo que yo supuse. El marcado orden jerárquico, la sumisión, la obediencia y la confianza ciega en alguien que se proclama y se acepta como un amo. No todos están hechos para ese mundo, sin embargo yo quería probar, así que superé mi natural renuencia inicial y terminé por decirle que sí.

Mi mirada huidiza de la primera vez que nos vimos lo llevó a pensar que yo sería buen material para un sumiso. Me dijo que no hay nada que delate mejor a una persona que sus ojos, y que por lo tanto él no había dudado ni siquiera por un segundo acerca de mi gusto por los hombres o de mi disposición a ser sodomizado. Sin embargo considero que su lectura fue bastante superficial. Vio lo que quiso ver y no tuvo en cuenta mi carácter. Puedo apostar a que, sujeto a la imagen mental que se hizo de mí a primera vista, él incluso creyó que iba a desvirgarme.

Me habló apasionadamente de la excitación, de la liberación y de la exploración de los límites. Todo se me antojó nuevo, excitante y revestido de un grado de perversión superior a todo lo que yo había experimentado hasta el momento. Había algo sumamente tentador, e incluso relajante, en el hecho de dejar a alguien más hacerse cargo de todo, de solo dejarme hacer sin tener que esforzarme desmedidamente en pensar en maneras de arrancarle los orgasmos, teniendo que trabajar duramente por ello. Tendría que limitarme a disfrutar y él me diría exactamente lo que esperaba de mí. Fue… casi como si quitara un peso de mis hombros —sólo que en ese momento no contemplé el hecho de que ese era un peso que me gustaba demasiado llevar— que me dejara libre de culpas y me librara de responsabilidades. Poco sabía cuando empecé con todo aquello, que justamente esto iba a ser lo más difícil para mí. La verdadera prueba.

Me quedó completamente claro que de ninguna manera habría un intercambio de roles. Yo sería sumiso y pasivo sin discusiones. Con paciencia me habló acerca de las reglas, los límites, me mostró los muchos aditamentos que plagaban su mundo íntimo solo en pos del placer. También fue bastante claro al decirme que me podía negar y que solo llegaríamos hasta donde lo consensuáramos los dos.

Él Fue bastante insistente y detallado con respecto al mantenimiento de mi cuerpo. Básicamente tenía que estar tan liso como un huevo duro, un vello púbico remanente era una falta imperdonable que me llevaría a ser castigado de inmediato. Me entregó un folleto ilustrado acerca de cómo debía aplicarme las lavativas antes de entrar en su cuarto de juegos. Esto último me pareció algo innecesario, pues yo siempre he sido muy cuidadoso con ese tipo de cosas de las que nadie quiere hablar porque son demasiado íntimas; además me pareció algo un tanto hipócrita, porque su «bosque tropical» era bastante frondoso… Cosas de amos y sumisos, supuse, algo más que los distinguía, así que prudentemente mantuve mi boca cerrada y me mandé a hacer una depilación eléctrica completa para no tener que depilarme cada dos días.

No pensé en el dolor físico, no pensé en la frustración del proceso y en la ocasional insatisfacción. Él me dijo que cuidaría de mí, que sólo debía ser un chico bueno y entregarme por completo para conocer mis límites y escuché atentamente sus palabras dispuesto a acatarlas al menos por un tiempo.

He de decir que lo que más estuvo a prueba durante el tiempo que estuvimos juntos, fue mi paciencia; pues nada se hacía cuando o como yo quería.

Él me retrataba de forma incesante. No buscaba que yo me viera perfecto, pero de alguna manera siempre lo lograba. Había captado mis momentos de vulnerabilidad, de silencios, de cansancio, de molestia y de hastío y los había dejado inmortalizados sobre el brillante papel fotográfico y gravados en su lente. Adoré la magia del cuarto oscuro, cómo reaccionaban los químicos a la luz y revelaba las imágenes dejándolas plasmadas en la superficie del sustrato. Ahora hay procesos digitales, pero él seguía prendado de su vieja, romántica y mágica escuela… Yo también un poco.

