Capítulo 4 Bajo el cielo gris (There are shadows in my soul)

1

Martín continuaba sin responder a sus llamadas. En tan sólo dos días, Micaela ya había agotado todo su arsenal de reacciones y estados de ánimo con respecto al hecho de que su hijo se hubiese propuesto ignorarla a tal grado. Se había preocupado, se había sentido culpable, había intentado hablar con él a través de otras personas; llegó incluso a  jurarse a sí misma que no dejaría que su silencio le afectara y trató de asentarse en la indiferencia para este fin. Una vez que esto último no funcionó, recorrió un tortuoso camino de vuelta a la culpabilidad para, como último recurso, recurrir a su enfado, en el cual se había quedado estancada durante las últimas dos horas.

¿Cuán testarudo podía llegar a ser su hijo?

Si de alguna manera aquello era una guerra de voluntades, entonces no le quedaba más remedio que demostrarle a Martín que ella era un contrincante de cuidado. Ella desayunaba tipos tiranos y tercos a diario sin que se le desacomodara el cabello o una sola mota de polvo se posara sobre su cárdigan. ¿Qué era entonces un mocoso enrabietado de apenas diecisiete años? La respuesta era tan simple que el sólo pensar en ella daba vergüenza, pues Martín era  ni más ni menos que su mocoso de diecisiete y el único hombre sobre la faz del planeta con una capacidad real para hacer con ella cuanto quisiera, incluyendo el poner sus sentimientos en completo descontrol.

Micaela no quería pensar en cómo debía estar viéndose, sentada allí, desesperada por escuchar la voz de su hijo y haciéndole pucheros a su taza de cappuccino ante la imposibilidad de que algo tan simple como eso sucediera. Comenzó a juguetear con su teléfono, tratando de evitar el volver a llamar a Lola cuando desde la última llamada no habían transcurrido ni veinte minutos. Además, jugueteaba para hacer tiempo mientras esperaba sentada frente a una mesa en aquel pequeño café de aire tranquilo, un sitio que de alguna manera había logrado quedarse anclado en el tiempo. Un tiempo pasado, más calmado y sencillo, cargado de nostalgia y bohemia. Siendo un lugar así, no le sorprendía demasiado que él hubiese escogido aquel sitio para entrevistarse con ella; era por completo como él… Como ella recordaba que era él.

La ansiedad había estado devorándola mientras estuvo en la habitación del hotel, esperando una hora prudente para encaminarse hacia aquel encuentro, pero finalmente al no resistir más la espera había salido escopeteada sobre las 10:15 de la mañana, así que había llegado demasiado pronto, con más de una hora de anticipación.

De manera distraída deslizaba el dedo índice por la pantalla de su celular de forma casi mecánica, sin poner demasiada atención a nada en realidad. Había una gran cantidad de fotografías guardadas en la memoria de su teléfono. Tenía decenas de imágenes de la última reunión de exalumnos de su promoción de bachillerato, a las cuales dedicó ojeadas concienzudas cuando se topó con ellas. Aparte de aquella solamente había acudido a una más; no sabía exactamente el por qué, pero había estado huyendo de esas reuniones, haciéndose la desentendida cada vez que recibía una de aquellas invitaciones.

La mayoría de sus excompañeras y excompañeros de instituto tenían apenas bebés o niños en la edad de mudar los dientes. Ella, en cambio, había quedado en embarazo ni bien puso un pie dentro de la universidad… El mejor accidente de su vida. Jamás se arrepentía de haber dado a luz a Martín porque él simplemente era su todo, pero si hubiese podido escoger, habría preferido que su hijo hubiera nacido unos cuantos años después de lo que lo hizo. Fue tremendamente complicado, sin embargo había valido por completo la pena cada pequeño o gran sacrificio que había hecho por él.

No fue nada bonito cuando sus padres descubrieron que ella estaba embarazada estando apenas en el segundo semestre de su carrera.

Siguió ojeando las fotografías. Le sorprendió un poco encontrarse con lo competitivas que podían llegar a ser sus antiguas compañeras de instituto. Mientras los hombres la recibieron con elogios y perceptiblemente más relajados y naturales, las mujeres comenzaron a hacer alarde de todos sus triunfos y éxitos, empezando por los laborales. Cuando Micaela les comentó que en este aspecto su vida marchaba sobre ruedas y se encontraba bastante satisfecha, pese a que esperaba que la agencia se proyectara un poco más hacia arriba en el mapa, entonces intervinieron algunas otras que comenzaron a expresar que la verdadera felicidad y plenitud de una mujer estaba en desenvolverse como madres; en la satisfacción que proporcionaba el levantar a un buen hijo del cual sentirse orgullosas. Cuando Micaela les habló acerca de Martín y de lo mucho que disfrutaba de ser su madre y las enrevesadas aventuras de la paternidad, de las peculiaridades y la tremenda personalidad que se gastaba su hijo, sus excompañeras comenzaron a alardear de sus parejas. De lo maravillosos, atentos, galantes y entregados que eran, y ahí sí que ella no pudo decirles nada más y reconocer que continuaba soltera y que no tenía planes para que eso cambiara. Cuando  las vio mirarse entre ellas con risitas que denotaban triunfo, recordó por qué solía huir de ese tipo de reuniones. Eran terriblemente incómodas, agotadoras y la hacían caer en un juego que odiaba.

Lo más —quizá lo único— agradable de aquella velada había sido el reencontrarse con Emilio. Él había conservado mucho de aquello que lo había convertido en su mejor amigo durante los dos años que habían sido compañeros de instituto y que lo había potencializado con el paso de los años que de manera irreversible los había encaminado a ambos hasta la adultez. Ahora los estúpidos chistes verdes del Emilio adolescente habían mutado en un tipo de humor más maduro que se veía constantemente reflejado en las sátiras políticas y sociales que escribía para la revista en la que trabajaba.

Ellos dos se habían perdido completamente la pista después de la graduación. Emilio se había ido a estudiar comunicación social en Argentina, el país natal de su padre, y ella había permanecido en el país, enamorada como estaba de su terruño, haciendo oídos sordos a los deseos de su madre de enviarla a estudiar al exterior. Si se hubiese ido quizá una tragedia se habría evitado. Muchas cosas hubiesen sucedido de una manera diferente, o quizá no habrían sucedido en lo absoluto; entre ellas, Martín. Su Tiny. Era inconcebible siquiera imaginar su vida sin él; así que dio un par de toquecitos con el puño cerrado sobre la madera de la mesa para alejar las malas energías, solo por si al estar deseando que las cosas hubiesen pasado de una forma diferente estuviera de alguna manera tentando al destino para que le diera una lección al mostrarle cómo llegaría a ser la vida sin su bebé, que había sido la mejor consecuencia de a veces ser tan voluntariosa y terca.

No era ningún secreto para ella cuáles eran las intenciones de Emilio ahora que habían vuelto a entablar comunicación y se habían convertido más o menos en una figura constante en la vida del otro a través de las constantes llamadas y las ocasionales salidas a almorzar o a cenar. Puede que durante la época de instituto hubiese logrado hacerse la tonta o la ciega y siempre voltear las cosas cuando sospechaba que él estaba a punto de abrir la boca y arruinarlo todo; pues para aquel entonces ella ya había tomado la decisión de mantenerse alejada de cualquier relación con tintes amorosos, ya que la pareja en medio de la cual había crecido, sus padres por supuesto, era un ejemplo completamente desalentador en cuanto al amor respectaba. Pero ahora que ambos eran adultos, jugar la carta de la despistada ya no le serviría, a menos que estuviese empeñada en ser percibida como una retrasada mental que no se entera de nada.

Podía sólo decirle de forma directa que no quería tener nada romántico con él, pero eso la haría sonar pretenciosa y seguramente haría que Emilio se alejara; lo cual podría ser algo bueno si no fuese porque era por completo placentero tenerlo revoloteando a su alrededor. Se había encariñado con la idea de tenerlo cerca, recordando viejos tiempos. Las viejas anécdotas habían dado paso a nuevas historias que le revelaban a un hombre muy culto y carismático, además de bastante guapo. Pero ella odiaba sentirse presionada e inevitablemente esa era en gran parte la sensación que acompañaba al coqueteo de Emilio… En realidad, al coqueteo de cualquiera.

