Capítulo 5 Cat-bird

Capítulo V

Cat-bird

1

Con el cabello más corto de lo que lo había llevado en mucho tiempo, sus característicos rizos suaves brillaban por su ausencia y la verdad era que se sentía bastante más cómodo y ligero de este modo. Le agradaba la sensación de tener la certeza de que por fuerte que soplara el viento o por muy activo que estuviera, la apariencia de maíz inflado había quedado atrás, ya que su cabello solía rizarse sólo cuando sobrepasaba cierta longitud.

Sus movimientos estaban algo acartonados aquella mañana. Le dolía de forma terrible el torso, para ser más precisos los músculos que conformaban su zona abdominal. Ese era el único resultado que había obtenido de momento por haber estado asistiendo al gimnasio desde la semana anterior; cada movimiento que realizaba, enviaba la señal a su cerebro de que debía tirar de todos sus nervios para padecer una especie de mini tortura en respuesta, además sentía las piernas flojas y los brazos inútiles.

Quizá aquello de tomarse en serio el obsequio de cumpleaños de su familia no había sido tan buena idea, después de todo comenzaba a contemplar el abandonar, pero las ganas de demostrarles que iba a ser constante durante más de una semana había podido más que el maltrato y sabía que de seguir sus músculos resentidos simplemente terminarían por adaptarse hasta que el dolor desapareciera. Además, como que había algo relajante en el hecho de ejercitarse y saber que estaba haciendo algo por su salud al dejar de lado el sedentarismo que una profesión como la suya puede acarrear. La actividad física además lo ayudaba a distraerse y a descargar parte de la tensión que a veces no era consciente de estar cargando encima.

A lo mejor, sin ser consciente de ello, estaba haciendo caras raras debido al dolor muscular, o quizá era que su nuevo corte de cabello no le sentaba nada bien y se veía extraño, porque había un grupo particular de alumnas que no le sacaban la vista de encima y no cesaban de cuchichear y de reír. Ricardo no era una persona insegura, pero vaya si era incómodo sentirse bajo el ojo escrutador de un grupo de adolescentes cuyo nivel económico y social en ocasiones las llevaba a pensar que podían pasar por alto las más básicas normas de respeto o a creer que no era necesario inhibirse en lo absoluto.

No, Ricardo no era un resentido social tampoco, pero el que sus alumnos en su mayoría —si no es que todos— pertenecieran a familias con dinero, no era una excusa para que fuesen maleducados y no respetaran las cadenas de mando o simplemente a sus mayores. En términos generales sus alumnos eran buenos chicos, más en una que otra ocasión necesitaban de alguien que los aterrizara.

Dio unos cuantos pasos en dirección a la segunda hilera de asientos del auditorio, junto a la cual el pequeño grupo de alumnas había permanecido de pie. El profesor Azcarate sin duda sabía manejar a la perfección su lenguaje corporal, porque mientras en su rostro había una leve sonrisa amablemente conciliadora y una de sus manos estaba a su espalda, entregando el mensaje «vengo en son de paz» la otra apuntaba hacia los asientos vacíos, instándolas a tomar asiento de inmediato.

Las alumnas obedecieron en el acto y a pesar de que una vez sentadas permanecieron en silencio, no abandonaron la sonrisa y continuaron observándolo con descarado detenimiento mientras se alejaba de ellas. Empezó a preguntarse en serio si quizá aún tenía las marcas de las sábanas grabadas en el rostro o rastros de pasta de dientes en las comisuras de la boca. Suspiró con cansancio mientras se atusaba el cabello y continuaba con el recorrido.

El auditorio principal, con capacidad para albergar a 750 personas, era un hervidero de alumnos, maestros y algunos padres de familia. Había un cuchicheo incesante semejante a un zumbido que era producido por los cientos de alumnos agrupados allí, reencontrándose después del periodo vacacional de mitad de año. Todos ellos llenos de energía, anécdotas y de historias que querían compartir con sus congéneres.

Lo que elevaba aquel bullicio a niveles casi astronómicos era que en esta ocasión los directivos hubiesen decidido incluir a los alumnos de primaria en aquella reunión. Por lo general ellos solían tener eventos de manera independiente al resto del plantel, pues se hallaban al otro extremo del campus en prácticamente un terreno aparte, ya que no compartían zonas comunes con el resto del estudiantado y además manejaban un horario ligeramente diferente al de los alumnos mayores. Esta vez los más chicos estaban allí, haciendo notar su presencia con una inquietud y un derroche de energía que dejaba en evidencia cuan emocionados estaban.

El Instituto Superior de los Alpes alcanzaba aquel año su centésimo quincuagésimo  aniversario. 150 años de los cuales se sentían muy orgullosos, pues no en vano eran la institución educativa con más exalumnos activos en la vida política nacional que cualquier otra y, con respecto a esto, Ricardo sinceramente prefería guardarse su opinión, pues los políticos no eran algo que tuviera en gran estima, así que guardaba estricto silencio cuando alguno de sus compañeros de trabajo o sus jefes, hacía mención de este hecho. Lo tenía bastante sin cuidado aquella visita que estaba causando tanto revuelo, pero bien valía al menos para un corte de cabello.

Esos 150 años valían para que el mismísimo alcalde de la ciudad, en su calidad de exalumno del plantel, se hubiese comprometido a pasar aquella mañana a dar un pequeño discurso como acto inaugural de la semana de celebración y por este motivo los maestros estaban utilizando sus mejores trajes y el alumnado al completo estaba vistiendo el uniforme de gala que los homogenizaba y no la acostumbrada ropa particular.

Cuando vio a Martín entrar en el recinto, Ricardo recordó que en los últimos tiempos había estado sintiéndose como un ser humano que cargaba sobre sus hombros un nada desdeñable cúmulo de estupidez, pero no una estupidez despreciable de la cual avergonzarse, sino de esa clase que es agradable sentir y que muchos incluso disfrutan y buscan.

¿Qué tan estúpido estaba siendo? Pues lo suficiente como para haber estado a punto de electrocutarse al haber provocado un corto circuito en la red eléctrica de su apartamento cuando trató de instalar en su baño una ducha eléctrica por sí mismo, sólo porque Martín se había quejado del agua fría la única vez que estuvo allí. Jamás iba a olvidarse del modo en el que el electricista, al que finalmente se vio obligado a llamar, negaba divertido con la cabeza a medida que iba descubriendo qué tan grande era el daño en el cableado eléctrico, tal como tampoco se olvidaría del alto monto que tuvo que pagar por el arreglo, además del vergonzoso hecho de ver socavado su orgullo masculino al corroborar tan aparatosamente que no había podido con algo tan simple que incluía herramientas. Al menos ahora tenía agua caliente que podía activar y desactivar a voluntad, algo bueno si conseguía no pensar en el hecho de que él odiaba bañarse con agua caliente

Muchas cosas cruzaron por su cabeza a la velocidad del rayo cuando sus ojos se posaron en Martín. Desde recuerdos vivaces, coloridos, electrizantes y calientes, pasando por una abrumante sensación de anhelo y bienestar, hasta las debilitantes cosquillas en el estómago que le hubiese gustado que fueran algo un poco más metafórico y no algo tan real y contundente, que le causara tanto placer como miedo.

Porque sí, la reticencia seguía allí con él. Era necesario y sano sentirla haciéndole compañía a sus ganas de saltar al vacío con los ojos cerrados. Había dentro de él un miedo remanente a perder el control de su voluntad. Miedo a traspasar desmedidamente los límites y las consecuencias que esto le pudiera acarrear. Miedo a quizá no saber cuándo frenar o hasta dónde llegar sin causar ningún daño o sufrirlo, sin embargo en igual o incluso mayor medida estaba ese pinchazo de emoción, de novedad y de deseo.

De momento tenía claro que aunque de alguna manera tenía permitido dejar que la parte íntima de su ser, esa donde reside el deseo, cediera porque ese permiso le había sido concedido de manera explícita, también debía tener claro que aquello era algo superficial que no debía trascender del plano físico. Los límites debían estar bien dibujados en su mente.

Su corazón era algo que debía proteger y mantener al margen, sobre todo teniendo en cuenta que él tenía la mala costumbre de siempre meter el corazón en cada cosa que hacía, ya fuese en mayor o en menor grado. No estaba hablando de amor necesariamente, porque no había cosa más lejana al amor que aquello que estaba ad portas de iniciar entre Martín y él, estaba hablando de la vida, de la simple convivencia, de la empatía que lo llevaba a ser una persona comprensiva, incluso de simple compañerismo o de la relación más plana y básica. Cada uno de estos aspectos, de una manera o de otra, en mayor o menor medida, requerían que el corazón estuviera presente y él esperaba de manera ferviente no sobrepasar ese límite y no poner demasiado de sí mismo en algo en lo que seguramente no debía hacerlo. Era irónico, porque como amantes justamente lo que menos era conveniente hacer, era amar.

