PSLN 3 – Martín

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A pesar de las comodidades que un avión privado puede ofrecer, y de las escalas durante el trayecto, el vuelo de cuarenta y dos horas fue tan extenuante que sin haberme bajado del avión aún, en mi interior ya estaba lamentándome por la perspectiva de tener que hacer el recorrido de vuelta.

Cuando finalmente aterrizamos en uno de los hangares del aeropuerto internacional de Sibiu, la curiosidad y la ansiedad por conocer aquel lugar que se presentaba ante mí como algo nuevo e interesante y acerca del cual me había documentado, habían disminuido notablemente su intensidad y estaban aletargadas en mi interior; cuestión que solo se le puede adjudicar a una nada desdeñable capa de cansancio.

Le ofrecí la mano a mi abuela y una vez que ella se puso de pie, con un evidente esfuerzo que demostraba su cansancio, le di un rápido vistazo para asegurarme de que se encontraba bien. Colgué su mano de la parte interior de mi codo, tomándola de gancho y juntos esperamos a que abrieran la compuerta.

La noche era cerrada. El primer recuerdo que para siempre guardaré acerca de Sibiu será sin duda la sensación del choque térmico, cuando luego de abandonar el cálido capullo aclimatado de la cabina del avión, me estrellé de lleno con sus bajas temperaturas. El aire gélido tensando mis mejillas y entrando a mis pulmones fue revitalizante y me obligó a espabilar, de manera que estuve completamente despierto y alerta durante el recorrido desde el aeropuerto hasta el hotel.

Lo que logré ver a través de una ventanilla de auto que se empañaba constantemente a causa del frío y que yo me empeñaba en despejar negándome a que se me arrebatara la magia de la primera impresión, fue algo que me emocionó; y cuando hablo de emoción no me refiero para nada a la sensación de euforia que precede a la diversión, al derroche y al desorden, sino a una de bienestar que me envolvió por completo. El lugar logró hechizarme con la bohemia que yo podía percibir que se ocultaba en sus calles y en la antigüedad de sus edificaciones llenas de historia.

Pletórico y encantado con lo que veía, observaba a mi abuela de hito en hito, mudamente agradeciéndole por llevarme con ella a ese lugar. Un lugar que me llenaba de sosiego, algo que yo quizá deseaba demasiado aun sin saberlo. Ella se limitaba a sonreírme con suavidad.

El hotel se alzaba orgulloso e imponente en un sector donde la mayoría de edificaciones eran de menor altura y más clásicas a las que parecía robarles protagonismo con su iluminación y modernidad, pero a pesar del contraste convivía armoniosamente con el resto de la arquitectura. Era un bloque rectangular, fuerte y estético.

Mi abuela y yo compartiríamos una suite. Pudo haberme alquilado una habitación solo para mí, pero sé que en su mente el que yo tenga dieciséis significa que soy demasiado joven para dejarme solo en una habitación de hotel en un país que desconozco. No puedo culparla.

Después de que ella despachara al botones yo me dirigí a una de las estancias adjuntas, allí me dejé caer en una de las camas, con el deseo de quitarme el calzado removiéndose en mi interior como algo violento. Macarena comenzó a explicarme que el hotel en el que nos alojábamos estaba ubicado en pleno corazón de Sibiu, a pocos pasos del Teatro Nacional Radu Stanca y cerca del museo Nacional de Brukhental, del museo de historia y Piata Mare. Ella podría ganarse la vida como guía turístico, si quisiera, o pedir comisión a la administración del hotel, por la manera en la que enumeraba las muchas bondades de su ubicación.

No puedo decir con certeza en qué momento dejé de escucharla y me dormí, o durante cuánto tiempo lo estuve; tampoco puedo explicar cómo es que ella, que tiene encima unas cuantas décadas más que yo, es tan resistente y ha aguantado esta travesía mucho mejor; pero lo siguiente que recuerdo es a mi abuela sacudiéndome por un hombro, preguntándome qué tipo de comida debería pedir para mí y si quería tomar un baño mientras esperábamos.

— ¿Comida? ¿Qué no es como media noche ya?— Dije con la voz adormilada. La verdad era que había perdido por completo la noción del tiempo, y aunque abrir los ojos me costó horrores y el cansancio me pesaba incluso más que antes, sentía que había dormido durante horas.