Micaela cerró la galería de fotografías y suspiró cuando vio en la pantalla de su teléfono que aún faltaban cerca de treinta minutos para la hora del encuentro. Estaba ansiosa por verlo y hablar con él, pero también nerviosa por completo. Casi aterrada. Temía por el momento en el que finalmente se encontraran frente a frente; cuando escuchara su voz mencionar su nombre después de tanto tiempo. En el cementerio él había permanecido silencioso y enclaustrado dentro de sí mismo, y ella no había logrado reunir el valor para acercarse a él a darle sus condolencias. Se veía diferente, pero a la vez tan familiar. Tan cálido.

Cuando Martín supiera de su existencia, de seguro la iba a odiar y esta vez no podría quitarle razón o decirle que era algo que no le incumbía. A pesar de que la consolaba un poco el saber que, al menos con respecto a esto, compartiría la culpa con su madre; porque a sabiendas de la mentira ella no había hecho o dicho nada por contrarrestarla.

Había sido absolutamente inmaduro y egoísta de su parte el decirle tamaña mentira a Martín, mas fue superior a ella y su enojo y su resentimiento habían hablado en su lugar; así que una vez que la infamia salió de su boca se vio obligada a mantenerla. Martín había creído en ella, pues no tenía motivos para creer que su madre le mentía, y no había vuelto a preguntar y por lo tanto no había tenido oportunidad de rectificarse, simplemente había dejado pasar el tiempo y lo había dejado estar. Podía sólo seguir manteniéndose en la mentira, pero ya no quería hacerlo más, ya que no era justo y en realidad no tenía sentido.

No tan rápido como ella hubiese querido, los treinta minutos que faltaban se le habían ido en responder correos electrónicos a un par de clientes y unos tantos a su asistente, que parecía estar manejando bien las cosas en su ausencia, aún a pesar de que cuando Micaela le comunicó que estaría fuera cerca de una semana, se había puesto lívida y poco le faltó para el ataque de nervios. Ella no quería quedarse sola en medio de la licitación que estaban haciendo para la nueva línea de celulares de alta gama y a pesar de que lo cierto era que ella tampoco habría querido marcharse en medio de ese asunto, los acontecimientos la obligaron a ello.

La sensación de estar siendo observada la atacó sin miramientos y aunque su primera reacción fue levantar la vista de su teléfono y buscar la fuente de esa incomodidad, cuando se disponía a hacerlo su miedo la hizo congelar todo movimiento porque sabía que debía ser él; sabía que en cuanto levantara la vista se estrellaría con sus ojos. Aun así fue consciente de que estar haciendo tal cosa era una tontería, sobre todo teniendo en cuenta que ella había atravesado medio mundo justamente para verlo. Un suspiro profundo, con el que pretendía darse valor, salió de sus labios casi en total silencio. Tragó saliva y finalmente se enfrentó a lo que había ido a buscar.

Tal como esperaba era él. Abraham. La observaba con intensidad a menos de cinco metros de distancia, con la mirada compungida brillando de emoción y ambas manos profundamente hundidas en los bolsillos de la pesada gabardina que vestía. El tiempo no había pasado por él en vano; su cabello estaba profusamente encanecido, había ganado unos cuantos kilos y las arrugas alrededor de sus ojos y de su boca se habían acentuado. Y a pesar de que sus ojos estaban ahora más recargados en la parte inferior, producto de los años y seguramente también del llanto y el pesar, su mirada seguía siendo la misma: intensa, franca, directa y un poco melancólica.

Los labios de Abraham se curvaron hacia arriba de forma ligera, en una sonrisa que no lo fue del todo porque de seguro lo que más pesaba dentro de él en aquellos momentos era la tristeza por la reciente muerte de Julián y no la alegría por verla, pero a Micaela la reconfortó y la hizo sentir especial que él hubiese intentado sonreír por y para ella.

Él dio los pasos necesarios para acabar con la distancia que los separaban. Su manera de andar seguía siendo la misma, con aquellos pasos seguros y determinados que ella recordaba, como los de un hombre que siempre sabe hacia dónde se dirige y no está dispuesto a que nadie se interponga en su camino o lo haga cambiar de dirección. Micaela se preguntó cómo la estaba viendo él, si a sus ojos había cambiado mucho o no. Era increíble que no se hubiesen visto en quince años

— Micaela —. La voz de Abraham, suave pero segura, por fin llegaba directamente a ella sin que la distancia o la distorsión de ningún aparato se interpusiera o sin que todo pareciera una mera formalidad que con el tiempo fue algo cada vez menos frecuente hasta finalmente desaparecer. Ahora lo tenía allí, con ella, después de tanto tiempo. En ese justo momento ella no supo clasificar el sentimiento que bullía dentro de su pecho. Nostalgia, congoja, alivio, alegría, ¿rabia?

— Papá.

2

Poussin. Miguel Ángel. Rubens. Rembrandt. Caravaggio…  Los grandes maestros de la pintura barroca. Los genios que dedicaron su vida a perfeccionar su técnica en el dibujo y la pintura. Sus obras ricas en detalle, fuerza y sentimientos habían rozado la perfección de manera innegable. Ellos, entre otros, persiguieron de forma incansable el realismo y atraparon la magia de sus respectivas épocas con sus estilos particulares, con sus pinceles diestros y sus obras sobrecogedoras.

Martín, que había crecido rodeado de libros, grabados y lienzos en un ambiente donde la capacidad de transmitir con imágenes y conceptos era lo que ponía la comida sobre la mesa, tenía en muy alta estima el talento gráfico. El arte, en una u otra de sus representaciones, siempre había sido una constante en su entorno y debido a la continua exposición a este tipo de elementos terminó por enamorarse perdidamente de la capacidad de plasmar.

La magnificencia de este tipo de obras, elaboradas con esfuerzo y talento, había conmovido a Martín a lo largo de los años, prácticamente desde la primera vez en la que se fijó en este mundo con verdadera atención; momento que se remontaba, si mal no recordaba, a sus siete años de edad cuando Micaela, para mantenerlo quieto por algunos minutos para que la dejara terminar en paz lo que ella estaba haciendo pero sin querer perderlo de vista, lo había sentado en uno de los mullidos sofás del estudio con un grueso compendio de arte barroco sobre las piernas.

Si bien su mente infantil lo instó de inmediato a saltarse todas las páginas que sólo contuvieran textos y a reírse bajito, tapándose la boca con una mano al descubrir más de una imagen de desnudos, sobre todo en las imágenes religiosas donde por doquier pululaban un montón de querubines mostrando sus regordetas y sonrosadas nalgas, su interés rápidamente se volcó en el hecho de que aunque aquellos eran dibujos, eran demasiado hermosos y perfectos. Tan detallados y coloridos que se preguntó qué historia estaban intentando contarle y cuánto tiempo le habría tomado a quien quiera que los hubiese dibujado el terminar aquello o cuanto llevaba esculpir aquellos dioses y doncellas de mármol blanco. ¿Cómo habrían hecho para que ropajes tallados en piedra se vieran así de suaves e ingrávidos?

A pesar de que después de aquello examinó cada libro de arte que estuvo a su alcance, aquel primer tomo, el que había desatado la magia, fue su libro favorito durante mucho tiempo… Años, para ser más precisos. Cada página apelaba a su sensibilidad por la belleza y a su respeto por el trabajo arduo que parecía esconderse detrás de cada laborioso lienzo o escultura. Invirtió mucho de su tiempo en observar a conciencia las imágenes de todos los ángulos que había del David de Miguel Ángel, el primer amor platónico que estaba consciente de haber tenido.

Con los años esto había decantado en que él mismo tomara un lápiz y un pincel, armándose con ellos para darle forma a su futuro. En honor a ellos y a lo que despertaban en su interior, su forma de dibujar era cuidadosa, elaborada y detallada.

Y de alguna horripilante manera, con algunas respetables excepciones, el concepto de arte estaba alejándose a pasos agigantados de algo decente y elaborado, para convertirse en una burla facilista. Y gracias a esta tergiversación del concepto del arte, un pendejo había acabado de vender un lienzo inmenso con una gran mancha azul en medio por la grosera suma de tres millones de dólares. Eso era tan irrespetuoso que Martín torció el gesto, negó con la cabeza y tiró la tableta donde acababa de leer aquella noticia a un lado del desayuno al que aún no le daba el primer bocado.

«Esta cuestión del arte moderno no es más que una manera de hacer sentir bien a la gente sin talento».