Era un juego que ya había iniciado, así que ni siquiera valía la pena el intentar echarse para atrás. La única opción que tenía era ser un buen participante. Cuidarlo y cuidarse. Los dados ya se habían echado a rodar, y a pesar de que había sido Martín quien los había lanzado, había sido Ricardo quien se había mostrado más embelesado por la manera en la que el tablero se llenaba de fichas de color rojo en movimiento. La dura capa con la que se había recubierto a sí mismo había comenzado a romperse de manera irremediable, todo a causa de Martín… De quien menos creyó. Y como consecuencia de ello, su corazón al descubierto demandaba ser protegido.

Cuando Martín le regaló una mirada intensa y una sonrisa fugaz, tan ligera que Ricardo se preguntó si tal vez la había imaginado, su consciencia acusatoria entró en acción, apuntándolo con el dedo de manera reprobatoria. ¿Desde cuando él era tan ruin o frívolo como para utilizar tan a la ligera la palabra «juego»?

Aquel gesto tan sencillo, las comisuras de su boca curvándose apenas hacia arriba, fue como ver el cielo abierto encima suyo, pero Ricardo se limitó a inclinar ligeramente la cabeza a modo de saludo igual que lo habría hecho con cualquier otro estudiante, siguió con su recorrido entre las hileras de asientos, pidiendo a los alumnos aquí y allí que por favor tomaran asiento y guardaran silencio.

Alguna vez pensó que cuando tuviera la oportunidad de adentrarse en el mundo de Martín, cuando lo conociera en un ámbito más allá del académico, de seguro encontraría rasgos de su personalidad y de su ambiente que le desagradarían a tal grado que terminaría por aborrecerlo. Llegó incluso a rogar por ello. Pero cuan equivocado había estado. Si Martín lo había juzgado mal a él, él había hecho exactamente lo mismo y lo había encasillado en el ridículo estereotipo del niño rico malcriado, egoísta y carente de la capacidad de empatizar.

¿Cómo iba a aborrecer a alguien que le había hecho ver la simple y cotidiana lluvia como algo más que un mal necesario, más allá de una simple precipitación climática y un incordio que retrasaba el tráfico? Es más, ¿Cómo era que él mismo no se había fijado en ello antes, cuando la lluvia es musical y se suponía que él amaba la música? ¿Cómo iba a querer lejos a alguien que balbuceaba tan dulcemente al dormir y tapizaba sus paredes con el mundo a lápiz que había surgido de sus dedos? ¿Cómo no sentirse maravillado ante alguien que lo tocaba con esa exigencia tan diestra?

Había cosas en Martín que no eran tan mágicas, claro. Facetas de él que se alejaban por mucho de la perfección, por supuesto. No obstante no le tomó demasiado tiempo a Ricardo el descubrir que incluso disfrutaba de sus imperfecciones. Esas que lo hacían más humano e interesante.

Y aun así apartó la mirada. Ignorarlo de aquella manera fue lo único que Ricardo pudo hacer en defensa propia. Rogaba porque Martín no hubiese notado la turbación que le produjo el verlo. Por alguna misteriosa razón que no lograba entender o controlar del todo, Martín vistiendo aquel uniforme fue  algo shockeante en el buen y el mal sentido.

Ahora que veía a Martín bajo un tipo de luz diferente, era como si de alguna manera lo estuviera viendo por primera vez y todo en él lo deslumbraba. Verlo vestir aquel uniforme tocaba su fibra sensible y apelaba a sus fantasías, pero de igual manera le recordaba lo lejos que estaba yendo, cuán profundo estaba a punto de sumergirse en algo en lo que simplemente no debía hacerlo.

Martín¿Fue él siempre así de grácil al moverse? ¿Fue su piel siempre así de clara? ¿Siempre fue el arco de sus cejas tan perfecto? ¿Y sus labios…? ¿Hubo siempre una sonrisa jugueteando  escondida en la comisura de su boca esperando a estallar? ¿Dónde estaba el muchachito chocante y engreído que se empeñaba en desafiarlo durante las clases, en hacerlo rabiar y en burlarse de él? No había desaparecido en lo absoluto, seguía allí y el problema era que ese muchachito un tanto arrogante le agradaba, porque había comprobado que, como era de esperarse, Martín no era un ser unidimensional y tenía aristas y subidas,  bajadas, vueltas y recovecos que constituían su personalidad, y no una cualquiera sino una tremenda y contundente.

Martín no era pusilánime, o tímido, o poco interesante. Martín era valiente y atrevido, era dedicado, observador, talentoso, vivaz, exigente y un aprovechado. Y ahora, a pesar de que no quisiera, también tenía que reconocer que era sexy. Sexy en la manera en la que alguien o algo prohibido lo es. Sexy en la pecaminosa, lujuriosa y santificada manera en la que alguien con cara de ángel, pero con actitud de demonio lo es.

Ricardo trataba desesperadamente de asimilar sus propias reacciones y a pesar de que estas le sorprendían, creía entender a profundidad el porqué de ellas. El simplemente había estado solo demasiado tiempo… Se había cerrado al mundo durante demasiado tiempo. Se había autoimpuesto un régimen de aislamiento emocional durante demasiado tiempo. Y de la nada había «aparecido» Martín, lleno de la juventud y la belleza de una fruta madura y sabrosa, de una magia atrevida que no conocía la vergüenza y no aceptaba negativas, además de sus tentadoras promesas de placer.

Aquel gatito atómico le había saltado encima, y con las garras afiladas había reventado sin miramientos su burbuja de monotonía y le había recordado que estaba vivo, que estaba bien sentirse inestable y sin el completo control de todo de vez en cuando, que era joven y por supuesto que eso obtenía reacciones de él. Era una respuesta biológica y fisiológica normal ante la inestabilidad de su monotonía y el estímulo físico y psíquico. ¿Era eso?

Ricardo se preguntó si de haber estado llevando una vida más normal y sin las altas cuotas de apatía y aburrimiento, Martín de igual manera habría logrado arrancarle tantos escalofríos y ganado toda su atención como lo estaba haciendo.

2

No era que hubiese tenido que pensar demasiado al respecto. No era tampoco como si aquel no hubiese sido un camino en cierta forma lógico dadas las circunstancias. Era sólo que ahora más que nunca Martín sabía que su carta Ricardo era algo a lo que necesitaba aferrarse con todas sus fuerzas, de una manera fiera y a todas luces egoísta.

No iba a encamarse con cualquiera para olvidarse de Joaquín cuando Ricardo estaba ahí como la opción más obvia y cómoda. Martín necesitaba desesperadamente lo que emanaba de él. Esa sensación de ser seguro, de no lastimar, de ser… inofensivo y confiable.

Martín no se avergonzaba de su resolución de necesitar de alguien con quien tener sexo para apaciguar a su espíritu atribulado por el sentimiento de traición y el desorden que empezaba a sentir reinando en su vida, pues necesitaba algo que conociera y que supiera cómo manejar, que le devolviera un poco de la sensación de control que estaba por perder por completo. Y qué mejor que aquello que sabía hacer mejor.

Necesitaba de alguien llenando los espacios de tiempo que pudiera dedicar a pensar en Joaquín, lo cual era un doloroso despropósito y una pérdida de su tiempo, además de un malgaste de energías. Prefería entregarse a algo sin sentimientos, donde no corriera el riesgo de salir nuevamente herido, donde no hubiera cabida para aquella cosa difícil, dolorosa y desconcertante llamada Amor.

Se había tomado el tiempo y el trabajo de abrirle un espacio a Ricardo en su vida, de construirle un lugar y proveerlo de cierto nivel de aceptación. No era que le hubiese costado demasiado el lograrlo, pero él nunca se había tomado la molestia de hacer eso por nadie. A nadie le había dado cabida tal como, si miraba bien, nadie se la había dado a él tampoco, por lo menos no más allá de abrirle un espacio en su agenda y en su cama. Él se veía en la necesidad de esconder sus relaciones con hombres mayores, en respuesta y por ende, esos mismos hombres debían ocultar que lo tenían a él como concubino.

Que valiera la pena entonces el haberse tomado la molestia de construir en el aire. ¿Qué importaba que todo hubiese sido a base de mentiras? Convertiría algo que había hecho por Joaquín, en algo de provecho para él. Un amante más… Una historia más… Una crónica que plasmar en aquel diario que, paradójicamente, era algo que escribía para la clase de Richie, el eticoncito de mente estrecha.

Quería de una vez por todas que toda huella de Joaquín fuese borrada de su piel y Martín sólo conocía una manera de hacerlo. ¿Que si eso lo convertía en un inmaduro y un completo casquivano? Quizá, pero sinceramente no le importaba. Era momento de cerrar aquel capítulo al cual había forzado a durar, de dejar de aferrarse al pintor sólo porque no podía concebir que amando tanto no lo amaran de vuelta, y orgulloso y voluntarioso como había sido siempre, creyó que con tiempo y sus dotes, aquellas en las que tenía plena confianza, lograría hacer brotar sentimientos de la tierra reseca e inhóspita que era su corazón. Sentimientos que, de llegar a existir, le estaban negados de todas maneras pues la sangre los unía de la peor manera en la que pudiera haberlo hecho.