—No es tan tarde, querido. Son cerca de las 9:00 de la noche.

La idea de darme un baño me atrajo más que la de la comida, sin embargo sabía que ella no se quedaría tranquila sino me veía comer. Además, también sabía que me sentiría fatal si dejaba bajar demasiado mis niveles de azúcar.

—Iré a tomar una ducha. Pide lo que desees, comeré con gusto—. Me dirigí al baño con mi teléfono celular en la mano, dispuesto a comprobar si el servicio de roaming estaba activado y si mi número continuaba teniendo cobertura. En efecto tenía señal. — ¿Cuál es la clave del wifi?

Cuando ingresé la clave, que para mí alivio era numérica ya que no sé rumano, ni húngaro y mi alemán es bastante pobre, las señales de los mensajes comenzaron a llegar.

El mensaje de Javier tuvo la capacidad de podrir momentáneamente mi estado de ánimo y casi hacer que me ahogara con la espuma de la pasta de dientes mientras leía. Su mensaje tenía todo el tinte del desespero y la poca disposición a la resignación. Él escribía acerca del amor con tanta ligereza, que me pareció ofensivo. El hecho de que yo sea joven no me convierte en alguien fácilmente impresionable. Yo hubiese preferido que él solo me hubiera dicho con sinceridad que quería que yo continuara sentándome en su regazo y seguir chupando los dedos de mis pies, a que me subestimara al pensar que soy de esos a los que se le tiene en la palma de la mano al mencionársele la palabra «Amor».

Tengo muy claro que la atracción física por alguien no es algo que pueda, o deba, llamarse amor. Puede que él ame el sexo conmigo, pero nada más; porque fue lo único que le permití obtener de mí… Sexo. Ese apego fue lo que me hizo alejarme, porque me asusta que me absorban, que lleguen a conocerme tanto que sepan cuáles pueden llegar a ser mis debilidades. No, jamás le permitiré a nadie llegar a tener ese tipo de control sobre mí… Yo solo me quedo hasta que deja de ser divertido. El amor no suena como algo divertido, suena como algo absorbente y paralizante que anula la voluntad. Y menos estoy dispuesto a quedarme al lado de alguien el tiempo suficiente como para que lleguen a ser ellos quienes me digan que me aleje de su lado.

***

La vista desde la ventana de la suite era algo increíble. La pintoresca imagen tenía el encanto de una postal. Los Cárpatos nevados que convertían la línea horizonte en algo informe, la perspectiva de poder visitar los museos, la parte antigua y las zonas cercanas a la montaña me llenaba de emoción. Sin embargo mi abuela tenía otros planes para nuestro primer día en Rumania.

Sus asuntos de negocios, relacionados con las franquicias de la cadena de joyerías, reclamaron su atención y su presencia durante la mayor parte del día, aun a pesar de ser domingo. Así que mucho me temo que en más de una ocasión me encontré a mí mismo deseando haberme quedado encerrado en el hotel, en lugar de tener tan a mano tantas opciones maravillosas y no poder convertir ninguna de ellas en una oportunidad que aprovechar. Me consolaba el hecho de que aun tendría diez días por delante para convertir la visita a esa exuberante tierra extranjera en algo de verdadero provecho que dejara alguna marca en mi memoria, aparte de la prometedora vista a través de las ventanas de restaurantes y locales.

Fui educadamente ignorado durante todo el día. Debido a la barrera idiomática debí permanecer alrededor de mi abuela, ya que ella habla alemán con fluidez. Bastante rápido descubrí que los cibinenses son muy orgullosos y protectores con su cultura y raíces como para apreciar el que alguien les hable en inglés, que es lo que estuve haciendo hasta que mi abuela, apiadándose de mí, me hizo notar la incomodidad y el malestar que les producía. ¿Quién diría que después de siglos, los europeos aún seguían pensando en «el nuevo continente» como un lugar recién nacido y vulgar? Una pena, porque mi inglés es excelente. Hice lo más sabio y me decidí por un educado mutismo que esperaba no fuese tomado de peor manera que el hablarles en un idioma que aborrecían.