Desde la mesa de comedor donde estaba sentado ignorando su desayuno, Martín podía ver y percibir la manera en la que Lola parecía estar a punto de enloquecer y explotar. Micaela había programado para esa semana algunos arreglos y obras de mantenimiento para la casa, de manera que el usual silencio y la tranquilidad habían desaparecido y habían sido reemplazadas por una decena de albañiles y decoradores que pululaban por todas partes, paseándose con alfombras, listones de madera, baldosas y griferías. Martín se preguntó si esa había sido la razón por la que su madre había salido corriendo de la casa días atrás; de ser así la entendía porque él estaba deseando hacer exactamente lo mismo.

Además de este pequeño desastre, que en medio de todo estaba controlado, Lola estaba discutiendo por teléfono con la empresa de limpieza que enviaba personal a la casa dos veces por semana. Ella estaba enfadada porque habían cambiado al personal que enviaban usualmente y ahora ella tendría que invertir tiempo en explicar de nuevo las funciones y la ubicación de todo a los nuevos trabajadores justo el día en el que en la casa reinaba un pequeño caos.

Ella había mantenido la paciencia con respecto al nuevo personal hasta el momento mismo en el que dos de las chicas habían irrumpido en la habitación de Martín y lo habían despertado, cuando las habitaciones de Mimí y la de él no estaban dentro de sus funciones porque de esas dos se encargaba Lola y nadie más que ella. Ni su madre ni él se sentían cómodos con personas extrañas hurgando en su espacio personal. Martín no sabía, por ejemplo, si Lola alguna vez se había topado con su cajita de juguetes en la parte superior del ropero y si así había sido, ella nunca había dicho nada. Y si alguien debía limpiar, Martín definitivamente prefería que fuese alguien de su entera confianza. Así que en vista de las circunstancias, las siete empleadas de la limpieza estaban una al lado de la otra mirando a Lola con sobrecogimiento, esperando porque ella terminara de gritarle al teléfono y les diera las instrucciones una vez más.

El ambiente estaba cargado de tensión y no era para menos. La casa era un hervidero de gente, al igual que la cabeza de Martín era un hervidero de razones para empujarse a ir con Joaquín y de muchas otras para no hacerlo porque no sabía qué esperar. Sí, había decidido que ir a verlo era una opción, pero eso no significaba que no tuviera absolutamente claro el hecho de que, desde cualquier punto de vista del que se le mirara, en términos generales ir a entrevistarse con él era una pésima idea.

De manera bastante consciente había estado retrasando el momento. Le había tomado dos días reunir el valor suficiente para que una vez que pusiera el pie fuera de la cama, estuviera dispuesto a ir directo a buscar explicaciones con él. Verlo no sería cosa fácil, no solo porque tratarían un tema delicado y sin duda incómodo, sino porque además de todo la última vez que se habían visto y hablado habían quedado en muy malos términos.

Joaquín y él habían sido un desastre como amantes. Habían tenido una relación egoísta, dañina, con sentimientos unilaterales y atreverse a llamar a aquello «relación» era sin duda apelar a su lado más optimista. Y si como amantes habían sido así, por ende serían aún más desastrosos como padre e hijo. Su relación filial no se veía como algo prometedor.

Lola decidió encargarle la tarea de darle la inducción al nuevo personal de limpieza a la chica que la asistía y de cuyo nombre últimamente Martín no se acordaba, a pesar de que cuando la tenía enfrente hacía un verdadero esfuerzo en relacionar su rostro con un nombre.

Lola se anunció con un sonoro y teatral suspiro antes de dejarse caer sobre la silla a su lado. Cuando ella se sentó a su lado cerró los ojos y dio varias respiraciones profundas, la mano derecha apoyada por encima de sus abundantes pechos con la intención de calmarse del todo. Luego apoyó un codo en la mesa y el mentón en la palma.

—Está usted vestido para salir, niño. ¿Debo entender con eso que el hombrecito de la casa no se va a quedar para ayudarme a hacerle frente a todo este desastre?

Martín trinchó repetidamente un pedazo de fruta con el tenedor, sin la aparente intención de llevárselo a la boca en algún momento. Estaba tan agujereado que ya no se sostenía del cubierto y caía exangüe sobre el plato vez tras vez.

—Eso mismo. De todas formas no veo cómo podría serte de ayuda. Voy a salir, pero si me quedara aquí, me iría directamente a mi habitación y me quedaría allí para no estorbarte cuando te hagas cargo.

—Pues que considerado —La sonrisa y el tono de voz de Lola estuvieron cargados de sarcasmo—. Si mi niño sigue trinchando la comida de esa manera, todo en el plato va a terminar hecho puré y no va a poder distinguir una cosa de otra. Hágame el favor y cómaselo todo de una vez. Ha estado comiendo como un pajarito, no crea que no me he dado cuenta. Si sigue así, cuando su mami vuelva lo va encontrar en los huesos y de seguro me van a culpar a mí por no cuidarlo como se debe —Ella extendió una mano y acarició tan levemente su cabello, que Martín apenas fue capaz de sentir su toque. Él sabía que ella lo había hecho de esa manera leve porque estaba tanteando su humor, porque había días en los que Martín reaccionaba tan dócil como un cachorrito y otros tan esquivo y arisco como una cobra con aquel tipo de mimos; pero ella lo había visto crecer, así que a veces eso estaba bien—. ¿Está todo en orden? —Martín asintió—. Entonces de aquí no me sale hasta que se lo haya comido todo.

—Dolores, ¿Crees acaso que puedes obligarme a hacer tal cosa?

—Martincito, ¿Cree usted acaso que no puedo?

2

Con semejante estado de nerviosismo, Martín estaba seguro de que haber desayunado tanto no había sido una buena idea. Podía sentir a la comida hacer una revolución en su estómago y aunque fuese ridículo, mentalmente estaba rogándole a su desayuno que se quedara justo en donde estaba.

Necesitaba calmarse. Aquello, el no haberse atrevido a entrar en el edificio cuando hacía cerca de diez minutos que se había apeado del taxi, era ridículo. Era como haber matado al tigre y ahora tenerle miedo a la piel. Si, Joaquín era su papá, pero también era el hombre con el que había intimado hasta el cansancio y al que conocía de memoria y la simple perspectiva de ir a hablar con él no tendría por qué estarle arrancando temblores a su cuerpo. Sin embargo, de alguna manera se sentía como si estuviera a punto de verlo por primera vez; pues en esta ocasión definitivamente sentía que iba a verlo con otros ojos.

«Está bien, está bien… Es tu papá, Martín, ¿Y qué? Tarde o temprano tendrás que lidiar con ello. Así que, ¿Por qué no de una vez?».

El número de Joaquín aún estaba en los registros de su teléfono como uno de los números a los que más marcaba. Mientras miraba la pantalla de su celular, encontró este hecho patético y triste.

¿Qué?

Fue la seca respuesta a su llamada. Martín habría esperado un poco más de… No sabía exactamente el qué. ¿Suavidad? ¿Conmoción, quizá? O al menos un silencio agónico porque no supiera con exactitud cómo dirigirse a él ahora que sabía que era su hijo. ¿Ni siquiera algo como eso lograba suavizarlo, o conmoverlo, o hacer que lo tratara con cierta deferencia? Ahí estaba pintado Joaquín. Igual de cabrón que siempre, sin importar las circunstancias. Martín bufó, por más que se lo preguntara, lo cierto era que seguía sin saber exactamente cómo era que se había enamorado de él.

—¿Estás en el estudio? Estoy frente a tu portal.

Martín escuchó un suspiro cansado que precedió a su respuesta.

—Está abierto.

—Sí… Eh… ¿E – Está Irina contigo?

Martín no sabía si Joaquín le habría contado algo, si ella estaba al tanto de que la sangre los unía. Ahora, al pensar en la posibilidad de encontrarse con ella, se llenaba de una vergüenza profunda y dolorosa que estaba seguro de no poder disimular si se la llegara a cruzar.

—No. Pero no debe tardar mucho en llegar, así que sube de una vez.

El conocido camino hasta la última planta del edificio esta vez no estaba precedido de ninguna sensación placentera. La culpa y el miedo guiaban sus pasos esta vez, dotándolos de vacilación.

Frente a la puerta del estudio dudó antes de tocar y de manera instintiva comenzó a acomodarse la ropa y el cabello, para acto seguido detener todo movimiento al notar lo que estaba haciendo, estaba arreglándose para él… Para su papá. Sintió ganas de abofetearse a sí mismo. En serio, ¿Qué era lo que ocurría con él?