Martín no había dudado, ni siquiera durante un segundo, del hecho de que con solo chasquear los dedos lograría tener a Ricardo bajo su yugo, rendido por completo y dispuesto a ceder ante todos sus caprichos. Tuvo la certeza hasta aquella mañana, en la que su profesor apenas lo había mirado e inclinado la cabeza a modo de escueto saludo cuando coincidieron en el auditorio.

El legendario e inquebrantable orgullo de Martín había estado sufriendo un golpe tras otro durante los últimos meses de su existencia, y no iba a negar que gran parte de la culpa de ello había sido enteramente suya, cosa que a todas luces empeoraba la situación. Teniendo esto en cuenta, lo que menos esperaba o necesitaba Martín en aquel momento era la indiferencia de Ricardo, que aquella mañana fue como un gancho directo al hígado —si es que el amor propio de alguna manera se encuentra situado en el hígado o sus inmediaciones—.

Fue entonces cuando su memoria se puso en acción propinándole una certera cachetada y recordó toda la palabrería que le había soltado Ricardo acerca de querer que lo conquistara, que le mostrara su lado erótico y se ganara su admiración. ¿Era todo eso en serio, acaso?

Martín se dejó caer en una hilera de sillas cercanas a la salida, a unos dos asientos del  pasillo del auditorio. Cruzó los brazos sobre el pecho y bufó su indignación, mientras seguía con la mirada cada movimiento que ejecutaba Ricardo y pensaba en si su profesor realmente creía que tenía alguna oportunidad de no caer rendido si él decidía empeñarse a fondo en conquistarlo.

—Nadie se me ha resistido jamás —susurró para sí mismo.

«Ni siquiera mi papá salió invicto».

Martín contuvo la carcajada histérica que pugnaba por salir disparada de su garganta ante este pensamiento tan torturante, inoportuno e inadecuado como trágicamente gracioso.

Desde donde estaba, veía claramente la manera en la que Ricardo se paseaba entre las hileras de asientos, instando a los alumnos a calmarse y a guardar silencio. Él caminaba con las manos anudadas a la espalda, viéndose tan correcto y académico como lo hacía siempre; con los anchos hombros, que ya había tenido la oportunidad de apreciar desnudos, tensos a causa de la posición de los brazos. Estaba impecablemente vestido, y aunque esto era algo habitual en él, en esta ocasión se notaba que se había esmerado un poco más. Martín suponía que esas eran las consecuencias de que el mentado alcalde, al que mencionaban cada dos por tres, fuese a estar allí aquella mañana.

Y su cabello… Lo había recortado. Los rizos suaves que solían formarse sobre su cabeza habían desaparecido, y el efecto visual de eso era… Por lo menos interesante.

—¿En qué tanto piensas, Tiny?

El respingo que dio Martín fracasó estrepitosamente en ser disimulado. No había  visto a Georgina acercarse y mucho menos sentarse a su lado.

—No me llames así.

—¿Así cómo? ¿Tiny? —Ella cruzó una pierna sobre la otra—. Pero Carolina y Gonzalo te llaman así y tú me llamas Georgy.

—Carolina y Gonzalo son mis amigos, así que ellos pueden llamarme como quieran. Eso afianza nuestros lazos y pone en evidencia la confiabilidad y la familiaridad. En tu caso, tú haces que todo el mundo te llame Georgy para alimentar tu fantasía de que no todos te odian. Ese diminutivo de alguna manera denota cariño, así que básicamente hago mi buena acción del día cada vez que te llamo de ese modo y ayudo a fomentar tu amor propio. Pero si prefieres no volveré a hacerlo.

Martín sólo la había mirado de manera momentánea después de comprobar que era ella quien se había sentado a su lado e interrumpido sus elucubraciones, después de eso había dirigido la vista hacia el frente, con la vaga esperanza de que eso la animara a alejarse de él.

—Yo también te quiero, Martín. Qué bueno que yo no soy la única con ese tipo de problemas sociales por aquí, aunque en tu caso es comprensible porque te empeñas a fondo en comportarte como alguien odioso. Pero conmigo ya no tiene caso que utilices esa careta dura, te he visto derramar miel cuando estás con Gonzalo —Georgina cambió de posición y esta vez fue su pierna izquierda la que se cruzó sobre la derecha, dejando al descubierto una buena porción de piel por encima de sus medias colegiales hasta las rodillas, que Martín fue perfectamente capaz de percibir con el rabillo del ojo—. Oh Dios, míralo. Es sexy en la incomprensible manera en la que un cachorrito lo es.

Martín frunció el ceño al no comprender a lo que ella podría estar refiriéndose.

—¿De qué estás…? —Sólo le bastó mirar a Georgina y seguir la trayectoria de su mirada para comprender.

—No puedes negarlo, Martín. A ti, que eres capaz de apreciar y juzgar un buen físico masculino, no puede pasársete enteramente por alto el hecho de que el profesor Azcarate es… Que tiene algo —Un suspiro teatral abandonó su boca—. ¿Qué estará mal con él? Como que está caminando extraño. ¿No te lo parece? —Ella incluso ladeaba la cabeza en su afán de escrutar a Ricardo más a profundidad—. Es una pena que me hayas obligado a alejarme de él. Yo adoraba sus rizos, pero con el cabello corto como que se ve incluso mejor. ¿No lo crees? —La voz y la mirada de Georgina tenían un aire un tanto soñador que se interrumpió de manera abrupta cuando ella volvió a mirarlo con ojos escrutadores y afilados—. Estabas concentrado en él cuando llegué, así que supongo que tú también habrás notado lo bien que se ve hoy.

Martín ni siquiera iba a negarlo o a hacerse el tonto al respecto, pues algo le decía que Georgina no era ni la mitad de tonta de lo que aparentaba en ocasiones. De hecho ella estaba siendo demasiado perspicaz.

— ¿Qué estás haciendo aquí, Georgina?

—Estudio aquí desde primero elemental al igual que tú, Martín. ¿Recuerdas? —Ella fingió una profunda meditación—. Oye, ¿no debería eso significar que tú y yo deberíamos llevarnos al menos decentemente bien? Digo, tus adorables amigos me aprecian, ¿Por qué tú no? ¿Por qué me odias si jamás te he hecho nada malo? Deberías dejar tu hostilidad conmigo de lado si incluso vas a llevarme a una fiesta como tu pareja.

Martín bufó con hastío.

—Georgina, yo no te odio. Odiarte implicaría que de alguna manera estoy dispuesto a gastar energía en ti y eso no es cierto. Si eres consciente de que a pesar de los tantos años de conocernos la relación que compartimos raya en la indiferencia casi absoluta, entonces déjame preguntarte de nuevo, ¿Qué estás haciendo aquí?

Esta vez Martín decidió ser más específico por si Georgina pretendía seguir haciéndose la tonta, y recalcó sus palabras con su dedo pulgar señalando el asiento que ella estaba ocupando justo a su lado.

—No sé cómo eres siquiera capaz de andar con el peso de ese enorme ego sobre tus hombros, Martín. Creí que el par de días que compartimos de alguna manera eran señal de que nuestra relación estaba mejorando, pero supongo que el que ni siquiera hubieses aceptado mi solicitud de amistad en Bodybook debió darme una pista de todo lo contrario. He sido virtualmente rechazada. Y pensar que había logrado resistirme durante mucho tiempo a enviarte una y al final caí como una tonta. Aunque al menos me consuela el hecho de que no he sido la única ignorada por estos lares, porque no tenemos un solo amigo en común que asista a este instituto y puedo apostar a que muchos de aquí te han enviado solicitudes. Creí tener alguna ventaja sobre los demás, pero resulta ser que no te agrado ni siquiera un poquito.

Martín frunció el ceño de manera ligera. ¿Medía ella el grado de éxito convivencial y social con algo tan trivial y superficial como una red social? Un lugar intangible en la red donde todos fingen ser los más felices, perfectos y tener los mejores amigos, o por el contrario se vuelcan a mostrarle al mundo cuan miserable o cuan incomprendido se es, para de esta extraña y bizarra manera tratar de ganar la simpatía de la gente. Donde cualquier estupidez se convierte en viral ensalzando a unos o hundiendo en la miseria a otros. ¿En serio?

No era que Martín no pudiera ver las muchas ventajas de las redes sociales, como poder mantener comunicación con personas lejanas, conocer gente nueva o estar informado. Tampoco era que estuviera desesperado por ser diferente, cosa que también pretende la mayoría al despotricar contra lo que crea tendencia. Era sólo que no creía que la aceptación de una solicitud dictaminara de alguna manera lo estable o verdadera que podía llegar a ser una relación interpersonal, o en su caso particular que fuese a mejorar o a afianzar la relación entre ambos, por no hablar de lo ruin y desesperado que era siquiera insinuar que un «Me gusta» pudiera salvar a los niños hambrientos y enfermos del mundo. Sin embargo ella parecía de verdad contrariada, herida y molesta; así que Martín supuso que sí, que ese tipo de cosas eran importantes para ella y de alguna manera la proveían de cierto grado de tranquilidad y él no era quien para criticar eso.