Al día siguiente me levanté decidido. Sibiu no era una ciudad excesivamente grande como para no poder enfrentarme a ella. No tenía intensión de aventurarme a los bosques, a pesar de que la idea de poder hacer algo semejante era bastante atractiva, pero en definitiva ese no era un argumento que me ayudaría a lograr mi cometido.

Eran cerca de las 10:00 de la mañana y yo aún continuaba vistiendo el pijama mientras desayunábamos en el pequeño comedor de la suite. Mi abuela en cambio estaba de punta en blanco, y aunque durante el día ella siempre se veía como si en cualquier momento fuese a recibir la visita de algún obispo, ministro, o celebridad, el esmero extra me decía que ella ya tenía planes. Cuando la vi sonreírme con culpabilidad supe que lo más seguro era que esos planes no incluyeran algo que yo quisiera hacer. Su sonrisa incómoda me demostraba con certeza que yo había fracasado estrepitosamente cuando el día anterior pretendí que ella no notara mi molestia y mi decepción.

— Querido mío, lo siento— Pasó directamente a disculparse sin darme una explicación, porque no era necesaria—, es posible que esta tarde, o quizá mañana, podamos hacer algo de turismo tú y yo. ¿Quieres ir conmigo hoy? Sé que mis citas de negocios no te han de ser entretenidas pero… — No sé qué vio ella en mi cara, pero la expresión que le imprimió a sus facciones me hizo sentir culpable, después de todo ella había viajado allí por negocios y no para mi distracción; solo había tenido la amabilidad de llevarme con ella—. Quizá yo pueda cancelar lo de hoy…

—Nada de eso— me apresuré a interrumpirla—, tú irás a atender lo que sea que tengas pendiente y yo iré a hacer turismo por mi cuenta. Esta es una ciudad pequeña y tú dijiste que era muy segura. Solo quiero ir al museo Brukenthal, está cerca y te prometo que después de eso volveré aquí a esperar por ti. Solo necesito un mapa de los que hay en la recepción del hotel y tengo esto —Agité mi teléfono celular—, podrás llamarme cada quince minutos si gustas. — Yo esperaba firmemente que ese argumento valiera con alguien que casi enloqueció cuando mi madre me regaló un auto para mi último cumpleaños—. No debes preocuparte de que hable con extraños, no les entiendo o ellos a mí de todos modos.

— ¿Cómo crees que voy a dejarte andar solo en un lugar que no conoces? ¿Acaso piensas que estoy loca? Peor aún, ¿Piensas que soy como tu madre?

¿Cómo mi madre? ¿Acaso quería decir permisiva, confiada y en absoluto poco limitante? Justo los atributos que yo hubiese preferido que tuviera la persona que me había llevado a un lugar como en el que estaba y me moría por salir a explorar. En lo único en lo que se estaban pareciendo en ese momento era en dejarme de lado a causa del trabajo, y yo que siempre me jactaba diciendo que no sufría del mal de desplazamiento paterno del que se quejaban algunos. Solo estaba diciéndole que quería ir a uno de los museos, por amor a Dios.

Bueno, eso no había salido muy bien. Incluso yo era capaz de entender sus prevenciones y darle la razón. Entonces no me quedaba más opción que echar mano del dramatismo. Jamás se gana una discusión con esta mujer a base de reproches o reclamos.

Sonreí sin mostrar los dientes. Una de esas sonrisas de payaso triste que suelen estar solo un peldaño por debajo de los ojos aguados; expresión que, para mi vergüenza, no me había costado demasiado adoptar. Tomé  una de sus manos por encima de la mesa y entonces solté un suspiro cargado de sentimiento de derrota.

— No importa, solo me basta con pasar tiempo contigo. Esperaré aquí en el hotel hasta que tengas tiempo. La vista es hermosa, tal como dijiste que sería, así que procuraré entretenerme con eso mientras espero por ti.

***

A las 11:30 de la mañana, después de muchas advertencias y abrazos en los que se me susurró que tuviera mucho cuidado, salí con rumbo al museo Brukenthal en un taxi contratado por el hotel, que me dejaría al frente y luego pasaría a recogerme pasadas tres horas. Lo mío me costó el convencer a mi abuela de que desistiera de hacerme acompañar por algún orangután sobre pagado. Es una exagerada. ¿Quién querría secuestrarme en Rumania, acaso?  Brukenthal… Mil doscientas razones tiraban con fuerza

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