—Quizá esto no es una buena idea—. Susurró, pensando en darse la vuelta y huir. Era obvio que aún no estaba listo para enfrentarse a él y que todavía no había procesado correctamente la información. No sería descabellado huir de él por el resto de su vida, ¿cierto? De seguro era lo más acertado para hacer. Entre ellos había ocurrido demasiado y quizá esa era una situación sin reversa, además de que…

—¿Entras o no?

Entrar o no, algo tan sencillo que de alguna manera se escuchó como alguna clase de sentencia antes de que la guillotina callera y le rebanara el cuello para cegar su vida. No lo había escuchado o visto abrir. Ya no había escapatoria, a menos de que simplemente echara a correr.

Joaquín se apartó de la puerta, dejándola abierta para él y dándole la espalda se encaminó hacia el centro de la estancia, donde se paró frente a un caballete que soportaba un gran lienzo sobre el que el pintor reanudó el trabajo. Aquella imagen fue un golpe bajo para Martín. ¿Cuántas veces lo había visto darle la espalda justo igual como en aquel momento, mientras daba pinceladas al cuadro en el que había inmortalizado su cuerpo desnudo? Y ahora su imagen, la imagen que él mismo había destrozado, había sido reemplazada por la de Irina y eso le dolió, aun cuando sabía que albergar aquel dolor era algo incorrecto.

Ella se veía hermosa e imponente. La negra piel brillante y desnuda distendida sobre el vientre hinchado. A diferencia de él, que había yacido en una cuna de fuego en brillantes y violentos tonos cálidos, el cuerpo oleoso de Irina reposaba en un lecho de flores de colores vivos.

—Después de la última vez pensé que nunca más vería tu cara por aquí —Joaquín continuaba dándole la espalda, hablándole con aparente indiferencia cuando lo más seguro era que él también debía estarse debatiendo en asuntos similares a los que lo atormentaban a él. Detrás de esta actitud, Martín podía imaginar la mano de su madre; ella de seguro le habría dicho a Joaquín que no le dijera nada. Ahora ambos jugaban aquel estúpido juego en el cual le ocultaban la verdad.

—Sí, yo también pensé que nunca más volvería aquí… A buscarte. Pero ya ves, la vida da demasiadas vueltas.

—Es por eso, chaval, que es sabio el tener cuidado con las rabietas que se hacen y con las cosas que se dicen. Apuesto a que ahora mismo debes estar sintiéndote completamente ridículo. Te marchaste de aquí creyendo que habías dicho la última palabra, pero ya ves… Quizás tú nunca vas a ser capaz de librarte de mí. Estás aquí aun a costa de ese estúpido orgullo tuyo —Joaquín intentó seguir con el trabajo que estaba haciendo, pero era demasiado obvio que su presencia allí lo desconcentraba. Soltó el pincel y la desgastada paleta y se dio la vuelta para mirarlo de nuevo, mientras se limpiaba las manos en un paño lleno de manchas de pintura—. ¿A qué has venido? ¿Qué es lo que quieres?

Martín no se había adentrado demasiado, apenas había dado un par de pasos lejos de la puerta después de cerrarla detrás de sí. Frunció el ceño, sintiéndose un tanto ofendido. No era que hubiese esperado que el cariño paternal brotara a borbotones de los poros de Joaquín ni nada parecido, pero tampoco esperaba que la resequedad hacia su persona hubiese aumentado como parecía haberlo hecho, o que le estuviera reprochando por su comportamiento de la última vez que estuvo allí cuando tenían temas más importantes que tratar.

No tenía ganas de pelear, sólo quería respuestas. Joaquín había sido un cabrón como su amante, era obvio que como su padre las cosas no serían diferentes. Él estaba ahí, frente a él y nada parecía haber cambiado.

—Yo… ¿Por qué te comportas así? —no pudo evitar reclamarle—.  ¿Es que acaso no es obvio a qué he venido?

El semblante de Joaquín mutó, aunque muy ligeramente. Algo de aquel mal humor que lo poseía la mayor parte del tiempo pareció remitir. Soltó un pequeño bufido cansado y se sentó en uno de los taburetes, delante del caballete con el marco. Ahora habían taburetes de madera con pequeños almohadones de color lila adosados, cuando antes solamente había habido dos lugares en los cuales sentarse en aquel lugar: el jodido sofá de una sola plaza y la cama. Donde lo dibujaban y se lo follaban, respectivamente.

Con un movimiento de cabeza, Joaquín le indicó que se sentara, pero no iba a hacerlo. Se sentía más a salvo de pie y justo en donde estaba. Ese lugar se veía… Diferente. Más intimidante, como una nueva dimensión ahora que lo veía como el lugar de su padre. Pintura. Pinceles. Lienzos. La vena artística la había heredado de él, sin duda. No era algo que le perteneciera a su espíritu como siempre había creído, sino que era sólo una disposición genética. ¿Era tal cosa posible?

—Aquí estoy bien, gracias.

—Como prefieras —soltó, hastiado. Joaquín se estiró y de encima de la mesa de pesado metal tomó una cajetilla de cigarrillos y el encendedor y se llevó un pitillo a la boca sin apartarle la mirada—Yo no debería estar haciendo esto. Irina quiere que lo deje. Dice que es malo para el bebé —Después de encenderlo, le dio una profunda calada al cigarrillo—. Pero no le diremos nada, ¿no? Ahora dime, chaval, ¿A qué has venido? Porque no es tan obvio como crees, ya que en realidad no lo sé. Creí que jamás volvería a verte por aquí.

Martín tardó unos cuantos segundos en encontrar su voz. No era nada común en él tener este tipo de reacciones, por lo general era al contrario y tenía que obligarse a sí mismo a callarse.

—Yo… Mimí me lo ha contado todo y yo… Por eso vine —. Mintió. Odió el temblor de su voz.

—De manera que te lo ha contado todo, uhm. Entonces busca reivindicarse, incluso contigo. Eso es una sorpresa… Después de tanto tiempo.

—Eso parece. ¿Qué tienes tú para decirme al respecto?

—Pues… Qué puedo decirte aparte de que no votes demasiada corriente en ello ya que ni tú ni yo podemos hacer nada por cambiarlo. ¿Qué podemos hacer más allá de enfadarnos por no haber sido puestos al corriente? Fue algo que ocurrió hace demasiado tiempo.

—¿Y qué con que haya pasado hace demasiado tiempo? Aún hay consecuencias de ello —. Martín no daba crédito a lo que escuchaba. ¿Cómo podía desestimar aquello tan fácilmente?

—Pues eso, chaval. Que no hay nada que se pueda hacer ahora, que al tiempo no puede dársele marcha atrás.

Darle marcha atrás al tiempo. ¿Significaba eso que Joaquín hubiese querido saber antes que era su padre, o que dándole marcha atrás hubiese podido evitar engendrarlo?

—¿Sólo eso? ¿Dónde… Dónde están los detalles, las explicaciones? ¿Por qué el silencio? ¿Vas a ser igual que ella? Pues eso no te queda, tú eres mucho menos escrupuloso y…

—¿Por qué tendría que contarte algo de eso?

Joaquín comenzaba a parecer enfadado de nuevo, y a pesar de que Martín lo había visto así muchas veces con anterioridad, ahora todo estaba cargado de un nuevo matiz para él. Le ofendía que estuviese siendo igual de esquivo que su madre, que quisiera dejarlo al margen también. Creyó que como su hijo ahora tendría un poco más de acceso a él.

—¿Por qué? ¿Por qué? ¡Porque me importa, porque me incluye! ¡Es mi familia! Estoy  harto del secretismo en una historia que en cierta manera me pertenece. Necesito saberlo todo acerca de ti… De ustedes. Tengo derecho y estoy aquí para reclamarlo. Te guste o no, me guste o no, hacemos parte uno del otro.

Martín no esperaba que Joaquín enarcara las cejas con aquel tinte de burla mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero —porque ahora tenía una mesita de centro con un cenicero sobre ella— mucho menos se esperaba que acortara la distancia que había entre ellos con cuatro largas zancadas hasta plantársele en frente para sujetarlo con fuerza por los hombros.

—Veo que a ti no hay nada que te haga echarte para atrás, ¿No es así, chaval? Cuando quieres algo nada te lo saca de la cabeza. ¿Es eso?

Conmoción.

Sorpresa.

Parálisis.