—Habla de una vez, Georgina. De lo contrario sólo aléjate y déjame en paz.

—Okey, okey— La chica a su lado levantó ambas manos, como signo de rendición— Carolina, quien por cierto aceptó mi solicitud de amistad de inmediato, me llamó esta mañana y me pidió que te echara un ojo. Ella no me explicó nada, ni me dijo el porqué, solamente que si notaba algo raro o malo en ti, la llamara de inmediato —Georgina le habló mientras examinaba detenidamente su manicura en un intento desesperado por aparentar indiferencia—. ¿Cuenta tu peculiar mal humor en esta mañana como algo raro? Porque definitivamente malo sí es. ¿Debo llamarla?

Martín debió haber supuesto que Carolina haría algo como eso. De hecho, podía incluso decir que le extrañaba que ella no hubiese encontrado la manera de colarse en el instituto para poder vigilarlo ella misma. Martín creyó que Carolina iba a golpearlo cuando le reclamó por no haber confiado en ella para contarle que había estado sintiéndose mal desde hacía un tiempo. En ese momento, Martín hizo una nota mental: No confiarle ningún tipo de información de la que se requiriera confidencialidad a Gonzalo.

A su pesar Martín consideraba que haber llamado a una ambulancia para que atendiera la urgencia había sido una exageración, debía reconocer que en cierta forma lo tranquilizaba el que alguien más hubiese tomado la decisión que él había temido tomar. No siempre era él quien debía tener el control y particularmente en este caso debía cederlo, porque el miedo había estado cegando su juicio.

Sabía que el decirle a Carolina que él quería a su mamá al margen de aquello llevaría de inmediato a que, con lo referente a aquel tema, ella quisiera suplir ese lugar.

A su lado, Georgina había empezado con la actividad que solía adoptar siempre como mecanismo de defensa cuando necesitaba fingir indiferencia: juguetear con su cabello en busca de inexistentes puntas abiertas —cosa que sería imperdonable cuando se iba con frecuencia con un estilista que cobraba el monto de un salario mínimo por sesión— pero Martín se daba perfecta cuenta de la manera en la que ella lo miraba ocasionalmente a través del rabillo del ojo de manera ansiosa.

Sintió entonces que quizá había sido innecesariamente duro y agresivo con ella. Quizá había un poco de culpa rascando en las puertas de su interior, pidiendo salir para ser exteriorizada.  Quizá simplemente estaba madurando y esto lo instaba a pensar un poco en los demás, o de algún modo se había contagiado de esa horripilante enfermedad llamada Sensiblería. Todo sonaba muy bonito, como la parte de la película o del libro en la que él estaba mágicamente convirtiéndose en una mejor persona o algo así, pero a pesar de ello de ninguna manera pensaba disculparse con ella.

Ese puchero herido en labios de Georgina le fue insoportable y Martín esperaba con todas sus ganas que no tuviera que arrepentirse por lo que estaba a punto de hacer.

Con un movimiento ejecutado de manera rápida, para no darse tiempo a sí mismo de echarse para atrás, sacó su teléfono celular del bolsillo interno de la chaqueta de su uniforme, desbloqueó la pantalla con un patrón bastante simple y obvio con el que había reemplazado al anterior para minimizar las posibilidades de olvidarlo, picó sobre él ícono azul en la pantalla y luego de desplegar el listado de las solicitudes de amistad, de las cuales tenía seis más desde la última vez que revisó. No las aceptaba, pero tampoco las rechazaba porque de alguna manera el tenerlas allí retenidas le soplaba el ego. Le dio aceptar a la solicitud de una tal Georgy Queen S, con quien tenía dos amigos en común. Sólo esperaba que ella no le llenara el muro virtual de pendejadas.

El auditorio al completo, incluso los alumnos pequeños, guardaron un silencio sepulcral en cuanto el subdirector subió al escenario y dio unos cuantos golpecitos sobre el micrófono para llamar la atención del alumnado e instar al orden.

Muchas hileras de sillas por debajo de donde estaban ubicados él y Georgina, un supuestamente indiferente Ricardo miraba en su dirección. Con pesar él profesor apartó la mirada en cuanto sus ojos hicieron contacto y se rascó la nuca para disimular y lentamente volver la vista hacia el frente. Había sido descubierto. Una pequeña sonrisa jugueteó con suficiencia en los labios de Martín.

«Te tengo».

3

Los comités estudiantiles se habían aplicado a fondo con la celebración inaugural de la semana de aniversario. Habían instado al estudiantado a participar y desde antes del periodo vacacional todo estaba organizado con una logística que se merecía un diez de calificación. A lo largo de la mañana había habido un poco de todo. Muchas muestras artísticas que iban desde sencillas puestas en escena hasta un gran despliegue de actuación teatral; incluso él puso su grano de arena y uno de sus dibujos, en su mejor intento de hiperrealismo de naturaleza muerta, estaba colgado en el salón de exposiciones bajo el título Dime.

Siendo justos a la hora de juzgar tanto despliegue artístico y aptitudinal, los que más se habían destacado aquel día, habían sido los diferentes clubes de danza. Danza interpretativa… Danza Clásica… Danza Moderna… Danzas autóctonas… Y la cereza del pastel, el tipo de danza que había hecho que las cejas de los directivos, los profesores y los integrantes del comité de padres de familia, brincaran con un rabioso tic de estupefacción y hecho sin mayor esfuerzo que muchos pares de ojos se abrieran de manera desmesurada en completa reprobación.

El tipo de danza estrambótica y moderna que Martín y sus hormonados congéneres disfrutaron más, aunque sólo se les hubiese permitido el contemplarla durante poco más de un minuto. Así que benditas fuesen las alumnas con poco sentido de lo adecuado y sus ganas de demostrar cuan diestras eran a la hora de hacer rebotar el trasero al moralmente cuestionable estilo de algo llamado Twerking.

Eso había sido un desacierto y definitivamente ellas iban a estar en problemas. De seguro habría muchas quejas de indignados padres de familia al día siguiente, pues habían meneado el trasero —de forma bastante diestra, si le preguntaban a Martín— delante de cerca de un centenar de mocosos impresionables y parlanchines con cámaras en sus celulares y que no superaban los once años. Martín no podía más que encontrar aquello absolutamente gracioso, aunque de una manera bastante perturbadora.

Que el coordinador de disciplina se hubiese subido al escenario y de la manera más dramática tomara todos los cables que encontró a mano y tirara de ellos en su afán de detener la música, cuando sólo le hubiese bastado con accionar un par de interruptores o pedirle a las chicas que se detuvieran, lo único que logró fue hacer todo mucho más llamativo y dotarlo de más gravedad y dramatismo de la que aquello tenía en realidad.

Ellas iniciaron con mal pie desde que empezaron a poblar el escenario con la mitad de sus juveniles cachetes traseros al descubierto. Se supone que las niñas bien no tienen permitido hacer ese tipo de cosas en público. Podían ser unas zorritas descarriadas y libertinas en privado, podían hacer lo que se les diera la gana siempre y cuando sus deslices no trascendieran hasta llegar al ojo público, lo que a ojos de Martín producía un montón de hipócritas en masa y alimentaba la doble moral, pero era lo que había.

Había tanto bajo la superficie que era realmente importante y que ya fuese de manera premeditada, por pura indiferencia o simple desconocimiento que era  dejado de lado… El matoneo, el marginamiento, problemas alimenticios, excesos, disfuncionalidad  familiar… Todo era perdonable siempre y cuando no constituyera un escándalo.

Algo como aquello era incluso inocente al lado de tantas otras situaciones que habrían requerido de verdadera atención y sin embargo no la tenían. Martín no se consideraba al margen, porque él mismo vivía muchas situaciones que muchos podrían considerar inadecuadas e incluso extremas. Él demostraba más que muchos y sin embargo en ocasiones pensaba acerca de sí mismo como en un iceberg, que dejaba ver sólo un poco de lo mucho que había porque, quisiera o no, él también era un niño bien con una reputación de la cual cuidar. Vivian en un mundillo recalcitrante y opresor, después de todo.

  Algo de este tipo quizá habría podido no ser tan grave cualquier otro día, pero para desgracia de esa media docena de chicas, habían escogido un muy mal momento para ser liberales y atrevidas, había prensa y, por Dios, estaba el alcalde de la ciudad. Martín consideraba que las ganas de pavonear su sensualidad pudieron haberlas guardado para otro día, en un mejor momento. Él, por ejemplo, jamás iba a negarle a quien preguntara explícitamente por su sexualidad que le gustaban los hombres, pero tampoco era algo que debía mantener ondeando en una pancarta sobre su cabeza, como si fuese su obligación informar a todo el mundo. Al igual que hay algo llamado libertad también hay algo llamado discreción. El momento y el lugar adecuados.