Suelo ser vanidoso, pero en esta ocasión he de reconocer que lo que hacía hermosas a estas imágenes no era yo, sino lo que él lograba captar en mi. Más de una vez me desperté del letargo post-sexo por el sonido de su cámara. Cuando no estaba azotándome el trasero con una paleta o una fusta o amordazándome para hundirme un poco más en su burbuja afrodisiaca, disparaba la lente de forma incesante, inmortalizándome. Fuera de ese cuarto de juegos era dulce conmigo, me llenaba de obsequios que yo no siempre aceptaba.

Pero a veces me era imposible ver dónde estaba el verdadero límite, dónde acababa Juan el amo, el de la fusta, el del afán de que yo obedeciera, y estaba solo Juan… El Juan que me fotografiaba y que me hizo cogerle el gusto al café solo y muy cargado… El de la sonrisa bonita con el que podía hablar cuando yo quisiera.

Yo nunca sabía dónde estaba el límite entre la relación común que nos unía y la parte de ser amo y sumiso porque algunas veces, cuando rechazaba sus obsequios o sus atenciones, cuando era sólo yo —como cuando intenté rechazar el collar de sumisión solo por jugar, porque en realidad me pareció un regalo divertido— emergía el amo y me decía que debía ser castigado por ello, por no escuchar y acatar ciegamente todo cuanto me decía. El hombre dulce de desordenado cabello café y ojos grandes daba paso de manera inesperada al depredador hambriento henchido de la necesidad de dominación. Me gustaba, me calentaba, pero también me dejaba con la extraña sensación de estar dejando demasiado de mí… Mucho más que mi piel.

Su sexo era prodigioso.

Experto.

Sagaz.

Me llenaba de electricidad y de anhelo. Me penetraba con estocadas duras que me llenaban por completo. Me follaba duro y certero, invadiéndome las entrañas. Me masturbaba con tanta saña, que me hacía tensar el cuerpo de tal manera que terminaba todo engarrotado. Me hizo maximizar la elasticidad de mi cuerpo en mi afán por conseguir tener contacto con sus manos en busca de caricias que nunca llegaban, o haciéndome encogerme cuando me castigaba… Cuando me hacía odiarme por a veces disfrutar del picor de mis vasos capilares rotos debajo de la piel mientras mi ego se retorcía, quejándose en mi interior.

Hicimos algunas locuras con las ataduras, tratando de desafiar la gravedad y mi capacidad de sostener mi propio peso.

¿Cuántas veces no fotografió los fluidos de mis corridas manchándome el estómago? ¿O los golpes? ¿O los rozones? A veces sus fotografías eran pornográficas y por completo enloquecedoras. Otras veces eran cándidas, y calmadas, y mágicas, y solitarias…

Un par de veces presionó levemente mi cuello estando a punto de correrme, y entonces vino la angustia, el afán por el aire, el jadeo por su sexo dentro de mí y la sensación de explotar, la maximización de las sensaciones. Una práctica tan peligrosa si se hace mal, pero tan gratificante cuando está bien ejecutada. Él era un experto.

 Me mataba de placer cuando me permitía alcanzar el orgasmo. Pero ahí fue donde comenzó realmente el problema, en aquel «permitía». ¿Por qué debía yo conformarme con hacer su voluntad? El placer no es algo que se debe «permitir» durante el sexo. Es algo que se debe perseguir y garantizar.

Él insistía mucho con ese tema de que no debía correrme hasta que él no me concediera su permiso de manera explícita; arraigado a su idea de la dominación. Decenas de veces traté de contenerme para complacerlo, pero terminé castigado, con el culo rojo y el orgullo por el piso cuando mi cuerpo traicionaba sus deseos y obedecía solo a los míos. La mayoría de las ocasiones yo era demasiado orgulloso para dejar salir la palabra de seguridad cuando me empujaba más allá de lo que yo podía resistir, porque a veces demasiado placer también es doloroso sobre todo cuando se supone que no debes dejarte ir.