El rabioso latido de su corazón retumbándole en el pecho y en las sienes mientras el mareo de la incredulidad lo sacudía. Lo último que hubiese esperado era sentir los labios de Joaquín posarse rabiosa y posesivamente sobre los suyos. Durante cada segundo que tardó en reaccionar, Martín contuvo la respiración y mantuvo los ojos desmesuradamente abiertos. Su cerebro luchaba por racionalizar lo que estaba ocurriendo. ¿Era correcto? ¿Incorrecto? ¿Moral? ¿Iba a quemarse en el infierno? ¿Le importaba? ¿Debía apartarse?

Apartarse… ¡Apartarse! Debía hacerlo… Ahora. ¡Ahora!

Sus brazos tardaron en responderle, pero al final lo hicieron. Abandonaron sus costados, donde Joaquín los mantenía inmovilizados y apoyándose en su pecho, empujó con toda sus fuerzas hasta que logró alejarlo de él.

Martín se cubrió la boca con una mano, como si los labios de Joaquín hubiesen quemado los suyos, mientras respiraba agitado y confundido. ¿Qué, por el amor de Dios, había sido aquello? ¿Por qué?

—Tú…—dijo finalmente, cuando recuperó el habla—, ¿Qué tan cruel puedes llegar a ser?

Estaba a escasos segundos de sucumbir ante el llanto y eso lo tenía tanto o más sorprendido que lo que había acabado de ocurrir.

—¿Por qué tan dramático, Martín? —Con cada palabra que pronunciaba, Joaquín daba un paso de vuelta hacia él—. Fuiste tú quien vino a mí. No he sido yo quien te ha buscado. Yo sólo estoy dándote aquello por lo que has venido —Cuando lo alcanzó de nuevo, Joaquín presionó su cuerpo contra el suyo hasta dejarlo aprisionado contra la puerta, luego atrapó uno de los mechones de su cabello y se lo enroscó en el dedo índice derecho y empezó a juguetear con él—. ¿Acaso no detestas tanto como yo que tu madre haya mentido? Guardar información también es mentir, ¿No es así? —El imponente hombre frente a él liberó el mechón de cabello y acunó su rostro, tomándolo por la mejilla con posesividad, pero sin violencia—. Yo creo que debemos hacerle aprender a tu querida madre que las mentiras tienen consecuencias—. Su voz profunda se escuchaba más sibilante cuando bajaba el tono. Martín quería huir, pero no encontraba las fuerzas para hacerlo. Su voz era el equivalente al efecto que Martín suponía que la melodía de la flauta ejecutada por un faquir debía tener sobre las cobras… Inmovilizante.

¿Consecuencias? ¿Más de las que había habido ya? ¿Qué acaso el desastre ya no se había hecho cargo de la situación con anterioridad desde el principio mismo? ¿Era acaso que quizá Joaquín pensaba que porque ya habían traspasado la barrera y tenido sexo, ahora que las circunstancias habían cambiado ya no importaba y podían continuar igual? Una cosa era que aquello hubiese pasado cuando ambos desconocían la situación, otra muy distinta y mucho más grave era que siguieran adelante cuando ahora conocían la verdad.

Los dedos de Joaquín estaban recorriendo los recovecos de su rostro como si de un ciego haciendo un reconocimiento facial se tratara. ¿Era acaso que repasaba sus facciones tratando de encontrar las pequeñas o grandes similitudes entre ambos? Su respiración se aceleró tanto, que Martín se vio en la necesidad de comenzar a respirar por la boca para poder pillar el aire suficiente.

«Dame fuerzas… Dios, si existes y estás allí escuchándome, dame fuerzas para escapar de él».

—No —. Susurró.

—No estás negándote con suficientes ganas. Tus negativas son un chiste, Martín.

Los labios de Joaquín estaban demasiado cerca. Tanto, que su aliento le acariciaba el rostro, jugueteando encima hasta que su boca consumió los milímetros que los separaban y comenzaron a pecar sobre sus labios, mientras Martín sólo era capaz de repetirse la orden de no cerrar los ojos, porque en cuanto sus párpados cedieran, sabía que eso era el equivalente a rendirse. Cuando se cerraban los ojos, un beso pasaba a ser verdadero. Pero para cuando se dio internamente la orden por tercera vez, el velo de sus pestañas ya había descendido y sus labios habían comenzado a responder.

Joaquín era malo. Era venenoso. Cruel y absolutamente certero a la hora de obtener cuanto quisiera. Y él, él era por completo débil. Era decepcionante lo fácil que estaba cediendo. Con movimientos lentos pero precisos, contra los cuales no se reveló, Martín sintió como el otro le deslizó la chaqueta por los brazos hasta sacársela por completo y arrojarla al piso, lejos de ambos. Lo sintió sonreír sobre sus labios, sabiéndose victorioso. Quizá el sentimiento que los unía en aquel momento era el deseo de castigar a Micaela por sus mentiras.

Abrió los labios, desesperado, entregado, rendido y lujurioso, buscando más contacto, cediendo más a la entrega, atragantándose con su boca y su saliva… Con la lengua ansiosa reptando dentro de la boca ajena que tenía el familiar sabor a tabaco y un remanente gusto a alcohol. Ambas eran cosas que él habría odiado en cualquier otro. La debilidad en sus piernas aumentó cuando la mano de Joaquín se posó encima de su bragueta, haciendo presión para apoderarse de su voluntad y dejarlo sin aliento.

Mmm.

La melodiosa música de piano irrumpió en el lugar, llenándolo todo, acuchillando al silencio, cubriendo con su resonancia el sonido ansioso de aquel beso maldito. Aquella tonada que de alguna manera era la banda sonora de su vida porque lo había acompañado durante mucho tiempo y que tenía designada como tono de llamada para el número de su madre, aunado a la vibración del teléfono celular sobre la parte superior de su muslo desde el interior de uno de sus bolsillos delanteros, fue el encargado de devolverle la cordura.

Martín abrió los ojos con sobresalto. Bizqueó para observar el rostro de aquel que, con los ojos cerrados, lo tenía prisionero entre sus labios. Su padre, que era su padre maldita sea. La persona  a la que unas cuantas palabras escuchadas por casualidad lo habían hecho mutar del hombre díscolo y complicado con el que se acostaba y del que estúpidamente se había enamorado, al hombre con el que había mantenido una relación incestuosa y al que tenía prohibido volver a tocar. Con las cejas contraídas en un extraño gesto, Joaquín se despegó de sus labios.

—Esa tonada, ¿De dónde es? Siento que la he escuchado antes.

¿La tonada? ¿En serio iba Joaquín a ponerse a hablar de la maldita tonada que provenía de su teléfono?

No iba a contestarle a Micaela, pero por primera vez en días agradeció el hecho de  que lo hubiese llamado y que con ello lo hubiera despertado de aquel letargo que lo empujaba a entregarse una vez más. Había un límite y era uno que no pensaba rebasar. No lo haría. ¿Qué era lo que había estado a punto de hacer? Era demasiado… Simplemente demasiado. Se sintió sobrepasado y decepcionado de sí mismo. El peso dentro de su pecho empezó rápidamente a convertirse en dolor; un dolor físico que comenzó a arrancarle el aire y que estaba íntimamente ligado al dolor emocional que por primera vez en la vida estaba haciendo presa de él. Había estado a punto de cruzar una línea que hasta el ser más depravado debía respetar.

Además, si es que pretendiera ignorar al padre y quedarse únicamente con el hombre, resultaba que ese hombre era uno que le había hecho daño, que lo había herido, que no lo había valorado y que además no lo quería, uno al cual se suponía que había tomado la decisión de sacar de su vida.

Con una rabiosa sacudida y un rápido empujón apartó a Joaquín de sí por segunda vez en menos de diez minutos. Sus piernas temblorosas parecían insuficientes para sostenerlo, pero se las arregló para ocultar tal debilidad.

—Venir aquí fue un completo error. ¿Cómo es que mi voluntad se convierte en un jodido chiste cuando se trata de ti? Tú… Simplemente eres increíble.

—Lo sé. Gracias —Y además se burlaba de él—. Si quieres que te sea sincero, viendo tu reacción, sólo puedo decir que te tomas las cosas demasiado a pecho en una situación que no tendría por qué afectarte tanto. Vienes aquí, preguntas si mi mujer está, pones en juego esa carta tuya que sabes que funciona y que me calienta, y luego te haces el difícil.  ¿Es algún tipo de nuevo juego? Si es eso, aún no decido si me gusta.

Cada palabra que salía de boca de Joaquín le era más difícil de entender que la anterior. ¿Calentar? ¿Juego? ¿Desde cuándo su simple presencia en un lugar era sinónimo de que su única intención era tener sexo? Y, ¿Tomarse algo demasiado a pecho? ¿Cómo pretendía que el hecho de que se hubiese enterado de que era su papá fuese «una situación que no tendría por qué afectarle tanto»?