En un vano intento por continuar la jornada con normalidad y calmar los ánimos, los directivos decidieron continuar con el evento como si nada hubiese ocurrido, pero no hubo mucho caso en ello porque los cotilleos y las burlas no cesaron y seguramente no lo harían en un tiempo. Martín tuvo entonces una leve sensación de dèjá vu… Verse en el ojo de la tormenta por una decisión que aunque pareciera inofensiva, había resultado desacertada. Ante este recuerdo, buscó a Ricardo con la mirada y por más que lo intentó, ya no podía verlo con la misma inquina de antes.

Cuando vio a Georgina sentada a su lado burlándose de la situación, Martín la codeó y le recordó que no hacía mucho la había visto bailar de manera más que emocionada alrededor de un tubo anclado en medio del salón de Gonzalo.

***

A las 12:37 del día, Martín terminó de hacer la fila para el almuerzo y se dirigió con su bandeja hacia la mesa que solía ocupar, al lado de una de las ventanas de la cafetería. Georgina había decidido dejar de seguirlo y estaba compartiendo la hora de almuerzo con el grupo de chicas con las que solía hacerlo.

Se dejó caer en el asiento con la sensación de inestabilidad y de debilidad a la que aún no se acostumbraba a pesar de que esta había insistido en acompañarlo de manera intermitente desde hacía un tiempo.

Tenía cosas en las que pensar, sus neuronas no le daban un momento de tregua, sin embargo su deseo más profundo era dejar la mente en blanco, pero eso era algo casi imposible de lograr.

Normalmente cuando se sentía con el ánimo por el suelo —cosa que no le ocurría con demasiada frecuencia, a excepción de los últimos meses de su vida—, lo primero que solía ocurrirle era que se le iban las ganas de comer, y a pesar de que este caso no era la excepción, sabía que mucho de su malestar físico remitiría en cuanto comiera, así que básicamente estaba empujando la comida dentro de su boca y obligándose a tragarla.

Temía que lo de unos días atrás se repitiera. Temía esa sensación de irrealidad. Ni  siquiera podía decir que estuviera tratando de evitar que se repitiera el malestar, porque para ser sincero casi no se acordaba de nada. Era el alivio de haber visto el portal del edificio de Carolina al frente suyo, luego a Gonzalo diciéndole que necesitaba levantarlo del suelo pero que no quería estrellar su cabeza contra la taza de baño, y luego un paramédico preguntándole si quería que lo llevaran a alguna clínica. Lo demás en medio sólo había desaparecido

Alguien dejó caer su charola con más fuerza de la necesaria sobre la mesa. Martín apartó la vista de su plato de Fetuccini alla Puttanesca o, tal como él lo sentía, La cosa en su plato que no quería comer, y mirando en dirección al lugar de donde provino el fuerte sonido, vio como Ismael se sentaba frente a él y sin decir palabra, comenzó a dar cuenta de su almuerzo como un energúmeno.

Durante un par de minutos, Martín no dijo nada y se limitó a observarlo, en espera de que el otro explicara qué carajos estaba haciendo allí, cuando ellos dos jamás solían comer juntos o compartir nada más allá de animadversión, con la pequeña excepción de aquel encuentro en el baño del que ambos prometieron no hablar, o que siquiera levantara la vista del plato. Pero lo único que Ismael emitía era un aura de molestia que lo obligaba a masticar tan fuerte, que los músculos de su mandíbula se marcaban tensos contra la piel.

Martín apoyó los dos codos sobre la mesa y anudó los dedos debajo de su barbilla.

—¿Te equivocaste de mesa? ¿No están tus amigos por allá, acaso?

Cuando Martín señaló con la barbilla hacia la mesa llena de miembros del equipo de Rugby y de sus chicas, en la que solía sentarse Ismael, miró hacia ellos y notó dos cosas. La primera era como la novia… exnovia de Ismael ostentaba sobre sus hombros el brazo del que según su conocimiento era el mejor amigo del chico frente a él y, según el manual de señales, eso indicaba que la marcaba como de su propiedad y definitivamente parecía muy pronto para eso, además en el mismo manual estaba consignado que bajo ninguna circunstancia se debe salir con la ex de un amigo, por lo menos no hasta que hubiese pasado un tiempo prudencial. La segunda era que ellos, todos, tenían la vista clavada en ellos dos y no de una manera amistosa o casual.

Ismael siguió comiendo, pero no parecía estarlo disfrutando en lo absoluto.

—Ellos no son mis amigos.

—Yo tampoco y sin embargo aquí estas. Ve a ser el no-amigo de alguien más y…

—¡Lo hice! —Cuando Ismael finalmente apartó la mirada del plato, su rostro estaba rojo y temblaba, signo inequívoco de que estaba conteniendo unas enormes ganas de gritar, o de llorar, o de golpear a alguien que Martín tenía la esperanza no fuese él. Apretaba con mucha fuerza el tenedor que sostenía en la mano derecha—. La persona que estaba chantajeándome está sentada en esa mesa; en la mesa en la que  se sientan los que se supone que son Mis Amigos. Las personas en las que siempre confié… Ahora ya no hay nadie pidiéndome nada a cambio de su silencio, porque te hice caso y le quité lo que tenía en mi contra. Ahora ellos lo saben… Y mis padres lo saben y…

Ismael se quedó en silencio, con la boca a medio abrir en medio de una frase inconclusa y la mirada vacía y vidriosa.

—¿Y? —Se atrevió a preguntar Martín. Ismael pareció volver de donde fuese que se hubiera ido momentáneamente.

—Y ahora mismo mi vida es un infierno.

4

Ni siquiera los habían dejado ingresar al estacionamiento, así que estaban esperando junto a la entrada, a través de la cual no atravesaría ningún auto hasta que la abrieran a  las 2:30 de la tarde y aún faltaban exactamente dieciséis minutos para ello. Poco tiempo, pero debe tenerse en cuenta que ellos habían llegado cuando aún faltaba cerca de una hora y media. La mayoría de ese tiempo se les había ido tratando de convencer a los guardias en la cancela de seguridad de que eran familiares de uno de los estudiantes y necesitaban al menos esperarlo junto a su auto, pero no les funcionó. Encontraron esto comprensible, mas eso no evitaba que en su interior estuvieran despotricando al respecto.

Ambos habían faltado a sus dos últimas clases de la mañana para poder estar allí en el momento en el que Martín terminara su horario, porque el instituto al que él asistía les quedaba ridículamente lejos.

Gonzalo empezaba a aburrirse de esperar y Carolina no estaba muy conversadora debido a que ella tenía la nariz enterrada en su celular, específicamente en los avisos  clasificados de las inmobiliarias, en busca de apartamentos en alquiler. Ella había sido bastante vaga en su explicación al respecto, pero era más que obvio que lo que hubiera ocurrido entre ella y Jazmín era una situación insalvable que la estaba obligando a buscar un nuevo lugar en el cual vivir.

—… Sí, está bien. Yo le llamo en caso de que decida tomarlo. Muchas gracias      —Esta última llamada tampoco parecía haber arrojado un buen resultado, si es que su ceño fruncido y el suspiro cansado escapando de labios de Carolina, o ella tachando de manera furibunda una de las líneas del pequeño listado que había elaborado, eran algún tipo de señal—. Todo es demasiado caro como para pagarlo yo sola. Voy a necesitar encontrar una nueva persona con la cual compartir gastos. Quizá haya alguna chica buscando una compañera en esos anuncios que pegan en los tableros del campus en la universidad —Ella chasqueó con la lengua—. Hay cosas que hacer ahora, así que ya pensaré en algo más tarde.

Finalmente, ella guardó el teléfono en su bolso y miró su reloj de pulsera de manera distraída, para luego estirar el cuello y mirar con ansiedad hacia la entrada.

La solución al dilema de Carolina era algo que Gonzalo había estado pensando desde el momento en el que ella había mencionado que había decidido dejar de vivir con Jazmín, sin embargo no diría nada hasta que la chica agotara todas sus opciones. No quería que se sintiera presionada.

El lugar en el que se encontraban era, a su parecer, bastante impresionante. Él mismo había asistido a un muy buen instituto privado, pero por supuesto nada comparado con el sitio estilo campestre que se erigía orgulloso del otro lado del enrejado que les había sido imposible atravesar. No pudo evitar dar mentalmente un silbido.

—Dime algo, Caro. No es que de alguna manera importe pero, ¿Qué tan rico es Martín?

—¿Por qué preguntas algo como eso?

—Tengo curiosidad. Para ser sincero, me lo he estado preguntando desde que fuimos al edificio de Georgina y vi el ambiente en el que se mueven.