Él era cuidadoso con los castigos, aun así no eran solo algo simbólico. Me hacía daño, me dolía, pero me azotaba en lugares poco visibles. Debí dejar de nadar mientras estuve con él, para que nadie me viera el cuerpo y comenzara a preguntar, y aunque ninguna marca era permanente yo a veces sentía que él se emocionaba demasiado.

Lo rojo en raras ocasiones llegó a convertirse en morado, pero hubo una ocasión en la que mis muñecas se rozaron demasiado con las cuerdas y alcanzamos a ver mi sangre, pero eso solo pasó porque le permití suspenderme de las vigas del techo de su sótano con cuerdas sin aislante… Mala idea, pero él me la había vendido tan bien, que me sentí tentado a probar. Creo que nunca he consumido tanto Paracetamol como en ese mes de mi vida.

Habrás notado que llamé a su cuarto de juegos «sótano». Él vivía en un quinto piso, así que no contaba con un sótano en realidad, sin embargo a veces mi mente me juega malas pasadas e insiste en recordarlo así, pues es en los sótanos donde se esconden los secretos, también en los closets, pero de ese ambos habíamos salido hacía un tiempo ya.

Sin embargo, aunque continuara a su lado y disfrutara de mucho de lo que hacíamos, el que ocasionalmente me negara el placer y debiera comportarme básicamente como una mascota con la habilidad de hablar —o para ser más exactos, de hablar cuando se me daba permiso para ello y callar cuando se me pedía— era algo con lo que yo no podía y la incomodidad comenzó a asentarse dentro de mí. Que me llevara hasta el borde de la locura y luego no me permitiera estallar me hacía querer llorar de frustración, incluso más que cuando me calentaba el trasero a palmadas.

Que me negara un orgasmo me parecía egoísta, ruin, y su idea de que yo debía encontrar placer en la privación y en el dolor me parecía algo descabellado. Soy capaz de encontrar sexy una nalgada, pero era absurdo que él esperara que yo limitara mi placer al hecho de dejarme castigar.

«No es dolor sólo por dolor, es dolor por placer» Esa era su consigna. Pero en cuanto a esto, no me da vergüenza decir que yo soy un poco más básico, yo encuentro placer en el placer. Punto.

Hablarme de aceptar y convivir con el dolor. ¿En serio? Decirme eso cuando teníamos sexo gay me resultaba de lo más irónico. Como se notaba que el maldito siempre había sido el dominante y nunca le habían mandado una polla por el trasero; eso es convivir con el dolor y encontrar placer en ello; más allá de eso es ser masoquista.

Me gusta jugar, puedo ser rudo hasta cierto punto. Me gusta el sexo con un toque de rudeza y ocasionalmente complacer exigencias, el más vivo ejemplo de ello es que él tenía todo un arsenal de juguetes y les agarré el gusto a algunos de ellos, pero no me gusta ser torturado, ni castigado, y no hablo sólo acerca del aspecto físico.

Empecé a ver más allá cuando noté hasta donde trascendía aquello. Porque sea como fuere, aunque fuese con mi consentimiento, su deseo era dominarme, sentirse superior, reducirme a la más mínima expresión. Su rol era regodearse en poderío mientras yo debía limitarme a ser la más pura muestra de obediencia… «Si, amo», «No, amo», «Como digas, amo». La primera vez que me dijo que debía llamarle «Amo» pensé que era algún tipo de broma; cuando lo asimilé me dije a mí mismo que yo no era nadie para juzgar lo que otras personas encuentran estimulante y le di por su lado, pero a mi forma de ver él lo que buscaba era una mascota complaciente.

No había convivencia, no había igualdad, no había un intercambio. Que fuese mayor que yo ya le daba cierta ventaja sobre mí. ¿Por qué tenía que empeorarlo tratando de arrebatarme mi voluntad?