La manera en la que Joaquín comenzó a acercarse nuevamente a él le dio miedo. Esta vez se veía más decidido, más violento, parecía un tigre a punto de lanzársele encima para encajarle un zarpazo. ¡Dios! Cuando había parejas que de forma ridícula se llamaban el uno al otro «papi» mientras copulaban, Martín jamás pensó que llegaría a verse inmerso en una situación en la que esto sería algo literal.

El estómago le dio un vuelco desagradable y violento. Su asco básicamente se debió a que, muy a su pesar, lo deseaba. Deseaba al hombre que caminaba hacia él mientras lo miraba con burla y con lujuria. Un fuerte ramalazo de reconocimiento lo golpeó, dejándolo conmocionado y de cierta manera, aterrado. Deseaba a Joaquín con cada célula de su ser. ¿Era acaso que no tenía límites? Sintió miedo de sí mismo, más que del hombre que tenía al frente. Todo parecía indicar que sí se parecían después de todo. Ambos eran seres sin nada de escrúpulos. De tal palo, tal astilla.

A centímetros del desastre, a segundos de la hecatombe que se desataría si es que Joaquín llegara hasta él de nuevo, fue su conmoción la que ganó, fueron su miedo por lo que pudiera llegar a ocurrir y su determinación a respetar un límite que debería ser infranqueable, lo que lo hizo volver a poner los pies sobre la tierra.

Su brazo tembloroso se extendió delante de él, con la palma abierta hacia el frente a forma de escudo.

— ¡Detente! —Pero lo que hizo Joaquín fue todo lo contrario. El paso que dio fue un tanto vacilante, pero su determinación de avanzar seguía indemne. Martin se asió del pomo de la puerta a su espalda—. Tú… ¡Tú eres una completa mierda!

Abrió la puerta y huyó despavorido escaleras abajo; ignorando por completo el ascensor. Huía de Joaquín, sí, pero ¿Cómo iba a huir de sí mismo y de aquello ruin e indebido que se retorcía en su interior?

3

 

Era la última semana de vacaciones y ya iba a la mitad. La rutina de la vida estudiantil, el ajetreo y las largas jornadas de estudio estaban por cernirse de nuevo sobre ellos y cada cual lidiaba con este asunto a su manera.

Gonzalo, por ejemplo, estaba retrasando de forma sistemática el momento en el que debiera recoger todas sus pertenencias para empacar de nuevo su maleta y dejar el apartamento de Carolina para volver al suyo. Jazmín ya había vuelto y el lugar era demasiado pequeño para que todos estuvieran realmente cómodos, pero la soledad le era tan dura y le parecía tan difícil volver a su nido solitario después de haber tenido el placer de una compañía constante, que durante los dos últimos días había estado durmiendo en la misma cama con Carolina, aunque aquello era de verdad incómodo.

Era momento de marcharse. Lo sabía, mas no quería aceptarlo. Era como remolonear en la cama cinco minutos más después de que el despertador ha sonado; puedes retrasarlo, pero no puedes evitarlo. Se podía incluso apagar el molesto pitido del aparato, sin embargo eso no evitaba que los minutos siguieran pasando.

De momento ya había decidido que aquel no sería el día designado para irse, así que no había caso en seguirse torturando con la idea de estar siendo un estorbo. Además, Carolina no le ponía las cosas fáciles cuando se empeñaba en hacerlo sentir cómodo, acogido y querido. Era increíble como ella, que apenas rebasaba el metro con cincuenta, que pesaba poco más de cuarenta kilos y que además era menor que él, podía brindarle aquella sensación de seguridad y de protección, pero así era.

Ese día en particular no quería estar solo. Odiaba el sentimiento de vulnerabilidad e insuficiencia y el mal sabor de boca con el que lo dejaba el entrevistarse con su madre en aquella cita mensual que ella incluso anotaba en su agenda. Gonzalo le agradecía enormemente el que ella no le hubiese dado la espalda como lo hicieron sus demás familiares —incluidos su padre y hermano—, que pagara por su universidad, por su alquiler y sus gastos, pero odiaba el que se viera con él y le pasara dinero como si estuviera ayudando a un terrorista a esconderse de la justicia, porque esto implicaba que merecía ser castigado.

Cada vez que se veían, ella lo miraba como si en lugar de directamente a él, ella estuviera visitando su tumba. Lloraba, ella siempre lloraba y Gonzalo sabía que la razón de ello no era que le entristeciera la injusticia de su exilio, aunque seguro que le dolía, sino que ella aún se lamentaba por la persona que él había sido cinco años atrás, antes de la hecatombe de la sinceridad que lo puso fuera del closet. Ella lloraba por el hijo complaciente que se tragaba lo que en realidad sentía para no hacer sentir mal a los demás; el Gonzalo al que no le importaba sacrificarse a sí mismo, a sus gustos, a lo que quería y esperaba en la vida, con tal de no decepcionar a nadie. Un Gonzalo que ella habría preferido que nunca abriera la boca. Ese Gonzalo había muerto, así que él suponía que no era tan errado que su madre llorara por él después de todo, porque de seguro al verlo a él, que se parecía tanto al otro, que tenía la misma voz del otro, la misma estatura y casi la misma complexión, no podía evitar recordarlo.

Ahora, lo que Gonzalo no había podido determinar, era la razón por la cual aún continuaba siendo infeliz si siempre supuso que asumirse y aceptar quien era traería dicha a su vida. Se preguntó por qué su hermano si podía seguir contando con el cariño, la compañía y el apoyo de su padre, cuando a sus casi veinticinco años era un completo fracasado que no había conseguido terminar una carrera porque se había aburrido de todas las que había iniciado, y ahora empezaba negocio tras negocio fallido en los cuales perdía dinero, el dinero de sus padres. ¿Acaso tal desperdicio de vida, tiempo y recursos era aceptable y justificable sólo porque era heterosexual?

Él también lloraba por el antiguo Gonzalo en ocasiones, pero no porque lo extrañara sino porque sabía cuan atado de manos, cuan miserable y cuan infeliz había sido mientras vivió. Así que no, ese día tampoco quería estar solo, de manera que no estaba preparado para marcharse, aunque se jodiera la espalda en la cama de Carolina, que tenía una forma de dormir terrible, porque se le encajaba en las costillas y le pateaba constantemente las espinillas además de enrollarse en las sábanas.

—Gonza… Esto no se ve nada bien.

Carolina había invertido sus últimos dos días en básicamente dos cosas. La primera, dejarse mimar por él, cosa que Gonzalo disfrutaba hacer y posiblemente constituía el 50% de las razones por las que ella parecía renuente a dejarlo ir, y la segunda era tratar de aprender cómo hacerse el «delineado de gata» sin parecer una egipcia con Parkinson o alguien a quien el tubo de delineador le hubiese estallado en la cara. Ella ya había descubierto de mala manera que las instrucciones del tutorial de TrueTube donde aconsejaban usar cinta adhesiva como guía, eran más difíciles de seguir de lo que parecía.

—Lo estás haciendo mal. Ya te dije que el acabado debe hacerse hacia arriba, no hacia un lado, Cleopatra. Y no te estires la piel del párpado para dibujar la línea porque ¿Qué es lo que crees que pasará cuando todo vuelva a su lugar?

Por supuesto él, que sólo podría hacerse aquello para acompañarlo con un disfraz en el que se vería ridículo dado lo grande de sus músculos y no para la vida diaria, podía hacerlo a la perfección. Life is such a bitch.

Ella chasqueó con los labios mientras empapaba una mota de algodón en líquido desmaquillador.

—Pues me rindo. No haré parte de la cultura popular y continuaré con mi delineado habitual. No estoy hecha para las líneas proyectadas, así que nada de señorita felina para mí. ¿Qué vamos a comer? ¿Prefieres salir, o nos quedamos aquí y preparamos algo?

—Mejor salgamos, yo invito —se señaló el bolsillo trasero del pantalón, donde estaba su billetera—. Hoy tuve cita con mami-money. ¿Le avisamos a Jazmín?

Carolina torció el gesto, mientras desechaba en la caneca junto a la puerta la mota de algodón impregnada de desmaquillador y manchones de delineador.