No era como si Gonzalo no pudiera imaginarlo por sí mismo cuando para sospechar que Martín era un niñito rico en toda regla sólo bastaba con echarle un vistazo a su auto, por ejemplo, pero le gustaría tener una proporción real del asunto. Sólo por curiosidad.

—Pues… No es que yo se lo haya preguntado de forma directa algún día ni nada parecido, sin embargo uno puede sacar sus propias conclusiones de simples hechos como que su abuela tiene un imperio joyero y su mamá tiene una de las agencias de publicidad más grandes de Latino América. ¿Te sirve eso como una pista? Él vive en un lugar inmenso, hermoso y lujoso que llama casa, porque a pesar de lo que pueda parecer, Martín no es tan pretencioso como para llamarlo por su verdadero nombre o como yo lo veo: una mansión. Él y su familia tienen tanto dinero, que su abuela lo considera como a algún tipo de rebelde porque él insiste en conducir su propio auto y se niega a tener un guardaespaldas. Y ¿sabes? Lo bonito de los Ámbrizh es que a pesar de tener tal cantidad de dinero, jamás juzgan a las personas por su nivel económico.

—¿Es así?

Carolina afirmó con la cabeza, sin un ápice de duda en su expresión.

—Martín puede juzgar y querer destrozar a alguien por muchas razones… Por su carácter, su personalidad, porque tengan mal gusto, porque de alguna manera sean molestos o le fastidien la vida, pero ni una sola vez lo escucharás si quiera insinuar que una de esas razones sea porque alguien no tenga tanto como él o incluso no tenga nada en lo absoluto, incluso si uno alguna de las razones anteriores coincida con la falta de dinero —Carolina sonrió de manera ligera—. Hay algo que debes entender acerca de Martín y es que una vez que te has ganado su odio, no lo pensará dos veces antes de  destrozarte; pero de igual manera, si te has ganado un lugar en su corazón, lo habrás hecho de manera inquebrantable. Él da la vida por las personas que quiere y ese cariño jamás tiene que ver con el dinero. Una vez lo vi insultar tan magistralmente a alguien en el club al que asisten él y su familia asisten porque me llamó «una chica de barrio» que cuando Martín terminó de hablar, incluso llegué a sentir verdadera lástima por el tipo, mas no pude dejar de sonreír ante la sensación que verlo sacar la cara por mí de esa manera me produjo.

Gonzalo sonrió con cierto deje de tristeza, porque por supuesto él había visto toda esa maravilla y por eso se había encandilado con él. Pero ya no más. Era algo que tenía que superar y dejar ir. Esperaba ganarse su cariño, un lugar en su corazón al igual que Carolina, pues ya había aceptado el hecho de que era un despropósito tener pretensiones más allá de eso. Esperaba de todo corazón que el profe tuviera éxito allí donde él había fracasado. No obstante esta aceptación de los hechos no le impedía apreciar lo bien que Martín se veía con aquel uniforme de niño fresa con el que se dirigía hacia su auto, del cual él no había despegado la vista una vez que lo hubo ubicado en aquel mar de autos lujosos.

—Míralo, allí está.

—¡Martín!

Lo llamaron al unísono, mientras agitaban los brazos en el aire para llamar su atención, ganándose con esto la mirada reprobatoria de aquellos pocos que atravesaban el lujoso portal a pie.

«!Ja! Con que no todo los niñitos bien tienen lujosos autos en los que irse a casa, ¿Eh?». Sin embargo el regodeo de Gonzalo se acabó en el  momento mismo que vio la hilera de autos que se había formado detrás de ellos y de los cuales no se habían percatado. Autos con chofer en espera de los fresa-boys posiblemente sin edad suficiente para conducir o en exceso pretenciosos. Se preguntó si habría algún hijo de famoso por ahí.

Desde donde estaban vieron a Martín hacer visera con una mano para tratar de verlos mejor, al igual que desde la distancia pudieron adivinar la expresión contradictoria en su rostro.

Martín entró en el auto y condujo hasta la salida. Una vez que los alcanzó, detuvo el vehículo para que subieran. Gonzalo se acomodó rápidamente en uno de los asientos traseros y Carolina caminó hasta la ventana del lado del conductor.

—Hazte a un lado, yo conduzco.

Por un momento Gonzalo creyó que Martín se negaría a cederle el volante a Carolina, dada la manera en la que elevó una de las cejas en un gesto un tanto desafiante, pero después de unos cuantos segundos él se desabrochó el cinturón de seguridad y maniobró dentro del auto para cederle a ella el asiento.

—Lo que digas. ¿Puedo al menos preguntar a qué se debe el qué…? —El auto detrás de ellos comenzó a acosarlos con sonoros bocinazos. Martín se apretó el puente de la nariz y cerró los ojos con fuerza—. Arranca de una vez, Carolina, o ese idiota va a hacer que se me salgan los sesos por las orejas.

Ella puso el auto en marcha, pero enseguida volvió a frenar.

—Mira, es Georgy.

Oh, es cierto. Es ella. Está haciéndonos gestos con las manos —Gonzalo agitó la mano derecha para devolver el saludo.

—Acelera. Ya tuve suficiente de ella por hoy, Carolina. ¿En qué estabas pensando al pedirle que me vigilara? Como si yo fuese un mocoso.

Aish —Carolina chasqueó con la lengua—, también le pedí que fuese discreta y que no te dijera nada. En mi defensa diré que sólo quiero cuidar de ti. ¿Cómo te sientes?

—Maravillosamente —El tono de Martín destilaba ironía y algo de molestia—. Arranca de una vez, ¿Quieres? Estoy cansado.

En unos cuantos minutos alcanzaron la carretera principal que los puso en un movimiento constante con buen ritmo.  Carolina y Gonzalo compartían fugaces miradas de preocupación al ver como Martín había permanecido con una mano protegiendo sus ojos. ¿Cómo era que él había pretendido conducir así? Eso a todas luces habría sido una mala idea.

—¿Tiny?

—¿Mmm?

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Entonces por qué…?

—Sólo estaba pensando —Él dejó escapar un gran suspiro, mientras se descubría los ojos y comenzaba a aflojarse el nudo de la corbata—. Hoy fue un día un tanto… bizarro, por llamarlo de alguna manera—. Martín se sacó la chaqueta y luego se deshizo por completo de la corbata—. ¿No iniciaban hoy sus clases también? ¿Por qué pasaron a recogerme? —preguntó finalmente.

—Vamos a llevarte con un médico, Martín. Gonzalo te apartó una cita y hacia allí estamos yendo ahora mismo —Bonita la manera de Carolina de pasarle la pelota a él. Gonzalo esperaba que en cualquier momento Martín empezara a gritarle por no haberle consultado, pero en cambio él se mantuvo callado aunque meditabundo, quizá incluso podía decirse que se le notaba algo nervioso. Estaba  mordiéndose el labio de la manera en la que él solía hacerlo en ocasiones—. Te advierto que vamos a ir, aún si debemos llevarte a rastras.

—¿De dónde salió este médico?

Bueno, eso definitivamente no había sido una negativa. Carolina le había dicho a Gonzalo que fuese preparado para discutir con un Martín terco y voluntarioso que muy posiblemente no querría ir con ellos; así que le aliviaba que ese no estuviera siendo el caso.

—Del directorio. Una clínica privada en el sector de Santa Rosa. Es un médico general que te revisará y luego te remitirá con el especialista que él considere dependiendo de lo que él encuentre o concluya.

—Okey —Martín estiró la letra “Y”—. Por favor detente en cuanto veas un cajero.

—¿Qué? ¿Por qué?

—¿A qué se va a los cajeros, Carolina? Necesito sacar dinero —Martín sacó una billetera de cuero de un bolsillo en la chaqueta que reposaba sobre sus muslos y comenzó a barajar tarjetas—. Pagaré por la consulta en efectivo, no quiero que el nombre de una clínica aparezca en los extractos de la tarjeta de crédito. Micaela se daría cuenta.

—Eso es algo que no entiendo, Martín. ¿Por qué no puede enterarse tu mamá? Ella debería estar al tanto de esto. Deberíamos decírselo.

Nosotros no deberíamos decirle nada. Es mi asunto. Y las razones para no decirle nada son dos. Uno, no quiero preocuparla hasta no estar seguro de si hay algo mal conmigo y dos, estoy enfadado con ella. Detente, allí hay un cajero electrónico.

***

La mujer tras el mostrador de la recepción miraba alternativamente a Martín y a la identificación que él le había entregado y que ella sostenía con una de sus manos.

—Eres menor de edad. Necesitas un acompañante que sea un familiar.

—¿Por qué? —preguntó Martín, irritado.

—Políticas de la clínica.

—Pues vengo con mi prima.

Carolina dio un paso al frente con cara de póker.

—Documento, por favor —Carolina le entregó el I.D. y de inmediato la mujer comenzó a estudiarlo junto al de Martín—. Martín Alejandro Ámbrizh Liébano y Carolina Ignacia Solaz Sánchez. ¿Cómo es que son ustedes familiares?