 Se suponía que no debía mirarlo a los ojos si él no lo solicitaba. Había una posición de sumisión que yo debía adoptar en cuanto entrábamos a su sección de juegos y él me quitaba la ropa: sobre mis rodillas, con los puños cerrados reposando sobre los muslos, la espalda recta y la mirada clavada obedientemente en el piso. Yo estaba por completo desnudo, a su merced mientras él solo se quitaba la camisa y la mayoría de las veces me follaba a través de la abertura de su bragueta… ¡Mierda! Empezaba a sentirme como Dobby el elfo doméstico en Harry Potter, en espera de que mi «amo» me regalara un calcetín y con ello mi libertad.

 El contacto piel contra piel era mínimo a pesar de la cantidad de sexo. Apenas su ingle contra mis nalgas, su sexo clavado en mi recto y la mano con la que se sujetaba de mi cintura, o mis hombros, o mi cabello. Por lo demás, me recorría el cuerpo con la fusta, con juguetes. El contacto más directo que tenía con sus manos era cuando me nalgueaba, cosa que le encantaba y a mí también un poco. Empecé a preguntarme si acaso era que estaba traumado por algo, y si así era yo no iba a ser la psicoterapia de nadie.

 No podía tocarlo para sujetarme de su espalda mientras me moría de gusto cuando me montaba, porque eso iba en contra de las reglas… Sus jodidas reglas. Querer poseer tan completamente a alguien, no tener voluntad, la necesidad de dominación, ¿Qué tan sano es eso?

Recuerdo la ocasión en la que tomé la decisión de no seguir con aquello. Ese día juro por Dios que quise matarlo.

Recuerdo que casi no podía tragar mi propia saliva porque la esfera de una mordaza de cuero me impedía el ser dueño del simple acto de deglutir, pero más que nada se debía a que yo no podía dejar de salivar porque tenía a Juan detrás de mí, enterrado en lo más profundo de mi ser, luego de lo que me parecieron horas de aguantarme las ganas y desearlo. Yo había empezado verdaderamente a odiar lo que él conseguía de mí. Dilataba tanto el momento de la unión, entretenido en sus delirios de control, que llegaba el momento en el que yo estaba tan excitado y necesitado que estaba dispuesto incluso a rogarle porque me follara de una vez, cosa que supongo era por completo su intención, pero yo nunca cedí. No, que yo recuerde. Cuando por fin se decidió, su carne chocaba contra la mía de manera incesante, a un ritmo que iba cobrando velocidad y profundidad con cada movimiento.

Recuerdo la debilidad de mis extremidades, presas del placer y presas de los amarres también. Mi insistencia en no flaquear. Las esposas en mis muñecas eran acolchadas, así que yo retorcía mis manos sin hacerme demasiado daño. Estaba sujeto a la Cruz de San Andrés apoyada en la pared del fondo de su Cuarto de juegos/Sótano/Mazmorra, con las piernas irremediablemente abiertas, imposibilitado para manejar de alguna manera la situación. Yo quería encabritarme, sacudirme, gritar y gemir a mis anchas, romper las ataduras, darme la vuelta y sujetarme de su cuello para no sucumbir ante la debilidad. En ese momento deseé con todas mis fuerzas que las cosas fuesen más sencillas y no tuvieran tanta ceremonia, para poder enganchar mis piernas alrededor de su cintura y besarlo mientras seguía penetrándome. Yo extrañaba los besos y la simpleza de otro cuerpo que se balanceara pegado al mío, al mismo compás.

Sentía los riachuelos de sudor surcar mi espalda. Su sexo caliente bombeando dentro de mí. Sus gruñidos me estallaban en los oídos y yo ahí, amordazado como un pendejo, sin voz y aparentemente sin voluntad. Me sentí más niño que nunca; un niño sin carácter y sin derecho a pataletear.

Mi mente se nubló y las quejas quedaron rezagadas a un rincón dentro de mi cabeza cuando mi bajo vientre comenzó a arremolinarse anunciando un delicioso orgasmo que prometía ser violento e intenso. Yo moría por gritar, pero la mordaza me lo impedía. Cuando sentí su mano tantear mi entrepierna creí que iba a acariciarme y masturbarme para ayudarme a terminar, pero lo que hizo fue apretarme, haciendo presión en los puntos que mataron mi orgasmo y dejó de empujarse contra mí. Los músculos de mis ingles se contrajeron como señal de protesta y un gruñido frustrado abandonó mi garganta.