—Mejor no. No sé qué le pasa, pero desde que volvió ha estado comportándose como una verdadera perra conmigo. Como si yo tuviera la culpa de que su novio hubiera terminado con ella. Es decir, puedo entender que eso la tenga de mal humor, pero no es justo que se desquite con la gente a su alrededor. ¿No te parece?

— ¿Crees que sea por eso? Quizás le molesta que yo esté aquí y…

—¿Y eso qué tiene que ver? Estás quedándote en mi habitación y Roger se ha quedado aquí antes, durante semanas enteras sin que eso fuese un problema. ¿Por qué debería ser problemático que yo haga lo mismo? Además, también eres su amigo y ella no se ha portado feo contigo. ¿O sí? —Gonzalo negó con la cabeza—. ¿Ves? El problema, cualquiera que sea, es conmigo. Hablaré con ella cuando se calme, ni un minuto antes.

Carolina se sacó la camiseta y los shorts de franela sin siquiera pedirle que se saliera de la habitación o desviara la mirada, ella consideraba aquella pequeña libertad como una de las ventajas de tener un amigo gay. El cuerpo de Carolina no tenía ningún tipo de efecto erótico sobre Gonzalo, de hecho el poder verla casi desnuda no hacía más que confirmarle cuan gay era, pero cuando ella se quitaba la ropa frente a él no podía evitar el absoluto estado contemplativo. Ella era muy hermosa, curvilínea, femenina y pequeñita. Su piel era envidiable y su color acaramelado era una completa locura.

—Yo habría querido tener un cuerpo como el tuyo —confesó—. De haber nacido mujer, quiero decir.

Ella se puso un par de jeans y un sweater de cuello vuelto de color lila claro, porque hacía demasiado frío como para que «las nenas», como ella llamaba a sus pechos en ocasiones, no estuvieran debidamente cubiertas. Se volvió hacia él y sonrió.

—Pues yo definitivamente quiero tener un cuerpo como el tuyo… Sobre o debajo de mí, en un tipo que no sea gay como tú, que me ame por sobre todas las cosas y me idolatre, quiero decir.

—Sigue soñando, niña. Ya ves que los que son así están ocupados o somos gay. ¡Vaya! Como que años y años de malos chistes y bromas al respecto al final resultaron tener bases verídicas.

—Sí. Y eso es tan injusto.

—Hablando de hombres sobre o debajo de ti, desde que terminaste con Mauro siento que me volví como el ántrax para él. Huye de mí ni bien me ve, no hemos vuelto a quedar para salir. Ni siquiera un miserable saludo. ¿Qué fue lo que ocurrió entre ustedes? ¿Tan malo fue que hasta mí llegaron las esquirlas?

—Ah… Mauro —Carolina hizo pucheros, estirando la boca en un piquito, luego soltó un gran y sonoro suspiro que hizo que sus labios se rizaran—. Créeme, es mejor que no hablemos de él. Vámonos.

Ella se calzó rápidamente un par de zapatillas deportivas, tomó su bolso y tiró de Gonzalo, halándolo por una de las manos.

Cuando se disponían a salir, el telefonillo que comunicaba con la portería del edificio comenzó a  sonar de manera escandalosa y Carolina se apresuró a contestar. Mientras, Gonzalo aprovechó y se paró frente al espejo al lado de la puerta para concentrarse en acomodar su cabello.

—Por supuesto que sí —escuchó decir a Carolina—, sabe que a él no hace falta que lo anuncie, pero gracias de todos modos. Por favor, déjelo pasar —luego ella colgó y se dirigió a él—. Martín está aquí, viene subiendo.

—¡Genial! Así iremos a comer los tres. Vayamos a una sala de bolos luego, hace siglos que no voy a una de esas —Cuando vio la manera inquisitiva en la que Carolina lo observaba, se preguntó si quizá tenía tierra en la cara o algo entre los dientes, así que se dio otra concienzuda mirada en el espejo, pero no encontró nada extraño o fuera de lugar—. ¿Qué?

—Pues… Que me pones de los nervios hablando así.

—¿Así cómo?

—Como un hombre. Es que desde que te conocí hablabas del otro modo. Yo creí que esto no iba a durarte demasiado.

—¡Mujer de poca fe!

Para cuando el timbre sonó, ambos estaban desgañitándose de la risa.

Cuando abrió la puerta, Gonzalo esperaba encontrarse con la imagen habitual de Martín. Con aquella perfección que se alejaba lo justo del acartonamiento y que desprendía una cuota exacta de pedantería. Con la sensación de control y seguridad que siempre emanaba de él, no con el chico de ojos enrojecidos, cara desencajada y tez cenicienta con el que lo hizo.

El labio inferior de Martín temblaba de manera evidente, mientras su respiración escapaba de su boca en un jadeo intranquilo, rápido y superficial que daba la sensación de que había llegado corriendo hasta allí, cosa que era posible. Él no estaba utilizando una chaqueta a pesar del clima y de estar vistiendo una camiseta bastante ligera que dejaba la mayor parte de sus brazos al descubierto.

Era evidente que Martín no había esperado encontrarse con él abriéndole la puerta, sino con Carolina, porque la perplejidad en su mirada fue demasiado evidente. Gonzalo podría jurar que Martín quería derrumbarse allí mismo donde estaba, pero que no lo hacía porque él estaba allí. Permanecieron mudos uno frente al otro durante unos cuantos segundos más, mirándose a los ojos mientras Gonzalo se mantuvo abrazado a la puerta y Martín anclado debajo del marco.

«Muéstrame, Martín. ¡Anda! Déjame ver que eres humano y que también necesitas de los demás».

Sin embargo este tipo de sentimiento se esfumó de inmediato de la mente de Gonzalo. Su instinto lo instaba a consolarlo, pero algo dentro de él se revelaba contra el hecho de estar viendo a aquel niño maravilloso así de abatido. Martín era fuerte, decidido, genial, era feliz, tenía el cariño y la aceptación de todos. Esa era la férrea imagen con la que Martín se había erigido en su cabeza. ¿Qué podía tenerlo así, entonces? Quería abrazarlo, tranquilizarlo, pedirle que le hablara, pero la última vez que se acercó más de lo justo a él, no había salido bien parado de aquello, aunque ese mismo día más tarde, le había llamado sexy.

—Martín ¿Qué pasó? —La voz de Carolina a sus espaldas lo hizo dejar de bloquear la puerta y caer en la cuenta de que si Martín no había entrado al departamento aún, era porque él no se lo había permitido—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás llorando? —Y ahí estaba esa capacidad de Carolina de adoptar un tono maternal y protector que instaba a obedecer… Por lo menos a él.

—No estoy llorando —. Martín continuaba respirando como un pez fuera del agua y aparentemente él estaba de verdad convencido de lo que decía, porque cuando se pasó los dedos por la parte baja de los ojos y los retiró húmedos los miró con verdadera perplejidad, como si de verdad hubiese esperado no ver rastros de lágrimas en ellos.

—¿Qué no? —Carolina cruzó los brazos sobre el pecho y torció el gesto de esa manera particular en la que evidenciaba que estaba enfadada—. Apuesto lo que quieras a que vienes de ver al estúpido pintorsucho ese. Dime, ¿Es eso?

—Lo que ocurre es que… Es que yo… Él es… Es mí… Oh, Dios.

Gonzalo creyó que Martín correría a refugiarse en los brazos de Carolina, dado que las lágrimas comenzaron a manar de sus ojos de manera copiosa, pero en su lugar él apretó una de sus manos contra su boca, se apresuró por el pasillo y lo siguiente que escucharon fue cómo se encerró en el baño.

Gonzalo y Carolina se miraron a los ojos y en un acuerdo tácito lo siguieron. Cuando llegaron junto a la puerta lo escucharon devolver el estómago. Ambos se miraron de nuevo, esta vez preocupados.

—Hey, Martiny, ¿Estás bien?

Mientras golpeaba con los nudillos sobre la puerta suavemente, Gonzalo acercó un poco el oído a la superficie de madera. Del otro lado se escuchaban los jadeos y pequeños quejidos de Martín.

—¡Martín! Martín ábrenos, por favor —Carolina no se conformaba, como él, con tocar a la puerta, sino que ella además agitaba la perilla intentando forzarla para abrir—. Si no abres la puerta dentro de los próximos cinco segundos, iré por la llave —. Gonzalo sabía que ella tenía toda la intención de cumplir con aquella amenaza, podía notarlo en la seriedad impresa en su tono de voz.