—Somos primos en segundo grado. Es prima de mi madre por el lado materno      —contestó Martín—. Puede que no compartamos apellidos, pero le aseguro que somos familia. Ignore sus pecas y el color canela de su piel, tenemos el mismo cabello negro. ¿Ve?

—Carolina Ignacia… Carolina Ignacia… Ignacia —Si esa mujer supiera lo sensible que era Carolina en lo referente a su segundo nombre y cuan violenta podía llegar a ponerse ella al respecto, se detendría de inmediato y definitivamente no utilizaría aquel sonsonete de burla—. Ignacia…

—¡Ya deje de repetirlo! ¿Acaso es mi culpa que mi abuelo Ignacio hubiese muerto dos semanas antes de que yo naciera y que mi madre, como un homenaje póstumo, hubiera decidido honrar su memoria nombrando a su vástago como él? Sin tener en cuenta que soy una mujer —Ella descargó la mano con fuerza sobre el mostrador—. ¡¿Va a negarle el servicio?! Porque de ser así le aseguro que haré un escándalo al respecto. Soy estudiante de derecho y lo que usted está haciendo es demandable, ¿sabe? Somos primos y soy su acompañante. ¡Punto! Así que ingréselo al sistema de una vez.

—Uy, pelea de gatas —El susurro risueño de Gonzalo, tan cerca de su oído, lo sobresaltó lo suficiente como para acelerarle el corazón—. Le voy a Ignacia, ¿y tú?

—Será más interesante ver cómo ella acabará contigo una vez que sepa que estás llamándola de ese modo.

***

Los doctores en medicina en definitiva tienen el ego demasiado grande y el doctor Pedreros no era la excepción. Sin embargo se adivinaba una persona amable que le  transmitía una tranquilizadora sensación de confiabilidad y comodidad.

En un rápido vistazo —que a pesar de lo rápido no fue ligero— Martín le calculó entre cuarenta y cuarenta y cinco años. Era bastante más alto que él, por lo menos le sacaba quince o veinte centímetros y se adivinaba delgado, aunque no en exceso, debajo de la bata blanca. Tenía cejas pobladas y unas pestañas rizadas muy negras que enmarcaban unos ojos cafés bastante expresivos. El cabello de sus sienes estaba salpicado de una que otra cana y eso le confería un aire interesante y académico, la nariz era recta, su boca pequeña y de labios finos. En conclusión, era guapo de una manera bastante conservadora, al puro estilo de un lord inglés y Martín no pudo menos que imaginárselo en una de esas escenas acartonadas donde hay teteras y té de por medio como en las novelas victorianas, y eso no necesariamente era bueno, aunque por supuesto tampoco era malo.

Se irritó en cuanto el doctor comenzó a reñirlo, primero por no haber acudido con un profesional en cuanto comenzó a sentir que algo andaba mal y después al suponer que él había tratado de auto diagnosticarse con la ayuda de Internet, cuestión que al parecer era de gran ofensa para los profesionales de la salud, a juzgar por el apasionamiento con el que lo riñó.

Lo interrogó a profundidad con respecto a los malestares que lo aquejaban, a lo cual Martín respondió con la mayor sinceridad que le fue posible, tratando de no omitir ningún detalle. Comenzó a ponerse de los nervios cuando tras mencionar sus ocasionales faltas de memoria, el insomnio y los fuertes mareos, los latidos erráticos de su corazón o los constantes dolores de cabeza, el doctor contraía las cejas mientras tomaba nota en el ordenador. ¿Qué significaba esa expresión? ¿Qué perdiera cuidado o que se preparara para empezar a atravesar por las cinco etapas de la aceptación? Eso era tan torturante como cuando un profesor comienza a revisar frente al alumno un examen que acaba de entregar y éste trata desesperadamente de leer en sus gestos si le fue bien o mal.

Para ser sincero, Martín estaba un tanto aterrado pero se obligaba a sí mismo a mantener la calma y guardar la compostura. No iba a enloquecer hasta que no tuviera la certeza de algo.

El siguiente paso fueron los chequeos rutinarios. Tomó su presión arterial, lo pesó y midió su estatura. Fue así como Martín supo que desde la última vez que visitó un consultorio médico había ganado cuatro centímetros de altura, posiblemente su último estirón, y había alcanzado 1.73 metros de estatura. Y extrañamente, aunque en definitiva no eran ni el lugar ni el momento para pensar en ello, calculó que eso ubicaba a Eticoncito entre los 1.80 y 1.85 metros y a Joaquín por encima de 1.90 metros. Por supuesto esto lo llevó a pensar en la manera en la que cualquier diferencia de estatura o corpulencia se emparejaba en la cama sin ningún problema.

Cuando hablaron de sus antecedentes médicos, Martín le comentó al doctor Pedreros sus problemas con los niveles de azúcar, que se habían manifestado desde el año anterior. Cuando el hombre tras el escritorio que los separaba le preguntó si podía tener acceso a su historia clínica, Martín le dijo que no sabía cómo manejar esa situación y comenzó a atacarlo con cosas que había leído en internet acerca del Secreto Profesional, tratando de aparentar que no las había leído hacía apenas veinte minutos atrás mientras estaba en la sala de espera.

—Martín —El doctor sonrió de manera benevolente—, ¿Es algún tipo de secreto el que usted esté aquí? —miró la pantalla del ordenador—. Aquí dice que vino en compañía de un familiar.

—Si. Vine con mi prima, pero no quiero que nadie más se entere. Sé que tengo derecho y sé que a pesar de ser menor de edad usted no puede revelar ningún diagnóstico sin mi permiso explícito. Menos aún si le estoy pidiendo que no lo haga. Tengo más de dieciséis.

El doctor apoyó las manos sobre el escritorio y anudó los dedos, mientras le regalaba una mirada de benevolencia y ánimos.

— Martín, ¿Por qué siente usted que debe ocultar algo de esto? —El doctor sonrió de forma ligera—. Puede confiar en mí. Estoy obligado a respetar la relación médico/paciente pues, tal como dice, el secreto profesional me obliga a no revelar más allá de lo que usted me permita. Pero si leyó un buen artículo en internet, que es de donde supongo que se documentó, debe saber también que siendo mayor de dieciséis, mas aun así menor de edad, puedo romper el silencio profesional si lo que llegara a aquejarle es algo grave y considero que no lo puede manejar solo. De momento centrémonos en lo que en realidad importa y ya nos ocuparemos de las formalidades legales después, si es que llega a hacer falta.

Martín consideró que básicamente el doctor Pedreros estaba diciéndole que cuando él quisiera iba a romper el secreto profesional y el muy fresco se ampararía tras el hecho de que consideraba que era una situación que él no podría manejar. Podía sólo ponerse de pie y largarse de allí a consultar a otro médico, pero lo más probable era que cualquier otro le dijera lo mismo.

—Bien. No sé si pueda conseguir la historia clínica o si de alguna manera usted como médico pueda tener acceso a ella sin tener que incordiar a nadie —Y con «nadie» estaba refiriéndose específicamente a Micaela—. El médico anterior murió. ¿Puede… puede usted simplemente llegar a sus propias conclusiones y ya veremos más adelante?

El médico suspiró antes de asentir.

—¿Es usted diabético, Martín?

—No.

—¿Hay personas diabéticas en su familia?

—Sí, mi abuela —Eran preguntas similares a las que le había hecho el doctor Gallego hacía cerca de un año atrás, aún si este conocía a su abuela a la perfección—. Pero no se aplica insulina, ella toma medicamentos orales. Escuche, lo de la hipoglucemia no diabética ya es un hecho, y no necesito pasar de nuevo por todo el rollo de la bebida asquerosa para aumentar la glucosa en la sangre y la toma de muestras cada hora. Yo… Creo que es posible que tenga algo más.

—¿Algo más como qué, Martín? Escúcheme también usted a mí, los síntomas que describe pueden obedecer a varias patologías, desde algo muy simple y fácilmente tratable, hasta algo más complejo y complicado. No tengo una historia clínica con la cual trabajar, así que deberé empezar a descartar y lo más sabio es empezar por lo más obvio, ya que hay un diagnóstico prexistente —El hombre, con la paciencia inquebrantable de quien debe tratar con todo tipo de personas cada día, comenzó a tipiar en el ordenador—. Voy a autorizar algunos exámenes de laboratorio… De orina, de sangre y un MMTT. Para la muestra de orina, por favor recolecte la primera del día en ayunas.

—¿Un MMTT?

—La prueba de la bebida asquerosa para aumentar la glucosa en la sangre —Otra sonrisa ligera para aligerar el ambiente—. Iremos al marco endocrino en primera instancia, pero también descartaremos cualquier problema neurológico y cardiaco.

La palabra neurológico lo sacudió.

—¿Qué van a medir en la prueba de sangre?

—Niveles de azúcar y tiroides.