Mi erección no murió, por el contrario estaba más hinchada, dolorosa e indemne que nunca, pero para correrme necesitaría recorrer de vuelta el camino hasta el borde del precipicio por el que me encantaba saltar. Dejé caer la cabeza hacia adelante, descargando la frente contra la pared. Agotado y furioso.

Me temblaban las piernas, me dolía la entrepierna, pero más me dolía el ego. Escuchar el sonido de la carne de mis nalgas al recibir una ardorosa nalgada solo ayudó a caldear mi mal humor, pero tenía la boca amordazada y no podía despotricar. Además estaba de frente a la pared, de espaldas a él y esto impedía que Juan viera mi mirada llena de reclamos e inquina.

El seguía dentro de mí, pero no se movió o me tocó. Mi cuerpo continuaba excitado, pero mi mente ya no. La punta de mi sexo, llorosa y amoratada por la acumulación de sangre, me apuntaba al rostro y parecía burlarse de mí.

Aunque no voy a decir que un año y medio haga gran diferencia en las escalas de mi madurez, en ese momento, con solo dieciséis, mis exigencias eran un poco más sencillas y toda aquella parafernalia para reclamar un orgasmo, realmente estaba —casi que literalmente— empezando a patearme las pelotas.

Fue torturante. Me llevó varias veces al borde del orgasmo para luego detenerse justo en el último momento. Una y otra vez me empujó, llevándome al límite, para luego hacerme remitir. Tras la mordaza yo lloriqueaba de rabia, de frustración y de humillación.

Hasta ese momento yo solo había utilizado la palabra de seguridad en dos ocasiones, pero en ese momento mi mente solo gritaba «¡Rojo! ¡Rojo! ¡Rojo!» de manera incesante. Que no me permitiera el placer era aún peor que cualquier azotaina o un juguete empujado con demasiada fuerza.

En ese momento solo podía pensar en que no era justo y en que de pronto lo único que yo quería era que parara y se alejara de mí. ¿Qué sentido tenía tener una palabra de seguridad si estando amordazado no iba a poder gritársela? Aquello estaba dentro de sus estándares de normalidad, no de los míos.  

Demasiado intenso.  Demasiado debilitante. El muy maldito no iba a dejar que me corriera.

Me encabrité como si estuvieran electrocutándome, era la única señal que podía enviarle para que se detuviera, retorciéndome de rabia. Estaba tan frustrado que empecé a tener pensamientos violentos, comencé a fantasear con el hecho de permitirle el lujo de tener una probada de mi sumiso pie clavado profundamente en su culo de tan fuerte que sería la patada que le daría cuando al final me soltara de la cruz… ¡Rojo! ¡Rojo! Rojo le iba a dejar el culo cuando me lo cargara a patadas.

Pero al final no pude patearlo, porque cuando él vio como me retorcía me dijo que yo estaba siendo un chico muy malo y desobediente, y que por ello debía recibir un castigo. Yo pensé que sentiría el mordisco de la fusta en mi trasero, de hecho —y aunque suene por completo masoquista (¡Jah!)— lo esperé con ganas porque así mi erección moriría y para castigarme debería dejar de bombear dentro de mí. En cambio su castigo fue diez veces más cruel. Se alejó de mí y me dejó solo, amarrado a la cruz, con la entrepierna dolorosamente empinada, mi erección estaba pasmada y no me causaba ningún placer… Imposibilitado para tocarme y desahogarme… Amordazado sin poder quejarme y además me vendó los ojos.

Quizá haya en el mundo una gran cantidad de gente que encuentre este tipo de prácticas terapéuticas de alguna manera y su máximo sueño sea usar tangas de cuero mientras algún loco obseso del control lleva su paciencia al límite, pero en definitiva yo no.