—Nena, démosle espacio y unos minutos. A nadie le gusta que lo vean o incluso lo escuchen vomitar —Carolina dio un paso hacia atrás y él la imitó. Ese fue todo el espacio que le confirieron a Martín—. Más bien por qué no calientas agua y cuando salga le damos uno de los tés que compramos. Le ayudará a asentar el estómago.

—¿Tú crees que él esté bien?

—Claro que sí, ve… ve ahora.

—Pero…

—Yo no me moveré de aquí por si necesita algo o sale. Así que has lo que te digo.

—Está bien.

Ella se alejó de mala gana, arrastrando los pies y volteando para mirarlo cada vez que daba un par de pasos. Gonzalo le sonrió un poco para tranquilizarla e instarla a irse de una vez. Ya había notado que con respecto a las situaciones que escapaban de lo cotidiano y controlable, ella solía ser un poco histérica, aunque siempre lograba darles solución de alguna manera.

Escuchó claramente el sonido del agua de la cisterna de la taza de baño al ser descargada y luego el correr del agua de la llave del lavamanos. Eso habría podido significar que Martín estaba a punto de salir, si lo siguiente que escuchó no hubiese sido el estrépito de lo que sin duda fue una caída que arrastró consigo algunos de los productos estéticos sobre la repisa debajo del espejo, mientras el agua seguía corriendo.

—¡Martín! —Gonzalo dio tres frenéticos golpes sobre la puerta—. ¡Martín! ¿Me escuchas? —No obtuvo respuesta y a pesar de que sabía que no tenía caso, porque ya habían comprobado que el seguro estaba puesto desde adentro, sacudió la perilla y volvió a golpear la puerta, esta vez con la palma abierta—. ¡Martín!

Adentro se escuchaba el sonido de lo que parecían los vanos intentos de Martín por ponerse de pie.

—Estoy bien —. Su voz se escuchaba débil y además provenía del piso.

— ¡Carolina! —Gonzalo la llamó con un bramido y ella apareció a la vuelta del pasillo casi de inmediato, también Jazmín emergió de su habitación.

—¿Por qué tanto escándalo? ¿Qué es lo que pasa? —Jazmín se acercó a él con el ceño fruncido.

—¿Si? Dime, ¿Le pasó algo?—Los preciosos ojos negros de Carolina estaban desorbitados.

—La llave del baño, ¡Tráela!

— ¿Por qué? ¿Qué pasó?

Mientras Jazmín preguntaba, Carolina no había perdido el tiempo y había corrido hasta el llavero que colgaba de las ubres de una vaca de cerámica contra la pared al lado del platero de la cocina. Fueron sólo segundos, pero durante ese poco tiempo Gonzalo debió luchar contra sus ganas de cargar su peso contra la puerta y forzarla por miedo a lastimar a Martín.

—Martín, no te muevas. Escuché el quebradero de vidrios, así que mejor quédate quieto, ¿Me escuchas? En un momento estoy contigo.

Cuando Carolina regresó con la llave, se disponía a abrir la puerta ella misma, mas Gonzalo prácticamente le rapó el llavero de las manos al verla entorpecida.

Cuando finalmente abrió la puerta, la abrió con cuidado para no golpear a Martín. Tal como esperaba él estaba tendido en el piso. Era un cuarto de baño diminuto, así que lo más probable era que se hubiese golpeado la cabeza contra alguna de las paredes. Gonzalo abrió apenas un resquicio por el cual pasar, porque Martín estaba bloqueando un poco y se agachó a su lado. Él estaba consciente, pero era evidente que estaba atontado. Carolina quiso entrar también, sin embargo con Martín tendido en el piso y el cuerpote de Gonzalo ocupando el resto del espacio, debió conformarse con sólo asomar la cabeza.

—Tiny, Cariño. ¿Está herido, Gonza? Mira todos esos vidrios.

—¡Mis cremas y perfumes! —gritó Jazmín—. ¡Está todo roto! Es un completo desastre —Gonzalo consideró que aquello de las cremas era un comentario jodidamente desconsiderado y egoísta para soltar en aquel momento, así que a pesar de sentirlo por Carolina, cerró la puerta para que aquellas estupideces no se escucharan, además de para poder maniobrar con Martín—. Esto es tú culpa, Carolina. ¿Quién va a pagar por todo eso?

—¿Pagar? —se escuchó del otro lado de la puerta—. ¿En serio importa eso ahora? Si lo que te importa es eso, no te preocupes, yo lo haré o lo hará Martín en cuanto no esté tirado en el piso del baño desangrándose —Ahí estaba la exageración de Carolina—. ¿Y cómo es que esto es mi culpa?

Gonzalo apartó un frasco de loción para el cuerpo a medio quebrar, que estaba cerca del brazo de Martín y que le había hecho un pequeño corte. Al tocarle la pequeña herida él pareció aclararse un poco.

—¿Qué pasó?

—Pasa que este baño es demasiado pequeño y me es difícil alzarte en brazos sin reventarte la cabeza contra la taza de baño. ¿Crees que te puedes poner de pie si te sostengo? Oh, y ¿Tengo tu permiso para invadir tu espacio personal? Contigo nunca se sabe…— El chico en el piso no estaba para reír o contestar, pero levantó el brazo hasta posar una mano en el hombro de Gonzalo e indicarle así que lo ayudara a ponerse de pie. —Bien, aquí vamos. ¿Estás listo? —Martín asintió.

Gonzalo cargó con todo el peso de Martín y lo ayudó a ponerse de pie, esquivando los vidrios, mientras escuchaba con molestia como las dos chicas seguían discutiendo afuera. Martín se dejó caer completamente contra él y parecía como si estuviera a punto de perder el sentido.

—¡Eres una casquivana! ¡Sólo te gusta juguetear con todos! Tienes a dos hombres metidos en el baño esperando por ti… Apuesto a que ambos los meterás en tu cama esta noche.

—¡¿Tiene lo que dices algún tipo de sentido, resentida de porquería?! —La furia de Carolina se percibía claramente en su voz—. ¿Acaso Gonzalo es un hombre? —¡Ouch! Eso dolió—. Sé que aparte de estar injusta y atrevidamente llamándome una zorra, hay algo más que quieres decirme y aún no has tenido los ovarios para soltarlo y pretendes que lo adivine. Tendremos esa  conversación, créeme que la tendremos y te haré pedirme perdón, pero no ahora… No en medio de una emergencia. Te recuerdo que los dos hombres dentro del baño también son tus amigos y el que estés disgustada conmigo no justifica que estés siendo tan insensible e inmadura.

—Pero que dices, tú…

—¡Cierren la boca de una vez! —Gonzalo ya se había hartado. Se aseguró de que la cabeza de Martín estuviera recostada contra su pecho, con una mano lo afianzó de la cintura y con la otra abrió la puerta. En cuanto alcanzó el pasillo pasó el brazo con el que había abierto la puerta por debajo de las rodillas de Martín y lo cargó para comenzar a dirigirse hacia la habitación de Carolina.

Las dos chicas lo siguieron. Con bastante cuidado depositó a Martín sobre la cama, después de que Carolina apartara el edredón.

—¿Él está bien? —La voz preocupada y ahora en un tono más bajo de Jazmín, evidenciaba que Carolina tenía razón y lo que fuera que estuviese ocurriéndole, tenía que ver sólo con ella.

Su pequeña amiga tomó a Jazmín de un hombro y la hizo caminar de espaldas, hasta dejarla fuera de la habitación.

—No, es obvio que él no está bien. Gonzalo y yo nos haremos cargo, así que toma tu estúpido berrinche y tu mala actitud y lárgate a rumiar a otro lado, porque desde este mismo instante no tienes permitido estar en mi habitación, donde, por cierto, puedo hacer cuanto me dé la gana y con quien yo quiera.

Luego Carolina simplemente le tiró la puerta en las narices. Cuando ella volvió junto a la cama, Gonzalo estaba sacándole los zapatos a Martín, que parecía estar en una constante lucha contra la inconsciencia.

—Dios, cuanta violencia. Pásame esos almohadones de allí —Cuando ella se los alcanzó él los acomodó debajo de los talones de Martín, de manera que sus pies quedaron elevados— Él necesita que la sangre circule hacia su cerebro —. Respondió a la muda pregunta de Carolina.

—Pobrecito mi Tiny Carolina tomó una de sus manos—- Está frío —comenzó a frotarlas con energía—. ¿Qué crees que tenga? ¿Qué crees que debamos hacer?

—Lo correcto. Llevarlo con un médico. Incluso a rastras, si hace falta.

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