—¿Puedo… Pedirle un favor? —Martín bajó la mirada hacia sus manos, que jugueteaban nerviosas sobre su regazo.

—Por supuesto.

—Por favor agregue una prueba de VIH —Era algo en lo que había estado pensando en los últimos días, considerándose a sí mismo un tonto por no haber estado tomando las precauciones necesarias. El doctor no apartó la mirada del aparato, quizá para no incomodarlo, pero Martín notó el pequeño rictus que contrajo sus cejas.

—¿Tiene sospechas de algo? ¿Algún otro síntoma que no me haya comentado, Martín?

—No. No es eso, pero mantuve relaciones sexuales sin protección, con una persona que tiene otra pareja.

—Bien. Ahora por favor, haga pasar a su acompañante.

 

5

 

Había sido un día agotador y absurdamente largo para tratarse de un primer día de clases después de las vacaciones y en medio de una celebración; sin embargo, aun cuando su cuerpo se resistía, había ido a ejercitarse porque estaba empeñado en ser constante. Le gustaba la sensación que le proporcionaba el, por primera vez en mucho tiempo, estar haciendo algo únicamente para él, por su salud y quizá a largo plazo también por su resquebrajado ego.

Después de una ducha larga y placentera, abandonó el baño con la toalla anudada a la cintura. Trotó por el pasillo de camino a la habitación, mientras se llenaba de escalofríos a causa de las gotitas de agua que escurrían desde su cabello y aterrizaban en su espalda. El que le gustara bañarse con agua fría de ninguna manera lo hacía completamente inmune a las temperaturas bajas.

Dando pequeños e inútiles saltos con los que pretendía entrar en calor, Ricardo rebuscó dentro de su closet en busca de uno de sus pijamas, que solían consistir en camisetas viejas y pantalones de sudadera. Dejó todo revuelto al tirar de la última camiseta de la pila, pero es que esa era la más cálida. No pensaba ir a ningún lado, así que pasó por alto el hecho de que hasta ahora fuesen las 5:40 de la tarde, demasiado temprano para disponerse a arrebujarse entre las cobijas, mas así era su vida, poco interesante y bastante vacía por regla general.

Lo único en sus días que era burbujeante y excitante era él… Martín. Incluso el sólo pensar en él le arrancaba corrientazos, sin embargo todo parecía indicar que de alguna manera lo había echado a perder, porque después de estúpidamente haberse atrevido a ignorar a Martín, el chico había hecho exactamente lo mismo multiplicado por mil. No había recibido una sola mirada de su parte en lo que restó de jornada después de aquel breve momento en el que sus ojos se encontraron y, estúpido de él, apartó la mirada fingiendo un inexistente desinterés.

Se dejó caer en la cama con un gran cúmulo de decepción oprimiéndole la soledad.

«Quizá… Quizá sea mejor de este modo. Menos problemas para mí».

Mientras trataba de consolarse con la falsa idea de estar conforme con dejar ir algo que apenas había rozado con la yema de los dedos, Ricardo encendió el aparato reproductor de música en su habitación, utilizando el mando a distancia que milagrosamente esta vez estaba justo donde se suponía que debía estarlo. No subió demasiado el volumen  porque no quería que su vecina, la señora García, enloqueciera y comenzara a golpear las paredes para indicarle que apagara la música, como si él se quejara de algún modo cuando ese perro demasiado mayor que ella tenía se orinaba en los pasillos. Además, no necesitaba nada excesivo. Sólo quería llenar el espacio con los murmullos suficientes para que apuñalaran el ensordecedor silencio.

Se abrazó a la almohada, sintiéndose un poco miserable pero negándose a reconocerlo. Afuera rugía el tráfico… Y sonaban los cláxones… Y llovía. ¿No se suponía que el mundo debía respetar la lluvia y guardar silencio en su honor? La lluvia repiqueteando incesantemente contra el vidrio de su ventana… Pic, pic, pic, pic… Así sonaban las garritas de Filomín, el lorito que su padre le regaló a los ocho, cuando lo dejaba andar encima de las baldosas de la sala… Como las gotas de lluvia sobre la ventana… Filomín no camina, sino que corre y picotea las plantas y su mamá enloquece por ello cada vez. Pero no riñe a Filomín, sino a él como si fuera su culpa… Que es solo un ave, mamá.

Un ave, un ave vestida con suaves plumas de color negro comenzó a volar sobre su cabeza. Dibujaba círculos majestuosos y elegantes por encima de él y las plumas se agitaban ligeramente con el viento. Parecía tan suave. Necesitaba alcanzar esa ave. No sabía exactamente el porqué, pero tal como suele ocurrir con los sueños, alcanzar aquel animal se convirtió en algo de vital importancia.

Si tan sólo lograra que el ave se posara en su brazo… Si tan sólo lograra acariciar sus plumas y reflejarse en sus redondos ojos grises. Sabía que sería inmensamente feliz si lo lograra. Pero el ave parecía muy lejana, platónica, inalcanzable para él que no tenía alas.

¿Y si le compartía sus alas? ¿Y si los dos pudiesen volar con las mismas plumas?

Y tal como solía suceder en los sueños, no le pareció extraño el estar pensando que algo tan absurdo como compartir un par de alas fuese algo posible… O que el ave fuese tan grande, o que pese a la distancia pudiera ver con desconcertante detalle el brillo de sus ojos y cada… Cada… ¿Cada qué? Y entonces comenzó a buscar en su memoria sus clases de ciencias naturales cuando iba al instituto, y a tratar de recordar las partes de una pluma. Cálamo… Raquis… Vexilo… Hiporraquis… Barbas y Barbillas…

Eso era, podía ver con detallada claridad cada barbilla de sus plumas y su suave ondular con el viento. ¿Por qué el ave no canta si la canción favorita de Ricardo es su voz? Eso ha de ser porque él no es tan interesante como para hacer al ave trinar. ¿Qué tipo de ave era aquella con plumas tan negras y brillantes?

Ave bonita con enigmática cola de gato… Tenía una cola de gato con la que lo hipnotizaba.

Que engañosa era el ave… Volando sobre él de manera tan apacible cuando Ricardo tenía la certeza de que era incendiaria, como un Phoenix. Y que mentiroso era él, tratando de convencerse de que no deseaba febrilmente al ave-gato cuando quería cobijarse bajo sus alas y besarle las plumas.

¿Por qué sus alas no sonaban como batir de alas sino como Livin´ On The Edge, de Aerosmith?

Se preguntó si en caso de que el ave-gato abriera el precioso piquito trinaría o maullaría.

Y el ave majestuosa se quedó suspendida en el aire. Sin aletear, mirando en su dirección. Era un ave que cada vez se parecía más a un gato. Sus plumas ya no se rizaban con el viento, mas seguían sonando. Ricardo pensó en que prefería que fuese completamente un gato, pero de abandonar del todo las plumas iba a caerse del cielo. Eso en realidad no importaba, porque en cuanto cayera, no importaba de qué tan alto lo hiciera, qué tan rápido, qué tan fuerte, él no iba a permitir que nada malo le pasara al gatito… Jamás.

Iba a hablarle… El gatito iba a hablarle…

Ansiaba escuchar sus palabras… Sus maullidos… Su trinar.

El sonido del timbre lo arrancó violentamente de su sueño. Por escasos segundos lo lamentó verdaderamente, pues nunca sabría lo que iba a decirle el gatito, pero en cuanto los vapores del sueño se esfumaron del todo, reconoció lo absurdo de la situación y fue completamente capaz de separar del todo la realidad de lo onírico y la cuestión con el ave y el gato perdió todo sentido. Fue algo tan mecánico que ocurrió en cuestión de segundos y la trama de aquel sueño comenzó a borrarse de su memoria a toda velocidad. Si le preguntaran, apenas sería capaz de decir que estaba soñando con la canción que se seguía reproduciendo en los altavoces de su habitación en aquel momento.

El timbre sonó de nuevo. Miró al reloj sobre su mesa de luz y apenas había dormido por espacio de quince minutos. Habría podido jurar que había sido durante más tiempo. Se sentó en la cama y al intentar enfundar los pies en sus ancestrales pantuflas y dar sólo con una, decidió renunciar al calzado. ¿Era posible que fuese la señora García? ¿Iba ella a exigirle que hiciera cesar los desgañites de Steven Tyler? Buscó el mando entre las cobijas y apagó la cadena de sonido.

Descalzo, con frio y aún con vestigios de sueño entorpeciendo sus movimientos y nublando sus ojos, caminó por su pasillo hacia la puerta, jurando por Dios que esta vez iba a ponerla en su lugar e iba a decirle que se metiera en sus propios asuntos… Bah, ¿A quién engañaba? Sabía que en cuanto la tuviera en frente iba a ser incapaz de hacer tal cosa,  pero nada le impedía soñar con ello. Abrió la puerta con cansancio y resignación.

—Hey…— Finalmente el gatito maulló.

 

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