Fue tremenda y extrañamente bueno mientras duró, a pesar de todo. Fue como un juego de rol en el que fui un buen participante y experimenté el placer de una manera diferente. Dolor y placer dándose la mano estrechamente en pos del clímax. Bajé de peso, porque quemé calorías como un loco. Llegué a límites insospechados y regresé con vida de una aventura orgásmica en la jungla de la sexualidad, pero si hubo algo que aprendí de este periodo didáctico, es que si hay alguien lejano al concepto de sumisión, ese soy yo. No soy la muñeca hinchable de nadie y ya había tenido suficiente. Puede que yo llegue a aceptar sin mucho problema que me azoten, me nalgueen, me aten o me amordacen, pero jamás soportaré que me humillen, que me dominen y me digan lo que tengo que hacer.

Terminé castigado un gran número de veces por revelarme. Cada «Si, amo» «No, amo» «Como gustes, amo» me ardió en el orgullo y se supone que un buen sumiso no debe sentirse así.

Hablé con Juan Camilo y le expuse mis puntos. Él me escuchó con paciencia, abandonando su papel de amo y sin mirarme como a un sumiso, con rostro de estar lamentando mi inminente partida de sus dominios plagados de cuero y látigos, porque cuando no tenía una fusta en la mano él era incluso muy dulce, aunque algo excéntrico como muchos de los que rondan el círculo de Mimí. Al final ambos estuvimos de acuerdo en que yo no estaba hecho para asumir el rol de sumiso, que mi alma masoquista simplemente no existía. Me confesó que después de solo un par de sesiones lo supo, pero que había guardado la esperanza de enseñarme, que le excitaba el hecho de saber que yo era un reto y que tendría que domarme.

Me halagó al decirme que a pesar de no tener un especial apego por tener amantes o sumisos tan jóvenes, desde que me vio por primera vez no había dejado de fantasear conmigo hasta que me consiguió. Que yo había ganado la pelea contra su conciencia y el cuasi horror que le producía llegar a vérselas con alguien inmaduro e incapaz de asimilar ciertas cosas.

Le dije que su mundo de fetiches y bondage era interesante, pero que en definitiva no era para mí. Por primera vez, incluso, reconocí que me sentía demasiado joven para algo tan intenso… Demasiado hardcore… Demasiadas reglas para algo que considero debe fluir de manera más natural y sobre todo cuando a mí me dé la gana.

Un tiempo después mi gran maestro en la vida, el internet, me dejó ver que, tratándose de BDSM a mí, de hecho, me había ido bastante bien porque Juan bien pudo resultar siendo de esos con una fijación por la asfixia, las laceraciones o el fist extremo. Esto último algo bastante asqueroso y transgresor, si me lo preguntas. Una vez vi un video donde a un tipo le mandaron el antebrazo entero por el culo y cuando lo sacaron «se le volteó el calcetín». Luego debieron regresar todo a su lugar como si de un pañuelo de mago se tratara ¡Puaj!

Le pedí a Juan que se deshiciera de mis fotografías e incluso yo lo lamenté, porque algunas eran realmente hermosas, pero no quería problemas si alguna de esas imágenes se llegaba a filtrar. Como despedida le pedí que dejara de lado su ceremoniosa manera de ver el sexo y, por una vez, folláramos de una manera más tradicional. Quería que me permitiera tocarlo y que me tocara sin ningún instrumento de por medio, sin escuchar el zumbido del cuero antes de estrellarse con mi carne. Como deferencia de mi parte, lo dejé que me nalgueara con sus manos, porque eso sí que me encendía. Resultó que no estaba nada traumado con que lo tocaran.

 Sorpresivamente fue muy bueno, porque si hay algo que alguien que maneja las nalgadas con un desempeño de diez puede hacer, es joderte con ganas y pericia. Aún guardo el bonito collar de cuero como suvenir, incluso lo usé como parte de mi disfraz de Halloween el año pasado.

Ahora, si después de todo esto te interesa saber algo de mis días de cotidianidad, mis calificaciones del periodo ya fueron subidas al portal del instituto, y en francés me fue como a la merde*.

M.A.

 

 

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